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Introducción al Curso de Historia reciente.

Historia reciente. La experiencia como campo.

Pedro Rosas A.

La historia reciente, que abordaremos en este curso, surge como respuesta


reflexiva a la vorágine histórica de tiempos de convulsión y cambios (históricos) que
arrastran a los individuos a identificar su lugar, explicar el mundo y tomar posición ante las
disputas por la memoria social, la validez de los proyectos de cambio y la necesidad de
restaurar heridas y traumas sociales y políticos.

La historia reciente como campo en construcción en que lo social y lo


político se encuentran. El presente construye futuro y el pasado está presente.
La segunda guerra mundial y su ordenamiento mundial posterior, el
holocausto y las dictaduras del Cono Sur, resistencias de los pueblos, el
pasado como trauma y posibilidad, relaciones entre historia y memoria,
necesidad de lo político como derecho humano histórico a reconquistar, un
pasado que no deja de pasar. La historia reciente es un campo porque hay un
conflicto abierto que trasciende la historiografía.

Conocer esos procesos y esos actores implica el desafío teórico e historiográfico de


ir encontrando “el significado que los actores dan a su acción y a la situación en la cual
interactúan”1 por lo que la obligada referencia al contexto acompaña a un espacio para el
significado del hablante respecto de su praxis, donde el significado, resulta tan potente e
informativo como el acontecimiento2.

En la historia reciente, historia y memoria se aproximan y articulan en tanto la


historia es una experiencia que se recuerda y compone una sujeción al presente teniendo
como horizonte la posibilidad de construir de futuro.

La historia reciente remite así a una experiencia o más bien una experiencia
colectiva. En tanto que experiencia (y que como tal es tomada y se diferencia de lo que
podemos llamar historia contemporánea) remite a procesos de construcción social de
subjetividad y de saberes e inteligencias sociales del conflicto. Estas son el resultado de
experiencias históricas que muchas veces se viven como trauma, quiebre, derrota o
aplazamiento costoso de la conquista de lo social como tejido de factura política. Es lo que
se da en llamar utopía y que ha transitado de ideal a construir a un imaginario de lo

1
Guillermo Briones, Filosofía y Método de las Ciencias Sociales, Santiago, Ed. Dolmen, 1999, p. 198.
2
Portelli Alessandro (1987), "Las peculiaridades de la historia oral", en Memoria Histórica y sujeto popular nº
16, et. al., Santiago, Ed. Eco. p.39.
irrealizable. Otro síntoma del trauma o de la resignificación de los significados sociales por
el “bando triunfante”.

Para conocer y auto-reconocerse en la historia reciente como experiencia histórica,


la historia reciente como campo hace necesario establecer primero la existencia de unas
experiencias históricas de dimensiones disruptivas en el contexto político chileno y que
solo es posible, removiendo el prejuicio que las narrativas del poder instalan sobre nuestra
historia y nuestra historicidad. En Segundo lugar y habiendo recuperado la politicidad de
esa experiencia, dimensionar su situación respecto de un contexto internacional del cual se
hacen parte y en el cual despliegan referencialidades y vinculaciones.

Teniendo como lugar de enunciación la historia reciente nos manifestamos aquí


como parte de un campo que ha tenido su desarrollo a partir de la historia social y la
historia política a partir del último tercio del Siglo XX y que ha implicado una ampliación
de los contornos metodológicos, temporales y epistemológicos de la disciplina. El definir la
historia reciente no tiene un alcance cronológico y en eso se diferencia de la llamada
historia contemporánea de la cual Pierre Chaunu ha dicho que abarca los últimos 50 años
delimitando una caracterización cronológica de aproximación a los acontecimientos 3. Para
otros autores como Ulrich Beck la historia del tiempo presente se asocia al ingreso a una
segunda modernidad, más específicamente a la globalización4. Sin embargo si bien los
cambios culturales en América Latina y en Chile no se disocian del fenómeno descrito por
Beck, nos parece más apropiado establecer la vinculación entre historia reciente e historia
del tiempo presente como un lugar que teórica y casuísticamente remite a problemas
propios de la modernidad y sus proyectos y de las tensiones y contradicciones de eso que se
ha llamado la posmodernidad.

Nos parece más pertinente romper con definiciones de adscripción teórico-


temporales pues la modernidad es un horizonte cultural caracterizado por la proyección al
futuro como modus vivendi, un imaginario de progreso y sentido de historicidad que ha
movilizado a los actores de la historia reciente configurando una subjetividad que se
sobrepone a cada particular genérico. Se trata de un proceso de individuación donde lo
político ha sido constitutivo. Nos parece pertinente el alcance que hace Reinhart Koselleck
en el sentido que son un espacio de experiencia y el horizonte de futuro, lo que define a los
actores y procesos como modernos y políticos5.

La historia reciente, en tanto que experiencia, nos inscribe en un ímpetu que en la


vorágine histórica de tiempos de convulsión y cambios (históricos) arrastran a los
individuos a identificar su lugar, explicar el mundo y tomar posición. Tiempos históricos en
que, como señala el Manifiesto Comunista, “Todas las relaciones estancadas y
enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas… quedan rotas… Todo lo solido se

3
Pierre Chanau, El rechazo a la vida. Análisis histórico del presente, Espasa Calpe, 1978.p.34.
4
Ulrich Beck, Que es la globalización. Falacias del globalismo respuestas a la globalización, Barcelona,
Paidós, 1998.
5
Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona, 1993. P.41.
desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres al fin, se ven forzados a
considerar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”6.

En ese vértigo de la historia reciente como experiencia, la historia reciente como


campo y la historia del tiempo presente son hermenéuticamente pertinentes en tanto se
conmueven hoy por el desafío que el futuro propone. Nos lleva a buscar en el pasado como
pasado-presente las luces para dar sentido al carro de la historia como futuro posible. Así
emerge la historia reciente como un campo en construcción7 que es hija del dolor tanto
como de los utopismos, de los fracasos y de las derrotas tanto como de los proyectos
humanizantes y su posibilidad futura.

En la historia reciente, como campo, lo social y lo político se encuentran y las


estructuras muestran su dimensión de producción cultural y de temporalidad. El presente
construye futuro y el pasado está presente. La segunda guerra mundial y su ordenamiento
mundial posterior, el holocausto y sus aprendices, las dictaduras del Cono Sur, nuestras
resistencias, las preguntas sobre la barbarie de la civilización, el pasado como trauma y
posibilidad, las relaciones entre historia y memoria y la necesidad de lo político como
derecho humano histórico a reconquistar, son un pasado que no deja de pasar. La historia
reciente es un campo porque hay un conflicto abierto que trasciende la historiografía y nos
pone así ante disyuntivas… en la historia.

Sin embargo no es la historiografía la que por sí y ante sí ha configurado este


“campo” sino las tensiones y deudas no resueltas en materia de justicia, administración y
construcción de la memoria (o el olvido), la des-subjetivación y reconfiguración de las
identidades colectivas8, la insatisfacción de la democracia, la revaloración de los proyectos
políticos y particularmente aquello que Elizabeth Jelin ha llamado los intereses presentes y
los procesos subjetivos de significación9.

Historiográficamente este tipo de tratamiento tiene antecedentes profundos en el


oficio del historiador10 desarrollados en Francia e Inglaterra dando origen a una pléyade de
trabajos bajo el nombre de nueva historia o más ampliamente historia social a partir de la
segunda mitad del S. XX. Estos pusieron luz sobre la cultura, los comportamientos
políticos y formas de vida de la clase trabajadora inglesa dando origen a la "Historia de los
de abajo". La síntesis de este proceso, que en muchos aspectos arrancó desde la escuela de
los Annales, ha estado marcada por un difícil proceso de definiciones en la ya tradicional
Nueva Historia chilena de los últimos cuarenta años. Josep Fontana planteaba ya a fines de

6
Marshall Berman, Todo lo solido se desvanece en el aire, Bogotá, Siglo XXI, 1998, p. 7.
7
Franco y Levín, Op. Cit.
8
Sobre el fenómeno de la des-subjetivación, origen e impacto político nos remitimos a nuestro trabajo “De las
Alamedas a los patios interiores de una subjetividad periférica” En Olga Ulianova Editora, Redes políticas y
militancias. La historia política está de vuelta. Editorial Ariadna/USACH, 2009.
9
Elizabeth Jelin, “La conflictiva y nunca acabada mirada sobre el pasado”, Franco y Levín, op.cit. p.307-337.
10
Usamos la expresión que titula la obra del historiador Marc Bloch, cofundador en 1929 de la revista
`Annales`, Apología para la historia o el oficio del historiador. México, FCE. 2003. Bloch, integrante de la
resistencia fue fusilado el 16 de junio de 1944 cerca de Lyon.
los 70’ en “Ascenso y decadencia de la escuela de los Annales” la necesidad de situar en
praxis y no sólo teóricamente cuestiones como el rescate de elementos culturales frente a
los estructurales y la discusión en torno a qué implica la temporalidad como categoría de
análisis u ordenamiento de tipos de historiografía11 y que nosotros retomamos al
identificarnos con la categoría de Historia reciente e Historia en tiempo presente.

Para Peter Burke la historia de la vida cotidiana, rechazada en otro tiempo por trivial
se considera hoy, por muchos historiadores, como un núcleo desde donde articular las redes
de la historicidad, un epicentro desde donde puede relacionarse todo lo demás12. Esta
búsqueda de articulación, de totalidad esta anticipada en Trabajo asalariado y capital
donde Marx plantea la existencia de relaciones sociales de producción que generan
vínculos13 a los cuales se apelará en el Manifiesto para promover el desplazamiento de esos
lazos sociales a lazos políticos de historicidad14.

Historia reciente. Entre la historia social y la historia política;

El surgimiento de una historiografía socialmente orientada, sensible a la cultura y a


la relación entre fenómenos económicos y sociales; la forma en que se constituyen las
identidades, las relaciones entre lo individual y lo colectivo, el análisis del discurso y la
cotidianidad y sujetos ‘‘emergentes’’ se ha definido por su oposición al paradigma
tradicional pero ha avanzado lentamente en producir más masivamente una definición
epistemológica y metodológica uniforme. Hace un par de años el historiador Miguel
Valderrama llamó la atención sobre este punto señalando la tendencia de la nueva historia
social (especialmente la oral y en general la llamada historia social) a gravitar sobre lo que
él denominó un marcado eje neopositivista que abundaría en la descripción15. Sin duda
influyen en esta tendencia, al relevamiento de casos más que a la teoría, la lucha contra el
olvido y la batalla por la memoria y contra la historia oficial vinculada a la dictadura o
aquello que Gabriel Salazar ha llamado la historia del patriciado16.

Para la nueva historia, se dice, todo tiene una historia. Tanto la estructura como la
sociedad y quienes allí intervienen poseen también la historicidad que, hasta el nacimiento
de la nueva corriente, se reservaba a los grandes personajes de los círculos e instituciones
del poder y al registro de sus gestas, graficadas exclusivamente en fuentes escritas como
documentos administrativos, políticos oficiales y eclesiásticos de uso preferente y

11
Fontana Joseph “Ascenso y decadencia de la escuela de los Annales”, en V.V.A.A. Hacia una
nueva historia, Editorial Akal/Universitaria, Madrid, 1985. pp.109-127.
12
Burke Peter, Formas de hacer historia, Barcelona, Alianza Editorial. 1991. p.25.
13
Karl Marx, Trabajo asalariado y capital, Ed. Polémica, Buenos Aires, 1975. p.36.
14
Karl Marx y Engels Federico, Manifiesto comunista, Ed. Lom. Santiago, 2006. pp. 43-54.
15
Miguel Valderrama, Posthistoria, Historiografía y comunidad, Santiago, Ed. Palinodia. 2005.
16
Gabriel Salazar, labradores peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena
del Siglo XX, LOM, Santiago, 2000.
reservado al manejo del historiador profesional17. La Nueva Historia democratizó, en parte,
el ejercicio historiográfico apuntando a nuevos sujetos permitiendo así progresivamente el
descubrimiento de nuevos campos y temas del mundo social y cultural, nuevas fuentes y
metodologías validando descubrimientos y caminos adoptados por otras disciplinas.

El cuestionamiento inicial de la exclusividad de las fuentes y objetos tradicionales,


ha llevado al descubrimiento y ampliación de los métodos clásicos y a la revalorización,
entre otras fuentes como el discurso y el relato o el testimonio oral como una herramienta
relevante para la comprensión social e histórica18 así como también de los fenómenos
políticos y culturales, siendo ellos mismos situados como campos preferentes de interés.
"toda una corriente de historiadores, a partir de los años ochenta, ha venido abriendo y
constituyendo nuevos temas y perspectivas para la historia social, en especial para la
historia popular, estudiando las condiciones de vida y la historicidad de los peones e
indígenas desde los tiempos coloniales, de obreros y pobladores en el siglo XX, de las
mujeres que comienzan a develar sus propias memorias e historias de sometimiento y
resistencia”19.

En la nueva historia, así como en lo que se denomina hoy historia reciente, historia
y memoria se aproximan y articulan. La historia emerge socialmente como una experiencia
colectiva que se recuerda y que no pocas veces lucha por recordarse. En sociedades
cruzadas por la guerra y la opresión, la historia viene a reconstruir memoria y sentido de la
propia vida en que lo personal y lo social, lo cultural y lo político permiten reconocerse en
los otros y con los otros en el pasado común20 como actores sociales que han
“protagonizado una diversidad de acciones que han influido sobre otros y sobre uno
mismo. Acciones que dibujan una historicidad viva y que al ser objetivadas ponen de
manifiesto las capacidades de una persona o del grupo, desplegadas en el tiempo"21.

Aún así, en la disciplina histórica "profesional" no se logra un “empate” entre su


propio ejercicio de memoria y el de los individuos, grupos y comunidades que la producen.
Surge entonces la problemática de activar procesos para la construcción y reconstrucción de
la identidad de los actores populares y otros grupos historiados en ella. Por sobre el
consenso de los historiadores, el rescate de las identidades perdidas, aplastadas o sin
existencia para la historia tradicional, requiere más que de voluntad y un levantamiento
nominal de su presencia. No pocos promueven -como ha sido el caso de los tres

17
Burke, op.cit. pp. 13-18
18
Mario Garcés, Recreando el pasado: Guía metodológica para la memoria y la historia local, Santiago, Ed.
Eco. 2002. pp. 15-16.
19
Mario Garcés, op.cit. p.19.
20
Igor Goicovic señala que estos procesos involucran activamente a los sujetos logrando articular historia
personal y memoria histórica situando a la primera en el contexto de procesos sociales más amplios donde
pueden reconocerse, recuperando la autoestima y aportando a la recomposición de procesos sociales más
amplios. Goicovic Igor “De la dura infancia, de la ardiente esperanza. Un testimonio popular para la
reconstrucción de nuestra historia reciente”, Última Década, Viña del Mar, CIDPA, año 5; nº6. 1997. p.27.
21
Garcés D. Mario, Beatríz Rios y Hanny Sunkel, Voces de Identidad; Propuesta metodológica para la
recuperación de la historia local, Santiago, Ed. Cide-Eco-Jundep. 1993. pp. 29-30.
Manifiestos de Historiadores chilenos y sus declaraciones sobre el conflicto mapuche- un
lugar de franca beligerancia y politicidad; una dialéctica historia-memoria-política.

Esta dialéctica es importante pues no es suficiente que una corriente historiográfica


se autocalifique de "popular" o “social” para quedar a salvo de construir también
convenientes historias "oficiales" de actores y sujetos cuyas identidades y roles han sido
definidos recurrentemente a priori o arrinconarlos en “lo social” excluyendo su politicidad.
Es por eso que la Historia no puede recurrir a la inmediatez de las experiencias históricas
traumáticas, a la oralidad o a la representación estética oprimida sólo como técnica o como
elemento de sacralización. El habla subalterna e indignada, el cuerpo golpeado es en sí
mismo una fuente-forma imprescindible e insustituible de desciframiento y comprensión de
significaciones sociales y culturales en la historicidad de los actores, sujetos, movimientos
sociales y políticos.

Una revisión de esta discusión la plantea José Luis Cifuentes, reivindicando la


necesidad de desarrollar “una historia social de la política, por el desarrollo de una
historiografía sociopolítica, que se haga cargo de las múltiples dimensiones de lo
histórico, reeducándonos como sociedad a partir de nuestra memoria”22. En
contraposición de esta postura, Luis Ossandón (en el compilado “Arriba quemando el sol”)
y Miguel Valderrama (vgr) critican una renovación historiográfica que vuelva a incorporar
la política al modo de los historiadores de la llamada Escuela marxista clásica chilena
(Jobet, Ramírez Necochea, Vitale, Segall, etc.).

En nuestra definición de la historia reciente concordamos con Cifuentes y con


quienes se plantean aportar “a un proceso de politización de la ciudadanía, instalando el
conocimiento histórico como constitutivo de poder social”23. Este proceso no es nuevo en
Chile pues asistimos desde las últimas dos décadas y media (tomo como referente la
publicación de Peones, labradores y proletarios) al surgimiento de una nueva forma de
mirar-mirarnos desde un lugar distinto y contrapuesto -en nuestro caso- a la historiografía
del poder. Este mirar fue inaugurado por los precursores de la historia social chilena (Jobet
1948, Segall, 1953, Ramírez, 1956) y a devenido en formas insospechadas de
desterritorialización disciplinar y de profundización de los debates en torno a la
subjetividad y proyectividad histórica así como de la historicidad misma. Este fenómeno,
no ha sido el resultado de la voluntad o éxtasis historiográfico aislado, sino del influjo de
poderosos movimientos políticos y sociales y culturales.

En lugar de la historia social del pueblo, según Salazar, se enfatizó largamente la


historia de sus enemigos estructurales, en vez de sus relaciones económicas, sociales
culturales y políticas internas se retrató "el nudo gordiano de los monopolios" y a cambio
del tejido solidario que cobija su potencial histórico se describió "el paisaje amurallado de

22
José Luis Cifuentes, “Memoria, Identidad y Proyecto. Nuestra historia en tiempo presente”, en VVAA,
Historia Sociopolítica del Concepción Contemporáneo. Memoria, Identidad y Territorio”. Ediciones
Escaparate- Universidad ARCIS, 2006. p. 32.
23
Ibíd. p. 34.
la clase dominante"24. La afirmación, buscó en su momento, establecer normativamente las
fronteras y los contras en lo que a la nueva historia social, y a las ciencias sociales se
refería. La historia compareció a sumar la inquietante pregunta por el sentido, que Salazar
apuntó tempranamente pero sin delimitar para qué y ¿desde dónde? se piensa, se escribe y
se hace ciencia. ¿Desde donde se mira y cómo se levanta la “visión” de lo que Heidegger
llama en Ser y Tiempo, el ser proyectivo existencial? Es decir el ser histórico.

Salazar no cierra, y más bien, abre el debate historiográfico posibilitando en los 80


mirar o formular unos balances críticos de procesos de identificaciones mecánicas,
conceptuales e históricas25. Fenómenos complejos, desde la historia, propusieron en la
teoría la unidad “necesaria” entre pueblo, clase y movimiento obrero y de éste, con ciertos
partidos y organizaciones. Señalados hoy, como marcadas interpretaciones ideológicas
dogmáticas y lineales del proceso histórico. Pero la experiencia desde el mundo popular
muestra que no sólo nos acosa el espectro del limbo historiográfico dominante o nuestros
“dogmatismos”. Los marginales tenemos también nuestros propios limbos y fantasmas que
nos visitan periódicamente, en costosas y sangrientas pesadillas: empirismo y
desacumulación paradojal de la experiencia, profetismo y sacrificio, ruptura entre la
historicidad y la historización y entre la intervención política y construcción estructural y
formal de poder. En síntesis, dificultad para transformar la hermenéutica y la facticidad
popular en una epistemología discursivamente transmisible a nivel incluso de las
organizaciones políticas.

Evidentemente, el movimiento social popular y su estudio, no se restringen


exclusivamente –y hace un par de décadas- al proletariado o al movimiento obrero,
nítidamente estructurado y del cual se pensó tenía que brotar la conciencia revolucionaria.
Se ha hecho visible para los historiadores, un vasto mundo social que con su resistencia,
autonomía existenciaria, productividad material y cultural, inventó espacios de trabajo y
vida propios. Lugares todos, expuestos al ojo y la palabra popular, a la conspiración, la
sensualidad o la violencia; lugares de autoconstrucción de significados, humanizados por la
existencia y luego arrebatados y criminalizados… Para la nueva historia social, la subjetiva
memoria del fuego, es hoy, materia de la historia. Pero, ¿de todos los fuegos? o la marea
posmodernista tiró por la borda -junto a los silencios (subjetivos) de la modernidad
progresista y estructural- también la posibilidad de materializar históricamente toda
proyectividad.

Hablar de organización, memoria y movimiento, de legado acumulativo en los


estratos políticos y culturales del mundo popular, sin duda polariza a los historiadores
sinceramente identificados con este campo. Las preguntas en torno a qué define un
proyecto, condiciones de politicidad, de ethos, su organización, que continuidad y relación
con la estructura productiva o política deben tener los actores populares, es un área de

24
Gabriel Salazar, Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena del
siglo XIX, Ed. Lom. Santiago, 2000. p. 10.
25
Sergio Grez, De la "regeneración del pueblo" a la huelga general. Génesis y evolución histórica
del movimiento popular en Chile (1810-1890), Ed. Dibam, Santiago 1997. pp. 28-33.
discusión disciplinaria que sin duda está lejos arribar a un cómodo punto medio. En lo que
no hay discusión y parece ser una reivindicación fundamental de los historiadores sociales
y políticos del mundo popular, es que todo tiene historia; especialmente cuando ese todo o
esas partes, oscurecidas por la invisibilización o la amnesia institucionalmente inducida,
atañen al destino y realización de los trayectos vitales de miles y millones de mujeres y
hombres, niños y viejos, que demacran su existencia para lograr un mendrugo de sobrevida.

Para abordar esa aventura larga se ha identificó tempranamente la existencia de un


sujeto histórico definido, de ligazón estructural, con relaciones de conflicto y consenso con
el Estado, sus proyectos y sus variadas formas de articulación orgánica y autonomía
política. Una mirada que la historia (res gestae) dramáticamente se encargaría de amplificar
en unos torbellinos desenfrenados de acontecimientos, procesos y reinterpretaciones
(historiam rerum gestarum) tan diversos como urgentes durante los últimos 50 años
atizando discusiones relevantes. Para un ejemplo de este debate reciente en Chile
señalamos los textos de Luis Ossandón (Arriba quemando el sol) y el artículo de Sergio
Grez (Historia social con o sin la política incluida).

En cuanto a las obras ya clásicas de la nueva historia social chilena los trabajos de
Gabriel Salazar y Maria Angélica Illanes muestran la territorialidad política, epistemológica
e historiográfica común del campo pero también una diversidad de registros, actores,
subjetividades y formas de producción organizativa, proyectiva de relacionamiento y
conflicto con el Estado y los mercados. La literatura y representación artística -con más
antelación y simpleza que la historia-, habían estado largamente a la saga de ciertos
procesos, descubriendo o recreando, dramática o lúdicamente, la "perspectiva interior" del
mundo popular por oposición a construcciónes estéticas, donde lo accesorio y externo, era
el núcleo representacional de un espacio que había sido, como señala Guerra Cunningham,
apropiado por un sujeto ajeno26.

Las representaciones del mundo social, según Roger Chartier, le son constituyentes;
al igual que las relaciones sociales y económicas, ellas no son anteriores o determinantes de
las culturales; son por sí mismas campos de praxis y producción cultural y no pueden
remitirse para su explicación a campos o dimensiones extraculturales de la experiencia27.
Ahí parece forjarse y expresarse la identidad y el movimiento en relación de conflicto o
colaboración con otros campos de significación, subjetividad y práxis.

La historia social y también la historia política del tiempo presente, puede ser
entendida como una hermenéutica procesual de lo popular; movimiento de registro y acción
crítica, para ver y significar a su vez el movimiento expansivo de la vida social -que como
un Big-Bang- no corresponde a entramados simples o rígidos. El descubrimiento de los

26
Lucía Guerra Cunningham, Texto e ideología en la narrativa chilena, Minneapolis 1987, en José del Pozo,
"Historia y literatura: La representación de 1938 en cuatro novelistas chilenos", Mapocho, Nº37 Ed. Dibam,
Santiago primer semestre 1995, pág. 172.
27
Roger Chartier, “Intelectual History or Sociocultural History. The French Trajectories" en Lynn Hunt.,
"Historia, Cultura y Texto", Boletín de historiadores Nº2. traducción de Julio Pinto, Santiago, 1997. p. 11.
parámetros de expresión y significación populares, muestra -paralelamente a los textos
clásicos y evidentemente lejos de la ahistoricidad episódica del poder-, una identidad que
aparece desordenada e impura pero en camino a algo que se anhela y que no puede ser
definido sino en su historicidad. Esa otra cosa, que puede leerse como un proyecto
humanizante, no responde a nociones etéreas donde la "esencia" se impone a la existencia.

La historia, como ha señalara Pierre Vilar no solo es conocimiento de la materia, es


ella misma parte de esa materia y como tal, ha sido siempre hija de su tiempo dando
cuenta, tras el golpe militar de 1973, de una crisis no sólo política y social sino también
historiográfica: crisis de explicación de la derrota y de los fundamentos mismos de su
objeto y del sentido de la misma historicidad. Hoy también crisis de registro, narración y
método que parecen recuperar su lugar en la reflexión del oficio. Las ciencias del hombre –
dice Heidegger en Ser y Tiempo- tienen una estampa, un hálito que viene de su origen;
tienen el modo de ser del ente que interroga y que interrogan.

Para quienes quieren hacer historia desde y no solo para los actores políticos y
sociales, es necesario descubrir y recuperar la subjetividad de aquellos, resignificar el
sentido de los límites interiores y exteriores de la modernidad que contradictoriamente
contribuyó a su producción y a los primeros mecanismos de resistencia y autonomización
que ellos levantaron para sobrevivir. No está demás la búsqueda de un paradigma que
integre los códigos de interpretación presentes a los de aquellos a quienes queremos
escuchar para romper la dicotomía (teórica) entre "civilización y barbarie" permitiendo
hablar a sujetos que son a la vez turbulentos y organizados, rebeldes e integrados o en lucha
por la des-marginalización pues como ha señalado María Angélica Illanes "la historia
social de Chile se ha configurado en importante medida sobre la tensión y juego dialéctico
contradictorio entre las fuerzas de exclusión o marginación y las fuerzas de des-
marginación, cual ha sido el proyecto modernizante de las clases populares" 28.

Hacer historia con nuevas palabras (nuevo texto epistemológicamente situado en lo


político-popular sin dejar de asumir lo que ello implica o puede haber dejado de implicar),
ha significado reconocer un viejo texto; leer en el proceso largo del pueblo como sujeto (en
el habla lautarina) o el sujeto pueblo, (como lo llama M.A. Illanes), la particularidad y la
diferencia, su plural identidad y subjetividad; aprender a mirar y reconocer su ser
autoproducción popular en resistencia. La identidad popular, liberada (conceptual y
teóricamente) de las amarras que la determinaron largamente externa y arbitrariamente a ser
definida exclusivamente por parámetros estructurales o en otros casos funcionales del
orden, presenta para la historia reciente una vitalidad insospechada; sin duda tal empresa
requiere la voluntad política y no solo científica de querer buscar la creatividad y
autonomía que múltiples actores tuvieron para resolver el problema de la vida, bienestar e
identidad, en el movimiento de un proyecto donde el individuo oscuro se tornó sujeto
histórico de clara presencia pública… y política.

28
María Angélica Illanes, "Marginalización y des-marginalización en el movimiento popular", Proposiciones
Nº 24, Santiago, Ed. Sur, 1994, pp. 220-225.
Ya no es aventurero reconocer un longevo proyecto de existencia o muerte
expresado, no sólo mediante la demanda reivindicativa al Estado o a los patrones, sino que
se expresó incorporando tempranamente la autoconstrucción de las condiciones materiales
y subjetivas de la dignidad humana, pensada y construida colectivamente; avanzando en
redes participativas de subcutánea democratización y producción expresionista del espacio
político público futuro. Unificando desde adentro identidad y proyecto.

El descubrimiento de estos y otros procesos sociopolíticos populares, pueden ayudar


a comprender el presente y devenir de un mundo popular, transmutado hoy, en un engendro
incomprensible y que solo aparece como reflejo de los efectos del sistema que lo desagrega
y opone en brutal competencia y depredación interna. Una historia que sostenga y justifique
la exclusión y ampare la desmemoria, enajenando la identidad popular concreta y
fomentando su destierro interior, hace a la subjetividad popular extraña a sí misma y la
lleva a mirarse sólo, y sin más posibilidad, en el útil reflejo inducido por el paradigma
historiográfico y cognitivo del poder.

Esta es hoy, como la llamó María Angélica Illanes, la batalla de la memoria de los
historiadores, pero definitivamente, no es ni puede ser exclusivamente de aquellos pues esa
batalla consiste en reconstruir -a través de la re-escritura crítica de la memoria- nuestra
pertenencia a algún proyecto histórico capaz de reunir las piezas de nuestra fracturada
tribu, reagrupando nuestras fuerzas para tantas batallas que habrán de seguir. Sólo de este
modo los jóvenes que cayeron -soñadores de un mundo mejor- cobrarán vida [...] la
batalla de la memoria es, hoy día, la 'batalla de Chile' "29.

Parece ser imprescindible el buscar y descubrir los textos, actos y relatos de vida
hechos por el pueblo para enfrentar la enfermedad, el hambre, la injusticia y la muerte.
Imprescindible conocer y comprender no sólo la existencia y evolución de nuestros
enemigos estructurales y simbólicos sino y, con el mayor rigor, nuestras propias
contradicciones, debilidades, traumas interiores y especialmente nuestros ejercicios de
politización y resistencia. Ese ayer, ese pasado que no pasa es historia reciente porque
modela el futuro en el presente donde todo conflicto social es anticipo de inestabilidad
política y signo de criminalidad. Parafraseando a Foucault: nadie está obligado a encontrar
que esas voces confusas cantaban mejor que otras y que dijeron el fondo último de las
verdades. Bastaba que existieran y que tuvieran en su contra todo lo que se empeñaba en
hacerlas callar, para que tenga –hasta hoy- sentido escucharlas y buscar lo que intentaron
decir30.

29
María Angélica Illanes, La batalla de la memoria, Ed. Planeta/Ariel, Santiago, 2002. pág. 16.
30
Michel Foucault, Estética, ética y hermenéutica, Buenos Aires, Ed. Paidós, 1992. p.206.