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Piggy

“I can't judge any of you. I have no malice against you and no ribbons for you. But I think
that it is high time that you all start looking at yourselves, and judging the lie that you live
in.”

Charles Manson

La noche anterior comenzó el asunto en un bar del Centro. No recordaba bien en


qué momento o a qué hora, pero terminaron todos en la casa de un alguien que él
no conocía; se evocó tropezando con las risas, derramando su cuba, envenenando
oídos. Ya era de mañana. Se sacudió los escombros de la memoria y se sintió
muerto de sueño, lo que se dice muerto: como si fuera ya el puro espíritu el que se
moviera y el cuerpo se quedara reducido a una contracción perpetua compuesta
por todos los dolores desperdigados por la espalda, por el pecho, por las piernas.
Lo que más deseaba era largarse de allí para encontrarse con su cama y por fin
dejarse caer en una orgía de ronquidos. "Cámara, güey ya me voy", le dijo al único
que reconoció entre los rostros descompuestos por el amanecer y avanzó como un
esqueleto entre cabezas, piernas, brazos, cobijas y loseta. Revisó sus bolsillos,
encontró el cambio; caminó un par de calles y al llegar a la primera avenida aguzó
los ojos mientras le hacía la parada a un microbús. Durmió un largo rato hasta que
el sonido de un claxon lo sacudió súbitamente.

Los caminos estaban entorpecidos por las obras que había en esa parte de la
ciudad, una vía rápida de cuota, seguramente. Se veía una inmensa fila de
automóviles por delante y los automovilistas que estaban en las peores posiciones
se comenzaban a desesperar. Jaime decidió bajarse antes de su parada y caminar
por donde estaba el río, quizás ahorraría tiempo. Entre tierra, piedras y tropezones
avanzó con la compañía del viento de las nubladas nueve de la mañana. Tenía
años sin pasar por allí, pero aún no olvidaba la humedad que le invadía las piernas
cuando de niño correteaba por la orilla. Tenía todo el rostro dormido y el resto del
cuerpo sumergido en una queja constante. Andaban sus pies uno tras otro, se
limpiaba la cara cada que podía y el borracho trastabilleo se iba juntando con el
cansancio a cada metro recorrido. Después de unos cinco minutos de caminar se
sentó en un tronco muerto y seco. Procuro respirar lentamente, mas no lo logró;
inhalaba y exhalaba a ritmo desenfrenado, nauseabundo; escupió saliva ácida.

Tras un largo rato se pudo concentrar lo suficiente como para darse cuenta
de que lo que provocaba su malestar era un olor fétido que reinaba por el lugar.
Afinó primero el olfato y luego levantó la vista. Había pequeños montones de
excremento por todos lados. A lo lejos podía ver una vaca y algunas ovejas, todas
alimentándose en un pequeño pastizal. Evocó las pocas veces en que llegó a tener
curiosidad por la vida misma y se sintió como un niño, invadido por un deseo
irresistible de explorar todo lo que había a su alrededor. Se levantó con ganas de
hacer lo que nunca se atrevía a hacer. Comenzó con andar alegre, pero de súbito se
detuvo, pues algo había llamado ya su atención. En un rincón, debajo de una
lámina que estaba sostenida por dos largos palos de madera podrida, yacía
extendido en la tierra un bulto brillante y con algunos pelos blancos que respiraba
ruidosamente. Se acercó con los ojos desorbitados, titubeó y dio un pequeño salto
hacia atrás como si se defendiera de una amenaza invisible. Recapacitó y la
curiosidad salió por sus labios:

—¡Hey, cerdo! —musitó Jaime con el rostro del que no se cree lo que está
haciendo.

El animal entreabrió los ojillos, soltando un suspiro largo y parpadeando


repetidas veces. Una mosca se posó cerca de su enorme nariz y se quedó allí. El
cerdo dejó ver su mirada de aburrimiento y, como sin querer, miró por primera
vez al ebrio muchacho que le hablaba.
—Sí, tú —insistió—, cerdo, cerdito, cerdo, ¿cómo estás? —jugueteó.

El cerdo se desperezó y con mucho trabajo alcanzó a ponerse en cuatro


patas. Volvió a desparramar su mirada de aburrimiento. «Ese animal está más
jodido que yo», pensó desconcertado mientras recargaba su brazo en las maderas
podridas. Estaba tan borracho que contarle sus penas a un puerco le parecía lo más
normal. El cerdo pareció escrutar el entorno. Con otro largo y pesado suspiro se
irguió por fin y de manera cortés, casi amigable, se acercó al joven:

—Yo estoy muy bien, caballero, solamente le pido que no se dirija a mí


como si fuera yo un imbécil, ¿de acuerdo? —dijo con una voz estruendosa y esbozó
una sonrisa tras ver el rostro atónito de Jaime— Sé que soy un cerdo, pero los
cerdos somos más honorables de lo que usted podría creer. Ahora, si me lo
permite, me gustaría tomar asiento y fumar un cigarro; puedo asegurar, por el
relieve rectangular en su pantalón, y el olor que emana, que tiene una cajetilla
guardada. ¿Le importaría compartir un cigarro conmigo? —y se alejó con graciosa
elegancia hasta sentarse en el mismo tronco del que se acababa de levantar Jaime.

Él seguía sorprendido, era como si le contaran alguna de esas historias de


pueblo, en donde hombres con capucha tenían patas de cabra, o mujeres con velo
tenían cara de caballo. Pero no, este era un cerdo completo y uno muy educado,
aparentemente. Sintió mucha curiosidad por la manera en que el animal podía
emitir esos sonidos que, si bien sonaban un poco extraños, se comprendían
perfectamente como palabras en castellano. «Me parece increíble», musitó su
cabeza, pero consideró que relajarse sería lo más indicado. Finalmente, más
fascinado que asustado, el muchacho correspondió a la cortesía del cerdo:

—Por supuesto que no me importaría compartirlo. Y tampoco quiero


parecer un envidioso, ni mucho menos. Así que qué le parece si saco dos cigarros:
uno para mí y otro para usted —y conforme a sus palabras sacó un cigarro de la
cajetilla extendiéndola después hacia el cerdo para que tomara el otro.
Ambos comenzaron a fumar, cada uno disfrutando ampliamente cada
bocanada de humo. Los labios del cerdo rodeaban trabajosamente el filtro. Habría
pasado un minuto a lo mucho cuando el cerdo se sintió con la responsabilidad de
romper el silencio esta vez:

—Disculpe usted, caballero. Digo caballero porque no sé si llamarle joven,


pues puedo asegurar que usted lleva más tiempo en esta Tierra que yo. Sin
embargo yo soy más viejo. Pero eso no es de mucha importancia, ¿verdad? Le diré,
pues, que me pregunto qué es lo que hace usted en este lugar. No lo había visto
antes por aquí —dijo en tono reflexivo y frunció el ceño de forma comiquísima.

—Pues no es una historia corta.

—Ni corta la vida; heme aquí como un viejo cerdo.

— Se la he de resumir entonces: Yo vivo a un par de colonias de aquí, me he


bajado a caminar, en parte, porque tenía las ganas de hacer algo distinto el día de
hoy y en parte porque el tráfico está horrible y habría sido una pérdida de tiempo
esperar hasta que el microbús llegara a mi parada. Me dirijo a mi casa.

Tras un par de largas fumadas, el cerdo acercó su rostro al del joven, echó el
humo hacia un lado y con algo parecido a la solemnidad dijo:

—Deduzco dos cosas de lo que me acaba usted de decir. Mire: al decir "yo
vivo a un par de colonias de aquí", me está dando a entender que usted no está
vivo si no es en su hogar, lo que me hace preguntarme por qué, entonces, llega
hasta estas horas. Por su facha, y lo digo sin afán de ofender, pareciera que se fue
de juerga. La otra cosa es que tiene usted ganas de hacer algo distinto porque viene
borracho y comienza a diferenciar entre lo que quiere y lo que le avergüenza. ¿Se
da cuenta de que quizás ambas cosas guardan relación entre sí?
—Prefiero no pensar en eso, ¿sabe usted? Últimamente me ha dado por
dejar de cuestionarme lo que hago. Prefiero dejarme ser. Aunque acepto que para
dejar de pensar necesito beber.

—¿Y no le parece esa una actitud demasiado defensiva? —dijo


pausadamente el cerdo mientras exhalaba una larga fumada.

—Ejem... —carraspeó y escupió un moco amarillento que se tornó en café


oscuro al combinarse con la tierra— quizá lo sea, pero no pensar es menos
complicado y mucho menos desgastante —y esta vez se sintió por primera vez
inseguro ante la presencia del cerdo.

—Cuénteme, por favor ¿qué es lo que le ha pasado para haberlo hecho tan
defensivo? Se lo pido de todo corazón. Se imaginará usted que no siempre tengo la
oportunidad de fumar un cigarro y ponerme a conversar, pues tengo que pasarme
la mayor parte del tiempo siendo un cerdo.

—No tenga cuidado, lo trato de entender. Pero lo que menos quiero es


entretenerlo con frivolidades, así que le contaré las cosas en abstracto, si le parece
—y esperó a que el cerdo asintiera—... He pasado por muchas cosas, señor cerdo,
por muchas cosas en las que todo he ganado y todo lo he perdido. La vida no ha
sido fácil ni difícil para mí. Tampoco lo aburro, es simplemente que uno nace lleno
de expectativas, de expectativas que tal vez no sean las propias. Se crea una barrera
o, si quiere llamarle de otra manera, un límite, un límite a lo que somos. No sé si
me esté explicando debidamente.

—Claro que lo hace, caballero. Sólo que yo creo que uno no nace con las
expectativas, por el contrario, no son expectativas propias, en lo absoluto. Por
ejemplo, un cerdo nace siendo cerdo, no espera nada de la vida más que ser un
cerdo, prolongar la vida y traer nuevos cerdos al mundo. Cuando uno es cerdo no
lo es para alimentar a los humanos, ni para entretener a los niños que visitan el
chiquero; uno es cerdo y ya. La vida de un ser humano, como usted, es mucho más
complicada que la de un cerdo, como yo. Uno nace siendo cerdo y de eso se ocupa
hasta el día de su muerte, a menos que se le antoje a uno humanizarse un rato,
pero, como ya sabrá usted bien, eso es demasiado complicado y no a todos nos
gusta. El ser humano, en cambio, no sólo se ocupa de ser un humano, sino que se
ocupa de ser lo que los demás humanos esperan que sea. A esto se le juntan
numerosas prótesis que usted mismo se ha creado para justificar su propia
existencia. Lo puedo ver en su rostro pálido y desdibujado. La desesperanza le da
sentido a sus días.

—Está usted en lo correcto, señor cerdo, en todo. Justo como usted lo ha


dicho, "es demasiado complicado", pues sé en el fondo lo que quiero hacer —pausó
algunos segundos para fumar de su cigarro—, pero esos límites de los que le
hablaba siguen ahí bloqueándolo todo. Los límites son lo que el mundo nos puede
dejar que sea parecido a un cariño. Uno lo da todo por cumplir con lo que se le
exige, pero a cambio no recibe más que pisotones y escupitajos, si bien le va. Este
mundo está hecho para el mundo y no para el individuo.

—Y usted está siendo demasiado racional como para estar hablando con un
cerdo, lo cual agradezco bastante. De lo que estoy seguro es que más tarde no se lo
perdonará a sí mismo. Me doy a entender: el ser humano siempre se apega
demasiado a su lado racional, pero todo lo irracional se queda por ahí embarrado y
cuando se junta lo suficiente, toda esa masa se muere por salir. No es tan difícil, lo
que pasa es que, entre los complicados humanos, usted se complica más. Pero no
se preocupe, es cuestión de que adquiera nuevas experiencias y las sepa integrar a
su forma de ser de la mejor manera. Debo aceptar, de cualquier modo, que usted
ha dado un paso hacia su lado irracional, pero debe tener mucho cuidado, puede
terminar loco, o, peor aún, puede terminar rogando por volver a empezar, por
regresar al confort de la razón.

—Lo comprendo a la perfección, porque una vez más tiene razón, señor
cerdo. Mi lado irracional ya ha sido aceptado por mí. Tengo plena conciencia de
todo lo que puedo hacer, y tener conciencia de ello no significa necesariamente
razonarlo. ¿Por qué no seguir de vez en cuando los impulsos? Y la pregunta se
quedaría al aire, porque responderla le daría la razón a alguien/

—Lo que acaba de decir me resulta curioso, pues ya van dos veces en esta
conversación que me da usted la razón a mí... Los seres humanos se complican
demasiado, pero a esa conclusión ya habíamos llegado. Lo que le quiero decir es
que cuando tratan de ser, simplemente ser, toman el camino equivocado, se
complican aún más y se alejan cada vez más de sí mismos. Esto tiene un lado
bueno, sin embargo, pues llega un punto en que el nudo se tensa tanto que termina
por romperse y pasa lo que suelen ustedes decir: “se queman las naves”. Es
imposible regresar a la prótesis de humanidad, pues ser, simplemente ser, como
humano, tiene consecuencias casi catastróficas. Simplemente mírese y eso que, le
recuerdo, sólo ha dado un paso, lo que dista mucho de la aceptación. Es posible
que se vuelva loco antes de aceptar lo que verdaderamente es usted. Ser
plenamente es terriblemente castigado por ustedes, desde fuera y desde adentro: lo
castigan y usted se castiga. No dudo que usted alguna vez haya penalizado
injustamente a algún otro por el simple hecho de ser, simplemente ser. Ni hablar
sobre lo que se hace a sí mismo.

—Me avergüenza aceptarlo, pero sí, lo he hecho innumerables veces, eso de


penalizar injustamente por ser, simplemente ser. Sobre mí... ni hablemos, creo que
me ha dejado de importar. Sin embargo, me pregunto, señor cerdo, ¿Cómo es que
usted sabe tanto? Después de todo, es sólo un cerdo.

—Le repito, caballero, que no me tome por imbécil, pues su comentario me


pareció verdaderamente ofensivo. Ustedes los seres humanos se piensan como
dioses, pero jamás podrán ser Dios. Ustedes son los únicos, dentro del reino
animal, que son capaces de pensar en Dios, pero eso es muy distinto de ser Dios,
ya no simplemente ser. De una u otra manera, se esfuerzan por convertirse en
divinidades y se olvidan de lo que son: seres humanos. Respondiendo a su
pregunta, los cerdos sabemos tanto, porque no sólo yo sé, porque no tenemos que
pensar; tenemos tiempo de sobra para observar sin complicaciones, tenemos la
capacidad de ser, simplemente ser y así comprender.

—Lo lamento, de verdad, señor cerdo. Lo lamento, mi intención no fue


ofenderle, es que sabrá usted que yo sólo sé lo que sé y que hoy aprendo algo
nuevo que antes no sabía. Ahora me pregunto: ¿los demás animales saben tanto
como usted? Espero que la palabra animal no le ofenda. Si es así, de antemano me
disculpo.

—Me parece excelente que usted mismo tenga la capacidad de disculparse,


sin necesidad de otro, pues muchas veces nos es aceptada una disculpa sin
habernos perdonado primero nosotros. Pero eso ya es honor de cerdo y no
terminaré entorpeciendo la conversación con eso. Sobre los demás animales, no lo
sé. Yo sólo soy un cerdo y no todos los animales somos iguales. Vamos, que ni los
cerdos somos iguales entre nosotros. Además no he tenido la libertad de observar
con detenimiento a los demás animales, pues el humano tiene siempre el
protagonismo en este mundo humanizado. Por cierto, no me ofende lo de
“animal”, pues ambos lo somos, ¿no cree? —vio cómo el muchacho asentía
estupefacto. Y ahora, si me disculpa, caballero —y tiró la colilla del cigarro que
recién se había terminado—, es la hora de que me entregue por completo a mi
labor de ser un cerdo. Tome sus precauciones y ya sabrá cómo disfrutarse al
máximo —sentenció entre sabio y perverso el cerdo, pues de su porcina boca se
asomaba una sonrisa.

—No... Espere un segundo... Es que, ¿no entiende? Es el único ser hasta


ahora que siento que me ha comprendido un poco. Yo termino hastiando a la
gente, ¿sabe? Todos: Dios, las mujeres, hasta el bendito alcohol, me han
abandonado para buscar verdaderas dulzuras. Mi sabor es a mierda... Por favor no
repita usted la misma historia ahora que me siento tan cómodo.
—Mire usted que me alegra muchísimo escucharlo decir eso y al mismo
tiempo me entristece, pues parece que no ha entendido nada de lo que le he dicho
hasta ahora. Eso lo llevará, empero, a ser, simplemente ser, más a la manera de
cerdo que de humano, con su manera tan rumiada. Algún día, tengo la esperanza,
se ocupará más de ser usted sin importar que lo “abandonen” —entrecomilló con
sus porcinos dedos. ¿En qué cree que consiste la vida de un cerdo cuando se tiene
un nombre con tan mala fama? La gente cree que olemos a eso que usted dice, a
"mierda" —entrecomilló de nuevo—, sin embargo no es así. Eso no significa, desde
luego, que debamos bañarnos en azúcar o emperifollarnos sin razón, ya que no
sería otra cosa que negar lo que somos/

—Comprendo su punto —se apresuró Jaime a decir—, ahora veo el daño


que nos hacen los baños de azúcar. Pertenecemos a nuestra propia mierda, ¿no es
cierto? No hay por qué dejarla ir/

—Creo que no ha comprendido del todo, caballero, pero le aseguro que esta
conversación le servirá en algún futuro —atajó apresurado el cerdo—... y esta vez
sí me despido de usted, pues humanizarse es algo demasiado desgastante para mí.
De corazón, corazón de cerdo, le deseo un pronto progreso en su manera de ser,
más que en su manera de pensar.

—Claro, con mi egoísmo he olvidado que usted también tiene que ser —y
después de un silencio—... Muchísimas gracias. Me ha dado mucho gusto
conversar con usted y espero que pase una excelente vida de cerdo —dijo Jaime
antes de hacer una ridícula reverencia, pues no tenía idea de cómo darle la mano a
un cerdo.

El cerdo sonrió, caminó con la misma graciosa elegancia y se volvió a echar


en donde originalmente estaba. Volvió a poner su rostro de inmenso aburrimiento
y balbució:

—Para mí también fue un gusto.


Jaime lo miró un rato, esperando al menos una sonrisa o un guiño. El cerdo
no mostró tener más un solo rastro de humanidad. Decepcionado, volvió a
caminar entre tropezones. El resto del camino pareció más corto, él se sentía
mucho más liviano. Llegó a su casa, a su tan anhelada cama. Acurrucado con todo
el sueño que traía, se dedicó a roncar libremente.

A las cuatro de la tarde se levantó hambriento y se sintió afortunado al


alcanzar lo último de las carnitas del domingo.

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