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II.

La derrota de la imagen de Francisco, su


deseo de ser caballero

PUNTOS INSPIRADORES:

Bernardone apoya a su hijo en su sueño de ser


caballero. Por eso le permite y anima a pelear en la
guerra entre Asís y Perugia.

Aquí vemos una gran confusión de intereses entre


padre e hijo:

Por parte de Francisco, un intento de huir de un


encuentro serio consigo mismo, con sus talentos y
capacidades, sus debilidades, sueños y deseos
auténticos.

Además, un intento de complacer a su padre y


ganarse su afecto.

Por parte de su padre, el uso de su hijo como medio


para acercarse más a lo que buscaba: la nobleza.

Bernardone no anhelaba únicamente ser rico, sino


también ser aceptado por los nobles.
Tener un hijo caballero le servía como puente para
conquistar este sueño.

Ser noble no necesariamente significaba ser rico,


sino ser una persona de privilegio, valorado y
respetado por los poderes de este mundo.

Bernardone tenía todo el dinero que quería; lo que


le faltaba era ganarse un lugar entre los nobles.

Muchos hijos tratan de vivir los sueños de sus


padres con el fin de ganarse su afecto y
aprobación, en lugar de buscar y descubrir los
sueños que Dios Padre ha puesto en ellos mismos.

De modo que Francisco se fue a la guerra movido


por motivaciones muy confusas, sin un adecuado
discernimiento, aunque con intenciones
aparentemente sinceras.

Al igual que él, podemos buscar caminos muy


equivocados por razones muy sinceras, si
procedemos sin un alto grado de autoconocimiento
y discernimiento.
Aquí apuntamos a lo que los maestros en el campo
de discernimiento llaman “un bien aperiente” y no
real.

Es decir, un ser humano puede buscar lograr algo


bueno en su vida pero por motivaciones y medios
turbios.

Un basta un buen fin sino buenos motivaciones y


medios bien discernidos.

Además, es preciso recordar que tanto ayer como


hoy, un joven sin rumbo, sin sentido de la vida,
puede ser brutalmente explotado.

Además, Francisco manejaba un alto nivel de


orgullo, vanagloria y soberbia.

Estos tres anti-valores ciegan a las personas, y


quien no mira el camino que va andando, tarde o
temprano se cae.

Francisco no solo estaba pasando por la guerra,


sino que igualmente la guerra estaba pasando por
él.
Por su sensibilidad, él no fue materia prima para
pelear en la guerra y ésta lo dejó hecho pedazos.

El camino de autoconocimiento que tendría que


realizar Francisco de ahí en adelante, sería recoger
cada uno de esos pedazos y llevarlos a Dios en una
tónica de oración, autoconocimiento y
discernimiento, para poder dejar lo superficial y
llegar a lo esencial.

Es decir, despojarse de las falsas ilusiones para


poder llegar a la ilusión real.

Eso implica asimismo despojarse de ideales


idealizados, o sea, de falsos ideales.

Curiosamente, numerosas cosas que nos parecen


tan seguras son en realidad ilusiones.

Tal vez la derrota más grande e importante de


Francisco fue su ilusión de ser caballero.

La derrota de esta imagen lo condujo quizá al


primer encuentro con su sombra.

Lo importante en el autoconocimiento es descubrir


la persona o la imagen para que no nos controle.
Santa Teresa decía: “Me doy cuenta que los que se
llaman señores de este mundo son nada más
esclavos de mil cosas”.

La imagen es el ser esencial del ego, una manera


de ser falsa que nos mantiene lejos de nuestro ser
esencial: ser imagen de Dios.

Si vivimos desde nuestro ego, necesitamos


defender nuestra imagen.

El ego nos dice que todo es hostil a nuestra


imagen. Por eso necesitamos comparar, jusgar
dominar, controlar, manipular personas, incluso
eliminarlas si no conseguimos controlarlas.

Las personas que viven para su ego son muy


frágiles.

Sus egos tienen que ser respetados, defendidos y


alabados. Su reputación, sus necesidades, su
nación, su seguridad, su religión.

Tienen que preocuparse de todas estas cosas


porque para ellas allí reside su identidad.
Cuando vivimos desde nuestro ego, necesitamos
imponer nuestras demandas.

Si vivimos en la presencia de Dios, nuestro corazón


está abierto para que Él nos diga qué quiere de
nosotros.

El ego de Francisco era muy grande, por tanto


también era muy celoso de su imagen.

La guerra fue la derrota de su ego y por


consiguiente de su imagen.

Si no vivimos libremente por la humildad, muchas


veces Dios nos permita vivir por la escuela de las
humillaciones a ver si acaso ellas nos lleva otra
vez por el camino de la humildad.

Las heridas a nuestro ego muchas veces son


nuestras mejores maestras especialmente en el
camino de la humildad.

Tal vez en eso radica la diferencia entre los santos y


los revolucionarios.

En los revolucionarios la cabeza por lo general tiene


razón, pero la energía del alma y su dinámica no.
Sus fines a menudo son nobles, pero sus medios
son cuestionables.

No aman la verdad sino su verdad.

No aman la libertad sino la libertad por medio de su


sistema.

En otras palabras, puede ser que tengan la


solución, pero no son la solución.

La solución brota del alma transformada por y en


Dios.

Necesitamos menos reformas y más


transformación.

A veces vivimos constantemente cambiando de


lugar, trabajo, pareja, etc., para evitar ser
cambiados y transformados por ellos, o tratando de
cambiar cosas y personas en vez de cambiarnos a
nosotros mismos.

En el gesto de Francisco de entregar su capa al


pobre caballero vemos un lenguaje corporal, un
movimiento en él que reconoce su imagen y decide
despojarse de ella.

Francisco no solo se da cuenta de que nunca podrá


ser caballero, sino de que, en el fondo, no quiere
serlo.

Se hace consciente de lo que no quiere, sin


embargo todavía queda pendiente lo que sí quiere.

El primer paso en el autoconocimiento es descubrir


nuestra imagen para que no nos controle.

Fuentes franciscanas para consultar sobre


este tema: 2 Cel 4, TC 4