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Clase 1.

Introducción a la contradicción dialéctica.


Hay una conocida experiencia científica, en la que se le propone
a un niño de diez meses de vida un objeto que se ubica delante
de él. Luego de verlo, el objeto se tapa con una toalla. El niño
disfruta del hecho de destapar la toalla y descubrir el objeto.
Algo similar al juego de esconder la cara y mostrarla haciendo
que el niño se ría siempre aunque se repita una y otra vez.
La experiencia consiste en provocar ese movimiento varias veces
y luego cambiar el objeto de lugar tapándolo con otra toalla. El
lugar donde había estado permanece tapado por una toalla pero
ya no está allí el objeto. Se tiene mucho cuidado de confirmar
que el niño ha observado ese movimiento de traslado del objeto.
Lo que sucede es siempre lo mismo. El niño destapa la toalla
donde el objeto estuvo en primer lugar. Esto ha dado lugar a
numerosas conjeturas, la más importante de todas, la que
propone Piaget, que el niño aún no ha adquirido la habilidad
cognitiva que le permite entender que el objeto no está más allí.
Sin embargo, una investigadora americana llamada Diamonnd
propone una respuesta distinta. El niño sabe que el objeto no
está más allí pero insiste en el movimiento de destapar la toalla
donde estuvo por primera vez porque no puede inhibir el
movimiento ya planificado y realizado. Si bien esta deducción
tiene algo de lógica, no está basada en algo imaginario sino en la
comprobación en todos los casos que el niño al hacer el
movimiento de destapar la primera toalla, siempre dirige su
mirada a la segunda toalla.
Es como si estuviera diciendo (recordemos que todos los niños
que hacen esta experiencia tienen diez meses de vida) “yo sé que
el objeto está donde lo pusieron pero no puedo evitar hacer el
movimiento que ya aprendí”.
Y esto tiene su explicación en la inmadurez del lóbulo frontal. No
puede inhibir un movimiento ya planificado. Situación que todos
los adultos viven cotidianamente con niños a los que les explican
que no deben hacer algo que el niño se obstina en repetir. “No
son obedientes” se dice. En realidad no pueden serlo.
Ahora bien, los adultos enfrentamos este problema de la misma
manera y no se debe a un hecho de obediencia o no sino a una
cierta imposibilidad de concretar una acción que sabemos y
conocemos. Sin embargo, no la practicamos. Podemos decir que
seguimos destapando la primera toalla aunque sepamos que el
objeto ya no está allí. Desde dejar de fumar porque nos hace mal
a no practicar una actividad física porque nos hace bien. Y de ahí
en más, todo tipo de acciones con nosotros y con los otros.
Hablar con alguien con quien debemos hablar, concretar un
compromiso siempre postergado, hacer, no hacer, sentir, no
sentir, decir, no decir.
Podemos pensar que vivimos como esos niños de diez meses. En
una constante contradicción que niega a todas voces uno de los
principios fundamentales de la lógica humana, la no
contradicción. Una cosa no puede ser y no ser a la vez. O llueve o
no llueve.
Sin embargo, nuestras vidas y sobre todo nuestras relaciones
niegan la no contradicción. Crecemos en la lógica de la no
contradicción y actuamos en la lógica de la contradicción (ya
veremos que esto se llama contradicción dialéctica).
Este es un problema que la filosofía se ha tomado muy en serio.
Buscar saber pero dejando abierto ese saber.
Nuestra vida es un problema filosófico porque buscamos saber
para decidir. Y en ese juego se nos va la vida.
Veamos lo que es. Un niño que no puede inhibir una acción que
ya tiene programada. Un adulto que no hace lo que debe hacer,
lo que quiere hacer o lo que puede hacer. Y a veces pareciera
que no hace sino que es hecho. Como cuando aparece ese objeto
de estudio de la ciencia que se llama enfermedad. ¿Quién hizo la
enfermedad?
¿Por qué no nos curamos?
¿Qué es lo que hace que la humanidad no pueda superar
enfermedades tales como el cáncer avanzado, la demencia, las
enfermedades autoinmunes, las infecciones no autolimitadas y
los procesos degenerativos del sistema nervioso?
Esta misma pregunta se hace habitualmente en forma contraria:
¿Por qué nos enfermamos? Y allí aparecen las supuestas causas:
la alimentación, los microbios, los genes, las equivocaciones y
fallas. Las exigencias. El agotamiento de las reservas que
responden a esas exigencias. Y también aparecen las emociones,
los pensamientos, los conflictos personales, vinculares y sociales.
Creemos que al hacernos esa pregunta e intentar responderla, se
han originado multitud de teorías que han explicado algunos
procesos fundamentales del ser humano. Y que esa explicación
nos ha ayudado a crecer como personas y como sociedad.
Sin embargo, la pregunta de por qué la humanidad no encuentra
una solución universal a las enfermedades graves que afectan a
niños y adultos, pobres y ricos, hombres y mujeres, inteligentes y
artistas, no encuentra respuesta.
Al fin de cuentas es la misma pregunta que se puede hacer en
otros órdenes: ¿Por qué sigue existiendo la injusticia, la miseria o
la falta de solidaridad?
Trataremos de ir contestando estas preguntas con las acciones
necesarias para superar estos problemas y no con la explicación
de por qué ocurren.
¿Es la enfermedad lo opuesto de la salud?
Debemos hacer la diferencia entre por qué nos enfermamos y
por qué no nos curamos. Una persona se pudo haber enfermado
por fumar pero no se cura por dejar de fumar.
La causa de la enfermedad no está necesariamente ligada a la
solución. Si bien es cierto que muchas veces la solución de un
problema mejora el estado de ánimo y la calidad de vida de una
persona, no podemos hacer de ésta linealidad el motivo de la
terapéutica. Creemos que hay factores que superan esa
linealidad y que debemos entenderlos para poder estar en
condiciones de contestar por qué no nos curamos.

Las contradicciones.
El primer motivo que vamos a trabajar es la contradicción. En
lógica, se define como una incompatibilidad entre dos
propuestas. Llueve y no llueve. No es compatible esa realidad.
Aristóteles lo define como uno de los tres principios de la lógica,
con su fórmula que “algo (un ente) no puede ser y no ser a la vez.
Al mismo tiempo y en el mismo sentido”. A esto lo llama el
principio de la no contradicción.
De este principio han surgido los dilemas, como un argumento
formado por dos proposiciones opuestas pero que ninguna de
las dos resulta aceptable, o aún, que las dos son aceptables. Lo
que genera el dilema es la duda permanente y la imposibilidad
de accionar.
Hemos trabajado en el origen de la enfermedad este dilema.
Quiero pero no puedo. Debo pero no quiero. Puedo pero no
debo o no quiero. Propuestas del pensamiento que llegan al
cerebro que reacciona ante esa contradicción e inacción,
eliminando uno de los dos argumentos. Lo que conocemos como
solución biológica. La fábula del cocodrilo a Platón.

Un lugar impensado.
Avicena decía que para aquel que negara el principio de la
contradicción debería existir la condena de quemarlo vivo. Allí
sabría que no es lo mismo quemarse que no quemarse. Como
verán Avicena no se andaba con vueltas.
Sin embargo, todo tiene sus vueltas.
Si el principio de la no contradicción dice que un ente no puede
ser y no ser a la vez, el principio de la identidad (otro de los
principios de la lógica) dice que todo ente es idéntico a sí mismo.
Idem significa en griego “lo mismo”. Es por eso que muchos
filósofos ya no hablan de identidad sino de mismidad.
Hegel señala que en este principio, que se expresa
simbólicamente como A=A, la diferencia ya se encuentra
comprendida en la identidad. A es ella y la otra A. Es decir, que
hay otra A. Es aquí que aparece la idea de la contradicción como
algo que surge de la realidad. Si uno dice que una planta es una
planta no dice nada. Debe decir esta planta es idéntica a esta
otra planta. La verdad solo aparece cuando hay unidad y hay
diferencia. La identidad es así, la negación de la diferencia y la
diferencia es la negación de la identidad.
Si uno piensa desde el lenguaje estos principios nos damos
cuenta que son generalizaciones. Un ente es idéntico a sí mismo
exige la pregunta que cuestiona la generalización. ¿Siempre? ¿Yo
soy siempre igual a mí mismo? ¿Qué queda de lo que yo fui hace
50 años?
Hegel hará de este principio de la contradicción dialéctica (puedo
no ser idéntico a mí mismo y ser y no ser a la vez) la base de su
sistema filosófico haciendo de la unidad de la identidad y la
oposición el motor de un todo orgánico. La propuesta de Hegel
es que todos los conceptos se definen a partir de su contrario. A
esto se lo conoce como dialéctica que podrá verse como un
método de interpretar la realidad o como la realidad misma.
Hegel dice que la realidad es dialéctica. Y sobre todo, que la
realidad es totalizadora, es decir, que incluye la igualdad y la
diferencia.
Luego veremos el reverso que otro filósofo (Marx) toma de esta
filosofía para seguir pensando la posibilidad dialéctica.