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EL VIRREINATO DE RÍO DE LA PLATA EN VÍSPERAS DE LA

EMANCIPACIÓN

En 1776 se había creado el Virreinato del Río de la Plata, que abarcaba parte de los
territorios de Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. El primero de los virreyes fue
Pedro de Cevallos, en cuyo mandato se decretó la libertad del puerto de Buenos Aires.

En los últimos años del Virreinato fueron muy apreciables los rendimientos en
riquezas de todo orden y especialmente en la explotación comercial, que aportó al país
grandes beneficios. Es de destacar que a raíz de este hecho comenzó a surgir en aquellos
hombres la conciencia de sus valores naturales.

La revolución que culminó con la proclamación de la independencia del Río de la


Plata respecto de la metrópoli, nació en el mismo seno de la dominación española, a
pesar de que fue contra ella y sería equivocado buscar las ideas que formaron su sostén
exclusivo en el ejemplo temático de la Revolución francesa o norteamericana. España
poseía destacados humanistas que elaboraron una literatura política de manifiesta
tendencia liberal y aún el tema político puede añadirse el económico que, difundido por
escritores como Jovellanos y Campomanes, a los que podemos llamar economistas de
Indias, apunta tendencias reformistas para acabar con el monopolio comercial. Sin
embargo, tampoco hay que dejar de valorar las ideas universales sobre una política de
tipo liberal, pero hemos de verlas difundidas en América a través de España.

Buenos Aires era el sitio donde mejor estaba preparado el terreno para la Revolución.
La sociedad era más democrática que en otras regiones; la riqueza ganadera había dado
origen a una aristocracia criolla, sin títulos de nobleza, pero que rivalizaba con la
española. Los jóvenes patriotas educados en las universidades de Córdoba y Charcas, y
en España, conocían perfectamente las doctrinas liberales del siglo XVIII.

INFLUENCIA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y DE LAS IDEAS


LIBERALES

Contra lo que se ha dicho, las noticias sobre la revolución francesa si influenciaron


decisivamente en los ánimos de independencia. La llegada a Buenos Aires, el mismo
años de la toma de la Bastilla, de un barco de guerra francés Le Duc d’Orleans,
promovió grande agitación entre las autoridades que trataron de impedir, sin
conseguirlo, que se distribuyesen algunos pasquines y volantes respecto a los sucesos de
Europa. La velocidad de la propaganda fue tal, que aquellas hojas inundaron Charcas y
Potosí, y probablemente llegaron hasta Santiago de Chile y Lima.

De nada valió la censura. Los hacendados rioplatenses estaban al tanto de la


revolución francesa, igual que las clases más bajas, en virtud de la activa propaganda
que se hacía en los despachos y comercios. Además de los impresos, circulaban copias
manuscritas del Himno de los Marselleses y la Declaración de los Derechos del
Hombre, como demuestra cierta correspondencia del deán Funes. Y no solo en Buenos
Aires, sino en la mismísima Córdoba, Montevideo y Corrientes, la autoridad sorprendía
documentos probatorios del avance que tenían las ideas revolucionarias. Por la
ortografía de un pasquín contra Alzaga, se creyó que los “negros esclavos” estaban
también contagiados de aquel movimiento. Las últimas palabras de aquel anónimo
tienen una risueña elocuencia: “La nación francesa —dicen— tomará satisfacción;
costará arroyos de sangre. Ya se da aviso a París.” París era una especie de personaje
mitológico, de quien dependía la fortuna buena o mala de los hombres. Central de la
libertad, a ello se apelaba con adorable candor.

A partir de 1800, la prédica se hace más descarada, comprendiendo a todas las clase
sociales. Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Bernardo de Monteagudo están contestes
en reconocer que Francia ejerció una influencia decisiva en la formación de sus ideas
emancipadoras y en la galvanización del entusiasmo público.

BUENOS AIRES CONTRA LOS INGLESES. SANTIAGO LINIERS

Los ingleses, en guerra entonces contra Napoleón, tantearon la posibilidad de


apoderarse de las posesiones hispánicas en América, teniendo en cuenta que España se
había sumado al bando francés.

La oportunidad se presentó hacia fines de 1805, durante la expedición que envió


Inglaterra al África del Sur. Para castigar a Holanda, los ingleses decidieron apoderarse
de la colonia holandesa de El Cabo. La escuadra inglesa estuvo al mando de sir Home
Pophan, mientras que el ejército de tierra lo estuvo de sir David Baird. Esta expedición
cumplió eficazmente su cometido a principios de 1806.

Fue entonces que sir Home Pophan, que había colaborado con el venezolano
Francisco de Miranda en un proyecto de intentar la independencia americana, pretendió
aprovechar la intranquilidad de América en beneficio del gobierno inglés y dirigió su
escuadra hacia Sudamérica. Ordenó al general Beresford (William Carr, vizconde de
Beresford) que desembarcara en el Río de la Plata, mientras que, por otro lado, se
comisionaba a Crawford para que atacase Valparaíso.

El 25 de junio de 1806 se producía el desembarco de las fuerzas británicas en Buenos


Aires. Dicha ciudad contaba entonces con 50.000 habitantes, no obstante lo cual fue
dominada por una columna de más o menos 2000 ingleses. El virrey Rafael de
Sobremonte no defendió la capital de su virreinato y al solo anuncio de la presencia
inglesa huyó precipitadamente hacia la sierra de Córdoba.

Con el objeto de tranquilizar los ánimos, Beresford promulgó un bando en el que


prometía a la población algunas medidas importantes, como la de respetar la religión
católica, la propiedad privada, auspiciar la libertad de comercio y establecer un sistema
de gobierno análogo al de las colonias inglesas, o sea con intervención del vecindario.
No obstante lo halagador de tales reformas, los porteños prefirieron mantener su
fidelidad a la corona española y resolvieron resistir. Como el virrey se hallaba fugitivo,
designaron jefe del puerto al capitán de navío Santiago Liniers, de origen francés pero al
servicio español, el cual, contando con la ayuda del gobernador de Montevideo,
organizó las columnas fidelistas. Y con el apoyo de la población, se lanzaron a desalojar
a los invasores.

Lo que es hoy el viejo Buenos Aires —muy cerca del centro—, la calle de la
Reconquista, la boca del Riachuelo, etc., fue el teatro principal de la campaña llamada
de Reconquista, en la que, al cabo de tres días de tenaz ataque, Liniers logró que
Beresford capitulase (12 de agosto de 1806). De esta suerte culminaba el esfuerzo de los
porteños, en que no solo se comprometieron las fuerzas de Liniers, sino también el
paisanaje, en impetuosas arremetidas, al mando de Juan Martín Pueyrredón.

Al saber la victoria de Liniers, el virrey Sobremonte regresó rápidamente de Córdoba


para reasumir el mando, pero el vecindario se lo negó, y después de tratarse el asunto en
un amplio cabildo abierto, Liniers (por voluntad de Buenos Aires, no de España), fue
ungido virrey de Río de la Plata.

LA DEFENSA DE BUENOS AIRES

Como la expedición de Crawford a Valparaíso tenía como objetivo cortar la retirada


a los ejércitos españoles e impedir que les llegue refuerzos desde Chile y Perú, al
saberse de los resultados de la expedición de Beresford, se dio orden a este de volver al
Río de la Plata, de manera que Valparaíso ni siquiera fue amagado.
Sin embargo, no se resignaron fácilmente los ingleses a aquel revés. Contando con
refuerzos llegados de Europa, volvieron a la carga, y al mando de Whitelocke, tomaron
Montevideo en febrero de 1807. Partiendo de esa base, 12.000 hombres se dirigieron a
tomar Buenos Aires. Liniers, que había organizado definitivamente las “milicias
criollas”, les opuso sus 8000 milicianos en lo que se denominó la “Defensa de Buenos
Aires”. En la defensa se destacó también el alcalde de la ciudad, Martín de Alzaga, de
sombría actuación después. Los británicos fueron derrotados y en la capitulación
firmada en setiembre de 1807 se vieron obligados a desocupar Montevideo. No
volverían a intentar su descabellada empresa.

IMPORTANCIA DE LAS INVASIONES INGLESAS

La derrota de los ingleses dejó un saldo sumamente favorable a la ya incipiente causa


emancipadora.
a) Porque demostraron a los propios criollos la cuantía y calidad de sus propias
fuerzas organizadas en milicias.
b) Porque les demostró la ineptitud de las autoridades nombradas por España, contra
los que se rebelaron para erigir un propio gobierno aunque fuese en defensa de la
“misma metrópoli”.
c) Porque la “libertad de comercio” se convirtió desde ese día en una conquista
irrenunciable, que dio sus efectos en el memorial de Moreno.
d) Porque destruyó del todo la propaganda tendenciosa contra los extranjeros, tanto
desde el punto de vista de los intereses materiales, como de los religiosos.

EL CARLOTISMO

Ya desde la época del protectorado inglés empezaron a evidenciarse señales en pro


de la conspiración; el que inició las gestiones fue Saturnino Rodríguez Peña. El
propósito inglés no era de conquistar la América Española, sino fomentar su
independencia a fin de poder comerciar con ella libremente. Saturnino, radicado en Río
de Janeiro, se hizo caudillo de las ideas en pro de la independencia, y como allí se había
instalado la Casa Real Portuguesa, empezó a tramitar las gestiones de coronación de la
princesa Carlota en Buenos Aires, dada su condición de hermana mayor del rey
Fernando VII. Rodríguez Peña quería que la coronación se hiciera por el sistema de las
cortes reunidas y a base de conseguir la independencia del país; buscó numerosos
defensores de sus sistema entre las mejores familias de Buenos Aires, pero de pronto la
princesa Carlota denunció a las autoridades de dicho país los trabajos que realizaba
Rodríguez Peña. En realidad, el carlotismo no fue más que una etapa de la ideología en
pro de la independencia.

INICIO DEL PROCESO DE LA INDEPENDENCIA

La independencia del Virreinato del Río de la Plata comenzó en 1810. Si desde el


punto de vista social el proceso de secesión se vio favorecido por la inexistencia de
conflictos étnicos o de casta, no sucedió lo mismo en lo que se refiere a las tensiones
entre sus distintos ámbitos espaciales. El virreinato estaba organizado a partir de tres
grandes espacios: el litoral en torno a Buenos Aires, con una decidida vocación
comercial; las provincias del interior, Salta y Tucumán, cuya economía estaba vinculada
a la demanda de los circuitos mineros peruanos; y una zona de transición, con Córdoba
como principal enclave, donde dominaban las grandes haciendas. A estos grandes ejes
político-económicos se sobreponía una periferia compuesta por la Banda Oriental (el
futuro Uruguay), el futuro Paraguay y el Alto Perú. de esta diversidad derivó una
tendencia centrífuga, en la que subyacían intereses contrapuestos y que dio lugar a
conflictos en los que se enfrentaban a veces proteccionismo y librecambismo,
federalismo y centralismo. Así, el proceso de la independencia trajo consigo
enfrentamientos civiles e inestabilidad política.