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Anngwyn St.

Just

Trauma:
una cuestión
de equilibrio
Un abordaje sistémico
para la comprensión y resolución
Copywrigth 2008 Anngwyn St. Just
Copywrigth 2010 Alma Lepik

También de Anngwyn St. Just: Equilibrio relativo en un mundo inestable:


una investigación sobre Educación de Traumas y Recuperación,2007, Alma
Lepik Editorial, Buenos Aires.

Directora: Tiiu Bolzmann


Traductora: Rosi Steudel
Correctora: Loli Moreno
Coordinación Editorial: Graciela Lauro
Diseño: Andy Sfeir
Imprenta: Look Impresores srl
Primera edición: mayo de 2010
Reservados todos los derechos por la editorial. Este libro no puede
reproducirse total ni parcialmente, en cualquier forma que sea, electrónica o
mecánica,
sin autorización escrita de los autores y/ o la editorial.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723


Impreso en Argentina
ISBN: 978-987-1522-10-1
Para Richard…
Ningún hombre es una isla

Nadie es una isla completa por sí mismo; todo hombre

es una parte del continente, una parte del conjunto.

Si el mar se llevara una porción de tierra, Europa

quedaría reducida, igual que quedaría un promontorio,

la casa de uno de tus amigos o la tuya

propia. La muerte de cualquier persona me empequeñece

porque estoy unido a la humanidad.

Por eso nunca preguntes por quién

doblan las campanas: doblan por ti.

John Donne
Meditación XVII (1624)
INDICE

Introducción 13

Capítulo 1 - Preguntas 21
Capítulo 2 - Guerra en Colorado: una visión sistémica
de la tragedia de Columbine 41
Capítulo 3 - Secuelas 61
Capítulo 4 - Implicaciones cuánticas y
campo de información 79
Capítulo 5 - El modelo más grande 95
Capítulo 6 - Conectando con los recursos 107
Capítulo 7 - Víctimas y perpetradores 123
Capítulo 8 - Síntomas y ecología de la intervención 145
Conclusión 159

Bibliografía 165
Acerca de la autora 167
INTRODUCCIÓN

Sucede que, cuando persistimos en


indagar más allá de una cierta profundidad,
salimos fuera del campo de las categorías
psicológicas y nos introducimos en la esfera
de los máximos misterios de la vida.

Bruno Schulz (1892-1942)

Puedo entender que los enfoques sistémicos para comprender los traumas y
resolverlos no sean tópicos cotidianos. Sin embargo, se da la circunstancia de
que es un tema de gran importancia para todos nosotros, que no sólo somos
seres humanos, sino también seres sociales. Los estudios humanísticos y la
atención dedicada a la historia revelan que ese tipo de acontecimientos
agobiantes que experimentamos como “traumáticos” siempre nos han venido
acompañando de una manera o de otra. Mucho antes del advenimiento de la
psicología o de la psiquiatría, el trauma fue comprendido y tratado por los
hombres de la medicina y por las mujeres sabias, muchas de las cuales
también eran chamanes. Dentro de esas tradiciones arcaicas se entendía
implícitamente que la sanación siempre tenía que ver con alguna forma de
volver a unir partes desconectadas con un todo más grande.

Esa sabiduría antigua continúa siendo relevante para aquellos de nosotros que
nos encontramos con muchos niveles de fragmentación inherentes dentro de
la experiencia traumática. Estas fragmentaciones incluyen desorientación en
el tiempo y en el espacio, y “conexiones rotas” con uno mismo, con otros y
con la matriz mayor que sustenta la vida humana. Esto es similar a lo que
Martin Buber llamaba “una herida en el orden de ser”. Dentro de estos
patrones de fragmentación se pueden encontrar patrones de estrés emocional
y de comportamiento que se codifican somáticamente y que emergen con el
tiempo. Estas manifestaciones psico-fisiológicas del trauma se reflejan
directamente en el comportamiento de los humanos como seres sociales a lo
largo de todo el ciclo de la vida.

Por esa razón es importante tomar en cuenta tanto el impacto directo como el
impacto indirecto del trauma, no solamente en los individuos sino también en
sus familias y en cualquier otra persona que tenga una relación cercana con
personas que se han visto traumatizadas. Esta preocupación se extiende al
campo más amplio del trauma social, que incluye guerras, terrorismo,
hambrunas, epidemias, colapsos económicos, terremotos, tsunamis, y
cualquier otro desastre natural o provocado por el hombre. Sabemos que
muchas, que ingentes cantidades de personas se vuelven vulnerables ante la
desorientación y los estados de agobio y fragmentación. La evidencia acerca
de esta cruda realidad se divulga diariamente en los medios de comunicación
internacionales y locales.

En esencia, mi enfoque de orientación sistémica para comprender y resolver


el trauma vuelve la mirada al potencial sanador de aquellos métodos que dan
valor a la importancia de la relación de una parte con el todo. Dentro de ese
contexto uso la palabra sistema como derivada del griego synhistanai (juntar,
unir) para significar un todo integrado cuyas propiedades esenciales surgen
de la relación entre sus partes. Un enfoque sistémico también podría ser
definido como la comprensión de un fenómeno en el contexto de un todo más
grande. Esta visión concuerda con la idea de que la verdadera naturaleza del
Universo es la completud, y que todo lo que se encuentra dentro de él está
intrínsecamente conectado. No obstante, para aquellos que sufren un trauma,
la ilusión de estar separados resulta muy real en sus experiencias de
disociación, de dolor crónico emocional y físico, de desesperanza existencial
y de profundo sentido de enajenación.

Mi primer libro, Equilibrio relativo en un mundo inestable: una búsqueda de


nuevos modelos de educación y recuperación de traumas, describió un
proceso personal que, además de la comprensión médico-quirúrgica del
shock y del trauma en los tejidos, trascendía hacia una comprensión más
amplia de los componentes cuerpo-mente de experiencias de vida
abrumadoras. Con el tiempo llegué a darme cuenta de que también existen
dimensiones sociales y culturales del trauma que se extienden a las familias, a
la comunidad, a las naciones y, más allá, a la maltrecha biosfera de nuestro
hogar planetario.

Poco después, un misterio persistente y una serie de cuestionamientos me


llevaron a escribir este segundo libro que comienza en Colorado. En los años
que allí pasé como asesora de trauma en una clínica médica para familias, me
encontré con un grupo de pacientes traumatizados que me parecía
enigmático. Todos ellos habían sufrido una serie repetitiva de accidentes de
tráfico. En poco tiempo se fue poniendo de manifiesto que mi trabajo de
orientación somática para restablecer el equilibrio en aquellos sistemas
nerviosos saturados no era suficiente para explicar, interrumpir o resolver
esos patrones progresivos que salían a la luz.

Era necesario un nuevo paradigma. Comencé mirando más allá del sistema
nervioso individual y me fijé en el papel que desempeñaban las familias y
otros sistemas respecto a la generación de patrones de agobio y conexiones
rotas. Por el estudio del trauma social ya sabía que los traumas a menudo se
producen en los aniversarios de otros traumas. Además, esas fechas
aniversario muchas veces revelan temas no resueltos relacionados con
separaciones y otras formas de conexiones rotas. Los terroristas, los políticos
ambiciosos y los medios de comunicación, por ejemplo, prestan mucha
atención al significado de temas no concluidos que tienen que ver con
aniversarios. Por eso pensé que podría ser productivo contemplar la
posibilidad de que existiera alguna relación entre esos accidentes repetitivos y
fechas aniversario relacionadas con separaciones y conexiones que se
rompieron. Gracias a mis pacientes descubrí un patrón claro que relacionaba
separaciones y conexiones rotas (ya no sólo en la historia individual sino
también en la familiar) con fechas de accidentes repetitivos. Aún así seguía
haciéndome preguntas respecto a cómo y por qué eso podía darse y cómo
encontrar un sendero hacia una solución.

Alrededor de esa época descubrí el trabajo de Anne Ancelin Schützenberger,


una psiquiatra francesa. Ella había documentado muchos casos de traumas
repetitivos que ocurrían en fechas determinadas, fechas que eran aniversarios
de traumas anteriores. Además, la Dra Schützenberger había rastreado esas
“coincidencias” a través de muchas generaciones de familias francesas.
Alentada por sus descubrimientos resolví continuar con mi propia
investigación dentro del contexto de mi práctica clínica.

A pesar de estar ya familiarizada con las teorías de Rupert Sheldrake acerca


de los campos morfogenéticos y la resonancia mórfica que se dan en el
tiempo y en el espacio, no veía aún cómo aplicar esas lúcidas visiones al
campo de la traumatología. Esto comenzó a cambiar cuando presencié por
primera vez el trabajo sistémico con Constelaciones y apliqué ese método al
trabajo en forma individual y a varias generaciones de familias dentro de los
campos informativos Poco después, las ideas propuestas por Schützenberger,
Sheldrake, Hellinger y otros se reunirían de una manera novedosa cuando
comencé a investigar sobre las causas y las secuelas que iba a dejar la
masacre en la escuela secundaria de Columbine en Littleton, Colorado.

Los capítulos tres y cuatro contemplan ese vergonzoso trauma social


norteamericano. Comenzamos con la mañana del 20 de abril de 1999,
momento en que ocurre el suceso, y continuamos a través de un despliegue
trágico de otras réplicas hasta y durante todo el año 2007. Casi una década de
averiguaciones respecto a preguntas que aún siguen sin respuesta
descubrieron posibles y relevantes puntos ciegos culturales con relación a las
causas que provocaron esa masacre. Aparecieron varias claves importantes
alrededor de la escena del crimen relacionadas con conexiones no lineales de
la historia de la región, así como un puñado de fechas significativas
conectadas con traumas sociales previos que incluyen terrorismo y otras
formas de violencia como protesta frente a los valores culturales de una
mayoría. Aparecieron más claves alrededor de prácticas presentes y pasadas
de racismo y genocidio, prácticas altamente influyentes para las generaciones
que vivieron la guerra. Otro aspecto de esta tragedia se manifiesta a través de
las tensiones actuales que produce la exclusión, por parte de la comunidad, de
los perpetradores y sus familias, que han quedado apartados del duelo y de
cualquier otra manifestación reconciliadora.
El capítulo cuatro continúa explorando la posibilidad de que patrones
repetitivos y conexiones no lineales, tanto en la historia como en las secuelas
que dejó la tragedia de Columbine, estuvieran relacionados de alguna manera
con implicaciones inconscientes y campos de información que yo había
observado durante el trabajo sistémico con Constelaciones. En el capítulo
cinco llevo esa exploración a mi práctica clínica, sobre todo a medida que la
búsqueda de patrones más amplios relacionados con traumas individuales
pasa a formar parte integral de mi trabajo.

El capítulo seis se centra en las aplicaciones clínicas de mis nuevas


comprensiones referidas a la necesidad de un contexto al trabajar con traumas
individuales y sociales. Todo el énfasis está puesto en reconocer el potencial
de recursos tan poderosos de que disponen quienes estén dispuestos a sanar
conexiones rotas con su familia de origen, con generaciones previas y con
toda la etnia y las raíces culturales e históricas propias. Todo trabajo con
traumas conduce inevitablemente a temas referidos a víctimas y
perpetradores, eje del séptimo capítulo. En el octavo y último volvemos a
revisar la relación de una parte con el todo en el tratamiento del trauma. Aquí
es donde se encuentran las profundas diferencias de filosofía entre las
terapias de poder orientadas al síntoma (EMDR*, TFT**, etc.) y los enfoques
con orientación sistémica y somática a la hora de resolver las complejidades
de los fenómenos traumáticos.

Este libro fue escrito para toda persona interesada en shock, trauma, historia
cultural y sistemas. Los médicos clínicos que busquen un tratamiento más
centrado en los aspectos psico-biológicos del trauma y de la personalidad
encontrarán un recurso excelente en The Haunted Self: Structural
Dissociation and the Treatment of Chronic Traumatizarion (El Yo
atormentado. La disociación estructural y el tratamiento de la traumatización
crónica) de Onno van der Hart, Ellert Nijenhuis y Kathy Steele. Quienes
busquen una visión más amplia de los aspectos somáticos del trauma
encuentran material muy valioso en las extensas publicaciones de Bessel Van
der Kolk y sus colaboradores. Otras opciones para explorar las conexiones
entre el cuerpo y la mente aparecen en Waking the Tiger: Healing Trauma
(Despertando al tigre, Curando el trauma) de Peter Levine, The Body Bears
the Burden: Trauma Dissociation and Diesease (El cuerpo soporta la carga:
trauma, disociación y enfermedad) de Robert Scaer y Somatoform
Dissociation Phenomena, Measurement and Theoretical Issues (Fenómenos
de disociación somatoforme, medición y temas teóricos) de Ellert Nijenhuis.
Todo el material relacionado con mis experiencias clínicas es verdadero,
excepto los detalles de identificación que han sido modificados para mantener
la confidencialidad.

El dolor crónico y el sufrimiento, inherentes ambos a la experiencia con


cualquier trauma, constituyen una urgencia apremiante para encontrar
respuestas a nuestras preguntas existenciales más profundas. ¿Por qué yo?,
¿Por qué esto?, ¿Por qué ahora?. Queramos o no, nos encontramos ante un
Misterio. A pesar de que a menudo desearía que fuese más fácil, he llegado a
comprender que, tanto para el terapeuta como para el cliente, el viaje hacia la
sanación requiere humildad y aceptación de la necesidad de cambiar. Los
lectores están invitados a acompañarnos en esta exploración más reciente,
impulsada y también sostenida por aquellas preguntas que abrieron el sendero
hacia un trabajo con trauma individual y social de orientación sistémica.

Anngwyn St. Just, abril de 2008


1
Capitulo 1
PREGUNTAS

Tenga paciencia con todo cuanto en su corazón


no esté todavía resuelto,
y procure encariñarse con las preguntas mismas,
como si fuesen habitaciones cerradas
o libros escritos en un idioma muy extraño.

No busque de momento las respuestas que necesita.


No le pueden ser dadas porque usted no las sabría vivir aún.
Y se trata precisamente de vivirlo todo.
Viva usted ahora sus preguntas.

Tal vez, sin advertirlo siquiera, llegue así a internarse


poco a poco
en la respuesta anhelada y, en algún día lejano,
se encuentre con que ya la está viviendo también.

Cartas a un Joven Poeta


Rainer Maria Rilke
Como especialista en trauma he estado viviendo mis preguntas acerca de la
naturaleza del trauma, acerca de su recuperación y acerca de nuestra
condición humana durante más de 30 años. Con estas preguntas no se trata de
buscar respuestas para colocarlas en un archivo y luego guardarlas en un
cajón. Se trata más bien de preguntas que me han llevado, tanto en lo
personal como en lo profesional, a explorar ese misterioso asunto de ser
humanos. En todo ese tiempo, el río de la vida me ha llevado hasta otros
cuyas vidas están movidas por un sendero de indagaciones similar. En mi
libro Equilibrio relativo en un mundo inestable: una búsqueda de nuevos
modelos de educación y recuperación de trauma, escribí acerca del proceso
personal que me llevó a ampliar la comprensión del trauma y a incluir la
naturaleza, la sabiduría chamánica, métodos transculturales no verbales
orientados hacia el cuerpo, y una apreciación del poder sanador de la
comunidad. Durante varias décadas de relación co-creativa con Peter Levine,
me moví más allá de mis experiencias médico quirúrgicas de shock
fisiológico y trauma, y me orienté hacia la comprensión de las dimensiones
del cuerpo y de la mente en las experiencias con sucesos abrumadores.

Poco después de regresar de Rusia, donde trabajé en una clínica especializada


en traumas de guerra, Peter y yo fuimos invitados a formar parte de una
clínica médica de familias en Boulder, Colorado. Éramos una especie de
“lamas” en aquel consultorio, donde debíamos trabajar con pacientes que
habían sufrido experiencias traumáticas en la vida. Dado que poco antes
habíamos llevado un programa de entrenamiento de trauma a la región de
Boulder, estábamos encantados con esa comunidad profesional tan
innovadora que apoyaba un intercambio vivo de experiencias e información
entre las muchas profesiones de curación y de ayuda que se daban cita allí.
En esa época cohabitaban prácticas médicas tradicionales con otras
complementarias en una atmósfera de relativa armonía. Las gentes de aquel
lugar decían que aquella ciudad universitaria tan liberal, adyacente a la Front
Range*, estaba a “diez millas cuadradas” separada de la realidad.

Los cinco años que pasé en aquella consulta tan innovadora me servirían
como importante punto de inflexión en mis comprensiones sobre el trauma.
Allí, en aquel entorno médico, comencé a reconocer que existían modelos
sistémicos y no lineales que a menudo sostienen y perpetúan sucesos
traumáticos. Muchos de los pacientes que me llegaban derivados habían
sufrido heridas agudas o crónicas en accidentes de tráfico. Revisando sus
historiales vi que bastantes de aquellos pacientes habían estado involucrados
en múltiples accidentes, algunos en hasta 10 ó 15 colisiones de mayor o
menor envergadura. Yo me preguntaba todo el tiempo qué sucedía para que
aquellas personas tuvieran tantos accidentes.
¿Era que aquella innovadora clínica atraía una colección especial de almas
con mala estrella que simplemente eran propensas a sufrir accidentes? Pensé
que la causa más probable tal vez tuviera algo que ver con la capacidad de
conducción de aquellos pacientes, disminuida por la ingesta de alcohol o de
drogas legales o ilegales. Cuando mi teoría sobre conductores incapaces no se
sostuvo, pasé a otra de orientación somática buscando una explicación
neurofisiológica razonable.

Yo soy lo que podría denominarse una “teórica del baño de espuma”. Con
ello quiero decir que me agrada particularmente sumergirme y estar en
remojo mucho tiempo cuando reflexiono sobre partes y piezas que no tienen
sentido. Al indagar acerca de ese fenómeno de los accidentes múltiples,
parecía lógico comenzar enmarcando mis hallazgos dentro de los límites del
trauma y del sistema nervioso humano que ya conocía. El trauma surge
cuando se dan cambios en nuestro sistema nervioso autónomo como
respuesta a algo que sucede de verdad o que se percibe como una amenaza.
Estos cambios activan el sistema nervioso, al tiempo que nuestro cuerpo se
prepara para enfrentarse al desafío de una experiencia abrumadora. El
deterioro traumático tiene lugar cuando ese estado de alerta persiste después
de que el peligro haya pasado.

La habilidad para desenvolverse es el único factor y el más importante al


determinar si el funcionamiento continúa o no con su máxima intensidad, o
más bien se ve reducido a un nivel más bajo por el agobio traumático. Incluso
los sucesos muy peligrosos sólo resultan traumáticos en la medida en que una
persona no puede tratarlos eficazmente, ya sea en el momento en que ocurren
o durante las semanas o los meses posteriores. A la inversa, si una persona
posee realmente los recursos que necesita para responder activamente y con
éxito ante una situación amenazadora, puede que experimente estrés, pero no
le sobrevendrá un trauma.

Uno podría preguntarse entonces cuáles son esas habilidades y condiciones


que promueven respuestas eficaces a sucesos amenazadores y potencialmente
abrumadores.
El recurso interno que destaca a la hora de determinar si la consecuencia de
un suceso amenazador será estrés o trauma se encuentra dentro de nuestra
habilidad de reconectar con una “sensación con sentido” de nosotros
mismos(1). Incluso no siendo conscientes de ello, esta experiencia corporal
nos informa a cada instante de dónde estamos y de cómo nos sentimos. Sin
embargo, una sensación que se experimenta no es un fenómeno basado en el
pensamiento. Puede verse influenciada e incluso modificada mediante
pensamientos, pero la sensación con sentido es una experiencia de estar vivo
en un cuerpo que sabe de los matices de su entorno. Esta sensación con
sentido y nuestra habilidad para reconocerla y seguirla se convierte en un
recurso crítico a la hora de determinar nuestra habilidad para salir adelante
una vez que hemos experimentado una amenaza.

Todo animal sano, incluso los humanos, tiene un potencial genético para
defenderse instintivamente. Este potencial incluye un reflejo orientador para
evaluar el peligro y las opciones de respuesta de lucha, huída o
congelamiento. Estas opciones neurológicas están ubicadas en el cerebro
reptil (tallo cerebral y cerebelo). Nuestro sistema reptil, denominado así por
la similitud de esa parte con los cerebros de los reptiles (que han permanecido
casi sin cambios unos 200 millones de años), alberga nuestros instintos más
primitivos de supervivencia. Pensando en mis pacientes que habían sufrido
múltiples accidentes de coche, parecía lógico que ese reflejo orientador
desempeñara un papel importante en la generación de incidentes repetitivos.
Los patrones coordinados de movimientos musculares y de conciencia
sensorial que se conocen como “respuestas orientadoras” sirven como radar
del sistema nervioso y como un sistema de advertencia preventiva(2).

En los accidentes, se puede dar el caso de que no haya ni tiempo ni


oportunidad para que los reflejos orientadores preparen una respuesta efectiva
a una amenaza. Como consecuencia, las víctimas pueden quedar abrumadas y
desorientadas tanto en el espacio como en el tiempo. Este tipo de
desorientación puede resolverse por sí solo o bien persistir en el tiempo,
causando un determinado grado de deterioro en respuestas defensivas
posteriores. Y de esa manera, pensaba yo, las personas cuyas respuestas
orientadoras no se activaron en accidentes de tráfico y quedaron algo
desorientadas tendrían una menor posibilidad de responder eficazmente si
tuvieran otro percance al volante. Por lo tanto, un accidente de tráfico
desorientador podría provocar que fueran más probables otros accidentes de
tráfico posteriores ya que la desorientación se veía agravada por incidentes
ulteriores.

Mientras el agua de mi bañera se iba enfriando, sentí que había comenzado a


desarrollar una explicación razonable para el modelo de accidentes de tráfico
múltiples de mis pacientes. No obstante, también sentí que este fenómeno
daba para aprender más. A mi regreso a la clínica me tomé un tiempo para
revisar todos los historiales clínicos de dichos pacientes. Pronto se puso de
manifiesto que mi explicación aparentemente lógica de atribuir los accidentes
múltiples a respuestas de orientación frustrada no resolvía el misterio, puesto
que muchos de los involucrados en los accidentes eran pasajeros y no
conductores, y varios de ellos habían sido embestidos mientras estaban
sentados en coches aparcados.

Un día a la hora del almuerzo, mientras paseábamos a orillas del arroyo


Boulder, comenté el tema de los accidentes múltiples con Peter. Esa senda
rodeada de árboles, un lugar estupendo para pasear y conversar, ofrecía una
vista clara y extensa de las Montañas Rocosas. Esa costumbre de pasar el
mediodía en el exterior es una práctica común en la cultura local de Boulder,
donde los encuentros tanto personales como profesionales se llevan a cabo en
la medida de lo posible al aire libre y, a veces, hasta se realiza alguna
actividad física. Rápidamente descubrimos que esa realidad enigmática
también había rondado por la mente de Peter. No hacía mucho que había
observado que había familias en que se repetían los accidentes aéreos sin
importar si las personas involucradas eran pilotos o pasajeros.

En esa época, Peter estaba trabajando con los supervivientes de la catástrofe


aérea de la ciudad de Sioux. El 19 de julio de 1989 un vuelo de United
Airlines que se dirigía de Denver a Chicago efectuó un aterrizaje de
emergencia en un campo de maíz de Iowa. El impacto de ese aterrizaje en los
pasajeros y en sus familias fue llevado al cine tiempo después por Peter Weir,
que rodó Sin miedo a la vida (Fearless). Mientras trabajaba con su trauma,
una superviviente reveló que tres generaciones de miembros de su familia se
habían visto involucradas en accidentes aéreos. Yo sabía que esto también era
cierto en el caso de la familia Kennedy, tan perseguida por la tragedia.

Joseph F. Kennedy Jr., hermano mayor del presidente John F. Kennedy, fue
piloto de la Marina durante la Segunda Guerra Mundial. Su B-24 explotó
sobrevolando el Canal de la Mancha en 1944. La hermana menor de Joseph,
Kathleen, murió cuando viajaba como pasajera en un vuelo privado en 1948 y
el hermano menor de ambos, el senador Edward M. Kennedy, salió ileso de
un accidente aéreo en 1964. En 2006 volvió a sobrevivir cuando el avión
privado en el que viajaba fue alcanzado por un rayo. John F. Kennedy Jr.
murió en 1999 cuando su avión monomotor se precipitó desde el cielo.
También me di cuenta de que los accidentes múltiples de tráfico pueden ser
transgeneracionales. Este fenómeno de los accidentes transgeneracionales y
otros acontecimiento traumáticos ha sido observado y estudiado
extensamente por la psiquiatra y profesora francesa Anne Ancelin
Schützenberger. En su libro The Ancestor Syndrome (“¡Ay, mis ancestros!”)
sugiere que hay formas según las cuales las fechas aniversario y otro tipo de
información del pasado puede ser almacenada en la memoria inconsciente
codificada en los genes, memoria que luego puede ser expresada en
generaciones posteriores.(3)

El trabajo de Schützenberger con lo que ella denomina “psicogenealogía”


proporciona una cantidad impresionante de material sobre casos que revelan
una conexión entre fechas y modelos transgeneracionles de accidentes y otros
tipos de trauma. Sus ejemplos representan fenómenos más allá de la mera
coincidencia o de lo que podría llamarse sincronicidad. También opina que
hay fechas específicas que representan “un período de susceptibilidad”
durante el cual uno está en peligro en caso de que existiera una necesidad
inconsciente de equilibrar el destino de otro miembro del sistema. Es
importante decir que las observaciones de Schützenberger y sus experiencias
clínicas no pueden formar parte del contenido de la definición de
sincronicidad de C. G. Jung, que utiliza este término para describir la
“oportunidad significativa” limitada a una relación específica entre estados
interiores de conciencia y acontecimientos externos.
En Reviewing Assumptions: A Dialogue About Phenomena That Challenge
Our World View (“Revisando asunciones: un diálogo sobre fenómenos que
cuestionan nuestros puntos de vista acerca del mundo”), una conversación
grabada en vídeo entre el biólogo Rupert Sheldrake y el terapeuta sistémico
Bert Hellinger en abril de 1999, Schützenberger narra las circunstancias y los
acontecimientos históricos relacionados con la muerte de un joven de 18 años
ocurrida en París. El 6 de enero, día de Reyes, se toma en Francia la Galette
des Rois, un pastel con una corona en su cubierta que esconde en su interior
una figurita, de manera que a quien le toque ese trozo de la tarta es coronado
rey o reina ese día. El joven iba a la panadería a buscar uno de esos dulces.
Cerró la puerta de casa y presionó el botón del ascensor. Las puertas se
abrieron de inmediato, pero el ascensor no estaba. Por curiosidad extendió el
cuello hacia adelante para mirar en el hueco. En ese momento la máquina,
que bajaba en caída libre, le cortó la cabeza.

Investigando la historia familiar de ese joven, Schützenberger descubrió que


un pariente suyo, miembro de la Convención Nacional, había votado a favor
de guillotinar al rey Luis XVI y a la reina. La decisión de ejecutarlo fue
tomada por 361 votos a favor, 288 en contra y 72 que pedían un
aplazamiento. El recuento final, incluyendo estos 72 votos últimos, fue de
361 a favor de la ejecución y 360 en contra. En aquellos tiempos cada voto
contaba(4). También resulta que, durante una etapa anterior a la Revolución
Francesa, el pueblo, enojado y exasperado por los altos precios y la falta de
pan, se echó a la calle y marchó hacia Versalles solicitando que el rey y la
reina se hicieran cargo de sus responsabilidades, rey y reina a quien
irónicamente la muchedumbre denominaba “el panadero y la esposa del
panadero”.

Con todo esto, yo sentía que tenía algo así como un tigre agarrado por la cola
tratando de comprender las causas que había detrás de traumas repetitivos
que también podían manifestarse en forma de tragedia transgeneracional. A
pesar de que la existencia de ese tipo de patrones sin duda es real, seguía
habiendo preguntas preocupantes. ¿Cómo puede ser que esa tragedia parisina
del ascensor haya sido creada por acontecimientos casuales que relacionan a
aquel joven con un ascensor automático?, ¿Por qué las consecuencias de
comportamientos en generaciones anteriores recaen en un determinado
miembro de la familia y no en otros, o no en todos los demás? ¿Se trata de
karma, destino, o es algo así como una maldición familiar?

Si uno de los temas relacionados con esas fechas significativas tenía que ver
con el equilibrio, me preguntaba si esas “ventanas de susceptibilidad” no
podrían servir también como “ventanas de oportunidad”.

Consideremos, por ejemplo, la experiencia del ex vicepresidente Al Gore


según narra en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz el 18 de
diciembre de 2007. Exactamente siete años antes, la Corte Suprema de los
Estados Unidos impidió un recuento de votos en Florida que, de haberse
llevado a cabo, probablemente lo habría convertido en presidente, ya que
había ganado legalmente el voto popular. Gore dijo en su discurso: “Leí mi
propio obituario político en un análisis que me pareció duro y equivocado,
por no decir prematuro. Pero ese veredicto no querido trajo también un regalo
precioso: una oportunidad para buscar formas nuevas y frescas de servir a mi
propósito”.(5) Mirando más de cerca la experiencia de aniversarios de Al
Gore, es posible ver una ventana de oportunidades que sirvió para corregir un
desequilibrio dentro del lapso de vida de una persona. Esto es bastante
distinto a la susceptibilidad creada por una implicación transgeneracional.

A la luz de ese material que se seguía desplegando, me pareció aconsejable


aceptar que el significado potencial de las fechas aniversario seguía siendo un
tema abierto, aunque sin respuesta todavía. En esos momentos también
pareció lógico suponer que como terapeuta de trauma encontraría muchas
más ventanas de “susceptibilidad” que de “oportunidad”. Por eso, decidí
limitar por el momento mis investigaciones clínicas a circunstancias
relacionadas con accidentes múltiples de vehículos motorizados. Esto
comenzó cuando observé, como historiadora y como médica clínica, y
después de muchos años de consulta, que los traumas tienden a suceder en el
aniversario de otros traumas. Los terroristas lo saben y muchas veces
procuran orquestar sus atentados en un aniversario de trauma social o
político. Esos sucesos en fechas específicas se traman para llamar la atención
sobre algo no resuelto. A escala nacional, los norteamericanos tuvieron una
prueba de ello el 11 de septiembre de 2001. Aquella catástrofe puede ser vista
como causa o también como resultado de otros ciclos de violencia.

Si optamos por destacar el uso de eventos históricos como fechas de


transición para delinear las eras históricas, este caso ahora totémico del 11 de
septiembre de 2001 sirve para marcar el inicio de nuestro tercer milenio. El
segundo avión, como casi todos saben, fue el que impactó contra la segunda
torre del World Trade Center. Y fue este segundo avión, según escribió
Martin Amis pocos días después del acontecimiento, el que aniquiló
completamente cualquier esperanza de que lo sucedido en aquella radiante
mañana de septiembre pudiera haber sido solamente un trágico accidente
aéreo. Para las miles de personas que había en la Torre Sur, el segundo avión
significó el final de todo. Para el resto de nosotros, su aterrador destello fue el
indicio mundial de un futuro próximo(6).

Una serie de acontecimientos que tuvieron lugar en esa misma fecha o en


alguna cercana a ella se plasma hoy día en taquigrafía digital como 9/11. Los
ataques que involucraban a las compañías aéreas, al World Trade Center y al
Pentágono enseguida fueron atribuidos a terroristas islámicos y a un “choque
de civilizaciones”. Esta percepción, entretejida de alusiones religiosas, sirvió
para justificar una guerra en Afganistán e incentivar otra guerra más contra
Irak. Ese día de infamia se celebraba el decimoprimer aniversario de un
discurso sobre el “Nuevo orden mundial” que George Bush padre, ex director
de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) y futuro presidente de los
Estados Unidos de América, pronunciaba en una sesión conjunta del
Congreso. Esa misma ocasión fue la elegida por su hijo, el presidente George
H.W. Bush, para anunciar la decisión de su gobierno de ir a la guerra contra
Irak en la Primera Guerra del Golfo. También es interesante observar que la
construcción del Pentágono, uno de los objetivos del 9/11, comenzó un 11 de
septiembre de 1944 (7).

El 11 de septiembre también tiene una resonancia trágica en Oriente Medio.


El 11 de septiembre de 1922, ignorando el duelo y la indignación árabe, el
gobierno del Reino Unido publicó un Mandato Británico de Palestina que
prometía a los sionistas europeos un territorio nacional para el pueblo judío.
Quedó así establecido el escenario para un conflicto que continua hoy día,
con ataques terroristas y con guerras. Otro 11 de septiembre un grupo
terrorista palestino denominado Septiembre Negro tomó rehenes durante los
Juegos Olímpicos de Múnich y mató a 11 atletas israelíes.

Hay rumores por Internet que sugieren que el 11 de septiembre de 2001


coincide con la Batalla de Viena de 1683, considerada el punto final de
inflexión del conflicto entre las fuerzas del Occidente cristiano y el Imperio
otomano del Islam. En septiembre de 1697, los turcos otomanos perdieron
gran parte del territorio de Europa oriental tras otra devastadora derrota a
manos de los austriacos(8). Sin embargo, la fecha exacta de esta
correspondencia en el tiempo no puede ser totalmente esclarecida dado que
las fechas del calendario lunar islámico y las del calendario solar gregoriano
occidental no son las mismas.
Otro choque de civilizaciones comenzó el 11 de septiembre de 1966 cuando
Mahatma Gandhi anunció sus planes de una resistencia no violenta contra el
dominio británico. Y luego en Chile, otro 11 de septiembre, la CIA
norteamericana apoyó el golpe militar que causó la muerte de Salvador
Allende, presidente elegido democráticamente. El régimen fascista de su
sucesor, el general Pinochet, fue responsable de la desaparición de miles de
personas. Durante su mandato, escuadrones de ataque, campos de
concentración y cámaras de tortura fueron implementados en todo el país.

Aunque no queda del todo claro en cuántos 11 de septiembre ocurrieron


acontecimientos planeados, consciente o inconscientemente, o fueron pura
coincidencia, lo cierto es que ese patrón de aniversario de tragedias y
conexiones rotas sí se manifestó con una claridad dolorosa en la masacre del
instituto Columbine, acontecida en una localidad cercana a Littleton,
Colorado. En este caso, parece evidente que para la masacre y el terror sí se
eligieron deliberadamente fechas significativas. En aquel entonces yo
desconocía esos acontecimientos futuros y centré mi trabajo en personas
individuales. Así fue como empecé a solicitar a mis pacientes de accidentes
múltiples que anotaran las fechas de sus accidentes para luego buscar
patrones.
En esa época, la mayoría de los accidentados eran mujeres y lo que
descubrimos es que a menudo sus accidentes habían tenido lugar en fechas
cercanas a la interrupción de un embarazo. Las tres fechas en que era
probable que sucediera algún accidente eran la fecha de concepción, de
terminación y la fecha en la que el bebé hubiera debido nacer. En la medida
de lo posible cotejamos las fechas de sus accidentes con embarazos
incompletos producidos por abortos provocados, abortos espontáneos, muerte
del feto o nacimiento del bebé sin vida registrados en sus historiales clínicos.
Como era de imaginar, muchos obstetras y ginecólogos locales pensaban que
se trataba de una idea loca y se mostraban reticentes a verificar sus registros.
Sin embargo, mis pacientes insistieron y encontramos una correlación
asombrosa entre las fechas de sus accidentes y las fechas de esos embarazos
incompletos. Fenomenológicamente quedaba claro que había algún tipo de
conexión entre esos acontecimientos, pero yo no tenía ni idea de cómo o por
qué podía ser así.

La cuestión de las “ventanas de oportunidades” volvió a emerger en una


conversación con mi médico chino Lam Kong. Me explicó que, según la
medicina oriental que se basa en los estados de equilibrio y desequilibrio, las
mujeres que pierden embarazos tienen mayor posibilidad de volver a
concebir en el aniversario de su pérdida anterior, en la fecha de la concepción
anterior o en la fecha en que el embarazo hubiera culminado de forma
natural. Dentro de ese paradigma oriental existe una creencia según la cual
las fechas específicas que tienen que ver con ciclos incompletos ofrecen
ventanas de oportunidades como realidad biológica. Esta información podría
ser muy valiosa para las mujeres que deseen volver a concebir y también para
aquéllas que no lo deseen.

Cada vez me iba sintiendo más obligada a ahondar aún más en el tema de los
accidentes y los aniversarios. También reflexionaba sobre hombres
accidentados y mujeres que habían tenido múltiples accidentes de tráfico pero
que jamás habían estado embarazadas. Casi un año después me derivaron a
una mujer que se había visto involucrada en una serie de colisiones que
aparentemente no guardaban relación entre sí. Le pregunté por las fechas y si
había habido algún embarazo incompleto. Me dijo que sí, y las fechas
coincidían exactamente. Le expliqué que había observado que muchas veces
se daba ese paralelismo, pero que seguía desconcertada con relación a la
naturaleza de ese tipo de conexiones. Para mi sorpresa comentó que la
información tenía sentido para ella porque “un embarazo incompleto es una
desconexión violenta y una colisión es una conexión violenta”. De esa
manera cada vez me quedaba más claro que algo ocurría con relación a la
energía, el equilibrio y el campo que rodeaba a esos acontecimientos. A pesar
de lo abstracto que parecía todo en ese momento, me abrió un camino para
ampliar mis observaciones sobre accidentes y conexiones rotas.

Algún tiempo después, en 1997, llegó a Boulder el filósofo iconoclasta y


terapeuta familiar alemán Bert Hellinger, septuagenario por aquel entonces,
haciendo una primera parada en su visita inicial a los Estados Unidos.
Durante sus años como sacerdote católico y misionero había vivido más de
16 años con los zulúes en Sudáfrica. Tras abandonar el sacerdocio y regresar
a Alemania, Hellinger desarrolló un modelo de terapia que integra la
fenomenología existencial, los sistemas familiares y la sabiduría tradicional
de los zulúes. Yo sabía que sus talleres en Alemania eran al tiempo populares
y controvertidos, y estaba muy interesada en saber qué generaba tantas
discusiones. Su presentación en Boulder contó con una audiencia escasa dado
que en ese entonces era poco conocido en Estados Unidos. Por lo tanto, pude
participar en las constelaciones y también observar su trabajo con personas
que yo conocía. Rápidamente me di cuenta de que aquel hombre entendía la
naturaleza y la dinámica de los fenómenos de campo que yo estaba
empezando a reconocer.

Supe que el método sistémico de constelaciones postula algo así como un


“campo de información” atemporal que contiene información sobre
desequilibrios dentro de las familias y de otros sistemas. Esos desequilibrios
pueden generar implicaciones inconscientes y perturbaciones de la salud
física y mental del individuo y de sus patrones vinculares, desequilibrios que
pueden persistir durante varias generaciones. Dichos desequilibrios surgen
por exclusiones, conexiones rotas, pérdida temprana de miembros de la
familia, abandono del país, secretos relacionados con hechos como
adopciones, hijos ilegítimos, asesinatos ocultos, extorsión económica y, por
supuesto, guerras. En aquel momento yo tenía una comprensión superficial
del significado de esos campos y desequilibrios. No obstante, quedaba claro
que ese modelo sistémico era radicalmente diferente a todo lo que había
aprendido durante mi entrenamiento como terapeuta familiar y de parejas. Y
quería saber más.

Con el tiempo, Hellinger explicó que más que terapeuta él se sentía maestro
y, sobre todo, alguien que había llegado a tener comprensiones que iban más
allá de la psicoterapia. Anteriormente, las comprensiones de Confucio (551-
479 a.C.) proporcionaron deleite e inspiración a partes iguales. Este antiguo
filósofo social chino siempre miraba hacia un potencial mayor del hombre y
buscaba comprender un orden aplicable a toda la humanidad. El individuo y
sus conciudadanos estaban subordinados a un todo más grande del que todos
formaban parte. En su libro No Waves without the Ocean, Hellinger apunta
que, en cierto modo, también él tiene algo que decir en ese sentido(9).

Observando el trabajo sistémico con constelaciones comencé a intuir que


interesarme por las consecuencias de conexiones rotas me llevaría a
comprender más profundamente el trauma individual en el contexto de un
sistema mucho más amplio. Los accidentes de tráfico múltiples, ahora ya lo
sabía, tendían a suceder en aniversarios de separaciones y conexiones rotas
que también podían ser tanto la causa como el resultado de desequilibrios.
Con el tiempo también descubrí que los accidentes, en general, suelen
acontecer en aniversarios de esas separaciones y conexiones rotas. Estas
últimas pueden incluir embarazos incompletos y muchas otras separaciones,
como la muerte de un ser querido, un divorcio, la ruptura de una relación y
otras experiencias de abandono.

Cuando comencé a mirar estos traumas individuales desde una perspectiva


sistémica, me di cuenta de que muchos tenían que ver también con
desconexiones transgeneracionales. Con ese nuevo entendimiento me quedó
claro que la dificultad en resolver ciertos traumas individuales a menudo
indicaba la presencia de un tema sistémico no resuelto. Esta comprensión
marcó el comienzo de mi trabajo de trauma con orientación sistémica y,
asimismo, un cambio profundo en el enfoque clínico que empecé a dar a los
accidentes y a otros incidentes abrumadores y conexiones rotas. Esta nueva
fase comenzó con la hipótesis ya mencionada, es decir que muchos traumas
no resueltos tienen un trasfondo sistémico. Si esto resultaba verdadero para
traumas individuales, ¿por qué no sería también aplicable al trauma social?.

Más tarde, en 1999, tendría la oportunidad de explorar esa perspectiva


sistémica del trauma individual y del trauma social al seguir el despliegue de
la masacre de Columbine, en Littletown, Colorado.

NOTAS

1. Gendlin, Eugene (1986) The Felt Sense, Chiron Publishers, Wilmette,


Illinois.
2. Levine, Peter (1997) Waking the Tiger: Healing Trauma, North Atlantic
Books, Berkeley, California.
3. Schützenbergr, Anne Ancelin (1998) Translated from the French by Anne
Trager: The Ancestor Syndrome, Trasnsgenerational Therapy and the Hidden
Links in the Family Tree, Routledge, London and New York.
4. Sheldrake, Rupert, Schützenberger, Anne Ancelin, Hellinger, Bert (April,
1990) Re-Viewing Assunptions That Challenge: A Dialogue About
Phenomena Our World View, Carl-AuerVerlag, Heidelberg, Germany.
5. www.nobelprize.org
6. Amis, Martin (2008) The Second Plane: September 11, 2001-2007,
Jonathan Cape Ltd. UK.
7. Roy, Arundhati, “Not Again: September 11, 1922 to September 11, 2002”
Speech given at Stanford University, Palo Alto, California, 9.11.2002.
(ccrma.stanford.edu/-peer/arundhatiroy.html-43k).
8. Bruce, George (1981 revised 3rd edition) Harbottle’s Dictionary of Battles
p.265.
9. Hellinger, Bert (2006) No Waves without the Ocean, translated from
The German by Jutta ten Herkel and sally Tombleson, Carl Auer Verlag,
Heildelberg, Germany.
CAPITULO 2
GUERRA EN COLORADO
Una visión sistémica de la tragedia de Columbine

El uso directo de la fuerza es una solución muy pobre para cualquier tipo de
problema; en general es empleada por los niños pequeños y las grandes
naciones.

David Friedman
Una mañana fresca y primaveral, en mi hogar de Lyons, Colorado, recibí por
teléfono un mensaje urgente para que encendiera la televisión. Me contaban
algo sobre una masacre en la escuela secundaria de Columbine, una localidad
cercana a Littleton. Como la mayoría de los norteamericanos, ya tenía más o
menos costumbre de ver muchas formas de desastre desplegándose en la
pantalla, pero ésta me conmovió mucho. Enseguida sintonicé con la lucha
frenética de los medios para encontrarle un sentido a lo que sería la tragedia
más relevante relacionada con un instituto en Estados Unidos. Casi un mes
más tarde, el presidente Clinton visitaba la comunidad de Littleton para decir
a los estudiantes de Columbine que:

Esto que les ha sucedido ha traspasado el alma de América… Esas fuerzas


oscuras que se apoderan de las personas y las llevan a asesinar son la
manifestación extrema del miedo y de la ira que cada ser humano debe
combatir(1).

Ahora, cuando ya ha pasado casi una década de esa tragedia, la masacre de


Columbine sigue fascinando a los medios norteamericanos. Esa cruel locura
sigue sirviendo como inspiración para acontecimientos similares. ¿Por qué
esa atracción que perdura, esa necesidad de repetición? ¿Qué elementos no
explorados pueden haber contribuido a la tragedia? La respuesta puede tener
algo que ver con la historia violenta del lugar geográfico, con la elección
estratégica de la fecha, con drogas psicotrópicas y con la fascinación que
tenemos los norteamericanos por las armas. Sin embargo, también podría ser
que esas “fuerzas oscuras” que Clinton esgrimía como móvil de la matanza
estuvieran relacionadas con un modelo mucho más grande que involucrase
otras formas más externas de “combate”, como una relación inconclusa de
nuestra nación con la guerra.

El martes 20 de abril de 1999, poco antes del almuerzo, los alumnos Eric
Harris y Dylan Klebold abrieron fuego con pistolas y explosivos en la
cafetería de la escuela durante la hora punta del almuerzo. Luego siguieron
camino hacia la biblioteca, donde mataron a 12 estudiantes y a un profesor, e
hirieron a 23 personas más durante los 46 minutos que duró la juerga de la
matanza. Luego, el dúo homicida apuntó sus armas contra ellos mismos.
Irrumpieron en escena equipos de ataque en ropa de camuflaje, policía,
personal médico de emergencia, helicópteros y representantes de los medios.
Personal de la escuela y del condado se reunió para esperar junto a los padres
desesperados que trataban de obtener información sobre sus hijos.
Adolescentes presa del terror eran evacuados de su escuela. Salían uno a uno
y con los brazos en alto cuando la policía se precipitaba hacia el interior para
buscarlos. Desde cualquier punto de vista reinaba la confusión y esas escenas
de pesadilla continuaban desplegándose en una atmósfera de caos absoluto.

Después de esa masacre, el Colorado State Board of Education* publicó una


declaración: “Lo que debe hacerse es buscar el significado en nuestra
tragedia. Mientras indagamos acerca del POR QUÉ detrás de este
acontecimiento infame, debemos encontrar respuestas más allá de lo fácil y lo
obvio(2)”. Algunas explicaciones fáciles y obvias de esa masacre
comenzaron a emerger casi al mismo tiempo que los sucesos trágicos se
desplegaban. Como suele suceder con las tragedias públicas norteamericanas,
ciertos grupos de interés aprovecharon la oportunidad para promover sus
propias conclusiones en beneficio propio. Pronto aparecieron en escena
políticos, comentaristas, líderes religiosos, profesionales de la salud mental y
portavoces de la comunidad dando explicaciones lineales que aducían a una
sola causa.

Así, pronto se empezó a hablar del culto gótico de la “Trench Coat Mafia”
(Mafia de la gabardina), de personas insatisfechas, de intimidaciones, de la
falta de control sobre las armas, de la violencia que aparece en los medios, de
que ya no se reza en las escuelas, de la ineficaz supervisión de los padres y su
escasa implicación, de medicaciones psicotrópicas, de racismo, de las
maldades de Internet, de la violencia de los videojuegos y de mucha otra
jerga dirigida a la audiencia joven. Un artículo publicado en el Time
Magazine agregó el ansia por la fama a la creciente lista de causas
probables(3). A pesar de que aquellos jóvenes habían descrito su
perfectamente planeada masacre como un “operativo militar” llevado a cabo
con armas semiautomáticas y bombas, nadie parecía dispuesto a examinar la
posibilidad de que aquella violencia tuviera algo que ver con guerras
anteriores o actuales.

Por la enormidad del shock que produjo dicho acontecimiento trágico y el


impacto inmediato y a largo plazo que tuvo en toda la nación, yo dudaba
seriamente de que alguna de esas causas aisladas o alguna de esas
explicaciones lineales ofrecieran suficiente comprensión en lo que claramente
se estaba desplegando como un trauma social complejo. A la luz de mi
reciente descubrimiento de que los traumas tienden a suceder en los
aniversarios de otros traumas y de que quienes pretenden cometer atentados
terroristas a menudo aprovechan esas fechas, pensé que sería útil buscar
factores sistémicos, transgeneracionales e históricos que pudieran indicar la
presencia de un modelo más grande. Comencé mirando más de cerca varios
factores que comenzaron a surgir del aparente caos y también observé la
naturaleza del caos mismo.
Según explican John Briggs y David Peat en su libro Seven Life Lessons of
Chaos (Las siete leyes del caos), el término científico caos se refiere a la
interconexión que existe entre sucesos aparentemente casuales. La Teoría del
caos y la causalidad no lineal se aplica actualmente en campos como la
medicina o la economía, en contiendas militares y de dinámica social. A
medida que la Teoría del caos emerge como una nueva perspectiva cultural,
se nos presenta el desafío de cuestionar nuestras estimadas suposiciones
acerca de la causalidad. Las conexiones no lineales de la Teoría del caos
pueden servir para abrir nuestro pensar hacia formas radicalmente nuevas
para explorar realidades aparentemente conocidas(4). “A non linear
connection, though non linear is still a connection” (Una conexión no lineal,
aun siendo no lineal, sigue siendo una conexión). ¿Cómo comenzar entonces
a explorar esas conexiones no lineales y su relación con la tragedia de
Columbine?.

Mi impresión es que valía la pena examinar ese caos aparente desplegado


alrededor del suceso con la esperanza de encontrar alguna comprensión sobre
algún posible orden. Dentro de ese paradigma, se podría especular con que
ese acontecimiento aparentemente azaroso pudiera formar parte de un patrón
que fluye desde el pasado, a través del presente, hacia el futuro, como parte
de un sistema aún en evolución. Los estudiosos de la teoría del caos sostienen
que si un acontecimiento es parte de un patrón que se repite dentro de un
sistema, entonces ese sistema tiene al menos uno o más de un “atractor” que
favorecen la tendencia a que comportamientos o sucesos tomen una
determinada forma o se repitan a lo largo del mismo tema o de temas
similares. Comencé a buscar esos atractores estableciendo gradualmente las
conexiones no lineales entre los muchos elementos que contribuyeron a la
tragedia. Así fue como se empezó a armar una especie de collage que
encontró en la ubicación geográfica y en la fecha a sus dos primeros
atractores.

Con relación a la ubicación geográfica, las investigaciones con campos


mórficos y la resonancia mórfica de Rupert Sheldrake pueden ofrecer claves
importantes en ese enigmático rompecabezas. El término morfo procede de la
palabra griega morph, que significa forma. Un campo mórfico es, pues, un
campo hipotético de forma o patrón, orden o estructura, una clase de
“memoria en la naturaleza”. Este tipo de campos organizan no sólo los
campos de los organismos vivos sino que también configuran otras formas no
vivientes como cristales y moléculas. Los campos mórficos son
inherentemente holísticos y no pueden ser segmentados en partes o reducidos
a cualquier tipo de unidad atomística. El autor describe estos campos como
“campos de información” que sólo se pueden detectar por el efecto que
producen en el sistema. Sheldrake postuló la posibilidad de que los lugares
también tengan “campos de memoria”. Esta es una variante de la expresión
latina genius loci o espíritu del lugar. Las culturas indígenas mantienen
creencias similares en todo el mundo. Los aborígenes australianos, por
ejemplo, creen que toda actividad o proceso significativo que sucede en un
lugar concreto deja un residuo vibracional en la tierra. Desde esa perspectiva,
los paisajes mantienen y reflejan vibraciones que resuenan con los
acontecimientos que allí tuvieron lugar.

Sheldrake se interesó en este tema porque cerca de su casa en Gran Bretaña


había un peligroso punto negro en la autopista. En estos puntos donde se han
producido un gran número de accidentes se suelen colocar señales que
advierten de la peligrosidad de la carretera. Investigando ese lugar en
particular, Sheldrake descubrió que, siglos atrás, aquel había sido el escenario
de una batalla muy cruenta. Luego se interesó por la historia de otras zonas
con puntos negros. En lo siguiente que pensó era en si era posible hacer algo
para reequilibrar la negatividad latente de esas áreas. Mientras esa cuestión
seguía abierta, Sheldrake sugirió que se colocaran en esos puntos lápidas u
otros indicadores para reconocer el sufrimiento de todos los que se vieron
involucrados en aquellos trágicos sucesos(5). Esa idea de tener en cuenta a
todos los involucrados en una tragedia para incluirlos en ceremonias,
servicios y otras conmemoraciones se volvería un foco de conflicto en
Littleton, que continúa excluyendo a los asesinos y a sus familias.

Según esta investigación de Sheldrake sobre lugares con puntos negros, cabe
decir que en las inmediaciones de Littleton se encuentra Lockheed, el mayor
fabricante mundial de armas para juegos de guerra y asesinatos en masa. El
hecho de que Lockheed dé trabajo a más de diez mil habitantes de la zona
sugiere la idea de que la comunidad acepta la violencia institucionalizada
para solucionar los conflictos, encuadre que podría tener algo que ver con el
“operativo militar” de Eric y Dylan. Si además tenemos en cuenta una
perspectiva histórica, vemos que la tragedia y la masacre tampoco son nuevas
en esa área geográfica a la que pertenece Littleton.

Cuando tuvo lugar la masacre en la escuela de secundaria, la ciudad mantenía


una página en Internet con información sobre los “Nativos Americanos en la
historia de Littleton”. Ese artículo contenía un relato sobre la famosa y
controvertida masacre de Sand Creek, acontecida el 29 de noviembre de
1864. Un total de 137 pacíficos indios americanos, en su mayoría mujeres y
niños, fueron matados en su campamento durante un ataque de madrugada.
Sand Creek se encuentra a doscientas millas de Littleton, por lo que me
preguntaba, desconcertada, por qué la noticia figuraba en la página de esa
comunidad. Como respuesta a mis pesquisas, quien mantenía la página me
explicó que esa masacre aparecía en la página de Littleton porque tenía que
ver con los arapahoes, que también habían vivido en la región de Littleton, y
porque Littleton está técnicamente ubicada en el condado de Arapahoe.

Desde una perspectiva no lineal, hay varios elementos de atrocidad vivida en


Sand Creek que resuenan con los sucesos de la escuela de Columbine, por
ejemplo el racismo y las intenciones genocidas, comunes en ambas masacres.
Los registros históricos revelan que el gobernador de Colorado, John Evans,
empeñado en mostrar que la paz con los indios no era posible, buscaba una
excusa para aniquilarlos y cuantos más, mejor. Evans envió a Sand Creek al
héroe de la Guerra Civil, el coronel John Chivington, y a sus tropas,
impacientes por eliminar al pacífico jefe Black Kettle y al jefe Left Hand y
con ellos a muchos indios Cheyennes y Arapahoe. Las milicias de Colorado
responsables de la matanza y de la mutilación de personas inocentes e
indefensas describieron su misión como un “operativo militar”6. El desprecio
por las víctimas y el asesinato de inocentes también fue eje central en la
masacre de Columbine.

Pudimos saber que los asesinos de Columbine también creían que el suyo era
un “operativo militar” desplegado por motivos de índole racial y genocida.
Así lo explican en sus diarios, que revelan su gran fascinación por una
ideología nazi vengativa e impulsada por el odio. Por ejemplo, en los diarios
de Eric Harris, escritos en una mezcla de inglés y alemán y en los que
aparecen cruces esvásticas por doquier, se puede leer lo siguiente: “Si se
mueve, mátalo, si no se mueve, quémalo. ¡Kein Mitleid! (“¡No sientas
lástima!”)”(7). El fascismo resuena con los sentimientos de impotencia y
humillación que pueden haber atormentado a estos dos parias.
Además del racismo y el genocidio, la evidente fascinación por bombas,
artilugios militares y demás elementos de guerra es esencial para comprender
los móviles de Eric y Dylan. Así lo demuestra el hecho de que el operativo
militar emprendido contra la escuela no estaba pensado en principio como un
tiroteo. Estos pistoleros tenían la intención de lanzar un bombardeo a gran
escala. Su plan original era hacer estallar la cafetería durante la hora punta del
almuerzo, disparar a los supervivientes que trataran de huir y luego matar a
las personas que acudieran al rescate según fueran llegando. Al ver que sus
bombas caseras fallaron, entonces es cuando abrieron fuego.
Al observar más detalladamente es cuando emergen varios elementos
militares como integrantes de este operativo mortal. El padre de Eric Harris
era un piloto retirado de la Fuerza Aérea que había participado en la primera
Guerra del Golfo y que fue condecorado con una Medalla al Mérito por su
servicio al mando de bombarderos B-1. Además, Eric había intentado
alistarse en el cuerpo de marines poco antes de la masacre. Cuando se
descubrió que tomaba Luvox (maleato de fluvoxamina), un antidepresivo
recetado habitualmente para el de-sorden obsesivo compulsivo, fue rechazado
por razones psiquiátricas. Eric había contado a sus amigos que quería
combatir en Kosovo. Resulta digno de mención que en sus diarios también
revela un plan de fuga realmente loco: contemplaba secuestrar un avión en el
aeropuerto internacional de Denver y estrellarlo contra un edificio en Nueva
York(8). Así, pues, la medicación psicotrópica también es un factor esencial
ya no sólo en la masacre de Columbine, sino en otros tiroteos que tuvieron
lugar en escuelas posteriormente.

El momento en el tiempo, el cuándo, juega igualmente un papel esencial si


seguimos mirando los acontecimientos en Littleton desde una perspectiva
caótica y sistémica. Así es como descubrimos una combinación de sincronías
intencionales y no intencionales en lo que respecta a las fechas. Eric y Dylan
planearon cuidadosamente el momento de su operativo militar. Como ya
sabemos ahora, e igual que sucede en muchos atentados terroristas, en el
presente caso se tenía la intención de que las fechas desempeñaran un papel
principal. El 20 de abril cumplía años Adolf Hitler, el ídolo elegido por estos
excluidos movidos por el odio. Tanto Harris como Klebold estaban
fascinados por la tradición nazi(9). Hitler, así lo revela la historia, subió al
poder movilizando el sentido nacional de derrota, humillación, aislamiento e
impotencia. Puesto que ambos estudiantes eran unos desplazados que sufrían
con mucho enfado el dolor de la exclusión, es fácil entender por qué sentían
tanta fascinación por la Segunda Guerra Mundial, el genocidio nazi y el
racismo. Tal vez hubiera en sus sistemas familiares algo no resuelto respecto
a la Guerra del Golfo, la Segunda Guerra Mundial y/o el holocausto. Dylan
Klebold tenía antepasados judíos. El padre y el abuelo de Eric tenían carreras
militares. Desde una perspectiva más amplia, esta fascinación obsesiva de los
dos jóvenes podría haber tenido algo que ver con la idea de que nuestro país
necesita que Alemania cargue con esa sombra, para minimizar así los asuntos
pendientes de la nación con el fascismo, el racismo y el genocidio, en
particular respecto a los nativos americanos y las personas de color.

Las consecuencias del 20 de abril seguían teniendo una gran cobertura en los
medios, así que continué armando el “collage de Littleton” con otros
elementos que iban apareciendo de forma intermitente en la televisión.
Durante ese tiempo, observé el recibimiento entusiasta que se daba a los
helicópteros Apache, que iban a ser destinados a operaciones de bombardeo
en Kosovo. ¿Qué grado de desconexión podemos tener para dar a esas armas
letales el nombre de una tribu con la que se cometió genocidio? Me parece
recordar que también estábamos lanzando misiles Tomahawk en Irak y
Sudán. En medio de toda esa violencia, el 20 de abril de 1999, durante el
bombardeo de Kosovo, el presidente Clinton se dirigió a la nación
refiriéndose a la masacre de Littleton como una tragedia norteamericana.
“Debemos,” instó, “enseñar a nuestros hijos a expresar su enojo y a resolver
sus conflictos con palabras, no con armas”(10).
Refiriéndose nuevamente al uso de helicópteros Apache en los conflictos
genocidas de los Balcanes, escuché explicar al presidente Clinton que esas
armas de destrucción eran necesarias “para que lo de Hitler no vuelva a
suceder”. Mientras tanto, aquí en Colorado, Hitler seguía vivo en las mentes
de Eric y Dylan. Eric escribió un ensayo sobre la “cultura nazi” y narró lo
siguiente en su diario el año anterior: “amo también a los nazis. No me canso
de la esvástica, las S.S. y la Cruz de Hierro”. Este estado mental hitleriano
seguirá prosperando mientras quienes se sientan humillados e impotentes
busquen venganza a través de la tortura, la matanza, y culpando a otros. Sin
embargo, parece bastante improbable que la política de los Estados Unidos de
bombardear Kosovo y de matar de hambre a millones de niños iraquíes con
sanciones que prohíban la entrada de alimentos y medicación sane las
consecuencias de ese tipo de humillaciones. Es como si hubiésemos olvidado
las duras lecciones aprendidas de la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
Con el fin de dar una lección a Alemania, el final humillante de la Primera
Guerra Mundial bastó para armar las bases del nazismo. Dicha humillación y
los intentos de quitar poder llevaron directamente a los horrores del Tercer
Reich.
Mientras seguía investigando sobre el momento en el tiempo, leí en los
diarios que, en principio, los asesinos de Columbine habían elegido el 19 de
abril como fecha para lo que ellos denominaban el “Día del juicio”. Como
conocían bien las tradiciones nazis, seguramente sabían que esa es la fecha de
la sublevación del gueto de Varsovia en 1943, momento en que llegan las
tropas alemanas para acorralar a los judíos que quedaban. El 19 de abril
también es la fecha que se asocia a los choques entre radicales
antigubernamentales y el “Gobierno de la Ley”. Es el aniversario del atentado
explosivo de la ciudad de Oklahoma, acontecido un 19 de abril de 1995.

Hoy en día, dicho suceso se recuerda como el ataque terrorista interno más
mortal en la historia de los Estados Unidos. El atentado causó un impacto
profundo en la zona centro del país. Una serie de explosiones destruyó el
edificio de oficinas federal Alfred P. Murrah, matando a 168 personas, 19 de
cuales eran niños, e hiriendo a más de 600. Para Eric y Dylan, la cabeza
pensante del atentado, un ex soldado llamado Timothy McVeigh, vino a
agregarse a sus ídolos nazis como un héroe más a quien imitar. Según se dice,
los adolescentes planeaban un operativo militar que “superara la cifra de
muertos de McVeigh”. El empleo de este lenguaje militar era intencionado,
así como el uso de armas militares en el atentado.

Es importante recordar que los explosivos, al igual que las pistolas,


constituían una parte importante del operativo de los estudiantes. Su arsenal
casero incluía más de 48 bombas de dióxido de carbono, 27 bombas de
fabricación casera, 11 contenedores con litro y medio de propano, 7
artefactos incendiarios con más de 40 litros de líquido inflamable, granadas
de mano y dos bombas de lona que contenían 20 libras de tanque de gas
licuado de petróleo(11).
Como soldado profesional que era, las fechas también eran importantes para
Timothy McVeigh. Planeó su atentado explosivo el 19 de abril para que
coincidiera con el segundo aniversario del asalto apocalíptico del FBI y el
Departamento de Alcohol, Tabaco y Armas de fuego al complejo Branch
Davidian, en Waco, Texas. En esa fecha de 1993, una unidad de agentes del
gobierno federal lanzó una redada que finalizó con la muerte de más de 80
personas, incluidos 27 niños.

En una carta fechada el 20 de abril de 2001 y que dirige al escritor Gore


Vidal, McVeigh expresa su conformidad con la evaluación del psiquiatra
John Smith de que el atentado al edificio federal de Oklahoma era, en parte,
una venganza por el asalto de Waco. McVeigh agregó que también quería
hacer una declaración política sobre el papel del Gobierno Federal y protestar
por el uso de la fuerza contra ciudadanos del propio país(12). Aquí
encontramos importantes elementos adicionales que aparecen en este modelo
trágico: el tema del control de armas, y la violencia y el derecho de portar
armas como medio de desafiar los valores norteamericanos modernos.

McVeigh y sus cómplices estaban afiliados a un grupo paramilitar de extrema


derecha, de virulenta ideología antigubernamental desde que el gobierno
federal intentó limitar el derecho de los ciudadanos a portar armas. Este
grupo tenía bien en claro que el primer tiro “que se oyó en todo el mundo”
tuvo lugar durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos.
Colonos que defendían el “derecho a portar armas” dispararon contra los
británicos en la Batalla de Lexington el 19 de abril de 1775(13). Actualmente,
el Día de los Patriotas es fecha festiva en conmemoración de las batallas de
Lexington y Concord. Me parece interesante subrayar que los equipos
deportivos de la escuela secundaria de Columbine se llamaban Rebeldes y
estaban representados por la imagen de un soldado de la Guerra de la
Independencia. Doscientos setenta y cinco años más tarde, dos rebeldes de
Columbine también planearon unos “tiros que se oyeron en todo el mundo”.
Menos de dos meses después, los licenciados en 1999 regalaron a su escuela
la estatua de un soldado de la Guerra de la Independencia. Otra imagen de ese
soldado, insertado en un círculo, se encuentra en el suelo de la escuela, justo
delante del despacho del orientador. Ese soldado de la milicia, que lleva algo
así como una gabardina, sostiene un rifle. Tal vez usted recuerde que el culto
de la escuela a la llamada Mafia de la gabardina apareció en un principio
como móvil de la masacre.

Así, pues, sigue habiendo más conexiones entre militares, milicia y atentados
con explosivos. El ídolo de Harris y Klebold, el sargento McVeigh, había
sido un Eagle Scout. Más adelante fue condecorado por su labor en la Guerra
del Golfo con la Estrella de Bronce y la codiciada Insignia de Combate de la
Infantería. La ira de McVeigh hacia su gobierno comenzó durante su misión
en el Golfo Pérsico. Durante la operación Tormenta del Desierto, en la
madrugada del 13 de febrero de 1991, dos “bombas inteligentes”
norteamericanas hicieron blanco en el refugio antibombas subterráneo de
cemento y acero de Al-Amariyah, en Bagdad. En un instante perecieron entre
los escombros 1200 civiles iraquíes, entre ellos mujeres y niños. Las paredes
del refugio que quedaron en pie están ahora cubiertas de dibujos y fotografías
de niños asesinados(14).

Los medios norteamericanos mostraron un interés más bien escaso por las
causas de esta masacre. La creencia que persiste en el país es que la violencia
de la guerra es aceptable y poco tiene que ver con la violencia en casa. El
profesor de Historia Lance Morrow explica en Evil: An Investigation (El mal:
una investigación) que “(…) la idea de los norteamericanos es dejar atrás el
daño y no mirar atrás; todo mal se trasciende a medida que la nación
continúa, reinventándose de forma mejor y más próspera”.(15)

Durante una entrevista en la cadena de noticias de CBS, el corresponsal Ed


Bradley preguntó a McVeigh si era aceptable aplicar la violencia en contra
del gobierno. McVeigh respondió: “Si el gobierno es el maestro, la violencia
sería una opción aceptable. Porque, ¿qué le hicimos a la República del
Sudán? ¿Y a Afganistán? ¿Qué hicimos en Belgrado y qué estamos haciendo
ahora con la pena capital? Parece que el gobierno usa la violencia como una
opción todo el tiempo”.(16)

Una de la obligaciones del sargento McVeigh durante su servicio en Irak era


usar un vehículo Bradley blindado para enterrar los cuerpos de las víctimas
iraquíes. El 12 de septiembre de 1991, Newsday informó que miles de
soldados iraquíes fueron enterrados vivos durante los primeros dos días de la
ofensiva terrestre. Algunos informes alegaron más tarde que McVeigh usó su
Bradley blindado para arrastrar a los soldados iraquíes y enterrarlos vivos en
sus trincheras. Cuando el sargento McVeigh regresó a casa en 1992 fue a un
hospital de veteranos de la administración y comentó a miembros del equipo
que estaba mentalmente enfermo. Fue rechazado. Poco después Timothy
McVeigh comenzó a frecuentar un grupo de milicias. Posteriormente,
consternado por las acciones del gobierno en Waco, dijo, “Miren, debemos
atacar a este gobierno”.

Con el tiempo, McVeigh, enfermo por la guerra, compró algo de fertilizante,


un poco de combustible diesel para mezclarlo y condujo un camión alquilado
a la ciudad de Oklahoma con la intención de hacer explotar el edificio federal
construido en cemento y acero. Esta explosión mató a 168 personas, 19 de las
cuales eran niños, e hirió a 600 más. Al igual que en Irak, algunas de esas
víctimas murieron quemadas y otras fueron enterradas vivas.

Timothy McVeigh había dirigido su punto de mira hacia un nuevo enemigo:


el gobierno y la sociedad que lo habían moldeado para ser un agente de
destrucción(17). En otra carta a Vidal, fechada el 4 de abril de 2001, pocas
semanas antes de la fecha en que moriría, McVeigh explicó:

“Elegí poner bombas en un edificio federal porque una acción de ese tipo
servía a más propósitos que otras. En primer lugar, el atentado fue un golpe
de carácter vengativo: un contraataque por las operaciones acumuladas (y por
la violencia y el daño causados) por agentes federales durante todos los años
anteriores (incluyendo Waco, pero no sólo por eso) (…) Bombardear el
edificio federal Murrah fue el equivalente, en lo moral y en lo estratégico, a
cuando Estados Unidos hace volar contra un edificio gubernamental en
Serbia, Irak o cualquier otra nación… (El atentado contra el edificio Murrah
no fue personal, como tampoco lo es el bombardeo o el lanzamiento de
misiles de efectivos de las Fuerzas Aéreas, del ejército, de la Marina o de los
marines contra instalaciones o personal de gobiernos extranjeros).(18)

Mirando a través de esa lupa, se podría pensar que el atentado de la ciudad de


Oklahoma, que inspiró después la masacre de Littleton, es un síntoma no
reconocido de un trauma de guerra, una “reconstrucción traumática” que
lleva a atentar contra ciudadanos del propio país allí donde el gobierno
federal atenta contra población civil inocente tanto en casa como en países
extranjeros. La mañana del funeral en Oklahoma, observé que los medios
mostraban al presidente Clinton y a su señora plantando un árbol en el jardín
de rosas de la Casa Blanca “en memoria de los niños inocentes que murieron
en el atentado de Oklahoma”. ¿Fue esto un mensaje de que está mal atentar
contra niños inocentes? Si es así, ¿qué pasa entonces con los niños inmolados
en Waco? ¿Dónde está, entonces, el árbol por los niños iraquíes que
asesinamos? Si volvemos a pensar en Littleton, ¿por qué nos asombra que
atentar contra niños pueda producir más tarde atentados hechos por niños?

Los políticos, igual que los terroristas y los principales medios, por supuesto,
son muy conscientes del poder evocador de las fechas. El 20 de abril de 1996,
en respuesta al atentado de Oklahoma, el presidente Clinton firmó el Acta
Anti-terrorista “para la protección del pueblo y del estado”. El documento
sería un importante precursor de la Ley Pública 107-56, que ahora se conoce
como el Acta Patriótica.

Este polémico documento de 342 páginas, convertido en ley tan sólo cuarenta
y cinco días antes del 11 de septiembre, amplió las leyes relativas al
terrorismo para incluir al “terrorismo interno”. Esto, a su vez, legalizó los
esfuerzos del gobierno por suprimir las libertades civiles y la política fascista
de vigilancia y de control social.

Mientras, yo seguía observando. Una y otra vez aparecían nuevas piezas


gubernamentales y militares como constantes para el collage de
acontecimientos de Littleton. La fiscal general Janet Reno, responsable
entonces cuando se produjo la masacre en Waco, realizó una breve visita a la
apenada comunidad. Cuando empezó el funeral por los estudiantes y el
profesor muertos en Columbine, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos
organizó un vuelo militar en formación a baja altura. También acudió el
vicepresidente Al Gore, y el presidente del Estado Mayor Conjunto durante la
Guerra del Golfo, el general Colin Powell. Puede que aquí se estén
desplegando algunos aspectos de trauma de guerra generacional. Quizás haya
algo acerca de “los pecados de los padres”. O se podría atribuir la pesadilla
de Columbine a un “karma nacional” o a “ciclos de representación
traumática,” pero yo soy cautelosa en especular sobre una causalidad
específica. Este doloroso collage sin duda continuará completándose y llevará
un tiempo estimar toda su complejidad. Sin embargo, es difícil ignorar los
indicios de que, irónicamente, después del “operativo militar” de Harris y
Klebold nuestras escuelas públicas han incluido medidas de seguridad y
protección que fomentan una tendencia hacia la militarización.

NOTAS

1. Seelye, Katherine, Q. “Guns and Schools; The President; Killings in


Littleton Pierced the Soul of the Nation, Clinton Says.” New York Times,
may 21, 1999.
2. Colorado Department of Education. “What Is To Be Done: Searching for
Meaning in Our Tragedy” (http://datvis.net/fi/columbine/page 13.html)
3. Gibbs, Nancy and Timothy Roche. “The Columbine Tapes” Time
Magazine December 20, 1999, Vol 154, No.25. See also. Nancy Gibbs, “The
Monsters Next Door: What Made Them Do It?” May 3, 1999, Vil 153, no 17.
4. Briggs, John and Peat, David F. (1999) Seven Life Leassons of Chaos:
Timeless Wisdom from the Science of Change, Harper Collins, N.Y.
5. Sheldrake, Rupert, Schützenberger, Anne Ancelin, Hellinger, Bert (April,
1999) ReViewing Assunptions That Challenge: A Dialogue About
Phenomena Our World View. Videotape. Carl- Auer SystemeVerlag,
Heidelberg, Germany.
6. Crum, Sally. (1996) People of the Red Earth: American Indians of
Colorado, Ancient City Press, Santa Fe, New Mexico, and 1996. In 1999 the
Littleton community web site adress was:
(http://Icnmaster.littleton.org/Icn/Governme/Museum/history/DH22.htm).
7. Gibbs. Loc. cit.
8. “Columbine killers plan to kill 500” April 4, 1999.
(http://news.bbc.co.uk/l/hi/world/americas/329308.stm) bbc.uk and Cullen
Dave, “The Psychopath and the Depressive” State, April 20, 2004.
9. Gibbs. Loc.cit.
10. The Skeptic “Kosovo? Conflict Resolution: Columbine, April 20, 1999”
(http://unquietmind.com) 05,01,1999
11. Gibbs, Ibid.
12. Vidal, Gore, “The Meaning of Timothy McVeigh” in The Best American
Essays: 2002, Stephen Jay Gould and Robert Atwans (eds.) p. 320.
13. Hallock, Daniel (1998) Hell Healing and Resistance, Veterans Speak,
(forward by Thich Nhat Hanh) The Plough Publishing House, Farmington,
Pa. See also: “The Oklahoma City Bombing”
(www.whatreallyhappened.com/ranch/politics/ok/ok/html.)
14. Hallock, Ibid
15. Morrow, Lance (2003) Evil: An Investigation, p.8
16. Hallock. Loc. cit. For an alternate version wich postulates that McVeigh
did not act alone and was part of a false flag operation preceding 9/11 see:
Patrick Briley, (NewsWithViews.com) October 12, 2005
17. Ibid.
18. Vidal, pp.323-324.
Capitulo 3
SECUELAS

Nada determina tanto quién seremos


como todo aquello que elegimos ignorar

Sandor McNab
Queda mucho camino por recorrer para resolver la tragedia de Littleton. La
repercusión local sigue activa y las discusiones sobre la tenencia de armas se
han agravado, sobre todo desde que la madre deprimida de una de las
víctimas, sobrepasada por el tiroteo de Columbine, fue a un negocio de venta
de armas, compró una y se pegó un tiro. Otros dos estudiantes de Columbine
fueron tiroteados por un asesino no identificado que entró en el negocio de
sándwiches en el que se encontraban. Un jugador de baloncesto con mucho
talento, testigo de la masacre en la escuela, se ahorcó(1).

Fueron muchas las personas que intentaron disminuir la culpa y la vergüenza


queriendo explicar los porqués de esta masacre. Especialistas en odio de
Internet alegaron que la supuesta homosexualidad de Dylan Klebold y sus
“ancestros anarquistas judíos” eran los culpables de su comportamiento
antisocial y homicida(2). Voces de la comunidad cristiana fundamentalista
achacaban la matanza a que los Diez Mandamientos no estaban presentes en
la escuela secundaria. Los padres del estudiante afroamericano Isaiah Shoels
se retiraron de la comunidad por falta de apoyo, al afirmar reiteradamente que
la única razón por la que su hijo fue asesinado era por ser negro(3). En una
cultura decidida a asignar una causalidad lineal, los pleitos abundan. La
pesadilla sigue para los estudiantes heridos que aún se están recuperando, y
las amenazas relacionadas con este incidente continúan persiguiendo a la
comunidad.

Wayne y Kathy Harris, unos padres destrozados y trastornados, abandonaron


Littleton. Tom y Sue Klebold prefirieron quedarse en la ciudad. Sin embargo,
amigos de la familia cuentan que “viven presa del terror. Muchas personas en
Littleton desean su muerte”. Otro amigo observó con tristeza que Sue
Klebold “parece un esqueleto bañado en cera”. A pesar de que los hijos de
ambos cayeron en manos de la ira, en todos sus desvaríos se cuidaron de no
culpar a sus padres. En cintas de video halladas después de su muerte, Dylan
pidió disculpas a sus padres por lo que iba a hacer. En esta misma línea, Eric
citó La Tempestad de Shakespeare: “Buenos vientres han dado a luz a malos
hijos”(4).

Hasta 2006 la comunidad de Littleton no había sanado y, para algunos, aún


hay muchas preguntas importantes sin respuesta. Nuevos sucesos adicionales
y más revelaciones sobre los asesinos y sus familias continúan cambiando el
foco de este collage en desarrollo de una tragedia social que tiene profundas
raíces en guerras no resueltas, racismo, terrorismo, genocidio, valores
sociales, medicación psiquiátrica, leyes de control de armas y medios de
comunicación exaltados. En una tragedia con tanta complejidad, la causa no
es ni obvia ni lineal. Mientras la excitación de los medios continúa, nosotros
vemos, igual que Eric y Dylan, una imagen mucho más amplia que aquel
suceso puntual en Colorado.

En una extraña manifestación de lo fascinados que están los medios con la


masacre de Columbine, los elementos de la tragedia fueron explotados en un
videojuego on-line. El juego sitúa a los jugadores como si estuvieran en las
botas del ejército de Eric Harris y de Dylan Klebold, acechando a sus
compañeros de escuela. El Super Colombine Massacre RPG fue subido a la
red en el sexto aniversario de los asesinatos. Escenas caricaturescas e
imágenes de los periódicos y de la televisión se mezclan con fotografías de
Harris y Klebold y con pasajes de sus diarios.

El videojuego rememora la visión surrealista del desorden mostrando como


fondo fotografías verdaderas del interior y de los alrededores de la escuela de
Columbine, así como imágenes sangrientas de los dos adolescentes después
de su suicidio(5). La aparición de un juego así es particularmente irónico si
pensamos que frecuentemente este tipo de videojuegos violentos fueron
mencionados como una de las causas de la tragedia. Este argumento se ve
respaldado por lo que Eric escribió en su diario en 1998:

“La fatalidad está tan enterrada en mi cabeza que mis pensamientos en


general tienen que ver con el juego”.

Los jugadores que comienzan este juego se ven ante una invitación y ante la
siguiente declaración: “Usted juega como Eric Harris y Dylan Klebold ese
fatídico día en un suburbio de Denver llamado Littleton. La cantidad de
personas que ellos maten depende básicamente de usted”. Luego, la
experiencia comienza en el cuarto de Harris y el jugador continúa navegando
por una serie de escenas que le piden instalar bombas en la escuela,
encontrarse con Klebold y luego atacar a sus compañeros de clase. En cada
una de las confrontaciones, al jugador se le ofrece la posibilidad de jugar en
modo “automático”, es decir que el juego elige el arma, o en “manual”, modo
en que el jugador decide si desea usar un rifle o una bomba(6).

Después de descubrir a la policía desde la ventana de la biblioteca, la versión


juego termina con el suicidio de los asesinos. Cuando mueren, la pantalla
muestra un fotomontaje que incluye fotografías de la escena del crimen e
imágenes tomadas de varias fuentes, con estudiantes corriendo, gritando y
consolándose unos a otros. Luego aparecen en pantalla imágenes de la
primera infancia de los dos asesinos. El juego vuelve a comenzar con Harris
y Klebold en el Infierno peleando contra los demonios del sangriento
videojuego Doom (Condena) al que ellos solían jugar. Luego ambos se
encuentran con Friedrich Nietzsche y le devuelven una copia de su Ecce
Homo. Este espantoso entretenimiento concluye con una versión juego de
una rueda de prensa frente a la escuela de Columbine(7).

“El Super Columbine Massacre RPG molesta porque está hecho para eso”,
observa el profesor Ian Bogost, del Instituto Tecnológico de Georgia,
estudioso de los videojuegos(8). En su página Watercooler Games declara:
“Estoy preocupado sobre todo por esta cultura inefable que prefiere no hablar
de algo por miedo a que alguien se sienta incómodo. Por supuesto que
Columbine debería incomodarnos. Pero eso no es excusa para guardar estos
temas en un cajón y esperar a que aparezca alguna solución milagrosa que los
resuelva por nosotros”(9).

Danny Ledonne, creador del juego, tenía 24 años y estudiaba segundo en una
escuela secundaria de Colorado en la época de la masacre de Littleton.
Definió su juego como “una llamada para despertar”, y explicó en un e-mail
que pretendía mostrar que “detrás de todos los píxeles hay personas
verdaderas que murieron de verdad, incluyendo dos muchachos enojados que,
en algunos momentos, fueron personas comprensivas, sensibles e
inteligentes”(10). Sea lo que fuere que ese video represente, desde una
perspectiva de trauma social también puede ser visto como una invitación
consciente o inconsciente a participar en una forma colectiva de
reconstrucción de un trauma no resuelto. Ledonne informó que su juego fue
descargado por más de 100.000 personas, un juego que le llevó entre 200 y
300 horas de trabajo y que se ofrece al público gratuitamente.

En septiembre de 2006 este juego volvió a ser foco de controversia. En ese


momento salió a la luz que Kimveer Gill, el asesino de la escuela de Montreal
(vestía una gabardina negra durante su ataque), reveló en un blog que le
gustaba jugar al Super Columbine Massacre. En el asalto a la escuela mató a
una persona e hirió a otras 19. El profesor de psicología Scout Poland y otros
especialistas han observado que, gracias a Internet y a la extensa cobertura de
los medios, el atuendo y las armas que se usaron en Columbine sirvieron para
aumentar el atractivo y ayudaron a mantener la atención centrada en aquellos
dos asesinos y sus motivos de protesta(11). Esta sobredosis de información es
la responsable, al menos en parte, de que las figuras de Harris y Klebold
hayan evolucionado hasta convertirse en iconos de la contra cultura.

Aún hoy día el “campo” alrededor de la escuela de Columbine y la


comunidad de Littleton sigue inquieto, en especial cuando se tocan temas
referidos a las víctimas y a sus agresores. Desde una perspectiva sistémica, la
sanación de este suceso sólo podría darse si hubiera un reconocimiento igual
para víctimas y perpetradores. Justo después de la masacre se dieron algunos
intentos de incluir a los dos asesinos muertos en el duelo de la comunidad.
Así, en un parque cercano a la escuela, inicialmente se erigieron 15 cruces de
madera para todos los muertos: Eric, Dylan y sus víctimas. Pero poco
después algunos ciudadanos escandalizados ultrajaron, desenterraron y
destruyeron las dos cruces para los asesinos.

Aquellas sencillas cruces de madera, suministradas por el activista cristiano


Greg Zanis, pronto se volvieron un foco de discordia. Zanis tiene un pequeño
negocio llamado Crosses for Losses (Cruces para pérdidas). Su tarea incluye
el compromiso de viajar inmediatamente a lugares donde han fallecido
personas por muerte violenta y colocar cruces de madera para las víctimas.
Sin consultar a la comunidad de Littleton, Zanis, con buena intención, se hizo
cargo de colocar 15 cruces que de inmediato se transformaron en motivo de
debate. No pensó que algunas de las víctimas y sus deudos podían no ser
cristianas. Como persona de fuera, tampoco era consciente de que la
comunidad estaba profundamente dividida respecto a si esos dos asesinos
eran merecedores de que se hiciera un duelo por ellos y, de ser así, cuál sería
el símbolo adecuado(12).

Una fría mañana, después de muchos aguaceros, Zanis hizo una fila de cruces
de seis pies de altura en la cima de Rebel Hill, una colina sin árboles desde la
que se divisaba la escuela. Cada cruz, con el nombre de una de las víctimas,
formaba parte de una solemne fila a lo largo del sendero de hierba empapada
y de barro. Esas siluetas escuetas que sobresalían en el cielo incoloro
constituían un marco sombrío para las dolorosas disputas que pronto
empezaron a surgir entre los visitantes. Algunos llevaban flores y otras
ofrendas a las cruces de Eric y Dylan, con la creencia de que los asesinos
también eran víctimas. Otros cubrieron la madera tosca con bolsas de plástico
negras y con mensajes de odio. Luego, el desaforado padre de uno de los
estudiantes muertos irrumpió en Rebel Hill y arrancó y destruyó las cruces de
los asesinos(13).

Yo llegué al día siguiente acompañada por colegas del lugar. Nos enteramos
de que habían aparecido dos cruces mucho más pequeñas que las otras, más
bien endebles y hechas precipitadamente, y que estaban tapadas bajo
montículos de ofrendas florales humedecidas. En un encuentro rápido con el
padre enfurismado que había quitado las cruces de Eric y Dylan, Zanis
reconoció su insensibilidad al levantar la cruz para los asesinos tan cerca de
la cruz de su hijo. Luego juró no hacer nunca más una cruz para otro asesino
“a no ser que hubiera aceptado al Señor”. El fabricante de cruces fue invitado
por la comunidad a construir trece cruces nuevas para el servicio fúnebre que
tendrían(14). Dicha ceremonia volvió a abrir un agrio debate entre la
comunidad, que no lograba ponerse de acuerdo sobre si debían soltase 13
palomas ó 15 para representar a las almas que habían partido. En un campo
tan agudo de shock, de ira y de pena, pocos podían imaginar que los asesinos
debieran ocupar algún lugar en el proceso de duelo.

Ese mismo año, aunque meses después, una iglesia local plantó 15 árboles
para recordar a los muertos de Columbine. Pronto se descubrió que dos de
esos árboles habían sido talados y arrancados. Resulta obvio que para la
comunidad de Littleton era demasiado pronto para imaginar cualquier tipo de
reconciliación en cualquier plano. Igual que sucede con los puntos negros de
Sheldrake, es posible imaginar que deban pasar varios siglos y varias
generaciones antes de que se pueda hacer el duelo por todo lo acontecido y se
pueda lograr un verdadero sentido de resolución.

El 16 de junio de 2006, después de muchos debates y de muchas demoras,


bajo un cielo oscuro que amenazaba tormenta, por fin tuvo lugar la ceremonia
para inaugurar un monumento en Columbine. El ex presidente Clinton
regresó a Littleton para actuar como orador principal. El monumento
constaba de dos partes: un muro interno de recuerdo para las trece víctimas
mortales, hecho con piedra originaria de Colorado, y un “círculo exterior de
sanación” para los veintitrés heridos por los adolescentes suicidas.

Cuando Clinton se acercó al micrófono empezaban a caer truenos y


relámpagos en el lugar. Un voluntario le sostenía el paraguas mientras en un
breve discurso enfatizaba que “Columbine hizo que millones de
norteamericanos cambiaran”. Un rato más tarde, el ex presidente se dirigió
con miembros de las familias y supervivientes heridos hacia un lugar en
Rebel Hill en el que él mismo y otras personas cavaron en el suelo húmedo.
El sol se asomó brevemente y luego comenzó a llover otra vez(15).

En abril de 2007, Littleton volvía a aparecer nuevamente en las noticias.


Durante el octavo aniversario de la masacre de Columbine, la comunidad
estaba amargamente ocupada con una controversia relacionada esta vez con
las armas y con un nuevo funeral por otra guerra más. El tema era una estatua
de bronce de nueve pies, copia fiel del original, que se quería erigir en honor
a un joven muerto durante la guerra en Afganistán. La mayoría estaba de
acuerdo en que el SEAL*de la Marina Danny Dietz era un héroe que merecía
un reconocimiento. Sin embargo, surgieron objeciones con que apareciera
con su uniforme completo, ya que era necesaria una réplica detallada de su
poderoso rifle de asalto y del lanzador de granadas, además de que los dedos
estaban colocados muy cerca del gatillo(16).

Un portavoz de la ciudad sostuvo que recibieron más de 600 cartas, llamadas


telefónicas y e-mails que apoyaban una estatua con esa forma. El alcalde
Taylor, que no se encontraba en funciones durante los tiroteos de la escuela
en 1999, hizo pública una declaración diciendo que esa estatua debería ser
considerada “una herramienta de enseñanza”. Los opositores se basaron en
que la ubicación propuesta para la estatua no era la mejor, ya que debía
levantarse frente a una escuela primaria y a escasa distancia de otras dos
escuelas y de un parque. A la luz de la tragedia de Columbine, a algunos
padres y a otros miembros de la comunidad les parecía que los escolares no
debían pasar caminando junto a una imagen heroica que también ensalzaba
las armas de asalto. Algunos padres que se atrevieron a hablar en contra de la
estatua dijeron que habían recibido llamadas telefónicas y correos
amenazadores. “Ya no voy a exponer mi nombre en público”, dijo una madre
cuyo hijo estuvo en Columbine en 1999, “es para asustarse”(17).

Los fondos para el homenaje a Danny Dietz fueron aportados por sus padres
con la ayuda de Tom Tancredo, miembro republicano del Congreso y
candidato a la presidencia. La estatua fue descubierta el 4 de julio de 2007,
como parte de las celebraciones patrióticas de Littleton por el Día de la
Independencia. Después de un discurso del Secretario de la Marina, la
celebración concluyó con un vuelo militar de exhibición similar al del
servicio fúnebre de Columbine. La madre de Dietz, Cindy, expresó “angustia
y perplejidad” ante el hecho de que hubiera detractores que se opusieran a
una representación en bronce de un joven de Littleton que murió en una
operación militar portando orgulloso una colección letal de armas de asalto.
“Esto”, afirmó, “no tiene nada que ver con Columbine”(18). Tal vez, no. Sin
embargo, yo encuentro curioso que esa misma comunidad que tan
vigorosamente excluyó a los pistoleros de Columbine de toda honra fúnebre,
se mostrara tan resuelta a la hora de erigir la estatua de un joven fuertemente
armado justo delante de una escuela.

Unos meses más tarde, el 21 de septiembre de 2007, es decir más de ocho


años después de la masacre de la escuela, finalmente tuvo lugar el funeral por
las víctimas de Columbine. Padres, maestros, alumnos, vecinos, policías,
políticos, hordas mediáticas y unidades móviles se reunieron bajo un cielo
azul de otoño para recordar aquel suceso que había paralizado a toda la
nación. Después de la inauguración, se soltaron trece palomas blancas en
honor a las víctimas mortales, luego doscientas más en representación de
quienes resultaron heridos y de la comunidad en general. En ese día para el
recuerdo no hubo mención alguna para Eric Harris y Dylan Klebold.

Como vengo indicando, con tanto por resolver, es natural que la masacre de
Columbine plantee una serie de temas alrededor del ámbito sistémico del
trauma social y generacional, y del trauma individual y familiar. En un
sentido más inmediato, cuando tuvo lugar ese acontecimiento, me fui
sintiendo cada vez más incómoda a medida que los medios y el gobierno
asignaban funciones más o menos importantes a los “consejeros del dolor”
que rápidamente aparecieron en escena. Cientos de personas llegaron de
afuera para “aconsejar” a familias traumatizadas y desesperadas y a
profesores en un momento en el que todavía no se disponía de información.

Parece innato en la cultura norteamericana, muy influenciada por los medios,


que el “deseo de ayudar” dé permiso para inmiscuirse o, como en el caso de
Littleton, para invadir. No sorprende, pues, que ese descarado tipo de
asesoramiento en la pena no fuera bien recibido. Con esos “ayudadores” y
“expertos” de afuera que no han sido invitados llega el mensaje implícito de
que las comunidades traumatizadas no tienen la capacidad suficiente o los
recursos necesarios para ocuparse de su propio dolor. Una crisis inmediata es
un momento en el que las víctimas necesitan orden ciudadano, fuentes fiables
de información y el apoyo de sus instituciones. Es un momento para las
familias, la comunidad y los recursos espirituales.

Esos invasores que aprovecharon el padecimiento y la crisis no se fijaron en


que la comunidad de Littleton tenía a su disposición una cantidad más que
suficiente de asesores cualificados, disponibles para todos aquellos que los
necesitaran. A medida que arreciaba el coro de protestas contra la invasión de
asesores externos, la revista New Yorker retrató el momento cultural en una
caricatura. En el lejano oeste, dos cowboys observan el horizonte desde la
cima de una montaña. En la distancia divisan un montón de puntos negros.
“Es difícil precisarlo desde aquí”, le dice uno al otro, “pero podrían ser
buitres y podrían ser asesores de personas apenadas”(19).

A pesar de todo, la industria masiva desplegada alrededor de las personas


traumatizadas y los escuadrones de entrevistadores sobrevivieron a la
indignación de Columbine. Sus esfuerzos agresivos tuvieron éxito al asegurar
amplios y lucrativos contratos con patrocinadores gubernamentales y
corporativos. Resultado de todo ello es que esas organizaciones continúan
desplegando (término militar) personal bienintencionado de afuera en escenas
de desastres naturales y provocados para aplicar sus dudosos protocolos de
intervención precocinada.

Considerando que las intervenciones de estos viajeros causaron más mal que
bien, podríamos preguntarnos qué sería realmente necesario para una
comunidad tan traumatizada y amargamente fraccionada para sanar la
tragedia de la escuela de Columbine. Podríamos imaginar que llegara un
momento en el que los ciclos de vergüenza y culpa se hubieran agotado y
pudieran volverse a hermanar todos aquellos que estuvieron en oposición.
Eso podría abrir un camino para reconocer a todos los involucrados, liberar
toda la información aún retenida e incluir a todas las personas anteriormente
excluidas. Todos los afectados podrían entonces hacer el duelo por las
víctimas, los agresores y sus seres queridos, y lamentar el sufrimiento que
todos ellos se causaron entre sí(20).

La tragedia de la escuela secundaria de Columbine sirvió como material para


al menos tres libros, Comprehending Columbine, No Easy Answers y Day of
Reckoning y como inspiración para varias novelas como Project X, After y
Vernon God Little. Aparecieron también películas como Elephant, de Gus
Van Sant, y la premiada Bowling for Columbine, de Michael Moore. Moore
también vio conexiones entre la masacre de la escuela y el tema no resuelto
de la guerra. Columbine también sirvió de impulso para la proliferación de
documentales y se rodaron varios dramas de ficción para la televisión. El
U.S. Theater Project creó una obra, Columbinus. En la música, el suceso de
Columbine inspiró algunos temas incluidos en el álbum In the Shadow of the
Valley of Death (En la sombra del valle de la muerte) de Marilyn Manson.

Con todo, uno también podría preguntarse lo siguiente: de ese


acontecimiento, ¿qué fue lo que cautivó la imaginación nacional? Porque si
empezamos por 1996, en toda la parte continental de los Estados Unidos
hubo veintidós tiroteos relacionados con escuelas antes de aquel 20 de abril
de 1999 y, en el momento de escribir estas palabras, ha habido 25 más
después de Columbine. Podríamos imaginar que si esa masacre hubiera
tenido lugar en un gueto dentro de una ciudad o en otra área de pobreza, no
hubiera atraído la atención de los medios nacionales y mundiales. Es
importante comprender que ese suceso no fue sólo un tiroteo improvisado. La
masacre de Columbine fue cuidadosamente planeada y resultó la expresión
violenta del desprecio que Eric y Dylan sentían por los valores “típicamente
americanos”. El plan era aterrorizar a toda una nación atacando una escuela
secundarla suburbana, símbolo odiado de la vida contemporánea
norteamericana(21).

El hecho de que dos adolescentes blancos e inteligentes de un suburbio


pudiente y políticamente conservador de Denver, Colorado, criados en un
núcleo familiar estable, pudieran generar semejante acto de crueldad sin
sentido y causaran una indignación sin precedentes a nivel local, estatal y
nacional sugiere que, en ese aspecto, lograron el objetivo al dar su mensaje.
Que su masacre de clase media fue lo suficientemente importante lo justifican
las visitas del Presidente, del Vicepresidente, de un famoso comandante de la
Guerra del Golfo, del Fiscal General de los EE.UU. y de otros mandatarios
del gobierno de alta jerarquía. ¡Qué irónico que las consecuencias trágicas del
operativo militar de Eric y Dylan justificaran el honor de un vuelo de
exhibición a cargo de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos durante el
sepelio de las víctimas del tiroteo!.

Después de mirar con cierta profundidad tanto la tragedia de Columbine


como sus secuelas, que siguen constituyendo un trauma social no resulto, es
obvio que quedan pobres las explicaciones basadas en una sola causa en este
vergonzoso acontecimiento. Las causas únicas implican soluciones únicas y
simplistas, y este enfoque mental lineal no ha llevado paz a una comunidad
amargamente dividida en lo referente a cualquier tipo de sanación colectiva
que pudiera tener lugar. La imagen de un collage de elementos en desarrollo
y de acontecimientos no lineales antes y después del suceso de Columbine
sugiere que todos estos factores se juntaron en un momento y en un lugar
específico para formar algo así como una tormenta perfecta que explotó en la
escena nacional un 20 de abril de 1999.

Es cierto que muchos de los elementos que en un principio se sugirieron


como causas (intimidaciones, racismo, falta de control sobre las armas,
inadecuada supervisión de los padres, medicación psiquiátrica, videojuegos
de combate, ansia de fama…) contribuyeron a la violencia. Sin embargo,
también es necesario considerar la historia violenta de la región misma y la
fuerte presencia militar en la comunidad. También es difícil no percibir la
paradoja de que esos dos muchachos tan cautivados por los juegos de
combate en Internet, tengan ahora su propia violencia duplicada en un juego
inmensamente popular llamado Super Columbine Massacre RPG, que
cualquiera puede descargarse gratis.

Para los terapeutas que trabajan de manera individual y familiar, los


acontecimientos de Littleton proporcionan una oportunidad para expandir su
visión de trauma y para considerar la posibilidad, más que real, de que la
experiencia de sus clientes puedan formar parte de modelos
transgeneracionales y sociales mucho más amplios. Debemos ser cautelosos
al buscar explicaciones de causa única a sucesos traumáticos de la vida.
Teniendo en cuenta esta realidad, vi necesario un método que incluyera una
forma de evaluar los modelos sistémicos y auto repetitivos que tan a menudo
se encontraban en el trauma individual y en el trauma social.

NOTAS

1. Wilkinson, Peter. “Columbine Five Years Later” (www.salon.com) 04.-20-


2004.
2. (http//www.nationalist.org/docs/historyklebold.html)
3. Belkin, L. “Parents Blaming Parents” The New York Times Sunday
Magazine, October, 31, 1999.
4. De Angelis, Tori. “In the Aftermath of Columbine” Monitor on
Psychology, No.8, September, 2000. Also: Bartels, Lynn and Crowder, Carla.
Rocky Mountain News, May 1999.
(http//www.nationalist.org/docs/historyklebold.html)
5. Vaughan, Kevin and Crecente, Brian D. (May 16, 2006) “Video Games
Re-opens Columbine Wounds”. (www.rocky mountain news.com) p.1-4
6. Ibid.
7. Ibid.
8. Bogost, Ian. (2006) (www.watercoolergames.com)
9. Vaughan and Crecente. Loc. cit.
10. Ibid.
11. Tsai, Catherine and Sarche, Jon, Associated Press 09-17-2006.
12. Adams, Lorraine, “Columbine Creosses Can’t Bear the Weight of
Discord: Memorials Embrace Gunmen, Divide Mourners” Washington Post,
May 3, 1999
13. Abbott, Karen “Carpenter Returns to Park with 13 Crosses” Rocky
Mountain News, may 6, 1999.
14. Ibid.
15. Johnson, Kirk and Kelly, Katie. “A Memorial at Last” The New York
Times, June 17, 2006. Gunmen, Divide Mourners” Washington Post, May 3,
1999
16. Montero, David. “Memorial Set in Stone” Rocky Mountain News, April
7, 2007.
17. “A New Controverty in the Shadow of Columbine”, Newsweek National
News MSNBC.com, April 22, 2007.
(www.msnbc.msn.com/com/id/18233950/site/newsweek.)
18. Ibid.
19. Lowry, Rich, “Go Ahead and Be Repressed: Talk Can Be Dangerous”
National Review Online, April 15, 2005.
20. For more on this perspective see: Hellinger, Bert (2003) Peace Begins in
the Soul, Carl-Auer-System Verlag, Heidelberg.
21. Cullen, Dave, “The Depresive and the Psychopath: At Last We Know
Why the Columbine Hillers Did It” Slate Magazine, April, 20, 2004.
CAPITULO 4
IMPLICACIONES CUaNTICAS
Y CAMPO DE INFORMACIÓN

Hay una niebla de eventos y


de repente ves una conexión

V.F. Weisskopf
(Theoretical Nuclear Physics, 1952)
Los elementos sistémicos y los modelos no lineales que emergían de mi
investigación con los acontecimientos de la tragedia de Columbine revelaron
la importancia de fechas significativas, lugares, aniversarios, campos de
memoria y temas inconclusos de genocidio y de guerra. Ver el impacto de
esta masacre no sólo en las familias directamente involucradas, sino también
en su comunidad y en toda la nación abrió un camino para nuevas
comprensiones en mi trabajo con todo tipo de traumas. Con el correr del
tiempo, se incrementó mi convicción de que esos modelos que había
observado en Littleton también estaban relacionados con campos de
información, patrones multigeneracionales y otros fenómenos que observaba
durante los seminarios de constelaciones sistémicas. Según personas con
experiencia en esa modalidad, dentro del formato de una constelación se
puede trabajar con campos de memoria que contienen información de
experiencias abrumadoras, conexiones rotas, implicaciones y otras formas de
desequilibrio, en un plano individual y social que va mucho más allá de la
familia.

Aunque la práctica de elegir a participantes del seminario para representar a


miembros de la familia y de otros sistemas no era nueva, la perspectiva
sistémica llevó este trabajo en una dirección muy poco ortodoxa. Cuando se
elige a miembros del grupo para representar a aquellos que pertenecen a un
sistema, a menudo salen a la luz dinámicas previamente ocultas. Tanto la
ubicación de estas personas como el movimiento tienen lugar dentro de un
campo de información. Llamado también campo de conocimiento, este
concepto fue introducido por el alemán Albrecht Mahr, psiquiatra y
facilitador de constelaciones, en un intento de describir un fenómeno esencial
para comprender el método sistémico(1). Esta idea de un campo conocedor es
similar al concepto del campo akásico del filósofo de sistemas Ervin Laszlo.

Laszlo postula un campo psíquico comparable a un campo electromagnético


o gravitacional. Este campo actúa como un vacío cósmico o un mar de
energía superfluido que conserva toda la información y transmite patrones
interconectados de coherencia. Dentro de un campo psi o sabio, toda
experiencia individual podría acumularse y ser depositada a nivel
universal(2).

Lo que sucede en una constelación es, básicamente, que las personas que
representan a miembros de un sistema se introducen en ese campo invisible y
comienzan a tener acceso a información sobre las vidas, relaciones y
sentimientos de quienes representan. Se ha sugerido, por ejemplo, que una
constelación familiar puede ser vista como un árbol familiar vivo que se
mueve dentro de una matriz de manifestación. Aunque esta razón no ha sido
nunca explicada satisfactoriamente, este fenómeno se ha observado en
constelaciones de muchas y variadas culturas, y en países de todo el mundo.

Cuando las dinámicas dentro de un campo de información que afectan al


sistema se hacen visibles a través del comportamiento de los participantes, a
menudo se pueden detectar conexiones rotas e implicaciones disfuncionales
que pueden abarcar algunas o incluso muchas generaciones. Por ejemplo, un
profesional cuenta de una familia en la que tres hombres de diferentes
generaciones, en un período de 300 años, se suicidaron un 31 de diciembre a
la edad de 27 años. En una constelación, el comportamiento de los
participantes sugirió que había habido un asesinato encubierto. Luego, al
realizarse una investigación en la familia, se vino a saber que el primer
marido de la bisabuela murió el 31 de diciembre a la edad de 27 años y que,
probablemente, había sido envenenado por su mujer y por el hombre que
luego se convirtió en su segundo esposo. Según esa perspectiva, cuando ha
habido un asesinato no declarado u otra injusticia, otro miembro o miembros
posteriores del sistema, todos al servicio del equilibrio, serán llevados a
compartir un destino difícil similar(3).

Los patrones se repiten en las familias. Esta información no es nueva y ha


desempeñado un papel importante en muchas de las grandes obras literarias
del mundo. Mientras trabajaba en terapia familiar, yo había estudiado la
aplicación del genograma para documentar los patrones familiares y sus
dinámicas. A pesar de que esto me ayudaba a delinear patrones y tendencias,
no me era posible extraer explicaciones suficientes y factibles que
argumentaran por qué se daban esos patrones y “co-incidencias” o qué se
requería para resolver traumas generacionales. Tratar sistémicamente ese
material me ofreció algo totalmente nuevo, tanto en lo referente a la
explicación de esos patrones como a las opciones para resolverlos. Esa
mirada sistémica también encierra una visión del mundo que fomenta un gran
respeto por algo que se podría llamar “el misterio más grande”, un espacio en
el que los patrones familiares que se repiten indican la presencia de un orden
más profundo e insinúan la existencia de “algo más”.

Cuando observé el patrón de suicidio a los 27 años y otros casos similares,


también obtuve la confirmación de mis observaciones clínicas: los traumas
tienden a suceder en el aniversario de otros traumas, en particular cuando
están relacionados con conexiones rotas y otros temas inconclusos. Así
empezaba también a aclararse el papel jugado por las implicaciones
sistémicas en patrones repetitivos de accidentes, enfermedades y otros tipos
de trauma. Los sistemas buscan el equilibrio. Todos los miembros de un
sistema tienen el mismo derecho a pertenecer y se crea un desequilibrio
cuando las conexiones se rompen, cuando quedan excluidas personas o
cuando sufren un destino difícil que no ha sido aceptado. En pos del
equilibrio, otros miembros del sistema desarrollan a menudo lealtades ocultas
o inconscientes con esos otros de-safortunados y tienden así a compartir un
destino similar. Laszlo se refiere a esos lazos de lealtades conscientes o
inconscientes como “implicaciones”. Desde ese punto de vista, las víctimas y
sus agresores también están implicados con lazos muy fuertes que influyen
no sólo en su destino, sino también en el destino de sus descendientes(4).
Esta visión sistémica de equilibrio, esos lazos inevitables de interconexiones
y las redes de destino que aplican Laszlo, Böszörmenyi-Nagy y
Schützenberger, llaman a cuestionar la naturaleza misma de la realidad y
también lo que eso significa para la naturaleza de las relaciones humanas.

La idea de que nuestro universo es un todo interconectado no es nueva. La


creencia en un anima mundi o alma del mundo, una especie de matriz dotada
de significado, ha sido una de las premisas centrales de las filosofías
antiguas, de las orientales y de las chamánicas. En el I Ching o Libro de las
mutaciones, uno de los libros más antiguos que se conocen, aparece una
creencia fundamental en kan, la “acción a distancia” que hace que diferentes
tipos de cosas en el universo resuenen entre sí(5).

Sin embargo, ese holismo y la ciencia contemporánea occidental son dos


cosas bien distintas. En el ámbito subatómico, Albert Einstein denominaba
acción fantasmagórica a distancia a la forma en que dos objetos permanecen
conectados a través del tiempo y el espacio sin comunicarse de manera
alguna y mucho después de que tenga lugar ningún tipo de interacción. Erwin
Shrödinger, uno de los fundadores de la teoría cuántica, apodó a esa
peculiaridad enmarañamiento y dijo que “a eso yo no lo llamaría una sino
más bien la esencia de la mecánica cuántica”(6). Si nosotros formamos una
escala ascendente de la noción de enmarañamiento desde el nivel subatómico
hasta el nivel macroscópico de las relaciones humanas, los patrones
repetitivos del trauma que resultan de implicaciones y conexiones rotas
pueden manifestarse como una reiteración del mismo desequilibrio, como si
de fractales se tratara. Si esto es verdad, el desafío para la sanación consiste
entonces en hallar un camino que conduzca hacia la resolución de esas
formas de desequilibrio, a menudo ocultas.
Un método sistémico de trabajo con campos de información se basa en la
premisa de que estos campos están en todas partes y también en lugares fuera
del tiempo. Estos campos son parecidos a los campos de la física, que
también son regiones no materiales de influencia. Esta visión es compartida
por el biólogo e investigador Rupert Sheldrake, quien ha escrito ampliamente
sobre su creencia de que la forma biológica misma está gobernada por
campos morfogenéticos que dan forma antes de transmitir programación
genética. También sostiene que esos campos actúan de manera invisible a
través del espacio y del tiempo. Según esa teoría, nuestros genes que viajan a
través del tiempo sirven no sólo como receptores, sino también como
portadores de la información heredada.

El ADN sería como un radioreceptor que nos da la capacidad de captar


transmisiones desde cualquier lugar dentro de nuestro código genético, que
contiene información que ha existido desde los comienzos de la vida.
Mientras ese código continúa compilando y clasificando datos en el presente,
también planifica adaptaciones futuras. Sheldrake cree, asimismo, que puede
existir un campo de memoria separado de nuestro cuerpo. Nuestros genes y
también nuestro cerebro pueden servir como receptores y al mismo tiempo
como recipientes para almacenar tanto la memoria individual como la
memoria colectiva(7).

Así, pues, según la definición de Sheldrake, los campos mórficos son


regiones de influencia en el espacio y en el tiempo que se ubican dentro y
alrededor de los sistemas que ellos mismos organizan. Estos campos mórficos
son locales, pero la resonancia mórfica no. Desde esa perspectiva, el
fenómeno de resonancia mórfica explica la comunicación a grandes
distancias de espacio y tiempo. Para aquellos de nosotros que estamos
interesados en la reiteración de accidentes múltiples, enfermedades y traumas
transgeneracionales, la resonancia mórfica presenta una explicación viable de
las dinámicas dentro y alrededor de esos acontecimientos enigmáticos.

Esta explicación parecía incluso más creíble cuando Sheldrake extendió su


interés por los campos a los grupos sociales. Según la hipótesis de Sheldrake,
estos campos se producen por la naturaleza de la vinculación entre los
individuos dentro de un grupo más amplio. Esto se puede observar en el reino
de insectos sociales como las hormigas, las abejas y las termitas, y también
en los bancos sincronizados de peces, en las bandadas de pájaros y muchas
otras especies de animales que van en manada. Sin embargo, para mis
investigaciones es más importante la idea de que los campos sociales también
rodean a grupos humanos como tribus, clanes, equipos, corporaciones, sectas
o familias(8). Desde la perspectiva del trauma social, la existencia de grupos
mórficos sociales también podría arrojar alguna luz sobre fenómenos como el
comportamiento de las multitudes, la histeria colectiva y otras formas de
pánico, memorias, modas, delirios y cultos(9).

Para los especialistas en trauma, esa teoría de que los grupos vinculados
socialmente también tienen una memoria que puede permanecer
completamente inconsciente durante diez o veinte generaciones ofrece mucho
para reflexionar. Esto podría ser una valiosa información para personas
traumatizadas y ayudadores. Dentro de ese paradigma, los individuos que
forman parte de un campo social o familiar pueden estar profundamente
afectados por memorias y acontecimientos, incluso sin ser conscientes de los
mismos. Una de las formas en que esos patrones se manifiestan es a través de
destinos individuales que repiten accidentes, enfermedades, asesinatos,
suicidios, pérdida de hijos o desastres financieros personales o familiares. En
los grupos sociales, las repeticiones pueden mostrarse en asesinatos,
genocidios, guerras, migraciones y persecuciones religiosas.

La teoría de Anne Ancelin Schützenberger de un síndrome de los ancestros


coincide con la hipótesis de Sheldrake y de los campos sociales que tienen
memoria. En su experiencia con clientes franceses, esas memorias a menudo
tienen que ver con desgracias, acontecimientos abrumadores y traumas no
resueltos. Los temas inconclusos que giren alrededor de acontecimientos
traumáticos pueden provocar después que individuos o grupos vuelvan a
interpretar dichos sucesos de manera traumática. Así, pues, entender la
importancia que tienen los asuntos inconclusos, las respuestas incompletas o
malogradas ante situaciones de agobio y las conexiones rotas es crucial tanto
para reconocer los aspectos sistémicos del trauma como para encontrar una
estrategia para solucionarlos.

En esta línea de razonamiento resuena también el trabajo de la psicóloga rusa


Bluma Zeigarnik. Las comprensiones de Zeigarnik, alumna de Kurt Lewin en
la Universidad de Berlín, pueden arrojar más luz al papel que desempeñan las
respuestas incompletas y el desarrollo del trauma. Su estudio, publicado en
1927, vino a demostrar que las tareas que no se han concluido se recuerdan
con más facilidad que las que sí fueron completadas. Por lo tanto, es probable
que algo interrumpido antes de completarse cause un impacto en la
memoria(10). Desde la perspectiva del trauma, una respuesta incompleta al
agobio o a cualquier conexión rota puede producir respuestas postraumáticas
que también pueden incluir la tendencia a repetir comportamientos
infructuosos en forma de “reinterpretación traumática”. Muchas veces esa
reinterpretación sucede en aniversarios de traumas anteriores, incluso cuando
esos traumas han sido reprimidos o están completamente olvidados. Cabe
destacar otro indicio cuando un sistema se desequilibra: que se haya
producido un movimiento de desarrollo interrumpido, como por ejemplo el
de un hijo hacia su madre(11).

Antes de encontrar el trabajo de los pensadores del enfoque sistémico y


contextual y de la teoría del campo, estuve analizando el papel que jugaban
las respuestas incompletas en el trauma de una manera directa. Un ejemplo
aparentemente sencillo de ese tipo de trabajo es el caso de un hombre que me
fue derivado para un trabajo de trauma. Llegó con un dolor intratable en su
hombro derecho después de haber sufrido un accidente de tráfico en que se
fractura el hombro izquierdo. Este hombro se le curó muy bien, pero el dolor
en su hombro derecho no respondía a ningún tratamiento de fisioterapia. Su
aseguradora se impacientaba por los continuos gastos médicos y los
fisioterapeutas estaban frustrados al no poder aliviarle el dolor. Mi
experiencia es que la mayoría de los dolores crónicos tienen que ver con
traumas no resueltos, lo cual, a menudo, implica también una respuesta
incompleta, ya que ese tipo de trabajo se orienta más bien hacia el síntoma,
con el objetivo de aliviar el dolor.

Cuando pregunté sobre su accidente era de particular importancia averiguar


dónde se dirigía ese hombre antes de que el inesperado impacto interrumpiera
su viaje. También era importante determinar cuál era su intención
inmediatamente antes del choque. Mi cliente explicó que iba camino de casa.
Se había detenido en un cruce y estaba dando el intermitente hacia la
izquierda, hacia donde esperaba girar cuando el semáforo pasara de rojo a
verde. De repente, un automóvil que se aproximaba a mucha velocidad
impactó con su vehículo por detrás.
En esa sesión empezamos a trabajar con una respuesta incompleta y con una
experiencia del tiempo subjetiva y reconstruida de nuevo. En el trabajo de
trauma encontramos dos tipos de tiempo: chronos, determinado por la medida
lineal del reloj, y cheiros, el tiempo subjetivo. Cheiros, conocido también
como tiempo sagrado o tiempo de los sueños, puede ser experimentado como
una aceleración o como un retraso totalmente alterado o incluso como una
detención en los tiempos de crisis, de meditación, y, por supuesto, durante los
sueños. La palabra alemana träume está estrechamente relacionada con la
palabra sueño, y refleja algo real: que experiencias de vida abrumadoras a
menudo pueden pasar a tener una cualidad típica de los sueños o de las
pesadillas, por lo que pueden ser visitadas nuevamente en escenas
retrospectivas fragmentadas no lineales.

Si volvemos a nuestra sesión de dolor crónico, a mi cliente se le pidió que


moviera su conciencia hacia atrás en el tiempo, “como en un sueño”, hasta
llegar al momento anterior al choque. Pasar a un estado de sueño despierto
permite a una persona acceder a áreas del cerebro subcortical que no
involucran las funciones del pensamiento lineal del neocortex.
Posteriormente, ese proceso continúa con una invitación a imaginarse, como
en un sueño, otra versión del mismo acontecimiento.

Así, en nuestra versión alternativa, el cliente pudo observar el cambio del


semáforo de rojo a verde, para luego muy lentamente hacer los movimientos
necesarios para completar ese giro interrumpido hacia la izquierda, prestando
una atención minuciosa y poniendo toda la conciencia en la zona de su
hombro. Al establecer otra línea del tiempo que permitiera completar, desde
el punto de vista motriz, ese movimiento incompleto, pudo movilizar
suavemente su hombro derecho. Gradualmente el dolor fue desapareciendo
mientra él continuaba experimentando la sensación de sentir esta otra realidad
alternativa que luego mantuvo continuando el camino de regreso a su hogar.

El síntoma con el que se había presentado había sido resuelto y en ese


momento no había aparentemente necesidad de seguimiento. Ese abordaje
claramente era efectivo para resolver el objetivo acordado de aliviar el dolor.
Si esta persona hubiera acudido a mí después de mis comprensiones sobre los
aspectos sistémicos del trauma le hubiera formulado además otra serie de
preguntas, como la fecha de la colisión, choques anteriores y, más acerca en
el tiempo, qué estaba sucediendo en su vida en aquel momento. Y también
hubiera preguntado qué creencias tenía y a qué conclusiones había llegado
como resultado de su experiencia. La resolución del trauma no se presta
fácilmente a fórmulas y hay muchos otros factores más allá del estado motriz
incompleto que pueden llevar a fijaciones traumáticas.

Por ejemplo, el caso del Jaguar azul. Una mujer de poco más de treinta años
vino a la consulta porque había sufrido, después de una colisión, una herida
en la cabeza que le había cerrado, pero ella no estaba respondiendo a la
terapia cognitiva de rehabilitación convencional. Era una persona muy
inteligente, con mucho talento e intuición y muy conocedora de su físico.
Recibía terapia craneal y algo de Rolfing que le proporcionaban cierto alivio,
sin embargo se seguía confundiendo con facilidad, y se sentía abrumada e
incapaz de centrarse en sus estudios en la Universidad, por lo que iba a dejar
de estudiar. En esa época, yo estaba ampliando mi comprensión sobre el
significado más amplio de los accidentes. Al formularle una pregunta
aparentemente sin importancia, pudimos “conectar los puntos” de manera que
pudiera volver a la claridad. La pregunta fue: “¿Estarías dispuesta a contarme
todo lo que recuerdes sobre el vehículo que chocó contra tu coche?”.
Inmediatamente respondió que el vehículo era un Jaguar azul. Luego indagué
sobre algún tipo de asociación que ella pudiera hacer con un Jaguar azul. Ahí
surgió un destello de reconocimiento.

Esta mujer siempre mostró un interés apasionado por los trabajos chamánicos
en América Central, circunstancia que le había presentado bastantes
conflictos con la carrera universitaria que su “Yo racional” había determinado
como necesaria. Su guía interior y animal de poder era un jaguar azul. Así fue
como pudo comprender que, en ese momento de su vida, su jaguar interno se
oponía al curso cognitivo de sus estudios, dado que sus preguntas chamánicas
aún estaban incompletas. Al reconocer el momento en el tiempo del accidente
y el mensaje de su sabiduría interior, detuvo todo impulso por forzar el
camino racional y volvió a sus estudios chamánicos.

Con el tiempo recuperó la claridad y pudo completar su carrera universitaria.


Mirando hacia atrás, esa mujer llegó a comprender que el accidente y la falta
de claridad resultante habían interrumpido, a la fuerza, un sendero de vida
que no estaba en consonancia con su ser más profundo. Al regresar al camino
chamánico, le fue posible unir cabos sueltos y abordar temas no finalizados
que tenían que ver con sus raíces aborígenes norteamericanas.

A la vista del resultado, no es de sorprender que las estrategias terapéuticas


anteriores, basadas en la suposición de que una herida en la cabeza producida
por un accidente fuera la única causa de que la clienta no pudiera centrarse,
no fueran suficientemente fructíferas. La solución pasaba por observar ese
acontecimiento en un contexto más amplio, por incluir los dos jaguares
azules y por volver a conectar con sus raíces indígenas. El accidente fue un
catalizador que sirvió para activar una necesidad de sanación en un plano más
allá del meramente físico. En última instancia, la reconexión con su tribu
indígena fue la pieza clave para resolver el trauma. A medida que se
fortalecía su sensación de pertenecer y de saber de dónde provenía, su
confusión iba desapareciendo. Ahora podía estar completamente presente y
tener una dirección clara para el futuro.

Así fue como gradualmente mi trabajo comenzó a evolucionar más allá del
foco motriz de respuestas incompletas descrito con el dolor de hombro. Mi
mirada empezó a ser más contextual, como se aprecia en la sesión que
incluyó a los dos jaguares. Parecía una progresión natural buscar elementos
sistémicos en aquellos casos en los que las estrategias anteriores no ofrecían
resolución. Estaba totalmente convencida de la importancia de los elementos
sistémicos, en particular en los casos de traumas repetitivos y
multigeneracionales. Además, tal como vimos en mi investigación sobre la
tragedia de Columbine, también sirve mirar esos traumas dentro de un
contexto mayor de acontecimientos sociales e históricos. Con el tiempo, esa
comprensión evolucionaría hacia un enfoque que se conoció como trabajo de
trauma con orientación sistémica. Desde esa perspectiva, el proceso
terapéutico para una persona también incluiría elementos más amplios que el
propio individuo, elementos de los cuales la persona también forma parte
integral.
NOTAS

1.Ulsamer, Bertold, (2005) The Healing Power of the Past: A new Approach
to Healling Family Wounds.
2.Laszlo, Ervin (1995), the Interconnected Universe: Conceptual Foundations
of Transdisciplinary Unified Theory.
3. Ulsamer, Loc. cit.
4. Laszlo, Ervin, Ibid. See also, Böszörmenyi-Nagy, and Sparks, Geraldine,
(1973) Invisible Loyalties.
5. Walter, Katya (1994) Tao of Chaos: DNA and the I Ching.
6. Radin, Dean (2006) Enlangled Minds: Extrasensory Experiences in a
Quantum Reality.
7. Seldrake, Rupert, (1995) The presence of the Past: Morphic Resonance and
the Habits of Nature.
8. Sheldrake, R., Schützenberger, A., and Hellinger, Bert (April, 1999)
ReViewing Assumptions: A Dialogue About Phenomena that Challenges Our
World View, videotape. This viewpoint is also supported by Humberto
Maturana and FranciscoVarela, in (1972) De maquinas y seres vivos.
9. Dawkins, Richard, (2006) The Selfish Gene.
10. Zeigarnik, Bluma (1927) “Das belaten erledigter und unterledigter
Handlungen”, Psychologishe Forshung, 9:1, 1-85. See also, Van Bergen, A.
(1968) Task Interruption.
11. Levine, Peter, A. (1997). Waking the Tiger: Healing Trauma. See also:
Grove, David, J. and Panzer, B.I. (1989) Resolving Traumatic Memories.
CAPITULO 5
EL MODELO MaS GRANDE

Una vez que has visto el modelo más grande


no puedes volver a ver a la parte como un todo.

Ursula LeGuin

Mi experiencia clínica con un accidente que relacionaba a dos jaguares


azules, combinada con años de investigación por la complejidad no lineal que
giraba alrededor de las tragedias de Littleton, aportó un cambio importante a
mi comprensión de los traumas y de su resolución. Ahora estaba convencida
de que era necesario mirar los acontecimientos traumáticos en un contexto
mucho mayor que su aparente causa y efecto. A su vez, esta comprensión
condujo a una creciente toma de conciencia sobre las limitaciones inherentes
con que se topaban los métodos de sanación de traumas básicamente
centrados en el individuo, los síntomas que en él se muestran y el sistema
nervioso autónomo. En la búsqueda de respuestas a preguntas sobre los
accidentes repetitivos, el significado de las conexiones no lineales, los
modelos transgeneracionales y otros misterios de traumas no resueltos,
encontré valiosos recursos en los modelos sistémicos. La perspectiva
sistémica proporcionaba un marco necesario dentro del cual se podían
abordar las consecuencias multigeneracionales de las implicaciones y de las
conexiones rotas.

Mi nueva orientación también requería un cambio: había que dejar de ver a


los clientes primeramente como individuos aislados que habían sufrido una
experiencia de vida abrumadora, experiencia cuyos síntomas necesitaban
alivio y resolución. Comenzaba ya a verlos dentro de un contexto mucho más
amplio de relaciones, con situaciones familiares actuales y de la familia de
origen, y también con otros acontecimientos históricos y sus raíces culturales.
La terapia tradicional individual y familiar a menudo focaliza sobre las
dinámicas familiares sin tener en cuenta los contextos mayores, como el
histórico, el social, el cultural y el ambiental. Ese enfoque tan estrecho
deposita una carga indebida en los miembros de la familia, pero no hace
ningún esfuerzo por comprender qué papel han jugado los factores externos
en la manera en que dicha familia se ha ido formando.

Uno de los principios del trabajo de trauma es no hacer nada que agobie a una
persona ya agobiada. Por esa razón, lo mejor es limitar de entrada el proceso
inicial sólo a aquella información que es esencial en ese momento. Pensando
en la necesidad de economía, desarrollé un método no lineal para evaluar los
recursos, las implicaciones, las conexiones y el contexto. A grandes rasgos,
este enfoque comienza con una pregunta polifacética de final abierto. Esa
pregunta abre el camino para que tanto el terapeuta como el cliente
comprendan la relevancia de un modelo mucho más grande que puede que
contenga claves importantes para la sanación y la resolución. Este tipo de
indagación no lineal la presento de la siguiente manera, con un lenguaje tipo
invitación: “¿Estarías dispuesto a contarme algo sobre tu familia?. Tus
padres, ¿cómo se conocieron, qué estaba sucediendo en la familia cuando tú
naciste, quién más está en la familia?, ¿Hay otras cosas que sientas que
puedan ser importantes?”.

Esta es, naturalmente, una pregunta muy larga y con muchas facetas. Estas
facetas, a su vez, servirán como puntos clave para indicar el enfoque más útil
durante una sesión. Todo proceso no lineal lleva a puntos de bifurcación, y
son esas ramificaciones en el camino las que ofrecen opciones para una
nueva dirección. Como mis preguntas son de final abierto, el cliente tiene una
posibilidad respecto a qué faceta desea contestar primero. Esa elección por sí
sola ofrece informaciones valiosas, lo mismo que las facetas que no se
mencionan.

Una encuesta aparentemente trivial sobre la forma en que los padres se


conocieron puede aportar información que de otra manera pudiera pasar por
alto. Por ejemplo, las respuestas pueden incluir algo así como “No tengo ni
idea”. Eso en sí mismo ya es una información importante. Otras respuestas
como “Mis padres se conocieron en un barco de refugiados viniendo de
Rusia”, “Se criaron en el mismo pueblo en Armenia”, “Mi padre estaba
comprometido con la hermana de mi madre”, “Se conocieron a través de un
aviso en un periódico cristiano para personas solteras”, “nunca cuentan dos
veces la misma historia de eso”, “Mamá era la secretaria de papá cuando él
estaba casado con su primera mujer”, “Mi mamá no lo quiere decir, y no
tengo idea de quién es mi padre”, etc. En el ejemplo que sigue, la pregunta
sobre la forma en que se conocieron los padres ayudó mucho para centrarnos
de inmediato en temas importantes.

Daniel se sentía cada vez más ansioso por su incapacidad de controlar la


bebida, circunstancia que se había incrementado después de ser padre
primerizo. Explicó que sus padres se habían conocido cuando su madre, de
joven, había ido a trabajar como ama de llaves a casa de un sacerdote católico
mucho mayor que ella. Su relación continuó hasta que él murió. De niño, le
habían contado que su padre murió en la guerra, y únicamente se le reveló la
verdad una vez fallecido el clérigo. Daniel había sentido mucho cariño por
ese Padre católico y reaccionó ante la verdad sobre quién era su padre con
una mezcla de alivio, ira, dolor y confusión. El nacimiento del hijo de Daniel
multiplicó ese desasosiego en su papel como “padre”.

Cuando le pregunté si estaría dispuesto a contarme algo sobre su familia, sus


padres…”, la respuesta es de final abierto y la palabra clave es algo. Al
preguntar algo sobre los padres, ya se puede tener una imagen de qué
información es considerada importante y significativa, y cuál puede ser
omitida. Desde ese momento también es posible comenzar a desarrollar una
sensación sobre la calidad de conexión hacia uno o ambos padres y sobre los
orígenes. Al explorar este tema también se puede descubrir la posibilidad de
que haya secretos familiares o miembros de la familia excluidos, que hayan
sufrido un destino difícil, o alguna otra situación relativa a esa información.

Mark me vino a ver porque le costaba mucho dormir y concentrarse en sus


estudios durante su primer año en la universidad. Se sentía a la deriva en las
clases que le interesaban poco, pasaba la mayor parte de su tiempo
practicando deportes peligrosos y estimulantes relacionados con la velocidad,
y luego tenía largas noches de alcohol y sexo fácil. Cuando le pregunté si
estaba dispuesto a contarme algo sobre sus padres, de inmediato respondió
que su padre se había matado algunos años atrás. Se suicidó con gas. Mark
dijo que no sabía nada de sus abuelos ni del origen de éstos. Como el agente
letal fue el gas, le pregunté a Mark si su padre era judío. Claramente irritado,
exigió saber qué tenía que ver eso con todo lo demás. A regañadientes,
respondió después que sí, que su padre era judío y su madre no, pero que eso
no importaba porque su familia no era religiosa. Le sugerí que investigara un
poco el trasfondo de la familia paterna, ya que eso podría serle útil para
comprender más de cerca el suicidio de su padre. En el mejor de los casos,
Mark se mostraba escéptico, firme en su creencia de que su padre se había
matado porque estaba deprimido, nada más allá de eso.

Nuestro siguiente encuentro, un mes después, fue muy diferente. Había


estado investigando y le acompañaba una tía. Mark había podido determinar
que el padre de su padre y varios parientes más de esa generación habían
desaparecido en las cámaras de gas de Auschwitz. El dolor tan grande por el
trágico destino de su abuelo y de otros parientes que habían muerto en el
Holocausto derivó en un intento de cercenar ese segmento de su pasado. Sin
embargo, podía ser posible que el amor ciego del padre de Mark y su
implicación inconsciente en el destino de los parientes “olvidados” le hubiera
llevado a la depresión y luego a suicidarse con gas. Con el tiempo, Mark
pudo comprender que aquel impulso que sentía por comportamientos de
riesgo también era una forma de amor ciego, de implicación y de una
atracción hacia la muerte que se volvía más fuerte en su estado actual de falta
de raíces y desconexión. Trabajando solamente con los sentimientos de Mark
sobre el suicidio de su padre no habría resuelto las fuentes sistémicas de su
imposibilidad de dormir y su estilo de vida peligroso.

También puede ocurrir que el foco de la pregunta sea ignorado y el cliente


responda que tuvo un mellizo que murió en el parto o que todos sus hermanos
murieron de tuberculosis o en un desastre natural. En casos así, prefiero
seguir esa línea y vuelvo a los padres en otro momento.

La faceta de la pregunta que dice “¿qué estaba ocurriendo en la familia


cuando tú naciste?” sirve para hacerse una idea del contexto al que se
incorporó esa persona.

Todas las fechas, los lugares, y las situaciones familiares e históricas son
importantes aquí. Consideremos, por ejemplo, el papel de los lugares y
eventos históricos inherentes a las siguientes respuestas: “Nací en 1930,
durante la depresión, en una granja de la familia en Oklahoma y soy el último
de siete hijos”, “Nací prematura durante el bombardeo de Stuttgart de 1943.
Pasé un mes en una incubadora sin calefacción porque no había electricidad”,
“Nací en una aldea de montaña en Suiza, antes de la Segunda Guerra
Mundial, y fui el noveno hijo de una familia pobre que no estaba en
condiciones de alimentar a nadie más. Fui dado a la hermana de mi madre,
que no tenía hijos”, “Mi madre era holandesa y yo nací durante su
internamiento en un campo japonés, a finales de la Segunda Guerra
Mundial”.

El orden de los hermanos y la situación familiar directa en el momento del


nacimiento son igualmente valiosos para comprender las dinámicas dentro de
los modelos sistémicos. “Fui una niña y nací justo 10 meses después de mi
hermano, que nació muerto”, “Mi nacimiento coincidió con la muerte
repentina de los padres de mi madre durante un incendio de origen
sospechoso”, “Mi madre murió poco después de mi nacimiento, mi padre
desapareció y yo fui criado por su madre”. Las alteraciones en el orden de los
hermanos pueden llevar a otros desórdenes que pueden ser psicológicos o
somáticos o una combinación de ambos. No es extraño que los clientes sólo
mencionen a sus hermanos vivos, y hagan caso omiso de los que murieron
antes de nacer, ya sea por abortos provocados o espontáneos. Si un cliente
sólo habla de sus hermanos vivos es importante preguntarle si hay algún otro
que haya muerto o si puede haber habido otros embarazos que no se llevaron
a término. Esa parcela de la historia familiar a menudo contiene culpa, dolor,
secretos y confusión que pueden pasar en cascada a través de muchas
generaciones.

Durante un seminario internacional trabajé con una mujer irlandesa de


mediana edad que padeció ansiedad crónica, estreñimiento y calambres
intestinales la mayor parte de su vida adulta. Bridget dijo que se había criado
en una familia católica pobre, que era la mayor de diez hermanos y que todos
vivían aún. Recordaba a su padre enojado, a su madre cansada y a ella
misma, que era la mayor, llevando la responsabilidad primordial del cuidado
y la seguridad de los más pequeños. Eligió no casarse nunca ni tener hijos
propios. Le pregunté si había otros hermanos que hubieran muerto o si su
madre había tenido otros embarazos. Con una mirada de sorpresa, pero sin
mucha emoción, recordó que cuando el décimo hijo era aún muy pequeño su
madre dio a luz a trillizas. Las tres niñas murieron poco después de haber
nacido. Tanto la partera que la atendía como el sacerdote de la parroquia
declararon que esas muertes eran una bendición porque no había suficientes
alimentos para tres hijos hambrientos más. Y así, nadie hizo el duelo. Le
ofrecí la posibilidad de pensar que su dolor tuviera algo que ver con la
pérdida de las trillizas y ella estuvo de acuerdo en dispensar una mirada más
profunda a ese tema.

Cuando Bridget se puso de pie, coloqué lentamente tres almohadones muy


pequeños cerca de sus pies y le pedí nada más que los mirara y respirara. Al
comienzo, sin comprender nada, mantuvo su mirada fija por encima de ellos
y luego retrocedió un poco . Esperé un tiempo y luego la animé a que
respirara tranquilamente y a que, cuando estuviera preparada, mirara los
pequeños cojines. Dio otro paso atrás y luego comenzó a temblar recordando
la imagen de los tres pequeños cuerpos que habían sido rápidamente retirados
y “olvidados”. De repente, su dolor abdominal se volvió inaguantable y se
inclinó hacia adelante con un grito desgarrador que pronto se volvió un
gemido más profundo. De rodillas ante los almohadones, se mecía con el
dolor de ese duelo tan profundo y prohibido. Luego, los acunó a los tres entre
sus brazos.

Pregunté si se les había puesto nombre a los tres bebés y no lo pudo recordar.
Le sugerí que les dijera: “Me llamo Bridget y soy vuestra hermana mayor.
Vosotras sois mis hermanas pequeñas, pertenecéis a nuestra familia y yo os
doy un lugar en mi corazón”. A pesar de estar llorando lo pudo decir y, poco
a poco se fue relajando, como aceptando tranquilamente la pérdida de las
niñas. Bridget acababa de comprender que era, de hecho, la mayor de 13
hermanos. Cuando nos volvimos a encontrar tiempo después, me contó que
sus ansiedades se habían reducido en gran medida y que los problemas
intestinales no habían vuelto a aparecer.

El caso de Bridget vuelve a mostrarnos las consecuencias dolorosas de una


respuesta incompleta y los elementos necesarios para su resolución. Quizás el
lector recuerde el dolor de hombro postraumático que pudo desaparecer
cuando el cliente completó las respuestas motrices interrumpidas desde el
momento del accidente. Con Brindget, la respuesta interrumpida era
emocional. Y no es sólo el sistema nervioso el que desarrolla síntomas con
respuestas incompletas, sino que familias enteras y otros sistemas también
pueden padecer por respuestas que quedan interrumpidas. Como hermana
mayor que era y responsable del bienestar de los más pequeños, Bridget
llevaba gran parte del dolor prohibido por la creencia colectiva de que la
muerte de las recién nacidas era una bendición.

La última faceta de esa pregunta compleja “(…) y cualquier otra cosa que
sientas que pueda ser importante” abre la puerta para la información
adicional: “Me han diagnosticado esclerosis múltiple”, “Mi cáncer de pecho
volvió a aparecer”, “La inundación del mes pasado destruyó todo lo que
tenemos…”. A menudo, estos son los temas por los que las personas
consultan a un especialista en trauma. Desde una perspectiva sistémica, la
tarea sigue siendo la misma: es necesario buscar recursos inmediatos,
explorar el contexto más amplio dentro del cuál esas circunstancias puedan
ser mejor comprendidas, y luego proceder con estrategias de tratamiento
apropiadas.
Capitulo 6
CONECTANDO CON LOS RECURSOS

Lleva a la familia a su orden adecuado y todas


las relaciones sociales se establecerán correctamente.

I Ching, Hexagrama 37

En esencia, trauma es todo aquello que tiene que ver con un agobio y con
conexiones rotas. Las circunstancias y los hechos susceptibles de abrumar a
una persona pueden, sin embargo, resultar manejables para otra. Hay, por
supuesto, experiencias que abrumarían casi a cualquiera. El trauma puede ser
el resultado de un shock repentino, y también de una serie de experiencias
dolorosas y difíciles que pueden ir acumulándose a lo largo del tiempo.
Cuando esto sucede, un hecho aparentemente menor puede disparar una
respuesta postraumática cuyas raíces están en hechos anteriores que pueden
ser recordados conscientemente o no. Si estudiamos los traumas en el seno de
una familia, a menudo se observa que dichos traumas están relacionados con
desequilibrios del sistema actual o previo. Y aunque los profesionales de la
salud mental tienen muchas maneras de manejar el agobio, si no se atienden
las conexiones rotas no puede sobrevenir la recuperación.

Un trauma puede causar que el self, la identidad propia de cada persona,


quede fragmentado. Ese tipo de desconexión puede dar lugar a una amplia
gama de síntomas: distintos grados de pánico, entumecimiento, separación,
conductas desinhibidas, desorientación respecto al tiempo y el espacio, etc.
Cuando ello sucede, dichas confusiones pueden llevar a mirar de forma
retroactiva experiencias de otros tiempos y espacios. El tiempo presente no se
puede experimentar del todo porque toda sensación del ahora sigue implicada
con el pasado. Consecuencia de ello es que una persona que sufre ese tipo de
desconexión probablemente no esté capacitada para percibir un futuro si no
es como una repetición del pasado. En el ámbito de la sociedad, todo esto
puede ser comprobado con países, continentes y culturas que están
involucrados en guerras y genocidios, como Israel, algunas zonas de los
Balcanes y del Cáucaso, y también África y Sudamérica.

Las conexiones rotas pueden ser tanto la causa como el resultado de


experiencias de vida abrumadoras. Una persona desconectada del self y
desorientada en el espacio y en el tiempo no está del todo disponible para
sentir conexiones positivas con otros, ya sea la pareja, los padres, la familia
de origen, los ancestros o las raíces espirituales y culturales. Sin embargo, los
individuos que han quedado traumatizados pueden establecer “lazos de
trauma” cercanos y a veces intensos con otros que han resultado heridos de
manera similar. Mientras que al comienzo esos lazos ofrecen solaz y sostén,
con el tiempo pueden terminar siendo un cautiverio que aísla a la persona.
Los lazos de trauma sirven para reforzar la sensación de impotencia y de
victimización entre quienes los comparten, pero sólo duran el tiempo en que
los involucrados permanecen con el trauma.

Dichos lazos fomentan a menudo un tipo de “conciencia de víctima” en la


cual uno se ve al mismo tiempo impotente e inocente. Esta respuesta ante la
adversidad suele ser alentada por aquellas religiones que promueven el
sufrimiento, el sacrificio y el martirio como camino hacia la redención, la
santidad y otras recompensas celestiales o kármicas. Y también debemos
estar atentos a las actitudes que, según las diferencias culturales, muestra la
sociedad hacia las víctimas. En la cultura norteamericana, por ejemplo, es
común que las víctimas sean recompensadas con la atención de los medios, y
con retribuciones en dinero mediante entrevistas o acuerdos sobre libros o
juicios. En Alemania, las víctimas pueden experimentar desprecio y, en
Japón, a menudo se las rehuye. Cuando ser víctima también es una razón
primaria para pertenecer a una familia, a un grupo o a otra relación de
cualquier tipo, la recuperación trae consigo la amenaza de quedar
desconectado de dicha relación.

Es importante tener claro que victimismo no es lo mismo que conciencia de


víctima. Quien tiene conciencia de víctima piensa a menudo que, como se le
ha causado un daño, tiene por tanto derecho a un manto protector. Esto, a su
vez, da permiso para que uno permanezca pasivo, para tal vez incluso ser
infantil, y por lo tanto queda disculpado respecto a cualquier tipo de
responsabilidad relacionada con mejorar su calidad de vida. También puede
darse la convicción de que “se le debe algo”, y de que alguien “tiene que
pagar” porque venganza es justo lo que se requiere para que pueda ocurrir la
sanación. Dentro de ese tipo de conciencia, víctimas y perpetradores suelen
numerosas veces intercambiar los lugares. Valga como ejemplo que, si se
mira el ámbito del trauma social, tanto palestinos como israelíes se
consideran víctimas, y al mismo tiempo cada uno ve al otro como
perpetrador. Saddam Hussein era el agresor según los norteamericanos,
mientras que él se veía a sí mismo como víctima de ellos. También Hitler,
cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, creyó firmemente ser una
víctima del pueblo alemán(1).

La clave para la resolución al trabajar con víctimas es encontrar un camino


para restaurar su sentido de la dignidad, de percepción de opciones y de
empoderamiento, todo ello dentro de un marco en el que no se perpetúen los
ciclos de represalia y revancha. Es importante recordar que, aunque pueda
resultar difícil, no es imposible. La vida de Nelson Mandela es una clara
inspiración en ese sentido: con toda seguridad fue víctima, pero jamás fue
una víctima con conciencia de víctima. En su relato Noches de Luna Nueva,
Laurens Van Der Post narra con desgarro sus estrategias de supervivencia
como prisionero en un campo de concentración japonés durante la Segunda
Guerra Mundial(2). Después de ser liberado, Sir Laurens no albergaba malos
sentimientos ni hacia Japón, ni hacia su pueblo, y seguía oponiéndose
firmemente al uso de armas atómicas contra ellos(3).

Hillary Clinton, en su papel de primera dama de los Estados Unidos por estar
casada con su 42º presidente, tuvo que hacer frente a un circo mediático
sensacionalista después de que se airearan las hazañas sexuales de su esposo,
quien además fue impugnado por haber mentido al Congreso. Siempre atenta
a sus opciones, la señora Clinton eligió permanecer empoderada, se quedó
junto a su marido, mantuvo unida a su familia y luego hizo historia al lanzar
una exitosa campaña para el Senado. Tiempo después, la senadora demócrata
Clinton se convirtió en la primera mujer seriamente candidata a la presidencia
de los Estados Unidos.
Para las personas dedicadas a las profesiones de ayuda, es importante
comprender que la conciencia de víctima, tanto si se manifiesta como
pasividad dependiente o como sed de venganza, tiene un efecto negativo en la
salud física y mental. Más concretamente, el sistema inmunológico puede
verse adversamente afectado por sensaciones de falta de poder, lo cual es
bien conocido dentro de la práctica de la medicina energética y
psicosomática. El lector puede encontrar un debate ampliado sobre la
diferencia entre ser víctima y tener conciencia de víctima, así como del
impacto que causa en la salud y en el bienestar, en “Fascinación con el rol de
víctima” en ¿Qué es lo que está en desorden aquí? Enfermedad y
Constelaciones familiares, libro de Ilse Kutschera.

En concordancia con mi creencia de mantener tanto la dignidad como la


sensación de que las personas traumatizadas disponen de recursos, yo suelo
apartarme de la pregunta que plantea el modelo médico orientado hacia la
patología: “¿Qué está mal en esta persona?”. Para mí, una pregunta más
importante al comienzo del tratamiento es saber “qué está bien en esa
persona”. Hay algo que debe estar bien porque, de lo contrario, no hubiera
sobrevivido lo suficiente para llegar a la sesión.

Durante el encuentro inicial con alguien que ha sobrevivido a condiciones


vitales abrumadoras, siempre trato de informarme de qué estrategias, dones
naturales, capacidades aprendidas y otros recursos le ayudaron a sobrevivir.
Las sesiones comienzan poniendo la atención en eso. Mi experiencia es que
animar a una persona a que me cuente a mí, que soy una extraña, los horrores
que ha sufrido, sólo aumenta la posibilidad de que se angustie más y quede
retraumatizada. Más importante que la narración de la historia inmediata es
comenzar a evaluar la fortaleza, la habilidad y la capacidad de resiliencia de
esa persona. Como yo trabajo con traumas, muchas veces los clientes sienten
que están obligados a contarme toda su historia al comienzo de nuestro
primer encuentro. Si eso sucede, los interrumpo amablemente y les invito a
no ir tan deprisa. Luego me centro en explorar qué les ha ayudado a atravesar
su trauma.

Así, puedo preguntar “en qué momento supiste que habías sobrevivido”. Es
importante formular esta pregunta porque hay personas que, aunque
sobrevivieron a experiencias en las que su vida estuvo en riesgo, es posible
que no hayan registrado totalmente que en verdad lo hicieron.

Ante situaciones en que la vida corre peligro, la psiquis está diseñada para
fragmentarse, si fuese necesario, y evitar así la aniquilación total. Es un
diseño protector, una especie de amortiguador que funciona muy bien como
defensa durante un tiempo. Si la fragmentación persiste una vez que el
peligro ha pasado, es posible que partes de la conciencia se hayan quedado
fijas en varios lugares a través del espacio y del tiempo. Los chamanes lo
incluyen como parte de sus ceremonias de recuperar el alma y sanar traumas.

También puede pasar que cuando alguien queda vivo y otros no, sufra la
“culpa del superviviente”. Es esta una preocupación grave, ya que con este
tipo de culpa los vivos permanecen implicados con los muertos y a menudo
se sienten obligados a compartir un destino similar. Esa atracción hacia la
muerte evita que la persona implicada participe plenamente en su vida
presente y experimente cualquier tipo de placer, felicidad o éxito, sin sentir
culpa. A pesar de que esas situaciones son síntoma de que hay un trauma que
requiere atención seria, no aconsejo intentar ninguna forma de resolución del
síntoma hasta que los recursos del cliente no hayan sido comprendidos,
valorados y fortalecidos. Es una práctica parecida a cuando se busca
fortalecer el sistema inmunológico de cualquier organismo que quiere
curarse.

Comenzar las sesiones focalizando en los recursos no era nuevo para mí, que
venía haciéndolo desde mucho tiempo atrás. Esta comprensión que valoraba
lo que la persona traía, incluía a personas, lugares, cosas y experiencias
capaces de aliviar la ansiedad y la tensión, y de apuntalar el sentido de fuerza
y propósito de la persona y su conexión positiva con la vida. Los recursos
también se pueden encontrar en recuerdos positivos que procuran una
sensación de seguridad, apoyo y bienestar en momentos de dolor y dificultad.

La mayoría de las personas tiene más recursos disponibles de lo que son


conscientes y es de especial importancia ponerlos en orden antes de empezar
el tratamiento. Los recursos pueden incluir una sensación de conexión
amorosa hacia el padre o la madre, un abuelo, una abuela u otro pariente, un
amigo digno de confianza, una mascota querida, un lugar favorito en la
naturaleza, una actividad creativa, un médico afectuoso, dones naturales,
capacidades adquiridas, experiencias espirituales, etc. Yo me crié en la costa
atlántica, y el océano siempre fue mi recurso no humano más importante. El
problema vino cuando me trasladé a las arenas áridas de mi hogar desértico,
donde el océano desapareció hacía millones de años. Con el tiempo me di
cuenta de que la claridad deslumbrante de una noche de Arizona también me
brindaba la ansiada conexión con una sensación de vastedad y misterio que
antes me daba el océano.

En este punto, es importante distinguir entre los recursos genuinos y los


adquiridos. Al contrario de lo que sucede con los recursos positivos hacia la
vida, que contribuyen a hacernos más fuertes y resilientes, los recursos
adquiridos tienen el efecto opuesto, es decir que sólo ofrecen una ilusión de
bienestar, escape y seguridad. Todo tipo de adicciones a las drogas, al
alcohol, al sexo, a la comida, al juego, al trabajo, etc., son recursos adquiridos
que sirven para atar energías y emociones que amenazan con volverse
abrumadoras. Tarde o temprano, con dichos recursos la solución se convierte
en el problema, y uno se va volviendo cada vez más vulnerable.

Cuando entré en contacto con el modelo de las constelaciones sistémicas, mi


comprensión de los papeles específicos genuinos y adquiridos comenzó a
cambiar. Durante mi época en la clínica médica de Colorado, pude ver a
muchos pacientes en crisis que sufrían de enfermedades autoinmunes y
degenerativas diversas. Cuando comencé a mirarlos como parte de sistemas
más amplios, también descubrí un modelo de conexiones rotas o alteradas
hacia la madre, el padre o ambos. En algunos casos, hasta se daba una
conexión rota con toda la familia. Muchos tenían poca o ninguna información
sobre sus abuelos o sus orígenes, y menos interés aún en averiguar nada sobre
ellos.

En comunidades como Boulder, muy atentas a los movimientos de la Nueva


Era, es relativamente frecuente que personas con lazos familiares
problemáticos intenten un “baipás espiritual” estableciendo lazos con otras
comunidades, gurús u otras cosmologías que no valoren las conexiones
biológicas. Es más, conocí a muchos pacientes orgullosos de estar lejos de su
familia biológica y de sus raíces culturales, y cómodos con la creencia de que
la separación y la distancia los harían más fuertes. A pesar de que la mayoría
se resistía al principio a admitir cualquier sugerencia relacionada con que lo
opuesto fuera lo verdadero, también es cierto que el dolor de una crisis puede
facilitar la apertura hacia un cambio.

Durante mi trabajo clínico surgía cada vez con mayor claridad que dejar de
respetar o incluso rechazar a la madre, al padre o a ambos, a veces también a
toda la familia, tenía un impacto negativo tanto en la estructura física como
en el sistema inmunológico. Esto tiene un sentido pleno si se considera el
hecho biológico fundamental: que la propia vida nos es transmitida a través
tanto de la madre como del padre. Los intentos de negar esta realidad básica
pueden debilitar la salud mental y física general. En el ámbito concreto de las
adicciones, quedaba claro que las personas con conexiones rotas o alteradas
con el padre eran las más susceptibles y tenían mayores dificultades para
recuperarse.

Las consecuencias de una relación alterada con el padre es uno de los temas
centrales de muchas historias en todo el mundo. Esas historias también
pueden servir como recursos para ganar fuerza y dar sentido a lo que se
puede estar viviendo como una dinámica dolorosa y difícil. Para aquéllos de
nosotros que estamos familiarizados con la tradición psicoanalítica, el mito
de Edipo ha desempeñado un papel destacado en la comprensión de las
dinámicas familiares. Esa historia, que tiene lugar en la antigua Grecia, es
protagonizada por un joven que no sabe nada de la historia de su familia, lo
cual lo lleva a matar a su padre “por error”. Su continua falta de conciencia
provoca eventualmente la muerte de su madre y lo conduce a él a un destino
protagonizado por la ceguera que él mismo se impone.

Según Freud y sus seguidores, el complejo de Edipo se produce cuando en el


hijo se da el deseo inconsciente de matar al padre. Dentro del marco de la
psicología profunda, el mito hace referencia a la amenaza de muerte, a la
rivalidad y a los celos en sucesivas generaciones. De acuerdo a esta visión del
mundo más bien determinista, ese tipo de Edipo habita en todo ser humano.

La consecuencia de ello es que hay muchos que sólo se sienten libres cuando
piensan que han empujado, física o mentalmente, a la madre, al padre o a
ambos fuera del centro de su existencia.

El teólogo holandés Jan van Kilsdonk S.J. sugiere que, al tiempo que las
generaciones más jóvenes buscan la independencia y los placeres libres de las
restricciones que imponen los padres, también sufren por esa misma razón.
Sostiene que esa libertad es una compulsión que ciega a la juventud para que
no mire su pasado, la separa de sus raíces, de un sentido de hogar, de
conexión y de seguridad que puede ofrecer una sensación de paz interior y
libertad. Sugiere que hay mucha sabiduría por descubrir en la Eneida, otra
antigua historia sobre un padre e hijo. Este poema de Virgilio, escrito durante
el siglo I a.C., comienza con la caída de Troya. Eneas huye de la ciudad en
llamas junto a su mujer e hijo, cargando sobre sus hombros el peso de su
anciano padre Anquises, difamado y cegado por los dioses. A pesar de que el
padre es una
pesada carga para él, Eneas lo lleva durante todo el camino. A Eneas se
atribuye la fundación del nuevo Imperio Romano(4).

Sólo después de morir, el padre le sirve de guía en el paseo de Eneas por el


Más Allá. El padre van Kilsdonk reconoce que no es tarea fácil ser indulgente
con los padres mayores y deteriorados. Sin embargo, la sabiduría de esa
antigua historia sugiere que llevar la carga en lugar de rechazarla es el
camino hacia la futura libertad y hacia una vida libre de complejos como el
de Edipo o cualquier otro relacionado con los padres(5).

Al citar estas historias de ninguna manera pretendo negar la existencia de


padres peligrosos y de familias tóxicas. Es importante comprender que, por
ahora, sólo estoy hablando de lo importante que es reconocer conexiones a
nivel biológico. Hay otros niveles de conexión que también deben ser
considerados y que he dividido en tres niveles básicos: biológico, psicológico
y espiritual.
En el nivel biológico (físico), donde incluyo el ADN, una conexión no se
puede romper. Cuando alguien lo intenta, se topa con serias dificultades.
Pongamos como ejemplo el sufrimiento físico y emocional de Michael
Jackson en sus intentos por transformar su aspecto de hombre negro en el de
una mujer blanca. Las personas que han sido adoptadas y que tienen poca o
ninguna idea sobre su procedencia pueden, sin embargo, adoptar una actitud
de gratitud por habérseles dado el regalo de la vida.

En el nivel psicológico y de la personalidad experimentamos la realidad de


quien pensamos que somos, y también la forma en la cual percibimos a los
demás. Este nivel está lleno de confusión y de proyecciones, es una verdadera
sala de los espejos en la que hay dinámicas de víctima y perpetrador, ciclos
de vergüenza y culpa, lealtades ciegas, y creencias sobre el bien, el mal y la
conciencia. Es también el nivel en el que tiene lugar la mayor parte de la
psicoterapia y el plano en el que creemos tener tanto el poder como el
derecho de romper conexiones.

El nivel atemporal del alma incluye el dominio arquetípico de las relaciones,


la conexión y contención que se encuentran más allá de las creencias acerca
del bien y del mal. Partimos de la suposición de que tenemos un alma que
también es parte de almas más grandes que incluyen a la familia, la tribu, el
reino de los muertos y reinos más allá de todos estos. En este nivel, las
conexiones no pueden ser rotas y los intentos por hacerlo generan
sufrimiento. Dado que este plano es vasto y para muchos permanece
indefinido, me parece que la mejor opción es alentar al cliente a que
encuentre su propio camino a la hora de experimentar este nivel de conexión,
incluso como en sueños si fuera necesario.

Así, pues, mi trabajo con el trauma se centra básicamente en el potencial


sanador, ya que comprendo y puedo aceptar el poder de conexión que se da
en el nivel de lo biológico y del alma. En general, no paso mucho tiempo
preguntando por temas psicológicos que giran alrededor de la personalidad y
que entrañan mucha confusión. Podemos estar años explorando las razones
de la desdicha y de la disfunción, expresando sensaciones sobre experiencias
vitales que tal vez tengan algún valor psicoterapéutico. Sin embargo, en mi
experiencia, esta no es la mejor opción para resolver traumas. No obstante,
también he experimentado que, cuando las conexiones en el nivel biológico y
del alma están claras, los temas psicológicos están más disponibles para una
resolución.

En definitiva, el objetivo del trabajo con trauma tal y como lo comprendo yo,
es encontrar un camino para expandir e incluir, para luego podamos
volvernos más grande que cualquier cosa que nos haya sucedido. El éxito que
se obtenga a la hora de restaurar una sensación de equilibrio relativo y de
resiliencia, después de un trauma, depende de muchas variables, como
factores genéticos, edad, grado de angustia, experiencias vitales anteriores,
etc. Ahora también tengo claro que las personas que están en contacto con el
presente, con el pasado y con sus recursos potenciales dentro de la relación y
el sistema familiar tienen más posibilidad, ya no sólo de sobrevivir, sino
también de encontrar fuerza y significado en sus encuentros con el lado
oscuro de la condición humana.

NOTAS

1. Trevor-Roper, H.R. (1947) The Last Days of Hitler.


2. Van der Post, Laurens (1970) The Night of the New Moon.
3.__________________, (1971) The Prisoner and the Bomb.
4.Van Kilsdonk, Jan, S.J. ( 1987 ) Preface: Balance in Motion: Ivan
Böszörmeny-Nagy and His Vision of Individual and Family Therapy, by Van
Heusden, Ammy, Van den Eerebeemt, Elsemarie and Boszormeny-Nagy,
Brunner Mazel, N.Y. ix-xi.
5. Ibid.
CAPITULO 7
ViCTIMAS Y PERPETRADORES

El encuentro de dos personalidades es como el contacto


de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción,
ambas se transforman.

C.G. Jung

Trabajar con el trauma supone inevitablemente tratar con quienes se han


topado con los aspectos más oscuros de la naturaleza humana. Aunque la
mayoría de los que sufrieron son víctimas, algunos también son
perpetradores, y muchos han experimentado ambas posiciones. Cuando
acontece un hecho traumático, un enfoque sistémico que comprenda tanto a
víctimas como a perpetradores tiene mucho que ofrecer al servicio del
equilibrio y de la resolución. Un elemento básico para la recuperación del
trauma requiere que al perpetrador se le de un lugar. Este hecho esencial
queda bien reflejado en los esfuerzos de reconciliación que a nivel mundial
realiza el arzobispo sudafricano Desmond Tutu.

En los encuentros del clérigo anglicano con víctimas y perpetradores se les


concede a ambos la misma dignidad y el mismo trato respetuoso. Yo creo que
ese compromiso y esa atmósfera de respeto mutuo es clave para que el
acusado pueda avanzar y encarar las consecuencias de su comportamiento.
Más allá de los detalles de la condena social, política y judicial, también
parece haber una necesidad humana por algo parecido a una tregua
metafísica.

Esa necesidad de algo más que una condena judicial quedó patente en la serie
televisiva Peacemakers, presentada por la BBC World. En el programa que
protagonizaba el obispo Tutu, este se encontró con un policía inglés y un
pistolero del IRA, el Ejército Revolucionario Irlandés, que lo había herido
durante una persecución en Irlanda del Norte. El militante irlandés había
pasado 21 años en prisión por su delito. El inglés estaba acompañado por
miembros de su familia que se sentaron cerca de él. El pistolero irlandés
estaba solo, sentado frente a ellos a una cierta distancia. Por turnos, a cada
hombre se le fue pidiendo que describiera cómo fue su encuentro, qué
experiencias y sentimientos tuvieron durante el tiroteo y, por último, cómo se
sintieron durante todo el tiempo que pasó después(1).

El inglés explicó que como todo graduado de la academia de policía, lleno de


fantasías al estilo James Bond, se dio cuenta de que no estaba preparado para
el estrés diario que suponía ser un oficial no bienvenido encargado de
imponer la ley en Irlanda del Norte. Después de días de soportar que le
arrojasen piedras y botellas, y de sufrir otros ataques, quería venganza. Un
día en que había olvidado su arma, presa de un ataque de rabia, echó a correr
detrás de un irlandés que abrió fuego contra él. Mientras el policía describía
el sufrimiento físico que le produjeron las heridas de bala, también expresó su
culpa por haber comenzado tontamente la persecución estando desarmado. Y
había un dolor aún más profundo por el estrés que esa penosa experiencia
seguía causando a su familia. Sus seres queridos asentían con la cabeza
afirmando lo dicho.

El irlandés permaneció firme argumentando que se consideraba un preso


político y no un criminal.

Levantando el mentón en dirección a su acusador explicó que, según su


manera de pensar, Inglaterra es el agresor e Irlanda del Norte la víctima. Su
encarcelamiento le había costado caro: no sólo había perdido la libertad, sino
también la oportunidad de tener mujer e hijos. También afirmó que el tiroteo
había sido totalmente impersonal y una consecuencia esperada de la injusta
ocupación de su país. Estos intercambios fueron seguidos por largos períodos
de silencio denso. Luego, el irlandés declaró que estaba contento de que su
víctima hubiera sobrevivido y de que tuviera el amor y la contención de su
mujer y de sus hijos. Mientras las largas pausas continuaban, parecía que
cada uno se estaba acoplado a su propia posición y que no era probable que
surgiera ningún otro movimiento.

Tal como sucede en todos esos encuentros, el obispo Tutu sabía que tanto la
víctima como el perpetrador habían sufrido. Sentado tranquilo, en silencio y
con compasión, simplemente esperaba. Hasta que se dio un cambio. El
policía reconoció que podía comprender la lealtad de un hombre hacia su país
y que, si hubiera estado en el lugar del irlandés, tal vez hubiera hecho lo
mismo. Mientras el semblante del pistolero se iba suavizando visiblemente,
su víctima también expresó la esperanza de que ahora tuviera tiempo para
encontrar una mujer y construir una familia propia. En un gesto de acuerdo,
el irlandés permitió que le brotara un atisbo de sonrisa. Los dos hombres
mantuvieron la mirada fija y luego, de pie, se miraron uno al otro, de hombre
a hombre, de ser humano a ser humano. Hasta entonces, sus respectivas
lealtades hacia sus países habían impedido que se vieran de manera que no
fuera como el “otro”. Moviendo sus cabezas lentamente en señal de
concordancia, ambos se estrecharon las manos. Cuando terminó el encuentro,
el policía estaba visiblemente aliviado de su resentimiento(2). Sin embargo,
su familia permaneció impávida e inmóvil.

En el trabajo sistémico, vemos a menudo que las víctimas están más


dispuestas a moverse hacia la reconciliación que sus seres queridos. El
resultado es que la lealtad ciega de esos otros lleva a implicaciones de otras
personas, circunstancia que puede persistir a través de varias generaciones.
Este modelo puede volverse cada vez más complejo, ya que los descendientes
de las víctimas también pueden quedar implicados con los perpetradores y, a
la inversa, descendientes de perpetradores pueden quedar implicados con las
víctimas.

En el encuentro del policía como víctima y del militante como perpetrador,


reconocer que la violencia de su primer encuentro había sido impersonal no
fue suficiente para producir una resolución. Al ver el anhelo del irlandés por
tener una familia, el inglés pudo sentirse aún más agradecido por sus propios
recursos atesorados. Pero tampoco eso era suficiente para moverse más allá
del atasco en el que ambos se encontraban. Sólo cuando el policía pudo
encontrar en su interior ese lugar desde el que hubiera hecho exactamente lo
mismo que hizo el pistolero, la resolución fue posible. Cuando las víctimas
pueden encontrar un lugar en el que, de darse las circunstancias, hubieran
actuado como perpetradores, entonces puede darse una solución.

Esto se puso nuevamente de manifiesto en una sesión durante un taller.


Trabajé con una mujer joven que había sido torturada reiteradamente por un
médico sádico durante su niñez. En su trabajo como asistente social, Katie se
encontraba con muchas víctimas de violencia e injusticia. Creyendo que ella
era una buena persona, quería ayudar a otras buenas personas que habían
sufrido injustamente. En su realidad, aquellos que habían sufrido eran, por lo
tanto, inocentes y buenos, tal como ella se había sentido como niña indefensa.
Sin embargo, reconocía una profunda sensación de extenuación en sus
continuos intentos por rescatar a tantas buenas personas de sus malvados
torturadores. Destapar un modelo imprevisto de abuso médico y dental que
produjera sufrimiento y agresión en la familia durante muchas generaciones
no produjo ningún alivio. Katie sólo se preguntaba “¿cómo puede un ser
humano infligir tanto dolor a otro deliberadamente?”.

Consciente de su frustración, le hice pensar si podría haber alguna


circunstancia en la que ella pudiera verse a sí misma haciendo algo similar.
Lentamente, Katie fue entrando en un ataque de ira total, cerró los puños y
comenzó a temblar al comprender que se podía imaginar a ella misma
torturando a otro. Le pregunté entonces que a quién se podía imaginar
causando semejante dolor. Enseguida contestó: “a las personas que torturan a
animales”. También sabía exactamente cómo les haría sufrir y sentir el tipo
de dolor que ellos habían causado a criaturas inocentes. Esta comprensión fue
al mismo tiempo un impacto y un alivio.

Con el tiempo, Katie pudo comprender que el sufrimiento no siempre es el


reverso de la bondad. Sin embargo, más importante fue que pudiera soltar su
implacable compulsión hacia un objetivo imposible: ser buena en la misma
proporción en que su atormentador era malo. Su breve experiencia de sentir a
su propio torturador interior no causó daño a nadie, y ayudó a que su vida
personal y profesional lograra un equilibrio más realista.
En la historia evolutiva de nuestra especie, en el nivel biológico, el homo
sapiens existe tanto en calidad de predador como de presa. Esto está en
nuestro ADN. Aquellos que se ven únicamente como presa, inevitablemente
atraerán depredadores. Aquellos que se experimentan sólo como
depredadores, atraerán la experiencia de ser presa. Esta es la necesidad de
equilibrio.

Sin embargo, los perpetradores no siempre están dispuestos a avanzar hacia


una resolución con sus víctimas. A veces, quienes lo están tal vez no estén en
condiciones de hacerlo por estar encarcelados, incapacitados, escondidos o
muertos. A veces su verdadera identidad es desconocida. En esas situaciones,
el trabajo sistémico con constelaciones ofrece opciones para las víctimas en
busca de resolución. El facilitador de constelaciones sudafricano John L.
Payne describe su enfoque en The Language of the Soul: Healing with Words
of Truth Book: Book Two*. En la versión condensada de una sesión que
sigue a continuación vemos cómo una víctima escandalizada pudo encontrar
una medida de equilibrio.

La cliente se llamaba Julie y había sido violada por un intruso durante un


robo. Años más tarde sentía que aún estaba ligada a él de alguna manera. En
el papel de facilitador, John le invitó a elegir a dos representantes del grupo:
uno para el violador y otro para ella misma. Luego se le pidió que los ubicara
relacionados entre sí dentro del espacio de trabajo del taller. Se palpaba la
atmósfera de tensión cuando ella lo ubicó a él en el rincón más lejano, de
espaldas al grupo. El cuerpo de la representante de Julie expresaba
claramente una actitud de agresión, desafío y superioridad hacia el violador.
Luego, cuando John giró al hombre para que mirara a la representante de su
víctima, ella comenzó a temblar de rabia.

John indicó a la representante de Julie que le dijera esto al representante de su


violador: “No eres humano y yo te excluyo”. Como ella no pudo decirlo,
John sustituyó a la representante por la propia Julie. Luego agregó a dos
representantes más, uno para la madre y otro para el padre del violador. Al
preguntarle al violador cómo se sentía, su representante explicó que, si bien
al principio se sentía desafiante, cuando vinieron sus padres de pronto se
sintió débil y avergonzado. Estas palabras lo hicieron más humano ante los
ojos de Julie y dijo que casi podía sentir lástima por él.

John sugirió que era posible que, después del incidente y durante todos
aquellos años, sólo hubiera podido pensar en lo que él le hizo, lo cual era
natural. Y añadió que “también puedes ver ahora lo que él se hizo a sí
mismo”. Julie respondió que estaba comenzado a ver eso también. Estuvo de
acuerdo con la sugerencia de John, quien le indicó que le dijera al hombre:
“Veo claramente que tu familia está apesadumbrada por esto, y eso es un
destino pesado. Te deseo lo mejor a ti y a tu familia”. Tiempo después, Julie
informó que se sentía más libre y aliviada, que ya no se sentía superior a él,
lo veía como humano, humano como ella, y que ambos habían tenido una
carga que sanar(3).

Es muy natural que alguien se sienta superior ante una persona que le ha
causado sufrimiento. Adoptar una actitud de superioridad ofrece al menos
alguna defensa ante las devastadoras sensaciones de incapacidad. Sin
embargo, tal como vimos con Julie, dichas sensaciones también eran una
barrera para la resolución. Como ella misma expresó, hasta el momento de
poder verlo como humano, seguía “ligada a él de alguna manera.” Este es
otro tipo de lazo traumático que tiende a persistir entre víctimas y
perpetradores hasta que, en algún nivel, se reconoce que ambos han sufrido,
al igual que han sufrido sus seres queridos y tal vez sufran sus descendientes.

Las consecuencias generacionales de una violación se pusieron de manifiesto


en una constelación facilitada por el psicólogo alemán Johannes Schmidt. Su
cliente era incapaz de controlar su excesivo consumo de vodka. Sabiendo que
una adicción a menudo indica un desorden en la línea del padre, Johannes
pidió a su cliente que le contara algo sobre su padre. Dijo entonces que su
padre nació después de que un soldado ruso violara a su abuela durante la
Segunda Guerra Mundial. Con estos datos, se eligieron dos representantes
para representar a la abuela alemana y al soldado ruso.

Al mirar a la representante de la abuela, el representante del solado ruso


explicó que era su obligación violarla. “Los alemanes”, dijo, “violaron a la
Madre Rusia” y a él se le pedía vengar esa violación violando a sus mujeres.
La representante de la abuela sólo escuchaba mientras él hablaba y luego
respondió. Reconoció que la invasión de su pueblo al pueblo de él no estaba
bien. “Si este acto que cometiste hacia mí ayuda a sanar la violencia entre
nuestros dos países, estoy de acuerdo”.

Johannes concluyó la constelación en ese punto. “Ahora”, le dijo a la


sorprendida clienta, “antes de beber vodka debes ofrecer un brindis a tu
abuelo ruso”.

En este caso, queda claro que la interacción entre el soldado y la abuela


emergió dentro del campo de información del nivel atemporal del alma. En el
nivel biológico, esas dos personas eran los abuelos paternos de la mujer. El
vínculo con su abuelo lo expresaba inconscientemente a través de su
consumo de vodka. Ahora tenía una nueva opción: si, como nieta del soldado
ruso, podía darle un lugar en su corazón, ya no había necesidad de vincularse
con él a través de la bebida(4).

En 1997 me uní a un grupo internacional de colegas en un proyecto piloto


relacionado con el trabajo de constelaciones sistémicas en cárceles británicas.
Observando el trabajo con presos varones, todos ellos condenados por
crímenes violentos, pronto se puso de manifiesto que todos aquellos
agresores también habían sido víctimas de violencia. En el transcurso de
nuestro trabajo, también vimos que cada uno de aquellos hombres tenía
implicaciones que no había resuelto con otros miembros violentos de sus
sistemas familiares. En muchos casos, reconocer y resolver esas
implicaciones abrió el camino a sentimientos de arrepentimiento que
anteriormente habían resultado inaccesibles.

Aunque el hecho de que un perpetrador violento también haya sido víctima


no suponga una excusa del crimen, lo cierto es que suscita preguntas difíciles
sobre el potencial y las limitaciones de la rehabilitación. También surge la
pregunta de cómo poder expiar todo esto. Una persona que se ha cobrado una
vida, ¿merece realmente la libertad? El terapeuta sistémico Dan Booth Cohen
se involucró en esa controversia durante su trabajo con presos masculinos en
una cárcel de Massachussets. Muchos de aquellos hombres estaban
cumpliendo condena “de por vida”, sin posibilidad alguna de obtener la
libertad condicional. Con el tiempo, Dan se mostró partidario de conmutar la
sentencia de Arnie King, un hombre que estuvo en prisión durante 36 años
por cometer un asesinato cuando tenía dieciocho(5). Antes del crimen, lo
habían encarcelado siete meses por robo. Tres días después de darle la
libertad condicional, King disparó y mató a una persona inocente durante otro
robo. El preso reconoció que había dejado voluntariamente el instituto y que
estaba muy drogado y alcoholizado, totalmente fuera de control(6).
Ahora, con 55 años, King quería mostrar a la gente que hay una posibilidad
de cambio. Durante los dos tercios de su vida que pasó detrás de las rejas, se
convirtió en un prisionero modelo, cursó algunas licenciaturas y obtuvo
algunos títulos de posgrado, publicó artículos, y asesoró a estudiantes de
escuelas secundarias sobre las trampas de las drogas y de la violencia. Entre
las personas y entidades que apoyan a King está el Consejo de libertad
condicional del Estado, dos profesores de derecho de Harvard y un oficial en
jefe del Ministerio Urbano Unitario de Roxbury. Este hombre, liberado de la
prisión en 1996 después de cumplir una condena de once años por matar a un
hombre en un trato de drogas, dice que “hay muchos hombres en la
comunidad que están tan bien como yo, de los que Arnie es el maestro y
mentor”. El caso de King va a pasar por el consejo de ministros para ser
revisado(7). La solicitud de una conmutación de pena acarrea siempre un
riesgo político, y los medios de comunicación tienden a explotar aquellos
casos en los que los presos que fueron puestos en libertad siguieron
cometiendo crímenes.

La familia y los amigos de la víctima de King se oponen fuertemente a la


liberación del hombre “que apagó una vida llena de promesas y esperanzas
sin razón alguna”. “A todas aquellas personas que muestran comprensión por
Arnold King: dejen que les mate a sus hijos… Llamen y díganme que
perdonan”(8). Esa cuestión del perdón conduce inevitablemente a mayores
tensiones y a más debates. Dan Cohen escribe que tanto su trabajo en prisión
como el que realizó con descendientes de supervivientes y perpetradores del
holocausto nazi le enseñó que hay una forma de perdón que tiene
consecuencias negativas y otra que es altamente beneficiosa.
El perdón dañino, sostiene Cohen, es una forma de venganza que está
disfrazada por un acto de virtud. Esto es lo que ocurre cuando el que perdona
adopta una posición superior, como el “bueno” que absuelve al “malo” de la
culpa. El perdón sanador se basa no en juicios de virtud y pecado, sino en una
profunda compasión y humildad. Esto restaura el equilibrio a través de que el
ofensor reconozca su culpa, de expresiones de arrepentimiento y de una
oferta de reparación. Los seres queridos de la víctima honran la pérdida
permitiendo que la dulzura de la vida quede restaurada para los vivos. Ese
perdón se hace sin aires de superioridad y sin justificaciones, y deja al
perpetrador con su culpa y con su dignidad. Cohen entiende que los seres
queridos de la víctima se sientan más cercanos a ella cuando dicen “como tú
has muerto tan trágicamente, yo vengaré la injusticia de tu muerte”. No
obstante, Cohen ofrece la posibilidad de que esa muerte también pueda ser
honrada de una manera más productiva, por ejemplo cuando el trabajo de
Arnie en la comunidad puede detener la mano de otro asesino potencial y
salvar la vida de otra víctima cualquiera. Eso, cree, sería mucho más útil para
todos que esperar a que Arnie muera en prisión(9).

En mi propio trabajo con el trauma y sus secuelas nunca sugiero que el


perdón sea esencial para la recuperación. La magnitud de algunos crímenes
los sitúan en un reino que se encuentra mucho más allá tanto del castigo
como del perdón. Mi experiencia es que si el perdón llega, y ese momento
tiene su propia regulación, se convierte entonces en el regalo de algo que
podríamos llamar gracia. “Un perdón prematuro”, dijo alguna vez un maestro
sabio, “es algo así como nata batida sobre la suciedad”.

Todos los planteamientos relacionados con el caso de Arnie King y de otros


como él tal vez no sean de interés para quienes creen firmemente que toda
persona que ha cometido un crimen de cualquier índole merece ser castigada
de la manera que estipule el Estado. En esa línea de pensamiento a menudo se
encuentra la convicción de que todas las personas culpables deben
permanecer en prisión el tiempo que marca su sentencia. Ese tipo de
convicción se suele dar en quienes están bastante seguros de saber distinguir
entre el bien y el mal, personas que por lo general jamás violarían la ley ni
causarían ningún daño a una persona inocente. Ese tipo de certezas han
quedado en entredicho gracias a dos famosos estudios, al tiempo que
vergonzosos, sobre la relación entre la obediencia frente a la autoridad, los
papeles asignados y el comportamiento humano. Estos dos estudios
proporcionan una información que puede resultar muy perturbadora para
quienes moran en una zona de comodidad moral aparentemente segura.

Consideremos, por ejemplo, los resultados de la investigación del profesor


Philip Zimbardo, de la Universidad de Stanford. Los publica en 2007 bajo el
título The Lucifer Effect: Understandig How Good People Turn Evil (“El
efecto Lucifer: por qué los chicos buenos hacen cosas malas”). En 1971,
Zimbardo dirigió un experimento en la prisión de Standord diseñado para
estudiar los efectos psicológicos y de conducta producidos por el
encarcelamiento. Dicho estudio pronto derivó en escenas de crueldad y
degradación. Con el fin de explorar formas en las cuales una situación puede
causar impacto en el comportamiento, Zimbardo contrató a un grupo de
jóvenes estudiantes varones de la universidad para pasar dos semanas en un
ambiente de cárcel simulado. Todos estaban de acuerdo en que se les
asignaría papeles de presos o guardias al azar. Todos aquellos voluntarios de
un campus universitario pacífico y prestigioso de California eran jóvenes
inteligentes y liberales de buen carácter, enérgicamente opuestos a la guerra
de Vietnam y a la autoridad en general. Al principio, todos expresaron su
preferencia por ser un “preso”(10).

El experimento comenzó una tranquila mañana de domingo, con las sirenas


de la policía de Palo Alto anunciando la captura de nueve de los
“sospechosos” voluntarios. Cada uno fue sacado de su casa y transportado a
la prisión del condado de Stanford. Después de ser esposados, de leérseles
sus derechos y de ser sometidos al degradante proceso de registro, los jóvenes
fueron enviados hacia un entorno que simulaba una prisión, un lugar ubicado
en el sótano del edificio de psicología de la Universidad de Stanford. Había
cámaras que vigilaban durante las 24 horas para el profesor y sus
asistentes(11).

Actuando en un papel doble de investigador y de director de la prisión, el


profesor Zimbardo indicó a los designados como guardias que podían
mantener el control mediante las medidas que ellos eligieran, siempre y
cuando no golpearan a nadie. El primer día transcurrió para todos con una
actitud cohibida entre los compañeros universitarios. Luego, en un plazo de
36 horas, una dinámica de víctima-perpetrador que ponía en juego el
concepto de “nosotros y ellos” se fue apoderando del grupo. A medida que
los guardias comenzaron a sentir su poder, se volvieron cada vez más
anónimos, y actuaban menos como individuos. Su grupo vestía prendas de
color caqui y escondían sus ojos detrás de gafas de sol. A los prisioneros se
les asignaron números, se les dieron batas abiertas y sandalias flexibles, y
luego quedaron aún más deshumanizados cuando se les consideró hostiles,
cuando se les dijo que eran los “otros”.

En pocos días, los prisioneros rebeldes y fuertes se volvieron depresivos y


cayeron en la desesperanza. Algunos se quebraron emocionalmente,
agobiados por el comportamiento de los guardias. Algunos de esos guardias
se volvían cada vez más sádicos. Otros aceptaban pacíficamente el aumento
de los abusos que estaba teniendo lugar. Las transcripciones del experimento
registran con detalles aterradores cómo la realidad se les escapaba a todos los
participantes rápidamente de las manos. Las técnicas de control se volvieron
más creativas y más sádicas.

Zimbardo reconoció posteriormente que, para vergüenza suya, él mismo


quedó atrapado en el trance de la situación hasta el quinto día, momento en
que su prometida, también psicóloga, llegó al lugar. Horrorizada por el
sufrimiento, se enfrentó al investigador quien, a la defensiva, le respondió:
“¿No comprendes que esto es un crisol del comportamiento humano?”.
Zimbardo reconoció que, al principio, no pudo comprender la reacción de
ella. Él no tenía ni culpa ni remordimientos, y había perdido la perspectiva.
En su papel de investigador había quedado enredado en los falsos valores del
sistema que había creado y manipulado para protegerlo y se había vuelto
inclemente ante el sufrimiento. La respuesta de ella fue clara e intransigente.
Esta experiencia la había llevado a cuestionarse seriamente su relación y qué
tipo de persona era él. Transcurridos seis días, Zimbardo decidió poner fin a
un experimento cuya duración había previsto para dos semanas(12).
Leer las transcripciones o mirar los metros de filmación es ser testigo de un
colapso rápido y dramático de la decencia, la resiliencia y la perspectiva
humanas. Zimbardo sostiene que “el mal es una pendiente resbaladiza. En
ausencia de vigilancia moral, cada día es una plataforma para los abusos del
día siguiente, ligeramente peor que el día anterior. Cuando uno no se opone a
esos primeros pasos es fácil decir -¡Bueno!, es sólo un poco peor que ayer.
Uno se aclimata moralmente a ese tipo de mal”(13).

Tal vez pensemos estar a una distancia segura de las atrocidades de este siglo
y de otros siglos, pero los paralelismos son notorios. Consideremos, por
ejemplo, el comportamiento de cualquier alemán en la época nazi, la matanza
de los Tutsi por parte de sus vecinos en Ruanda, los abusos de la esclavitud y
el trabajo de los niños, la quema de brujas y de herejes consentida por la
iglesia y la comunidad, el trato de los pueblos nativos por parte de los
gobernantes coloniales, la condena de los enfermos mentales a prisiones, etc.
La importancia del experimento de la cárcel de Stanford reside en que revela
hasta qué punto tanto la identidad individual como la colectiva y la sensación
de bien y mal están condicionadas por el marco social y político.

Zimbardo advierte que, en general, no somos conscientes de hasta qué punto


nuestro comportamiento es influenciado por la situación, dado que la mayoría
de las situaciones en las cuales nos encontramos son generalmente benignas.
El experimento en la cárcel estudia qué ocurre cuando las personas se colocan
en una situación completamente nueva en la que ya no tienen los mecanismos
de manejo habituales. Las personas miran entonces a su alrededor para ver lo
que hacen otros y cómo esos otros se comportan en ese nuevo lugar(14).

Esta observación se basa en un experimento anterior realizado por Stanley


Milgram, un amigo de instituto de Zimbardo. Durante los años 60, este
psicólogo de la Universidad de Yale dirigió un proyecto de ciencia social
destinado a explorar la disposición de la gente a seguir órdenes para ejecutar
actos que entraran en conflicto con su conciencia personal. Un “maestro”,
vestido con una bata blanca, ordenaba a algunos voluntarios que dieran
descargas eléctricas a un “aprendiz” cada vez que contestara incorrectamente
a una pregunta. Sin que los voluntarios lo supieran, tanto el maestro como el
aprendiz estaban actuando y en realidad no se daba ninguna descarga.
Cuando los alumnos comenzaron a gritar de dolor, muchos voluntarios se
cuestionaron si debían continuar. Sin embargo, la mayoría estuvo de acuerdo
en proseguir una vez que se les aseguró que no se les consideraría
culpables(15).

Más adelante, Milgram publicó esta experiencia en 1974 en su libro


Obedience to Authority: An Experimental View (“Obediencia a la autoridad:
un punto de vista experimental”). El documental Los fantasmas de Abu
Ghraib, dirigida por Rory Kennedy, contiene extractos verdaderos del
experimento de Milgram(16). Los horrores obscenos cometidos en la prisión
de Abu Ghraib, en la parte de Irak ocupada por los norteamericanos, saltaron
a los medios internacionales y obligaron a Zimbardo a involucrarse. “Cuando
los militares y el gobierno se distanciaron de inmediato del problema y
dijeron que los abusos de Abu Ghraib fueron cometidos por “algunas
manzanas podridas”, empecé a sospechar”, dice. “Sabía que en el
experimento de Stanford yo había comenzado con “manzanas sanas” y fue la
situación la que las corrompió”.

Más adelante, cuando testificó en el Consejo de guerra en defensa de un


guardia de Abu Ghraib, Zimbardo habló en contra de focalizar la
responsabilidad únicamente en los actos de los perpetradores de los abusos.
Más bien, insistía, miremos la estructura de la situación abusiva que existe
dentro de un sistema más grande. La justicia requiere que incluyamos a los
arquitectos de esos sistemas más amplios en nuestra búsqueda de
responsabilidades. El coronel Larry James, un militar psicólogo enviado a
Abu Ghraib para “arreglar” lo sucedido, observó que durante los tres meses
que pasó en el lugar, el sitio no fue visitado ni una sola vez por oficiales(17).
Hasta la fecha, han sido juzgados y sentenciados once soldados de bajo rango
por crímenes perpetrados contra prisioneros de Abu Ghraib. Sin embargo, las
investigaciones más recientes han revelado que las depravaciones de Abu
Ghraib se gestaron en los niveles más altos de los mandos militares y del
gobierno. La ex general de brigada Janis Karpinski, el jefe de las prisiones
militares de los Estados Unidos en Irak, la inteligencia militar y la Cruz Roja
dicen saber ahora que entre el 75 y el 90% de los seis mil hombres, mujeres y
niños retenidos en Abu Ghraib eran ciudadanos completamente inocentes que
simplemente no tenían sus papeles en regla. Dicho de otro modo: muchos
estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado(18).

La mayoría de nosotros vivimos en la negación porque nunca somos


examinados realmente. Para aquellos que preferiríamos evitar esas pendientes
resbaladizas que aparecen en situaciones incómodas, los experimentos de
Milgram y de Zimbardo muestran lo peligrosa que resulta nuestra necesidad
no examinada de conformismo y de obediencia ciega ante la autoridad.
Ambos estudios también sirven para demostrar el papel que desempeña la
vigilancia moral y la responsabilidad estricta. En situaciones de abuso, la
persona que hace sonar las alarmas suele ser alguien de afuera que puede ver
la situación con ojos frescos. En el experimento de Zimbardo fue una persona
querida quien lo devolvió a la realidad bruscamente. En Abu Ghraib fue Joe
Darby, un soldado de 24 años, quien hizo saltar todas las alarmas.

La prisión fue encargada por Saddam Hussein para ser usada como
correccional y centro de contención de presos políticos. Fue construida en
1960 por contratistas británicos en la ciudad iraquí de Abu Ghraib. El
complejo, que ocupa 280 acres y tiene 24 torres de guardia y más de 4 km. de
perímetro de seguridad, pronto se convirtió en un símbolo odiado de
represión, torturas, abusos y muerte. Luego, en 2003, las autoridades
militares norteamericanas se hicieron cargo de ese predio sucio, frío, en
ruinas y superpoblado para albergar a prisioneros de guerra, supuestos
terroristas y “combatientes ilegales”. Bajo ese nuevo régimen, la tortura, el
abuso y las muertes violentas continuaron sin cesar hasta que al sargento
Darby le mostraron fotos de abusos causados por un compañero soldado. El
13 de enero de 2004, después de pasar muchas semanas debatiéndose entre su
conciencia moral y la lealtad hacia hombre y mujeres que había conocido
como amigos, Darby presentó un informe anónimo.

En los días que siguieron, el mundo entero vio fotos de iraquíes desnudos
obligados a construir pirámides humanas, de una mujer que arrastraba a un
hombre por el suelo de cemento, atado con una correa de perro, de otro
hombre desnudo encogido de terror ante un perro encolerizado. La foto de un
prisionero encapuchado de pie, con cables colgando de sus brazos en cruz, se
convirtió en el icono de lo que funcionaba mal en la guerra durante la
ocupación. Zimbardo investiga en la actualidad sobre héroes como Darby,
“personas ordinarias que hacen cosas extraordinarias cuando otras personas
hacen cosas malas o no hacen nada”. Sus descubrimientos, que define como
“la banalidad del heroísmo”, indican que no hay nada en lo que se refiere a
educación, creencia o personalidad que pudiera predecir quiénes podrían ser
esas personas. “Lo único seguro”, dice, “es que los héroes siempre están
dispuestos a desviarse. Siempre cuestionan la autoridad”(19).

“Cuestiona la autoridad” decía una etiqueta adhesiva muy común que se


pegaba en los coches. También hubo grafitis con esa leyenda y se estamparon
camisetas con ella en los Estados Unidos durante la década políticamente
turbulenta de los 70. Sin embargo, la simplicidad de dicho mensaje oculta la
peligrosa complejidad que les espera a quienes obedecen a una conciencia
moral que difiere del consenso de un grupo. Poco después de conocerse la
identidad de Joe Darby, que denunció las torturas de Abu Ghraib, el soldado
fue retirado disimuladamente de Iraq y llevado a un destino no revelado en
los Estados Unidos, donde él y su mujer recibieron protección de un agente
militar armado(20).

Este vulgar soldado fue aclamado como un héroe por muchas personas que él
no conocía, incluyendo la familia Kennedy, que lo honró con su Profiles in
Courage Award en memoria del fallecido John Fitzgerald Kennedy. Para
muchos que sí conocía, por ejemplo su familia, amigos y vecinos, Darby se
convirtió en un traidor. En casa fue tildado de anti-norteamericano, no
patriota y villano por haber antepuesto su preocupación por cómo se abusaba
del enemigo a la lealtad hacia sus propios compañeros. Darby vivía en una
pequeña ciudad de la zona oeste de Maryland, donde escasea el empleo. Casi
todas las personas de allí pertenecen al ejército, están en la reserva o son
parientes de alguien que está involucrado con uno u otra.

Las personas del lugar le dejaron muy claro que nunca más estaría seguro si
volvía a casa, nunca más. Darby dice que no se considera ni un héroe ni un
traidor, simplemente un “Joe común”. Años más tarde, los miembros de su
familia siguen rechazando entrevistas y permanecen escondidos tanto de los
vecinos como de extraños. Los acontecimientos los han conducido hacia una
historia en la que sus destinos individuales aún no se conocen(21).

NOTAS

1. Peacemakers: BBC World, September 9, 2006 ( bbcworld.com )


2. Ibid.
3. Payne, John, L. The Language of the Soul, Book Two. pp. 30-34.
4. Schmidt, Johannes B. “Sexual Abuse Case Studies” Systemic Solutions
Bulletin, Somerset England, No.2, 2001, p.39. See also: (2006) Inner
Navigation: Traumahealing and Constellational Process Work as
Navigational Tools for the Evolution of Your True Self, Hamburg Germany.
5. Cohen, Dan Booth, “Arnie King: Guilt, Responsibility and Forgiveness”
(www.hiddensolutionbulletin.com) March, 2008.
6. Murphy, Shelly “Commutation Plea carries a political risk for Patrick”
Boston Globe, February 27, 2008.
7. Ibid.
8. Cohen, Dan Booth, “Arnie King: Guilt, Responsibility and Forgiveness”
(www.hiddensolution.com), March, 2008.
9. Ibid.
10. Zimbardo, Philip, (2007) The Lucifer Effect: Understanding How Good
People Turn Evil.
11. Sherrer, Hans, “Review: Stanford Prison Experiment”, Prison Legal
News, July 9, 2003.
12. Zimbardo, loc. cit.
13. Quiet Rage: The Stanford Prison Experiment DVD
14. Ibid.
15. Milgram, Stanley. (1974) Obedience to Authority: An Experimental
View.
16. Kennedy, Rory, Ghosts of Abu Ghraib DVD
17. Heathcote, Elizabeth. “Maverick academic Philip Zimbardo says we are
all capable of evil. Is he right?” The Independent,
(http://www.independent.co.uk ) Sunday, 2 March, 2008.
18. Karpinski, Janis (2005) One Woman’s Army: The Commanding General
of Abu Ghraib Tells Her Story. Miramax Books, N.Y. See also: Errol Morris,
(2008) Standard Operating Procedure. Sony Classic Films and Hersh,
Seymour, (2005) Chain of Command: The Road from 9/11 to Abu Ghraib.
Harper Perennial, N.Y.
19. Heathcote, loc. cit. and Kakutani, Michiko, “How Abu Ghraib Became
the Anything Goes Prison” The New York Times, May 14, 1008.
20. Cooper, Anderson, “Exposing the Truth of Abu Ghraib” CBS: 60
Minutes, December 10, 2007.In February 2002 President G.W. Bush signed
an order determining that none of the provisions of the Geneva Convention
apply to our conflict with Al Qaeda in Afghanistan or anywhere else in the
world. This means that anyone suspected of being a “terrorist” is not entitled
to humane treatment.
21. Rosin, Hanna, “ When Joseph Came Marching Home” Washington
Post, May 17, 2004, p. C01.Also, Anderson, Robert and Casey, Morgan, “
Abu Ghraib Whistleblower Worries” , December 8, 2006.
CAPITULO 8
SiNTOMAS Y ECOLOGiA
DE LA INTERVENCIoN

Es difícil lograr que una persona comprenda


algo si para mantener su salario
necesita no comprender.

Upton Sinclair

Dado que no existe un acuerdo mundialmente aceptado sobre la definición de


trauma, no es de extrañar que las estrategias para su tratamiento hayan
variado tanto a lo largo del tiempo y a través de una variedad de culturas y
sistemas de creencia. En mi propio trabajo siempre he querido mantener una
mente abierta en un campo en el que los facilitadores continuamente deben
dar nueva forma y adaptar sus ideas a la luz de nuevas comprensiones. En la
mayoría de modelos de la medicina occidental y en algunos modelos
psicológicos, el tratamiento se centra en un individuo, en un acontecimiento o
acontecimientos traumáticos, y en el alivio de los síntomas. Esta parece una
estrategia razonable, ya que la mayoría de las personas busca tratamiento
como individuos que se preocupan por sus síntomas.

También parece razonable que sus ayudadores deseen cumplir con esa
necesidad de alivio. A mí también me ocurre como a la mayoría de las
personas, que cuando sienten un síntoma desagradable lo primero que
piensan es cómo hacer para que desaparezca. Sin embargo, también es
necesario considerar la posibilidad de que esos síntomas sean una señal de
una condición más profunda, más complicada y quizás más seria. Por lo
tanto, los protocolos de tratamiento que focalizan en primer lugar en aliviar el
síntoma también corren el riesgo de no prestar la suficiente atención, de
enmascarar o incluso de borrar información necesaria para identificar la
disfunción esencial.
Cuando mis comprensiones respecto al trauma se fueron ampliando para
incluir una perspectiva sistémica, comencé a darme cuenta de las limitaciones
con las que me topaba si sólo miraba al individuo y al síntoma. Al
comprender que cada individuo también está encajado y tal vez implicado en
otras relaciones, sistemas familiares y otros sistemas sociales y culturales,
quedó cada vez más claro que cada persona necesita ser contemplada dentro
de un contexto. El terapeuta familiar Ivan Böszörmenyi-Nagy habla de ello
en su Terapia contextual, y mi experiencia corrobora que esto también es
válido para el trabajo con el trauma(1).

Si repasamos hechos como la masacre de Columbine, los ataques del 11 de


septiembre, el huracán Katrina y una serie de guerras y desastres naturales o
provocados por el hombre, los eventos traumáticos siempre suceden dentro
de contextos sociales e históricos mucho más amplios. Los síntomas
presentados por los individuos involucrados también tienen que ver con
temas inconclusos y con desequilibrios sistémicos dentro de un campo de
referencia mucho mayor.

Los trabajos de psiquiatras como Anne Ancelin Schützenberger y


Böszörmenyi-Nagy, de doctores como Ilse Kutschera y de otros facilitadores
del trabajo sistémico con constelaciones han demostrado una y otra vez que,
consciente o inconscientemente, las personas podemos llevar síntomas en
lugar de otras personas a través de lazos inapropiados y de otras confusiones
sistémicas(2). Además, siempre hay casos en los que una revisión más
detallada revela que el síntoma que se presenta poco tiene que ver con el
verdadero problema. Buena muestra de ello son los problemas de pareja, a
menudo relacionados con temas no resueltos dentro de la familia de origen y
no de la pareja en sí.

Los tratamientos que se centran en resolver un episodio traumático puntual


no prestan atención a la posibilidad de que haya implicaciones sistémicas y
tampoco al papel que desempeñan los temas anteriores no resueltos. En mi
libro Equilibrio relativo en un mundo inestable resumí una sesión de trauma
de guerra realizada por Peter Levine, el experto en trauma con el que trabajé
durante años. En esa sesión, el síntoma que aparecía era un dolor constante en
la nuca, secuela de un incidente traumático durante la Guerra de Vietnam. Su
cliente “Jeff” era un ayudante médico que recibió un balazo que le atravesó la
nuca y la mandíbula mientras intentaba rescatar a otro soldado herido.

Esa sesión de orientación somática reveló sin embargo algo bien distinto: un
patrón de estrés que había comenzado como sufrimiento fetal agudo cuando
quedó atrapado y casi sin poder salir en el útero de una madre que abusaba
del alcohol y la nicotina. Así, pues, la vida de Jeff comenzó con un
sufrimiento causado por la persona que supuestamente debía protegerlo. Esa
sensación de traición se concretó en el abandono emocional de su familia
cuando, a la edad de cuatro años, sufrió un abuso sexual por parte de un
muchacho vecino mayor que él. Al enterarse de ese incidente, la familia
reaccionó guardando silencio y luego su madre sufrió de pronto un episodio
de sangrado por la boca probablemente debido a las varices que causa el
alcoholismo.

No sorprende que ese soldado se sintiera abandonado y traicionado por los


soldados de su unidad, más mayores y experimentados que él, quienes
supuestamente debían cubrir su intento de rescate. De inmediato le volvieron
las sensaciones de estar atrapado y sin ayuda, de sentirse abandonado y
traicionado mientras su boca sangraba por la herida de bala en la nuca. Si
tenemos en cuenta el abuso sexual que sufrió y su historial de abandono, es
muy fácil entender que en un ataque de ira llamara “cabrones” a los soldados.

Viendo todos los temas en desarrollo que precedían a este trauma de combate
y los sentimientos con respecto a su experiencia de haber sido herido y luego
abandonado, es comprensible que los problemas crónicos de nuca que tenía
Jeff no respondieran a los analgésicos, a la terapia física ni a los
antidepresivos. Su dolor persistente abarcaba muchas capas de trauma no
resuelto. La resolución de su dolor crónico necesitó tiempo y un delicado
cuidado para ir trabajando capa por capa. Sin explorar el papel de su familia
de origen, la somatización de una serie de traumas de este soldado hubiera
sido difícil de resolver. Esa sesión, que duró poco menos de tres horas, sirve
para ilustrar mi convicción de que una sesión de recuperación de trauma no
debería limitar el foco a los síntomas que aparecen como resultado de un
incidente traumático en un primer plano. Un enfoque más exhaustivo
incluiría también el hecho de que todo episodio traumático puede activar
otros episodios en cualquier momento del curso de la vida, y que es probable
de que estén todos relacionados entre sí(3). La pregunta sobre cómo y por
qué ese tipo de traumas guardan relación sigue siendo un misterio. Sin
embargo, la falta de comprensión no debería privarnos de reconocer la
existencia y la importancia de patrones más grandes en acontecimientos
traumáticos aparentemente casuales.

No obstante, los programas de tratamiento orientados a la obtención de


beneficios económicos no comparten esa convicción porque se considera que
no son lo suficientemente rentables en cuanto a costos se refiere.
Convirtiendo las ganancias en el tema de mayor importancia, el
Departamento de Asuntos de Veteranos, las compañías de seguros y otros
conglomerados especializados en el cuidado de la salud se han dotado de
procedimientos legales que sirvan para descartar todo tipo de pago o de
tratamiento que incluya “condiciones previas”. Dentro del contexto de
intereses económicos y de secuenciación temporal que priorizan las
modalidades de tratamiento, no es de extrañar el éxito de las llamadas
Terapias de Alto Impacto.

Según Michael Lamport Commons, profesor de psiquiatría de la Escuela de


Medicina de Harvard, las Terapias de Alto Impacto constituyen una categoría
general en sí mismas dentro del campo de la psicoterapia. Se denominan así
porque se dice que su efecto es rápido y eficaz. Últimamente constituyen una
alternativa a las técnicas psicoterapéuticas de comportamiento y a las
psicodinámicas tradicionales en el tratamiento del trauma. Esas terapias
incluyen la Desensibilización y el Reprocesamiento por el Movimiento de los
Ojos (EMDR), desa-rrollado por Francine Shapiro, la Terapia Holística del
Campo del Pensamiento (TFF, THCP), desarrollada por Roger y W.
Callahan, la Técnica de Liberación Emocional (EFT), desarrollada por Gary
Craig, la Técnica Visual Kinestética (V/KD), desarrollada por John Bandler y
Richard Grinder y la Reducción del Incidente Traumático (TIR), desarrollada
por Frank Gerbode(4).
Esas terapias, también conocidas con el nombre de “terapias del abecedario”,
son técnicas que requieren el uso de extensos manuales que dictan series
exactas de pasos (algoritmos) o protocolos específicos para determinados
problemas. Algunos investigadores afirman que las Terapias de Alto Impacto
han sido relativamente más efectivas en el tratamiento y la disminución de
problemas asociados con desórdenes del estrés postraumático que las terapias
clásicas de dinámica, de comportamiento y cognitivas (Van der Kolk, Boyd,
Crystal and Greenberg, 1985)(5). El profesor Commons sostiene que, a pesar
de que la mayoría de esas terapias varían con respecto a los detalles del
procedimiento del tratamiento y de los protocolos, tienen algo en común en el
modo en que logran resultados.

Postula que la característica dominante de todas estas terapias es que emplean


algún tipo de inhibición recíproca que interrumpe viejos hábitos y reflejos
condicionados y provee nuevos hábitos de condicionamiento. Por tanto, a
pesar de las diferencias superficiales, las Terapias de Alto Impacto
fundamentalmente logran lo mismo en su búsqueda compartida del
tratamiento de síntomas. A pesar de que no existe un acuerdo respecto a la
forma exacta y la razón por la que esos tratamientos centrados en el síntoma
funcionan, lo cierto es que hay suficientes evidencias anecdóticas que
demuestran que pueden ofrecer un rápido alivio de síntomas y
comportamientos molestos(6).

Sin embargo, desde una perspectiva sistémica, yo tengo serias reservas sobre
el uso de los métodos de las Terapias de Alto Impacto en el tratamiento del
trauma. Si resulta cierto que los síntomas son señales de advertencia de que
algo está en desequilibrio dentro del continuo cuerpo/mente, sería muy
aconsejable explorar las implicaciones del mensaje antes de procurar
minimizarlo o borrarlo. El enfoque de las Terapias de Alto Impacto parece
más bien una forma eficiente de “apagar la alarma de incendio cuando el
edificio está en llamas”, es decir que mitiga el desagradable ruido pero no se
ocupa de que el edificio está en llamas. Si se silencia la alarma, fácilmente se
puede perder todo el edificio, incluso el vecindario que lo rodea.

También es necesario tener en cuenta el hecho de que síntomas como fobias,


compulsiones, adicciones y otros comportamientos sirven para paralizar
energías que de otra manera podrían resultar abrumadoras. Uno podría
preguntarse, ¿adónde se dirige la energía retenida dentro de un síntoma de
comportamiento si se le ofrece (cuando se le ofrece) una liberación rápida a
través de las técnicas de las Terapias de Alto Impacto?

Según mi experiencia clínica, esas energías que no se materializan pueden


“cambiar de forma”, y pasar así a ser síntomas somáticos que se desarrollan
después del tratamiento. Miedos, fobias y compulsiones pueden reaparecer en
forma de migrañas o erupciones cutáneas, por ejemplo.

Según lo que Peter Levine y yo observamos con el correr del tiempo, el


sendero más frecuente de somatización conduce a continuos trastornos
gastrointestinales, con un marcado aumento o disminución de los
movimientos peristálticos que derivan en diarreas, severos estreñimientos,
espasmos dolorosos y retención de gases. Estos y otros episodios
inesperados, como alarmantes secuelas somáticas, me llevaron a poner en tela
de juicio la sabiduría de canjear síntomas psicológicos por síntomas
somáticos. Aunque presentía que eso no era así en todos los casos, me sentía
lo suficientemente incómoda como para decidirme a presentar mis
conclusiones en la Conferencia de Terapias de Alto Impacto celebrada en
Denver, en el invierno de 1997.

El día anterior, un conocido defensor de la Terapia Holística del Campo de


Pensamiento (THCP) abrió su presentación extendiendo una animada
invitación a la audiencia para trabajar con algún trauma: “trauma, trauma,
¿quién tiene algún trauma?”. Enseguida se levantó una esperanzada paciente
que avanzó pidiendo ayuda por su miedo, casi pánico, a conducir sobre hielo.
“No hay problema”, anunció él, y luego aplicó una serie de algoritmos que
aparentemente reducían esa angustia que midió mediante kinesiología
aplicada. La chica recordó después que sentía angustia en invierno cada vez
que se alejaba del hogar de sus padres. Más golpeteo. Y luego también
recordó que había sido operada a corazón abierto cuando tenía cinco años y
que había sentido pánico cuando los médicos la separaron de los padres. Más
golpeteo. Por último, a esta paciente claramente disociada, con los ojos
vidriosos, le preguntaron cómo se sentía. Respondió: “Bien, supongo”. El
tratamiento concluyó cuando el experto, satisfecho, confundió su estado de
desconexión con la resolución del trauma.

Unos minutos más tarde, la persona que estaba sentada al lado de la joven
notó que su cuello estaba bastante enrojecido y que tenía como un pequeño
círculo blanco a la altura de la garganta. Cuando le mencionó ese hecho a la
persona que había hecho la presentación, la joven también recordó que por
aquel tiempo le habían practicado una traqueotomía que le hacía imposible
hablar. El presentador le agradeció que lo compartiera y continuó con la
promoción de sus métodos de reparación rápida.

A la mañana siguiente, cuando iba yo a comenzar mi presentación, noté que


aquella joven que sentía ansiedad al conducir sobre hielo no estaba presente.
Cuando pregunté dónde estaba me informaron que se encontraba en su casa
con un fuerte malestar, vómitos y diarrea. Parecía que su mente y su cuerpo
fuera incapaz de “digerir” todo aquel material no resuelto en el espacio de 15
minutos de parodia sobre cómo tratar los traumas. ¿Y dónde estaba aquel
experto y famoso presentador? En un avión rumbo a su siguiente conferencia.

Le pregunté a la audiencia si alguien había hecho la conexión entre el


malestar gastrointestinal de la joven y su experiencia veloz con el golpeteo.
Nadie lo hizo.
De hecho, a ninguno de aquellos profesionales de la salud mental, en su
mayoría de orientación cognitiva, se le había ocurrido seguir el rastro de los
efectos de alguna de aquellas terapias en el cuerpo físico. Toda investigación
disponible, ya dudosa de por sí por su objetividad, sólo preguntaba si el
síntoma psicológico o el comportamiento habían quedado afectados. Hasta
donde yo sé, sigue sin haber un estudio con autoridad sobre las Terapias de
Alto Impacto que realice algún tipo de seguimiento de las consecuencias
somáticas y de las secuelas físicas que producen esas técnicas de intervención
rápida.

Para cerrar mi intervención, alenté a los participantes de la conferencia a


mantener una mente abierta y a que, por favor, recordaran preguntar a los
clientes que hubieran realizado cualquiera de aquellas Terapias de Alto
Impacto si habían sufrido algún tipo de cambio en su salud física y en su
bienestar. En ese momento decidí que la experiencia del día anterior era lo
suficientemente inquietante como para dejar todas aquellas técnicas en
compás de espera, al menos en mi propia consulta, hasta que tuviera la
seguridad de no estar creando efectos colaterales no deseados. Después de
presenciar aquella sesión de golpeteo que transitó con rapidez a través de una
serie de traumas no resueltos, comencé a comprender mejor la razón por la
que se producen molestias gastrointestinales o de otro tipo. En realidad son
secuelas de esas sesiones rápidas, orientadas a la obtención de resultados.

El trauma no es solamente un fenómeno psicológico, es también una


condición neurofisiológica incorporada. Por fin cobraba sentido que cualquier
intento de procesar aceleradamente temas de alta carga sin detenerse en el
reflejo orientador, en la sensación de enraizamiento y en la necesidad de
descarga autónoma dieran como resultado desorientación y trastornos
somáticos potencialmente serios y duraderos. No había tiempo, no se
prestaba atención ni se daba la oportunidad para resolver movimientos
incompletos y otras respuestas motrices que activaran la lucha, la huída y el
congelamiento. Todos ellos son componentes frecuentes y a menudo
esenciales cuando se ha dado una experiencia traumática(7). Uno debe
cuestionarse la falta de tiempo o de cuidado que se le concede a las
complejidades de la integración emocional. Además, cabría preguntarse cuál
es el papel del alma en todas estas tecnosoluciones que ofrece el mercado
ante el sufrimiento humano.

En 1991, el psiquiatra británico Jeremy Holmes advertía en su libro


Psychotherapy in 2000: Some Predictions for the Coming Decade lo
siguiente: “No hay ningún atajo para la reparación. Los intentos de encontrar
alguno sólo conducen a más negación y desilusión”(8).

Continuando con las reflexiones, cada vez se fue poniendo más de manifiesto
que aquellas Terapias de Alto Impacto, de miras cortas y orientadas hacia el
síntoma, no eran compatibles con un enfoque contextual y sistémico hacia el
trauma. No me siento particularmente convencida por lo que dicen muchas
personas relacionadas con las Terapias de Alto Impacto: que los resultados
tan rápidos se dan con mayor probabilidad en “incidentes de trauma
aislados”, es decir en casos en que problemas de gravedad como temas de
desarrollo, desórdenes de la personalidad, enfermedades mentales serias y
adicciones a sustancias no entran en juego(9). Yo me pregunto: ¿Cómo puede
un facilitador saber a ciencia cierta que esos “incidentes de trauma aislados”
son realmente sólo eso? ¿Existe algo así como un trauma aislado en toda una
vida? Muchas veces los clientes no saben, o no recuerdan, en qué
circunstancias llegaron a este mundo. También puede ser que omitan dar
información, o no tengan conciencia alguna de secretos familiares o de otras
conexiones con traumas anteriores de sus vidas, de las vidas de sus familias
inmediatas o de la historia familiar más amplia.

La terapeuta familiar Virginia Satir comparó el sistema familiar con un móvil


interactivo dentro del cual todo síntoma manifestado por un miembro de la
familia cumple una función para equilibrar el sistema. Por lo tanto, el sistema
también de-sempeña un papel para mantener el síntoma. Otros teóricos como
Gregory Bateson, Murray Bowen, Jay Haley y Milton Erikson ya sostuvieron
la idea de que un síntoma individual debería ser considerado como una
función de todo el sistema.

Los que practicamos un enfoque de orientación sistémica para el trauma


tenemos amplia experiencia de clientes que llevan síntomas en lugar de otros
miembros de su sistema, bien por implicaciones conscientes o inconscientes,
bien por la necesidad de corregir un desequilibrio generacional. Las parejas
pueden somatizar temas que pertenecen a la otra parte, y esos síntomas
pueden ser muy graves y de naturaleza tal que pongan en peligro la vida
misma. Algunos facilitadores también creen que una persona puede llevar
síntomas que sirven como mensajes urgentes a todo su sistema. Si eso fuera
cierto, ¿qué consecuencias puede acarrear una intervención rápida que
silencia ese tipo de mensajes?.

Otra zona de preocupación emerge respecto a la relación entre el cliente y el


terapeuta. En el caso de las Terapias de Alto Impacto y de otros métodos que
tratan el trauma y los síntomas de forma individual, el foco se centra en la
persona que acude a la consulta. Ello difiere respecto al tratamiento dentro de
una perspectiva sistémica, marco en el que el terapeuta atiende a la ecología
de toda la intervención. Un paradigma sistémico enfatiza la necesidad de
ocuparse de todas las personas afectadas por la terapia. Y así, sigo
preocupada por eso, por las Terapias de Alto Impacto y otros métodos que
focalizan sólo en el síntoma y que hacen caso omiso de esta realidad: que
cada intervención, con cada cliente, afecta también a otras personas e incluso
a vidas futuras.

Notas

1. Bözörmenyi-Nagy, Ivan (1985) Intensive Family Therapy: Theoretical and


Practical Aspects. Brunner/ Mazel, N.Y.
2. Schützenberger, Anne Ancelin (1998) The Ancestor Syndrome:
Transgenerational Psychotherapy and the Hidden Links in the Family Tree.
Routledge, London. See also Kutschera, Ilse, (2006) What is Out of Order
Here? Illness and Family Constellations. Koesel/Random House, Munich.
3. St. Just, Anngwyn (2006) Relative Balance in an Unstable World: A
Search for New Models of Trauma Education and Recovery. Carl-Auer
Verlag, Heidelberg.
4. Commons, Michael Lamport, “The Power Therapies: A proposed
mechanism for their action and suggestions for future empirical validation”
Traumatology, Volume VI, Issue 2, Article 5 (August 2000).
5. Wolpe, J. (1958) Psychotherapy by Reciprocal Inhibition. Stanford
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Crystal, J. and Greenberg, M. (1985) “Post traumatic stress disorder as a
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6. Levine, Peter, A. (1997) Waking the Tiger: Healing Trauma. North
Atlantic Press, Berkeley, California.
7. Holmes, Jeremy, (1993) Between Art and Science: Essays in
Psychotherapy and Psychiatry. Tavistock Routledge, N.Y.
8. Commons, loc. cit and Figley, Charles. and Carbonell, J. (1995) The
“Active Ingredient Project”: The systematic clinical demonstration of the
most efficient treatments of PTSD: A research plan. Traumatologye.
Tallahassee: Florida State University Psychosocial Research Program and
Clinical Laboratory (http://www.fsu.edu/~trauma/contv2il.html.)
9. Satir, Virginia (1991) Conjoint Therapy, Souvenir Press, London, UK.
CONCLUSIoN

Igual que la marea baja y alta se mueve siguiendo el ritmo de una luna
distante, la vida del individuo se mueve al ritmo de la vida de la especie, que
a su vez se mueve al ritmo de algo más grande que ella misma.

Christopher M. Bache
Noche oscura, Amanecer temprano

La primera regla de la ecología es que todo está relacionado con todo lo


demás. Si uno puede aceptar esa premisa, el enfoque sistémico para
comprender y resolver traumas tiene mucho que ofrecer. Como historiadora
cultural sé que incluso los acontecimientos aparentemente azarosos no se dan
en un vacío. Tal como hemos visto al revisar la tragedia de Columbine, los
sucesos del 9-11, los accidentes repetitivos y las complejidades de las
dinámicas entre víctimas y perpetradores, tanto las experiencias individuales
como las colectivas tienen lugar dentro de un contexto significativo. Con el
tiempo he llegado a creer que comprender todos los elementos que forman
parte de una experiencia traumática, como la hora, la fecha, el lugar, la
familia y la historia cultural, y también la necesidad de equilibrio, aumenta
las posibilidades para sacar fuerza y significado de la adversidad.

En ese sentido, un enfoque sistémico para resolver el trauma es una visión del
mundo y al mismo tiempo un método. Quienes siguen este sendero se
encontrarán a cierta distancia de los profesionales que vuelcan su interés por
el trauma a la medicina, las terapias cognitivas y los intentos de volver a
regular el sistema nervioso individual a través de todo tipo de protocolos
pseudocientíficos y de solución rápida. Esta concepción mental orientada
hacia el síntoma brindó la oportunidad de que apareciera una variedad de
técnicas susceptibles de modificar el comportamiento, diversas terapias de
exposición e intervenciones psicofarmacéuticas. Últimamente se ha invertido
mucho tiempo y dinero en encontrar una “vacuna” para el trauma.

Yo siento que, en mi trabajo, es importante recordar que siempre se puede


aprender algo de cualquier discusión, sobre todo en un campo en el que los
facilitadores siempre tienen que dar nueva forma y adaptar sus propias ideas a
la luz de nuevas comprensiones. Esto puede presentar considerables desafíos,
máxime cuando la experiencia clínica de uno mismo marca el camino hacia
comprensiones que divergen de las creencias que se comparten dentro de los
confines y de las limitaciones de una profesión específica.

Además de la sabiduría pasada y presente de los chamanes, hasta hace bien


poco el tratamiento del trauma ha estado en manos de médicos y psiquiatras.
En las últimas décadas, el interés por las causas y el tratamiento del trauma
también se ha extendido a los campos de la psicología y de la psicoterapia.
Actualmente se ofrecen protocolos de entrenamiento para el tratamiento del
trauma a otros campos más amplios de profesionales de la salud física y
mental, como por ejemplo a las enfermeras, los trabajadores sociales, los
consejeros de duelo y el personal de rescate en emergencias. Y, si bien por un
lado resulta gratificante ver cómo esta toma de conciencia del trauma
individual y social interesa a un campo cada vez más amplio de
profesionales, por otro lado es inquietante observar esa tendencia de ver el
trauma como una categoría en sí mismo, desligado de la realidad más grande
de la condición humana.

Los protocolos de mercadeo masivo para el tratamiento de síntomas de


traumas sirven para perpetuar una ilusión cartesiana mecánica y pasada de
moda: que los seres humanos son máquinas biológicas que necesitan un
“arreglo” cuando se encuentran en desequilibrio. Esta visión del sufrimiento
humano atomística y seriamente desconectada tiene poco que ofrecer si se
mira la necesidad del alma que sufre cuando busca su completud y una
cuidadosa reconexión con el yo mismo, con otros y con la matriz ambiental
más grande. La necesidad de completud implica la necesidad de ser visto
como una persona completa y no como una colección de síntomas. Además,
muchos de estos síntomas no pueden ser plenamente comprendidos sin ver al
individuo como parte de un todo mucho más amplio, un todo del que forman
parte las relaciones, la familia, la cultura y el contexto histórico. Incluso
cuando estamos en un marco clínico y trabajamos con una sola persona,
también estamos contactando con otros muchos sistemas que ya están
conectados entre sí y que, en última instancia, se extienden hasta el ámbito de
los temas globales más apremiantes y espinosos de hoy en día. Cuanto mayor
sea el grado en el que nosotros, quienes pertenecemos a profesiones
sanadoras y de ayuda, estemos dispuestos a tomar conciencia de esa realidad
más amplia, más opciones y recursos podremos aportar a este desafío.
ACERCA DE LA AUTORA

Anngwyn St. Just es doctora por el Western Institute for Social Research y
por la Universidad de California (Berkeley), historiadora cultural y
especialista en trauma social con orientación sistémica. Es fundadora y
directora del Arizona Center for Social Trauma (ACST-Centro de Trauma
Social de Arizona) y está especializada en el desarrollo de métodos
transculturales y de orientación corporal para la educación del trauma y su
recuperación. A través del ACST-International (Centro Internacional de
Trauma Social de Arizona) ofrece seminarios y programas de formación con
enfoque sistémico para el trauma individual y social.
La doctora St. Just reside en la zona de las Rocas Rojas, en el sudoeste de los
Estados Unidos.
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1* N.de.E.: Desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares o EMDR, acrónimo en
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** N.de.E.: En español, THCP, Terapia Holística del Campo del Pensamiento.