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CAPÍTULO I

LA NATURALEZA DE LO SOCIAL
SOBRE LA TEORIA SOCIAL
Trabajo Social y teoría social
Es tan importante la relación y la comunidad de contenidos entre lo social y el Trabajo Social (Teoría Social, lo
Político, el Estado, lo Jurídico, la Sociedad, lo Económico y recién después, Problemas Sociales, Políticas Sociales,
Necesidades Sociales, finalmente, Ayuda Social, Servicio Social) que se hace imprescindible encontrar referencias
categoriales que impliquen un ordenamiento dinámico pero claramente diferenciado de niveles, lugares, momentos
que, por un lado, evite la confusión dentro del campo profesional y, por el otro, ordene una pertinencia que muestre
la pertenencia al Trabajo Social.
Lo social debe diferenciarse como un momento de la sociedad civil y, dentro de ello, distinguirse de lo económico, el
mercado, la producción. Las clásicas separaciones entre lo público y lo privado, lo político y lo económico, el estado y
la familia, etc.; resultan hoy insuficientes para comprender espacios de entrecruzamientos que exigen nuevas
caracterizaciones que sean capaces de contener las dinámicas de los actuales fenómenos humanos. El Estado
pertenece y no, al ámbito de la sociedad; se comporta como separado del mercado pero, al mismo tiempo, en
relaciones de intrincada dilucidación. La Sociedad Civil se ha desarrollado de manera impensada, imprimiendo
nuevos espacios del cruce entre lo público y lo privado.
Según Iamamoto, es necesario superar la visión determinista, naturalista, a-histórica y endógena relativa al origen
del Trabajo Social para incluirlo en el contexto socio-histórico de referencia, dentro del cual constituye una profesión
particular inscripta en la división social y técnica del trabajo.
Ciencia y sociedad
Concebimos a la ciencia como una de las formas del conocimiento humano cuyas propiedades, rasgos y consistencia
sólo se los puede comprender desde la totalidad que la determina (praxis histórico-social); la epistemología, en tanto
teoría de las ciencias en desarrollo, también debe ser pensada desde esa misma perspectiva. Al desplegar nuestro
análisis crítico desde la dialéctica debemos tener en cuenta que aparece cuestionada por la poca solidez de su
estructura argumentativa, en consecuencia se torna fundamental establecer ciertas referencias formales que
permitan recuperar una modalidad de abordaje que es capaz de superar las posiciones unilaterales y
descontextualizados mediante una perspectiva totalizadora y abierta a las permanentes transformaciones y cambios;
ello permitiría situar en el centro de la cuestión los procesos de transformación histórico-sociales e incorporar la
posibilidad del movimiento.
En este contexto no podríamos definir una posición respecto de la ciencia si no es desde ciertas coordenadas del
presente y lo vamos a hacer desde la tesis dialéctica hegeliana, que sostiene que en las sociedades estatales (donde
prima el intercambio) se impone la modalidad de organización del conocimiento bajo los principios de la razón. Por
ello resulta esencial identificar la noción de Estado que implica: Sociedad Política y Sociedad Civil; en tanto lados -
idealizado y prosaico- de la producción y apropiación del excedente. Ellos no son sino dos aspectos, dos momentos
del mismo proceso en que se organiza lo social; análogamente la ciencia, y dentro de ella las corrientes
epistemológicas (lo cual aparece claramente expuesto en los aspectos del método de la ciencia), van a responder a la
correlación entre el movimiento de la organización epistémica del saber y el movimiento de la organización de la
comunidad humana misma. Es decir, las formas de organización del conocimiento surgen y reproducen el proceso de
las realidades históricas.
Es frecuente reconocer, en ciertos ámbitos académicos, la dictadura que ejerce el método en el campo de la ciencia;
Aquí aparece una clara referencia a los procesos de producción y reproducción social, que constituye una categoría,
desde un menor nivel de desagregación, mediadora para abordar la problemática del Trabajo Social. No resulta difícil
identificar cómo se expresan en él sus dos exigencias fundamentales: la eficacia y la validación; expresiones ligadas,
la primera, a producir información para el desarrollo del sistema de producción y, la segunda, a reproducir la
legitimación del sistema de dominación y apropiación del excedente.
En consecuencia, va a ser fundamental establecer algunas referencias precisas en torno a nuestra explicación del
escenario de lo humano (la sociedad estatal), su articulación con la forma de estructuración de la ciencia (los
procedimientos con que se produce y se valida el conocimiento científico) y, desde ese contexto, sus derivaciones en
el campo de las disciplinas (la problemática de la especificidad). Esta no es sino nuestra formulación del enunciado
mayor que nos orienta: las consecuencias, desde una perspectiva espistemológica, en el Trabajo Social del proceso
de división socio-técnica del trabajo en la sociedad capitalista.
En la praxis económica-jurídico-política se expresa, por un lado, la producción caracterizada por un movimiento de
cooperación y socialización y, por otro lado, la distribución de los medios de producción (que recorre un movimiento
exactamente contrario: la cada vez mayor apropiación privada); sabemos que las modalidades con que aparecen
expresadas ciertas exigencias de la ciencia (requisitos formales, objetivos y neutros) esconden las determinaciones
del plano de lo político. Será de importancia primordial encontrar un camino que integre los aspectos contradic-
torios: por ello el recurso a la dialéctica. En el campo de la ciencia va a operar una lógica análoga: al interior de las
problemáticas epistemológicas van a alojarse aspectos contradictorios que surgieron de aquel contexto de la
organización estatal. Hay una analogía estructural con relación al Estado, en tanto sujeto supremo de la dirección
social; es necesario advertir que operarán mecanismos encubridores, propios de la democracia liberal (que
expresarán un aspecto paradojal que define su dinámica actual), como por ejemplo cuando se pregona que son los
mecanismos impersonales del mercado los que cumplen las funciones propias de la conducción social.
Las distintas epistemologías se soportan sobre fuerzas políticas sociales que en cada tiempo histórico instalan su
predominio; es esta una posición contraria a la que nos presenta la ciencia: pareciera que es ella la que permite
estudiar y justificar al Estado. Vamos a sostener que el Estado es el que estudia y prueba a la ciencia; la supremacía
político-social, sostiene que es ella la que determina las formas del saber humano: la ciencia surge como resultado
de la organización estatal de la sociedad.
La Ciencia no ha existido siempre, tal como la reconocemos es la forma actual de organización del conocimiento, es
sólo su forma última. Sin embargo, es necesario resaltar aquello que se instala con esta forma estatal de sociedad
análogamente a como el intercambio fue caracterizando la forma de organización social, donde el capitalismo pasa a
constituir la universalización del intercambio: la relación entre la universalización de la forma de intercambio y de la
forma del conocimiento. Es por ello que la ciencia, en última instancia, tal como se presenta en la modernidad,
responde a la forma de organización de la sociedad capitalista; al mismo tiempo diremos que no es una relación
mecánica, vamos a tratar de mostrar que no hay una relación directa en que las fuerzas productivas determinan las
formas de la conciencia social, sino que las fuerzas productivas se articulan dialécticamente con las relaciones so-
ciales. Allí esas conductas humanas “generan y organizan sus representaciones y conceptos”.
Sabido es del largo período en el cual la humanidad estableció una forma de organización de la comunidad sin
estructura jurídico-política sino en forma de conocimiento mito-poético, en cuyo seno se fueron generando las
condiciones para su transformación; la consolidación de la capacidad social de una producción basada en la
agricultura y la ganadería, generando formas de actividad cooperativa tanto para la producción como para la
defensa e hizo que la comunidad fuera desarrollando fuerzas productivas que significaron el surgimiento del
excedente y la apropiación privada de la misma; allí generó un conflicto y, con ello, la instauración de una forma de
organización novedosa.
Una relación fundamental surgirá allí, primero externa -de la comunidad misma hacia otra- y luego interna gene-
rando condiciones que instalaron sectores sociales en pugna y la necesidad de lograr un equilibrio haciendo brotar al
Estado: precisamente allí había irrumpido la propiedad. Ante ello fue necesario dirigir la producción y el intercambio
y, por otro lado, someter a los distintos sectores bajo la apariencia de la igualdad de las leyes del Estado; por lo
tanto, organizarán las formas de conocimiento bajo esta estructura de desigualdad social pero con la apariencia de
una modalidad idealizada, de manera tal de sostener ese entramado de desigualdad real que inaugurará un proceso
caracterizado como la sociedad del intercambio. Su generalización es un recorrido que pasa por la sociedad
esclavista, luego por la sociedad feudal y adquirirá una modalidad dominante universalizándose con la sociedad
capitalista, llevándonos a encontrar una correspondencia entre forma de organización social estatal y forma de
organización del conocimiento.
He aquí la importancia del Estado y, al mismo tiempo, la necesidad de identificar de manera clara esos dos momen-
tos del proceso histórico que se reflejan en nuestra propia organización; por un lado la organización social para la
producción y reproducción económica y, por otro lado, la organización estatal para la sanción de la apropiación del
excedente económico en el marco del gobierno social. Allí tenemos a la sociedad civil y a la sociedad política, esos
dos aspectos, en tanto lados de lo mismo, uno real y otro ideal, de la producción y la apropiación del excedente; el
movimiento de la organización epistémica reproduce, en su propio elemento, estos dos momentos de la realidad
histórica en la cual surge.
Teoría social y relaciones de propiedad
Es nuestra intención circunscribir algunos desarrollos de la Teoría Social de Marx al recorte de nuestro propio
trabajo; en nuestro punto de partida habíamos situado los problemas identificados como fantasmas de la profesión y
los sesgos existentes en el desarrollo como disciplina del Trabajo Social (fundamentalmente en la Argentina), en
relación a esas dos grandes categorías que son el individuo y la sociedad. Nuestra hipótesis decía que esta división,
presentada como dilemática, no es sino producto de una recaída en la inmediatez (negando sus mediaciones) de lo
que en realidad es consecuencia de ese doble movimiento que hace posible deducir a la sociedad del individuo, pero
también al individuo de la sociedad. Sabemos la importancia que encierra dilucidar esta compleja trama de
relaciones que caracteriza al mundo de lo humano en su forma más desarrollada (la sociedad capitalista), donde se
señaló como central la categoría de trabajo y, con ella, la de producción; todo ello conformando una complejidad de
la que es necesario desplegar algunas consecuencias teóricas fundamentales.
Análogamente a lo sostenido por Marx, en el sentido de no poder pensarse al modo de producción sino como dos
partes de lo mismo tanto a las fuerzas sociales como a las relaciones sociales de producción, vamos a sostener que
no es una relación mecánica, que no hay una relación directa en la cual las fuerzas productivas determinan las
formas de la conciencia social, sino que las fuerzas productivas se articulan dialécticamente con las relaciones
sociales. Allí esas conductas humanas generan y organizan sus representaciones y conceptos, es por eso que
debiéramos encontrar en la categoría de trabajo esos dos aspectos; esta actividad propiamente humana es el
creador de la riqueza pero es, consustancial a ello, la relación de apropiación de los prerequisitos materiales del
trabajo. Por eso debiéramos decir, siguiendo a Marx, que todo acto de producción es, simultáneamente, un acto de
apropiación; este segundo componente coloca en el centro de la cuestión la relación de propiedad. Acto creador de
riqueza por un lado, y relación de apropiación, propiedad, por el otro.
Un acto de apropiación es inherente al movimiento primero de transformación de naturaleza en cultura, porque es
sobre la base de los objetos de la naturaleza sobre los que se producirá la transformación misma; el proceso de
transformación implica en el objeto de la naturaleza una marca que no es sino la objetivación de la condición de lo
humano mismo, tornando apropiable e instalando la propiedad social, primero, y privada, después. Pero allí ocurre
además un proceso de reconocimiento entre los sujetos que caracteriza a la relación social; significa, entonces, que
ese proceso de transformación y apropiación, tanto en las formas anteriores (la propiedad comunal o comunitaria)
como en la presente (la propiedad privada), presupone la existencia de una comunidad originaria. Se observa, de
manera clara, cómo lo social precede, acompaña y se prolonga en los procesos efectivos de la humanidad.
Es allí donde debiéramos pensar cómo es posible identificar una doble condición en juego: por un lado, habrá allí un
sujeto corporal pero, por otro lado, éste se prolonga en un sistema de objetividades; en ese campo amplio, que in-
cluye las relaciones de conocimiento, es llamado, primero por Hegel y luego por Marx, corporeidad inorgánica. Esta
categoría que nos habla de la relación de los individuos vivientes y actuantes con sus condiciones objetivas de
existencia constituye una clave desde la cual se piensa esta radical separación entre individuo y sociedad, y, desde
allí, es posible instalar perspectivas de análisis que reunifiquen como momentos, como partes de un proceso que la
explica.
Lo que debiéramos recuperar es que las acciones productivas de los seres humanos, por su propia naturaleza, van
generando un sistema de vinculaciones de los individuos entre sí mediados por las cosas, y que cada uno de ellos con
las cosas mediados por los otros individuos. Estos sistemas de vinculaciones que se van modificando a medida que se
incorporan nuevas fuerzas productivas, son relaciones sociales de producción, y en todos los casos determinan
formas de inclusión y de exclusión de los individuos por relación a esas fuerzas productivas. Ese sistema de vincu-
laciones, cuyo nombre es modo de producción, constituye el soporte objetivo, la fuente exógena del pensamiento
lógico matemático de las diversas formas de logicización y matematización de los objetos de la realidad en todos los
períodos de la historia humana.
Las relaciones de apropiación van a estar en la base de lo que luego va a constituir la forma objetivada como pro-
piedad estatuida y ello será así porque dichas relaciones definirán la constitución de las normas; la apropiación no
genera solamente un sistema de acciones, también se estabiliza, se estatuye como un sistema de signos que signi-
fican un sistema de imposiciones a defender, incluso vio lentamente, la apropiación de un sistema de virtualidades
significadas en las cosas. Debemos recordar que la norma no tiene una existencia meramente subjetiva, lo ideal no
es un hecho de conciencia, compete el mundo de las cosas y opera con cosas; una ley tiene existencia exterior. Es allí
como operará también lo que el método dialéctico se ocupa de desnudar: algo, al quitarse la génesis, su estado se
instala proponiéndose a sí mismo como sin mediación; es exactamente de esta manera como opera el acto de apro-
piación que fue una expropiación y se presenta, en cambio, como un estado de apropiación orgánico, natural,
inevitable, que es lo que determina la propiedad privada.
El Estado reproduce todas las relaciones sociales de dominación propias de estas relaciones de apropiación privada,
porque en tales relaciones los individuos se ven impulsados, al margen de su voluntad, a darle a sus conductas esta
forma de ley, de norma positiva: “Los individuos que viven y producen bajo estas relaciones tienen que dar
necesariamente a su voluntad, condicionadas por dichas determinadas relaciones, una expresión general como
voluntad del Estado, como ley; expresión cuyo contenido viene dado siempre por las relaciones de clases como con
la mayor claridad lo demuestran el derecho privado y el derecho penal”.
Sostiene Samaja: “así como la propiedad comunal hizo brotar la constitución gentilicia con sus costumbres sagradas
y sus mitos; la propiedad privada y la división del trabajo hicieron brotar la sociedad política con su ordenamiento
jurídico. De lo dicho se infiere que la acción de los individuos reales, al ser acción productiva apropiadora, es por lo
mismo normatizadora y totalizadora. Es en este sentido que diremos que la apropiación genera la comunidad
jurídica y no la población animal en la que nació por primera vez el comportamiento productivo”. En las sociedades
estatales se desarrolló la propiedad privada e hizo madurar la división social del trabajo y la producción para el
intercambio; el papel del dinero, ubica Marx, hizo posible que todo vínculo comunitario se disolviera generando en
su lugar una sociedad en la que cada hombre es una persona individual que entra “en relaciones con los demás sólo
mediante el intercambio de valores”. Esta sociedad de personas privadas es constituye la sociedad civil, o “la
sociedad del valor de cambio desarrollada”.
La Sociedad Civil, al generalizarse la sociedad productora de mercancías regida por el mecanismo impersonal del
mercado, se despliega como un orden en el que cada individuo es independiente como persona y donde la acción de
los individuos, sujeta a normas, realiza el interés de todos. Veámoslo detenidamente: realizar nuestros intereses im-
plica el intercambio donde operan leyes de equivalencias de los valores a las que nos sometemos (independiente-
mente de nuestra conciencia y voluntad), luego, al circular los bienes instalarán su propia cuota de valores, repro-
duciendo el proceso. En esta etapa del desarrollo social pareciera ser posible que la imposición del Estado está en
condiciones de ser sustituida por la libre cooperación de los individuos, las funciones aquí se deducen al mínimo:
hacer respetar las leyes del intercambio. “La cooperación pareciera ser un concepto claro, sin embargo, en cuanto se
analizan sus presupuestos aparecen cuestiones muy diversas; lo primero que aparece, en esta sociedad, es que
forma parte de un sistema total de intercambio donde sólo toma aquel que da y da aquel que toma, pero para hacer
lo uno y lo otro, es preciso que tenga el procedimiento mediante el cual se ha puesto en la condición del que tiene,
lo que no constituye ninguno de los momentos de la circulación misma; los sujetos son sujetos de la circulación sólo
en cuanto propietarios privados de valor de cambio, sea bajo la forma de la mercancía, sea bajo la forma de dinero”.
Lo que se llama “acumulación originaria del capital ha sido no el resultado del trabajo propio sino de acciones
coactivas de apropiación; en las sociedades actuales, basadas en el tipo de circulación de valores, presupone la ex-
propiación a los trabajadores individuales, de modo que la mayoría absoluta de los individuos de la sociedad entran
en la circulación económica como propietarios de sí mismos, es decir, como trabajador libre o sujeto asalariado”. Por
eso es que en la sociedad actual se presenta como algo evidente que los seres humanos son sujetos libres e inde-
pendientes que entran y salen de la circulación a voluntad y son personas con derechos.
Ocurre, sin embargo, que la norma objetiva no señala que para trabajar el cuerpo no alcanza, necesita los ins-
trumentos (los requisitos materiales del trabajo); el ser humano originariamente (aquí recuperamos la categoría de
cuerpo inorgánico) ha adoptado la forma enigmática de la riqueza externa de lo valioso en sí mismo y ha entrado en
una compleja circulación. Obviamente “las relaciones que van a establecer los distintos individuos ocultan la norma
que impone esta asociación de sujetos bajo la forma del trabajo asalariado, no muestra al capital como soporte de la
cooperación y sólo presenta a la asociación como resultado de las reglas técnicas”. “El punto de unión de estos
trabajadores dispersos consiste únicamente en su relación recíproca con el capital, en que el producto de su
producción se acumula en las manos de este así como los plusvalores se crean por encima de su propio rédito. Como
trabajo cooperativo estos trabajadores sólo existen en-sí, por cuanto cada uno de ellos trabaja para el capital -y con-
siguientemente poseen en él su centro- sin que colaboren entre sí. Por tanto su asociación a través del capital no es
más que formal y se refiere sólo al producto del trabajo, no al trabajo mismo. En vez de intercambiar con muchos
intercambian con el capitalista único”.
Es aquí donde resulta claro que la cooperación se funda en normas ideales, racionales, pero el interés mutuo es
racional y justo en lo formal y es totalmente irracional e injusta en lo real.
Marx sostiene que el trabajo no es simplemente una relación con la naturaleza, para él toda acción humana implica
una doble relación: una relación natural con los objetos y con los sujetos y una relación social también con objetos y
sujetos; doble relación donde la interacción de los sujetos con los objetos está mediatizada por los sujetos y la de los
sujetos con los otros sujetos está mediada por los vínculos con los objetos. “La concepción dialéctica de la
interacción de la relación humana responde a un modelo en el cual se aprecia que la interacción entre los objetos
pasa por los sujetos y la relación con los sujetos pasa por los objetos; sólo así se obtiene la integralidad del
fenómeno humano en que los objetos son valores y las relaciones sociales son concretas. De allí la importancia de la
relaciones de propiedad para comprender la cooperación humana y con ello los procesos por los cuales se produce
la forma en que se organiza el conocimiento y la ciencia”.
Es en esta perspectiva que vamos a sostener que la validación científica sólo se la puede comprender a partir de
concebir al conocimiento descentrado de la Sociedad Civil para centrarse en la Sociedad Estatal, es decir, en el
sistema de unificación y dirección que confiere legitimidad y, por ende, existencia social. Tanto las comunidades
científicas como los capitales del proceso económico están vinculados, por múltiples vías, a la estructura de la acción
política y social, los cuales son los responsables de centralizar los criterios de legitimación y de proteger el sistema
normativo vigente.
La pregunta por lo jurídico se instala como necesaria si nuestro campo (Trabajo Social) es el corazón de lo social.
Recordemos las concepciones dominantes en determinado marxismo donde sitúan a dicha dimensión dentro de lo
superestructura, sin embargo, estamos sosteniendo aquí otra relación entre teoría social y ciencia. Apelaremos a
Marx cuando explicita la diferencia entre la estructura económica y las formas ideológicas: ubica a las relaciones de
propiedad como la expresión jurídica de las relaciones sociales y si recordamos que antes había señalado que sobre
la base real (la estructura económica de la sociedad) se alza el edificio jurídico-político (“a la cual corresponden
determinadas formas de conciencia social”) debemos entender que las relaciones de propiedad tienen, como
relaciones sociales de producción, un contenido estructural y, como construcción jurídica, un contenido
superestructural.
Las relaciones de propiedad deben ser entendidas desde su doble articulación: 1.- Fuerzas productivas: en tanto
relaciones efectivas y operativas; y 2.- Estado: su estatuto se trasforma en norma, es decir, es ley. Por ello los de-
sarrollos que sólo acentúan lo técnico constituyen reduccionismos economicistas: para Marx las relaciones con las
cosas son siempre relaciones sociales, por lo tanto para él las ideas verdaderas surgen del proceso mismo en el cual
los hombres entretejen sus vidas en la efectividad social, e ideología serán las ideas con las que los hombres adquie-
ren conciencia de los conflictos reales. El proceso de constitución de la ciencia dependerá del proceso histórico en el
cual las distintas formas de Estado, que al mismo tiempo critican las formas anteriores e instauran las formas ideo-
lógicas actuales.
Las ideas son, entonces, productos de sociedades entendidas desde sus prácticas efectivas y de individuos reales,
quienes están condicionados por formas de apropiación de las fuerzas productivas: es por ello que esas ideas refleja-
rán esas condiciones. Es necesario correlacionar esta caracterización de lo jurídico con las formas de conocimiento
epistémico; la ciencia, análogamente, debe ser entendida desde esa doble propiedad: 1.- Describe produciendo
conocimiento y 2.- Valida legitimando ese saber obtenido.
El conocimiento que surge de las actividades técnicas no es suficiente para comprender el alcance de la ciencia, ella
también se ve compelida a justificarse desde ese orden universal; el Estado es ese lugar que impulsa a conformarse
como conocimiento con análoga estructura al ordenamiento jurídico. En ese sentido la ciencia es una forma de
conocimiento generado por la comunidad pero traducida al intercambio de la Sociedad Civil y legitimado por la So-
ciedad Política. Para nosotros el Trabajo Social se instala en un lugar de mediación en relación, en uno de sus lados,
con el Estado y, en el otro, con Problemas Sociales; lugar nada obvio ni sencillo, sino, al contrario, sutil y complejo.
En relación al Estado surge como esencial precisar su papel: forma particular de gobierno social, instancia específica
de dirección jurídica política, no es sino la expresión en el plano ideal de la trama real del proceso de producción. Es
por todo ello que esbozamos este aspecto relevante entre Teoría Social, Relaciones de Propiedad, Ciencia y Trabajo
Social y agregaremos la caracterización del Estado como un apartado necesario de interrogar.

Teoría social y Estado


“Tanto las condiciones jurídicas como las formas del Estado no pueden comprenderse por sí mismas, sino, por el
contrario, radican en las condiciones materiales de la vida, cuya totalidad agrupa Hegel, bajo el nombre de sociedad
civil”.
El Estado es una forma de gobierno social y es la modalidad dominante actual; su importancia es tal que su presencia
impregna cuanta actividad se desarrolle en una sociedad cualquiera. Su trama es compleja; múltiples y sutiles hilos la
entretejen. Hoy, el Estado, se nos presenta como diferente de la sociedad: mostrándonos los vínculos políticos como
autónomos de los vínculos sociales, por otro lado, el individuo y la familia aparecen deslizándose en una esfera
distinta a él, quien a su vez se muestra como dimensión específica de lo Jurídico-Político. Esto nos obliga a
interrogarnos sobre estas grandes categorías: Estado, Sociedad, Familia, Individuo; indagar en torno a ellas, dar
cuenta de sus articulaciones y reconstruir la trama interna que permita encontrar una exposición lógica de lo que
hoy se nos presenta como independiente, separado, opuesto y, por momentos enfrentado, será el eje vertebrador
de este recorrido.
El Estado no existió siempre; la profusa bibliografía recorrida (más allá de las diferentes concepciones que se tiene
de él) coincide en que surge en un determinado momento histórico. “No es una creación arbitraria ni deliberada de
los individuos y es una forma particular de gobierno social; luego hubo otras formas no estatales de dirección social.
Es una institución humana que se expresa en su función social, la que se sostiene por actos de voluntad socialmente
eficaces”. Es necesario, con el fin de desplegar su caracterización, indagar en torno del proceso social en el cual fue
posible su surgimiento.
En función de estos presupuestos se impone un posicionamiento metodológico que recupera tradiciones filosóficas
del campo de la dialéctica, a la luz de las investigaciones positivas; desde allí es necesario, para indagar “el proceso
por el que llegó a ser [...]” el Estado, explicitar la guía heurística que nos acompañará en este recorrido. Ella surge
desde una doble determinación: 1- desde la tradición filosófica en torno a una Teoría del Estado y 2- desde la
modernidad a través de los padres fundadores de la Sociología. Por el primer andarivel, los aportes de Aristóteles y
su superación por el sistemático abordaje de la Teoría del Estado efectuada por Hegel (1978); por la segunda
vertiente, el desarrollo que el propio Marx realiza.
De ellos sabemos que lo que hoy se nos presenta como evidente: la separación entre individuo, familia, sociedad y
Estado, que casi ni exigirían explicación alguna, constituye el resultado de un proceso histórico; en el origen de la
humanidad nos encontramos con que lo que hoy se nos muestra como naturalmente separado, en realidad consti-
tuyó un único proceso. Así, los “individuos vivientes y actuantes”, por un lado y sus condiciones objetivas de exis-
tencia, por el otro, son parte de una misma realidad que el proceso histórico fue desplegando en múltiples aspectos
y cuya trama compleja hay que reconstruir; teniendo en cuenta que fue esa propia historia, pero fundamentalmente
en el nivel de lo político, la que simultáneamente obstaculizaba esa reconstrucción en su lado prosaico.
El ser humano es un ser social; más allá de las múltiples características que de él se pregona, si en algo coinciden los
diferentes autores, es que siempre ha vivido en comunidad: familia, clanes, tribus, castas, linajes, estamentos,
reinos, clases, estados modernos... múltiples formas de las cuales el individuo ha sido siempre parte. Esto implica
que en toda comunidad siempre hubo individuos (partes) y sociedad (todo); podemos decir, entonces, que la
sociedad buscará formas de equilibrio dado el carácter complejo que como totalidad posee: por ello construirá
mecanismos de dirección social que permitirán la regulación parte-todo. El todo, en tanto unidad del ser social,
procura el interés global pero, al mismo tiempo, el individuo, la familia, un grupo, un sector -en tanto partes
inseparables del todo-generan articulaciones necesarias con el todo social, con las vicisitudes que ello acarrea; el
desarrollo sistemático de estas categorías implica descubrir un mundo donde el hombre es sujeto pero, además,
objeto en tanto “su propia condición lo objetiviza por su actividad”.
Las relaciones sociales que los hombres necesariamente generan, nos lleva a descubrir la trama vincular que los
seres humanos establecen entre sí y con las cosas; esta trama vincular mediatizará esa doble relación primaria de los
individuos (entre sí y con las cosas). Si todo acto humano de producción implica trabajo y este la posesión de los
instrumentos y su lugar de aplicación, toda posesión implica apropiación: propiedad; la propiedad -a su vez-es
reconocimiento por parte de otros sujetos: estas son las relaciones sociales. Surge como indispensable (tal como lo
hemos desarrollado en el punto anterior) la variable propiedad en esa trama vincular fundante de lo humano y cuyos
componentes son: la titularidad, la exclusión, la cosa apropiada y su identificación que ante su transgresión pueda
ser sancionada.
Al concebir el devenir histórico sostenido por la actividad concreta y las relaciones que esta determina recorreremos
el proceso a través de un complejo entramado histórico social del que sólo puntuaremos algunos hitos centrales con
el objeto de acercarnos a una caracterización del Estado moderno. Tres grandes períodos señala la antropología, en
el proceso de desarrollo de las comunidades humanas: las comunidades primitivas (tribus), una transición mediadora
y, finalmente, los Estados con su dirección jurídico-política.
Esos momentos constituyen un proceso histórico social factible de correlacionar luego “que la realidad ha cumplido
su proceso de formación y está realizada”: la Familia, correspondería al de las comunidades primitivas o sociedades
tribales; la Sociedad Civil, refiere a la transición hasta su “plena maduración” en el Estado y este a las sociedades con
forma de dirección jurídico-política. Es necesario aquí una breve referencia a ellas pero no como desarrollo mecánico
sino como partes de un oscuro proceso “cuyas fases no se pierden sino se reorganizan en nuevas estructuras donde
operaran cambios de sentido y nuevas articulaciones lógicas, reactualizándose suprimidas, conservadas y superadas
(Aughebung).
Sociedades Tribales: corresponde a las primeras formas de gobierno social constituidas por mecanismos directos de
participación, donde las familias decidían por acuerdo común las normas que se aplicaban; el denominado “derecho
primitivo” se caracterizaba por sostenerse en las costumbres, se transmitía por vía oral y era la memoria de la
comunidad su sistema de normas. Su puesta en acto era la efectivización de las mismas y sus modificaciones eran la
consecuencia de mecanismos consensuales análogos al de su implementación; el acuerdo que surgía de las formas
de vida constituía la fuente de sus conductas. Las formas de vínculos en que estaban estructuradas eran sobre la
base de relaciones de parentescos (Levy-Strauss): estrechas, primarias y directas; eran relaciones de dependencia
personal en donde “los individuos son la comunidad” que es la realidad a la cual corresponden; estos vínculos comu-
nitarios se sostienen en formas de propiedad común: los instrumentos de trabajo (armas para la caza) y su campo de
aplicación eran de propiedad comunal. Esa era su base real.
Familias reunidas en tribus dedicadas a la caza y a la recolección eran las formas de vida de esas comunidades, solo
alteradas por guerras intertribales que generaban la muerte o la incorporación a la comunidad (la ausencia de
excedente para mantenerlos no hacían pensables esclavos). Su progresivo desarrollo sufre una profunda trans-
formación con el uso de la tierra. Junto con el surgimiento de la agricultura, se producen los asentamientos y
suceden dos fenómenos que iniciaron un lento pero inexorable proceso de transformación: la posesión de la tierra
por parte de quienes la trabajaban y la división del trabajo que favoreció el desarrollo productivo haciendo surgir el
excedente. Ocupó un largo período en la vida de la humanidad y se ubican miles de años atrás. Mientras los me-
canismos comunitarios sostenían estas transformaciones en la estructura real, (primero redistribuyendo la propie-
dad de la tierra y luego sus productos, cuando ya existía el excedente) se mantuvo el ordenamiento tribal. Finalmen-
te las crisis fueron inevitables.
Sociedad Civil: La división del trabajo y la generación del excedente, en un marco en que la posesión de la tierra
queda fija en función de la producción y la comunidad. La propiedad de la tierra por quienes la poseen derivará
finalmente en formas de propiedad privada, inaugurando una nueva tipo de apropiación que se desarrollará nota-
blemente. El comienzo del comercio, primero entre tribus y con modalidades progresivas de intercambio
desembocarán en formas de intercambio comercial que pasaran finalmente a ser incorporadas como forma de
relación ya no solamente intertribal sino, ahora también, intratribal. Las nuevas relaciones comenzaran a
establecerse entre los integrantes de la comunidad, los vínculos de parentesco se someterán a esa nuevas formas; ya
las relaciones familiares serán secundarias frente a estas relaciones basadas en el intercambio, donde el desarrollo
de la agricultura y la ganadería lo favorecerán enormemente. Ahora son necesarios la separación de los individuos,
grupo familiar o clan; las relaciones deben ser de nuevo tipo: contractuales, ello exige independencia personal.
El antiguo orden gentilicio entra en profunda crisis, las nuevas formas de relación estarán caracterizadas ahora por
propietarios más ricos (tierras más fértiles) y propietarios pobres (tierras marginales), es decir, propietarios y no
propietarios. Comienza con ello la división de la sociedad; el desarrollo del intercambio, el trueque y finalmente el
dinero comienzan a caracterizar esta nueva forma comunitaria: la sociedad civil. Del derecho primitivo al derecho
civil, del parentesco al contrato; en estos procesos la producción ahora estará dirigida hacia el intercambio y las
relaciones exigirán vínculos entre personas, mediados por el intercambio de valores. Su pleno desarrollo (su uni-
versalización en el decir de Hegel, como sociedad productora de mercancía agregará Marx) estará ahora regido por
el mecanismo impersonal del Mercado.
Sociedad Estatal: La manera en que madura la sociedad civil (la producción del excedente, consecuencia de la nueva
base real sostenido en el intercambio y la apropiación privada de los medios de producción) genera consigo
situaciones de conflicto; el antagonismo creciente provoca desequilibrios que amenazan el desarrollo social y ello
obliga a crear nuevos órganos de dirección que reemplacen a los viejos mecanismos e impidan la desintegración. Los
resortes gentilicios disueltos y el predominio de la independencia personal y del contrato permiten el desarrollo de
una nueva forma de estructuración social: surge la dimensión de lo político y su organización jurídica; el Estado
irrumpe en la vida social como una nueva forma de regulación de las relaciones entre los seres humanos signados
por lo conflictos: él es un armisticio. Procurará ahora ocupar el lugar de la sociedad tribal: llamará a la unidad en
nombre de la comunidad pero ya no como en el orden gentilicio sino la luz de los nuevos desarrollos antes
mencionados y reconstruirá el equilibrio a través de la estructura jurídica.
El Estado legalizará el nuevo orden social; pero eso implica también forjar un equilibrio en el plano ilusorio (adhesión
a su instauración) aun cuando impere el desequilibrio en el plano real (ricos y pobres); ahora nos encontramos con
una comunidad dividida en planos de existencia diferenciados: del orden gentilicio quedará la familia, reducida a su
lugar de dependencia del nuevo orden; la base real, producto del desarrollo de la sociedad, toma forma de mercado
y capital y, por último, el plano ilusorio de equilibrio de la base real: la estructura jurídico política. Dos grandes
momentos abarcará: las primeras formas de organización estatal con el surgimiento de las grandes ciudades, el
invento de la escritura y las elaboraciones de leyes y segundo, la transformación social que inaugura la modernidad y
genera el advenimiento del capitalismo con su revolución industrial y el surgimiento de los estados modernos.
Proceso complejo y reciente si lo relacionamos con la historia real de la humanidad (más de 40.000 años); su rasgo
común está constituido por el Estado que, como un órgano de legitimación, exigirá que sus miembros sometan sus
comportamientos a las exigencias de la ley.
El Estado Hoy
Siguiendo a Hegel “[…] así como la propiedad comunal hizo surgir a la constitución gentilicia, la propiedad privada
hizo forjar un ordenamiento jurídico: ahora individuos independientes mediados por las leyes del mercado validadas
por normas jurídicas realizarán plenamente el interés general” y a Marx “[...] la sociedad civil desarrollada (el
mercado) exigirá ahora al Estado reducirse al mínimo, haciendo respetar las leyes (del mercado); la cooperación
entre los individuos garantizará el bienestar general”. Pero si analizamos esta libre cooperación desnudémosla como
siendo parte del sistema de relaciones de propiedad y, si es así, serán individuos “en tanto propietarios privados”, ya
sea de mercancía o de dinero (Marx); otros propietarios en cambio sólo lo serán de sí mismos (obreros y
empleados). Nos encontramos, en la sociedad actual, con igualdad ante la ley (estructura jurídico-política) pero que
en la trama real (las relaciones de producción) no es tal. Es pues un plano normativo ilusorio (igualdad) respecto de
los mecanismos de mercado (ricos-pobres).
Hegel no vacila en caracterizar ambos aspectos del proceso social como producto necesario de la maduración de la
sociedad civil que primero universalizó en la trama real (la circulación) lo que hace brotar en el plano idealizado
(Estado) la universalización política (igualdad de derechos). “La trama real entonces, no es, como se pregona,
racional e igualitaria, como tal es irracional e injusta”; así considerado, el Estado aparece como el sistema de
unificación y dirección que legitima la existencia social; él expone sus necesidades como ideales e instaura la inde-
pendencia personal “porque la sociedad civil instauró la dependencia respecto de las cosas”. Pero este entramado,
sostiene Samaja, es complejo y de determinaciones múltiples, donde las especificidades diversas se articulan con
niveles jerarquizados: lo que fue el proceso de construcción histórico (Comunidad-Sociedad Civil-Estado) en la
estructura actual se nos presenta en su reconfiguración (Estado- Mercado-Familia) que genera una lógica que
pervierte el sentido que la originó, construyendo una direccionalidad que no se sostiene en ningún mecanismo
mágico sino un proceso que es necesario desentrañar, donde las categorías tendrán contenidos concretos sólo a la
luz de procesos reales, que exigirán nuevas categorías en un inacabado devenir del espíritu humano.
Los acontecimientos históricos sociales de fines del siglo XX señalan la existencia de una crisis en las formas clásicas
de las concepciones de los estados nación que exige nuevas caracterizaciones de ese entramado efectivo que
constituyen las relaciones sociales. La globalización, entendida como manifestación en las estructuras jurídico-
políticas de la universalización de las relaciones de intercambio en los tiempos del capitalismo (ya no productivo sino
financiero), de la mano de las propias e inevitables revoluciones tecnológicas que genera, no implican solamente el
desarrollo de su lado objetivado sino, además, de su aspecto subjetivo (la cuestión del sujeto de la historia, los
nuevos actores sociales, etc.). Este último aspecto queremos resaltar por su importancia para el escenario específico
del Trabajo Social; si bien no es el propósito indagar sobre tamaña complejidad, sí señalaremos algunos observables
que constituyen referencias significativas sobre nuestro abordaje.
La Sociedad Civil comienza a instalar exigencias novedosas de protagonismos, no sólo en su aspecto objetivado, el
mercado (que se muestra en escena de manera explícita -con el neoliberalismo y en los países dependientes- mos-
trando a los actores efectivos del lado del capital); también es posible atisbar la entrada en crisis de los actores socia-
les del lado del trabajo (los derechos abstractos quedan develados como tales: meramente formales) cuyo protago-
nistas comienzan a exigir, en una paradojal contradicción de las democracias formales, el efectivo cumplimiento de
los mismos. Aquí encontramos derivaciones sumamente esenciales que abordadas desembocarán en las consecuen-
cias que señalábamos en torno a la categoría de relaciones de propiedad: allí opera, junto a su lado objetivado, otro
sutil proceso de reconocimiento que instalará la mediación necesaria de la relación entre sujetos, ya no reducida la
operación de reconocimiento objetivo sino a un mismo tiempo una operación de subjetivación que se mostrará con
la maduración de la sociedad capitalista en su universalización ya propia del siglo XX. Allí la relación como se-
mejantes implica el reconocimiento entre sí como Sujetos; ahora ya no como objetos (extraños-externos) sino como
aspectos de algo común: son relaciones internas, hay una dimensión de la subjetividad “común”. La problemática de
la subjetividad se eleva con Hegel a su complejización mayor, la dialéctica del espíritu humano la caracteriza y esa
concepción ejercerá una influencia decisiva en el desarrollo de la modernidad.
Desde estas consideraciones abordaremos al sujeto para lo que proponemos, por la importancia de estos aspectos
en la trama real donde se plantean las demandas sociales, recurrir a las categorías hegelianas con que identifican los
vínculos societales y prolongarlos, con la caracterización de los procesos histórico-sociales del desarrollo capitalista
analizados por Marx, en relación a las formas de solidaridad en tanto constituyen categorías mediadoras para el
Trabajo Social.