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Manuel García-Carpintero

Las P,alabras,
las ideas
y las cosas
Una presentación
de la filosofía
del lenguaje

EditorialAriel, S.A.
- Barcelona
PRÓLOGO

Esta obra ha tenido una larga elaboración. Versiones preliminares de la


mayoría de los capítulos fueron escritas desde 1993 y distribuidas entre mis
colegas y amigos, así como entre parte del alumnado al que va destinada pri­
mariamente (alumnos de los cursos introductorios de Filosofía del Lenguaje en
la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona y de "Lógica y Filoso­
fía del Lenguaje" de la Licenciatura de Lingüística de la misma universidad).
Las sugerencias y comentarios críticos de algunos de ellos han sido incorpo­
radas en la versión que aquí se ofrece, de modo que muchos de sus defectos
iniciales han sido así remediados. Mi agradecimiento a todos ellos no puede ser
más sentido. Leyendo esas versiones anteriores -una vez adquirido el parcial
desapego con que el tiempo y la crítica benevolente nos permiten examinar
retrospectivamente incluso los más queridos productos de nuestro esfuerzo­
soy bien consciente del enorme esfuerzo que hubieron de hacer, y de lo enor­
memente beneficioso que -por encima de todo para mí mismo, pero también
para el lector que se aventure en la obra- ha sido ese esfuerzo. Algunas de las
personas que, según puedo recordar, han contribuido en mayor o menos grado
a que el libro sea mejor de lo que hubiera sido sin su ayuda son: Alicia Ama­
ya, Iratxe Arrieta, Susana Balfegó, Ramón Cirera, Ramón Coletas, Ignacio
Jané, Jordi Fernández, Ramón Jansana, Manuel Pérez Otero, David Pineda,
Luis Pla Vargas, Daniel Quesada, Jorge Romera, María Verdaguer, Ignacio Vica­
rio. fose Antonio Díez Calzada tuvo la paciencia de leer detenidamente la penúl­
tima versión del libro, y sus penetrantes críticas y sugerencias dieron lugar a una
versión final muy mejorada. En un lugar aparte debo mencionar, finalmente, a
mi esposa, Begoña Navarrete. También intelectualmente, ella ha sido la mayor
influencia en los pensamientos que conformaron las páginas que siguen; los ha
conocido en casi todas sus edades, y provocó muchas de sus mutaciones. Debo
mencionar finalmente la ayuda financiera que he disfrutado durante el período
de redacción de este texto, en la forma del proyecto de investigación PB93-!049-
C03-0! (subvencionado por la DGICYT, Ministerio de Educación), que me ha
permitido presentar ideas aquí desarrolladas en congresos y reuniones científicas
y ha contribuido de otros modos a la realización del trabajo.
---,

X PRÓLOGO

El beneficio de los comentarios y las indicaciones de todos estos lectores


atentos e inteligentes, cada uno de ellos una ejemplificación del lector ideal
que el autor de un texto como este busca, hace que no pueda engañarme sobre
los defectos que aún restan, y me permiten decir con completa sinceridad
-<:orno con un carácter hasta cierto punto formulario suele decirse en estos
casos- que sólo yo soy responsable de ellos. Uno de esos defectos llama la
atención ya en las líneas precedentes (en parte porque han sido escritas expre­
samente con la intención de exagerar el rasgo): uno tras de otro, los lectores
de versiones previas de este trabajo me han hecho notar que su estilo -barro­
co, casi nunca en la variedad conceptista practicada por Tácito o Gracián, casi
siempre en la variedad verbosa llevada a cimas estéticas por Cicerón y Gón­
gora- dificulta su lectura. Es mi convicción que el estilo literario, en sus ras­
gos más abstractos, es una manifestación del carácter de una persona, tan esen­
cial como el llevar a cabo acciones temerarias pueda serlo de la imprudencia.
Al igual que otros de los rasgos más generales de nuestro carácter, la disposi­
ción a escribir con arreglo a unos patrones más bien que con arreglo a otros,
de entre todos los que como lectores somos capaces de apreciar, nace con
nosotros y no nos abandona desde entonces. Podemos, desde luego, depurar
nuestro estilo; pero no podemos sustituirlo por alguna de las otras alternativas.
El estilo de esta obra es un producto, basto, tosco sin duda, y sin duda exa­
cerbado, de uno de esos espíritus que se guían hasta el paroxismo por la máxi­
ma de Forster: "Only Connect". Las personas así prefieren utilizar términos
más infrecuentes, cuando también sería posible utilizar otros más comunes,
pues de ese modo establecen conexiones más precisas: conectar más precisa­
mente es conectar más, pues las conexiones imprecisas ya están dadas en cual­
quier caso. Prefieren matizar un sustantivo con un epíteto o un verbo con un
adverbio a no hacerlo, por la misma razón; y, por la misma razón también,
i;
1
escogen una compleja e infrecuente estructura sintáctica de subordinación, a
una más frecuente coordinación. Pues la coordinación sería compatible tanto
con la existencia como con la no existencia de conexiones que la subordina­
ción establece; o no permitiría establecerlas más que de una manera (al gusto

H
de la persona que caracterizo) poco elegante. Prefieren también hilvanar su dis­
curso haciendo excursus en los lugares apropiados, para volver después al lugar
inicial, a iterar el elemento del excursus acabada la narración principal (con lo
que la conexión podría perderse). Los caracteres así disfrutan impartiendo (o
recibiendo) cursos académicos de 50 sesiones -y escribiendo (o leyendo)
libros de varios centenares de páginas- hilvanados por un argumento conti­
nuado; un argumento que, por tanto, sólo al final se revela propiamente, y qui­
zás sólo una relectura o el repaso por una memoria en muy buenas condicio­
nes permita apreciar.
Si es verdad que es un rasgo de carácter lo que nos guía al preferir, de
entre obras igualmente excelentes, el estilo de unas al estilo de otras (el inglés
filosófico de Hume y Quine, al de David Lewis; el inglés literario de Jane
Austen o George Elliot, al de Emily Bronte, Charles Dickens o Robert Louis
Stevenson; entre mis contemporáneos, el español de Juan Goytisolo o Rafael
PRÓLOGO XI

Sánchez Ferlosio al de Antonio Muñoz Molina), y a sentirnos impulsados a


imitar uno más que otro en nuestras propias producciones, entonces no tiene
sentido que pida disculpas por él. Puedo, desde Juego, pedir disculpas por Jo
burdo de mi apropiación del estilo que he descrito; pero sólo puedo pedir tole­
rancia por servirme de él a los lectores con gustos distintos --con caracteres
distintos-. Cuando nos enfrentamos a obras construidas con arreglo al estilo más
opuesto al que caracteriza nuestros propios gustos, podemos tolerarlas bien, e
incluso apreciarlas, si exhiben el estilo de manera excelente (a veces nos obliga a
hacerlo, si no nuestra propia inclinación, el reconocimiento del que sabemos dis­
frutan esas obras). Somos mucho menos respetuosos cuando nos enfretamos a
ejemplificaciones no tan distinguidas, y más bastas, de esas mismas obras.
Puesto que este trabajo pertenece al segundo grupo, ofrezco las conside­
raciones precedentes con el fin de solicitar al lector su benevolente tolerancia.
Para ofrecerla, basta tener presente en todo momento que las diversas opcio­
nes (el estilo barroco y el clásico, en este caso) tienen su propio derecho a ocu­
par un Jugar bajo el sol, derivado primero de la existencia de personas con unos
y otros gustos, y después de la existencia de obras capaces de satisfacerlos se
manera igualmente sublime. Obras que, a buen seguro, no existirían si la into­
lerancia de algunos acabase con las manifestaciones toscas del estilo que detes­
tan; pues incluso las obras sublimes requirieron, salvo en el caso de unos pocos
privilegiados, muchos ensayos toscos. Los críticos menos tolerantes encontra­
rán que la inclinación al barroquismo traiciona rasgos censurables de carácter:
vanidad, presunción, soberbia... ; y quizás tengan razón. Pero lo mismo cabe
decir de la tendencia al clasicismo; el crítico debería tener presente que su
adversario ve en las versiones particularmente toscas del estilo por él aprecia­
do una llanura, una simplicidad y una superficialidad más destestables a sus
ojos que la vanidad, la presunción y la soberbia, y que este adversario no está
probablemente menos equivocado que él al creer que estos otros rasgos suelen
darse también conjuntamente con el aprecio del clasicismo.
El partidario del clasicismo se refugiará finalmente, a buen seguro, en con­
sideraciones pragmáticas. En un trabajo como éste, una de cuyas funciones
habría de ser la de servir de manual introductorio a personas que desean o pre­
cisan iniciarse en fa filosofía contemporánea del lenguaje, el clasicismo es lo
indicado. Ciertamente, he tratado de hacer concesiones en este sentido. He
incluido generalmente, al comienzo de los capítulos y de algunas secciones,
esbozos de lo que se incluye en ellas; cuando los argumentos son largos y com­
plejos, he incluido pausas, situando lo expuesto hasta allí en el argumento
general; he incluido, por último, resúmenes al final de algunas secciones y de
todos los capítulos. (Pese a que yo mismo estimo mucho más el modo de com­
posición de los trabajos filosóficos, artículos o libros, en que no se hace nada de
esto, si existe una estructura esbozable o sumariable que una segunda lectura per­
mite al lector esbozarse o resumirse nítidamente a sí mismo; y a que omito leer
con atención esbozos introductorios y resúmenes cuando los encuentro.) Única­
mente me he resistido a la idea de incluir también "tablas" o "figuras", que van
más allá de lo que mis gustos toleran en un libro de filosofía.

-
PRÓLOGO XIII

El prólogo de una obra es el único Jugar en que su autor puede permitirse


consideraciones personales, y las precedentes ciertamente han tenido un carácter
personal. En sustancia, he dicho que los lectores a que esta obra se dirige (como
acostumbra a decir Juan Goytisolo de las intenciones que animan sus propios
escritos) son aquellos que están bien dispuestos a ser también relectores. Pido a
mis lectores tolerancia; que, si se dicen, "esto podría haberse escrito con frases
más cortas, o con palabras más comunes, o con estructuras de coordinación, y
hubiera ganado en simplicidad", recuerden primero que el autor no podría real­
mente haberlo escrito como sugieren, y por otro que algunos de nosotros, cuan­
do leemos textos con las características por él deseables, nos decimos "esto
podría haberse escrito con frases más largas, con palabras menos frecuentes, con
una mayor variedad de estructuras de subordinación, y hubiese ganado en rique­
za". Por último que, si bien nada intelectualmente interesante, estética o teoréti­
camente, es sólo "cuestión de gustos", recuerden también que unos y otros esti­
los --en último extremo justificados en verdad por la existencia de seres huma­
nos con diferentes gustos- están igualmente asociados con vicios y con virtu­
des, y arrojan igualmente un saldo práctico que incluye tanto beneficios como
déficit. El lector hará su propio balance en este caso concreto.
Pese a la pretensión de abordar los problemas en profundidad, este libro
no deja de tener un carácter introductorio. Por esa razón, he limitado al míni­
mo posible las referencias bibliográficas y el aparato crítico de notas a pie de
página. La presentación está informada por la discusión más reciente en filo­
sofía de la mente y filosofía del lenguaje, como los lectores más "profesiona­
les" advertirán; pero he tratado de que ello no aflore con el aparato usual, para
evitar rémoras molestas a un lector que pretende iniciarse en la materia.
Muchas de las ideas, incluyendo ideas expositivas, provienen de otros autores.
He tratado de dar el debido crédito a todos ellos, pero quiero disculparme aho­
ra por los casos en que, debido al propósito de mantener al mínimo el aparato
crítico, no lo haya hecho. Tampoco he enfatizado las propuestas relativamente
originales; algunas han sido desarrolladas en artículos de investigación ya
publicados en revistas especializadas; otras se exponen aquí por primera vez.
Entre ellas: la distinción entre sistematicidad y contextualidad, y la explicación
de la naturaleza "composicional" o "estructurada" del lenguaje en los capítu­
los I y VI, expuesta previamente en "The Philosophical Import of Connectio­
nism: A Critica! Notice of Andy Clark's Associative Engines", Mind and Lan­
guage 10 (1995), pp. 370-401; la teoría de las citas como signos ostensivos del
capítulo II, expuesta previamente en "Ostensive Signs: Against the Identity
Theory of Quotation", Journal of Philosophy, 91 (1994), 253-264; la formula­
ción de la distinción entre internismo y externismo en los capítulos III y IV y
del carácter internista de la concepción fregeana de los sentidos, expuesta en
"The Nature of Extemalism", aún no publicado; el análisis de las disposicio­
nes y de la distinción entre propiedades primarias y secundarias en el capítulo
V; la teoría de las expresiones referenciales -particularmente de los nombres
propios- como expresiones "reflexivas del ejemplar" en el capítulo VII, pre­
sentada en "The Frege-Mili Theory of Proper Names", aún no publicado; la

-- ....
XIV PRÓLOGO

interpretación de la teoría de las constantes lógicas en el Tractatus como expre­


siones cuyo significado es sensible a rasgos semánticos abstractos de las expre­
siones genuinamente referenciales del capítulo IX, expuesta en "The Grounds
for the Model-Theoretic Account of the Logical Properties", Notre Dame Jour­
nal of Formal Logic, vol. 34, núm. 1, 1993, 107-131, y en ''The Model-Theo­
retic Argument: Another Tum of the Screw", Erkenntnis 33 (1996); la inter­
pretación fenomenalista de los simples del Tractatus en el capítulo X; el aná­
lisis del concepto de lenguaje privado en los capítulos IV y XI; la exposición
de las paradojas de la tesis guineana de la indetenninación del significado y la
referencia en el capítulo XII, presentada en "Disquotationalism in the Face of
the Indeterminacy Thesis", aún no publicado; finalmente, las sugerencias res­
pecto de la naturaleza del carácter "descitativo" o "desentrecomillador" de la
verdad en los capítulos X y XII, desarrolladas en "What Is a Tarskian Theory
of Truth?", Philosophical Studies, 82 (1996), pp. 113-144 y en otros trabajos
pendientes de publicación.
Con la única excepción de las citas de las Investigaciones filosóficas, las
traducciones que ofrezco son mías. Al menos en cinco ocasiones (algunas se
1
indican en el texto) encontré, al pretender citar una traducción ya existente,
'¡ errores graves, que tergiversaban el sentido del texto de manera sustancial. El
ámbito de las traducciones, al menos de las de textos filosóficos, es uno de los
•j muchos en los que nuestra cultura tiene aún mucho que mejorar.
Los temas que se exponen en este trabajo son aquellos sobre los que he
venido reflexionando desde que me introduje en la filosofía. Cualquier valor
que pueda encontrarse en el modo en que aquí se abordan se debe, primero, a
quienes me introdujeron a ellos, Juan José Acero y Daniel Quesada; después,
a Calixto Badesa, Enrique Casanovas, Ramón Cirera, Ramón Jansana e Igna­
cio Jané, las personas que han creado en el departamento de Lógica, Historia
y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Barcelona un ambiente de tra­
bajo serio y concienzudo y la práctica del escrutinio crítico por colegas bene­
volentes, pero rigurosos, que hace impensable la confusión y esa nuestra tan
habitual aventurada improvisación.
INTRODUCCIÓN

Desde un punto de vista tanto teórico como técnico, el siglo xx ha produ­


cido indudables avances en nuestra comprensión del mundo que nos rodea.
Resulta notable, sin embargo, lo pequeño que en comparación queda nuestro
conocimiento de lo que, por otra parte, nos parece perfectamente familiar y
apenas necesitado de estudio. Disponemos del enorme caudal de conocimien­
tos teóricos y técnicos necesario para enviar un hombre a la Luna, y sabemos
también construir complejísimas máquinas que hacen por nosotros, con mucha º
mayor precisión y rapidez, los cálculos requeridos para ello. Sin embargo, ñó
sólo no sabemos cómo construir una máquina que sea capaz de entender los
diálogos más cotidianos que intercambian dos conocidos cuando se encuentran,
ni participar apropiadamente en tales intercambios; la verdad es que ni siquie­
ra sabemos cómo enunciar, de un modo suficientemente claro, de qué habría­
mos de.dotar a una máquina así. Sabemos hablar, y entender lo que nos dicen,
por descontado; adquirimos ese conocimiento con mucha mayor facilidad de
lo que adquirimos conocimientos como los antes descritos, y lo preservamos
también sin ningún esfuerzo a Jo largo del tiempo. Pero cuestionamos cómo
expresaríamos eso tan cotidiano que sabemos, eso que hemos adquirido con
tanta facilidad, basta para sumimos en la perplejidad.
La filosofía "analítica" -también un fenómeno del siglo xx- se ha ocupa­
do predominantemente de aliviar esa perplejidad. La filosofía no es una mate­
ria de la que quepa esperar una respuesta precisa a inquietudes como las que
se acaban de formular. Difícilmente cabe esperar acuerdo entre sus practican­
tes respecto a cuáles hayan de ser las respuestas a las preguntas que desearían
responder -a veces ni siquiera existe el acuerdo sobre qué preguntas sea impor­
tante responder. Ya para comenzar, no existe acuerdo entre los filósofos que se
reconocerían a sí mismos como practicantes de la filosofía analítica respecto de
si el término se aplica propiamente sólo a filósofos que comparten un cierto con­
junto sustantivo de ideas. Se aplica, sin duda, a filósofos que reconocen los temas
que este libro persigue presentar de manera introductoria, así como las pro­
puestas sobre los mismos que en él se discuten, como el bagaje imprescindi­
ble para la reflexión sobre nuevas propuestas que ayuden a avanzar la discu-
INTRODUCCIÓN XVII

analítica de plantear los grandes problemas filosóficos como problemas lin­


güísticos. Sin embargo, tal y como está enunciada esa tesis parece poco plau­
sible, pues deja fuera de la tradición analítica ni más ni menos que a sus padres
fundadores (Frege, Russell y el Wittgenstein del Tractatus), además de a
muchos filósofos analíticos contemporáneos (este último es seguramente un
efecto buscado por Dummett).
A mi juicio, existe una descripción más débil de la característica distinti­
va de la filosofía, tal y como se entiende en el ámbito analítico, que se adecua
mejor a la práctica de esta tradición y recoge aún el distintivo enfásis que en
ella se pone en la comprensión del lenguaje y en la enunciación de los pro­
blemas filosóficos como problemas lingüísticos. Pese a ser más débil, la des­
cripción es aún susceptible de provocar controversia: muchos filósofos que, uti­
lizando criterios puramente sociológicos (tales cómo qué revistas leen y en
cuáles publican, qué conceptos y conocimientos se presuponen en sus trabajos,
a qué autores citan frecuentemente) contarían como "analíticos", no se reco­
nocerán a buen seguro en la misma. A cambio, la concepción es interesante.
Las que algunos ofrecen, llevados quizás por la desesperación que produce no
dar con una caracterización no sociológica que sea aceptable por todos, no lo
son; estas caracterizaciones suelen tener como consecuencia que cualquier filó­
sofo que ofrezca argumentativamente justificaciones inteligibles para las tesis
que defiende, comenzando por Platón y Aristóteles, sea analítico. Por lo
demás, la corrección de la concepción no depende de que los que practican la
actividad descrita se reconozcan en ella, sino de que su práctica misma quede
en efecto bien caracterizada así.
De acuerdo con esta propuesta, la práctica de la filosofía analítica no se
distingue por presuponer la tesis sustantiva de la prioridad del lenguaje sobre
el pensamiento, sino más bien una tesis metodológica análoga: la prioridad
filosófica del estudio del lenguaje, y de los conceptos tal y como se expresan
en el lenguaje, sobre el estudio de los pensamientos. La filosofía, en esta con­
cepción, es una actividad intelectual teórica, coincidente con la lexicografía en
particular y con la semántica de los lenguajes naturales en general en sus méto­
dos y en su objetivo: la investigación del significado de las expresiones lin­
güísticas. La diferencia con estas disciplinas es doble. En primer lugar, el
ámbito de la filosofía es más restringido: a la actividad filosófica interesa sólo
el estudio de los significados de ciertas expresiones, a propósito de las cuales
la tradición filosófica viene planteando (desde los presocráticos) genuinos pro­
blemas teóricos: términos tales como 'saber' y 'opinión'; 'objetivo' y 'subje­
tivo'; 'causa'; 'realidad' y 'apariencia'; 'mente' y 'cuerpo' , etc. De este modo,
la filosofía sería, si acaso, una parte propia de la lexicografía o la semántica.
Pero no cabe en rigor hablar de inclusión, como consecuencia de la segunda
diferencia; pues las explicaciones que la filosofía pretende ofrecer al elucidar
los significados de palabras como las mencionadas (o, como diremos alterna­
tivamente, al elucidar los conceptos expresados por estas palabras) no son
meramente descriptivas (como ocurre en el caso de la semántica), sino críti­
cas, regulativas. La actividad filosófica se arroga a sí misma la capacidad de
INTRODUCCIÓN XIX

ciertos modos, las narraciones de cierto tipo, etc.) sean recomendables; es decir,
que nos insten a verlos, oírlos, leerlos, etc. Es esencial a la actividad artística
el buscar producir objetos que, potencialmente, nos insten de este modo a la
acción: a verlos, oírlos o leerlos. La moral y el derecho persiguen enunciar nor­
mas públicas o privadas con arreglo a las cuales sea apropiado formar las inten­
ciones que rigen nuestras acciones. La ingeniería busca producir objetos útiles
para ayudamos a realizar determinados proyectos, designios, etc. Es, de nue­
vo, esencial a lo que hacen quienes practican estas actividades que sus resul­
tados sean sensibles a las intenciones, deseos, etc., de seres como nosotros. Por
otro lado, la realización de los objetivos de las actividades teóricas puede cier­
tamente tener (y usualmente tiene) consecuencias prácticas; estas consecuen­
cias guían además las decisiones privadas y públicas sobre a cuáles de ellas
dedicar tiempo y recursos. Pero tales consecuencias son sólo efectos sobrevi­
nientes a la actividad misma, no los objetivos que las caracterizan. 2
¿Cuáles son esos objetivos? Lo expondré, de nuevo, en términos lingüís­
ticos; para facilitar la comprensión ilustraré mis observaciones con dos ejem­
plos. Los ejemplos provienen de la práctica que he declarado paradigmática de
las actividades intelectuales teóricas, la ciencia; con el fin de que resulten real­
mente ilustrativos, los ejemplos (la teoría genética de Mendel y la mecánica
celeste de Copérnico) conciernen a conocimientos que forman parte ya del
bagaje cultural de cualquier posible lector de estas páginas.
Las actividades intelectuales teóricas se caracterizan por buscar explica­
ciones conceptualmente aumentativas que solucionen problemas planteados a
propósito de un cuerpo de conocimientos cognoscitivamente independiente de
las soluciones, cualesquiera que éstas puedan ser. Consideremos el caso de la
mecánica celeste copernicana, para ilustrar los conceptos que se utilizan en esta
caracterización. 3 La percepción visual nos informa de diversos hechos sobre
los movimientos aparentes, relativos al lugar que nosotros ocupamos, de obje­
tos luminosos en el firmamento visible. Los hechos son, básicamente, de tres
tipos. En primer lugar, el movimiento diurno aparente del Sol, y el movimien­
to nocturno de las constelaciones. En segundo lugar, el movimiento anual del
Sol con respecto a las constelaciones a lo largo de la eclíptica. Finalmente, el
movimiento aparentemente errático de los planetas con respecto a las conste­
laciones (incluyendo los incrementos y disminuciones en la intensidad de la luz
que proyectan que acompañan a estos movimientos "erráticos"). Todos estos
hechos conciernen, como he dicho, a objetos luminosos: la percepción visual
no nos informa de si los objetos emiten luz o la reflejan, ni de su naturaleza:
por lo que a los informes de la percepción visual respecta, el Sol podría ser
una hoguera que Zeus reaviva cada día, o un carro de fuego. Y conciernen al
movimiento aparente: son compatibles con que seamos nosotros los que nos

2. Pese a estar enunciada en ténnínos analíticos. esta exposición resultará sin duda familiar: se parece estre­
chamente a la clasificacíón del saber que lleva a cabo Aristóteles al comienzo de la Metafísica.
3. La exposición que sigue se apoya en los excelentes trabajos de Norwood R. Hanson, Constelaciones y c011-
jeturas (Alianza: Madrid, 1978) y Thomas S. Kuhn, La revoluci6u copemicana. Ariel: Barcelona, 1978.
INTRODUCCIÓN XXI

No debe suponerse que las preguntas para las que las prácticas teóricas
ofrecen explicaciones están cabalmente planteadas con anterioridad temporal a
la existencia de la explicación propuesta por la actividad teórica. En ocasiones
(como han puesto de manifiesto filósofos contemporáneos de la ciencia, como
Karl Popper), sólo después de disponer de la explicación, somos capaces de
formular correctamente el problema. Puede incluso ocurrir que sólo la expli­
cación nos permita ver la existencia del problema. Alguien que no conozca la
teoría copernicana (o sus más precisas versiones contemporáneas) puede no ver
ninguna necesidad de responder a la pregunta '¿por qué se mueven de tal y
cual modo tales y cuales objetos luminosos?'; simplemente, diría esta persona,
se mueven así, no hay más explicación que ofrecer. Lo que es más, disponer
de la explicación puede servirnos para rechazar alguno de los "hechos" relati­
vamente a los cuales se había planteado originalmente el problema. El caso
copernicano es aquí particularmente claro, pues la explicación nos llevó a
corregir radicalmente los términos en que antes se había planteado el proble­
ma. Es por eso que, cuando enunciamos ex post facto el problema (como
hemos hecho en los párrafos anteriores), aceptando ya la verdad de la explica­
ción copernicana, hablamos de movimientos aparentes. Los hechos explicados
por una teoría son muchas veces "construidos" por la teoría; pero no, natural­
mente (como pretenden los teóricos contemporáneos de la ciencia como "cons­
trucción social" de fenómenos) en el sentido de 'construir' en que los cons­
tructores construyen casas, sino en aquel en el que el microscopio electrónico
nos permite "construir" hechos microscópicos: propiamente hablando, lo que
el microscopio nos permite construir es una representación correcta de los
hechos microscópicos, que sin él no estaríamos en disposición de construir.
Una buena indicación de que hemos conseguido una explicación satisfac­
toria en cualquier ámbito teórico es que, con ayuda de la teoría, somos capa­
ces de predecir correctamente hechos relativos al ámbito de problemas que no
habríamos podido predecir sin ayuda de la teoría; típicamente, hechos relati­
vos al futuro. (El carácter futuro no constituye un rasgo necesario de las pre­
dicciones, empero. La teoría de Darwin se confirma en gran medida por sus
predicciones sobre el pasado, como ocurre con la teoría geológica de la deriva
de los continentes.) A ojos de muchos, la teoría de Newton resultó confirma­
da cuando, con su ayuda, Halley predijo la reaparición del cometa que lleva su
nombre con una precisión en su tiempo impensable. La filosofía de la ciencia
contemporánea, que ha enfatizado tanto esta observación como la que hemos
mencionado en el párrafo anterior, revela claramente hasta qué punto la ima­
gen tradicional del "método inductivo" (amontonar "hechos observables" para
obtener de ellos apropiadas "generalizaciones inductivas") es un mito. Eso no
significa, en absoluto, que las actividades intelectuales teóricas del tipo de las
que hasta aquí estamos considerando (del tipo del que la ciencia es el para­
digma) no sean disciplinas empíricas: sus explicaciones se aceptan sólo en la
medida en que son corroboradas por datos observables, obtenidos experimen­
talmente en situaciones controladas e intersubjetivamente contrastables. La
caracterización más ajustada a los hechos que podemos hacer del "método
XXII INTRODUCCIÓN

inductivo" consiste en describirlo como invocando el tipo de argumento que se


conoce como inferencia en favor de la mejor explicación. Sea cual sea el orden
de precedencia entre la elaboración de la explicación teórica y la formulación
precisa de los problemas, la justificación que podemos aducir para aceptar una
explicación teórica es que la propuesta ofrece la mejor explicación hasta aho­
ra contemplada del campo problemático. Y un buen indicio de ello es el que
acabamos de describir: la capacidad de la explicación para permitirnos elabo­
rar predicciones atinadas de hechos que constituyen el ámbito problemático,
que no hubiésemos sabido cómo formular sin ella.
Las explicaciones ofrecidas por las prácticas teóricas (específicamente, por
la ciencia) tienen, pues, bien conocidas virtudes epistémicas: nos permiten pre­
decir con más precisión hechos futuros pertenecientes al ámbito problemático
(en el caso que estarnos considerando, por ejemplo, la posición futura de
los objetos luminosos cuyo movimiento aparente es menos regular, es decir, los
planetas); nos proporcionan una satisfacción cognoscitiva difícil de describir,
consistente en que tenemos la impresión de comprender mejor las cosas; redu­
cen lo relativamente complejo, desordenado y anómico a lo más simple, inte­
grado y nómico, etc. Pero ninguna de estas virtudes velan aquello más impor­
tante que hace a una explicación tal: a saber, que nos proporciona información
sustancial verdadera sobre el ámbito en cuestión. Se trata, además, de infor­
mación que el resto de nuestro conocimiento no nos hubiera permitido obte­
ner, por más exhaustivamente que lo hubiésemos examinado, y por más cui­
dadosos y hábiles que hubiésemos sido al extraer las consecuencias lógicas de

J
lo que ya sabíamos. Es precisamente por eso que los hechos conocidos que sus­
citan el problema, dijimos, son cognoscitivamente independientes de la solu­
1
ción ofrecida, de la explicación.
Únicamente nos queda ya por elucidar la idea de que las explicaciones
proporcionadas por las actividades intelectuales teóricas son conceptualmente
aumentativas. Lo que quiero decir con esto es que es parte de la actividad de
ofrecer soluciones a problemas teóricos el introducir nuevos conceptos, gene­
ralmente introduciendo términos nuevos para ellos, o dando nuevos sentidos a
términos ya en uso (términos teóricos). Los conceptos son "nuevos" relativa­
j mente a los necesarios para formular, con toda la precisión que sea posible, el
problema que la explicación persigue solucionar. Así, como es bien sabido, la
mecánica newtoniana introdujo el concepto de masa. En cuanto al ejemplo que
estamos considerando, quizás no parezca a primera vista cierto que cumple
también esta condición; a fin de cuentas, la explicación ofrecida por la mecá­
nica celeste copernicana se efectúa en términos que ya aparecen en la caracte­
rización de los hechos para los que esa teoría ofrece una explicación. Pero, si
se examinan las cosas de cerca, se ve que el ejemplo sí satisface la condición.
Es cierto que 'planeta', por ejemplo, se suele utilizar tanto para enunciar la teo­
ría copernicana, como para describir uno de los hechos a explicar -el hecho
relativo al movimiento aparentemente errático, día tras día, de ciertos objetos
luminosos (a los que, etimológicamente, se llama 'planetas' precisamente por
lo errático de su movimiento aparente, relativamente a la estabilidad igual-
INTRODUCCIÓN XXIII

mente aparente de las constelaciones)--. Pero la palabra no tiene el mismo sig­


nificado en uno y otro caso. Tal como se usa para describir el hecho a expli­
car, 'planeta' significa objeto luminoso con movimiento aparente errático,
observado desde la Tierra; la Tierra no es, en este sentido, un planeta, y un
"planeta", en este sentido, puede ser un carro de fuego, una esfera de éter, una
hoguera que Zeus enciende y apaga, etc. Tal y como se usa en la explicación,
sin embargo, 'planeta' significa objeto que orbita en torno a otro que emite
luz, reflejando la luz emitida por éste, con independencia de su movimiento
aparente observado desde la Tierra. En este sentido, la Tierra es un planeta.
El ejemplo que hemos proporcionado ilustra las características mediante
las que hemos explicado qué es una actividad intelectual teórica: se trata
de prácticas cuya finalidad es proporcionar explicaciones conceptualmente
aumentativas que solucionen problemas teóricos planteados a propósito de un
cuerpo de conocimientos cognoscitivamente independiente de las explicaciones
ofrecidas. Pero se trata sólo de un ejemplo ilustrativo. Si la caracterización es
razonable, la práctica científica debería poder acomodarse, en general, a esta
abstracta descripción. Examinaré brevemente un segundo ejemplo, con el fin
de que las ideas centrales que forman parte de la caracterización se revelen
separables del caso particular con el que las hemos ilustrado.
En el caso de la genética mendeliana clásica, el ámbito de problemas a
solucionar concierne a ciertas regularidades observables en la transmisión de
caracteres en el curso de la reproducción sexual. Mendel estudió, específica­
mente, pares contrapuestos de caracteres en guisantes: arrugado/liso, amari­
llo/verde (en ambos casos, características de las semillas), alta/baja (propieda­
des de la planta). La descendencia de determinadas semillas (homocigóticas)
posee los mismos caracteres que sus progenitores; la de otras (heterocigóticas)
es mezclada. Si se reproducen entre sí plantas homocigóticas con caracteres con­
trapuestos (guisantes arrugados y guisantes lisos), la descendencia manifiesta
únicamente uno de los rasgos. Estos guisantes descendientes, sin embargo, son
heterocigóticos; si se reproducen después entre sí los guisantes de esta primera
generación, su descendencia contiene guisantes arrugados y lisos. Los contiene,
además, en una proporción específica: de cada cuatro, tres presentan uno de los
rasgos, uno el otro. Los hechos observados que constituyen el problema a expli­
car, pues, conciernen a cómo los caracteres pueden ser transmitidos incluso por
organismos que no los presentan, y a por qué se distribuyen en la segunda gene­
ración unos y otros caracteres en la proporción en que lo hacen. Mendel expli­
có estos hechos postulando que los caracteres están determinados por dos genes,
procedentes uno de cada progenitor a través de un proceso aleatorio, y que un
organismo heterocigótico manifiesta sólo los rasgos asociados con uno de los
genes, el "dominante". Esta explicación reúne las características que hemos des­
crito en los párrafos precedentes. El problema es teórico; la solución ofrecida
es cognoscitivamente independiente de los hechos explicados, y es conceptual­
mente aumentativa (el concepto de gen se introdujo con ella).4
4. Cf. Giere. U,ulerstanding Scientific Reasoning, donde se exponen además los aspectos epistémicos.
INTRODUCCIÓN XXV

Sería vano pretender establecer más allá de toda duda que la filosofía es una
disciplina teórica interesante: ningún hecho interesante puede establecerse con
esa certidumbre, "más allá de toda duda". Pero sí sería deseable mostrarlo de
una manera suficientemente convincente. Bajo el supuesto explícito de que la
filosofía es el tipo de actividad intelectual que aquí se ha descrito, este libro
intentará establecerlo así. Para ello, es preciso explicar primero cómo la semán­
tica es una actividad intelectual teórica; es decir, cuáles son sus problemas teó­
ricos y qué aspecto tienen sus propuestas explicativas. Esta tarea se lleva a cabo
en el capítulo segundo, por el procedimiento de estudiar de manera relativa­
mente exhaustiva un caso ilustrativo. Inevitablemente, para que el estudio pue­
da ser suficientemente exhaustivo, el ejemplo ha de ser en sí mismo no muy
interesante. Con el fin de que el caso examinado posea algún interés adicional
al de servir de ilustración del tipo de actividad intelectual teórica que, según la
presente propuesta, es la filosofía, he elegido presentar un caso --el de las
citas- que, con el fin de prevenir ciertos malentendidos, es en cualquier caso
necesario estudiar en una introducción a La filosofía del lenguaje. No sería ni
preciso ni aconsejable hacerlo con la exhaustividad con que aquí se trata, de
no mediar la motivación que acabo de ofrecer.
En el resto del libro he tratado de presentar los problemas filosóficos de
acuerdo con la propuesta, aunque sin hacer mención expresa de que procedo
de ese modo. La mejor justificación para la misma estará por tanto en que el
lector aprecie que, así planteados, los problemas filosóficos tradicionales son
genuinos problemas teóricos: problemas complejos, para alcanzar siquiera a
plantearse correctamente los cuales hace falta un largo entrenamiento (no diga­
mos ya para hacer propuestas interesantes sobre su solución). Problemas difí­
ciles, por tanto; pero no arcanos: problemas relativos a hechos que en efecto
se dan, para solucionar los cuales existe un camino relativamente claro, apli­
cando el mismo método que utilizamos en general para justificar explicaciones
teóricas.
Que la filosofía haya de ser "difícil" en e! mismo sentido en que lo es la
ciencia resulta sorprendente, y no sólo para el "hombre de la calle". La tardía
vocación filosófica de algunos científicos ilustres les revela creedores de que,
en su madurez, una buena tarde de reflexión les capacita para hacer propues­
tas filosóficas interesantes. Nunca, C:esde luego, se les ocurriría pensar lo mis­
mo respecto de los problemas de cualquiera de sus colegas en otras discipli­
nas. Los resultados a que luego ilegan evidencian que hubieran hecho mejor
mostrando el mismo respeto hacia la filosofía. Es de lamentar que el respeto
que en esta concepción d'o ia filosofía se manifiesta hacia la ciencia no se vea
devuelto con una actitud recíproca. Friedrich Engels observó muy acertada­
mente en su Dialéctica de la Naturaleza lo siguiente: "Los científicos creen
librarse de la filosofía ignorándola o denigrándola. Pero puesto que sin pensa­
miento no pueden avanzar y para pensar necesitan pautas de pensamiento,
toman estas categorías, sin darse cuenta, del sentido común de las llamadas
personas cultas, dominado por los residuos de una filosofía ampliamente supe­
rada, o de ese poco de filosofía que aprendieron en la universidad, o de la lec-
INTRODUCCIÓN xxvu
litativa entre explicar el significado de un término, y decir cómo son las cosas.
Decir qué significan los términos sería, meramente, describir convenciones o
estipulaciones arbitrarias. Decir cómo son las cosas es, por contra, algo verda­
deramente sustantivo. Sin embargo, justamente el caso anterior de los concep­
tos teóricos sugiere que una distinción así es más difícil de fundamentar de lo
que pueda parecer. No parece haber una diferencia radical entre decir qué sig­
nifica 'gen', y decir cómo se comportan los genes en sus aspectos fundamen­
tales. Una objeción análoga es la de que la filosofía es "a priori", y sus resul­
tados no pueden justificarse, como los de la ciencia, mediante el "método
inductivo". Esta objeción presupone una concepción del conocimiento a prio­
ri que habremos también de poner en cuestión. Por último, otra versión de la
objeción que he oído a veces se expresa elegantemente diciendo que la filoso­
fía analítica es filosofía que no se deja traducir de un lenguaje a otro. Se tra­
taría de un trabajo centrado en matices idiomáticos, minucias desde el punto
de vista de lo que tradicionalmente se ha entendido por 'filosofía' . La respuesta
a esto es que incluso estudiando aspectos concretos del español podemos estar
estudiando a la vez aspectos completamente generales, comunes a cualquier
lenguaje.
El énfasis en los aspectos teóricos del estudio de la filosofía (como de
cualquier actividad intelectual de esta naturaleza) no pretende hacer que se
pase por alto sus virtudes prácticas. Como hemos dicho, y elaboraremos en los
dos primeros capítulos, el objetivo teórico de la filosofía es análogo al de las
disciplinas lingüísticas: se trata de enunciar de manera explícita un cierto saber
que poseemos de manera tácita (cf. I, § 4). Ahora bien, ¿para qué queremos
tener conocimiento explícito de la sintaxis y de la semántica de nuestras len­
guas? La razón fundamental, que hemos destacado hasta aquí (una razón por
sí sola bastante y en cualquier caso la más importante) es puramente teórica:
allá donde hay algo que ignoramos, es legítimo buscar teorías que alivien nues­
tra ignorancia. Pero hay también una razón práctica. Sea cual fuere la natura­
leza del conocimiento tácito, su ejercicio hace pensar que está constituido por
muy burdas generalizaciones inductivas basadas en una experiencia limitada.
El resultado es un saber sin duda ninguna muy eficiente en su aplicación en
los contextos cotidianos que están vinculados con su misma existencia, pero
también uno muy poco reflexivo y por ende muy poco crítico. Nuestro cono­
cimiento tácito de la sintaxis de nuestra lengua no es suficiente muchas veces
para, confrontados con una oración "rara", saber si es gramaticalmente correc­
ta o no. En ocasiones, puede ser que al hacer explícitas las reglas pertinentes
al caso que se puedan extrapolar de casos "normales", resulte que las reglas
dejen también la cuestión sin decidir. Pero en otras ocasiones ocurre lo con­
trario: hacer explícitas las reglas nos permite resolver la cuestión reflexiva­
mente.
Todos sabemos usar los predicados evaluativos; en cierto sentido de
'saber' , por tanto, sabemos qué diferencia hay entre los predicados evaluativos
('la película es mala') y los descriptivos ('los personajes no tienen nada que
ver con la gente de la vida real', 'la trama es incomprensible', etc.). Pero es
XXVIII INTRODUCCIÓN

este un saber irreflexivo del que no sabemos dar cuenta, un saber que no sabe­
mos hacer explícito. Estamos así sujetos a que cualquier Sócrates haga mofa
de nosotros; o, dicho con más seriedad, nuestro saber carece de una dimensión
autorreflexiva, y, por ende, crítica, de la que (al menos algunos) lo querríamos
poseedor.
A mi juicio, la cuestión fundamental de que se ocupa la filosofía del l en­
guaje es también la cuestión fundamental de que se ocupa la filosofía. Esta es
la cuestión del realismo: ¿hay una realidad independiente de nuestro lenguaje
y de nuestro conocimiento, que nuestro lenguaje representa y que podemos al
menos esperar conocer? (Parte del probl ema es formular la cuestión con mayor
precisión; de ello nos ocuparemos a lo largo del capítulo V.) De la respuesta
que se ofrezca a este problema dependen claramente cuestiones prácticas, y
cuestiones prácticas muy importantes. El cinismo de muchos de nuestros con­
temporáneos va de la mano con su antirrealismo: se diría que, para ellos,
alguien ha demostrado ya, con claridad meridiana, que la respuesta a l a cues­
tión anterior ha de ser necesariamente negativa, y de ello se obtiene una con­
clusión escéptica sobre la importancia del saber y, en general, sobre los gran­
des ideales ilustrados del pasado. La actitud se ha transmitido (muchas veces
por el mecanismo descrito por Engels en el texto antes citado) incluso a los
científicos. Este libro no pretende ofrecer una respuesta a la cuestión del rea­
lismo, pero sí material para abordarla de una manera más crítica.
El obj etivo fundamental de las páginas que siguen, como indica el subtí­
tulo de esta obra, es presentar, de la manera más clara que me es posible, los
problemas más importantes de que se ocupa la filosofía del lenguaje y las apor­
taciones de los más notables investigadores en este ámbito, que deben ser baga­
je de cualquiera que desee reflexionar él mismo sobre ellos. No he pretendido
exponer mi propio punto de vista, mucho menos aún de una manera sistemá­
tica. Una presentación de problemas filosóficos, sin embargo, no puede ser
meramente expositiva; iniciarse en su estudio requiere apreciar las dificultades
más patentes de l as propuestas, l as razones que parecen sostenerl as y los argu­
mentos en contra. Es inevitable, pues, que los puntos de vista del autor afloren
aquí y allá, en la selección del material, y en el énfasis en críticas o encomios.
Confío en que ello tenga el efecto beneficioso de suscitar en el lector el es­
tímulo para la reflexión propia.
Pese a que el objetivo principal es introducir las contribuciones funda­
mentales a la filosofía del lenguaj e -y no mis propios puntos de vista- y a
que, por consiguiente, la estructura del libro está determinada por la presenta­
ción de las aportaciones de los autores relevantes en una disposición sustan­
cialmente cronológica, puede también discernirse una cierta estructura narrati­
va, que traiciona más que ninguna otra cosa mis propias convicciones fil osófi­
cas. El título de esta obra refleja el "triángulo" al que se hace tradicionalmen­
te referencia, al mencionar los problemas fundamentales de que se ocupa la
filosofía del lenguaje. En un vértice se sitúan las palabras --expresiones como
'el día en que lo asesinaron, Julio César no tenía más de 30.000 pelos'-; en
otro, las cosas -hechos constituyentes del mundo o la realidad extralingüísti-

L
INTRODUCCIÓN XXIX

ca, como aquel concerniente al número de pelos de César el día de su muerte


del que depende que la expresión anterior sea verdadera o falsa-; en el ter­
cero, las ideas -los pensamientos que suponemos a quien produce una expre­
sión como la anterior, sin los cuales no tendría ningún sentido atribuirle ver­
dad o falsedad: sólo imagine el lector que la "expresión" la han dibujado sobre
la arena de la playa las idas y venidas aleatorias de una bandada de gaviotas-.
El problema prioritario de la filosofía del lenguaje es elucidar con claridad la
naturaleza de esas relaciones.
El libro comienza con la exposición de la teoría al respecto, a mi juicio,
intuitivamente más accesible; se trata de la teoría "representacionalista", que
puede encontrarse, con variantes que se complementan entre sí, en la obra de
Locke (capítulo IV) y en la de Frege (capítulo VI). (Entre los dos capítulos
metodológicos iniciales y éstos se incluyen capítulos en que se introducen los
conceptos y concepciones relacionados de la epistemología y de la metafísica.)
La teoría representacionalista pretende asignar un balance apropiado a los tres
vértices del triángulo. El siguiente estadio argumentativo requiere apreciar las
dificultades para mantener este balance, que lleva a autores como Russell a
enfatizar el vértice del mundo (capítulos VIl-Vill), y a otros como el Witt­
genstein del Tractatus a enfatizar el vértice del pensamiento -incluso a costa
de hacer desaparecer el mundo de la representación, según la interpretación
fenomenalista de esa obra que se defiende aquí- (capítulos IX-X). El
"momento" siguiente incluye teorías, de aroma decididamente contemporáneo,
que como las del Wittgenstein de las Investigaciones y la de Quine, enfatizan
el vértice lingüístico a expensas de los otros dos (capítulos XI-XII). Los dos
últimos capítulos están destinados a presentar una propuesta que permitiría res­
taurar el balance inicial, libre de los defectos del representacionalismo. No
hace falta decir que ésta es una caracterización interesada de tal propuesta, que
distará de parecer ajustada a los hechos para muchos. Evitaré decepciones si
advierto desde ahora que no he pretendido justificarla, ni aproximadamente,
con el detalle que sería preciso. Como dije, el objetivo de las páginas que
siguen no es presentar mis propios puntos de vista, sino introducir a otros a la
tarea apasionante de buscar soluciones tentativas para los problemas filosófi­
cos que suscita el lenguaje.
CAPÍTULO 1

LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS


DE LAS TEORÍAS LINGÜISTÍCAS

En este primer capítulo introduciremos algunas nociones a las que poste­


riormente se dará un frecuente uso, tales como la distinción tipo/ejemplar,
la distinción entre enunciados y proposiciones, la distinción entre sintaxis,
semántica y pragmática y la distinción entre el uso y la mención de signos. La
mayoría de las nociones que presentaremos recibirán ulterior clarificación en
capítulos posteriores, desde la perspectiva de diferentes concepciones del len­
guaje. Este capítulo pretende sólo ofrecer el bagaje necesario para iniciar la
discusión.

l . Tipos y ejemplares

Si reparamos un momento en lo que decimos, observaremos que con el


término 'la séptima sinfonía de Beethoven' no nos estamos refiriendo a enti­
dades de la misma naturaleza en las dos oraciones exhibidas a continuación:

(1) El segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven me gusta


particularmente.

(2) Ayer asistí a la inauguración de la temporada de conciertos en el Palau.


El segundo movimiento de la sépti ma sinfonía de Beethoven me gustó
particularmente.

Mientras que en (2) estamos hablando de una particular versión de la sép­


tima sinfonía de Beethoven, una que se interpretó en un cierto lugar durante
un cierto intervalo temporal, en (!) no nos referimos a ninguna interpretación
particular, sino, por decirlo intuitivamente, a algo caracterizado por un con­
junto de rasgos o propiedades que todas l as interpretaciones concretas de la
sinfonía, por diferentes que en aspectos particulares puedan ser entre sí, tienen
en común. Algo similar ocurre con 'el Citroen ZX l . 6i aura' en (3) y (4) y con
'el rinoceronte en (5) y (6):
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LINGüfSTICAS 3

momento, nos basta para servimos sin más de las nociones de tipo y ejemplar
que tenga un contenido razonablemente distinto y que nosotros seamos capa­
ces de distinguir un tipo de un ejemplar en casos claros; podemos darla por
supuesta, sin cuestionamos si la relación entre tipos y ejemplares debe enten­
derse en términos nominalistas, conceptualistas, realistas aristotélicos o realis­
tas platónicos. Esta capacidad nuestra se manifiesta, por ejemplo, en la habili­
dad que todos tenemos para apreciar la ambigüedad presente en enunciados
como 'Juan y Luis están leyendo el mismo libro'. (¿Están leyendo el mismo
libro-tipo, o más bien el mismo libro-ejemplar?) Sin duda, desearíamos contar
con mayor claridad; desearíamos saber, por ejemplo, si los tipos lingüísticos de
que vamos a hablar repetidamente después deberían verse como "meros nom­
bres", es decir, como teniendo una realidad creada arbitrariamente (como sos­
tienen los nominalistas a propósito de los universales en general); o si, más
plausiblemente en este caso, aun teniendo una entidad menos arbitraria, son
"meros conceptos", debiendo esencialmente su realidad a aspectos dela men­
te humana (como sostendrían los conceptualistas) o como universales objeti­
vos, independientes de la mente y el lenguaje.
Los signos lingüísticos admiten la distinción entre tipo y ejemplar. En esta
página hay muchos ejemplares distintos de la misma letra-tipo, la primera letra
del alfabeto español. En la primera frase de este párrafo, sin ir más lejos, hay
tres. Las letras pueden servimos para hacer una observación que hemos guar­
dado hasta aquí, a saber, que un mismo particular puede ejemplificar muchos
tipos distintos. Las tres letras a continuación: a, a, A ejemplifican diversos
tipos. Como los tipos se i dentifican por una serie de rasgos generales, repeti­
dos en sus ejemplares, caracterizamos esos diversos tipos ejemplificados por
las letras indicando los rasgos que los i dentifican: tenemos así el tipo primera
letra del alfabeto español (ejemplificado por las tres), el tipo letra en cursiva
(que sólo la segunda ejemplifica), el tipo letra en minúsculas (ejemplificado
por la primera y por la segunda). El segundo de los particulares exhibidos antes
ejemplifica, pues, estos tres distintos tipos. Si A y B son dos tipos ejemplifi­
cados por un particular, puede ser que uno de ellos sea, por así decirlo, una
"versión" más abstracta del otro; esto es, que las propiedades o rasgos que
identifican a uno (el más específico) incluyan propiamente a las que identifi­
can al otro (el más genérico). Esto es lo que ocurre con los tipos primera letra
del alfabeto español y primera letra del alfabeto español en mayúsculas. Pero
no siempre tiene que ser así, como ilustran los tipos antes mencionados: nin­
guno de los tipos cursiva, minúscula, primera letra del alfabeto español es una
versión más o menos abstracta de alguno de los otros. Son simplemente tipos
distintos.
La com unicación lingüística se efectúa mediante ejemplares: lo que llega
a nuestros oídos o alcanza nuestras retinas son ejemplares. Pero sólo en la
medida en que los ejemplares son ejemplares de ciertos tipos l ingüísticos pue­
de producirse tal comunicación: hablando metafóricamente, sólo porque el
hablante elige para transmitir sus pensamientos expresiones con rasgos reco­
nocibles por su audiencia puede típicamente producirse la comunicación. Aho-
4 LAS PALABRAS, LAS IDEAS Y LAS COSAS

ra bien, lo que hablante y oyente conocían previamente al hecho de la comu­


nicación no p•1ede ser la particularidad de los sonidos o signos gráficos que el
hablante utiliza, sino rasgos generales que ellos poseen. Parece natural pensar,
pues, que las teorías lingüísticas tratan de tipos, que son los tipos los que tie­
nen sintaxis o significado. Así parece manifestarlo nuestra práctica común: (7)
trata de tipos, no de ejemplares:

(7) snow is white significa en inglés lo que la nieve es blanca significa en


español.

Naturalmente, (7) trata también, indirectamente, de todos los ejemplares


que son especímenes del tipo del que (7) trata directamente: una afirmación
sobre tipos es, indirectamente, una afirmación sobre todos los ejemplares de
ese tipo (al igual que una afirmación sobre universales es, indirectamente, una
afirmación sobre los particulares que "participan" de ellos). Este hecho resul­
tará de gran importancia más adelante, cuando reparemos en que el dato inne­
gable de la dependencia del contexto extralingüístico del significado de muchas
expresiones (por ejemplo, 'tú', 'aquí', etc.) nos fuerza a tomar en considera­
ción no sólo los tipos, sino también los ejemplares para una correcta com­
prensión del funcionamiento del lenguaje (VII, § 4).
Que las teorías lingüísticas traten de tipos y sólo indirectamente de ejem­
plares quizás pueda justificarse mediante la siguiente reflexión. Los lenguajes
de que se ocupan las teorías lingüísticas están conformados por expresiones
que se usan de acuerdo con convenciones; los signos lingüísticos son herra­
mientas que (como las monedas, por ejemplo) tienen convencionalmente asig­
nados ciertos propósitos o funciones. Una de esas funciones, quizás la más
significativa, es la de servir a la comunicación: permitir que un invididuo trans­
mita a otro una opinión que el primero tiene, o le dé instrucciones para llevar
a cabo tareas que el primero desea que se ejecuten, etc. (Estas afirmaciones se
elaboran en el capítulo XIV.) Ahora bien, los objetos tienen propósitos con­
vencionalmente asignados en virtud de poseer características repetibles. Deci­
mos de un objeto que sirve a un propósito o que tiene convencionalmente una
función por relación a características de ese objeto que son reproducibles, que
pueden ser copiadas de un ejemplar a otro. De ahí que los signos sean, prime­
ro, signos-tipo. Un ejemplar no es repetible; sólo lo son aquellas característi­
cas suyas en virtud de las cuáles ejemplifica un cierto tipo.

2. Objetivos explicativos de las teorías del lenguaje

En ia introducción expusimos la naturaleza de las prácticas teóricas; más


específicamente, la de aquellas que persiguen ofrecer explicaciones, de las que
la ciencia ofrece casos paradigmáticos. Estas prácticas se caracterizan por ofre­
cer soluciones, en términos conceptualmente ampliativos (es decir, introdu­
ciendo para ello conceptos propios, teóricos) para ciertos problemas cognosci-

L
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORfAS LINGÜfSTICAS 5

tivamente independientes de la solución ofrecida. La corrección de estas expli­


caciones se justifica inductivamente, mediante un "argumento en favor de la
mejor explicación", sobre la base del mayor poder de la propuesta para prede­
cir hechos en el ámbito de los que constituyen el problema; particularmente,
hechos que no hubiésemos podido prever sin ayuda de la explicación y de su
específico material conceptual teórico. En Los años recientes, los lingüistas
(gracias, por encima de todo, a la inmensa aportación de Noam Chomsky) han
dado razones suficientes para pensar que la lingüística podría ser una actividad
teórica, en el sentido allí elucidado. Queremos ahora, para comenzar, indicar
cuáles son los problemas que el estudio del lenguaje persigue solucionar. Resu­
miendo lo que vamos a explicar enseguida, e l problema es hacer explícitas las
reglas, sólo tácitamente conocidas por los hablantes, en virtud de las cuales
ciertas propiedades lingüísticas sistemáticas o productivas, respecto de las cua­
les los usuarios tienen intuiciones relativamente claras, están determinadas a
partir de otras propiedades lingüísticas, en último extremo de propiedades no
sistemáticas.
Con la expresión 'lenguaje natural' nos referiremos a lenguajes usados de
hecho por comunidades de individuos, como el catalán, el inglés o el español.
Los lenguajes naturales constan, en primer lugar, de un cierto número (que en
lenguajes léxicamente ricos puede llegar a algunos cientos de miles) de pala­
bras, de un léxico o vocabulario. (Nos referimos a palabras-tipo, no a pala­
bras-ejemplar.) Las palabras, pues, son algunos de los objetos característicos
del ámbito de estudio teórico de las disciplinas lingüísticas. Una de estas dis­
ciplinas, la morfología, se ocupa sólo de ellas. Parecería que hay poco o nada
que explicar en lo que respecta a las palabras; parecería que todo lo que hay
que hacer es enumerarlas, y una lista de objetos no es, ciertamente, una expli­
cación, salvo en un sentido muy laxo del término. Sin embargo, ya en este
ámbito podemos encontrar preguntas interesantes, cuyas respuestas sí consti­
tuirían explicaciones. Para empezar, no está nada claro qué sea una palabra. La
única definición más o menos precisa que se nos ocurre inicialmente es ésta:
una palabra es una expresión que se debe escribir entre espacios. Esta defini­
ción no es satisfactoria, porque también los lenguajes que no se escriben tie­
nen palabras. Aun así, atengámonos a ella. Las palabras, en los diversos len­
guajes, exhiben estructura: por ejemplo, algunas tienen singular y plural, los
verbos tienen diferentes formas, algunos adjetivos admiten la formación de un
sustantivo abstracto correspondiente, etc. Estas estructuras en muchas ocasio­
nes se pueden construir de acuerdo con reglas generales. Dividiendo las pala­
bras en unidades más pequeñas, morfemas (éste es ya un concepto teórico),
podemos formular tales reglas y ofrecer con ello explicaciones. Por otra parte,
las palabras son, en primer lugar, tipos de sonidos (sólo en algunos lenguajes
relativamente recientes tienen versiones gráficas). También la composición de
sonidos para formar unidades mayores exhibe estructura (en algunos casos, una
estructura presente en todos los lenguajes naturales). Atribuyendo a los sonidos
propiedades teóricas (labial, dental, fricativa, etc.) podemos formular de un
modo general las regularidades que tales estructuras ponen de manifiesto.
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LINGÜÍSTICAS 7

parcialmente, el sistema cognoscitivo que subyace a nuestro uso del lenguaje


es, en cualquier representación aceptable del concepto, explicar.
La sistematicidad de las propiedades lingüísticas tiene dos síntomas típi­
cos. Si alguien aprendiera meramente de memoria todas las palabras del espa­
ñol, su conocimiento de la propiedad de ser una palabra del español sería aún
deficiente. Esto se pondría de manifiesto en que, por ejemplo, si se introduje­
ra un nombre común nuevo en el español, bastaría la introducción de la pala­
bra en singular para que un hablante competente del español incorporase a la
clase de las palabras del mismo no sólo el nombre común en singular explíci­
tamente introducido por la Real Academia de la Lengua, sino también la ver­
sión en plural (y seguramente muchas otras derivaciones, diminutivos, aumen­
tativos, etc.). Basta con que la Academia establezca que, a partir de ahora,
'implementar' es un verbo español -dando las pertinentes indicaciones sobre
su uso- para que todos los hablantes competentes del español sepan que
'implementé', 'implementarán', etc., son todas ellas ipso facto nuevas palabras
castellanas. Es decir, porque la morfología del español es sistemática, la in­
corporación al mismo de un verbo en infinitivo es ya la incorporación de toda
una serie de otras expresiones. Sin embargo, alguien cuyo conocimiento de la
propiedad tenga meramente la forma de una lista aprendida de memoria, sim­
plemente en virtud de ese conocimiento (es decir, a menos que hubiera sido
capaz de inferir de la lista la correcta teoría morfológica), no sería capaz de
efectuar tal generalización.
Un síntoma análogo de la sistematicidad de ser una palabra del español
consiste en que, si se elimina una de las unidades léxicas cuya pertenencia al
español está determinada por enumeración (por ejemplo, porque deja de usar­
se, o porque se conviene expresamente en hacerlo así), se eliminan ipso facto
del español muchas palabras: todas las que resultan de combinar la unidad eli­
minada con unidades que permanecen en el lenguaje. Estos dos síntomas son
igualmente válidos cuando, en lugar de pensar en la ampliación o disminución
del conjunto de unidades de un lenguaje en el sentido usual del término, pen­
samos en la ampliación o disminución del idiolecto que habla un individuo en
un momento dado.
Podemos resumir así los hechos sobre l a sistematicidad de algunas pro­
piedades lingüísticas:

Entre las propiedades lingüísticas (aquellas de que se ocupan predominante­


mente las teorías lingüísticas) las hay sistemáticas y asistemáticas. La exten­
sión de las propiedades asistemáticas está determinada por enumeración. La
de las propiedades sistemáticas está determinada mediante reglas que hacen
referencia a las propiedades asistemáticas. Para aumentar o disminuir el len­
guaje que habla una población o el idiolecto que usa un individuo en un
momento dado con un caso de una propiedad asistemática es preciso intro­
ducir expresamente el uso de ese caso, o retirar expresamente del uso ese
caso. Introducidos expresamente en un lenguaje casos de propiedades asiste-
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORfAS LINGÜISTICAS 9

los objetos con los que habríamos de empezar el estudio teórico del lenguaje.
De hecho, sólo nuestra gran familiaridad con nuestro propio lenguaje materno
(y particularmente con su versión escrita) explica que la división de los frag­
mentos más largos de discurso en palabras nos parezca tan "natural". Pense­
mos, por contra, en lo difícil que nos resulta hacer esta misma distinción cuan­
do oímos una frase en una lengua que no dominamos plenamente, o en las difi­
cultades que encuentran para llevar a cabo esa misma tarea incluso respecto de
su lengua materna quienes no están familiarizados con el lenguaje escrito. En
rigor, la noción de palabra sólo tiene un sentido preciso relativamente a com­
plejas consideraciones sintácticas y semánticas. Si descubriésemos una co­
munidad de seres que parecen utilizar un lenguaje, no serían las palabras de
ese lenguaje los objetos con los que primero tropezaríamos; a ellas llegaríamos
a través de una serie de pasos de abstracción teórica. Lo que observaríamos
sería actos lingüísticos, acciones tales como expresar opiniones, ofrecer infor­
mación, preguntar, dar ó rdenes, etc. Estos actos se llevan a cabo con oracio­
nes. Diremos, siguiendo una propuesta de Wittgenstein, que una oración es la
unidad mínima con la que podemos llevar a cabo una de estas acciones lin­
güísticas. En este sentido, 'Juan', proferida en ciertos contextos, bien puede ser
una oración -por cuanto se puede utilizar para llevar a cabo acciones típica­
mente lingüísticas, tales como llamar a Juan o responder a una pregunta
("¿quién se comió el pastel?"). Son las oraciones (oraciones-tipo, no oracio­
nes-ejemplar), típicamente c?nstruidas a partir de varias palabras, las entida­
des epistémicamente básicasq:l estudio del lenguaje.
Las oraciones del español son típicamente combinaciones de palabras,
pero no toda combinación de palabras castellanas es una oración castellana.
'Sergi come papilla' es una oración castellana, pero no lo es 'Sergi comen
papillas', ni tampoco 'Sergi me propuso de que me fuera al cine con él'. Estas
últimas son combinaciones agramaticales de palabras castellanas. Las oracio­
nes castellanas tienen, pues, la propiedad de ser gramaticales. La sintaxis es la
actividad teórica que trata de explicar en qué consiste la gramaticalidad de las
oraciones. Mucho más aún que en el caso de las palabras, es fácil observar que
ésta es una propiedad sistemática. El mismo test que mencionamos antes lo
pone de manifiesto. La mera introducción del verbo 'implementar', efectuada
junto con las pertinentes indicaciones sobre su uso, basta para que 'Sergi
implementó el programa' pase a ser una nueva oración gramatical del español;
no es precisa ninguna nueva regla al respecto. La única explicación de esto ha
de ser que la gramaticalidad y la agramaticalidad dependen de que las oracio­
nes estén o no compuestas, de modos específicos, de entidades más pequeñas,
poseedoras de ciertas propiedades. Una explicación satisfactoria de la grama­
ticalidad debe dar cuenta de esta sistematicidad, y tal es el objetivo prioritario
de una teoría sintáctica.Z

2. En la lingüística contemporánea se distingue usualmen1c la .1i11taxis del tsptuiol de la sima:cis, sin más. Esta
distinción la mo1iva la creencia. de que es posible dar una descripción general de cienos aspectos de la sintaxis de
todo lenguaje natural humano.
10 LAS PALABRAS, LAS IDEAS Y LAS COSAS

La gramaticalidad no es sólo una propiedad sistemática, sino que es tam­


bién una propiedad productiva. Una propiedad es productiva si los hechos de
los que depende que se aplique o no a algo hacen que la propiedad la tenga
necesariamente un número infinito de objetos. Una propiedad definida median­
te un procedimiento recursivo es un caso típico de propiedad productiva. La
oración 'el amigo de Juan es chino' es gramatical en español; también lo es 'el
amigo del amigo de Juan es chino'; también lo es 'el amigo del amigo del ami­
go de Juan es chino', etc. Y no parece haber ningún límite al número de repe­
ticiones de la expresión 'el amigo de(!)', tal que cualquier oración en la serie
cuyo comienzo hemos indicado, construida usando un número mayor que ése
de repeticiones de la expresión, sería gramaticalmente incorrecta. Es cierto
que, a partir de un número pequeño de repeticiones de la expresión 'el amigo
de(I)', ya no somos capaces de saber si la oración es o no gramatical: la ora­
ción se hace demasiado larga corno para que seamos capaces de "procesarla".
Pero parece razonable decir que las razones por las que esto ocurre (limitacio­
nes psicológicas y físicas de los seres humanos) no tienen nada que ver con las
razones por las que una oración es gramatical o no lo es. Por el contrario, si
comparamos dos oraciones de la serie que nos parezcan manifiestamente gra­
maticales, una con un número n + 1 de apariciones sucesivas de la expresión
'el amigo de(!)' y la otra la inmediatamente anterior en la serie, aquella que
contiene n apariciones de la expresión mencionada, nos sentimos inclinados a
pensar que las razones por las que ambas oraciones son de hecho gramatica­
les, cualesquiera que éstas sean, determinarían que, dada una oración cual­
quiera en la serie que sea gramatical, la que contiene exactamente una apari­
ción más que ella de la expresión 'el amigo de())' debe ser también gramati­
cal. Obtenemos así una serie infinita de oraciones, todas ellas gramaticales.
Si una propiedad es productiva, es también sistemática: el que se aplique
o no a uno de los objetos en su dominio depende de que éste esté compuesto
de modos específicos de otros objetos poseedores de ciertas propiedades. No
cabe explicar de otro modo el que una propiedad se aplique necesariamente a
un número ilimitado de objetos. El condicional converso no tiene por qué ser
verdadero. La propiedad de ser una oración de ciertos lenguajes primitivos
(códigos que se utilizan para fines muy específicos), o de ciertos lenguajes arti­
ficiales, es sistemática (por razones como las que se han discutido ante­
riormente) pero no productiva, porque el número de oraciones que se pueden
construir con las reglas sintácticas de esos lenguajes es finito. La propiedad de
ser unf adjetivo del español es no sólo sistemática, sino también productiva.
No tenemos más que considerar los adjetivos numerales cardinales (o los or­
dinales): 'uno', 'dos', . . . , 'diez', 'once', .. ., 'cien', ... , 'ciento diez', ... , ....
La sistematicidad que hay implícita en esta serie es productiva; no hay ningún
límite razonable que pueda imponerse a los mecanismos de construcción implí­
citos en la serie más allá del cual pueda decirse que no hay más cardinales
españoles: por el contrario, hay cardinales españoles que no tendríamos tiem­
po de pronunciar, ni siquiera si empleásemos para ello cada segundo de la vida
de cada miembro de la especie humana.
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LINGÜÍSTICAS 1J

Si la sintaxis se ocupa de explicar la gramaticalidad de las oraciones, dan­


do cuenta de la sistematicidad (y la productividad) de esa propiedad, la semán­
tica se ocupa de otra propiedad, también productiva, de las oraciones. Más
específicamente: distingamos, de entre las oraciones, los enunciados. '¿Cierra
Víctor la puerta?', ' ¡ Víctor, cierra la puerta!' y 'Víctor cierra la puerta' son
todas ellas oraciones, pero sólo la tercera es un enunciado. Un enunciado es
una oración respecto de la cual podemos preguntamos si es verdadera o falsa,
una oración que se utiliza convencionalmente para efectuar actos lingüísticos
tales como aseveraciones. Los enunciados "dicen" algo. Diferentes enunciados
pueden "decir" lo mismo: 'Víctor cerró la puerta' y 'Víctor closed the door'
son diferentes enunciados, pero "dicen" lo mismo. El mismo enunciado puede
"decir" cosas distintas; así ocurre con 'yo cerré la puerta', cuando lo usan
diferentes personas, o con 'vi a Juan con los prismáticos' , que puede utilizar­
se para decir que la persona que habla, valiéndose de unos prismáticos, vio a
Juan, o que la persona que habla vio a Juan llevando unos prismáticos. A eso
que los enunciados "dicen" -sin preguntamos más por el momento acerca de
su naturaleza, de la que habremos de ocupamos por extenso en páginas suce­
sivas- le llamaremos proposición.
Pues bien, expresar una proposición es una propiedad semántica funda­
mental de los enunciados. Y es también una propiedad sistemática y producti­
va. La introducción de la nueva palabra 'implementar' no sólo daría lugar a
un sinnúmero de nuevas oraciones gramaticales, sino que también produciría
un sinnúmero de nuevos enunciados, cada uno de los cuáles expresaría una
determinada proposición. No sólo será 'Sergi implementó el programa' una
nueva oración gramatical, por el mero hecho de haber sido introducida la nue­
va palabra, sino que esta oración expresará una determinada proposición.
Debemos concluir, pues, que un enunciado expresa una cierta proposición en
virtud de que el enunciado está compuesto, de ciertos modos, de unidades sig­
nificativas más pequeñas, y de que esas unidades más pequeñas tienen ciertas
propiedades. Una teoría semántica aspira a hacer explícitas tales regularidades.
La misma tesis se puede justificar invocando esta vez la productividad con la
misma serie que antes, 'el amigo de Juan es chino', 'el amigo del amigo de
Juan es chino', 'el amigo del amigo del amigo de Juan es chino', etc., esta vez
desde el punto de vista semántico: cada una de esas oraciones expresa una cier­
ta proposición, y no parece razonable poner un límite al número de oraciones
en esa serie, cada una de las cuales expresa una proposición distintiva.
La sistematicidad de propiedades lingüísticas como ser gramatical y
expresar una determinada proposición constituye la razón fundamental por la
que buscamos teorías sintácticas y semánticas . Los lingüistas contemporáneos
influidos por Chomsky insisten frecuentemente en que nuestro conocimiento
del lenguaje es creativo, en que a cada momento realizamos la hazaña de
entender oraciones que nunca antes habíamos oído y de proferir oraciones que
nunca nadie había dicho. Y esto es sin duda cierto. Se apunta con ello a algo
más básico, que explica nuestra indudable creatividad lingüística: a saber, que
nuestro conocimiento del lenguaje es el conocimiento de propiedades siste-
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEOR(AS LINGÜISTICAS 13

idiolecto h a "olvidado" el significado d e las oraciones al olvidar el significado


de la unidad, pues quizás nunca había tenido presente siquiera que esas ora­
ciones tenían ese significado. De nuevo, esto sería inexplicable si el significa­
do de las oraciones de los lenguajes naturales no estuviera determinado por
reglas. El problema fundamental que las teorías lingüísticas persiguen resolver
es, pues, éste: ¿cuáles son las reglas que establecen, a partir de unidades dadas
por enumeración, qué oraciones pertenecen a un lenguaje dado, y cuál es su
significado? Una explicación lingüística es una enunciación de esas reglas; y
para confirmar o refutar una explicación así utilizamos como datos empíricos
primarios las intuiciones de los hablantes de la lengua en cuestión relativas a
predicciones de la teoría (particularmente, predicciones novedosas) sobre qué
oraciones se pueden construir en esa lengua y qué significado tienen.
Nuestro conocimiento del lenguaje es creativo también en un sentido dis­
tinto, que conviene no confundir con el anterior. En una canción de Joaquín
Sabina encontramos la siguiente afirmación: "huyendo del frío, busqué en las
rebajas de enero, y encontré una morena bajita que no estaba mal". Tomada
literalmente (es decir, considerando la proposición que este enunciado conven­
cionalmente expresa), esta afirmación tiene que ser falsa: buscando entre los
artículos rebajados en las rebajas de enero no se encuentra uno morenas baji­
tas que no están mal. Sin embargo, el contexto --el resto de la canción- nos
permite entender que la proposición que Sabina expresa es la que se podría
expresar literalmente con este otro enunciado: "huyendo de la soledad, contes­
té a algunos anuncios de la sección de contactos personales en una revista, y
así trabé relación con una morena bajita de buena apariencia física". Sabina
consigue decir esto con una oración que dice otra cosa, y al hacerlo lleva a
cabo algo susceptible de ser considerado estéticamente valioso. Por ejemplo,
nos hace ver una cierta relación -<:uya existencia quizás no habíamos sospe­
chado- entre la situación literalmente descrita por la oración que emplea (la
situación de rebuscar en las rebajas de enero), y la situación que realmente
quiere describir (contestar un anuncio en la sección de "contactos" de una
revista). Y, lo que es estéticamente más importante, lo hace sin decir expresa­
mente que lo hace, sino dejando a nuestro ingenio el establecer esa relación:
pues es aquí donde reside cualquier virtud estética que pueda tener; es este as­
pecto el que se pierde cuando la idea se enuncia literalmente. Los chistes, las
ironías, los sarcasmos, las metáforas, todos ellos son casos de uso creativo del
lenguaje en este nuevo sentido. La pragmática, tal y como aquí usaré el con­
cepto, es la subdisciplina lingüística que se encarga de estudiar estos fe­
nómenos. Aunque no cabe hablar de sistematicidad aquí, no por ello dejan de
existir generalizaciones explicativas también en este terreno.
En lingüística se tiende a utilizar 'pragmática' para el estudio de todos los
fenómenos que tienen que ver con el "uso", y se ubica en el ámbito pragmáti­
co, por ejemplo, el estudio de las "fuerzas ilocutivas" que distinguen a los dife­
rentes tipos de actos lingüísticos (aseverar, ordenar, preguntar, etc., cf. XIII, § 2)
y el de los indéxicos o deícticos ('yo', 'esto', 'ahora', etc., cf. VII, § 4). En el
sentido que en este texto se da al término, sin embargo, el estudio del funcio-
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LINGÜÍSTICAS 15

do mencionar n o e s l a espada de Artús, sino la palabra que usé e n ( 1) para


mencionar tal espada. De otro modo, (2) sería patentemente falso (además de
absurdo), porque las espadas carecen de sílabas.

(1) Excalibur fue extraída de una roca por Artús.

(2) Excalibur está compuesta por cuatro sílabas.

Sin embargo, para mencionar la palabra he usado en (2) la misma palabra


que en ( 1 ) usé para referirme a la espada. En ( 1 ) la palabra 'Excalibur' ha sido
usada, pero en (2) ha sido a la vez usada y mencionada. Esta práctica puede
inducir a confusión, pues hay en ella una equivocidad similar a la que existe
en el caso de la palabra Aristóteles, usada en (3) para mencionar al famoso filó­
sofo griego del siglo IV a. de C. y en (4), sin embargo, para mencionar al famo­
so millonario griego de nuestro siglo (so pena de que uno de los dos enuncia­
dos, o ambos, sea falso),

(3) Aristóteles fue maestro de Alejandro Magno.

(4) Aristóteles se casó con la esposa de John F. Kennedy.

Otra equivocidad familiar es la que existe en el caso de la palabra 'banco'.


Para evitar la equivocidad, podríamos simplemente utilizar otra palabra
cuando queramos mencionar la palabra que es el sujeto de (1), una distinta a
la que usamos cuando queremos mencionar la espada de Artús. Podríamos, por
ejemplo, bautizar Heathcliff al famoso nombre de la espada de Artús usado en
( 1 ) para mencionar dicha espada. (Heathcliff sería así un nombre de una expre­
sión-tipo, a saber, del nombre de la espada, no un nombre de la espada misma;
y no de cualquier nombre de la espada -que naturalmente puede tener otros­
sino del usado en (1) para mencionarla.) Pero este procedimiento sería muy
poco útil, puesto que no es sistemático: si ahora quiero mencionar el nombre
que acabo de introducir para mencionar al nombre de la espada de Artús usa­
do en (1) (por ejemplo, con el fin de decir de él que tiene diez letras), tendría
que introducir una nueva palabra. En general, para cada expresión que quera­
mos mencionar, habríamos de estipular un nuevo nombre. En lugar de eso, en
el lenguaje escrito recurrimos (cuando escribimos con propiedad) al expedien­
te de las comillas.
Otro expediente similar al que recurrimos en el lenguaje escrito para nom­
brar una expresión es ponerla en bastardilla; eso es justamente lo que he hecho
antes, cuando he introducido el nombre 'Heathcliff'. Cuando se dice unas lí­
neas más arriba "si ahora quiero mencionar el nombre que acabo de introdu­
cir . . . " el lector habrá advertido quizás que esa hipótesis ya se había dado unas
líneas antes en el mismo párrafo; pues cuando introduje el nombre del nombre
de la espada, 'Heathcliff', no lo usé, sino que hablé de él, lo mencioné. Como
quería mencionar 'Heathcliff' (en lugar de usarlo para referirme con él a
16 LAS PALABRAS, LAS IDEAS Y LAS COSAS

'Excalibur'), lo puse en cursiva. En el lenguaje hablado recurrimos al énfasis


para distinguir uso y mención, o simplemente descansamos en el contexto.
Para mencionar una expresión, pues, la escribimos entre comillas. Propia­
mente escrito de acuerdo con esta convención, (2) hubiera figurado así:

(2') 'Excalibur' está compuesta por cuatro sílabas.

De modo que ahora ya no hay lugar a la equivocidad, por cuanto los sujetos
de (1) y (2') no sólo nombran cosas distintas, sino que son también ellos mis­
mos palabras distintas.
En este trabajo hemos seguido hasta ahora la convención de entrecomillar
mediante comillas simples las expresiones cuando queremos mencionarlas, en
lugar de usarlas del modo habitual. Será útil que examinemos más de cerca esta
convención. Ningún recurso lingüístico parece tan simple como el de las citas.
Y, ciertamente, se trata de un mecanismo simple, en comparación con otros.
Pero, como se puede ver examinando el próximo capítulo, ya aquí el desa­
cuerdo teórico es significativo: alguien podría pensar que en los párrafos
anteriores se ha dicho todo lo que es preciso decir sobre ellas, pero ese pensa­
miento sería ingenuo. Cualquier investigación sobre el lenguaje conlleva cons­
tantemente la mención de expresiones. Un mayor grado de explicitud en nues­
tro dominio de esta herramienta redundará en una mejor disposición a evitar
frecuentes confusiones que su uso provoca.4
Dos aspectos de la distinción entre el uso y la mención de una expresión
requieren comentario, uno sintáctico y otro semántico. El aspecto sintáctico es
que las expresiones entrecomilladas son nombres (o sintagmas nominales,
como dicen los gramáticos), sea cual fuere la función sintáctica de las ex­
presiones flanquedas por las comillas en las oraciones en que tienen su uso
habitual. En el ejemplo anterior, la expresión flanqueada por las comillas era
también un nombre, pero, en general, la expresión mencionada puede pertene­
cer a cualquier categoría: un verbo, un adjetivo, una oración completa, como
en (5), o incluso una expresión que ni siquiera es una palabra; en cualquiera
de esos casos, la expresión resultante de entrecomillarlas es, sintácticamente,
un nombre:

(5) 'El azafrán es caro' es una oración castellana.

El aspecto semántico es correlativo al sintáctico. La expresión flanqueada


por las comillas no sólo no tiene su función sintáctica habitual cuando apare­
ce entrecomillada, sino que tampoco ejerce su función semántica habitual. La
expresión que es el sujeto de (1) tiene como función semántica habitual justa­
mente la que tiene en (1 ), a saber, mencionar una cierta espada. Pero carece
por completo de esta función en (2'). (2') no trata de espadas en absoluto, sino

4. En esta sección expongo la teoría de las citas que yo mismo considero correcta. Esta teoría se propuso ori­
ginalmente con el fin de superar los problemas de las teorías que se examinan en el próximo capítulo.
LOS OBJETIVOS EXPLICAT\YOS DE LAS TEORfAS LINGÜÍSTICAS ]7

de palabras. Del mismo modo, la expresión flanqueada por comillas en (5) tie­
ne usualmente la función de expresar un aserto sobre el precio de una cierta
especia; pero tal función semántica no tiene nada que ver con su papel en (5),
que no trata en absoluto de economía ni de especias.
Una cita, pues, consta en el lenguaje escrito de una expresión de cualquier
tipo flanqueada de comillas, y el todo constituye sintácticamente un nombre.
La única función semántica de las expresiones que aparecen flanqueadas de
comillas en una oración (esto es, mencionadas), sea cual sea la función que tie­
nen habitualmente (cuando están usadas), es, por así decirlo, la de exhibirse a
sí mismas. La teoría más simple de las citas que se nos ocurre formularía la
regla semántica para las citas de este modo: dada una expresión-tipo cual­
quiera, la expresión-tipo que la contiene flanqueada por un par de comillas es
una nueva expresión que nombra a la primera. Denominemos la teoría natu­
ral a esta caracterización del significado de las citas.
La teoría natural, sin embargo, no parece ser correcta, por la siguiente
razón: como vimos en la sección primera, un mismo ejemplar puede ejempli­
ficar muchos tipos distintos. Pues bien, entrecomillando un ejemplar de una
expresión, podemos referirnos a cualquiera de los tipos que ese ejemplar ejem­
plifica. «'Excalibur'», en «'Excalibur' nombra una espada famosa», por un
lado, y en «'EXCALIBUR' sólo contiene letras mayúsculas», por otro, no
designa la misma expresión-tipo. Ésta es, pues, una razón empírica para recha­
zar la teoría natural. Pues esa teoría presupone que las citas son unívocas, refi­
riendo siempre al tipo más abstracto ejemplificado por la expresión entreco­
millada. Una teoría más ajustada a los hechos (a la que denominaremos teoría
davidsoniana) formularía la regla así: dada una expresión cualquiera, el resul­
tado de incluir entre comillas un ejemplar suyo es una nueva expresión que se
usa para mencionar alguno de los tipos ejemplificados por el ejemplar; el con­
texto debe determinar cuál. El problema ahora es que la regla no especifica,
por sí sola, qué designa una cita. Son factores contextuales (el contexto lin­
güístico en el ejemplo anterior, el contexto extralingüístico en otros casos) los
que acaban de determinar a cuál de los varios tipos ejemplificados por la expre­
sión citada queremos referirnos. Pero el defecto no está en la teoría; tales pare­
cen ser los hechos semánticos sobre el uso de las comillas.5
La teoría davidsoniana no toma en consideración para nada la función
semántica usual de la expresión flanqueada por las comillas; la expresión pue­
de no tener ninguna. La regla sólo menciona la expresión misma. Ésta es una
nueva virtud de la teoría, pues cuando decimos "'urububú' no es una palabra
castellana" la expresión mencionada no tiene ninguna función semántica. En
una expresión entrecomillada, las comillas están para decimos que la función
semántica de la expresión flanqueada por ellas en el todo no es la usual (qui­
zás la expresión en cuestión ni siquiera tiene una función semántica usual­
mente). La cita toda (la expresión entrecomillada y las comillas) tiene la fun-

5. La explicación aquí ofrecida del funcionamiento de las comillas está tomada de Donald Davidson, "Quo­
tltion".
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LINGÜÍSTICAS 19

Muchos chistes se apoyan en confusiones de uso y mención. "-¿Qué sig­


nifica pourquoi? en francés?" "-'¿Por qué?'" "-No, por nada, por saberlo."
En la respuesta, naturalmente, se menciona la expresión '¿por qué?', no se usa.
La respuesta es una abreviación de este enunciado más prolijo: '"Pourquoi?'
significa en francés lo mismo que '¿por qué?' en español." Pero la falta de
comillas en el lenguaje hablado provoca que quien formuló la pregunta no lo
entienda así: confunde por tanto la mención de una expresión con su uso. Es
preciso advertir que el lenguaje contiene muchos casos en que, si bien las
expresiones no están usadas como usualmente, tampoco están mencionadas,
en el sentido que acabamos de exponer. Una teoría completa de todos los
fenómenos lingüísticos análogos al de la mención habrá de ser, por increíble
que a priori hubiera resultado, terriblemente complicada. Otro chiste lo ilus­
tra: El pianista está tocando 'As Time Goes By'. El mono del pianista arro­
ja al suelo, repetidamente, la bebida del cliente. El cliente pregunta enojado
al pianista: -Oiga, ¿sabe por qué el mono derrama mi cuba-libre? El pia­
nista: -No, pero si me la tararea . . . . El pianista entiende (o pretende enten­
der) que las palabras '¿por qué el mono derrama mi cuba-libre?' están usa­
das para nombrar una canción; el cliente, en cambio, las había usado con su
sentido usual. En adelante, seguiré la práctica de poner en cursivas las expre­
siones que, si bien no tienen su sentido más usual, tampoco están menciona­
das. Así ocurre, por ejemplo, cuando se usan los primeros versos de una can­
ción o una poesía no con su significado usual, sino para referirse a la can­
ción o poesía; o cuando se dice "el concepto caballo". El término 'caballo',
en el último caso, no está usado para hablar de caballos; pero tampoco está
mencionado.
A modo de resumen, una cita del excelente "diccionario filosófico inter­
mitente" de Quine, extraída de la entrada uso contra mención:

Para mencionar algo usamos su nombre, o alguna descripción. Cuando


decimos que Boston tiene trece concejales usamos el nombre de la ciudad y con
ello mencionamos la ciudad, tal y como acabo de hacer. Escaso lugar para el
misterio hay en esto, gracias a la fe!iz circunstancia de que hay pocas cosas
menos parecidas a una ciudad que un nombre. Mencionar ciudades y otros obje­
tos concretos es un juego de niños; simplemente, use sus nombres.
El cuidado comienza a ser aconsejable, sin embargo, cuando pasamos a
mencionar nombres. Para mencionar un nombre, como cualquier otra cosa, se
usa un nombre suyo. Boston no es bisílabo, pero 'Boston' lo es; la cita sirve
como un nombre del nombre. Una cita nombra su interior. Es un nombre de sus
propias entrañas.
Tampoco se debe suponer que 'Boston' es una cita. 'Boston' es simple­
mente una palabra de seis letras, y no contiene comillas. Para mencionar
la cita usamos su nombre, una cita de la cita. "Boston" contiene un par de
comillas. 6

6. W. V. O. Quine, Quiddities. A11 /11tennit1e11(v Philoso¡Jltical Dicrionary, pp. 231-232.


LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LJNGÜISTICAS 21

do swahili; esto es, ya conozco la semántica del swahili, y por tanto ya conoz­
co aquello que la teoría pretende proporcionarme.
Una definición circular es una definición que, por estar formulada explí­
cita o implícitamente en términos de aquello que se intenta definir, no podría
servir a nadie que no entendiera ya la expresión definida para aprender su sig­
nificado. Dado que las teorías semánticas constan esencialmente de explica­
ciones del significado de términos, pueden verse como un conjunto de defini­
ciones. Así, la teoría davidsoniana de las citas define las comillas. La dificul­
tad que se apunta en esta objeción es entonces la de que las teorías semánticas
son necesariamente circulares. Son, por tanto, explicativamente tan inadecua­
das como las definiciones circulares. El siguiente texto contiene un razona­
miento de este tipo:

Se ha señalado a menudo que los significados no pueden ser descritos en el len­


guaje. En algunos casos pueden ser demostrados mediante un acto de ostensión;
pero cualquier descripción que se haga de ellos en términos de un lenguaje, sea
natural o artificial, necesariamente habrá de tener su propio significado, una
descripción del cual tendrá a su vez su propio significado, y así sucesivamente.
Si esto es así, lo más que podemos hacer es agrupar expresiones sinónimas en
clases.1

Este argumento es especioso. Pero, antes de mostrar que lo es, haré dos
observaciones, cuyo objeto es hacer patente que todo argumento como éste tie­
ne que ser falaz. Mostraré, primero, que la conclusión es increíble. Y, en segun­
do lugar, que la presunta excepción que el texto hace respecto de los signos
definidos por ostensión no existe: si la conclusión del argumento fuese válida,
tampoco las definiciones ostensivas serían informativas. Sólo después explica­
ré por qué el argumento no es válido, y cómo tanto las definiciones ostensivas
como las lingüísticas pueden ser informativas.
La primera observación es que la conclusión del argumento es una para­
doja. Una paradoja es o bien un argumento aparentemente plausible del que
se sigue una consecuencia que contradice una proposición que también nos pa­
rece plausible, o bien un par de argumentos plausibles con conclusiones con­
tradictorias. Los argumentos de Zenón para tratar de establecer la inexistencia
del movimiento son paradojas. Que el argumento que estamos considerando
aquí constituye una paradoja lo podemos ver de varios modos. Uno es con­
trastar la conclusión con un hecho obvio, a saber, que una discusión exhausti­
va como la que a propósito de las citas se lleva a cabo en el próximo capítulo
nos proporciona información: la teoría davidsoniana, que se propondrá como
la empíricamente más adecuada, constituye una explicación satisfactoria, e in­
formativa, de la semántica de las citas. Antes de conocer una discusión así,
difícilmente hubiésemos sido capaces de proponer una teoría similar sobre

7. En Pieter A. M. Seuren, Operawrs ami Nuc/eus, Cambridge: Cambridge University Press, 1969. Citado
por Gareth Evans y John McDowcll en su "lntroduction'' a Truth and Meaning. Essay.r on Senramics, del que son edi•
tores.
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LINGÜÍSTICAS 23

En las explicaciones ostensivas se correlacionan los signos con sus significa­


dos también a través de otros signos -signos de una naturaleza peculiar a los
que llamaremos signos ostensivos. Y si, como sostiene el que así razona, las
definiciones no ostensivas son circulares -porque las mismas razones que
existían para requerir una explicación de los signos cuyos significados se pre­
tende explicar mediante ellas, existen también para requerir una explicación de
los signos que usamos en la explicación-, resulta que las ostensivas no están
en una situación mejor, porque las mismas razones existen también para exigir
una explicación del funcionamiento de los signos ostensivos.
Una explicación no ostensiva del significado de 'río Guadiana' (el expla­
nandum) podría ser: 'río español que nace en los Ojos del Guadiana y desem­
boca en el Atlántico a la altura de Ayamonte' (el explanans). Aquí el expla­
nans está sujeto a la objeción anterior; usamos palabras, de modo que cualquier
razón que tuviéramos para querer una explicación del significado del expla­
nandum es también una razón para querer una explicación de cada una de las
palabras usadas en el explanans. Supongamos, sin embargo, que explico osten­
sivamente el significado del explanandum, señalando a un cierto río. "El río
Guadiana es este río." ¿He correlacionado aquí el explanandum directamente
con su significado? Claramente no. Lo que he hecho es usar para mi explica­
ción las palabras 'este río', el acto de señalar, y lo señalado; lo señalado, ade­
más, no es el río significado por 'río Guadiana', sino -en el mejor de los
casos- un fragmento de él. Adviértase que alguien que entienda la expresión
'río Guadiana' debe saber que la misma se aplica a un objeto que incluye par­
tes situadas en lugares distintos a aquel en el que señalo --de modo, por ejem­
plo, que si digo 'el río Guadiana tiene una anchura máxima de 25 metros',
fragmentos del río situados en lugares distintos a aquel en el que me encuen­
tro son pertinentes para determinar la verdad o falsedad de lo que digo; y debe
saber también que la expresión se aplica a un objeto que presumiblemente exis­
tió en momentos anteriores y presumiblemente seguirá existiendo en momen­
tos posteriores a aquel en el que se produce la ostensión --de modo, por ejem­
plo, que si digo 'el caudal medio anual máximo del río Guadiana es de
15 m3/s', la verdad o falsedad de mi aseveración depende del caudal del río en
momentos de tiempo distintos a aquel en el que se produce la ostensión. Mi
audiencia tiene que inferir el significado a partir del fragmento señalado, y a
partir de los significados de las palabras 'este' y 'río'.
Obsérvese también que la relación entre el fragmento de río señalado y el
significado de 'río Guadiana' es distinta a la relación entre lo mostrado y
el significado en otras definiciones ostensivas. Así, si defino 'rojo' diciendo 'el
rojo es este color' mientras señalo a un tomate, lo que demuestro es meramente
el rojo de un cierto tomate, mientras que lo que significo es una propiedad de
muchos objetos --de modo que es apropiado predicar la misma palabra 'rojo',
sin cambiar con ello el significado así definido, al color de otros objetos. Es
patente que la relación entre el rojo demostrado y la propiedad significada por
'rojo' es muy distinta a la relación entre el fragmento del río señalado y el río.
La relación es distinta también si explico el significado de 'Juan Pablo II'
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LINGüfSTICAS 25

objeto y el objeto (en el caso del río); la que hay entre una propiedad ejem­
plificada en un objeto y la propiedad (en el caso del color), y la que hay entre
un aspecto temporal de un objeto y el objeto (en el caso de la persona).9
En las definiciones ostensivas, así pues, no se correlacionan los expla­
nanda directamente con sus significados, sino que la correlación se establece
utilizando para ello otros signos, en este caso signos ostensivos. La única dife­
rencia entre el explanans de una definición ostensiva (como "este río", dicho
en la presencia del oportuno pedazo de río) y el de una no ostensiva (como "el
Guadiana es un río español que nace en los Ojos del Guadiana y desemboca
en el Atlántico a la altura de Ayamonte") estriba en que la relación entre sig­
no y significado es totalmente convencional en el segundo caso, pero parcial­
mente natural en el primero.
Una consecuencia de esta diferencia es que los seres humanos estamos
cognoscitivamente bien dotados para entender sin más ni más las definiciones
ostensivas; mientras que entender las no ostensivas requiere entrenamiento lin­
güístico. Es esta diferencia la que confunde a los que razonan como el autor
del argumento anteriormente citado. Pero es fácil ver que esta diferencia no es
relevante para la cuestión de si las definiciones ostensivas son inmunes al argu­
mento de la circularidad. Porque es evidente que, por las mismas razones que
requerimos una explicación de cómo funcionan semánticamente los signos
convencionales (tanto el explanandum corno los que aparecen en el explanans
de las explicaciones no ostensivas), podríamos requerir también una explica­
ción del funcionamiento semántico de los signos ostensivos.
Veámoslo. Lo que sabemos de los signos convencionales es cómo usarlos
en situaciones concretas; pero no sabemos dar cuenta de eso que sabemos. Si
quisiéramos explicarle a un extraterrestre inteligente qué convenciones rigen el
funcionamiento semántico de las palabras, o si quisiéramos construir un robot
que fuese capaz de entenderlas, no sabríamos por dónde empezar. La exhaus­
tiva discusión de las citas en el próximo capítulo probará suficientemente esta
afirmación. Las citas son uno de los mecanismos aparentemente más simples
del lenguaje; y veremos cómo autores inteligentes e informados han propues­
to explicaciones de su funcionamiento que resultan ser claramente inade­
cuadas. Es más, no tenemos ninguna certidumbre de que la teoría davidsonia­
na que nosotros hemos adoptado no se revele finalmente inadecuada, por ra­
zones que ahora somos incapaces de entrever. Exactamente lo mismo ocurre
con los signos ostensivos. Si al extraterrestre, por su peculiar naturaleza cog­
noscitiva, las relaciones en que nos apoyamos no le resultan naturales -si, por
ejemplo, se muestra incapaz de pasar del fragmento espacial del río al río com­
pleto, meramente a partir de nuestro apuntar al primero-, si hubiésemos de
decirle expresamente qué ha de hacer para obtener el significado a partir del

9. De acuerdo con la teoría davidsoniana. de las citas que propusimos antes, y defenderemos en el próximo
capítulo, las citas son también signos ostensivos, en los que la relación implicada es de Ja misma naturaleza que la
existente entre el sonido·ejemplar pronunciado como ejemplo y el significado en el signo ostensivo ·este sonido: uru•
bubú' del ejemplo anterior.
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS DE LAS TEORÍAS LINGÜÍSTICAS 27

alguien haga eso, pues alguien puede tener el conocimiento explícito sin tener
la capacidad constituida por el conocimiento tácito así explicitado. No es que
el conocimiento explícito de las reglas del tango no permita hacer nada; po­
seer conocimiento explícito es poseer una caracterización teórica de algo, y una
caracterización teórica permite hacer cosas: por ejemplo, ofrecer descripciones
y explicaciones a otros, hacer aseveraciones sobre aquello, etc. Lo que ocurre
más bien es que el conocimiento explícito de algo, por sí mismo, no permite
hacer aquello para lo que capacita el conocimiento tácito explicitado en ese
conocimiento; permite hacer otras cosas. Alguien que tenga conocimiento
explícito de los mecanismos cognoscitivos que permiten bailar el tango puede,
naturalmente, ser un excelente bailarín de tango; pero para ello debe poseer
además conocimiento tácito del tango.
Esta misma distinción, exactamente en estos mismos términos, se aplica
en el caso del lenguaje; pero (a causa de una confusión en todo análoga a la
confusión entre uso y mención), la similitud en este caso existente entre el
conocimiento explícito y el conocimiento tácito por él explicitado explica que
la pasemos por alto. Nosotros tenemos, como hablantes competentes de nues­
tras lenguas, conocimiento explícito de los significados de las emisiones lin­
güísticas en contextos concretos de uso; y ese conocimiento debe estar basa­
do, por las razones que hemos examinado en este capítulo -fundamental­
mente, por la sistematicidad y la productividad de ese conocimiento- en un
conocimiento tácito de su sintaxis y de su semántica. Es ese conocimiento táci­
to el que necesitamos también para entender una teoría de la sintaxis o de la
semántica de nuestras lenguas formulada en esas mismas lenguas, y para enun­
ciarlas en ellas. Por otra parte, tales teorías intentan darnos conocimiento explí­
cito de las mismas. La discusión de las citas pondrá de manifiesto que, pre­
viamente a la teorización semántica, carecemos de conocimiento explícito del
conocimiento tácito de las reglas sintácticas y semánticas de nuestro lenguaje
del que hacemos uso en cada acto de comprensión.
Naturalmente, las nociones de conocimiento tácito y conocimiento explí­
cito suscitan todo tipo de preguntas y perplejidades, muy especialmente a pro­
pósito del lenguaje. Sobre ello volveremos en diferentes ocasiones a lo largo
de esta obra. Pero no cabe duda alguna sobre la existencia de los fenómenos
en cuestión y sobre su carácter distintivo; y eso es lo único que necesitamos
para disolver la paradoja de la circularidad. Nosotros tenemos conocimiento
tácito del funcionamiento de las citas. La teoría que propusimos antes, y defen­
deremos en el próximo capítulo, de ser correcta, hace explícita la naturaleza de
aquello que conocemos. Una buena teoría de las citas nos proporciona conoci­
miento explícito de ese conocimiento tácito, conocimiento que sólo la reflexión
teórica (y no meramente nuestra capacidad para usar las citas) es capaz de pro­
porcionarnos. Además, el conocimiento explícito no servirá para hacer aquello
que permite hacer el conocimiento tácito por él explicitado. El conocimiento
explícito del mecanismo de las citas nos permite ofrecer caracterizaciones
razonables de qué hay que hacer para citar; pero, por sí mismo, no nos capa­
cita para citar, ni para entender las citas del modo en que las entendemos habi-

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