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Foucault y los arquitectos.


Del panoptismo a las redes

Jean-Louis Violeau1
La emergencia de una generación de arquitectos sobre las cenizas de la antigua
Escuela de Bellas Artes coincide con el recurso, entre otros, al pensamiento de Michel
Foucault que aporta entonces su caución a una serie de trabajos fundadores de una
búsqueda arquitectónica naciente. Este movimiento se anuda en el corazón de un
juego complejo: con el Estado y contra el Estado, pero todo contra el Estado. Contra
el Estado, contra lo que él es como suma de limitantes, contras sus “feudalidades”
como se decía en el 68; pero también con el Estado por el sesgo del financiamiento de
la investigación contractual, y sobre todo con el Estado en el sentido en que esta
crítica preside profundas reformas de estructura que van a jalonar los decenios por
venir, que acompañan un vasto movimiento de liberalización y de descentralización.
Del panoptismo a las redes: ¿cómo no estar tentado por hacer este paralelo entre, por
una parte el paso de un Estado centralizado y planificador a un Estado descentralizado
cuyos procedimientos se han liberalizado, y por otra parte, el paso de estructuras de
vigilancia organizadas, materializadas en el espacio, colocadas bajo el signo del
constreñimiento físico, a estructuras de vigilancia fluidas e insidiosas, las de las
redes?

El espacio entre mecanismos disciplinarios y mecanismos reguladores


La geometría y los calificativos formales y estéticos puestos en escena por
Foucault indican claramente el juego móvil que tiene lugar en el texto del filósofo de
la arqueología del saber, entre un proceso de metaforización espacial y la
construcción de un aparataje conceptual. El deslizamiento permanente del uno en el
otro acompaña el desenvolvimiento de la trama discursiva. Y simétricamente,
algunos años más tarde, en las Máquinas para curar, el hospital que cuadricula el
espacio y se difunde en la ciudad, el hospital que evoca Bruno Fortier, organizado
como un “tablero donde cada individuo, cada enfermedad puede ser aislada y
seguida”2 remite a la noción de espacio disciplinario “que se divide en tantas parcelas
cuantos cuerpos o elementos haya para repartir”3. De una manera general es pues en
torno a la articulación fundamental entre los mecanismos disciplinarios sobre el
cuerpo y los mecanismo reguladores sobre la población donde se anuda el
pensamiento de Foucault a mediados del decenio de 1970.
El espacio –y no la arquitectura– y el territorio están en el corazón de esta
articulación. Por ejemplo, en Es necesario defender la Sociedad (su curso del
Colegio de Francia en 1976) para ilustrar esta articulación Foucault escoge la ciudad,
más precisamente “ese disposición espacial reflexionado, concentrado, constituido por
la ciudad-modelo, la ciudad artificial, esta ciudad utópica que no sólo fue soñada sino
constituida en el siglo XIX.”4. Entre utopía y distopía pues, y a través del recorte y la
visibilidad de los individuos, a través de la normalización de las conductas y esta
“suerte de control policial espontáneo que se ejerce por la disposición espacial misma

1
Laboratorio ACS, EA París-Malaquais, UMR CNRS 7543
2
Bruno Fortier. “el Campo y la Fortaleza invertida”, in M. Foucault y otros. Les Machines à guerir, p.
45.
3
Michel Foucault. Vigilar y Castigar.pdf p. 88.
4
Michel Foucault. Es preciso defender la sociedad.pdf p. 202.
146

de la ciudad”. Foucault le asigna a la ciudad obrera del siglo XIX esta articulación
“de alguna manera en la perpendicular de los mecanismos disciplinarios de control
sobre el cuerpo, por su cuadrícula, por el recorte mismo de la ciudad, por la
localización de las familias (cada una en una casa) y de los individuos (cada uno en
una pieza)”. Y frente a estos mecanismos disciplinarios, aparecen como en
contrapunto toda una serie de mecanismos reguladores: las conductas de ahorro, los
sistemas de seguridad enfermedad y vejez, las reglas de higiene que aseguran la
longevidad de la población, las presiones sobre la sexualidad y la procreación, la
escolaridad…

Todo contra el Estado


Si Foucault esboza así a grandes rasgos este fresco de la ciudad del siglo XIX,
es también porque acaba de lanzar un programa de investigaciones, que cruza sus
actividades militantes y que prolonga algunas intuiciones desarrolladas en su Historia
de la locura y en el Nacimiento de la clínica (la mirada clínica echada sobre la
ciudad), luego aclarada con Vigilar y Castigar. La posición que ocupa en el College
de France y en el seno del mundo intelectual le permite impulsar y coordinar los
trabajos de muchos jóvenes investigadores. Y para retomar los términos de Pierre
Bourdieu, salvo que cedamos al fetichismo, a reproducir la palabra del maestro y a
caer en un “foucaultismo no muy foucaultiano”5, hay que también comprender este
trabajo sobre el espacio, tratar de comprender su campo de producción y de recepción.
En los proyectos y los contratos que firman con el Estado los equipos de jóvenes
investigadores que trabajan bajo la tutela de Foucault (en el Colegio de Francia o en el
CERFI6) se reencuentran en efecto muy pronto los términos de una curiosa ecuación
que recorre numerosos universos culturales cuyos puntos de referencia se han hundido
con los cuestionamientos posteriores a mayor del 68: el Estado está simplemente
varado; descompuesto de ideas y de “innovación” (la palabra clave de la época).
Entonces tiene que recurrir a la “contestación” en el sentido amplio que ella da todos
los signos del dinamismo intelectual del que tanto carece.
No es pues un azar si, en el contrato de investigación sobre “la Historia de la
aparición de la noción de hábitat en el pensamiento y la práctica arquitectónica en los
siglos XVIII y XIX”, firmado en septiembre de 1975 con la Dirección de la
Arquitectura y el CORDA7, se precisa que una de las misiones consistirá en “tratar de
obtener del estudio de esas prácticas administrativas, las líneas de fuerza de una
estrategia global donde la noción de hábitat social tome poco a poco su sentido y su
especificidad”, y extraer de allí lecciones “para el análisis de las prácticas
administrativas actuales concernientes al hábitat social en Francia”. Lo que se busca
entonces cuestionar son precisamente “las modalidades de racionalización de la
producción de hábitat, de su control y de su normalización”8 tal y como ellas han sido

5
Pierre Bourdieu. “¿Qué es hacer hablar a un autor? A propósito de Michel Foucault” (1995).
Sociétés & Représentations, nº 3, CREDHESS, nov. 1996, p. 13.
6
Si Foucault acompañó los comienzos de la investigación arquitectónica, y sobre todo de la
investigación urbana francesa, el CERFI contó por así decirlo con él entre sus iniciadores, que
participan desde sus comienzos, desde fines de los años 1960, en muchas misiones de programación.
Posteriormente, François Fourquet, Lion Murard & Patrick Zylberman, pero también Anne Querrien e
Isaac Joseph prolongaron este trabajo en la exacta confluencia, sobre todo para los primeros, de los
aportes de Foucault y de Deleuze-Guattari.
7
Comité para la Investigación y Desarrollo en Arquitectura, representado aquí por un diplomado de la
Escuela Nacional de Administración, que simbólicamente estaba “encargado de la investigación y de la
innovación en arquitectura”.
8
Contrato de investigación, Centro Michel Foucault / IMEC, Archivos Foucault, FCL02.A04-02.
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progresivamente definidas a partir de la intervención creciente de la administración en


la organización urbana a partir de 1830, y en el curso del siglo XIX, en primer lugar
bajo la égida de la relación hábitat-salubridad, y de la elaboración progresiva de las
normas de salud.
Cada vez el Estado hace encargos. Así como contrata a los “vecinos” del
CERFI9. ¿Quién recupera a quién? En el fondo esta es la gran pregunta después de
mayo del 68, y ella atraviesa por supuesto el universo de la fabricación de las
ciudades, en la que finalmente el CERFI sólo intervendría en tanto que oficina de
estudios, ciertamente un poco más “moderno”, más “conectado”, pero … oficina de
estudios al fin y al cabo10. Esta cuestión frecuenta claramente los números de
Recherches, como ese número 13 titulado “los Equipamientos del poder” que se
dedica a la historia de las ciudades, de los territorios y de los “equipamientos
colectivos”11. Un número en el que en su presentación, interrogándose sobre sus
“condiciones libidinales” de su producción colectiva, François Fourquet y Lion
Murard se preguntan si ¿no habría “una inverosímil contradicción al pretender, por un
lado, experimentar una nueva manera de tratar los problemas de trabajo, de dinero, de
poder y de sexo en el seno de un grupo más o menos ‘militante’, y por el otro lado
mantener a ese grupo por medio del dinero ganado ejecutando contratos de
investigación por cuenta de un Estado cuyo poder afirmamos estar contestando”? 12
En hueco –como lo escriben los dos investigadores-militantes– de esta “escandalosa
hipocresía en la que se manejan ideas nuevas que se le venden al Estado”, se opera un
profundo proceso de modernización del que fueron parte importante toda una
generación de arquitectos.

Las ecuaciones del post-mayo


El pensamiento y las nociones desarrolladas por Michel Foucault seducen pues
a toda una generación de arquitectos intelectuales que se ha constituido en torno al 68
y sus consecuencias, en torno al militantismo, a los movimientos específicos y a las
luchas urbanas. De rebote, Foucault en los proyectos de investigación que dirige a
mediados de los años 1970, a partir de su cátedra en el Colegio de Francia, exige
explícitamente la presencia de arquitectos –y en lo posible constructores– en el seno

9
Por lo demás se encuentra, en el contrato de investigación del CERFI que estaba bajo la
responsabilidad científica de Michel Foucault, y que fue firmado en junio de 1973 con el Ministerio de
Disposición del Territorio, del Equipamiento, del Alojamiento y del Turismo, esa preocupación del
Estado que solicita a estos jóvenes investigadores que hagan el inventario de los proyectos de
equipamientos colectivos “innovadores”. Cfr. Proyecto de investigación. Centro Michel Foucault /
IMEC. Archivos Foucault, FCL2.A04-04.
10
Para proseguir este paralelo con el CERFI, un número de Recherches titulado “Arquitectura,
programación y psiquiatría” (nº 6 junio de 1967) da cuenta de sus colaboraciones con los arquitectos.
Algunos, como Americo Zublena (que acaba de comprar el hospital Georges Pompidou) o Jean-Claude
Petirdemange, trabajan entonces regularmente con el CERFI. Aquí se trata de un proyecto de hospital
psiquiátrico urbano de menos de 100 camas; se ha partido de la base de evitarle al Estado construir
hospitales psiquiátricos inútiles dada la evolución del modo de encargarse de los enfermos; el equipo
de CERFI preconiza una búsqueda colectiva sobre los programas de equipamiento y la inserción activa
de arquitectos en los equipos de programación.
11
François Fourquet y Lion Murard. Les équipements du pouvoir. París: 10/18, 1976 (Recherches, nº
13, 1973). Ver igualmente el balance que establece François Fourquet sobre la experiencia del CERFI,
en el momento de proceder a la titularización de los investigadores: “La acumulación del Poder, o el
deseo de Estado”. Recherches, nº 46, 1982.
12
Los Equipamientos del poder, p. 18.
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de los equipos de jóvenes investigadores13. A contrario, en el mismo momento, el


conduce con mucha soltura a los geógrafos de Herodoto que estaban seducidos por las
metáforas espaciales que empleaba el filósofo. Si esos geógrafos de Vincennes
buscaban renovar los marcos de pensamiento de una disciplina un tanto anticuada,
Foucault critica sin embargo su oportunismo por lo menos al comienzo de la
entrevista, y sobre todo les reprocha su alejamiento de las preocupaciones militantes
de la época14. Hay que decir también que la arquitectura –un poco a imagen de la
Justicia que se acerca al filósofo por la misma época 15– ha sido muy sensible al
basculamiento que se operó entonces en las referencias teóricas y culturales. Y
muchos jóvenes arquitectos estaban completamente dispuestos a compartir esta
concepción crítica de la arquitectura como normalización del espacio y del urbanismo
como técnica del dominio del campo de batalla de la guerra social, y proyección de la
división del trabajo sobre el territorio.
Jacques Donzelot explica el éxito de Vigilar y Castigar entre los “trabajadores
sociales” por la luz cruda que proyectó la obra sobre el descrédito mutuo al que había

13
Se encontrarán ahí Jean-Marie Alliaume (nacido en 1947), Blandine Barret-Kriegel (1943), Anne
Thalamy (1948) y François Béguin (1949). Con Bruno Fortier, un arquitecto-investigador que trabaja
entonces en el seno del Instituto del Entorno (IE), creado por Malraux al día siguiente del 68 sobre los
restos del Bauhaus de Ulm, los cuatro forman el núcleo duro del equipo. Barret-Kriegel y Béguin ya
habían participado en una investigación dirigida por Fortier sobre “el Espacio institucional de la
arquitectura entre 1750 y 1850” que había sido financiada por el CORDA y sostenido por el IE. Los
dos tenían, como Alliaume una maestría en historia de las ciencias y de las técnicas. Todos habían
asistido a Foucault en su preparación de Vigilar y Castigar, y trabajado en 1973-1074 en “la
Arquitectura de vigilancia en el seno de los edificios públicos (hospitales y presiones) de 1750 a 1830”
en el marco de la cátedra de Historia de los Sistemas de Pensamiento. Alliaume asistía regularmente a
Foucault en sus pesquisas en el College de France, y Barret-Kriegel había colaborado en Yo, Pierre
Riviére… (1973). Se asoció a esta investigación Bernard Mazerat, arquitecto DPLG. Igualmente se
asociaron en torno a este “núcleo duro” en la investigación entablada en el mismo momento sobre el
espacio parisino y los espacio verdes (“Influencia de las estrategias administrativas e higiénicas en la
historia de los espacio verdes de París”), arquitectos DESA (Henri Bonnemazou (1938), entonces
redactor de Crée) o DPLG (Alain-Olivier Demangeon (1943) que había participado, con Fortier,
Gustave Massiah y C. Colin en la redacción de un Estado del alojamiento en Francia, en 1972), una
socióloga (Catherine Gadjos (1944)) y un historiador de las ciencias (Philippe Riot (1949)). Fuente:
Michel Foucault / IMEC. Archivos Foucault. FCL2.A04-02 y A04-05.
14
Cfr. Michel Foucault. “Preguntas a Michel Foucault sobre la geografía” (Herodoto, nº 1, Enero-
marzo de 1970). Microfísica del poder. Madrid: la Piqueta, 1979. pp. 111-125. <
http://www.pensamientopenal.com.ar/system/files/2014/12/doctrina39453.pdf >
15
Un paralelo perturbador podría en efecto ser establecido con el mundo de los arquitectos; si un
Sindicato de la magistratura se crea en el seno de un universo en el que hasta entonces sólo las
asociaciones o los amistodos eran tolerados, los arquitectos abandonan entonces sus antiguas
estructuras de sociabilidad como el SADG (Sociedad de los Arquitectos Diplomados por el Gobierno)
y oponen a la Orden, la afiliación a un Sindicato de la arquitectura nacido en 1977 en el tropel del
movimiento de “marzo 76”, y de los Talleres públicos. Si entonces nacen revistas mensuales como
Justice, o revistas multi-profesionales de coloración “izquierdista y radical” como Actes (Cahier
d’action juridique), así mismo entre los arquitectos, antiguas revistas como l’Architecture
d’aujourd’hui o AMC, son reinventadas por herederos del 68 que modifican profundamente los centros
de interés y la tonalidad de sus periódicos. Si Maspero publica obras sobre los disfuncionamientos de
la Justicia, también publica en el surco de las luchas urbanas. Finalmente, si nuevas maneras de litigar,
especialmente por la búsqueda de una “politización”, se difunden en ese momento, se puede decir otro
tnto de los contra-proyectos de los jóvenes arquitectos del decenio 1970. Sobre la Justicia y el post-
mayo 68, ver Remi Lenoir, “Foucault y los medios judiciales en el momento de la redacción de Vigilar
y Castigar”, in Sociétés & Représentations, nº 3, pp. 125-129. Ver igualmente, del mismo autor,
“Vigilar y Castigar en los medios judiciales” (Seminario “Leer las ciencias sociales” a propósito del III
tomo de los Dichos y Escritos), in G. Mauger y L. Pinto (dir.), Lire les sciences sociales, vol. 3 (1994-
1996), París, 2000, pp. 147-163.
149

llegado la represión y la prevención en esos comienzos de los años 1970 16, y un poco
de la misma manera, Vigilar y Castigar confirmó lo que algunos arquitectos, entre los
más críticos, presentían ya; los que especialmente habían retomado desde 1966 el
insulto “¡Arquitecto!!” tomándolo de Beckett; la ciudad estaba ya enferma, enferma
de una arquitectura de vigilancia. La empresa del cuantitativo, la presión de las
oficinas de estudios y las trabas que ponía la industrialización de la construcción, iban
durante mucho tiempo a hacer de los arquitectos los mal-amados de la sociedad
francesa, culpables como eran de haber olvidado que ellos tenían que ver era con el
habitar, y no solamente alojar, hombres y no una población. Si el “efecto Foucault”,
y en primer lugar Vigilar y Castigar, ese “libro-bomba” nacido de las luchas y
destinado a retornar a ellas17, suscitó una cristalización de “odio de sí”, odio por su
“cuerpo” <de arquitectos> y de lo que representaban socialmente. Había ocurrido
entre algunos juristas y los “trabajadores sociales”, y no se estaba lejos de haber
suscitado más o menos el mismo efecto entre algunos arquitectos, que confirmaban
así las intuiciones de los antiguos contestatarios de la Escuela de Bellas Artes. Como
si finalmente, algunos arquitectos sólo hubieran amado a Foucault durante el tiempo
que no se amaron.
El hecho es que a partir de 1974 –como en numerosos universos culturales y
artísticos marcados por los temas del militantismo izquierdista– una generación de
arquitectos va a aprender a amarse otra vez. Y ese retorno a una nueva actividad
profesional, digna de interés y de inversión, va a coincidir simbólicamente con el
concurso que se propone a fines de 1974, luego de la destrucción de la prisión de la
Petite Roquette. En efecto, es allí cuando emerge esa generación que presentó sus
primero proyectos. En momentos en que se cristaliza en Francia el esbozo de una
consciencia patrimonial, esta destrucción es vivida por lo demás en la ambigüedad por
los que abandonan entonces el militantismo; esta prisión es claramente una
encrucijada de memoria, y en primer lugar de la memoria del encierro; pero ella es ya
considerada desde entonces como un edificio notable para toda una corriente que
milita ya activamente por el reconocimiento del patrimonio del siglo precedente que
comienza a sufrir destrucciones en cadena, y que no ha adquirido aún sus cartas de
“nobleza patrimonial”18. Entre los autores de los proyectos remarcados se encuentra
Roland Castro, Marina y Christian Devillers, Yves Lion, Edith Girard, Christian de
Portzamparc (cuyo proyecto trae en germen la operación¡-manifiesto de las Formas
Importantes y ese juego del lleno y el vacío que él prolongará hasta su teoría de la

16
Jacques Donzelot. “las Desgracias de la teoría. A propósito de Vigilar y Castigar”. Le Débat, nº 41
(“Michel Foucault”), sept.-nov. 1986, p. 57.
17
A propósito del GIP, ver Philippe Artiére. “la Sombra de los prisioneros en el techo. Las herencias
del GIP”, in L’infrequentable Michel Foucault. Renouveaux de la pensée critique (Didier Eribon, dir.)
Paris: EPEL, 2001, pp. 101-111. Sobre la relación entre Vigilar y Castigar y los trabajos anteriores, y
sobre la brecha teórica así introducida en la doxa izquierdista, ver Gérard Mauger, “un Mercader de
instrumentos políticos”, in Seminario “Leer las ciencias sociales” a propósito del IIº t, de D. & E., pp.
123-146.
18
En momentos en que acaba de tomar la dirección de la redacción de l’Architecture d’aujourd’hui,
Bernard Huet deplora en el nº 72 (abril-mayo de 1974) que nos aprestemos a destruir el primer
Panóptico francés. Una destrucción que sucede a la de les Halles, de Baltard, una destrucción “sin
ruido, en la indiferencia casi general, de una de las más bellas creaciones arquitectónicas del siglo
XIX”. Por lo demás él sugiere una reutilización del edificio preconizando para ello la demolición de
los muros externos, “rejas y otros signos carcelarios”, y una nueva distribución interior. Una
asociación de salvaguardia de la Petite Roquette se crea y encontramos allí a Michel Foucault, pero
también a Roland Barthes, Mona Ozouf, Henri Lefebvre, Michel Leiris & Pierre Emmanuel, y a sus
lados arquitectos (Georges Candilis, Paul Chemetov), historiadores-arquitectos (Anatole Kopp,
Manfredo Tafuri) e historiadores del arte (André Chastel, Jean-Pierre Babelon, Bruno Foucart).
150

“Edad III de la Ciudad” y su propuesta de 1996 para el plan de disposición del sector
de Tolviac-Masséna en la ZAC Sena-Ribera-Izquierda, en París). Algunos meses más
tarde, la séptima sesión del PAN distingue de nuevo a cuatro de estos arquitectos
(Castro, Lion, M. Cevillers y Portzamparc). Bernard Huet es miembro del jurado de
esta sesión. Sin duda que hubo, en la historia reciente de la arquitectura francesa, un
antes y un después de la Roquette. Y esta emergencia en la escena pública hace pasar
progresivamente a un segundo plano los operativos militantes que habían acompañado
los comienzos de las nuevas escuelas de arquitectura, y en primer lugar los de la UP 6,
el “Vincennes” de los arquitectos. Con el editorial del primer número de AMC
l’Autre Journal d’architecture (febr. de 1975), el efímero suplemento de Architecture-
Mouvement-Continuité que esta generación acaba precisamente de inventarse, pronto
uno se da cuenta que lo que va a contar de acá en adelante son las apuestas ligadas a
la construcción y al concurso, el nuevo modo establecido por el Estado. Si se escoge
en efecto consagrar ese primer suplemento a la Roquette, fue ciertamente porque ella
encarna “el símbolo de una centralidad, la de la justicia, que ha despachado hacia los
extramuros, y ahora hacia las ciudades nuevas, su imagen más fuerte de segregación,
los muros del encarcelamiento”; pero también porque ella ha estado ligada a un
“concurso-chimbo”, “con invitación de cinco arquitectos19 llamados de urgencia a
borrar ese nuevo estatus del centro”. En suma, han cambiado los tiempos, y se trata
mucho más de plantear en este número el asunto del procedimiento del concurso y de
los envites urbanos, que de la prisión20. El número 2 (sept. de 1970) de Tout! que
exhibía una leyenda diciendo “¡eso no ha cambiado tanto!!” bajo una foto del salón de
clase de la prisión de la Roquette… ha quedado bien atrás. Como lo subraya entonces
el equipo de Actuel, su primera aventura se clausura simbólicamente en 1975 en
momentos en que “los arquitectos maoistas dibujan proyectos para reemplazar la
prisión de la Roquette por fin arrasada”21.

El combate contra el movimiento moderno


Cuando a fines del decenio 1970, Bernard Huet y Christian Devillers trabajen
en la Creusot, se precisará la apuesta formal (e ideológica frente al Movimiento
moderno). Si se inspiran efectivamente en los trabajos de Foucault, van a ser
entonces las cuestiones más específicamente arquitectónicas las que van a imponerse
sobre el análisis del pensamiento racionalista que dictó la fabricación de dicha ciudad.
Si los dos arquitectos buscan en efecto verificar allí la existencia de una especialidad
específica de la sociedad industrial, ese trabajo se inscribe en el seno de un programa
más vasto de investigaciones sobre “los Orígenes del espacio arquitectónico
moderno” que moviliza a su equipo, el IERAU 22, desde 1973-1974. En efecto, se lo

19
Kalisz-Salem-François (laureado), Sémichon-Hennig-Pétel-Poisson (2º premio), Auger-Grands
Travaux de Marsella (3r. premio), M. y P. Novarina-J. J. Ory-Sandrier (4º premio), J. Belmont (5º
premio).
20
Es un poco el mismo tipo de cuestiones que emergen con el concurso lanzado, en 1976, en Rochefort
(ciudad de fundación que acoge uno de los hospitales marítimos militares que tanto le interesaban a
Foucault porque ellos se instalaban en el cruce de los circuitos del Poder). El concurso se lanza en el
marco del contrato “ciudad media” suscrito con el Estado (DAFU-DATAR), sobre el “retorno a la
ciudad”, y tiene que ver más precisamente con la juntura entre los jardines de la Cordelería real de
Vauban y la forma del edificio por reparar, dos territorios que tienen que ver con el antiguo Arsenal.
Ver a este respecto Patrice Noviant, “Rochefort, una escalera”, AMC, nº 39, 1976, pp. 88-94, y
“Rochefort”, AMC, nº 40, 1976, pp. 97-101.
21
L. Mercader, J.-F. bizot, M.-A. Burnier, P. Rambaud, J.-P. Lentin, Actuel vu par Actuel. Chronique
d’un journal et de ses lecteurs. 1970-1975. París: Dire / Stock 2, 1977, p. 235.
22
Institut d’Études et de Recherches Architecturales, UP8-París X.
151

hace en Le Creusot porque allí “no hay gran arquitectura y ninguno de los arquitectos
que construyeron en esa ciudad figura en la actualidad en la historia de la
Arquitectura”23. Entonces, será la máscara del eclecticismo arquitectónico la que se
convertirá en una solución de compromiso que responde a las luchas por el sentido del
espacio entre los habitantes y la “racionalidad productivista de los primeros
planificadores del Creuzot”. Y este terreno permite experimentar la pertinencia del
eclecticismo, que mientras tanto se ha vuelto una herramienta al servicio de las luchas
urbanas y la proposición formal sobre la que se apoya este retorno a la práctica. La
carátula de el otro AMC consagrado a la Roquette no deja ninguna duda a este
respecto: un peristilo adornado con estatuas antiguas recubre en ella la silueta icónica
de la prisión que desde entonces pasa a segundo plano.
Si abusivamente luego se reunieron estas nociones (pastiche, eclecticismo,
historicismo…) bajo la vaga etiqueta de “post-modernismo” (en la actualidad casi
unánimemente rechazada por los arquitectos franceses), no se puede negar que esta
fue al comienzo forjada por los arquitectos. Y si uno de los índices de la existencia –y
de la fuerza de atracción– de un campo social es la dificultad para un discurso de
escapar a las alternativas obligadas que se desprenden de las taxonomías, grandes
repartos y oposiciones que se imponen en un momento dado en su seno, entonces se
deberá decir claramente que el mundo de los arquitectos se afirma como un actor
completo del mundo de las ideas, en el recodo de los decenios 70-80, luego de una
quincena de años de reflexión, de debates y de construcciones experimentales. Y es
innegable que entre los arquitectos que leyeron y que se refirieron más o menos
explícitamente a Foucault, o que han trabajado directamente con él, existía la idea
subyacente de un combate frente a un Movimiento moderno descarriado, con una
relación compleja y ambigua con Le Corbusier como telón de fondo. Mientras que
hubiera podido haber tantas cosas que decir sobre Le Corbusier y su Modulor,
extrañamente, en la entrevista que le concede a Paul Rabinow en 1982 (una de las
escasísimas en las que Foucault realmente habló de los arquitectos), se encuentra
como en los arquitectos esa fascinación ambigua por una figura “a la que se describe
en la actualidad –con una cierta crueldad que yo encuentro perfectamente inútil–
como una especie de cripto-estalinista”; “lleno de buenas intenciones, lo que hizo
estaba de hecho destinado a producir efectos liberadores”… pero si numerosas de sus
proposiciones, formales y teóricas terminaron soldándose en fracasos, es también
porque “nunca le corresponde a la estructura de las cosas garantizar el ejercicio de la
libertad”24.
¿En qué medida esta inflexión en las afirmaciones de Foucault recorta las
sucesivas mutaciones de su obra general y de su pensamiento? Pues finalmente, este
combate contra un Movimiento moderno descarriado, se lo reencuentra
innegablemente en sus escritos del decenio precedente, esencialmente a través del
proceso de la racionalización. En fin, un “proceso” muy ambiguo (ni pensamiento de
la declinación o de la caída, ni pensamiento del progreso propiamente hablando); más
bien como si lo dicho mismo, la idea de conducir bien una historia contingente de la
razón y de sus bifurcaciones, con la voluntad de insertar una pregunta inquieta en este

23
Christian Devillers & Bernard Huet. Le Creusot. Naissance et développement d’une ville
industrielle, 1782-1914. París: Champ Vallon, 1981, p. 11.
24
Michel Foucault. “Espacio, saber y poder” “Space, Knowledge and Power” (“Espace, savoir et
pouvoir”; entrevista con P. Rabinow; trad. F. Durand-Bogaert), Skyline, marzo, 1982. pp. 16-20
[Michel Foucault. Dits et écrits. t. IV. París: Gallimard, 1994. pp. 270-285]. tr. por Luis Alfonso
Paláu C. Medellín, octubre 16 de 2008 y colocada a continuación como anexo 13, infra p. 156.
152

reino25. Una historia contingente en un momento en que –como lo explica ante las
objeciones de Maurice Agulhon luego de la mesa redonda sobre la Imposible prisión
en 1978– el racionalismo tiene ante todo “bastante esfuerzo le está costando reponerse
de los elogios que ha recibido de parte de los marxistas ortodoxos”. Pero si “el
respeto del racionalismo como ideal nunca debe llegar a constituir un chantaje para
impedir el análisis de las racionalidades realmente puestas en funcionamiento”, y si
“la racionalidad de lo abominable” es un hecho establecido, no por ello “lo irracional
adquiere unos derechos imprescriptibles”26.
Este combate contra las diferentes técnicas de aislamiento y de separación, y
más precisamente contra un Movimiento moderno descarriado, se la reencuentra en el
trabajo de doctorado de Robin Evans, entonces docente de la AA School de Londres,
sobre las “arquitecturas de vigilancia” (1976) en las prisiones inglesas entre Newgate
y Pentonville, y se lo reencuentra por supuesto en el trabajo realizado en común con
Bruno Fortier. En las Máquinas de curar, se lee en efecto en el texto de apertura de
Michel Foucault cómo entra el aire y la luz en el hospital, de repente expulsado del
corazón de la ciudad a nombre de una política que se nombrará comúnmente de
zoning en el siglo XX, y que es descrita acá bajo los rasgos de una “medicina del
espacio urbano”. Y en el texto de Fortier se reencuentra la constatación de una
ruptura con la convención –pieza presentada habitualmente en la época del dossier de
acusación del Movimiento moderno–, iniciada con los nuevos edificios públicos de
fines del siglo XVIII: “dilatación sistemática de los espacios y de los elementos de
proyecto (con los dibujos de Boullée, de Combes, o de Paris), trastrueque de las
convenciones tipológicas (a partir de la recopilación de Neufforgue, y por supuesto en
Ledoux)”27. Aparece desde entonces una nueva lógica de proyecto: “en lugar de los
carné de viaje, de la historia y de sus modelo, serán los cuestionarios, las tablas de
población y las tasas de mortalidad las que servirán de referentes para la concepción
de los nuevos hospitales” y “mucho más que su inserción en la ciudad”, será “la
medida de su incidencia en la salud y la vida” la que contará. Y hay más, y muy
claramente: “en una historia de la modernidad, el asunto del Hôtel Dieu podría muy
bien ser uno de los momentos en los que los proyectos de arquitectura no solamente
han sido concebidos en una simple relación con la historia, sino en función de un
doble imperativo de racionalización técnica y de eficacia disciplinaria, de economía y
de poder”28

La perspectiva del desclasamiento


Estas constataciones de negación de la Historia y de la primacía del factor

25
Ver a este respecto la entrevista con Gérard Raulet (“Estructuralismo y postestructuralismo” in
Obras esenciales III: Estética, Ética y Hermenéutica.pdf pp. 307-334) en donde Foucault reconoce la
proximidad de algunos aspectos de su trabajo con el de la Escuela de Francfort, reconociendo incluso
en esta ocasión que si hubiera podido leer sus teóricos mucho antes, “a tiempo” (p. 315), seguramente
que se habría ahorrado mucho trabajo.
26
Michel Foucault. “Postfacio” (respuesta al post-facio de Maurice Agulhon), in Michel Foucault. la
Imposible prisión. El polvo y la nube.pdf Barcelona: Anagrama, pp. 89 y 90. Ver igualmente a este
respecto la entrevista, quince años después, de Maurice Agulhon con Remi Lenoir (“la Imposible
comprensión”, Société et Représentations, nº 3, pp. 133-143) en la que el historiador sigue criticando
un cierto maniqueísmo de Foucault, y su propensión según él a generalizar abusivamente algunos
análisis que, por lo demás, “serían más percutientes para el siglo XX que para el XIX” (p. 137).
27
Bruno Fortier, “le Camp et la Forteresse inversée”, p. 48.
28
Ibid., p. 46.
153

cuantitativo sobre el cualitativo (en el fondo es el gran asunto posterior al 68)


coinciden con la crisis; crisis económica, pero también crisis en el sentido amplio.
Entre los arquitectos, estas constataciones invitan a un “retorno a” la Ciudad y a la
Historia. Y hay mucho más; a la hora en que el cuerpo de arquitectos está enfermo –y
es claramente por esta razón que lo cuestionan tanto–, en el momento en que sus
atributos vienen a ser profundamente cuestionados, tanto sus formas de existencia
social como el conjunto de textos, de reglamentos y de instancias que hasta aquí
regulan su vida; la emergencia en ese finales del siglo XVIII de la figura del
“experto” que se vuelve entonces el médico, resuena cruelmente, bajo el prisma de un
efecto-espejo, a los ojos de esta generación de arquitectos. Las propuestas de los
Ledoux, Peyre, Dewailly serán sucesivamente descartadas; los arquitectos “se niegan
a plegar sus proyectos a esos nuevos datos formales, e incapaces sobre todo de
imaginar la unidad de un espacio de ese tipo”. Los proyectos no serán aceptados por
la Academia de Ciencias sino al precio de un empobrecimiento evidente (“ninguna
referencia a lo urbano, ninguna articulación al espacio existente; el lenguaje de los
proyectos científicos es abstracto, esquemático, anónimo” 29), con una cuadrícula que
recuerda el del campo militar. Signo de un largo desclasamiento progresivo,
comenzado a fines del siglo XVIII, ya no es sobre la Academia de bellas artes en la
que se apoya el Estado para validar sus escogencias y el empleo de los fondos
públicos, sino sobre la Academia de ciencias. Este reemplazamiento está incluso muy
claramente descrito en el texto de apertura que escribe Michel Foucault cuando evoca
a ese médico “gran consejero” y “gran experto” que se apoya en las “diferentes
instancias de poder”, la constitución de ese “cuerpo profesional de médicos
calificados y como recomendados por el Estado”. Si Ledoux, en su utopía, rechazaba
también él la ciudad y las múltiples huellas con las que la historia la ha marcado, no
por ello la reducía a sus componentes económicos, sino que la subordinaba a la utopía
de una sociedad global cuyo regente iba a seguir siendo el arquitecto.
Con la “medicalización” del hospital, pero también con esa ruptura con la
tradición monumental, por la ornamentación pero también por la armonización de las
partes30, y a través de la alianza entre higienistas y arquitectos (los segundos
sometiéndose voluntariamente a los primeros), se confirma pues una pérdida de
competencia (y habrá otras hasta la que se juega ne la hora actual en torno a la
programación). Y tras esta figura del médico-experto que enfrenta el espacio urbano
como un objeto por medicalizar, se presenta la amenaza que hace entonces pesar –a
comienzos del decenio 1970– la experticia de los ingenieros sobre el trabajo de los
arquitectos reducidos a “tirar líneas”. Pues finalmente, hay que comprender bien que
si este encuentro con los pensadores de su tiempo ha tenido lugar, es claramente
porque una generación de arquitectos había decidido romper con sus formación de
origen y dejar caer la “máscara del poeta” que prevalecía hasta entonces. No era
gratuitamente que en 1975, en la Política del Espacio parisino a fines del Antiguo
régimen (CORDA), Fortier observaba que el arquitecto había sido progresivamente
conducido a desinteresarse, en el plano teórico, de los problemas de la ciudad y de los
grandes proyectos de disposición del territorio de los que fue excluido, para asumir la
condición del artista (y llevar por dos siglos la máscara de poeta).
Era cuestión pues, por medio de esta inversión entre artista e intelectual, de

29
Ibid., p. 48.
30
Esta ruptura con la convenientia (para retomar uno de los términos que emplea Michel Foucault para
evocar el paso del Renacimiento <en el original se dice equivocadamente “de l’Âge classique à”> al de
la representación), cfr. Michel Foucault. las Palabras y las Cosas. cap. II: “la Prosa del mundo”, pp.
26-28.
154

redefinir la profesión reevaluándola, de permanecer en la carrera pero recuperando el


retraso sufrido durante el sueño de la Escuela de Bellas Artes, y de reafirmar las
propiedades distintivas del arquitecto. Y fue claramente en torno a esta idea que se
anudó el encuentro con Foucault. Por lo demás, en la entrevista con Rabinow (1982),
aquel le reconoce fácilmente que son “los tratados consagrados a las técnicas de
gobierno”31 –y no los tratados de arquitectura– los que le han permitido comprender
la mutación urbana que se jugó en el siglo XVIII. El arquitecto ya no tiene ningún
poder. Es más, cuando el Estado comience a pensar su territorio sobre el modelo de la
ciudad, lo marginalizará aún más; con la creación de la Escuela de puentes y calzadas,
los que pensaban el espacio ya no eran los arquitectos sino los ingenieros. En
resumen, ellos no son ni los técnicos, ni los ingenieros de las tras grandes variables –
territorio, comunicación y velocidad– de esta mutación espacial y si algunos han
tomado consciencia de esta larga sucesión de pérdidas de competencia desde fines del
decenio de 1960, es Foucault el que, en medio de otros, se las voltea ante su rostro
algunos años más tarde echando así un luz cruda sobre su pasado.

El “postmodernismo” y el giro del decenio 1980


Y sin embargo, si los arquitectos se han inspirado entre otros de sus escritos y
de su pensamiento para forjar las categorías formales y teóricas de un movimiento
arquitectónico, Foucault –como muchos otros, como tantos otros– nunca se reconoció
explícitamente en las interpretaciones que le devolvían de retorno los arquitectos32. Si
el ahora famosísimo texto de su conferencia “Sobre los otros espacios” acompañaba la
presentación de la gran exposición-balance del IBA a Berlín en 198433, no deja de ser
cierto que el filósofo parecía haberse ya alejado. A este respecto, la entrevista con
Paul Rabinow es muy clara. Se publicó en 1982 cuando se preparaban en Francia dos
exposiciones-manifiesto, la de Paul Chemetov, la Modernidad un proyecto inacabado
–que se apoyaba especialmente en los escritos de Habermas– y la de Jean Nouvel, la
Modernidad o el espíritu del tiempo, que se apoyaba esta vez sobre Baudrillard y
Virilio, y más marginalmente sobre Lyotard34. Y si estas dos exposiciones se
mantienen simultáneamente es también porque se oponen, cada una a su manera, a
Presencia de la historia, el post-modernismo que había abierto en 1980 la Bienal de
Venecia, que por primera vez estuvo consagrada a la arquitectura. La línea de reparto
entre estas tres exposiciones pasaba tanto por la pregunta sobre la Modernidad (¿aún
inacabada? ¿o fracaso ya de la emancipación?) como por la relación con la Historia; la
postmodernidad arquitectónica tal y como la presentaba Venecia subrayaba un regreso
al eclecticismo y al historicismo, mientras que las otras dos exposiciones tenían en
común el rechazo del historicismo y la voluntad de criticar el proyecto moderno, la
una queriendo preparar su reconstrucción, mientras que la otra buscaba renovar su
gesto.

31
Entrevista citada, infra apéndice 13, p. 155.
32
Ver a este respecto la contribución de Serge Toubiana que evoca la búsqueda de recursos teóricos
que había emprendido les Cahiers du cinéma en 1974, luego de su “periodo-mao”, y la relativa
decepción que resultó del “encuentro” con Foucault. Encuentro que fue finalmente mucho más
fructífero (un poco por lo demás como con los arquitectos) con Deleuze.
33
La International Bauhausstellung fue una de las referencias más importantes, y finalmente el gran
asunto internacional de dicha generación, haciendo que trabajaran en ella todas sus estrellas nacientes,
de Aldo Rossi a Rob Krier, sobre la cuestión de la forma urbana, de la reconstrucción de una hipotética
“ciudad europea”, permitiéndole a muchos poner en acción las reflexiones de una escuela que se llamó
un tiempo en Francia arquitectura urbana.
34
La primera en el marco del Salón de Otoño (catálogo publicado en las ed. del Moniteur), la otra en el
de la Bienal de París (catálogo publicado en ed. la Equerre).
155

¿Se ha de ver entonces en la dificultad de hablar de otra cosa que de sí mismo


la principal razón de la suma marginalización bastante rápida del “postmodernismo”
en arquitectura, luego de sus bodas fastuosas de 1980? Como si Venecia hubiera
anunciado el fracaso programado de esta corriente condenada a permanecer como un
juego formal y una filología para iniciados, en resumen para arquitectos. No es
anodino que las exposiciones de Chemetov y Nouvel se hayan inscrito en el corazón
de una controversia intelectual más amplia, mientras que la Bienal de 1980 tuvo
dificultades en encontrar sus referencias por fuera de los límites del mundo de los
solos arquitectos. Y Foucault no sería uno de esos aliados con los que esa corriente
hubiera podido contar35, puesto que él se inscribe resueltamente, desde el año
siguiente, desde 1982, contra la idea del “retorno” y contra esa “peligrosa tendencia a
invocar un pasado completamente mítico” 36. Incluso si él se reconoce “mucho más
historicista y nietzscheano” que Habermas, Foucault busca más bien protegerse del
tema del retorno y del historicismo (o al menos el que se limita e invocar el pasado
para resolver los problemas del presente), precisamente por la historia, subrayando
que al hacer una historia de la locura y un estudio de la prisión, “sabía muy bien —y
de hecho esto es lo que ha exasperado a mucha gente— que conducía un análisis
histórico que hacía posible una crítica del presente, pero que no permitía decir:
37
“Regresemos a esa maravillosa época del siglo XVIII, cuando los locos…” ” . Y
cuando Foucault remarca para terminar que “ un buen estudio de la arquitectura
campesina en Europa, por ejemplo, mostraría hasta qué punto es absurdo querer
38
volver a las pequeñas casas individuales con sus techos de paja ” , rompe
definitivamente con toda una corriente que había pretendido “reconstruir la ciudad
europea”, reencontrar las habilidades perdidas y la utilización del ladrillo (incluso allí
donde nunca había existido), que llevan a algunos incluso, como Maurice Culot &
León Krier a magnificar las corporaciones de la Edad Media. Después de todo, y a la
vista de lo que Foucault dice de la razón, de la modernidad y del hisoricismo en 1982-
198339, se estaría tentado a decir que es de Nouvel ¡del que está finalmente más
cercano! Un Jean Nouvel que, dos años más tarde, en una larga entrevista que abre un
número especial de la Arquitectura hoy que le estaba consagrado, se reclamaba de
Michel Foucault, a veces al precio de préstamos “salvajes”.
“Lo esencial que hay que decir, que hay que probar, se sitúa en las zonas de
discontinuidad. Nuestro saber está a menudo mal conectado o inconectable. Las
palabras ocultan las cosas. En arquitectura como en otras partes. Me esfuerzo por
ser, en el sentido de Foucault, un arqueólogo de la arquitectura” (J. Nouvel.
“Fragmentos en diferido”, entr. con Patrice Goulet, l’Architecture d’aujourd’hui, nº
231, febr. De 1984, p. 11).

35
Bernard Huet estaba expuesto en Venecia. Pero igualmente Christian de Portzamparc, Fernando
Montes o Antoine Grumbach.
36
Michel Foucault, “Espacio, saber y poder”, infra p. 161. Con este rechazo, Foucault se resiste en
esta entrevista a los esfuerzos de su interlocutor que busca sumarlo a esta tendencia.
37
Ibid., infra, p. 162.
38
Ibid., infra, p. 163.
39
Cuando Gérard Raulet lo interroga sobre la post-modernidad (“Estructuralismo y
postestructuralismo” in Obras esenciales III: Estética, Ética y Hermenéutica.pdf pp. 307-334), luego
de haber confesado irónicamente “no estar al tanto”, Foucault reconoce descubrir múltiples
transformaciones de las formas de racionalidad, pero no ve por qué hacer coincidir esas
transformaciones con un hundimiento de la razón: “se crean otras formas de racionalidad, se crean
constantemente; por tanto, no encierra ningún sentido la proposición según la cual la razón es un largo
relato que acaba ahora con otro relato que comienza” (p. 324). Ver igualmente a este respecto Michel
Foucault, “Un curso inédito: ¿Qué es la Ilustración? de Kant", tr. Naranjo & Paláu, Rev. Sociología 8-
9. Medellín: Univ. Autónoma Latinoamericana, 1985.
156

Lo que hace que los acercamientos sean siempre inestables, las fronteras de los
campos móviles, nunca ahí por donde se las espera, y las incomprensiones a veces
definitivas.

Las heterotopías o las incomprensiones mutuas


Este recurso a Foucault, fundado o no, elaborado o no, en efecto no deja de
sufrir incomprensiones mutuas, a veces bastante fuertes (como por lo demás fue a
menudo el caso con otros medios). Por ejemplo aquella otra antología Il dispositivo
Foucault (Massimo Cacciari, Franco Rella, Manfredo Tafuri, Georges Teyssot),
producto de un seminario del Departamento de Historia de la Arquitectura de
Venecia, y que apareció en 1977 (CLUVA Librería Editrice, Venecia), que pretendía
fundar una nueva comprensión del espacio a partir de la crítica foucaultiana de los
mecanismos de poder y de su especialización, y que le hizo decir al filósofo una vez
leída la obra, que él se sentía en la piel de Althusser disecado por trotskistas 40.
Georges Teyssot –que recuerda actualmente haber sido el único realmente “favorable”
a Foucault41– ha regresado recientemente sobre las razones de ese conflicto de
interpretación. Tafuri había transformado las heterotopías en contra-utopías,
atrayéndolas como lector de Adorno hacia la utopía negativa que él aplicaba entonces
a los trabajos de Piranèse, tipo ideal de la obra imposible y del destino trágico. Y
luego, en hueco, se implantaba allí una divergencia política más profunda ligada a la
relación con el Partido Comunista:
The title (Il dispositivo Foucault) was shrewd since Foucault had wanted to expose
silent, non-discursive devices in modern society, such as the hospital, the prison, the
asylum, the school, etc. My essay, “Heterotopias and the History of Spaces”,
inscribed Foucault’s invention of the heterotopias within a problematics of space.
The others traed to open Foucault’s device like a can, but I felt that they didn’t
succeed. Being from the PCI, they feared Foucault and Deleuze for political reasons.
There was something in the work of Foucault, and in his followers, including Bruno
Fortier, Jacques Donzelot, Lion Murard, and Patrick Zylberman, that was totally
foreign to what they were looping for, especially this undoing of the notion of
ideology. Foucault was pushing the analysis toward a new comprehension of spaces,
the exploration of the notion of tresholds, of the boundaries between gender, race,
age, etc., that weren’t taken into considerations by Tafuri’s Group, of course. This
became the doxa of the 1980s, but in the 1970s it was new (Georges Teyssot & Paul
Henninger, “One Portrait of Tafuri”, in “Being Manfredo Tafuri”, Any, nº 25-26, New
York, 2000, p. 13)42.

40
Cfr. D. Defert, “Foucault, l’espace et les architectes”, in Catherine David & Jean-François Chevrier,
eds. Documenta X – The Book: Politics, Poetics. Cantz Verlag, 1997, p. 280. Para un trabajo reciente
de reinterpretación y de reapropiación que podría ser igualmente tema de controversia, ver la obra
colectiva Roland Ritter & Bernd Knaller-Vay. Other Spaces, The Affair of the Heterotopia. HDA
Dokumente sur Architektur 10, Graz, abril de 1998.
41
Ver la reedición inglesa de su texto que se había vuelto raro, in K. Michael Hays (ed.) Architecture /
Theory since 1968, Cambridge Mass.: MIT Press, 1998, pp. 298-305.
42
El título (Il dispositivo Foucault) fue astuto desde que Foucault quiso exponer dispositivos
silenciosos y no discursivos de la sociedad moderna, como el hospital, la prisión, el asilo, la escuela,
etc. Mi ensayo, "Heterotopias e historia de los espacios" , inscribió la invención de las heterotopías de
Foucault dentro de una problemática del espacio. Los otros trataron de abrir el dispositivo de Foucault
como una lata, pero sentí que no tuvieron éxito. Siendo del PCI, temían a Foucault y Deleuze por
razones políticas. Hubo algo en la obra de Foucault, y en sus seguidores, incluidos Bruno Fortier,
Jacques Donzelot, Lion Murard y Patrick Zylberman, que era totalmente ajeno a lo que buscaban,
especialmente esta anulación de la noción de ideología. Foucault empujaba el análisis hasta una nueva
comprensión de los espacios, la exploración de la noción de umbrales, de los límites entre género, raza,
157

Más allá de esta incomprensión mutua, uno de los grandes malentendidos


consistió en general para los arquitectos, en querer hacer de una genealogía un
instrumento operativo en el trabajo de proyecto. Mientras que Foucault parte del
sujetamiento y del control de los cuerpos ejercido por la mecánica –la “maquínica”–
del poder, la de las limitaciones ejercidas, por ejemplo, por los aparatos
reglamentarios y los códigos judiciales, los arquitectos parecen, a contrapelo, persistir
en trabajar sobre los constreñimientos espaciales y buscar inscribirlos físicamente,
fieles en esto a su vocación. Es por ejemplo lo que se puede ver muy claramente a
través de algunos proyectos (los de Antoine Grumbach, con su colinita romántica y su
kiosco de música inspirado en los de Buttes-Chaumont; o los de Roland Castro)
presentados en 1975 en L’Architecture d’aujoud’hui y en AMC para el concurso de
reorganización de la Plaza de armas de la Roche-sur-Yon, la antigua Napoléon-
Vendée, otro momento importante (con la Roquette o Rochefort) en la eclosión de
esta generación. Y esto, a pesar de las múltiples advertencias de Foucault que repetía
que no existía arquitectura “liberadora” por sí misma, que el poder no era una
sustancia aislable y que sólo puede ser pensado relacionalmente.
De hecho, tenemos que terminar confesando que Foucault muy rara vez habló
de arquitectura en sentido propio. Por ejemplo nunca escribió sobre un arquitecto en
particular, como ha podido trabajar o escribir sobre Manet, Magritte o Velázquez, o
sobre Rymond Roussel, Robbe-Grillet o los escritores de Tel Quel. En la relación que
mantuvo Foucault con la arquitectura, no hubo “política del corpus”, como si pudo
haber una a propósito de la literatura con Sade, Artaud, Blanchot, Bataille, Roussel.
Por lo demás, como lo ha dicho él mismo, no eran los muros los que le interesaban,
sino sus condiciones de emergencia en tanto que formas. Y los arquitectos
frecuentemente le han hecho decir a Foucault muchas más cosas de las que él nunca
dijo sobre la arquitectura. En primer lugar, algunos teóricos del mundo de la
arquitectura que, como muchos otros campos del saber y de las artes, marcados por el
estructuralismo, pero decepcionados y huérfanos luego del abandono de un proyecto
epistemológico, han buscado en las Palabras y las Cosas y la Arqueología del saber
lo que él hubiera dicho si hubiera verdaderamente hablado de arquitectura. Es por
ejemplo el proyecto de Françoise Choay que busca, en la Regla y el Modelo, aislar y
comprender a través de el De re aedificatoria y la Utopia, tomadas las dos como
paradigmas inaugurales, el uno del tratado de arquitectura, el otro de la utopía, y
reunidos los dos bajo una “arqueología de la teoría de la edificación”, “figuras
discursivas cuyo valor semántico reside precisamente en su resistencia a la acción del
tiempo”43. Es también el proyecto de arquitecturología de Philippe Boudon que se
inspira mucho en una lectura de las Palabras y las Cosas. Una lectura que valoriza
excesivamente la idea del “sistema”, por su “rigor” y su completitud. Una lectura en
la que muy rápido todo ocurre como si arquitectura y estructura fueran idénticas,
izquierdizando la epistemología de Foucault para privilegiar la “forma” de la teoría
como criterio de teoría en detrimento de su contenido. En resumen, un bello objeto

edad, etc., que por supuesto no fueron tomados en consideración por el Grupo de Tafuri. Esto se
convirtió en la doxa de la década de 1980, pero en la década de 1970 era algo nuevo (Georges Teyssot
& Paul Henninger, "One Portrait of Tafuri", en "Being Manfredo Tafuri", Any, nº 25-26, Nueva York,
2000, p. 13).
43
Cfr. Françoise Choay. La Régle et le modèle. Sur la théorie de l’architecture et de l’urbanisme.
París: Seuil, 1980, pp. 21-22. Su proyecto se inscribe por lo demás muy claramente en una perspectiva
foucaultiana: “cavando bajo los estratos de las palabras y de los tiempos, he querido sacar a flote las
grandes formas discursivas que defienden los unos y los otros y que (…) aportan materia a una
reflexión sobre la identidad cultural de Occidente, y pueden contribuir a la constitución de una
antropología general” (p. 22).
158

flotante que Christian Girard, en su trabajo sobre la Arquitectura y los conceptos


nómadas, resume en un quiasma: “la arquitectura del saber” del lado de Foucault, y
“el saber de la arquitectura” del otro lado, al precio de una fascinación que parece
ejercer el espacio (como proceso de escritura y de pensamiento, y al mismo tiempo
objeto de análisis) sobre el filósofo y que tendría por pareja la ejercida por el
pensamiento del sistema en el arquitecto44.
Dicho esto, “la obsesión espacial” que le confesaba a los geógrafos de
Herodoto es cuando menos engañosa; a fuerza de metáforas espaciales Foucault
logrará con ello casi efectivamente abrazar las motivaciones del arquitecto. En todo
caso lo sugiere, y sus escritos sobre el panóptico podrían ilustrar la intensidad de ese
deseo de espacialización. Y lo mismo, si él no busca producir una teoría general del
espacio (la fortuna del término dispositivo es engañosa a este respecto), al estar las
metáforas simplemente ligadas según él, al contenido de los escritos que había
estudiado. En la entrevista con Paul Rabinow, Foucault concede que apenas si ha
propuesto muy vagos análisis de la arquitectura, rehusándose a concederle un rol que
vaya más allá del soporte de la localización de los individuos en el espacio y de la
canalización de sus flujos45. Si introduce un cierto número de efectos específicos, ella
se inscribe ante todo en un campo de relaciones sociales. Sin duda no es un azar si
Vigilar y Castigar nunca llevó el título que le estaba inicialmente destinado (“la
Arquitectura de vigilancia”), y es verdad que la obra se dedica a las prácticas de
aprisionamiento mucho más que a los espacios propiamente dichos. El panóptico de
Bentham no le interesa verdaderamente por su arquitectura sino más bien como una
figura que daría cuenta de una técnica de poder. Y de alguna manera la figura ideal
de encierro de los individuos en instituciones, el huevo de Colón en el orden de la
política; sabiendo que el sueño de Bentham, el “Fourier de una sociedad policial” para
Foucault, “es el sueño paranoico de nuestra sociedad, la verdad paranoica de nuestra
sociedad”46, el sueño de un Poder que ya no se identificaría con un individuo sino que
se volvería una maquinaria de la que ya nadie es titular. No hay que olvidar tampoco
que antes de ser el padre del panóptico, Bentham es el del utilitarismo; lo que él busca
no es una “arquitectura” propiamente hablando, sino más bien un instrumento
espacial, “una simple idea de arquitectura” 47 como lo dice él mismo, sin contenido ni
destinación particular. Y el panóptico se vuelve esa forma vacía, pero dotada de una
potencia excepcional; una forma espacial que designa una ausencia y un proyecto
abstracto caracterizado por su capacidad para obtener el poder, un poder del espíritu
sobre el espíritu.
Las metáforas espaciales –por ejemplo la “geo-política” imaginaria de la
ciudad carcelaria– no le interesan a Foucault sino en la medida en que permiten captar
precisamente los puntos por los cuales los discursos se transforman en, a través y a
partir de las relaciones de poder. La descripción espacializadora de los hechos de
discurso se abre ante todo al análisis de los efectos de poder que le están ligados. Si
la arquitectura le interesa simplemente como una malla de las tecnologías y
estrategias de disciplina, así mismo el espacio le interesa esencialmente en su relación
con la disciplina, a través de la individualización, a imagen de los espacios de vida

44
Christian Girard. Architecture et Concepts nomades. Traité d’indiscipline. Bruselas–Lieja:
Mardaga, 1986, pp. 71-72.
45
Especialmente cuando describe la arquitectura bajo los rasgos de una technê (entrevista con P.
Rabinow).
46
Michel Foucault. “Diálogo sobre el poder” (Los Ángeles, 1978) <anexo 14, aquí infra. Paláu>
47
Cfr. Jeremie Bentham. Panóptico. Memoria sobre un nuevo principio para construir casas de
inspecciones, y nominalmente casas de fuerza. París: Rey & Gravier, 1791.
159

creados para las piezas de enfermos donde la distribución solo se encara bajo la
perspectiva de sus consecuencias terapéuticas. La arquitectura hospitalaria sólo le
interesa porque ella se “medicaliza” a fines del siglo XVIII y se vuelve entonces un
instrumentos de cura y un medio de intervención sobre el enfermo (y de hecho, el
hospital sólo le interesa a fin de cuentas porque el arquitecto se borra de su
concepción). O también: por supuesto que el espacio le interesa, pero con respecto a
las cuestiones de localización, con un interés marcado por el mapa, el doblamiento y
el territorio. A través por ejemplo de lo que se volverá para él la cuestión de la
“gubernamentalidad”, descubierta en el siglo XVIII, en momentos en que el territorio
(de tipo fronterizo y ya no feudal) no hace sino volverse una componente de un
Estado que se define ante todo por una masa… de población; reencuentra acá
Foucault su cuestionamiento sobre el hospital a través del nacimiento de una
“biopolítica”48 (aquella, finalmente, de los primeros “barrios vulnerables”).
Finalmente, con el espacio de los “campos” y de las fortalezas, y con el espacio de las
ciudades, Foucault ha hablado mucho de la policía, de los militares y de los médicos
como administradores del espacio colectivo, pero bien poquito de los arquitectos
(precisamente porque ellos se borraban en ese momento).

Difusión – dispersión y localización – extensión – emplazamiento.


Actualidad de Foucault
Hoy, el “giro urbano” se ha dado; un modo de composición urbano (la calle,
las manzanas, el respeto de las continuidades) fue sustituido por otro (el espacio
abierto, el estallidos de la armazón urbana, en suma: las torres y las barras), y el
aporte de Foucault se modificó. Si se trata siempre de analizar un proceso de
fabricación de la ciudad, si es aún de la ciudad sin arquitecto ni urbanista de lo que se
trata hoy, no por ello podemos decir que sean los corazones históricos de las ciudades,
ni las huellas de una sedimentación, lo que esté en el centro de los cuestionamientos
actuales; sino más bien la ciudad ultra-contemporánea, la de los márgenes y la de los
barbechos, la de las zonas comerciales y en pabellones, en suma: la ciudad que se
difunde y se expone, la ciudad centrífuga. Esta por ejemplo que recorren a grandes
zancadas los jóvenes italianos del grupo Stalker, buscando en esos “desvanes de la
ciudad”, lugares de la memoria y del desperdicio, de los espacios que se han quedado
al margen de los “programas” convencionales (todos los esquemas de dominación del
territorio y de su devenir, del POT al “proyecto urbano”). Una ciudad “que nuestra
civilización se habría construido espontáneamente para auto-representarse,
independientemente de las teorías de los arquitectos y de los urbanistas, con espacios
nacidos y desarrollados por fuera y quizás contra el proyecto moderno que se muestra

48
Cfr. Michel Foucault, “la Gubernamentalidad” (Aut-Aut, 1978), Curso en el Colegio de Francia en
1978, Seguridad, territorio y población, 4ª lección. Entre los arquitectos, luego de las Máquinas de
curar, Bruno Fortier trabajará, en la filiación de Foucault, sobre el mapa y el territorio, y sobre las
ciudades de fundación como Chaux, Cherbourg Versoix o Le Creusot. Ver por ejemplo su artículo
(con Bruno Vayssière), “la Arquitectura de las ciudades. Espacio, mapas y territorios”, publicado en
URBI (nº III, marzo de 1980, pp. LIII-LXII), la efímera revista fundada en 1979 por Murard &
Zylberman, en continuidad con las investigaciones que habían llevado a cabo en el CERFI. Ver
igualmente la obra escrita con Alain Demangeon sobre esos “laboratorios” del urbanismo moderno que
fueron, mucho antes de las transformaciones de mediados del siglo XIX, mucho antes de Haussmann y
Cerdá, los puertos, las fundaciones industriales, y las ciudades administrativas, y los arsenales
imaginados entre la Revolución y el Imperio sobre todo el litoral europeo, a la vez puertos y lugares de
producción, ciudades militares y ciudades de Estado. Cfr. les Vaisseaux et les Villes. Bruselas-Lieja:
Mardaga, 1978.
160

en efecto incapaz de reconocerle sus valores y por consiguiente de acceder a ellos” 49.
Y en Stalker –como en otros– es siempre Foucault el que por una parte ayuda a pensar
esta disolución de la ciudad. Pero es más, siempre es aquella conferencia, Sobre otros
espacios, pronunciada ante algunos arquitectos en 1967, la que alimenta la reflexión.
Un poco como de la misma manera que “¿qué es un autor?” para la literatura (y el
comienzo de las Palabras y las Cosas) focalizó la atención de la crítica literaria,
olvidando la andadura de pensamiento de Michel Foucault 50, y reduciendo para ello a
este último a la idea de muerte del autor… así mismo los arquitectos se han focalizado
frecuentemente en torno a “Sobre otros espacios” (y en el comienzo de las Palabras y
las Cosas) olvidando el resto de la obra de Foucault y reduciéndola a las
“heterotopías”51 (a menudo confundidas con las distopías).
De los “otros” espacios donde la diferencia está en función de la localización y
de la distribución del poder, se tiene del todo al vano de una tensión terminológica
entre difusión y dispersión, según que se los califique positiva o negativamente. Y
efectivamente acá se trata con toda claridad de la propiedad de centralidad de un lugar
que asigna un rango jerárquico a todos los otros; de un lugar que de hecho extiende su
poder. Es este sistema relacional y esta primacía del lugar central la que pone en
aprietos la dispersión espacial de la ciudad, reforzada aún en los espíritus por las
metáforas contemporáneas de la tela y del sistema interconectado. Y es Foucault el
que, reflexionando en esta evolución entre localización-extensión-emplazamiento,
hace remontar esta transformación al Renacimiento, con la constitución de un espacio
infinito e infinitamente abierto, donde se disuelve el lugar cerrado medieval:
el verdadero escándalo de la obra de Galileo no es tanto el haber descubierto, o más
bien haber redescubierto que la Tierra giraba alrededor del Sol, sino el haber
constituido un espacio infinito, e infinitamente abierto; de tal forma que el lugar de
una cosa no era más que un punto en su movimiento, así como el reposo de una cosa
no era más que su movimiento indefinidamente desacelerado. Dicho de otra manera, a
partir de Galileo, a partir del siglo XVII, la extensión sustituye a la localización. En
nuestros días, el emplazamiento sustituye a la extensión que por su cuenta ya había
reemplazado a la localización. El emplazamiento se define por las relaciones de
proximidad entre puntos o elementos; formalmente, se las puede describir como
series, árboles, enrejados (…) Estamos en una época en que el espacio se nos da bajo
la forma de relaciones de emplazamientos52.

49
Cfr. Stalker. A través de los territorios actuales, Roma 5, 6, 7 y 8 de octubre de 1995. Jean-Michel
Place (ed.). París: s. e., 2000.
50
Ver a este respecto la comunicación de Nathalie Pigeay-Gros <aquí mismo supra, pp. 64 ss.>
51
Dicho esto, es necesario también reconocer que es quizás su carácter vago y móvil (ver las
diferencias en la explicitación de la noción de “heterotopía” entre el “Prefacio” de las Palabras y las
Cosas… y la conferencia de 1967, y las variaciones en las listas de ejemplos de esas heterotopías) que,
por una parte, han confortado la posteridad contradictoria de ese texto entre los arquitectos, puesto que
cada uno ha encontrado un poco lo que él mismo ha venido a buscar. Para una crítica de esta noción de
“heterotopía”, y especialmente por su “olvido” de los espacios de la vida cotidiana explorados por
Henri Lefebvre & Michel de Certeau, ver Mary Mc Leod, “ ‘Other’ Spaces and ‘Others’ ” in Diana
Agrest, Patricia Conway, Leslie Kanes Weisman (eds.). The Sex of Architecture. New York: Harry N.
Abrams, 1996, pp. 15-28.
52
Michel Foucault. “Des espaces autres” (conferencia en el Círculo de estudios arquitectónicos,
14/03/1967. Architecture-Mouvement-Continuité, nº 5, octubre de 1984, pp. 46-47) <
http://yoochel.org/wp-content/uploads/2011/03/foucalt_de-los-espacios-otros.pdf pp. 1 & 2>.
Extractos de esta conferencia fueron inicialmente publicados en la revista italiana L’Architettura (nº
150, 1968). A propósito del contexto de esta conferencia, y para un examen minucioso del destino de
este texto en particular, ver Daniel Defert, op. cit., pp. 274 a 277. Cfr. también los comentarios de
Vittorio Gregotti a propósito de esta conferencia: “Posizione, Relazione”, Questioni di architettura,
Turín: Einaudi, 1986, pp. 141-142. La conferencia fue por lo demás nuevamente traducida al italiano
161

Redes y flujos son los términos de la hermenéutica de un nuevo espacio,


espacial y social, cuya apuesta ya no es el equilibrio sino la dinámica y la
inestabilidad de la posición del hombre en el espacio. La red multi-nodal sustituye lo
radio-concéntrico, como figura organizadora. Volviendo a colocar la disposición del
espacio en el seno de una historia más vasta de las ideas, y de una cadena de
evolución secular, Foucault recuerda –en el momento en que introduce el pensamiento
relacional y la interdependencia en el análisis de las obras– que el uso de estos
términos no comienza con la cuestión urbana. Subrayando la relevancia del giro
intelectual del siglo XVII, Koyré había remarcado ya por lo demás que el
pensamiento científico moderno “implica –o presupone– no solamente la ruptura del
marco finito del universo aristotélico, sino también la destrucción del cosmos, la
infinitización del universo, la geometrización del espacio”53.
Con el “pensamiento científico moderno”, con dispositivos como la red y
nociones analíticas como el flujo, se rompe con las certidumbres escolásticas, con la
unicidad de un mundo cuyas propiedades físicas eran como réplicas de las
propiedades de un “poder celeste”. Un mundo donde todo se sostenía y por así
decirlo caía junto, obligando a toda construcción y a toda configuración humana a
seguir los mismos principios. Un mundo donde la similitud estructural de la obra
arquitectónica y del territorio dispuesto con la construcción del cosmos, garantizaba la
validez de la obra humana. Con la constitución de este espacio infinito, la difusión
tradicional del poder divino, ese poder cuyo centro estaba por todas partes y cuya
circunferencia en ninguna, se transforma en dispersión. Y es con esta mutación
espacial por donde se converge hacia la cuestión contemporánea de las redes. Por
supuesto, redes de la información y de la comunicación, pero también “redes” gráficas
como otras tantas modelizaciones de fenómenos sociales, hasta la organización del
espacio social y su articulación con el poder; el “fenómeno red” es a la vez un
fenómeno morfológico profundo, y el rasgo distintivo de un sistema más vasto 54.
Por supuesto que se piensa desde entonces en los diagramas y en la reflexión
sobre la densidad que es actualmente conducida en los Países Bajos por toda una
generación de arquitectos que caminan tras las huellas de su hermano mayor Rem
Koolhaas. Por lo demás se espera la publicación de Seguridad, territorio y población
puesto que ese año de curso en el Colegio de Francia55 permitiría probablemente
aclarar con una luz diferente la atracción de esos jóvenes arquitectos por las

el mismo año abriendo un número especial de la revista milanesa Lotus International… con un
editorial de Pîerluigi Nicolin sobre los “monumentos anónimos” que constituyen la ciudad. En 1984, la
conferencia fue traducida al alemán con ocasión de la exposición “Idea, Process, Result” organizada
por el IBA en Berlín. Finalmente, en 1986, la conferencia es traducida esta vez en los EE. UU. y
publicada en la revista de la Universidad de Cornell, Diacritics (enero 16 de 1986).
53
Alexandre Koyré. “el Vacío y el Espacio Infinito en el siglo XIV”. Études d’histoire de la pensée
philosophique. París: Gallimard, 1971 (1949), p. 38.
54
Sin duda es lo que querían confusamente significar los investigadores del CERFI cuando
respondieron en 1971 a una convocatoria, con un texto sobre “la Ciudad-ordenador” que constituye el
primer capítulo de los Equipamientos del poder, evocado al comienzo de este texto.
55
Un curso que, si nos atenemos al resumen publicado en el Anuario del College de France para el año
1977-1978, traza la génesis de un saber político que coloca en el centro de sus preocupaciones la
noción de población y los mecanismos susceptibles de asegurar su regulación. Acompañando el
tránsito de un Estado territorial y un Estado de población, la noción de gobierno de los hombres (con
lo que ella sobreentiende en términos de policía –Poliseiwissenschaft– y de tecnología diplomático-
militar) y la posición central de la pareja población-riqueza, permitirían sin duda trazar de mejor
manera la génesis de los diagramas que produce hoy toda una generación de arquitectos que ha hecho
del shopping uno de los pivotes de su reflexión sobre los nuevos modos de fabricación y de gestión de
lo urbano.
162

megaestructuras, y una reflexión dominada por la racionalización de la ocupación del


territorio. Una arquitectura en la que se encuentra en efecto mezclada la seducción
de los suelos artificiales, el apilamiento, los ensamblajes “Lego” y la acumulación de
contenedores, los volúmenes en vano, el añadido de diversas terrazas en fachada, la
multiplicación de las “cabañitas”, los rascacielos inclinados… A propósito de esta
tendencia general al apilamiento (el de las cajas o el de los espesores de las tabletas de
piedra o de mármol para recubrimientos), si se quiere comprender estos proyectos
como focos de su época, quizás habría además que pensar en cuestionar la relación de
esta joven generación de arquitectos con las ciencias sociales. Decir especialmente
cómo, tras los pasos de su maestro-de-pensamiento que es Rem Koolhaas56, ellos han
podido ser marcados –como una generación lo había sido antes de ellos– por las
ciencias sociales, pero esta vez por las de lo cuantitativo y de los grandes números,
como la economía o la demografía (o también la geografía y el mapa, pero en sus
declinaciones cuantitativas y no cualitativas). Un interés al respecto por las
cuestiones relativas a las masas (entre otras de población) y a su gestión (teniendo por
corolario la reflexión sobre la densidad), que hará que esos jóvenes arquitectos
traduzcan luego formalmente este aporte por medio del apilamiento, por una
arquitectura de flujo y por un trabajo en el espesor57.

56
La “ciudad genérica” de Koolhaas, el conceptuador de la exposición Mutations (Arc-en-Rêve,
Burdeos, otoño de 2000), la ciudad encarada como un “terraplén habitado de la manera más eficaz por
gentes y procesos”, es ciertamente un tema “foucaultiano”. Ocurre lo mismo con la reflexión sobre la
densidad que conduce, a partir de FAR MAX, el grupo MVRDV formado por discípulos de Koolhaas.
Fruto de reflexiones teóricas y de una enseñanza desarrollada por el grupo en Delft (University of
Technology) entre 1994 y 1996, y publicada en 1998 en la ed. 010 Publishers, con el apoyo del NAI, el
proceder de “Far Max” [F(loor) A(rea) R(atio) MAX(imum)] equivale, según sus autores, a comprimir
vertical y horizontalmente una población dada para concederle más espacio y penetrar “the world of the
extreme Floor Area Ratio”.
57
Retomaríamos gustosos aquí la idea de Deleuze que recurría “a las luchas de cada época, al estilo de
ellas” para “comprender la sucesión de los diagramas, o su re-encadenamiento por encima de las
continuidades”. Cfr. Gilles Deleuze. Foucault. p. 51.
163

Anexo 13
Espacio, saber y poder
“Space, Knowledge and Power” (“Espace, savoir et pouvoir”; entrevista con P.
Rabinow; trad. F. Durand-Bogaert), Skyline, marzo, 1982. pp. 16-20 [Michel
Foucault. Dits et écrits. t. IV. París: Gallimard, 1994. pp. 270-285].

— En una entrevista que Ud. le concedió a los geógrafos para Herodoto58, Ud. dijo
que la arquitectura se vuelve política a fines del siglo XVIII. No hay ninguna duda
que política lo había sido antes de eso, por ejemplo bajo el Imperio romano. ¿Qué
es lo que hace la particularidad del siglo XVIII?
— Mi formulación era torpe. Por supuesto que no quise decir que la
arquitectura no era política antes del siglo XVIII y que sólo lo llegó a ser a partir de
esa época. Solamente quise decir que se ve, en el siglo XVIII, desarrollarse una
reflexión sobre la arquitectura en tanto que función de los objetivos y de las técnicas
de gobierno de las sociedades. Se ve aparecer una forma de literatura política que
se interroga sobre lo que debe ser el orden de una sociedad, lo que debe ser una
ciudad, dadas las exigencias del mantenimiento del orden; estando dado también
que es necesario evitar las epidemias, evitar las revueltas, promover una vida
familiar conveniente y conforme a la moral. En función de estos objetivos ¿cómo se
debe concebir a la vez la organización de una ciudad y la construcción de una
infraestructura colectiva? ¿Y cómo se debe construir las casas? No pretendo que
este tipo de reflexión sólo aparece en el siglo XVIII; digo solamente que es en ese
siglo cuando nace una reflexión profunda y general sobre estas preguntas. Si se
consulta un reporte de policía de la época —los tratados que están consagrados a
las técnicas de gobierno— se constata que la arquitectura y el urbanismo ocupan ahí
un sitio muy importante. Esto fue lo que quise decir.
— Entre los antiguos, en Roma o en Grecia, ¿cuál era la diferencia?
— En lo que concierne a Roma, se ve que el problema gira en torno a
Vitruvio59. A partir del siglo XVI, Vitruvio fue el objeto de una reinterpretación, pero
se encuentra en ese siglo —y seguramente también en la Edad Media— buen
número de consideraciones que se emparentan con las suyas, por mucho que se las
considere como “reflexiones sobre”. Los tratados consagrados a la política, al arte
de gobernar, a lo que es un buen gobierno, no comportaban en general capítulos o
análisis que tuvieran que ver con la organización de las ciudades o sobre la
arquitectura. La República de Jean Bodin60 no contiene comentarios detallados del
papel de la arquitectura; en desquite, se encuentra cantidad de esos comentarios en
los tratados de policía del siglo XVIII.
— ¿Quiere Ud. decir que existían técnicas y prácticas, pero no discursos?
— No he dicho que los discursos sobre la arquitectura no existieran antes del
siglo XVIII. Ni que los debates que tuvieron que ver con la arquitectura antes del
siglo XVIII estuvieran desprovistos de dimensión o de significación política. Lo que
quiero subrayar es que a partir del siglo XVIII todo tratado que enfrente la política
como arte de gobernar los hombres comporta necesariamente uno o muchos
capítulos sobre el urbanismo, los equipamientos colectivos, la higiene y la
arquitectura privada. Esos capítulos, se los encuentra en las obras consagradas al
arte de gobernar que produce el siglo XVI. Ese cambio quizás no está en las

58
Michel Foucault. Estrategias de poder. Obras esenciales, Volumen II. Barcelona: Paidos,
1999. “Preguntas a Michel Foucault sobre la geografía”. pp. 313-326.
59
Polion Marco Lucio Vitruvio. Los diez libros de arquitectura. Madrid: Alianza, 1995.
60
Bodino. Los seis libros de la república. Barcelona: Orbis, 1985.
164

reflexiones de los arquitectos sobre la arquitectura, pero es muy perceptible en las


reflexiones de los hombres políticos.
— ¿Esto no corresponde pues necesariamente a un cambio en la teoría de la
arquitectura misma?
— No. No era obligatoriamente un cambio en el espíritu de los arquitectos, o
en sus técnicas —aunque esto queda por probar—, sino un cambio en el espíritu de
los hombres políticos, en la escogencia y la forma de atención que le prestaban a
objetos que comienzan a concernirles. En el curso del siglo XVII y del XVIII, la
arquitectura se vuelve uno de esos objetos.
— ¿Puede decirnos por qué?
— Pienso que está ligado a un cierto número de fenómenos; por ejemplo, el
problema de la ciudad y de la idea, claramente formulada a comienzos del siglo XVII,
de que el gobierno de un gran Estado como Francia debe, en último lugar, pensar su
territorio sobre el modelo de la ciudad. Se deja de percibir la ciudad como un lugar
privilegiado, como una excepción en un territorio constituido de campos, de florestas
y de rutas. Las ciudades ya no son de ahí en adelante islas que escapan al derecho
común. De ahora en adelante, las ciudades —con los problemas que traen y las
configuraciones particulares que toman— sirven de modelos a una racionalidad
gubernamental que va a aplicarse al conjunto del territorio.
Hay toda una serie de utopías o de proyectos de gobierno del territorio que
toman forma a partir de la idea de que el Estado es parecido a una gran ciudad; la
capital está representada por la gran plaza, y los caminos son las calles. Un estado
estará bien organizado a partir del momento en que un sistema de policía tan
estricto y eficaz como el que se aplica a las ciudades se extienda a todo el territorio.
En el origen, la noción de policía designaba únicamente un conjunto de
reglamentaciones destinadas a asegurar la tranquilidad de una ciudad, pero en
aquel momento, la policía se vuelve el tipo mismo de racionalidad para el gobierno
de todo el territorio. El modelo de la ciudad se vuelve la matriz a partir de la que se
producen los reglamentos que se aplican al conjunto del Estado.
La noción de policía, incluso en la Francia actual, a menudo se la comprende
mal. Cuando se le habla a un francés de la policía, sólo le evoca gente con uniforme
o los servicios secretos. En los siglos XVII y XVIII, la “policía” designaba un
programa de racionalidad gubernamental. Se lo puede definir como el proyecto de
crear un sistema de la reglamentación de la conducta general de los individuos
donde todo estaría controlado, al punto que las cosas se mantendrían por sí
mismas, sin que sea necesaria ninguna otra intervención. Es la manera bastante
típicamente francesa de concebir el ejercicio de la “policía”. En cuanto a los
ingleses, no elaboran sistema comparable, y ello por ciertas razones: a causa, por
una parte, de la tradición parlamentaria y, por otra, a causa de una tradición de
autonomía local, comunal, para no mencionar el sistema religioso.
Se puede situar a Napoleón casi exactamente en el punto de ruptura entre la
vieja organización del Estado de policía del siglo XVIII (comprendido, naturalmente
en el sentido que acá evocamos, y no en el sentido de Estado policivo tal como lo
conocemos hoy) y las formas del Estado moderno, del que fue el inventor. Sea lo
que sea, parece que en el curso de los siglos XVIII y XIX, la idea se abrió paso —
bastante rápidamente en lo que concierne al comercio y más lentamente en todos
los otros dominios— de una policía que lograra penetrar, estimular, reglamentar y
volver casi automáticos todos los mecanismos de la sociedad.
Es una idea que desde entonces se abandonó. Se le dio vuelta a la cuestión.
Ya no se pregunta cuál es la forma de racionalidad gubernamental que logrará
penetrar el cuerpo político hasta en sus elementos más fundamentales. Sino más
bien: ¿cómo es posible el gobierno? Es decir ¿qué principio de limitación se debe
aplicar a las acciones gubernamentales para que las cosas tomen el carácter más
165

favorable, para que sean conformes a la racionalidad del gobierno y no necesiten


intervención?
Es aquí donde interviene la cuestión del liberalismo. Me parece que se ha
vuelto evidente, en este momento, que gobernar en demasía era no gobernar del
todo, era inducir resultados contrarios a los deseados. Lo que se descubrió en la
época —y este fue uno de los grandes descubrimientos del pensamiento político de
fines del siglo XVIII— fue la idea de sociedad. A saber: la idea que el gobierno debe
no solamente administrar un territorio, un dominio y ocuparse de sus sujetos, sino
también tratar con una realidad compleja e independiente, que posee sus propias
leyes y mecanismos de reacción, sus reglamentaciones así como sus posibilidades
de desorden. Esta realidad nueva es la sociedad. Desde el instante que se debe
manipular una sociedad, no se la puede considerar como completamente penetrable
por la policía. Se vuelve necesario reflexionar sobre ella, sobre sus características
propias, sus constantes y sus variables.
— Se opera pues un cambio en la importancia del espacio. En el siglo XVIII
hay un territorio, y el problema que se plantea es el de gobernar a los habitantes de
ese territorio; se puede citar el ejemplo de La Metropolidad (1682) de Alexandre Le
Maître —tratado utópico sobre la manera de construir una capital—, o bien se puede
comprender la ciudad como una metáfora, o un símbolo, del territorio y de la manera
de administrarlo. Todo esto es del orden del espacio, mientras que después de
Napoleón la sociedad ya no está necesariamente tan espacializada…
— Es verdad. Por un lado, no está tan espacializada, y por el otro, sin
embargo, se ve aparecer un cierto número de problemas que son propiamente del
orden del espacio. Es espacio urbano posee sus propios peligros: la enfermedad
(por ejemplo la epidemia de cólera que hizo estragos en Europa a partir de 1830 y
hasta los alrededores de 1880); también la revolución (bajo la forma de las revueltas
urbanas que agitan a toda Europa en la misma época). Estos problemas de
espacio, que quizás no eran nuevos, toman de ahora en adelante una nueva
importancia.
Segundo, los ferrocarriles definen un nuevo aspecto de las relaciones del
espacio y el poder. Les tocará establecer una red de comunicación que ya no
corresponde necesariamente a la red tradicional de los caminos, sino que deben
también tener en cuenta la naturaleza de la sociedad y de su historia. Además
tenemos todos los fenómenos sociales que engendran los ferrocarriles, ya se trate
de las resistencias que producen, de las transformaciones en la población o de los
cambios en las actitudes de las gentes. Europa ha sido inmediatamente sensible a
los cambios de actitud que los ferrocarriles arrastraban. ¿Qué iba a ocurrir, por
ejemplo, si se volvía posible casarse entre Burdeos y Nantes? Qué cosa
impensable anteriormente. ¿Qué ocurriría si los habitantes de Francia y de
Alemania podían encontrarse y aprender a conocerse? ¿Sería posible todavía la
guerra desde que hubiera ferrocarril? En Francia, una teoría toma forma, según la
cual los ferrocarriles iban a favorecer la familiaridad entre los pueblos, y las nuevas
formas de universalidad humana así producidas harían imposible la guerra. Pero lo
que la gente no preveía —aunque el comando militar alemán, mucho más sagaz que
su homólogo francés, fue completamente consciente de ello— era que, por el
contrario, la invención del ferrocarril hacía mucho más fácil la guerra. La tercera
innovación, que vino más tarde, fue la electricidad.
Había pues problemas en las relaciones entre el ejercicio del poder político y
el espacio del territorio, o el espacio de las ciudades; relaciones enteramente
nuevas.
— Era mucho menos que antes una cuestión de arquitectura. Lo que Ud.
describe son, de alguna suerte, técnicas de espacio…
166

— De hecho, a partir del siglo XIX, los grandes problemas de espacio son de
una naturaleza diferente. Lo que no quiere decir que se olvide los problemas de
orden arquitectónico. Y lo que concierne a los primeros problemas a los que he
hecho referencia —la enfermedad y los problemas políticos—, la arquitectura tiene
un papel muy importante que jugar. Las reflexiones sobre el urbanismo y sobre la
concepción de los alojamientos obreros, todas esas cuestiones hacen parte de la
reflexión sobre la arquitectura.
— Pero la arquitectura ella misma, la Escuela de bellas artes, trata de
problemas de espacio completamente diferentes.
— Es verdad. Con el nacimiento de esas nuevas técnicas y de esos nuevos
procesos económicos, se ve aparecer una concepción del espacio que ya no se
modela sobre la urbanización del territorio tal como lo encaraba el Estado de policía,
sino que va mucho más allá de los límites del urbanismo y de la arquitectura.
— Y por ello, la Escuela de puentes y calzadas…
— Sí, la Escuela de puentes y calzadas, y el papel capital que jugó en la
racionalidad política de Francia hacen parte de esto. Los que pensaban el espacio
no eran los arquitectos sino los ingenieros, los constructores de puentes, de
caminos, de viaductos, de ferrocarriles, así como los politécnicos que los
controlaban prácticamente en Francia.
— Esta situación ¿es aún la misma en la actualidad, o bien se asiste a una
transformación de las relaciones entre los técnicos del espacio?
— Podemos seguramente constatar algunos cambios, pero pienso que
actualmente aún los principales técnicos del espacio son los encargados del
desarrollo del territorio, las gentes de Puentes y calzadas…
— ¿Los arquitectos no son pues ya necesariamente los dueños del espacio
que eran antaño, o que creían ser?
— No. No son ni los técnicos ni los ingenieros de las tres grandes variables:
territorio, comunicación y velocidad. Estas son cosas que escapan a su dominio.
— Ciertos proyectos arquitectónicos, pasados o presentes, ¿le parecen
representar fuerzas de liberación, o de resistencia?
— No creo que sea posible decir que una cosa es del orden de la “liberación”
y otra del orden de la “opresión”. Hay un cierto número de cosas que se pueden
decir con certidumbre a propósito de un campo de concentración, en el sentido en
que eso no es un instrumento de liberación, pero es necesario tener en cuenta el
hecho —en general ignorado— de que, si se exceptúa la tortura y la ejecución que
convierten a toda resistencia en imposible, cualquiera sea el terror que pueda
inspirar un sistema dado, siempre existen posibilidades de resistencia, de
desobediencia y de constitución de grupos de oposición.
Por el contrario, no creo en la existencia de algo que sería funcionalmente —
por su verdadera naturaleza— radicalmente liberador. La libertad es una práctica.
De hecho, siempre puede pues existir un cierto número de proyectos que buscan
modificar algunos constreñimientos, volverlos más flexibles, o incluso romperlos,
pero ninguno de esos proyectos puede, simplemente por su naturaleza, garantizar
que las gentes serán automáticamente libres; la libertad de los hombres nunca está
asegurada por las instituciones y por las leyes que tienen por función garantizarla.
Es la razón por la cual se puede, de hecho, voltear la mayor parte de esas leyes y de
esas instituciones. No porque sean ambiguas, sino porque la “libertad” es lo que
debe ejercerse.
167

— ¿Hay aquí ejemplos urbanos de esto? ¿O ejemplos que muestren el éxito


de los arquitectos?
— Pues bien, hasta un cierto punto está Le Corbusier, que se lo describe hoy
—con una cierta crueldad, que encuentro perfectamente inútil— como una especie
de cripto-estalinista. Estoy completamente seguro de que Le Corbusier estaba lleno
de buenas intenciones, y lo que hizo estaba de hecho destinado a producir efectos
liberadores. Es posible que los medios que proponía fuesen, a fin de cuentas,
menos liberadores de lo que pensaba, pero, una vez más, pienso que no pertenece
a la estructura de las cosas garantizar el ejercicio de la libertad. La garantía de la
libertad es la libertad.
— Ud. no considera pues a Le Corbusier como un ejemplo de éxito. Ud.
solamente dice que su intención era liberadora. ¿Puede darnos un ejemplo de
éxito?
— No. Eso no puede lograrse. Si se encontrara un lugar —y quizás exista—
donde la libertad se ejerza efectivamente, se descubriría que ello no ocurre gracias a
la naturaleza de los objetos sino (lo digo una vez más) gracias a la práctica de la
libertad. Lo que no quiere decir que después de todo se puede dejar también a la
gente en cuchitriles, pensando que ellos allí no tienen mas que ejercer sus derechos.
— ¿Es decir que la arquitectura no puede, por si misma, resolver los
problemas sociales?
— Pienso que la arquitectura puede producir, y produce, efectos positivos
cuando las intenciones liberadoras del arquitecto coinciden con la práctica real de la
gente en el ejercicio de su libertad.
— Pero ¿la misma arquitectura puede servir para objetivos diferentes?
— Absolutamente. Permítame tomar otro ejemplo: el familisterio de Jean-
Baptiste Godin, en Guise (1859). La arquitectura de Godin estaba dirigida
explícitamente hacia la libertad. Tenemos ahí algo que manifestaba la capacidad de
trabajadores ordinarios para participar en el ejercicio de su profesión. Era a la vez
un signo y un instrumento bastante importantes de autonomía para un grupo de
trabajadores. Y, sin embargo, nadie podía entrar en el familisterio ni salir de él sin
ser visto por todos los otros; es este un aspecto de la arquitectura que podía ser
absolutamente opresivo. Pero esto no podía ser opresivo mas que si la gente
estaba presta a utilizar su presencia para vigilar la de los otros. Imaginemos que se
instale allí una comunidad que se entregara a prácticas sexuales ilimitadas; se
volvería un lugar de libertad. Pienso que es un poco arbitrario tratar de disociar la
práctica efectiva de la libertad, la práctica de las relaciones sociales y las
distribuciones espaciales. Desde el instante que se separa estas cosas, ellas se
vuelven incomprensibles. Cada una sólo se puede comprender a través de la otra.
— Pero no falta gente, sin embargo, que han querido inventar proyectos
utópicos con el fin de liberar, o de oprimir, a los hombres.
— Los hombres han soñado con máquinas liberadoras. Pero no existen por
definición máquinas de libertad. Lo que no quiere decir que el ejercicio de la libertad
sea totalmente insensible a la distribución del espacio, pero eso no puede funcionar
sino allá donde hay una cierta convergencia; cuando hay divergencia o distorsión, el
efecto producido es inmediatamente contrario al efecto buscado. Con sus
propiedades panópticas, Guise bien hubiera podido ser utilizado como prisión. Nada
era más simple. Es evidente que, de hecho, el familisterio ha podido bien servir de
instrumento de disciplina y de grupo de presión bastante intolerable.
— De nuevo pues, la intención del arquitecto no es el factor determinante
más fundamental.
168

— Nada es fundamental. Lo que es interesante en el análisis de la sociedad.


Es la razón por la cual nada me irrita más que esas preguntas —por definición
metafísicas— sobre los fundamentos del poder en una sociedad, o sobre la auto-
institución de la sociedad. No hay fenómenos fundamentales. Sólo existen
relaciones recíprocas, y desfases perpetuos entre ellas.
— Ud. ha hecho de los médicos, de los guardianes de prisión, de los
sacerdotes, de los jueces y de los psiquiatras, las figuras claves de las
configuraciones políticas que implicaban la dominación. ¿Añadiría a los arquitectos
a la lista?
— Ud. sabe, no buscaba verdaderamente describir figuras de dominación
cuando hablé de médicos y otros personajes del mismo tipo, sino más bien describir
gente a través de las que el poder pasaba o que son importantes en el campo de las
relaciones de poder. El paciente de un hospital psiquiátrico se encuentra colocado
en un campo de relaciones de poder bastante complejas, que Erving Goffman ha
analizado muy bien61. El sacerdote de una iglesia cristiana o católica (en las iglesias
protestantes, las cosas son un poco diferentes) es un eslabón importante en un
conjunto de relaciones de poder. El arquitecto no es un individuo de este tipo.
Después de todo, el arquitecto no tiene poder sobre mí. Si quiero demoler o
transformar la casa que me construyó, instalar nuevos cierres o añadir una
chimenea, el arquitecto no tiene ningún control. Es preciso pues colocar al
arquitecto en otra categoría, lo que no quiere decir que no tenga nada que ver con la
organización, la efectuación del poder, y todas las técnicas a través de las cuales el
poder ser ejerce en una sociedad. Diría que es menester tener cuenta de él —de su
mentalidad, de su actitud— tanto como de sus proyectos, si se quiere comprender
un cierto número de técnicas de poder que funcionan en la arquitectura, pero no es
comparable a un médico, a un sacerdote, a un psiquiatra o a un guardián de prisión.
— En los medios de arquitectura se han interesado mucho recientemente en
el “postmodernismo”. Así mismo, también ha sido muy importante esta cuestión en
filosofía (pienso especialmente en Jean-François Lyotard y en Jürgen Habermas).
Evidentemente, la referencia histórica y el lenguaje juegan un papel importante en la
episteme moderna. ¿Cómo encara Ud. el postmodernismo, tanto desde el punto de
vista de la arquitectura que en lo que concierne a las cuestiones históricas y
filosóficas que él plantea?
— Pienso que hay una tendencia bastante general y fácil, contra la cual sería
necesario luchar, de hacer de lo que se acaba de producir el enemigo número uno,
como si fuese siempre la principal forma de opresión de la que tenemos que
liberarnos. Esta actitud simplista entraña muchas consecuencias peligrosas; ante
todo, una inclinación a buscar formas baratas, arcaicas o poco imaginarias de
felicidad, de las que de hecho la gente no gozan para nada. Por ejemplo, en el
dominio que me interesa, es muy divertido ver cómo la sexualidad contemporánea
es descrita como algo absolutamente aterrador. ¡Piense que no es posible
actualmente hacer el amor sino después de apagar la televisión! ¡y en camas
producidas en serie! “No es como en la época maravillosa cuando…” ¿Qué decir
entonces de esa época fantástica en la que las gentes trabajaban dieciocho horas
por día y en donde seis compartían la cama, a condición, por supuesto, de tener la
suerte de disponer de una? Hay, en este odio por el presente y por el pasado
inmediato una tendencia peligrosa a invocar un pasado completamente mítico.
Luego, tenemos el problema planteado por Habermas: si se abandona la obra de
Kant o de Weber, por ejemplo, corremos el riesgo de caer en la irracionalidad.

61
Goffman (E.). Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales.
Buenos Aires, Amorrortu, 1994.
169

Estoy completamente de acuerdo con esto, pero, al mismo tiempo, el


problema al cual nos encontramos confrontados en la actualidad es muy diferente.
Pienso que, desde el siglo XVIII, el gran problema de la filosofía y del pensamiento
crítico ha sido siempre —lo es aún y yo espero que lo seguirá siendo— responder a
esta pregunta: ¿cuál es esta razón que utilizamos? ¿Cuáles son sus efectos
históricos? ¿Cuáles son sus límites y cuáles son sus peligros? ¿Cómo podemos
existir en tanto que seres racionales, felizmente consagrados a practicar una
racionalidad que está desafortunadamente atravesada por peligros intrínsecos?
Debemos permanecer tan cercanos como sea posible de esta cuestión, al mismo
tiempo que no podemos olvidar que es a la vez central y extremadamente difícil de
resolver. Por otra parte, si es extremadamente peligroso decir que la razón es el
enemigo que debemos eliminar, es igualmente peligroso afirmar que todo
cuestionamiento crítico de esta racionalidad corre el riesgo de hacernos caer en la
irracionalidad. Es preciso no olvidar —y no digo esto con el fin de criticar la
racionalidad, sino con el fin de mostrar hasta qué punto las cosas son ambiguas—
que el racismo fue formulado sobre la base de la racionalidad esplendente del
darwinismo social, que se vuelve así uno de los ingredientes más durables y más
persistentes del nazismo. Es una irracionalidad, por supuesto, pero una
irracionalidad que, al mismo tiempo, constituye una cierta forma de racionalidad…
Tal es la situación en la cual nos encontramos y que debemos combatir. Si
los intelectuales en general tienen una función, si el pensamiento crítico mismo tiene
una función y, más precisamente aún, si la filosofía tiene una función en el
pensamiento crítico, es precisamente aceptar esta especie de espiral, esta suerte de
puerta giratoria de la racionalidad que nos remite a su necesidad, a lo que tiene de
indispensable, y al mismo tiempo a los peligros que contiene.
— Dicho todo esto, sería justo precisar que Ud. le teme menos al historicismo
y al juego de las referencias históricas de lo que lo hace alguien como Habermas; y
también que, en el dominio de la arquitectura, los defensores del modernismo han
planteado este problema casi en términos de crisis de la civilización, afirmando que
si abandonamos la arquitectura moderna para realizar un retorno frívolo a la
decoración y a los motivos, abandonaríamos de alguna manera la civilización.
Algunos sostenedores del postmodernismo han pretendido que las referencias
históricas estaban, por sí mismas, dotadas de significación y habrían de protegernos
de los peligros de un mundo sobre racionalizado.
— Quizás esto no va a responder a su pregunta, pero diría esto: es necesario
tener una desconfianza absoluta y total con respecto a todo lo que se presente como
un regreso. Una de las razones de esta desconfianza es lógica: de hecho nunca hay
retorno. La historia y el interés meticuloso que se consagra a la historia son sin
duda una de las mejores defensas contra este tema del regreso. Por mi parte, traté
la historia de la locura o el estudio de la prisión como lo hice porque sabía muy bien
—y de hecho esto es lo que ha exasperado a mucha gente— que conducía un
análisis histórico que hacía posible una crítica del presente, pero que no permitía
decir: “Regresemos a esa maravillosa época del siglo XVIII, cuando los locos…”, o
bien: “Volvamos a los tiempos en que la prisión no era uno de los principales
instrumentos…”. No. Pienso que la historia nos preserva de esta especie de
ideología del regreso.
— Así pues, la simple oposición entre razón e historia es bastante ridícula…
tomar partido por la una o por la otra…
— Sí. De hecho, el problema de Habermas es después de todo encontrar un
modo trascendental de pensamiento que se oponga a toda forma de historicismo.
En realidad yo soy mucho más historicista y nietzscheano. No pienso que exista un
uso adecuado de la historia, o un uso adecuado del análisis intrahistórico —el cual
es, por lo demás, bastante clarividente— que pueda precisamente funcionar contra
170

esta ideología del regreso. Un buen estudio de la arquitectura campesina en


Europa, por ejemplo, mostraría hasta qué punto es absurdo querer volver a las
pequeñas casas individuales con sus techos de paja. La historia nos protege del
historicismo, de un historicismo que invoca el pasado para resolver los problemas
del presente.
— Nos recuerda también que siempre hay una historia; que los modernistas
que querían suprimir toda referencia al pasado cometían un error.
— Por supuesto.
— Sus próximos dos libros tratan de la sexualidad en los griegos y los
primeros cristianos. Los problemas que Ud. aborda ¿tienen una dimensión
arquitectónica particular?
— Absolutamente no. Pero lo que es interesante es que, en la Roma
imperial existían de hecho burdeles, barrios de placer, zonas criminales, etc., así
como una especie de lugar de placer casi público: los baños, las termas. Las termas
eran un lugar de placer y de encuentro muy importante, que progresivamente fue
desapareciendo en Europa. En la Edad Media las termas eran aún un lugar de
encuentro entre los hombres y las mujeres, así como un lugar de encuentro de los
hombres entre ellos, y de las mujeres entre ellas, aunque de ello se hable muy rara
vez. De lo que se ha hablado y que se condenó, pero también experimentó, fue de
los encuentros entre hombres y mujeres, que desaparecieron en el curso de los
siglos XVI y XVII.
— Pero existen aún en el mundo árabe
— Sí, pero en Francia, es una práctica que ha desaparecido en gran medida.
Existía aún en el siglo XIX, como lo testimonia los Niños del paraíso62, cuyas
referencias históricas son exactas. Uno de los personajes, Lacenaire, es —y nadie
lo dice nunca— un pervertido y un proxeneta que utiliza a los muchachos para atraer
hombres mayores y luego hacerlos cantar; hay una escena que hace referencia a
eso. Se requirió claramente toda la ingenuidad y la antihomosexualidad de los
surrealistas para que ese hecho hubiera pasado en silencio. Los baños continuaron
existiendo como lugar de encuentros sexuales. Eran una especie de catedral del
placer en el corazón de la ciudad, a donde se podía ir tan frecuentemente como se
lo quisiera, donde se mataba el tiempo, donde se escogía, donde se encontraba, se
tenía el placer, se comía, se bebía, se discutía…
— El sexo no estaba pues separado de los otros placeres. Estaba inscrito en
el corazón de las ciudades. Era público; servía a un fin…
— Exactamente. Evidentemente, la sexualidad era un placer social para los
griegos y para los romanos. Lo que es interesante a propósito de la homosexualidad
masculina hoy —y que parecería ser también el caso de la homosexualidad
femenina desde hace un cierto tiempo— es que las relaciones sexuales se traducen
inmediatamente en relaciones sociales, y que las relaciones sociales se comprenden
como relaciones sexuales. Para los griegos y los romanos, de una manera
diferente, las relaciones sexuales se inscribían dentro de relaciones sociales, en el
sentido más amplio. Las termas eran un lugar de sociabilidad que incluía relaciones
sexuales.
Se puede comparar directamente las termas y el burdel. El prostíbulo es de
hecho un lugar, y una arquitectura, de placer. Se desarrolla allí una forma de
sociabilidad muy interesante que Alain Corbin estudió en Les filles de noce63. Los
hombres de la ciudad se encontraban en la casa de lenocinio; estaban ligados los

62
Película de M. Carné, 1945.
63
Carbin (A.). Les filles de noce. París: Aubier, 1978.
171

unos a los otros por el hecho de que las mismas mujeres habían pasado por sus
manos, y porque las mismas enfermedades y las mismas infecciones les habían sido
comunicadas. Había una sociabilidad de la casa de citas, pero la socialidad de los
baños tal como existían en la antigüedad —cuya nueva versión quizás podría existir
hoy— era enteramente diferente de la sociabilidad del lupanar.
— Actualmente sabemos muchas cosas de la arquitectura disciplinaria.
¿Qué podemos decir de la arquitectura concebida para la confesión, una
arquitectura que estuviera asociada a esa tecnología?
— ¿Quiere decir la arquitectura religiosa? Creo que ha sido estudiada.
Existe todo el problema del carácter xenófobo del monasterio. Es un lugar donde se
encuentra reglamentos muy precisos concernientes a la vida en común; referido al
sueño, la alimentación, la oración, el lugar de cada individuo en la institución, las
células. Todo eso se programó desde muy temprano.
— En una tecnología de poder, de confesión, por oposición a una tecnología
disciplinaria, el espacio parece también jugar un papel muy importante.
— Sí. El espacio es fundamental en toda forma de vida comunitaria; el
espacio es fundamental en todo ejercicio del poder. Digamos entre paréntesis que
recuerdo haber sido invitado por un grupo de arquitectos, en 1966, a hacer un
estudio del espacio64; se trataba de lo que en la época llamé las “heterotopías”, esos
espacios singulares que se encuentran en ciertos espacios sociales cuyas funciones
son diferentes de las de los otros, por no decir claramente opuestas. Los arquitectos
trabajan sobre este proyecto y, al final del estudio, alguien tomó la palabra —un
psicólogo sartreano— que me bombardeó que el espacio era reaccionario y
capitalista, pero que la historia y el devenir eran revolucionarios. En la época, ese
discurso absurdo no era del todo inhabitual. Hoy cualquiera se totearía de la risa,
pero en ese entonces no.
— Los arquitectos, en particular, si escogen analizar un edificio institucional
—un hospital o una escuela, por ejemplo— desde el punto de vista de su función
disciplinaria, tienen tendencia a interesarse ante todo en sus muros. Después de
todo, son los muros los que ellos conciben. En lo que os concierne, es el espacio
más bien que la arquitectura lo que le interesa, en la medida en que los muros
mismos no son mas que un aspecto de la institución. ¿Cómo definiría Ud. la
diferencia entre estas dos aproximaciones, entre el edificio mismo y el espacio?
— Pienso que hay una diferencia en el método y en la aproximación. Es
verdad que para mí la arquitectura, en los análisis muy vagos que de ella he hecho,
constituye únicamente un elemento de sostén, que asegura una cierta distribución
de la gente en el espacio, una canalización de su circulación, así como la
codificación de las relaciones que mantienen entre ellos. La arquitectura no
constituye pues solamente un elemento del espacio; ella está precisamente pensada
como inscrita en un campo de relaciones sociales, en el seno del cual introduce un
cierto número de efectos específicos.
Yo sé, por ejemplo, que hay un historiador que hace un estudio interesante
de la arqueología medieval, que aborda la cuestión de la arquitectura, de la
construcción de casas en la Edad Media, a partir del problema de la chimenea. Creo
que está en camino de mostrar que a partir de un cierto momento se volvió posible
construir una chimenea dentro de una casa —una chimenea con un hogar, y no una
simple pieza a cielo abierto o una chimenea exterior—; y que en ese momento, todo
tipo de cosas han cambiado y que algunas relaciones entre los individuos se
volvieron posibles. Todo esto me parece muy interesante, pero la conclusión que él

64
Se trata de la conferencia pronunciada en el Círculo de estudios arquitectónicos, el 14 de
marzo de 1967, y publicada en la revista Architecture, Mouvement, Continuité.
172

ha sacado de ello (y que presentó en un artículo) es que la historia de las ideas y del
pensamiento es inútil.
Lo que es interesante de hecho es que las dos cosas son rigurosamente
inseparables. ¿Por qué las gentes se las han ingeniado para encontrar el medio de
construir una chimenea en una casa? O ¿por qué han puesto sus técnicas al
servicio de este fin? La historia de las técnicas muestra que se necesitan años, y a
veces incluso siglos, para hacerlas efectivas. Es seguro, y de una importancia
capital, que esta técnica influyó la formación de nuevas relaciones humanas, pero es
imposible pensar que ella se habría desarrollado y conformado con esta finalidad
sino hubiera habido, en el juego y la estrategia de las relaciones humanas, algo que
iba en ese sentido. Es esto lo importante, y no la primacía de esto o aquello, que
nunca quiere decir nada.
— En Las palabras y las cosas Ud. utilizó ciertas metáforas espaciales muy
sorprendentes para describir las estructuras de pensamiento. ¿Por qué piensa Ud.
que las imágenes espaciales son aptas para evocar esas referencias? ¿Qué
relación hay entre esas metáforas espaciales que describen las disciplinas y ciertas
descripciones más concretas de espacios institucionales?
— Es muy posible que, al interesarme en el problema del espacio, haya
utilizado un cierto número de metáforas espaciales en Las palabras y las cosas,
pero, en general, mi objetivo no era defenderlas sino estudiarlas en tanto que
objetos. Lo que es sorprendente en las mutaciones y las transformaciones
epistemológicas que se han operado en el siglo XVII, es ver cómo la espacialización
del saber constituyó uno de los factores de la elaboración de ese saber en ciencia.
Si la historia natural y las clasificaciones de Linneo han sido posibles, es por un
cierto número de razones: por un lado, ha habido literalmente una espacialización
del objeto mismo de los análisis, por tanto la regla ha sido y clasificar las plantas
únicamente sobre la base de lo que estaba visible. Incluso no se recurría al
microscopio. Todos los elementos tradicionales del saber, como por ejemplo, las
funciones médicas de las plantas fueron abandonadas. El objeto fue espacializado.
Posteriormente, el objeto fue espacializado en la medida en que los principios de
clasificación debían ser encontrados en la estructura misma de las plantas: el
número de sus elementos, su disposición, su tamaño, y algunos otros elementos
como la altura de la planta. Después vino la espacialización por medio de las
ilustraciones contenidas en los libros, que sólo fue posible gracias a ciertas técnicas
de impresión. Más tarde aún, la espacialización de la reproducción de las plantas
mismas, que se pusieron a representar en los libros. Estas son técnicas de espacio,
y no metáforas.
— El plano de construcción de un edificio —el diseño preciso a partir del cual
serán realizados muros y ventanas— ¿constituye una forma de discurso idéntico,
por ejemplo, a una pirámide jerarquizada que describe, de forma bastante precisa,
relaciones entre los individuos, no solamente en el espacio sino también en la vida
social?
— Pienso que existen algunos ejemplos simples, y bastante excepcionales,
en los cuales las técnicas arquitectónicas reproducen (con más o menos insistencia)
las jerarquías sociales. Tenemos el modelo del campo militar, donde la jerarquía
militar se lee en el terreno mismo por el lugar que ocupan las tiendas y los edificios
reservados a cada uno de los rangos. El campo militar reproduce precisamente, a
través de la arquitectura, una pirámide de poder; pero es un ejemplo excepcional,
como todo lo que es militar, privilegiado en la sociedad y de una extrema
simplicidad.
— Pero el plano mismo no describe siempre relaciones de poder.
173

— No. Afortunadamente para la imaginación humana, las cosas son un poco


más complicadas que eso.
— La arquitectura, por supuesto, no es una constante; ella posee una larga
tradición a través de la cual se puede leer la diversidad de sus preocupaciones, la
transformación de sus sistemas y de sus reglas. El saber de la arquitectura es en
parte la historia de la profesión, en parte la evolución de una ciencia de la
construcción, y en parte una reescritura de las teorías estéticas. A su manera de ver
¿qué es lo propio de esta forma de saber? ¿Se emparienta más con una ciencia
natural o con lo que Ud. llamó una “ciencia dudosa”?
— No puedo exactamente decir que esta distinción entre ciencias ciertas y
ciencias dudosas no tenga ningún interés —lo que sería eludir la pregunta—, pero
debo decir que lo que más me interesa es estudiar lo que los griegos llamaban la
techné, es decir una racionalidad práctica gobernada por un objetivo consciente.
Incluso no estoy seguro de que valga la pena interrogarse sin cesar para saber si el
gobierno puede ser objeto de una ciencia exacta. En desquite, si se considera que
la arquitectura —así como también la práctica del gobierno y la práctica de otras
formas de organización social— es una techné, que es susceptible de utilizar
algunos elementos que provienen de ciencias como la física, por ejemplo, o la
estadística, esto es lo interesante. Pero si se quisiera hacer una historia de la
arquitectura, pienso que sería preferible encararla en el contexto de la historia
general de la techné, más bien que en el de la historia de las ciencias exactas o
inexactas. Me doy cuenta que el inconveniente de la palabra techné es su relación
con la palabra “tecnología”, que tiene un sentido bien específico. Se le da un sentido
demasiado estrecho a la palabra “tecnología”: se piensa en las tecnologías duras, en
la tecnología de la madera, del fuego, de la electricidad. Pero el gobierno también
está en función de tecnologías: el gobierno de los individuos, el gobierno de las
almas, el gobierno de sí por uno mismo, el gobierno de las familias, el gobierno de
los niños. Creo que si se vuelve a colocar la historia de la arquitectura en el
contexto de la historia general de la techné, en el sentido amplio de la palabra, se
tendría un concepto director más interesante que la oposición entre ciencias exactas
y ciencias inexactas.

Traducido por Luis Alfonso Paláu C. Medellín, octubre 16 de 2008.


174

Anexo 14

DIÁLOGO SOBRE EL PODER


«Dialogue on Power» («Dialogue sur le pouvoir»); conversación y debate informal con
estudiantes de Los Angeles, transcripción hecha por Grant Kim a partir de una grabación
efectuada en mayo de 1975 en la Founders Room del Pomone College, en Claremont, y
publicada en una revista destinada al campus. Wade (S.) (comp.), Chez Foucault, Los
Ángeles, Circabook, 1978, págs. 4-22.

Un estudiante: Me gustaría preguntarle por la relación que establece usted entre


discurso y poder. Si el discurso es el centro de una especie de poder autónomo, la fuente del
poder —admitiendo que «fuente» sea la palabra adecuada—, ¿cómo se supone que podemos
reconocer esta fuente? ¿Qué diferencia hay entre el análisis del discurso que usted hace y el
método fenomenológico tradicional?
M. Foucault: No intento encontrar tras el discurso lo que constituiría su fuente, y que
sería el poder, como haría una descripción de tipo fenomenológico o cualquier otro método
interpretativo.
¡Parto del discurso tal como es! En una descripción fenomenológica, se intenta
deducir del discurso aquello que afecta al sujeto hablante, se intenta encontrar a partir del
discurso cuáles son las intencionalidades del sujeto hablante—un pensamiento que se está
haciendo—. El tipo de análisis que llevo a cabo no trata del problema del sujeto hablante, sino
que examina las diferentes maneras en las que el discurso desempeña un papel dentro de un
sistema estratégico en el que el poder está implicado y gracias al cual funciona. El poder no
está, por tanto, al margen del discurso. El poder no es ni fuente ni origen del discurso. El
poder es algo que opera a través del discurso, puesto que el discurso mismo es un elemento en
un dispositivo estratégico de relaciones de poder ¿Está claro?
Un estudiante: Suponga que se dedica usted a describir en un texto un sistema de
discurso de este tipo. ¿Su texto capta ese poder? ¿Es una duplicación o una repetición del
poder? ¿Se puede decir así? ¿O diría usted que su texto pretende poner de manifiesto que el
poder o el sentido tienen siempre como razón de ser el poder?
M. Foucault: No, el poder no es el sentido del discurso. El discurso es una serie de
elementos que operan dentro del mecanismo general del poder. En consecuencia, hay que
considerar el discurso como una serie de acontecimientos, acontecimientos políticos, a través
de los cuales el poder se transmite y se orienta.
Un estudiante: Pienso en el texto de un historiador. ¿Qué dice, de hecho, el
historiador sobre el discurso del pasado? ¿Cuál es la relación entre el poder y el texto del
historiador?
M. Foucault: No comprendo por qué habla usted precisamente del discurso de los
historiadores.
¿Me permite poner otro ejemplo que me resulta más familiar? El problema de la
locura, del discurso sobre la locura y todo lo que ha sido dicho en ciertas épocas sobre ella.
No creo que el problema sea saber quién ha relatado ese discurso, qué forma de pensar o
incluso de percibir la locura ha penetrado la conciencia de la gente de una época determinada,
sino, más bien, examinar el discurso sobre la locura, las instituciones que se han encargado de
él, la ley y el sistema jurídico que lo ha regulado y la forma en que los individuos se han
encontrado excluidos] por el hecho de que no tenían empleo o de que eran homosexuales.
Todos estos elementos pertenecen a un sistema de poder del que el discurso no es más que un
componente ligado a otros componentes. Son elementos de un conjunto.
El análisis consiste en describir las correspondencias y relaciones recíprocas entre
todos estos elementos. ¿Está más claro así?
El estudiante: Sí, gracias.
Un estudiante: Ayer por la tarde, dijo usted que acababa de terminar un libro
dedicado a la reforma penal y a los sistemas jurídicos, a la exclusión que se ha operado en
este campo. Me gustaría saber si está en condiciones de elaborar un modelo de poder con
175

respecto al sistema penitenciario. ¿Cómo percibe la forma en que se ha tratado a los


detenidos? ¿Se trata de castigo o de rehabilitación?
M. Foucault: Realmente creo haber encontrado la figura que da cuenta de este tipo de
poder, de este sistema de poder. El panóptico de Bentham me ha suministrado una
descripción precisa de él.
De manera general, podemos describir el sistema mediante el cual ha sido excluida la
locura en el siglo XVII y XVIII. Al final del siglo XVIII, la sociedad instauró un modo de
poder que no se fundaba en la exclusión —todavía se sigue utilizando este término— sino en
la inclusión en un sistema en el que cada uno debía ser localizado, vigilado, observado noche
y día en el que cada uno debía ser encadenado a su propia identidad. Usted sabe que Bentham
concibió la prisión ideal, es decir, un tipo de edificio que podría ser tanto una prisión como un
hospital, un asilo, una escuela o una oficina: en el centro, una torre rodeada de ventanas,
después un espacio vacío y otro edificio circular que tenía celdas, horadadas por ventanas. En
cada una de estas celdas se podía alojar, según el caso, un obrero, un loco, un escolar o un
prisionero. Un único hombre apostado en la torre central es suficiente para observar
exactamente lo que hace la gente en cada momento dentro de su pequeña celda. Esto, para
Bentham, representa la fórmula ideal de encierro de todos estos individuos en las
instituciones. He encontrado en Bentham el Cristóbal Colón de la política. Considero que
representa una especie de figura mitológica de un nuevo tipo de sistema de poder —aquel al
que nuestra sociedad ha recurrido hoy.
Un estudiante: ¿Se considera usted un filósofo o un historiador?
M. Foucault: Ni lo uno, ni lo otro.
El estudiante: ¿No es la historia el objeto principal de su estudio? ¿En qué se funda
su concepción de la historia?
M. Foucault: Me he propuesto como objeto un análisis del discurso, al margen de
cualquier formulación que se reduce a ofrecer un punto de vista. Mi programa no se funda
tampoco en los métodos de la lingüística. La noción de estructura no tiene ningún sentido
para mí. Lo que me interesa en el problema del discurso es el hecho de que alguien ha dicho
algo en un momento determinado. No es el sentido lo que pretendo poner en evidencia, sino
la función que se puede asignar al hecho de que eso haya sido dicho en este momento. Para
mí, se trata de considerar el discurso como una serie de acontecimientos, de establecer y
describir las relaciones que estos acontecimientos, que podemos llamar acontecimientos
discursivos, mantienen con otros acontecimientos, que pertenecen al sistema económico, al
campo político o a las instituciones. Considerado bajo este ángulo, el discurso no es más que
un acontecimiento como los otros, incluso si los acontecimientos discursivos tienen, con
relación a otros acontecimientos, su función específica. Un problema distinto es el de
identificar cuáles son las funciones específicas del discurso y aislar ciertos tipos de discurso
respecto de otros. Estudio también las funciones estratégicas de determinadas clases
particulares de acontecimientos discursivos dentro de un sistema político o de un sistema de
poder. ¿Me he explicado suficientemente?
El profesor: ¿Cómo describiría usted su visión de la historia? ¿Cómo se integra en el
discurso la dimensión de la historia?
M. Foucault: El hecho de que considere el discurso como una serie de
acontecimientos nos coloca automáticamente en la dimensión de la historia. El problema es
que durante cincuenta años la mayor parte de los historiadores han optado por estudiar y
describir estructuras y no acontecimientos. Asistimos hoy a un retorno a los acontecimientos
en el campo de la historia.
Entiendo por esto que lo que los historiadores llamaban un acontecimiento en el siglo
XIX, era una batalla, una victoria, la muerte de un rey, o cosas de este tipo. Contra esta clase
de historia, los historiadores de las colonias, de las sociedades han mostrado que la historia
estaba constituida por un gran número de estructuras permanentes. La tarea del historiador era
sacar a la luz estas estructuras.
Es un objetivo que encontramos en Francia en los trabajos de Lucien Febvre, de Marc
Bloch y en otros. Hoy los historiadores vuelven a los acontecimientos e intentan ver de qué
manera la evolución económica o la evolución demográfica pueden ser tratadas como tales.
176

Tomaré como ejemplo un aspecto que se estudia ahora, desde hace bastantes años. La
forma en que se ha llevado a cabo el control de la natalidad en la vida sexual de los
occidentales es todavía muy enigmática. Este fenómeno es un acontecimiento muy
importante, tanto desde el punto de vista económico como biológico. Usted sabe que en Gran
Bretaña y en Francia, el control de nacimientos se ha practicado desde hace siglos. Si bien
está claro que éste es un fenómeno que ha interesado a círculos restringidos, la aristocracia,
sin embargo se observa también en gente muy pobre. Sabemos ahora que en el sur de Francia
y en el campo se practicaba sistemáticamente el control de nacimientos desde la segunda
mitad del siglo XVIII. Esto es, por ejemplo, un acontecimiento.
Consideremos otro ejemplo. En el siglo XIX hay un momento preciso a partir del cual
la tasa de proteínas en la alimentación ha aumentado y la de cereales ha disminuido. Éste es
un acontecimiento histórico, económico y biológico. El historiador actual se dedica a estudiar
tanto estos fenómenos como otros muchos nuevos tipos de acontecimientos. Creo que es algo
que la gente como yo tenemos en común con los historiadores. No soy historiador en el
sentido estricto del término, pero los historiadores y yo tenemos en común el interés por el
acontecimiento.
Un estudiante: En esta nueva forma de aproximación histórica, ¿qué lugar ocupa lo
que llama arqueología del saber? ¿Cuando utiliza la expresión «arqueología del saber», hace
referencia a un tipo nuevo de metodología, o bien se trata simplemente de una analogía entre
las técnicas de la arqueología y las de la historia?
M. Foucault: Permítame volver atrás un momento y añadir algo a lo que he dicho
sobre el acontecimiento como objeto principal de investigación. Ni la lógica del sentido ni la
lógica de la estructura son adecuadas para este tipo de trabajo. No necesitamos ni de la teoría
y la lógica del sentido, ni de la lógica y el método de la estructura; necesitamos algo diferente.
Un estudiante: Comprendo. ¿Quiere decirnos ahora si la arqueología es un nuevo
método o simplemente una metáfora?
M. Foucault: Y bien...
El estudiante: ¿Es un elemento central en su concepción de la historia?
M. Foucault: Utilizo la palabra «arqueología» por dos o tres razones importantes. La
primera es que es una palabra con la que puedo jugar. Arché, en griego, significa «principio».
En nuestro idioma tenemos la palabra «archivo», que designa la forma en que los
acontecimientos discursivos han sido registrados y pueden ser extraídos. El término
«arqueología» remite al tipo de investigación que se dedica a extraer los acontecimientos
discursivos como si estuvieran registrados en un archivo.
Otra razón por la que utilizo esta palabra está relacionada con un objetivo que me he
propuesto.
Busco reconstruir un campo histórico en su totalidad, en todas sus dimensiones
políticas, económicas y sexuales. Mi problema es encontrar la forma adecuada de analizar lo
que ha constituido el hecho mismo del discurso. Mi propósito no es, por tanto, hacer un
trabajo de historiador, sino descubrir por qué y cómo se establecen relaciones entre
acontecimientos discursivos. Si hago esto es con el fin de saber lo que somos hoy. Quiero
centrar mi estudio en lo que nos sucede hoy en día, lo que somos, lo que es nuestra sociedad.
Pienso que en nuestra sociedad y en lo que somos hay una dimensión histórica profunda y, en
este espacio histórico, los acontecimientos discursivos que se han producido desde hace años
o siglos son muy importantes. Estamos inextricablemente ligados a los acontecimientos
discursivos. En cierto sentido, sólo somos aquello que ha sido dicho hace siglos, meses o
semanas...
Un estudiante: Me parece que una teoría del poder que se funda sobre estructuras o
funciones implica siempre un rasgo cualitativo. Alguien que quisiera estudiar la estructura y
la función de las manifestaciones del poder en una sociedad dada —la España de Franco o la
República popular de Mao, por ejemplo— tendría que atender a estructuras y usos del poder
cualitativamente diferentes. En este sentido, pienso que toda teoría del poder debe
preguntarse por sus fundamentos ideológicos. Además, es muy difícil establecer el tipo de
acontecimientos o de explicaciones que permiten identificar las estructuras o funciones del
poder, sin tener en cuenta sus connotaciones políticas. Ya ve usted, por tanto, que el poder no
177

está libre de ideología.


M. Foucault: No tengo nada que añadir; estoy totalmente de acuerdo.
El estudiante: Pero, si está de acuerdo, ¿no piensa que esto limita seriamente
cualquier intento de construir un paradigma del poder que se funde sobre las condiciones
políticas a las que nos adherimos?
M. Foucault: Por eso no pretendo describir un paradigma del poder. Me gustaría
señalar la forma en que distintos mecanismos de poder funcionan en la sociedad, entre
nosotros, dentro y fuera de nosotros. Quisiera saber de qué manera nuestros cuerpos, nuestras
conductas cotidianas, nuestros comportamientos sexuales, nuestro deseo, nuestros discursos
científicos y teóricos se vinculan a numerosos sistemas de poder, que a su vez están ligados
entre sí.
Un estudiante: ¿En qué difiere su posición de la de alguien que adoptase una
interpretación materialista de la historia?
M. Foucault: Pienso que la diferencia consiste en el hecho de que en el materialismo
histórico se trata de colocar en la base del sistema las fuerzas productivas, a continuación las
relaciones de producción, para llegar a la superestructura jurídica e ideológica y, finalmente, a
aquello que da su profundidad, tanto a nuestro pensamiento como a la conciencia de los
proletarios. Desde mi punto de vista, las relaciones de poder son, a la vez, más simples y más
complicadas. Simples, en la medida en que no necesitan estas construcciones piramidales, y
mucho más complicadas, puesto que existen múltiples relaciones entre, por ejemplo, la
tecnología del poder y el desarrollo de las fuerzas productivas.
No podemos comprender dicho desarrollo a menos que descubramos en la industria y
en la sociedad un tipo particular o varios tipos de poder actuantes —y actuantes dentro de las
fuerzas productivas—.
El cuerpo humano es, como sabemos, una fuerza de producción, pero el cuerpo no
existe tal cual, como un artículo biológico o como un material. El cuerpo humano existe en y
a través de un sistema político. Él poder político proporciona cierto espacio al individuo: un
espacio donde comportarse, donde adoptar una postura particular, sentarse de una
determinada forma o trabajar continuamente. Marx pensaba —así lo escribió— que el trabajo
constituye la esencia concreta del hombre. Creo que ésa es una idea típicamente hegeliana. El
trabajo no es la esencia concreta del hombre. Si el hombre trabaja, si el cuerpo humano es una
fuerza productiva, es porque está obligado a trabajar. Y está obligado porque se halla rodeado
por fuerzas políticas, atrapado por los mecanismos de poder.
Un estudiante: Lo que me molesta es el modo en que este punto de vista falsifica el
gran principio marxista de base. Marx pensaba que si estamos obligados a trabajar, estamos
obligados a aceptar una forma de socialización, con el fin de realizar el proceso de
producción. Lo que nosotros llamamos relaciones de estructura es el resultado de tal
obligación. Si queremos comprender qué tipos de relaciones sociales existen en una sociedad
dada, debemos buscar qué estructuras de poder están ligadas a los procesos de producción. Y
no creo que se trate de una relación determinada; pienso que, en realidad, se trata de una
relación recíproca, de una relación dialéctica.
M. Foucault: No acepto la palabra dialéctica. ¡Rotundamente no! Hay que dejar las
cosas muy claras. En el momento en que se pronuncia la palabra «dialéctica» se comienza a
aceptar, incluso si no se dice expresamente, el esquema hegeliano de la tesis y la antítesis y,
con él, un tipo de lógica que me parece inadecuada si se quiere dar una descripción
verdaderamente concreta de estos problemas. Una relación recíproca no es una relación
dialéctica.
Un estudiante: Pero si usted sólo acepta la palabra «recíproca» para describir estas
relaciones hace imposible cualquier forma de contradicción. Por esta razón, considero que la
utilización de la palabra dialéctica es importante.
M. Foucault: Examinemos, entonces, la palabra «contradicción». Déjeme decir, en
primer lugar, hasta qué punto me satisface que haya planteado esta cuestión; creo que es muy
importante. Mire usted, la palabra «contradicción» tiene en lógica un sentido particular.
Conocemos bien lo que es una contradicción en la lógica de proposiciones. Pero cuando se
considera la realidad y se intentan describir y analizar un número importante de procesos, se
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descubre que estas parcelas de realidad están exentas de contradicciones.


Vayamos al campo de la biología. En él encontramos un número importante de
procesos recíprocos antagónicos, pero esto no quiere decir que se trate de contradicciones. No
significa que en un lado de dicho proceso haya un aspecto positivo y, en el otro, uno negativo.
Creo que es muy importante comprender que las luchas, los procesos antagónicos no
constituyen, como presupone el punto de vista dialéctico, una contradicción en sentido lógico
del término. No hay dialéctica en la naturaleza. Reivindico el derecho a estar en desacuerdo
con Engels, sin embargo en la naturaleza —y Darwin lo ha mostrado muy bien— se
encuentran numerosos procesos antagónicos que no son dialécticos. En mi opinión, ese tipo
de formulación hegeliana no se tiene en pie.
Si repito constantemente que existen procesos como la lucha, el combate, los
mecanismos antagónicos, es porque estos procesos se encuentran en la realidad y no son
procesos dialécticos. Nietzsche ha hablado mucho de estos problemas; incluso diría que ha
hablado más a menudo que Hegel. Pero ha descrito estos antagonismos sin referencia alguna a
relaciones dialécticas.
Un estudiante: ¿Podemos aplicar lo que usted dice a una situación concreta, precisa?
Si consideramos la cuestión del trabajo en la sociedad industrial, en relación, por ejemplo, con
un problema particular de un trabajador, ¿tenemos entonces una relación recíproca, una
relación antagónica o qué tipo de relación?- Si analizo mis propios problemas en esta
sociedad, ¿debo ver en ello relaciones recíprocas o relaciones antagónicas?
M. Foucault: Ni lo uno, ni lo otro. Usted alude aquí al problema de la alienación.
Pero, mire usted, se pueden decir muchas cosas sobre la alienación. Cuando habla usted de
«mis problemas», ¿no está introduciendo las grandes cuestiones filosóficas, teóricas, como
por ejemplo: qué es la propiedad, qué es el sujeto humano? Ha dicho «mis problemas», pero
esto sería objeto de una discusión distinta. Que usted tiene un trabajo y que el producto de
este trabajo, de su trabajo, pertenece a otro, es un hecho. Sin embargo, eso no es una
contradicción, ni una combinación recíproca; es el objeto de una lucha, de un enfrentamiento.
Sea lo que fuere, el hecho de que el producto de su trabajo pertenezca a otro no es del orden
de la dialéctica. No constituye una contradicción. Puede usted pensar que esto es moralmente
indefendible, que no puede soportarlo, que tiene que luchar contra ello, sí, claro que sí. Pero
no es una contradicción, una contradicción lógica. Y me parece que la lógica dialéctica es
muy pobre —de uso fácil, pero realmente muy pobre— para quien desee formular en
términos precisos significaciones, descripciones y análisis de los procesos de poder.
Un estudiante: ¿Cuáles son, si los hay, los intereses normativos que sostienen su
investigación?
M. Foucault: ¿No es esto algo sobre lo que ya debatimos ayer por la tarde cuando me
preguntó a qué proyecto debemos vincularnos hoy día?
El estudiante: No. No lo creo. Pongo un ejemplo: la manera en que usted elige los
temas. ¿Qué es lo que le hace elegir unos en vez de otros?
M. Foucault: Es una pregunta difícil de responder. Podría hacerlo en un plano
personal, coyuntural o, incluso, en un plano teórico. Elegiré el segundo, el plano coyuntural.
Ayer por la tarde mantuve una discusión con una persona que me dijo: «Usted centra su
estudio en temas como la locura, los sistemas penales, etc., pero todo esto no tiene nada que
ver con la política». Pienso que, desde un punto de vista marxista tradicional, tenía razón. Es
verdad que, durante los años sesenta, problemas como la psiquiatría o la sexualidad eran
considerados marginales en comparación con los grandes problemas políticos, como la
explotación de los trabajadores. En esa época, entre la gente de izquierda en Francia y Europa
nadie se interesaba por los problemas de la psiquiatría ni de la sexualidad, que se juzgaban
como marginales y menores. Pero, a partir de la desestalinización, a partir de los años sesenta,
creo que hemos descubierto que gran número de asuntos que considerábamos menores
ocupan una posición absolutamente central en el terreno político, dado que el poder político
no consiste únicamente en las grandes formas institucionales del Estado, en lo que llamamos
aparato de Estado. El poder no opera en un solo lugar, sino en lugares múltiples: la familia, la
vida sexual, la forma en que se trata a los locos, la exclusión de los homosexuales, las
relaciones entre hombres y mujeres... relaciones todas ellas políticas. No podemos cambiar la
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sociedad, a no ser que cambiemos estas relaciones. El ejemplo de la Unión Soviética es, desde
este punto de vista, decisivo. Podemos decir que la Unión Soviética es un país en el que las
relaciones de producción han cambiado a partir de la Revolución. El sistema legal con
respecto a la propiedad ha cambiado también. Igualmente, las instituciones políticas se han
transformado a partir de la Revolución. Pero las pequeñas relaciones de poder en la familia, la
sexualidad, la oficina, entre los trabajadores, etc., siguen siendo iguales en la Unión Soviética
a las de los demás países occidentales. Nada ha cambiado realmente.
Un estudiante: En su reciente trabajo sobre el código y el sistema penal alude usted a
la importancia del panóptico de Bentham. En El orden del discurso anuncia su propósito de
estudiar los efectos del discurso psiquiátrico en el Código penal. Me pregunto si, para usted,
el modelo de prisión de Bentham se integra en el campo del discurso psiquiátrico o si ve en
ello solamente un indicio de la forma en que el discurso psiquiátrico ha influido en el Código
penal...
M. Foucault: Me inclino más por la segunda solución. Pienso, en efecto, que
Bentham ha respondido a este tipo de problema no solamente con una figura, sino también
con un texto. El panóptico representa realmente para él una nueva técnica de poder que se
puede aplicar a muchos campos, además de a la enfermedad mental.
Un estudiante: ¿La obra de Bentham ha tenido, en su opinión, una influencia propia
o bien no ha hecho más que representar las influencias generales que se ejercían sobre el
discurso científico?
M. Foucault: Bentham ha tenido una influencia considerable y los efectos de esta
influencia se hacen sentir de manera directa. Por ejemplo, la forma en la que se han podido
construir y administrar las prisiones en Europa y Estados Unidos está directamente inspirada
en Bentham. Al comienzo del siglo XX, en Estados Unidos —no sabría decirle dónde— se
pudo considerar a una determinada prisión como modelo ideal de un hospital psiquiátrico, con
pequeñas modificaciones. Si, de hecho, un sueño como el de Bentham, un proyecto tan
paranoico ha ejercido una influencia tan considerable es porque en ese mismo momento se
asistía en toda la sociedad a la irrupción de una nueva tecnología del poder. Ésta se
manifestaba, por ejemplo, en el nuevo sistema de vigilancia implantado en el ejército, en la
manera en que en los escolares estaban expuestos día a día a la mirada de su profesor. Todo
esto aparecía en ese mismo momento y el conjunto del proceso se encuentra en el sueño
paranoico de Bentham. Es el sueño paranoico de nuestra sociedad, la verdad paranoica de
nuestra sociedad.
Un estudiante: Si volvemos al problema de las influencias recíprocas y a su
desencantamiento respecto al interés concedido al sujeto hablante, ¿es un error aislar a
Bentham del contexto? ¿Bentham no se vio influido por lo que sucedía en su época, es decir,
por las prácticas en las escuelas, la vigilancia en el ejército, etc.? ¿No podríamos decir que no
es correcto limitarse exclusivamente a Bentham y que deberíamos prestar atención a todas las
influencias que emanan de la sociedad?
M. Foucault: Sí.
Un estudiante: Ha dicho usted que estamos obligados a trabajar. Pero, ¿queremos
trabajar? ¿Elegimos trabajar?
M. Foucault: Sí, deseamos trabajar, queremos y nos gusta trabajar, pero el trabajo no
constituye nuestra esencia. Decir que queremos trabajar y fundar nuestra esencia en nuestro
deseo de trabajar son dos cosas muy diferentes. Marx afirmaba que el trabajo es la esencia del
hombre. Ésa es, en el fondo, una concepción hegeliana. Es muy difícil integrar esta
concepción en el conflicto que enfrenta a las clases en el siglo XIX. Quizá sepa usted que
Lafargue, el yerno de Marx, escribió un libro del que nadie habla en los círculos marxistas 65.
Este silencio me divierte. La indiferencia de la que este libro es objeto es irónica, y sin
embargo, es algo más que irónica: es sintomática. Lafargue escribió, en el siglo XIX, un libro
sobre el amor al ocio. Le era verdaderamente imposible imaginar que el trabajo pudiera
constituir la esencia del hombre. Entre el hombre y el trabajo no existe ninguna relación

65
Lafargue (P.), La organización del trabajo: el derecho a la pereza y la religión del capital, 6a ed.,
Madrid, Fundamentos, 1998.
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esencial.
Un estudiante: Es algo que hacemos.
M. Foucault: ¿Qué?
El estudiante: ¡Trabajar!
M. Foucault: A veces.
Un estudiante: ¿Podría aclarar la relación entre la locura y el artista? Quizá, con
respecto a Artaud. ¿Cómo cabe relacionar —si esto es posible y deseable— el Artaud loco
con el Artaud artista?
M. Foucault: Verdaderamente no puedo responder a esta pregunta. Le diría que la
única cuestión que me interesa es cómo, desde el final del siglo XVIII hasta nuestros días, ha
sido y es posible ligar la locura al genio, a la belleza, o al arte. ¿Por qué tenemos la singular
idea de que si alguien es un gran artista hay en él necesariamente algún signo de locura? Otro
tanto podríamos decir del crimen.
Cuando alguien comete algo así como lo que llamaríamos un bello crimen, nadie
piensa que ello pueda ser el resultado de una especie de genio sino que es obra de la locura.
La relación entre la locura y el crimen, la belleza y el arte es muy enigmática. Nuestra tarea,
en mi opinión, es intentar comprender por qué consideramos que esta relación es
incuestionable. Pero no me gusta tratar estas cuestiones directamente —cuestiones como ¿los
artistas están locos?, ¿qué hay de común locura en artistas y criminales?—. La idea de que
estas relaciones son evidentes persiste en nuestra sociedad. El hecho de relacionarlas es
absolutamente típico en nuestra cultura.
Un estudiante: Ayer por la tarde, dijo usted refiriéndose a Sartre que era el último
profeta. Dejó ver que hoy la tarea del intelectual era elaborar herramientas o técnicas de
análisis, comprender los diferentes modos en que el poder se manifiesta. ¿No es usted mismo
un profeta? ¿No predice los acontecimientos o el uso que se hará de sus ideas?
M. Foucault: Soy un periodista.
El estudiante: ¿Debo entender que, en su opinión, la forma en que se utilizan las
herramientas y los descubrimientos de los intelectuales no pertenece a su campo, y que
corresponde a los trabajadores y al pueblo el problema de saber qué uso hacer del trabajo de
los intelectuales? ¿No puede usted prever el uso que se hará de sus herramientas y de sus
análisis? ¿Imagina modos de utilización que no podría aprobar?
M. Foucault: No, no puedo anticipar nada. Lo que puedo decir es que creo que
debemos ser muy modestos con relación al posible uso político de lo que decimos y hacemos.
No creo que exista una filosofía conservadora y una filosofía revolucionaria. La revolución es
un proceso político; también es un proceso económico. Pero no constituye una ideología
filosófica. Y esto es importante. Es la razón por la que una filosofía como la de Hegel ha
podido ser, a la vez, una ideología, un método y un instrumento revolucionarios, pero
también, algo conservador. Tomen el ejemplo de Nietzsche.
Nietzsche ha desarrollado ideas e instrumentos fantásticos. Ha sido adoptado por el
partido nazi y ahora son los pensadores de izquierda los que, en gran número, lo utilizan. No
podemos saber a ciencia cierta si lo que decimos es revolucionario o no.
Esto es lo primero que tenemos que reconocer. Lo que no significa que nuestra tarea
sea simplemente fabricar herramientas que sean bellas, útiles o divertidas y, a continuación,
elegir cuáles deseamos lanzar al mercado, en el caso de que se presentase alguien que quisiera
comprarlas o utilizarlas. Todo esto es muy bonito, pero hay algo más. Quienquiera que intente
hacer algo —elaborar un análisis, por ejemplo, o formular una teoría— debe tener una idea
clara de la manera en que quiere que su análisis o su teoría sean utilizados. Debe saber a qué
fin desea que se aplique la herramienta que fabrica —que él mismo fabrica— y de qué forma
quiere que sus útiles se relacionen con los que otros fabrican en ese momento. De modo que
considero muy importantes las relaciones entre la coyuntura presente y lo que se hace dentro
de un campo teórico. Hay que tener muy claras relaciones. No se pueden fabricar
herramientas para cualquier fin, hay que fabricarlas para un fin concreto, pero hay que saber
que serán, quizás, utilizadas para otros fines.
Lo ideal no es fabricar herramientas sino construir bombas porque, una vez que se
han utilizado las bombas construidas, ya nadie las puede usar. Y debo añadir que mi sueño
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personal no es construir bombas, pues no me gusta matar gente. Sin embargo, me gustaría
escribir libros-bomba, es decir, libros que sean útiles precisamente en el momento en que uno
los escribe o los lee. Acto seguido, desaparecerían. Serían unos libros tales que
desaparecerían poco tiempo después de que se hubieran leído o utilizado. Deberían ser una
especie de bombas y nada más. Tras la explosión, se podría recordar a la gente que estos
libros produjeron un bello fuego de artificio. Más tarde, los historiadores y otros especialistas
podrían decir que tal o cual libro fue tan útil como una bomba y tan bello como un fuego de
artificios.