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Fuerza:

Hitler fue un concienzudo maestro en la conquista del poder. En contra de lo que se suele
afirmar, no llegó al poder democráticamente (nunca obtuvo más del 37% de los votos) sino
gracias a una compleja cadena de casualidades, graves errores de la oposición democrática y
una inteligente y constante estrategia de liderazgo. La oratoria demagógica e incendiaria de
Hitler supo identificar el resorte visceral más primario de aquel pueblo alemán tan receloso
con sus instituciones y esta fue sin duda la gran oportunidad para que una persona con escasas
cualificaciones llegara a ser Canciller alemán.
En septiembre de 1923, el cada vez más ambicioso Hitler decidió hacerse con el poder en
Alemania por medio de la violencia. Le apoyaba un enorme ejército de Camisas Pardas y
contaba asimismo con la complicidad de varios importantes oficiales en el ejército. También
había formado una alianza con el comisionado general del estado de Baviera –y antiguo
primer ministro bávaro–, Gustav Ritter von Kahr, que actuaba como una especie de dictador
y aceptó apoyar el golpe de Hitler. Un año antes, el líder fascista italiano, Benito Mussolini,
había marchado de Milán a Roma con 20.000 hombres para tomar el poder. La concentración
se había disuelto después de un potente aguacero, pero aun así el rey de Italia, Víctor Manuel
III, le pidió a Mussolini que formara un nuevo gobierno, que, al poco tiempo, Mussolini
convirtió en una dictadura. Ahora los nazis querían seguir los mismos pasos que los fascistas.
Primero, con el apoyo de los generales y Von Kahr, pretendían proclamar una nueva
república sometida a la autoridad nazi en Múnich. Luego, los Camisas Pardas marcharían
sobre Berlín y exigirían que Hitler fuera nombrado canciller.
El 8 de noviembre de 1923, los partidarios de Hitler, siguiendo sus órdenes, comenzaron a
sembrar el caos en Múnich. Von Kahr y 3.000 simpatizantes nazis se encontraban en la
cervecería Bürgerbräu cuando irrumpió un grupo de las SA. Los clientes observaron atónitos
cómo metían una gran ametralladora por la puerta principal. Poco después entró Hitler,
flanqueado por dos guardaespaldas. “¡Ha empezado la revolución nacionalista!”, gritó. Pero,
en el tumulto, sólo unos pocos asistentes se enteraron de lo que decía. Entonces saltó sobre
una silla, sacó la pistola y disparó al techo. “¡Ha empezado la revolución nacionalista!”,
repitió, para luego añadir que 600 hombres armados habían rodeado el edificio. En contra de
lo pactado, el comisionado Von Kahr no se manifestó a favor de Hitler, que sufrió la
indignidad de quedarse allí solo con su soflama revolucionaria. Furioso, el líder nazi arrastró
a Von Kahr a una sala adyacente y le exigió su apoyo. Para convencerle le prometió también
distintos puestos en el nuevo gobierno. Una vez más, el político aceptó respaldar el golpe,
pero luego pasó el resto de la noche planeando la forma de frustrarlo con la policía bávara.
Cuando Hitler regresó a la sala, el general de 58 años Erich Ludendorff se había sumado a
los rebeldes. Los alemanes lo consideraban un héroe nacional gracias a sus espectaculares
victorias contra los rusos en la Primera Guerra Mundial. Ludendorff no era miembro del
Partido Nazi, pero su miedo a los comunistas lo había llevado a unirse a la asonada.
la primera etapa de Hitler en el poder y de uno de los raros ajustes de cuentas en que la
violencia nazi afectó a sus propios correligionarios. La Noche de los Cuchillos Largos u
Operación Colibrí fue una purga que tuvo lugar en Alemania en la madrugada entre el 30 de
junio y el 1 de julio –en realidad, continuó hasta el 2 de julio– de 1934, en la cual el régimen
nacionalsocialista llevó a cabo una serie de asesinatos políticos. Los historiadores consideran
que se debe incluir en el marco de una serie de actos que organizó el Partido Nazi, tras llegar
al gobierno, para apoderarse de todas las estructuras del Estado alemán.

Se da la circunstancia de que muchos de los asesinados esos días pertenecían a


las Sturmabteilung (SA), una organización paramilitar nazi. Adolf Hitler veía como una
amenaza para su poder absoluto la independencia de las SA y de su líder, Ernst Röhm, y la
inclinación de sus miembros a la violencia callejera. El führer, además, buscaba el apoyo de
los jefes de la Reichswehr, la organización militar oficial de Alemania, que temían y
despreciaban a las SA. La purga también le sirvió para atacar o eliminar a los críticos con su
régimen, especialmente los que eran todavía leales al vicecanciller Franz von Papen, y para
vengarse de antiguos enemigos

Durante la Noche de los Cuchillos Largos murieron al menos 85 personas, aunque hay
fuentes que cifran el número total de fallecidos en centenares, y más de mil oponentes al
régimen fueron asimismo arrestados. La mayor parte de los asesinatos los llevaron a cabo
las Schutzstaffel(SS), el cuerpo de élite nazi, y la Gestapo o policía secreta. La purga
consolidó el apoyo de la Reichswehr a Hitler, lo que le aportó prestigio en el Ejército, así
como fundamentos jurídicos al régimen, ya que las cortes alemanas dejaron a un lado cientos
de años de prohibición de las ejecuciones extrajudiciales para demostrar su adhesión
inquebrantable al Reich.

La expresión "Noche de los cuchillos largos" en alemán es anterior a esta masacre y se refiere
en general a cualquier acto de venganza. Su origen podría estar en la matanza de los hombres
de Vortigern por los mercenarios anglos, sajones y jutos del mito del rey Arturo, que también
fue llamada así. No obstante, los alemanes aún usan además el término Röhm-Putsch ("Golpe
de Röhm") para describir este suceso. Fue el nombre usado por el nazismo para indicar que
con los asesinatos se evitó un mal mayor: un golpe de Estado que preparaban Röhm y las SA.

Propaganda:
El intenso deseo público de tener líderes carismáticos ofrece un terreno fértil para la
propaganda. A través de una imagen pública cuidadosamente orquestada del líder del Partido
Nazi Adolf Hitler durante el período políticamente inestable de Weimar, los nazis explotaron
este anhelo para consolidar el poder y promover la unidad nacional. La propaganda nazi
facilitó el rápido ascenso del Partido Nazi a una posición de prominencia política y,
finalmente, al control de la nación por parte de los líderes nazis. En particular, el material de
campaña para las elecciones de la década de 1920 y los primeros años de 1930, así como
también el convincente material visual y las apariciones públicas atentamente controladas, se
unieron para crear un “culto al Führer” en torno a Adolf Hitler. Su fama creció a través de
los discursos que pronunciaba en las grandes concentraciones, los desfiles y la radio. En esta
figura pública, los propagandistas nazis mostraban a Hitler como un soldado listo para el
combate, como una figura paterna y como un líder mesiánico elegido para rescatar a
Alemania.
Las técnicas de propaganda modernas -que incluían imágenes fuertes y mensajes simples-
ayudaron a impulsar a este Hitler nacido en Austria que, de ser un extremista poco conocido,
se convirtió en uno de los principales candidatos en las elecciones presidenciales alemanas
de 1932. La propaganda de la Primera Guerra Mundial tuvo una influencia significativa en
el joven Hitler, que sirvió como soldado en el frente de batalla desde 1914 hasta 1918. Como
muchos otros, Hitler creía firmemente que Alemania había perdido la guerra no por la derrota
en el campo de batalla, sino como resultado de la propaganda enemiga. Hitler suponía que
los vencedores de la Primera Guerra Mundial (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos e
Italia) habían recorrido las calles con mensajes claros y simples que alentaban a sus propias
fuerzas y, al mismo tiempo, debilitaban el deseo alemán de combatir. Hitler comprendió el
poder de los símbolos, la oratoria y la imagen, y formuló eslóganes para su partido político
que eran simples, concretos y conmovedores para llegar a las masas.
La propaganda nazi idolatraba a Hitler como un talentoso estadista que traería estabilidad,
crearía puestos de trabajo y restauraría la grandeza de Alemania. Bajo el régimen nazi se
esperaba que los alemanes mostraran lealtad pública al “Führer” de maneras casi religiosas,
como hacer el saludo nazi y saludar a las personas en la calle diciendo “¡Heil Hitler!”, el
llamado “saludo alemán”. La fe en Hitler fortaleció los lazos de unidad nacional, y el no
acatamiento de esta ideología significaba disensión en una sociedad donde la crítica abierta
al régimen y a sus líderes constituía un motivo de encarcelamiento.
El Partido Nazi desarrolló una sofisticada máquina de propaganda que difundía hábilmente
mentiras sobre sus oponentes políticos, los judíos, y la necesidad de justificar la guerra. Pero
la propaganda nazi era mucho más compleja que eso. Para que los nazis alcanzasen el poder
y sus políticas raciales y esfuerzos expansionistas de guerra tuvieran éxito, se hubo de pintar
una imagen mucho más matizada, una que atrajera a amplias franjas de la población, no solo
a un extremo fanático.

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