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UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SANTA MARÍA

FACULTAD DE ARQUITECTURA E INGENIERÍA CIVIL Y DEL


AMBIENTE

ESCUELA PROFESIONAL DE IGENIERÍA CIVIL


FÍSICA: ELECTRICIDAD Y MAGNETISMO

ALUMNA:
SANCHEZ FLORES DANESKA DEL CARMEN

DOCENTE:
REBECA LINARES GUILLÉN

SECCION: “C”

AREQUIPA - 2019

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INTRODUCCIÓN
El siguiente trabajo de investigación describiremos la electrostática asociada con los
rayos, así como el experimento clásico del papelote de Benjamín Franklin que
demostró que los rayos eran electricidad.

Asimismo, en este trabajo encontramos toda la información relacionada a dichos temas


ya mencionados anteriormente.

Para una primera comprensión del presente trabajo debemos enfocarnos en los
conceptos previos explicados en este.

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¿QUÉ ES UN RAYO?
El rayo es una poderosa descarga natural de electricidad estática, producida durante
una tormenta eléctrica, que genera un pulso electromagnético. La descarga eléctrica
precipitada del rayo es acompañada por la emisión de luz (el relámpago), causada
por el paso de corriente eléctrica, que ioniza las moléculas de aire, y por el sonido
del trueno, desarrollado por la onda de choque. La electricidad (corriente eléctrica)
que pasa a través de la atmósfera calienta y expande rápidamente el aire,
produciendo el ruido característico del trueno. Los rayos se encuentran en estado
plasmático.
En promedio, un rayo mide 1500 metros y el más extenso fue registrado en
2007 Oklahoma y alcanzó los 321 km de longitud , desbancando el récord anterior
registrado en 2001 en Texas . Un rayo viaja a una velocidad media de 440 km/s,
pudiendo alcanzar velocidades de hasta 1400 km/s. La diferencia de potencial es mil
millones de voltios con respecto al suelo. Cada año se registran 16 000 000 de
tormentas con rayos.
Generalmente, los rayos son producidos por partículas positivas en la tierra y negativas
en nubes de desarrollo vertical llamadas cumulonimbos. Cuando un cumulonimbo
alcanza la tropopausa, las cargas positivas de la nube atraen a las cargas negativas;
este movimiento de cargas a través de la atmósfera constituyen los rayos. Esto produce
un efecto de ida y vuelta; se refiere a que al subir las partículas instantáneamente
regresan causando la visión de que los rayos bajan. Un rayo puede generar una
potencia instantánea de 1 gigawatt (mil millones de vatios), pudiendo ser comparable
a la de una explosión nuclear.

HIPÓTESIS DE LA INDUCCION ELECTROSTÁTICA


De acuerdo con la hipótesis de la inducción electrostática, las cargas son impulsadas
con procesos que aún son inciertos. La separación de las cargas parece requerir de una
fuerte corriente aérea ascendente que lleve las gotas de agua hacia arriba, súper
enfriándolas entre los 10 y los 20 °C bajo cero. Estas colisionan con los cristales de
hielo formando una combinación de agua-hielo denominada granizo. Las colisiones
producen que una carga ligeramente positiva sea transferida a los cristales de hielo, y
una carga ligeramente negativa hacia el granizo. Las corrientes conducen los cristales
de hielo menos pesados hacia arriba, causando que en la parte posterior de la nube
se acumulen cargas positivas. La gravedad causa que el granizo más pesado con carga
negativa caiga hacia el centro y a las partes más bajas de las nubes. La separación
de cargas y la acumulación continúa hasta que el potencial eléctrico se vuelva suficiente
para iniciar una descarga eléctrica, que ocurre cuando la distribución de las cargas
positivas y negativas forman un campo eléctrico lo suficientemente fuerte.

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EL ORIGEN DEL PARARRAYOS
Pero ¿qué era lo que presuntamente hacía? Conviene subrayar que Franklin no
descubrió la electricidad. Este fenómeno natural se conocía al menos desde el antiguo
Egipto a través de las descargas de ciertos peces, y en 1600 el médico inglés William
Gilbert acuñó el término en latín electricus —que significa “como el ámbar”— en
referencia a la propiedad de este material de atraer objetos cuando se frotaba. En el
siglo XVIII la electricidad estática era ya una materia de estudio para varios científicos,
y Franklin comenzó a interesarse en ella en la década de 1740 gracias a un regalo
de su amigo el botánico inglés Peter Collinson: un simple tubo de vidrio que se cargaba
de electricidad al frotarse.

Sin embargo, aún no se había probado la relación entre esta curiosidad y los mortíferos
rayos causados por las tormentas. Entre 1749 y 1750, Franklin escribió a Collinson
sugiriendo esta relación y un método para demostrarla: colocando una barra de hierro
afilada sobre un edificio y conectándola a tierra por un cable, proponía, se lograría
transmitir la electricidad de las nubes al suelo y así disiparla para evitar la caída de
los rayos.

Así, Franklin inventó el pararrayos, pero en un curioso semifallo: en realidad el ingenio


no podía prevenir los rayos como su inventor creía, sino que ofrecería un camino de
mínima resistencia para que cayeran sobre él y no sobre los edificios, logrando en
cualquier caso el objetivo de preservar las construcciones. Interesado en la propuesta
de Franklin, Collinson leyó sus cartas a la Royal Society, de la que era miembro, y
pronto las ideas del americano se extendieron por la comunidad científica europea.

A raíz de ello, en mayo de 1752 el francés Thomas-François Dalibard llevaba a la


práctica por primera vez el experimento de Filadelfia, probando que el pararrayos era
capaz de robar electricidad a las nubes. En los meses siguientes lo mismo se repetía en
Inglaterra. Por su parte y sin conocimiento de estos avances, en junio Franklin decidía
abandonar su idea de esperar a la colocación de una nueva aguja en la iglesia de
Christ Church, en Filadelfia, optando en su lugar por una solución más audaz: elevar su
pararrayos al cielo en una cometa.

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