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Un mártir mexicano, el Padre Pro

Por Gerardo Australia


Uno de los más famosos actos terroristas perpetuados en contra de un presidente fue el
intento por dinamitar al general Álvaro Obregón mientras se dirigía a una corrida de toros
en su lujoso Cadillac por la avenida Reforma, a la altura del Bosque de Chapultepec, el 13
de noviembre de 1927. Entre los autores materiales estaban Juan Tirado, Nahum
Lamberto Ruiz y José González, miembros de la agrupación Acción Católica de la
Juventud Mexicana (ACJM), que por entonces llevaba a cabo una guerrilla urbana en
apoyo a la guerra cristera. La ACJM había sido fundada en 1913 y proporcionaba la
principal fuerza a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, otro grupo que se
oponía radicalmente a la política del presidente Plutarco Elías Calles en cuestión de
cultos.
El general Obregón y sus acompañantes salieron ilesos del
atentado, y después de una persecución espectacular por
las calles de la ciudad, los terroristas lograron escapar,
excepto uno, Nahum Lamberto, quien fue herido de bala y
capturado. Una vez interrogado por la áspera policía callista
(donde se usaban métodos comunistas de vigilancia con
más de diez mil agentes gubernamentales a disposición, la
mayoría de ellos extranjeros -recordemos que Calles era
pro-ruso-), Nahum confiesa sobre el paradero de sus
secuaces e involucra al sacerdote jesuita Miguel Agustín
Pro Jiménez y a su hermano Humberto, quienes serían
fusilados sin proceso alguno.
A las 8:30 de la mañana del 23 de noviembre el sacerdote
Pro, de treinta y seis años de edad, caminó al paredón sin
dar muestras de miedo a los cinco fusiles que le apuntaban.
Se rehusó a que le vendaran los ojos, extendió los brazos
El padre Miguel Agustín Pro en cruz y mirando de frente a sus ejecutores exclamó:
“¡Perdono a mis enemigos con todo mi corazón!”, y justo
antes de la orden de fuego: “¡Viva Cristo Rey!”.
Miguel Agustín Pro nació en la actual ciudad de Zacatecas, en 1891. A los 20 años entró
al noviciado del colegio jesuita de El Llano, en Michoacán. Se ordenó como sacerdote en
1925 mientras estudiaba teología en Enghien, Bélgica, un año especialmente difícil para
él, pues permaneció casi seis meses hospitalizado debido a intensas operaciones
quirúrgicas por complicaciones estomacales e intestinales, en parte propiciadas por la
mortificación alimenticia que él mismo se infligía. De un carácter campechano,
despreocupado y siempre de buen humor, el padre Pro prefería la catequesis al obrero y a
las clases desprotegidas. Un amigo lo recuerda como el perfecto actor: un minuto riendo a
carcajada suelta y al siguiente llorando.
Después de doce años de ausencia en el país Pro regresa en medio de la persecución
religiosa, obligado a ejercer su apostolado en la total clandestinidad: “De su apoyo
llegaron a depender 96 familias -dice el jesuita canadiense Antonio Dragón, amigo
personal y condiscípulo de Pro-. Predicaba a trabajadores de tiendas y fábricas, a
choferes y gente pobre en general (…). Para no llamar la atención se disfrazaba y usaba
un suéter corriente, pantalones arrugados o un overol, una cachucha ladeada en la
cabeza y un cigarro bamboleante en la boca”.
La Guerra Cristera había comenzado en 1926, cuando el arzobispo de México decidió
combatir el artículo 3º. (derecho a la educación), el 5º. (libertad de trabajo), el 24 (libertad
de credo religioso), el 27 (Propiedad de tierras y aguas) y el 130 (separación del Estado y
las iglesias) de la Constitución por ser “contrarios al derecho natural”, llamando a los fieles
a manifestarse. El gobierno respondió clausurando 78 conventos, 129 colegios
confesionales, 18 asilos y expulsando del país a 183 clérigos, amén de la confiscación de
tierras y propiedades de la Iglesia. Se les llamaba cristeros porque el lema de los
insurrectos era el grito de “¡Viva Cristo Rey!”. Fue una guerra sin vencedor, dos años y
medio de pillaje, matanza y violaciones por parte de ambos bandos, hasta el cese al fuego
entre Iglesia y Estado, acordado por el entonces presidente Emilio Portes Gil y el obispo
Leopoldo Ruiz y Flores en julio de 1929.

El padre Pro momentos antes de ser ejecutado, 1928


Aún en medio de la terrible persecución religiosa Pro conservó el lado ligero y optimista,
como se lee en una de sus cartas: “Por aquí las cosas marchan viento en popa, pues se
envían cristianos al cielo por quítame estas pajas, (…) y esta persecución es en mi casa
tan verdadera que mi tierna prole al salir a la calle, en vez de despedirse reza un acto de
contrición”. De cierto modo Pro estaba obsesionado con el martirio: “El padre Pro deseaba
el martirio. Esta idea de dar su vida por las almas y por la salvación de México le asalta
desde hace mucho tiempo”, escribe el jesuita Dragón. Le gustaba mortificar su cuerpo
violentamente, ya sea latigueándose o con el cilicio (especie de cinturón con clavos) y
desde temprana edad soñaba con dar su vida por la causa religiosa.
Dos de los hermanos de Pro militaban en la Liga Defensora de la Libertad Religiosa. Uno
de los autores materiales del atentado, Luis Segura, miembro también de la Liga, utilizó la
casa de uno de ellos para fabricar las bombas. El auto que utilizaron para el atentado
estaba a nombre del otro hermano de Pro. Por su lado el presidente Calles, apodado el
“Nerón mexicano” o “El Turco”, era un comecuras sin piedad que odiaba todo lo que Cristo
representaba: “En tres ocasiones me he encontrado a Cristo en mi camino, y las tres lo he
derribado”. Tras el fallido atentado Miguel Agustín y su hermano Humberto se
escondieron, pero no tardaron en ser capturados, y aunque Luis Segura atestiguó que los
hermanos Pro no tenían nada que ver con el atentado, para Calles representó la gran
oportunidad de dar el máximo castigo ejemplar al sacerdote.
Después del fusilamiento se comenzó a dar entre feligreses y seguidores un culto
especial al martirio del padre Pro, hasta que éste fue beatificado el 26 de septiembre de
1988.

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