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Procrastinar no es un asunto de

holgazanería, sino de manejo de


las emociones

Si alguna vez has postergado una tarea importante para, digamos,


poner en orden alfabético las especias en tu alacena, sabes que no sería
justo describirte como flojo.
Después de todo, ordenar alfabéticamente requiere concentración y
esfuerzo —y, oye, tal vez hasta te esmeraste en limpiar cada frasco antes
de ponerlo en su lugar—. Y no es como que te hayas ido de fiesta con tus
amigos o te hayas puesto a ver Netflix. Estás limpiando, ¡es algo de lo
que estarían orgullosos tus padres! No es pereza o mala gestión del
tiempo. Es procrastinación.

Si la procrastinación no es flojera, entonces, ¿de qué se trata?

Etimológicamente, “procrastinación” deriva del verbo en


latín procrastināre, postergar hasta mañana. Sin embargo, es más que
postergar voluntariamente. La procrastinación también deriva de la
palabra del griego antiguo akrasia, hacer algo en contra de nuestro
mejor juicio.

La hermosa y compleja Bogotá: guía para viajeros primerizos

“Es hacerse daño a uno mismo”, dijo Piers Steel, un profesor de


Psicología Motivacional en la Universidad de Calgary y el autor de The
Procrastination Equation: How to Stop Putting Things Off and Start
Getting Stuff Done.

Esa autoconciencia es una pieza clave para entender por qué


procrastinar nos hace sentir mal. Cuando procrastinamos, no solo
estamos conscientes de que estamos evadiendo la tarea en cuestión,
sino también de que hacerlo es probablemente una mala idea. Y aun
así, lo hacemos de todas maneras.

“Esta es la razón por la que decimos que la procrastinación es


esencialmente irracional”, dijo Fuschia Sirois, una profesora de
Psicología en la Universidad de Sheffield. “No tiene sentido hacer algo
que sabes que tendrá consecuencias negativas”.

Agregó: “Las personas se enganchan en este círculo irracional de


procrastinación crónica debido a una incapacidad para manejar estados
de ánimo negativos en torno a una tarea”.

Espera. ¿Procrastinamos debido a estados de ánimo negativos?

En breve: sí.

La procrastinación no es un defecto del carácter o una maldición


misteriosa que ha caído en tu habilidad para administrar el tiempo,
sino una manera de enfrentar las emociones desafiantes y estados de
ánimo negativos generados por ciertas tareas: aburrimiento, ansiedad,
inseguridad, frustración, resentimiento y más.

“La procrastinación es un problema de regulación de emociones, no un


problema de gestión de tiempo”, dijo Tim Pychyl, un profesor de
Psicología y miembro del Grupo de Investigación sobre Procrastinación
en la Universidad Carleton en Ottawa, Canadá.
En un estudio de 2013, Pychyl y Sirois descubrieron que la
procrastinación puede ser entendida como “la primacía de la reparación
del estado de ánimo a corto plazo… por encima del objetivo de las
acciones planeadas a un plazo más largo”. Explicado de manera
sencilla, la procrastinación es enfocarse más en “la urgencia inmediata
de administrar los estados de ánimo negativos” que en dedicarse a la
tarea, dijo Sirois.

La naturaleza particular de nuestra aversión depende de la tarea


asignada o la situación. Podría ser debido a que la tarea misma es
inherentemente poco placentera, como tener que limpiar un baño sucio
u organizar una aburrida y larga hoja de cálculo para tu jefe. Sin
embargo, también podría resultar de sentimientos más profundos
relacionados con la tarea, como dudar de uno mismo, tener baja
autoestima, sentir ansiedad o inseguridad. Cuando fijas la mirada en un
documento en blanco, tal vez estás pensando: “No soy lo
suficientemente inteligente para escribir esto. Incluso si lo soy, ¿qué
opinará la gente de él? Escribir es tan difícil. ¿Qué pasa si lo hago
mal?”.

Todo esto puede llevarnos a pensar que hacer a un lado el documento y


en cambio limpiar los frascos de la alacena es una muy buena idea.

No obstante, por supuesto, eso solo engloba las asociaciones negativas


que tenemos con la tarea, y esos sentimientos todavía estarán ahí
cuando volvamos a ella, junto a estrés y ansiedad aumentados,
sentimientos de baja autoestima y de culpabilidad.

De hecho, existe un cuerpo de investigación completamente dedicado a


los pensamientos rumiantes y sentimientos de culpabilidad que muchos
de nosotros tenemos a raíz de la procrastinación, los cuales son
conocidos como Cogniciones Procrastinatorias. Los pensamientos que
tenemos sobre procrastinación suelen exacerbar nuestra angustia y
estrés, lo que contribuye a todavía más procrastinación, dijo Sirois.

No obstante, el alivio temporal que sentimos cuando procrastinamos es


lo que realmente hace muy vicioso el círculo. En el presente inmediato,
suspender una tarea brinda alivio —”has sido recompensado por
procrastinar”, dijo Sirois—. Y el conductismo básico nos ha enseñado
que cuando somos recompensados por algo, tendemos a hacerlo de
nuevo. Esta es precisamente la razón por la que la procrastinación
tiende a no ser un comportamiento una vez, sino un círculo, uno que
fácilmente se convierte en un hábito crónico.

Con el paso del tiempo, la procrastinación crónica tiene costos no solo a


la productividad, sino efectos destructivos medibles en nuestra salud
mental y física, incluidos estrés crónico, angustia general psicológica y
baja satisfacción con nuestra vida, síntomas de depresión y
ansiedad, hábitos deficientes de salud, enfermedades crónicas e
incluso hipertensión y enfermedades cardiovasculares.
Pero creí que procrastinamos para sentirnos mejor

Si parece irónico que procrastinamos para evitar sentimientos


negativos, pero terminamos sintiéndonos aún peor, es porque así es. Y
de nuevo, debemos agradecer a la evolución.

La procrastinación es el ejemplo perfecto del sesgo del presente, la


tendencia de nuestra mente a dar prioridad a necesidades a corto plazo
en vez de las de a largo plazo.

“Realmente no fuimos diseñados para pensar hacia adelante en el


futuro más lejano porque necesitábamos enfocarnos en proveer para
nosotros mismos en el aquí y ahora”, dijo el psicólogo Hal Hershfield,
un profesor de Mercadotecnia en la Facultad Anderson de
Administración de la Universidad de California en Los Ángeles.

La investigación de Hershfield ha mostrado que, a nivel neuronal,


percibimos a nuestros yo del futuro más como extraños que como parte
de nosotros mismos. Cuando procrastinamos, hay partes de nuestro
cerebro que realmente piensan que las tareas que estamos
suspendiendo —y los sentimientos negativos que las acompañan y que
nos esperan del otro lado— son problema de alguien más.

Para empeorar las cosas, somos incluso menos capaces de tomar


decisiones bien analizadas y orientadas al futuro en medio de una
situación de estrés. Cuando nos enfrentamos con una tarea que nos
hace sentir ansiosos o inseguros, la amígdala —la parte del cerebro que
funciona como “detector de amenazas”— percibe esa tarea como una
amenaza genuina, en este caso a nuestra autoestima o nuestro
bienestar. Incluso si intelectualmente reconocemos que suspender la
tarea nos creará más estrés en el futuro, nuestros cerebros están
todavía conectados para preocuparnos más por eliminar la amenaza en
el presente. Los investigadores llaman a esto “secuestrar la amígdala”.

Desafortunadamente, no podemos simplemente decirnos a nosotros


mismos que dejemos de procrastinar. Y a pesar de la abundancia de los
“trucos de productividad”, que se enfocan en cómo hacer más trabajo,
estos no abordan de raíz la causa de la procrastinación.
Cómo llegamos a la raíz de lo que causa la procrastinación

Debemos darnos cuenta de que, en esencia, la procrastinación es un


asunto de emociones, no de productividad. La solución no involucra
descargar una aplicación de gestión de tiempo o aprender nuevas
estrategias de autocontrol. Tiene que ver con manejar nuestras
emociones de una manera diferente.

“Nuestros cerebros siempre están buscando recompensas relativas. Si


tenemos un círculo de hábitos alrededor de la procrastinación pero no
hemos encontrado una mejor recompensa, nuestro cerebro continuará
haciéndolo una y otra vez hasta que le demos algo mejor que hacer”,
dijo Judson Brewer, director de investigación e innovación en el Centro
de Plenitud Mental de la Universidad de Brown.

Para reconfigurar cualquier hábito, tenemos que darle a nuestro


cerebro lo que Brewer llamó la Mejor y Más Grande Oferta.

En el caso de la procrastinación, tenemos que encontrar una mejor


recompensa que evadir, una que pueda aliviar nuestros sentimientos
desafiantes en el presente sin causar daño a nuestros yo del futuro. La
dificultad de romper la adicción a procrastinar en particular es que
existe un número infinito de acciones sustitutas potenciales que todavía
podrían ser formas de procrastinación, dijo Brewer. Es por ello que la
solución debe ser interna, y no dependiente de cualquier cosa excepto
nosotros mismos.
Ahora ve a terminar de ordenar alfabéticamente esos frascos de
especias antes de que se convierta en lo siguiente que comiences a
procrastinar.