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Juventud y Venezuela

¿Por qué coño nací en este maldito país?, perdí el poco orgullo que me quedaba.
Nacer en un país como Venezuela en los albores del siglo XXI, tiene una gran significación,
mi generación nació pervertida, conocedora de mitos y no de realidades, con unos
antecesores que ignoraban su deber ante el país. Venir al mundo en pleno proceso
«revolucionario», fue sin duda, la mayor desventura, se cayó en la más repudiable
demagogia, en un populismo irrestricto en sus formas, que soterró cualquier tentativa
sensata que pensara en el país con ojos de progreso y desarrollo, no en una superposición
artificial de ideas caducas, inconexas e ignaras que desembocaron en el mayor desastre
nacional que haya vivido la historia del país. No es mi intención en este escrito, hacer un
diagnóstico, en donde se haga un balance de todo lo que se hizo o no se hizo, de lo que
pudimos haber sido y no lo fuimos; mucho menos hacer una chirigota a las generaciones
precedentes –que bien merecido lo tienen-, que solo tendría un destino estéril. Creo más útil
esclarecerle a mi generación el verdadero sentido de un país y por lo mismo el de Venezuela.
Ver como superficialmente mi generación aborda los problemas de fondo del país,
me causa el más sincero horror, con honesta preocupación patriótica me aventuro a tratar
de explicar mi posición lo más claro e inteligible posible, sin caer en barroquismos
innecesarios que contribuiría, más bien a confundirlos y a hacer inaccesible algo que puede
ser entendido con sencillez.
Es fácil en esta era de las redes sociales, leer publicaciones donde mi generación
describe su particular percepción y vivencia de la realidad nacional, la mayoría se lamenta
por haber nacido en este país, pregonan haber perdido todo orgullo de su venezolanidad; sin
duda esto no es gratuito, claro que íbamos a maldecir por nacer en la mala hora de la patria
y perder el orgullo nacional, si este se fundamenta con bases aéreas, las concepciones
básicas, superficiales e ignorantes con que se maneja mi generación resulta fatalmente en
ésta visión. Esos mitos y vagas concepciones de lo que creíamos que era el país, se derrumbó
estrepitosamente y de la peor manera, pensar que Venezuela era un país inmensamente rico,
que existía un gran progreso material, con un risible orgullo que se sustentaba
concretamente en las bellezas naturales del país, y darse cuenta de un momento otro, que
todo eso no era más que una apariencia que nada de realidad tenia, una fachada patética, la
realidad dolorosa es que somos un país sumamente pobre y atrasado, en que nada se
produce, y que todo ese avance artificial se sostenía única y exclusivamente por el petróleo.
Es menester aclarar que un país no es sino la gente que vive en él, la nación, el pueblo
o como mejor lo quieran llamar. El Estado venezolano para desgracia de todos, fue el
receptor y el dispensador de esa riqueza azarienta que nunca supimos manejar con buen
criterio para el desarrollo orgánico de la nación, nunca Venezuela fue un país rico, entender
esto es clave para saber por qué no debemos maldecir al país, y que el orgullo de un país
nunca se puede sustentar por nociones librescas carentes de contenido, nuestro orgullo debe
reposar en los grandes hombres y mujeres que contribuyeron al real hacer del país, a que en
nuestras manos está el hacer un país, podemos hacer sentir orgullosas a las generaciones
postreras entregándoles un verdadero país curado de realidades, que vive de su trabajo, y
que pudo salir del oprobio con su propio esfuerzo.
Todos merecemos una vida mejor, por eso me voy del país.
Un futuro cambio... ¿no pasará?

Es difícil para mí, saber que gran parte de una generación encuentra como salida al problema
nacional, la emigración, la peregrinación hacia otras latitudes con destino incierto, aunque
más prometedora. Somos una generación huérfana.
Ciertamente todo ser humano contemporáneo merece el progreso material, la
búsqueda de sustento económico en el exterior es completamente válida; no obstante, me
parece que como generación tenemos un deber gigantesco, una de las tareas más
importantes de toda la historia nacional, que es reconstruir un país destruido, atrasado y
pobre, es lamentable para todos que gran parte de la «intelligentsia» venezolana se haya
ido, aun así, a mi leal saber y entender, es la hora de que como una generación que ya alcanzó
una cierta edad en la que ya se puede pensar más allá de uno mismo, edad en que
comenzamos a situarnos frente al mundo, tenemos que pensar en el país, en su progreso, en
qué vamos a hacer después de que se desbarate este régimen nefasto.
Ya lo había hecho la generación del 28, siete años antes de que terminara la dictadura
del General Juan Vicente Gómez, las primeras tentativas de proyectos futuros de
concentración del pensamiento en pro del país, esa generación que marcó el rumbo que
tomaría el país en el resto del siglo XX, ni un atisbo de ello se avizora entre nuestros
contemporáneos, al contrario, diariamente en todas las redes sociales se encuentra uno
continuamente con un resuelto y estúpido desdén por el país.
En el futuro cercano irremediablemente caerá este régimen vergonzoso que ha
pasado por todos lados como una plaga que todo lo consume y destruye, es tarea nuestra y
de nadie más remediar esta situación. No es hora de lamentaciones o de rememorar un
pasado de derroche con ansias de que vuelva, mucho menos de sentarse en una esquina a
llorar porque nuestra juventud no pudo disfrutar de lo que las generaciones anteriores sí
pudieron de la manera más irresponsable, sin recordar que todo eso nos debe causar es
vergüenza y desdén, pues en ellos debió recaer la responsabilidad de hacer la Venezuela
Posible y no fue así.
Todo esto lo escribo con la más honda y honesta intención de que mis
contemporáneos tomen conciencia de la tarea monumental a la que nos enfrentaremos más
temprano que tarde, recordando a Rómulo Betancourt me viene una frase reveladora «en la
historia no se producen milagros, los milagros los hacen los Dioses, unos creen en ellos otros
no creen en ellos. Los hombres son los que actuando de acuerdo a las circunstancias y
fijándose metas claras conducen la historia». Conduzcamos la historia de Venezuela,
definitivamente hacia su desembocadura lógica, que es la realización de la ¡Venezuela
Posible!