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Acerca de nuestra tristeza

En nuestra acicalada agenda, podemos encontrar una interminable lista de


errores de procedimiento o faltas en la gestión de los llamados “recursos
humanos”, a esto hay que sumarle que la llegada de inmigrantes dispuestos a
tratar al público con mucha calidez y entusiasmo, propio de esos países cercanos
al caribe y al trópico, este encuentro de culturas nos lleva a ver resaltados ciertos
contrastes y reflejos de nuestro estado anímico.
La forma desanimada que tenemos para ser gentiles, como con los taxistas,
es característico de nuestra conducta. Qué nos sucede que a pesar de mejorar en
nuestro ordenamiento social, no logramos poder disfrutar de los pequeños pero
constantes avances de nuestra economía. Si invitamos a un ser querido a comer
todas estas nuevas opciones de gastronomías y terminamos pasando un mal rato
con un plato que no nos satisface. ¿Qué es lo que provoca que el coyote falle en
capturar al pájaro más veloz, a pesar de toda la tecnología Acme que posee? ¿Será
su exceso de obstinación hacia el correcaminos? Yo estoy creyendo que es la
necesidad de sobresalir de un estado de encierro, una fijación neurótica o una
pasión no encausada, una ansiedad o la falta de paciencia. Hay que heredar a las
futuras generaciones el finiquito de un tenista, cualquiera sabe la importancia de
un Mate o un tiro ganador. Revisar de que manera estamos resolviendo los
capítulos finales de las telenovelas. ¿Que es lo que no nos está permitiendo
disfrutar del largo trabajo hecho? Hay que ver porque no hay un desenlace acorde
al esfuerzo. Por esto, cerrar el partido antes que se venga el aguacero en los
descuentos es lo que se convierte en lo decisivo. En el sur de Chile se logra esa
calma que da escuchar la lluvia, pero nos deja impávidos ante un imprevisto, no
tenemos reacción con esa lentitud. Distinto es cuando la desesperación del calor
nos obliga a tener atravesar un desierto a uno más inhospito por el sólo hecho de
hacerlo apurados. Estas son algunas de nuestras formas, las de un desasosiego
auto inducido o el tropezón premeditado.
Mantener la cabeza fria para tomar la mejor decisión, la sangre templada
para no provocar el más mínimo temblor en el pie al empujar el balón hasta el
arco descubierto en el último minuto. Estar preparados para esos momentos es
parte de la instrucción cultural de un país. Hasta el día de hoy hemos estado
vetado de la salud mental, y con esto hablo del cuidado común que tenemos que
tener de nuestra mente. La psicología ha sido un privilegio excéntrico para el
grueso de este país.
Esto ha provocado que circunstancias previstas para un logro seguro se
conviertan en tragedia. O hemos llegado a conformarnos con recuerdos, que
están carentes de sentimientos de alegría.

Un buen comienzo, en la conquista del amor, dicen los griegos, debería


asegurar la mitad de su realización, pero lo más importante es la confianza en
uno mismo, es ahí en la confianza y no el exceso de esta donde entra a jugar los
segundos decisivos, cuando se tiene gran parte del porcino cocido, cuando se
lanzó un tiro ganador en match point y listo para abrazarse y sorpresivamente
viene de vuelta, cruza la malla perfecta para rematar y se abre una fractura de
tobillo. Desemboca lo único constante: el trayecto lentísimo y profundo entre el
siempre inigualable desastre y el fracaso cotidiano que deja todo en normalidad,
del cual se configura la señora desconfiada o al caballero reprimido y conservador
que nos habita por momentos.

En situaciones de este tipo, todo radica en lo minúsculo de las emociones.


Por ello los segundos posteriores que condensan este placer al estancamiento que
sustenta su justificación y el origen de una próxima desgracia.
Las consecuencias son unos castillos medievales que el masoquismo puso a
disposición para que los golpes nos enaltezcan como realizadores de rituales de
orden social y sacrificadores. Estas construcciones resguardadas, vigiladas y
protegidas en la imaginación impiden que se desenvuelva el sereno flujo de la
belleza, muy distinta de la archiconocida torturadora moralina de la sabia derrota
que abundan en los noticieros de horario prime.

El cuerpo que se resiste a ganar es porque ve en territorios ajenos esa


capacidad de descubrir, conquistar lo que él no tiene. La culturas que han tenido
esa voluntad colonizadora perciben la ilusión del triunfo por donde aparezca.
Tomás Harris en sus crónicas maravillosas busca relatar estos enfrentamientos de
posiciones desde la alteridad. Usar el lugar del otro es inmiscuirse en uno mismo,
situarse por un momento en él parece ser reconocerse. Hay una dialéctica esclavo
amo que al parecer la historia nos trae por inercia en cada vinculo social. El
cuerpo es temeroso al sentimiento de euforia porque la lógica colonial se encargó
que ese lugar esté negado al “otro”, el indio encubierto en cada uno de los que
andamos a pie. Se construyo un estado de alerta constante, que no permite el
goce distendido. Habituado en la culpa, el dolor más antiguo persiste a través de
esa dulce melancolía que habla Freud. Por la otra orilla camina el aventurero
espíritu que lucha con acercarse a su posibilidad de ser laureado por fin, como un
deseo oculto que se sueña en la soledad.

Al parecer los cauces por donde las conexiones del deseo y cuerpo se nutren
han preferido los caminos menos saludables. La biología nota este impacto con
que se ha ido reproduciendo estas relaciones, entre células y células, entre
sintaxis ambientales, entre la seguridad que da la tecnología, y que nos transiten
a los cambios que esperamos. Todas son fuertes batallas que nuestro aprendizaje
debe ir ajustando y es ahí donde se deciden las próximas direcciones de
identidad. Los bajos niveles de estímulos, propios de la vida periférica, miran con
asombro al otro avanzado. Mientras el imperceptible foco del aprendizaje que ha
nacido de la caída se vuelve hábito en un particular estilo lúdico que lleva
inevitablemente al ensayo y error.

El placer de aprender y avanzar en medio de los matorrales espinozos, nos a


convertido en destacados boxeadores, improvisando el uso de las mejillas también
como parachoques de las desventuras. El ring como la escuela publica, hace sonar
la campanilla del recreo para poner a andar el ritmo de los pies y el silencio del
que recibe una vez más los uppercut, como las fluctuaciones ondulatorias de la
oferta y la demanda, que ponen sus matices nublando el fin humano de la
educación. Así se induce que la enseñanza de los ciudadanos mas competentes
sea para que acepten los retos que la vida conlleva, con un carro de
supermercado. Nadie puede decir que en los capítulos del coyote no sale a relucir
su exquisita preparación profesional y el enorme valor de la constancia.