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El Consejo Psicológico y el entramado ético existente en la relación entre terapeuta-

consultante: un acercamiento a las habilidades interpersonales del consejero

Vanessa Milena Quintero Gallego

Intervención Clínica Cognitiva.


Mercedes Jiménez Benítez.

Universidad de Antioquia.
Facultad de Ciencias Sociales y Humanas

Medellín, Colombia
2019
El Consejo Psicológico y el entramado ético existente en la relación entre terapeuta-
consultante: un acercamiento a las habilidades interpersonales del consejero1

“…la relación terapéutica no es solamente una relación a la que se aplican consideraciones éticas,
sino que también, y sobre todo.es una relación que, en sí misma, se constituye éticamente.”
(Bickhard,1996, p.123)

“A través de las habilidades interpersonales, los procesos de influencia del consejero se hacen
efectivos para promover los objetivos fundamentales de la ayuda y el consejo: validación,
aceptación, apoyo, potenciación y cambio”
(Cabanillas y López, 2008, p.127).

Confluimos tiempos ceñidos en torbellinos sociales, en barrullos y encrucijadas emocionales,

donde la inseguridad colectiva responde a condicionantes políticos, sociales, económicos y

culturales, factores vertiginosos que propulsan un grado de caos y disgregación en los seres

humanos, provocando conflictos íntimos empañados en una gutural confusión. Ante este

turbio panorama emergen nuevos modelos de atención frente a la psicología clínica, para

tratar de paliar desde lo factico las problemáticas que transversalizan los sujetos, es así como

emerge el modelo de atención categorizado como el consejo psicológico, siendo una práctica

profesional que sugiere un compromiso ético entre el individuo que enarbola su papel como

consejero y el consultante, a quien le provee también una función social para responder a las

demandas y a los requerimientos de las personas. El consejo psicológico, se dirige, pues, al

plano del espíritu, para favorecer al sujeto (consultante) a efectuar el mecanismo de la

integración positiva de su personalidad, para que éste camine en beneficio de su crecimiento

psíquico y tenga un razonable dominio emocional de sí mismo y, así, la resolución

1
Un trabajo ensayístico basado en el texto: Consejo psicológico. Una alianza estratégica para el apoyo, la
potenciación y el cambio de Miguel Costa Cabanillas y Ernesto López Méndez
autoconsciente y responsable de las marañas de su propia vida. (Hernández, 2004). El

objetivo trasversal de la presente disertación es la de ensamblar y relacionar la propuesta del

consejo psicológico (como modelo de atención en psicoterapia) con las raíces de la

responsabilidad ética que tiene el terapeuta en la medida de la autorreflexión latente que debe

realizar sobre su propia persona, para que logre establecer puentes de conexión y empatía

con su consultante. En adelante se realizará una concatenación crítica de los temas antes

mencionados.

Así pues, el consejo psicológico, también llamado “Counseling” en el mundo anglosajón, se

cimenta, primordialmente, en el principio bioético de la beneficencia, es decir, hay un cambio

de paradigma: ya que las decisiones en las consultas terapéuticas dejan de estar situadas

desde el paternalismos (donde hay una imposición de la decisión del profesional de la salud),

sino que se basan en la participación activa del consultante, donde hay un carácter

deliberativo y participativo, pues no se pretende ir con juicios de valor moralizantes hacia el

consultante y apañar su proceso, lo que pretende es facilitarle, a través de la psicoterapia, los

recursos para que el paciente se haga corresponsable de sus sucesos vitales y tome acciones

concretas que vayan en pos de su mejora en la salud mental y psíquica. (Martí, Barreda,

Marcos, y Barreira, 2013).

Este modelo de atención exige que el terapeuta esté guiado, por lo que coloquialmente se

llama: un “buen ojo clínico”, apuntalando a una sensibilidad especial frente a los fenómenos

colectivos y, necesariamente, hacia los fenómenos internos del consultante al cual acompaña

en el proceso terapéutico. Esa cualidad está horadada por un buen estilo y abordaje teórico

(una cimentación sólida del conocimiento pragmático en las tres perspectivas del modelo

ABC: antecedentes, biografía y consecuencias) y un buen estilo de enfoque de potenciación.


A lo anterior se le suma el menester conocimiento de los contextos clínicos y sociales

relevantes, (el contexto social-verbal del consultante) y la agudeza de una escucha activa que

pase por las esferas del percibir, el pensar, el sentir, el actuar, y la disposición corporal y

fisiológica adecuada (Cabanillas, y López, 2008)

En base a lo anterior, el terapeuta se encuentra con la responsabilidad ética de disponer su

ser encarnado y su mentalidad a la escucha integral y minuciosa (como habilidad esencial del

consejo psicológico): la atención, el respeto inherente a la palabra, los tiempos y en el hacer

consciente todo margen de prejuicios que emerjan en la terapia misma con el paciente,

poniendo, así, los recetores corporales en alerta para la empatía y la atención del otro en su

amplia dimensión humana.

La concatenación, la relación crítica entre la efectividad del Consejo Psicológico como

modelo de atención psicoterapéutico tiene por base la conexión misma que posee quien la

ejecuta en el campo practico con su sensibilidad interna y su carácter sensible ante la

colectividad y ante el reflejo humano y fragmentario que le depara su reflejo. Es por ello que

uno de los estamentos éticos que precisa dicho modelo de atención es el basado en la

categoría de comprensión empática que posea el terapeuta, con ello nos remitimos a un

fundamento que ahonda en lo holístico para ampliar las dimensiones ontológicas, tanto del

consultante como del psicólogo tratante.

Ahora bien, si se entabla que la comprensión empática es uno de los eslabones que abren

todo un abanico de habilidades vitales en el terapeuta, también vamos a encontramos con

unas limitaciones intrínsecas, que la propia terapia, como servicio, posee; es decir, las

condiciones elementales inherentes al tiempo, las fluctuaciones que pueden sucederse en las

distorsiones e intrusiones que pueda elaborar el paciente, en relación a aspectos no


relacionados con su situación anímica, son elementos que el terapeuta debe tomar y trabajar

con una minuciosa delicadeza y vehemencia, para que no bordee la violencia ética y

contractual que siempre puede irrumpir en el plano de la psicoterapia (Bickhard,1996)

Siguiendo con lo anterior se puede observar, pues, que el carácter potenciador, que propugna

el modelo del consejo psicológico, hace un rebote y se plasma como elemento de reciprocidad

entre lo que se pretende con el consultante y lo que se debe hacer en el interior del terapeuta:

ser un abono fructífero de preguntas. Un mecanismo desde la mayéutica para guiar, con

cuidado, sigilo y vehemencia, al otro en un sendero de la concientización individual,

protegiendo el lenguaje propio de los hilillos del sarcasmo, para no poner en un vaivén de

desequilibrio el lazo de confianza que es el ancla del contacto con el consultante. Lo anterior

camina de la mano con la vital preponderancia de la clarificación como secuela de una

escucha integral y empática, un anhelo latente de hacer del encuentro psicoterapéutico un

encuentro que pueda ser aclaratorio y pueda despejar las brumas grisáceas en la vida psíquica

del paciente.

Lo anterior conduce a privilegiar las voces de los consultantes mediante el principio

estratégico de la potenciación número cuatro: la empatía (como recurso primigenio de la ética

profesional) ya que apuntala al reconocimiento de las dimensiones afectivas y los impactos

emocionales a los que el paciente se embarca en su cotidianidad tremulosa (Cabanillas, y

López, 2008). ¿Por qué ubicamos en un nudo vital a la empatía en las habilidades y en las

necesidades éticas del terapeuta? Porque es el eslabón conductor de las habilidades que son

primordiales en la aplicación directa del consejo psicológico, ya que éste es una alianza

estrategia y un epicentro en el encuentro de biografías, donde se ensamblan los pasos de

recepción y acogida, de exploración, deliberación, preparación de la acción al cambio, la


acción y el cambio concreto, la revisión y la terminación (Cabanillas, y López, 2008), una

serie amplia de escalones donde la exigencia ética es de una vigencia cotidiana y de una

premurosa necesidad de palabra, autoconciencia y ensamble conceptual y argumentativo.

Es así, como en una sociedad acechada por el vaivén de las incongruencias, de las certezas

insaciables y de los grande abismos en materia de coherencia: la dimensión ética del terapeuta

psicológico es el eslabón primario de su ética profesional, ya que lo propulsa e incentiva a

una mirada propia ante el espejo que lo revuelca, que lo humaniza y le rememora la

responsabilidad estructural ante su escucha, su confrontación, su sensibilidad sigilosa su

vehemente confrontación con la solidaridad de aquel ser, su consultante, que le necesita como

sujeto que le aporta estrategias de reconciliación con la vida.

Referencias

Bickhard, M. (1996). Sobre los principios éticos en consejo psicológico y psicoterapia.

Revista de psicopatología y psicología clínica, 1 (2), 123-133. Recuperado de:

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5658414

Cabanillas, M., y López, E. (2008). Consejo psicológico. Una alianza estratégica para el

apoyo, la potenciación y el cambio. España: Editorial Síntesis S.A.

Martí, C., Barreda, D., Marcos, G. y Barreira, D. (2013). Counseling: una herramienta para

la mejora de la comunicación con el paciente. Farm Hosp, 37 (3), 236-239.

Recuperado de: http://scielo.isciii.es/pdf/fh/v37n3/07articuloespecial02.pdf


Hernández-Pinzon, F. (2004). La práctica del consejo psicológico. España: Editorial Club

Universitario. Recuperado de: https://www.editorial-club-

universitario.es/pdf/504.pdf