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SIETE DÉCADAS DE VIGENCIA DE LOS DERECHOS HUMANOS

10 de diciembre de 2018

Por Luis Yanza

El día de hoy, 10 de diciembre, se cumplen 70 años desde que la Asamblea General de la Naciones
Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, instrumento internacional que
instauró los derechos fundamentales de las personas, derechos que deben ser protegidos y
garantizados a todos los ciudadanos y ciudadanas por todos los estados del Mundo. En memoria a
este hecho histórico, sucedido el 10 de diciembre de 1948, se recuerda hoy el “Día Internacional de
los Derechos Humanos”.

Pero, ¿que son realmente los derechos humanos? Hay abundante literatura que teoriza sobre lo que
significan estas dos palabras universalmente pronunciadas al día de hoy. Sin entrar en reflexiones
técnico-jurídicas, doctrinarias, incluso políticas, para entender lo que son o significan los derechos
humanos es importante partir de tres palabras que están escritas en el artículo primero de la
Declaración adoptada hace siete décadas: dignidad, igualdad y libertad. A partir de estos conceptos
se puede reflexionar y opinar sobre los derechos humanos pues constituyen los fundamentos de los
demás derechos fundamentales, y de los otros derechos que en el transcurso de este tiempo han
sido reconocidos, ya que los derechos también han evolucionado –y seguramente seguirán
evolucionado– en concordancia con un mundo en constante evolución como en el que vivimos. Y es
precisamente a esto que quiero referirme en los siguientes párrafos. Pero antes, no perdamos de
vista que, si bien los derechos humanos nacieron en torno a estos tres principios inherentes al ser
humano, en el contexto actual global, caracterizado por las consecuencias del cambio climático
derivadas de las acciones y omisiones de los mismos seres humanos, es indispensable ampliar estos
principios hacia los otros elementos y seres de la Naturaleza, vivos y no vivos, de los cuales las
personas dependemos, seres y elementos sin los cuales sencillamente no sería posible el goce y
ejercicio de los demás derechos. En esta perspectiva, es necesario entender y asumir los derechos
humanos desde una visión holística e integral.
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Retornando al tema de la conmemoración del día de hoy, tampoco debemos perder de vista que, en
el proceso de evolución de los derechos, a largo de estas siete décadas, se han incorporado y
reconocido nuevos derechos, o complementados a los que inicialmente fueron declarados por las
Naciones Unidas hace 70 años. Los primeros derechos reivindicados son aquellos relativos a la vida,
la integridad y la seguridad personal, así como a la propiedad y algunos derechos políticos. Estos
constituyen los derechos de “primera generación”, llamados así dentro de la clasificación tradicional.
Posteriormente se reconocieron los derechos económicos, sociales y culturales (los DESC),
calificados como derechos de “segunda generación”. Es decir, se pasó a definir a aquellas
condiciones indispensables que hacen posible una supervivencia digna del ser humano –como la
salud, la educación, el trabajo, seguridad social, entre otros– como derechos. Por último, los
derechos colectivos y difusos son aquellos que se refieren a los derechos a la libre determinación de
los pueblos, a la paz, a un medio ambiente sano y los derechos de los grupos humanos que han sido
históricamente discriminados. Estos son los derechos de “tercera generación”.

Esta clasificación no implica una jerarquización de los derechos ya que una de sus características
primordiales es su igual jerarquía, tal como están considerados en la Constitución ecuatoriana, lo
cual constituye una innovación que supera aquella clasificación tradicional. No obstante, para
entender la evolución de los derechos es necesario remitirnos a este orden histórico.

En el caso de la Declaración aprobada hace siete décadas, las crueldades cometidas en contra de los
seres humanos en las guerras del Siglo XX, especialmente la II Guerra Mundial, determinaron que la
comunidad internacional reconozca una serie de valores comunes inherentes a la dignidad de los
seres humanos. Dichos valores son los derechos humanos, que tienen que ser protegidos
jurídicamente, como en efecto lo son, a través de sistemas adecuados de protección, es decir, a
través de los tratados internacionales vinculantes. En este marco, existen alrededor de 20 tratados
internaciones en materia de derechos humanos: diez tratados en el ámbito de las Naciones Unidas
y otros tantos bajo el sistema interamericano.

A partir de la proclamación del primer instrumento universal, el posterior reconocimiento o


ampliación de nuevos derechos no surgieron únicamente de las iniciativas de los gobernantes o de
las entidades universales o regionales, como la ONU o la OEA, sino que se hicieron efectivos como
resultado de las luchas sociales de los pueblos. La Declaración de las Naciones Unidas sobre los
Derechos de los Pueblos Indígenas (aprobado en el año 2007) fue posible gracias a la insistencia y
resistencia de los distintos pueblos originarios del mundo que lucharon para que sus derechos sean
reconocidos en un instrumento internacional universal. Otro ejemplo: la “Declaración de las
Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y de Otras Personas que Trabajan en las
Zonas Rurales” está a punto de ser aprobada por la ONU después de una década y media de intensa
lucha de los campesinos de los distintos países, lucha liderada por la Vía Campesina (el mayor
movimiento campesino del mundo) y apoyada por varias organizaciones no gubernamentales
internacionales. El propósito fundamental de este nuevo instrumento es que los estados respeten,
protejan y hagan efectivos los derechos de los campesinos y de otras personas que trabajan en las
zonas rurales. La aprobación de esta Declaración será un hito histórico ya que por fin serán
reconocidos los derechos de las personas que dedican su esfuerzo para producir la mayor parte de

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los alimentos que necesitamos para nuestra supervivencia. No obstante, corresponderá a ellos
mismos, a los campesinos y campesinas, conocer y apoderarse de este instrumento para exigir a los
estados su implementación y puesta en acción en todos los niveles de la sociedad.

En este mismo orden, está en discusión y negociación un instrumento vinculante sobre derechos
humanos relacionados a la protección del medio ambiente cuyo propósito es aplicar el principio 10
de la Declaración de Río de 1992. Este principio se refiere a la participación de los ciudadanos
interesados en los temas ambientales, el acceso adecuado a la información pública y el efectivo
acceso a los procedimientos judiciales y administrativos en los asuntos que se refieren al medio
ambiente. En este marco, debido a que América Latina y El Caribe es la región más peligrosa para los
defensores y defensoras de los derechos humanos ambientales, un grupo de expertos en derechos
humanos de la ONU pidió (hace un año) a los gobiernos de la región que aprueben un instrumento
vinculante sobre derechos ambientales, pues, según expresaron, “para proteger el medio ambiente
debemos proteger los derechos humanos de las personas que trabajan en la defensa del medio
ambiente” (comunicado oficial de prensa de Naciones Unidas). En octubre pasado, el Relator
Especial de la ONU sobre el medio ambiente y los derechos humanos ha pedido a la Asamblea
General de las Naciones Unidas que reconozca formalmente el derecho humano a un medio
ambiente sano, a fin de que este sea protegido universalmente.

Los efectos adversos del cambio climático, la destrucción de la biodiversidad y la contaminación


ambiental –que en definitiva constituyen atentados en contra de la Naturaleza– deben forzar a la
Asamblea General de la Naciones Unidas a aprobar este nuevo instrumento internacional de manera
urgente.
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Y, como estamos viviendo una época de avances tecnológicos sin límites, se habla ya de la necesidad
urgente de una declaración de principios para proteger los derechos humanos frente al desarrollo y
aplicación de las tecnologías, especialmente las neurotecnologías y la inteligencia artificial, cuyas
consecuencias éticas y sociales en el futuro podrían menoscabar los derechos de las personas. Y es
que cada día se mejoran las técnicas para descifrar y alterar la actividad de las neuronas –aquellas
células del sistema nervioso interconectadas entre sí, que transmiten señales a través de impulsos-
lo cual podría dar lugar a prácticas inadecuadas por parte de los científicos o de las empresas que
desarrollen y comercialicen dichas neurotécnicas.

Para explicar de otra manera: en la actualidad hay ya cientos de personas de los países del norte
global (llamados también “países desarrollados”) que tienen incrustados en sus cerebros implantes
o electrodos que los estimulan para ayudar a tratar distintos tipos de enfermedades neurológicas.
Esto es posible gracias a los avances científicos a los cuales solamente tienen acceso las personas
que pueden pagar para beneficiarse de estas ventajas neurotecnológicas. Por otro lado, a través de
estos implantes los médicos o los científicos podrían tener acceso a la información mental del
paciente y utilizarla de manera inapropiada o en función de ciertos intereses. Estos aspectos son ya
de preocupación de algunos científicos porque, por un lado, estas tecnologías, al no ser de acceso
equitativo, podrían generar nuevas formas de discriminación y, por otro, la no privacidad de la
información del cerebro de las personas puede afectar sus derechos y los derechos de otros. A esto
hay que sumar también la probabilidad de que los genes humanos sean editados, tal como ya viene
sucediendo con los genes de algunas especies de virus, bacterias y, desde hace pocos años, también
con especies vegetales. La edición genética es la modificación de las características genéticas de un
organismo vivo con la finalidad de mejorar ciertos aspectos biológicos. Es un tema polémico, y lo
será mucho más cuando se practiquen con seres humanos, como parece que ya ha empezado a
ocurrir según la noticia difundida, hace pocas semanas, que anunciaba el nacimiento de dos bebés
cuyos genes habrían sido editados por un científico chino.

Ante este panorama –tal vez de preocupación para muchos y de expectativa para algunos–, es
razonable pensar en los “neuroderechos universales”, como lo plantea el neurocientífico de la
Universidad de Columbia (EE.UU), Rafael Yuste, quien propone la creación de una especie de código
de ética, similar al código deontológico médico, para que sea aplicado a las personas que ejerzan
estas nuevas profesiones. Por otro lado, propone también que las Naciones Unidas legisle a fin de
que los neuroderechos sean reconocidos y protegidos, y a partir de esto los estados los incorporen
en sus sistemas legales nacionales.

Afortunadamente ya se han dado los primeros pasos en esa dirección. En mayo de este año algunas
organizaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional y otras asociadas, presentaron
la “Declaración de Toronto” sobre la protección del derecho a la igualdad y la no discriminación en
los sistemas de aprendizaje automático, o “inteligencia artificial”, cuya finalidad es establecer
principios para el diseño de políticas, y su implementación práctica, a fin de que estos nuevos
derechos sean protegidos. Previamente estos deben ser reconocidos e incorporados en un
instrumento internacional universal, y en esta línea es importante que la sociedad civil apoye esta
iniciativa porque, de no existir normas que regulen el uso y acceso a estas nuevas neurotecnologías,

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incluido la edición genética, las consecuencias de su uso inapropiado podrían terminar afectando a
otros derechos.

En conclusión, no podemos quejarnos de que no tenemos derechos, tampoco es cierto que todos
los derechos han sido reconocidos, ni lo serán, pues, conforme evoluciona la sociedad y la tecnología
se vuelve también necesario el reconocimiento de nuevos derechos. Literalmente se podría decir
que estamos casi “inundados de derechos”, sin embargo, esto contrasta con una realidad: su
desconocimiento por parte de la gran mayoría de la población, especialmente de nuestros países del
Sur Global. En el caso de Ecuador, la Constitución vigente reconoce nuevos derechos y garantiza
todos aquellos contemplados en ella; no obstante, a 10 años de su vigencia surge una pregunta:
¿Qué porcentaje de la población ecuatoriana realmente conoce, exige, defiende y ejerce esos
derechos? Seguramente, la respuesta es la mayoría, especialmente aquella población que vive en la
zona norte de nuestra región Amazónica en donde los derechos humanos históricamente han sido
vulnerados por parte de las corporaciones petroleras. Entonces, así como urge el reconocimiento de
nuevos derechos (como los que he señalado arriba) es apremiante también que se ejecute una
campaña de alfabetización en derechos humanos, campaña que no necesariamente debe provenir
únicamente de la iniciativa de las entidades públicas o privadas encargadas de ello, sino que debería
ser entendida y asumida como un deber de todos los actores sociales, comunitarios, incluso de los
grupos políticos y autoridades locales que tengan una visión objetiva acerca de los derechos.

Sin embargo, en el caso particular de Orellana y Sucumbíos quizás sea necesario alfabetizar primero
a las autoridades, para que entiendan que su gestión y ejercicio político, desde la función pública
que ostentan, lo deben enfocar desde la perspectiva de los derechos, y no desde la implementación
de políticas y prácticas asistencialistas, que lo único que hacen es promover el clientelismo y el
paternalismo. Pero así mismo, los ciudadanos y ciudadanas debemos hacer el esfuerzo y dedicar el
tiempo que fuese necesario para conocer nuestros derechos, para luego empoderarnos de ellos y
ejercerlos. Esto sería una primera condición indispensable para exigir con convicción, a las
instituciones del Estado, en el ámbito que corresponda, el respeto y garantía de nuestros derechos.
El conocimiento y empoderamiento de nuestros derechos nos permitirá, además, madurar
políticamente para así dejar de convertirnos en “clientes”, sujeto a los intereses de ciertas
autoridades de turno que confunden política con politiquería, y asistencialismo con derechos.

Finalmente, al recordar hoy el séptimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos


Humanos, insisto en que no perdamos de vista de que no solamente los seres humanos tenemos
derechos, sino igualmente los otros seres que conforman la Naturaleza de la cual somos parte, cuyos
derechos tenemos el deber de defender y protegerlos.