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LAS REGLAS DE LA SANA CRÍTICA

por Jorge W. Peyrano

Con la fórmula del epígrafe, se procura identificar un sistema de


valoración judicial de pruebas intermedio entre el método de prueba legalmente
tasada o de valoración apriorística y el de íntima convicción o de percepción en
conciencia. Originariamente sólo se aplicaba a la prueba testimonial, aunque
también en algún supuesto se lo tenía en cuenta para apreciar la fuerza
probatoria de las presunciones (1), pese a que está por verse si éstas son un
medio de prueba o - como se afirma actualmente- un modo de razonar del juez
porque mientras se está produciendo, no puede, obviamente ser controlada por
las partes lo que es propio de todo verdadero medio de prueba. En la hora actual,
son consideradas pautas generales de valoración de cualesquier medio de
prueba (2).
Ahora bien: qué son, cuál es su contenido? Pues “las reglas de la sana
crítica son pautas valorativas de la prueba contingentes y variables según el
tiempo y lugar de que se tratare, conformadas por una mixtura entre la
experiencia y los principios lógicos del buen pensar” (3). Igualmente, Couture
enseña: “Y tratando de concretar esta idea, en una definición provisional por la
naturaleza misma de este estudio, diríamos: reglas de la sana crítica son reglas
del correcto entendimiento humano, contingentes y variables con relación a la
experiencia del tiempo y del lugar, pero estables y permanentes en cuanto a los
principios lógicos en que debe apoyarse la sentencia” (4).
Las raíces históricas de la locución “reglas de la sana crítica”, cuya
fecundidad es innegable, fue jurídicamente humilde. Su partida de nacimiento
son los arts. 147 y 148 del Reglamento del Consejo Real de España,
ordenamiento administrativo que data de comienzos del siglo XIX, que
regimentaban la valoración de la prueba testimonial. Con relación al punto, nos
ilustra Caravantes: “Una disposición análoga (se refiere al art. 317 de la Ley de
Enjuiciamiento Civil española de 1855) se había prescripto anteriormente en el
Reglamento del Consejo Real, puesto que en sus artículos 147 y 148 se prevenía
que no pudieran ser examinados como testigos los ascendientes, descendientes,
hermanos, tíos y sobrinos por consanguinidad o afinidad de una de las partes, ni
su conjunta persona; debiendo ser los demás examinados como testigos sin
perjuicio de que las partes pudieran proponer acerca de ellos y el Consejo
calificar, según las reglas de la sana crítica, las circunstancias conducentes a
corroborar o disminuir la fuerza probatoria de sus declaraciones” (5). Falcón,
por su parte, ha concretado un excelente y completo estudio acerca de las
fuentes históricas de la locución que nos ocupa (6).
Llegados aquí, advertimos la necesidad de volver un tanto atrás para
precisar de cuál Lógica debe hablarse cuando se menciona a la que integra la
fórmula “reglas de la sana crítica”. Es que existen muchas “Lógicas” distintas
aplicables en materia jurídica. Traemos a cuento, por ejemplo, a la Lógica de la
argumentación jurídica también denominada “Nueva Retórica”, a la Semiótica
jurídica o análisis lógico del lenguaje jurídico y, también, a la Lógica formal
aristotélica que edifica los principios generales del buen pensar a partir de
cuatro principios. Faltaríamos a la verdad si no dijéramos que resulta bastante
evidente que cuando la doctrina autoral menciona las reglas de la Lógica como
parte integrante de la “sana crítica” se está refiriendo a la Lógica formal
aristotélica.
Ya en tren de precisiones debemos recalcar que lo correcto sería hablar
simplemente de sana crítica cuando se alude al método prevaleciente de
valoración de las pruebas judiciales porque la expresión “reglas de la sana
crítica” debería emplearse únicamente cuando la reiteración de precedentes y
opiniones en igual sentido hubieran consolidado una solución constante. En
verdad, se trata de una tarea pendiente muy importante la de descubrir cuáles
son ellas entresacándolas de lo resuelto y escrito acerca de valoración de la
materia probatoria. Tanto es así que Arazi, con razón, expresa que “a pesar de su
uso, ninguna ley indica cuáles son las reglas de la sana crítica” (7). Ciertamente,
existen serios intentos de elaborar un catálogo de ellas pero entendemos que las
propuestas no son reglas de la sana crítica porque se apartan del origen y
funcionalidad históricas de ellas, y también de la aplicación que
tradicionalmente han recibido en la praxis (8).
En cuanto a sus funciones, cabe decir que de ordinario la sana crítica y las
reglas de la sana crítica son invocadas para asignar mayor o menor fuerza
probatoria que la corriente a medios probatorios producidos o para legitimar
alguna alteración en la ortodoxia del derecho probatorio. Sin embargo,
abogados y jueces, jueces y abogados no mencionan (debiendo hacerlo) cuando
las aluden cuál es concretamente la regla de la sana crítica aplicada y tampoco
en qué consistió el análisis de sana crítica aislado efectuado. En realidad,
bastaría con que alegaran que han hecho uso de la sana crítica, y nada más;
salvo, claro está, cuando se tratara de una verdadera regla y no de una solución
aislada. Dado que una de las pocas reglas de la sana crítica “descubierta” es
aquella que en materia de Derecho probatorio considera que lo diferente y
excepcional merece ser valorado de manera distinta, sucede que aquellas no
sólo se invocan para valorar las resultas de los distintos medios de prueba, sino
también por ser el eje, explicación y justificación de plurales novedades
doctrinarias y jurisprudenciales que presenta el Derecho probatorio actual (9).
Así, vg.r, sirven para legitimar la “prueba difícil” (que es aquella que versa
sobre una cuestión cuya prueba, objetivamente, escapa a lo normal y corriente,
lo que convalida que se aligere el rigor probatorio) (10). Ya hemos tenido
ocasión de señalar: “Para tranquilidad de tribunales y jueces encontramos que la
aplicación de la teoría de la “prueba difícil” tiene apoyo -hasta si se quiere
legal- en las reglas de la sana crítica, fórmula de origen humilde pero de
aplicación constante. Es que tal fórmula permite -y como se verá, hasta obliga-
apreciar el material probatorio de manera más o menos rigurosa según fueren
las circunstancias el caso (11). Lo mismo puede predicarse de las llamadas
“pruebas leviores” que son aquellas que sin recaer sobre una cuestión de
prueba objetivamente difícil, su demostración se ha tornado azarosa en razón de
circunstancias particulares del caso (12). Y qué decir de las cargas probatorias
dinámicas, que también en mérito de singularidades de la causa desplazan el
“onus probandi” desde quien primigeniamente aparecía como soportando dicho
esfuerzo hacia la parte contraria. Tan importante instituto, también encuentra
convalidación en las reglas de la sana crítica (13). Igual sucede con la llamada
“carga de explicitación” (14). Asimismo el denominado “indicio vehemente”
(15) -que es aquél que forma presunción judicial a partir de un solitario indicio-
reclama especial injerencia de las reglas de la sana crítica. Note el lector que en
todos los supuestos reseñados, la regla de la sana crítica que se ha aplicado es la
siguiente: “lo diferente en materia probatoria, debe mensurarse de manera
distinta; apartándose de lo que es normal y corriente”.
Para finalizar, debemos subrayar que interpretamos que las reglas de la
sana crítica y las máximas de experiencia (16) no son institutos distintos y
diferenciados. Veamos: la doctrina especializada en la materia, reconoce que las
máximas de experiencia presuponen ingredientes empíricos y también otros
provenientes de la Lógica formal. Así las cosas, vislumbra el lector alguna
diferencia de contenidos entre las máximas de experiencia y las reglas de la
sana crítica? La respuesta debe ser contundente: no. Por ello pensamos que
estamos hablando de la misma cosa, aunque distinguidas voces doctrinarias no
parecen sustentar igual opinión. Es decir “reglas de la sana crítica” y “máximas
de experiencia” son el mismo producto. La primera formulación, como ya
hemos visto, proviene de la doctrina española y es de frecuente uso en los
cuerpos legales. La segunda, en cambio, reconoce fuentes germanas y no cuenta
con numerosas alusiones legislativas. Pero algo más diferencia (aunque sea lo
mismo, en esencia), a los referidos institutos jurídicos: las máximas de
experiencia han sido identificadas jurisprudencialmente en mayor número que
las reglas de la sana crítica que permanecen en una mayor penumbra. Para
verificar nuestra tesis puede el lector consultar dos autores emblemáticos en la
materia como son Couture y Stein (17), quienes señalan iguales contenidos
para las “reglas de la sana crítica” y para las “máximas de la experiencia”. En
suma: “reglas de la sana crítica” y “máximas de experiencia” son dos modos
distintos de referirse a lo mismo. El cometido pendiente, insistimos, es
desentrañar del cúmulo de precedentes judiciales y de criterios doctrinales
cuáles concretas reglas de la sana crítica (o de máximas de experiencia si se
prefiere esta formulación) han alcanzado el rango de fórmulas recibidas y
aceptadas.
Recapitulando: la sana crítica, mezcla de Lógica formal aristotélica y
experiencia, es un método de valoración probatoria aplicable a cualquier medio
de prueba, cuyo origen es hispano; constituyendo un instituto equivalente al de
las germanas máximas de experiencia. Cuando se la invoca, habitualmente ello
obedece a que se procura justificar una valoración atípica o una interpretación
heterodoxa del derecho probatorio. Cuando se repiten soluciones similares
inspiradas en la sana crítica se consolida una regla de la sana crítica.
Lamentablemente, faltan más investigaciones medulosas acerca de cuáles
serían tales reglas, que existen pero que deben ser halladas dentro de la plétora
de precedentes judiciales y de opiniones doctrinarias. En la actualidad, una de
las reglas de la sana crítica legitima el funcionamiento y aplicación de
importantes y nuevas herramientas del Derecho probatorio.
– N O TAS -
(1) Conf. Art. 226 del CPC Santafesino.

(2) Vide artículo 386 del CPN.

(3) DEVIS ECHANDÍA, Hernando; “Teoría general de la prueba judicial”,

Buenos Aires 1970, Editorial Víctor de Zavalía, tomo 1, página 105.


(4) COUTURE, Eduardo; “Las reglas de la sana crítica en la apreciación de

la prueba testimonial”, J.A. 79-85, sec. doctrina.


(5) DE VICENTE y CARAVANTES, José; “Tratado histórico, crítico,

filosófico de los procedimientos judiciales en materia civil”, Madrid


1856, tomo I y II n° 1003.
(6) FALCÓN, Enrique; “Tratado de Derecho Procesal Civil y Comercial”,

Santa Fe 2006, Editorial Rubinzal Culzoni, Tomo II, página 713.


(7) ARAZI, Roland; “Derecho Procesal Civil y Comercial”, Santa Fe 1999,

Editorial Rubinzal Culzoni, tomo 1, página 354.


(8) FALCÓN, Enrique; op. cit., pág. 739/40.

(9) PEYRANO, Jorge W. ; “El perfil deseable del juez civil del siglo XXI”

en “Procedimiento civil y comercial. Conflictos procesales”, Rosario


2002, Editorial Juris, tomo 1, página 96: “pero también -continuando en
materia probatoria- deberán valorar los elementos de convicción
producidos de igual modo. Dicha “aplicación adecuada” es la que
legitima, por ejemplo, las siguientes figuras pretorianas, pruebas
leviores, prueba difícil y cargas probatorias dinámicas”.
(10) PEYRANO, Jorge W.; “La prueba difícil” en Revista del Instituto
Colombiano de Derecho Procesal”, n° 30, página 63.
(11) Ibídem, página 62.
(12)PEYRANO, Jorge W.; “Aproximación a la teoría de las pruebas
leviores”, en “Estrategia procesal civil”, Santa Fe 1982, Editorial
Rubinzal Culzoni, página 93 y siguientes.
(13) PEYRANO, Jorge W.; “Nuevos lineamientos de las cargas
probatorias dinámicas”, en “Cargas probatorias dinámicas”, Rosario,
Santa Fe, 2004, Editorial Rubinzal Culzoni, página 23.
(14) PEYRANO, Jorge W.; “Anotaciones sobre la carga procesal de
explicitación” en “Procedimiento Civil y Comercial. Conflictos
procesales”, tomo 1, página 609.
(15) PEYRANO, Jorge W., “El indicio vehemente” en “Procedimiento
civil y comercial. Conflictos procesales”, tomo 1, página 477.
(16) CARNELLI, Lorenzo; “Las máximas de experiencia en el proceso de
orden dispositivo”, en “Estudios de Derecho Procesal en honor de Hugo
Alsina”, Bs.As, 1946, Ediar, página 126 al pie.
(17) Ibídem, passim