Está en la página 1de 4

Julio Mau, la voz de la cumbia peruana

Robert Jara

Ayer por la tarde, con mi pequeño hijo sentado en mis muslos, azuzado por la nostalgia, me puse a buscar a Julio Mau
en la Internet.

Llorando se fue la que un día me entregó su amor


llorando estará recordando el amor que un día no supo cuidar…

El año 1978, a los nueve años de edad mi familia dejó la ciudad, Guadalupe, para irse a vivir al campo, Semán,
cooperativa agraria con apenas un par de callecitas, con una pampa polvorienta donde los semaneños jugaban fulbito y
hacían sus necesidades por la noche bajo la complicidad de la luna, y con sus tupidas e infinitas sabanas de arroz que
flameaban con el viento y cambiaban de color con el trascurrir de los días.Recuerdo que en la esquina de la Ranchería,
callecita principal formada por dos hileras de casas de adobes de barro y techos de calamina, en la punta de un poste de
fierro oxidado de unos 5 metros de altura había un parlante del cual brotaba música a ciertas horas del día, desde el año
1975, según cuentan los mayores.

Tú lo que quieres es que me coma el tigre,


que me coma el tigre, que me coma el tigre mi carne morena…

Semán era un pueblito constituido principalmente por gente que había venido del norte (Jayanca, Mórrope, Pacora,
Piura, Sechura, Ayabaca…) y de la sierra (San Marcos, Celendín, Cutervo, Cajamarca…) del Perú; los primeros
gustaban mucho de la cumbia; mientras que los segundos gustaban mucho del wayno. Y fue así como, irónicamente, en
la ciudadaprendí a querer al wayno, en especial al cajamarquino –pues mi papá y su grupo de música vernacular, Los
Heraldos del Norte, ensayaban dos o tres días a la semana en la casa de mi abuelo materno–; mientras que enel campo,
entre el olorcito de arroz macollado, entre remolinos y polvaredas, entre peleas de zumbadores, aprendí a querer a la
cumbia.

Allá en la lejanía, tambor; se oye la cumbia mía, mía;


es la cumbia del amor, es la cumbia del amor…

El primer gran grupo cumbiambero del cual tengo memoria es Los Continentales, grupo peruano que hacía cumbia con
acordeón. Recuerdo clarito que me maté de la risa el día que mi hermano mayor, Luis, entró a la casa cantando: Ay, el
niño salió a la calle y se encontró una medallita. Y, por supuesto, no le creí que era una canción de verdad, por más
que me re juraba por diosito, hasta que la escuche en la radio; al poco tiempo se convirtió en un tremendo éxito musical.
En el corral de mis vecinos, contiguo al mío, armábamos nuestro conjunto cumbiambero: unas latas y ollas viejas
hacían de timbales y baterías, y unos palos de escoba o tuzas hacían de micrófonos. Le brindábamos a los ciruelos, al
viento, al arrozal que se extendía al pie del desaguadero, y a un público aunque cautivo, imaginario, un concierto
apasionado que emulaba a Los Continentales:

Me inspiré con amor para cantarle a Colombia y a mi Perú;


después de mi Perú es Colombia querida mi segunda tierra…

No recuerdo el año, pero sí la canción: ¨Búscale la comba al palo, dale con el hacha hasta que caiga. Pim, pom, pam,
Marucha, leña para el carbón…¨ Por el tono de la voz, y el estilo musical, supe que no la tocaban Los Continentales. Y
efectivamente, averiguando supe que este éxito cumbiambero lo tocaba El Cuarteto Continental, cuyo vocalista era
nada menos que el Julio Mau. Desde entonces El Cuarteto Continental, grupo cumbiambero peruano, se metería en el
corazón de los semaneños, desplazando a Los Continentales, y en especial en el mío y en el de mi amigo Wilson.
Ambos nos volvimos hinchas acérrimos de la fabulosa voz de Julio Mau, voz perfecta para la cumbia, voz que desde
entonces (per)seguimos en cada nueva canción que brotaba del alto parlante para esparcirse por la pampa, por los
caminos, para filtrarse por las quinchas, por las paredes, entre las hojas de los eucaliptos y los sauces, hasta acurrucarse
en el lomo de las pozas y las acequias. Nuestra admiración, sustentada sólo en el yunque de nuestros oídos, se corona
con la aparición del volumen Alegría y Amor; volumen clásico de la cumbia peruana que contenía los temas: Alegría y
amor, La computadora, El africano, Pegaditos: La novia + El cartero + Ojos azules, Huayayay, Secretaria,
Baracunatana, Pegaditos: Aguada rosada + Rió Mantaro + Casarme quiero, Río Manú, Tormentos, Con medio peso,
Saco largo.

Ayer regresé a buscarte vida mía,no te encontré que mala suerte la mía;
amor, amor, si me escuchas ven a mí,mi corazón abrió las puertas para ti…

Una noche de luna mientras fresqueaba sentado en el tronco de la puerta de mi casa se me acercó Wilson; extendió su
mano y me dijo: toca. Era un huiro. Al ver mi cara de sorpresa, sacó una peinilla y se dedicó a enseñarme a tocar. Al
rato ya me salía más o menos. Fue entonces que sacó su flauta dulce y se puso a tocar Alegría y amor, no sin antes
invitarme a que lo acompañara: shiquishik, shiquishik, shiquishik… Así es como nace nuestro grupito al que luego
llamaríamos Cuarteto Cumbiambero. Sin darnos cuenta, aquella ocasión cantamos hasta la madrugada todas las
canciones de Julio Mau que conocíamos, ignorando el frío, oyendo a lo lejos el alarido de algún perro chusco. Aquella
madrugada recuerdo que sufrí demasiado tratando de cantar y tocar el huiro al mismo tiempo, al mismísimo estilo Julio
Mau.

Señora chichera, véndame chichita;


si no tiene chicha cualquier cosita,una cervecita

Las siguientes noches se sumaron al grupo otros amigos: Koki, Jachi… En realidad, Wilson tocaba un poco su flauta;
yo, cantaba un poco y un poco tocaba el huiro; Koki y Jachi sólo tenían sus ganas y su amor por la canciones del chino
Mau. Cuando el papá de Wilson no estaba en su casa, la tomábamos por asalto y la convertíamos en nuestro rinconcito
de ensayo. Poníamos en el tocadiscos las canciones del Cuarteto Continental a todo volumen y nos dedicábamos a
cantar y bailar al mismo tiempo. Al poco tiempo, nos dimos cuenta que mucha gente se asomaba a curiosear por la
amplia ventana que daba a la calle; y desde ahí, apiñados y de pie disfrutaban nuestrosapasionados ensayos. Esto nos
motivó a realizar mejoras. Recuerdo que unos costalillos de harina, unos cartones, un poco de engrudo, un poco de hilo,
una vieja y malograda grabadora que tenía teclas de piano, fueron suficientes para que Wilson construyera un bonito
acordeón de juguete, en tamaño natural. Por mi lado, le rogué a mi tíala chepenana que me prestara su guitarra; cosa
que no fue fácil conseguir ya que la guitarra era un recuerdo de su finado esposo; cuando me la trajo, mientras me
repetía lo mucho que debía cuidarla, descubrí con asombro que la pobre guitarra estaba apolillada y desportillada por
completo, le quedaba apenas una clavija de madera, de la cual se sujetaba la única cuerda que tenía; tragué saliva, y
pensé: peor es nada, sin imaginar que así la llamaríamos en adelante. Con unos cueros de borrego construimos un par
de tamborcitos, los cuales colocamos sobre un trípode con patas de caña, que harían de timbales. Estos elementos
caseros le dieron a nuestros ensayos un toque de realismo que atrajo a más gente a nuestra ventana: Wilson fingía que
tocaba el acordeón; Koki, la guitarra; Jachi, los timbales; y yo, el huiro y la voz. Los ensayos se convirtieron, de esta
manera en un verdaderohomenaje a Julio Mau, y en un motivo de esparcimiento para la gente semaneña.

Negrita, negra del alma, por qué no quieres que llueva;


si así estaba la mañana cuando yo empecé a quererte…

Fue en época de carnavales, cuando armados de valor, cierta tarde, decidimos salir a cantar a las yunsas. No recuerdo
bien por qué lo hicimos, o para qué; pero sé que fue una grata experiencia: los mayores nos aplaudían, nos daban una
propina, y hasta nos decían salud, a pesar de que aún no bebíamos. A don Solares le gustó tanto que nos llevó hasta su
casa; cruzamos la pampa, pasamos por la Casa Hacienda. Le dijo a todo el mundo que estaba por ahí que nos
escucharan, que tocábamos igualito al Cuarteto Continental: los cuatro nos miramos y nos sonreímos por la
exageración. Cuando terminamos nos aplaudieron, nos dieron propina, y nos ofrecieron algo que comer. Don Solares
con una botella de cerveza en alto decía: ¡Esos son mis cholos, carajo!¡Salud!Después de cantar una canción de
despedida dimos las gracias y nos retiramos, aunque don Solares se oponía. ¡Póngame Julio Mau!, fue lo último que le
escuchamos ordenar mientras nos alejábamos; entonces como naciendo de la yunsa se dejó oír:¨Ayer, te vi, había otro
que te chequeaba; montaste su moto, te invitó chicle, también galleta…¨ Sin mirar para atrás, y sin perder el tiempo nos
pusimos a contar el dinero que habíamos recolectado. Era la primera vez en nuestras vidas que nos habían pagado por
cantar, y no por acabar la tarea de plante, deshierbo, ciega o carga de arroz. Una brisa nos despeinó, mientras los
zancudos iban posando sus estiradas patas y metiendo sus agujas en nuestros cuerpos. Sentimos que habíamos
conquistado el mundo, sin imaginar que nuestro Semán era apenas un pedacito de tierra. Para no perder la costumbre
recogimos piedras y champas y nos pusimos a probar puntería contra el gato electrocutado que desde siempre yacía en
el techo de la casita que había frente a la Casa Hacienda, mirándonos: mi puntería era tan mala que siempre me pareció
que el gato sonreía. Proseguíamos, cuando de pronto Koki saltó en una pata: habíamos recolectado algo así como 50
soles actuales. Los cuatro saltamos en una pata, abrazados; mientras los viejoscocos mecían sus ramas en la altura. Ya
pasada la algarabía, en vez de repartirnos el botín, decidimos que compraríamos un micrófono. Al día siguiente, que era
domingo, Wilson y yo fuimos a Chepén a hacer la compra, a la vez que aprovecharíamos para grabar en comercial
Chero, como ya era costumbre, una cinta con los mejores éxitos de Julio Mau y su Cuarteto. Es así como se sumaría al
Cuarteto Cumbiambero la más grande adquisición de todos los tiempos; pues comprar un acordeón, instrumento del que
Wilson y yo estábamos locamente enamorados, sería por siempre un sueño: Wilson, cada cierto tiempo salía con la
cantaleta de que su papá le había jurado que ponto le compraría un acordeón, igualito al del Cuarteto; yo, por mi parte,
me consolaba en secreto dibujando pequeños acordeones en mis cuadernos del colegio.

En los años de la cooperativa a los hijos de los socios nos llevaban una vez al año de paseo a la Casa Comunal de
Chepén. Sería en el paseo del 1985 cuando cierta tarde sucedió algo que jamás olvidaríamos: entre las diversas
actividades del paseo se había programado una actuación, en la que participarían voluntariamente quien lo deseara. A
sugerencia e insistencia de todos los semaneños, a pesar de que nos hicimos de rogar por supuesto, el Cuarteto
Cumbiambero no pudo evitar ser anotado para cantar. A esas horas corrimos a ensayar al cuarto, a solas. Al poco rato
salimos y nos pusimos a repasar,casi en silencio, a la orilla de la piscina que había en medio del patio. Fue entonces que
oímos al moderador anunciarnos con bombos y platillos: en breves minutos, para todos ustedes, el Cuarteto
Cumbiambero... Cogimos nuestras chivas y nos fuimos a instalar en el estrado improvisado en la parte delantera de una
gran aula. Sin darme cuenta, parado adelante, recorrí lentamente con la mirada la cara de cada uno de los asistentes:
unos jugaban, otros observaban en silencio, algunos pifiaban solapadamente para apurarnos. Una vez listos, con el aula
en silencio, Wilson contó: un, dos, tres. Y yo arranqué:Shiquishik, Shiquishik, Shiquishik… Era Llorando se fue,
aquella mítica y hermosa cumbia que comenzaba con un solo de huiro y que llegó a difundirse por todo el Perú. ¨Y
llegó, el Cuarteto Continental¨ Wilson empezó con su flauta, mientras lucía ensu pecho el acordeón de juguete; Jachi
empezó a darle con el alma a los timbales; Koki, hacía con sus dedos amagues de guitarrista virtuoso en la única cuerda
de la peor es nada. Como a media canción oímos que Jachinos silbaba. Cuando volteamos nos dimos con la sorpresa de
que los timbales se estaban yendo al piso: con tanto golpe los pabilos que unían las patas del trípode estaban cediendo.
La gente empezó a sonreírse; para luego matarse de la risa. Yo sudaba de vergüenza, sin dejar de cantar y tocar el huiro.
Todos seguimos tocando hasta el final sin dejar de pedirle a la virgen de Guadalupe que mantuviera de pie a los
timbales benditos. Después de una eternidad dije lo que jamás creí que diría: ¨Y nos vamos, para el norte, centro y sur
del Perú¨ Me parece verlo a Jachitocando de cuclillas, con entereza y dignidad, los timbales que segundos antes de
acabar la canción habían llegado al piso. Nos despedimos, entre las risas, los silbos y los aplausos del público.

Primera palabra ¡ay, vidita! te quiero mucho,


segunda palabra ¡ay, vidita! el matrimonio,
tercera palabra ¡ay, vidita! ya no te quiero,
la cuarta palabra ¡ay vidita! quiero el divorcio…

Por aquellos años la presencia del Cuarteto Continental en los bailes de la feria de Guadalupe se había vuelto
obligatoria. Cuando oímos por la radio que vendría, nos alegramos como niños y empezamos a ahorrar nuestras
propinas para poder entrar al baile. Veríamos en persona, por primera vez, a Julio Mau; a mi tío Aguchín, como le
decíamos al que tocaba el bajo; y a Pablo Bruno hijo, como le decíamos al que hacía los coros. Cada que oíamos la
propaganda en la radio, cada que veíamos los afiches pegados en las calles de Guadalupe con el nombre Cuarteto
Continental en letras enormes y fosforescentes, se iluminaban nuestros ojos, latían alocadamente nuestros corazones, y
nos deshacíamos en planes. Llegado el día, cuando el sol ya se hundía en el horizonte, Wilson y yo nos fuimos a bañar
al pocito, silbando canciones de Julio Mau. Luego, nos pusimos tizas y nos fuimos a la esquina de la Ranchería a
esperar al camión rojo, que llevaría gratis a todos los semaneños a la feria. Ahí, peleando contra ciento de zancudos
hambrientos, apiñados en grupo algunas personas mayores parloteaban: alcancé oír a Benjo decirle a un familiar del
norte que acababa de llegar con la contrata: El Cuarteto Continental es lo máximo, comparito; así que a bailar y a
tomar unas cervecitas. Quise adivinar quién silbaba Alegría y amor, cuando asomó el camión rojo por la carretera,
alumbrando con sus enormes focos y tocando insistentemente la bocina. Uno por uno los semaneños fueron
asomándose por las puertas de sus casas, y en un santiamén Semán entero se congregó en la esquina. Wilson y yo nos
subimos por la baranda del camión y nos acomodamos en la caseta, mientras la mayoría se empujaba para subir por la
escalera. Y ahí, con el viento golpeándonos el rostro, comiendo uno que otro zancudo, oyendo el sordo rumor del
motor, viajamos rumbo a la cita más esperada de nuestras cortas vidas. ¿Cómo sería Julio Mau en persona? ¿Cómo
sería oírlo cantar en vivo? ¿Le hablaríamos?¿Le daríamos la mano?

Se viene la noche en la lejanía, se oye el lamento de un labrador;


en una casita muy pequeñitavive mi adorada, mi adorada cholita

El baile era en el pasaje Santa Rosa, que daba a la plaza de armas de Guadalupe, donde se ubicaban los toldos, los
quioscos, los carruseles, etc.; en suma, donde se instalaba la feria patronal más grande del norte peruano. Ni bien
entregamos los tiques al portero, nos abrimos camino entre la gente, y haciendo modos avanzamos hasta el pie del
escenario. Y desde ahí pudimos ver y oír con asombro a nuestro cantante favorito: Julio Mau era joven, tendría unos 30
años; su voz en vivo era tan hermosa como en los discos y la radio, cantaba sin hacer esfuerzo alguno; pude notar, de
tanto mirarlo, que tenía el tic de mover ligeramente los labios como si estuviera probando algo, tic que luego yo imitaría
cuando cantaba. De rato en rato Wilson y yo nos mirábamos maravillados, con un gesto de aprobación y una sonrisa
que iba de oreja a oreja. Recuerdo que en más de una ocasión los ojos chinitos de nuestro ídolo se posaron sobre los
nuestros; qué pensaría el genial Julio Mau de este par de mocosos que en vez de bailar como todo el mundo lo hacía, se
limitaba a observarlo y pedirle de vez en cuando, a voz en cuello: ¡Alegría y amor! ¡Llorando se fue! ¡El delincuente!...
Y no sé si por coincidencia o porque nos oyera, tras regalarnos una leve sonrisa, arrancó con su huiro: shiquishik,
shiquishik, shiquishik…Llorando se fue, gritamos como locos. Yo canté toda la canción a dúo con Julio Mau, desde
abajo, sin que él me lo pidiera, tocando un huiro imaginario; mientras Wilson fingía que tocaba un acordeón o el bajo
electrónico. Ese fue el contacto más cercano con nuestro ídolo, el mejor cantante de cumbia de todos los tiempos, aquel
que decía: un saludo para las lindas guadalupeñas, en vez de decir guadalupanas; pues no tuvimos el valor de
acercarnos y hablarle, estrecharle la mano, y decirle lo mucho que lo admirábamos; después de todo, la timidez
semaneña nos había traicionado. La segunda y última vez que lo veríamos sería en la feria de Guadalupe del año
siguiente, en Talla. Era tanto el cariño y admiración por Julio Mau que pagábamos entrada no para bailar, no para
beber, no para buscar chicas, no para hacer patas, sino simple y llanamente para verlo y oírlocantar.

El apagón tiene la culpa de que se fuera mi amor


Tal vez ella no me amaba y tomó esa decisión

Cuando iba a pastear los borregos, por las tardes, luego del colegio, cargaba siempre una radio pequeña color hueso. Al
dial, no lo dejabaquieto hasta toparme con alguna emisora que estuviera pasando alguna canción de Julio Mau. Tirado
sobre la cima de la era, oyendo la voz microfónica del chino; vigilaba la manada que religiosamente arrancaba el pasto
de las pozas; contaba las casitas y las chozas desperdigadas por el campo, mentalmente; mirabaal Cerro Azul y al Cerro
Namul descansar plácidamente en el horizonte, desde siempre. El viento traía el olor de la paja seca, nos peinaba,
esparcía la voz de la cumbia por el cielo.

¡Qué pena que me da, me da, me da la lejanía!, ¡ay me da!;


¡qué pena que me da, me da, estar tan lejos de la tierra mía!…

Todo era felicidad, hasta que un 29 de junio de 1986 escuché en la radio: El Cuarteto Continental, viniendo de un
concierto ha sufrido un accidente en la panamericana norte, en el pueblo de Guadalupe…Un miedo primitivo se
hundió en mi pecho, apagué la radio. Arreé mi manada entre las pozas y a paso apurado llegué a mi casa, por la parte
trasera. Mi mamá en el corral desgranaba sola unos choclos, me miró pero no me dijo nada; encerré los borregos y me
metí a mi cuarto. Tomé valor y prendí la radio. Y fue que anunciaron: El vocalista del Cuarteto Continental, Julio Mau,
ha muerto. Sólo recuerdo que salí corriendo ante la mirada sorprendida de mi madre a buscar a Wilson hasta su casa:
Julio Mau ha muerto, Julio Mau ha muerto… prendimos la radio, para que me creyera. En ese instante abrigué la
esperanza de que el periodista dijera que todo había sido un error o una broma. Pero nada, ahí otra vez la noticia.
Recuerdo que nos quedamos mudos, con los rostros desencajados, mirando fijamente la radio. Nos hicimos los machos,
pero luego lloramos, sentaditos en elmueble grande, escuchando la voz chillona del periodista que ofrecía los detalles.
No sé cuánto lloramos; como tampocorecuerdo con claridad los detalles de aqueltrágico momento; seguramente porque
mi corazón, por salud y bondad, los ha bloqueado. Y si ya era durosaber que la voz de la cumbia peruana había muerto,
más duroera saber que el gran Julio Mau había muerto enGuadalupe, mi tierra. Doble¡maldita sea! porque te fuiste
Julito. En diciembre del mismo año muere mi abuela materna, en Guadalupe, a quien siempre le dije mamá, y a cuyo
velorio y entierro no asistí porque mi corazón no podía contra la muerte. Ese mismo año, Semán se parcela; deja de ser
cooperativa agraria para convertirse en asentamiento humano. A los pocos meses el parlante de la Ranchería deja de
lanzar sus canciones al aire para siempre.Ese mismo año, no fui a la fiesta de promoción de mi colegio, dejé de creer en
dios.

Mi pequeño hijo, que seguía sentadito en mis muslos oyendo A tiempo en la computadora, en su media lengua me
pregunta: ¿po qué lloyas papito? Por Julio Mau, hijito. ¿Po Cuyo Mao? Sí, hijito. Y aunque sabía que mi Robert
Manuel no me entendía muy bien, le dije que Julio Mau había sido el mejor cantante de cumbia de todos los tiempos.
Hum, me dijo; lo abracé fuerte, y nos pusimos a escuchar el último gran éxito que Julio Mau nos regalara poco antes de
irse al cielo, a la corta edad de 32 años.

A tiempo para que vuelvas, a tiempo pa´ que regreses;


a tiempo para que vuelvas y digas todo lo que paso,
a tiempo pa´ que regreses que aun te quiere mi corazón…

Julio Mau, no la mejor voz de la cumbia peruana, sino la voz de la cumbia peruana, nació en el Rímac, un 01 de abril
de 1954, y murió en la cúspide de su popularidad un 29 de junio de 1986, en Guadalupe. Hoy, a casi 26 años de su
partida, sigo pensando lo mismo sobre su legado musical, aunque con más y mejores argumentos. Será por eso que no
acabo de entender por qué los auto proclamados historiadores de la cumbia, o no lo mencionan o a duras penas lo
hacen: no me es posible imaginar el estado actual de la cumbia peruana, y su enraizamiento en el corazón de los
peruanos, si no hubiera existido Julio Mau; él y su cuarteto, a su corta edad, habían experimentado en la cumbia casi
todo lo que actualmente existe, aunque algunos se desgañiten diciendo que fueron los pioneros y de paso le nieguen los
merecidos créditos. Sé que hay miles de peruanos, en el norte, centro y sur, que crecieron teniendo como telón de fondo
musical la inigualable voz de Julio Mau.Y son estos miles los llamados a difundir el legado musical de este gran
intérprete de la cumbia peruana y darle el sitio que le corresponde y se merece dentro del proceso y desarrollo de la
cumbia peruana. Nadiecomo el chino Mau para hacer cumbias pegaditas (que hoy llaman potpurrí, mix, como por
despecho), nadie como Julio Mau para el guapeo, nadie como Julio Mau para hacer de un wayno o de una saya una
gran cumbia, nadie como Julio Mau para impregnarle a la cumbia un sabor peruanísimo.Y su voz, su voz enorme, de
textura y color impresionantes, suave como el murmullo de la lluvia, sabrosa como el murmullo de mis verdes
arrozales.

Trujillo, marzo de 2012