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Las Ranas y Nubes de Aristófanes:

Si algo se le tiene que dar a este comediante teatral de la antigüedad, (y NO es la


gracia de sus chistes, que muchas resultan demasiado grotescos para el gusto
actual―aunque esto también tiene su propósito―) es que sus ideas para parodias son
diversas y muy imaginativas. Platón mismo lo considera un hombre repleto de filis y
condecorado de virtudes en el Banquete. Creo que aun cuando pasemos un día entero
observando la programación de un canal de comedia no obtendremos mayor variedad
en los sketches que la ofrecida por el corto repertorio de este poeta. Además, otro de
sus puntos fuertes es su uso de los personajes más simples y burdos imaginables.
Frecuentemente utiliza miembros de la baja sociedad para darles papeles centrales en
sus representaciones. No sólo es un rasgo que lo diferencía del género trágico: es un
acierto de su habilidad como autor. Se dirigía a los estratos más débiles de la sociedad
para burlarse de los fuertes e incompetentes, estrategia que ya le conocemos de Pluto.

Pero no siempre su víctima era merecedora de tal ridículo. En una de ellas, que él
personalmente consideraba la mejor de todas, se hace una sátira mordaz de una de las
más grandes figuras de su tiempo (cuya grandeza este intersticio de dos mil años no ha
encogido): nada más ni menos que Sócrates, el padre de la filosofía. Las nubes lo
representan como un bufón. Cómo se presume que no creía en la religión tradicional
que unía a todas las polis griegas bajo el culto del Olimpo, lo acusa de ateo primero. Le
adjudica como única creencia una adoración pedante de las causantes de todos los
fenómenos meteorológicos. ¡Esto es bárbaro! La ciencia nos cuenta frecuentemente
que los dioses surgieron para explicar las ostentaciones de poder y fuerza más
sobrecogedoras de la naturaleza, cuyas causas los ancestros no podían concebir más
que como las jugarretas de algún diosecillo enojado. Pero ya desde aquellos tiempos
remotos hubo mentes críticas que antepusieron lo natural para explicar lo que muchos
veían como sobrenatural. Entre ellos estaba el pionero de la mayéutica (el arte de
pensar con claridad), A.K.A. nuestro parodiado.

Para Aristófanes, el hombre más sabio de su tiempo no era más que un charlatán
embaucador que se dedicaba a hacer del argumento injusto el vencedor por medio del
arte de la palabrería. Lo equivalente a que un conductor de noticias se pusiera a llamar
a Octavio Paz un payasónico. Sólo hace falta leer uno de los diálogos de Platón sobre
su venerado maestro para darse cuenta de la diversidad tan disonante de opiniones
que puede causar una figura de su talla en sus contemporáneos. Para unos fue un
mártir, “el hombre que ha sido el mejor de cuántos hemos conocido en nuestro
tiempo, el más sabio, el más justo de todos los hombres” (Fedón, diálogos socráticos);
para este comediante y sus simpatizantes era un mongolo, que se la pasaba haciendo
preguntas sobre cuestiones inútiles e irrelevantes y estaba hinchado de una
insoportable petulancia. “¿Para qué me llamas, mortal?” Pregunta el Sócrates de la
comedia y se complace en afirmar la inexistencia de Zeus, contento con las desastrosas
implicaciones morales que esta impiedad produciría en mentes simples como las de los
jóvenes. En fin que poco después este hablador o maestro tendría que defenderse de
estas acusaciones contra él hechas ahora en son de incriminación jurídica y, habiendo
sido absuelto, se condenaría a sí mismo por ser consecuente con las enseñanzas que
impartía. Cada quien que lo juzgue según la perspectiva que más acertada le parezca.
La verdad es que no sabemos cómo o quién era realmente aquél que no quiso
dejarnos de sí mismo otro testimonio que su fama.

En las ranas, comedia tan querida por el público ateniense que fue doblemente
representada, se hace toda una risa de las tenebrosas katábasis (descenso a los
infernos) que narraban los poetas épicos. El que preside la fiesta no es otro que el
mismísimo anfitrión en honor de quien se celebraban estas obras antes desde antes de
ser teatralizadas. El dios del vino, el éxtasis, los ditirambos y la fiesta. Baco, siempre
fue un dios que no debía ser tomado con mucha seriedad, el perfecto para este papel.
Ahora se le presenta como un arquelín de corte, sin virtudes ni asomo de respeto. Es
acompañado de su asno Jantias a las profundidades del más allá porque quiere traer
de vuelta a su poeta de tragedias preferido: Eurípides. El breve pasaje a través del río
Aqueronte es fastidiado por un coro de ranas que sólo croan y no vuelven a aparecer
ni a tener relevancia en toda la trama. Un bonito extra que servirá para darle título y
aparentar que esto no es una discusión personal del poeta sobre sus propios gustos y
disgustos con el género contrario al de su preferencia (literario, estamos hablando). La
poesía clásica. Ya en otros extractos se encarga de propinar buenos azotes al estilo
rebuscado y según él, misógino del autor de Andrómaca. Pero ahora permite que su
mismo adversario se defienda de sus pedradas, en una batalla de versos como
nuestros modernos raperos.

Pero ni aun muerto logra ser del agrado del crítico y sus innovaciones al arte son vistas
como corrupciones del talento de Esquilo, a quien considera el dramaturgo por
excelencia. Pues le otorga mucha mayor a la experiencia del lamento en conjunto y no
tenía que valerse de artificios, como el otro, para provocar lo que la tragedia debe en
sus espectadores. Más que una batalla entre estos dos personajes es una
confrontación entre estos y el comediante. Pues él mismo busca con sus propios
versos recrear la atmósfera de aquellos y superarla. Lo cómico contra lo trágico. La risa
contra el llanto. ¿Qué es lo que más apreciamos que nos deje la literatura? ¿Qué
preferimos que nos ponga a hacer: a pensar y desahogarnos o bromear y
despreocuparnos? Tal vez lo uno no esté tan separado de lo otro como siempre se ha
pensado. Y estas divisiones entre ambos géneros no sean suficiente motivo para
dividirlos en opuestos como siempre se ha hecho. Provocan reacciones exteriores
contrarias, es cierto, pero las emociones que las incitan puede que no sean en una y
otra más que las mismas. Ambas otorgan un espacio para que el hombre desfogue sus
pasiones, sin restricciones del prestigio social o el pesado deber social.