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REFLEXIONES SOBRE LA PELÍCULA/DOCUMENTAL “UNA CIERTA

VERDAD” DE ABEL GARCÍA ROURE

“Una cierta verdad” es la mirada de Abel García Roure, al mundo de las


enfermedades mentales, más particularmente centrada en cinco historias que
durante dos años fueron la referencia para arrojar un poco de luz a qué ocurre dentro
de las personas con este tipo de enfermedades. Se desarrolla en el centro
psiquiátrico Parc Taulí en Sabadell, Barcelona, España. Sorprende por ser una
película (documental), vivida desde el lado de los pacientes. Deja hablar a quien
tiene que dejar hablar, y definitivamente muestra, o se logra ver, el dolor psíquico
de quien lo padece.

De la psiquiatría no se podrá prescindir, son muchos los intereses políticos y


económicos a los que le rinde cuentas, sin embargo, documentales como este,
permiten la pregunta sobre la conveniencia y la eficacia de los tratamientos
psiquiátricos como un absoluto, porque desde una mirada menos abolicionista, la
terapia medicamentosa podría ser más impactante, si se atendiera al sujeto, al ser
humano, y no solo a las neuronas, o al cerebro, o al sistema nervioso central. Todo
diagnóstico psiquiátrico tiene una historia detrás, una biografía dañada a la que
apenas se atiende. El tratamiento está centrado en la supresión química del
síntoma. En su anulación sin comprensión de ningún tipo. La psiquiatría se mueve
en el terreno de los lugares comunes. Se ufana de su jerga y sus diagnósticos, en
su verdad demarcada. Pero la vida y sus dolores se encuentran en otra parte. Esa
brecha es la espina dorsal que atraviesa la narración presentada en el documental.

La gente sufre. El dolor psíquico es una realidad muchas veces innombrable. En


Alberto es evidente como no puede o quizá, como no quiere, poner en palabras lo
que le sucede, y cabría la pregunta, si es que realmente no puede nombrarlo, o si
no quiere, por el terror y la apatía al tratamiento medicamentoso, que además le fue
impuesto, y le fue obligado, con el uso de la fuerza física, con el daño que esto
puede ocasionar. Esta es la llamada “contención mecánica”. En el documental
vemos como esta, está predeterminada, ha sido concebida con anterioridad, tal y
como se refleja en la escena que la precede. Luego, sin más, es decir, sin contar
con la propia persona que será agredida, es perpetrada. Los roles han sido
asignados por el capitán, cada uno tiene su extremidad. Finalmente se suma una
persona más, de refuerzo. Cinco contra uno en una habitación cerrada. Es un acto
cobarde, traumático y que finaliza con la práctica de una tortura. Lo más duro es
pensar que quienes llevan a cabo la contención parecen no tener problema ético
alguno, la naturalidad, pareciera que hace que se consuma con un tipo de
deshumanización.

Ahora, cabría preguntarse si lo que hace Juan Manuel con Javier no es lo mismo;
es evidente que no lo contiene “agresivamente”, para medicarlo físicamente a la
fuerza, pero en su convicción de que el medicamento es lo que Javier necesita,
intenta convencerlo a toda costa, incluso a través de engaños, y a través de su
discurso sanador, como si efectivamente los medicamentos psiquiátricos eso
hicieran, sanar. Javier cuestiona constantemente el sistema, plantea preguntas
lógicas desde su punto de vista. “No necesito medicación” dice en algún momento
del documental. Aun cuando Javier presenta crisis, es un hombre que tiene un
universo propio, con una capacidad enorme para expresarse, tanto a través de sus
pinturas como a través de sus escritos. Expresa su enfermedad con el término “radio
mental”. Javier es uno de los que da la cara y se muestra tal y como es. Nos muestra
explícitamente un mundo interior muy rico en detalles. Sus pinturas y sus
explicaciones son magnéticas y rompen de manera radical con el concepto de
enfermo mental.

Por lo anterior, cabe repetir, que la mirada de este documental cuestiona los puntos
de vista absolutistas: <lo único que hay es el medicamento y es lo único que sirve>.
Y, sirve ¿para qué? Quizá para mantener al sujeto así, sujeto, bobalicón, “relajado”,
demasiado relajado, como decía Javier, y esto ¿para qué?, para mantener un
control social quizá. Muy fácil para algunos. Eso sí, de ninguna manera, se quiere
aludir con esto, es decir, con la pretensión de la abolición del absolutismo
psiquiatrical (como le llamaría yo), que las enfermedades mentales no existan o no
lo sean, sino que el concepto de enfermedad mental es algo que hay que tratar con
cuidado. Sobre todo hay que empezar a dejar de tratar a estas personas, como
personas irracionales, de tratarlos desde su enfermedad y tratarlos como “personas
únicas” como dice una de las psiquiatras del centro. ¿Cómo se puede facilitar la
vida de esa persona? ¿Qué necesidades tiene? Digamos que cada persona tiene
unas necesidades distintas y que dentro de la enfermedad hay miles de matices, de
cosas distintas, de aristas.

Remite lo anterior, al caso de la mujer que dice que “ella” (la mujer de su
alucinación), le ha hecho brujería. Esta es una mujer que sufre porque no es
escuchada, dice ella que no le importa que quien le habla en el documental le haga
muchas preguntas, porque se desahoga. Es evidente, que la única necesidad de la
mujer no es el medicamento. Sin embargo, indica también que el medicamento la
ha ayudado, habrá que ver cómo, o a quien ha ayudado, porque sin conocer los
antecedentes de esta mujer, impacta verla en ese estado, parece incluso
deteriorada cognitivamente, y cabe la pregunta si han sido los medicamentos los
que la han deteriorado en el tiempo, tal y como lo hemos visto en clase. En todo
caso, en este testimonio, vemos el centro de la reflexión, y se llega a la pregunta
¿por qué se apuesta sólo por el tratamiento medicamentoso? Parece que pesan
más los intereses políticos y económicos mencionados al inicio del escrito.

En conclusión, este documental pone sobre la mesa la fragilidad del ser humano.
Será nuestro deber seguir haciendo reflexiones en torno a la psiquiatría y su apuesta
por los tratamientos medicamentosos.

LAURA ESTELLA PINEDA CORCHO


C.C. 1.128.407.033