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Entre 1850 y 1879 existe un auge de la minería del cobre.

Su principal razón fue la gran demanda


externa generada por la expansión del ferrocarril a nivel mundial, así como también los numerosos
avances técnicos que requerían de mineral. Gracias a este auge los precios lograban mantenerse altos
en el mercado londinense. Si bien la industria del cuprífera se mecaniza parcialmente, jamás logra
modernizarse, y este es el principal rasgo de su abrupto declive.

El Estado no ve a la minería como un rubro de desarrollo económico sino más bien como una fuente
de ingresos reemplazable, por ese motivo aumentó los impuestos sobre las exportaciones mineras
(para obtener más de dicho ingreso), arruinando en gran medida a los productores mineros. Como el
Estado estaba en manos de la Oligarquía, se deduce que la misma no veía a la minería como un rubro,
sino más bien de un modo parecido al que veían sus propiedades agrícolas. Esta mentalidad proviene
en parte de la tradición minera colonial, ampliamente explotada de un modo precapitalista y
rudimentario. Las leyes de minería reflejaban y reproducían esta condición: Hasta 1888 las leyes sobre
minería perpetuaron la condición precapitalista que le impedía a la industria minera del cobre
desarrollarse plenamente. Para explotar una mina debía registrarse, y una vez hecho aquello el inicio
de su explotación debía realizarse antes de 3 meses, de lo contrario la concesión quedaba libre. De este
modo no se alcanzaba a desplegar maquinaria ni ha planificar una explotación de mayor envergadura.
Al contrario, se propiciaban las explotaciones pequeñas y rápidas, con escaso nivel de tecnología y
poca inversión. Además el sistema financiero nacional no fomentaba las inversiones. Esto es lo que se
entiende como pre-capitalismo y es lo que condenó a la minería del cobre al fracaso. Esta condición
definió el rumbo de la minería hacia un empresariado emergente y fragmentado en busca de un
rápido crecimiento a corto plazo. La falta de industrialización también impedía que se pudiera penetrar
más allá de la primera capa de las minas, de modo que cuando comenzaron a agotarse en la superficie
la declaraban "en broceo", dejándola "libre", pudiendo ser explotada por pirquineros. De más está decir
que el sistema de la minería era sobreexplotador con los trabajadores y les obligaba a peregrinar en
constante búsqueda de nuevas fuentes laborales o recursos.

Eventualmente los empresarios podían generar ganancias en el mercado internacional pero a costa de
unos altos costes de producción, es decir, una baja productividad. Dado el auge de la competencia
(principalmente por países industrializados que aumentaron su productividad drásticamente gracias al
empleo de maquinaria de extracción, fundición y refinamiento), el precio en Londres comienza a bajar
aproximadamente desde 1855. Esta baja en el precio acerca cada vez más los costes a las ganancias,
reduciendo la rentabilidad del cobre chileno. Específicamente las minas de Río Tinto en España,
explotadas por capitales ingleses, estaban a la cabeza del mercado mundial y arruinaron a las
producciones de otros países, incluida la chilena. Por su parte la Guerra del Pacífico también significó
un retroceso en la industria, ya que demandó y dispersó a una parte de la fuerza de trabajo.

Al declive total de la industria le acompaña un éxodo de trabajadores a Antofagasta y Lota., así como
una fuga de capitales. La riqueza generada por la minería no se reinvertió (o lo hizo muy poco), sino
que se quedó en manos de "comercializadores, en fletes y seguros", y el resto probablemente se
ocupó en gastos y/o en lujos de la élite.
La escasez y/o mala calidad de la estadística en el siglo XIX obliga a reconstruir su historia a través de
diversas fuentes.

A diferencia de la industria cuprífera, la carbonífera contó con más y mejor tecnología, modernidad
laboral (proletarización) y mayor tecnicidad administrativa. También contó con la participación de
especialistas extranjeros, como mineros escoseses. Las primeras empresas del carbón dieron forma a la
industria y a las localidades de Lota y Coronel con una estética típicamente industrial al estilo
europeo, o sea, sustentado por el proletariado: urbanismo, fuego, humo y largas jornadas laborales. El
crecimiento de estas ciudades fue exponencial: A principios de 1852 era relativamente escaso el
número de personas trabajando en el carbón (150). Se eleva a 848 en 1858. También atrajo a
numerosos extranjeros y trabajadores estacionales de las zonas rurales aledañas.

El exitoso desarrollo carbonífero se explica por la amplia inversión en equipo y método, la


vinculación con el transporte (ferrocarril) y su consolidación en el mercado inglés. En su inicio la
fundición y refinación del cobre produjeron suficiente demanda de carbón para permitir el rápido
despegue de la industria carbonífera. El carácter capitalista, carente de tradición colonial, tendió a la
reinversión de las ganancias en el desarrollo minero. Esto permitió la implementación de tecnologías a
largo plazo en la industria carbonífera: esto es lo que entendemos por modernización y es lo que llevó
al industria a la etapa capitalista. La reducción en costos (gracias a la maquinaria y el transporte) que
este proceso trajo consigo generó un aumento de productividad que permitió a los productores
asegurar las principales fuentes de demanda, es decir, compraron parte de su propio mercado
interno (minería norteña y ferrocarriles). Esto genera un ciclo de expansión industrial mediante el
control del mercado interno, proveyendo estabilidad al mercado. Por último, la alta calidad del
carbón de Lota le permitió ser competitivo internacionalmente.

El éxito del carbón se puede observar en diversas facetas. Entre 1869 y 1873 se desata la breve "fiebre
del carbón" y entre 1872 y 1877 se evidenció el despegue más dramático. En esta época existe una
numerosa cantidad de empresarios ligados a la industria del carbón o a la ferroviaria, a la vez
que se multiplican las sociedades anónimas. El Estado ejerce una política proteccionista hacia este
rubro (muy distinto al del cobre), que genera el 27% de la totalidad de ganancia por exportaciones. El
éxito es tal que el Estado llega a arrendar propiedades con minas de carbón, algo también extraño en
el contexto de los gobiernos liberales. Incluso se dio un fracasado intento de expandir la industria del
carbón hacia Punta Arenas.

Hubieron 2 recesiones del carbón. El alzamiento indígena posterior a la Guerra Civil de 1859
absorbió a parte de la oferta laboral, promoviendo un declive en la industria, pero repuntó gracias a la
demanda ferroviaria, la cual además terminó por consolidar su despegue. Con el declive del cobre, la
demanda interna baja y para maximizar la producción los empresarios lo hacen a costa de los obreros,
reduciendo sus salarios y aumentando las jornadas. Esta misma crisis genera un "ajuste"
propiamente" capitalista de despido masivo (y no simplemente abandono de la faena). La Guerra del
Pacífico reactiva la economía carbonífera dada la demanda de maquinaria, transporte y navíos.
La industrialización del carbón es un ejemplo atípico en Chile, donde la mayoría de los procesos
económicos se dieron en un contexto de atraso y precapitalismo, e incluso algo parecido al
feudalismo en lo que respecta a la agricultura. Sin embargo y a pesar de esto, la minería del carbón
nunca llegó a industrializarse a nivel laboral y la explotación era brutal. Los instrumentos más
típicos de los mineros eran la barreta, a picota, el combo, la pala y la cuña de acero. Además los
obreros trabajaban en pésimas condiciones, relativamente aislados y en entornos repletos de gases que
se podían desplomar en cualquier momento y producir enfermedades como la tuberculosis. Ser minero
del carbón era uno de los trabajos más riesgosos en ese tiempo.

Las tradiciones y costumbres que están presenten en una sociedad subdesarrollada,


tecnológicamente atrasada y primordialmente rural no interrumpieron ni influyeron
mayormente sobre el curso capitalista de la industria carbonífera una vez que esta tomó vuelo.
Las razones económicas suelen modelar el curso de la historia con mucho más peso que las
culturales.