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Isabella Valencia Vernaza

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Que viva la Música!
“Una canción que no envejece es la decisión universal de que mis errores han sido perdonados” – Andrés
Caicedo.
Desde chiquita supe que mis pies y mi cuerpo tenían un propósito más que hacerme andar, esa
respuesta inmediata al escuchar una salsita rapidita al estilo de la vieja Fania o un merengue de
los de “Proyecto Uno” hacía en mi cuerpito de 5 años ser la sensación del baile en cada fiesta de
cumpleaños y reuniones familiar. No miento, la música me acompaña desde que mi memoria
aguanta y representa el 99.9 por ciento de mi vida; mi papa y mi mama, rumberos de nacimiento,
aunque mi papa más que bailar se tiene confianza, me enseñaron el humilde vicio de escuchar
música por placer y me heredaron (de mi mama) el don de bailar, y lo digo así “DON” porque
si hay placer más grande que escuchar la música es bailarla, así como decía “La mona” de Andrés
“La rumba, la rumba me llama, báilala tú como yo” y para mí la música y el baile es la mayor
representación de mi modesto ser.
“La del rey Ray, iAquí namá! y el Ray Barretto, me enseñaron a respirar y a turnar el peso de todo el cuerpo,
pongo oído, el peso de todo el baile de un pie a otro, que no tiene ni fe ni amparo, y el contragolpe suavecito en
los solos de piano” – Andrés Caicedo.
Como dije, mis padres muy fanáticos de la música… de la buena, ponían los domingos mientras
que papa lavaba el carro, mama hacia “oficio” y nosotras, insoladas de tanto sol dominguero
tiradas en el andén de la cuadra, un poco de música a la “old school” de los “long play” que los
había acompañado desde su juventud en los 70’s. Infinidad de canciones oíamos mientras
comíamos un pedazo de sandía recién partidita para calmar el calor abrazado que caracterizaba
un domingo en Florida – Valle, vallenatos de los que a mi ma tanto le gusta, los de Diomedes
que todo el mundo en las “fiesticas” de 15 los canta a todo pulmón y con dedicatoria incluida,
boleros de esos que ya ni la letra entendía por lo viejo y gastados que estaban, los merenguen
que nacieron conmigo y no faltaba la salsa dura y madura que mis padres en algún lugar y tiempo
bailaron. Era como oír pasar los años de vida de mis padres en un día, como si me mostraran
una radiografía de ellos.
Indudablemente, la salsa era ese ritmo que se prologaba a través de las horas de todos los
domingos, que se pegaba a tu cuerpo como chicle y que me dejaba repitiendo el mismo coro por
toda la semana … “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ay dios.. bla bla blabla …Quien
a hierro mata, a hierro termina” y así, en el salón, en la ruta o caminando en la calle mantenía
siempre con el mismo corito rayado que hasta yo me aburría de cantarlo pero era un deber moral
que debía de hacer todos los días. Fue entonces, que a corta edad la salsa se fue volviendo un
aliado para mí, desde esa cercanía en mi niñez, como maldición o bendición, no ha habido salsa
que no esté en mi “playlist” y variadita que es ella, tanto que a veces se me cuela un bolerito o
un son cubano de los que no sé bailar y le he rogado a mi mama que me enseñe.
“Descolgándose unas cuadras, la Calle Quinta. Y sobre la Quinta, La Topa Tolondra, Baco, Evocaciones,
Tintin-Deo, donde no solo suena salsa, bolero, sino también música del Pacífico, chirimía, el piano de la selva:
la marimba. Cali que se alarga en dirección al mar a la hora de bailar” – Valle esta con vos.

Sin embargo, no fue hasta tener 15 que empecé a rumbiarmelas toditas y sin descanso, y es que
no es hasta que uno crece que el baile toma otro sentido y terminas por amarlo u odiar para el
resto de tu vida. En mi caso, le cogía más aprecio en cada salida ilegal, por no tenía cedula, al
baile, y aunque mi generación allá sido criada a oído por los sonidos urbanos puertorriqueños,
mi felicidad era absoluta cuando después de 100 reggaetones (sin desmeritar a este género)
escuchaba a “Cali pachanguero” en “Valle café” o una que fuera más fácil escucharlo como
“Living” en Menga y que con todas mis amigas salíamos a bailar así fuese entre nosotras mismas
para gozarnos hasta el minuto 5:10 de la canción.
No puedo negar, que a pesar de la linda herencia musical de mis padres, Cali ha sido una ciudad
que también me mostro la otra cara de la salsa, la nocturna. Cali sin salsa no es Cali y pensarla
hace que vuelva a mí esta frase del que en un tiempo fue su mayor amado, Andrés: “Ándate en
búsqueda de una ciudad que se llama Cali, que todavía debe existir, porque el día que Cali se
acabe, ese día se acaba el mundo” y que para mí, es la mejor interpretación que Cali ha podido
tener. No hay lugar donde en algún rinconcito de una discoteca teta de gente y hasta forasteros
que no ponga así sea una salsita para sentir uno que está en Cali, desde las más tradicionales en
el Barrio Obrero, alla en la Nellyteka, hasta en las más “under ground” como la Purga que no
me pongan una del rey Ray o una más comercial de niche o guayacán.
Por algo esta es la sucursal del cielo y su himno se llama Salsa, no me extraña pasar por la 5° y
ver en el Manicero a 20 monos tratando de “tirar el paso” o recordar en cada brisa de las cinco
esa canción de “Cali aji.” Por eso, para mí la salsa soy yo, la salsa es lo que bailo, lo que escucho
y lo que he venido escuchando y bailado por siempre, para mí la salsa define una parte de mi
vida, de mi familia y de hasta de la ciudad que me vio nacer. La salsa para muchos será solo un
ritmo musical, pero para mí y creo que para muchos más la salsa es un estilo de vida y no los
culpo, como había dicho, parece chicle y no hay quien la saque de tu vida.
“La música es cada uno de esos pedacitos que antes tuve en mí y los fui desprendiendo al azar. Yo estoy ante
una cosa y pienso en miles. La música es la solución a lo que yo no enfrento, mientras pierdo el tiempo mirando
la cosa: un libro (en los que ya no puedo avanzar dos páginas), el sesgo de una falda, de una reja. La música es
también, recobrado, el tiempo que yo pierdo.” – Andrés Caicedo.