Está en la página 1de 2

Un nacionalismo banal

Por Íngrid Johanna Bolívar *

En Revista Semana, 1260, Edición especial - El símbolo de

Colombia, junio 26-julio 3, pp. 148. Bogotá.


* Profesora de Ciencia Política, Universidad de los Andes.

La historia oficial ya no es la única que determina qué es un símbolo y qué no. La sociedad también
los elige.

Hace unos años se creía que la caída del socialismo real, la integración europea, el auge del
mercado y las tecnologías de información acabarían con la importancia política y sentimental de
las identidades nacionales. En contra de tales pronósticos, observamos una constante preocupación
por aquello que identifica a un país. Incluso existe una mayor disposición para ver que los símbolos
nacionales, además de los patrios, también pueden ser objetos y prácticas sumergidas en las rutinas
cotidianas.

Hay quienes hablan de 'nacionalismo banal', precisamente para desacralizar la referencia a la


identidad colectiva y para mostrar que ella se teje a través de programas de televisión, discursos
políticos, eventos musicales y deportivos, planes de turismo y secciones de periódicos. En
Colombia el 'nacionalismo banal' coexiste con la tendencia a suponer una contradicción entre lo
regional y lo nacional. Se suele olvidar que las identidades se ponen en marcha en contextos
específicos.

Las identidades y los símbolos son relaciones, aun cuando las detectemos en unos objetos que dan
información relacionada con sectores sociales específicos y regiones determinadas; con grupos
sociales que le han otorgado un valor moral; con lugares y eventos, referencias geográficas.

Sin embargo, todos estos objetos tienden a aparecer hoy ante los ojos desprevenidos como eso,
como objetos, como referentes geográficos o sociales, desprovistos de historia y de relaciones
conflictivas. Difícilmente alcanzamos a preguntarnos por qué el Magdalena y no el Orinoco o el
Amazonas, por qué las tres cordilleras y no las llanuras del oriente, por qué el café y el tabaco y
no la papa o la coca.

El café y el tabaco y no la papa porque promovieron la articulación de Colombia en el mercado


internacional. No la coca por nuestros temores políticos, porque incluso cuando genera
identificación y provee de trabajo a amplios sectores, es ilegal, El poporo Quimbaya en vez de no
sé qué otro artefacto indígena porque nos deja inscribir en la historia del desarrollo técnico de las
sociedades. El machete y no el tractor porque, a pesar de la presencia de empresarios y
comerciantes, han sido los colonos los que destajan, penetran, domestican y luego venden.

Así podríamos seguir con cada uno de los símbolos que nos 'representan'. Cada uno de ellos refleja
una historia que tiende a ocultar o a presentar como algo casual un bocadillo, un aguardiente, un
agua de panela. Los tres hablan de economías de tierra caliente. A los tres nos los topamos en
rutinas específicas y podemos usarlos de distintas formas. Nos pueden proveer de identidad como
lo hacen otros fenómenos sociales de importancia nacional, pero que el comité asesor de este
proyecto decidió sacar por sus connotaciones negativas: la coca, la violencia, el narcotráfico.

Los objetos o símbolos que logran dar identidad no son buenos ni malos. La identidad nacional es
una forma de relación con un colectivo que ha sido históricamente privilegiado: el nosotros
nacional. Una vez reconocido esto, podríamos preguntar: ¿desde cuándo se necesita una identidad?
¿Para qué? Las identidades nada explican… exhiben y ocultan una historia.

También podría gustarte