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CÓMO NOS LLEGÓ LA BIBLIA

Lección 1
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Usted está dando inicio al estudio del más maravilloso libro del mundo. La Biblia a me-
nudo ha sido llamada "el libro" y esto es correcto ya que la Biblia se clasifica por sí mis-
ma. La Biblia significa "libro". En realidad la Biblia es una colección de 66 libros escritos
por unos 40 autores. Estos autores produjeron sus escritos en diferentes países durante un
período de 1600 años. La historia de cómo nos vino este extraordinario libro, con cada
parte adecuadamente unida a las otras y sin contradecirse, es lo más interesante. Nosotros
concluimos que un libro así solamente pudo haber salido de Dios.

Cómo fue escrita la Biblia


La Biblia está dividida en dos grandes divisiones conocidas como el Antiguo Testamento
y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento es unas tres veces más largo que el Nue-
vo Testamento y sus escritos fueron completados
unos 400 años antes del nacimiento de Cristo. Origi-
nalmente los escritos bíblicos fueron escritos a
mano sobre pieles de animales (pergaminos) o sobre
papel hecho de papiro. La imprenta todavía no ha-
bía sido inventada; por eso cada copia original tenía
que hacerse a mano. De ahí que las copias eran es-
casas y sumamente valiosas.
Los 39 libros del Antiguo Testamento fueron escritos en hebreo, excepto algunas pequeñas
porciones que fueron escritas en arameo. Los primeros cinco fueron escritos por Moisés, por
ahí del 1500 A.C. (antes de Cristo). Durante los siguientes mil años se escribieron los res-
tantes libros, y parece que Esdras, el escriba, los coleccionó en un solo libro (Nehemías
8:5) por ahí del 400 A.C. En el tercer siglo antes de Cristo la primera gran traducción del
Antiguo Testamento de hebreo a griego, se hizo en Alejandría, Egipto. Fue llamada la Sep-
tuaginta (significa setenta) porque fue traducida por setenta eruditos. Cristo a menudo
citó esta versión o un texto hebreo similar a ella.
Los 27 libros del Nuevo Testamento se escribieron en griego por ocho hombres, varios de
ellos apóstoles de Cristo, en el primer siglo D.C. (después de Cristo). El Nuevo Testamen-
to cubre sucesos ocurridos en ese siglo, incluyendo la vida de Cristo y el establecimiento de
su iglesia. A pesar de que es cierto que todas las copias originales del Antiguo Testamento
han sido perdidas o destruidas, nosotros tenemos los escritos exactamente como ellos fue-
ron producidos. Muchas copias han sido preservadas y están a la disposición de los eruditos
para que las usen en traducciones a otras lenguas. Las tres más importantes son el Ma-
nuscrito Vaticano que está en el Vaticano en Roma, escrito en el siglo cuarto; el Manuscri-
to Alejandrino, que actualmente se encuentra en el Museo Británico en Londres, escrito en
el siglo quinto; y el Manuscrito Sinaítico que también se encuentra en el Museo Británico y
que fue escrito en el siglo cuarto. Además hay cientos de otras copias de menor importancia
las cuales son de valor para los traductores y que nos aseguran que nosotros tenemos los
escritos originales del Nuevo Testamento.
Los Rollos del Mar Muerto, los primeros de los cuales fueron descubiertos en 1947 en una

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caverna cerca del Mar Muerto y los cuales datan del primero o segundo siglo antes de
Cristo, han ayudado a recientes traducciones del Antiguo Testamento. Estos han contri-
buido para verificar la exactitud de los manuscritos de los cuales ya anteriormente se ha-
bían hecho traducciones. De esta manera nosotros nos sentimos más confiados de que en
verdad poseemos el mensaje de las escrituras del Antiguo Testamento.
Hay dos fuentes adicionales de información acerca de los libros originales del Nuevo
Testamento. Una es la traducción hecha inmediatamente después de que el Nuevo Testa-
mento fue escrito. La más importante, escrita en Latín, es llamada la Vulgata y fue com-
pletada por Jerónimo en 405 D.C. Nosotros también tenemos numerosas citas que los pa-
dres de la primitiva iglesia hicieron sobre la Biblia. Al comparar los manuscritos griegos,
las primeras traducciones, y las citas de los padres de la primitiva iglesia, los eruditos de la
Biblia han podido determinar con gran exactitud lo que los autores del Nuevo Testamento
escribieron. En efecto, tan seguros estamos de que nosotros tenemos la Biblia casi como fue
dada que podemos afirmar positivamente que ninguna doctrina de la Biblia ha sido afecta-
da ni en lo mínimo en las copias que de ella se han hecho a través de los siglos.

La Biblia en español
Hoy día cuando se venden Biblias a bajo precio en las librerías y
hasta las regalan las sociedades bíblicas, es probable que no nos demos
cuenta del precio que pagaron los heroicos sabios españoles para otor-
garnos el privilegio de leer en nuestra propia lengua la preciosa palabra
de Dios.
Durante muchos siglos de cristiandad al pueblo le fue prohibido leer la
Biblia, por miedo de que no la comprendiera sin un docto de la iglesia
para guiarle en su pensamiento.
En 1233 el Concilio de Tarragona promulgó un decreto que prohibió
a clérigos tanto como a laicos toda versión de la Biblia que no fuera en
latín. A pesar de la prohibición oficial ningún pueblo del mundo ha demostrado más que el
español el anhelo por conocer la palabra de Dios.
Así que es rica y extensa la literatura bíblica-religiosa de España, la cual abarca toda su
historia y en ciertas épocas domina el pensamiento nacional.
Entre las varias obras históricas, científicas y jurídicas que produjeron los traductores
del Rey Alfonso X el Sabio (1252-84), se encuentra una paráfrasis de partes del Antiguo
Testamento. Estos trozos, traducidos del latín de la versión Vulgata al viejo castellano,
se mezclaron con materias seculares en lo que aspiraba ser una vasta y total enciclope-
dia del saber humano.
La famosa Biblia Políglota Complutense, redactada en la Universidad de Alcalá por filólo-
gos clásicos y orientales bajo dirección del Cardenal Jiménez de Cisneros, se empezó a publi-
car en 1514 y se terminó en 1517. Este gran monumento de la erudición bíblica española
consta de una versión del Antiguo Testamento con textos en el hebreo, el griego de la
septuaginta y el caldeo, y una traducción interlineal en latín; además de una versión bilin-
güe del Nuevo Testamento con la Vulgata latina y un nuevo texto griego en columnas
paralelas. Desafortunadamente estos estudios bíblicos sólo estaban al alcance de unos po-
cos doctos y eruditos bajo la supervisión de la iglesia.
Sin embargo, uno de los centros más vigorosos del pensamiento reformista surgió de este
ambiente de erudición bíblica. En esta época (1528-1558) la Catedral de Sevilla tenía

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una serie de predicadores distinguidos quienes habían estudiado en la Universidad de Al-
calá y quienes inspiraron a los jóvenes destinados a encabezar el movimiento reformista en
España y a ser los primeros en traducir la Biblia en español. La invención de la tipogra-
fía por Juan Gutenberg, impresor alemán, en 1440 había facilitado la producción en serie
de libros. Con esta invención nació la edad del libro, la edad de la Biblia.
Cuando la imprenta se instaló en tres ciudades de España en 1472*, el primer libro impreso
versó sobre un tema religioso. Ya que no había de copiarse a mano los manuscritos, el interés
aumentó en traducir la Biblia a la lengua común y corriente para que pudiera leerla el laico.
Desiderio Erasmo (1469-1536), agustino holandés quien se distinguió por su dedicación a
los ideales éticos más bien que a los ritos ceremoniales, ejerció una influencia considerable
en la Europa de su tiempo, especialmente en España y dio ímpetu al movimiento de Reforma,
es decir, de reformar la corrupción de la iglesia.
Ante esta amenaza a su autoridad, la iglesia nacional española reaccionó con el movi-
miento contrarrsformista, aumentando la persecución de los reformadores. Entre las refor-
mas propuestas, éstos apoyaban la idea de poner la Biblia al alcance del pueblo común por
medio de una traducción al castellano corriente.
Temprano en el reinado de Felipe II, cuando la persecución religiosa extinguió los primeros
brotes del protestantismo en España, la mayoría de los protestantes fueron quemados vivos o
ahorcados en los autos-de-fe de 1559-62 en Valladolid y Sevilla.
Así que los clérigos reformistas que lograron escaparse al destierro sentían la misión ur-
gente de producir una Biblia en español, de modo que todo hombre pudiera acercarse a Dios
sin la ayuda o intervención de ninguna figura eclesiástica.
En tal ambiente religioso-intelectual surgió la inspiración que produjo las primeras tra-
ducciones completas de la Biblia en español.
Entre los más importantes precursores de la versión Reina figura la primera traducción
castellana del Nuevo Testamento traducido del griego original por Francisco de Encinas,
joven español de Burgos. Encinas fue considerado helenista de primera categoría y
su traducción ha sido juzgada como merecedora de altos elogios.
El joven erudito explicó que había traducido el Nuevo Testamento al castellano porque
"todas las otras naciones de Europa ya gozan de este beneficio" y porque los que no pueden
leer la Biblia en su propia lengua tienen que "ver por ajenos ojos y oír por ajenos oídos." Es-
ta traducción fue impresa en Amberes en 1543. Desafortunadamente el Confesor de Carlos V
mandó confiscar los libros y encarcelar al traductor. En aquella época los ejércitos españoles
ocupaban los países bajos. En 1546 el Concilio de Trente promulgó un decreto que prohibía
la traducción de las escrituras al idioma corriente y proclamó la Vulgata en latín única versión
aprobada.
La más destacada versión castellana del Antiguo Testamento, publicada en Ferrara,
Italia en 1553, fue obra de Yom Tob Atias y Abraham Usque, dos judíos sefarditas, para el
uso de los judíos que habían sido expulsados de España al comienzo del siglo.
La primera Biblia completa impresa en español fue obra de Casiodoro de Reina, un monje
del monasterio de San Jerónimo de San Isidro de Sevilla, quien había huido dos años an-
tes de la persecución de 1559, año en que fueron quemadas vivas muchas personas sospe-
chosas de reformismo.
Después de 12 años de trabajo, a pesar de padecer el destierro, la pobreza y la enfer-
medad, Reina logró terminar su traducción, la que se toma directamente de los idiomas

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originales hebreo y griego. "Procuró ceñirse al texto sin quitar nada… ni añadir cosa algu-
na sin marcarla de distinta letra que el texto común o encerrarla entre vírgulas."
Publicada en Basilea en 1569. Esta traducción fue fácilmente identificada por la Inquisi-
ción a causa del símbolo del oso en la portada, como marca de la casa tipográfica donde se
imprimió. Siendo tan fácil la identificación de la Biblia prohibida, la mayoría de los
2.600 ejemplares fueron destruidos.
Cipriano de Valera, quien pertenece a una generación más joven que Casiodoro, vivió las
mismas circunstancias y experiencias. Era sevillano, monje en San Isidro y también tuvo que
buscar asilo en el extranjero, temeroso de los rigores de la Inquisición.
Dedicó unos 20 años a su revisión del texto de Reina, la que se publicó en Ámsterdam
en 1602.
Los cambios que hizo en la obra consistieron principalmente en la modernización del
vocabulario y la ortografía, el suprimir las notas marginales, y el distinguir más clara-
mente entre los libros canónicos del Antiguo Testamento y los apócrifos. Reina había in-
tercalado los libros apócrifos entre los canónicos pero Valera los colocó juntos después del
Antiguo Testamento.
Adelantándose a su siglo, Casiodoro de Reina recomendó que la Biblia fuera revisada pe-
riódicamente y eso no por uno o pocos traductores, sino por todo un equipo de eruditos
eclesiásticos escogidos de entre la iglesia y la universidad, así evitando cualquier tenden-
cia doctrinal de un solo traductor.
Precisamente de esta manera fue hecha la revisión de 1960 de la traducción Reina-
Valera, preparada por un comité distinguido de eruditos. Es la versión que más se lee hoy
día. Esta traducción también tiene la ventaja del conocimiento de los rollos del Mar Muerto,
descubiertos en 1947, y que antedatan todo manuscrito bíblico anterior.
Entre otras traducciones importantes figura la de Felipe Scío de San Miguel, 1794-97,
traducida de la Vulgata latina, primera Biblia católica en español y la primera Biblia im-
presa en España. Fue seguida por la versión católica de Félix Torres Amat, 1823-25, tam-
bién traducida de la Vulgata.
Las Biblias católicas que más se usan hoy día son la traducción de Eloino Nácar Fuster
y Alberto Colunga, publicada en Madrid en 1944, la primera Biblia católica española tra-
ducida de los idiomas originales hebreo y griego; y la traducción de José M. Bover y Fran-
cisco Cantera Burgos, publicada en 1947, que también se toma directamente de los idio-
mas originales.
Hoy contamos con otras valiosas traducciones en español. Conviene aclarar que las dife-
rencias entre las varias versiones se limitan al estilo literario, la claridad de expresión, la
organización técnica y la presentación artística, y que no presentan mayores conflictos en
cuanto a la doctrina. 1

La Biblia es la Palabra de Dios


La Biblia reclama ser inspirada. Pedro dijo: "...los santos hombres de Dios hablaron
siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 Pedro 1:21). El Espíritu Santo guió a los escritores
de la Biblia para evitar que ellos cometieran errores. "Lo cual también hablamos, no con

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Hemos incorporado este artículo "La Biblia en español" de Mary Ellen Volk, Profesora Emérita de Midwestern State
University, asociada a Spanish Literature Ministry, por considerarlo muy importante para el estudio que seguimos.
Esperamos que ha de ser de gran interés para nuestros lectores de habla española.

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palabras enseñadas por la sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu" (1 Corin-
tios 2:13). A causa de esto no se encuentran contradicciones en la Biblia. Aquellas cosas
que parecen contradictorias desaparecen bajo una seria investigación.
Eso de que la Biblia es verdad puede ser demostrado por varias de sus características.
La Biblia es científicamente exacta, aun cuando no es un libro de ciencia. Históricamente
también es exacta. Cada intento para probar que tiene equivocaciones históricas ha fa-
llado. Pro/éticamente también es correcta la Biblia. Así se ha visto en muchas profecías las
cuales se han cumplido. Es imparcial, pues presenta ambas cosas, lo bueno y lo malo de los
hombres. No encubre los pecados de nadie; aun cuando se trate de alguien que sea un "va-
rón según el corazón de Dios." En ella se presenta el más alto grado de moralidad del
mundo. Finalmente, la Biblia nunca ha sido destruida, a pesar de los muchos intentos pa-
ra exterminarla.

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DIVIDIENDO CORRECTAMENTE LA PALABRA
Lección 2
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué
avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15). En esta lección tratare-
mos de 'dividir propiamente' la palabra, para que podamos manejarla mejor.

Divisiones de la Biblia

Los 66 libros de la Biblia tienen dos divisiones mayores llamadas el Antiguo Testamento y
el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento explica la relación de Dios con el hombre antes
de que viniera Jesucristo; el Nuevo Testamento nos habla acerca de la vida de Cristo y cómo Dios
trata con nosotros hoy. Es importante para nosotros darnos cuenta que debemos ir al Nuevo
Testamento y no al Antiguo si es que deseamos saber cómo hacernos cristianos y cómo vivir
la vida cristiana.
En Lucas 24:44, Jesús menciona tres divisiones del Antiguo Testamento cuando él se re-
fiere a la ley de Moisés, los profetas y los Salmos. Para el propósito de nuestro estudio divi-
diremos el Antiguo Testamento en cinco divisiones mayores: la ley, historia judía, poesía,
profetas mayores y profetas menores. El Nuevo Testamento lo dividiremos en los evan-
gelios, historia, las epístolas de Pablo, epístolas generales, y profecía.

Los libros del Antiguo Testamento

Los cinco primeros libros del Antiguo Testamento son conocidos como los libros de la ley
y son llamados algunas veces el Pentateuco (significa cinco libros). Fueron escritos por Moi-
sés y describen la historia del hombre durante sus primeros años de existencia. Génesis nos
cuenta la historia de la creación y la caída del hombre, el diluvio y los eventos de la Edad
Patriarcal. En este período la ley de Moisés no se había escrito. Se llama la Edad Patriar-
cal o dispensación por cuanto la adoración a Dios era conducida por cada padre de familia.
Una vez que la ley de Moisés se dio, nació un sistema de adoración organizado a escala na-
cional. El libro de Éxodo relata la historia de la liberación de los hijos de Israel (llamados más
tarde judíos) de la tierra de Egipto y nos cuenta de sus cuarenta años de vida en el desierto.
Levítico, Números y Deuteronomio nos cuentan más de este viaje, y también inscribieron la
ley de Moisés, la cual
gobernó al pueblo esco-
gido de Dios, los israe-
litas, desde ese tiempo
hasta la muerte de
Cristo. El período des-
de Moisés a Cristo es
conocido como la

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Edad Mosaica.
Hay doce libros de historia que siguen, los cuales documentan la historia de la nación ju-
día. Esto incluye la narración de cómo Israel vino a ser una gran nación, cómo ellos pecaron
y fueron llevados en cautiverio a un país lejano, y finalmente cómo parte de ellos regresaron del
cautiverio. Estos libros son Josué, Jueces, Rut, 1 y 2 de Samuel, 1 y 2 Reyes, 1 y 2 Cróni-
cas, Esdras, Nehemías, y Ester. Los autores de algunos de estos libros son desconocidos.
Los cinco libros de poesía son principalmente libros de devoción y exhortación. A nosotros
no nos parecerán tan poéticos porque algunas formas poéticas se han perdido en las traduccio-
nes, pero de cualquier manera éstos están entre los libros más amados de la Biblia. Incluyen:
Job (autor desconocido), los Salmos o cánticos de alabanza, escritos principalmente por David,
Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares todos escritos por Salomón. Probablemente la
pieza mejor conocida en el mundo, sea el Salmo 23. Uno no podría encontrar en nuestros días
mayores palabras de sabiduría como en las amonestaciones de Salomón. El libro de Job es una
narración de un hombre rico que perdió todo lo que tenía, pero que mantuvo su fe en Dios a
pesar de ello, y que al final es doblemente recompensado por su fidelidad.
Los libros profetices están generalmente divididos en profetas mayores y profetas meno-
res. Se llaman profetas mayores por ser los libros de mayor extensión. Con la excepción de
Lamentaciones, escrito por Jeremías, todos los libros de profecía fueron escritos por los hom-
bres cuyos nombres ellos llevan. Los cinco libros de profecía mayor son Isaías, Jeremías, Lamen-
taciones, Ezequiel y Daniel. Los profetas menores son: Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás,
Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, y Malaquías. Isaías a menudo es lla-
mado el profeta mesiánico a causa de que él profetiza más que cualquier otro la venida de Cris-
to. Daniel incluye, además de la profecía, eventos muy interesantes que ocurrieron durante el
cautiverio de los judíos en Babilonia. Muchos de estos libros versan sobre cosas las cuales iban a
suceder pronto a los judíos y a sus vecinos.

Los libros del Nuevo Testamento

Malaquías es el último libro del Antiguo Testamento. Los primeros cuatro libros del Nuevo
Testamento (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) son escritos por los hombres cuyos nombres tienen.
Estos son conocidos como los cuatro evangelios. La palabra evangelio significa “buenas
nuevas” y estos libros nos cuentan las buenas nuevas de
la venida de Cristo para salvar al género humano. Ac-
tualmente cada uno es una biografía de Jesús. Mien-
tras que cada uno registra algunos de los mismos
eventos, también cada uno contiene cosas que no se en-
cuentran en los otros tres. Juntos nos dan la historia
completa de la vida, muerte y resurrección de Cristo.
Con la muerte de Jesús vino el fin de la Edad Mo-
saica y el principio de la Edad Cristiana la cual se ex-
tenderá hasta el fin del tiempo. El libro de Hechos, escri-
to por Lucas, es un libro de historia. Nos narra cómo se
estableció la iglesia de Cristo y da un registro de las ac-
tividades de algunos de los apóstoles y mucho de la his-

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toria de la iglesia primitiva. También es llamado el libro de las conversiones porque es el
libro principal al cual nosotros debemos acudir para hallar cómo la gente llegaba a ser
cristiana en aquellos días.
Los próximos 21 libros son epístolas que enseñan a los cristianos cómo vivir. Algunas fue-
ron escritas a individuos y otras a varias congregaciones. Las primeras 14, escritas por
Pablo, son conocidas como Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colo-
senses, 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, Filemón y Hebreos. Las otras siete cartas
a menudo son llamadas epístolas generales para distinguirlas de las escritas por Pablo.
Estas son: Santiago, 1 y 2 Pedro, 1, 2, 3 Juan y Judas. Todas fueron escritas por los hombres
por quienes están nombradas.
El último libro de la Biblia es Apocalipsis, un libro de profecía escrito por Juan. Nos habla
de las cosas que “deben suceder pronto” (Apocalipsis 1:1). Aunque partes de este libro son
difíciles de comprender, es un libro muy valioso y digno de nuestro estudio.
Así hemos dividido la Biblia en sus propias porciones. El Nuevo Testamento es más va-
lioso para nosotros hoy que el Antiguo Testamento porque nos dice cómo vivir, mientras
que la ley del Antiguo Testamento se aplica sólo a aquellos que vivieron antes de Cristo.
Por esta razón, en este curso, nosotros daremos más énfasis al Nuevo Testamento que al
Antiguo.

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LA CREACIÓN Y LA CAÍDA DEL HOMBRE
Lección 3
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

La mejor manera de empezar una historia es desde el principio; así es como la Biblia
comienza. El significado de “Génesis,” el nombre del primer libro, es “el principio.” El pri-
mer versículo de la Biblia dice: “En el principio Dios creó los cielos y la tierra” (Génesis
1:1). Usted notará que la declaración “En el principio Dios...” da por sentado la existencia
de Dios en vez de tratar de probarlo. Siempre los hombres naturalmente han creído en un
Ser Supremo. Los escritores bíblicos, suponiendo que cualquiera persona con inteligencia
media podría ver la obra de Dios por todos lados, no malgastaron espacio en lo que debe ser
evidente a todos. El Salmista escribe: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento
anuncia la obra de sus manos'1 (Salmo 19:1).

Los días de la creación


No se nos ha dicho cuándo fue “el principio” y es inútil para nosotros
especular. Nosotros sabemos que después de que Dios creó la tierra,
ésta estaba “desordenada y vacía.” No sabemos cuánto permaneció en
esta condición. Tiempo más tarde, sin embargo, Dios formó de ella el
mundo en su presente estado natural. El primer día de la creación Dios
hizo la luz y creó el día y la noche. Los cielos (llamados firmamento)
fueron creados el segundo día. Durante los siguientes días él creó los
cuerpos celestiales y la vegetación y el reino animal, de tal manera que
cada especie de animal y planta diera fruto o semilla de su mismo gé-
nero. El sexto día él hizo al hombre a su propia imagen. El séptimo día
Dios descansó de su labor.

La caída del hombre


Dios colocó a Adán, el primer hombre, en un bello jardín, en Edén. Por cuanto no era
bueno para Adán estar solo, Dios le mandó un sueño profundo y le quitó una costilla de su
lado, de la cual él hizo a una mujer que vino a ser la esposa de Adán. Adán la llamó Eva
por cuanto ella sería la madre de todos los vivientes. Dios le dio a la primera pareja la res-
ponsabilidad de guardar el jardín y les dio una sola prohibición -ellos no podrían comer
del árbol de la ciencia del bien y del mal “porque el día que de él comieres, ciertamente mo-
rirás,” les dio Dios (Génesis 2:17). Un día, sin embargo, la serpiente (la cual podía hablar) le
dijo a Eva que si comía del fruto de ese árbol no moriría. Esta es la primera mentira que
menciona la Biblia. Eva le creyó y alargó su mano y comió y dio también a su marido. In-
mediatamente ellos ya eran conscientes de lo bueno y lo malo, y se escondieron de Dios por-
que por primera vez se dieron cuenta de que estaban desnudos. Así fue el primer pecado del
hombre. Se nos ha dicho que “el pecado es la trasgresión de la ley” (1 Juan 3:4). Adán y
Eva quebrantaron así la ley de Dios desobedeciendo su mandamiento.
Por cuanto ellos pecaron, Dios los castigó de varias maneras. Dios los echó del jardín;
a la mujer Dios le dio el parir con dolor los hijos; al hombre, Dios lo forzó a trabajar por su
comida entre cardos y espinos; lo peor de todo, fue que la muerte entró a causa del pecado
de Adán y así pasó a todo el género humano. Y desde ese tiempo hasta hoy, todos los hom-
bres, con la excepción de Enoc y Elías, han muerto físicamente. Además, la muerte espiritual

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-la eterna separación de Dios- entró al mundo desde el día que Adán y Eva pecaron.
Nosotros heredamos de nuestros padres las flaquezas humanas, las cuales con
el tiempo nos conducen al pecado. Pero nosotros no heredamos la CULPA del pe-
cado de Adán o de nuestros padres. Se nos dice: “Cada uno de nosotros dará a
Dios cuenta de sí” (Romanos 14:12). Nosotros debemos responder por nuestros
propios pecados y no por los pecados de otros. “Por cuanto todos pecaron y es-
tán destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Y tenemos necesidad de Cris-
to para que él nos redima de nuestros pecados y así podamos tener una casa eter-
na en los cielos. Esto se discutirá en detalle en otra lección.
Los primeros dos hijos nacidos a Adán y Eva fueron Caín y Abel. Un día Caín se enojó
contra su hermano y lo mató. Así ocurrió el primer asesinato. Por su pecado Caín fue deste-
rrado de su gente. Adán y Eva tuvieron muchos otros hijos (Génesis 5:4). Y naturalmente
ellos se casaron entre ellos mismos para formar las familias. Se dice poco acerca de los si-
guientes años, excepto que el número de hombres sobre la tierra se multiplicó grandemente
y las gentes ofendieron a Dios a causa de su pecado. En esos días los hombres podían vivir
muchos años. El hombre más viejo que menciona la Biblia es Matusalén el cual vivió 969
años. Aún Adán vivió 930 años.

El diluvio
La maldad del hombre afligió tanto a Dios que él decidió
destruirlo. Había un hombre justo llamado Noé, a quien Pe-
dro llama “predicador de justicia” (2 Pedro 2:5). El Señor
decidió salvarlo juntamente con su familia. El mandó a
Noé construir un arca y le dio las especificaciones exac-
tas. Noé construyó el enorme barco exactamente como
Dios se lo había ordenado. Como fue importante para Noé seguir las instruccio-
nes que recibió del Señor, así nosotros debemos estar seguros de que estamos
cumpliendo los mandamientos de Dios, tal como él nos los ha dado. Cuando el arca
fue terminada Dios le dijo a Noé que metiera en ella siete parejas de cada animal limpio y
una pareja de cada animal impuro. Algunas personas se preguntan si el arca era lo suficien-
temente grande para acomodar todas las especies. El arca tenía 300 codos de largo, 50
codos de ancho, y tres pisos de alto (eso sería al menos 450 pies de largo y 75 pies de an-
cho). Cuando todo estaba listo, Noé, su esposa, sus tres hijos (Sem, Cam y Jafet) y sus
esposas, entraron al arca y esperaron ahí siete días. Empezó a llover y las lluvias continuaron
por cuarenta días, cubriendo la tierra con un gran diluvio.
Pedro, para demostrar que el bautismo es esencial para la salvación, toma a
Noé como ejemplo cuando dice: “Los que en otro tiempo desobedecieron, cuan-
do una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se prepa-
raba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por
agua. El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva...” (1 Pedro 3:20,21).
El agua estuvo sobre la tierra por 150 días (Génesis 7:24). El arca vino a descansar en
los montes de Ararat. Finalmente salieron los ocho del arca, un año y diez días después de que
empezó el diluvio, y ofrecieron un sacrificio a Dios. Dios prometió que nunca más destruiría
la tierra por agua y como señal colocó el arco iris en el cielo.
El diluvio terminó el Período Antediluviano (antes del diluvio). El tiempo después del
diluvio es conocido como el Período Postdiluviano.
Después del diluvio, los descendientes de Noé tenían miedo de que otra vez ellos fueran

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esparcidos. Por eso ellos resolvieron construir una torre cuya cúspide llegara al cielo. Esto
no agradó a Dios, por lo que él confundió su lenguaje para que no se pudieran entender en-
tre sí. Esto hizo entonces que se esparcieran en diferentes direcciones. Los hijos de Jafet
fueron al norte. La mayoría de las personas de Europa y América son probablemente des-
cendientes de Jafet. Los hijos de Cam se establecieron en Canaán y Egipto y otros países en
esa región, mientras que los hijos de Sem vinieron a ser los padres de los semitas los cua-
les incluyen a los judíos. Jesucristo fue un descendiente de Sem. Para comprender mejor este
período lea los primeros once capítulos de Génesis.

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LOS PATRIARCAS
Lección 4
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

En la pasada lección vimos la historia del hombre a través de la Biblia, desde la crea-
ción hasta el diluvio. También estudiamos los eventos ocurridos inmediatamente des-
pués del diluvio. En esta lección estudiaremos las vidas de los patriarcas, y la historia
de cómo sus descendientes llegaron a ser un gran pueblo, mientras fueron esclavos
en Egipto. El período desde la creación hasta la obtención de la ley de Moisés es
llamado la Edad Patriarcal, a causa de que los patriarcas fueron los líderes espiri-
tuales de esta dispensación.

La palabra "patriarca" significa "padre." Los tres grandes patriarcas


—Abraham, Isaac y Jacob— son así llamados por cuanto fueron los padres
del pueblo hebreo a quienes nosotros conocemos como los hijos de Israel,
o judíos.

Abraham
Un descendiente directo de Sem, uno de los hijos de Noé, Abraham nació en Ur de
los Caldeos, en la parte sur donde hoy queda el país de Iraq. Dios vio en Abraham
(conocido entonces como Abram) a un buen hombre. Le mandó dejar su tierra e ir a la
que él le mostraría. Dios le hizo grandes promesas (Gen. 12:1-7). (1) El haría de
Abraham una gran nación. Abraham vendría a ser el padre de los israelitas. (2) El
haría grande su nombre. El, hoy, es honrado por todo el mundo, no solamente por los
judíos, sino también por los cristianos. (3) El le daría una tierra, la cual Abraham co-
noció como Canaán y a la cual nosotros llamamos Palestina. Esta vino a ser el alber-
gue de los hijos de Israel. (4) El bendeciría a aquéllos a quienes Abraham bendijera
y maldeciría a aquellos que lo maldijeran. Un estudio del Antiguo Testamento muestra
que el destino de las naciones vecinas de Israel estaba determinado por la actitud que
ellos tomaran hacia el pueblo escogido de Dios. (5) En el serían bendecidas todas
las naciones de la tierra. Esto se cumpliría en Jesucristo, descendiente de Abraham,
quien bendeciría al mundo al hacer posible la salvación de todo el género humano. La prin-
cipal razón para que el pueblo de Israel fuera especialmente escogido por Dios, fue por cuan-
to el Salvador del mundo iba a venir de esta gran nación.
En obediencia al divino llamamiento, Abraham dejó Ur de los Caldeos y se estableció en la
tierra de Canaán. Génesis 12-25 relata
muchos interesantes eventos acerca del
viaje de Abraham a esa tierra. Ahí, Lot,
su sobrino, lo dejó para ir a establecerse
a la impura ciudad de Sodoma.
Abraham le suplicó a Dios tener mi-
sericordia de esa ciudad, para que no
la destruyera a causa de la presencia
de Lot, pero había tan pocos justos

1
dentro de ella que Dios llevó a cabo su intención de quemarla juntamente con la ciudad de
Gomorra. Lot fue liberado, pero su esposa desobedeció a Dios mirando hacia atrás, y por
eso fue convertida en estatua de sal. Esto es una lección para nosotros en cuanto a que
siempre debemos obedecer a Dios.
El hijo mayor de Abraham fue Ismael cuya madre era Hagar, quien trabajaba para Sara, la
esposa de Abraham. Isaac, el hijo de Sara, nació cuando Abraham tenía 100 años y Sara 90.
Ismael vino a ser el padre del pueblo árabe, mientras Dios completó su promesa a través de
Isaac y sus descendientes. Quizás no haya un ejemplo más grande de fe que aquél cuando
Abraham ofreció en sacrificio a Isaac en obediencia al mandamiento de Dios. Cuando Dios vio
la fe de este gran hombre de Dios, le detuvo la mano a Abraham y salvó la vida de Isaac.
Esta absorbente historia puede leerse en Génesis 22. Abraham murió a los 175 años de edad
y fue sepultado en la cueva de Macpela al lado de Sara su esposa.

Isaac

El segundo de los patriarcas fue Isaac quien vivió 180 años. Dios le repitió su promesa
que antes le había hecho a Abraham, que en su simiente todas las naciones de la tierra se-
rían bendecidas. Isaac se casó con Rebeca su prima, de la cual nacieron gemelos, Jacob y
Esaú. Fue a través del más joven de éstos, Jacob, que la promesa de Dios fue cumplida.

Jacob

El tercer patriarca, Jacob, fue llamado Israel, por Dios. La expresión "los hijos de
Israel" se refiere a todos aquellos que fueron descendientes de Jacob. De Esaú, Jacob
compró su primogenitura por un plato de lentejas (Génesis 25). El también engañó
a su padre para obtener su bendición, la cual pertenecía a su hermano Esaú (Génesis
27). Habiendo así incurrido en la ira de Esaú, huyó a Harán, donde se encontró con
Raquel por la cual él trabajó siete años con el fin de hacerla su esposa. Pero su futuro
suegro lo engañó y le dio a Lea, la hermana mayor de Raquel. Por eso Jacob se casó
con ambas, con Lea y Raquel. Pero tuvo que trabajar otros siete años por Raquel. Lea
la historia en Génesis 28 y 29. Jacob tuvo doce hijos y una hija llamada Dina. Los
hijos de Jacob llegaron a ser los padres de las tribus de Israel.
La historia de los doce hijos de Jacob es
mejor narrada en la vida de José, quien era
su hijo favorito. José es uno de los pocos
caracteres de importancia en la Biblia, de
quien no se dice nada malo. Los hermanos
de José se pusieron celosos por el favori-
tismo de Jacob hacia él, y lo vendieron a la
esclavitud, diciéndole a Jacob que José había
sido muerto. Pero a través de la divina pro-
videncia llegó a ser siervo de Potifar, capi-
tán de guardia del Faraón, rey de Egipto.
Pero a causa de una falta que él no cometió
fue llevado a prisión. Más tarde cuando él
pudo interpretar los sueños del Faraón pro-
nosticando sobre los siete años de abun-
dancia y siete de escasez, fue elevado a una

2
posición en la cual era el segundo después de Faraón. El manejó bien los asuntos
del rey y pudo salvar a Egipto de los años de carestía. Esta escasez hizo que Jacob
enviara diez de sus once hijos a Egipto a comprar grano. Ahí ellos encontraron por
primera vez en muchos años a su hermano a quien habían vendido a esclavitud. La
historia del encuentro de estos hermanos es una de las más conmovedoras que
puede leerse. Todos fueron perdonados y José los instruyó para que trajeran a su padre
con toda la familia a Egipto. Usted encontrará esta historia en Génesis 42-46.

La esclavitud en Egipto
Después de la muerte de Jacob y José, los hijos de Israel se multiplicaron tanto que
cuando salieron de Egipto 430 años más tarde (Éxodo 12:40), se habían multiplicado de
70 a 600,000 hombres, más sus niños. Entre tanto, sin embargo, otro Faraón vino a ocu-
par el trono. Este no conocía a José. En vez de continuar favoreciendo a los israelitas, más
bien los convirtió en esclavos. Ello obligó a Dios a levantar a un libertador en la per-
sona de Moisés. La historia de Moisés es maravillosa—cómo él fue colocado en una
canasta sobre el río cuando estaba recién nacido, a causa de que sus padres temían por
su vida; cómo fue descubierto por la hija del rey y criado como príncipe; cómo dejó la
casa real y aceptó el liderazgo de su pueblo para liberarlos de la esclavitud.
Moisés y su hermano, Aarón, quien llegó a ser su vocero, aparecieron ante Faraón para
intentar persuadir al rey que les permitiera a los israelitas salir de Egipto. Faraón se
negó a ello, y no fue sino hasta que Dios trajo diez plagas sobre la tierra, que él se
ablandó, y les permitió salir. La última plaga fue la más terrible de todas, pues todo primo-
génito de Egipto murió, aún el hijo mayor del Faraón. Para la historia completa de los
patriarcas lea de Génesis 12 a Éxodo 12. La historia de cómo Israel salió de Egipto, y sus
40 años que pasaron en el desierto se dirán en las siguientes lecciones.

3
LOS VIAJES DEL DESIERTO
Lección 5
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

La salida de Egipto
Nosotros dejamos, en nuestra lección anterior, a los hijos de Israel quienes salieron
de Egipto para iniciar 40 años ambulantes por el desierto. Después de las diez plagas, el Fa-
raón convino en dejarlos salir. Antes de salir, ellos celebraron una fiesta espiritual que fue
llamada la Pascua; luego iniciaron su salida de Egipto, 600.000 hombres, más las familias.
Cuando llegaron al Mar Rojo miraron hacia atrás, y para su sorpresa vieron que el Fa-
raón había cambiado de idea y había enviado su ejército para hacerlos volver a la esclavi-
tud. Viendo su angustia, Dios instruyó a Moisés para que extendiera su mano sobre el
mar. Así lo hizo Moisés, y el agua se dividió, e Israel pasó por tierra seca, con agua a
ambos lados. Pablo dice que ellos también estuvieron bajo una nube y que “todos en
Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar” (1 Corintios 10:2). Su bautismo fue,
pues, una completa inmersión, en la nube y en la mar. Ello fue el tipo de bautismo
mandado por Cristo, el cual es una completa inmersión o sepultura en agua (Vea
Romanos 6:4; Colosenses 2:12).

Israel se olvida de Dios


Los egipcios trataron de seguir a Israel, pero cuando los israelitas llegaron al otro
lado, Moisés extendió adelante su mano una vez más, el mar se cerró y destruyó a los
egipcios. Después de 400 años de esclavitud, los israelitas fueron libres al fin. Por va-
rias semanas marcharon hacia el sureste en el desierto. Durante este período ellos mur-
muraron contra Moisés por cuánto querían agua y comida. En respuesta, Dios les
dio codornices y una clase de pan llamado maná, para satisfacer su hambre (Éxodo 16).
Para saciar su sed, Moisés golpeó una roca de la cual salió agua (Éxodo 17). De esta mane-
ra nos hallamos con un ejemplo del cuidado que Dios tiene para con sus hijos.
Finalmente, el pueblo llegó al Monte Sinaí, a la parte sur de la Península del Sinaí.
Moisés subió al monte para recibir de parte de Dios, la ley, la cual guiaría a Israel hasta
la muerte de Cristo. Dios le dio a Moisés dos tablas de piedra, en las cuales él escribió,
con su propia mano, los diez mandamientos. Cuarenta días después que Moisés había
subido a la montaña, descendió y descubrió que su hermano Aarón, por insistencia del
pueblo, había hecho un becerro de oro para que el pueblo lo adorara. ¡Cuan faltos de
memoria somos muchas veces! Este es un
pueblo que regresó a la idolatría sólo a
unas pocas semanas después que Dios lo
había salvado de la esclavitud. Tan
enojado se puso Moisés que quebró las
tablas de piedra, y obligó al pueblo a be-
berse el agua en la que ellos habían fundido
el becerro de oro. Tres mil israelitas fueron
muertos ese día por su idolatría.
Una vez más, Moisés subió al Monte
Sinaí para comunicarse con Jehová por

1
otros cuarenta días. Se renovaron las tablas de piedra; y porciones adicionales de la
ley de Dios fueron reveladas a Moisés. A su regreso Moisés comunicó al pueblo esta
ley que nosotros conocemos como La Ley de Moisés.

La ley de Moisés
La ley de Moisés fue dada para gobernar a Israel durante 1500 años, desde su pro-
clamación hasta la muerte de Jesucristo. Este período es conocido como la Edad Mo-
saica. Algunas veces se conoce como “Edad Judía.” Toma su nombre del gran legisla-
dor. La edad antes de Moisés se conoce como la Edad Patriarcal. La que sigue a la
muerte de Cristo es la Edad Cristiana. Toda la historia del hombre corresponde a
uno de estos tres períodos.
La ley, la cual es relatada en porciones de Éxodo, Levítico, Números y Deuterono-
mio, cubre virtualmente cada fase de la vida de los israelitas. Esta ley tenía regula-
ciones civiles, penales y judiciales. Gobernó las actividades religiosas de los sacerdo-
tes y del pueblo, y estableció las regulaciones morales, por las cuales debían regirse.
El fundamento de la ley entera de Moisés fueron los diez mandamientos. Estos
preceptos morales tratan con: (1) obligaciones del hombre para con Dios y (2)
obligaciones del hombre para con su prójimo. Todos ellos, excepto el cuarto man-
damiento (“Acuérdate del día de reposo para santificarlo”), son repetidos en alguna
forma en las enseñanzas de Cristo y los apóstoles. Nosotros tenemos que guardar
estos nueve que han sido repetidos, no porque fueron parte de la ley de Moisés, sino a
causa de que han sido parte de las enseñanzas de Jesucristo. La ley de Moisés ha si-
do supresa por la muerte de Cristo (vea Colosenses 2:14), y nosotros no estamos
obligados a guardarla hoy. El mandamiento para guardar el sábado o séptimo día
no ha sido repetido en el Nuevo Testamento. En lugar de ese día, nosotros adora-
mos el día del Señor o primer día de la semana (domingo). (Vea Hechos 20:7; 1
Corintios 16:2; Apocalipsis 1:10).
La ley de Moisés estableció tres fiestas anuales. Estas fueron: (1) La Fiesta de la Pascua o
Panes sin Levadura, la cual ocurría al principio de las cosechas, en Abril —se trataba de una
conmemoración de la liberación del pueblo que salió de Egipto—. (2) La Fiesta de Pentecostés o
La Fiesta de la Semanas, celebrada 50 días después de la Pascua, al final de la cosecha de
grano; (3) La Fiesta de los Tabernáculos o La Recogida, la cual caía en otoño, al final de
las cosechas, y en la que por siete días los israelitas pasaban viviendo en cabañas hechas con
ramas de árboles, en memoria de sus andanzas por el desierto.
Dios mandó la erección de un tabernáculo, una pequeña tienda portátil,
para ser empleada como lugar de adoración durante su vida en el desier-
to. Tenía dos partes: El lugar santo y el lugar santísimo. En el primero,
solamente los sacerdotes podían entrar, y en el segundo, solamente el
sumo sacerdote entraba, el día de expiación para ofrecer un sacrificio en
favor de sus propios pecados y los del pueblo.
Los sacerdotes eran escogidos de la tribu de Leví, y oficiaban de acuerdo con
lo que se los había prescrito. Esto incluía la ofrenda de los sacrificios de
animales por los pecados del pueblo. Las principales de estas eran: (1) las
ofrendas quemadas, lo que era un símbolo de la entera dedicación a Dios;
(2) las ofrendas de paz, una manera de expresar las gracias a Dios; (3)
ofrendas por el pecado, un 3 reconocimiento por la contaminación del pecado del hombre.

2
Cuarenta años de vagar
Después de la institución de la ley, Moisés envió doce espías a la tierra de Canaán. Esta
era la antigua morada de Abraham, Isaac y Jacob, y la tierra, la cual Dios había prometido a
su descendencia. Los doce reportaron que era una tierra que fluía leche y miel, pero que los
habitantes eran tan fuertes que era poco aconsejable tratar de conquistarla. Solamente
Josué y Caleb dieron un pequeño reporte, urgiendo a la gente a creer que Dios les ayudaría
a conquistar esta tierra. Pero la mayoría prevaleció, y por su incredulidad, Dios los obligó a
vagar cuarenta años por el desierto. De todos los hombres que salieron de Egipto solamen-
te Caleb y Josué llegaron a la tierra prometida.
No sabemos mucho acerca del resto del período de cuarenta años. Israel vagó nóma-
damente, de lugar en lugar, en la Península del Sinaí. Es durante este período que nosotros
tenemos historias tales como la rebelión de Aarón y María (hermana de Moisés) contra Moi-
sés, y la lepra de María como resultado (Números 12); el sufrimiento del pueblo a causa de la
mordedura de serpientes, y su curación cuando miraban la serpiente de bronce (Números
21); y la historia del esfuerzo del Rey Balac de los moabitas, para obtener la maldición
contra Israel de parte del profeta Balaam (Números 22-24).
Durante las andanzas por el desierto, Moisés cometió su gran pecado, el de golpear la ro-
ca en vez de hablarle como había mandado Dios, y al proceder así lo hizo para gloria
personal, asumiendo crédito por el milagro del agua que brotó de la roca. Por esto no pudo
entrar a la tierra prometida. Poco antes de que Israel cruzara el Río Jordán para entrar a
Canaán, Moisés subió al Monte Nebo para contemplar la tierra prometida. Acabada su mi-
sión, murió a la edad de 120 años, y fue sepultado por el Señor. La historia completa de las
andanzas por el desierto, puede leerse empezando con Éxodo 13 y concluyendo con Deu-
teronomio.

3
LA CONQUISTA DE CANAÁN
Lección 6
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

La conquista
Concluimos la lección anterior con Israel, justo al este del Río Jordán, el pueblo listo para
entrar en la tierra prometida. Moisés murió y Josué ahora estaba a cargo de la conquista de
Canaán y la colonización. La historia de estos eventos se relata en el libro de Josué, el
cual puede dividirse como sigue: (1) la conquista de Canaán, capítulos 1-12; (2) la división
de la tierra entre las tribus de Israel, capítulos 13-22; (3) discurso de despedida de Josué, ca-
pítulos 23 y 24.
En la trayectoria del ejército de Josué yace la gran amurallada ciudad de Jericó. Josué es-
cogió dos espías para que entraran en la ciudad, y recibieron hospedaje por parte de Rahab
la Ramera. Cuando ellos fueron descubiertos ella los ayudó a escapar. A causa de su favor
al pueblo de Dios, se le respetó su vida, más tarde, cuando Jericó cayó en manos de Israel.
Habiendo recibido un favorable reporte de los espías, los israelitas estaban seguros que
Dios podía entregarles el enemigo en sus manos.
Ellos se prepararon para cruzar el río Jordán tal vez re-
cordando cómo Dios los había librado hacía 40 años
cuando cruzaron el Mar Rojo. Ahora la historia se repite
por sí misma, y mientras Dios detiene el agua, ellos “pa-
saron por tierra seca” (Josué 3). Una vez a salvo al otro
lado del río, levantaron dos monumentos de sus trave-
sías, de doce piedras cada uno, tierra seca al oeste del
Jordán.
Frente a Israel se hallaba la ciudad de Jericó. Dios mandó
al pueblo a marchar alrededor de la ciudad por siete días;
y cuando ellos hubieran hecho todo lo que él había
mandado, las paredes caerían, y la ciudad sería tomada.
Los arqueólogos modernos han descubierto extraordinarios
testimonios de este evento. En armonía con la historia bíbli-
ca, ellos han encontrado que las paredes cayeron hacia afue-
ra y no hacia adentro, como normalmente hubiera tenido que ser si hubieran usado arietes. (El
ariete era una máquina de guerra antigua que se usaba para demoler murallas).
La próxima ciudad ante Israel era Hai, pequeña en comparación con Jericó. Pero Josué y su
gente fueron derrotados totalmente a causa del pecado de un israelita llamado Acán. El había
tomado lo que no le pertenecía, y fue así como trajo la derrota al pueblo de Dios (Josué 7). Esta
fue una lección fuerte, que Dios no toleraría el pecado entre sus hijos. Acán fue castigado con
la muerte y Hai fue fácilmente conquistada. Tan asustados estaban los pueblos vecinos de
Gabaón que hicieron la paz con Israel. Esto encolerizó tanto a las naciones de alrededor que
cinco reyes amorreos fueron en batalla contra Gabaón. El resultado del encuentro (Josué 10)
entre los cinco reyes por un lado, e Israel y Gabaón por el otro, fue una de las históricas batallas
del mundo. Dios hizo que el sol y la luna se detuvieran para que su pueblo pudiera vencer. El
enemigo fue derrotado y el camino estaba abierto para la conquista de Canaán, la cual siguió.
Ante esta evidencia del poder de Jehová, 31 reyes sucumbieron a Israel.

1
Habiendo conquistado Canaán, las tribus de Israel ahora se preparan para la distribución de la
tierra que poseerían. Gad, Rubén y la mitad de la tribu de Manases se quedan con la tierra que
les habían asignado ya al este del Jordán. A los levitas les dieron 48 ciudades. Se proveyeron seis
ciudades de refugio para aquéllos que hubieren muerto accidentalmente a cualquiera. Caleb de
85 años de edad, fue favorecido con una herencia especial. Caleb fue uno de los doce espías. El
Tabernáculo fue situado en Silo donde permaneció varios cientos de años. Ya con la gente instalada
en la tierra prometida, Josué reunió en asamblea al pueblo y les encargó ser fieles a Dios. El
cerró con estas palabras; “Escogeos hoy a quién sirváis... Yo y mi casa serviremos a Jehová”
(Josué 24:15). Habiendo exhortado Josué al pueblo, murió a la edad de 110 años.

Los jueces
Después de la muerte de Josué, Israel quedó sin gobierno organizado. Las
doce tribus, las cuales habían cooperado tan ampliamente en la conquista de
Canaán, ahora se separaban y seguirían distintas rutas. Durante los próxi-
mos 300 años Israel apostató siete veces, regresando a la adoración de ídolos.
Siete veces Jehová les envió opresores extranjeros, para traerlos al arrepenti-
miento; y cuando se arrepintieron, él les envió libertadores llamados jueces.
El poder ejercido por estos jueces (15 en total) fue más de pastor que de
rey. Ellos fueron los libertadores que guiaron i al pueblo en tiempo de necesidad. Juzgaban
las cosas que sucedían entre su pueblo. Algunos de ellos juzgaban sólo parte de Is-
rael; a veces no había juez ninguno. El espíritu del período es mejor descrito en la frase,
“Cada uno hacía lo que bien le parecía” (Jueces 17:6).
¿Por qué los israelitas apostataban tan a menudo? Hay varias razones (1) La gente alrede-
dor de ellos adoraba ídolos. Ellos deseaban ser como sus vecinos. (2) La generación que
conquistó Canaán murió, y las sucesivas generaciones olvidaron cómo Dios había liberta-
do a sus padres. (3) Israel no tenía líderes tan fuertes como lo fueron Moisés y Josué, que
pudieran guardarlos en la fidelidad a Dios. La gente, haciendo lo que le parecía recto a sus ojos,
buscaba su propia satisfacción en vez de la de Dios. Una y otra vez abandonaban a Dios y so-
lamente clamaban por ayuda cuando eran castigados.
De la historia de los jueces podemos aprender el significado del arrepenti-
miento. Dios castigó a los israelitas para que se dieran cuenta que ellos habían
pecado. Esto los llenaba de remordimiento, y su pesar los obligaba a cambiar sus
maneras. El pesar mismo no es arrepentimiento, pero se nos ha dicho: “porque
la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación” (2 Co-
rintios 7:10). El arrepentimiento es un cambio de corazón el cual produce una
trasformación de vida.
De algunos de los jueces sabemos bastante poco; pero de otros, conocemos bastante.
Débora, quien juzgó juntamente con Barac, fue la única mujer juez (Jueces 4:5). Gedeón,
con 300 hombres escogidos, derrotó a todo el ejército madianita (Jueces 7). Uno de los más
grandes jueces fue Jefté, quien hizo el voto de sacrificar a cualquiera que viniera a toparlo
cuando él regresara de la batalla. Para su gran pesar, fue su hija (Jueces 11). También re-
cordamos la historia de Sansón, quien con su gran fuerza física contribuyó a la derrota de
los filisteos (Jueces 14-16). El último y más grande juez fue Samuel, quien fue prometido
a Dios, antes de su nacimiento, por Ana su madre. El trajo integridad a su pueblo y preparó
el camino para la unidad de Israel. Lea el libro entero de Jueces para estudiar la historia
de esta era.

2
Rut
La historia del período de los jueces no estaría completa sin algunas notas del libro de
Rut, a lo que algunos llaman la más grande historia de amor de todos los tiempos. Trata de
la historia de una joven moabita, quien dejó su propio pueblo para seguir a su suegra Noemí,
a su nuevo hogar, en una tierra distante. Rut, eventualmente, conoció y se casó con Booz
para llegar a ser la bisabuela de David y una progenitura del Señor Jesucristo. —Una gentil
en el linaje de nuestro Señor—. Lea el libro entero. Eso le tomará poco tiempo, y usted
encontrará que vale la pena.

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EL REINO UNIDO
Lección 7
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

La etapa más gloriosa de Israel fue durante el Reino Unido; llamado así, para distinguir-
lo del Reino Dividido, el cual siguió. Se extendió desde el 1095 al 975 A.C., e incluye los
reinados de tres grandes reyes —Saúl, David y Salomón—. La historia de este período está
relatada en los dos libros de Samuel, en los primeros once capítulos de 1 Reyes, y parte de
Crónicas.

Saúl —primer rey de Israel—


Usted recordará que, por unos 300 años, las doce tribus de Israel
fueron vagamente gobernadas por jueces. El último, y más grande de
todos, fue el profeta Samuel. Pero los hijos de Dios querían ser como sus
vecinos; por eso vinieron a Samuel y le pidieron rey. Aunque Dios esta-
ba muy descontento con la petición, instruyó a Samuel para ungir co-
mo rey a un joven llamado Saúl, cuya cabeza y hombros sobresalían
entre la gente. El pueblo se reunió en Mizpa, y se le presentó a su
nuevo rey, quien era tan tímido que se escondió entre el bagaje.
Saúl empezó bien sus cuarenta años de reino. Israel era perseguido por sus enemigos y
él se dio a la tarea de echarlos atrás. Su ejército derrotó a los amonitas, a los filisteos, a
los moabitas, a los edomitas y a otros.
Pronto Saúl fue una figura popular entre el pueblo. Pero su popularidad se le fue a la
cabeza, y dejó de ser un humilde siervo de Dios. En vez, se convirtió en un ser obstinado,
hacía lo que quería, y se oponía así a la voluntad de Dios. En una ocasión fue comisionado
para destruir totalmente a los amalecitas. En vez de eso, perdonó al rey y salvó algunas
ovejas y vacas para sacrificar. Porque así había desobedecido al Señor, Samuel lo reprendió
con estas palabras: “Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar aten-
ción, que la grosura de los carneros” (1 Samuel 15:22). Desde ahí, Dios rechazó a Saúl como rey.
Después del rechazo de Saúl (aunque él todavía reinaba), Dios mandó a Samuel a ungir, pri-
vadamente a su sucesor, un joven pastor llamado David, uno de los más grandes personajes
de la Biblia. Después de su ungimiento, David fue llamado por Saúl para que le tocara el arpa
cuando su espíritu estaba turbado. Saúl lo amó profundamente y lo constituyó su escudero.
David se empezó a destacar rápidamente, al acabar con el paladín de los filisteos, el Gigante
Goliat. La gloria que le sobrevino a David provocó los celos de Saúl quien empezó a sospechar
que David estaba tratando de suplantarlo como rey. De ahí en adelante, Saúl buscaba la opor-
tunidad de matar a David y por años lo persiguió como a un forajido, en las colinas de Is-
rael.
Quizá la más bella amistad en la Biblia sea la de David y Jonatan, el hijo de Saúl, quien,
aunque se daba cuenta de que David llegaría a ser rey en lugar de él mismo, constantemente
buscaba cómo salvar a David de la ira de su padre. Saúl y David, ambos, participaron en la

1
batalla contra los filisteos para preparar el camino que haría rey a David.
David —un hombre conforme al corazón de Dios—
Después de la muerte de Saúl, David fue coronado rey de la tribu de Judá mientras que Is-
boset, el desgraciado hijo de Saúl, reinó sobre el resto de Israel. Cuando cayó su reinado, siete
años después, la autoridad de David se extendió sobre todo Israel. David escogió a Jerusalén
como su capital, y se dio a la tarea de hacer a Israel una gran nación. En guerras sucesivas, él ex-
tendió su reino desde el Nilo hasta el Río Éufrates.
David, ciertamente, fue un hombre conforme al corazón de Dios. El Se-
ñor declaró de él: “He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi
corazón, quien hará todo lo que yo quiero” (Hechos 13:22). Los salmos, escri-
tos por David, son una expresión de su completa devoción a Dios. Esta con-
sagración fue especialmente evidente en su constante voluntad de obede-
cer todos los mandamientos de Dios. Nosotros podemos aprender de él, que
no podemos esperar que Dios nos apruebe, a menos que siempre hagamos
lo que él nos pide.
A pesar del éxito de David y su completa fidelidad a Dios, hizo un error que lo siguió has-
ta su muerte. El cometió adulterio con Betseba, la esposa de Urías, el heteo. Algunas histo-
rias han pintado a Betseba como una sirena que intencionalmente sedujo a
David. Nada en la Biblia da esta idea. Para cubrir su pecado, David mandó
apostar a Urías en las líneas del frente de batalla para que fuera muerto y,
entonces, una vez muerto tomar a Betseba como su esposa. Todo esto
desagradó a Dios profundamente, y por eso envió a Natán el profeta para
que reprendiera a David, contándole la parábola de la cordera (2 Samuel
12). David se arrepintió, pero sus problemas empezaron. Su hijo Absalón
asesinó a su propio hermano. Más tarde, Absalón dirigió una revuelta con-
tra David y murió en el atentado. Por un tiempo, David se vio forzado a
huir. Añadiendo a su dolor, su otro hijo Adonías atentó usurpar el reino con
la ayuda de Joab, general de confianza de David. Para impedir que el reino
pasara a malas manos, David se vio obligado a coronar a su hijo, Salomón,
estando él vivo todavía. Luego David murió, trayendo el final de los cua-
renta años de reino de un gran hombre de Dios.

Salomón —de la sabiduría a la idolatría—


El reino de Salomón contrastó marcadamente con el de su padre. Mientras el reinado de
David fue de agitación, el de Salomón fue de paz inquebrantable. El empezó felizmente. En
un sueño le pidió sabiduría a Dios, en lugar de riquezas y honor; y a causa de su considera-
da petición fue recompensado con las tres. La sabiduría de Salomón es por todos conocido.
Tres mil proverbios y 1005 canciones vinieron de este sabio. Mucha de su sabiduría es recogida,
para nosotros, en sus tres libros que escribió y que estudiaremos en otra lección. Política-
mente extendió la influencia de Israel al máximo, haciendo de esta nación un poder mundial.
La fabulosa riqueza de Salomón nos asombra, aún en nuestros días. Tenía 1.400 carrozas,
12.000 jinetes, y un ingreso anual equivalente a 20 millones de dólares. ¡Y no tenía que pagar
impuestos! En una ocasión recibió un regalo de tres millones y medio de la reina de Sabá.

2
Cuando ella visitó a Salomón para ver si todos los reportes de su fama eran ciertos quedó tan
asombrada que exclamó: “Ni aún se me dijo la mitad; es mayor tu sabiduría y bien, que la
fama que yo había oído” (1 Reyes 10:7).
La realización más grande de Salomón fue la edificación del templo de Dios, para sustituir
el tabernáculo, en el que Israel había adorado desde sus andanzas por el desierto. Probable-
mente ninguna estructura en la historia del mundo haya igualado su costo. Construido por
183.000 hombres, en siete años y medio, su costo fue de dos a cinco billones de dólares.
La gran riqueza de Salomón, eventualmente lo condujo a perdición.
El buscó toda clase de placer. Tenía 700 esposas y 300 concubinas. La mayoría de éstas eran
idólatras; y qué difícil sería tratar de complacerlas a todas. El alto costo de la vida lo condujo a
cargar de impuestos a las gentes, causando así insatisfacción. Su reino había comenzado con
sabiduría y riqueza, pero terminó en mujeres e idolatría. Cuando terminaron sus cuarenta años
de reino se sentía enteramente desilusionado e infeliz. A causa de su libertinaje, implantó los
cimientos para la división de su reino después de su muerte. Esto lo podemos estudiar en la
próxima lección.

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EL REINO DIVIDIDO
Lección 8
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Con la muerte de Salomón terminó el más grande período en la historia de Israel, el Reino
Unido. Esto fue seguido por el Reino Dividido, el cual duró 388 años. A la muerte de Sa-
lomón, Roboam su hijo subió al trono. Sus súbditos estaban a disgusto con Salomón por
la pesada carga de impuestos. Dirigidos por Jeroboam, un general de Salomón, le pidieron
a Roboam aliviar la carga de impuestos. Roboam contestó tontamente: "Mi padre agravó
vuestro yugo, pero yo añadiré a vuestro yugo" (1 Reyes 12:14). La gente estaba tan enojada
con Roboam que diez de las doce tribus se volvieron contra Roboam y coronaron a Jero-
boam como su rey. El reino de Jeroboam vino a ser conocido como el Reino del Norte o Is-
rael. Solamente las tribus de Judá y Benjamín permanecieron con Roboam en el Reino del
Sur o Judá. (La tribu de Benjamín era tan pequeña que fue virtualmente absorbida por la
tribu de Judá.) 2 Reyes y la última parte de los libros de 1 Reyes y 2 Crónicas nos dan la his-
toria completa del reino dividido.
EL El reino del norte o Reino de Israel
REINO
DIVIDIDO La historia del reino del norte no es agradable. Durante sus 253
años de historia tuvo malos reyes, uno después de otro. Ni uno solo de
sus 19 reyes resultó bueno. Nueve dinastías o familias de reyes gobernaron en este
tiempo. Varios reyes fueron asesinados y reemplazados por usurpadores. Jeroboam
tenía tanto miedo de que la gente regresara a Jerusalén en
Judá a adorar y que desearían a Roboam, como su rey, que
colocó dos ídolos, en Dan y en Betel, para que los adoraran.
Tanto se encolerizó Dios por esta acción que envió al profeta
Ahías para predecir la caída de la casa de Jeroboam y la sen-
tencia contra Israel. El profeta declaró: " Jehová sacudirá a
Israel...Y él arrancará a Israel de esta buena tierra...y los es-
parcirá más allá del Éufrates" (1 Reyes 14:15).
Después de la muerte de Jeroboam, la idolatría llegó a ser
más excesiva que antes; y bajo Acab, el séptimo rey, se introdu-
jo la adoración del dios Baal. Durante sus primeros ochenta
años, el Reino del Norte estaba casi continuamente en guerra
contra Judá. Con la ascensión de Acab, al trono, Israel se hun-
dió más profundamente. Acab se casó con una mujer extranjera, Jezabel, hija del rey de Tiro.
Ella trajo sus ídolos y pronto abolió la adoración de Jehová en Israel. Es dudoso que se en-
cuentre en la Biblia a otra mujer tan mala, tan sin escrúpulos; y Acab fue tan débil que dio pa-
so a todos los malos designios de su esposa. Dios envió al profeta Elías para denunciar esta ido-
latría. Elías condujo una competencia con los profetas de Baal en el Monte Carmelo; y cuan-
do se probó que ellos eran falsos, él los mató. Esto aumentó la determinación de Jezabel
de matar a Elías, pero ella nunca tuvo éxito en su intento.
Tal vez el mejor de todos los reyes de Israel fuera Jehú quien sucedió al hijo de Acab como
rey. Con cruel determinación, mató a Jezabel y abolió la adoración de Baal. Pero su fervor no
duró, y no terminó con los becerros de oro que había puesto Jeroboam. De la mayoría de los
reyes que siguieron a Jehú se dice que "no se apartaron de los pecados de Jeroboam." La fuerza

1
política de Israel llegó a su máxima expresión, desde Salomón, hasta Roboam II; pero la idola-
tría empezó a crecer de nuevo. Dios llevó a cabo su promesa hecha por Ahías de castigar y espar-
cir a Israel. En 722 A.C. el poderoso rey de Asiría llevó en cautiverio a Israel a Asiría. Ellos
nunca regresaron. Desde este momento histórico de los judíos, sólo se tratará lo relacionado
con el reino de Judá.

El reino del sur o Reino de Judá


Judá fue más pequeño y más débil que Israel. Sin embargo, en sus 388 años de historia
permaneció mucho más cerca de Dios. Varios reyes fueron muy buenos y considerándolo todo, los
malos no fueron tan malos como los de Israel. Todos pertenecieron a la familia de David. Ju-
dá empezó a declinar bajo Roboam, pero durante los reinados de buenos reyes como Asa y
Josafat vino un gran avivamiento en la nación. En los siguientes años, Judá adoptó la reli-
gión de Baal. Esto permaneció hasta el reinado de Ezequías quien desarraigó por completo la
idolatría. El y su biznieto Josías fueron los dos mejores reyes del reino de Judá. Pero el hijo de
Ezequías, Manases, fue tan malo como Ezequías fue de bueno. En sus cincuenta y cinco años
de remado él introdujo cuantas formas de adoración idolátrica que se imaginó y aun hizo
pasar por fuego, como un rito religioso a sus propios hijos. Esto causó que Dios prome-
tiera, a través de los profetas, que Judá sería castigado por su idolatría. Después que
Josías se hizo rey, él se propuso traer la gente a Dios. Cuando el libro perdido de la ley
fue encontrado en el templo, Josías introdujo tan grande renacimiento religioso como la
gente nunca había visto.
Ocurrida la muerte de Josías, Judá decayó rápidamente. Todos los restantes reyes
fueron malos y débiles. Judá fue convertido pronto en "satélite" de Babilonia, y cuando
los reyes se atrevieron a rebelarse, el rey Nabucodonosor de Babilonia en 606 A.C., lle-
vó la mayoría de la gente en cautiverio a Babilonia, como los asirios habían hecho con Is-
rael más de 100 años antes. Sedequías, el último rey de Judá, gobernó a unos pocos que
quedaron, pero en 587 A.C., él y casi todo el resto fueron llevados cautivos a Babilonia.
Este castigo de Dios enseñó una lección a los judíos. Nunca más volverían a la idola-
tría.
La cautividad babilónica
Los judíos permanecieron setenta años cautivos en Babilonia, sin que ninguno retorna-
ra. Nuestra Biblia nos da a conocer esta cautividad en los libros de Daniel y Ester.
Mientras Daniel es un libro de profecía, también contiene mucha historia e interesantes
narraciones tales como la de los tres jóvenes hebreos echados en el horno de fuego, Da-
niel en el foso de los leones y la escritura en la pared. Ester nos narra cómo una joven
judía llegó a ser reina, y cómo ella salvó a su pueblo cuando ya estaba a punto de ser
destruido.
El regreso
En 536 A.C., Zorobabel condujo muchos judíos a su tierra. El empezó un nuevo tem-
plo para reemplazar el de Salomón que había sido destruido cuando Judá había sido
llevado en cautividad. Esdras, el gran sacerdote y escriba, condujo otro grupo ochenta
años más tarde; en breve, Nehemías regresó con un tercer grupo para reconstruir los mu-
ros de Jerusalén. Estos regresos se narran en los libros de Nehemías y Esdras. No to-
dos los judíos regresaron ni se reestableció el Reino de Judá. El libro de Nehemías
termina la histórica porción del Antiguo Testamento, pero por la historia secular sabe-
mos que en los siguientes 400 años antes de Cristo los judíos fueron gobernados en

2
gran parte por persas, macedonios y romanos, excepto por un breve período del lide-
razgo de los macabeos.

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LOS POETAS Y LOS PROFETAS
Lección 9
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Nuestro estudio del Antiguo Testamento hasta aquí ha estado estrechamente relaciona-
do con la historia. Sabemos que veintidós de sus treinta y nueve libros están entre poesía y
profecía, y éstos son los que vamos a estudiar en esta lección.

Los libros poéticos


La poesía de los antiguos hebreos no tenía metro ni rima como la que nosotros conoce-
mos. Consistía preferiblemente de pensamientos rítmicos, en los cuales las mismas ideas
eran repetidas en sucesivos enunciados en diferentes palabras. Hay cinco libros poéticos en
el Antiguo Testamento: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantares de Salomón.
Salomón fue el autor de los tres últimos. De los 150 salmos, 73 son atribuidos a David, y
hasta es probable que él fuera el autor de varios de los salmos anónimos. El autor del
libro de Job es desconocido.
El libro de Job es la historia de un hombre justo que perdió todo lo que tenía —hijos,
riquezas y salud— pero aún así permaneció fiel a Dios. Mucho del libro está escrito en forma
de debate entre Job y sus amigos, quienes trataron de convencerlo de que su ruina era el
resultado de su pecado. Job demostró su inocencia; y por su fidelidad a Jehová fue re-
compensado con más grandes bendiciones que las que tenía antes de su aflicción.
Uno de los más amados libros de la Biblia entera es el de los sal-
mos. Aunque los salmos a menudo se encuentran en las páginas
finales del Nuevo Testamento, pertenecen al Antiguo Testamento.
Un salmo es una canción de alabanza. Algunos de los salmos han
sido arreglados con música y son cantados por los cristianos hoy
día. Originalmente el libro fue dividido en cinco secciones. El sal-
mo más corto es el 117; y el más largo, el 119, que tiene 176 versos.
Se ha dicho que Salomón escribió el Cantar de Salomón o Can-
tar de los Cantares cuando joven; Proverbios, a la mitad de su vida; y Eclesiastés, cuan-
do era viejo. Esto puede ser cierto. El Cantar de Salomón es un bello canto de amor ma-
trimonial. Los Proverbios son un conjunto de dichos inconexos, sabios muchos de ellos,
muy familiares para todos nosotros. Eclesiastés es el libro más pesimista de toda la Bi-
blia. Fue escrito después que Salomón había tratado sin éxito de encontrar la felicidad.
Empieza con el pensamiento "Vanidad de vanidades, todo es vanidad" (Eclesiastés 1:2). Y
termina: "Teme a Dios, y guarda sus mandamientos: porque esto es el todo del hombre"
(Eclesiastés 12:13).

Los libros proféticos


Los diecisiete libros de profecía del Antiguo Testamento pueden dividirse en cinco
profetas mayores y doce profetas menores. Esto es debido a su mayor o menor exten-
sión. Hasta donde sabemos éstos fueron escritos por los hombres cuyos nombres llevan,
excepto Lamentaciones que fue escrito por Jeremías.
Los profetas fueron los mensajeros que trajeron la palabra de Dios al hombre. La

3
mayoría de ellos vivió durante tiempos difíciles, cuando Israel se estaba volviendo a la
idolatría. Algunos de ellos fueron sacerdotes, y otros de sangre real. Su mensaje fue di-
vinamente inspirado y con frecuencia era escrito en lenguaje simbólico. No todos los
profetas escribieron libros. Dos de los más grandes, Elías y Eliseo, no nos dejaron docu-
mento escrito.
Los profetas fueron la conciencia de Israel. Su misión fue tratar de salvar
a la nación de la idolatría; y advertirlos que por esa falta serían destruidos.
Pero ellos mantenían un rayo de esperanza. Un remanente de Israel sería
salvo. Y de este remanente saldría el descendiente que traería la palabra de
Jehová. Ellos se referían a este descendiente como LA RAMA, una profecía
acerca de la venida de Cristo, una rama del árbol de la familia de David
que llegaría a ser el Salvador del mundo.
Aunque los libros de profecía contienen alguna his-
toria y muchas amonestaciones y exhortaciones, hay
también un elemento predictivo. Ellos predicen la des-
trucción de ciudades tales como Nínive y Babilonia, y
tratan ampliamente la venida del Mesías, o Cristo,
quien sería el libertador, y establecería su reino. El
cumplimiento de estas profecías aumenta nuestra fe en
Dios, en Jesucristo como nuestro Salvador, y en la Biblia
como la inspirada palabra de Dios.

Los profetas mayores


Entre los profetas mayores está Isaías. Puesto que mucho de su mensaje trata acerca de
la venida de Cristo ha sido llamado el "profeta mesiánico." El predijo correctamente que el
Mesías sería de la simiente de David. El capítulo 53 de su libro es quizá la más bella pro-
fecía de Cristo en la Biblia. Jeremías fue el profeta llorón, como indica el título de uno de
sus libros, Lamentaciones. Advirtió a Judá que se arrepintiera, anunciando su destrucción
si no lo hacía. Era soltero, intrépido en su predicación y, a menudo, era encarcelado. Eze-
quiel y Daniel fueron profetas durante la cautividad babilónica. Los escritos de Ezequiel
son altamente simbólicos y algo difíciles de entender. El libro de Daniel, por otro lado,
contiene considerable historia tan bien como predicciones sobre Babilonia y Persia. Fue
él quien tan claramente predijo el establecimiento del reino de Jesucristo, diciendo: "Y en
los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni
será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él
permanecerá para siempre" (Daniel 2:44).

Los profetas menores


Joel fue posiblemente el primer profeta que nos dejó un libro. Su profecía a Judá inclu-
ye un llamado al arrepentimiento al pueblo de Dios. Jonás fue enviado a amonestar a la
malvada ciudad de Nínive al arrepentimiento. Así fue; pero 150 años más tarde, el Señor
halló necesario enviar a Nahum para repetir la advertencia. Esta vez no se arrepintió Ní-
nive y fue destruida. La profecía de Abdías, solamente un capítulo de extensión, es también
dirigida contra el vecino país, la tierra de Edom, al sudeste del Mar Muerto. La predicción
de su ruina fue totalmente cumplida con el aniquilamiento completo de esa nación.
Los profetas Amos y Oseas fueron contemporáneos que llevaron un mensaje especial al

3
sector del norte del Reino de Israel. Amos, un pastor o vaquero, no limitó sus amonestacio-
nes a Israel, sino que también pronunció su infortunio a Judá y a otras naciones. Oseas
empleó la tragedia de su propia vida para mostrar que así como su esposa le había sido in-
fiel a él, también Israel había cometido adulterio espiritual por su infidelidad a las leyes
de Dios.
Sofonías y Miqueas fueron enviados, ambos, a Judá. Denunciaron el pecado del pueblo
de Dios, pero le dieron esperanza. Sofonías profetizó que un remanente de Israel sería salvo.
Miqueas declaró que el Mesías vendría de la pequeña aldea de Belén.
El juicio de Dios es justificado en las escrituras de Habacuc, quien vivió durante la
opresión que sufrió Judá por parte de Babilonia. La nota clave del libro se expresa en el
pensamiento: "El justo vivirá por la fe" (Habacuc 2:4). Los profetas Hageo y Zacarías
fueron enviados a los judíos, para inspirarlos en la reconstrucción del templo a su re-
greso de la cautividad babilónica. El libro de Zacarías es ampliamente mesiánico. Entre
otras cosas predijo que Cristo sería vendido por treinta piezas de plata. Malaquías concluye
las profecías del Antiguo Testamento con una denuncia sobre la vana adoración de los ju-
díos, y la promesa de que Dios enviaría a Elías el profeta antes del día del Señor. Esta
fue una predicción de que Juan el Bautista, precedería al Señor Jesucristo.

3
JESUCRISTO -SU NACIMIENTO Y BAUTISMO-
Lección 10
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Vamos a empezar un estudio de la vida del hombre más grande que ha existido. Jesu-
cristo fue mucho más que un hombre; fue y es el Hijo de Dios. La historia de su existen-
cia humana se narra en los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento (Mateo, Mar-
cos, Lucas y Juan), comúnmente llamados los evangelios. Pero en sentido más amplio,
la Biblia entera gira alrededor de Jesucristo. Tan temprano como en el primer libro de
la Biblia, Dios prometió a Abraham que en su simiente todas las naciones de la tierra
serían benditas. Esta promesa fue cumplida en Jesús. Además, en nuestra última lec-
ción, aprendimos que muchas profecías del Antiguo Testamento anunciaban la venida
del Mesías. Encontraremos, en los próximos estudios, que todo el Nuevo Testamento
nos habla acerca de Cristo, sus enseñanzas y su iglesia.
Los cuatro evangelios son cuatro biografías separadas de Jesús. Aunque coinciden en
algunos aspectos, cada uno menciona algunas cosas no relatadas en los otros. Mateo
muestra que Jesús fue el prometido Mesías, y a menudo cita los profetas para demos-
trar cómo Cristo cumplió sus predicciones. Marcos destaca las cosas que Jesús hizo, más
que sus enseñanzas. Lucas pinta la humanidad de Jesús, al describir su interés en ali-
viar el sufrimiento del hombre. Juan escribe para corroborar la deidad de Cristo; al re-
gistrar las cosas que Jesús hizo, dice que fueron escritas "para que creáis que Jesús es el
Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Juan 20:31).

Juan el Bautista
Es propio decir algo aquí acerca del precursor de Cristo. Juan el Bautista era el primo
de Jesús al cual no hay que confundir con Juan, el apóstol, autor del evangelio de Juan.
Juan fue llamado el Bautista a causa de que bautizó. En la versión "American Stan-
dard" se puede leer "Juan el bautizador" lo cual es realmente más exacto. El era el pre-
cursor de Cristo y tal como profetizó Isaías, él vino a "Preparar el camino del Señor, a
enderezar sus sendas" (Mateo 3:3).
Juan fue un hombre extraño. Vestía pelo de camello y comía langostas y miel silves-
tre. Predicaba en el desierto y bautizaba en el Río Jordán a aquellos que venían a
él. Juan dijo a las multitudes que él no era el Cristo, sino que lo verían venir des-
pués de él. Intrépido en denunciar el pecado de su tiempo, él llamó a la gente al
arrepentimiento. Después de que sumergió a Jesús en las aguas bautismales, en el
apogeo de su carrera, él gradualmente iba perdiendo influencia hasta que fue
arrestado y decapitado por el rey Heredes. Tan grande hombre como era, Jesús di-
jo de él: "el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él" (Mateo 11:11).
Verdaderamente la iglesia del Señor no pudo construirse sobre Juan el Bautista,
sino sobre Jesucristo, el salvador del mundo.

La pre-existencia de Cristo
El Hijo de Dios existía en el principio con el Padre. Se nos dice: "En el principio
era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (Juan 1:1). En los versícu-
los 14-17 del mismo capítulo aprendemos que el Verbo era Jesucristo. Así cuando

1
Dios dijo en la creación: "hagamos al hombre a nuestra imagen" (Génesis 1:26),
Cristo estaba ahí. Como único Hijo engendrado de Dios él fue enviado a la tierra
para redimir al mundo de pecado.

El nacimiento de Jesús
Jesús nació alrededor del año 4 a.C. A causa de un error cronológico que se hizo
cuando empezó nuestro sistema presente de calcular el tiempo iniciado con el nacimien-
to de Jesús, él no nació en el año 1 D.C., como se supone. Su madre fue la virgen María
quien concibió por el Espíritu Santo de Dios. Por eso él fue ambos: humano y di-
vino; nacido de una madre humana y de un padre divino. Su genealogía humana de-
muestra que él era de familia real: era descendiente directo del Rey David. Su reino,
sin embargo, fue destinado para ser espiritual, en lugar de temporal como el de Da-
vid.
Las circunstancias obligaron a que Jesús naciera en Belén como cumplimiento de
la profecía de Miqueas, quien había dicho de esa aldea: "Pero tú, Belén Efrata, peque-
ña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Is-
rael"(Miqueas 5:2). Un pronunciamiento romano obligó a María y a su esposo Jo-
sé, ir a Belén para un censo especial. Cuando llegaron no pudieron encontrar lugar
en el mesón, por lo que fueron a parar a un establo. Ahí, en el más humilde de los
lugares, nació el niño Jesús, y fue envuelto en pañales y colocado en un pesebre. El
nacimiento del Hijo de Dios fue anunciado por los ángeles a los pastores en el cam-
po. Ellos inmediatamente fueron a Belén a conocer al niño. Mientras tanto, hombres
sabios de oriente (la Biblia no dice que eran tres) siguieron una estrella hasta que en-
contraron al infante recién nacido. En el camino ellos visitaron al Rey Herodes para
preguntarle a dónde había nacido el niño. Herodes, temiendo por su trono, sacó un
edicto para que mataran todos los niños menores de dos años. Pero él no pudo matar a
Jesús como esperaba, porque José, siendo advertido por Dios, tomó al niño y a su
madre y huyó a Egipto.

Su bautismo

Jesús fue bautizado a la edad de treinta años por Juan el Bautista, en


el Río Jordán. Juan, sabiendo que Jesús no tenía pecado, vaciló en bau-
tizarlo. Pero Jesús insistió diciendo que convenía cumplir toda justicia
(Mateo 3:15). Puesto que Jesús no tenía pecado, no fue bautizado para
la remisión de los pecados, como ocurrió con los convertidos en el día
de Pentecostés (Hechos 2:38). Algunos artistas pintan a Juan espar-
ciendo agua sobre la cabeza de Jesús. Pero él fue bautizado por inmer-
sión (Mateo 3:16; Marcos 1:10). Cuando Jesús salió del agua, el Espíritu
de Dios, en forma de paloma, descendió sobre él, y una voz desde los cie-
los dijo: "Este es mi Hijo amado en el cual estoy complacido" (Marcos
1:11). Así, Dios testificó acerca de la deidad de su Hijo.

El principio de su ministerio
Después de su bautismo, Jesús se internó en el desierto, donde ayunó durante cua-
renta días. Al final de ellos, el diablo se le apareció y lo tentó en varias formas. Jesús no
le dio cabida a sus tentaciones, ni sucumbió al pecado. Así en su crucifixión, él fue

2
una purísima ofrenda por el pecado de los hombres. La primera vez que Cristo lla-
mó la atención pública, fue en la aldea de Cana en Galilea cuando hizo su primer mila-
gro convirtiendo el agua en vino. Poco después continuaría haciendo muchos otros mi-
lagros. Al poco tiempo, Jesús se mudó a la ciudad de Capernaum, a la orilla del Mar
de Galilea, y allí vivió durante la mayor parte de su ministerio, el cual estudiaremos
en el capítulo próximo.

3
JESUCRISTO -SU MINISTERIO-
Lección 11
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

El ministerio personal de Cristo duró alrededor de tres años y medio. Durante este
tiempo él viajó a través de Palestina, haciendo milagros y enseñando una nueva manera
de vida. Al terminar este período, fue arrestado y crucificado en el Calvario. Entregó así
su vida para que el mundo pudiera ser redimido.
En la lección anterior dejamos a Jesús en Capernaum, sede de casi todo su ministe-
rio. El pronto cambió a Galilea por Judea con el fin de asistir a la Fiesta de la Pascua en
Jerusalén. Ahí arrojó a los cambistas fuera del templo y tuvo su famosa discusión con
Nicodemo acerca del nuevo nacimiento. Regresando a Galilea a través de Samaría, él se
encontró a una mujer junto al pozo de Jacob, cerca de la ciudad de Sicar. Después de ha-
blar con ella extensamente acerca de cosas espirituales, él concluyó con un profundo
pensamiento: “Dios es Espíritu: y los que lo adoran, deben adorarlo en espíritu y en
verdad” (Juan 4:24).

El ministerio en Galilea
Después de su regreso a Galilea, Jesús per-
maneció ahí alrededor de dos años, enseñando y
sanando a los enfermos. Hasta donde se nos ha
dicho, él regresó a Jerusalén solamente una vez
durante este período —para asistir a la Fiesta de
la Pascua—. Una vez visitó Fenicia, la única
ocasión en la que dejó Palestina después de que
fuera traído de Egipto cuando niño.
Temprano en su ministerio en Galilea Jesús
regresó a Nazaret, su residencia de adolescen-
te. Sorpresivamente fue rechazado por su pro-
pia gente que se negó a creer las cosas que ellos
habían oído acerca de él. En los siguientes meses
Jesús sanó a muchos en las colinas de Galilea. Al-
gunos vinieron recorriendo millas para oírlo ense-
ñar o para recibir algún beneficio de su poder sa-
nador. Miles lo siguieron en sus varios viajes a las aldeas de Galilea o en las desoladas
regiones que rodean el mar de Galilea. En uno de estos viajes a una montaña cerca de Ca-
pernaum, Jesús predicó su “Sermón del monte” recogido en los capítulos 5, 6 y 7 de Mateo.
Probablemente es el más famoso sermón expresado. En una ocasión había 5.000 hombres
escuchando su palabra de vida. Solamente cinco bollos de pan y dos pececillos estaban dis-
ponibles para dar de comer a la multitud, pero Jesús por un milagro alimentó a todos. En otra
ocasión también alimentó 4.000 hombres en forma similar. Naturalmente, algunos lo si-
guieron esperando ser alimentados en forma gratuita, pero la mayoría tenía hambre de las
cosas del Espíritu que él compartía en su presencia. Tan grande fue su popularidad que
una vez cuando cruzó el Mar de Galilea para escapar de las multitudes, éstas caminaron
alrededor del lago y lo encontraron al otro lado.

1
Jesús no siempre se asoció con la gente respetable. En una ocasión comió con un grupo
de publícanos, los despreciados colectores de impuestos de ese tiempo. A causa de ello él
fue muy criticado, mas dijo: “No he venido a llamar a justos, sino pecadores, al arrepen-
timiento” (Mateo 9:13).
Merece especial mención la vez que llevara sus tres más íntimos discípulos a la
cumbre de una montaña para orar. Mientras oraban, Jesús se transfiguró en
la más gloriosa de las formas, y Moisés y Elías aparecieron y hablaban con él.
Cuando Pedro sugirió construir un tabernáculo para cada uno de los tres, una
voz de los cielos dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien yo estoy complacido; a él
oíd” (Mateo 17:5). Así la voz del Padre mismo declaró que la autoridad del Hi-
jo es suprema. Nosotros no debemos estar sujetos ni a Moisés ni a la ley que él
dio, porque la soberanía de Jesús es absoluta.

El ministerio en Judea y Perea


Después de dos años de enseñar en Galilea, Jesús regresó a Jerusalén para la Fiesta de los
Tabernáculos. Aun antes de esto los fariseos (los líderes religiosos y políticos de la secta en-
tre los judíos) habían empezado a oponerse a él. Sus abogados habían tratado de hacerlo
caer en contradicciones pero siempre habían fracasado. Ahora pensaban matarlo, pero su
popularidad era muy grande para intentarlo. Así, Jesús pudo salir de Jerusalén y viajó en
paz a Perea, cruzando el Río Jordán. Fue aquí y en Judea donde Jesús pasó los últimos me-
ses antes de su arresto y crucifixión. Mientras viajaba entre las dos provincias, preparó a sus
discípulos para cuando él ya no estuviera más entre ellos como su Pastor.

Los Apóstoles

Jesús tenía muchos discípulos. Cualquiera que verdaderamente lo sigue, es su discípulo.


Jesús sabía que después de que él se hubiera ido, otros tendrían que continuar su obra. Por
eso nombró a doce de sus discípulos como apóstoles. Un apóstol es uno que es enviado con
una misión. En otra lección estudiaremos la comisión que Jesús dio a sus apóstoles. De los
doce apóstoles que Jesús señaló hubo al menos dos parejas de hermanos —Pedro y An-
drés; y los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan—. Como miembros del círculo más intimo,
Pedro, Santiago y Juan lo acompañaron mientras que otros no lo hicieron. Otro apóstol fue
Mateo, un recaudador de impuestos, quien más tarde escribió el evangelio de Mateo.
También eran apóstoles Felipe, Bartolomé, Tomás (quien es recordado a causa de su duda
de que Cristo se había levantado de la tumba), Santiago el hijo de Alfeo, Tadeo o Judas
como era algunas veces llamado, Simón el Zelotes; y el último de todos, el traidor, Judas
Iscariote. La mayoría de estos eran pescadores del Mar de Galilea. Su entrenamiento in-
cluía el testimonio de las hazañas hechas por Cristo y la audición de sus enseñanzas. El
también, para darles valiosa experiencia, primero los mandó a predicar y a sanar enfermos.

Los milagros de Jesús


Ningún estudio de la vida de Cristo está completo sin hacer una observación especial
de sus milagros. Su fama descansó no solamente sobre su enseñanza, sino sobre sus obras
con las cuales demostró su deidad. Los evangelios mencionan treinta y cinco de los mila-
gros de Jesús. Se hace referencia a muchos otros. De estos, diez y seis fueron curaciones del
cuerpo. Entre estos, que fueron ayudados por Jesús, se incluyen ciegos cuya vista fue restau-

2
rada completamente; el siervo de un centurión quien fue curado de parálisis y un hombre
sordo y mudo de nacimiento que luego pudo oír y hablar. También curó seis poseídos de de-
monios; además, Jesús levantó de la muerte a tres personas. Estos fueron: el hijo de una viu-
da en Naín, la hija de Jairo —un príncipe de la Sinagoga—, y Lázaro, hermano de María y
Marta, queridos amigos de Jesús. Se nos habla de nueve milagros de Jesús sobre las fuer-
zas de la naturaleza. Esto incluye la alimentación de 5.000 y 4.000, su caminata sobre el
Mar de Galilea, y su dominio de la tempestad en dicho mar.
Cristo no obró milagros solamente para hacer bien a la gente. El los hizo para
que los hombres creyeran su enseñanza y para que se dieran cuenta de su deidad.
Cuando sanaba a un individuo, la salud era instantánea. No se necesitaba espe-
rar algunos días como ocurre en nuestro tiempo con algunos individuos que
pretenden curar enfermos milagrosamente. Además ayudó a muchos individuos
sin exigirles fe. Lázaro, obviamente, no tenía fe cuando Jesús le levantó de la
muerte. Los modernos “curadores por fe” dicen que ellos no pueden ayudar a los
que no tienen fe. En este caso no siguen el ejemplo de Jesús.

¿Qué ocurrió con los doce?


El Nuevo Testamento no nos habla mucho acerca de los apóstoles después del Pen-
tecostés, que fue cuando todos estaban presentes para el establecimiento de la iglesia.
Ellos permanecieron en Jerusalén después de la primera y mayor persecución que dis-
persó la mayoría de los cristianos (Hechos 8:1). Los hechos recogen las tempranas ac-
tividades de Pedro en Palestina, y las de Juan, cuando estaba en compañía de Pedro.
Judas, el traidor, se quitó la vida cuando Jesús fue crucificado. La Biblia sólo registra la
muerte de otro de los doce, Santiago, ejecutado por Heredes en 44 D.C. (Hechos 12:2).
El historiador Eusebio relata una tradición de que los apóstoles se sortearon los campos
de misión, y así fueron por la tierra predicando la palabra. Todos, excepto Juan, se cree
que fueron muertos como mártires. Juan pasó muchos años en Éfeso; fue desterrado a
la Isla de Patmos en su vejez, y murió de muerte natural, al terminar el primer siglo.

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JESUCRISTO —SU ENSEÑANZA—
Lección 12
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Jesucristo fue el maestro del mundo. Sus mi-


lagros fueron grandes. Su enseñanza fue aún más
grande. En esta lección estudiaremos lo que Jesús
enseñó y cómo lo enseñó.

Cómo enseñó Jesús


Las enseñanzas de Jesús se caracterizan por su
claridad. El empleó palabras del habla común para
hacerse entender; usó ilustraciones con las cuales
la gente se había familiarizado. Muchos de sus
principios fueron dados en forma de parábolas.
Una parábola es una historia conforme a la reali-
dad que deja una lección. Así mientras la narración del hijo pródigo (Lucas 15:11-32) es
una magnífica historia que pudo haber pasado, Cristo no la cuenta para entretener a sus
oyentes sino para demostrar que el amor de Dios está listo para recibir a aquellos que
se desvían de la fe. El número de parábolas de Cristo oscila entre 27 y 50, dependiendo de
lo que se clasifique como parábola. De éstas, la mayoría tiene que ver con seres huma-
nos; mientras que otras se relacionan con animales o plantas u otros objetos con lo
cual la gente estaba familiarizada. La parábola del sembrador es típica de las parábolas
de Jesús. En ella se habla acerca de un hombre que salió a sembrar. Algunas semillas
cayeron junto al camino, otras sobre piedras y espinas; mientras que otras más fueron
plantadas en buena tierra. Solamente la que cayó en buena tierra produjo su fruto. Des-
pués que Jesús hizo este relato, les dio a sus discípulos el significado. La semilla es la
palabra de Dios. Y la manera de ésta de crecer o no crecer significa la manera de cómo
los hombres reciben o rechazan la palabra de Dios; y los frutos, lo que producen sus vidas.
Jesús se valió de las preguntas. Una vez preguntó: “¿Quién es mi madre?” El sorpren-
dió a la gente cuando dio respuesta a su propia pregunta diciendo: “Cualquiera que haga
la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y madre”
(Mateo 12:50). Cuando sus enemigos trataban de ponerlo en un dilema, les hacía una pregunta.
Cuando se mostraban incapaces de contestarle su pregunta, entonces él rehusaba contestarles
las de ellos. Algunas veces enseñaba por el ejemplo, como hizo cuando les lavó los pies a sus
discípulos. No les lavó los pies porque éstos estuvieran sucios, sino para demostrarles que la
verdadera grandeza sólo es medida por el servicio que uno preste a su prójimo.

Lo que enseñó Jesús


Las cosas que Jesús enseñó son más importantes que sus métodos. Dio al hombre una
completa manera de vida, la cual se ha resumido en lo que se conoce como la regla de oro
de la Biblia: “todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así
también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12). Este modo de vida supera a cualquier re-
ligión pagana y, aún es superior a la ley de Moisés.

1
La esencia de la enseñanza de Jesús está en el Sermón del Monte que se encuentra en
Mateo 5, 6 y 7. El estudiante puede leer el discurso entero. El sermón no es entrelazado
por un pensamiento, sino que está formado por diferentes temas. Empieza con una cantidad
de bienaventuranzas en las cuales se pronuncia una bendición sobre los que agradan a Dios.
Por ejemplo: “Bienaventurados son los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericor-
dia.” “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:7,8).
Usted notará que Jesús ofrece su bendición no a los ricos y poderosos, sino a aquellos cuyo
corazón es recto, y luchan por servir a Dios mientras sirven al prójimo. “No hagáis tesoros
en la tierra...sino haced tesoros en los cielos” (Mateo 6:19,20). Así demostró el Señor que
las verdaderas riquezas están en lo espiritual y no en las cosas materiales.
En el sermón, Jesús demuestra que nosotros podemos pecar tanto por el pensamiento
como por la acción. “Oísteis que fue dicho a los antiguos: no matarás...Pero yo os digo que
cualquiera que se enoje contra su hermano será culpable del juicio” (Mateo 5:21,22). Otra
vez: “Cualquiera que mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”
(Mateo 5:28).
Las palabras de Jesús relacionadas con el divorcio son muy claras: “Pero yo os digo
que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y
el que se casa con la repudiada comete adulterio” (Mateo 5:32). Igualmente sin ador-
nos es su declaración respecto a los juramentos: “Pero yo os digo: no juréis en ninguna
manera; ni por el cielo porque es el trono de Dios; ni por la tierra porque es el estrado de sus
pies; ni por Jerusalén porque es la ciudad del gran Rey” (Mateo 5:34,35).
Jesús enseñó el principio de “la no resistencia” en el Sermón de la Montaña. Quizá
ninguna enseñanza esté más en conflicto con la naturaleza humana que ésta. Sin embar-
go, si los hombres cumplieran esto, las guerras acabarían. Óigalo como dice: “oísteis que
fue dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: no resistáis al que es malo;
antes a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra” (Mateo
5:38,39). Esto es difícil practicarlo, pero es la base de toda la enseñanza cristiana.

El reino de Dios
Durante su ministerio personal Jesús enseñó mucho acerca del reino de Dios. Muchas
de sus parábolas comparan el reino de Dios a cosas familiares tales como la levadura o la
semilla de mostaza. Daniel había profetizado que el Señor establecería un reino indestruc-
tible (Daniel 2:44). Los judíos estaban esperando un reino temporal. Pero el reino que
Jesús vino a establecer era un reino espiritual. El reinaría no en el trono de David, en
Jerusalén, sino en el corazón de los hombres. Jesús no declaró que él establecería un reino
terrenal, sino que su reino era la iglesia (Mateo 16:18,19), y que pronto iba a ser estable-
cido. En otra lección aprenderemos cómo y cuándo empezó ese reino.
Jesús tenía mucho que decir acerca del cielo y del infierno. El describe el cielo como un
lugar que será heredado por los fieles; y el infierno, como el destino triste para los que
rechazan a Dios. El enseñó que el desprevenido sería lanzado “en el horno de fuego; allí
será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 13:42). Pero él también enseñó que Dios ama
tanto al hombre que envió su Hijo para salvarlo de tan terrible destino.
Jesús reclamó ser el Hijo de Dios. El era mucho más que un buen hombre moral,
quien enseñó a otros cómo vivir mejor. El vino a salvar el mundo del pecado. Si Jesús no
hubiera sido el Hijo de Dios, entonces él habría sido el más grande impostor de la histo-
ria, y su enseñanza no podría haber sido de confiar. Pero sus mismas enseñanzas prue-

2
ban que él es el Hijo de Dios y que sus reclamos de deidad son válidos.
La invitación de Jesús

Es el deseo del Señor que los hombres vengan a él. Pero él no obliga a nin-
gún hombre a aceptarlo, sino que invita a todos. “Venid a mí todos los que
estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre
vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis
descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Ma-
teo 11:28-30). Querido estudiante, ¿ya ha aceptado su invitación?

3
LA CRUCIFIXIÓN DE CRISTO
Lección 13
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

El evento más importante en la historia del mundo es la crucifixión (y resurrección)


de Cristo. Aproximadamente una tercera parte de los evangelios tiene que ver con la úl-
tima semana de la vida de Jesús y su muerte, sepultura y resurrección. En esta lección
estudiaremos su crucifixión.
La última semana
Por algún tiempo Jesús había advertido a los doce que él pronto los dejaría. Aparen-
temente, sin embargo, ellos no comprendieron esto, así como tampoco entendían com-
pletamente la naturaleza espiritual del reino. Ellos
esperaban verlo reinar en un dominio mundano. Fue
probablemente esta misma creencia la que hizo que
mucha gente fuera delante de Jesús cuando él cabalgó
sobre un pollino de asno en Jerusalén. Ellos ten-
dían ramas en el camino y clamaban: “Hosanna en
las alturas.” Esto fue en domingo, exactamente cinco
días antes de la crucifixión. Al día siguiente Jesús entró
en el templo como lo había hecho tres años antes, y
volcó las mesas de los cambistas quienes trataban de
hacer fuertes ganancias con las gentes que habían
venido a adorar.
Esto intensificó la determinación de sus enemigos de
matarlo. Cuando Judas Iscariote, uno de los doce, vino al
siguiente día al jefe de los sacerdotes ofreciéndole trai-
cionar a Cristo, él los encontró ansiosos de aprovecharse de la traición. Se hizo un con-
venio y por treinta piezas de plata, algo así como veinte dólares, Judas convino traicionar
a Jesús.
La Pascua
La noche de la traición Jesús se reunió con sus discípulos para participar de la Fiesta
de la Pascua. Esta vez les dijo a sus discípulos sus últimas palabras de exhortación; les
mostró un maravilloso ejemplo al lavarles los pies; y oró a Dios por la unidad de todos
los creyentes, tal como aparece en Juan 17. Durante la Pascua, Jesús instituyó en presen-
cia de sus discípulos, el bello memorial conocido como la cena del Señor. El primero tomó
el pan sin levadura de la Pascua, y luego el fruto de la vid (uva), y les dio a sus discí-
pulos diciendo: “Esto es mi cuerpo” y “esto es mi sangre” (Mateo 26:26,28).
Algunos han malentendido las palabras de Jesús; y afirman que el pan y el
jugo de la vid eran, literalmente, su cuerpo y su sangre. Lo equivocado de este
argumento es fácil verlo cuando consideramos que al hablar él estaba físicamen-
te completo. Jesús estaba solamente empleando una figura literaria conocida co-
mo metáfora, en la cual una cosa se toma por otra cosa. Cuando él dijo: esto es mi
cuerpo, estaba declarando: “Esto representa mi cuerpo.”

1
Getsemaní
Después de la cena, Jesús salió de Jerusalén con sus discípulos y cruzó el arroyo del Ce-
drón para dirigirse al Jardín de Getsemaní. Ahí él suplicó fervientemente al Padre pasar la
copa de sufrimiento si era la voluntad de Dios. Pero no era la voluntad de Dios que él
escapara del sufrimiento de la cruz, así como hoy no es la voluntad de Dios de otorgar-
nos las muchas cosas que los cristianos pedimos. En su agonía Jesús sudó como si fueran
grandes gotas de sangre. El regresó adonde había dejado a sus discípulos y los encon-
tró durmiendo, en el momento en que más necesitaba de ellos. Tres veces Jesús oró de
la misma manera, y luego con sus discípulos; y ya se preparaban a salir del jardín, pero
en ese momento se vieron rodeados por una multitud que había venido con espadas y
palos a arrestar al Príncipe de Paz. Iban dirigidos por Judas quien fue directamente a
Cristo y lo besó para indicarles a sus cómplices cuál era el hombre que ellos buscaban. En
un momento de ímpetu, Pedro sacó su espada e hirió la oreja del siervo del sumo sacer-
dote; pero un rato más tarde todos los discípulos incluyendo a Pedro, huyeron, dejan-
do sólo a Jesús en sus últimas horas antes de su muerte.

El juicio
El juicio de Cristo fue ambos: irregular e ilegal por sus modelos judiciales. Al
caer la noche, fue primeramente llevado a Anas, suegro de Caifás, sumo sacerdote de los
judíos. De Anas fue enviado a Caifás, quien lo encontró digno de muerte. Durante estas
horas siniestras de la noche Pedro, por miedo al desprecio de los judíos, negó que conociera
a Jesús. Primero Judas lo había traicionado y ahora Pedro lo negaba. Pero mientras Ju-
das fue y se colgó, Pedro se arrepintió con amargas lágrimas; y desde ahí siguió fiel al
Señor.
Después del amanecer, Cristo fue llevado ante el concilio judío, donde la decisión de Cai-
fás fue formalmente aprobada. Bajo la ley romana, sin embargo, los judíos no tenían auto-
ridad de condenar a muerte a un hombre. De ahí que enviaron a Jesús al gobernador romano
Pilato, quien no pudo encontrar culpa en Jesús. Pilato lo envió a Heredes quien tenía juris-
dicción en Galilea, donde Jesús había hecho la mayoría de sus predicaciones. Heredes se
lo devolvió a Pilato. Pilato trató de encontrar la manera de soltarlo y a la vez complacer a
la gente; pero como falló en su intento, dio el consentimiento de crucificarlo, aunque sabía
que era inocente. Entonces fue entregado a los soldados romanos quienes brutalmente lo
escarnecieron y lo azotaron para luego llevarlo a la crucifixión.

La crucifixión
Jesús fue crucificado el viernes a las 9 de la mañana (algunos dicen que jueves) en un
lugar fuera de Jerusalén llamado Gólgota o Calvario. En español significa “calavera.” Sobre
su cabeza, en la cruz, estaba la inscripción “JESÚS DE NAZARET, REY DE LOS
JUDÍOS.” A cada lado también crucificaron a un ladrón para así manifestar su desprecio
hacía él. Esta fue la hora de las más densas tinieblas en la historia del mundo; pero des-
pués de estas tinieblas vino la luz, ya que Jesús conquistó la muerte y el sepulcro.
Las siete palabras de Cristo sobre la cruz dicen la historia de su muerte. (1) “Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen.” Abajo los soldados echaban suertes para re-
partirse su túnica. (2) A su madre: “He aquí a tu hijo.” A Juan, encomendándola a su cui-

2
dado: “¡He aquí a tu madre!” (3) Al ladrón que le pidió que lo recordara: “De cierto te
digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso.” Ya era mediodía. En las siguientes tres horas
toda la tierra se quedó en tinieblas. (4) “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abando-
nado?” (5) “Tengo sed” Le dieron a beber vinagre. (6) A las 3:00 p.m. exclamó: “Con-
sumado es.” (7) “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” A su muerte, la tierra
fue sacudida por un enorme terremoto y el velo del templo se rasgó en dos, significando así
el fin de la ley de Moisés. Observando los eventos de esta hora, el centurión que lo había
crucificado exclamó: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios” (Mateo 27:54).
Nicodemo, quien una vez había venido a ver a Cristo una noche, y un hombre rico, José
de Arimatea, sepultaron a Jesús en la tumba de José, con la ayuda de varias mujeres. Como
ya era de noche, ellos decidieron esperar hasta después del sábado para terminar su trabajo.
Pilato colocó guardianes a la entrada de la tumba de Jesús para evitar que vinieran los dis-
cípulos de Jesús y se robaran el cuerpo. Pero cuando las mujeres regresaron el primer día de
la semana, la piedra delante del sepulcro estaba removida y la tumba vacía. ¡Jesús había resu-
citado! De esto tratará nuestra próxima lección.

3
LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Lección 14
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

“¡El no está aquí, pues ha resucitado!” Con estas palabras, las mujeres que habían
venido a la tumba de Jesús, al amanecer del primer día de la semana, fueron saludadas por
un ángel que se paró frente a ellas. De acuerdo con la ley de Moisés, ellas habían descansado el
sábado, y ahora habían regresado para completar la sepultura de Jesús, la cual ellas habían
comenzado el día de su muerte. Pero ahora encontraron la piedra removida y la tumba vacía.
¿Qué había pasado con el cuerpo de su Señor?

La aparición de Jesús
Las mujeres fueron a decirles a los apóstoles lo que había pasado. Inmediatamente Pedro
y Juan corrieron al sepulcro para confirmar esta noticia. Poco más tarde María Magdalena
estaba llorando cerca de la tumba. Súbitamente, Jesús se le apareció, pero ella no lo reconoció
hasta que él la llamó por su nombre. El le dijo que fuera a sus hermanos y les dijera que él
ascendería al Padre. Ella fue inmediatamente.
Cerca de esta hora, Jesús se apareció a otras mujeres posiblemente incluyendo a María
Magdalena. Los relatos de sus apariciones aumentó la esperanza de los apóstoles que habían
sido desparramados como ovejas sin pastor después de la crucifixión. Ellos oyeron otros in-
formes. Cristo se había manifestado a dos discípulos que iban camino a Emaús y había sido
visto por Cefas (Pedro).
Aun así, debieron de haberse asustado cuando, más tarde ese mismo día, Jesús súbita-
mente se apareció en medio de ellos, quienes estaban reunidos en un cuarto cerrado. Pero las
heridas de su cuerpo pronto los convencieron de que el hombre parado frente a ellos era su
Maestro en la carne. El les mostró que no era espíritu, al comer pescado en su presencia
(Lucas 24:43). Los apóstoles no dudaron más de la resurrección de Jesús, excepto Tomás
que estaba ausente. Cuando él oyó de estos eventos dijo: “Si no viere en sus manos la señal
de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado no
creeré” (Juan 20:25). Justamente, una semana más tarde, Jesús se apareció de nuevo a sus
discípulos. Esta vez estaba presente Tomás. Cristo se dirigió a Tomás: “Pon aquí tu
dedo, y mira mis manos; y acerca tu
mano, y métela en mi costado; y no seas
incrédulo sino creyente” (Juan 20:27).
Tomás creyó cuando exclamó: “¡Señor
mió, y Dios mió!” El hecho de que los
apóstoles y especialmente Tomás, con-
virtieran su escepticismo en fe es una de
las pruebas más poderosas de la resu-
rrección corporal de Jesús.
Más tarde, Jesús se apareció a siete
discípulos en el Mar de Galilea; y otra vez a los once en una montaña. También se nos dice

1
que se apareció a 500 una vez, y a Santiago (1 Corintios 15:6,7). Finalmente se apareció a
todos los apóstoles para su ascensión al cielo, cuarenta días después de la resurrección.
Mientras Jesús hablaba con ellos, dándoles las palabras finales de exhortación, ascendió
entre las nubes del cielo y no fue visto más por ellos.
El significado de la tumba vacía
La importancia de la resurrección de Jesús es resumida por Pablo: “Y si Cristo no
resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe... Y somos
hallados falsos testigos de Dios... Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis
en vuestros pecados” (1 Corintios 15:14,15,17). Jesús murió para limpiar nuestros peca-
dos. Pero nosotros no sabríamos que él hizo esto a menos que supiéramos que él se le-
vantó de la tumba; puesto que uno que no tuviera poder para conquistar la muerte no
tendría poder para perdonar pecados. Solamente a la luz de la tumba vacía la cruz tiene
significado. Además, la resurrección de Jesús demuestra la seguridad de nuestra resurrec-
ción. Si él pudo conquistar la muerte por sí mismo, él también puede resucitar a sus discí-
pulos. La esperanza de la vida eterna de los cristianos está inseparablemente ligada a
la resurrección de Jesús.
La resurrección de Cristo también trajo el fin del antiguo pacto y su
ley, cuando él murió sobre la cruz. La Edad Mosaica, en la cual Israel ha-
bía vivido por 1500 años, terminó en el Calvario, “anulando el acta de los
decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en
medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:14). Desde ese tiempo en ade-
lante, Judíos y gentiles, han vivido en la Edad Cristiana y están sujetos a las
leyes de Cristo, recogidas en el Nuevo Testamento.

La gran comisión
Antes de su ascensión Jesús dio a sus discípulos una comisión. Está registrada en di-
ferentes formas en los tres primeros evangelios. Aunque él previamente les había dado
orden de ir solamente a los judíos, su nueva comisión era el amplio mundo en toda su
extensión.
Permítanos leer las tres declaraciones de la gran comisión. “Por tanto, id, y haced
discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y
del Espíritu Santo; enseñándolos que guarden todas las cosas que os he mandado;
y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén”
(Mateo 28:19,20). “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.
El que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere será condena-
do” (Marcos 16:15,16). “Y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cris-
to padeciese y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su
nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando
desde Jerusalén” (Lucas 24:46,47).

2
El diagrama muestra el resumen de la gran comisión.
NOMBRE

DEL
TODAS
PADRE,
MATEO ID ENSEÑAD LAS BAUTISMO ENSEÑAD
DEL HIJO
NACIONES
DEL
ESPÍRITU
SANTO

EL TODA
MARCOS ID PREDICAD CREER BAUTISMO SALVO
EVANGELIO CRIATURA

TODAS REMISIÓN
ARREPEN-
LUCAS PREDICAD LAS DE
TIMIENTO
NACIONES PECADOS

NOMBRE
SALVO
DEL
REMISIÓN
ENSEÑAD EL TODAS ARREPEN- PADRE,
RESUMEN ID LAS CREER BAUTISMO DE ENSEÑAD
PREDICAD EVANGELIO NACIONES TIMIENTO DEL HIJO
PECADOS
DEL
ESPÍRITU
SANTO

El cristianismo es agresivo. Jesús insiste en que sus discípulos lleven el evangelio a


otros. De ahí que él instruyera a los apóstoles para que fueran por todo el mundo. Ellos
iban a predicar y a enseñar el evangelio, el cual incluye la muerte, sepultura y resurrec-
ción de Cristo. Ellos proclamaron a Cristo y no la política, ni la ciencia, ni la economía. Su
mensaje fue llevado a todas las naciones. A diferencia de la ley de Moisés, el evangelio
es para toda raza y nación. Es para todo aquél que acepte a Jesús como su Salvador. El
evangelio no permite prejuicios raciales. Sólo proclama a Cristo.
Las condiciones de salvación que son dadas en la gran comisión son simples. Un pe-
cador debe creer en Cristo, arrepentirse y ser bautizado. El bautismo es en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y no en el nombre de Jesús solamente. La bendi-
ción del perdón de pecados viene como resultado de que uno se ha bautizado, no antes
de bautizarse. Jesús declara: “El que creyere y fuere bautizado será salvo” (Marcos
16:16).
La gran comisión concluye instruyendo a los apóstoles para que enseñen a los con-
vertidos todas las cosas que Cristo ha mandado. No es suficiente mostrar a los perdidos
cómo venir a Cristo. También se les deben enseñar cómo vivir para que puedan recibir el
galardón eterno al final de la vida.

3
EL PECADO Y SUS CONSECUENCIAS
Lección 15
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

El gran propósito por el cual Jesús vino a la tierra fue para salvar al hombre del peca-
do. A menos que nos demos cuenta de este importante hecho, nuestra fe en él resulta en
vano. En la siguiente lección estudiaremos cómo podemos recibir el perdón de pecados a
través de Cristo. Antes de hacerlo, sin embargo, debemos aprender algo acerca del pecado
y sus consecuencias.
¿Qué es el pecado?

Juan enseña que “el pecado es la trasgresión de la ley” (1 Juan 3:4). Mien-
tras que el crimen es la trasgresión de la ley de la tierra, y el vicio es la
trasgresión de los requisitos morales y costumbres de la gente, el pecado es
la trasgresión de la ley de Dios. La palabra, literalmente significa “no dar en
el blanco.” Puesto que la voluntad de Dios es el blanco, nosotros hemos
errado al blanco; lo cual quiere decir que hemos pecado por cuanto no he-
mos obedecido la voluntad de Dios.
Muchos pecados son morales por naturaleza. Algunos de estos, tales como la idolatría, el
adulterio y la bebida, son condenados y mencionados por su nombre en la Biblia. Otros peca-
dos, tales como el juego, no son mencionados en las Escrituras. Pero son condenados por los
principios morales enseñados en la palabra de Dios. Juan resume estas obras de la carne
cuando dice: “Toda injusticia es pecado” (1 Juan 5:17).
Los pecados de omisión son también condenados en el Libro Divino. “Y al que sabe hacer
lo bueno y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17). Por ejemplo, los cristianos deben visitar
al enfermo (Mateo 25:36) pero si ellos saben esto y no lo hacen, entonces pecan. Nosotros
no sólo debemos evitar hacer las cosas que Dios ha prohibido, sino que también debemos
hacer aquello que él ha mandado.
Otro tipo de pecado es la desobediencia a Dios, aun cuando los principios morales no estén
incluidos. Al Rey Saúl se le mandó destruir completamente a los amalecitas. Pero él creyó
saber más que Dios y salvó a algunos de los animales pa-
ra sacrificar y perdonó la vida del rey de los amalecitas.
Aunque él no violó ningún principio moral, del cual no-
sotros hayamos sido informados, pecó a causa de la
desobediencia a Dios. De manera similar los cristianos
pueden pecar hoy. Por ejemplo, Jesús habló de los ele-
mentos que deben usarse en la cena del Señor, como el
pan y el jugo de uva. Si substituimos estos por pollo y ju-
go de naranja, pecamos a causa de que estamos desobe-
deciendo el mandamiento del Señor.
La Biblia no enseña que hay grados de pecado. No perdona las llamadas “mentiras blan-
cas” mientras que condena “las mentiras negras.” Dice: “todos los mentirosos tendrán su
parte en el lago que arde con fuego y azufre” (Apocalipsis 21:8). Es cierto que las conse-

1
cuencias físicas de algunos pecados son peores que otras. Preferiríamos el ser odiados por
alguien a que nos causara la muerte; pero desde el punto de vista del pecado, el odio y el
darle muerte a otro, costará la vida eterna. Juan dice: “Todo aquel que aborrece a su her-
mano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan
3:15).

Las consecuencias del pecado


Cuando Dios le prohibió a Adán comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, dijo: “El
día que de él comieres morirás” (Génesis 2:17). Cuando Adán pecó, murió; ambos: física y
espiritualmente. Como resultado de la trasgresión, Adán murió físicamente años más tar-
de; y su posteridad ha estado sujeta a la muerte desde ese tiempo.
Pero de más importancia es saber que Adán murió espiritualmente el día que pecó, pues
fue echado de la presencia de Dios o del jardín. La muerte espiritual es la separación de
Dios, así como la muerte física es la separación de alma y cuerpo. Nunca debemos creer que
la muerte espiritual es aniquilación. Toda muerte espiritual es el resultado del pecado.
“Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Je-
sús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Otra vez: “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis;
mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Romanos 8:13). Pablo no
se refiere aquí a la muerte física, puesto que todos tenemos que morir físicamente aunque
vivamos de acuerdo con la carne o el Espíritu. “Y él os dio vida a vosotros, cuando esta-
bais muertos en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1). “Y a vosotros, estando muertos
en pecados...os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados” (Colosen-
ses 2:13). Así a menos que el hombre sea “revivido” espiritualmente en Cristo, mien-
tras todavía vive físicamente, será separado de Dios eternamente en la muerte eterna en
el lago de fuego y azufre (Apocalipsis 21:8).
¿Se hereda el pecado?
¿Heredamos nosotros la culpa de los pecados de Adán y de nuestros padres? O ¿somos
responsables únicamente por los pecados que cometemos? Las Escrituras claramente
enseñan que debemos responder a Dios por nuestros propios pecados, y no por los de
nuestros progenitores. “De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”
(Romanos 14:12). “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribu-
nal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el
cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10). “Por cuanto todos pecaron, y están
destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Observe que Pablo dice que estamos
destituidos de la gloria de Dios a causa de nuestros propios pecados, no que naciéramos
destituidos de la gloria de Dios a causa de los pecados de nuestros antepasados.
La doctrina de que un niño haya nacido con la culpa del pecado de Adán y con la de
sus padres se conoce como “el pecado original.” Se afirma así, de acuerdo con esta doc-
trina, que un niño que nunca personalmente haya pecado, está condenado por siempre
al infierno, a menos que sea bautizado. Ni la expresión “pecado original,” ni la idea que
representa se encuentran en la Biblia. La palabra de Dios enseña lo opuesto: “El alma
que pecare, esa morirá. El hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pe-
cado del hijo” (Ezequiel 18:20). En otras palabras, un niño no es culpable por el peca-
do de sus padres.
Esta enseñanza yerra por no considerar que el pecado es un acto (“la
trasgresión de la ley”) (1 Juan 3:4) y no una característica heredable. El
pecado no podría ser más heredado que el cocinar y el manejar automóvil,

2
puesto que estos son actos y no características.
Si los niños nacieran pecadores, Jesús no los habría escogido como ejemplos que no-
sotros debemos seguir. “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino
de los cielos” (Mateo 18:3). Nosotros “somos linaje de Dios” (Hechos 17:29) y nuestros
espíritus han sido dados por Dios (Eclesiastés 12:7). De acuerdo con la doctrina del pecado
original se podría concluir que nosotros heredamos el pecado de Dios mismo lo cual no
puede ser, puesto que Dios es perfecto.
¿Qué, entonces, heredamos de nuestros padres físicos? Heredamos la habilidad para co-
nocer el bien y el mal; y también las flaquezas humanas que con tiempo nos conducen al
pecado. Nosotros no heredamos la culpa de la trasgresión de Adán, ni la de nuestros padres.
Hasta que un niño sea suficientemente maduro para comprender el significado del pecado,
él es puro ante los ojos de Dios, como la blanca nieve que cae en el invierno.

3
JESUCRISTO
-EL REMEDIO DE DIOS PARA EL PECADO-

Lección 16
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Si un hombre viviera una vida perfecta nunca estaría separado de la presencia de Dios.
Pero el pecado, tal como nosotros aprendimos en estudios anteriores, ha puesto una
gran sima de muerte espiritual entre todo ser humano y su Creador. En esta lección
examinaremos el remedio de Dios para el pecado, lo cual hizo posible a través de Je-
sucristo.
La necesidad de la limpieza
Nunca ha sido posible para el hombre expiar (reparar) por sí mismo su propio pecado.
No podemos por nosotros mismos hacer una serie de actos buenos para limpiarnos de las
transgresiones de la ley de Dios. Porque la separación de Dios es el resultado del pe-
cado y Dios no escuchará nuestras plegarias hasta tanto se
nos haya limpiado de pecado. Isaías declara esto cuando
dice: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre
vosotros y nuestro Dios, y vuestros pecados han hecho
ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:2). A
pesar del pecado del hombre, Dios todavía lo ama, y ha he-
cho posible los medios del perdón. Puesto que el hombre
no puede limpiarse por sus propios medios necesité que
Dios le proporcionara un modo de reconciliación.
Este medio de salvación fue derivado de la gracia de Dios, en
vez de los propios méritos del hombre. Por eso leemos:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de
Dios; no por obras para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8,9). Permítanos ilustrar esto con
un hombre que ha sido traído a la corte por no pagar sus deudas. (Hace muchos años
esto ocurría). Listo el juez para dictar la sentencia, un amigo se adelantaba y pagaba sus
deudas. El prisionero era absuelto, no porque él hubiera pagado sus deudas, sino porque otro
pagó en su lugar. Igualmente Dios ha provisto un medio para que nosotros paguemos las
deudas (los pecados) porque para nosotros es imposible hacer ese pago.
Es la voluntad de Dios que el pago de nuestras deudas haya sido hecho por el derramamien-
to de sangre. Podemos leer: “Y sin derramamiento de sangre no hay remisión” (Hebreos
9:22). ¿Por qué Dios requiere un sacrificio de sangre para limpiar el pecado? No se nos ha
dicho. Así él lo demanda y esto es razón suficiente para que aceptemos el hecho.

La expiación bajo el Antiguo Testamento


Cuando Dios les dio a los hijos de Israel la ley de Moisés para que se gobernaran hasta
la venida de Cristo, él proveyó el sacrificio de animales de los cuales la sangre era derra-
mada para la limpieza de los pecados del pueblo. En estos sacrificios (y hubo muchos de
ellos) solamente se usaban los mejores animales. Los lesionados e imperfectos eran recha-

1
zados. A pesar de esto, los sacrificios eran imperfectos y nunca borraban el pecado. Po-
dríamos decir que éstos pagaban el interés de la deuda hasta la crucifixión de Cristo,
cuando los pecados serían borrados para siempre. Esto parece que es la idea de Hebreos
10:1,3,4, donde leemos: “Porque la ley...nunca puede, por los mismos sacrificios que se
ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. Pero en estos sacri-
ficios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los ma-
chos cabríos no puede quitar los pecados”.
Cristo —la perfecta ofrenda por el pecado—
Puesto que los sacrificios de animales no podían borrar el pecado, había un sacrificio
perfecto que se podía ofrecer: Jesucristo el Hijo de Dios. Por lo tanto, Dios lo envió a la
tierra a morir sobre la cruz, para que derramara su sangre por los pecados del hombre. Esta
enseñanza está bellamente expresada en esa escritura que a me-
nudo se ha llamado el texto de oro I de la Biblia: “Porque de tal
manera amó I Dios al mundo, que ha dado a su Hijo [unigénito,
para que todo aquel que en él I cree, no se pierda, mas tenga
vida eterna” |(Juan 3:16). Por unos treinta años Jesús 3 vivió
sobre la tierra. El “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pe-
ro sin pecado” (Hebreos 4:15). “El cual no hizo pecado, ni se halló
engaño en su boca” (1 Pedro 2:22). Siendo sin pecado él, fue un
sacrificio perfecto por las transgresiones del hombre. Cuando fue
arrestado por los judíos, interrogado por Pilato, y crucificado por los soldados romanos, él
derramó su sangre sobre la cruz, dio su vida como sacrificio para limpiar los pecados de todo
el género humano por aquéllos que vivieron antes y por los que todavía no habían nacido.
Que Cristo murió por nosotros, se enseña en muchos lugares. “Ciertamente,
apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara
morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo
aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justi-
ficados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5:7-9). Otra
vez: “La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7).
“En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las ri-
quezas de su gracia” (Efesios 1:7). El maravilloso mensaje de redención que
circunda la Biblia entera se encuentra en estos versículos.
Puesto que Jesús murió por nuestros pecados, ¿todos los hombres serán salvos por su
sacrificio? Verdaderamente no. El prisionero puede rechazar ante la corte que otro pague
su deuda. Cristo murió para hacer posible el perdón de todos los hombres pero no obliga a
nadie a venir a él para salvación. “Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eter-
na salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:9), Para el hombre que no obedece
a Cristo, él no es autor de eterna salvación.

Cómo nosotros podemos aceptar su ofrenda


Ya que hemos de obedecer a Jesús, hay algunas cosas que debemos hacer para aceptarlo.
Sabemos que “ahora, pues, ninguna condenación hay páralos que están en Cristo Jesús”
(Romanos 8:1). Si sabemos cómo entrar en Cristo donde no hay ninguna condenación, tam-
bién sabremos cómo aceptar su sacrificio ofrecido a nuestro favor en la cruz. En Romanos
6:3 se nos dice: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús,
hemos sido bautizados en su muerte?” También en Gálatas leemos: “Porque todos los
que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27). El

2
bautismo, entonces, es nuestro medio de entrar en Cristo donde no hay condenación, pero sí
el perdón de pecados. Desde que somos “bautizados en su muerte”, alcanzamos su sangre, la
cual fue derramada cuando él murió; y sin la cual no hay salvación. Podríamos notar, sin
embargo, que el bautismo no es aceptado por Dios a menos que esté precedido y acompa-
ñado de fe (Juan 3:16), y arrepentimiento (Hechos 2:38) de nuestra parte.
Una vez que la persona está en Cristo, puede, como cristiano, pedir a Dios, a través de
sus oraciones, el perdón de cualquier pecado que cometiere de vez en cuando. Los hijos de
Dios están llamados a esforzarse a vivir sin pecar, pero si pecan “abogado tenemos para
con el Padre, a Jesucristo el Justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamen-
te por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:1,2). Dios oirá a sus
hijos mientras intenten vivir de acuerdo con su voluntad.

3
LOS DOS PACTOS

Lección 17
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Es correcto llamar al NUEVO TESTAMENTO, EL NUEVO PACTO, porque la pa-


labra en griego, de la cual se traduce “testamento”, también significa pacto.
Cuando Cristo murió en la cruz dejó un testamento (o volun-
tad). Este testamento fue también un pacto entre Dios y el
hombre. Un pacto es un acuerdo entre dos o más partes. La
Biblia reconoce dos pactos que Dios ha hecho con el hombre.
“Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente
no se hubiera procurado lugar para el segundo” (Hebreos 8:7).
En ambos contratos Dios prometió ciertas bendiciones al hom-
bre, condicionadas por la obediencia del hombre a las leyes de
Dios.
El primero o antiguo pacto

El viejo pacto primeramente fue hecho con Abraham; y más


tarde, repetido (excepto la parte cumplida en Cristo) en la ley de Moisés. En una lección
anterior aprendimos que Dios prometió a Abraham (1) hacer de él una gran nación, (2) ha-
cer grande su nombre, (3) darle una tierra, (4) bendecir a todo aquel que lo bendijera y
maldecir a todo aquel que lo maldijera, (5) bendecir en su simiente a todas las familias de
la tierra (Génesis 12:1-7). Como señal del acuerdo, Dios ordenó que Abraham y sus des-
cendientes se circuncidaran.
Este pacto no fue dado en forma escrita hasta que se repitió en la Ley de Moisés. La
ley reiteró las promesas y añadió regulaciones que debían obedecer los hijos de Israel. Es-
to incluye (1) los diez mandamientos, escritos sobre tablas de piedra (Éxodo 34:27,28) y (2)
las otras porciones de la ley llamadas el libro del pacto (Éxodo 24:7). La ley de Moisés fue
dada solamente a los judíos, y se mantuvo vigente hasta la muerte de Cristo. Fue ley de
la letra y no del espíritu; y fue sellada con la sangre de los animales que los judíos ofre-
cían regularmente a Dios (Hebreos 9:18-21).
El viejo pacto cumplió varias cosas: (1) Cumplió con las promesas hechas por Dios a
Abraham, excepto la que pertenecía a Cristo. (2) Reveló la verdadera naturaleza del pe-
cado (Romanos 5:20). (3) Sirvió como recordatorio del pecado (Hebreos 10:3). Fue un
expediente provisional hasta que Cristo lo reemplazara con un mejor pacto por su muerte
en la cruz (Gálatas 3:19-25).

El segundo o nuevo pacto


El nuevo pacto es mucho más interesante para nosotros que el antiguo. La profecía
de Jeremías de que Dios haría un nuevo pacto con su pueblo (Jeremías 31:31-34) sería
cumplida cuando Cristo anunciara la introducción de un nuevo pacto, por su derrama-
miento de sangre en la cruz. Este fue el cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham

1
de bendecir a todas las naciones de la tierra en su simiente (Génesis 22:18). Jesús, un des-
cendiente de Abraham, bendijo a todo el género humano haciendo posible la salvación
a través de su derramamiento de sangre. Los términos del nuevo pacto están revelados en
los 27 libros del Nuevo Testamento.
La gran diferencia entre los dos pactos es que mientras el primero fue hecho sola-
mente con los judíos, el segundo es para todo aquel que se someta al evangelio de Cristo.
La naturaleza universal de este nuevo pacto está expresada en Gálatas 3:26-29. “Pues to-
dos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bauti-
zados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni
libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si voso-
tros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, herederos según la promesa.”
Así las promesas del nuevo pacto están ofrecidas a todos los que obedecen a Cristo, sin
distinción de raza, sexo, o condición social.
Los dos pactos son diferentes en otras maneras. El antiguo fue sellado con la sangre de
animales; pero el nuevo fue sellado con la sangre del Hijo de Dios (Hebreos 9:11-15).
El Nuevo es una ley del espíritu, no una ley de la letra como fue el Antiguo. “Pero
ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos suje-
tos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del espíritu y no bajo el régimen
viejo de la letra” (Romanos 7:6); “el cual asimismo nos hizo ministros competentes
de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíri-
tu vivifica” (2 Corintios 3:6). Como ejemplo de esta diferencia encontramos que bajo la an-
tigua ley un hombre que odiaba a su hermano pero no lo mataba no quebrantaba la ley.
Pero bajo Cristo, el odiar al hermano es como asesinarlo (1 Juan 3:15).
Además, los dos pactos difieren en que el primero sirvió para revelar la enormidad del pe-
cado; pero el segundo, para borrarlo. En una lección anterior vimos cómo ocurre esto. Así,
el Nuevo Pacto es un acuerdo permanente en vez de un acuerdo provisional como sí es el
caso del Antiguo.
Como el nuevo pacto substituye al viejo
Jesús dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido
para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17). En su muerte, Cristo cumplió el antiguo
pacto. Habiendo cumplido su propósito, fue substituido por el nuevo pacto. Consideremos
estos pasajes: “quita lo primero, para establecer esto último” (Hebreos 10:9). “Así también
vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo...Pero ahora
estamos libres de la ley, por haber muerto para aquélla en que estábamos sujetos, de modo
que sirvamos para el régimen nuevo del espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra”
(Romanos 7:4-6). “Anulando el acta de los decretos (la Ley de Moisés) que había contra no-
sotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses
2:14). “Porque él es nuestra paz...aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los
mandamientos expresados en ordenanzas” (Efesios 2:14,15). Con esta evidencia, nadie
debe alegar que todavía estamos bajo el antiguo pacto. Estos pasajes también demuestran
el engaño de los que afirman que todavía debemos guardar el sábado. Este mandamiento
fue parte de la ley de Moisés, el antiguo pacto, y nunca fue repetido en el nuevo. Noso-
tros no estaríamos más obligados a guardar este día que a ofrecer sacrificios de animales,
otro mandamiento encontrado sólo en el antiguo pacto.

2
El primer día de
la semana, en el
cual los cristianos
adoran (Hechos
20:7 y 1 Corintios
16:2), no es el día
sábado. Por cuanto
Jesús se levantó de
la tumba ese día, es llamado el día del Señor (Apocalipsis 1:10).
Otra vez, los términos de salvación a los cuales nosotros estamos sujetos no se aplicaban a
los de la ley de Moisés. Algunos objetan: “¿No fue salvo el ladrón en la cruz sin el bautis-
mo?” Debe tomarse en cuenta que nosotros no sabemos si él fue bautizado o no. Cuando
Jesús le hizo la promesa “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43), se la hizo antes
de morir mientras el viejo pacto estaba todavía en vigencia. “Porque el testamento con la
muerte se confirma; pues no es válido entretanto que el testador vive” (Hebreos 9:17). El
mandamiento del bautismo, entonces, vino a ser aplicable después de la muerte de Cristo;
pero la promesa, Jesús la hizo antes de morir.
El nuevo pacto es un “pacto eterno” (Hebreos 13:20), por medio del cual Dios trata con
nosotros hoy. Si le obedecemos, él nos recompensará con una morada eterna.
En las siguientes lecciones estudiaremos cómo Dios reveló, mediante el evangelio y el esta-
blecimiento de su iglesia, los términos de su pacto.

3
EL ESTABLECIMIENTO DE LA IGLESIA

Lección 18
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Diez días después de su ascensión al cielo, nuestro Señor Jesucristo fundó la iglesia en
Jerusalén. El establecimiento de la iglesia se registra en el libro de los Hechos de los
Apóstoles, el único libro histórico del Nuevo Testamento. Hechos, escrito por Lucas el
médico, es una crónica sobre las actividades de algunos apóstoles según iban extendien-
do la predicación del evangelio y estableciendo la iglesia. Se da énfasis especial al trabajo
de Pedro y Pablo. En esta lección estudiaremos el establecimiento de la iglesia y los
eventos que se narran en los primeros siete capítulos del libro.
El cuerpo de Cristo es descrito con una variedad de términos en las Escrituras. Entre
éstos están las expresiones: “iglesia”, “reino de Dios” o “reino de los cielos”. Que el reino
y la iglesia son diferentes nombres que se aplican al mismo cuerpo, es demostrado por Je-
sús cuando le dice a Pedro: “Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca
edificaré mi iglesia...Y yo te daré las llaves del reino de los cielos” (Mateo 16:18,19).
Puesto que Jesús usó las dos expresiones intercambiablemente, nosotros haremos esta
investigación desde el punto de vista de la formación de la iglesia.

El propósito de la iglesia

Antes que la iglesia llegara a ser realidad, ya existía en la mente y propósito de Dios.
Pablo declara: “Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por
medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al
propósito eterno que hizo en Cristo nuestro Señor” (Efesios 3:10,11).

La iglesia en la profecía
El Todopoderoso, por profecía, primero reveló al
hombre su propósito con respecto a la iglesia. Daniel,
quien interpretó los sueños del Rey Nabucodonosor,
profetizó: “Y en los días de estos reyes el Dios del
cielo levantará un reino que no será jamás destrui-
do, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenu-
zará y consumirá a estos reinos, pero él permanecerá
para siempre” (Daniel 2:44). Hasta ahora, sin embar-
go, la naturaleza espiritual del reino no se había re-
velado

La iglesia en cuanto a preparación


El período de preparación de la iglesia fue primeramente declarado por Juan el Bau-
tista, unos meses antes de que Jesús empezara su ministerio personal. Juan proclamó la
inminencia del reino cuando dijo: “Arrepentíos porque el reino de los cielos se ha acer-
cado” (Mateo 3:2). Pronto Jesús mismo dijo: “Arrepentíos porque el reino de los cielos se
ha acercado” (Mateo 4:17). El envió a sus discípulos adelante con la advertencia: “pre-

1
dicad diciendo: El reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 10:7). Más tarde prometió:
“Y sobre esta roca edificaré mi iglesia” (Mateo 16:18).
Jesús dijo a sus discípulos cómo, cuándo y dónde él establecería su iglesia. “De cierto
os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que ha-
yan visto el reino de Dios venido con poder” (Marcos 9:1). “Pero recibiréis poder,
cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8). “Quedaos vosotros
en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24:49).
Combinando estos pasajes aprenderemos que (1) la iglesia sería establecida durante la vida
de los apóstoles, (2) vendría con poder, y (3) sería establecida en Jerusalén.

La perfección de la iglesia
Los primeros capítulos de Hechos presentan a los apóstoles en Jerusalén en cum-
plimiento de las instrucciones del Señor. Mientras, ellos se dedican a escoger a Matías
quien reemplazará a Judas Iscariote quien acabó por colgarse. Exactamente diez días
después que Jesús ascendió al cielo, y 50 días después de la Pascua en que él fue crucifica-
do, llegó el Pentecostés. Miles de judíos de distintas partes del mundo se reunieron en
esta fiesta. A las 9 de la mañana los apóstoles estaban reunidos cuando “de repente
vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la
casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego,
asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenza-
ron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” Hechos 2:2-4).
Aquí está el poder que Jesús les había prometido que acompañaría el establecimiento
de su reino. La iglesia había existido en propósito, profecía y preparación. Los apósto-
les aprovecharon la oportunidad para predicar a la multitud. Entonces sucedió algo raro.
Cada hombre oyó la predicación en su propia lengua. La gente quedó asombrada. Algunos
imaginaron que los apóstoles estaban borrachos. Finalmente, Pedro se puso de pie frente
a la multitud y comenzó a predicar. Pedro les dijo que no estaban borrachos sino que
se trataba del poder de Dios que era enviado, de acuerdo con lo profetizado por el profe-
ta Joel. Les dijo que aquel a quien ellos crucificaron era el Hijo de Dios, y que Dios lo
había levantado de la muerte.
Tan poderoso resultó este sermón que tocó los corazones de los oyentes. Ellos dije-
ron: “¿Qué haremos?” (Hechos 2:37). Se dieron cuenta que ellos habían muerto al Hijo de
Dios y que en alguna manera necesitaban asegurarse del perdón de los pecados. Pedro
les dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo
para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros
es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para todos cuan-
tos el Señor llamare” (Hechos 2:38,39). Así él declaró que su perdón (y el nuestro tam-
bién) no se podría alcanzar hasta tanto se arrepintieran y fueran bautizados. Ese día al-
rededor de 3.000 personas fueron bautizadas para el perdón de pecados. La iglesia fue
establecida. De ahí en adelante, se habla de ella como una institución en existencia.
Al mismo tiempo que los primeros convertidos eran salvos, el Señor los
añadía a su iglesia. “Y el Señor añadía a la iglesia, cada día, los que habían
de ser salvos” (Hechos 2:47). Ellos fueron salvos de sus pecados y llega-
ron a ser parte de la iglesia en el mismo acto. Así la iglesia, no en el sen-
tido denominacional, se compone de los salvos; uno no puede ser salvo de
sus pecados pasados sin estar en la iglesia. Uno no puede estar en la igle-
sia sin ser salvo. Además, aprendemos de esta escritura que los primeros
cristianos fueron añadidos a la iglesia por el Señor, en vez de que ellos “se

2
juntaran” por su propia voluntad, como frecuentemente oímos decir en
nuestro tiempo.
Los primeros cristianos adoraban de una manera sencilla. “Y perseveraban en la doc-
trina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las
oraciones” (Hechos 2:42). El partimiento del pan es la cena del Señor. La iglesia creció rá-
pidamente. Pedro y Juan curaron a un cojo, y esto exaltó la oposición de los líderes judíos.
Pedro y Juan fueron arrestados y amenazados, pero luego los dejaron irse. Una vez que
reanudaron la predicación, lo mismo que los demás apóstoles, fueron arrestados otra vez.
Fueron encarcelados, pero escaparon por un milagro para proseguir predicando a Cristo. Una
vez más habían sido puestos en la cárcel, amenazados, golpeados y finalmente liberados.
La iglesia tenía otros problemas. Había mucha pobreza; y para enfrentarse a la situa-
ción, muchos cristianos vendían sus posesiones y traían el dinero para distribuir entre los
necesitados. Un hombre llamado Ananías y su esposa Safira, vendieron una heredad pero
trataron de engañar a los apóstoles pretendiendo darlo todo, aunque se quedaron con parte
del dinero. Por su mentira, Dios les quitó la vida; y un gran miedo vino sobre toda la con-
gregación. Otros se quejaron de que las viudas de los judíos griegos eran menospreciadas en
el ministerio sobre los necesitados, por eso los apóstoles designaron siete varones para su-
pervisar este ministerio. Uno de estos varones se llamaba Esteban, quien pronto se vio en-
vuelto en disputas con algunos judíos. Cuando fue arrestado, predicó un sermón ante el conci-
lio judío. Los que lo oyeron se llenaron de tanta ira que lo apedrearon, y murió como el primer
mártir del Señor. Los que le quitaron la vida pusieron sus abrigos a los pies de un varón
llamado Saulo, quien más tarde llegó a ser cristiano, y que se conoce como el gran Apóstol
Pablo.

3
VIAJES MISIONEROS DE PABLO

Lección 19
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Probablemente ningún individuo, salvo el Hijo de Dios mismo, haya influido más en la
causa de Cristo que el Apóstol Pablo. Fue él quien firmemente estableció la iglesia entre
los gentiles. Fue él quien escribió la mitad de los libros del Nuevo Testamento. Y es él
la figura predominante entre los capítulos 8 al 28 de Hechos, los cuales estudiaremos
en esta lección. El estudiante se beneficiará al leer todo el libro.
Después del apedreo de Esteban, una gran persecución esparció a la iglesia de Jerusalén
a través de Judea y Samaría. Esto fue una bendición puesto que los que eran esparcidos
iban por doquier predicando el evangelio. Felipe, el evangelista, convirtió a muchos en
la ciudad de Samaría; entre éstos, a un mago llamado Simón. Felipe fue entonces dirigi-
do por el Espíritu de Dios a la ruta desértica entre Jerusalén y Gaza. Aquí conoció y
convirtió a un eunuco que era tesorero de la reina de Etiopía. Indudablemente el hombre,
a su regreso a casa se dedicó a la predicación de la palabra de Dios.
Las persecuciones eran parcialmente dirigidas por un joven llamado Saulo. El recibió
la orden de ir a Damasco a arrestar a los cristianos. En el camino lo cercó una luz brillan-
te del cielo, la cual lo hizo caer en tierra. Y oyó la voz de Jesús que lo instruía para que en-
trara en Damasco donde se le diría lo que tendría que hacer. Saulo obedeció el mandamiento
y por tres días oró y ayunó hasta que un discípulo llamado Ananías vino a él para condu-
cirlo a Cristo. Saulo llegó a ser cristiano, y ahora es conocido como Pablo. Comenzó a
predicar el mensaje que en otro tiempo rechazaba.
Nuestra historia ahora nos transporta a las activida-
des de Pedro. En Lida curó a un hombre llamado Eneas, y
en Jope resucitó a Tabita. Estos eventos permitieron que
muchos vinieran a Cristo. Mientras estaba en Jope, Pedro
recibió la invitación de un centurión romano llamado Cor-
nelio para que lo visitara en Cesárea. El Señor instruyó a
Pedro para que aceptara el llamado; y él así lo hizo. Como
resultado, Cornelio y su familia llegaron a ser los primeros
gentiles (no judíos) convertidos. Algunos discípulos judíos
se preguntaban sobre el derecho de Pedro de predicar a los gentiles. Pero cuando él les
explicó las circunstancias, ellos se regocijaron con la conversión de Cornelio. Las per-
secuciones en contra de la iglesia continuaron.

El primer viaje misionero


Hasta entonces, Pablo y Bernabé, otro predicador, trabajaban con la iglesia de An-
tioquía de Siria. De esta ciudad salieron en su primer viaje misionero. Se embarcaron a
Asia Menor (Turquía) por el camino de la Isla de Chipre, y desembarcaron en Pérgamo.
Aquí Juan Marcos, sobrino de Bernabé, quien los había acompañado, se devolvió. Con-
tinuaron al interior donde establecieron iglesias en Antioquía de Pisidia, Lastra, Iconio y
Debe. Encontraron mucha oposición y, en Lastra, Pablo fue apedreado. Volviendo sobre

1
sus pasos, designaron ancianos en todas las iglesias, y se regresaron a su punto de parti-
da, Antioquía de Siria.
Pronto Pablo y Bernabé fueron a Jerusalén para ayudar a aclarar una disputa en la con-
gregación. Algunos de ellos querían imponer el rito judaico de la circuncisión sobre los
cristianos gentiles. La decisión contra los judaizantes demostró que la ley de Moisés, de
la cual la circuncisión era parte, no estaba incluida en el evangelio del Señor Jesucris-
to.

Segundo viaje misionero


Pablo y Bernabé regresaron a Antioquía y determinaron visitar las nuevas congregacio-
nes establecidas. Sin embargo, hubo un desacuerdo sobre si aceptaban nuevamente a
Marcos, quien ya se había devuelto de una gira. Así, Bernabé se embarcó para Chipre,
llevando a Marcos; mientras que Pablo se fue con Silas a visitar a las nuevas iglesias
de Asia Menor. Aquí Pablo, en una visión, vio a un hombre de Macedonia que le suplica-
ba: “Ven y ayúdanos”. Oyendo el llamado se dirigió a Macedonia para predicar en Fili-
pos, tal vez la primera ciudad europea en recibir el evangelio. Ahí convirtió a una mujer
de negocios llamada Lidia, y a su familia; y cuando él y Silas cayeron en prisión, convirtie-
ron al carcelero y su familia. Después de estar libres se fueron para Tesalónica y Be-
rea donde fundaron iglesias. A causa de la oposición de los judíos en estas ciudades,
Pablo salió para Atenas donde predicó su famoso sermón. Después salió para Corinto
donde estableció una congregación; aquí duró predicando y enseñando año y me-
dio.

Finalmente, se embarcó para Judea por vía de Éfeso; visitó brevemente Jerusalén y re-
gresó a Antioquía.
Tercer viaje misionero
El tercer viaje misionero llevó a Pablo al Asia Menor y a las provincias de Galacia y Fri-
gia. Llegó a Éfeso; ahí se quedó tres años enseñando el evangelio en la escuela de un tal
Tiranno. Aquí tuvo también mucha oposición. Finalmente salió para visitar las iglesias
que antes había establecido en Macedonia y Acaya. Habiendo hecho así, regresó a través de
Troas; se reunió brevemente con los ancianos de Éfeso, y se embarcó para Judea para estar
allí durante la fiesta judía del Pentecostés.
Pablo en prisión
Dondequiera que Pablo iba, se levantaba la oposición de los judíos. Inmediatamente
después de llegar a Jerusalén, fue custodiado por las autoridades romanas para prote-
gerlo de un plan para matarlo.
Permaneció en prisión en Judea
por dos años, siendo enjuiciado
ante el concilio judío, dos gober-
nadores (Félix y Festo) y un rey
(Agripa), todo sin ser sentencia-
do. Finalmente él hizo uso de su
derecho de ciudadano romano y
apeló al emperador. Su viaje a
Roma para ser juzgado fue inte-
rrumpido por una tormenta en el
mar, y fueron arrojados a una isla
llamada Melita o Malta. Todos

2
fueron salvados, y tres meses después, otra vez Pablo se embarcó para Roma. El libro de
Hechos cierra con Pablo como prisionero en Roma. Pero de los escritos de Pablo aprendemos
que él fue suelto más tarde y luego lo volvieron a arrestar. La tradición dice que este gran
hombre de Dios fue decapitado cerca del año 67 D.C., en la ciudad de Roma.

El mensaje de Pablo -el evangelio-


Pablo declaró cierta vez: “¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16). El
sabía que el mensaje de salvación había que llevarlo a otros. La palabra evangelio significa
“buenas nuevas”. Pablo nos habla de las buenas nuevas de la muerte, sepultura y resurrec-
ción de Cristo (1 Corintios 15:1-4). Estas son buenas nuevas, porque es a través de la muerte
y resurrección de Cristo que se ha hecho posible el perdón de nuestros pecados. Por eso, Pa-
blo declara: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salva-
ción a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego” (Romanos 1:16).
En un sentido más amplio, el evangelio abarca toda la historia de Cristo y su iglesia. Se ha
dicho que el evangelio incluye: datos para ser creídos, mandamientos para ser obedecidos, y
promesas para ser disfrutadas. Pedro habla de los que “no obedecen el evangelio” (1 Pedro
4:17). Nosotros, por lo tanto, sabemos que para poder aprovechar las buenas cosas de la
salvación a través de Cristo, debemos obedecer sus mandamientos. Cómo los perdidos
“obedecieron” el evangelio bajo la dirección de los apóstoles, será el estudio próximo.

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CONVERSIONES DEL NUEVO TESTAMENTO
Lección 20
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
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© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

El libro de Hechos es el libro de las conversiones. Contiene nueve distintas historias


de cómo las personas llegaron a ser cristianas. La palabra “conversión” significa re-
torno. Un convertido a Cristo ha retornado de los caminos mundanos a Jesucristo. Las
enseñanzas modernas a menudo están en desacuerdo con estas prácticas apostólicas.
Debemos tratar de descubrir cómo las personas fueron convertidas en el primer siglo,
en vez de justificarnos a nosotros mismos y nuestras prácticas modernas.

Aceptando la gracia de Dios


Ya estudiamos la parte de Dios en nuestra salvación. Su amor y gracia se expresan en el
sacrificio de Cristo sobre la cruz, para limpiar los pecados del género humano. Para be-
neficiarnos nosotros mismos de este perdón de pecados, Cristo exige que le obedezcamos.
“Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que
le obedecen” (Hebreos 5:9). La salvación se gana cuando se obedece a Dios y se acepta su
ofrenda.
Para ilustrar, supongamos que un hombre se está ahogando, pero un espectador le tira
una soga, y le dice: “Agarre la soga, y yo lo sacaré”. Para ser salvo necesita obedecer el
mandato. De ninguna manera se debe entender que el supuesto hombre que fue salvo lo
fue por su propio mérito. Igualmente, nuestra obediencia a los mandamientos del
evangelio en ninguna manera reducen la gracia divina, sino que son medios para acep-
tar la gracia.

Ejemplos sobre la conversión


Al comparar las historias de las conversiones en Hechos, nos daremos cuenta de lo que
exige Dios para que lleguemos a ser cristianos. Revisando los nueve casos de conversión
podremos aprender qué fue lo que ellos hicieron para alcanzar la salvación.
LOS 3.000 EN PENTECOSTÉS (Hechos 2). La multitud del día de Pentecostés re-
cibió el mensaje de “sepa, pues, ciertísimamente” que Jesús es Señor y Cristo (Hechos
2:36). Ellos creyeron y dijeron: “¿Qué haremos?” (Hechos 2:37).Pedro contestó: “Arre-
pentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). Ese día 3.000 creyeron,
se arrepintieron, y fueron bautizados para el perdón de pecados.
El arrepentimiento consiste en un cambio de corazón el cual opera por un
sentimiento divino (2 Corintios 7:10), y conduce a una transformación de
vida.
LOS SAMARITANOS (Hechos 8). Felipe el evangelista fue a Samaría a predicar la pa-
labra de Dios. La gente le dio importancia a lo que Felipe predicaba, “oyendo y viendo los
milagros que hacía” (Hechos 8:6). “Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba el
evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y muje-
res” (Hechos 8:12).
EL EUNUCO ETIOPE (Hechos 8). Luego Felipe le predicó a un hombre de Etiopía
que iba leyendo en su carroza. El etiope creyó y le confesó su fe a Felipe. Cuando llegaron

1
a cierta agua, se detuvieron y “descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le
bautizó” (Hechos 8:38).
SAULO DE TARSO (Hechos 9:22, 26). Para obtener la historia completa de la con-
versión de Pablo debemos combinar los tres hechos de su conversión. Yendo a Damas-
co, cayó ciego en tierra cuando se vio cercado por una luz del cielo. Cristo le habló y le
dijo: “Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer:” (Hechos 9:6). Ana-
nías vino a él y le ordenó: “Levántate y bautízate, y lava tus pecados invocando su
“nombre” (Hechos 22:16). Note que Pablo fue bautizado y sus pecados le fueron lava-
dos (Hechos 22:16). Note que Pablo no fue salvo en el camino a Damasco. Si hubiera
quedado libre de los pecados en el camino a Damasco entonces Ananías no le hubiera di-
cho que lavara sus pecados.
CORNELIO (Hechos 10,11). El primer gentil convertido fue un soldado romano
instruido por el Señor para que enviara a Jope por Pedro porque “él te hablará palabras
por las cuales serás salvo tú y toda tu casa” (Hechos 11:14). Pedro le predicó a Cristo a
Cornelio y a sus amigos y declaró: “De éste dan testimonio todos los profetas, que to-
dos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43).
Habiendo creído fueron bautizados (Hechos 10:47).
LIDIA (Hechos 16). En Filipos, Pablo convirtió a Lidia, de la cual se dice: “Enton-
ces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba
a Dios, estaba oyendo: y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que
Pablo decía. Y cuando fue bautizada y su familia...” (Hechos 16:14,15). Lidia oyó y evi-
dentemente creyó porque fue bautizada.
EL CARCELERO DE FILIPOS (Hechos 16). En
Filipos, Pablo y Silas, quienes habían sido arrojados
en prisión, también tuvieron éxito en convertir al
carcelero. Convencido de que eran hombres de Dios
les preguntó: “Señores, ¿qué debo hacer para ser sal-
vo?” (Hechos 16:30). Ellos contestaron: “Cree en el
Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa” (Hechos
16:31). En la misma hora de la noche él sacó los pri-
sioneros, les lavó las heridas y fue bautizado. “Ha-
biendo creído en Dios” (Hechos 16:34).
LOS CORINTIOS (Hechos 18). La historia de la
conversión de la gente de Corinto es así: “Y muchos de
los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hechos 18:8).
LOS EFESIOS (Hechos 19). Doce discípulos de Juan el Bautista fueron convertidos
por Pablo en Efeso. El les dijo: “Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo
al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo.
Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 19:4,5).
Resumen de las conversiones del libro de Hechos. El siguiente esquema muestra lo que
hicieron los individuos para su conversión, o lo que se los mandó hacer. Todas las refe-
rencias pertenecen al libro de Hechos.

2
Algunas conclusiones
Los convertidos del Nuevo Testamento después de oír la palabra de Dios, creyeron,
se arrepintieron y fueron bautizados. (1) El perdón de pecados a través de la sangre de
Cristo no fue otorgado hasta que se sometieron a estos actos de obediencia. (2) Puesto
que no se ha revelado otras maneras para llegar a ser cristiano, no podemos valemos de
otros medios. (3) En las nueve historias de conversión no hay ni un solo ejemplo de que
alguien haya sido salvo por “experiencia”, “por orar” o “por ir al altar”.

3
LA FE SALVADORA
Lección 21

Texto bíblico tomado de la Santa Biblia


Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

La importancia de la fe para el que busca a Dios está claramente expuesta por el escritor
de Hebreos: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se
acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6).
La fe “es, pues, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos
11:1). Para ilustrar, ningún hombre ha visto las glorias del cielo, pero por fe creemos que
existe tal lugar, y esperamos que después de la muerte disfrutaremos tales bendiciones.
En un sentido, nuestra vida total descansa en alguna
clase de fe. Por ejemplo, el agricultor que planta su cose-
cha en la primavera confía que en pocos meses recogerá
su fruto. Él siembra por fe, sin saber si las inundaciones y
las heladas destruirán sus esfuerzos. A causa de su ex-
periencia, cree que su labor pronto será recompensada.
Así que si creemos en Dios o no, uno no puede vivir sin
tener cierta clase de fe en algo.
En el Nuevo Testamento griego, las palabras “fe” y
“creer” tienen la misma raíz, aunque le demos distinto
significado a estas palabras hoy día, tienen el mismo
significado en el Nuevo Testamento. Así que si uno cree
en Dios tiene fe en Dios y viceversa. Pablo declara que “la fe es por el oír, y el oír, por la
palabra de Dios” (Romanos 10:17). Ningún hombre puede tener fe en Cristo al menos que escu-
che la palabra de Dios al leer la Biblia por sí mismo, o al oír los relatos de la verdad por otros.

Grados de fe
Hay muchos grados de fe. Jesús reprendió a sus discípulos diciendo: “hombres de poca
fe” (Mateo 8:26). Por otro lado él alabó la fe déla mujer cañonea: “oh mujer, grande es
tu fe” (Mateo 15:28). A un centurión que le pidió la curación de su siervo, Jesús le dijo:
“ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Mateo 8:10). Pablo menciona la fe que puede mo-
ver montañas (1 Corintios 13:2). Se trata de una fe tan grande que no poseemos hoy.
Debiéramos preguntarnos si nuestra fe es suficientemente grande como para ser una
fe que salva. La fe en Cristo es necesaria para la salvación puesto que Jesús declaró: “El
que no creyere será condenado” (Marcos 16:16). Pero cualquiera clase de fe no traerá
salvación del pecado. Hubo algunos que oyeron la enseñanza de Jesús, creyeron en él, y
aún así lo rechazaron. “Sin embargo, entre los principales gobernantes también muchos
creyeron en él, pero a causa de los fariseos ellos no lo confesaron, por miedo de ser echa-
dos de la sinagoga” (Juan 12:42). Hoy día Jesús enseña: “A cualquiera, pues, que me
confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está
en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré
delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10:32,33). Aquéllos que, como los
gobernantes judíos, tienen cierta medida de fe en Cristo pero que no lo confiesan, serán

1
negados por Jesús el día del juicio. Tal fe no es salvadora.

La fe salvadora
¿Qué, pues, es la fe salvadora? No es la que poseen Satán y sus demonios, de los
cuales se dice: “Los demonios también creen, y tiemblan” (Santiago 2:19). Puesto que
nadie admitirá que los demonios serán salvos porque creen, cabe preguntar: “¿Qué es lo
que le falta a esta clase de fe?” La respuesta es: “Confianza y obediencia”. La fe de los
demonios está limitada en la real aceptación de Cristo. Ellos creen acerca de Cristo,
pero no creen en él. Reconocen el poder de Cristo, pero no confían ni obedecen a Cristo.
Su fe es de la mente, no del corazón. La fe que salva es la fe que confía, que obedece.
La verdad de este hecho es afirmada por Pablo, quien en Romanos 16:26 habla de “la
obediencia de la fe”. Una fe que no obedece es una fe que no salva. Hebreos 11 ha si-
do llamado el capítulo de la fe de la Biblia porque relata muchas cosas, las cuales fue-
ron realizadas por la fe. Ya hicimos ver que la gente descrita en ese capítulo siempre
prestó obediencia a los mandamientos de Dios. Así “Abel ofreció...”, “Noé preparó...” y
“Abraham obedeció”. Estos grandes héroes de la fe siempre hicieron algo para demos-
trar su fe. Ese algo era el obedecer los divinos mandamientos. Ellos hicieron lo que Dios
les mandó sin preguntar por qué. El hombre que posee una fe salvadora siempre obe-
decerá a Dios sin preguntar, sin vacilar.

Las bendiciones resultan de la fe


Permítanos también anotar que la bendición divina del perdón de pecados y la vida
eterna se reciben solamente cuando nuestra fe ha demostrado por sí misma la obedien-
cia. Hay muchos ejemplos bíblicos sobre este principio. Considere a Naamán, capitán del
ejército de Siria (2 Reyes 5), quien recibió orden de Eliseo, para curarse de su lepra, de
sumergirse siete veces en el Río Jordán. Al principio Naamán no creyó al profeta. Fi-
nalmente creyó y obedeció y se sumergió las siete veces que se le ordenó, y así quedó
limpio de su lepra. Note que Dios no curó a Naamán en el instante cuando creyó. El fue
curado cuando demostró su fe y obedeció. La cura de Naamán fue el resultado de su
obediencia. El hombre es afligido con la enfermedad espiritual del pecado, la cual lo lle-
vará a quedar perdido para siempre. Dios curará esta enfermedad. Nos salva del pecado
si creemos en él. Pero no nos perdonará sino hasta que demostremos nuestra fe al obe-
decer sus mandamientos. El hombre no es salvo de sus pecados en el momento que
cree en Cristo. Es salvo solamente cuando esa fe lo hace obedecer, y no antes.
Como prueba de este hecho leemos: “pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo
Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revesti-
dos” (Gálatas 3:26,27). Pablo demuestra que la fe nos conduce a obedecer a Cristo en
el bautismo. El bautismo nos coloca en Cristo. Solamente cuando hemos venido a Cris-
to obedeciéndole mediante el bautismo es cuando podemos decir que somos salvos por
fe.
Una ilustración sobre este punto se da en la conversión del carcelero de Filipos. El les
preguntó a Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en
el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:30-31). Que esta creencia incluye
más de una aceptación mental de Jesús, se puede demostrar por la declaración adicional: “Y
él los tomó y todos los suyos, inmediatamente...habiendo creído en Dios” (Hechos
16:33,34). Su fe pues incluye arrepentimiento (como se demuestra al lavarles las heridas) y
bautismo. Si él no se hubiera arrepentido y se hubiera bautizado no se podría decir que la

2
fe lo salvó. Dios le perdonó sus pecados solamente cuando él demostró su fe mediante el
arrepentimiento y el bautismo. Así la fe salvadora incluye completa confianza en el Señor,
y total obediencia a sus mandamientos. En nuestra próxima lección estudiaremos las enseñan-
zas escritúrales con respecto a uno de estos mandamientos, el bautismo.

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EL BAUTISMO ESCRITURAL
Lección 22
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Jesús dijo: “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdie-
re su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo 16:26). Cual-
quier tema que se refiera a la salvación de nuestra más importante posesión -el alma-
necesita un estudio cuidadoso. Puesto que Jesús también dijo: “El que creyere y fue-
re bautizado será salvo”, el bautismo en agua es un tema importante.
En esta lección nuestro objetivo es determinar el lugar que el bautismo ocupa en el Nue-
vo Testamento en vez de examinar su uso moderno. Trataremos de contestar estas pre-
guntas: (1) ¿Qué método (inmersión, aspersión, o derramamiento) fue empleado? (2)
¿Qué era el propósito del bautismo? (3) ¿Quienes fueron bautizados? (4) ¿Bajo qué nombre
fueron bautizados? Primero, sin embargo, note que el bautismo en agua no debe ser con-
fundido con el bautismo del Espíritu Santo, el cual examinaremos en otro capítulo. Excep-
to por las seis veces que se menciona el bautismo del Espíritu Santo, casi todas las escri-
turas que mencionan la palabra bautizar o bautismo son para referirse al bautismo en
agua.
El método
Un asunto importante es determinar si la inmersión, la aspersión o el derramamien-
to, o los tres, son autorizados por la Biblia. Casi todos los eruditos del griego concuer-
dan en que la palabra bautizar que emplea el Nuevo Testamento significa hundir o su-
mergir. Si ellos tienen razón, esto puede determinarse por los usos de la palabra en el
Nuevo Testamento. La primera persona en bautizar, en los tiempos del Nuevo Testa-
mento, fue Juan el Bautista. De él se dice: “Juan bautizaba también en Enon, junto a
Salim, porque había allí muchas aguas” (Juan 3:23). Estamos seguros que Juan sumer-
gió, puesto que ni el rociamiento ni el derramamiento requieren mucha agua. Sin embar-
go la inmersión la necesita. También leemos: “Y Jesús, después que fue bautizado, subió
luego del agua” (Mateo 3:16). “Y cuando subió del agua vio los cielos abiertos” (Mar-
cos 1:10). Si Jesús no hubiera bajado al agua tampoco hubiera subido. Además él no ha-
bría tenido que meterse en el Río Jordán hasta la cintura, si no hubiera sido bautizado por
inmersión. Todo indica que Jesús fue sumergi-
do.
Se nos ha dicho acerca de la conversión del
etiope: “Y mandó parar el carro; y descendieron
ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó.
Cuando subieron del agua el Espíritu arrebató a
Felipe” (Hechos 8:38,39). Esto demuestra cla-
ramente que el eunuco fue sumergido.
Pablo identifica el agua del bautismo con una
sepultura. “Porque somos sepultados juntamente
con él en el bautismo” (Romanos 6:4). “Sepul-
tados con él en el bautismo” (Colosenses 2:12).
Solamente la inmersión puede llamarse sepultu-
ra. ¿Se usaron la aspersión y el derramamiento en los días apostólicos? Un cuidadoso
estudio del Nuevo Testamento nos mostrará que ni el derramamiento ni la aspersión se

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mencionan en las Escrituras. Ni fue empleado ni autorizado por los apóstoles.
El propósito
Los que se bautizaron en tiempos apostólicos fueron sumergidos para la remisión o
perdón de pecados. “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de
Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (He-
chos 2:38). “Levántate y bautízate, y lava tus pecados” (Hechos 22:16). Puesto que no
podemos ser salvos sin el perdón de los pecados, se concluye que el bautismo se hace
necesario para la salvación. Así leemos: “El que creyere y fuere bautizado será salvo”
(Marcos 16:16). “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva” (1 Pedro
3:21).
Pero ¿por qué nos salva el bautismo? Nos salva porque nos pone en Cristo de quien
obtenemos el perdón a través de su sangre. Pablo habla de “la redención que es en Cris-
to Jesús” (Romanos 3:24). El también enseña: “Porque todos los que habéis sido bau-
tizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Calatas 3:27). “¿O no sabéis que todos
los que somos bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?”
(Romanos 6:3). De ahí que no podemos ser salvos si no estamos en Cristo, de quien al-
canzamos eterna redención por su sangre; y no podemos estar en Cristo sin el bau-
tismo.
También debemos concluir que el perdón de pecados nunca precedió al bautismo. El per-
dón de pecados es resultado directo del bautismo. El bautismo es el acto por el cual uno
llega a ser cristiano.

Los candidatos
Se pregunta a veces si la Biblia autoriza el bautismo de infantes o de adultos. Lo que se
enseña es el bautismo de creyentes. Jesús dice: “El que creyere y fuere bautizado será sal-
vo” (Marcos 16:16). En Hechos 18:8 leemos: “Y muchos de los corintios, oyendo, creían y
eran bautizados”. No tenemos mandamiento para bautizar a los que carecen de facultad pa-
ra creer. Además los que se deben bautizar han de ser enseñados. En la gran comisión
Jesús dice: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos...” (Mateo 28:19). Otra
vez, el arrepentimiento es un requisito para el bautismo: “Arrepentíos y bautícese...” (He-
chos 2:38). El que no ha pecado no tiene de qué arrepentirse; por lo tanto, tampoco se le
manda ser bautizado.
Un infante que no cree, que no puede ser enseñado y que no puede arrepentirse no es
candidato para el bautismo. Además, no puede ser bautizado para la remisión de pecados
porque no tiene pecados que deban ser remitidos. No hay ningún pasaje en la Biblia que
mencione el bautismo de infantes. Los defensores del bautismo de infantes citan Mateo
19:14 como autoridad. Este pasaje dice: “Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis;
porque de los tales es el reino de los cielos”. Claro que Jesús aquí no se está refiriendo al
bautismo. Además los mencionados podían venir a él. Ciertamente él no dice, traigan los
niñitos para que sean bautizados. Un niño pequeño no llega a ser consciente del cielo sino
hasta que empiece a tener conciencia del pecado.

En cuál nombre
En la gran comisión Jesús dice: “Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y
del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Puesto que éstas son las palabras del Señor, no pode-
mos estar equivocados cuando bautizamos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Es-

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píritu Santo. En Hechos 2:38, Pedro mandó bautizar en el nombre de Jesucristo. La expre-
sión “en el nombre de...” a menudo significa “por la autoridad de...” Un policía que grita
a un criminal fugitivo: “¡Deténgase en nombre de la ley!”, le quiere ordenar lo mismo
que: ¡Deténgase por la autoridad de la ley!”
Cuando uno es bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es
bautizado en el nombre de Jesús o por su autoridad, puesto que Jesús mismo fue quien
dio el mandamiento.
Cuando ocurren cambios en tales aspectos resulta muy peligroso. Si deseamos una
casa celestial debemos ajustamos a sus mandamientos.

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LAS EPÍSTOLAS
Lección 23
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Muchas religiones estaban desprovistas de moralidad. Así ocurrió con el paganismo en el


siglo primero. Por los más altos principios morales nunca antes conocidos, la religión que
Jesús ofreció al mundo contrasta enormemente con la religiosidad pagana de griegos y
romanos.
Aunque a menudo pasamos por alto el hecho, la porción más grande del Nuevo Testa-
mento fue escrita a las iglesias y a los individuos para instruirlos en el arte de la vida cris-
tiana. Estudiaremos en esta lección los 21 libros del Nuevo Testamento llamados “epísto-
las o cartas”. De éstos Pablo escribió catorce; los otros siete, llamados epístolas generales o
cartas (posiblemente a causa de que por lo común eran dirigidos a individuos) fueron es-
critos por cuatro autores cuyos nombres éstos llevan. Las escrituras de Pablo se conocen
por el nombre de la iglesia o individuo para quien él escribió. Los principios expuestos en
estos libros son tan aplicables a nosotros como lo fueron para los primeros cristianos.

Las epístolas de Pablo

Cuatro de las cartas de Pablo se escribieron a individuos; y ocho, a congregaciones es-


pecíficas. Calatas fue dirigida a la iglesia de la provincia de Galacia. Hebreos, se cree que
la escribió Pablo; fue enviada a los cristianos judíos. Estas epístolas varían ampliamente en
su naturaleza. Mientras Filemón es muy personal, Ro-
manos es un detallado tratado sobre la justificación
por la fe. Algunas cartas se refieren a los problemas in-
ternos de la iglesia. Algunas son altamente comple-
mentarias; otras, muy exhortativas. Siempre Pablo
intentó escribir las cosas que eran de más necesidad
para los cristianos, muchos de los cuales fueron con-
vertidos a través de su predicación.
Romanos. Fue escrita antes que Pablo visitara Roma.
Nada indica que Pedro o Pablo estableciera esta iglesia.
Los primeros once capítulos de Romanos presentan la justificación por la fe, no por obras
meritorias. Se trata de una obra maestra de lógica. Los últimos cinco capítulos se refieren a
exhortaciones para los cristianos.
Primera y segunda a Corintios. Fueron dirigidas a la iglesia de Corinto. la cual fue
establecida por Pablo. Después que salió, surgieron grandes problemas; división, incesto,
problemas judiciales entre hermanos, problemas matrimoniales, y falsos conceptos sobre la
naturaleza de los dones espirituales y la resurrección, etc. En su primera epístola, el apóstol
trata estos asuntos de manera firme pero con bondad. La segunda epístola demuestra que
algunos problemas ya habían sido corregidos. También se discute ampliamente la contribu-
ción de los hermanos de Corinto a los cristianos pobres de Judea. El Nuevo Testamento pone
de manifiesto la importancia del cuidado de los pobres y necesitados.
Gálatas. Las iglesias de Galacia fueron perjudicadas por los maestros judaizantes quienes
predicaban que las enseñanzas cristianas eran sólo una adición a la ley de Moisés. Esta carta
fue escrita para corregir dicha idea, y demostrar que mientras la ley de Moisés era una ley de
servidumbre, las enseñanzas de Cristo son de libertad. Pablo hace este resumen: “De Cristo

1
os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4). Esto
demuestra que es posible para un cristiano caer de la gracia y perderse.
Efesios, Filipenses y Colosenses. Fueron escritas, mientras Pablo estaba en Roma, a
las iglesias de Éfeso, Filipos y Colosas. Efesios da énfasis a la unidad de la iglesia, de-
mostrando que Jesucristo ha roto la pared de separación entre judíos y gentiles. La gracia
de Dios y las relaciones familiares son también discutidas ampliamente. Filipenses está
casi desprovista de crítica desfavorable. Es una carta de ánimo para los que sufren, espe-
cialmente el capítulo final. Colosenses destaca la preeminencia de Cristo y lo que significa
estar en él.
1 y 2 Tesalonicenses. Fueron escritas a la iglesia de Tesalónica, dando énfasis a la se-
gunda venida de Cristo la cual había turbado a esta congregación. Algunos de los cristia-
nos habían pensado que la segunda venida de Cristo estaba muy cerca; y por lo tanto creían
que no había que trabajar. Esto lo censura el apóstol Pablo.
1 y 2 Timoteo y Tito. Fueron escritas a dos predicadores jóvenes quienes habían sido
enviados por Pablo para ayudar a las iglesias que había establecido. Los aconseja cómo so-
lucionar los problemas, cómo escoger a los obispos y los aconsejaba cómo guiar sus vi-
das.
Filemón. Es una carta de un capítulo dirigida a Filemón quien había perdido a un es-
clavo que se le había fugado, Onésimo, quien fue convertido por Pablo. Pablo lo regresa
solicitándole a Filemón que lo trate como a un hermano cristiano.
Hebreos. Difiere de los otros escritos de Pablo en que su nombre no aparece en nin-
gún sitio. Se expone la supremacía de Cristo y su Testamento. Ningún libro expresa
tan claramente cómo el Antiguo Testamento fue reemplazado por el Nuevo Testamen-
to.

Las epístolas generales


Santiago fue probablemente escrita por el hermano del Señor que lleva este nombre. Fue
dirigida a judíos cristianos: “a las doce tribus que están en la dispersión” (Santiago 1:1).
Trata problemas del cristianismo práctico. Entre los principales temas están que la fe sin
obras es muerta; y que el cristiano debe controlar su lengua.
1 Pedro fue escrita para afirmar la iglesia bajo la persecución. Escrita desde Babilonia,
muestra que es glorioso sufrir por Cristo. Advierte en 2 Pedro contra falsos maestros y
demuestra que el juicio de Dios es seguro. El tercer capítulo contiene una vivida des-
cripción de la segunda venida de Cristo. Pedro nos dice que ese día “la tierra y las
obras que en ella hay serán quemadas” (2 Pedro 3:10). Esto contradice a los que afir-
man que a la venida de Jesucristo la tierra no será destruida.
1,2, y 3, de Juan fueron escritas por el Apóstol Juan, autor del evangelio de Juan, el
cual no debe confundirse con estos libros. La palabra “amor” es la palabra clave de la
maravillosa epístola de 1 de Juan. Es usada 44 veces en sus cortos capítulos. Nos
dice que deberíamos amarnos unos a otros como Dios nos amó. 2 Juan, el libro más
corto de toda la Biblia, es dirigido a la “señora elegida”. No estamos seguros de quién
es ella. La epístola advierte: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctri-
na de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al
Padre y al Hijo” (2 Juan 9) 3 Juan es dirigida a Gaio a quien se alaba por su fe; pero
advierte contra Diótrefes quien ama tener “la preeminencia”.
Judas. El escritor de este libro fue el hermano de Santiago, probablemente el San-

2
tiago que escribió la epístola de ese nombre. Judas es similar a 2 Pedro. Advierte sobre
el juicio de Dios contra los falsos maestros, y da ejemplos de cómo Dios ha castigado
a los injustos.

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LA AUTORIDAD RELIGIOSA
Lección 24
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Al final de las Sagradas Escrituras se lee: “Yo testifico a todo aquel que oye las palabras
de la profecía de este libro: si alguno añadiere a estas cosas, Dios traerá sobre él las pla-
gas que están escritas en este libro. Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta pro-
fecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están
escritas en este libro” (Apocalipsis 22:18,19). Este pasaje introduce los dos aspectos que es-
tudiaremos en esta lección —el libro de Apocalipsis del cual se recoge la advertencia y el
problema de autoridad en religión—.
El libro de Apocalipsis
El único libro de profecía del Nuevo Testamento es Apocalipsis. Este término griego sig-
nifica revelación. Fue escrito por Juan, el apóstol, en los últimos años de su vida, mien-
tras estaba prisionero en la Isla de Patmos, en las costas de Asia Menor. Probablemente
las últimas escrituras bíblicas, fueran dirigidas a siete congregaciones de la iglesia del Se-
ñor en Asia Menor. De éstas, el libro exalta a dos, severamente critica a dos y a las otras
tres las exalta y las critica.
El Apocalipsis es el relato de una visión vista por Juan “en el día del Señor”. El día del Se-
ñor es sin duda el primer día de la semana (domingo) puesto que Cristo se levantó de la
tumba ese día. Probablemente no haya habido libro con el cual se haya especulado tanto
como el Apocalipsis. Muchos maestros han tratado de darle significado a cada figura y
símbolo, con numerosas ideas discordantes como resultado. Hay que tener cuidado.
Primero, se debe tomar en cuenta que Apocalipsis trata de “las co-
sas que deben suceder pronto” (Ap. 1:1). Su cumplimiento ha de bus-
carse en el pasado; pues Juan, en este pasaje de su libro, hace ver que
los hechos tendrán un inmediato cumplimiento. También se ha de
saber que Apocalipsis es acentuadamente simbólico. El resto de la Bi-
blia es bastante literal; pero Apocalipsis no. Por ejemplo cuando lee-
mos acerca de los siete candeleros de oro, Juan explica que éstos se-
refieren a las siete iglesias de Asia, a las cuales el libro es dirigido. No
tenemos espacio dentro de esta lección para explicar los varios símbolos
y visiones, pero el estudiante queda advertido para que no acepte sin
investigar las muchas teorías que existen sobre este libro. Uno debe ser muy cauteloso,
especialmente con aquellos enseñadores que reclaman tener la respuesta para cada pasaje
difícil de ese libro o del hombre que se pasa predicando sobre lo que va a suceder. Ense-
ñanzas sensacionales de esta clase atraen mucha gente, pero sólo causan confusión.
Los capítulos 20 al 22 presentan una viva descripción del cielo y del infierno, los cuales
estudiaremos en la última lección de este curso. Con las palabras “La gracia de nuestro Se-
ñor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén”, la Biblia nos conduce al final. Pero aunque
hayan pasado diez y nueve siglos, la influencia del libro de los libros continuará sin disminuir
hasta el regreso de nuestro Señor Jesucristo.

La autoridad de la religión
El pasaje anotado en el principio de esta lección sugiere dos asuntos: “¿Debemos aceptar

1
el Nuevo Testamento como la autoridad en materia religiosa?” Si así fuera, ¿tenemos dere-
cho a alterar sus mandamientos para adaptarlos a “nuestra época”?
Básicamente, el problema de la división religiosa, es sobre autoridad. Algunos creen que la
autoridad reside en la iglesia. Hay quienes consideran que el Nuevo Testamento tiene la
autoridad, pero que debe interpretarse por credos. Otros están de acuerdo con que el Nue-
vo Testamento debe ser nuestra única autoridad en fe y práctica.
¿Qué dijo Jesús acerca de ello? “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra”
(Mateo 28:18). El Padre celestial mismo testificó sobre la veracidad de este reclamo al de-
clarar, cuando Jesús estaba en el monte de la transfiguración: “Este es mi Hijo amado, en
quien tengo complacencia, a él oíd” (Mateo 17:5). Aun la gente común estaba atónita porque
Jesús “enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mateo 7:29).
Jesús impuso su autoridad en sus enseñanzas recogidas por los cuatro evangelios. Debemos
obedecer sus mandamientos por cuanto éstos son la palabra de Jesús mismo. Pero también
debemos obedecer las enseñanzas de los apóstoles como se presentan en otras partes del
Nuevo Testamento. Después que Jesús explicó que él había recibido toda autoridad, dele-
gó esta misma autoridad a los apóstoles, cuando dijo: “Por tanto, id, y haced discípulos
a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu San-
to; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mateo 28:19,20).
Además, Jesús les prometió a los apóstoles enviarles al Espíritu Santo para guiarlos a to-
da verdad, cuando ya él no estuviera con ellos (Juan 16:13). Los apóstoles enseñaron por
la autoridad de Cristo; y en su enseñanza, oral y escrita, no enseñaron error. Sus exhorta-
ciones y mandamientos fueron y son tan obligatorios como las enseñanzas de Jesús
mismo.

Advertencia divina
Ni Jesús ni los apóstoles están con nosotros en la carne hoy. Sin embargo, tenemos sus
palabras en forma escrita (y solamente en forma escrita) en el Nuevo Testamento. Y como
tal, el Nuevo Testamento es la única autoridad segura de nuestra religión que debe acep-
tarse por los que siguen a Cristo.
Encontramos estas palabras de advertencia: “Estoy maravillado de que tan
pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un
evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y
quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo,
os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”
(Gálatas 1:6-8). La perversión del evangelio aquí es el quitarle o añadirle. Además
“Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a
Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo”
(2 Juan 9).
Estas advertencias simplemente significan que debemos hablar donde la Biblia habla, y
callar donde la Biblia calla. Esto significa que no debemos alterar la enseñanza de la Biblia
para adaptarla al pensamiento del siglo veinte. La alteración sobre el bautismo por derrama-
miento de agua en vez de la inmersión, es un ejemplo de cómo se ha cambiado la verdad
del evangelio.
Además nosotros no osamos reconocer cualquier credo humano, catecismo, o confesión
de fe como interpretaciones de la palabra de Dios. Las escrituras humanas pueden usarse
como una ayuda para nuestra comprensión de la Biblia, pero cuando las aceptamos como

2
autoridad, entonces vamos más allá de la enseñanza de Jesucristo. El hecho de que los
credos sean contradictorios es evidencia de que no pueden estar de acuerdo con las Sagra-
das Escrituras.
En las próximas tres lecciones estudiaremos la naturaleza de la iglesia del Nuevo Testa-
mento. Nosotros aceptaremos sólo los principios y autoridad de Cristo y sus apóstoles. De
esta manera podremos determinar cómo era la iglesia en el siglo primero, y cómo debe
ser hoy.

3
LA IGLESIA—SUS NOMBRES Y UNIDAD—
Lección 25
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

La confusión religiosa que reina en nuestros días tiende a obscurecer la


verdadera naturaleza de la iglesia que, inconfundiblemente, ofrece el Nue-
vo Testamento. En ésta, y en las próximas dos lecciones, indagaremos has-
ta poner en claro cómo era la primitiva iglesia. No nos interesan las deno-
minaciones del presente, sino el divino cuerpo de Cristo descrito en la Bi-
blia.
Los nombres de la iglesia
Todas las cosas de valor tienen nombre. Aunque algunos dirían que los
nombres no tienen importancia, podemos ver fácilmente que esto no es
cierto. ¿Puede usted imaginarse a un hombre a quien no le importara que
su esposa llevara el nombre de otro? El Señor también está interesado en
los títulos de su iglesia y de su pueblo.
Los nombres por los cuales el cuerpo de Cristo es conocido son términos
descriptivos y no nombres propios. Podemos descubrir varias expresiones
aplicadas a este cuerpo. El más común es “la iglesia”, una expresión deriva-
da del griego que significa “los llamados fuera”. La iglesia en el Nuevo
Testamento se compone de todos aquellos que han sido “llamados” del mun-
do de pecado para llegar a ser el pueblo de Dios. El término es usado de varias
maneras. (1) En sentido universal, se aplica a todos los llamados del mun-
do; (2) en sentido congregacional, se refiere a un grupo de discípulos que
trabajan juntos en una congregación; (3) se aplica a una asamblea de cris-
tianos llamados para adorar conjuntamente.

El vocablo “iglesia” se emplea a menudo sin ninguna frase de identifica-


ción. Algunas veces, sin embargo, otras expresiones son añadidas para

1
describirla más exactamente. Así podemos leer: “Por lo tanto, mirad por
vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por
obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia
sangre” (Hechos 20:28). Puesto que Cristo se ganó a la iglesia con su pro-
pia sangre, no hay duda que el término “Dios” se refiera aquí a Dios, el Hi-
jo, o Jesucristo. La palabra “Dios” es un término de la deidad y se aplica
tanto al Hijo como al Padre. “La iglesia de Dios” es otra frase que también
aparece con regularidad en las Escrituras.
En Romanos 16:16 leemos: “Las iglesias de Cristo os saludan”. Se usa el
plural por cuanto se refiere a varias congregaciones. Eso de que la iglesia
sea de Cristo, lo sabemos por lo que él declaró: “sobre esta roca edificaré
mi iglesia” (Mateo 16:18). Otra vez, la iglesia es su cuerpo: “Vosotros, pues,
sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (I Corintios
12:27). En Efesios 5:22,23 Pablo demuestra que la iglesia está sujeta a Cris-
to como una esposa a su marido. Al dar a conocer su posesión, la iglesia de-
be llevar el nombre como la esposa lleva el de su marido. El honor y la gloria
han de ser para el Hijo de Dios, y no para ningún maestro religioso, o re-
formador, no importa cuan grandes sean.
Otras frases son: “la iglesia de los primogénitos” (Hebreos 12:23), “el
reino” (Hebreos 12:28), “el camino” (Hechos 19:9,23), “los domésticos
de la fe” (Calatas 6:10).

Términos aplicados a los discípulos


Dos expresiones que identifican a los seguidores primitivos de Cristo se
encuentran en Hechos 11:26: “Y los discípulos fueron llamados cristianos
primeramente en Antioquía”. Un “discípulo” es un seguidor. Todos los
que siguen a Jesús son discípulos. El término cristiano es el nombre con
el cual se identifica a esta gente. Así Pedro declara: “Si alguno padece como
cristiano, no se avergüence” (1 Pedro 4:16). Nunca hemos leído de cristia-
nos paulinos o pedirnos. Tampoco hoy día nuestro Señor se complace con
los prefijos que se añaden a su nombre.
Los discípulos son también llamados santos. “A todos los que estáis en
Roma, amados de Dios, llamados a ser santos” (Romanos 1:7). “Santo” sig-
nifica “consagrado”; y como todos los cristianos son consagrados, todos
son santos. La canonización por organizaciones religiosas no se hace ne-
cesaria. Otras expresiones aplicadas a los escogidos de Dios son “herma-
nos” (Colosenses 1:2), “sacerdotes” (1 Pedro 2:5,9), y “herederos” (Ro-
manos 8:17).

2
La unidad del cuerpo
La naturaleza individual de la iglesia la expresa Pablo en Efesios 4:3-6: “So-
lícitos a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo,
y un espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza
de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre
de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos”.
Los muchos cuerpos, las muchas fes, y los mu-
chos bautismos de nuestro tiempo, eran descono-
cidos en el siglo primero. La oración de Jesús re-
cordada en Juan 17, fue para que sus discípulos
se mantuvieran unidos, que fueran uno, como el
Padre y el Hijo son uno. La bendición de la unidad
ha sido reconocida desde hace muchos años,
cuando David declaró: “¡Mirad cuan bueno y deli-
cioso es habitar los hermanos juntos en armo-
nía!” (Salmo 133:1).
Efesios 4:4-6
Aun en tiempos apostólicos hubo intentos para di-
vidir ala iglesia. Pablo escribió a los corintios: “Os ruego, pues, hermanos,
por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma
cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfecta-
mente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido
informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay
entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy
de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está divi-
dido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en
nombre de Pablo?” (1 Corintios 1:10-13). Esta infortunada división ocurrió
porque algunos llevaban los nombres de hombres en vez del de Cristo. Si
tuviéramos que seguir a un hombre, ¿cuál sería más grande que Pablo? Pa-
blo advierte que no debe llevarse ni aun su propio nombre. Muchas divisio-
nes religiosas se transformarían si los nombres de las denominaciones
humanas fueran descartados para dar lugar a las expresiones encontradas
en la palabra de Dios.
También la iglesia primitiva no vio las organizaciones denominaciona-
les, ni credos con lo cual se perpetúa la división religiosa en nuestros días.
Los primitivos cristianos mantuvieron la unidad, a causa de que ellos se con-
formaban con seguir sólo las instrucciones del Nuevo Testamento. Nosotros
podemos hacer lo mismo si permitimos que Cristo sea nuestro único credo y
la Biblia el único libro de guía.

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LA IGLESIA
-SU ADORACIÓN Y FINANCIAMIENTO-
Lección 26
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Pablo una vez escribió: “Pero temo que como la serpiente engañó a Eva, vuestros sen-
tidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2 Corintios
11:3). Esta fidelidad está claramente expresa en la adoración y financiamiento de la
primitiva iglesia; y la estudiaremos en esta lección.
La adoración de la iglesia
La iglesia primitiva regularmente se reunía el primer día de la semana, o domingo, pa-
ra adorar. Podemos leer: “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para par-
tir el pan, Pablo les enseñaba, habiendo de salir al día siguiente” (Hechos 20:7). Otra
vez: “Cada primer día de la semana cada uno de vo-
sotros ponga aparte algo, según haya prosperado,
guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan
entonces ofrendas” (1 Corintios 16:2). Los judíos
adoraban sábado, o séptimo día. Y como era fácil con-
seguir a una multitud reunida en sábado para predi-
carle, vemos que Pablo enseñaba a los no cristianos
ese día. Sin embargo, cuando la iglesia se reunía con el
propósito de adorar, lo hacía el primer día de la sema-
na y no el séptimo. El primer día de la semana fue
cuando Cristo se levantó de la tumba, tal vez por esa
razón Juan lo llame el “día del Señor” (Apocalipsis
1:10).
El sábado judío fue abolido como día de adoración. En Colosenses 2:14 se nos in-
forma que Cristo en su muerte anuló la ley de Moisés. Dos versículos después, Pablo
especifica algunas de las cosas que se anularon en la cruz, y dice: “Por tanto nadie os juz-
gue en...día de reposo” (Colosenses 2:16).
Los que insisten en que nosotros debemos adorar en el séptimo día, nos están juzgando
con respecto a lo que ya fue abolido.
La verdadera adoración es doble. Jesús dijo: “Dios es Espíritu; y los que
le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:24).
Para que la adoración resulte aceptable debe ser de corazón (en espíritu) y
en la manera descrita por el Señor (en verdad).
La adoración de corazón no debe ser mecánica. La articulación de palabras, de una ora-
ción o de un himno, no constituye verdadera adoración a menos que el adorador concentre
mente y espíritu en lo que está haciendo.
El concepto de adoración de la primitiva iglesia puede encontrarse en Hechos 2:42: “Y
perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el parti-
miento del pan y en las oraciones”. Permítanos examinar cuidadosamente estos aspectos
de la adoración. Como anotamos previamente en Hechos 20:7, la iglesia primitiva partía el
pan el primer día de la semana. Este partimiento del pan, en otra parte es llamado la “ce-

1
na del Señor” o “comunión”; pero no es descrito como sacramento. El uso del artículo de-
finido en la expresión “el primer día de la semana” claramente indica que los cristianos toma-
ban parte en la cena del Señor cada primer día de la semana. Para los judíos el mandamien-
to: “Recuerda el sábado para guardarlo santamente”, significa: “cada sábado”. En efecto,
parece que la adoración en el día del Señor fue iniciada alrededor de la cena instituida por
Cristo en la noche que sufrió la traición. En la cena, ellos partían el pan, que representaba
el cuerpo de Cristo crucificado, y bebían del fruto de la vid (uva), emblema de su derra-
mamiento de sangre. Esta simple comida se hizo para enfocar la atención sobre el sacrifi-
cio de Cristo.
La iglesia del Nuevo Testamento se mantenía constantemente en oración. Con respecto
a la oración pública, Pablo les escribió a los corintios: “¿Qué, pues? Oraré con el espíri-
tu, pero oraré también con el entendimiento” (1 Corintios 14:15). Es a través de la ora-
ción que podemos acercarnos a Dios y darle gracias por sus bendiciones, alabarlo por su bon-
dad, y pedirle lo que necesitemos.
La adoración de la iglesia incluye la presentación de la doctrina apostólica por la ense-
ñanza, predicación y lecturas bíblicas. Por ejemplo Pablo aprovechó la asamblea de Troas
(Hechos 20:7) para predicar la palabra de Dios. Tal enseñanza no incluía política o economía,
sólo cosas relacionadas con la salvación del alma.
En sus asambleas, los primitivos cristianos cantaban salmos, himnos y cánticos espi-
rituales (Colosenses 3:16). Tales cantos eran para alabar a Dios y edificar al hombre. En
la iglesia primitiva el énfasis se ponía en el canto del corazón y no en los métodos técni-
cos del canto. Así podemos leer: “Hablando entre vosotros con salmos, con himnos y
cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (Efesios
5:19). La música en la iglesia primitiva sólo era vocal. Aunque los instrumentos musicales
eran comunes en el siglo primero, no fueron usados jamás en la iglesia primitiva. El
primer uso de instrumentos de música, entre los cristianos profesantes, ocurrió por ahí
del 670 D.C. Pasaron varios cientos de años antes que fueran usados generalmente en la
adoración pública, en la Edad Media. Es claro que los instrumentos musicales fueron
intencionalmente omitidos en la adoración, puesto que en ese tiempo se los empleaba
comúnmente con otros propósitos.

Financiando la obra del Señor


La asamblea de adoración en la iglesia primitiva también era ocasión para que los
cristianos dieran sus ofrendas al Señor. Todo trabajo que vale la pena requiere dinero.
También era así en la iglesia primitiva. Había necesitados que aten-
der y predicadores que sostener en la proclamación del evangelio. En
contraste con algunos métodos empleados hoy, la iglesia primitiva no
presionó con proyectos para recaudar fondos. Cada discípulo daba a
la iglesia según hubiera prosperado. Aquellos cristianos se habían en-
tregado de lleno al Señor (2 Corintios 8:1-15). Puesto que así era, todos
daban con voluntad y liberalidad para la obra del Señor.
Varios principios guiaban la dádiva de los primeros cristianos. Para recoger una con-
tribución para los cristianos pobres de Jerusalén, Pablo les escribió a los corintios: “Cada
primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado,
guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas” (1 Corintios
16:2). La suma debe determinarse por la prosperidad, no por un porcentaje fijo como
ocurría con los judíos en tiempo de la ley de Moisés, cuando ellos pagaban el diezmo. Si

2
los cristianos dan como en verdad son prosperados, la suma puede ser más de un diez
por ciento.
Otra vez, se debe dar con un propósito determinado y con alegría. Leemos: “Cada
uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios
ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). El que da como prospera planeará su contribu-
ción con anticipación. Y si verdaderamente ama al Señor encontrará fácil dar alegremen-
te. Su dádiva descansará en el amor y no en la obligación.
Si la iglesia empleaba otros medios para recoger fondos, además del voluntario, tal inicia-
tiva no se encuentra en la Biblia. En la próxima lección discutiremos algunos de los usos
que se dio a esas ofrendas.

3
LA IGLESIA —SU ORGANIZACIÓN Y OBRA—
Lección 27
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Muchos aspectos de la primitiva iglesia son dignos de consideración. Estudiaremos


dos más: su organización y obra.
Organización de la iglesia
La iglesia primitiva no era una democracia. Era una monarquía absoluta con Cristo
como rey. Pablo lo describe como “el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y
Señor de señores” (1 Timoteo 6:15). Como rey, él podía declarar: “Toda autoridad me ha
sido dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Además podemos leer: “Y él es la ca-
beza del cuerpo que es la iglesia, el que es el principio, el
primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga
la preeminencia” (Col. 1:18). Puesto que Cristo, la única
cabeza de la iglesia, está sentado a la diestra del Padre
(Hebreos 10:12), podemos concluir que la sede de su igle-
sia está con él en el cielo.
Como previamente se sugirió, la palabra “iglesia” se
usa en las Escrituras en dos sentidos: universal y congre-
gacional. Sin embargo el Nuevo Testamento no menciona
ningún tipo de organización universal. Cuando las con-
gregaciones se organizaban, cada una era responsable pa-
ra consigo misma e ind ep en di ent e para l a conducción
de sus asuntos; su responsabilidad era no más que ante el soberano monarca, Jesucristo.
Tal vez creamos que un sistema libre de sínodos y convenciones haya terminado en
anarquía religiosa. Pero no fue así. Puesto que todas las iglesias estaban sujetas a la en-
señanza de Cristo, todas enseñaban y practicaban la misma cosa. Y aunque no había una
relación orgánica en las congregaciones, éstas estaban unidas por el más fuerte vínculo de
todos; el amor. Por lo tanto, cooperaban entre sí y la obra del Señor avanzaba.
Por falta de algo escrito para guiarlos (el Nuevo Testamento apenas se estaba producien-
do) la iglesia primitiva era instruida por la doctrina de los apóstoles. Nosotros tenemos la
misma dirección hoy en el Nuevo Testamento. Jesús había señalado a doce apóstoles an-
tes de su crucifixión; y cuando Judas traicionó a Cristo y se suicidó, fue substituido por
Matías (Hechos 1:26). Además se puede ver que los doce apóstoles no tenían sucesores.
Cuando Santiago perdió la vida (Hechos 12:2), no leemos de alguien que tomara su lugar.
Pablo fue un apóstol especial, comisionado para llevar el evangelio a los gentiles (Hechos
9:15); pero su apostolado no se confundiría con el de los doce. Cuando murió el último de
los apóstoles, el oficio de apóstol murió con ellos. Se exigía para ser apóstol (1) haber
acompañado a Jesús en su ministerio personal, y (2) haber sido testigo de su resurrección
(Hechos 1:21,22). Nadie más, fuera de los doce, reunía tales requisitos.

Ancianos u obispos
En el primer siglo cada asamblea local estaba bajo la supervisión de hombres conocidos
como ancianos. Algunas veces ellos fueron llamados obispos, supervisores o pastores, por-
que supervisaban el trabajo de la iglesia. Todos estos términos se refieren al mismo oficio
de la iglesia. Se llamaban ancianos por ser los mayores, sobre todo en experiencia. Se lla-
maban obispos y mayordomos porque supervisaban la obra de la iglesia. Se llaman pasto-
res porque pastoreaban el rebaño. Eran ordenados por los evangelistas (La palabra “orde-
nar” significa señalar y no necesariamente implica una ceremonia especial). Como pastores
espirituales ellos dirigían a la iglesia y su enseñanza. La Biblia señala que había una plura-
lidad de ancianos en cada congregación.
Los requisitos para el cargo de obispos eran muy estrictos. Cuando
Pablo escribió: “es necesario que el obispo sea irreprensible, etc.” (1 Timo-
teo 3:2), claramente está indicando que el que no posee tales requisitos no
podrá servir en tan delicado ministerio.

Diáconos
La palabra diácono significa servidor. Aunque la función de diácono no se describe, el tí-
tulo enseña que se trata de servidores de la iglesia. Servían bajo la dirección de los ancianos.
Nada en la Biblia indica que éstos eran escogidos para dirigir los asuntos espirituales de la
iglesia. Los siete hombres señalados por los apóstoles en Jerusalén para atender las necesida-
des de las viudas (Hechos 6) han sido llamados diáconos, aunque este término no haya sido
aplicado a ellos. Fueran diáconos o no, todo parece indicar que el servicio de diácono fue el
que se le encomendó a estos hombres. Las cualidades de los diáconos eran similares a las
de los ancianos, pero una de las más grandes diferencias era que los diáconos no estaban
obligados a enseñar.
Evangelistas
Otra importante función en la iglesia primitiva era la ejecutada por los evangelistas. La
palabra evangelista significa “predicador del evangelio”. Se le dijo al joven predicador
Timoteo: “Haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2 Timoteo 4:5). Su ministerio
era para “que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, re-
prende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2). Timoteo no era “el minis-
tro” pero era “uno” de los ministros. Puesto que ministro significa servidor, y todo cris-
tiano tiene que servir, consecuentemente todo cristiano es ministro; aunque no todos ten-
gan el oficio de predicar el evangelio en público. Pero aun cuando todo discípulo de Cristo
es ministro, no todos son evangelistas, puesto que estos hombres tienen la responsabilidad
de predicar la palabra, establecer iglesias y señalar ancianos, etc. Un evangelista es cual-
quier predicador del evangelio, ya sea que trabaje por un largo período en una comuni-
dad, o de lugar en lugar. Debe subrayarse que los predicadores no eran llamados pasto-
res. Los pastores del rebaño eran los ancianos, no los predicadores.

La iglesia y su obra
Pablo escribió cierta vez: “Para que si tardo, sepas como debes conducirte en la casa de
Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15).
Puesto que la iglesia era el pilar y fundamento de la verdad, su primera responsabilidad
era dar a conocer la verdad, el evangelio de Dios, con el fin de que los hombres alcanzaran la
salvación de su alma. En la edad apostólica, el trabajo de la predicación era hecho a través
de la iglesia y no por medio de una sociedad misionera. Cada cristiano debía darse cuenta
de su propia responsabilidad como siervo de Jesucristo. Por eso cuando los cristianos de Jeru-
salén fueron esparcidos a causa de la persecución “fueron por todas partes predicando la
palabra” (Hechos 8:4). Cada discípulo se convertía en predicador, no precisamente predica-
dor público, pero cada uno enseñaba a los amigos y vecinos en cuanto tenía oportunidad.
La iglesia existía tanto para servir como para salvar. De ahí que cuando Pablo viajó por las
iglesias de Grecia y Macedonia, hizo una colecta para los pobres de la iglesia de Jerusalén.
Sobre la responsabilidad de servir, Pablo escribió a las iglesias de Galacia: “Así que, según
tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”
(Gálatas 6:10). Santiago amonesta: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Pa-
dre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin man-
cha del mundo” (Santiago 1:27). También debe observarse que el mensaje de salvación es
a menudo mejor presentado a través del ministerio del servicio.
EL ESPÍRITU SANTO
Lección 28
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Uno de los tópicos más complejos de toda la Biblia es el que se refiere al Espíritu Santo.
Es vital que el estudiante se acerque al tema con cuidado, puesto que muchos se han
desviado en este punto.
Su naturaleza
El Espíritu Santo es variablemente identificado como el Espíritu Santo de Dios, el Espíritu
de Verdad, es Espíritu del Señor, y el Consolador. Es una personalidad divina en el sentido
que también lo son el Padre y el Hijo. Se ve su personalidad en lo que posee mente, cono-
cimiento, afecto y voluntad, y se le describe con capacidad para hablar, testificar, enseñar,
guiar e investigar. Sabemos que es divino (y la tercera persona en la Divinidad), porque es
eterno, omnisciente y omnipotente. En esta lección determinaremos como es que opera el
Espíritu Santo. Descubriremos que el Espíritu Santo es el agente o el medio por el
cual Dios trabaja. Para ilustrar, al darnos las Escrituras Dios obró a través de su Santo
Espíritu quien inspiró a los escritores de la Biblia en sus mensajes. “Los santos hombres
de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21).

EL ESPÍRITU DONES DONES


EL BAUTISMO
SANTO ORDINARIOS ESPIRITUALES
TALENTOS
MORADA 1 PLENITUD DE
NATURALEZA MILAGROSOS 1
Cor. 6:19 PODER Hch. 2:1-8
Cor. 12:1-11

¿A QUIENES A TODOS LOS APÓSTOLES, ALGUNOS


ES DADO? CRISTIANOS CORNELIO CRISTIANOS
Hch 2:38,39 Hch. 1:26-2:4; 11:17 Hch 8:14-17
COMO
RESULTADO DE IMPOSICIÓN DE
¿COMO ES DE LO ALTO
LA OBEDIENCIA MANOS
DADO? Hch. 10.44
AL EVANGELIO Hch. 8:17; 19:6
Hch. 5:32
PARA PROBAR QUE REVELAR,
FUERZA,
DIOS HA DADO IMPARTIR,
DIRECCIÓN,
EL PROPÓSITO ARREPENTIMIENTO CONFIRMAR LA
LLEVAR
PARA VIDA. VERDAD 1 Cor.
FRUTOS
Hch. 11:18 12:8-10
ESTA BENDICIÓN
HASTA EL FINAL ESPECIAL HA
LA DURACIÓN TEMPORALMENTE
Hch. 2:39 OCURRIDO SOLO
DOS VECES

1
Su morada
El Espíritu Santo habita dentro de los hijos de Dios. “¿No sabéis que sois templo de Dios,
y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16). “O ignoráis que vuestro
cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que
no sois vuestros?” (1 Corintios 6:19). “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el
Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros... Y si el Espíritu de aquel que le-
vantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús
vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Ro-
manos 8:9,11). El toma posesión del cristiano a la hora de su bautismo. “Arrepentíos y bau-
tícese...y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para
vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llama-
re” (Hechos 2:38,39).
Ninguno de estos pasajes enseña que la morada del Espíritu Santo da poderes milagro-
sos. Esto no hay que confundirlo con el bautismo del Espíritu Santo o dones espirituales. No
es fácil decir cómo el Espíritu Santo mora en el cristiano. En Efesios 6:17 se nos dice que la
palabra de Dios es la espada del Espíritu. Por lo tanto, concluimos que él mora en los hijos
de Dios unido a la palabra de Dios. Sin embargo, sabemos lo que él hace en la vida de los
discípulos de Cristo. Fortalece, santifica, dirige, conforta, e intercede por los cristianos.
Además, produce los “frutos del Espíritu” en sus vidas (Calatas 5:22,23).

El bautismo del Espíritu Santo


El bautismo del Espíritu Santo es especialmente mencionado solamente seis veces en
el Nuevo Testamento; cuatro veces como una promesa dada por Juan el Bautista: Mateo
3:11,12; Marcos 1:8; Lucas 3:16; Juan 1:33. Inmediatamente antes de subir al cielo, Jesús
dijo a sus discípulos: “seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días”
(Hechos 1:5). El cumplimiento de esta promesa (y el primer ejemplo del bautismo del Espíritu
Santo) ocurrió el día de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo cayó sobre los apóstoles: “Y
de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda
la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego,
asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenza-
ron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:2-4). Así, el
bautismo del Espíritu Santo trajo (1) el sonido como de un viento recio, (2) lenguas como
de fuego que se asentaron sobre los apóstoles y (3) habilidad para hablar en otras lenguas.
Fue un derramamiento de poder que vino directamente del cielo.
La otra mención del bautismo del Espíritu Santo fue en la conversión de Cornelio y su ca-
sa. Fue similar a la del día de Pentecostés. Pedro dice: “Y cuando comencé a hablar, cayó
el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acor-
dé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros
seréis bautizados con el Espíritu Santo” (Hechos 11:15,16). Pedro se muestra un poco
sorprendido acerca del bautismo del Espíritu Santo de Cornelio. Para encontrar ejemplos
similares, él se remonta varios años atrás, a los eventos del Pentecostés. Esto significa
que el bautismo del Espíritu Santo era algo poco usual. En ambos casos se puede notar que
el evangelio fue dado por primera vez a grandes grupos de personas. En Pentecostés, a los
judíos; en casa de Cornelio, a los gentiles. Puesto que éstos son los únicos dos ejemplos del
bautismo del Espíritu Santo, no hay razón para que los cristianos esperen que tal cosa
ocurra hoy.

2
Dones espirituales
Algunos confunden el bautismo del Espíritu Santo con los dones espirituales que poseían
algunos cristianos primitivos. Estos dones son descritos en 1 Corintios 12-14. Estos son
enumerados como la palabra de sabiduría, la palabra de conocimiento, fe (de naturaleza mi-
lagrosa), sanidades, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, lenguas, e interpreta-
ción de lenguas (1 Corintios 12:8-10). Generalmente éstos fueron dados para (1) revelar la
verdad de Dios, (2) comunicar esa verdad a los que todavía no la habían oído, y (3) confir-
mar la verdad una vez enseñada. El Nuevo Testamento apenas se estaba escribiendo y para
esto fueron necesarios los dones.
Estos dones, sin embargo, fueron temporales. Pablo predijo: “las profecías se acaba-
rán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Mas cuando venga lo perfecto, entonces
lo que es en parte se acabará” (1 Corintios 13:8,10). Los dones espirituales fueron dados
únicamente por la imposición de manos. Cuando Felipe bautizó a muchos en Samaría, los
apóstoles Pedro y Juan hallaron necesario ir ahí para comunicar estos dones a causa de
que Felipe evidentemente no poseía este poder (Hechos 8:14-17). Pablo, por la imposición
de manos, dio estos dones a los efesios (Hechos 19:6) y a Timoteo (2 Timoteo 1:6). Puesto
que los cristianos de Roma no poseían estos dones, Pablo les escribió: “Porque deseo ve-
ros, para comunicaros algún don espiritual, a fin de que seáis confirmados” (Romanos
1:11). Los dones espirituales llegaron a su fin cuando murieron los que tenían poder especial
para comunicarlos. De modo que nadie tiene estos poderes en el día de hoy.

El Espíritu Santo y la conversión


El Espíritu Santo tiene parte en cada conversión. Sin embargo, el Espíritu Santo nunca
ha salvado a los hombres directamente, sino que trabaja a través de personas. Así, el etio-
pe fue convertido por Felipe, quien fue guiado por el Espíritu (Hechos 8:26-39). El Espíri-
tu Santo envió a Pedro a la casa de Cornelio. Cornelio fue salvo no por palabras enviadas
directamente del cielo sino por la predicación de Pedro (Hechos 11:14). Cristo apareció a Sau-
lo de Tarso, pero no lo salvó, sino que Ananías fue enviado para que le dijera lo que tenía
que hacer para su salvación (Hechos 22:12-16). Los pecadores de hoy son salvos cuando
obedecen la palabra de Dios, la cual ha sido inspirada por el Espíritu Santo. La palabra se
puede oír o leer en el Nuevo Testamento. El Espíritu Santo salva a los hombres a través
de la palabra.

3
LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO
Lección 29
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

¡Jesús viene otra vez! Esta es la gran esperanza de los cristianos. No hay otra cosa que
se enseñe más claramente en el Nuevo Testamento. Sin embargo, este retorno de Cristo ha
sido motivo de controversia, a causa de la especulación sobre ciertos pasajes profetices.
Puesto que el objeto de este curso no es la especulación, nos limitaremos a los pasajes que
hablan sobre el hecho. En estos pasajes hay muchos que no ofrecen dificultad para indicar
cómo Cristo vendrá.

¿Cuándo vendrá Cristo?


En todas las edades, algunos atrevidamente han predicado sobre la fecha exacta de la
venida de Cristo. Siempre se han equivocado. La Biblia declara que ningún hombre sabe
el día exacto cuando Cristo vendrá. Jesús dijo: “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los
ángeles délos cielos, sino sólo mi Padre” (Mateo 24:36). Pablo y Pedro, ambos, declaran que
la segunda venida de Cristo será “como ladrón en la noche” (1 Tesalonicenses 5:2,3; 2 Pedro
3:10). De ahí que nadie podrá saber cuándo vendrá.

¿A qué vendrá Jesús otra vez?


1. A resucitar a los muertos —Juan 5:25, 28, 29—
2. A juzgar al mundo —Judas 14, 15—
3. A recompensar a los rectos —Mateo 25:31, 34—
4. A castigar a los injustos —Mateo 25:31-33, 41—
5. A destruir el mundo —2 Pedro 3:10—
6. A entregar el reino al Padre —1 Corintios 15:24—

Pablo declaró que la segunda venida de Cristo estaría precedida por la decadencia de la
verdad: “Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la
apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se
levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el
templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios” (2 Tesalonicenses 2:3,4). Pedro
dijo que antes de la segunda venida de Cristo habría burladores que se preguntarían:
“¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2 Pedro 3:4). Como resultado,-muchos es-
tarán descuidados cuando él venga. Puesto que no sabemos cuándo vendrá, debemos estar
preparados para ese día.

¿Cómo regresará Cristo?


Su segundo advenimiento será visto por todos. Algunos enseñan que ya Jesús vino hace
varios años, pero que muchos todavía no lo han visto. Ignoran la Escritura: “Porque como el
relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así también será la venida
del Hijo del Hombre” (Mateo 24:27). “He aquí que viene con las nubes y todo ojo lo ve-

1
rá” (Apocalipsis 1:7).
Cristo será acompañado por sus santos ángeles cuando venga: “Porque el Hijo del Hom-
bre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme
a sus obras” (Mateo 16:27). Judas agrega que vendrá con sus miles de santos (Judas
14).
En la segunda venida los muertos se levantarán de sus tumbas (1 Corintios 15:23). Algu-
nos enseñan que los injustos no se levantarán de sus tumbas. Otros sostienen que los justos
y los injustos serán levantados en momentos diferentes. Jesús prueba que tales ideas
están equivocadas, cuando dice: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuan-
do todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, sal-
drán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condena-
ción” (Juan 5:28,29). Por tal razón nosotros afirmamos que justos e injustos serán levanta-
dos juntos para comparecer ante el juicio.
Tal vez la más clara explicación de la segunda venida se encuentre en 1 Tesalonicenses
4:16,17: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta
de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego noso-
tros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con
ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”.
Note la secuencia de eventos: (1) Cristo descenderá con aclamación, con voz de ar-
cángeles y con trompeta de Dios; (2) los muertos en Cristo serán resucitados; (3)
después que los muertos hayan resucitado, los recogerá con los vivientes en las nubes;
(4) éstos se reunirán con el Señor en el aire.
¿Qué le ocurrirá a la tierra cuando Cristo regrese? Pedro responde: “Pero el día del Señor
vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los
elementos ardiendo serán desechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quema-
das. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en
santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios,
en el cual los cielos, encendiéndose serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se
fundirán!” (2 Pedro 3:10-12). A nadie se le permitirá habitar esta tierra.
La teoría premilenial, la cual asegura que Cristo reinará en la tierra, en carne y hueso,
por un período de mil años, es claramente errónea. (1) Ningún pasaje enseña que Jesucris-
to colocará sus pies en la tierra otra vez; al contrario los discípulos de Cristo se reunirán
con él en el aire; (2) La teoría premilenial enseña que los justos e injustos se levantarán
de sus tumbas en momentos diferentes. Nótese que Juan 5:28,29 contradice esto. (3)
Puesto que la tierra será destruida cuando Cristo regrese, mil años de reino resultan im-
posibles.

El juicio
El gran Juicio seguirá al retorno de Cristo. Nadie podrá escapar. “Está establecido para
los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27). “Porque
es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada
uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2
Corintios 5:10). Cuando aparezcan enfrente de Cristo, el juez, los justos estarán a la de-
recha de Jesucristo y los injustos, a su izquierda. Los rectos serán recompensados con una
mansión celestial; los injustos serán lanzados al eterno castigo del infierno (Mateo 25:31-
46). No hay nada en las Escrituras que indique que el hombre recibirá una segunda opor-
tunidad para ser salvo.

2
Después del juicio, Jesucristo entregará su reino al Padre. Todo enemigo, incluyendo
la muerte, habrá sido vencido; y Jesús, quien ha estado reinando, hará entrega de su auto-
ridad a Dios, el Padre; y él mismo se sujetará a él. Los justos reinarán con Dios en la
eterna casa de indescriptible belleza. En la próxima y última lección hablaremos sobre los
lugares de recompensa y de castigo, los cuales son llamados cielo e infierno. Es la espe-
ranza de los cielos la que mueve a los cristianos a exclamar como Juan: “Ven, Señor Jesús”
(Apocalipsis 22:20).

3
EL CASTIGO ETERNO Y LA RECOMPENSA
Lección 30
Texto bíblico tomado de la Santa Biblia
Nueva Versión Internacional
© 1999 por la Sociedad Bíblica Internacional

Hay vida después de la muerte. Esta enseñanza es una de las piedras fundamentales del
cristianismo. Nadie puede aceptar la Biblia sin creer que hay un lugar de recompensa para
los justos y uno de castigo para los injustos. Puesto que todos tenemos que comparecer an-
te el Señor para juicio, cada uno debe orientar su conducta pensando recibir el eterno galar-
dón en lugar del castigo eterno. Jesús dijo: “¿Qué aprovechará al hombre, si ganare todo el
mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mateo
16:26).

Castigo eterno
Fuera de Jerusalén, en tiempo de Cristo, existía un valle que había sido reservado para
echar la basura de la ciudad. Se conocía como el Valle de Hinom o Gehena, en el griego; y
continuamente estaba ardiendo. Este lugar, en algunas versiones se traduce como infierno.
Cristo aplicó este término al lugar de castigo o fuego eterno para después de la muerte. Hay
otra palabra traducida infierno, la cual no debe confundirse con “gehena”. Es Hades, que
significa “el mundo invisible” o la habitación de los muertos. La confusión de Gehena y
Hades ha conducido a muchos a concluir que el infierno es simplemente el lugar para el ser
físico en vez de un sitio de fuego eterno. En la mayoría de las traducciones, hades es
traducido como “Hades” en lugar de “infierno”. Los usos de “infierno”, en esta lección, se
refieren a Gehena. ¿Cómo es el infierno? Cristo lo describe como
un lugar de fuego eterno. “Y los echarán en el horno de fuego;
allí será el lloro y el crujir de dientes. ...Así será al fui del siglo:
saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y
los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de
dientes” (Mateo 13:42, 49, 50). El infierno, pues, debe de ser un
lugar donde se sufre conscientemente, en vez de un lugar de aniqui-
lación como algunos creen. Cristo hizo énfasis en esto cuando dijo:
“Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en
la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que
no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fue-
go nunca se apaga” (Marcos 9:43,44).
Puesto que el fuego nunca se apaga, el infierno debe de ser eterno. “Entonces dirá tam-
bién a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el dia-
blo y sus ángeles... E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna” (Mateo
25:41,46). Es fuego pero a la vez es un lugar de densas tinieblas: “mas los hijos del reino
serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 8:12).
El infierno es descrito más vividamente en Apocalipsis. “Estos dos fueron lanzados vivos
dentro de un lago de fuego que arde con azufre” (Apocalipsis 19:20). Algunos dicen que el
fuego no puede ser literal y que en consecuencia no puede ser tan malo. Haciendo caso
omiso de lo que puede ser el fuego, se nos dice que es un lugar de tortura. Esto es lo im-
portante. “Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde
estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de
los siglos” (Apocalipsis 20:10). El tormento denota un dolor agudísimo. Esto significa que

1
el que sufre estará enteramente consciente; y Juan agrega que esta angustiosa conscien-
cia nunca terminará. ¿Quién habitará este lugar? “Pero los cobardes e incrédulos, los abo-
minables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos
tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre que es la muerte segunda” (Apoca-
lipsis 21:8). Aquí el infierno se llama “muerte”; con lo cual se denota la eterna separación
consciente entre el ser y Dios, y de todo lo bueno que existe.
Algunos suponen que entre el cielo y el infierno existe el purgatorio para todos aquellos
que no son extremadamente buenos ni malos. Y que ahí estarán hasta que hayan purgado
todos sus pecados para que puedan ir al cielo. Agradable puede ser esta idea, pero la Biblia
no hace ni una sola mención del purgatorio.

Recompensa eterna
Una de las más bellas descripciones que puede encontrarse es la que tiene que ver con las
habitaciones del alma. Los últimos dos capítulos de Apocalipsis se ocupan de esto. Pero
aún así resulta imposible dar una adecuada descripción de las bellezas y glorias de esa casa
del alma llamada cielo.
En el cielo está la ciudad santa —la Nueva Jerusalén—. Es de forma cuadrangular. Alre-
dedor de ella hay una pared con doce puertas, tres en cada lado. Los fundamentos de la
pared son también doce, y son de doce clases de piedras preciosas. Cada puerta es una
perla. Hay una calle en la ciudad, la cual es de oro puro semejante al cristal transpa-
rente. Un río procede del trono de Dios y corre por medio de la ciudad. A cada lado de
éste está el árbol de la vida que lo capacita a uno para vivir para siempre; y da doce cla-
ses de frutos. Puesto que Dios mismo está ahí, no hay necesidad de templo; y a los que
les es permitido vivir ahí, tendrán el gozo de ver a Dios cara a cara y adorarlo.
En contraste con la tierra, nada en el cielo será desagradable. No hay dolor, ni pena, ni
muerte. Las penalidades de esta vida pasarán. Es un lugar de gozo continuo y de descanso.
Las puertas de la ciudad nunca serán cerradas, puesto que ahí no hay noche. La Nueva Jeru-
salén estará iluminada, no por el sol, no por la luna, sino por la gloria de Dios y de Cristo. Y
puesto que el cielo es eterno y ahí no hay muerte, no habrá necesidad de contar el tiempo.
¿Conoceremos a nuestros seres amados en el cielo? Ningún pasaje contesta eso clara-
mente. Algunos piensan que Mateo 8:11 indica eso. Se lee; “Y os digo que vendrán mu-
chos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino
de los cielos.”
Nuestra resurrección será en cuerpo espiritual y no en cuerpo físico (1 Corintios 15:44).
Puesto que ninguno de nosotros jamás ha visto un cuerpo espiritual, nada podemos saber
con exactitud, excepto que será incorruptible y jamás morirá. También sabemos que este
cuerpo espiritual llevará la imagen de Cristo: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún
no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, sere-
mos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (I Juan 3:2).

¿Cuál será su elección?


La elección del cielo o del infierno está en sus propias manos. Es la elección de aceptar o
rechazar a Cristo. Solamente los cristianos fieles podrán habitar en la casa eterna. Todos
los demás serán lanzados al infierno. Es nuestra esperanza que a través de esta serie de
lecciones usted haya sido encaminado hacia un mejor conocimiento de la palabra de Dios; y
que como resultado, su esperanza de vida eterna esté ahora más segura.