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Lynch, John,

“Las Revoluciones Hispanoamericanas (1808-1826)”,


Editorial Ariel Barcelona-Caracas-México 1973 (Primera Edición).

Como sabemos, los tres primeros capítulos de la obra de Lynch rinden cuenta de los
caracteres generales que revistieron los procesos emancipatorios de la América Hispánica
y de los casos particulares del Río de la Plata, y las regiones marginales que se
encontraban bajo la jurisdicción de este Virreinato, respectivamente.

Lynch intenta abordar, analizando de manera holística, el contexto y las motivaciones que
dieron cabida a las revoluciones hispanoamericanas, tratando de concertar los rasgos
generales que sitúan a estos procesos dentro de una cierta unidad. Como característica
general, Lynch asume estos fenómenos como la culminación de un proceso en que la
América colonial toma conciencia de su propia identidad, manifestándose por lo demás,
de forma repentina, violenta y universal.

El liderazgo de este proceso, fue asumido por una élite criolla de descendencia española,
pero que con el transcurso de los siglos de colonia se habría apropiado identitariamente de
su territorio local. Basando su poderío en la riqueza extraída principalmente de la
posesión de la tierra (y de los recursos propios de ella), junto con un uso privilegiado de
la fuerza de trabajo, los criollos se dieron cuenta que necesariamente que sus actividades
económicas tendrían que tener un complemento comercial, dado los enormes beneficios
que del control de las transacciones comerciales se podrían obtener.

Pero, bajo el punto de vista del historiador inglés (así como de muchos otros), el que se
puede apreciar como un desarrollo natural y predecible de la aristocracia criolla entró en
grandes contradicciones con la política que la Metrópoli española comenzó a ejercer sobre
sus dominios en las postrimerías de su imperio. Los intereses criollos se vieron mermados
fuertemente por la política colonial que tendió en casi todos sus aspectos a fortalecer el
Estado y el control que este ejercía sobre los individuos. Esta se manifestó desde la
exclusión de los americanos de los altos cargos administrativos (una de las principales
causas de su resentimiento) hasta las medidas que se ejercieron a nivel del comercio
intercolonial. De este ultimo aspecto, Lynch extrae la conclusión de que el liberalismo
que se aplicó al comercio enrealidad tuvo la intención de reforzar el monopolio español
sobre sus dominios. En este sentido, las revoluciones hispanoamericanas se habrían
desatado como una reacción a una nueva colonización, una “segunda conquista”.

El resentimiento y el descontento criollo ayudó fomentar el sentimiento nacionalista que


se pasmo en una rivalidad entre los españoles protagonistas de las independencias y los
españoles agentes de la monarquía, o “peninsulares”. El nacionalismo por lo demás, fue
producto de otros factores de carácter más común a la vida cotidiana, como son las
barreras que la naturaleza le impuso a la comunicación, dificultándola y propiciando el
desarrollo de particularismos en cada región, surgiendo así diversos intereses producto de
las divisiones de orden económico.

Por último, sobre los orígenes ideológicos de la emancipación colonial, Lych señala que
si bien la influencia intelectual desprendida principalmente del movimiento ilustrado fue
un hecho, esta se moldeo a las necesidades inmediatas de los criollos, las cuales habrían
constituido el verdadero e innegable motor de los procesos en cuestión.

Así, para el año 1808 cuando llegan la noticias de la acefalía del gobierno monárquico a
los distintos puntos de la América hispana, se suscitaran una seria de hechos repentinos
que desancedanarán el quiebre del Imperio colonial español.

El particularismo que se dio en Buenos Aires y en las provincias (que junto con la capital
constituían el Virreinato del Río de la Plata) radica en una fuerza aristócrata que en un
principio constituyó la vanguardia de los hechos.

El control que una nueva clase de mercaderes peninsulares trató de imponer (para reforzar
el monopolio español) mermó los intereses de los grupos mercantiles bonaerenses,
desencadenando su descontento y precipitando su accionar, basándose en un militarismo
que desde un principio se superpuso a la débil presencia militar que los españoles tenían
en la capital. Este poderío militar situó a los revolucionarios en una posición privilegiada
que les permitió nombrar a Liniers como gobernador, rechazar la Junta Central de
Gobierno de Sevilla, y sofocar la oposición que una junta de gobierno realista había
manifestado contra el progresivo ascenso de los revolucionarios al poder. Esta milicia se
había consolidado bajo el prestigio que adquirió luego de expulsar a los británicos tras el
intento de invasión de 1806.
Si bien el interés económico de los comerciantes bonaerenses supo imponerse con este
apoyo militar desde un principio sobre las provincias litorales e interiores, Lynch irá
relatando poco a poco, como el factor localista se constituirá como un valuarte de
resistencia a las disposiciones que se formulaban desde la capital. Esta contraposición
tendrá su origen en la disputa de intereses económicos, ya que la pequeña industria
artesanal de las provincias se veía amenazada por las pretensiones liberales de los
revolucionarios centralistas. El equilibrio favorable a esta facción criolla se había
consolidado con el debilitamiento que el poder realista había comenzado a sufrir y que no
pararía de suscitarse. Por lo tanto la particularidad de esta revolución se denota en la
resistencia que las provincias ofrecerán a Buenos Aires: el poder realista tendrá muy poca
participación en este proceso.

Cabe destacar que esta revolución contra la administración colonial, tiene un carácter
netamente patricio, y no constituyó un movimiento social de envergadura por parte de las
otras clases y castas. Las divisiones económicas territoriales, constantemente irán
limitando las intenciones de Buenos Aires, exigiendo a los sucesivos gobiernos un
estatuto federativo que respete su autonomía y no pase a llevar sus intereses. Para el año
1816, el conflicto incluso se manifestó en choques militares y revueltas de caudillos
regionalistas en Córdoba, Santa Fé, la provincia Entre Ríos, etc.

A las amenazas realistas y regionalistas, se suma una facción dentro de la propia


provincia de Buenos Aires que abogará por un ensimismamiento hacia su propio
territorio, renunciando de esta forma a la pretensión centralista de unidad. En 1816, bajo
las presiones de San Martín, caudillo militar que había aparecido en la escena política, y
las urgencias de la Guerra, se hará inminente la declaración de Independencia de las
Provincias Unidas del Río de la Plata, del poder monárquico español. Como señala
reiteradas veces el autor, tal unidad nunca se dio en la práctica. Mientras en 1819 se
redactaba una constitución de carácter centralizado, las provincias del interior y del
litoral declaran su propia independencia con respecto a Buenos Aires. Este período de
choques militares será conocido como la “anarquía” y obligará a la política de la capital a
tornarse sobre sí misma e inmiscuirse menos en los asuntos de las provincias. Las
intenciones de agrupar los territorios del antiguo Virreinato bajo el dominio de Buenos
aires habían fracasado totalmente.
Para 1820, Buenos Aires se vuelca a la preocupación de reconstruirse así misma y
levantarse de los períodos de crisis económica y guerras que no se habían detenido en los
últimos años. La política económica del gobierno de Martín Rodríguez (bajo la
supervisión de Rivadavia), tendería a la liberalización de la economía y al fomento
industrial. Para cumplir el primer objetivo se trataría por todos los medios de atraer a los
comerciantes británicos, de hecho, los grandes beneficiados de esta política serán estos
últimos (Lynch habla incluso de una situación de dominación que comienza a ejercerce a
través del control del comercio). Esta activación económica, junto con un debilitamiento
de la clase mercantil que había iniciado las revoluciones en el Río de la Plata habría
propiciado el ascenso de un nuevo grupo dominante: los estancieros. Esta oligarquía
terrateniente, que extrae su riqueza de la producción ganadera, se convertirá en el nuevo
protagonista en la formación de la Argentina, y no sólo va adquirir el poder económico,
sino que, además, asumirá el control del poder político y social, subyugando a la clase
peonal.

Para los casos de la Banda Oriental, Paraguay y el Alto Perú, Lynch plantea que estas
revoluciones fueron ante todo una reacción ante la emancipación bonaerense que desde un
principio intentó mantener su antiguo posicionamiento de dominio sobre estas regiones.
Por eso vemos en el caso de Uruguay el apoyo inicial hacia la autoridad real, la violenta
dictadura de Paraguay que casi no recibió la influencia de los unitarios rio platenses y la
contraposición del Alto Perú que perseguía el mismo enfoque. El autor aclara que tales
discrepancias se suscitaron por las contradicciones económicas, ya sea de estancieros-
ganaderos, comerciantes que buscaban controlar las rutas fluviales y marítimas (como en
el caso de Montevideo) o productores de la minería. De ahí las necesidades de las elites
de estos territorios por autodeterminarse en función de sus propios intereses.

A modo de comentar en forma crítica el trabajo de John Lynch, podemos decir que sus
supuestos gozan de una seriedad, e incluso un nivel notable de objetividad al centrar su
enfoque en los ineteres derivados del comercio y la economía, y no remitiendo los
procesos de emancipación a un mero choque ideológico y/o político. Por lo demás, este
autor nos aporta enormemente al adjudicarle estas iniciativas a un grupo definido, no
confundiendo de ninguna manera el sentimiento nacionalista que se encontraba en el seno
de las élites criollas con el posterior desarrollo de las naciones. En estos dos ámbitos, su
discurso historiográfico goza de una enorme coherencia.
Podemos criticarle, por otro lado, la mutilación temporal que realiza para los efectos de la
revolución rioplatense entre los años 1817 y 1818 o notar incongruencias en algunos
pasajes de su relato, como al tratar el tema de la expansión británica en el comercio, por
ejemplo, cuando señala que “Argentina, por supuesto, estaba lejos de convertirse en una
colonia británica”1, al mismo tiempo que muestra la gran dependencia que adquirió la
economía bonaerense con respecto a los comerciantes británicos y ejemplificando los
cálculos de Wordbine Parish, en que “la mitad de la deuda pública y la mayor parte de
las mejores propiedades estaban en manos británicas.”2 Pero a pesar de la existencia de
este y otros detalles, el trabajo de Lynch goza de una lucidez que aunque, como ya
dijimos, centra su mirada en la economía, intenta abarcar la mayor parte de los aspectos
posibles para llegar a una comprensión cabal del fenómeno. Su correcta forma de plantear
los hechos, además, logra entender perfectamente el particularismo que se suscitó en cada
lugar específico del mapa Hispanoamericano.

1
John Lynch, Las Revoluciones hispanoamericanas 1808-1826, Ariel Historia. Pág 91
2
ídem.