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FURMIGA, EL FÚTBOL DE LAS HORMIGAS

Por aquellos días, el gran árbol hueco estaba rebosante de actividad. Se celebraba el
campeonato del mundo de furmiga, el fútbol de las hormigas, y habían llegado hormigas
de todos los tipos desde todos los rincones del mundo. Allí estaban los equipos de las
hormigas rojas, las negras, las hormigas aladas, las termitas... e incluso unas extrañas y
variopintas hormigas locas; y a cada equipo le seguía fielmente su afición. Según fueron
pasando los partidos, el campeonato ganó en emoción, y las aficiones de los equipos se
fueron entregando más y más, hasta que pasó lo que tenía que pasar: en la grada, una
hormiga negra llamó "enanas" a unas hormigas rojas, éstas contestaron el insulto con
empujones, y en un momento, se armó una gran trifulca de antenas, patas y mandíbulas,
que acabó con miles de hormigas en la enfermería y el campeonato suspendido.
Aunque casi siempre había algún problema entre unas hormigas y otras, aquella vez las
cosas habían llegado demasiado lejos, así que se organizó una reunión de hormigas sabias.
Estas debatieron durante días cómo resolver el problema de una vez para siempre, hasta
que finalmente hicieron un comunicado oficial:
"Creemos que el que todas las hormigas de un equipo sean iguales, hace que las demás
actúen como si se estuvieran comparando los tipos de hormigas para ver cuál es mejor.
Y como sabemos que todas las hormigas son excelentes y no deben compararse, a partir
de ahora cada equipo de furmiga estará formado por hormigas de distintos tipos"
Aquella decisión levantó un revuelo formidable, pero rápidamente aparecieron nuevos
equipos de hormigas mezcladas, y cada hormiga pudo elegir libremente su equipo
favorito. Las tensiones, a pesar de lo emocionante, casi desaparecieron, y todas las
hormigas comprendieron que se podía disfrutar del deporte sin tensiones ni discusiones.
LA GRAN CARRERA DE COCHES SALVAJES

En un lejano país existía una raza de pequeños coches salvajes que circulaban libremente
por el campo. No necesitaban carreteras ni gasolina, pues para moverse les bastaban los
buenos pensamientos y deseos, una original idea de su excéntrico inventor.
Aquellos coches se hicieron famosísimos, y las carreras de coches salvajes eran el
pasatiempo favorito de todos. No había niño que no soñara con pilotar uno, pues su poco
peso y su sinceridad les convertía en pilotos ideales. Y como encontrar niños ligeros y de
buen corazón que supieran mantener buenos sentimientos durante toda una carrera era
difícil, frecuentemente se celebraban pruebas para descubrir nuevos talentos, en las que
cada chico tenía una única oportunidad de demostrar su habilidad con los coches salvajes.
Así, la caravana de pruebas llegó a la pequeña ciudad en que vivía Nico, un niño bueno y
alegre que, como muchos otros, no durmió esa noche mientras hacía cola esperando su
turno para pilotar uno de aquellos coches. Durante la espera, muchos niños ensayaban y
practicaban sus buenos deseos y pensamientos pero en cuanto se abrieron las puertas, una
gran carrera de codazos y empujones descubrió que no todos eran tan buenos como
parecían. Sin embargo, los organizadores ya lo debían tener previsto, y tras unas pocas
pruebas tan sencillas como dar las gracias por una chocolatina, ayudar a preparar el
material de las carreras o atender respetuosamente a una viejecita un poco pesada, sólo
quedó un grupito de niños verdaderamente bondadosos, entre los que se encontraba Nico.
Así, los niños fueron subiendo a los coches por turnos para dar unas vueltas al circuito. A
Nico le tocó el último turno, pero no le importó mucho, pues disfrutó de lo lindo viendo
de cerca cómo aceleraban los coches salvajes. Cuando le llegó el momento, el corazón le
latía a mil por hora. Con la emoción, apenas podía correr, y fue el último en subir a su
coche. Tan contento estaba, que tardó un poco en darse cuenta de que aún quedaba un
último niño por subir; uno que caminaba usando muletas y no había podido llegar antes.
Y a su lado, escuchó cómo el jefe de las pruebas decía:
- Lo siento muchísimo, chico, ya no quedan coches y ésta es la última prueba de hoy. Los
coches tienen que descansar ya. Venga, ya tendrás tu oportunidad otro día...
Al recordar el brillo emocionado que despedían un rato antes los ojos de aquel niño, y ver
ahora su profunda tristeza, Nico respiró hondo, bajó del automóvil y dijo:
- No pasa nada. Yo le dejo mi coche.
El motor del coche salvaje rugió como nunca, mientras el niño accidentado subía lleno de
alegría. Nico se quedó satisfecho por lo que había hecho, aunque un pelín desilusionado.
Pero antes de arrancar, el otro niño descubrió en Nico ese puntito de tristeza y, agradecido,
le tendió la mano diciendo.
- Sube. Iremos los dos juntos, aunque vayamos un poco más despacio.
Nico subió de un salto. Los niños se abrazaron alegres, pero apenas pudieron hacer nada
más. ¡Su coche tronó como un cohete, y salió a la velocidad del rayo!
Aquella carrera rompió todos los récords conocidos y, durante esa misma temporada,
Nico y su amigo arrasaron en cuantas competiciones participaron, convirtiéndose en
ídolos de grandes y pequeños, y paseando felices su amistad y sus buenos sentimientos
por todos los rincones del mundo.
GANAR O PERDER
Pepito odiaba perder a lo que fuera. Sus papás, maestros y muchos otros decían que no
sabía perder, pero lo que pasaba de verdad es que no podía soportar perder a nada, ni a
las canicas. Era tan estupendo, y se sentía uno tan bien cuando ganaba, que no quería
renunciar a aquella sensación por nada del mundo; además, cuando perdía, era justo todo
lo contrario, le parecía lo peor que a uno le puede ocurrir. Por eso no jugaba a nada que
no se le diera muy bien y en lo que no fuera un fenómeno, y no le importaba que un juego
durase sólo un minuto si al terminar iba ganando. Y en lo que era bueno, como el futbolín,
no paraba de jugar.
Cuando llegó al colegio Alberto, un chico nuevo experto en ese mismo juego, no tardaron
en enfrentarse. Pepito se preparó concentrado y serio, dispuesto a ganar, pero Alberto no
parecía tomárselo en serio, andaba todo el rato sonriente y hacía chistes sobre todo. Pero
era realmente un fenómeno, marcaba goles una y otra vez, y no paraba de reir. Estaba tan
poco atento, que Pepito pudo hacerle trampas con el marcador, y llegó a ganar el partido.
Pepito se mostró triunfante, pero a Alberto no pareció importarle: "ha sido muy divertido,
tenemos que volver a jugar otro día".
Aquel día no se habló de otra cosa en el colegio que no fuera la gran victoria de Pepito.
Pero por la noche, Pepito no se sentía feliz. Había ganado, y aún así no había ni rastro de
la sensación de alegría que tanto le gustaba. Además, Alberto no se sentía nada mal por
haber perdido, y pareció disfrutar perdiendo. Y para colmo al día sigiente pudo ver a
Alberto jugando al baloncesto; era realmente malísimo, perdía una y otra vez, pero no
abandonaba su sonrisa ni su alegría.
Durante varios días observó a aquel niño alegre, buenísimo en algunas cosas, malísimo
hasta el ridículo en otras, que disfrutaba con todas ellas por igual. Y entonces empezó a
comprender que para disfrutar de los juegos no era necesario un marcador, ni tener que
ganar o perder, sino vivirlos con ganas, intentó hacerlo bien y disfrutando de aquellos
momentos de juego.
Y se atrevió por fin a jugar al escondite, a hacer un chiste durante un partido al futbolín,
y a sentir pena porque acabara un juego divertido, sin preocuparse por el resultado. Y sin
saber muy bien por qué, los mayores empezaron a comentar a escondidas, "da gusto con
Pepito, él sí que sabe perder"
EL GRAN PARTIDO
Había una vez un grupo de niños que habían quedado para jugar un partido de fútbol por
todo lo alto. Habían decidido que cada uno llevaría un elemento importante que hubiera
en todos los partidos oficiales, y así, uno trajo el balón, otro el silbato, otro una portería,
otro los guantes del portero, las banderillas del córner, etc... Pero antes de comenzar el
partido, a la hora de elegir los equipos hubo una pequeña discusión, y decidieron que
podría elegir aquel que hubiera llevado el elemento más importante.
Como tampoco se ponían de acuerdo en eso, pensaron que lo mejor sería empezar a jugar
al completo, con todos los elementos, e ir eliminando lo que cada uno había traído para
ver si se podía seguir jugando y descubrían qué era verdaderamente imprescindible. Así
que comenzaron a jugar, y primero eliminaron el silbato, pero quien hacía de árbitro pudo
seguir arbitrando a gritos. Luego dejaron a los porteros sin guantes, pero paraban igual de
bien sin ellos; y tampoco se notó apenas cuando quitaron los banderines que definían los
límites del campo, ni cuando cambiaron las porterías por dos papeleras...; y así siguieron,
hasta que finalmente cambiaron también el balón por una lata, y pudieron seguir
jugando...
Mientras jugaban, pasó por allí un señor con su hijo, y viéndoles jugar de aquella forma,
le dijo al niño:
-"Fíjate, hijo: aprende de ellos, sin tener nada son capaces de seguir jugando al fútbol,
aunque nunca vayan a poder aprender ni mejorar nada jugando así"
Y los chicos, que lo oyeron, se dieron cuenta de que por su exceso de orgullo y egoísmo,
lo que se presentaba como un partido increíble, había acabado siendo un partido penoso,
con el que apenas se estaban divirtiendo. Así que en ese momento, decidieron dejar de un
lado sus opiniones egoístas, y enseguida se pusieron de acuerdo para volver a empezar el
partido desde el principio, esta vez con todos sus elementos. Y verdaderamente, fue un
partido alucinante, porque ninguno midió quién jugaba mejor o peor, sino que entre todos
sólo pensaron en divertirse y ayudarse.

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