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PEDRO GARCÍA

La oración es un don
LA ORACIÓN ES UN DON
Pedro García

Hoy queremos hablar del gran regalo que Dios nos ha hecho
con la oración. El poder hablar con Dios es una condescendencia
divina que no la podemos comprender. Cuando oramos, cuando se
abren nuestros labios para rezar, pensamos que somos nosotros
los que hemos tenido la iniciativa. Y ha sido Dios quien nos ha
buscado, quien ha elevado nuestro pensamiento, quien nos ha
dictado las palabras, quien ha fomentado nuestros sentimientos.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice claramente que la


oración es primero una llamada de Dios, y después una respuesta
nuestra. La oración es, por lo mismo y ante todo, una gracia de
Dios. ¿Es posible que Dios tenga necesidad de nosotros? ¿Es
posible que sea Dios el que nos busque? ¿Es posible que sea Dios
quien salga a nuestro encuentro?... Solamente el cristianismo sabe
responder que sí. Porque solamente Jesús nos ha dicho que Dios
es nuestro Padre, un Padre que nos ama. Y el padre que ama, no
puede pasar sin hablar con el hijo querido. ¿Sabemos lo que nos
pasa cuando queremos orar?

Nos ocurre lo mismo que a la Samaritana junto al pozo de


Jacob, como nos cuenta Juan en su Evangelio. ¿A qué se redujo la
petición de la Samaritana, aquella mujer de seis maridos y
siempre insatisfecha? Pues, a reconocer que tenía sed. Y, por eso,
pidió a Jesús: - ¡Dame, dame de esa agua tuya, para que no tenga
más sed en adelante! La pobre no se daba cuenta de que había
sido Jesús el primero que había pedido agua: - ¡Mujer, dame de
beber!... Y ella le daba al fin el corazón, porque Jesús se había
adelantado a pedírselo. La oración es una comunicación entre Dios
y nosotros. Tenemos un corazón inmenso, con capacidad
insondable de amar y de ser amados. Sólo Dios puede llenar esas
ansias infinitas. Por eso nos atrae, nos llama, y, si le respondemos
con la oración ansiosa, nos llena de su amor y de su gracia.

Santa Teresa del Niño Jesús, tan querida de todos, lo expresó


de una manera maravillosa con estas palabras, que nos trae el
Catecismo de la Iglesia Católica:
“- Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla
mirada lanzada al cielo, un grito de reconocimiento y de amor,
tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”.

La otra Teresa, Teresa de Jesús, había dicho lo mismo con


otras palabras:

“- Oración, a mi parecer, no es otra cosa que tratar de


amistad con Aquél que sabemos que nos ama”.

¡Claro! Si Dios me ama, es un amante que no puede pasar


sin mí, y por eso me busca. ¡Claro! Si yo amo a Dios, no me
aguanto sin Él, y por eso lo busco. ¡Claro! Y, cuando nos
encontramos, ¿qué hacemos? Como somos tan amigos, nos
ponemos a hablar amistosamente, y no hay manera ni de que Dios
deje de llamarme a la oración, ni de que yo deje de suspirar por
pasar en oración todos los ratos posibles.

La oración resulta ser entonces el termómetro que mide el


calor del corazón. La oración resulta ser entonces el metro que
precisa la distancia que hay entre Dios y yo. La oración resulta ser
la balanza que calcula con exactitud el peso de mi amor. Porque
todos valemos lo que vale nuestro amor. Y nuestro amor vale lo
que vale nuestra oración. La oración no nace precisamente de
nosotros, sino de Dios. Es Dios el primero en llamar. Es Dios el
primero en darnos sed y ansia del mismo Dios. Es Dios el que
impulsa nuestra oración, por el Espíritu Santo que mora en
nosotros.

Por lo cual, la oración es propiamente un don, un regalo de


Dios. Y así, tiene pleno sentido eso de la que la oración no es una
carga, sino un alivio; no una obligación pesada ni aburridora, sino
una ocupación deliciosa, la más llevadera y la de mayor provecho
durante toda la jornada...

Al decirnos el Catecismo de la Iglesia Católica que Dios llama


incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la
oración, hemos de decir que la oración es una verdadera vocación.
¡Dios que nos llama a estar con Él!... Así lo entienden tantos y
tantos cristianos, cuya principal ocupación es gastar horas y más
horas en la presencia de Dios. Como aquel buen campesino, que
decía:

“- No sé cómo se puede rezar un Padrenuestro en menos de


diez minutos”.

Y como lo dijo con esta naturalidad e ingenuidad, le


preguntaron:- ¿Diez minutos le cuesta a usted rezar un
Padrenuestro? En ese tiempo, y haciéndolo en particular, se puede
rezar casi un Rosario.

“- Sí, es lo que hace mi mujer. Es muy devota, y reza mucho.


Pero yo prefiero rezar menos y estar con mis ojos y mi corazón
clavados en Dios”.

El buen hombre no se daba cuenta de lo que nos estaba


confesando. Había llegado a lo que se llama la contemplación. Sin
palabras, se pasaba las horas en la presencia de Dios, pues en eso
consiste lo que llamamos vida de oración, o espíritu de oración,
que es uno de los mayores regalos que Dios hace al alma, cuando
ésta responde fiel a esa vocación de la oración. ¡Señor! Si Tú nos
llamas, ¿por qué no te respondemos? ¡Qué felices que vamos a ser
el día en que nuestra ocupación primera sea ésta: pasarnos
buenos ratos hablando contigo!....
Sobre el Autor

Pedro García, sacerdote y


misionero claretiano español
nacido en 1925. Autor de muchos
artículos y libros que pueden
encontrarse en distintas fuentes
católicas en la red.