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Evolución vs.

visión romántica

[…] si todas las cosas son una con el fundamento, sólo existen dos
posibles alternativas al respecto, ser conscientes de esa unidad o no serlo,
es decir, ser conscientes o inconscientes de nuestra unión con el
fundamento divino.

Y puesto que, según la visión romántica, usted parte de una unión


inconsciente con el fundamento, ¡no puede perder esa unión! Tal vez usted
haya perdido la conciencia de esa unión ¡pero no puede perder esa unión
porque, en tal caso, dejaría de existir! De modo que si usted es inconsciente
de esa unión, las cosas ya no pueden, ontogenéticamente hablando, irle
peor, porque ese es ya el culmen de la enajenación. Usted ya está, por así
decirlo, viviendo en el infierno, usted ya está inmerso en el samsara, sólo
que no se da cuenta porque carece de la conciencia necesaria para
apercibirse de ello. Tal es, de hecho, el estado real del yo infantil, el
infierno inconsciente.

Lo que ocurre entonces, sin embargo, es que el yo comienza a despertar al


mundo alienado en que se encuentra. Usted pasa del infierno inconsciente
al infierno consciente, y en ese proceso va tomando conciencia del infierno,
del samsara, del dolor inherente a la existencia y, al llegar a ser adulto, está
ya inmerso en la pesadilla de la miseria y la alienación. El yo infantil no
vive, pues, en el cielo, sino que no es lo suficientemente consciente como
para percibir las llamas del infierno que le rodean. El niño se halla
francamente inmerso en el samsara, sólo que no es lo suficientemente
consciente como para darse cuenta de ello. ¡La iluminación, pues, no tiene
nada que ver con un retorno a este estado infantil ni con una «versión
madura» de ese estado! Ni el yo del niño ni el de mi perro se retuercen en
la culpabilidad, la angustia y agonía ¡Por ello la iluminación no consiste en
recuperar la conciencia de perro (ni siquiera una «forma madura» de
conciencia canina)!

En la medida en que la conciencia del niño crece, va tomando lentamente


conciencia del dolor intrínseco de la existencia, del tormento intrínseco del
samsara, del mecanismo de locura propio del mundo manifiesto, y empieza
a sufrir. Es entonces cuando va dándose cuenta de la primera noble verdad,

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la estremecedora iniciación al mundo de la percepción cuya única regla es
el fuego del insaciable deseo. No existe, pues, ningún mundo anterior ajeno
al deseo, ningún estado previo «paradisiaco», sino sólo una inmersión
inconsciente en un mundo del que el yo va tomando conciencia de manera
lenta y dolorosa.

Así es como, a medida que crece la conciencia del yo, pasa del infierno
inconsciente al infierno consciente, en donde puede permanecer durante
toda su vida, buscando torpes consuelos que emboten sus sentimientos y
aturdan su desesperación. La vida se convierte entonces en la búsqueda de
lenitivos, de compensaciones con las que el yo trata de convencerse, al
menos provisionalmente, de que el mundo de la dualidad es algo positivo.

Pero el yo también puede proseguir su proceso de crecimiento y desarrollo


y adentrarse en los dominios auténticamente espirituales, trascendiendo, en
tal caso, la sensación de identidad separada y llegar a identificarse con la
divinidad. La fusión con lo divino, una fusión o unidad que había estado
presente -aunque de forma inconsciente- desde el mismo comienzo,
destella ahora en la conciencia en una fulgurante explosión de iluminación
que le pone en contacto con lo inefablemente ordinario; entonces es cuando
actualiza su identidad suprema con el Espíritu, en la evidencia de la brisa
fresca de un día claro de primavera.

Éste es, pues, el proceso real de la ontogenia humana: desde el infierno


inconsciente hasta el infierno consciente y, desde ahí, hasta el cielo
consciente, y en ninguna de esas fases el yo pierde su unidad con el
fundamento ¡porque, en tal caso, dejaría de existir! Dicho en otras palabras,
la agenda romántica tiene razón en lo que respecta al segundo y tercer paso
(el infierno consciente y el cielo consciente), pero se halla completamente
equivocada en lo que respecta al estadio infantil (que no es el cielo
inconsciente sino el infierno inconsciente).

Así pues, el estado infantil no es el inconsciente transpersonal, sino el


inconsciente prepersonal; no es transracional, sino prerracional; no es
transverbal, sino preverbal; no es transegoico sino preegoico. Y el curso del
desarrollo humano -el curso, en realidad, de toda la evolución- se dirige de
la subconsciencia a la autoconciencia y, desde ella, hasta la
supraconciencia; de lo prepersonal a lo personal y, desde ahí, hasta lo
transpersonal; de lo inframental a lo mental y, desde ahí, hasta lo

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supramental; de lo pretemporal a lo temporal y, desde ahí, hasta lo
transtemporal... o, dicho de otro modo, a lo Eterno.

Los románticos simplemente confunden pre con trans y, en consecuencia,


exaltan los estados pre a la gloria de los estados trans (del mismo modo que
los reduccionistas desdeñan los estados trans afirmando que no son más
que regresiones a estados pre). Estos dos errores -el error elevacionista y el
error reduccionista- son las dos expresiones fundamentales de la falacia
pre/trans […]. Porque el hecho es que el desarrollo no constituye una
regresión al servicio de ego, sino una evolución al servicio de la
trascendencia.

Ken Wilber