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5.

EL ENCUENTRO TERAPÉUTICO

Armado con su comprensión de la familia, su conocimiento de las normas


sociales y de la diversidad familiar, limitado por sus teorías de la terapia y por
sus propias experiencias vitales, el terapeuta se encuentra con la familia que le
pide ayuda. La familia normalmente aborda el encuentro con esperanza. En
todos los casos vienen con una fuerte sensación de que ésta es una
oportunidad para hacer una afirmación significativa. Ellos van a decir «somos
quienes somos» de una manera importante. Como consecuencia de esta
sensación, y porque están bajo la observación de otro, ellos se encuentran
también bajo una intensa autoobservación.
El terapeuta trae su propio equipaje vital. Él también «es quien es» y la
combinación de su carácter y experiencia impone ciertos límites que no puede
trascender. ¿Cómo encajará él con esta familia? ¿Qué atributos suyos se
activarán en este encuentro?
El terapeuta posee las ventajas y las desventajas del entrenamiento. Tiene
experiencias de encuentros previos con otras familias. Lo quiera o no, y lo
sepa o no, mantiene ciertos supuestos sobre las familias con un perfil como
éste:
Las familias con niños jóvenes necesitan...
Las familias que presentan enfermedades psicosomáticas tienden a...
Las familias donde se da el incesto...
Las familias con niños adoptados...
Él comprende que mantener tales supuestos constriñe su entendimiento,
pero ningún terapeuta puede trascender la estructuración que organiza su
pensamiento. Todo lo que puede hacer es reconocerlos, usarlos de la mejor
manera posible y saber que sus expectativas deben estar abiertas a una
revisión de acuerdo a los datos que surjan en el encuentro. Mientras se ocupa
de la familia, fomenta la revelación y busca los problemas y las posibilidades:
asocia, intenta ajustar, prueba, modifica supuestos de acuerdo con los
resultados y prueba de nuevo. Existe siempre una tensión intelectual entre sus
asunciones sobre lo que debe ser y lo que él ve en este encuentro particular.
78 FAMILIAS Y TERAPIA FAMILIAR

Los capítulos previos han realzado conceptos que preparan al terapeuta


para el encuentro terapéutico. La página impresa acomoda fácilmente los
conceptos, pero la terapia es multidimensional, es mucho más que conceptos.
Me pregunto cómo puedo comunicar el ánimo del encuentro, los silencios que
envuelven los pensamientos tangenciales, el sentido del ritmo que me alerta
para centrarme en la emoción que quiero que exista pero que no puede
expresarse, el misterio de experimentar a los miembros de la familia a través
de nuestras diferencias y darnos cuenta de que son «más humanos que otra
cosa». Y entonces, ¿cómo describo la obra, el proceso creativo por el cual me
convierto en audiencia y actor, en director de la terapia y también en miembro
del sistema terapéutico, y los caminos que siguen los miembros de la familia
mientras experimentan con nuevas y mejores maneras de relacionarse?

CUATRO CASOS

La enseñanza de la terapia familiar confía sobre todo en la observación de


las familias en terapia o en cintas grabadas de las sesiones.
En este capítulo, describo qué hago y cómo pienso mientras hago terapia.
Intentaré pormenorizar mi práctica. Para este propósito, he seleccionado
cuatro consultas para emplearlas como casos, porque éstas muestran las
tensiones del primer encuentro.
Estos cuatro casos incluyen la búsqueda de patrones familiares, la ex-
ploración de caminos para el cambio y los intentos por unirse a la familia y
desafiarla. Una consulta exige una demanda útil para propósitos educativos; se
espera que el especialista genere una guía clara y predictiva de hacer terapia
familiar con una familia en particular.

La familia Ramos: la tiranía del síntoma

Vi a la familia Ramos en Sudamérica. Habían estado en terapia durante


cinco meses y les recibí en una consulta de dos sesiones.
El terapeuta dijo que la familia había venido como consecuencia de la
severa conducta obsesivo-compulsiva de la señora Ramos, la cual organizaba
por completo la vida familiar. La señora Ramos describía su existencia como
controlada por el asco*. Siempre que tocaba algo sucio experimentaba
náuseas, palpitaciones y sudoración hasta que lograba lavarse las manos.
Le pedí que me mostrara sus manos. Estaban enrojecidas y en carne viva
de tanto lavarlas. Las miré cuidadosamente sin tocarla.
Los niños —Sara, de once años; Tomás, de trece; y Juan, de diecinueve—
y el señor Ramos escuchaban cómo la señora Ramos describía vivamente sus
ataques de ansiedad cuando ella o alguien de la familia tocaba algo sucio.

* En castellano en el original. (Ai. del t.)


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Yo mostré sorpresa cuando ella afirmó que si uno de los niños o su


marido tocaban sus zapatos, ella no se calmaba hasta que se lavaran las manos
bajo su supervisión. «Esto es muy interesante», le dije. «He visto a mucha
gente con problemas similares. Pero usted es la primera persona que conozco a
quien se le reduce la ansiedad si los miembros de la familia se lavan. Es
bastante interesante», repetí para darle énfasis. Después hablé con Sara, que
me contó cómo su madre le pedía que se lavara y algunas veces tenía que
lavarse las manos dos o tres veces antes de que su madre quedara satisfecha.
Le pedí que se pusiera en pie y que viniera hacia mí. Sin tocarla observé
cuidadosamente sus dos manos. Examiné el aspecto de cada mano y dedo,
repitiendo frecuentemente: «Y esto es lo que les sucede a tus manos».
Realicé este procedimiento con cada miembro de la familia, afirmando
con frecuencia mi sorpresa por la manera en que la repulsión que sentía la
señora Ramos se podía calmar al lavarse los otros. El señor Ramos entonces
dijo que ya no podían comer huevos porque estaban sucios. Le miré perplejo.
La señora Ramos me explicó que era debido al lugar de su procedencia. Le
pregunté qué ocurriría si alguien le quitara la cáscara. «Ah», contestó,
«entonces estarían limpios.»
«¿Usted compra sus gallinas sin trasero?», pregunté.
«Sí», replicó. «Compro sólo trozos de pollo.»
Mi actitud durante los primeros treinta minutos de la entrevista era de
desapego clínico. Sentía que estaba escenificando a alguno de los grandes
clínicos franceses del siglo XIX que podían ver, oler, oír y saborear una en-
fermedad. Al mismo tiempo, me divertía el poder de la narración. ¿Cómo era
posible que la familia no se diera cuenta de lo absurdo de mis preguntas?
¿Cómo era posible que el síntoma se expandiera hasta incluir a todos y cada
uno de ellos, de modo que al final la vida entera de la familia estaba regulada
por el lavado de manos?
Les pedí a los niños que salieran del despacho y pregunté a la pareja
sobre su vida sexual. Asumía que la sexualidad sería de alguna manera «sucia»
y quería saber cómo. La señora Ramos dijo que a su esposo le gustaba
«demasiado» tener relaciones sexuales y que le compadecía y se lo permitía
cada sábado. Él podía tocarla todo lo que quisiera mientras no le tocara las
manos. «Mis manos son sagradas», dijo.
Habíamos consumido cuarenta minutos de la consulta, y sabía tan poco
sobre la familia Ramos como cuando empecé. Todo había sido absorbido por
el relato del síntoma.
Recordando a Whitaker me vino un non sequitur: un pensamiento loco.
Le pregunté: «¿Por qué no cree en su esposo? ¿Por qué cree que le miente?».
Tras una larga pausa el resultado fue sorprendente y satisfactorio.
«Sueño con frecuencia que me despierto y me encuentro con que se ha
ido.» Fue como si se hubiera abierto un grifo. Dejó el síntoma y empezó a
describir lo crítico que era su esposo: cómo ella intentaba complacerle pero
todo lo que decía estaba mal, cómo lloraba cuando él le gritaba y cómo los
niños acudían a consolarla.
Le pregunté si Sara la protegía y llamé a Sara de vuelta al despacho.
FAMILIAS Y TERAPIA FAMILIAR

Ella describió que se sentía apenada por su madre y que ella acariciaba el pelo
de su madre cuando lloraba y le besaba la frente hasta que se calmaba. Uno a
uno, los otros dos hijos se sumaron a la sesión para contar historias similares
de protección a la madre de la crítica paterna. Al mismo tiempo, dijeron que
su padre nunca había sido violento con nadie de la familia y que era muy
cariñoso.
En este punto, los síntomas se habían alejado de su lugar central y nos
encontrábamos en un simple drama familiar con los hijos participando en el
conflicto paterno. Este drama era conocido para mí; lo había vivido muchas
veces. Paré a los niños, diciéndoles que su protección de la madre no ayudaba
a ninguno de los padres. Animé a la señora Ramos a desafiar la falta de
comprensión de su esposo. Si lo hacía, yo apoyaría y ampliaría sus peticiones
de un trato más justo.
Le pedí a la señora Ramos que me hablara sobre sus padres y sobre quién
de ellos había sido más crítico con ella. Me dijo que ella siempre había sido
considerada la menos atractiva e inteligente de su familia. Cuando era niña
siempre había trabajado más duro que su hermana para conseguir el amor de
los padres, pero siempre se había sentido una segundona.
Terminé la sesión, invitando a la pareja a una segunda consulta al cabo de
tres días. Instruí al marido para que encontrara nuevas formas de apoyar a su
esposa mientras tanto. Quería que recordara viejos tiempos, cuando él la había
cortejado. Iba a comprarle un regalo. Le dije a la señora Ramos que debía
dejar en paz las manos de los niños para que pudieran ser dueños de sus
propios cuerpos. Les pedí a los niños que dijeran a su madre que sus manos
les pertenecían y que se las lavarían cuando pensaran que era necesario.
Cuando la sesión finalizó, estreché la mano de cada uno. Sólo después de
que se marcharan recordé que las manos de la señora Ramos eran sagradas y
que no tocaba las manos de otras personas. El matrimonio Ramos y yo
habíamos olvidado sus síntomas.
¿Qué es lo que pasaba de manera vaga y compleja por mis circuitos ce-
rebrales durante la sesión? Primero, estaba impresionado por el poder del
síntoma para controlar a la familia entera. También estaba divertido por la
habilidad de los Ramos —o la desgracia— para trasformar el significado de
cada evento en la lógica de la narración referente al síntoma. En algún punto
pensé que la señora Ramos debía de sentirse extremadamente impotente para
necesitar todas estas formas de control tan elaboradas y, casi de forma
simultánea, pensé que si se sentía tan atemorizada, indefensa, desamparada,
ella y su marido debían de estar viviendo en un contexto que les empujaba a
sentirse y actuar de esta manera.
Quiero aclarar mi pensamiento. No creía que el señor Ramos hubiera
creado las condiciones de su esposa. Lo más probable es que la señora Ramos
hubiera extraído de su familia de origen una propensión a sentirse
incomprendida. Cuando ella se casó, debieron haber existido las condiciones
para establecer algunas formas nuevas de relacionarse, pero no se habían
desarrollado. El señor y la señora Ramos estaban manteniendo los viejos
patrones que inducían su particular respuesta. Pero en vez de
EL ENCUENTRO TERAPÉUTICO

un diálogo o un conflicto, teníamos a una familia completa lavándose las


manos. Para inducir al cambio, mi pensamiento fue que la dirección más
prometedora sería ayudar al señor Ramos a cambiar la relación con su esposa.
Mi non sequitur vino en este instante: «¿Por qué no cree a su esposo? ¿Por
qué cree que él le miente?». La respuesta a este requerimiento de un relato
personal fue, creo, predecible.
Me encontraba, entonces, en disposición de dirigir la sesión hacia la
exploración del modo en que los niños eran enrolados en el conflicto del
cónyuge. Después de eso, estábamos preparados para preguntas sobre el
pasado de la señora Ramos y para intervenciones en el conflicto de pareja, en
el cual apoyé a la señora Ramos.
Hacia el final de la sesión, me sentía excitado por los cambios y decidí
mantener la siguiente sesión con la pareja a solas. También preparé el
escenario para un final feliz y decidí comprar una docena de rosas rojas para
que el señor Ramos se las entregara a su esposa. Yo no tenía idea de cómo
usaría esas rosas, ni tan siquiera de si las utilizaría.
Tres días después, la pareja volvió. La señora Ramos se había vestido
indudablemente con su traje de domingo. Empezó a hablar, describiendo
cómo ella se había percatado de que estaba dañando a los niños y que había
decidido liberarlos de sus demandas. Durante esos tres días, comentó, tuvo
momentos en que se sintió angustiada cuando pensaba que estaban sucios,
pero ella sabía que necesitaba controlarse a sí misma y así lo hizo.
Su marido dijo que él había estado atento con ella y que había dejado de
criticarla. La señora Ramos asintió. Como la pareja parecía ahora más unida
emocionalmente, le pedí a la señora Ramos que me contara más sobre su
familia, afirmando que quizás podríamos descubrir juntos la razón de sus
síntomas. Ella narró una infancia difícil en la granja de sus padres. Eran
pobres y tenían que trabajar duro. Se había transformado en la niña que más
trabajaba para ser, solamente, tan buena como las demás. Su marido intervino,
describiendo cómo ella siempre necesitaba complacer a todo el mundo y estar
siempre disponible para hacer frente a las necesidades de sus padres y
hermanas. Entonces hablaron sobre cómo, cuando la madre de la señora
Ramos se estaba muriendo, ella se pasó tres semanas cuidándola día y noche.
En este punto, la señora Ramos empezó a llorar y describió cómo su madre se
llegaba a alterar por la noche y le golpeaba en su cama. Para protegerse, ató
las manos de su madre, como lo hacían en el hospital. Hacer eso había sido
muy traumático para ella, dijo. Se sentía culpable por lastimar las manos de su
madre.
A los cuarenta minutos de sesión, me avisaron que cogiera las rosas que
había pedido. Volví con las flores y se las entregué al señor Ramos di-
ciéndole que se las había comprado para que él se las diera a su esposa cuando
se sintiera cariñoso. El tomó las flores y se dispuso a dárselas. Le paré,
diciéndole que lo dejara para más tarde, cuando ellos estuvieran solos y en un
estado anímico más propio. La sesión finalizó con una discusión sobre
Cenicienta. Le sugerí a la señora Ramos que ella había estado
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controlada por su necesidad de trabajar más duro para ser aceptada. Empleé la
palabra fregona * para resaltar mi visión; quizás, al igual que Cenicienta, ella
podría relajarse y aceptar a su príncipe.
En realidad, no sé qué sucedió para que la sesión finalizara como un
cuento de hadas. Algo de esta familia hizo que me moviera de una manera
simple. Me sentí atrapado en su drama y su lenguaje. Los Ramos también se
sintieron tocados. Fueron agradecidos y la señora Ramos no dudó en estrechar
mi mano. Esta vez ambos, ella y yo, sabíamos que era un nuevo paso, una
liberación de la tiranía del síntoma. Si pienso sobre el proceso del cambio —
cómo un síntoma tan extraño comenzó a cambiar en una consulta de dos
sesiones—, debo atribuirlo a mi confluencia con ellos. Al unirme con la
señora Ramos, se sintió fortalecida para realizar demandas. Le ayudé a pasar
de actuar sus emociones a través del síntoma, a expresarlas en forma de
lenguaje y de retos interpersonales.
¿Cuáles fueron los elementos clave en esta consulta con la señora Ra-
mos? Lo primero, creo, fue mi atención y mi manejo del síntoma. El poder
del síntoma parece depender de la descripción invariable de la historia. Es
como los relatos infantiles, siempre narrados del mismo modo. Si en la
exploración el terapeuta amplía la historia, incluye a otras personas, o
introduce cualquier tipo de novedad, la automaticidad del síntoma es puesta
en duda. El síntoma de la señora Ramos se había ido fortaleciendo durante
años por la repetición diaria, y me sentí empujado a explorarlo de forma
detallada para validar mi hipótesis. (Un manejo similar del síntoma se
presenta en el capítulo 14.)
Desde el comienzo, cuestioné la validez de la historia en toda su ex-
tensión. Mis dudas eran visibles en un primer momento: «He visto muchos
casos similares, pero ésta es la primera vez que veo...». Cuando pedí a los
niños que me mostraran sus manos, subrayé que eran sus manos. Exploré
detalles: «¿Los huevos están sucios? ¿El sexo es limpio?». Acompañé mis
preguntas con exclamaciones de sorpresa, que al repetirse ponían en tela de
juicio la realidad del síntoma. Tales cuestionamientos estaban acompañados
de afirmaciones de aceptación de la realidad del síntoma. Es una estrategia
con dos caras.
También trabajé con subsistemas. Comencé con la familia completa, pero
cuando quería cuestionar la intrusión de los hijos en el conflicto del cónyuge
les invité a que salieran, después pedí que regresaran cuando la sesión
requería nuevamente de su participación. En la creencia de que las personas
se construyen unas a las otras, concluí que el síntoma de la señora Ramos
debía ser parte de las interacciones entre ella y su esposo. Mi pregunta: «¿Por
qué cree que su esposo miente?», estuvo motivada por este concepto. Una vez
que la pareja se comprometió en la terapia, alenté el conflicto y participé
ampliándolo, me uní a la señora Ramos para ayudarle a cuestionar a su
esposo. Y ya que creo que los padres, al menos la mayoría, desean ayudar a
sus hijos, le entregué a la señora Ramos la tarea de controlar su ansiedad por
el bien de los hijos, esperando que do

* En castellano en el original. (A/, del i.)


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minaría sus síntomas, y así lo hizo. La exploración de su historia llegó una vez
que habíamos explorado el presente y como un medio de clarificar las
distorsiones actuales. La segunda sesión estuvo dedicada, casi por completo, a
la familia de origen de la señora Ramos.

El retomo de María y Corrine


Esta consulta era técnicamente ilegal. Como vimos en el segundo ca-
pítulo, los hijos de María estaban adoptados por un familiar, bajo respon-
sabilidad legal de una cuñada de María, Corrine, y una orden disuasoria había
prohibido a ambas mujeres que se encontraran. La sesión fue una consulta con
un grupo de supervisores y asistentes sociales de la división infantil del
Departamento de Bienestar. Ellos y los asistentes sociales de los niños estaban
observando desde detrás del espejo unidireccional. En la sala de terapia, se
encontraban María y Corrine, ambas veinteañeras, Juana, de seis años, y Peter,
de tres. Y los consejeros respectivos de las mujeres, cuya función en la sesión
era, presumiblemente, contener la agresión.
Mientras las «madres» estaban en el sofá, los niños comenzaron a romper
los juguetes de mi oficina. Pronto había tres muñecas decapitadas en el suelo,
y Juana había cogido los rotuladores y estaba pintando la mesa del café.
Observé a las madres, esperando que alguna de ellas controlara a los niños tal
y como suelen hacer las madres. Finalmente dije: «Estoy confundido. No sé
quien es la madre o quien está al cargo. Pero no quiero que llegue a tocarse
ese micrófono. Y deseo hablar con las dos, y no puedo hacerlo en medio de
este jaleo».
Este comentario ilustra una técnica simple pero muy importante. Guarda
relación con el autocontrol cuando existe un conflicto familiar. Si yo hubiera
intentado controlar a los niños y hubiese tenido éxito, los resultados hubieran
sido desafortunados. Habría demostrado a ambas madres que eran
incompetentes. En vez de eso, les dejé la tarea y su control sobre los niños me
permitió observar los recursos que habían desarrollado en la crianza de los
hijos.
Esperé. María fue donde Peter y habló con él tranquilamente. Corrine «se
compró» a Juana con la promesa de una excursión al McDonald’s. Comenté lo
complementarios que eran sus estilos y les animé a hablar entre ellas, primero
sobre los niños y luego sobre sí mismas.
Por supuesto, podría haberlas comprometido, entre otras formas, con una
descripción de su historia personal con los niños, mientras la otra escuchaba y
observaba. Pero animarlas a dialogar entre ellas me otorgó la ventaja de
permanecer descentralizado; me dio la libertad de observar de qué manera se
relacionaban estas mujeres, con las rigideces y la posibilidad de alternativas.
Tuve que poner en juego toda mi habilidad para mantenerlas hablando, ya
que existía mucha amargura entre ellas. Cambié al castellano, alabando que se
ayudaran la una a la otra. Me uní a Corrine, felicitándola
LIAS V TERAPIA FAMILIAR

por su desinterés al cuidar a los niños de María, pero también resalté cómo se
había limitado su vida y cómo María le podía liberar de ser madre a tiempo
completo. Critiqué al tribunal, indicando inconfundiblemente que un juzgado
angloamericano no podría entender lo importante que es para los latinos
ayudarse entre sí. Dije que la orden limitante había impedido la mejor
solución: que trabajaran juntas.
Recapitulando para el personal, observé que era natural para los niños
comportarse de forma hiperactiva en presencia de dos madres reñidas entre sí.
Subrayé que había empleado sus conductas para crear una representación de
los estilos parentales y sugerir alternativas que podrían mejorar las vidas de
ambas madres. Más tarde, el trabajador social y yo diseñamos un plan para
cambiar la orden disuasoria del tribunal.

Nina y Juan: escuchando voces


El capítulo 8 presenta una familia puertorriqueña compuesta por Juan, el
marido, que frecuentemente se encontraba bebido; su esposa, Nina, de
cuarenta años, que había sido hospitalizada muchas veces con múltiples
diagnósticos, y su hija Juanita, de quince años, que se negaba a ir a la escuela.
Estaban en terapia con Margaret Meskill, que les trajo a mi grupo de
supervisión para la consulta.
Le pedí a Nina que describiera sus alucinaciones auditivas. ¿Eran voces
masculinas o femeninas? Nina respondió, sin dudarlo, que eran voces
femeninas. «¿Qué te dicen?», le pregunté.
La búsqueda de detalles sobre el síntoma es parte de todo examen psi-
quiátrico. Pero mi intención aquí es diferente a la de esta frecuente inves-
tigación. Estaba empleando la descripción de Nina de sus alucinaciones
auditivas como un trampolín para transformar su posesión individual del
síntoma en una red más compleja de interacciones complementarias.
«Tus voces se pueden controlar», le dije. «Pero necesitan que otras voces
—igual de fuertes— luchen contra ellas. ¿Escuchas la voz de Juan? ¿O la de
Juanita?»
«No, nunca.»
«¡Ah! Sus voces son demasiado suaves», le dije.
Me pregunté por qué la voz de Juan era tan suave que Nina no podía oírle.
¿Y por qué la voz de apoyo de Juanita era inaudible? Entonces espeté a Juan:
«Tú te refugias en la bebida cuando tu esposa te necesita». Éste es un ejemplo
de una de las intervenciones más características de la terapia familiar:
centrarse en el mantenimiento del síntoma por parte del otro miembro
familiar.
A lo largo del resto del tratamiento, Margaret Meskill y yo apoyamos la
voz de Juan, cuya fuerza podría retar a las alucinaciones auditivas de su
esposa. Cuando él cambió y se volvió más asertivo y responsable con ella, sus
historias cambiaron. Sus voces desaparecieron y él dejó de beber.
Éste es un caso en el cual ignoré un diagnóstico psiquiátrico individual de
esquizofrenia y en vez de ello establecí un diagnóstico de aluci
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naciones auditivas histéricas en un contexto familiar disfuncional. Empleando


al marido como coterapeuta, cambié su relación con su esposa, y ello se
tradujo en la curación de los dos.

«Tocio el mundo pelea contra todo el mundo»


Esta consulta tuvo lugar en el departamento de atención externa de una
gran agencia que tiene un hospital de día para los niños. La familia, una
madre divorciada y sus cuatro hijos, llevaba en contacto con la agencia cuatro
años y medio. Harriet, la madre, de treinta y ocho años, había estado casada
dos veces, en ambas ocasiones con maridos que abusaban físicamente de ella
y su segundo esposo estaba encarcelado por abusar se- xualmente de los hijos.
El terapeuta de familia describió a la familia como caótica. Había una alta
incidencia de violencia; estallaban conflictos durante las sesiones. El
terapeuta temía cada sesión, pero afortunadamente la familia cancelaba las
citas con frecuencia.
No podía obtener ningún comentario positivo sobre esta familia, así que
decidí hablar con la «parte» de la familia que el grupo desconocía. Para
desafiar el énfasis del grupo en la patología, me ocuparía en las cuestiones
familiares referentes a la competencia y evitaría las áreas de agresión.
(Asumí, sin ningún dato que lo confirmara, que esta familia presentaba áreas
de competencia. No podían haber sobrevivido como familia, si hubiesen sido
sólo tal y como el personal les describió.)
Cuando comenzó la sesión, la madre dijo que venía a la terapia «porque
todo el mundo pelea contra todo el mundo». Y como espoleados por esta
afirmación, George y Harry comenzaron a luchar como si fueran gallos de
pelea.
George, de doce años, era mucho más grande que Harry, de diez años.
George parecía bastante controlado, pero Richard, de dieciséis, se movió
inmediatamente para sujetarle y le agarró con fuerza, aun cuando Gcor- ge no
se resistía. Suzanne, de diecinueve años, que se sentaba cerca de Richard,
estaba en un estado de alerta, preparada para ayudarle. La madre se sentó
tensa en su silla, mirando con expresión de desamparo la caótica escena. La
interacción completa no duró más de dos minutos; los participantes lo tenían
bien ensayado.
Era claramente la cultura de la terapia, cuajada en encuentros previos.
Tales peleas eran la asignatura de la familia, ejecutadas para probar al
terapeuta lo imposibles que eran. Yo no piqué. Hice una pausa y después cogí
un lápiz de color de mi bolsillo y le dije a Richard que, ya que parecía claro
que él era un ayudante, me preguntaba si él podría usar mi lápiz mágico para
dibujar una familia que funcionara mejor. Él permaneció en silencio y,
afortunadamente, así lo hicieron el resto de miembros familiares, que parecían
intrigados por mi extraña petición. Después de un minuto o dos, dijo: «Me
gustaría que nadie de la familia peleara, así mi madre no sufriría».
Impresionado, le pregunté en qué curso escolar se encontraba. Él comentó que
en el instituto, que sacaba buenas calificado»
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nes, y que deseaba estudiar para convertirse en policía. Añadió que durante
los dos últimos años había trabajado en McDonald’s al salir de la escuela.
Le pedí que pasara el lapicero a su hermana. El hecho de pasar el la-
picero, como si fuera un ritual mágico, llamó la atención de los otros
miembros familiares, que se convirtieron en la audiencia. Esta técnica es útil
en familias en las cuales el ruido es el contenido de las interacciones
familiares. Si fuera necesario, el terapeuta puede dirigir el flujo de la con-
versación insistiendo en que sólo puede hablar el miembro de la familia que
posee el lapicero.
Suzanne me dijo que después de terminar el instituto había comenzado a
trabajar en McDonald’s. Durante el último año había sido la supervi- sora.
Daba a su madre una gran parte de su salario. Le pregunté sobre sus
responsabilidades en el trabajo y si su madre la alababa por ser tan res-
ponsable. Ella respondió que no. Me quedé sorprendido, después estreché la
mano de la madre, felicitándola cálidamente por su capacidad al haber criado
niños tan responsables y leales. Ésta es una intervención sugerida por Jay
Haley. Felicitar a los padres por el éxito de los hijos (o viceversa) es una
intervención sistemática que resalta claramente la com- plementariedad entre
los miembros de la familia, enfatizando las uniones positivas.
A los quince minutos de sesión había enganchado a cada miembro de la
familia y había observado la agresión y los intentos por controlarla, los cuales
ignoré. Había confirmado la fuerza de los dos hermanos mayores y la madre.
Y también había comprobado que los temas de lealtad y de protección de la
madre y los otros eran áreas importantes y admirables, no exploradas
totalmente.
Pedí ahora a George y Harry que se pusieran de pie uno junto al otro.
Cuando se trabaja con niños pequeños, el lenguaje de la terapia debe ser el
lenguaje de la acción. A menudo pongo a los niños de pie uno junto al otro
para ver quién es más alto, quién sonríe más abiertamente, etc., para ayudarles
a sentirse como participantes. Le pregunté a Harry cómo era posible que
George le hubiera provocado si éste era mucho más pequeño. Suzanne afirmó
que George podía ser muy destructivo y que rompería los brazos y las piernas
de Harry si no llegaba a intervenir. La secuencia de violencia en casa, que la
familia estaba describiendo en ese momento bastante afablemente, era que
Harry provocaba a George, y George acechaba a Harry. Richard se encargaba
de George y Suzanne agarraba a Richard. Me parecía claro que esta familia de
gente maltratada había desarrollado una gran sensibilidad a las señales de
agresión y un sistema de respuestas inmediatas para aplazar la agresión antes
de que se volviera destructiva, como había ocurrido.
Pregunté a la madre, a Richard y a Suzanne, si podrían dejar a George y a
Harry luchar sin que intervinieran. De forma unánime respondieron que
George mataría a Harry. Le pedí a George si él podría convencer a su familia
de que no estaba loco o de que no era un criminal. Así estaba creando un
contexto en el cual los miembros de la familia podrían inte
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ractuar en mi presencia y yo podría observar los patrones familiares típicos y


experimentar alternativas.
George suplicó a su madre que le dejara demostrar que podía controlarse,
pero la madre, Suzanne y Richard replicaron recordando viejas imágenes de
destrucción y describiendo escenarios de futuros horrores. Finalmente, la
madre estuvo de acuerdo en no interferir durante dos días en las luchas de
George con Harry. Suzanne afirmó que ella estaría mirando, pero la madre, en
lo que era claramente una nueva postura, dijo que ésta era su decisión y
Suzanne debería acatarla.
Por lo tanto, se habían dado una serie de cambios. Primero, yo apoyé a
George. George, en una postura inusual pero claramente atractiva, pidió a la
familia que cooperara mientras experimentaba con el autocontrol. La madre
respondió apoyando este cambio. Suzanne cuestionó a su madre volviendo a
patrones habituales de control, pero la madre cambió la ordenación jerárquica
de la familia al asumir la responsabilidad.
La familia quedó sorprendida de que el terapeuta no hubiera visto —o
hubiera sido engañado al no ver— lo destructivos que eran. Pero hubo un
contacto con cada uno de los miembros de la familia, y ellos agradecieron mi
confirmación de ellos como personas únicas, competentes, leales y cariñosas.
El personal de la agencia no entendía la transformación de la familia en
un grupo cooperativo. Prometieron observar la siguiente sesión con el
terapeuta familiar, que se sentía muy optimista.
Tras la sesión exploramos cómo el grupo se había centrado exclusiva-
mente en los déficits familiares. También discutimos las maneras en que los
servicios ofrecidos a esta familia fueron ineficientes, repetitivos, y
fragmentados. El terapeuta familiar, el terapeuta individual y el personal de día
del hospital pertenecían a equipos diferentes y trabajaban con distintos
segmentos de la familia. No habían visto la necesidad de una integración. Una
discusión de seguimiento con el personal, seis meses después, indicó que ésta
había sido una sesión crítica para ellos, y que la familia había continuado
mostrando cambios significativos.

CREACIÓN DEL SISTEMA TERAPÉUTICO


Supongo que si uno hiciera el intento de describir pormenoriza- damente
mi trabajo, diría que lo que hago es ampliar diferencias allá donde lo habitual
se convierte en incómodo y algunas veces en imposible. Realizar eso implica
un compromiso directo con uno mismo y es un proceso de cuestionar los
patrones familiares a la vez que se refuerza reiteradamente a los individuos
atrapados en ellos.
Durante mis cuarenta años de terapeuta de familia he descubierto lo que
mucha gente ya había descubierto antes: la gente prefiere no cambial'. Se
sienten cómodos con la seguridad de lo previsible, así que continuarán
manteniendo sus modos preferidos de responder. Tienen que ser empujados
para elegir respuestas más allá del rango establecido de lo permisible.
FAMILIAS Y TERAPIA FAMILI

Por lo tanto, casi siempre trabajo cuestionando lo que es costumbre. Pero sé


que mi desafío en sí no es muy poderoso, así que lo que hago es crear una
inestabilidad entre los miembros de la familia que les fortalezca, forzándoles a
encontrar modos nuevos de responder. Entonces puedo trabajar con esta
energía, dándole importancia al movimiento. Las familias presentan unas
fotografías muy bellas y estáticas. Y yo soy «el de los dedos ansiosos por
dibujar bigotes».
Al contrario que los constructivistas, yo no trabajo con miembros fa-
miliares individuales para explorar y entender modos alternativos de com-
portarse. Trabajo con el cambio familiar. Cuando me relaciono con miembros
individuales de la familia, estoy frecuentemente uniéndome a ellos y dándoles
autoestima. En el caso de Nina y Juan, le dije a Nina: «Eres una mujer tan
entera; ¿cómo es que fuiste a parar al hospital?», e intervine para localizar la
patología, no en ella sino en el contexto familiar.
Continuando con mi intento para extraer de mi estilo particular de terapia
algunas reglas universales que podrían ser útiles para otros terapeutas, he
redactado algunas pautas sobre la concepción de la familia y del proceso de
transformación familiar. Las he organizado en un listado, esperando que se
lean, como se espera de las pautas, como una simplificación útil.

Conceptos sobre las familias


1. Las familias son sistemas sociales conservadores, limitantes, que
organizan a sus miembros hacia un cierto funcionamiento previsible
con respecto al otro. Por tanto, los modos alternativos de relacionarse
que tenga cada miembro familiar son marginados por las vías
preferidas de la familia.
2. A medida que las familias evolucionan, se mueven a través de pe-
riodos críticos en los cuales las demandas de las nuevas circunstancias
requieren de un cambio en la manera de pensar, sentir o relacionarse
de los miembros de la familia. El nacimiento de un hijo, el
envejecimiento, el cuidado de los niños, el abandono de la familia por
parte de los hijos, el cambio o pérdida de trabajo, son ejemplos de
transiciones que contienen elementos de peligro y oportunidad. Es en
estas confluencias donde las familias crecen (se convierten en más
complejas) o se estancan (se empobrecen). Los síntomas de un
miembro familiar pueden reflejar el estrés resultante.
3. El yo es siempre íntegro y, al mismo tiempo, forma parte y está
constreñido por el conjunto de las relaciones familiares. Uno puede
reconocer el síntoma de un miembro familiar y señalar cómo el
control se encuentra en manos de alguien más, según los «modos» de
la función y estructura familiar.
4. Los miembros de la familia desarrollan medios para negociar el
conflicto que permiten la predicción de la interacción pero que a la vez
coartan la exploración de la novedad.
EL ENCUENTRO TERAPÉUTICO

5. El diagnóstico puede verse como algo interno, pero también externo,


al individuo y como algo que ocurre en las interacciones entre los
miembros familiares.
6. El diagnóstico de una familia, «conocer» los métodos de la familia,
incluye la organización visible de la familia, el funcionamiento, y el
repertorio invisible de las posibles interacciones suprimidas por el
reduccionismo acomodativo a las circunstancias vitales por parte de
los familiares.
7. A pesar de que el terapeuta mantiene ideas y sesgos sobre las normas
familiares, y sobre el mejor ajuste familiar, sólo puede ir en la
dirección que la familia indica cuando representan su drama y
muestran posibles alternativas.

La transformación en las familias


1. Los miembros de la familia se representan a sí mismos alrededor del
síntoma y de la definición familiar del portador del síntoma. Los
primeros puntos de unión y de cuestionamiento del terapeuta a la
familia giran en torno a la exploración detallada, la ampliación y el
desafío de esta definición.
2. El cambio de los patrones familiares requiere del uso por parte de los
miembros de la familia de formas alternativas de comportarse y
relacionarse que sólo están disponibles bajo ciertas condiciones.
3. El clínico es el motor del cambio. Cuando incorpora el sistema te-
rapéutico, introduce cambios en el patrón usual disfuncional (léase
«estrecho») de relación familiar.
4. Para saber hacia dónde dirigir el proceso de cambio, el terapeuta
necesita observar el drama en la cotidianeidad familiar. Necesita traer
el ambiente de la cocina a su consultorio; eso es lo que significa
«representación».
5. El terapeuta entonces explora el potencial de cambio mediante la
localización de áreas de conflicto e incrementando la intensidad del
conflicto más allá del umbral acostumbrado de la familia. La
intensidad convierte a las interacciones usuales en algo difícil e im-
posible y abre a los miembros de la familia a la exploración —algunas
veces tímida— o a nuevas formas de comportarse.
6. Con el fin de responder de un modo diferencial a las necesidades de
los miembros del sistema terapéutico, el clínico necesita acceder a
diferentes aspectos de sí mismo. Debe, por tanto, ser autorreflexi- vo,
conocerse a sí mismo y sentirse cómodo con la manipulación del yo
en beneficio de la curación de la familia.
7. Para fomentar y acceder a la novedad, el terapeuta selecciona a un
coterapeuta entre los miembros de la familia. Esta unión con el co-
terapeuta es temporal; una persona podría ser coterapeuta durante
varias sesiones, pero también es posible cambiar los coterapeutas dos
o tres veces en una misma sesión. Todos los miembros de la fa
90 FAMILIAS Y TERAPIA FAMILIAR

milia deberían sentirse reclutados en una ocasión u otra dentro de este


proceso.
8. Al trabajar con organismos que ofrecen servicios a las familias, el
clínico necesitaría considerarles parte del contexto familiar. Debería
ampliar sus intervenciones con el propósito de crear cambios de
organización que no perjudiquen a la familia.
Cualquier lista es arbitraria. Otros aspectos de mi trabajo son también
característicos: por ejemplo, mis técnicas particulares para relacionarme, o las
maneras en las cuales «acaricio y golpeo» al mismo tiempo. Releer las
historias de los casos que se esparcen por todo el libro nos puede conducir a
una comprensión más compleja de estos puntos.
En cualquier caso, algunos aspectos de mi pensamiento y mi trabajo no
encajan en absoluto con un formato o lista. Necesito presentarlo de forma
detallada. Lo que sigue es una discusión de la historia oficial, la memoria
familiar y el trabajo con la representación.

La historia oficial
Las familias vienen a terapia con un paciente oficial y una presentación
sobreensayada del yo a los extraños. Ésta es la historia oficial; ha sido
organizada a fondo. Uno debe respetarla, pero también debe saber que es
simplista. Donde no existen alternativas, donde no se describen tangentes, se
está limitando artificialmente la riqueza humana de la familia.
Uno puede postular intrigas de forma automática. Debe haber otras
historias, como esos bocados tentadores, aparentemente fortuitos, que
formaban parte de los argumentos de las ricas novelas del siglo xix, que
terminaban revelándose como importantes al final. Estos argumentos
aparecerán en los diferentes relatos de los distintos miembros familiares, así
como en su conducta real. El terapeuta escucha la historia oficial, porque es
fundamental para la preocupación de la familia. Pero a medida que participa y
pregunta, sentirá curiosidad sobre diferentes perspectivas. A medida que
sigue la pista de los temas que presentan los miembros de la familia, es
importante que anime a hablar a cada uno sobre sí mismo y a los otros sobre
ellos. Si permanece alerta y curioso ante la historia oficial, pronto ésta se
amplía y muestra argumentos inesperados.
Las historias familiares se transmiten en dos niveles. Son narrativas y
drama. La narrativa (o narrativas) está organizada en el tiempo. Es lineal y
coherente. El argumento, los personajes, las conclusiones se desenvuelven en
una secuencia ordenada, y los miembros de las familias representan su parte
como personajes de la historia o como narradores implicados en el cuento.
Pero la narración es siempre interrumpida por algo. Existe alguna disonancia.
Un miembro de la familia posee una historia diferente o permanece
extrañamente en silencio o es marcadamente intrusivo. Éste es el ruido que no
encaja con el guión. A medida que el terapeuta in
EL ENCUENTRO TERAPÉUTICO 91

vestiga la disonancia, puede ampliarla hasta que su impacto emocional se


convierta en algo aparente. Hasta que el conflicto latente o inexpresado llegue
a visualizarse y comience a aparecer su relación con otros elementos del
drama familiar.
El portador individual del problema es entonces sustituido por patrones
relaciónales. El problema se mueve del interior de los miembros individuales
de la familia a las interacciones entre los miembros de la familia. Cuando las
cosas se ven de esta manera alternativa, la realidad fija de las historias
familiares puede cuestionarse. La convicción por parte de los miembros
familiares de su autonomía, es desafiada por la visión del terapeuta de sus
«yoes» limitados y construidos por los otros. Por ejemplo, si la historia de la
familia es «Jean es anoréxica», el terapeuta puede preguntar: «Jean, déjame
hacerte una pregunta absurda. ¿Cómo crees que tus padres te animan a que no
comas? Cuando tú no comes, ¿qué hacen tus padres? Sam, ¿tú crees que tu
esposa le ayuda a Jean a comer normalmente? Diane, ¿cómo responde Sam a
los hábitos alimenticios de Jean?».
Aquí la explicación se relaciona con las interacciones de los padres de
Jean que la invitan a no comer. La meta es trasladar la comida de Jean a la
esfera de su relación con los padres, animando a una exploración y expresión
del conflicto interpersonal entre padres e hija que moverá el centro de atención
del tema de la comida a la autonomía. Pero el terapeuta podría también
cambiar la atención hacia el control de Jean sobre sus padres: la historia de la
madre sobre las demandas de Jean para que ella cuente las calorías, la
narración del padre sobre la manera en que los hábitos alimenticios de Jean
organizan su cena, los relatos de los esposos sobre sus conflictos respecto a la
manera adecuada de responder a su hija, o el miedo a que ella se muera de
hambre.
En este punto, la historia original de Jean ya no es su historia. El te-
rapeuta ha creado tensión resaltando los dramas conflictivos. Cuando la gente
ocupa el lugar central de las historias, la cuestión de cómo los miembros
familiares se encuentran aprisionados por los otros crea oportunidades para el
cambio. De forma que tenemos múltiples lecturas. La meta del cambio en esta
perspectiva es animar a la exploración de las diferencias y poner a los
miembros familiares en posición de ser potenciales curadores del otro. Este
concepto es diferente del de re-historiar, en el cual la exploración es cognitiva
y la historia parte de un miembro individual de la familia. Al implicar a los
narradores en diálogos que amplíen las historias conflictivas, se sacan a la luz
los controles que los miembros de la familia tienen sobre el otro y les permite
centrarse sobre las alternativas.

La memoria familiar
Los terapeutas estructurales —y los terapeutas familiares intervencio-
nistas en general— han otorgado tal prominencia a nuestra participación en el
proceso terapéutico, que hemos tendido a pasar por alto la historia familiar,
probablemente como reacción a las aproximaciones psicodiná-
92 FAMILIAS Y TERAPIA FAMILIAR

micas, las cuales exageraban la importancia del pasado, como si la infancia


fuera el destino. Asumíamos que lo que es relevante en el pasado existe en el
presente, y se destaca en el encuentro actual.
Pero en la práctica clínica, la atención a la historia familiar a menudo
aparece en la fase media de la terapia, cuando tiende a descubrirse algún
segmento relevante de la historia familiar. Para cuando la familia y el te-
rapeuta se hayan comprometido de un modo que les permita creer el uno en el
otro. Ahora la historia paternal, sus padres y la familia al completo se
convierten en una fuente de curiosidad y de construcción de hipótesis sobre la
relevancia de los eventos pasados en el modo actual de relacionarse y pensar
de los miembros de la familia. La familia y el terapeuta exploran los límites
que las experiencias previas imponen en sus patrones e intenciones actuales.
Pueden surgir perspectivas novedosas partiendo del entendimiento de cómo
los viejos modelos de relacionarse extraídos de la infancia se están
representando de forma anacrónica en las interacciones diarias. Los «yoes» de
hoy son concebidos como una atadura a viejos propósitos.
Por ejemplo, a John le habían prometido un perro por su octavo cum-
pleaños. El padre 1c llevó a una tienda de animales donde él eligió un en-
cantador cachorrito de raza doméstica. Pero su padre insistió en comprarle un
perro de raza con pedigrí. Discutiendo el incidente en la terapia, el padre
describió su conducta como un remanente de la devoción de su familia de
origen a «lo mejor». Este esquema, aprendido en un contexto previo, le
impidió actuar de una manera sensible con respecto a los deseos claramente
expresados de su hijo.
En otro caso, Jim siempre se irritaba cuando su esposa se sentía cansada.
Cuestionado por el terapeuta, Jim se percató de que vivía la conducta de su
esposa como una demanda para hacer algo. La respuesta airada de Jim puede
concebirse como una consecuencia de su experiencia, como hijo responsable y
paternalista en su familia de origen.
En el proceso de captar datos de la historia, el terapeuta no deja de ex-
plorar áreas de fuerza en la familia, periodos de su pasado donde las tra-
yectorias eran diferentes. ¿Su repertorio interpersonal era más rico antes de
que sus problemas estrecharan su visión de sí mismo y del mundo? Durante
esta fase, el terapeuta puede describir las demandas que piensa que los
miembros de la familia están efectuando sobre él, como un medio de
ayudarles a identificar sus «fantasmas» y explorar su pasado relevante. Él
puede compartir experiencias de su propia vida y del pasado que parezcan
relacionadas con los conflictos de la familia.

Trabajando con la representación


En los primeros análisis que hacían los terapeutas estructurales sobre las
habilidades terapéuticas, la representación era considerada una técnica.
George Simón (1995) ha sugerido que la representación es algo mucho más
básico que eso; es la esencia de la terapia familiar estructural.
EL ENCUENTRO TERAPÉUTICO 93

Con muy pocas excepciones, como, por ejemplo, la «escultura familiar»


de Virginia Satir y Peggy Papp y algunas de las implicaciones cxpe- rienciales
de Carl Whitaker, la terapia se asienta sobre el discurso. Los juegos de la
gente se reducen a las historias que cuentan. Este enfoque, una reminiscencia
de la terapia individual psicodinámica, domina la terapia familiar hoy en día.
Se asume que ocurrirá algún tipo de reestructuración cognitiva durante la
sesión o después de ella y que esta reestructura- ción cognitiva producirá el
cambio.
Esta hipótesis no está corroborada con resultados. La trampa de lo fa-
miliar y lo previsible casi siempre pesará más que la atracción de lo nuevo.
Necesitamos «tocar» a las familias a nivel emocional y de relaciones. La ruta
para estas intervenciones es la representación, llevar a la familia a la acción en
presencia del terapeuta. El siguiente paso es alguna forma de «quisiera verte
actuando de un modo diferente al habitual», lo cual establece condiciones para
observar recursos infrautilizados. En general, el terapeuta crea el contexto
para la representación, pero las familias se enzarzan a menudo
espontáneamente en interacciones que, con la magia que otorga el contexto
terapéutica, el terapeuta puede transformar en una representación.
Por ejemplo, un estudiante presentó el caso de una madre soltera de
treinta y cinco años, una enfermera que trabajaba como supervisora en un
hospital cercano. Tenía tres hijos, incluyendo a un niño de siete años. La
madre había venido a la agencia con la idea de colocar en adopción a su hijo,
que era destructivo. Había estado hurgando con un clip en un enchufe de la
escuela, diciendo que se quería morir. El psiquiatra escolar y el Departamento
de Bienestar estaban implicados. El chico era inteligente y observador. La
terapeuta empezó a hablar con él. Ella le preguntó si recordaba el momento en
que su padrastro golpeó a su madre y cómo se sentía al respecto. El chico
empezó a hablar sobre el miedo que sentía por su madre. Mientras el terapeuta
participaba con el chico en la descripción de estos eventos, la madre, que
había permanecido reservada y distante, interrumpió a la terapeuta para
ampliar algunos puntos. El niño y su madre comenzaron a dialogar. El
terapeuta movió su silla hacia atrás. Había creado una situación en la cual una
madre rechazadora y un niño temeroso estaban implicándose en una
conversación que les interesaba, y hubo un cambio en el tono emocional.
Ahora existían dos historias, una contada por la madre rechazadora que
quería colocar a su hijo en adopción y la otra contada por una madre y un hijo
recordando un evento amenazante juntos. La primera historia llevaba la
perspectiva de desmembrar la familia. Pero el terapeuta puso el énfasis en la
segunda historia, referente a la necesidad que sentía el niño de proteger a su
madre. La historia de la conexión indicó nuevas direcciones.

Espero que les haya transmitido algo acerca de la manera en que hago
terapia hoy en día. Pero, ¿cómo lo enseño? Esto lo hago a través de una
supervisión muy amplia. La instrucción académica tiene un lugar en la
94 FAMILIAS Y TERAPIA FAMILIAR

enseñanza de la terapia de familia, especialmente en las fases iniciales de este


proceso, pero el entrenamiento ayuda a crear un terapeuta, más que un
científico familiar. La adquisición por parte del estudiante de nuevas maneras
de ver y pensar depende de su desarrollo de nuevas maneras de comportarse
dentro del contexto terapéutico. Por tanto, los conceptos fundamentales,
valores, supuestos y técnicas de la terapia familiar estructural no pueden
comunicarse principalmente de modo cognitivo. Un estudiante que adquiera
el conocimiento de tales conceptos solamente en el contexto de la didáctica o
de las presentaciones cognitivas puede encontrar que su dependencia de las
ideas no le sirve del todo en el calor y la intensidad del encuentro terapéutico.
De forma similar, aunque la descripción de técnicas es importante en el
entrenamiento, el proceso de crear un terapeuta va mucho más allá de eso.
En Families and family therapy (Minuchin, 1974) describí la terapia de una
forma tan clara y simple que el libro se convirtió en un texto clásico para los
estudiantes de la terapia de familia. Durante décadas, muchos estudiantes de
la terapia familiar estructural ejecutaron una terapia de técnicas. Pero,
claramente, la terapia implica mucho más que técnicas. Las historias de la
supervisión de la segunda parte nos recalcan no sólo la complejidad de la
terapia, sino también el complejo proceso por el cual un terapeuta oficial se
convierte en experto.
Segunda parte
HISTORIAS DE SUPERVISIÓN