Está en la página 1de 2

Sobre las paradojas del arte político.

Víctor Valdivieso
Cuando escucho hablar de arte siempre imagino expresiones humanas que intentan plasmar
una realidad de sentido o aspiran generar cualquier forma de sensibilidad en los seres
humanos. Por eso a menudo, frente al arte o lo que se conoce como arte, intento inquirir sobre
el móvil y el objetivo del artista en su obra. Es decir, siempre me pregunto ¿qué es lo que
quiere transmitir el artista a su público espectador? Y, en ese sentido, ¿cuál es el papel que
juega el arte en la sociedad? Habrá quien diga que el arte emerge por el arte mismo, habrá
quien diga que el arte expresa una realidad concreta o habrá quien exprese que el arte es o
debe ser la manifestación de un compromiso político con la transformación social. Como
quiera que sea, con Jacques Ranciére podemos dilucidar un poco estas cuestiones.
Con esa perspectiva, en el capítulo de Ranciére titulado Las paradojas del arte político, que
se halla en el texto El espectador emancipado, se organiza una suerte de historia del arte que
permite evidenciar, justamente, cuál es la eficacia del arte y cuáles son las contradicciones
que existen en la relación entre arte y política.
Así las cosas, en lo que a mí respecta, dada la extensión del capítulo y la imposibilidad de
asumir un rol omnisciente, en este texto trataré de enunciar los diversos regímenes del arte
que enuncia el filósofo francés y sus posibles contradicciones o paradojas.
Para empezar, Ranciére nos habla de tres regímenes del arte que han existido a través de la
historia. Esos regímenes: “han definido, a través de la historia, el límite entre el arte y el no-
arte. Cada régimen se basa en una cierta manera de comprender lo artístico” (Hernández.
Pág.3) Estos regímenes han designado desde su paradigma lo que es arte, lo que es bello, lo
que es sublime y aquello que no lo es.
El primer régimen de arte Ranciére lo denomina el mimético o representacional, el cual
“suponía una relación de continuidad entre las formas sensibles según las cuales los
sentimientos y pensamientos de aquellos y aquellas que las reciben resultan afectados”.
(Ranciére. 2010: 55) Esto quiere decir que el arte es interpretado a través de la imitación, por
eso el teatro o la escena teatral clásica se suponía como la mejor manera de orientar las
conductas de los espectadores en el mundo. No obstante, a ese régimen se le cuestiona,
fundamentalmente desde 1760 cuando Rousseau reflexionaba sobre las lecciones morales
que podría significar un misántropo. ¿Qué espejo o ejemplo puede ser una expresión artística
moralmente negativa para la ciudad? ¿Qué pasaría si se pone en escena, en tiempos actuales,
una obra neonazi que incite aniquilar a “las razas o seres inferiores”? En ese sentido la
primera paradoja que enuncia Ranciére es cómo podemos desenmascarar un arte hipócrita o
moralmente “malo” cuando ha regido y ha educado a la gente en esa lógica de sentido. Todos
los moralmente malos, percibirán como moralmente bueno algo que implique formas
moralmente negativas. Esto pasa con la televisión colombiana o acaso ¿no es nuestro ideal
generacional devenir putas, prepagos o traquetos? De esa manera, la eficacia del arte no tiene
que ver con transmitir mensajes, pues los mensajes nos pueden conducir a diversas realidades
de sentido negativas para una comunidad. Nos pueden conducir a la destrucción.

1
El segundo régimen es el que Ranciére llama ético. Este régimen tiene que ver con la relación
arte-verdad-ética. Así las cosas el régimen del arte ético: “Es la coreografía de la ciudad en
acto, movida por su principio espiritual interno, cantando y danzando su propia unidad”.
(Ranciére. 2010:58) Este régimen sostiene que los pensamientos ya no son lecciones
manifestadas en escenas, sino que son encarnadas ahora en comportamientos virtuosos. Esto
condujo a una suerte de sustitución de la pedagogía del arte representacional por una
pedagogía archiética del arte. En consecuencia de esto, en sentido estricto, no hubo ninguna
modificación en los regímenes del arte, pues se mantuvo la relación causa y efecto que
condicionaba formas de sentir del espectador a través de la representación artística.
El tercer régimen del arte es el estético. Dicho régimen tiene como fundamento la suspensión
o la distancia estética frente a lo que el régimen policial establece. Una experiencia estética
que permita que los dominados se liberen de las imposiciones, designaciones y roles que le
asigna las estructuras encargadas del control y el poder. Para demostrar esta tercera vía del
arte, Ranciére evoca el torso desmembrado de Belvedere, o el rostro sin cuerpo de La Juno
de Ludovisi, donde se expresa una forma de suspensión, de ruptura. Esta ruptura inaugura
una forma de eficacia: “La eficacia de una desconexión, de una ruptura de la relación entre
las producciones del saber-hacer artísticos y fines sociales definidos, entre formas sensibles,
las significaciones que se pueden leer en ellas y los efectos que ellas pueden producir”.
(Ranciére, 2010: 61) Esta eficacia tiene que ver con la manifestación de un disenso. Disenso
que para el filósofo francés manifiesta el conflicto entre diversos regímenes de sensorialidad.
Ahora bien, justamente esa significación de arte como disenso es la que permite establecer
una relación entre arte y política, ya que la política está fundamentalmente marcada por el
disenso. Si esto es así, entonces todo arte estético es político. Sin embargo, la gran paradoja
de este tipo de régimen del arte y de la política ocurre cuando se mueve en los tiempos de la
sociedad liberal del consenso, donde se supone que a través de las instituciones y las leyes
devenimos “iguales”. Contra esa designación, el arte estético y la política manifiestan una
lógica confrontacional. La crítica y la toma de distancia inauguran una ruptura en las formas
de sentir, instaurando una forma de eficacia política contra el régimen policial.
Por último, habría que ser cuidados con el uso cosificado del arte como estrategia
confrontacional contra el régimen policial. Lo digo, sobre todo, con relación a la voluntad
extrema de repolitizar el arte al viejo estilo de la revolución cultural de los maoístas, donde
se exigía que toda acción humana estuviese aleccionada con formas de sentir y percibir el
mundo en clave de revolución. Esto nos llevaría a una paradoja pues se opone a una forma
policial a través de otra. En ambos casos hay coerción y represión. Lo único que cambia son
los colores de quien oprime. Quizá por eso sea válido creerle al maestro Hegel cuando decía
que los extremos sin determinación, sin mediación, se tornan parecidos. De ahí que entre los
rojos encontremos tantos fachos encubiertos.

Referencias bibliográficas.
1- Ranciére, J. (2010) El espectador emancipado. Buenos Aires: Manantial.
2- Hernández, Diana Catalina. Arte y política en Jacques Ranciére. Revista Foro Saga.
2

También podría gustarte