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LOS VIERNES
DE LAUTARO

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FONDO
CARLOS MONTEMAYOR

BIBLIOTECA CENT1'..AL
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jesús gardea

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los viernes de Iautaro

siglo xxi editores, s. a.



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OPlt.ZA
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de españa editores, sa
5, MADRID 33, ESPANA
índice
aquellos bamba [9]
hombre solo [18]
siglo veintiuno argentina editores, sa los viernes de lautaro [25]
nazaria [31]
~Jil~_ y~t~Rt}.~!1~~~
º~-~~~~~ia,ltda
1
la acequia [35]
garita, la muerte [40]
como el mundo [59]
"el mueble" [64]
la pecera [71]
las primaveras [79]
el último otoño [85]
las puertas del bosque [ 92]
en la caliente boca de la noche [971
gemelos [ 103]
las traiciones [ 109]
soliloquio del amargo [137]
de otro lado [144]
entre ladrones [149]
fuga mayor [ 155]

edición al cuidado de jorge tula


portada de anhelo hernández
primera edición, 1979
© siglo xxi editores, s. a.
ISBN 968-23-0524-1
derechos reservados conforme a la ley
impreso y hecho en méxico/printed and
made in mexico

[5]
A
JAIME LABASTIDA
A
MIS HIJOS
JACOBO E IVÁN
capaces de mantenerse jóvenes para a
turas como esta nuestra de las cabeci
Don Gaspar Otelo no acabó de habl
Estaban tocando a la puerta del gale
-¿Quién será, Valerio? J•
-Un amigo suyo, quizá, don Gaspar •.~,
-Ve a abrir. SOLILOQUIO DEL AMARGO
El ex mesero abrió la puerta : era
Sanblas
-Or~ que clama -murmura el san-'
y seña. Miro las peladuras que tiene el techo de
=-Oro que clama -contesta el ex estuco. La tristeza me invade. Pienso en
sero. los años de vida que acabo de cumplir.
-¿Listo? -le pregunta Rufo Sanbf. Una vida que se me ha ido a contrapelo
en voz queda. del amor. No es que me falte o que me
-Sí, jefe; pero no se le olvide : 1 haya faltado nunca mujer. No. No es eso.
anillos son para mí ...
La sábana con la que me tapo hasta la
barbilla, huele a jabón. Es un olor bueno
porque le quita a la cama su siniestra rea-
lidad nocturna. Los sentidos, la carne, se
alegran indeciblemente a causa del olor;
pero sólo por un momento: el horizonte
inmenso que habían creído descubrir, se
cierra, como una puerta oscura, en sus
narices. Por debajo del olor a limpio hay
el de un cuerpo recién salido del agua. Y
todos los caminos llevan a Roma. A su
catedral de nave húmeda y rosada. Allí yo
he copulado y copulado, como un macho,
y nada más. Estos días iguales. Cómo qui-
siera no salir, pasármela aquí tumbado,
haciendo gorgoritos como un orate, tocán-
dome las heridas frescas de anoche. (Uno
se hiere al tratar de jugar en el amor.
Uno arde entonces en su fuego mezquino

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~I" sin haber desplegado jamás las alas.) Pero
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no hay modo, digo, de quedarse en cama
la mañana entera. Otro día será.
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J Laura -es legión- se voltea boca arri-
ba. Aún parece dormir. Columbro sus pe-
Según avanza la luz del sol en mi cuar- zones aplastados. Pezones que han resis-
to, yo calculo la hora. Hoy me desperté tido, por años, el asalto febril de mi
más temprano que de costumbre; ahorita lengua, de mis dedos. Hay un ojo inte-
no pueden ser más de las siete y media. rior en Laura; y lo creo como si lo viera,
Cuántos hombres, me pregunto, no están como si él me viera. Gracias a él, ella
condenados, como yo, a mirar las peladu- percibe el lúdico abismo, sin asideros de
ras del cielo de sus cuartos cuando abren ninguna clase, en el que habrá de caer
los ojos: pura desolación que lo enjuta conmigo, en mí fundida de cabo a rabo:
a uno. De anoche: aquí estamos para des- y recula. Su aplastamiento es absoluto.
hacer el amor, y arrasar y darle otro nom- En la multitud de caminos reales que cru-
bre al paraíso. Y a los animales; y a la zan su cuerpo en todas direcciones crece,
fruta. Previamente mutilados mi tacto y de golpe, una noche de espinas. Si al me-
mi invención de enamorado, yo abro a nos pudiera yo conciliar el sueño y aho-
Laura. Yo, el avezado copulador, y no tar- gar los pensamientos ...
do en caer, en hundirme, en chisporrotear A la luz se han añadido ahora los rui-
como un cable eléctrico en el abismo. dos de la ciudad, sus olores. Comienza
Amén.Orgasmo. Me devuelven lentamente el calor. Aparto la sábana de un lado, ¿por
las olas a la playa donde todo empezó. qué no persiste·un poco m'• el fl'llco de
Laura se ha dado vuelta sobre su costado las primeras horas? Cuando el 101 mo to-
derecho. Duerme. Ella es un guante de que los pies, como un tizón ardiendo, tan-
veinte dedos, tirado en la arena, con el dré que levantarme y correr en seguida
cual acabo de masturbarme. Y yo encuen- la cortina. Para vestirme y volver al mun-
tro, alrededor de su cuerpo apetecible, la do necesito de la penumbra. Laura se en·
fruta y los animales del paraíso, pudrién- cuentra en la misma posición de anoche,
dose ya. Y ésa es la cuestión. Mientras, la boca arriba, respirando con los labios se-
luz sigue avanzando hacia la cama, hacia miabiertos. Sus labios delgados. Envidio
mí. El amanecer debería ser un fenómeno su sueño. (Laura recula a medias. Va a
total : debería amanecer también en nos- desprenderse de su sexo para que baje,
otros, para que no nos perdiésemos -co- como lúbrica araña, conmigo al vacío.
mo nos perdemos- en noches tan largas. Unos cuantos segundos dura el descenso.
Bueno, la cosa es que el amor no debería Después, igual que antes, lo que sigue, se
dejar, nunca, detrás de sí, semejante ras- repite. Me asombra la liviandad de Lau-
tro de muerte. En la playa sopla un aire ra ; su carencia de alegría y de peso sufi-
triste deveras. Y anoche, como otras cientes en la sangre para ir más allá de
noches. ella misma. Hace ya mucho tiempo que
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yo rompí mis últimas palabras en su dura;. bre. De nada vale pasarse a la sombra de
corteza. Sutil enemiga mía. Por desa los edificios. La incomodidad que siento
gos como éste, se comprenderá que ya n1 en las axilas es creciente. Si no me quito
tengo nada que decirle. Nada.) Sin dud · el saco pronto voy a sentirme más infeliz ;
Laura siente que el fresco ha cesado, pu hasta las uñas. Y no quiero. No lo sopor-
se destapa y avienta la sábana al piso taría. Me repego pues a la pared buscando
abre los muslos. No ha abierto, sin em.~ una puerta abierta donde meterme. Con-
bargo, los ojos: todo lo hizo anclada a s~ fusamente recuerdo que por el rumbo que
sueño perfecto. La luz del sol rebota e~¡ llevo, hay una tienda de abarrotes, y en la
el piso y enciende la cal del estuco. El so&~ tienda, un ventilador. Hoy creo que es el
ya está a mis pies: es hora de levantarmeá día más caluroso en todo lo que va del
Me he hecho viejo frente a las viandas d~ verano. Ni quien sospechara tanto fuego
un banquete, sin tocarlas. cuando amaneció. Por la tienda he pasado
Me pongo la ropa, sonámbulo. Me ao mil veces de largo y he sentido su sabrosa
coa la cortina y, por una hendidura, min bocanada húmeda. Compraré algo prime-
hacia la calle, abajo. Son como las nueve. ro -me digo en el momento de entrar.
La calle me da la impresión de siempre, Un dependiente marca unas cajitas ama-
un lugar envejecido prematuramente, ea rillas sobre el mostrador. Me le acerco y
el que las esperanzas ya no cuentan, yat· le pido cerillos: de los baratos. Sin quitar
no viven. Un día de éstos, Laura no mer la vista de sus cajitas, el dependiente ex-
verá regresar. Voy a convertirme en un tiende un brazo hacia atrás y de un casi-
árbol de arena. Trabajo me cuesta tomar- llero toma lo que pedí. "Son cincuenta
me el jugo de naranja en la cocina. Es centavos, señor'', dice. Le hago un comen-
como si se me hubiera coagulado la tris- tario del estado del tiempo. No me oye, o
teza en la garganta y no quisiera salir de " no tiene ganas de hablar. 1!1 podría ser
allí. No tendré ni siquiera voz para despe-,'~1 hermano de Laura, la boca como una cor-
dirme de ella como ayer: como hace sU' ;~ tada en la cara. Su mal humor me impor-
glos, Es raro que Laura me escuche cuan. .., ta poco: yo procedo entonces a quitarme
do le digo adiós. No obstante, yo persisto ''~ el saco para que el aire del establecimien-
en la costumbre, porque mi adiós es otra i'~ to me envuelva y refrigere. El dependien-
cosa; quizás el poro por donde la prima- .!;.,¡ te, levantando la cara, me mira por pri-
vera sigue respirando en mí. Ya para aban. '~ mera vez. "No -me detiene- déjese
donar el departamento, compruebo si trai- .)~ mejor usted el saco." Casi no mueve los
go bastantes tarjetas de presentación en h, labios al hablar. La voz le ha salido de
el portafolios de falsa piel. }. adentro, como si fuera un autómata. "Es
En la calle, el calor hincha el aire y me que me estoy asando", le replico. El de-
aplasta y me sofoca. Es un sapo de lum- pendiente, con una mano, empieza a echar
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sorprenderá verme volver tan pronto. Le


las cajitas amarillas en la bolsa que ha diré que no quise exponerme a una ln•ola·
formado con su delantal levantándolo por ción, segura muerte de perro. Laura me
sus dos puntas con la otra mano. Llena la va a oír sin escucharme, fingiendo que
bolsa, el dependiente desaparece con ella está atenta y que mis palabras le íntere-
en la trastienda. Entonces entra otro clien- san inmensamente. Pero ya me da lo mis·
te, y viene y se para junto a mi. Me pre- mo. En cierto modo, lo que llamo mis
gunta si no hay quien despache. Yo le palabras, no me pertenecen : son mis dele-
respondo que sí, que hay un muchacho, gadas en la muerte que a diario padezco
y le muestro -no sé por qué- los cerillos en el alma árida de Laura. Yo me escapo.
que acabo de comprar. Pero él no los ve: El portafolios comienza a dorarse como
le ha llamado más la atención la moneda un pan metido al horno. Me quema cuan-
de a peso con que pagué y que el emplea- do me roza la pierna. Lo separo de mi
do se olvidó de recoger. "Es mi cambio", cuerpo, pero no por mucho rato. La pape-
le explico, y me apresuro a tomarlo. La lería y otros objetos que traigo en él, pe-
moneda está fresca. Me la echo a la bolsa san igual que piedras. Escurre azogue el
del saco -que al fin no me quité- y edificio. Los vidrios de las ventanas se
vuelvo rápido a la calle. han fundido. Veo todavía corrida la cor-
El calor es terrible. Me deslumbra, dolo. tina del apartamento, como si Laura estu-
rosamente, la luz intensa de la mañana. viera aún allí. El calor anda también por
Camino unos pasos a ciegas, en el hervor las escaleras. Mi salvación es el departa-
general de todo lo que me rodea. Pero mento, la recámara oscurecida, la cortina,
luego me detengo, y decido regresar al el clima artificial. Laura salió. Me desnu-
departamento. El departamento también do y voy y me tumbo en la cama. El aire
tiene aire acondicionado, como la tienda. que sopla desde las ventilas, me arrulla.
Laura lo disfruta andando desnuda la ma- Vuelve el sueño atrasado. Pero no deseo
yor parte del día, bajo la bata. Ella me lo dormir: pienso en mi vida, que se me ha
ha dicho. Yo haré lo mismo en cuanto ido a contrapelo del amor y sus juegos.
llegue. Le contaré que me he hallado un
doble suyo; un hermanito, de pelo corto.
De vuelta paso por enfrente de la tienda
y en el hueco oscuro de la puerta distin-
go, como una mancha salpicada de ama-
rillo, el delantal blanco del empleado : el
muchacho sigue trajinando con sus caji-
tas. Tal vez ni se acuerde ya de mí. Laura
no me espera. Excepto los fines de sema-
na, nunca como en el departamento. Le
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impreso en gráfica panamericana, s. c. l.
parroquia 911 - méxico 12, d. f.
tres mil ejemplares más sobrantes
para reposición
15 de noviembre de 1979
El sol ardiente, el filo de la tarde, las calles blanqueci-
nas y desiertas, el tiempo inmóvil, las situaciones ter-
cas en su desesperación absurda. Esta es la atmósfera
de los cuentos de Jeús Gardea -nacido en Ciudad
Delicias, Chihuahua, en 1939-. Sus personajes son
seres solitarios y quietos que viven intensamente su
resignación. El movimiento en ellos es invariablemen-
te fatalístico. Padecen de inopinados ataques de risa
o llanto, que más que desahogos en un presente mo-
nótono son rachas de nostalgia por algo que sólo se
ve insinuado por la situación extrema en que se en-
cuentran: desde la pobreza total unos, hasta el absur-
do extremo otros.
Los cuentos están ubicados en un pueblo indefinido,
en donde existe un patrón feudal, o cuando no, un al-
calde. Un fuerte. La presencia del oprimido se ve me-
ticulosamente diferenciada de la masa o grupo, pero
preserva la aureola de un destino más global que su
propia historia individual. Es el enfrentamiento de un
mundo contra otro.
Hay también cuentos que se desarrollan dentro del
otro lado: la casona, la tiranía de las horas de la comi-
da, la amarillenta fuerza de los objetos en esos mo-
mentos sin principio ni fin que o veces pueden ser las
rabias de los adultos. O sus tristezas.
No es la injusticia social lo que empuja a Gardea a
escribir. Es más una ansia de traducción a sus propios
términos; una necesidad de trasladar la realidad a
sus propias normas de espacio y tiempo, en las que
aparecen reflejadas, inconfundibles, las estructuras,
fuerzas, desproporciones, opresiones que nos hacen.

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