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HISTORIA DE LA IGLESIA EN HISPANOAMERICA

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Aoéndice del Manual de historla

üé iá]-qbs¡á

PUBLICACIONES CLARETIANAS Madrid 1 995

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1. El cont¡nente del tercer día de Ia

creación

Así definió Keyserling a América. Es una

definición bella y certera. América está

constituida por dos masas continentales uni-

das'por una lengua de tiena y un rosario de

islas, grandes y pequeñas, en ese «mar medi-

terráneo» americang_que es el Caribe.

América es un <<mundo increado>» por ser un

«mundo nuevo>» lleno de posibilidades y de

fuerzas insospechadas. Las zonas lacustres

del Canadá, los desiertos lunares del norte

de México, las llanuras interminables de

Venezuela y de la Patagonia argentina, la espina dorsal que la vertebra desde Alaska

hasta el Cabo de Hornos, son lugares de una

solemnidad cósmica, de modo que el hom-

bre de las cuencas fluviales del Orinoco o

del Amazonas se asemeja a un microorga- nismo perdido en un caos tremendo e igno-

rado.

2. Origen det hombre americano

Las controversias entre los hombres de

ciencia relativas a la llanura central argenti-

na o al llamado «hombre de Tepexpán»

(México) han pretendido asignar al honbre

americano una verdadera antigüedad geoló-

gica, pero, por más que existan restos del

período cuaternario o animales muy anti-

guos, <<hasta hoy no existe en modo alguno en todo el continente un solo hueso humano americano cuya antigüedad pueda ser debi-

damente demostrada como perteneciente a

una verdadera antigüedad geológica» (A.

Hardlicka)

Aún no se ha llegado a conclusiones defi- nitivas, aceptadas sin discusión por los estu-

diosos, acerca de la procedencia del hombre americano, por más que se por resüelto el

problema planteado por los primeros misio- neros, los cuales, apoyados en argumentos

bíblicos, negaban el origen autóctono de

aquellas razas. Los primeros habitantes del continente americano habrían llegado, según

opiniones de algunos científicos, desde

Europa a través de Islandia y Groenlandia; según otros, desde el Pacífico. Pero la opi-

nión más probable es la que atjrma su proce-

dencia asiática a través del estrecho de Behring en un período anterior al de los

grandes imperios de Asia, ya que en las dis-

tintas culturas arnericanas no hay vestigio

alguno de la presencia de tales imperios.

A pesar de las profundas diferencias que se advierten en los prirnitivos pueblos ame- rindios, pilece que se puede hablar de una raza americana en el sentido más común de

la expresión.

3, Un compticado taberinto de

pueblos, tribus y lenguas

Arnérica era lealmente un rnunCc nlteyo

para el hombre europeo del siglo XV, ya que

los grandes imperios y las desarolladas cul- turas encontradas por los españoles tenían

CAP. I. DESCUBRIMIBNTO DE AMÉRICA

I

características propias, difícilmente relacio-

nadas con las culturas e imperios conocidos

hasta entonces en el viejo mundo.

e) AuÉ,nrcA DEL Nonre

Entre ese complicado laberinto de pue-

blos, tribus y lenguas de América del Norte,

destacarnos los siguientes: esquirnales

(Alaska); atapascos (noroeste de Arnérica,

con emigraciones hacia el sur: México,

Oregón,'California, donde se constata aún la presencia de navajos y apaches, pertene- cientes a ese grupo); timicuanos, calusos y

tekestas (Florida); sioux (Mississippi y

Missouri) i shoshones y yuma.r (Colorado); el

grupo uto-azteca (México) pertenece a la

familia de los shoshones, otomíes, tarascos,

totonecas (norte de {a capital de México);

mixtecas y zapotecas

(sur de la capital);

mayas (Yucatán, Guatemala y Honduras);

caribes, venidos del sur (Antillas).

n) AuÉnrca ort, Sun

Chibchas (desde Costa Rica hasta el

Ecuador); eran uno de los grupos más

importantes de América, sin haber llegado

aún a la madurez cultural de los aztecas,

mayas e incas; quechuas (desde el sur de

Colombia hasta el río Bfo-Bío de Chile);

aymaraes (Perú meridional y Bolivia, como

una cuña introducida entre los quechuas del

norte y del sur); uros (junto al lago

Titicaca); araucas (Venezuela y Amazonia

superior): caribes (este de Venezuela,

Guayanas y Brasil septentrional); ntpí-gua-

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raní (Brasil, Paraguay, Argentina y Bolivia);

ctraucanos (Chile); puelches (pampas argen-

tinas); tehuelches o patagones (R.

Argentina).

c) MulrrPLrcrDAD DE LENcuAs

Ese enmarañado mundo de pueblos y

razas daba lugar a un complicadísimo entra- mado de lenguas y dialectos. Se señalan un total de 123 familias de idiomas, distribuidas

así:26 para América del Norte,20 para

América Central y 77 paraAmérica del Sur. De este cornplejo mundo, se pueden deducir fácilmente las enormes dificultades que iba

a encontrar la evangelización, y no solamen- te por la diversidad de lenguas, sino también de religiones y costumbres.

4. El descubrimíento de América

Cristóbal Colón, un marino genovés según todas las probabilidades, patrocinado por su majestad católica la reina Isabel de Castilla, se topaba el dfa 12 de octubre de L492 con

las primeras tieras americanas en la isla de

Guanahaní(San Salvador), cuando él petlsa-

ba estar tocando las orillas de las Indias

Orientales. Sin saberlo, estaba en presencia

de un mundo nuevo. Co[ón preparó tres

expediciones más a América, en las que conoció la gloria y el triunfo, pero también Ia humillación e incluso las cadenas. El fue

el iniciador de la colonización del nuevo continente por encargo de los reyes de

España; pero como colonizador y goberna-'

dor no tenía Ia misma intuición ni los.mis-

mos conocimientos de que estaba adornado

como navegante, Io cual obligó a los reyes

católicos a recirientar los rumbos de la obra española en Amdrica prescindiendo de sus

servicios. Colón moría en Valladolid el 20

de mayo de 1506, apenas dos años después que su protectora la reina Isabel (1504).

5, La Santa Sede confía a España la

evangelización de América

Temiendo los reyes católicos que el rey de Portugal reclamase para su corona las tienas descubiertas por Colón, a causa del tratado de Alcaqovu (1479), por el que habían cedi-

do a los portugueses «todas las islas que

agora tiene descubiertas e cualesquier otras

que se fallaren e conquirieren de las islas

Canarias para baxo contra Guine»>, decidie-

ron acudir a la Santa Sede implorando la

exploración y conquista de las tienas descu-

biertas y por descubrir, con el fin de cristia-

nizarlas.

El papa español Alejandro VI firma el día 3 de mayo de 1493Ia bula Inter caetera, por la que, después de alabar el celo cristiano de

los reyes católicos, les concede las islas y

tiena firme que se han descubierto o que se

descubran, con la obligación de enviar

misioneros que evangeiicen a sus habitantes.

Fsta bula no fue del entero agraCo de lcs

reyes de España y solicitaron otra en la que

se clarificasen más los límites de tierras

entre España y Portugal. Alejandro VI expi-

dió otra bula con el mismo Jornbr. Inter

caetera con fecha anticipada del 4 de mayo, en la que se repite el contenido de'la anterior

y se traza, además, la línea divisoria, cien

más allá de las Azores, de modo que las tierras e islas al oeste de esa lÍnea

leguas

todas

imaginaria serían para la corona española, y las tierras e islas situadas al este serían pro-

piedad de Portugal. Un tratado posterior fir-

mado por los reyes de Portugal y de España

en Tordesillas.el 7 de junio de 1494 conió

esa lÍnea divisoria hasta las 370 leguas de

las Azores.

6. Fundamento iurídico de la bula de

demarcación

Muchas veces se han preguntado los histo- riadores y los tratadistas de Derecho interna-

cional sobre la cuestión de a qué derecho

apelé Alejandro VI para sernejante dona-

ción. Se han dado rnuchas explicacione§.

Pudo actuar Alejandro VI de ese modo, en conformidad con la opinión medieval, según la cual el Papa es Dominus mundi, señor del

mundo, en 1o temporal y en lo espirittral.

Pero la opinión mejor fundada es la que, con

Francisco de Vitoria, el fundador del

Derecho internacional, afirma que el Papa

no efectuó donación alguna a los reyes de

España y de Portugal, sino que [a bula Inter

Caetere no hizo más que refrendar la legiti-

midad que dichos reyes pudieran tener, con-

firíndoles el monopolio de la evangelización

de aquellos territorios. En todo caso, si se

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trata de una donación, y así parece que la

entendieron los reyes católicos, Alejandro VI habrfa actuado en conformidad con el derecho medieval, según el cual cualquier

prfncipe crisüano podía hacer la guerra a los

infietesjustamente.

Se entendía entonces por

infieles a los musulman¿$ enemigos perpg-

tuos del, cristianismo. Cuando se trataba de

otros infiefes, los reyes acudlan al Papa

pidiendo su aprobación para las empresas

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militares. El Papa les concedía aquellas tie-

nas, p€ro con la obligación de evangelizar-

las. Estas ideas eran corrientes entre los

juristas medievales.

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CAP. II. LA CONQUISTA Y LA COLONIZACIÓN DE AMÉRICA

L El problema de la guerra justa'

La conquista y colonización de América por los españoles y los portugueses reavi- vaba a finales del siglo XV y comienzos

del XVI dos problemas que parecían ya

superados: la licítud de la guerra y la

esclavitud.'

a) LrcmuD DE LA GUERRA r'-'

El cristianismo es una religión de paz en cuanto que su mandamiento principal es el

amor al prójimo, el cual no justificarla

nunca la guerra, que comporta el fratricidio.

Pero, a lo largo de la edad media, se

encontró la Iglesia frente a un doble proble-

ma: la violencia innata de los pueblos bárba-

ros por una parte y, por otra, la presencia en

los .antiguos territorios cristianos de un nuevo enemigo, el Islam. el cual, con su

mentalidad agresiva y su defensa armada de

la fe, acabaron por contaminar de los mis-

mos ideales a Ios cristianos, los cuales

durante los primeros siglos habfan sabido morir sin oponer resistencia alguna a sus

enemigos. La guerra al infiel, que durante

siglos se identificó con el musulmán, fue

considerada lícita e incluso obra santa, por

lo menos desde las Cruzadas. Con ocasión

de la conquista de las islas Canarias, habita- das por paganos, infieles, no musulmanes, se

aplicó a éstos el principio Ce la gueila cont¡a

el Islam, justiticando su conquista con la

finalidad de la evangelización. Perorel caso del recién descubierto continánte ameficano

era diverso. No había motivación alguna que

justificase el hacerles Ia guera y conquistar-

los para un sistema de vida tan diferente del

suyo.

n) Ln EscLAvIruD

El problerna de la esclavitud, en el nivel

de la teoría, se podría considerar soluciona-

do definitivamente en la Iglesia occidental

desde hacía ya bastante tiempo, aunque los prisioneros de guelTa, si eran musuknanes,

podían ser convertidos en esclavos. Pero el

problema que se plantea en América es el

del buen tralo dado a los indios y, sobre

todo, el de la encomienda, la cual, si bien

jurídicamente no era un estado de esclavi-

tud, de hecho podía dar lugar a una situación real de esclavitud. Al problema de la enco-

mienda se le juntó muy pronto el de los

negros importados de Africa para los traba- jos difíciles.

c) AcnruD DE LA Icr-Esn

La conquista de Arnérica no podía ser

pacífica porque sus habitantes, muchos de ellos'con organizaciones civiles y políticas muy desanolladas, no aceptarían de buena gana la sumisión a unas gentes extrañas

que eliminaban sus antiguos modos de

vida. Las gueras no se hicieron esperar. Y

la actitud esclavista de| propio Colón

queda de manifiesto, no sólo en su Diario,

sino tarnbién en el hecho de enviar a

España como esclavos a varios centenares

de indios, los cuales fueron puestos en

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libertad por orden tajante de la misrna

Isabel la católica.

Los misioneros no pudieron menos de

consternarse por el cariz que tomó ya desde el principio Ia conquista y la colonización.

Fueron ellos quienes se preocuparon por

encontrar una solución doctrinal y jurídica al

doble problema de la licitud de la guerra y

de la esclavitud. Fueron sobre todo los

dominicos quienes desde su llegada a

América en 1510'empezaron a cuestionar

ese doble problema. Sobresalió en esta

empresa el P. Antonio de Montesinos, el

cual se personó ante el propio Fernando el católico para exigir una legislación adecua- da. En l5l2 se reunió en Burgos una Junta

de teólogos y de juristas para solucionar

todas las cuestiones relativas tanto a la lici-

tud de la guera como a la esclavitud.

Esta Junta demostró mejor buena voluntad que ingenio para hallar soluciones prácticas.

El P. Montesinos no consiguió todo lo que se proponía, pero sí algunos progresos res-

pecto del modo de tratar a los indios. Un

paso más se dio en la Junta del año siguiente

(1513), provocada por otro dominico, fray Pedro de Córdoba. Y más importante aún

fue la Junta de 1516, en la que encontramos

por primeÍa yez al clérigo, y después dorni- nico, fray Bartolomé de las Casas, que va a jugar un papel importante en la defensa del indio americano. Esta defensa én iavor ,ie

los indios encuentra su máxima expresión en

la bula Sublimis Deus de Paulo III (2 de junio de 1537) relativa a la racionalidad,

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con la consiguiente carta del mismo Papa al

cardenal Tavera, arzobispo de Toledo,

ordenándole prohibir, bajo pena de excomu-

ni6n ipso facto, /a reducción de los indios a esclavitud. Esta intervención pontificia, lle-

vada a cabo a espaldas de la corona españo-

la, provocó las iras de Carlos I, quq la consi-

deró lesiva de los derechos del rey de

España. El Papa anuló la carta o breve diri-

giáo al cardenal Tañia, pero no la bula

(1538), por el breve Non indecens videtur.

u) Tnnreoos reolécrcos y ¡unÍprcos DEL P.

Vnontn

Las obras del P. Vitoria, OP, sobre estos

temas -Relaciones (1539), De Indis (1539), De iure belli (1539)- constituyen los prime- ros fundamentos del Derecho internacional;

si bien al principio su autor fue mirado con

recelo por el émperador Carlos I, el P.

Vitoria fue consultado con honor sobre los

asuntos americanos en 1541, siendo decisiva

su opinión, hasta el punto de que se abolió

prácticamente de los documentos reales la

palabra conquista.

r) Esclevos NEGRos

Con fuertes resistencias al principio, sobre todo hasta la rnuerte de Isabel la Católica, la importación de esclavos negros acabó impo-

niéndose de hecho. Poco importa que los

negros fueserr enviaclos a través de coiiier-

ciantes, sobre todo italianos al principio, o

se echase mano de prisioneros de gugra en

posesión de las autoridades españolas, el

caso es que esa lacra de Ia civilización occi-

dental acabó por generalizarse, primero en América Central y en el Caribe y después en América del Sur; y más aún en la América

del Norte cuando los ingleses colonizaron

grandes extensiones. Fueron muchos millo-

nes de negros, sacados a la fuerza de sus

casas y de sus tienas africanas, esclavizados

en las diversas regiones de América. La

esclavitud constituye sin duda el gran peca- do de la colonización americana.

2, El patronato regio

También se ilama, aunque menos exacta-

mente, vicariato regio. Se trata del conjunto

de privilegios y facultades especiales que la Santa Sede concedió a España y a Portugal

con miras a la dirección de todos los asuntos

eclesiásticos en los tenitorios mlsionales.

n) CoNcEsroNES PoNTrFrcrAs

Se empezó por conceder, en diferentes

bulas que los reyes de España pudieran dis- poner de los diezmos eclesiásticos para aten-

der a los gastos de [a evangelización. Pero

en 1508 el papa Julio II concedió a los reyes

de España todcls los derechos patronales sobre las Iglesias ya fundadas con la facul- tad de presentar los prelados y dignidades

eclesiásticas para todos los tenitorios descu-

bierios. En el Concordato de L753, estos pri-

vilegios se extenderán a todo el territorio

nacional, sino de derecho, por 1o menos de

hecho.

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n) Coxsuo DE INDTAs I

El derecho de patronato pertenecía direc- tamente a los reyes, pero ellos lo ejercían

por medio del Consejo de Indias,' éste se

valía, a su vez, de las Audiencia.s america- nas, que llegaron a ser doce. El derecho de patronato implicaba el deber de evangelizar las tierras conquistadas. Para ello los reyes

disponían de una serie de facultades tan

amplias, que hasta podían obligar a los

superiores generales de las órdenes religio-

sas a proporcionarles misioneros, hasta el punto de poder enviarlos en contra de su

voluntad, si se resistían sus superiores legí-

timos.

El patronato degeneró en ocasiones, dando

lugar a muchos abusos, habida cuenta del

absolutismo regio caracterÍstico de estos

tiempos. Sin embargo, hay que reconocer

que los beneficios que de él se derivaron para la evangelización de América fueron

superiores a los abusos.

c) PnorrccróN RecrA A Los rNDIos

En general se puede afirmar que las leyes

de Indias constituyen un auténtico monu-

mento jurídico, todo él encarninado a la pro-

tección de los indios. Esta actitud se podría

y

nuestra voluntad es que no padezcan veja-

cicnes i' tengan renedio ), amparo conve- niente por cuantas vías sean posibles» (ley

13, tit. 7,1.1). Y se recomendaba asimismo a

los magistrados: <<Los fiscales de nuestras

resumir en este párrafo de una ley: «

.r

Audiencias sean protectores de los indios y

les ayuden y favorezcan en todos los casos y

cosas que, conforme a derecho, Ies conven-

ga para alcanzar justicia» (ley 34, tit.

18,1.2).

») Lns «ENcoMIENDAS>»

La misma institución de La áncomienda

tenía una finalidad sana. Pero dqeneró cier-

tamente en abusos. La definía Solórzano en el s. XVII de este modo: <<Un derecho con-

cedido por merced real a los beneméritos de las Indias para recibir y cobrar para sí los tri-

butos de los indios que se le encomendaban

por su vida y la de un heredero, con cargo de

cuidar de los indios en lo espiritual y defen-

der las provincias donde fueren encomenda-

dos>> (Política Indiana,II, 8). La encomien-

da americana eÍa, pues, una especie de feu-

dalismo español mediev al,

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En realidad la legislación española para

los tenitorios de ultramar era buena y justa; pero los problemas surgían a la hora de la aplicación concreia. Aquí habría que men-

cionar toda Ia problerirática planteada por el

P. Las Casas. No es difÍcil encontrar ejem-

plos de incumplimiento de estas leyes. La

lejanía de la autoridad real, los esfuerzos por

esquivar las leyes de parte de los «india-

nos), etc. Siempre aparece más evidente lo

que se infringe que lo que se cumple. No

hay necesidad de recurir a leyendas dora- das en contraposición alas leyendas negras,

pero puede ser ilustrativo el juicio global

ernitido por el historiador holandés Van der Essen sobre la colonización llevada a cabo

en América por España y Portugal: «Se

puede afirmar que, hablando en general, los españoles y los portugueses curnplieron en

gran parte el deber que les impuso el roma-

no pontífice. En las leyes, decretos e instruc-

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ciones referentes al nuevo mundo,lontn

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primer término los intereses de la conver-

iiOr. Los conquistadores iban decididos a combatir con el fuego y el hieno a los que no aceptaban la fe que les predicaban, ante

todo, lós misioneros. Tal Yez Parezca bárba-

ro hoy día el método, pero es necesario

situarlo en el arnbiente del siglo XVI, si no

queremos condenarnos a no entender nada de los acontecimientos. Es justo constatar que españoles y portugueses, en virtud de

zus leyes de patronato, promovieron sin des-

canso la conversión e instrucción de los

indios, establecieron una jerarquÍa eclesiásti-

ca, crearon parroquias, protegieron a los

misioneros >>

Esta fue precisamente la gran aventura de la Iglesia en el nuevo mundo descubierto por

España en el siglo XV. Una aventura a la

que difícilmente se le podrá encontrar un

paralelismo en toda la historia de la Iglesia.

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1. Primera misa en América

El día 12 de octubre de 1492 llegaba

Colón a la isla Guanahaní. Al avistar tierra

por primera vez después de dejar atrás las

islas Canarias, los marinos entonaron eL Te Deum. Colón tomó posesión de la nueva tie- rra descubierta en nombre de los'reyes de

España y erigió una cruz. La isla fue bauti- zada con el nombre E'San Salvador. No

está probado que fuera con Colón el sacer- dote Pedro Arenas, a quien habría cabido el

honor de celebrar 1a primera misa en

América.

2. Planificación de la evangelización

En la instrucción real firmada en

Barcelona el dla 29 de mayo de 1493 por

don Fernando y doña Isabel, se encarga al

almirante D. Cristóbal Colón que procure

por todos los medios atraer a los moradores de las nuevas tierras a la religión católica.

Con esta finalidad envÍan con el descubridor

en su segundo viaje al P. Bernardo Boyl,

antiguo benedictino pasado a la nueva con-

gregación de los mínimos en 1492; éste

hombre será jefe espiritual de una delega- ción misionera compuesta por el jerónimo

Román Pane, el mercedario Juan Infante y

los franciscanos Rodrigo Pérez (sacerdote) y

los hermanos legos Juan Deledeule y Juan

Tisim, ambos franceses.

EI P. Boyl tuvo que regresar a F,spaña

apenas llegado a América debido a las desa-

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CAP. III. EVANGELIZACIÓN

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DE LAS ANTILLAS

venencias con Colón. Pero los demás misio-

neros iniciaron de inmediato la evangeliza-

ción de los indígenas. Algunas tribus se

mostrarón prontas a la conversión, mientras

que otras sei declararon hostiles a la religión cristiana o, mejor, a abandonar la religión de sus mayores.

3, Haití-Santo Domingo (La Española): centro evangelizador

e,) Les DTFTcULTADES

DEL IDIoMA

Colón envió a España hombres, mujeres y niños indígenas a fin de que, bien aprendido

el castellano, pudieran después servir de intérpretes. El rey aprobó la decisión de

Colón, pero recomendó que la evangeliza- ción de aquellas gentes se hiciese, de ser

posible, sin desplazarlos a España.

El jerónimo Román Pane se dedicó al

estudio de los idiomas del grupo caribe-ara- guaco, logrando entenderlos y hablarlos en

poco tiempo.

n) PruuEnAS coNvERSIoNEs

Los primeros resultados fueron la conver-

sión de una familia compuesta por diecisiete

miembros en los que arraigó profundamente

la fe cristiana, ya que tres de ellos fueron

asesinados por confesarse siervos del Dios

cristiano. Fue e specialmente fructuosa la

evangelización de los dos franciscanos fran- ceses, los cuales afirman, después de dieci-

siete años de estancia en la isla, que los

naturales desean.on rruldes ansias el bau-

tismo y piden nuevos operarios, ya que en

muy escaso tiempo habían logrado la con-

versión de más de tres mil indÍgenas.

c) ExrmsróN poR EL CARTBE

Los colonizadores, con el propio Colón al

frente, van extencliendo su radio de acción

por las islas adyacentes; llegaron, después

de explorar las islas más pequeñas, a Puerto

Rico y Cuba. Los misioneros establecían sus centros e incluso sus conyentos a medida

que se iban explorando nuevas tierras, ya

que los efectivos evangelizadores crecfan con cada expedición que llegaba de España con nuevos colonizadores. Con la expedi-

ción de Ovando (1502) llegaron diecisiete

franciscanos y 2.500 colonos. En 1510 lle- garon a Haití-Santo Domingo los primeros

dominicos con fray Pedro de Córdoba al

frente; y al año siguiente llegaban veinticua-

tro minoritas. En 1516, el regente, cardenal

Cisneros, dispuso que todas las naves que

partieran para el nuevo mundo habían de lle-

var a bordo algunos. misioneros. Y en 1526

Carlos I repitió la orden. De modo que la

colonización y la evangelización habrían de

ir a la par.

o) EsrmlECrMIENio DE LA JERAReufA

ECLESIÁSTICA

Fray Bernardo Bcyl, por elección de los reyes católicos y confirmación de la Santa

Sede, fue el primer vicario o delegado

apostólico en el nuevo mundo con faculta-

10

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des especiales incluso para imponer censu-

ras eclesiásticas. Pero fue el papa Julio II quien en 1504 erigió la sede metropolitana

de Yaguata con las sedes sufragáneas de Ia

Vega o Maguá y Lares de Guahaáa, aunque

solamente nombró obispo para esta última

sede en la persona del franciscano fray

García de Padilla

La rápida evangelización de-P.uerto Rico

fue la causa de que se produjese un cambio

en la proyectada organización de la jerarquía

eclesiástica para La Española. La escasa población de esta isla era insuficiente para

tres