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“FIDELIDAD DE CRISTO, FIDELIDAD DEL SACERDOTE”

Acompañar la fidelidad del presbítero en las diversas etapas de la vida

Introducción: un especial Año Sacerdotal


Estamos inmensos en la vivencia de un especial Año Sacerdotal, convocado por el
Papa con motivo del 150º Aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars. El Santo Padre
ha señalado un tema de fondo que centre nuestra reflexión y nuestra oración a lo largo de
este año: “Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”. Este lema nos llena de consuelo a
los sacerdotes; se trata de una doble fidelidad, pero partimos con ventaja: Dios es fiel y no
falla nunca.
La fidelidad de Dios, que culmina en la entrega de su Hijo Jesús, Sumo y Eterno
Sacerdote, es ante todo un don de Dios que se convierte en prenda de nuestra fidelidad
como sacerdotes. Lo que hemos recibido como don se convierte en tarea. La fidelidad es el
primer fruto y la primera exigencia del amor.
Recordemos unas palabras de la Carta de Benedicto XVI con motivo del Año
Sacerdottal: “«El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús», repetía con frecuencia el
Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y
admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino
también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con
humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al
mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con
su estilo de vida…Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar
de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de «amigos de Cristo»,
llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?”

“Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote”: lema sugerente y exigente


Como indica el Santo Padre en su Carta: “este año desea contribuir a promover el
compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes para que su testimonio
evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”. A su vez, quiere el Papa que
este año ayude también a presentar la figura del sacerdote y a “hacer percibir cada vez
más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad
contemporánea”.
Desde la fidelidad, vínculo de amor con el Maestro, vamos a analizar las diversas
etapas en la vida del sacerdote. Cada momento vital reviste unas potencialidades y, a la
vez, unas posibles tentaciones que pueden fortalecer o debilitar la fidelidad. La fidelidad es
un don de Dios y, también, un fruto hermoso de nuestro combate espiritual. Previamente, a
grandes líneas, vamos a situar al sacerdote en su contexto cultural.
I. CRISIS Y KAIRÓS: EL SACERDOTE EN MEDIO DE UN PROFUNDO
CAMBIO CULTURAL Y ANTROPOLÓGICO

1 La fidelidad del presbítero


Los momentos que vivimos, en la Iglesia Occidental en general y, en concreto, en
España, vienen marcados por una palabra recurrente: crisis. W. Kasper, en una meditación
con motivo de su jubileo sacerdotal, advierte que conviene manejar con cautela la palabra
“crisis”. Hay que insistir en su sentido original. “Crisis” no significa simplemente
hundimiento o catástrofe; designa más bien una situación de cambio y decisión. Por ello, lo
correcto es considerar la crisis como un reto, más aún, como “kairos”: la oportunidad que
Dios nos concede y ofrece. En este sentido, lo correcto es aceptar la crisis y sacarle
partido1.
Este Año Sacerdotal es un momento para alentar en los sacerdotes una oración
apostólica más viva y promover en todo el pueblo del Dios, en ejercicio de su sacerdocio
común, una ferviente acción de gracias por el servicio que les presta sus presbíteros; es una
ocasión oportuna para promover una reflexión serena, compartir inquietudes, acompañar
debilidades y buscar, en íntima fraternidad sacerdotal, las respuestas adecuadas a los
desafíos que la situación actual plantea a la vida del presbítero y al ejercicio de su
ministerio. Recordar las palabras del Concilio: “La deseada renovación de la Iglesia
depende en gran medida del ministerio de los sacerdotes, animado por el Espíritu de
Cristo” (OT 1)
El sacerdote vive en el mundo sin ser del mundo. Positivamente, el sacerdote se ha
hecho más sensible al entorno que le envuelve; pero, a la vez, caídas muchas de las
protecciones que le defendían o aislaban, también es más vulnerable a su influencia. El
sacerdote, como miembro activo y cualificado de la Iglesia, vive más intensamente los
problemas que afectan a la Iglesia, tanto en el ámbito universal como en el peculiar y
determinado de nuestro país.
Vamos a abordar esta problemática desde dos perspectivas: primero, desde la
cultura que nos envuelve y nos cuestiona; segundo, desde la propia perspectiva del proceso
vital del sacerdote y de las etapas de su vida.

1. El sacerdote en un entorno cultural que quiere silenciar a Dios


Expertos acreditados afirman que en la época actual, estamos asistiendo a un
cambio histórico en el sentido riguroso de la expresión. La transformación cultural que
estamos viviendo afecta notablemente a la Iglesia. El influjo de las corrientes culturales
predominantes sobre la comunidad cristiana y sus miembros se ha intensificado,
condicionando la percepción de los valores que ella predica e incluso las posibilidades del
encuentro con el Dios de Jesucristo2.
Vivimos inmersos en una crisis religiosa de hondo calado: muchos hombres se
sienten lejanos y ausentes de la mano de Dios Padre, sordos a su llamada e indiferentes a
su voluntad sobre nuestra vida. Benedicto XVI denunciaba recientemente: “El auténtico

1
Cf. KASPER W., El sacerdote, servidor de la alegría, Ed. Sígueme, Salamanca 2007, 11
2
Cf. URIARTE J. M., Ser presbítero en el seno de nuestra cultura. Ponencia en el Encuentro de Delegados y
Vicarios del Clero. Madrid 2009

2 La fidelidad del presbítero


problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de
los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve
afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de
manifiesto” 3.
Esta ausencia de Dios, marca la tarea primordial de la Iglesia y la primera prioridad
pastoral de cada sacerdote. Así lo señala el Papa: “En nuestro tiempo, en el que en amplias
zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su
alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este
mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que
habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo
(cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado” 4. Y concreta, aún más el Santo
Padre: “Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un
sacerdote” 5.

El sacerdote ¿predicador estéril de la trascendencia?


El sacerdote de hoy experimenta en su vida el impacto de esta cultura y la dificultad
para transmitir a nuestra sociedad los valores del Evangelio. Y esto le hace sufrir. Pero
sería injusto calificar tal impacto como globalmente negativo. Pastores dabo vobis resalta
“la ambivalencia y el carácter contradictorio de esta cultura”. Incluso nos advierte que en
los mismos valores negativos “puede esconderse algún valor que espera ser descubierto y
reconducido a su plena verdad” (n. 10). Estamos llamados a “discernirlo todo y
quedarnos con lo bueno” (1Tes 5,21). Dibujamos algunas pinceladas:
La sociedad secularizada es refractaria a aceptar la identidad y la funcionalidad del
sacerdote al servicio de la Iglesia y de la sociedad. No lo acepta, incluso podríamos decir
que vitalmente no lo comprende: la racionalidad científico-técnica se ha erigido en la
forma primordial de racionalidad, imponiendo un estilo de vida sin horizonte de
trascendencia, sin otro atractivo ni valores que la felicidad inmediata, basada
primordialmente en la posesión y disfrute de bienes materiales. En este ámbito no cabe la
imagen de un “predicador de la trascendencia”.
A su vez, el pluralismo ideológico y religioso ha provocado un río de corrientes y
posturas ante la pregunta por el sentido de la vida. Y ante tantas visiones divergentes que
se ofrecen con pretensión de verdad, existe el riesgo de relativizar el valor de todas ellas.
Ello, conlleva la indiferencia ante toda opción. No se valora la voz que anuncia "el
esplendor de la verdad y una normatividad ética coherente". O si se le presenta, se le
caricaturiza de “predicador trasnochado”.

3
BENEDICTO XVI, Carta de S. S. Benedicto XVI a los obispos de la Iglesia católica sobre la remisión de
la excomunión de los cuatro obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre (12.IV.2009)
4
Ibid.
5
ID., Discurso a los participantes de la Plenaria de la Congregación para el Clero. (16.III.2009)

3 La fidelidad del presbítero


El sacerdote ¿consejero privado y agente social?
El deseo, cargado de intencionalidad política, de desplazar lo religioso a la esfera
de lo privado quiere imponer un “cristianismo de sacristía”, rompiendo el binomio
“interioridad-compromiso” y reduciendo el segundo a la esfera de “lo social desprovisto de
alma”. Así, la imagen del sacerdote, pretendidamente, o bien no se trasluce o bien se
expresa en contadas ocasiones de forma dicotómica: o el “sacerdote celebrante” separado
del compromiso, o el “sacerdote comprometido” que no trasluce el Misterio de nuestra fe.
La misma labor social de la Iglesia es silenciada o contrapuesta, con sutil
manipulación y con cierta ingenuidad por parte de algunos, a otras dimensiones esenciales
de la Iglesia, como la catequética y la celebración de los Sacramentos. La celebración de
éstos sin el debido aprecio y preparación, es para el sacerdote muchas veces fuente de
dolor,
Estas simplificaciones interesadas afectan a la imagen del sacerdote, a su propia
autoestima y a su labor pastoral, a veces tan sólo valorada por la “eficacia efectiva” de la
atención a las necesidades puramente materiales, minusvalorando la plenitud de su
ministerio.

El sacerdote “como noticia”


El sacerdote, en su genuino ser e identidad, como vocación ministerial en la Iglesia,
con funciones de evangelización y misión, celebración de los Sacramentos, guía de la
comunidad, no es habitual que sea “buena noticia” en los Medios de Comunicación Social.
Sí suele ser “noticia” cualquier hecho puntual de un sacerdote que contradice su propia
identidad con cualquier escándalo.
La agresividad de ciertos Medios de Comunicación contra la Iglesia, y sobre todo la
ridiculización de la fe y sus expresiones, incluso los ataques a la persona del Papa y otros
ministros ordenados, produce un profundo impacto en la sensibilidad sacerdotal, que a
veces se traduce en agudo dolor.
El sacerdote se ve, hoy, como portador de un “Mensaje valioso”, pero con
“problemas de comunicación”. Esto, puede llevar a veces a una cierta reclusión en la
seguridad de los de casa, desoyendo la exhortación paulina al joven Timoteo: “no te
avergüences de dar testimonio de nuestro Señor” (2Tim 1,8).

2. Elogio de la fidelidad, en medio de una crisis antropológica


En nuestra sociedad, marcada por un acentuado individualismo, la fidelidad no es
hoy un valor cotizado. Y esta aparente normalidad en la quiebra de la fidelidad, también
afecta a los presbíteros.

La debilidad de la fidelidad en la sociedad del “contrato”


Sin embargo, el compromiso para toda la vida es una de las dimensiones de la

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madurez humana. “Tal compromiso es una de las dimensiones de la existencia presbiteral.
Reclama una fidelidad que, lejos de ser una obstinada perseverancia es el amor que resiste
al desgaste del tiempo”6.
Una de las heridas que sangran más a un presbiterio es el abandono de hermanos
sacerdotes. La fidelidad en el ministerio ha sido siempre una noble aspiración y una tarea
espiritual delicada. Hoy resulta más delicada aún. El individualismo y la “cultura del
contrato” la han empobrecido. Sin embargo, la fidelidad es, junto a la solidaridad y la
libertad, fundamento de una convivencia humana. La fidelidad, construida sobre la
confianza, el amor y el compromiso, posee un hondo significado antropológico y una
riqueza espiritual esencial. De Dios decimos, orando, que “es fiel” y a María la invocamos
como “Virgo fidelis”.
Evocando el momento de nuestra ordenación, recordamos que nuestras respuestas
al escrutinio del Obispo que nos consagraba no se referían al posible éxito de fecundidad
de una labor pastoral sino que prometíamos responder a la gracia del Sacramento con el
esfuerzo gozoso de la fidelidad al rebaño confiado por el Obispo, al ministerio de la
Palabra y el conocimiento del Evangelio, a la administración de los Sacramentos, a orar sin
desfallecer por el pueblo encomendado, a unirnos al único sacrificio de Cristo para la
salvación de los hombres. Hemos de pedir la gracia y el gozo de la fidelidad en un tiempo
de escasa fecundidad. Nos sentimos retratados en las palabras de Pedro: *Hemos estado
toda la noche faenando sin pescar nada; pero, puesto que tú lo dices, echaré las redes+
(Lc 5,5). Nosotros, en su nombre, seguimos trabajando en “su viña”, conscientes de que se
nos pide ante todo, fidelidad. El mismo Jesús constató que el Padre no le pedía éxito
fulgurante ni fecundidad inmediata, sino fidelidad (Cf. Heb 12,7-9).

La fidelidad tarea primordial de la Formación Permanente


La fidelidad es el objetivo último de toda Formación Permanente. La fidelidad
promueve, aquilata y embellece el progreso espiritual hacia la santidad, dándole
consistencia a la madurez humana y belleza a la vida espiritual. Nuestra respuesta
vocacional está marcada por la fidelidad, que exige un para siempre, una entrega de por
vida. Nos detenemos a contemplar dos textos fundamentales de Pastores dabo vobis, que
van a orientar nuestra reflexión.
En el primero, se subraya el don recibido con la ordenación ministerial, pura gracia
de Dios: “«Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti» (2 Tim 1, 6).
Las palabras del Apóstol al obispo Timoteo se pueden aplicar legítimamente a la
formación permanente a la que están llamados todos los sacerdotes en razón del «don de
Dios» que han recibido con la ordenación sagrada. Ellas nos ayudan a entender el
contenido real y la originalidad inconfundible de la Formación Permanente de los
presbíteros… El Apóstol pide a Timoteo que «reavive», o sea, que vuelva a encender el

6
URIARTE J. M., Ser presbítero en el seno de nuestra cultura. Ponencia en el encuentro de Delegados y
Vicarios del Clero. Madrid 2009

5 La fidelidad del presbítero


don divino, como se hace con el fuego bajo las cenizas, en el sentido de acogerlo y vivirlo
sin perder ni olvidar jamás aquella «novedad permanente» que es propia de todo don de
Dios, -que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5)- y, consiguientemente, vivirlo en su
inmarcesible frescor y belleza originaria… De esta manera, la formación permanente
encuentra su propio fundamento y su razón de ser original en el dinamismo del
sacramento del Orden” (Pdv 70).
En el segundo texto, se resalta que la tarea encomendada de reavivar el don, la
labor principal de la formación permanente, abarca toda la vida: “La Formación
Permanente, precisamente porque es permanente, debe acompañar a los sacerdotes
siempre, esto es, en cualquier período y situación de su vida, así como en los diversos
cargos de responsabilidad eclesial que se les confíen; todo ello, teniendo en cuenta,
naturalmente, las posibilidades y características propias de la edad, condiciones de vida y
tareas encomendadas” (Pdv 76)

3. El dinamismo innato de la vida espiritual


La Escritura habla del dinamismo de la vida espiritual como de un camino y de una
existencia en desarrollo. Es vida en camino y ninguna condición o estadio puede
considerarse definitivo: en la vida cristiana “la meta está más allá y lo mejor de cada uno
habita en la esperanza”.
El camino de perfección es un proceso lento de relación, seguimiento, imitación y
configuración con Cristo. En la propia realidad humana pobre y contingente, por el don de
la fe a la luz del Espíritu, descubre el hombre que es amado por un Dios Padre que entrega
a su Hijo para la salvación de todos. Y de este encuentro de gracia, nace en el hombre la
decisión de amar a Dios del todo y hacerle amar por todos. La gratuidad del don reclama
receptividad activa por parte del hombre. Dios, que eleva al hombre por la gracia a la
categoría de hijo, espera respuesta de hijo en un ejercicio constante de la caridad.
La Teología Espiritual ha afirmado siempre el devenir progresivo de la
santificación de la persona. El Espíritu actúa en ella desde dentro y en armonía con el
devenir de la vida personal. La parada es contraria a la naturaleza misma de la vida
espiritual. San Bernardo enunciaba este principio: “El que no quiere adelantar, retrocede”7.
Cada individuo tiene un camino espiritual totalmente personal: por su propia
originalidad irrepetible; por las indicaciones imprevistas de la dirección del Espíritu rico en
novedad, que sopla donde quiere y cuando quiere; por la misión que está llamado a
desarrollar dentro de un cuerpo místico eclesial y por las circunstancias cambiantes en las
que vive. En la vida espiritual interfieren continuamente las iniciativas imprevistas de
Dios, la libertad del hombre y la variedad de las circunstancias.

7
Epist. 254, 4; PL 182, 461; San Agustín afirma: “Vive siempre descontento de tu estado si quieres llegar a
un estado más perfecto, puesto que cuando te complaces en ti mismo, dejas de progresar. Si dijeras: ¡Ya
basta! ¡Ya he llegado a la perfección!, lo habrías perdido todo”: Serm. 169, 15; PL 38, 926.

6 La fidelidad del presbítero


La dinámica espiritual del presbítero diocesano
La vida del presbítero diocesano, como la de todo cristiano, es un camino, un
itinerario de respuesta a una llamada constante de plenitud en Cristo; es un combate por
vivir lo que somos, fidelidad a una vocación específica.
En la dinámica espiritual del presbítero influyen tres claves que deben ser
contempladas desde la especificidad de la propia vocación: la conciencia de la propia
identidad, la incidencia del proceso biofísico de la persona y la influencia del entorno
eclesial y sociocultural. No se puede prescindir de ninguno de estos factores, y,
consecuentemente, los tres deben permanecer a lo largo del proceso vital del presbítero.
a) Vivencia de la propia identidad presbiteral como criterio integrador. El
Bautismo, al engendrar la vida pascual de los fieles en Cristo, es el fundamento de toda
posible expresión de la existencia espiritual cristiana. Constituye al hombre nuevo en el
Espíritu de Cristo. La ordenación sacerdotal subraya y completa la afirmación que se
enunció ya para el bautismo: el sacerdote está llamado a ser santo por lo que es
sacramentalmente (PO 12, LG 32). El presbítero es sacramento de la presencia de Cristo
mediador en la comunidad eclesial.
La identidad es una realidad existencial. La vivencia de la propia identidad es la
experiencia fundante que configura y marca el modo de ser y de vivir de la persona; tiene
la función de organizar, desde una configuración definida y vitalmente aceptada, todas las
virtualidades y potencialidades del individuo en torno a un eje central de integración que
dinamiza todo su proyecto. Una identidad presbiteral racionalmente clarificada, vitalmente
comprendida y afectivamente aceptada es imprescindible en una dinámica personal. La
dinámica espiritual comienza, pues, por una plena conciencia de la identidad, que postula
una espiritualidad específica.
La ofrenda existencial de Cristo, con quien el presbítero está llamado a
identificarse, ha posibilitado la propia ofrenda existencial como íntima unión al Maestro.
El presbítero implica toda su vida en el ministerio. Y del ejercicio de éste surgen exigentes
rasgos de espiritualidad articulados en torno a la “caridad pastoral como vehículo de la
perfección sacerdotal” (PO 14). El ministerio se convierte así en un “carisma de totalidad”.
Y esta “totalidad” es también un “para siempre”, un ejercicio de por vida.
b) Incidencia del proceso biofísico en la dinámica espiritual del presbítero. Está
claro que la vivencia de la identidad necesariamente debe contar con el substrato biofísico.
Este es necesario; pero con él solo no hay avance en la dinámica espiritual. La aportación
de la psicología a la espiritualidad ha sido positiva, pero no se le puede dar la clave
interpretativa de todo el proceso espiritual integral, ya que sería caer en el psicologismo;
hay acción del Espíritu.
La atención a los momentos más significativos8 del proceso de maduración de la

8
Cf. GARRIDO J., Proceso humano y Gracia de Dios, Ed. Sal Terrae, Santander 1995, 188-191: El autor
distingue cuatro etapas biofísicas emblemáticas, de honda repercusión en la dinámica espiritual: Etapa de
equipamiento (18-25 años); etapa de expansión: adulto joven (25-40 años); etapa de interiorización: adulto

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persona del presbítero, es una clave para entender la dinámica espiritual del mismo. Otra
clave interpretativa, desde la incidencia del proceso biofísico, será la valoración del
ejercicio del ministerio en unas condiciones saludables. Ya que la situación personal del
sacerdote es también una condición que propicia o desquicia la experiencia espiritual del
ministerio.
c) Influencia del entorno sociocultural y eclesial. Toda espiritualidad es una
espiritualidad encarnada. No se puede separar espiritualidad y vida. El contexto
sociocultural condiciona la dinámica espiritual y a su vez, la fidelidad del presbítero a su
entorno condiciona su espiritualidad.
La espiritualidad del presbítero es eminentemente una espiritualidad apostólica,
tiene su centro en la vocación del Señor y en la misión al mundo que esa vocación
comporta, y que recibe sus rasgos peculiares de las condiciones que le impone la
realización de esa misión. En efecto, el ministerio ordenado, al tiempo que se mantiene
idéntico a sí mismo a lo largo y ancho de la vida de la Iglesia, se modula de forma
diferente según varíen las condiciones sociales y las condiciones eclesiales. La posición
que el presbítero adopte ante la sociedad actual puede marcar todo su proceso vital.

4. Un acompañamiento integral de la dinámica vital del presbítero


La Formación Permanente tiene como objetivo el acompañamiento de la dinámica
espiritual del presbítero y ello reclama un acompañamiento integral en las diversas áreas de
su formación permanente: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Estas áreas deben ser
acompañadas a lo largo de toda la vida. Se trata de un avance integral hacia la santidad:
“llegar a ser hombre perfecto, adulto en Cristo” (Ef 4, 1) y ello supone la riqueza del
hombre integrado: avance armónico, progresión en mi “ser” presbítero y su expresión en el
“hacer” de mi ministerio.
Señalamos unos rasgos descriptivos de esta madurez humana y espiritual, que se
presenta ante nosotros como meta deseada y como tarea primordial de la Formación
Permanente.

La meta de la madurez humana


Pastores dabo vobis trata en los nn. 43-44 sobre la formación humana de los
candidatos al presbiterado. La meta que se quiere alcanzar es la “madurez humana”. Dicha
meta se supone adquirida substancialmente en los presbíteros. Pero conviene recordarla.
Además cualquier proyecto de Formación Permanente debe subsanar las posibles
deficiencias de la formación básica.
El texto no se detiene a delimitar el concepto (difícil y lleno de problemas) de
madurez humana. Un documento posterior de la Congregación para la Educación Católica
se atreve a aproximarse más: “una personalidad madura crea y mantiene la serenidad; vive

maduro (40-60 años); y adulto anciano (a partir de los 65).

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relaciones amistosas que manifiestan comprensión y afabilidad; posee un constante
autocontrol; se conoce a sí mismo y reconoce y acepta sus propios límites; juzga
equilibradamente la realidad de las personas y de los acontecimientos y se sitúa ante ellos
activa y pacientemente”.9
La Exhortación apostólica señala algunos componentes de la madurez aludida que
deben ser acentuados en la formación de los seminaristas:
- el primero, al que califica como esencial, es la capacidad de relación y comunión
con los demás.
- el segundo es la madurez afectiva o capacidad de amar verdaderamente y
responsablemente con un amor que compromete el nivel físico, psicológico y espiritual de
la persona y se expresa en el doble movimiento de acoger al otro y de entregarse a él. La
madurez afectiva consiste en la capacidad para amar intensamente y para dejarse amar
honesta y limpiamente. Quien la posee está normalmente inclinado a la entrega oblativa al
otro y a la búsqueda de su verdadero bien. El reverso de la madurez afectiva es el
narcisismo. Esta forma de inmadurez, intensamente favorecida por el talante de nuestro
tiempo lleva escondida en su corazón una duda lacerante: la persona no sabe si es o no
digna de ser amada. Por eso trata de deslumbrar y asombrar a los demás. Necesita de esa
imagen exitosa para decirse a si mismo que vale. Pero no acaba nunca de creérselo.
- el tercer acento consiste en un capítulo especial de la madurez humana: la
educación de la sexualidad en el contexto de una opción célibe. La madurez afectiva es
“una base firme para vivir la castidad con fidelidad y alegría” (Pdv 44). La madurez
afectiva no es la única base humana firme para el celibato. Pastores dabo vobis recuerda
con mucha sensatez que la prudencia, la renuncia y la vigilancia resultan necesarias. La
educación de la sexualidad postula especialmente en el célibe una ascesis atenta y discreta.
Además, hay que favorecer la formación para la libertad como obediencia al
significado de la propia existencia y como camino de realización propia en el dominio de sí
y en la entrega al servicio es otro de los acentos del texto comentado (Cf. Pdv 44). Y junto
a ella, la educación de la conciencia moral vivida no como reacción ante un imperativo
categórico impersonal sino “como respuesta consciente, libre y amorosa a las exigencias
de Dios y de su amor".

Madurar espiritualmente durante toda la vida


Avanzar en la madurez espiritual es para los sacerdotes una gozosa posibilidad y
una rigurosa exigencia. El don del Espíritu, recibido en la ordenación nos capacita para
crecer en la fe y nos obliga a emplearnos a fondo en este menester. Tal crecimiento es tarea
para toda la existencia. Ha de procurarse “en cualquier período y situación de la vida”
(Cf. Pdv 76). La espiritualidad del presbítero debe estar regulada por la ley del crecimiento
continuo.

9
CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, La preparación de los formadores en los
seminarios, Roma 1993, 33-34. Cf. URIARTE J. M., Crecer como personas para servir como pastores, 227

9 La fidelidad del presbítero


Pastores dabo vobis nos deja esta bella reflexión: “En este sentido, se puede hablar
de una vocación «en» el sacerdocio. En realidad, Dios sigue llamando y enviando,
revelando su designio salvífico en el desarrollo histórico de la vida del sacerdote y de las
vicisitudes de la Iglesia y de la sociedad… Por tanto, hay un «sígueme» que acompaña
toda la vida y misión del apóstol. Es un «sígueme» que atestigua la llamada y la exigencia
de fidelidad hasta la muerte (cf. Jn 21, 22), un «sígueme» que puede significar una
«sequela Christi» con el don total de sí en el martirio… Los Padres sinodales han
expuesto la razón que muestra la necesidad de la formación permanente y que, al mismo
tiempo, descubre su naturaleza profunda, considerándola como «fidelidad» al ministerio
sacerdotal y como «proceso de continua conversión»”. (Pdv 70)
Nos detenemos ahora en una descripción tipo de las etapas de la vida del presbítero:
señalando los riesgos que pueden impedir el adecuado progreso humano y espiritual –las
tentaciones-; subrayando la tarea primordial a desarrollar en cada etapa; y proponiendo
algunas sugerencias –los apoyos y recursos- para seguir creciendo hacia la santidad.10

10
En la exposición que sigue recurriremos, frecuentemente, a dos ponencias de Mons. Uriarte en las Jornadas
para Vicarios y Delegados del Clero. Cf. URIARTE J. M., Crecer como personas para servir como pastores,
en COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, La formación sacerdotal permanente, Edice, Madrid 2004, 220-
254; ID, Madurar espiritualmente durante toda la vida, en Ibid., 337-369

10 La fidelidad del presbítero


II. LA LLAMADA DE LA FIDELIDAD A LAS PROMESAS
EN LAS EDADES DE LA VIDA

Podemos concluir de todo lo expuesto anteriormente, que la fidelidad es tarea


primordial de la Formación Permanente.
Desde la óptica de la fidelidad, vamos a reflexionar brevemente sobre la
problemática de los sacerdotes en las diversas edades del sacerdote.
“La Formación Permanente, precisamente porque es «permanente», debe
acompañar a los sacerdotes «siempre», esto es, en cualquier período y situación de su
vida… adaptándose a las posibilidades y características propias de la edad, condiciones
de vida y tareas encomendadas…” (Pdv 76). Pastores dabo vobis desarrolla una rica
reflexión sobre las tres grandes fases de la vida presbiteral: sacerdotes jóvenes, presbíteros
de mediana edad y los presbíteros que, por la edad avanzada, podemos denominar
ancianos. (Cf. Pdv 76-77).
La psicología ofrece un fundamento a esta división tripartita y distingue cuatro
fases en el arco de la vida adulta: la primera, el adulto joven (25-40 años); la segunda, el
adulto maduro (40-60 años); la tercera, el adulto anciano (60-75 años) y una cuarta fase, la
senectud.11
Describimos cada una de estas etapas.

1. Los sacerdotes jóvenes (25-40 años): “la identificación existencial con el


ministerio”
La ordenación nos hace sacramentalmente presbíteros. La vida y los trabajos de los
primeros años nos hacen existencialmente presbíteros. La unidad de toda la persona en
torno a una opción básica es una tarea no sólo progresiva, sino también muy laboriosa.

La situación del cura joven


Los curas jóvenes saltan al terreno del ministerio con ilusión e intensidad. Existe
una primera identificación con el ministerio, pero con más emotividad e intensidad que
profundidad. La dificultad de identificarse con el ministerio, parece hoy mayor entre el
clero joven. Señalemos unos datos:
- El cura joven tiende a prolongar su juventud. Experimenta el orgullo de pertenecer
a un grupo social sumamente reconocido: prima “lo joven”. Cuesta abandonar
determinados hábitos juveniles que no sintonizan con su misión de responsable público de
su comunidad eclesial.
- El cura joven está identificado con su generación juvenil y lleva consigo los
valores y debilidades de su generación. Señalamos algunas debilidades que pueden ser
impedimento para una identificación ministerial adecuada: la defensa de la vida privada

11
Cf. GARRIDO J., Proceso humano y Gracia de Dios, 186 ss.

11 La fidelidad del presbítero


como algo innegociable frente a las exigencias del ministerio; la poca pasión que a veces
se pone en los proyectos; la misma concepción de la vida como una oferta de continuas
posibilidades nuevas, ante las cuales se puede ratificar o no las opciones anteriores.
- El cura joven es especialmente sensible a tres dificultades de nuestro tiempo para
asumir vitalmente el celibato: “El valor teológico del celibato como entrega radical a Dios
y como aceptación del señorío de Jesús sobre nuestra vida sexual y afectiva se ha
desdibujado sensiblemente, incluso en muchos ambientes eclesiales. Por otro lado la
importancia moral de desfallecimientos puntuales o habituales en la práctica del celibato
ha sido bastante relativizada por la conciencia moderna. La comunidad parece más
tolerante ante tales debilidades. Y la misma existencia célibe es hoy más difícilmente
percibida como signo valioso, lleno de sentido, de entrega a Dios y a la comunidad. Es
evidente que estos factores dificultan la asimilación vital del celibato”.12
- El cura joven vive a veces una tensión, fundamentalmente emocional entre la
experiencia social que vive y la experiencia eclesial en la que está inserto. La experiencia
social que comparte contradice en muchos puntos capitales a la experiencia cristiana
promovida y sostenida por la Iglesia. Tal confrontación se hace especialmente sensible en
áreas de comportamiento como la actitud ante el aborto, las relaciones sexuales, la
homosexualidad, la moral familiar en general. Esta “fractura” entre experiencia social y
experiencia eclesial es vivida con cierto dramatismo en los primeros años de sacerdocio.

La tarea de esta etapa: llegar a ser lo que soy, “sacerdote”


El sacerdote joven comienza a “medirse con la realidad”. Necesita probarse a si
mismo que ha elegido bien, que es capaz de suscitar adhesiones al mensaje que propone y
que es apreciado por la comunidad. Esto, promueve una identificación progresiva con el
ministerio: su ser se va explicitando en un hacer.
El carisma presbiteral postula una identificación del presbítero con su ministerio.
Un carisma tan vital y decisivo para la Iglesia no puede menos de tocar el centro mismo de
la persona que lo recibe y, desde allí, modificar y regular todas las dimensiones de su vida:
“La estructura del ministerio afecta de tal manera a la estructura de su servidor, que
requiere la dedicación de toda su persona” 13. Así lo reclama el Evangelio (Cf Mt 10,5ss;
Mc 10,29ss; Lc 9,47ss; 2Cor 2,4-10).
Naturalmente el sacerdote puede y debe tener vida privada, trato con la familia,
relaciones amicales, aficiones personales. Pero tales áreas de su vida no pueden ser cotos
que recortan el primado del ministerio, sino espacios abiertos que quedan modificados por
él, subordinados a él en alguna medida y unificados en él. La unidad de toda la persona en
torno a su ministerio reclama particularmente tres síntesis delicadas14:
- Equilibrio entre interioridad y exterioridad: La vida del seminario está muy

12
URIARTE J. M., Madurar espiritualmente durante toda la vida, 344
13
COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Espiritualidad sacerdotal y ministerio, Edice, Madrid 1988, 37
14
Cf. URIARTE J. M., Madurar espiritualmente durante toda la vida, 345ss.

12 La fidelidad del presbítero


estructurada favoreciendo la interioridad y dosificando la exterioridad: prevalece la
reflexión sobre la acción, la revisión sobre la programación, la oración sobre la acción
pastoral. El inicio del ministerio suele marcar un vuelco hacia la exterioridad: los mismos
deseos de la acción pastoral se suman los reclamos interminables del apostolado.
“Al principio no pasa nada. Pero, transcurridos los primeros años, la ansiedad
producida por nuestros proyectos y trabajos puede volverse crónica. La insatisfacción por
los logros puede resultar lacerante. El descontento por nuestra pobre respuesta evangélica
llega a ser doloroso. La oración, oxigenada y activada en un primer estadio por el estímulo
del ministerio, va tornándose pobre e intermitente. Emergen pronto viejos demonios
dormidos e incluso desconocidos en la vida seminarística”15.
La armonía entre interioridad y exterioridad, que se necesitan como el alma y el
cuerpo, es un primer desafío para el cura joven: la oración, el descanso, las convivencias
del quinquenio, la reflexión teológica y pastoral… deben de programarse en un proyecto de
vida concreto, realista y contrastado.
- Éxito, fecundidad, fidelidad: Tener éxito equivale a que nuestra persona y
nuestra obra sean reconocidas como valiosas. El cura que comienza su ministerio busca,
con más o menos conciencia, un éxito de esta naturaleza. Ello favorece la autoestima del
sacerdote y facilita la identificación con el ministerio.
Pero, con el paso del tiempo, el deseo de fecundidad debe ir prevaleciendo sobre el
ansia de éxito. El empeño por la tarea bien realizada, la búsqueda de actividad pastoral más
eficaz que brillante y la preocupación por la solidez y consistencia del trabajo pastoral
realizado debe de predominar sobre el éxito fácil.
Pero la misma búsqueda de fecundidad necesita ser purificada y transformada. Si el
éxito es volátil, la fecundidad es una experiencia bastante poco frecuente. Quién busca
intensamente lo primero, pronto se desencanta. Quien busca principalmente lo segundo, a
la larga se desalienta. Sólo quien busca ante todo ser fiel se sitúa en la verdadera
perspectiva espiritual del ministerio. El mismo Jesús constató que el Padre no le pedía
éxito fulgurante ni fecundidad inmediata, sino fidelidad (Cf. Heb 12,7-9).
El cura joven debe ser consciente de esta primacía de la fidelidad como motor y
efecto de la madurez espiritual.
- Aprender el lenguaje célibe del amor: El celibato auténtico supone un estilo de
amar que no es fruto de la espontaneidad, sino de un verdadero aprendizaje espiritual. El
celibato auténtico reclama una forma profunda, nítida, sobria, gratuita, oblativa e intensa
de amar. Supone capacidad de comunión y de compromiso con las personas, más allá de la
relación superficial motivada por la simpatía espontánea o el atractivo sexual. Quedarse en
esta forma inmadura, en clave de simpatía o mero atractivo, supone insatisfacción y
malestar.
El lenguaje célibe del amor reclama unas relaciones con las personas sin
ambigüedad, que no esconda una demanda, aunque sea implícita, de respuesta de amor o

15
Ibid., 346 ss. Cf. Pastores dabo vobis, 72

13 La fidelidad del presbítero


de juego sexual. Ello exige una forma de expresión del afecto hacia las personas que
revista sobriedad -no sequedad- rehusando aquellas manifestaciones explícitas que en
nuestra cultura están vinculadas al amor sexual. La gratuidad y oblatividad en el amor
célibe es un indicativo de su calidad: amar a quien no puede responder o a quien menos
puede darme, bien en afecto o en eficacia pastoral; y amar a fondo perdido, dar mucho a
cambio de poco. La prudencia es siempre una virtud valiosa en estos campos.

Un instrumento valioso: el discernimiento


En estos primeros momentos del ministerio es fundamental vivir y revisar la vida
en clave de discernimiento16. El cura joven necesita “reflexionar y asimilar lo que vive”.
Con frecuencia vive mucho y “reflexiona poco”. No tiene descanso y espacios para
asimilar lo vivido.
Es preciso agregar que supone una inmensa gracia para un sacerdote joven “rodar”
junto a (o cerca de) algún sacerdote más adulto que sea humana, espiritual y pastoralmente
rico17. El contraste diario y frecuente con él es un “seminario permanente”. En ese
contraste se templan los idealismos, se encajan positivamente las lecciones de la vida, se
asimila sabiduría pastoral y se aprende a leer la realidad eclesial y social con ojos de
pastor.
Esta relación singularmente rica puede incluso, en algunos casos, ser el cauce en el
que el sacerdote joven vuelca su intimidad serena o perturbada por la vivencia de su
ministerio. Comunicación especialmente vital en la primera fase de la vida presbiteral. El
adulto experimenta dificultades mayores para la apertura de su intimidad. En este punto, a
veces, nuestros curas jóvenes se hacen demasiado pronto adultos, abandonando con cierta
suficiencia las diversas modalidades de acompañamiento espiritual.

2. Los sacerdotes de mediana edad (40-60 años): “la segunda conversión”


Después de la deseada unidad interior en torno al ministerio, propia de la primera
etapa de la existencia sacerdotal, nos adentramos en la segunda: la mitad de la vida. Entre
los cuarenta y sesenta años suele operarse una crisis humana y espiritual. Autores místicos
medievales y la psicología moderna lo certifican18. La experiencia humana y espiritual,
propia y ajena, de muchos sacerdotes lo confirma. Los autores califican dicha fase con
rasgos bien definidos. Desde el punto de vista biológico el sujeto vive un cierto declive
orgánico. Mantiene su rendimiento intelectual supliendo con la experiencia los primeros
desgastes mentales. Su potencia sexual experimenta un cierto descenso. No así la fuerza
del deseo y la necesidad afectiva.
Situado en la “mitad de la vida”, la persona mira hacia atrás y hacia adelante. Le

16
Cf. CRESPO A., Discernimiento y acompañamiento espiritual, en COMISIÓN EPISCOPAL DEL
CLERO, La formación sacerdotal permanente, Edice, Madrid 2004, 273-411
17
Cf. CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, 82
18
Cf. GRÜN A., La mitad de la vida como tarea, Nancea, Madrid 1993

14 La fidelidad del presbítero


afecta mucho el nivel de fecundidad o eficacia de su vida pasada. Apunta un temor a la
inutilidad y a la soledad futura. Se pregunta vivamente por el sentido de su existencia.
Todos estos caracteres inducen a los autores a calificar el núcleo central de esta fase como
“crisis de madurez”.

La crisis de la mitad de la vida en el sacerdote


Es frecuente en muchos sacerdotes esta vivencia: “Tras años de combate espiritual
y brega pastoral en los que el sacerdote se ha sentido fundamentalmente centrado, se va
insinuando progresivamente una nueva situación que se caracteriza por un estado anímico
bajo cuyos componentes más perceptibles son la sensación de vacío interior, la falta de
ilusión, la desgana existencial, la aridez espiritual, la anemia apostólica. El pasado nos
produce decepción, el presente provoca insatisfacción, el futuro genera escepticismo. Juan
Pablo II alude a esta crisis y la califica como cansancio interior peligroso, fruto de
dificultades y fracasos”. 19
Los factores que gestan esta situación de crisis en el presbítero son diversos: Una
cierta precariedad de los logros pastorales: fallos de proyectos, planes, grupos,
comunidades. Surgen preguntas: ¿merece la pena afanarse tanto? Decepciones concretas en
la pastoral: caída de obras personales, pero sobre todo decepciones de personas, de
estamentos eclesiales, etc.. La propia experiencia espiritual: no avanzamos o lo hacemos
lentamente, persisten las mismas debilidades. El ideal evangélico parece tan lejano que se
antoja irreal. La aridez espiritual nos golpea: la oración cuesta y la presencia de Dios es
lejana y fría. La fe se envuelve en dudas. La fatiga puede convertirse en un estado de
ánimo connatural. A ello, puede unirse diversos factores extras como la enfermedad, la
muerte de personas especialmente queridas y que han sido un referente, etc.
Una mirada más penetrante permite entrever el trasfondo de esta situación, que
suele producir dolor. Se toma conciencia de las propias limitaciones con cierto
dramatismo: las capacidades personales, sociales, eclesiales se presentan a veces como
inalterables. El realismo rompe muchos sueños y nos sitúa a ras de tierra.
Ello, origina y conlleva una cierta crisis de esperanza: a veces, con una falsa
resignación decimos: “el mundo es como es, la Iglesia es como es, yo soy como soy”. Y,
debajo de esta crisis de esperanza, late algo aún más profundo: una crisis de sentido. No
es una simple crisis de eficacia, la pregunta se vuelve punzante: ¿tiene sentido todo lo que
hago? ¿Vale la pena mi esfuerzo pastoral?
Felizmente el sujeto que vive esta situación y se pregunta es adulto. Sabe lo que
puede pedir a las personas, a la iglesia, a la sociedad. Sabe lo que puede pedirse a sí
mismo. Es capaz de hacerse todas las preguntas antedichas con serenidad y sin
conformismo. Pero, también, una minoría se formula las preguntas antedichas con gran
insatisfacción, con agudo sentimiento de culpabilidad, con una carga visible de
resentimiento agresivo e inconformista.

19
URIARTE J. M., Madurar espiritualmente durante toda la vida, 349ss. Cf. Pastores dabo vobis, 77

15 La fidelidad del presbítero


Este grupo no ha sabido superar el paso de la edad juvenil a la edad adulta. Pueden
caer en un escepticismo que se caracteriza por la incapacidad de ilusión y de entusiasmo.
Esta sensación vital se puede agudizar por la crudeza del tiempo presente para la
vida y ministerio de un sacerdote. Hoy no resulta tan fácil mirar hacia atrás y encontrar,
como fruto de nuestro trabajo, unos resultados pastorales abundantes y estables. Resulta
obvio que la mirada al futuro produce algunas inquietudes y temores. La tristeza por el
pasado, la insatisfacción por el presente y la ansiedad por el futuro son bastante frecuentes
entre nuestro clero.
Pero entre el inconformismo y el escepticismo, que son tentaciones reales de una
porción de nuestro clero, se sitúa el realismo sereno y esperanzado. Un buen porcentaje
de sacerdotes vive así su vida y ministerio, su relación eclesial, su relación con Dios. A
ello contribuyen desde luego el temperamento, las vicisitudes de la biografía personal, la
capacidad de análisis y los instrumentos que para este análisis sepamos ofrecer a nuestros
curas.
En estas circunstancias, conviene siempre dejarse acompañar y consultar con una
persona experta que, con sana pedagogía, nos ayude a afrontar y superar la crisis.20

La tarea espiritual: aceptar el señorío de Dios en mi vida


W. Kasper, con motivo de una meditación sobre sus 50 años de sacerdocio nos
advierte: “Conviene manejar con cautela la palabra «crisis». Por mi parte, prefiero insistir
en su sentido original. «Crisis» no significa simplemente hundimiento o catástrofe; designa
más bien una situación de cambio y decisión. Por ello, lo correcto es considerar la crisis
como un reto, más aún, como «kairós»: la oportunidad que Dios nos concede y ofrece. En
este sentido, lo correcto es aceptar la crisis y sacarle partido”21.
Toda crisis de este estilo entraña renunciar a determinadas preferencias de la etapa
anterior para adaptarse a las nuevas exigencias de la etapa subsiguiente. En todas ellas hay
un conflicto vivido más o menos suavemente seguido de renuncias y aceptaciones. De aquí
que hablemos de una “segunda conversión”.
La crisis de la mitad de la vida no es sólo existencial sino espiritual, porque afecta
al sentido global de nuestro propio vivir. Pero la crisis puede ser una gracia de Dios. A
veces, Dios mismo nos conduce a la crisis para que nos dejemos vaciar de lo superfluo y
nos dejemos colmar de la esencialidad de su gracia. Lo importante es afrontar la crisis y no
buscar falsas salidas: dilatar decisiones, buscar simplemente las repuestas en el marco
exterior, o un activismo pastoral encubridor fruto del voluntarismo y no de una auténtica
teología del seguimiento. La verdadera salida en la posible crisis de esta etapa, e
incluso en el sereno cambio de un momento vital a otro, es la conversión. Se trata de una
Asegunda conversión@ en muchos de nosotros, con larga experiencia de encuentro con
Dios. Se trata de “aceptar radicalmente a Dios como Dios”, ponerlo como centro de nuestra

20
Cf. CRESPO A., Discernimiento y acompañamiento espiritual, 389-392
21
Cf. KASPER W., El sacerdote, servidor de la alegría, Ed. Sígueme, Salamanca 2007, 11

16 La fidelidad del presbítero


vida. Y Dios se nos convierte en “Alguien real, confidente y compañero amable del
camino”. Es la experiencia de Pablo después del encuentro de Damasco. “Si ocurre así,
entonces comienza la figura del hombre serenado. Se caracteriza por ver y aceptar lo que
son las fronteras, las limitaciones, las insuficiencias y miserias de la vida… Ese hombre no
deja el trabajo sino que lo prosigue con fidelidad… lo hace tan justa y exactamente como
antes, a pesar de todo fracaso, porque el sentido de la obligación reside en él mismo… En
esta actitud hay mucha disciplina y renuncia: una valentía que no toma tanto el carácter de
la osadía cuanto el de la decisión”. 22

Unas recomendaciones concretas para esta etapa


Quiero resaltar tres medios, especialmente saludables, para afrontar esta etapa de la
vida. El primero es un atento cuidado de la salud física, incluso con controles médicos
promovidos por la misma diócesis. El segundo medio es el tiempo sabático. En una fase
en la que la persona hace “balance vital”, los servicios que le prestamos deben facilitar las
mejores condiciones para hacerlo bien. El año sabático debería ser en este período, práctica
universal.
El tercero medio son los Ejercicios Espirituales de mes, un excelente
complemento del tiempo sabático. La experiencia de muchos certifica que ese clima de
gracia marca decisivamente.
3. Los sacerdotes mayores (60-75 años): “la imagen vital del hombre sabio”
Pastores dabo vobis, al hablar de esta etapa de la vida, subraya que también a ellos
debe interesar la Formación Permanente y establece el objetivo principal de ésta: “la
confirmación serena y alentadora de la misión que todavía están llamados a llevar a cabo
en el presbiterio; no sólo porque continúan en el ministerio pastoral, aunque de maneras
diversas, sino también por la posibilidad que tienen, gracias a su experiencia de vida y
apostolado, de ser valiosos maestros y formadores de otros sacerdotes” (Pdv 77b)

Algunos rasgos generales de esta etapa


La psicología evolutiva nos ofrece los rasgos generales de esta edad. Hay una cierta
decadencia biológica, visible para los demás y sensible para el sujeto mismo. Las
facultades mentales, que todavía han rendido a tope entre los cuarenta y cinco y los
sesenta, disminuyen: la memoria, la fantasía y el vigor mental para análisis rigurosos y
síntesis logradas decrecen. Se percibe un cierto envejecimiento en forma de fatiga y de
menor rendimiento; ello, produce frecuentemente una cierta tristeza, que se traduce, con
frecuencia, en pena por el tiempo perdido y sensación de que la vida “se escapa”. Pero en
otras ocasiones se traduce en una serena aceptación de la involución como “ley de vida”.
La afectividad se hace más débil: las lágrimas brotan más fácilmente. El
sentimiento de soledad crece. En suma: una pérdida en el hacer y en el poder inducen

22
GUARDINI R., La aceptación de sí mismo. Las edades de la vida, Cristiandad, Madrid 1983, 90

17 La fidelidad del presbítero


fácilmente un descenso en la conciencia de valer. El temor al retiro y al debilitamiento de
la salud preocupa cada vez más. Suele agudizarse, también, en esta etapa la sensación de
soledad. No es ya el mismo sentimiento que en el período anterior. Entonces
demandábamos poder compartir intimidad sexual y afectiva, proyecto vital, fecundidad.
Ahora demandamos ante todo compañía benévola que nos muestre aprecio y afecto. La
soledad familiar, que se hace muy notoria en este tiempo, acrecienta dicha necesidad.
No es difícil identificar en algunos de estos rasgos la imagen de muchos sacerdotes.
Pero la misma actividad y responsabilidad contrarresta en buena medida la emergencia de
los rasgos antedichos. La situación de penuria vocacional está obligando a esta generación
de sacerdotes a trabajar con sesenta y cinco años como si tuvieran cuarenta y cinco. Saben
que no pueden bajar la guardia porque el relevo es escaso. Este nivel de actividad y
responsabilidad les ayuda a mantener su vitalidad. Así encontramos entre ellos muchos
sacerdotes de talante sereno, entregados a la gente, gozosos en su trabajo, más tolerantes
según avanzan en edad, dispuestos a aprender lo que pueden.
Pero, también, sufren por sus limitaciones e impotencias pastorales: asoma en ellos
la dificultad progresiva de adaptarse a la mentalidad actual y experimentan con claridad
que ya no están para conectar con ciertas generaciones y desarrollar determinadas tareas de
la pastoral. Aceptan, a veces don dolor, ser relevados de los primeros puestos y el
colaborar desde un segundo plano. Su espiritualidad sencilla y sólida les ayuda mucho.
Otro grupo, sin embargo, viven esta etapa con síntomas dolorosos: las llamadas a la
renovación mental, espiritual y práctica no le estimulan; a veces, no se sienten
suficientemente valorados en su fidelidad y entrega; les asustan mucho los cambios de
destino que en ocasiones les resulta un verdadero traumatismo: no es fácil desarraigarse y
re-arraigarse después de los sesenta o sesenta y cinco años; incluso, algunos, desean la
jubilación como un expediente que les ahorra complicaciones y les otorga mayor libertad
de movimientos y otros, sin embargo, la sienten como enemiga, puesto que les confina en
la inactividad.
Señalamos algunas tentaciones que pueden manifestarse en esta etapa. Primero, una
cierta propensión a la rigidez, que nos vuelve algo inflexibles para cualquier cambio del
esquema de vida o para comprender nuevas ideas y puede bloquear nuestro corazón para
los sentimientos de ternura, comprensión de la debilidad y el gozo de ver crecer a los
demás. Segundo, caer en una cierta fatiga pastoral crónica, que nos puede convertir en
autómatas pastorales, faltos de alma apostólica y con ciertos resentimientos de
escepticismo, tristeza y amargura.

La tarea espiritual: convertir la experiencia en sabiduría


“A estas alturas de la vida, la experiencia puede y debe convertirse en sabiduría
humana, espiritual y pastoral. Por muy rica que sea, la experiencia necesita convertirse.
Lleva en sí heridas que la sabiduría debe curar. Lleva también durezas que la sabiduría
debe reblandecer. Lleva, en fin, actitudes demasiado humanas que la sabiduría debe

18 La fidelidad del presbítero


convertir en evangélicas. En esta fase perdemos pasión pero ganamos sabiduría. Esta es su
principal riqueza.
La sabiduría se deja traslucir en la serenidad que ha aprendido a aceptar la finitud, a
superar la angustia que ella genera y a controlar la ansiedad y el afán desmedido que la
actividad provoca en nosotros, Esconde en su seno una conciencia más viva y una
sensibilidad más despierta hacia aquello que no pasa, que permanece. Tiene especial
intuición para descubrir el sentido de las cosas. Saber distinguir lo importante de lo
irrelevante”. 23
El primer aprendizaje que debemos realizar a medida que nos adentramos en esta
etapa es el siguiente: aprender a sosegar el ritmo de nuestra actividad si ésta es muy
intensa. Remitir en la cantidad e intensidad del trabajo es una manera de reconocemos en
nuestra verdad. No se trata sólo de regular la cantidad de nuestro trabajo, sino de moderar
la impaciencia, el nerviosismo, el dramatismo incluso que, a veces, ponemos en nuestro
trabajo pastoral. Es necesario para acompasar mejor interioridad y exterioridad, oración y
tarea, reflexión y acción, descanso y trabajo.
Hay que aprender el “arte de envejecer”, porque el hecho de envejecer es un
sufrimiento hondo que intentamos eludir volcándonos en la actividad. Sólo si vamos
asumiendo nuestra debilidad, ésta resultará saludable. “Si ocurre así, entonces surge la
imagen vital del hombre viejo, expresado por su valor de hombre «sabio». Le podemos
caracterizar así: es el que sabe del final y lo acepta… El final mismo de la vida es todavía
vida. En él se realizan valores que sólo pueden realizarse entonces. Con su aceptación,
aparece en la vida algo tranquilo y, en sentido existencial, superior. Cuando se le preguntó
a San Carlos Borromeo qué haría si supiera que había de morir una hora más tarde,
respondió: «Haría especialmente bien lo que hago ahora»”. 24

Algunas recomendaciones concretas


En esta franja de edad suele haber un grupo de sacerdotes que demandan una
atención especial. Son aquellos que han vivido una cierta sensación de frustración por el
mismo ejercicio del ministerio o el reconocimiento institucional de su trabajo. Resulta muy
delicado acompañar y ayudar a este grupo cargado de problemas. La comunicación con los
responsables -a veces con el mismo presbiterio- es débil, incluso negativa.
Salvo raras excepciones la visita del obispo, hecha con discreción y claridad, resulta
muy positiva. En ella el obispo debe favorecer el desahogo, escuchar su lista de agravios y
la confesión de los sufrimientos. Debe escuchar con paciencia y exhortar con libertad y
delicadeza. La atención a sus necesidades materiales debe ser rápida y exquisita. Las
situaciones de enfermedad o debilidad ofrecen una buena ocasión para una cercanía
siempre delicada.
Cultivar a dimensión espiritual del desprendimiento es una clave muy apropiada

23
URIARTE J. M., Madurar espiritualmente durante toda la vida, 359
24
GUARDINI R., La aceptación de sí mismo. Las edades de la vida, 97

19 La fidelidad del presbítero


para esta etapa. Hay que superar un narcisismo retardado y aceptar, con benevolencia, que
pertenecemos a una historia de salvación y a una biografía pastoral de una diócesis que “no
depende de mí”. Hay Alguien que está al inicio y al final de esta historia. Y yo estoy
inserto en una tradición pastoral que ni comenzó ni terminará conmigo. Hay que saber
pasar a un segundo plano. Es la sabiduría de la Cruz, que incluye la vivencia de la kénosis
en el ministerio. ¡Dichoso el hombre a quien el Espíritu regala esta sabiduría!

4. Los sacerdotes ancianos (la senectud): “amar es sólo mi ejercicio”


Aunque Pastores dabo vobis no diferencia esta etapa de la anterior, estimamos que
hay una diferencia de matices importantes. Además, dada la media de edad de nuestros
presbiterios, la franja de edad de los 75 años en adelante tiene una entidad. La senectud (de
los 75 en adelante) es considerada por los especialistas como fase diferente a la
senescencia (de los 60 a 75 años).

Algunos rasgos diferenciales de esta fase


Los caracteres diferenciales más acusados son: la mayor conciencia de la
decadencia del organismo, el sentimiento de pérdida de utilidad, de poder y de valer, la
retracción del yo que pierde interés por el mundo exterior, el refugio en el pasado, la
intensa preocupación por la salud actual y por su evolución futura, la reducción de su
entorno social y la viva perspectiva de la muerte.
Con la senectud llega ordinariamente al sacerdote la hora de la jubilación. En una
existencia como la presbiteral, en la que la relación afectiva y responsable con la
comunidad cristiana ocupa un lugar central, la jubilación es sentida como la interrupción
de dicha relación y, en consecuencia, puede vivirse como una cierta muerte eclesiástica. La
conciencia de ser sacerdos in aeternum convierte en incómoda una vida de poca actividad
y casi nula responsabilidad pastoral.
“La soledad familiar del sacerdote, acrecida por su opción célibe, puede provocar
en esta fase un sentimiento más agudo de indefensión. La muerte de los hermanos (y muy
particularmente la de la hermana con la que se ha convivido durante muchos años) suele
provocar una penosa sensación de desvalimiento. Esta sensación suele con frecuencia
acrecentar su temor ante el futuro. Las preguntas: ¿qué será de mí?, ¿quién me cuidará?,
¿quién me acompañará hasta el final? son candentes para él. En tal contexto la perspectiva
de la muerte como un acontecimiento para el que es preciso prepararse psicológica y
espiritualmente, se hace más real y más habitual”. 25
A veces, un tono vital triste se deposita en el interior del anciano, la preocupación
por la salud se vuelve obsesiva, la relación para con las personas que le atienden se vuelva
dependiente. Y, en algunos casos, se puede caer en la tendencia a ahorrar dinero y a
acumular objetos.

25
URIARTE J. M., Crecer como personas para servir como pastores, 250

20 La fidelidad del presbítero


La tarea espiritual del sacerdote anciano: ¡dejarse amar por Dios!
Los sacerdotes ancianos, por ancianos y por sacerdotes, tienen un sedimento de
recursos para afrontar y asumir creativamente su nueva condición. En efecto, muchos de
entre ellos muestran en sus reflexiones y reacciones una sabiduría real que admiramos.
Esta sabiduría tiene mucho que enseñarnos a las otras generaciones: porque desdramatiza
muchos problemas que nos agobian a los todavía no ancianos; y porque denuncia
mansamente nuestro excesivo interés por cosas que no valen tanto y nuestra excesiva
sensibilidad ante males y desgracias. Suelen ser maestros en objetividad.
En esta generación, es capital “beber del propio pozo”. Por ser sacerdotes tienen
también sus recursos interiores. La experiencia de la muerte con la que han convivido de
cerca tantas veces en su ministerio, favorece la familiaridad con ella, su mayor aceptación.
Por ser sacerdotes pueden, en fin, comprender y vivir esta etapa como fase de preparación
inmediata al encuentro definitivo con Dios. Y por serlo pueden también decir con San
Pablo: “ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros y completo en mi
carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1,24).
En esta fase, la vida teologal se vive con más desnudez: sólo es Dios quien dirige
mi vida. “Abrirse al futuro significa ante todo, orientarse paso a paso hacia la esperanza de
la vida eterna. Hay un progreso espiritual que va llevándonos del temor primario a la
muerte a su aceptación. El temor primario siente espontáneamente la muerte como «el final
de todo». En el corazón de ese temor va gestándose la esperanza que humaniza el temor y
prepara la aceptación. Esta consiste en una entrega confiada de nuestra vida en las manos
del único Señor de la Vida: «en las manos que han sido taladradas; en las manos que sólo
se han abierto para acoger y para bendecir; en esas manos por las que pasa un Amor tan
grande es confortador entregar el espíritu» escribía Teilhard de Chardin en su diario íntimo
pocos días antes de su muerte”26.
Un sacerdote venerable, curtido en mil tareas pastorales, dejaba, como testamento,
estas hermosas palabras en un diálogo abierto con el Señor: “Un día me elegiste. Me
llamaste y me incorporarte al grupo de tus amigos. Me invitaste a amarte
desinteresadamente: a ti y a tu proyecto del Reino. A lo largo de mi vida me he afanado en
amarte y serte fiel. Ahora, en los últimos años de la vida, quiero descansar: ¡sólo aspiro a
dejarme amar por Ti!”

Algunas sugerencias concretas


El sacerdote anciano, necesita un apoyo exterior. Apuntamos algunas ideas: En
primer lugar, es necesario que las diócesis elaboren “unas orientaciones relativas al
estatuto, a las funciones y a los problemas del clero jubilado”. La dignidad y hasta el
número grande y creciente de sacerdotes jubilados así lo exige. En segundo lugar, es
preciso asegurar desde las diócesis una atención material y sanitaria para la fase actual y
26
ID., Madurar espiritualmente durante toda la vida, 367

21 La fidelidad del presbítero


terminal de estos sacerdotes. Nada sosiega más sus temores de futuro que esta garantía. En
tercer lugar, es importante ofrecerles periódicamente información directa de la vida social,
eclesial y diocesana y convocarlos a encuentros y actividades generales (con sus hermanos
en activo) y especificas (sesiones especiales). En cuarto lugar, es capital el encuentro
personal amistoso del obispo o su vicario o delegado.
Estas iniciativas responden a necesidades concretas de los presbíteros jubilados.
Pero satisfacen una necesidad básica: la de ser estimados y valorados por la diócesis a la
que se consagraron.

Conclusión
Si observamos cualquier Presbiterio, desde esta óptica generacional, podemos
afirmar que la pirámide de edad se estructura, con frecuencia, de una forma invertida:
abundancia de presbíteros situados en las dos últimas etapas de la vida y una cierta escasez
en las dos primeras. Junto a la diferencia de edad, hay que reflejar también otros matices
diferenciales: la teología estudiada, la experiencia eclesial vivida y el tipo de ministerio
desarrollado por los distintos grupos, no son uniformes y están profundamente
influenciados por el entorno social y eclesial vivido.
La integración de un Presbiterio reclama una equilibrada teología que redescubra la
sacramentalidad de la Iglesia particular, la condición sacramental del Presbiterio, de la que
fluyen la relación obispo-presbíteros, la fraternidad sacerdotal, la sana comunión con los
laicos en la tarea pastoral. La integración se facilita con una tarea pastoral conjunta bien
programada, con realismo y con ilusión: un proyecto pastoral aglutina a los adultos y les da
una seriedad en su trabajo. A ello hay que añadir, como fuente, un cultivo de la
espiritualidad sacerdotal que aliente e impulse la vivencia de la fidelidad sacerdotal, con
una vida espiritual intensa y bien programada, tanto personal como comunitaria.
Benedicto XVI nos invitaba en la homilía de la Misa Crismal de 2006 a considerar
los signos mediante los cuales se nos donó el Sacramento. Comentando el gesto de la
imposiciones de manos nos dejó estas bellas palabras, como un eco a una confidencia del
Señor, Maestro y Amigo: “En el centro está el gesto antiquísimo de la imposición de las
manos, con el que Jesucristo tomó posesión de mí, diciéndome: «Tú me perteneces». Pero
con ese gesto también me dijo: «Tú estás bajo la protección de mis manos». Tú estás bajo
la protección de mi corazón. Tú quedas custodiado en el hueco de mis manos y
precisamente así te encuentras dentro de la inmensidad de mi amor. Permanece en el
hueco de mis manos y dame las tuyas”.

Alfonso Crespo Hidalgo


Ávila 12 de abril de 2010
Año Sacerdotal

22 La fidelidad del presbítero


Bibliografía

1. Documentos del Magisterio


- Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis.
- Exhortación apostólica postsinodal, Pastores dabo vobis.

2. Textos emblemáticos de los Santos Padres sobre el Sacerdocio


- Juan Crisóstomo, Diálogo sobre el sacerdocio, Biblioteca Patrística. Ed. Ciudad
Nueva, 2002
- Gregorio Magno, Regla Pastoral. Biblioteca Patrística. Ed. Ciudad Nueva, 2001
- Gregorio Nacianceno, Fuga y autobiografía. Biblioteca Patrística. Ed. Ciudad Nueva,
1996

3. Libros actuales de reflexión teológica


- A. Vanhoye, Acojamos a Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, Ed. San Pablo, 2010
- E. Bianchi, A los presbíteros, Ed. Sígueme, 2005
- G. Greshake, Ser sacerdote, hoy, Ed. Sígueme, 2003
- J.M. Uriarte, Esperanza, misericordia, fidelidad, Ed. PPC, Madrid 1996
- J. Ratzinger, Servidor de vuestra alegría, Ed. Herder, 2005
- R. Schnackenburg, Amistad con Jesús, Ed. Sígueme, 1998
- S. Gamarra, Manual de espiritualidad sacerdotal, Ed. Monte Carmelo, 2008
- W. Kasper, Servidores de vuestra alegría, Ed. Sígueme, 2008

4. Diversas publicaciones de la Comisión Episcopal del Clero sobre la vida y


espiritualidad del sacerdote
- Espiritualidad sacerdotal y ministerio. Edice 1988 (Es un sencilla síntesis sobre la
identidad y espiritualidad del presbítero diocesano. Sirvió de documento de preparación
del Congreso de espiritualidad sacerdotal de 1989)
- Sacerdotes día a día. Edice 1995. Sobre la formación permanente integral.
- Sacerdotes para evangelizar. Edice 1987. Reflexiones sobre la vida apostólica de los
presbíteros.
- La Formación Sacerdotal Permanente. Documentos de la Comisión Episcopal del Clero
sobre Pastores dabo vobis. (Índice temático preparado por Saturnino Gamarra).
Edice 2004
- Ponencias de las Jornadas de Delegados y Vicarios para el Clero. Organizadas
por la Comisión Episcopal los años 2007-2009. Se encuentran en la web de la
Conferencia Episcopal.

23 La fidelidad del presbítero


“FIDELIDAD DE CRISTO, FIDELIDAD DEL SACERDOTE”
Acompañar la fidelidad del presbítero en las diversas etapas de la vida

Desde la fidelidad, vínculo de amor con el Maestro, vamos a analizar las diversas
etapas en la vida del sacerdote. Cada momento vital reviste unas potencialidades y, a la
vez, unas posibles tentaciones que pueden fortalecer o debilitar la fidelidad. La fidelidad es
un don de Dios y, también, un fruto hermoso de nuestro combate espiritual.
Previamente, a grandes líneas, vamos a situar al sacerdote en su contexto social: en
medio de un profundo cambio cultural y una crisis de visión antropológica, que debilita
conceptos fundamentales. El sacerdote, hoy, afectado por un entrono especialmente
agresivo, necesita revitalizar todo el potencial de la gracia recibida para responder a los
desafíos de su ministerio.

Un especial Año Sacerdotal


“Fidelidad de Cristo…”: un lema sugerente y exigente

I. CRISIS Y KAIRÓS: EL SACERDOTE EN MEDIO DE UN PROFUNDO


CAMBIO CULTURAL Y ANTROPOLÓGICO
1. El sacerdote en un entorno cultural que quiere silenciar a Dios
- El sacerdote ¿predicador estéril de la trascendencia?
- El sacerdote ¿consejero privado y agente social?
- El sacerdote “como noticia”

2. Elogio de la fidelidad, en medio de una crisis antropológica


- La debilidad de la fidelidad en la sociedad del “contrato”
- La fidelidad tarea primordial de la Formación Permanente

3. El dinamismo innato de la vida espiritual


La dinámica espiritual del presbítero diocesano
- Vivencia de la propia identidad como criterio integrador
- Incidencia del proceso biofísico
- Influencia del entorno sociocultural y eclesial

4. Un acompañamiento integral
- La meta de la madurez humana
- Madurar espiritualmente durante toda la vida

24 La fidelidad del presbítero


II. ACOMPAÑAR LA FIDELIDAD EN LAS EDADES DEL PRESBÍTERO
Y LAS ETAPAS DE SU MINISTERIO

Podemos concluir de todo lo expuesto anteriormente, que la fidelidad es tarea


primordial de la Formación Permanente. Desde la óptica de la fidelidad, vamos a
reflexionar brevemente sobre la problemática de los sacerdotes en las diversas edades del
sacerdote. Pastores dabo vobis desarrolla una rica reflexión sobre las tres grandes fases de
la vida presbiteral: sacerdotes jóvenes, presbíteros de mediana edad y los presbíteros que,
por la edad avanzada, podemos denominar ancianos. (Cf. Pdv 76-77).
La psicología ofrece un fundamento a esta división tripartita y distingue cuatro
fases en el arco de la vida adulta: la primera, el adulto joven (25-40 años); la segunda, el
adulto maduro (40-60 años); la tercera, el adulto anciano (60-75 años) y una cuarta fase, la
senectud. Describimos cada una de estas etapas.

1. Los sacerdotes jóvenes (25-40 años): “la identificación existencial con el


ministerio”
- La situación del cura joven
- La tarea de esta etapa: llegar a ser lo que soy, “sacerdote"
- Un instrumento valioso: el discernimiento

2. Los sacerdotes de mediana edad (40-60 años): “la segunda conversión”


- La crisis de la mitad de la vida en el sacerdote
- La tarea espiritual: aceptar el señorío de Dios en mi vida
- Unas recomendaciones concretas para esta etapa

3. Los sacerdotes mayores (60-75 años): “la imagen vital del hombre sabio”
- Algunos rasgos generales de esta etapa
- La tarea espiritual: convertir la experiencia en sabiduría
- Algunas recomendaciones concretas

4. Los sacerdotes ancianos (la senectud): “amar es sólo mi ejercicio”


- Algunos rasgos diferenciales de esta fase
- La tarea espiritual del sacerdote anciano: “¡dejarse amar por Dios!”
- Algunas sugerencias concretas

Conclusión
Bibliografía

Alfonso Crespo Hidalgo


Ávila 12 de abril de 2010 .Año Sacerdotal

25 La fidelidad del presbítero