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El gigante bonachón, un cuento fantástico para niños

Sofía era una niña de apenas 9 años, llena de curiosidad pero muy tímida. Como
no tenía padres, vivía junto a otras niñas en un orfanato de Inglaterra. Le gustaba
estar sola y no tenía muchos amigos. Un día, o mejor dicho, una noche, algo le
llamó la atención. Esa noche Sofía no podía dormir, y se asomó a la ventana.
Entonces le vio: era grande, muy grande... era un ¡gigante!

Al principio Sofía tuvo miedo. Pensó que el gigante le haría daño. Pero el gigante
le trató desde el principio con dulzura. Resultó ser un gigante bonachón.

El gigante le llevó hasta el mundo en donde vivía. Le enseñó todos los secretos
sobre su país y su gente. Por ejemplo, le contó por qué los gigantes tienen esas
orejas tan grandes... ¿Quieres saberlo? Chsss.... pero es un secreto: Los gigantes
pueden oír gracias a sus enormes orejas... ¡todos los secretos de las personas! Sí,
los gigantes oyen sonidos que nadie puede escuchar. Escuchan los pensamientos
y son capaces de oír a los corazones hablar.

Los gigantes son capaces de volar, siempre que se toman Gasipum, una bebida
especial. Además, corren muy deprisa, gracias a sus larguísimas piernas.

El gigante bonachón no lee cuentos, sino sueños. Sus libros están escritos con
sueños que consiguen cazar al vuelo. Gracias a los sueños que lee el gigante
Bonachón, Sofía duerme tranquila y sin pesadillas, y por muy tontos que parezcan
esos sueños, siempre funcionan. De hecho, el gigante Bonachón narra los sueños
sobre los libros, unos libros mágicos. Cuando empieza a contarlos, ya no pueden
parar.

Pero no penséis que todos los gigantes son así de buenos. En el país de los
gigantes, también hay malos. De hecho, uno de ellos quería hacer daño a Sofía
y a todos los niños del planeta. El gigante bonachón decidió hacerles frente, con
ayuda de Sofía y de la mismísima reina de Inglaterra. Todos juntos (incluidos los
sueños atrapados por el gigante bonachón) pudieron parar a los gigantes malos.
Desde entonces, y par evitar nuevos problemas, los gigantes decidieron
esconderse en su mundo. Pero yo sé una cosa que muchos no saben: de vez en
cuando, dejan entrar a algún niño, para contarles todos sus secretos. Que
además, son muchos.

Uga la tortuga. Cuento infantil sobre la perseverancia

- ¡Caramba, todo me sale mal!, se lamenta constantemente Uga, la tortuga.

Y es que no es para menos: siempre llega tarde, es la última en acabar sus tareas,
casi nunca consigue premios a la rapidez y, para colmo es una dormilona.

- ¡Esto tiene que cambiar!, se propuso un buen día, harta de que sus
compañeros del bosque le recriminaran por su poco esfuerzo al realizar sus
tareas.

Y es que había optado por no intentar siquiera realizar actividades tan sencillas
como amontonar hojitas secas caídas de los árboles en otoño, o quitar piedrecitas
de camino hacia la charca donde chapoteaban los calurosos días de verano.

- ¿Para qué preocuparme en hacer un trabajo que luego acaban haciendo mis
compañeros? Mejor es dedicarme a jugar y a descansar.

- No es una gran idea, dijo una hormiguita. Lo que verdaderamente cuenta no es


hacer el trabajo en un tiempo récord; lo importante es acabarlo realizándolo lo
mejor que sabes, pues siempre te quedará la recompensa de haberlo
conseguido.
No todos los trabajos necesitan de obreros rápidos. Hay labores que requieren
tiempo y esfuerzo. Si no lo intentas nunca sabrás lo que eres capaz de hacer, y
siempre te quedarás con la duda de si lo hubieras logrados alguna vez.

Por ello, es mejor intentarlo y no conseguirlo que no probar y vivir con la duda. La
constancia y la perseverancia son buenas aliadas para conseguir lo que nos
proponemos; por ello yo te aconsejo que lo intentes. Hasta te puede sorprender de
lo que eres capaz.

- ¡Caramba, hormiguita, me has tocado las fibras! Esto es lo que yo necesitaba:


alguien que me ayudara a comprender el valor del esfuerzo; te prometo que lo
intentaré.

Pasaron unos días y Uga, la tortuga, se esforzaba en sus quehaceres.

Se sentía feliz consigo misma pues cada día conseguía lo poquito que se proponía
porque era consciente de que había hecho todo lo posible por lograrlo.

- He encontrado mi felicidad: lo que importa no es marcarse grandes e imposibles


metas, sino acabar todas las pequeñas tareas que contribuyen a lograr
grandes fines.

FIN
El pajarito perezoso, un cuento sobre la pereza para los niños

Había una vez un pajarito simpático, pero muy, muy perezoso. Todos los días, a la
hora de levantarse, había que estar llamándole mil veces hasta que por fin se
levantaba; y cuando había que hacer alguna tarea, lo retrasaba todo hasta que ya
casi no quedaba tiempo para hacerlo. Todos le advertían constantemente:

- ¡Eres un perezoso! No se puede estar siempre dejando todo para última hora...

- Bah, pero si no pasa nada.-respondía el pajarito- Sólo tardo un poquito más


que los demás en hacer las cosas.

Los pajarillos pasaron todo el verano volando y jugando, y cuando comenzó el


otoño y empezó a sentirse el frío, todos comenzaron los preparativos para el gran
viaje a un país más cálido. Pero nuestro pajarito, siempre perezoso, lo iba dejando
todo para más adelante, seguro de que le daría tiempo a preparar el viaje. Hasta
que un día, cuando se levantó, ya no quedaba nadie.

Como todos los días, varios amigos habían tratado de despertarle, pero él había
respondido medio dormido que ya se levantaría más tarde, y había seguido
descansando durante mucho tiempo. Ese día tocaba comenzar el gran viaje, y las
normas eran claras y conocidas por todos: todo debía estar preparado, porque
eran miles de pájaros y no se podía esperar a nadie. Entonces el pajarillo, que no
sabría hacer sólo aquel larguísimo viaje, comprendió que por ser tan perezoso le
tocaría pasar solo aquel largo y frío invierno.

Al principio estuvo llorando muchísimo rato, pero luego pensó que igual que había
hecho las cosas muy mal, también podría hacerlas muy bien, y sin dejar tiempo a
la pereza, se puso a preparar todo a conciencia para poder aguantar solito el frío
del invierno. Primero buscó durante días el lugar más protegido del frío, y allí,
entre unas rocas, construyó su nuevo nido, que reforzó con ramas, piedras y
hojas; luego trabajó sin descanso para llenarlo de frutas y bayas, de forma que
no le faltase comida para aguantar todo el invierno, y finalmente hasta creó una
pequeña piscina dentro del nido para poder almacenar agua. Y cuando vio que el
nido estaba perfectamente preparado, él mismo se entrenó para aguantar sin
apenas comer ni beber agua, para poder permanecer en su nido sin salir durante
todo el tiempo que durasen las nieves más severas.

Y aunque parezca increíble, todos aquellos preparativos permitieron al


pajarito sobrevivir al invierno. Eso sí, tuvo que sufrir muchísimo y no dejó ni un
día de arrepentirse por haber sido tan perezoso.

Así que, cuando al llegar la primavera sus antiguos amigos regresaron de su gran
viaje, todos se alegraron sorprendidísimos de encontrar al pajarito vivo, y les
parecía mentira que aquel pajarito holgazán y perezoso hubiera podido preparar
aquel magnífico nido y resistir él solito. Y cuando comprobaron que ya no
quedaba ni un poquitín de pereza en su pequeño cuerpo, y que se había
convertido en el más previsor y trabajador de la colonia, todos estuvieron de
acuerdo en encargarle la organización del gran viaje para el siguiente año.

Y todo estuvo tan bien hecho y tan bien preparado, que hasta tuvieron tiempo para
inventar un despertador especial, y ya nunca más ningún pajarito, por muy
perezoso que fuera, tuvo que volver a pasar solo el invierno.

La estrella y sus nuevos amigos

Hace mucho tiempo una estrella se cayó del cielo en medio de un bosque. El
golpe fue tremendo y en el acto empezó a nacerle un chichón muy rojo.

Los animalitos que allí dormían pronto se despertaron con el ruido.

- ¿Qué ha pasado? -se preguntaban todos extrañados.

- Allí, en el medio del bosque, se ve una luz, pero la luz de las luciérnagas es más
pequeñita -dijo la señora Ardilla.
La señora Zorra, el señor Buho, el abuelo Pájaro Carpintero, la señora Comadreja
y la señora Ardilla se acercaron al momento para averiguar qué había pasado. La
estrella al despertarse vio que muchos ojos la estaban observando.

- ¿Dónde estoy? ¿Quiénes sois vosotros? - dijo extrañada la estrella.

- Somos los amigos del bosque y estás en nuestra casa - contestó la señora
Comadreja.

- ¡Pero yo no puedo estar aquí!, debo colgar en el cielo junto a mi mamá la Luna y
mis hermanas las estrellas - explicó.

- ¡No te preocupes! nosotros te ayudaremos a subir al cielo - cantaron todos a la


vez -, pero primero te curaremos - añadió la señora Zorra.

Mientras celebraban una reunión bajo el viejo pino todos los animalitos del
bosque, para ver cómo podían subir a la estrella al cielo, la señora Ardilla vendó el
chichón de la estrella con un bonito lazo verde que había fabricado con las hojas
de un haya.

Unos apuntaban a que el abuelo Pájaro Carpintero la subiera a su lomo y volara


por encima de los árboles, pero ya estaba viejo y sabía que no podría subir tan
alto. Otros querían que la señora Ardilla trepara con la estrella entre las ramas de
los árboles más altos, pero temían que ésta se volviera a golpear.

Estuvieron horas pensando en posibles soluciones, pero nada parecía


funcionar.

El señor Buho, que había estado todo el tiempo callado, finalmente se atrevió a
hablar:

- Estornudaremos todos a la vez y provocaremos que la tierra se mueva y así


expulsará hacia arriba a la estrella. Pero debemos estornudar muy fuerte, para
que nuestro resoplido la impulse muy alto.
Todos aplaudieron la idea y acordaron estornudar muy, pero muy fuerte, al contar
hasta tres.

- Una, dos y tres -contó el señor Buho.

- ¡Achisssssssssssssssssssssssssssssssss! - estornudaron los animalitos del


bosque.

La estrella saltó por los aires y subió al cielo junto a sus hermanas gracias a la
ayuda de todos sus nuevos amigos del bosque.

Cuento corto que los niños dedican a los bisabuelos

Quedaban pocos kilómetros para llegar al pueblo. Guadalupe iba conocer a su


bisabuela. Estaba nerviosa. Había oído hablar de ella en casa y no podía creerse
todo lo que se decía de ella: que si había tenido que emigrar, que si había vivido la
guerra, que si se había enamoradode un mago... Al fin había llegado el gran
momento.

Al descender del coche, Guadalupe vio a una mujer muy arrugada y chiquitita.
Parecía muy frágil y a punto de descomponerse. Sin embargo, sus grandes ojos
azules demostraban que aún quedaba mucha vida en ella. El abrazo entre
ambas fue largo y acogedor. Los brazos de su bisabuela le recordaron a los de su
madre. Eran cálidos.

Su bisabuela cogió a Guadalupe de la mano y la llevó al jardín. Allí le regaló el que


sería el mejor de los regalos: una colcha hecha con retales de la ropa de su
bisabuela, su abuela, su madre y de ella cuando era bebé. Cada trozo contaba
una historia y al tocarlo, podía descubrir las aventuras que habían vivido las
mujeres de su familia y cómo habían hecho frente a los problemas que se les
presentaban.

Al llegar la noche, Guadalupe durmió en una pequeña cama cubierta por esa
colcha mágica. Desde ese día nunca más volvió a tener pesadillas y cada mañana
se levantaba sabiendo que podría hacer cuánto quisiera en la vida,
porque contaba con el apoyo y la fuerza de las mujeres de su familia. Si ellas
habían podido cumplir sus sueños, ella también lo lograría: deseaba ser escritora.

Y es que Guadalupe no solo recibió ese día una colcha, sino que adquirió un
pasado, el pasado de su familia. Fue así como su primer libro narró la vida de
cuatro mujeres que se llamaban Guadalupe. Cada una había vivido un momento
histórico, una situación económica diferente, distintos problemas; pero todas ellas
habían tenido la misma alegría: tener una hija a la que llamaban Guadalupe. El
libro fue todo un éxito y Guadalupe no olvidaba darle las gracias todos los días a
su bisabuela por haber sido siempre la memoria de su familia.

La liebre y la tortuga. Fábula para niños sobre el esfuerzo

En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa y vanidosa, que no
cesaba de pregonar que ella era el animal más veloz del bosque, y que se pasaba
el día burlándose de la lentitud de la tortuga.

- ¡Eh, tortuga, no corras tanto! Decía la liebre riéndose de la tortuga.

Un día, a la tortuga se le ocurrió hacerle una inusual apuesta a la liebre:


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- Liebre, ¿vamos hacer una carrera? Estoy segura de poder ganarte.

- ¿A mí? Preguntó asombrada la liebre.

- Sí, sí, a ti, dijo la tortuga. Pongamos nuestras apuestas y veamos quién gana la
carrera.

La liebre, muy engreída, aceptó la apuesta prontamente.

Así que todos los animales se reunieron para presenciar la carrera. El búho ha
sido el responsable de señalizar los puntos de partida y de llegada. Y así empezó
la carrera:

Astuta y muy confiada en sí misma, la liebre salió corriendo, y la tortuga se quedó


atrás, tosiendo y envuelta en una nube de polvo. Cuando empezó a andar, la
liebre ya se había perdido de vista. Sin importarle la ventaja que tenía la liebre
sobre ella, la tortuga seguía su ritmo, sin parar.

La liebre, mientras tanto, confiando en que la tortuga tardaría mucho en


alcanzarla, se detuvo a la mitad del camino ante un frondoso y verde árbol, y se
puso a descansar antes de terminar la carrera. Allí se quedó dormida, mientras
la tortuga seguía caminando, paso tras paso, lentamente, pero sin detenerse.

No se sabe cuánto tiempo la liebre se quedó dormida, pero cuando ella se


despertó, vio con pavor que la tortuga se encontraba a tan solo tres pasos de la
meta. En un sobresalto, salió corriendo con todas sus fuerzas, pero ya era muy
tarde: ¡la tortuga había alcanzado la meta y ganado la carrera!

Ese día la liebre aprendió, en medio de una gran humillación, que no hay que
burlarse jamás de los demás. También aprendió que el exceso de confianza y de
vanidad, es un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos. Y que nadie,
absolutamente nadie, es mejor que nadie.
Esta fábula enseña a los niños que no hay que burlarse jamás de los demás y
que el exceso de confianza puede ser un obstáculo para alcanzar nuestros
objetivos.

Las moscas. Poesía y


fábula corta para niños

En un frondoso bosque, de un panal se derramó una rica y deliciosa


miel, y las moscas acudieron rápidamente y ansiosas a devorarla. Y la
miel era tan dulce y exquisita que las moscas no podían dejar de
comerlas.

Lo que no se dieron cuenta las moscas es que sus patas se fueron


prendiendo en la miel y que ya no podían alzar el vuelo de nuevo.

A punto de ahogarse en su exquisito tesoro, las moscas exclamaron:

- ¡Nos morimos, desgraciadas nosotras, por quererlo tomar todo en un


instante de placer!

A un panal de rica miel

dos mil moscas acudieron,

que por golosas murieron,

presas de patas en él.

Otra dentro de un pastel

enterró su golosina.
Así, si bien se examina,

los humanos corazones

perecen en las prisiones

del vicio que los domina.

Si conoces alguna otra fábula para niños y quieres compartirla con


nosotros y los demás padres, estaremos encantados de recibirla.

Carrera de zapatillas: cuento infantil sobre la


amistad

Había llegado por fin el gran día. Todos los animales del bosque se
levantaron temprano porque ¡era el día de la gran carrera de zapatillas!
A las nueve ya estaban todos reunidos junto al lago.

También estaba la jirafa, la más alta y hermosa del bosque. Pero era tan
presumida que no quería ser amiga de los demás animales.

La jiraba comenzó a burlarse de sus amigos:

- Ja, ja, ja, ja, se reía de la tortuga que era tan bajita y tan lenta.

- Jo, jo, jo, jo, se reía del rinoceronte que era tan gordo.

- Je, je, je, je, se reía del elefante por su trompa tan larga.
Y entonces, llegó la hora de la largada.

El zorro llevaba unas zapatillas a rayas amarillas y rojas. La cebra, unas


rosadas con moños muy grandes. El mono llevaba unas zapatillas verdes
con lunares anaranjados.

La tortuga se puso unas zapatillas blancas como las nubes. Y cuando


estaban a punto de comenzar la carrera, la jirafa se puso
a llorar desesperada.

Es que era tan alta, que ¡no podía atarse los cordones de sus zapatillas!

- Ahhh, ahhhh, ¡qué alguien me ayude! - gritó la jirafa.

Y todos los animales se quedaron mirándola. Pero el zorro fue a hablar


con ella y le dijo:

- Tú te reías de los demás animales porque eran diferentes. Es cierto,


todos somos diferentes, pero todos tenemos algo bueno y todos
podemos ser amigos y ayudarnos cuando lo necesitamos.

Entonces la jirafa pidió perdón a todos por haberse reído de ellos. Y


vinieron las hormigas, que rápidamente treparon por sus zapatillas para
atarle los cordones.

Y por fin se pusieron todos los animales en la línea de partida. En sus


marcas, preparados, listos, ¡YA!

Cuando terminó la carrera, todos festejaron porque habían ganado una


nueva amiga que además había aprendido lo que significaba la amistad.

Colorín, colorón, si quieres tener muchos amigos, acéptalos como son.

FIN
Daniel y las palabras mágicas, un cuento
infantil sobre la amabilidad

Te presento a Daniel, el gran mago de las palabras. El abuelo de


Daniel es muy aventurero y este año le ha enviado desde un país sin
nombre, por su cumpleaños, un regalo muy extraño: una caja llena de
letras brillantes.

En una carta, su abuelo le dice que esas letras forman palabras


amables que, si las regalas a los demás, pueden conseguir que las
personas hagan muchas cosas: hacer reír al que está triste, llorar de
alegría, entender cuando no entendemos, abrir el corazón a los demás,
enseñarnos a escuchar sin hablar.

Daniel juega muy contento en su habitación, monta y desmonta


palabras sin cesar. Hay veces que las letras se unen solas para formar
palabras fantásticas, imaginarias, y es que Daniel es mágico, es un
mago de las palabras.
Lleva unos días preparando un regalo muy especial para aquellos que
más quiere. Es muy divertido ver la cara de mamá cuando
descubre por la mañana un buenos días, preciosadebajo de la
almohada; o cuando papá encuentra en su coche un te quiero de color
azul.

Sus palabras son amables y bonitas, cortas, largas, que suenan bien
y hacen sentir bien: gracias, te quiero, buenos días, por favor, lo
siento, me gustas.

Daniel sabe que las palabras son poderosas y a él le gusta jugar con
ellas y ver la cara de felicidad de la gente cuando las oye. Sabe bien que
las palabras amables son mágicas, son como llaves que te abren la
puerta de los demás.

Porque si tú eres amable, todo es amable contigo. Y Daniel te


pregunta: ¿quieres intentarlo tú y ser un mago de las palabras amables?

FIN

Sara y Lucía, un cuento sobre la sinceridad

Érase una vez dos niñas muy amigas llamadas Sara y Lucía. Se conocían
desde que eran muy pequeñas y compartían siempre todo la una con la
otra.
Un día Sara y Lucía salieron de compras. Sara se probó una camiseta y
le pidió a su amiga Lucía su opinión. Lucía, sin dudarlos dos veces, le
dijo que no le gustaba cómo le quedaba y le aconsejó buscar otro
modelo.

Entonces Sara se sintió ofendida y se marchó llorando de la tienda,


dejando allí a su amiga.

Lucía se quedó muy triste y apenada por la reacción de su amiga.

No entendía su enfado ya que ella sólo le había dicho la verdad.

Al llegar a casa, Sara le contó a su madre lo sucedido y su madre le hizo


ver que su amiga sólo había sido sincera con ella y no tenía que
molestarse por ello.

Sara reflexionó y se dio cuenta de que su madre tenía razón.

Al día siguiente fue corriendo a disculparse con Lucía, que la perdonó de


inmediato con una gran sonrisa.

Desde entonces, las dos amigas entendieron que la


verdadera amistad se basa en la sinceridad.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado, y el que se enfade se


quedará sentado.

FIN
LA BOBINA MARAVILLOSA

Erase un principito que no quería estudiar. Cierta noche, después de haber


recibido una buena regañina por su pereza, suspiro tristemente, diciendo:

¡Ay! ¿Cuándo seré mayor para hacer lo que me apetezca?


Y he aquí que, a la mañana siguiente, descubrió sobre su cama una bobina de
hilo de oro de la que salió una débil voz:
Trátame con cuidado, príncipe.

Este hilo representa la sucesión de tus días. Conforme vayan pasando, el hilo se
ira soltando. No ignoro que deseas crecer pronto... Pues bien, te concedo el don
de desenrollar el hilo a tu antojo, pero todo aquello que hayas desenrollado no
podrás ovillarlo de nuevo, pues los días pasados no vuelven.

El príncipe, para cerciorarse, tiro con ímpetu del hilo y se encontró convertido
en un apuesto príncipe. Tiro un poco mas y se vio llevando la corona de su padre.
¡Era rey! Con un nuevo tironcito, inquirió:

Dime bobina ¿Cómo serán mi esposa y mis hijos?

En el mismo instante, una bellísima joven, y cuatro niños rubios surgieron a su


lado. Sin pararse a pensar, su curiosidad se iba apoderando de él y siguió
soltando mas hilo para saber como serian sus hijos de mayores.

De pronto se miro al espejo y vio la imagen de un anciano decrépito, de


escasos cabellos nevados. Se asusto de sí mismo y del poco hilo que quedaba
en la bobina. ¡Los instantes de su vida estaban contados! Desesperadamente,
intento enrollar el hilo en el carrete, pero sin lograrlo.

Entonces la débil vocecilla que ya conocía, hablo así:

Has desperdiciado tontamente tu existencia. Ahora ya sabes que los días


perdidos no pueden recuperarse. Has sido un perezoso al pretender pasar por la
vida sin molestarte en hacer el trabajo de todos los días. Sufre, pues tu castigo.

El rey, tras un grito de pánico, cayó muerto: había consumido la existencia sin
hacer nada de provecho.

EL MUÑECO DE NIEVE

Había dejado de nevar y los niños, ansiosos de libertad, salieron de casa y


empezaron a corretear por la blanca y mullida alfombra recién formada.

La hija del herrero, tomando puñados de nieve con sus manitas hábiles, se
entrego a la tarea de moldearla.

Haré un muñeco como el hermanito que hubiera deseado tener se dijo.

Le salio un niñito precioso, redondo, con ojos de carbón y un botón rojo por boca.
La pequeña estaba entusiasmada con su obra y convirtió al muñeco en su
inseparable compañero durante los tristes días de aquel invierno. Le hablaba, le
mimaba...
Pero pronto los días empezaron a ser mas largos y los rayos de sol mas calidos...
El muñeco se fundió sin dejar mas rastro de su existencia que un charquito con dos
carbones y un botón rojo. La niña lloro con desconsuelo.

Un viejecito, que buscaba en el sol tibieza para su invierno, le dijo dulcemente:


Seca tus lagrimas, bonita, por que acabas de recibir una gran lección: ahora ya sabes
que no debe ponerse el corazón en cosas perecederas.

EL CEDRO VANIDOSO

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Erase una vez un cedro satisfecho de su hermosura.

Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los demás árboles. Tan
bellamente dispuestas estaban sus ramas, que parecía un gigantesco candelabro.

Plantado en mitad del jardín, superaba en altura a todos los demás árboles. Tan
bellamente dispuestas estaban sus ramas, que parecía un gigantesco candelabro.

Si con lo hermoso que soy diera además fruto, se dijo, ningún árbol del mundo
podría compararse conmigo.

Y decidió observar a los otros árboles y hacer lo mismo con ellos. Por fin, en lo
alto de su erguida copa, apunto un bellísimo fruto.

Tendré que alimentarlo bien para que crezca mucho, se dijo.

Tanto y tanto creció aquel fruto, que se hizo demasiado grande. La copa del
cedro, no pudiendo sostenerlo, se fue doblando; y cuando el fruto maduro, la copa,
que era el orgullo y la gloria del árbol, empezó a tambalearse hasta que se troncho
pesadamente.

¡A cuantos hombres, como el cedro, su demasiada ambición les arruina!

LA GATA ENCANTADA

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Erase un príncipe muy admirado en su reino. Todas las jóvenes casaderas


deseaban tenerle por esposo. Pero el no se fijaba en ninguna y pasaba su tiempo
jugando con Zapaquilda, una preciosa gatita, junto a las llamas del hogar.

Un día, dijo en voz alta:

Eres tan cariñosa y adorable que, si fueras mujer, me casaría contigo.

En el mismo instante apareció en la estancia el Hada de los Imposibles, que dijo:

Príncipe tus deseos se han cumplido

El joven, deslumbrado, descubrió junto a el a Zapaquilda, convertida en una


bellísima muchacha.

Al día siguiente se celebraban las bodas y todos los nobles y pobres del reino
que acudieron al banquete se extasiaron ante la hermosa y dulce novia. Pero, de
pronto, vieron a la joven lanzarse sobre un ratoncillo que zigzagueaba por el salón
y zampárselo en cuanto lo hubo atrapado.
El príncipe empezó entonces a llamar al Hada de los Imposibles para que
convirtiera a su esposa en la gatita que había sido. Pero el Hada no acudió, y
nadie nos ha contado si tuvo que pasarse la vida contemplando como su esposa
daba cuenta de todos los ratones de palacio.

EL NUEVO AMIGO

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Erase un crudo día de invierno. Caía la nieve, soplaba el viento y Belinda jugaba
con unos enanitos en el bosque. De pronto se escucho un largo aullido.

¿Que es eso? Pregunto la niña .

Es el lobo hambriento. No debes salir porque te devoraría le explico el enano


sabio.

Al día siguiente volvió a escucharse el aullido del lobo y Belinda , apenada,


pensó que todos eran injustos con la fiera. En un descuido de los enanos, salio, de
la casita y dejo sobre la nieve un cesto de comida.

Al día siguiente ceso de nevar y se calmo el viento. Salio la muchacha a dar un


paseo y vio acercarse a un cordero blanco, precioso.

¡Hola, hola! Dijo la niña. ¿Quieres venir conmigo?

Entonces el cordero salto sobre Belinda y el lobo, oculto se lanzo sobre el,
alcanzándole una dentellada. La astuta y maligna madrastra, perdió la piel del
animal con que se había disfrazado y escapo lanzando espantosos gritos de dolor
y miedo.
Solo entonces el lobo se volvió al monte y Belinda sintió su corazón estremecido,
de gozo, mas que por haberse salvado, por haber ganado un amigo.

EL HONRADO LEÑADOR

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Había una vez un pobre leñador que regresaba a su casa después de una
jornada de duro trabajo. Al cruzar un puentecillo sobre el río, se le cayo el hacha al
agua.

Entonces empezó a lamentarse tristemente: ¿Como me ganare el sustento ahora


que no tengo hacha?

Al instante ¡oh, maravilla! Una bella ninfa aparecía sobre las aguas y dijo al
leñador:

Espera, buen hombre: traeré tu hacha.

Se hundió en la corriente y poco después reaparecía con un hacha de oro entre


las manos. El leñador dijo que aquella no era la suya. Por segunda vez se
sumergió la ninfa, para reaparecer después con otra hacha de plata.

Tampoco es la mía dijo el afligido leñador.

Por tercera vez la ninfa busco bajo el agua. Al reaparecer llevaba un hacha de
hierro.

¡Oh gracias, gracias! ¡Esa es la mía!

Pero, por tu honradez, yo te regalo las otras dos. Has preferido la pobreza a la
mentira y te mereces un premio.
LA SEPULTURA DEL LOBO

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Hubo una vez un lobo muy rico pero muy avaro. Nunca dio ni un poco de lo
mucho que le sobraba. Sintiéndose viejo, empezó a pensar en su propia vida,
sentado a la puerta de su casa.

¿Podrías prestarme cuatro medidas de trigo, vecino? Le pregunto el burrito.

Te daré; ocho, si prometes velar por mi sepulcro en las tres noches siguientes a mi
entierro.

Murió el lobo pocos días después y el burrito fue a velar en su sepultura. Durante
la tercera noche se le unió el pato que no tenia casa. Y juntos estaban cuando, en
medio de una espantosa ráfaga de viento, llego el aguilucho que les dijo:

Si me dejáis apoderarme del lobo os daré una bolsa de oro.

Será suficiente si llenas una de mis botas. Dijo el pato que era muy astuto.

El aguilucho se marcho para regresar en seguida con un gran saco de oro, que
empezó a volcar sobre la bota que el sagaz pato había colocado sobre una fosa.
Como no tenia suela y la fosa estaba vacía no acababa de llenarse. El aguilucho
decidió ir entonces en busca de todo el oro del mundo.

Y cuando intentaba cruzar un precipicio con cien bolsas colgando de su pico, fue
a estrellarse sin remedio.

Amigo burrito, ya somos ricos. Dijo el pato. La maldad del Aguilucho nos ha
beneficiado.
Y todos los pobres de la ciudad. Dijo el borrico, por que con ellos repartiremos el
oro.

EL CABALLO AMAESTRADO

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Un ladrón que rondaba en torno a un campamento militar, robo un hermoso


caballo aprovechando la oscuridad de la noche. Por la mañana, cuando se dirigía
a la ciudad, paso por el camino un batallón de dragones que estaba de maniobras.
Al escuchar los tambores, el caballo escapo y, junto a los de las tropa, fue
realizando los fabulosos ejercicios para los que había sido amaestrado.

¡Este caballo es nuestro! Exclamo el capitán de dragones. De lo contrario no


sabría realizar los ejercicios. ¿Lo has robado tu? Le pregunto al ladrón.

¡Oh, yo...! Lo compre en la feria a un tratante...

Entonces, dime como se llama inmediatamente ese individuo para ir en su busca,


pues ya no hay duda que ha sido robado.

El ladrón se puso nervioso y no acertaba a articular palabra. Al fin, viéndose


descubierto, confeso la verdad.

¡Ya me parecía a mí exclamo el capitán Que este noble animal no podía


pertenecer a un rufián como tu!

El ladrón fue detenido, con lo que se demuestra que el robo y el engaño rara vez
quedan sin castigo.
LA OSTRA Y EL CANGREJO

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Una ostra estaba enamorada de la Luna. Cuando su gran disco de plata aparecía
en el cielo, se pasaba horas y horas con las valvas abiertas, mirándola.

Desde su puesto de observación, un cangrejo se dio cuenta de que la ostra se


abría completamente en plenilunio y pensó comérsela.

A la noche siguiente, cuando la ostra se abrió de nuevo, el cangrejo le echó


dentro una piedrecilla.

La ostra, al instante, intento cerrarse, pero el guijarro se lo impidió.

El astuto cangrejo salió de su escondite, abrió sus afiladas uñas, se abalanzó


sobre la inocente ostra y se la comió.

Así sucede a quien abre la boca para divulgar su secreto: siempre hay un oído que
lo apresa.
EL PAPEL Y LA TINTA

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Estaba una hoja de papel sobre una mesa, junto a otras hojas iguales a ella,
cuando una pluma, bañada en negrisima tinta, la mancho llenandola de palabras.

¿No podrias haberme ahorrado esta humillacion? Dijo enojada la hoja de papel a
la tinta. Tu negro infernal me ha arruinado para siempre.

No te he ensuciado. Repuso la tinta. Te he vestido de palabras. Desde ahora ya


no eres una hoja de papel, sino un mensaje. Custodias el pensamiento del
hombre. Te has convertido en algo precioso.

En efecto, ordenando el despacho, alguien vio aquellas hojas esparcidas y las


junto para arrojarlas al fuego. Pero reparo en la hoja "sucia" de tinta y la devolvio a
su lugar porque llevaba, bien visible, el mensaje de la palabra. Luego, arrojo las
demas al fuego.