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Segovia , Francisco.

Https://www.clarin.com/rn/literatura/Lengua_y_propiedad_III_0_BJzlia2wQg.html.
Consultado el 22-05-2018.
Clarin.com 02/09/2011 - 17:55

 Revista Ñ
 Literatura

¿Quién elige a quien enuncia las normas?

Poeta, traductor y lexicógrafo mexicano, el autor del presente artículo


señala los límites de la propiedad sobre la lengua.

FRANCISCO SEGOVIA

Especial El Castellano

De quién es el español? De quienes lo hablan, claro. Pero esta respuesta, obvia como es, da qué pensar.
¿Es sólo de quienes lo hablan como lengua materna y no de quienes lo adquieren después? ¿No era el
inglés del polaco Joseph Conrad mientras escribía Heart of Darkness ? O para el caso ¿no era el español
de Goethe mientras leía a Calderón? Tomada de este modo, la pregunta parte de una premisa falsa, pues
supone que una lengua puede poseerse en propiedad, como se posee un coche. Pero la pregunta adquiere
sentido si la entendemos como una inquisición sobre justo esa premisa, porque entonces se vuelve
política; es decir, porque deja ver que se hace pensando en alguna apropiación ilegítima de la lengua.
Supongo que esta vez no se trata sólo de la que ha hecho tradicionalmente la Academia española, sino de
la que hacen ahora algunas agencias privadas, confiscando para sí la vieja autoridad académica. Supongo
pues que se trata de criticar no sólo el viejo colonialismo de la Academia sino la cínica rapacidad del
capitalismo actual, que ha descubierto que la lengua puede ser un negocio lucrativo. Tal descubrimiento
no es nativo de la cultura hispanoparlante. Surgió de la aspiración legítima de algunos angloparlantes que
querían que sus leyes y sus juicios estuviesen escritos en una lengua inteligible. Pero el neoliberalismo
pronto metió la mano y privatizó el anhelo. En Inglaterra y en los Estados Unidos surgieron así las
primeras compañías que sancionan la claridad con que está escrito un documento y, si lo aprueban, ponen
su sello de conformidad… por un precio. El anhelo original, que pretendía eliminar la intermediación de
una jerga (“el legalés” de Antonio Alatorre), terminó insertando un nuevo intermediario (las agencias
privadas).
Mi argumento no va pues contra las normas lingüísticas sino contra el hecho de que la sanción de esas
normas sirva para un nuevo colonialismo lingüístico o para abultar los bolsillos de unos cuantos vivales.
Nada de eso es necesario. La historia muestra que la norma lingüística no necesita de una academia para
hacerse respetar. Los angloparlantes, por ejemplo, nunca han tenido una, y no por eso han hablado y
escrito su lengua peor que nosotros la nuestra. Hasta hace poco, se fiaban simplemente de sus
diccionarios, a los que dotaban de un prestigio social que se resolvía en autoridad lingüística (el
diccionario de Oxford, el Webster’s). Con ello mostraban que una comunidad lingüística puede elegir a
quienes enuncian sus normas, en vez de que éstas sean dictadas por un grupo de notables avalados por un
rey, o por un grupo de lingüistas pagados por un banco.

Lengua y comunidad
Este asunto de la comunidad es importante. Una lengua no puede ser de nadie si no es además de otros. Y
si no es, en cierto sentido, de sí misma. Cuando digo que el español es mi lengua, expreso mi pertenencia
a ella. Por eso esta “propiedad” es tan extraña: porque no puede dejar de expresar la pertenencia del
dueño a aquello que posee. Y aun decir “que posee” es un exceso. En realidad, uno sólo puede decir que
su lengua es suya como dice que su hijo es suyo (suyo, pero no en propiedad; suyo, pero esencialmente
otro, libre, independiente). Esta “pertenencia” se da pues de ida y vuelta, como la de un padre y un hijo:
un padre sólo es padre en relación con un hijo, que sólo es hijo, a su vez, en relación con su padre.
¿De quién es pues el español? De todos, pero de nadie en particular; de todos, pero no de las academias,
ni de las agencias privadas, ni de las “industrias de la lengua”. De todos, sí, de todos los que a su vez sean
suyos.