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Testimonio de un adolescente desvinculado de un grupo armado ilegal

Santiago L.
Santiago L.

Con el apoyo financiero de:

EDITORIAL UNIVERSIDAD DE CALDAS


COLECCIÓN ARTES Y HUMANIDADES
Nacido para triunfar
Nacido para triunfar
Testimonio de un adolescente desvinculado de un
grupo armado ilegal

Santiago L.

Editorial Universidad de Caldas


Colección Artes y Humanidades
© Universidad de Caldas, 2007
-­Comité Editorial-
© Santiago L.
Título: Nacido para triunfar. Testimonio de un adolescente
desvinculado de un grupo armado ilegal
Autor: Santiago L.

Primera edición
Abril de 2008
Derechos reservados por la Universidad de Caldas para la primera edición

ISBN: 978-958-8319-35-3

Editor: Luis Fernando Escobar Velásquez


Corrección gramatical: Paola Ortiz Ordoñez
Diagramación: Matilde Santander Mejía
Diseño de portada: Nestor Gantiva

Este libro fue publicado con el apoyo financiero del Fondo de las Naciones
Unidas para la Infancia - UNICEF y el apoyo financiero de la Comisón Europea.
Las opiniones expresadas en el mismo no necesariamente corresponden a las
de la Organización.

Paul Martin Representante UNICEF Colombia


Eduardo Gallardo Especialista de Protección y Acción Humanitaria
Soledad Herrero Oficial de Protección y Acción Humanitaria
Bernardo Nieto Especialista de Comunicaciones
Sara Franky Calvo Oficial de Comunicación de Programas

Impresión y terminado: Editorial Universidad de Caldas


E-mail: editor@ucaldas.edu.co Apartado aéreo: 275. Manizales - Colombia

Miembro de la Asociación de Editoriales Universitarias de Colombia,


ASEUC.
Catalogación en la fuente, Biblioteca Universidad de Caldas

305.23
N121 Nacido para triunfar. Testimonio de un adolescente desvinculado de un
grupo armado ilegal. -- Santiago L. Manizales : Editorial Universidad
de Caldas; Luis Fernando Escobar Velásquez, 2007.
98 p.
Colección Artes y humanidades
ISBN: 978-958-8319-35-3
1. Hogares adoptivos - Colombia 2. Jóvenes - Asistencia social
- Colombia 3. Jóvenes y violencia - Colombia 4. Reinserción - As-
pectos sociales - Colombia 5. Conflicto armado - Aspectos sociales
- Colombia.
Para recordar

Algunas situaciones de mi vida real fueron modificadas, al igual


todas esas experiencias las he vivido, no importa su significado.
Algunos nombres son ficticios por razones de seguridad, incluyendo
el mío. Espero que la historia no sea para algo malo, sino que le
encuentren ese significado de lo duro que puede ser la vida en un
grupo armado, la vida de un niño desamparado, que aprendió de
la vida, los errores le dieron en la cabeza hasta caer en razón, que
tuvo que tomar decisiones, por no tener más opciones; la vida en los
grupos armados, aunque parezca divertida, es la decisión más dura
que usted puede escoger, en este país o en este mundo.
Agradecimientos

Estas palabras son dedicadas a las personas que me ayudaron,


a todos los del programa de atención del ICBF que hicieron
posible mi vida y a los que hicieron posible esta obra, a todos
los que no puedo nombrar por su propia seguridad. Para mis
hermanos, mi resto de familia si aún viven, en especial para mi
hermano Carlos que hace que mi vida marche bien, gracias a la
persona más importante del mundo entero, DIOS, a los amigos
que un día me ayudaron, a mi gente del Putumayo y de Nariño.
A la gente del Huila, del Tolima, de Medellín. A los que me
están apoyando en estos momentos. A los equipos técnicos
y a la familia actual, para mi iglesia que siempre la llevo en
mi corazón, por esos buenos momentos que me motivaron a
cambiar y a reflexionar un poco de mis errores, a Felipe que
me apoyó en mi difícil situación, a las familias de hogares
voluntarios, por su labor y a todos los que se quedaron sin
nombrar siempre les estaré agradecido, ellos sabrán por qué.
Prólogo Universidad de Caldas

Contar es una actividad natural de los seres humanos.


Con interlocutor o sin él, procuramos que la lógica interna
del lenguaje nos ayude a ordenar el mundo, a dar un poco
de coherencia a lo que percibimos, sentimos y vivimos. To-
mar los sucesos que nos impresionaron para someterlos a
las necesidades de un relato que resulte comprensivo para
otros y para nosotros mismos, es el paso inicial de un pro-
ceso reflexivo que da nuevos significados a los actos que
hemos realizado. Contar es el más enriquecedor de los diá-
logos, el más generoso.
Mientras Santiago L. participaba de un programa in-
terinstitucional que quiere reintegrar a menores de edad
que formaron parte de los grupos armados irregulares que
denuncian y complican la realidad colombiana, algo lo
impulsó a comenzar una novela sobre sus experiencias.
Delgado, tímido y de sonrisa fácil, sus dieciséis años lo
empujaban a plasmar en el papel una serie de experiencias
que buscaba entender a través de la escritura.
Fue duramente criticado por personas que saben mucho
más de literatura que él, pero no se desanimó. Poco a poco
resolvió algunas dudas con respecto al uso de la coma o la
conjugación de los verbos. El paquete de hojas mecanogra-


fiado con pasión y a espacio simple creció, un paquete que
revisaba a partir de lo que oía aquí y allá, de las instruc-
ciones que se le daban, de su intuición. Quería respetar su
pasado; ser fidedigno, pero también discreto y leal.
Nacido para triunfar, el fruto de sus esfuerzos, más que
una pieza literaria es la voz de una Colombia que apenas
vislumbramos en la fugaz imagen televisiva. No es la bio-
grafía de Santiago L. aunque vivió muchos de los sucesos
que narra; tampoco es –lo que resulta más interesante–, el
testimonio de una militancia escrito por alguien reclutado en
las aulas después de leer a Marx o de pintar al Che Guevara
en las paredes de una Universidad Pública. Es la biografía
de un grupo humano que considera oportunidades lo que los
demás calificamos como delito o locura, es el sobrecogedor
documento sobre una normalidad tan nuestra como la prisa
de los transeúntes en la carrera séptima de Bogotá, la miseria
que ocultan las murallas de Cartagena, las inundaciones re-
petidas que nos sorprenden cada año o el adictivo aroma del
café. Es también una realidad que manifiesta sus carencias y
sus aspiraciones a través de la violencia o de la fe, con idén-
tica facilidad.
Los lectores van a notar desde la primera línea que San-
tiago L. es, por ahora, un escritor inexperto. Se discutió
mucho hasta que punto era conveniente “intervenir” este
texto desde el punto de vista formal. Tras hablarlo una y
otra vez, se optó por corregir los errores más protuberan-
tes, ajustar la puntuación y dividir algunos párrafos; poco
más. Algunos lectores extrañarán un proceso de edición
más profundo, pero creemos que la crudeza de muchos
de los acontecimientos que narra Nacido para triunfar nos
sobrecogen precisamente porque están plasmados sin ma-
yores afeites, desde la veracidad de un habla regional tan


válida como cualquier otra, desde unas experiencias edu-
cativas limitadas y una precariedad vital que determinan un
estilo.
En el momento en el que escribí la primera versión de
este prólogo, Santiago L. tenía muchas dudas respecto a su
futuro, incluso manifestó sus deseos de abandonar los es-
tudios que le permitirían conseguir el título de bachiller y
acceder a la universidad, para tentar la suerte de una mane-
ra distinta. No tenía sentido disuadirlo con los argumentos
que se usan con adolescentes que han vivido circunstancias
menos extremas, cuya cotidianidad merece tal calificativo.
Finalmente decidió ensayar el camino que se le proponía y
hasta hoy persevera en el intento.
También sigue diciendo que le gustaría ser escritor.

Octavio Escobar Giraldo


Buenos Aires, octubre 2007


Prólogo UNICEF

Colombia es testigo de una de las mayores atrocidades


contra las niñas, niños y adolescentes: su vinculación a las
actividades de los grupos armados ilegales. Aunque no hay
estimaciones verificables sobre cuántos de ellos hacen parte
hoy de los grupos armados, lo cierto es que éste no es un
fenómeno en declive, puesto que su reclutamiento por parte
de los grupos armados ilegales en Colombia continúa.
Colombia ha ratificado la Convención sobre los
Derechos del Niño y el Protocolo Facultativo relativo
a la participación de niños en conflictos armados. Estos
instrumentos prohíben su vinculación a grupos armados.
Cuando se trata de menores de quince años, además, el
Estatuto de la Corte Penal Internacional tipifica como crimen
de guerra su uso como soldados y, además, constituye un
delito también tipificado por el Código Penal colombiano.
Kofi Annan, ex-Secretario General de las Naciones
Unidas, afirmó que el uso de niñas y niños por los grupos
armados es una “práctica dañina y despreciable”. Este es un
acto que ataca severamente la conciencia de la humanidad
y no debe ser tolerado bajo ninguna circunstancia. La
sociedad no puede estar tranquila sabiendo que algunos
de sus niños y niñas empuñan un fusil y son puestos en el

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dilema de matar o morir, cualquiera que sea la causa que se
invoca para ello.
Sin embargo, la historia de Santiago L. no es una historia
excepcional. Miles de niños y niñas han sido testigos y
actores del conflicto, haciendo parte de las filas de los grupos
armados o siendo utilizados como fuentes de información.
Sin importar el grupo armado ilegal que los utilice, su
vinculación es igualmente dañina y debe ser sujeta a una
condena absoluta y sin condicionantes.
Las niñas, niños y adolescentes que hacen o hicieron
parte de los grupos armados ilegales son víctimas y no
victimarios de esta violencia. Esperamos que la cruda
sinceridad del relato de Santiago muestre la falta de
conocimiento que tienen los niños y niñas al vincularse a
estos grupos.
Entornos de violencia generalizada, contextos personales,
familiares y sociales están impulsando a niños y niñas a
considerar los grupos armados ilegales como una opción de
vida. Es imperativo que reflexionemos sobre estos hechos.
Vemos en la historia de Santiago lo que han demostrado
estudios recientes: cómo las situaciones de maltrato,
abandono, falta de oportunidades, son factores que impulsan
a las niñas y niños a buscar protección bajo las alas de los
grupos armados ilegales, donde seguramente tendrán lugar
las peores experiencias de sus vidas.
Si tenemos en cuenta los resultados del Estudio de la
Defensoría del Pueblo de 2006 que muestran que la
edad media de reclutamiento es inferior a los 13 años y el
periodo medio de permanencia supera los 2 años, podemos

  Estudio de la Defensoría del Pueblo con el apoyo de UNICEF, “Caracteriza-
ción de niñas, niños y adolescentes desvinculados de los grupos armados ile-
gales: Inserción social y productiva desde un enfoque de derechos humanos”.
Noviembre 2006.

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entender las hondas secuelas que esta experiencia deja en
niñas y niños de tan corta edad y por periodos tan largos, y
el consecuente difícil proceso de recuperación psicosocial
que deben enfrentar.
La historia de Santiago refleja una pesadilla que inicia
con su entrada en el grupo armado pero que no termina con
su desvinculación. Todos deben enfrentar, después de su
desvinculación, temores, amenazas y problemas graves de
seguridad. Ésta es la razón por la que han sido cambiados
el nombre y emplazamiento geográfico donde tuvo lugar
la historia.
A pesar de la tragedia que supone la utilización de niños,
niñas y adolescentes por grupos armados ilegales, UNICEF
no puede dejar de mencionar en este prólogo los valiosos
esfuerzos que realizan el Estado y la sociedad colombiana.
Cientos de iniciativas locales se desarrollan para prevenir
la vinculación de niños a grupos armados.
El Instituto Colombiano del Bienestar Familiar trabaja
de manera comprometida y ha atendido hasta el momento a
más de 3000 niñas y niños que han abandonado los grupos
armados. La cooperación internacional ha comprendido la
importancia de estos esfuerzos y UNICEF apoya muchas
de estas iniciativas como parte de su compromiso con la
erradicación de este fenómeno y la atención de quienes se
ven afectados.
La historia de Santiago es un claro ejemplo de un
proceso de integración exitoso. Y, a sabiendas de que no
es un caso aislado, es nuestro deber reconocer la labor que
los profesionales del Instituto Colombiano de Bienestar
Familiar están llevando a cabo, acompañando la difícil
cimentación de su nuevo proyecto de vida. Este proceso
de recuperación significa enfrentar un pasado que les fue

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robado, construir un presente al que temen y proyectarse en
un futuro muchas veces incierto.
Agradecemos ante todo a Santiago por brindar su historia
para que otros jóvenes de su edad la tengan como referencia
útil. Igualmente agradecemos a la Universidad de Caldas
por acercarnos a esta iniciativa y brindarnos el espacio de
participar en ella. UNICEF ha querido apoyar a Santiago
para que su voz se oiga en todos los rincones de Colombia,
para que otras niñas, niños y adolescentes aprendan de
su testimonio y escuchen lo que él expresa: “la vida en la
guerrilla, aunque parezca divertida, es la decisión más dura
que usted puede escoger en este país o en este mundo”.
Es un imperativo alcanzar el cumplimiento pleno de los
derechos de los niños y niñas colombianos para que todos
puedan afirmar que nacieron para triunfar.

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Índice

Algo en común de tí y de mí en nuestra niñez 17

De la mano del Dios grande 41

La búsqueda de la libertad 57

Responsabilidad de un programa, seguridad


en Cristo 79

Reflexionando y realizando 91
Algo en común de tí y de mí
en nuestra infancia
Mi infancia

Cuenta mi hermana que cuando yo tenía más o menos


tres años mi padre se fue dejando a mi madre enferma de
cáncer en la matriz. Un año después mi madre murió, noso-
tros éramos más o menos 13 hermanos, no sé en realidad
cuántos éramos exactamente. Sin embargo nosotros, con la
muerte de mi madre nos esparcimos, dos se ahogaron en el
río Putumayo, otros los recogió una señora en esta zona,
que tenía una bomba de gasolina. El hermano menor quedó
de seis meses, el otro de dos años y yo quedé de cuatro
años. Mi hermana la menor de las dos mujeres quedó de
doce años, que a los días se ajuntó con un man. Mi hermano
de dos años lo recogió la madrina y lo tuvo algunos años;
mi hermano menor en esos días no quedó con nadie, fue mi
hermana quien lo recogió inmediatamente, a ella le tocó
raspar coca para alimentar a mi hermano, decía que a veces
le daba sólo agua de panela para poder sobrevivir. Tuve otra
hermana mayor de toda la gallada, en esas se había ido para
el Ecuador y ya tenía hijos. El que le sigue de los hermanos
mayores estuvo un buen tiempo trabajando de jornalero,
después se aburrió de trabajar y se metió a la guerrilla, don-
de alcanzó un mando en la guerrilla y después lo mataron
(la guerrilla contó que fue el ejército, pero ellos también
matan a sus mismos combatientes). Del resto de los herma-
nos, no supe de la vida de ellos. Desde allí comenzó mi
historia.

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nacido para triunfar

Después de mi madre morir, estuve viviendo unos días


con la amiga, donde ella murió, en la ciudad de Puerto Asís.
A los días llegó mi padrino de la iglesia católica a recoger-
me y llevarme a vivir con él. Mi padrino era de esos hom-
bres que fueron criados a punta de perrero, madrazos y una
vida muy estricta, de los que dicen que no hacen nada malo
porque sí lo criaron como debería ser. Al verme la amiga de
mi mamá en esas condiciones, pues antes se alegró y dejó
que me llevaran. A la semana que llegamos me matriculó y
me puso a estudiar, me compró ropa y me daba buena comi-
da, a los días me empezó a pegar muy fuerte, por cualquier
motivo, pequeño o grande (a pesar de que yo digo que esa
vida estricta me sirvió mucho). Me tocaba hacer oficios va-
rios, los que se hacen en una finca, (esa finca estaba ubicada
en las afueras de Puerto Asís). Cuando tenía vacas nos ma-
drugábamos a ordeñar, también me tocaba ayudar a hacer
mandados, en el laboratorio de coca, en ese entonces ellos
no habían erradicado sus cultivos. Y así era mi vida diaria;
pero las vidas personales de esas familias eran muy desor-
ganizadas, peleaban entre hermanos, peleaban que a veces
se marchaban y a los tiempos regresaban, la hermana de mi
padrino era mi madrina. Mi padrino tenía tres hermanos
más, dos mujeres y un hombre, el cual se llevaba mejor con
la hermana menor.
A los siete años ya había hecho hasta el tercer grado de
la primaria, era un niño muy inteligente en el estudio y era
juicioso, de todas maneras todo no era malo ni todo bueno,
hubo tiempos donde me sacaban a la ciudad de Puerto Asís.
En varias ocasiones me llevaron para donde unos familiares
que tenían en el Huila y así sucesivamente tenía mis pasei-
tos, como otras veces se iban a fiestas y me dejaban encerra-
do o durmiendo porque decían que era muy pequeño para
esas cosas.

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algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

Un día se pelearon muy fuerte los cuatro hermanos, mi


padrino, el hermano, mi madrina y la otra hermana de las
mayores, se agredieron y como dicen, se sacaron los cueros
al sol, hasta que el hermano de mi padrino le partió un bra-
zo a la hermana mayor; ya casi se mataban entre ellos; en-
tonces mi padrino decidió marcharse para el Huila, donde
tenía unos familiares. Me dijo: usted se queda con su ma-
drina, en unos días vuelvo. El mismo día me trasladé para
la casa de mi madrina que quedaba pasando un potrero de
la casa de mi padrino. Los potreros de allá eran muy boni-
tos y el pasto crece poco, en la parte donde se ubicaba la
casa de mi padrino era muy plano y en las tardes se podía
mirar cómo resplandecía el completo llano.
Después de estar unos días con mi madrina yo fui cam-
biando mucho mi forma de ser, porque casi no me pegaban
(era más cansón). Y así fueron pasando algunos días, iba a
la escuela le hacía mandados y nunca le desobedecía. Un
día cogiendo unas guayabas en un palo, hice caer al hijo de
mi madrina; era un niño de esos calladitos y muy juiciosos,
yo era el más travieso, y por supuesto estaba más grandeci-
to que el niño, mi madrina me pegó muy fuerte, que me
dieron ganas de irme de esa casa, porque ya no me apreta-
ban la rienda, como dicen, ya estaba muy resabiado.
En esos días empecé a oler gasolina, porque miraba mu-
ñequitos y porque me olvidaba de las jueteras zampadas, y
tal vez porque me perdía y no sabía lo ocurrido, necesitaba
estar en un ambiente donde nadie me dijera lo que tenía que
hacer, donde nadie me pegara que no fuera de mi misma san-
gre (cuando era más pequeñito, mis hermanos me habían en-
señado a oler gasolina, por eso tenía ese resabio a pesar de la
corta convivencia con mis hermanos; siempre compartimos
cosas que aún no logro acordarme por la corta edad que te-

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nacido para triunfar

nía, sólo les aseguro que eran los más traviesos de la re-
gión).
Mi madrina no sabía lo que hacía, pero creo que lo pre-
sentía por su forma de mirarme, y mi actitud y mi rostro
entre más días pasaban era más amarillento, e incluso era
más flaco y no me daban ganas de comer. Un día todos se
fueron y me dijeron que tenía que traer agua, leña y hacer el
oficio en la casa, después de que se fueron hice el oficio en
la casa, cargué el agua y cogí un machete y me fui a traer la
leña, estaba cortando la leña cuando se oscureció, y empezó
a tronar, de repente se vino tremenda lluvia, que se me qui-
taron las ganas de cortar leña. Decidí volarme e irme donde
nadie me molestara, me sentía tan desgraciado, pensaba que
al irme sólo se me acabaría el poco sufrimiento que había
tenido hasta ese momento. Así comencé a talar monte, pasé
por potreros, terrenos de mero lodo y cananguchales, hasta
que por fin salí a una carretera que conducía a una vereda.
Seguí caminando por aquella carretera destapada. Mojado,
embarrado y asustado de que no me encontrara nadie de los
de esa familia, tampoco me importó la dirección; seguí ca-
minando durante unas tres horas, más o menos fue lo que
duró todo el recorrido. Vestía una camisa deportiva amari-
lla, una pantaloneta blanca y botas azules, de la talla más
pequeña que un niño de ocho años puede tener. Pasó un ca-
rro por la vía contraria y me preguntó el chofer, “¿para don-
de va?” le respondí, para el pueblo, dijo: “voy al caserío y
de una vez volteo para el pueblo, si quiere súbase,” de una
vez me monté y nos fuimos. Llegamos al caserío y bajó
unas cosas y como dijo, arrancó para el pueblo de regreso.
Pasamos por el lugar donde me recogió, íbamos bien retira-
dos del lugar y en pleno cruce se varó ese carro, en esos
momentos pasaba el hermano de mi padrino en una carreti-

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algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

lla, me asusté y me hice el bobo, me agaché y él pasó por un


lado (el cruce de esas dos carreteras, conducían para dos
veredas diferentes). A los segundos prendió el carro y nos
fuimos, más fue el susto que el daño del carro, seguro tenía
el filtro de gasolina tapado, o un daño muy leve; tan pronto
llegamos al pueblo, le pedí que me dejara en una esquina,
casi no llego a la casa donde la amiga de mi madre. Al ver-
me se quedaron aterrados, pues después de tres años cómo
me había acordado de la casa, si estaba muy pequeño. Ellos
me dijeron que por qué había ido donde ellos y empecé a
contarles todo lo que me había ocurrido, antes hablé demás
y les eché toda el agua sucia a mi padrino y a toda esa fami-
lia; les dije que mi padrino no estaba y me habían pegado
mucho, la señora que estaba encargada de mí era la herma-
na de mi padrino; la amiga de mi mamá pensó, esta gente se
mira como irresponsable, sin embargo esperó que me bus-
caran para aclarar las cosas.
En esa semana llegaron varios amigos de mi madrina y
de mi padrino, me querían llevar a la fuerza, pero la seño-
ra les dijo que si me quedaba ella me cuidaría, pero que si
yo no quería, que no me llevaran a la fuerza. Ellos no in-
sistieron pero se quedaron muy decepcionados, dijeron
que habían emprendido una búsqueda enorme en toda la
vereda, me dijo un señor de los que estaban allí, que pen-
saban que el tigre me había comido. Dije para mí ¡hay que
miedo!
(Pues cuando uno está pequeño, no piensa en el peligro
y ni en lo que hace, sólo busca felicidad por donde piensa
que la hay, yo sólo quería tener libertad de jugar y de tener
amigos para hablar con ellos, ya no quería trabajar ni hacer
mandados, tampoco que me pegaran esas jueteras que a ve-

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nacido para triunfar

ces me rompían la piel, y también me iban cambiando el


corazón bueno, a uno de piedra).
El marido de la amiga de mi madre trabajaba en un
bote comerciante por el río Putumayo, me convidó porque
necesitaba un ayudante y en esa misma semana emprendi-
mos viaje. Yo le ayudaba a vender, a bajar el ancla del
bote, incluso a mermar la carga, porque mientras él mane-
jaba en su pequeño timón allá arriba, acá abajo yo me le
comía los dulces y las galletas. El recorrido era de Puerto
Asís hasta Puerto Leguízamo, que duraba más o menos
una semana bajando y semana y media subiendo, porque
subiendo el bote avanzaba menos, así continuamos hasta
llegar a una vereda por el río Putumayo, allí vivía un tío
mío de parte de papá que tenía una finca de coca y tenía
modito económico por la finca grande que tenía, en ese
entonces estaba trabajando un hermano de los mayores.
Con ese tío había vivido cuando estaba bien pequeñito y
otro hermano más, mi madre nos había llevado porque ya
no tenían como alimentarnos y cuando estaba en sus últi-
mos meses nos había llevado con ella, donde murió.
Al encontrarme con mi hermano me dijo: “no sea bobo
ayudándole a este cucho que no es nada suyo, vamos don-
de mi tío, vamos a pasar bueno, qué hace aquí encerrado”,
después de tanto me convenció y nos fuimos; el señor se
quedó muy triste con mi partida, pues ya estaba amañado
conmigo.
Llegamos donde mi tío, aprendí a raspar coca, aunque
no me tocaba tan duro me daba bastante plata y la mayor
parte del tiempo le hacía mandados.
Mi tío me llevó para Puerto Leguízamo, me presentó a
unos familiares y me dijo: “lo voy a dejar con este otro tío.
Él lo va a poner a estudiar, para que sea alguien en la vida,

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algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

y no se quede como un completo tonto que no sabe nada”,


tan pronto mi otro tío me recibió, seguí terminando mi ter-
cero de primaria, porque no tenía como probarlo. Me porté
bien unos días, mi tío me sacaba al pueblo, íbamos a dife-
rentes partes, me compró ropa, pero cuando cometía un
error me pegaba muy fuerte, con lo que encontrara; mi tío
tenía una enramada donde producía miel y panela de la
caña. Empecé a oler gasolina otra vez, mi tío tenía tres hi-
jos, uno ya estaba entre los 18 años, la hermana entre los 15
y el último entre los 7 y 8 años, a lo último olíamos gasolina
los tres, el otro ya estaba crecidito, al mayor no le podíamos
ni contar porque era muy serio y éste nos hacía cascar. Y
olíamos gasolina nosotros tres. Mi tío junto con su mujer se
empezaron a dar cuenta porque yo y mis dos primos mante-
níamos muy elevados, despistados y con los ojos rojos, sin
embargo no lograban agarrarnos en las travesuras. Nosotros
ordeñábamos, apartábamos, íbamos a la escuela, estudiába-
mos, trabajábamos en la caña, en fin, era una vida sin tiem-
po perdido.
Un día estábamos en la enramada y nos mandaron a la
casa a recoger la ropa porque iba a llover, tan pronto llegamos
recogimos la ropa y empezamos al mismo instante a oler ga-
solina; olimos tanta que se nos regó el galón y penetramos
toda la ropa de gasolina, la ropa se dañó y todo era un com-
pleto desastre. Todos tres estábamos locos, de una pensamos
en la pela que nos iban a meter, mi prima, como ya estaba
grandecita, entendía el error, sin embargo no estuvo de acuer-
do en la decisión de nosotros y no nos quiso seguir, pero no-
sotros dos, con mi primo, sí nos volamos, nos metimos tri-
llando monte, pasábamos potreros, montes e incluso chu-
quios, nosotros tratábamos de salir al pueblo más cercano.
Pasamos de todo, caños y potreros y no había nada que nos

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nacido para triunfar

detuviera, incluso el miedo a los demonios que en esa edad


eran muy cotidiano pensar en espantos; de comida comimos
muchas guayabas y coquillos; a pesar de nuestra poca edad
no nos daba miedo, además por esos lados habían fincas y no
nos daba tantos nervios; la primera noche amanecimos en un
pajal grandote, al día siguiente seguimos caminando, mi pri-
mo era como un año menor que yo, pero no era tan sufrido
como yo. Yo era el diablo pequeño, no me daba miedo de
nada y sabía muchas cosas y mañas a pesar de mi corta edad;
mi primo lloraba pidiendo a su mamá, yo le decía que eso no
era nada para consolarlo. En ese segundo día seguimos cami-
nando hasta el atardecer, nos encontramos un río que nos
obligó a buscar un puente, buscamos la orilla de la carretera
no nos dejamos ver y esperamos que anocheciera para poder
pasar. Ese sitio le llamaban “El Bufeo”, nosotros nos queda-
mos dormidos al lado de la carretera pero escondidos en un
montecito; cuando despertamos unos niños se acercaban ha-
cia nosotros por la orilla del río pescando, al vernos en aquel
rastrojo se asustaron y salieron corriendo y llamaron a su pa-
dre, el señor salió con perros, machetes y nos preguntó que
qué hacíamos en aquel lugar, nosotros respondimos que está-
bamos perdidos de nuestros padres y de nuestra finca; yo era
el encargado de hablar en esos casos y le decía a mi primo
que me siguiera la corriente, o incluso le decía lo que tenía
que decir. El señor nos invitó a entrar a aquella caseta, nos
dio ropa limpia y nos alimentó, nos puso a dormir en la sala
de aquella caseta; cuando amaneció nos sirvieron los desayu-
nos, cuando estábamos en pleno desayuno, pasó la mujer de
mi tío diciendo: “se buscan a dos niños”, el señor dijo: “alís-
tense porque ya los encontraron”, nos montó en la moto y
alcanzó a aquel carro en unos minutos, iba muy asustado, me
imaginaba la pela que me iban a meter. Cuando llegamos nos

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algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

estaba esperando mi tío con una manila y nos pegó severa


pela, así pasaron dos días más; estábamos en la enramada y
me dio por coger una pila de reloj y lamerla con la puntita de
la lengua, me cogió la mujer de mi tío y me dio una pela por
eso nomás, al atardecer me mandaron a apartar los terneros,
no se querían dejar apartar; les gritaba que me ayudaran, pero
ninguno salía, al mirar de que nadie aparecía, decidí volarme,
irme muy lejos pero esta vez que nadie me encontrara.
Seguí por el mismo trecho que había cogido con mi pri-
mo, caminé y caminé ese resto de tarde, me cogió la noche
en el kilómetro 12; esa noche casi me comen los zancudos
y a las cinco y media de la mañana seguí el camino, llegué
a ese río que me había impedido cruzar con mi primo, me
dije “esta vez nada me lo impide”, busqué el lado más an-
gosto y me lo crucé nadando, al atardecer llegué al pueblo,
embarrado y con hambre. Como a las cinco de la tarde es-
tando en el mero centro miré a la mujer de mi tío recolec-
tando una plata con un señor, la esquivé y me fui al puerto
que quedaba cerca a bañarme en el río, se anocheció y bus-
qué el parque principal, sentía mucha hambre pero me daba
pena pedir comida, era tarde de la noche y me dio por arri-
marme a una señora que estaba acabando de vender sus
empanadas y todo eso de comidas rápidas, ella me pregun-
tó, –“¿por qué no se ha ido a dormir?” Yo le respondí, –
“no tengo dónde dormir”. Ella me dijo: –“quédese unos
minuticos más conmigo y lo llevo para mi casa a dormir”.
No respondí nada pero le hice un gesto de sonrisa, después
como a las 4 de la mañana empezó a recoger la caseta y
nos fuimos, al llegar a la casa de ella me dio caldo con
empanadas, me preguntaron el nombre y les dije: –“me
llamo Juan”, como no tenía papeles nadie comprobaba mi
nombre, mis tíos tampoco me llamaban por el nombre, me

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nacido para triunfar

decían un apodo que me había colocado mi padre cuando


era un bebé, condorito.
Al otro día por la tarde me dijeron que me iban a llevar
para la finquita de ellos, tan pronto amaneció me montó el
señor de la casa en una moto viejita y nos fuimos pasando
kilómetros hasta el kilómetro doce, y nos metimos vereda
adentro, por un momento pensaba que él vivía cerca don-
de mi tío, pero cuando empezamos a meternos por las
montañas sentía como si estuviera en otro mundo, pensaba
entre mí, por fin se acabaron las jueteras de mi tío.
Al llegar, el señor me presentó los hijos de él, porque
también tenía varios hijos se quedó ese fin de semana con
nosotros y después nos dejó solos, como a cinco hijos de él
y yo, así pasamos varios días, salíamos a cacería, íbamos a
pescar para conseguir gran parte de los alimentos pues lo
único que había siempre en la casa de comida era manteca
de vaca, arroz y una que otra panela, el resto de comida era
muy escasa. Después comenzó a ir muy constante el señor;
y además era un ladrón muy reconocido, salía a la hacienda
de enseguida y se les robaba las vacas, las despresaba y las
salía a vender al pueblo, incluso me tocó varias veces cargar
carne ajena o echar al potrero vacas que no eran de él, a ve-
ces aguantábamos hambre, como a veces comíamos dema-
siado.
Un día nos fuimos a coger unas papayas a la hacienda de
enseguida con la hija del señor, esa noche antes le había he-
cho el amor de una forma muy extraña a la muchacha, en-
tonces al estar bajo un palo se me desnudó y me dijo que le
hiciera lo que le había hecho esa noche y no quise; por eso
al llegar a la casa me pegó una pela con un garrote; ya esta-
ba ofendido, en esas pasó un vecino que dijo: “hola regála-

28
algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

me a Juancho, usted tiene muchos hijos, además Juancho


no es hijo suyo”, y él le dijo que no, con una sonrisa de des-
agrado.En ese entonces tenía diez años.
Esa semana por estar haciendo bulla el señor me pegó un
planazo por la espalda y decidí irme; sin embargo ellos no
me detuvieron ni me dijeron nada. Saliendo por la vereda
me encontré al señor que me había pedido, me preguntó,
“¿para donde vas?” Le dije me pegaron y no sé para donde
voy, me llevó para su casa después de llegar, me dejó dor-
mir en una pieza muy pequeña y calorosita; después, al otro
día, me midió la talla de la ropa y zapatos y salió al pueblo
y me montó de calzado y vestido, lo que no hizo el otro se-
ñor; el señor que me recogió, vivía con su esposa, tenía su
esposa y vivían los dos solos.
Me sacaban a todos lados pero a las veredas cercanas,
hasta que un día me sacó al pueblo, arrimamos a una tienda
y le dijo al dueño, “vea le presento a mi hijo, Juancho”. Me
quedó mirando y dijo: “yo lo he visto, él tiene familia en el
kilómetro ocho y a él le dicen Condorito, ese chino es malo
y travieso”; para mejor decir me hizo quedar como mosco
en la sopa, el señor empezó a desconfiar de mí, fue y averi-
guó y se dio cuenta de la verdad; el señor me convidaba
para donde mi tío, pero yo no le salía y me le hacia el bobo,
un día empezó a regañarme y a joder de mucho, decidí mar-
charme; apenas el señor se fue a hacer un mandado me fui
y la señora no dijo nada pero me deseó mucha suerte, cogí
rumbo donde un señor que necesitaba un ayudante, iba en-
tre las casas del caserío cuando salió una señora y me pre-
guntó que para donde iba, yo le dije que iba a buscar a don
Luís, ella respondió: “don Luís vive a tres horas de aquí y
usted no conoce, en esos montes se lo comen los tigres”, le
comenté lo que había pasado con el señor que había estado

29
nacido para triunfar

viviendo ahora último, ella se fue a hablar con el marido


para que me dejara vivir con ellos, ella rogó tanto que hasta
peliaron, pero al fin el señor se decidió a que me quedara;
ellos eran boyacos, un día se fueron para Tunja, a pasear
donde unos familiares, me quedé con una pareja, recién
enamorados, eran un poco locos, y mantenían tomando gua-
rapo de cascara de piña, hasta me hicieron pegar mi primera
rasca con guarapo, típico de los boyacos.
La pareja era familiar de aquella familia pero vivían un
poco retirados de la finca, sólo le hacian el favor de cuidar-
la. Al llegar ellos de Tunja se pusieron muy disgustados
conmigo, ellos me dijeron que no querían que me volviera
borrachín, de todos modos querían algo bueno para mí.
Después de unos días de estar en esa casa el señor se me
acercó y me dijo: “usted ya tiene sus ocho años cumplidos,
ya está para que se ponga juicioso, yo le conseguí un traba-
jo en una hacienda donde le van a pagar y tienes que portar-
te juicioso, a hacer todo lo que te manden; vaya y no me
hagas quedar mal, porque lo dejé muy bien recomendado”;
tan pronto tuvimos esa conversación no tardó mucho y me
llevó para aquella hacienda, que quedaba llegando cerca de
la ciudad.
Me tocó algo durito, en esa hacienda todos los trabajado-
res trabajaban las mismas horas del día, aunque había mo-
mentos que me dejaban descansar porque yo no podia tra-
bajar al ritmo de ellos, a las dos de la mañana tenía que estar
de pié ordeñando con los demás vaqueros, las vacas me co-
rreteaban, incluso un día una vaca me sacó del corral de un
cachazo; después de ordeñar salíamos a hacer oficios varios
en la hacienda, después a apartar los terneros, o acercar los
portillos rotos, en fin el trabajo era algo durito por la maña-

30
algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

na, por la tarde era más suave, pero a mi me parecía duro


porque era pequeño y no estaba enseñado a trabajos de
grandes. Así pasó un mes, nos pagaron durante ese mes y no
sabía qué hacer con la plata, como ya había hecho algunas
amistades, salimos a gastarnos los ochenta de la mensuali-
dad, claro los ochenta eran míos porque los demás sí lleva-
ban plata de la buena, o sea si le pagaban buen sueldo. Es-
tando en el pueblo un amigo de la hacienda me invitó a la
casa de la familia de él, nos tomamos algunas cervezas, yo
me pegué la segunda rasca con tres cervecitas.
El administrador de la hacienda era un man de piel oscu-
ra. Él tenía otro hermano trabajando en otra finca, yo decidí
salirme de esa hacienda porque me tocaba algo durito, en-
tonces el negrito me convidó para donde el hermano. Pero
unos días antes me dejaron ayudándole a la madre de ellos;
ella trabajaba en lavandería y oficios varios, duré unos días
bañándome en el río mientras ella lavaba, mas sin embargo
me daba la comida. Después ya me distinguían muy bien y
quería quedarme con la mamá del administrador, pero un
día bajó el hermano del negrito y me dijo que le ayudara en
la finca que él administraba, yo acepté y me llevó.
Después de unos días el dueño ya de distinguirme bien
tomó muy a pecho mi vida y decía que yo era un hijo más.
Él me dijo que me iba a poner a estudiar y me metió a un
internado en el kilómetro ocho, cerca donde vivía mi tío,
pues al fin de tanto dar vueltas por todos lados de todo el
sector sur del departamento, había llegado otra vez cerca de
mi tío. Los primeros días que estuve en el internado no fui
a visitar a mi tío, después me atreví a ir una tarde y no me
dijo nada ni me regañó ni nada, pero tampoco estaba intere-
sado en tenerme, ni mucho menos en dejarme jugar con mis
primos, yo creo que pensaba en los problemas que le había

31
nacido para triunfar

traído y le daba era lastima al verme.


El señor dueño de la finca que el hermano del negrito
administraba era un ecuatoriano muy chévere. Era dueño de
una cacharrería en Puerto Leguízamo y otra en la Tagua y
tenía su finquita, era muy buena gente, me dio desde que
llegué en qué dormir, hasta buena ropa, después de que salía
del internado me llevaba todo el fin de semana a las cacha-
rrerías, pasaba con la familia de él y ya empezaba a tener
una familia nueva, ya la empezaba a aceptar, la familia se
componía por la mujer, el hijo, las nietas y la nuera. A mí
me gustaba mucho la nieta del señor ecuatoriano, decía que
ella iba a hacer mi mujer cuando fuera más grande, mas el
señor ecuatoriano por vernos a ver qué hacíamos nos po-
nían a dormir juntos, a lo último parecíamos dos hermanitos
y ya sólo me gustaba jugar con ella (pienso en aquello y me
da tristeza saber que uno tiene sueños lindos cuando está
niño y que los tiene hasta este momento, sólo que ya no se
vale uno de tantas ilusiones, ¡sólo sueño lo real!). Estaba
terminando mi tercer grado de la primaria, esa fecha ya era
como un noviembre; no me gustó vivir con el señor ecuato-
riano, porque quedaba mi tío muy cerca, al otro lado del
caserío, entonces me aburrí muy ligero y decidí irme, me
dio un arrebato de un momento a otro. Y cogí todo lo que
me había regalado el señor ecuatoriano, colchón, ropa, ma-
letas, en fin, todo. Cogí directo para Puerto Leguízamo y
estando allá me dirigí para la bomba de gasolina donde me
encontré con mis hermanos, quienes no esperaban esa visita
tan oportuna; descargamos las cosas y me dejaron quedar
allí, mas la señora me dijo que no me podía quedar allí por-
que ya tenía a dos de mis hermanos y con tres las cosas se
podrían empeorar, ¡seguro! ya sabía que yo era tremendo,
en esas la señora de la bomba se fue de viaje y mis herma-

32
algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

nos se quedaron solos, donde aproveché la situación para


arrimarme y ellos al ver que no tenía donde quedarme me
dejaron dormir con ellos y me dieron comida por varios
días; mis hermanos ya estaban en edad mayorcita, estaba el
menor entre 16 y el otro entre los 18 años, estaban ya termi-
nando su bachiller, los miraba y me daba envidia pero no
demostraba nada, pero la envidia era que ellos tenían lo que
yo estaba buscando y no había encontrado; alguien que ve-
lara por mí, con amor y que no me usaran como una herra-
mienta de trabajo.
Mis hermanos subieron a Puerto, otra ciudad río arriba por
una semana; en esas se encontraron con mi hermana y le con-
taron mi historia, también le dijeron donde estaba yo, apenas
se dio cuenta de mi situación, bajó.
Cuando la vi era una mujer adulta y tenía un hijo llama-
do Juancho. No sabía que tenía un sobrino, siendo yo tan
joven. Al otro día arreglamos y nos subimos para el Puerto
(me acuerdo mucho de ese viaje porque el señor ecuatoria-
no me había regalado una maleta parecida a la de don Ba-
rriga, entonces mi hermana se me burlaba).
Después de llegar a Puerto arrimamos donde la amiga de
mi madre (esa era como la residencia de nosotros, además
ella nos quería mucho). Volví y me encontré al señor con el
que había navegado, me dijo que lo había dejado muy tris-
te, yo no decía nada de los errores que había cometido, sólo
callaba; al otro día cogimos rumbo a la vereda donde vivía
mi hermana, que quedaba más o menos a tres horas del pue-
blo; llegamos y mi cuñado era el administrador de la finca
y la finca era del hermano, en ese tiempo estaba en abun-
dante cosecha, los trabajadores eran más o menos 50 los
meros raspachines, fuera de los del laboratorio que eran un

33
nacido para triunfar

poco; comencé a trabajar desde esa vez, a raspar coca en esa


finca, después me empecé a ir a otras fincas por los alrede-
dores y a recorrer territorios, así me fui alejando más y más;
el sueldo era lo que raspara, de igual siempre me rendía y
ganaba buen sueldo. Después me fui para el Valle del Gua-
múes, estuve varias cosechas, siempre me iba con personas
desconocidas y así llegaba muy lejos, en esos días mataban
mucha gente los paramilitares, pero a mí no me hacían nada
por la corta edad: bajaba a Puerto Asís, me quedaba donde
la amiga de mi madre, también iba donde mi hermana, me
quedaba unos días; tomaba trago a la lata, fumaba marihua-
na ventiada, salía a los bares, empecé a irme lejos. Estaba
unos días pasando las cosechas de café, en el Huila, donde
unos amigos que parecían familiares, me apreciaban mu-
chísimo. Me iba para donde mi tío a la vereda por el río
Putumayo, por Puerto Leguízamo, pasaba un buen tiempo y
subía, bajaba, en fin recorrí muchos terrenos.
Un día estando en la vereda donde mi tío por el río Putu-
mayo me metí a un bar con la mujer más bonita de ese lu-
gar, después de estar con ella pues me sentí satisfecho y
pasé como una semana contento y dejé de ir una semana
más, cuando al pasar unos 15 días me di cuenta de que me
había enfermado de una enfermedad venérea, me alivié por
medio de unos amigos que me ayudaron a conseguir los
medicamentos en un puesto de salud cercano; dejé de me-
terme a esos bares mucho tiempo.
Mi tío se había peleado con su propia mujer y hacía
tiempo se había separado, por lo tanto la ex-mujer de mi tío
vivía en el Ecuador con otro señor; en esos días llegó la mu-
jer del Ecuador y me convidó a vivir con ella en el Ecuador
y acepté, tan pronto pasó ese resto de semana emprendimos
viaje. El viaje duraba más o menos tres días hasta Guaya-

34
algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

quil en autobús; la ex-mujer de mi tío vivía con un ecuato-


riano y su hija de parte de mi tío (mi prima). Tan pronto
llegamos me tocó hacer oficios, lo normal de una casa (lo
que más recuerdo de esa experiencia es a los ecuatorianos,
que me decían recochando colombiano chuchatumadre y
todo eso de grosería, eran muy chistosos); un día sacando
unas rocas donde ellos estaban construyendo una casa, me
encontré un dólar y de repente lo cambie y se lo metí a las
maquinitas y me saqué cinco dólares, después se me acaba-
ron y como no encontré monedas, pues seguí sacando de la
pequeña tienda que tenía la ex-mujer de mi tío.
Como no había tenido mucho tiempo para divertirme eso
me parecía espectacular, ellos se dieron cuenta, se empeza-
ron a aburrir conmigo, me invitaban a salir y yo no salía por
quedarme mirando muñequitos, sólo una vez los acompañe
al estadio a mirar a jugar el Barcelona. De pronto me dijo la
ex-mujer de mi tío, “usted así como va no se arregla, lo va-
mos a llevar de vuelta para Colombia”, ellos me estaban
sacando papeles nuevos, me iban a poner a estudiar pero
nunca aproveché las oportunidades.
(Tal vez por mi corta edad, tenía más o menos 10 años y
me faltaba mucho por aprender, ahora pienso que esa no era
la oportunidad que Dios tenía para mí).
Tan pronto llegamos a Colombia me puse otra vez a
raspar coca, mi primo hijo también de mi tío me dio traba-
jo en su finca y trabajé; trabajaba durante toda la cosecha
y cuando se acababan las cosechas me iba para otro lugar
a trabajar, al día o al jornal, que es lo mismo; olía gasolina,
me trababa cuando estaba solo en los cultivos, pescaba en
el río Putumayo, a veces le ayudaba en la finca a mi tío.
Un día salí de echarme un baño del río y por no ensuciar-

35
nacido para triunfar

me salté hacia un tablón, cuando caí ese tenía un punti-


llón, que tres milímetros más largo me cruza todo el pie
por debajo de la planta hasta el empeine, eso fue algo te-
rrible, duré como dos meses para alentarme; tan pronto me
sané del pie caí en cama una semana de paludismo, tan
pronto me aplicaron el antivirus saqué lo que había traba-
jado antes, apenas cobré lo que había trabajado subí para
el Puerto.
Estando en el Puerto, trabajé unos días en una vereda en
las afueras del pueblo, donde mi hermana; era muy bueno
para jugar billar pool, entones andaba mucho con pelaos
vagos, ¡iguales a mí!. Un día nos metimos a una tienda, ha-
cía varios días que no la abrían, robamos de todo lo que
puede haber en una tienda, la guerrilla nos detuvo y nos
hizo entregar varias cosas y el resto nos tocó que pagarlo.
Tan pronto me salí de ese enredo, un amigo me convidó
para el Tolima, él iba a visitar a su familia que hacía tiempo
no la veía, el viaje duró varias horas hasta llegar a ese de-
partamento, tan pronto llegamos me la presentó, estuvimos
una semana en la casa de la familia de él mientras recorría-
mos diferentes lugares, él tenía una tía en el campo (porque
llegamos al pueblo), que tenía una finca en una vereda a
unas horas del lugar donde habíamos llegado. Mi compañe-
ro habló con su tía y me dieron trabajito, lo único era que el
sueldo era muy barato; trabajé dos meses, aprendí a rayar
amapola y a fortalecer más mi trabajo en el campo, pero yo
trabajaba más en lo que es ganadería, el mes me los pagó a
40.000 y eso era muy barato, pues ya estaba enseñado a ga-
narme mis pesitos; el señor tenía un revólver calibre 32, un
día saqué ese fierro y le quemé un tiro a un trabajador, pero
como iba lejos no lo alcanzó a escuchar, ya que estaba en
clima frío y parte montañosa, no pasó nada; me regresé para

36
algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

el Huila, donde trabajé una semana y les dije a los amigos


que tenia un revólver en una vereda del Tolima, que lo ha-
bía comprado por lo que valía, era una suma alta. Me hice
el pasaje de ida y de vuelta, llegué otra vez al pueblo, me fui
para la vereda en horas de la tarde, me encontré al señor y
me dijo, que qué me había traído hasta este lugar, le mentí
diciendo que venía acompañando a un amigo, pero que por
la tarde me devolvía, entonces que había ido hasta allí por-
que no me olvidaba de los viejos amigos, me dijo: “espére-
me salgo a traer una amapola al filo, entre y me espera”, yo
le dije, “¡claro!”, el señor estaba sólo en la casa y los traba-
jadores estaban trabajando, apenas se fue por la amapola,
me metí a la casa, saqué el fierro con las ocho balas de la
caja, más las del tambor y salí corriendo, bajé hasta el pue-
blo a pie; llegué más o menos a las diez de la noche, me
quedé donde un amigo que había conseguido en el transcur-
so del primer viaje y le dije que me habían mandado a pasar
el fierro hasta Ibagué, el man ese me empacó el fierro en
unos limones y cogí el carro rápido desde el pueblo hasta
Ibagué, la capital del Departamento, y de Ibagué hasta Nei-
va, otra ciudad ya en el sur. Del pueblo no salían mucho
hasta el Huila, entonces me fui hasta esa ciudad, en Neiva
un ladrón me iba a robar los limones, yo intenté rasgarlos
para sacar el fierro, pero no se me acercó más, de pronto
pasó un bus para la parte que iba, y me fui, tan de buenas
que no hubo ese día ningún retén del ejercito. Llegué a la
vereda y no lo podía creer, mi plan había funcionado (ese
fue el robo más grande que hice en mi vida con gran astu-
cia).
Ese fin de semana había una fiesta en el casco de la vere-
da donde estaba trabajando, asistí con el fierro, me pegué
una rasca pero buena, quemé unos tiros cuando estaba bo-

37
nacido para triunfar

rracho, allí probé finura por primera vez, al otro día vendí el
fierro, sólo se me ocurrió salir para la ciudad donde nací; el
comprador del fierro no me dio más que 100.000 porque no
tenía más plata, los acepté y con eso tuve para llegar hasta
mi destino. Cuando regresé, mi hermana ya no vivía en la
vereda cercana del pueblo, se había ido a vivir más adentro
por el río a unas cinco horas del pueblo por trocha, estuve
donde mi hermana (ya no manejaban plata como antes, ape-
nas la finquita les iba a empezar a dar, eran no más dos hec-
táreas).
Trabajé por los alrededores unos días, conseguí un tra-
bajo donde un vecino, era un pastusito; pues apenas se aca-
bó la cosecha me quedé de estable, el tenía una hija muy
bonita, un hijo, el más mayor y la mujer María y dos niños
más, tenían una finca en el departamento de Nariño; y así
estuve varias cosechas. En Nariño hice muchos amigos y
gente conocida al igual de las otras partes que había anda-
do, después de estar unos días en la finca del Puerto con
aquel patrón en el Putumayo, se tuvo que ir para la finca de
Nariño, y nos quedamos la muchacha, el hermano y yo. El
pastuso o el patrón se fue más o menos por tres semanas, y
yo con el hijo abonábamos la finca, la hija era la cocinera de
nosotros, después de una semana se acabaron los abonos y
el hermano de la muchacha se fue para el pueblo a conse-
guirlos; él se demoraba dos días, pero como no consiguió
unos abonos se quedó tres días más en el pueblo, en esas
aproveché con la muchacha, para estar con ella, estuvimos
e hicimos de todo, desde esa vez no me he vuelto a sentir
tan feliz como en esos días de oportunidades. Después de
dos días pasó la guerrilla diciendo que todos los que eran
trabajadores tenían que salir a una reunión en el casco o el
caserío de la vereda; estando en la reunión me acordé que la

38
algo en común de tí y de mí en nuestra niñez

había embarrado en el Tolima, y que no demoraba encon-


trarme al amigo que me llevó para que yo saliera adelante,
y lo único que había hecho era embarrarla y por eso si me
mataba la guerrilla, también pensé, que había sufrido mu-
cho, que lo único bueno que había tenido en mi vida era lo
que había pasado con la muchacha esa semana, en fin me
acordé de lo bueno y lo malo, se me ocurrió decirle a un
amigo que había estado con la muchacha, me dijo que yo
era un hombre afortunado y después le dije que me iba a
meter a la guerrilla, me dijo: “no sea huevón... eso es para
los bobos”, yo le dije que ya había estado en la guerrilla
antes; dije para mí, ahora sí metí la pata contándole todo a
este man.

39
De la mano del Dios grande
La guerrilla un ejército que “defien-
de al pueblo” y mi experiencia en ella

Supuestamente defienden al pueblo; pero sólo si no lo destru-


yen, no maten a la gente, si no son terroristas y no trafiquen
con cultivos ilícitos, se merecen que reciban ese nombre

Acabando la reunión de la vereda se despidieron y co-


gieron por la carretera destapada, yo les miraba las armas y
decía, ¡qué dicha tener un fusil de esos! y me fui detrás de
ellos; seguí muy lento detrás de ellos, de pronto me le arri-
mé al de la cola y le dije que cómo era eso, el guerrillero me
respondió que era bueno, que como todo momentos buenos
y malos y de pronto saqué el valor y le dije que me quería
ir con ellos. Mi edad en este momento era doce años. De
una el tipo ese pegó un grito y le dijo al comandante, “mi
comandante, una novedad”, entonces le explicó mi caso,
se me acercó el comandante y me dijo, “¿se quiere ir con
nosotros?” yo le dije “sí”, me preguntó “¿por qué?” le dije,
“no tengo familia, estoy aburrido de estar sólo y quiero ser
importante”, entonces dijo, “¡es que usted esta muy peque-
ñito mano!”, de pronto dijo una guerrillera que estaba al
lado del comandante, “en el campamento tenemos uno de
ocho años”, entonces dijo: “usted está resignado a aguantar
hambre, frío, dolores, regaños, sanciones, madrazos, matar,
mejor dicho todo lo malo que puede existir en este mun-
do”, yo un poco nervioso por dentro, le dije “sí”. Me dijo,
“bienvenido... encontró una familia grandecita”, me dijo;

43
nacido para triunfar

“qué armas sabe manejar, le dije revolver y escopeta, me


dijo “bien, vaya donde está trabajando y saque dos mudas
de ropa buenas que tenga, y una sábana y un bolso mediano,
lo espero en el cruce del río”, les dije: “¡claro!”
Cuando iba para la casa donde estaba trabajando me en-
contré un patrón donde había trabajado antes en la finca de
él, me dijo: “qué, me va a ayudar a coger hoja de coca esta
semana”, le dije no, me preguntó: “¿por qué?”, le dije “me
acabé de meter a la guerrilla”, me dijo: “¡qué has hecho
hijo! Dígales que no...” Le dije: “ya les di mi palabra”.
Estando en la casa donde yo trabajaba empecé a sacar
mis cosas antes de que alguien me detuviera; después de
empacar todo lo necesario y lo que me había ordenado el
comandante, me fui para aquel camino de la orilla del río
donde acordamos encontrarnos; estaba un poco tembloro-
so, tenía tanto miedo que pensé en no presentarme en ese
lugar, pero cuando los escuché venir dije entre mí, ya, eso
fue todo, nos vamos y listo, esperar a que pase lo que sea.
Llegaron muy lentamente y me dijeron todos al mismo tiem-
po, “huuuy... tenía ganas de meterse a la guerrilla”, yo les
dije: “más o menos”.
Cruzamos el río más grande del lugar donde habitaba en
esos momentos, ese día ya estaba en las horas de la tarde y
nos arrimamos a una casa abandonada donde descargamos
e íbamos a pasar toda la tarde según el comandante. Yo te-
nía una plata y nos dieron permiso de ir con otros guerri-
lleros a mecatear a una tienda; después, cuando bajamos
estaban unos manes más, y allí encontré a un amigo con el
que metía marihuana y me dijo en voz alta, gusto de que
estés aquí, en este lugar está más seguro que en la civil, lo
único es que no podemos meter marihuanita y soltó una risa
muy recochera; ya me iba sintiendo como en familia, como

44
de la mano del Dios grande

me lo había dicho el comandante. Después de anochecer


nos vimos el noticiero en una casa de familia en la orilla del
río, después el comandante me mandó a llamar a los otros
que estaban prestando la guardia a unos metros del lugar
donde estábamos, a que se arrimaran para cambiar de turno;
lo único que sentía en esos momentos de diferente, era la
voz del comandante que todo lo tenía que hacer. Después
nos acostamos a dormir, nos tocó que dormir en parejas,
tan pronto amaneció nos alistamos y nos montamos en un
bote y bajamos unas dos horas en el bote hasta llegar a un
pequeño campamento que tenían ellos a la orilla del río,
apenas nos bajamos del bote miré a un guerrillero prestan-
do la guardia, me acerqué hacia él, me quedé sorprendido;
era otro amigo que había estado raspando coca conmigo,
me dijo: “mucho gusto, ya se está creciendo la familia; ¿y
sabes, qué es esto?, ¡Le dije “qué…”!, me mostró su distin-
tivo y decía, FARC EP. Yo estaba sorprendido, por ratos se
me iban los nervios y comenzaba una alegría agónica en mi
ser, esa alegría era porque ya estaba en un grupo terroris-
ta, de los más nombrados del mundo y los más bravos de
nuestro país, pero era agónica porque ya sabía que tarde o
temprano tendría que morir por esa causa.
De pronto nos llamaron para recibir instrucciones y des-
cargar equipos, descargué el bolso, nos llamaron a recibir
la dotación personal, peinilla, vasija, camisas, talcos, en fin
de todo lo que allá se utiliza; recibieron todos la dotación y
nos llamaron a un pequeño campo de entrenamiento y nos
pusieron a hacer ejercicios un buen rato, de toda clase de
calentamiento, después de estar formados nos dijeron que
el arma nos las teníamos que ganar a punta de trabajo y la
recibíamos después del entrenamiento que duraba tres me-
ses, que fuéramos pensando un nombre de guerra porque

45
nacido para triunfar

nadie en la guerrilla podía tener su nombre propio, también


nos recordó a nosotros que éramos de las milicias bolivaria-
nas, que teníamos que ser mejores para ir ascendiendo, para
llegar a ser de las fuerzas especiales. Seguimos esa semana,
todo el mundo tenía un movimiento constante; unos lim-
piaban otros en la rancha (cocina), otros haciendo chontos
(baños), en fin, trabajo constante, me parecía tan fácil, dije:
“si así es esto, de saberlo antes, ya estuviera aquí hace rato”.
En ese mismo mes tuvimos varias salidas, entre esas sali-
mos a una vereda, ya nos faltaba más o menos un kilómetro
cuando el comandante recibió una llamada, que el ejército
estaba en el caserío, entonces el comandante me mandó a
mí para que los identificara, si eran los de nosotros o eran
los soldados, yo no me cambiaba por nadie pues para mí era
la primera misión sólo, me mandó en un caballo de un man
que pasaba en esos momentos.
Llegué al caserío y miré a aquellos hombres que pare-
cían soldados, miré sus distintivos y decía FARC EP en-
tonces compré unas bananas y me regresé a donde estaba el
comandante y les dije que eran de los nuestros; llegamos al
caserío y se presentaron, eso sí estaban armados hasta los
dientes, eran de las fuerzas especiales, mas nosotros meras
armas cortas y yo cargaba una pistola 7-65 prestada, que
cuando regresáramos al campamento la tenía que devolver,
y así pasamos esa mañana, sólo habíamos salido a mirar
que todo marchara bien y para que fuéramos entendiendo
lo que realmente hace la guerrilla. Llegamos al atardecer
al campamento, cuando íbamos de regreso, la gente de las
casas cada que me miraban se quedaban como pensativos
o aterrados de verme tan pequeño, tal vez, o por otra cosa;
después de estar en el campamento nos dijo el comandante,
¡ahora si nos vamos para el campamento! Nos alistamos

46
de la mano del Dios grande

ese resto de noche, empacamos todo lo que nos habían do-


tado, más las cosas que habíamos llevado de nuestras casas
y al otro día muy temprano trajeron varios botes a motor
y nos fuimos. Cruzamos del río mediano al río principal
del Departamento; después de salir al río principal nave-
gamos dos horas más abajo, nos metimos por otro río igual
de grande al que estaba ubicado el primer campamento y
seguimos. Nosotros los nuevos íbamos bien vestidos y re-
cochando; pues qué viaje tan bueno, paseando en botes y
conociendo lugares, ya cuando íbamos bien adentro en la
selva, nos dijo el comandante, “qué creyeron que los traji-
mos a pasear... Acá van a mirar a sus madres con cacho y
con cola”. Creo que me puse de unos mil colores, la verdad
me asusté muchísimo, pero me relajé e hice como si nada
hubiera pasado, como también creo que sintieron lo mismo
los demás compañeros, porque todos los que íbamos allí,
no llevaban más de dos meses de estar en el grupo.
Llegamos a una pequeña finca y nos hicieron bajar de
los botes, donde nos dieron tinto a todos, porque comenzó
a caer un aguacero terrible y estaba haciendo bastante frío,
miré alrededor y todo el potrero estaba lleno de guerrilla,
de las fuerzas especiales, nos dijeron a todos los nuevos
que bienvenidos y allí se pegaron unos de esos con noso-
tros, seguimos unas dos horas más, en esas se agarró un
aguacero con tormenta bien terrible, de pronto llegamos al
campamento y nos pusieron a hacer caletas para poder dor-
mir porque éramos muchos; apenas acabamos nos dijeron,
por hoy vamos a descansar, nos tocó dormir en parejas,
cuando a las tres de la mañana sonó un pito, con silba-
tos que sonaron en tres repetidas ocasiones, todo el mundo
desarmaba sus caletas y armaban sus equipos, entonces el
compañero mío me dijo: “parece socio que aquí no esta-

47
nacido para triunfar

mos en la civil, ¿qué pensó socio que aquí venimos a ju-


gar?”, nos hicieron formar (en ese campamento había per-
sonas desde los ocho años hasta los cincuenta); ese día por
ser el primer día y como habían más nuevos nos pusieron
a leer libros revolucionarios para que entendiéramos por
qué era que nos alistábamos como combatientes, después
de que nos explicaran las reglas y qué era lo que íbamos a
hacer; después, a las seis de la mañana recibimos el desa-
yuno, nos hicieron hacer un fusil de palo bien hechecito y
nos llevaron al campo de entrenamiento, entrenamos en un
severo barrial y después en las horas de la tarde nos for-
maron de nuevo, y nos recordaron otra vez las normas, nos
explicaron las reglas de cómo sancionaban, qué teníamos
que hacer y todo eso; por el momento habían dos coman-
dantes importantes de la fuerzas especiales más el instruc-
tor de entrenamiento, el resto eran meros combatientes de
las fuerzas especiales, más nosotros los nuevos que venía-
mos de las milicias bolivarianas también nos tocaba prestar
la guardia al campamento y al que estaba detenido. Por el
momento tenían sólo un detenido, lo tenían bien amarrado
con un cordel en la nuca más dos cadenas en cada canilla;
cuando estábamos cuidando al detenido recibíamos el fusil
k-47 y después del turno lo pasaba al siguiente guardia, la
primera vez que cogí el fusil me sentía grande de tener un
fusil que pegaba a una aproximación de mil metros, mien-
tras que uno prestaba la guardia el relevante pasaba cada
quince minutos para ver cómo iba todo (Los guardias y
relevantes son los responsables de las vidas de todos los
del campamento, por eso si uno comete un error y si se lo
han advertido lo pueden sancionar drásticamente o incluso
lo pueden matar).
Después del turno de la guardia pasaba a la rancha, des-
pués al campo de entrenamiento, los ejercicios eran casi si-

48
de la mano del Dios grande

milares a los de las fuerzas especiales, sólo que no era todo


el día y casi toda la noche entrenando, así duramos más o
menos unos dos meses, los nuevos ya nos estábamos acos-
tumbrando al trote; ya no éramos tan novatos y llegaban
entre más días más nuevos y no faltaba el sancionado, el
bobo que se hiciera castigar por cualquier cosa; por lo me-
nos las sanciones que recibí durante todo el entrenamiento
fueron muy normales pues me destacaba por ser un buen
guerrillero, nunca hablaba mal de los compañeros, obede-
cía las órdenes de mis superiores, siempre era constante mi
movimiento y nunca me rendía fácil, a pesar de mi corta
edad, sólo me castigaron en varias ocasiones por no poder
hacer las cosas bien, por no cumplir en determinado tiempo
las órdenes, o cuando se me haumaba la comida. Dos días
antes de partir del campamento un amigo estaba limpiando
una metra hechiza, de repente se le disparó el arma, no supe
cómo se le disparó ni cómo serían sus intenciones, sino que
se le fueron casi las balas al pie de la caleta del comandan-
te, y de una el comandante sacó la pistola de él y le pegó
un tiro en la cabeza. Al mirar lo sucedido me sentí un poco
asustado, nadie hablaba de ese tema, los guerrilleros asu-
mían todas las cosas como normales, o como si nada hubie-
ra pasado; la mayoría respetaban al comandante a las bue-
nas o a las malas, después montamos en unos motores, más
o menos unos treinta y nos fuimos, la otra parte de los del
campamento se quedaron en él (cada que nos cambiaban de
campamento encontrábamos a un man más duro).
Tan pronto se acabó el río, en el cual habíamos estado
circulando todo el tiempo desde que entré al campamento
principal, desembarcamos donde ya no había circulación
alguna de algún bote, así sea pequeño o grande; allí en la
orilla mientras desembarcábamos nos esperaban unos gue-

49
nacido para triunfar

rrilleros de otros frentes y otros de la compañía en la cual


estaba, ese momento era admirable para mí que nunca había
mirado tanta guerrilla así amontonada.
En la orilla donde desembarcamos había una pequeña bo-
dega repleta de comida, nos echaron de tres arrobas a cada
uno, las mujeres y los hombres al igual, todos trabajaban y
cargaban parejo. Arrancamos por mera carretera destapada,
el campamento quedaba más o menos a cuatro horas, tres y
media caminando muy ligero; íbamos muchos, no sé cuán-
tos pero era una chorrera de guerrilleros inmensa, estaba al-
rededor de toda la compañía en la cual estaba, más los otros
hombres de los dos frentes que estaban en el campamento
por esos momentos. Arranqué para el campamento entre los
tres primeros, me pasaban entre más rato los que iban detrás
de mí, me pasaron casi todos, ya iba entre los diez últimos
y muy agotado, con esas tres arrobas más el equipo, en esos
momentos el equipo no era tan pesado pero sí estorbaba
bastante. Más adelante me encontré al comandante del pri-
mer campamento, estaba descansando en la raíz de un palo,
ya se miraba que estaba agotado, yo me reía para mí porque
él me había dicho que iba a mirar la mamá con cacho y con
cola, pero la estaba mirando era otro, y como el que man-
daba era el comandante de la compañía de las fuerzas espe-
ciales, él era el duro de ese territorio, el comandante que me
reclutó era duro sólo de las milicias bolivarianas.
Llegamos al campamento, eran ya las horas de la tarde,
no habían caletas y todos los nuevos nos pusieron a armar
caletas, esa noche partieron algunos hombres de las fuerzas
especiales y quedamos en la compañía unos 75 hombres, la
mayoría eran nuevos, los otros ya llevaban un buen tiempo;
seguimos el entrenamiento como lo hacíamos en el campa-
mento anterior, mientras los nuevos y los que nos faltaba

50
de la mano del Dios grande

terminar el entrenamiento hacíamos el entrenamiento, los


antiguos hacían el curso de explosivos, nos tocaba cada dos
días remolcar a la bodega de remesa y traer explosivos por
el otro río, como parte del entrenamiento o como parte de
trabajo también, después a las ocho de la noche nos for-
maban y nos enumeraban, nos decían quiénes descansaban
esa noche y quiénes la guardia, la rancha, quienes salían;
también teníamos un momento lúdico en un aula, donde mi-
rábamos también el noticiero por un televisor del campa-
mento, no nos descubrían porque el aula estaba forrada en
plástico (cuando salía del campamento deseaba llegar allá
otra vez, porque había buena comida y estaba más seguro
que cuando andaba solamente con la compañía). También
nos hablaban de quiénes se asociaban esa noche, pues la
mayoría de los que se asociaban eran marido y mujer, no
faltaba el arrimado con la arrimada que pasaban la noche
y ya no más, después de la formación pasábamos otra vez
al aula forrada en plástico, donde hablaban mucha caspa de
ellos, echábamos otra vez chistes y donde mirábamos vi-
deos en el televisor donde el ejército mataban campesinos y
los disfrazaban, donde pateaban a la gente, la maltrataban,
no sé de dónde sacaban esos videos, pero eran tenaces, eso
me motivaba más para defender a mi pueblo, mi gente, y a
morir por una causa justa (pero por lo que íbamos a morir
era por defender a un hombre que se estaba enriqueciendo a
costillas del trabajo y esfuerzo de nosotros, los bobos).
Así continuamos; la comida era muy buena en el campa-
mento y durante el entrenamiento, pero el que comía dema-
siado la botaba nomás haciendo un ejercicio que se llama
enrollar alambre, las linternas nos tocaba camuflarlas bien,
con un chorro muy delgado, no podíamos hacer tanto humo
en la rancha porque pasaba el avión y nos bombardeaban,

51
nacido para triunfar

también nos sacaban para las veredas, para que fuéramos


aprendiendo a salir a explorar y a combatir (cogí una vez
el fusil de palo, lo forré en cinta negra y quedó bien vaca-
no, en una vereda del Caquetá unos niños me preguntaban
que cómo se llamaba, yo les decía que se llamaba 7-62). A
veces salíamos con armas de verdad, pero como estábamos
terminando nuestro entrenamiento salíamos con los fusiles
de palo, si salíamos a combatir pues nos daban armas de
verdad o si nos atacaban cuando íbamos con los fusiles de
palo, pues estaban los de las fuerzas especiales para sacar-
nos de ese lugar.
Una vez estábamos en un caserío cuando iban pasando
unos cinco helicópteros y el comandante sacó un rafagazo
y le dio al último que iba detrás de los otros helicópteros,
cuando se fueron dando la vuelta y todos nos escondimos
entre las casas, esas balas pasaban rozando por unos me-
tros de los pies de mí, esas dejaban tremendo hueco donde
impactaban, después de dar varias vueltas los helicópteros
se fueron, nos decía el comandante, se reía y nos decía “sí
mira, que en el entrenamiento se sufre pero en la guerra
se goza”, y yo del susto me reía, pero no me parecía tan
divertido. Después terminamos el entrenamiento, me sen-
tía grande, no podía creer lo que había hecho, nunca pensé
llegar hasta ese punto, nos dotaron con armas a todos los
nuevos de k-47, con chalecos y de a dos granadas piñas,
tres proveedores, más 50 tiros por el momento; nosotros
ya habíamos disparado en el entrenamiento y en los cortos
hostigamientos, también en los pequeños combates de reti-
radas que tuvimos en el transcurso que llevaba en la gue-
rrilla, a las dianas de diferente posición y no era tan duro,
eso si ya era de gozar quemando cartuchos, nos sacaron a
estrenarlas en el primer enfrentamiento que casi no salgo

52
de la mano del Dios grande

vivo; eran soldados campesinos y estaban acampando en


un caserío, unos 300 más o menos, nosotros éramos 30 más
los 5 de las fuerzas especiales, la orden del comandante era
a todo lo que se moviera le dispararan; nos acercamos bien
y los ubicamos, fue una emboscada super buena, pues está-
bamos en un buen terreno, donde el comandante quemó al
primero que estaba desayunando y nos prendemos a plomo,
de repente nos cogieron ventaja y nos dieron la orden de re-
tirada, nosotros íbamos en retirada, mi compañero y yo nos
dormimos mucho y ya casi nos encerraban y los otros ya
iban a unos 100 metros, de pronto las balas nos rebotaban
a los lados y nos tendimos, pues ya no podíamos mover-
nos porque el ejército se movió muy ligero, nos cogió una
ametralladora del ejército, ya casi nos daban en la cabeza,
el barro de las balas nos pegaba en la cara, de pronto se
regresaron los de las fuerzas especiales e instalaron la ame-
tralladora de la compañía, mi compañero lloraba y decía
“hasta aquí llegamos socio, nos pelaron”, a mí no me salían
palabras, mas sí lloré, me acordé de todas las cosas bonitas
y feas que había hecho, en un momento dije muy despacio
en medio de las balas, “¡Que me maten!, ¡que me maten es-
tos desgraciados! ¡A eso vine!”. Cuando le respondieron los
de nosotros con la ametralladora, se quedaron unos cinco o
diez segundos sin dispararnos, ese fue el tiempo necesario
para pegar un salto que nunca jamás lo he podido hacer, por
lo menos unos cuatro metros, me crucé hacia el otro lado
de la carretera destapada, donde nos paramos a correr y nos
reunimos con los demás más adelante.
Ese pequeño enfrentamiento dejó dos soldados muertos y
un guerrillero con un tiro en la pierna (allá todo se sabe, así
no se miren los cuerpos, eso sí es impresionante). Después
de eso salimos a matar algunos infiltrados y unos viciosos

53
nacido para triunfar

de un pueblo cercano al río departamental, ese día me tocó


probar de primera vez la supuesta finura que llaman ellos,
duré como una semana sin poder dormir tranquilo, pensan-
do en la persona que uno mata diciéndole: “¡no me mate!
¡yo no le hago mal a nadie! ¡yo soy una buena persona!”.
Todavía recuerdo todas esas palabras y me da rabia, a veces
ganas de volverlo a hacer, pero siempre me pregunto: “¿por
qué tuve que hacer todas esas cosas?, ¿por qué ese tuvo que
ser mi maldito destino?”
Después de unos días, de tanto salir a reuniones, de ser
un “experto” en campamentos y en combates, el reempla-
zante de la compañía me dijo: “usted es un berraco, de per-
sonas como usted es que necesitamos en las fuerzas espe-
ciales, ¡y entonces se va con nosotros!”. Yo le dije: “¡Claro!
Toca que dar un paso más adelante, ¿no?” Dijo: “sí, pero
tiene que empezar un nuevo entrenamiento, porque este que
hizo le sirve, pero no como un soldado de las fuerzas espe-
ciales”, yo le dije: “eso no me da tan duro, porque ya me
enseñé a practicar”. Nos fuimos a otro campamento no era
tan grande pero bien asegurado y tenía una punto 50 de un
helicóptero en la entrada; la mayoría de los guerrilleros ves-
tían de boina, con camuflados americanos, botas gomelas,
eso sí bien dotados, al otro día empezó el entrenamiento,
era durísimo; nos tocaba pruebas, las más duras que había
imaginado, también nos hicieron prueba de supervivencia,
entre el monte varios días, donde nos tocó que comer des-
de culebra hasta búhos, el hambre era tan desesperante que
atrapábamos algo que se moviera y nos los tragábamos, nos
tocaba que cruzar ríos de noche con el fusil y equipo, el que
no sabía nadar allí aprendía, túneles por debajo de la tierra,
donde si uno no encontraba la salida ligero se podía ahogar
por debajo de la tierra, y movimientos muy coordinados

54
de la mano del Dios grande

como salir de noche unos 30 hombres en fila y donde pisa


uno pisan todos y si alguien hace ruido lo sancionan, a for-
mar, alinear armas, trotes, etcétera.
Salimos entre el entrenamiento a varios hostigamientos
y enfrentamientos cortos, pero la meta era atacar la base de
una de las ciudades más grandes del Departamento, donde
habían unos 3000 hombres para ese ataque, yo decía que
nunca iba a salir vivo de ese ataque, pero una noticia in-
esperada cambió todo, nos pusieron a hacer una carrete-
ra que duraba tres meses, para llevar algunas camionetas
donde la empezamos, desde ese momento quería volarme,
duramos unos días por fuera del campamento, porque en
otro Departamento del sur estaba muy caliente la cosa, en-
tonces nos reunimos varios frentes de apoyo para apoyar a
esa guerrilla de ese territorio. Al regresar la carretera había
avanzado, pero no lo suficiente, también la seguimos, el en-
trenamiento era muy disparejo por las salidas y porque casi
no permanecíamos allí o en campamentos cercanos; cuando
salíamos a combatir como tropa de apoyo hacíamos ejerci-
cios muy pocos, unos días trabajábamos y otros salíamos,
eso era un completo cambio de rutina, cuando empezamos
en la carretera otra vez tuve varios aburrimientos, ya lleva-
ba 15 días dando machete y hacha, donde dije me tengo ir,
pero no podía porque mi compañero no se despegaba de mí
(además si mi compañero se volaba me mataban a mí, o si
no a la inversa, entonces tenía que vigilarlo a él también).
Además cargando unos explosivos me desgarré los dos to-
billos, donde me dieron tres días de recuperación y ya lle-
vaba una semana y sentía casi el mismo dolor, esa fue otra
de las cosas que me motivaron a volarme, además todavía
me acordaba de la muchacha esa, con la que había estado
en la última finca que trabajé. Un lunes desayunamos a las

55
nacido para triunfar

6.00 a.m. y nos fuimos a trabajar en la carretera, ya eran las


ocho cuando le dije a mi compañero: “hola, voy a tomar
agua”, dijo: “¡claro!, está como a una vuelta entre el mon-
tecito, también alrededor del palo está la panela”, me fui
con el machete y el fusil, me embuché de agua con panela y
todos estaban concentraditos en su trabajo, le bajé el seguro
al fusil y me aseguré el chaleco y me alejé unos 50 metros
más o menos, me metí entre el monte y corrí en medio de
la selva, corrí y corrí, aproximadamente unas tres horas sin
parar, me paré atrás de un palo a ver si alguien me seguía,
pero no escuchaba nada, entonces seguí a buscar un cami-
no y más adelante encontré una carretera (era una carretera
destapada que tiene la guerrilla para transportar y remolcar
sus elementos de combate).

56
La búsqueda de la libertad
Escapándome de las FARC

A veces los malos caminos te llevan a hacer malas ac-


ciones, ésta no era una vida para mí. Por eso escogí el
camino más conveniente

Entonces decidí alejarme un poco de la carretera; porque


había muchas hojas secas y sonaban entre el monte empecé
a retirarme más y más, ubicándome por la carretera cuando
me sentí perdido, no sé qué rumbo había cogido. Entonces
me preocupé más por salir de ese monte, caminaba y sentía
como que daba vueltas en el mismo lugar, entonces cogí un
rumbo recto, pasaba lo que me encontrara, caños, canangu-
chales, de todo. Eran las horas de la tarde, estaba un poco
asustado, pero la noche venía encima, me cogió la noche,
después de estar en la oscuridad no me movía para ningún
lugar, esa noche cayó un aguacero y seguía despierto al lado
de un palo, hasta que me quedé dormido y desperté cuando
ya estaba claro, estaba pero bien picado de los zancudos y
ya sentía hambre. Seguí caminando, ni para dónde sabía que
iba, yo sólo seguía por donde quiera que miraba, con sólo
el desayuno del día anterior ya me sentía con harta hambre,
caminé y caminé, estaba embarrado, un poco agotado, pero
mi poco entrenamiento me servía para algo, seguí cami-
nando todo ese resto de día, tenía mucha hambre, estaba
desesperado, encontré un pequeño río, cogí unos minutos
de para abajo y me puse a pensar, que de pronto para arriba
se tenía que terminar el río y podría llegar a algo.

59
nacido para triunfar

Caminé, encontré animales de toda clase, el hambre me


tenía azotado, comía cucarachas, hojas, tomaba agua, hasta
zancudos intentaba atrapar para comer, pero nada de lo que
me mandaba a la boca me daba fuerzas para seguir, ni me
alimentaba como la comida de sal, ese segundo día, en las
horas de la tarde, creí que me iba a morir y que nunca iba a
tener una vida normal, me sentí desilusionado y me arrepen-
tí en varias ocasiones de haberme volado. Seguí mi rumbo
río arriba, me cogió otra vez en esa orilla del río la noche, el
lugar ya empezaba a tener como picas, una especie de cami-
nos pero casi no se miraba talado, más adelante había una
palma caída donde ya estaba entre oscuro y claro, me metí
en medio de esas hojas de la palma donde pasé el resto de
la noche, me picaron más poco los zancudos, ese tercer día
no pensé en tener tanta suerte. Seguí más adelante unas tres
horas o cuatro, me encontré una pequeña casetica o un plás-
tico con cuatro horquetas, donde los cazadores entran y se
quedan unos cuatro días o una semana y después regresan
a sus casas, yo pensé para mí, un día más y no puedo salir
de aquí, ya iba muy agotado, no pensaba ya en poder salir,
tenía mucho desaliento, me daban ganas de votar el fusil,
porque ya no lo llevaba tenido si no arrastrado, pero si salía
esa era mi salvación. En aquella caseta había un tronquito
de caña sembrado y un plátano ya casi podrido, todo me lo
comí, eso me dio un poco más de aliento para seguir; seguí
caminando lo más que podía.
Esa tarde llovió, después descampó y no paraba de ca-
minar; de pronto cuando ya me sentía cogido de la noche y
que no podía salir, escuché un ruido de una motosierra, pero
muy lejos, un sonido pequeño, pero se extraviaba del pe-
queño río (no sé de dónde saqué fuerzas, era como cuando
se consigue el mejor distintivo de combate en la guerrilla, o

60
la búsqueda de la libertad

como cuando se termina un estudio que tanto se ha sufrido


por sacarlo adelante, en esos momentos sólo se piensa sí
pude, aunque no se sabe lo que lo espera).
Seguí el sonido de la motosierra, empecé a correr, corra,
y corra, el monte era espeso y los bejucos me aruñaban pero
eso no importaba, entre más me acercaba, se escuchaba más
claro y de pronto el sonido se perdió, cuando lo escuchaba
ya bien; yo quedé en medio del monte y dije entre mi, ¡no
me puedo perder! Cogí la dirección como la llevaba, bien
recta, seguí y seguí, yo dije: “me perdí, ahora si me morí en
este monte”, caminé unos 500 metros más, de repente miré
un claro y sí había salido a un cultivo de coca; no podía
creerlo y de una a buscar comida o banano maduro, lo que
fuera, además en el campo hay mucha fruta para comer,
crucé a otro cultivo y pasé un pequeño pedazo de monte,
había otro cultivo con una casa pequeña, entré despacio y
preparado para lo que fuera, silbé unos metros afuera, no
había nadie ni trabajando ni en la casa, subí a la casa y ha-
bía un racimo de banano colgado, me metí a la cocina, no
había nada, entonces me le pegué al racimo, coma y coma,
me lo comí casi todo, sólo quedó unos bananitos poquitos
de ese racimo. Cuando me di cuenta tenía los labios re-
ventados, sangrados, no sé si sería del hambre, pensé que
se me estaba olvidando comer, hasta hablar porque todo lo
que había hecho en esos tres días era pensar y caminar, se-
guí caminando; saliendo por el camino principal del cocal
me encontré con un muchacho, lo noté un poco asustado,
pero me le acerqué y le pregunté que cómo se llamaba esa
vereda, el me dijo un nombre que no lo recuerdo y me dijo:
“en unos 10 minutos queda el río, que conduce a las afue-
ras de las veredas de la ciudad”, no podía creerlo, estaba
tan cerca de donde mi hermana, y desde la casa donde mi

61
nacido para triunfar

hermana pues quedaba el señor con el que había trabajado,


una media hora donde vivía mi novia, iba dichoso pero no
sabía cuánto tiempo me demoraba para llegar hasta allá. Ya
cuando iba llegando al río arrimé a una casita y pedí comi-
da, me comí dos platos como de kilo cada plato, el señor
me preguntó: “¿va hacer algo usted? tiene cara de volado,
porque ustedes casi no andan solos”, le dije que iba volado,
después de comer el señor me indicó el camino y me recor-
dó que ese territorio estaba lleno de milicia de las FARC, le
di las gracias por todo y emprendí camino con más ánimos,
porque el señor me dijo: “la vereda que busca queda por lo
menos unos cuatro o cinco días a pie, río arriba”, no me ha-
llaba la hora de civil, estar bailando o comiendo a lo bueno,
recochando con amigos, en fin, tenía muchas ilusiones.
La noche ya me había caído encima, estaba en la orilla
del río pero escondido detrás de las casas de aquel caserío,
busqué algo donde pasar la noche, pensé en quedarme en un
potrero pero los zancudos ya me habían picado mucho y eso
también era lo que me tenía agotado, con dolor de huesos
y como mal de la cabeza; de repente se me ocurrió arrimar
bien cerca a una casa, entré en el laboratorio de coca que
quedaba casi en el patio de la casa, me acerqué sin hacer
ruido en medio de la oscuridad y uní dos tambores y me
metí en ellos. Al otro día me desperté muy temprano, como
a las cuatro o tres de la mañana, en el laboratorio había ropa,
pero cogí lo necesario que me servía para ese momento, fue
unas medias y unos camibusos, me cambié las medias que
llevaba porque tenía mucho olor y tenía los pies hinchados,
casi no me cabían en las botas, la luna estaba clara y seguí
despacio río arriba, cuando amaneció caminaba lo más que
podía y siempre dando la vuelta a las casas sin dejarme ver;
ya llevaba varias horas caminando, eran como las doce o la

62
la búsqueda de la libertad

una de la tarde y ya tenía mucha hambre, necesitaba comer,


decidí dejarme ver en una casa, le bajé el seguro al fusil y
fui subiendo las escaleras de la casa, suave, yo escuchaba
hablar y toqué, salió una niña paisanita y le dije: “sus pa-
pás”, ella entró y los llamó salió el paisano y me dijo: “qué
se le ofrece”, le dije: “¡vengo volado! ¡necesito comer!”,
me dijo: “tiene mucha suerte, por estos lados la mayoría
son de la guerrilla”; me preguntó mientras comía, qué ha-
cía, cuánto tiempo venía volado y dónde había amanecido,
le dije: “en el único caserío que había medio día atrás”, me
dijo que allá había un negro que era guerrillo y él era el que
mataba a los desconocidos, le dije, ¡tuve suerte! porque si
no me equivoco me quedé en su laboratorio y les robé unas
medias y unos camibusos, le dije que había mirado a ese
negro por el montecito, y todos los que estaban allí eran ne-
gros. Después de la pequeña charla el paisano me aconsejó
que me quedaba más cerca el Ecuador y que allá no me po-
día hacer nada la guerrilla, pero le dije que no, porque más
adelante tenía unos amigos, sin embargo me indicó el ca-
mino, pero que era mejor ir por el otro lado del río, porque
había menos casas. Nos subimos a la canoa, cuando ya me
estaba despidiendo me dijo: “tome este pantalón, le puede
servir más adelante para que se cambie, si es que logra sa-
lir”, estaba allí cuando asomó un motor lleno de guerrilla a
la curva del río, siempre estaba lejos y yo creo que no me
alcanzaron a ver; cogí carrera río arriba sin parar, yo corría
de una forma impresionante (la guerrilla un mes antes había
reunido a toda la gente de ese territorio y les había dado una
semana de entrenamiento, para que se fueran preparando
para algún enfrentamiento o algún ataque del ejército). Así
caminé todo ese resto de la tarde, pasé por muchas partes,
iba embarrado pero no me quitaba los camuflados, ni me

63
nacido para triunfar

descuidaba ni un solo segundo con el fusil; decidí como a


las seis de la tarde parar en una finca, esperé un rato entre
el monte y después busqué el laboratorio de coca de esa
finca, siempre quedaba retirado de la casa, los trabajadores
estaban pesando una hoja de coca, después se fueron todos
para la casa y me arrimé al laboratorio.
Estuve varias horas despierto y después ya cuando es-
taba cogido por el sueño junté dos tambores de gasolina y
me metí en ellos. Estaba tan agotado que no sentí ni a qué
horas me quedé dormido; desperté también de madruga-
da, estaban empezando a cantar los gallos, sentía un ardor
fuerte en la espalda, me quité la chaqueta camuflada y me
mandé la mano por los hombros y se me caían los pedazos
de cuero, ¡claro! los tambores estaban untados de gasolina
nueva y de lo agotado no sentí cómo me quemaba, después
me puse una camisa que me cogí en el patio de esa casa con
otras cosas, una pantaloneta, medias y más buzos, la camisa
era blanca y los perros me sintieron y empezaron a ladrar,
de repente los dueños salieron a mirar qué era, me tocó que
salir por la orilla del río a esas horas de la mañana, el monte
de la orilla era muy espeso y tenía muchos bejucales, por lo
que tras de quemado, aruñado y ya no daba más.
Seguí caminando ese día por la mañana, mi decisión fue
no dejarme ver más de ninguna clase de gente, así aguan-
tara hambre todo ese día; más adelante había un rastrojo,
tumbado en la orilla del río había un negro lavando. Apenas
se fue de la orilla y entró para su casa yo aproveché para
pasar, pero cuando iba pasando miré una canoa que estaba
amarrada sólo con un lazo, me monté y empecé a remar
antes que me mirara ese negro; seguí río arriba por la orilla,
de repente empecé a escuchar un ruido como de un motor
o una motosierra, no le presté mucha atención porque se

64
la búsqueda de la libertad

escuchaba muy lejos y entre el monte, en ese territorio ya


se miraban pocas casas, porque iba subiendo río arriba, en-
tre más arriba más angosto y más montañoso, cuando sentí
un motor en la vuelta de la curva del río y me arrimé como
pude a la orilla del río y pegué un tremendo salto, la canoa
se fue río abajo por donde venían ellos y yo caí con las cos-
tillas encima de un palo y me saqué el aire muy fuerte, que
no me podía mover, yo los alcancé a ver bajo el palo donde
estaba escondido y eran guerrilleros (decía de verdad que la
suerte está conmigo, si fuera para encontrarme estos manes
me habían cogido en la canoa y me habían matado).
Seguí caminando por la orilla del río, el monte ya se
ponía de espeso a muy espeso y habían muchos bejucos,
me aruñaba y me maltrataban los árboles pequeños, salía
a pequeñas socalas, potreros, finquitas muy retiradas, éstas
eran desoladas y una que otra persona se escuchaba hablar
(estaba siendo perseguido por la guerrilla, por las personas
de mí alrededor y por la soledad). De repente llegué a otro
caserío y allí bandeaban a la gente al otro lado del río, un
señor me cruzó, todos los de esas casas me miraban como
extraño, no conocí sus pensamientos pero algunas personas
me miraban mejor que otras. Apenas me cruzaron logré ca-
minar ligero y me metí por la trocha que había al otro lado
del río, seguí y encontré otra casa al otro lado del río, esta-
ba seguramente el dueño guadañando, porque se escuchaba
una guadañadora, me metí a la casa muy despacio y entré a
la cocina y había una pailada de arroz con chicharrones, la
saqué y corra mijo para unos metros más adelante sentar-
me a comer, que iba era hambreado; me estaba comiendo
mi arroz y tenía el fusil en una pierna, allí cerca había un
pequeño caminito que comunicaba a otro cultivo de coca y
salió un hombre, grande ese berraco, con una guadaña y me

65
nacido para triunfar

dijo: “¿espera para cruzar el río?”, le dije: “no”, el me dijo:


“¡no se mueva! que yo voy y dejo esta guadaña y ya vengo,
¡para cruzarlo!” y se fue todo apurado; apenas se metió en
el cocal boté esa olla, me tercié el fusil y despegué carrera,
dije, ese man era un guerrillero porque se notaba que iba a
traer algo; más adelante encontré otra casa sola, me metí
también y saqué también una paila con arroz, pero esa ya
no tenía chicharrones y el arroz estaba un poco crudo, yo
me comí un poco y con eso tuve para coger más alientos.
En la orilla de esa casa desembocaba un pequeño caño o río,
me tiré y me lo crucé nadando y allí no había más camino,
pero yo seguí por el monte, mas no me alejaba de la orilla
porque si me alejaba mucho me podía perder, ya estaba bien
arriba, me tocaba que cruzar lo que fuera, ya para no poder
salir tanto que había caminado, pasé por esos chuquiales de
la orilla del río, metía una bota y casi no podía sacar la otra,
ya estaba atardeciendo, presentía que estaba cerca, parecían
partes donde hubiera estado. Ya estaba desesperándome otra
vez porque ya no se miraban fincas cuando de lejitos miré
un claro y pegué la carrera y salí muy lento, ¡qué sorpre-
sa! cuando era la casa donde fue el primer encuentro con los
milicianos que estuvimos varios días saliendo a las veredas
y dije: “donde haya gente me miran y me pelan”, entré por
los alrededores de aquel pequeño campamento, muy suave y
preparado para lo que pudiera suceder, pero no, las trincheras
ya estaban enmondadas y no había nada de gente, subí donde
dormíamos nosotros y estaban los camarotes vacíos, entré a
la pieza del comandante y estaba con candado, le pegué un
culatazo a ese candado que voló el seguro, entré y habían
revistas, camisetas revolucionarias, toallas y también una es-
copeta con 32 tiros disponibles, yo me heché los tiros, dije:
“si salgo, se los regalo a mi cuñado para que vaya a cazar”,

66
la búsqueda de la libertad

eché en un bolso, toallas, revistas, una cámara que estaba


en la mitad del rollo tomado, unas balas de un M-1, correas
y hasta unos casettes de música revolucionaria (para mejor
decir, me monté de equipo). Seguí porque ya estaba cerca
por lo menos unas tres horas para subir hasta las fincas don-
de había trabajado, estaba lleno de felicidad, pensaba si de
pronto se hubiesen dado cuenta de que iba por esos lados y
me estuvieran esperando más adelante, era terrible, pero al
menos había hecho el intento de salir con vida, eran por lo
menos de cuatro, a cuatro y media de la tarde, pensaba que
no iba alcanzar a llegar de día, y de noche pues me tocaba
amanecer, porque no llevaba linterna o con qué mirar; yo
caminaba ligero, ese territorio lo conocía más o menos, casi
no había llegado hasta allá trabajando, más adelante encontré
una trocha y dije: “me abro por ésta y más arriba me desvío
hacia el río otra vez”, pero cuando la trocha ya se abrió mu-
cho del río eché por el monte hacia el rió; caminé y caminé
y no encontraba la orilla del río, me desesperé y me regresé
y ya no encontraba ni la trocha, ni el río, asustado, ya me iba
a coger la noche, me senté en un palo grueso y grité varias
veces, pero nadie respondía, al menos cazadores, pero nadie
respondía; saqué la cámara, me tomé unas fotos señalando
mi cara y otras el monte donde estaba; reaccioné y dije: “¡yo
no me puedo quedar aquí! ¡no puedo dejar que me coja la
noche!” Salí de la selva más grande, ¿no voy a encontrar la
orilla del río?, corrí en una sola dirección, ya estaba entre
oscuro y claro.
Llegué a pensar muchas cosas, todo parecía como una
experiencia, un reto, todo era yo, después de estar perdido,
salir, incluso ahora pienso y siento un orgullo, me siento
valiente, siento hasta ganas de llorar, el hecho de pensar
que ese que sufrió tanto era yo y simplemente pienso en

67
nacido para triunfar

todo eso, y no queda nada más que darle gracias a Dios por
estar vivo, porque esto no es un embuste, ésta es mi vida.
Hasta que encontré a unos quince minutos el río de nue-
vo. Caminé ese territorio, ya sabía dónde quedaba, me lo
conocía bien porque había estado pescando por esos lados,
pues estaba muy retirado ya del pequeño campamento, ya
casi no alcanzaba a ver pues estaba oscuro y la montaña
era más oscura por lo espesa, seguí; llegué al lugar donde
cogía para la pequeña finca del señor pastusito, me crucé el
propio río nadando, siempre era anchito como iba mojado y
embarrado me hundí fácil y no podía salir, estaba tragando
agua feo pero logré cruzar al otro lado (Además me he des-
empeñado como buen nadador, el Pez, me decían cuando
cruzaba gente en el río, en neumáticos).
Ya estaba llegando al camino cuando miré el bote de la
guerrilla que había mirado más abajo; me asusté tanto por-
que lo miré en frente mío, dije: “¡me están esperando!” y
arranqué a correr, a darle una vuelta entre el monte, pero
le di una bien grande; salí a oscuras y pude ver el camino
y pegué a la casa, que quedaba a unos 10 minutos del río,
seguí por la trocha, salí al cocal donde el pastusito o el papá
de mi novia, saqué el fusil, lo envolví en el camuflado que
llevaba puesto y me puse una sudadera, le puse otras dos
camisas y lo metí entre una bamba de un palo, eché los tres
proveedores y el chaleco junto con el fusil y me llevé las
balas en el equipo, con las demás cosas que llevaba en el
bolso; me acerqué muy despacio por la parte de atrás de la
casa, le grité al hermanito pequeño de la muchacha, “¿hay
gente, quién hay allí?”; el me dijo: “mi hermanita, mi mamá
y mis dos hermanos, el grande y el pequeño”, le pregunté
que si no había nadie más y me dijo que no, entré y apenas
me miró la mamá de mi novia o sea de la muchacha, me

68
la búsqueda de la libertad

llamó por mi apodo de un pequeño grito y se le salieron las


lágrimas, decía que pensaba que más nunca me volvería a
ver, yo estaba en mi cansancio y no pensaba mucho en nada
de sentimientos.
Me saludé con la muchacha, con el hermano mayor, que
era muy amigo mío y además era muy servicial conmigo,
saludé al resto de los que estaban en ese momento, después
me dieron comida, toda la que me cupo, bajamos para la
parte de abajo de la casa con la muchacha, nos besamos un
buen rato, hablamos de la guerrilla, incluso me aconsejó
que me fuera lo antes posible; después en la oscuridad y
con una veladora, el hermano empezó a sacar las cosas que
traía del bolso, botó las balas, quemó unas camisas, sacó el
rollo de la cámara y dijo que no podía llevar eso, porque era
peor la búsqueda para mí, empaqué la cámara sin rollo, dos
camisas revolucionarias, del Che y los casettes de música
revolucionaria que llevaba, me dieron una linterna y me re-
galaron 75.000 pesos para que huyera lo más que pudiera,
me puse ropa limpia; ya eran como las nueve cuando seguí
caminado hacia el pueblo, pero antes tenía que ver a mi
hermana y saludar a un amigo que pensó en meterse con-
migo en la guerrilla. Llegué a la finca de mi hermana, ese
día ya era un sábado por la noche (pues ya llevaba seis días
huyendo de la guerrilla, tres de esos días no había comido
nada, por lo tanto ya iba que desmayaba, a veces no me pre-
ocupaba mucho si me cogían, porque mis grandes sueños
de esos momentos era ver a mi hermana y a la muchacha
que en ese entonces era mi novia, del resto ya decía que me
podían pelar).
Mi cuñado el marido de mi hermana estaba borracho con
otro negro; cuando llegué comenzaron a molestarme, que
cuidado con el ejército y otras cosas así, pues ellos sólo

69
nacido para triunfar

me advertían, no sabían que iba volado; me le acerqué a mi


hermana y se puso a llorar, me dijo que para qué me había
metido, yo no respondía nada, después le cambié la conver-
sación y le dije que me habían mandado a hacer una vuelta,
levanté a mis hermanos y mi sobrino, me despedí de ellos y
llamé a mi hermana aparte, le dije: lo que pasa es que ven-
go volado y me tengo que ir, porque no demoran en venir
aquí, lloró y me recordó lo que le había pasado a uno de los
hermanos mayores, que se había metido también allá y lo
habían pelado (Tres años después que me encontré con mi
hermano, me dijo que no hacía cinco minutos de haberme
despedido de mi hermana, un grupo de unos doce guerri-
lleros habían caído a la casa de mi hermana buscándome, o
sea que yo estaba despidiéndome de un amigo a unos diez
minutos de allí). Salí y cogí camino más adelante, arrimé a
la casa de mi amigo y lo desperté: nos pusimos a hablar y
me preguntó qué cómo era eso. Le dije, y le supliqué de esta
manera: “nunca pero nunca se le vaya a pasar por la cabeza
otra vez en meterse en la guerrilla, como amigo y como per-
sona que merece tener una vida normal, eso es muy duro”
y me despedí.
Y me fui por el mismo rumbo que llevaba, más adelan-
te encontré la carretera destapada y me fui con la linterna
apagada, pero andando lo más que podía; después de una
media o una hora de estar caminando, tres linternas salieron
del monte a los lados de la carretera y entraron a una casa,
los manes preguntaron algo que por lo lejos no alcancé a es-
cuchar, se vinieron en la dirección mía, me escondí en unos
matorros y pasaron de largo, no les alcancé a mirar los ros-
tros, porque estaba muy oscuro, pasé por la casa esa, muy
despacio y seguí mi ruta normal; pasé una vereda que cono-
cía y después llegué a la vereda donde trabajé más tiempo,
pues sabía que era muy caliente, tenía mucha guerrilla y era

70
la búsqueda de la libertad

el terreno más peligroso que había de pasar. Pasé dando la


vuelta a toda la vereda, porque allí sí había demasiado peli-
gro, después que logré pasar aquel caserío respiré profundo
y dije saltando de alegría: “adiós trincheras, adiós campa-
mentos, adiós guerrilleros y adiós monte”, y corría por la
carretera lleno de alegría a pesar de que todavía estaba en
peligro, pero había pasado lo más riesgoso.
Ya estaba amaneciendo, los gallos de las fincas se escu-
chaban cantar, pasé por una finca que tenía unos potreros
hermosos, eran como las cinco de la mañana, estaba ago-
tado, con sueño y que no daba más, me metí a un potrero
de esos y me quedé dormido. Cuando desperté estaba en
medio de unas vacas y una de esas me lambía los cachetes,
me pareció chistoso pero me tenían bien abrigadito, arrimé
a la casa más cercana del lugar donde me había quedado,
pregunté la hora y eran las ocho de la mañana y el carro
pasaba más o menos a las ocho y media, pedí permiso para
cambiarme de ropa, pues en esa casa sólo estaba una pareja,
cuando escuché el carro que venía, se me estaba pasando
pero le grité y paró, corrí y me monté en la parte de atrás
colgado y miré a todos, miré de nuevo y allí iba la mucha-
cha, no hablamos para nada, ni el saludo, ni la miraba casi,
los que iban allí estaban como asustados, pero no hablaron
nada. Cuando llegamos a la ciudad las personas se fueron,
se fueron yendo y yo seguí tras de la muchacha, ella se
metió a la residencia que ya tenía conocida y yo también,
me reuní con la muchacha y no volví a salir por nada; ese
resto de domingo estuvimos compartiendo cosas muy lin-
das, quería vivir ya con la muchacha, tener varios hijos,
pero se me olvidaba que estaba volado y que en cualquier
momento me mataban, nosotros le compramos rollo a la
cámara, tomamos varias fotos, pasamos lo más de bien; al

71
nacido para triunfar

otro día llegó el hermano y recochábamos, de pronto me dio


por salir de la residencia a mirar la gente, pues sentía que
ya no pasaba nada, cuando un gordo me hizo varias pre-
guntas y me dijo que yo era guerrillero, me asusté un poco
y salí hacia el pequeño parque, estando allí me encontré a
un amigo del Huila, le pregunté que cómo estaba: después
me devolvió la pregunta y le dije que estaba volado, que ya
llevaba una semana volado, me dijo que si me quedaba otra
hora más no daba ni un brinco que los paracos me mataban.
Después de esa conversación con mi amigo, me fui donde
la amiga de mi mamá, la que me cuidó unos días cuando era
niño, me dijo que si necesitaba comida o lo que fuera que
pidiera, pero que no saliera porque ya le había comentado
lo de la guerrilla, ella se fue y me quedé unos minutos solo,
entonces pensé en irme lejos y pensé en el Huila.
Cuando llegué de regreso a la residencia estaba el gordo
parado de espaldas, entré sin que él me viera, saqué mi poca
ropita y me salté por una de las ventanas de la residencia.
Salí a la terminal, en esas pasaba un bus para el Huila y me
fui rumbo al Huila. Llegué a un pueblo donde había estado
ya, pasando cosechas de café donde unos amigos, estuve un
día y por ponerme a hablar de la guerrilla con unos vecinos
me quemé mucho, entonces me fui para un pueblo más re-
tirado de la capital del departamento, llegué donde aquella
familia, también había estado trabajando allí antes, en las
cosechas de café, casi todos los fines de año cuando empecé
a trabajar.
Me dieron trabajo echando azadón ese resto de semana y
el domingo me dio depresión, le comenté a los de esa finca
que estaba volado, pero cuando les dije, era porque ya había
decidido entregarme al ejército. Me llevé las camisas revo-
lucionarias y los casettes y me fui, no quise cobrar la plata

72
la búsqueda de la libertad

que estuve trabajando porque dije: “para qué, ya me voy


a entregar”, cuando iba llegando al batallón me bajé de la
buseta a unos metros, estaba un poco asustado, me compré
un buñuelo y me fui hacia el batallón comiéndomelo.
Estando en el batallón me le acerqué a unos de los guar-
dias y le dije: ¡oiga! lo que pasa es que yo vengo volado de
la guerrilla”, de una el soldado llamó a un teniente y me
requisaron, me preguntaron el nombre del fusil del solda-
do, le dije 7-62, le dijo a otros guardias “llévenselo”, me
encerraron en un cuarto de seguridad donde me sacaban a
entrevistas, me daban la comida por un roto, los soldados
curiosos me preguntaban que por qué me tenían allí, les
contaba mi historia, me pusieron a decir los nombres de
los comandantes y los de 50 hombres importantes más, les
dije dónde quedaban los campamentos y que en unos días
atacaban la base del Puerto y que por ese motivo era que
me habían dado ganas de volarme, también sabía que de
ese ataque eran escogiditos los que salían con vida. Ade-
más de saber las consecuencias del ataque, tenía esperan-
zas de vivir con mi novia, yo en un mes cumplía 15 años.
Me había volado en noviembre de 2003, prácticamente mi
adolescencia la empecé en el grupo y casi la termino por
tres eternos años de combates y de patrullar por las selvas
colombianas.
A la semana de estar allí me dijeron: “lo vamos a meter
en un hogar sustituto y entre un mes se lo llevan para el plan
de reinserción”, cuando me trasladaron para el hogar la se-
ñora me trataba como un niño chiquito, la comida era muy
poca y me llevaban a una iglesia donde ya casi le cogía el
ritmo, me aburrí muy ligero, el hijo de la señora estaba re-
uniendo una plata para pagar un semestre en la universidad,
le robé los 40.000 que tenía en el bolsillo del pantalón y me

73
nacido para triunfar

volé por el techo de la casa como a las nueve de la noche.


Salí a la calle paré un taxi y me llevó hasta cierta parte por
15.000 pesos, donde me tocó caminar hasta la finca de los
amigos donde había trabajado una semana, llegué como a la
una de la mañana y me preguntaron que qué había pasado:
les dije que no me había gustado el ejército, tampoco los
hogares del bienestar; al otro día estaba practicando unos
ejercicios, cuando venía un carro repleto de policías, anda-
ban por todos lados, me metí en un cafetal y no salí hasta el
anochecer, entonces la señora me dio la plata de la semana
que había trabajado y con eso tuve para irme al otro día para
Pasto. Donde pasé por la capital del Putumayo, donde estu-
ve un poco nervioso, por ser mi tierra y estar tan cerca del
territorio donde había operado, pero después de abordar el
bus me sentí tranquilo y me bajé pasando la ciudad de Pas-
to, me bajé en ese sitio donde eché para unos de los pueblos
donde ya conocía a pie, porque no podía pasar por un puen-
te donde había un retén de los paramilitares, que donde me
miraban me dejaban de una vez para matarme; tan pronto
llegué a ese pueblo me puse a raspar coca en una finca de la
vereda más segura que había trabajado, era muy retirada del
propio casco de la vereda y para llegar a esa finca por lado
y lado se demoraba entre tres a cuatro horas por puro filo y
estaba a la orilla del río más importante de Nariño.
Tenía muchas formas de escaparme, pero ya estaba que-
mado por esos lados: tras de eso me buscaba todo lo que
era la ley pública, la guerrilla y los paracos, no tenía donde
meterme, entonces me tocaba resignarme a vivir en el lugar
que encontrara más seguro. Entonces había una señora muy
buena gente y yo como no tenía papeles, tenía que tener por
esos lados, porque sino por eso también mataban a cual-
quiera; le comenté toda la historia a esa familia, ellos dije-

74
la búsqueda de la libertad

ron que me iban a ayudar a sacar los papeles y para salir al


pueblo decía que ella era mi mamá, así estuvimos bajando
varios días, el registrador no daba los papeles por un moti-
vo u otro, así duramos tres semanas bajando cada ocho días
por mis papeles, ¡claro! que tenía registro civil de mi ciu-
dad natal, de repente me decidí y le conté al registrador mi
historia y él dijo: “venga entre ocho días”, a los ocho días
me dijo: “entre ocho días venga por sus papeles” y me dio
los papeles, con tarjeta de identidad, tuve la dicha de cam-
biarme el nombre y colocarme los apellidos que quería.
En esos días que estuve allí trabajando tuve problemas,
la guerrilla había cambiado mi forma de ser hartísimo, una
vez un pastuso me cogió y me mandó una puñalada en el
brazo izquierdo, me rompió la chaqueta y me pegó un puño
que me reventó la ceja, sólo porque yo no era de pasto, de
suerte cargaba un mojo que no alcanzó a entrar en la mano;
así me sucedieron varias cosas. Fumaba marihuana, salía-
mos con amigos armados a las cantinas de la vereda, el me-
jor amigo que había tenido antes era paraco y me buscaba
para matarme, no salía a la carretera principal porque me
mataban los paracos, siempre cargaba mi fierro prestado.
Un día todo loco, trabado, me subí a un barranco y de allí
les iba a disparar a los paracos que pasaban en las camione-
tas por la carretera, volviendo al tema, porque eso lo hice en
el transcurso del tiempo que duré en ese lugar.
Esa semana que recibí los papeles, ya era como la mitad
de la semana, llegó mi hermano que lo había traído mi no-
via, o sea la muchacha, porque la guerrilla ya estaba que se
lo llevaba, esa mañana bajaron los paracos a matarme; yo
estaba viviendo en una casa que me habían dado para que
la calentara, era de una vecina, tenía mi cama, mi estufa y

75
nacido para triunfar

de todo un poquito, porque me estaba organizando poco a


poco; hasta tenía mi libra de marihuana en el techo para que
nadie la viera y dos novias más. Cuando llegaron los para-
cos a matarme me cogieron y me sacaron de la casa, me
dijo uno de ellos: “lo vamos a matar, aquí y ahora mismo”,
asustado, menos mal estaba trabado, les decía a ellos y les
suplicaba, que no me mataran porque tenía un hermano pe-
queño y tenía que responder por él; entonces bajó el amigo
que estaba con ellos y me la perdonó, ese momento fue
unas de mis experiencias más complicadas y llamativas de
mi historia, aunque no se las expliqué por seguridad, tuve la
muerte tan cerca como un enfrentamiento de los duros que
tuve, porque donde no fuera por mi hermano que llegó esa
mañana no estuviera contando mi historia, estuve a un pelo
de la muerte.
Como a la media hora bajaron otros manes enchalecaos
preguntando por mi nuevo nombre, entonces otro amigo
que tenía de quince años, tenía un revolver calibre 38 y me
dijo: “ahora si lo van a matar, si lo van a matar yo les que-
mo unos tiros y usted se vuela”, cuando se acercó la vecina
y dijo: “no tenga miedo, que ellos te vienen a ayudar, ellos
son del ICBF”. Era el defensor de familia de esa ciudad,
que se había dado cuenta por medio del registrador y él
había autorizado que me dieran los papeles, entonces en
ese momento me encontré con la muchacha y me tocó que
tomar una decisión. Me quedaba con la mujer que desde
que la vi había amado, o recibía una ayuda, la más grande
que he tenido en mi vida; no lo pensé mucho y les dije que
me dejaba ayudar, empaqué mis cosas y me dijo el defen-
sor: “¡pero su hermano se queda!”, le dije: “sin mi hermano
no me voy”, el defensor me dijo que yo era el único que

76
la búsqueda de la libertad

recibía la ayuda, que mi hermano por no ser desmovilizado


no podía ayudarlo, pero me prometió que se lo llevaba para
hogar sustituto en máximo quince días, nos despedimos y
nos montamos en un carro pequeño, pasamos por el puente
más peligroso de ese territorio, una camioneta nos estaba
siguiendo; llegamos a un pueblo pequeño donde tenían una
pequeña oficina, me hizo unas pequeñas preguntas y nos
fuimos para la ciudad principal del Departamento, llega-
mos a la casa del defensor, el defensor quedaba admirado
y decía que se sentía orgulloso de su trabajo, porque había
salvado muchas vidas que más adelante se lo agradecerían,
yo sólo debía hablar de mi historia, que me parecía normal,
mientras ellos se le salían las lagrimas cuando les contaba
los momentos más difíciles que había tenido volándome y
en toda mi vida. Nos fuimos de la casa del defensor y ama-
necí donde una madre sustituta, al otro día al abordar el
avión para Bucaramanga nos dejó, después al segundo día
me trasladaron para Bucaramanga, donde el mejor regalo
que me habían dado en ese momento era montar en avión.

77
Responsabilidad de un programa,
seguridad en Cristo
responsabilidad en un programa, seguridad en Cristo

Mi experiencia en el plan de atención, es una ayuda


que tú la tomas cuando llega. “Tienen” la obligación
de ayudarte el gobierno y las demás instituciones, pero
ahora desde un punto de vista, más que un deber, una
obligación por la pobreza y las condiciones, que tengo
que aceptar todo la ayuda de buenas personas, para un
mejor estilo de vida y gracias a ese plan estoy con vida y
con mucha libertad.

El avión pasó por Cali y después a Bucaramanga, allá


me esperaba un profesor o educador, donde me llevaría
a la institución; llegamos al hogar, ese es un proceso que
por la seguridad de todos nosotros no debemos salir sin la
compañía de algún profesional; desde el momento en que
llegué peleaba con los compañeros, me sentía mal por la falta
de costumbre, además por esa libertad que tenía, porque es
un estilo de vida diferente, pero al igual tiene uno salidas
con todos los compañeros, como a jugar, o al cine, a varios
sitios de la ciudad donde se encuentra uno con los mejores
parques de la ciudad, eso lo hace a uno pensar diferente; en
fin allí se sale mucho a paseos, se hacen muchos talleres de
convivencia, también hacen reuniones para uno adaptarse a
los demás compañeros, como a la gente civil.
Después de haber llegado empecé a llamar al defensor
de la capital de Nariño para que me llevaran a mi hermano
para el Bienestar; siempre me decía que no había podido ir

81
nacido para triunfar

por él pero que entre otros quince días ya iba por él, pasaron
los quince días que el defensor me había prometido para
recoger a mi hermano, pero no lo había hecho, iba renunciar
al programa o me iba a volar, pero al otro día llamé y me
dijo que ya estaba en hogar sustituto, que había quedado
con la madre sustituta donde estuve los dos días esperando
el avión, me sentí contento, me conformaba con sólo tener
a mi hermano seguro.
Después de completar los dos meses me trasladaron
para el Centro especializado, donde apenas llegué empecé
a estudiar mi primaria, desde primero hasta quinto en forma
acelerada, me pusieron a escoger la carrera técnica, donde
me decidí por Mecánica Automotriz. Teníamos más libertad
para salir, empecé otra vez a fumar cigarrillo y marihuana,
tomaba trago y tras de eso en el centro nos consentían, nos
sacaban a paseos todos los fines de mes, a los parques más
buenos de la ciudad, también a parques pequeños, en fin
a todos los mejores sitios, la comida era muy abundante;
cuando estaba que me trasladaban del centro especializado,
nos llevaron a todos a un paseo a la costa, éramos como
60 más o menos y a todos nos daban buenos almuerzos,
eso fueron los mejores paseos que he tenido durante todo el
proceso; después de haber llegado de ese paseo me miraron
buen rendimiento, porque dejé de fumar cigarrillo por la
ida al paseo, y me dijeron: “te vamos a trasladar para el
centro del país, donde vas a estar con una familia y vas
a tener más libertad”, acepté, me mandaron en avioneta,
donde también me recibieron los del equipo profesional de
esa ciudad, me llevaron para la casa en la modalidad de
familias voluntarias.

82
responsabilidad en un programa, seguridad en Cristo

Mi pensamiento tras de sufrido era muy malo, no me


pude acostumbrar a la casa, me gustaba más la institución
y no me gustaba que nadie me mandara, tampoco me
gustaba la familia, tuvimos varios tropeles con las hijas
de la señora; el señor era reinsertado del M-19, por ratos
como que pegábamos bien, otras veces no, en fin no me
gustó, me iba bien con el equipo y en el estudio, pero no en
casa; yo empecé a validar el bachiller, la primaria la había
terminado en seis meses en el centro especializado, seguí
estudiando mi Mecánica en el SENA, el estudio ya era
muy independiente pues estudiaba como un joven normal,
empecé a aprovechar toda clase de estudio, cursos varios,
no podía escoger una carrera por que necesitaba de más
estudio y más conocimiento. Duré cuatro meses completos
en esa casa; tuvimos un problema con el señor y las hijas,
el problema comenzó con una simple entrevista con el
psicólogo del equipo técnico, diciéndonos las verdades en
las caras, pero discutimos mucho que nos íbamos a golpear
delante del psicólogo profesional, donde al otro día me
trasladaron a otra casa a primera hora; esa noche no pude
dormir, pensando en aquel problema, el señor tampoco y
siempre estornudaba para que lo escuchara.
Ese segundo cambió; llegué a la familia más hermosa, la
más comprensiva que he estado en la modalidad de hogares
de familias voluntarias.

El transcurso también de la iglesia


Porque en los momentos de enfermedad, sólo una píldora basta
para sanar, así fue mi cambio repentino, seguro y productivo y estoy
agradecido de haber encontrado a mi verdadero padre.

83
nacido para triunfar

Cuando recién llegué a una de las ciudades de ese


Departamento conocí a una trabajadora social muy
querida, donde me empezó a apoyar por medio del equipo
técnico, una vez me convidó a una iglesia cristiana, donde
nos quedamos de encontrar un día por la tarde, como era
tan rebelde no le puse mucho cuidado, pero sin embargo
acepté, por lo tanto me comprometí a salir pero otro día
a la iglesia con ella; así después de insistir, fui la primera
vez, me gustaron un poco los hermanos pero eso fue todo,
la segunda vez me pareció como aburridora, pero la otra
vez ya fui solo a la reunión juvenil donde tuve amigos muy
chéveres, las mujeres eran muy bonitas, e iba sólo por tener
amigos y mirar las mujeres.
Después de tener varios problemas en los hogares, donde
la única parte donde no me mataba tanto la cabeza era en
la iglesia, porque el ambiente me parecía más calmado,
después empecé a salir con ellos muy a menudo, tuve a un
amigo que me cayo muy bien que le conté mi historia, él
empezó a apoyarme en todo lo que más podía.
El primer campamento fue en una finca de la misma
ciudad donde estuvimos prácticamente dos días, me tocó
que dar muy poca plata para estar allí en ese campamento,
la comida era muy buena, estaba dichoso, pero no sabía
que ese campamento me iba a dar más entusiasmo para
seguir en el programa. En el campamento hubo muchas
actividades, también hubo mucha comunión, donde hice
muchos amigos, gocé mucho.
Después, la segunda salida fue a un municipio del Valle,
donde fuí con una compañera del programa que la pasamos
chévere; en un momento pensé que todos los hermanos
eran lo mismo que todos los hermanos antiguos, pero me

84
responsabilidad en un programa, seguridad en Cristo

equivoqué y la primera noche les dije a la mayoría que


era reinsertado, al instante todos ya sabían y eso era muy
complicado; al día siguiente, por la mañana, a la hora de
la reunión, me sentía un poco achantado por el error que
había cometido, me senté en las últimas sillas de la capilla,
de repente cantaron unas canciones muy lindas; entre ellas
una canción que no sé si tú la has escuchado, pero es muy
hermosa y se titula Gracias. Sentí un nudo en la garganta
al mirarme la gente como preocupado, con la cabeza
agachada, creo que le avisaron a un hermano, de repente
se me acercó un hermano llamado Filderman. Era una
persona muy especial, que estuvo en todos los momentos
difíciles como éste. Al darme aquel hermano palabras de
consolación, y con su mano me tocaba la cabeza, no aguanté
más y salí hasta la puerta de la iglesia, apenas pude llegar
a las escalas, me tiré hacia la parte derecha de la puerta,
sentí un dolor inmenso, y lloré como un niño que no tiene
el consuelo de nadie, al mismo instante se me acercaron el
hermano Filderman y su mujer Adriana. Me decían que no
llorara más, que todo mi sufrimiento en ese momento había
terminado, les respondía que cómo me iba a perdonar Dios,
si yo había hecho cosas terribles y que aún podía hacerlas
sin ningún temor; ellos respondieron, “lo que es imposible
para el hombre es posible para Dios”. Así pasamos un buen
tiempo, se me quitó ese malestar que tenía, y hablamos un
buen tiempo más, charlamos, hablamos de mi vida y de la
vida de ellos, reímos, al rato se acabo la reunión y no podía
creerlo que sólo en la guerrilla lloré en repetidas ocasiones
cuando estaba en apuros, mas no por sentimientos, sino
por rabia y dolor y por primera vez en mi vida me había
desahogado; después de ese día regresamos y empecé a
comprometerme más, además ellos sabían que era un caso

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nacido para triunfar

especial y me prestaban toda la atención del mundo, no


había reunión que no faltara un consejo.
Entonces llegó ese diciembre, donde fui con otro amigo,
el hijo de la señora donde viví era muy buena gente, ya
había acabado sus estudios, tenía una vida muy sana pero le
faltaba Dios, entonces una noche decidió acompañarme, ese
era un fin de año y como todos ya se habían ido a vacaciones,
entonces quedaron los hermanos antiguos y a mi amigo le
pareció aburridor, hasta a mí me parecía un poco aburridor,
pero hacía el esfuerzo porque la lucha es para siempre;
después en el mes de enero del 2004 me retire unos días
porque ya me estaba cansando de ir a las reuniones, donde
regresé a los pocos días, ellos ya me hacían falta, pero lo
más importante era que iba por los amigos, no por lo que
realmente tiene Dios para uno; después de unos pares de
consejitos decidí comprometerme más, a participar más en
las reuniones, y a asistir los domingos, me ayudó mucho
porque ya ese fin de año terminaba mi noveno grado y así
fue que fui dejando el cigarrillo, fui mermándole al alcohol,
me empezó a ir mejor en el hogar tutor, de repente se fue el
2004 como nada.
Después del cambio de casa, de nuevo ya estaba aburrido,
decidí pedir cambio de casa pero cuando iba ya para otra
casa, le pedí mucho a mi Dios para que me ayudara porque
siempre pensaba en meterme a la guerrilla, me hacían falta
las armas y de igual la vida te enseña que a veces se gana
en unas cosas pero en otras se pierde (yo pienso que para
estar aquí en este programa tuve que quedarme sin familia
y trabajar de una forma más decente y legal para conseguir
dinero, para ser una persona debemos dejar la otra persona
interior. Es algo duro, pero se obtienen beneficios grandes
y productivos). Me dediqué a orar, además los amigos de la

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responsabilidad en un programa, seguridad en Cristo

iglesia me invitaban a salir, a reuniones, como a juegos, a


ver películas con ellos y de una forma más sana, entonces
eso me motivaba a seguir para adelante. En el 2005 tuve
cambios muy buenos y además me estaba yendo muy bien
en los estudios, era uno de los mejores del programa. Día
a día iba cambiando, pero lo mejor de todo, ya creía en un
Dios que me protege en todo momento de nuestra vida y
está en los peores y mejores momentos de mi vida.
Después de pensar en el estudio, ya ese fin de año
terminaba mi noveno y podía hacer una carrera técnica en
el SENA, ya no necesitaba estudiar en cursos cortos pues
con una carrera podría aprender algo para conseguir empleo
rápido y acabar el programa en el que estoy sin ninguna
preocupación; de todos modos en esos días era de maravilla
que hasta hice un proyecto productivo de Mecánica
Automotriz donde en pocos días empecé a sentir desánimo,
porque dije que se iba mucha plata en herramientas y todo
eso, los gastos que se van montando un taller de mecánica
y lo peor de todo, mantener un negocio como aquel que
estaba haciendo. Ese diciembre se fue como nada, por lo
tanto pasé la navidad cerca de los hermanos de la iglesia
y con la familia que actualmente estaba, por lo que pasé
muy rico, además estaba con mi certificado de noveno;
todo parecía marchar bien. Al comienzo del 2006 las cosas
cambiaron un poco, mi pensamiento era pedir mi proyecto
en un hogar y tener mi trabajo, estar en la iglesia y entrenar a
mi deporte favorito, el taekwondo; a pesar que los hermanos
de la iglesia me decían que para qué entrenaba ese deporte,
que de pronto le podría traer problemas más adelante y yo
seguía insistiendo, a pesar de que en el noviembre del 2005
recibí un golpe fuerte y estuve malo de la columna unos
dos meses y quedé con dolores. Hasta ahora mi pensado

87
nacido para triunfar

también era acabar, mínimo el bachillerato y mi estudio


de capacitación, para trabajar en una empresa o un puesto
de trabajo decente, lo que nadie sabe es como lo trate el
destino; cierto dicho dice: “no dejes para mañana lo que
puedes hacer hoy”.
Cuando tuve el traslado de ciudad para otro Departamento;
fue por medio de contactos, de un hermano de la ciudad
donde estuve, que se llama Felipe, pude llegar a la iglesia
de esa ciudad, donde fui en dos repetidas ocasiones y no
volví a ir, desde allí no he vuelto a ir (conté mí resumida
historia de la iglesia porque la persona que quiera cambiar,
también necesita cambiar espiritualmente). Y saber escoger
esos amigos que están en los momentos más difíciles y en
los momentos buenos, gozosos y provechosos de nuestra
vida…
Otra vez, volviendo al tema seguido de mi experiencia
en la iglesia, cuando estaba con la segunda familia, eran
muy especiales, nos fuimos a pasar el diciembre de 2004
a Ibagué, Tolima, donde la pasamos bueno; después de
venir me empecé a aburrir, donde pedí cambio y a los pocos
días la tercera casa, pues a pesar de ir a la iglesia no sentía
felicidad en ningún lugar. Todo al comienzo me parecía
color de rosa pero en unos meses me aburría, desde sus
costumbres, el modo de tomar las cosas, en el caminado de
las personas, decía que parecían bobos, miraba a los adultos
jugando con los niños y decía que eso era para personas
de otro sexo (como no estaba adaptado a la civilización
por completo, no le sentía mucha gracia a la felicidad de
las demás personas). Y la gente me caía mal, la vecindad,
la familia, hasta el modo de reír de la gente, entonces no
aguantaba los enojos y malgenios provocados por los
problemas, que decidía estar cambiando de lugar o de casa.

88
responsabilidad en un programa, seguridad en Cristo

Los primeros días en la siguiente casa no me amañe, pero


confiando en Dios por medio de la iglesia me dediqué a
mantenerme en un sólo sitio, ya no quería cambiar más de
casa, ya estaba aburrido de estar para un lado a otro, estar
recorriendo casas, adaptándome siempre a las diferentes
familias, al diferente vivir y así sucesivamente. A los días de
haber llegado, la señora me ayudó con la mensualidad para
que entrenara mi deporte favorito taekwondo, que empecé a
entrenar con mucho esmero. Llegué a entrenar ese deporte
por el contacto de un amigo, Jhon, quien era muy bueno en
él, éramos compañeros de estudio.
Yo llegué casi a principios de 2005 a esa casa por lo tanto
le cogí el ritmo al hogar y a todo lo que hacía. Después de
cuatro meses de estar entrenando, me llevó la liga de ese
Departamento a un campeonato regional en Tolima, quedé
en el tercer lugar y me traje la medalla de bronce; eso
me motivó para seguir practicando y seguir luchando por
el entrenamiento de aquel deporte y noté que me faltaba
mucho por aprender, a pesar que era muy bueno en éste.
En diciembre, después de haberme graduado de noveno
grado, ascendí a cinturón amarillo donde a principios del
año 2006 nos empezamos a preparar para el campeonato
nacional, que era a mitad de ese año; después de un golpe
en la columna dejé de entrenar dos meses, me atrasé un
poco, pero aún podía ir. Estaba cursando el año décimo del
bachillerato y estaba todo bien, cuando tuve un problema de
seguridad que me trasladaron para la ciudad actual; todos
mis sueños y mis anhelos de independizarme se derribaron
por unos días, el programa tenía muchas cosas buenas, pero
lo manejaban distinto que al de la ciudad anterior. Por lo
tanto llegué a una casa de hogar tutor; muy buena la familia,
se componía por siete personas, el equipo técnico era más

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nacido para triunfar

grande. Después de unos días de estar capacitándome


en talleres, mientras entraba a estudiar el bachillerato, la
pasé un poco desanimado, ya no me daban ganas de ir
a la iglesia, ya por ratos no quería ni estudiar, pero a los
pocos días sucedió algo, me trajeron a mi único hermano
que estaba al alcance de distinguirlo, estuvimos tres días
compartiendo cosas juntos. Mi hermano Carlos estaba en el
mismo hogar sustituto, donde la señora que lo había tenido
siempre; de modo que después de acabarse ese encuentro,
charlé con una amiga muy especial, le comenté que ese
encuentro era el mejor momento que había pasado en mi
vida y nunca mentí, pues sí era el mejor de mi vida. Todas
las cosas que he vivido, las experiencias inolvidables, los
encuentros con la muerte, repentinos pero que dejan algo
hermoso que aprender del hecho, los momentos de soledad
y angustia, esos momentos en que ya casi decidía quitarme
la vida o incluso esos que pasé alegres, compartiendo con
grandes amigos que me enseñaron algo. Pero que nunca me
hicieron sentir inspirado, motivado, resignado y alegre para
vivir la vida, como ese pequeño encuentro, con sólo mirar
a mi hermano, sentir ese calor de sangre y el sólo hecho de
ver sus actos durante tres cortos días.
Y ahora, a mediados del 2007, entré a terminar mi
bachiller, estoy yendo a la iglesia, es la única parte donde
recobro mis sentidos y que me motiva cuando estoy agobiado
por un recuerdo, escribo poemas, hasta el momento he
escrito poemas, unos de amor, otros de ánimo, otros de
tristeza, en fin, de todos los gustos. Sigo dándole sentido a
mi vida, espero que más adelante se me abran más puertas,
analizo y pongo en práctica mis experiencias para que el
otro libro que escriba lo pueda acabar en poco tiempo y sea
el mejor.

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Reflexionando y realizando
reflexionando y realizando

Si la vida fuera un juego, en mi caso no me parece tan


divertida; si fuera un reto lo dejaría sin pensarlo dos veces.
Porque he vivido en medio de tanta gente pero ni una sóla
vez he sentido el calor de una familia, de una madre; me fue
muy difícil soportar dolores, angustias, sufrimientos en alma
y corazón. Tal vez hay personas que tengan dolores en estos
momentos duros, pero si le prestaron atención a mi historia
se darán cuenta de que si se lucha se puede y que todo es
posible, que aunque tengamos las esperanzas perdidas, aunque
seamos malos, aunque nadie nos apoye, hay un Dios que si
usted le pide de corazón que le ayude él le escuchará, le dará
lo que pide, porque todos tenemos un propósito en esta vida,
el mío no sé cual, pero sé que es algo bueno y sé que más
adelante voy a tener cosas buenas. Todos los días me lamento
porque a pesar de que Dios me haya perdonado por todo, hay
mucha gente que todavía sufre por mi error cometido. Yo no
escribí esta historia para contar lo valiente que he sido, sino
la supervivencia que puede tener un ser humano, lo que puede
hacer un ser humano para recuperar todo el tiempo de su vida
perdido, lo que se vive en un mundo desordenado, un país de
pobreza y de guerra. Me siento orgulloso de existir en este
mundo porque sé que mi historia la escribí con un propósito y

93
nacido para triunfar

es la de consolar al que está pasando por lo mismo, de contarle


a un país entero lo que realmente es la vida sufrida por los
dos lados de la moneda, una enseñanza para el que no sabe
lo dura que es esta vida atrás de los ojos de las personas. Mi
poca familia, hermanos que aún viven, que no se dónde viven
o demás parientes, estarían muy orgullosos del reto que he
alcanzado, en todo caso, donde quieran que se encuentren,
Dios los protegerá y yo haré mi nueva familia con mi hermano
del Bienestar. En todas las partes que anduve siempre dejé
algo bueno y algo malo, amigos y enemigos, secretos y cosas
que todo el mundo sabe, pero la mayoría de la gente que dejé
un día atrás era buena, que me apoyaron en los momentos que
necesité de ellos. Cuando recorro un lugar puro, la naturaleza,
una ciudad, un pueblo, me acuerdo de mi tierra y extraño la
naturaleza que deje atrás, pero me conformo porque todavía
estoy en mi país y la gente es muy similar donde esté. Cuando
asisto a la iglesia le pido a Dios por la gente que me ayudó,
a mis amigos caídos en combate por una causa injusta, por
los soldados y guerrilleros que sean de cualquier grupo, son
personas que merecen vivir y que son seres humanos, hermanos
acabándonos entre nosotros y que anhelan una vida mejor.
Siempre les pido a los que intentaron sobrevivir en medio de
la guerra, en especial en el Putumayo, y a mi familia que se
perdió como polvo en el viento. Estoy orgulloso de no tener
a mi madre, porque no sufrió más en este mundo por ninguno
de nosotros y sé que donde haya llegado, estará mirándome y
estará en un buen lugar, trataré de progresar en estos últimos
años.
En este tiempo que he estado recorriendo tierras diferentes
me pregunto cómo serán todos, cómo tienen de organizadas
sus vidas, cuántos guerrilleros se han podido escapar, cuántos
más han matado, cuántos más anhelan cambiar este país a mero

94
reflexionando y realizando

plomo, si lo único que hacen es agrandar el problema; nunca


estuve de acuerdo con los jefes de la guerrilla, tienen algunos
ideales buenos pero así no funciona un país, lo único que me
da pesar es de la gente inocente que se hace matar mientras
otro se enriquece, es mejor ir por lo legal aunque haya a veces
mucha injusticia y a veces mucha corrupción, pero siempre va
a ser mejor tener esa libertad, que cualquiera anhela en estos
momentos; tuve muchas oportunidades pero no eran para mí,
mi oportunidad era una sola y escogí la correcta, para ganar
esa paz en medio de la guerra, esa libertad y esas miles de
oportunidades que usted necesita en estos momentos.
También al escoger su iglesia, su Dios en quién creer,
es mejor no equivocarse, los hermanos, los miembros de la
iglesia son los mejores amigos que uno puede tener, en todo
momento ellos siempre me recordaron que todos estábamos
con un propósito, le dieron sentido a mi vida y la aprendí a
apreciar, mucho más que antes a escoger bien mis amistades
y a confiar en las personas. Un día mientras reflexionaba y
pensaba en la amistad, llegó un mensaje de una amiga, ella es
creyente de la iglesia católica y allí comprendí lo valiosa que
es una amistad cristiana; ciertas palabras decían así:
El mejor amigo de mi amigo

El mejor amigo de mi amigo


es un tesoro, es el mejor
porque siempre lo acompaña
aquí y en todo lugar

Ese amigo de mi amigo


lo ama intensamente y lo cuida con ternura
lo alimenta cada día
de su palabra y hermosura

Sin importar lo que sucedió

95
nacido para triunfar

el amigo de mi amigo es el mejor


pues por mi amigo y su existencia
su sangre derramó

Lo mas bello de mi amigo


es que refleja en sus ojos
día y noche
la dulzura de su mejor amigo

Gracias por la vida de mi amigo


pues se ha convertido en un fiel consentido
y en su amor y en su voluntad
nuestras vidas hemos compartido

Esta flor de Dios se despide


con su mirada puesta en él
y con el corazón
rogando por su amigo
No hay nada más importante, nada más hermoso, que
tener amigos, que le describan su forma de ser y que le hagan
sentir deseos de vivir; lo que nunca encontré en la guerrilla,
siempre quise tener amigos de los buenos, pues ya los he
encontrado. Esta persona que me escribió es una de esas
buenas amistades, yo personalmente aconsejaría a cualquier
amigo, de instituciones reinsertados o personas que necesiten
de amistades, éstas son las que deben buscar.
También aprendí a creer en un Dios, no importa la religión
suya, lo que importa es creer en un sólo Dios y dejarnos
tocar por él. Con mis amigos hasta ahora tengo las puertas
abiertas en cualquier momento y estando aquí los recuerdo
mucho, porque no hay nada más que una familia, la que le da
su vida por salvar la de uno, siempre seguiré creyendo en mi
Dios aunque esté alejado de la iglesia, porque él nunca me
ha desamparado, ni un sólo segundo desde que nací, a veces
olvidamos a quién le pertenecemos, sólo se que tengo mucha
memoria en quién pensar y ojala Dios, donde esté, me vuelva
a dar buenos amigos, los que realmente necesito.

96
reflexionando y realizando

En estos momentos trato de no dejarme llevar por lo malo


que hice atrás, con la ayuda de Dios. En mi infancia no tuve
tiempo para divertirme, pero ahora trato de aprovecharlo de
una forma madura. Espero acabar mi bachiller en este año y
que Dios decida el año entrante qué hago, porque tengo muchas
oportunidades; el encuentro con mi hermano me dio muchos
ánimos de seguir para adelante, algo por qué luchar, a pesar
de que pasará un buen tiempo para poder estar juntos. Seguiré
esperando esa mujer especial que mi Dios me tiene guardada
y así termina todo, con cosas buenas y cosas malas, momentos
buenos y malos, como todo. Gracias por su tiempo.

97
Este libro se terminó de imprimir
en el mes de abril de 2008
en los talleres litográficos
del Centro Editorial
Universidad de Caldas
Manizales - Colombia
Testimonio de un adolescente desvinculado de un grupo armado ilegal

Santiago L.
Santiago L.

Con el apoyo financiero de:

EDITORIAL UNIVERSIDAD DE CALDAS


COLECCIÓN ARTES Y HUMANIDADES

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