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AGAMBEN ensayos

https://artilleriainmanente.noblogs.org/post/2017/03/12/que-es-un-dispositivo/
https://artilleriainmanente.noblogs.org/post/2017/08/09/giorgio-agamben-que-queda/
https://artilleriainmanente.noblogs.org/post/2018/01/21/giorgio-agamben-atenea-entre-pasado-y-presente/
https://artilleriainmanente.noblogs.org/post/2018/10/28/agamben-entrevista/
https://carnenegra.com/2015/10/03/crisis-de-la-presencia-una-lectura-de-tiqqun/

GIORGIO AGAMBEN / ATENEA ENTRE PASADO Y PRESENTE

Giorgio Agamben recibió recientemente el título «Maestro de nuestro tiempo. Premio Nonino
2018», junto con el literato Ismail Kadaré. A ese respecto entregó este texto inédito que fue
publicado en la «Domenica» del Sole 24 Ore el 21 de enero de 2018, y que se publica traducido a
continuación en Artillería Inmanente.

En el museo de la Acrópolis en Atenas se conservan tres estatuas provenientes del frontón del
viejo templo de Atenea polias, que se encontraba en la Acrópolis al lado del lugar donde se
encuentran ahora los restos del Erecteón. Es impresionante la imagen, en el centro, de la diosa
Atenea, en apariencia perfectamente conservada, representada de pie en el acto de abatir al
gigante Encélado. La diosa viste el manto llamado aegis, cuyo colgajo extremo está formado por
serpientes enredadas, con las cuales la mano izquierda se inclina hacia delante amenazando al
gigante ahora postrado en el suelo. No obstante, si el espectador se acerca algunos pasos se da
cuenta de que quedan en verdad sólo fragmentos de la escultura original: la cara, a la vez infantil y
feroz, el hombro izquierdo cubierto por el manto, el pie derecho y un pedazo del quitón. Todo lo
demás fue reconstruido pacientemente por los arqueólogos con un material neutro, de color ocre
claro, que sólo desde lejos puede confundirse con el mármol, pero denuncia con transparencia a la
mirada próxima su modernidad. Todavía más fragmentario es el cuerpo del gigante: del original
quedan aquí sólo un fragmento del cuello, un pedazo de la rodilla y del talón derecho y,
curiosamente bien conservado, el sexo que cuelga hacia abajo.

¿Dónde está Atenea? ¿Dónde situar en el tiempo este torso que parece sin embargo tan íntegro y
vivo? En la diosa pasado y presente están inextricable y funcionalmente unidos de tal modo que el
ojo, contradiciendo su percepción, duda en separarlos. Ella está hecha literalmente de pasado y
presente, como si los dos mil quinientos años que dividen los fragmentos esculpidos por Endaios y
las partes integradas por los arqueólogos no fueran nada más que el pulso que anima a su esbelta
figura. El rostro sonriente cruelmente reclinado sobre su víctima, los dedos que aprietan el cuello
exiguo del reptil, los escasos pliegues de la túnica, el pie firmemente apoyado en el suelo bastan
para dar vida al conjunto; y, sin embargo, sin la hora presente, no menos oportuna en la
disposición de los fragmentos del pasado que dócil en la obediencia a su mando, la figura no
resultaría tan viva.

Es posible, entonces, que esta estatua nos ofrezca el paradigma de la relación entre pasado y
presente, el ejemplo de una justa situación del pasado. Porque es evidente que el pasado no tiene
lugar más que en el presente, que no vive más que en su epifanía en el instante que se presta a
acogerlo.
Una vieja fotografía en blanco y negro muestra el hallazgo en 1894 de una estatua de efebo casi
intacta, apenas liberada de la tierra que la recubría. Al lado de ella, los trabajadores y los
arqueólogos la miran satisfechos y visiblemente excitados. Así el pasado aflora en el presente,
convive con él, en él tiene lugar. Y en el punto en que aparece, la falsa continuidad de la
cronología se rompe y depone su pretendida irrevocabilidad. Lo remoto bruscamente se hace muy
próximo, dos momentos lejanos en el tiempo están de golpe en contacto, se dan cobijo y vida
mutuamente.

¿Qué ocurrió, qué tuvo lugar en este punto? Es conocida la tesis de Benjamin según la cual el
presente —el «ahora»— no se da nunca solamente en un punto aislado de la continuidad
cronológica, sino siempre en la constelación entre un momento del pasado y el presente. Esto
significa que el problema de la relación con el pasado no es psicológico e individual, sino político y
colectivo. Cada decisión sobre el presente implica la relación con un momento preciso del pasado,
con el cual el presente debe hacer las cuentas. Sin esta constelación crítica, el presente es
inaccesible y opaco, porque se reduce, como el discurso del poder no se cansa de sugerir, a un
conjunto de hechos y de cifras que deben ser aceptados sin la posibilidad de revocarlos en su
cuestionamiento. Por esto la arqueología, que remonta a contrapelo al pasado, persiguiendo la
sombra que el presente arroja sobre él, es la única vía de acceso al presente.

Si esto es cierto, si aquello que se pone en juego en la relación con el pasado es el presente, se
comprende entonces por qué las fuerzas que gobiernan Occidente trabajan con tanta diligencia
para volver imposible esta relación. Y lo hacen demoliendo las universidades —es decir, el lugar en
que el pasado debería ser transmitido como algo vivo— y, al mismo tiempo, multiplicando los
museos, entendidos como dispositivos en los cuales el pasado es mantenido separado del
presente. El pasado que está aquí en cuestión no es ni un origen intemporal ni aquello que ha sido
de una vez por todas, la serie de hechos irrevocables que se trata de acumular y custodiar en los
archivos: es, más bien, algo que puede todavía advenir y que, por esto, debe ser en cada ocasión
arrancado de la representación en la cual lo ha aprisionado la ideología dominante. Al pasado —es
decir, al presente— no se accede ni más allá de la historia, en un origen intemporal, ni a lo largo
de la línea continua de la cronología, sino sólo a través de su interrupción. La memoria es, por
tanto, una práctica destructiva y su tarea —la arqueología como acceso al presente— es de
naturaleza esencialmente política.

Esto es cierto también para el individuo. Cuando éstos, venciendo sus temores, regresan al pasado
—es decir, al presente que no ha podido o sabido vivir— lo que éste lleva a la luz en este mundo
no es algo privado e incomunicable. Se trata, más bien, de una imagen o de un fantasma que,
como la estatua desnuda del efebo exhumado por los arqueólogos, no les pertenece propiamente,
pero lo convoca y apostrofa al mismo tiempo a otros cuerpos fuera del tiempo cronológico, en un
no-lugar que está, no obstante, indiscutiblemente presente. En este punto, como la Atenea polias
del museo de la Acrópolis, él descubre que está hecho de pedazos del pasado y del presente
mantenidos inextricablemente juntos por la fuerza destructora-constructora de la memoria. Todo
presente es, en este sentido, siempre el fragmento de un pasado y el torso es la figura más
auténtica de la historia.
GIORGIO AGAMBEN / ¿QUÉ QUEDA?

09/08/2017 ANÓNIMO

1. «Tengo tal desconfianza en el futuro, que hago proyectos sólo para el pasado». Esta frase de
Flaiano —un escritor cuyas bromas deben ser tomadas completamente en serio— contiene una
verdad sobre la cual vale la pena reflexionar. El futuro, como la crisis, es hoy efectivamente uno de
los principales y más eficaces dispositivos del poder. Ya sea agitado como un amenazante
espantapájaros (empobrecimiento y catástrofes ecológicas) o como un radiante porvenir (como
empalagoso progresismo), se trata en todos los casos de hacer pasar la idea de que tenemos que
orientar nuestras acciones y nuestros pensamientos únicamente hacia él. De que tenemos, por
tanto, que dejar de lado el pasado, que no se puede cambiar y es entonces inútil —o a lo sumo
conservarlo en un museo— y, en cuanto al presente, interesarnos en él sólo en la medida en que
sirve para preparar el futuro. Nada más falso: la única cosa que poseemos y podemos conocer con
alguna certeza es el pasado, mientras que el presente es por definición difícil de aferrar y el futuro,
que no existe, puede ser sacado de la manga por cualquier charlatán. Desconfíen, tanto en la vida
privada como en la esfera pública, de quien les ofrezca un futuro: esta persona está buscando casi
siempre atraparlos o engañarlos. «Jamás permitiré a la sombra del futuro —escribió Ivan Illich—
que se coloque sobre los conceptos a través de los cuales busco pensar aquello que es y aquello
que ha sido». Y Benjamin observó que en el recuerdo (que es algo diferente a la memoria en
cuanto archivo inmóvil) en realidad actuamos sobre el pasado, lo volvemos de algún modo
nuevamente posible. Flaiano tenía entonces razón al sugerirnos hacer proyectos sobre el pasado.
Sólo una indagación arqueológica puede permitirnos acceder al presente, mientras que cuando
uno observa girado únicamente hacia el futuro éste nos expropia, con nuestro pasado, también
del presente.

2. Imaginen que entran en una farmacia y piden un medicamento que necesitan con urgencia.
¿Qué harían si el farmacéutico responde que ese medicamento fue producido hace tres meses y
entonces no se encuentra disponible? Esto es exactamente lo que sucede hoy cuando se entra en
una librería. El mercado editorial se ha vuelto hoy un Absurdistán en el cual la circulación exige
que el libro sea conservado en las librerías la menor cantidad de tiempo posible (a menudo no más
de un mes). Por consiguiente, el mismo editor programa libros que deben agotar sus ventas —si
las hay— a corto plazo y renuncia a construir un catálogo que pueda durar en el tiempo. Por esto
yo —que también creo ser un buen lector— me siento cada vez más incómodo cuantro entro en
una librería (existen naturalmente excepciones) donde los mostradores están ocupados sólo por
novedades y donde cada vez más corro el riesgo de no encontrar el medicamento (es decir, el
libro) que necesito vitalmente. Si libreros y editores no se giran en contra de este sistema, en
buena parte impuesto por los grandes distribuidores, no nos sorprendremos de que las librerías
desaparezcan. Tal y como han llegado a ser, ni siquiera podremos extrañarlas.

3. Nicola Chiaromonte escribió una vez que la pregunta esencial cuando consideramos nuestra
vida no es qué hemos tenido o no tenido, sino qué resta, qué queda* de ella. ¿Qué queda de una
vida; pero también e incluso antes: qué queda de nuestro mundo, qué queda del hombre, de la
poesía, del arte, de la religion, de la política, hoy que todo cuanto estábamos acostumbrados a
asociar a estas realidades tan urgentes está desapariendo o en cualquier caso transformándose
hasta volverse irreconocibles? Al entrevistador que le pregunta «¿qué queda para usted de la
Alemania en la que nació y creció?», Hannah Arendt responde «queda la lengua». Pero ¿qué es
una lengua como resto, una lengua que sobrevive al mundo del cual era una expresión? Y ¿qué
nos queda, cuando nos queda solamente la lengua? ¿Una lengua que parece no tener ya nada que
decir y que, sin embargo, obstinadamente queda y resiste y de la cual no podemos separanos? Me
gustaría responder: es la poesía. ¿Qué es, de hecho, la poesía, si no aquello que queda de la
lengua después de que han sido desactivadas una a una sus funciones comunicativas e
informativas normales? Recuerdo que Ingeborg Bachmann me dijo una vez que no era capaz de ir
a la carnicería y preguntar: «me da un kilo de filetes». No creo que quisiera decir que la lengua de
la poesía es una lengua más pura, que se encuentra más allá de la lengua que usamos en la
carnicería o para los otros usos cotidianos. Creo más bien que la lengua de la poesía es lo
indestructible que queda y resiste a todas las manipulaciones y a todas las corrupciones, la lengua
que queda también después del uso que hacemos de ella en los SMS y en los tweets, la lengua que
puede ser infinitamente destruida y que sin embargo permanece, del mismo modo en que alguien
escribió que el hombre es lo indestructible que puede ser infinitamente destruido. Esta lengua que
queda, esta lengua de la poesía —que también es, yo creo, la lengua de la filosofía— tiene que ver
con aquello que, en la lengua, no dice, sino que llama. Es decir, con el nombre. La poesía y el
pensamiento atraviesan la lengua en dirección a los nombres, a ese elemento de la lengua que no
discurre y no informa, que no dice algo de algo, sino que nombra y llama. Un breve texto que Italo
Calvino solía dedicar a sus amigos como su «testamento espiritual» se cierra con una serie de
frases recortadas y casi jadeantes: «tema de la memoria —memoria perdida— conservar y perder
aquello que se ha perdido —aquello que no se ha tenido— aquello que se ha tenido con retraso —
aquello que llevamos con nosotros— aquello que no nos pertenece…». Yo creo que la lengua de la
poesía, la lengua que queda y llama, llama justamente aquello que se pierde. Ustedes saben que,
tanto en la vida individual como en aquella colectiva, la masa de las cosas que se pierden, el
exceso de los acontecimientos ínfimos, imperceptibles, que todos los días olvidamos es a tal punto
exterminado que ningún archivo y ninguna memoria podrían contenerlos. Aquello que queda,
aquella parte de la lengua y de la vida que salvamos de la ruina, tiene sentido sólo si tiene que ver
íntimamente con lo perdido, si existe de algún modo para él, si lo llama por medio de nombres y
responde en su nombre. La lengua de la poesía, la lengua que queda nos es querida y preciosa,
porque llama lo que se pierde. Porque aquello que se pierde es de Dios.

Estas notas reproducen partes de una intervención en el Salone del libro de Turín el 20 de mayo de
2017. Tomado de la publicación de la columna de Giorgio Agamben en la página de Quodlibet, con
el título «Che cosa resta?», el 13 de junio de 2017.

* El verbo «restare» (quedar es el verbo que le corresponde en castellano) tiene un dominio


semántico distinto en italiano. El lector que vea aquí que la traducción ha sido vertida como
quedar debe tener ya siempre en consideración el verbo restar y, en general, la palabra resto. Las
implicaciones filosóficas del término técnico de «resto» han sido estudiadas por Agamben en su
libro Lo que queda de Auschwitz (en italiano Quel che resta di Auschwitz).

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