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23/7/2014 Entrevistas - ElSigma

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- Habiendo nacido en Argentina se radicó en España en 1982 desde donde, siendo
docente del Instituto del Campo Freudiano dictó seminarios, cursos y
conferencias no solo allí sino también en Argentina, Brasil, Francia, Italia,
Inglaterra e Irlanda. ¿Cómo ve la situación actual del psicoanálisis en esos
países?

- Sin duda, Argentina sigue siendo “el país del psicoanálisis”. A pesar de que me informan
que otras corrientes terapéuticas comienzan a abrirse un lugar, el psicoanálisis es allí un
fenómeno social y cultural que no tiene comparación alguna con el resto del mundo, ni
siquiera con Francia, donde a pesar de conservar su prestigio, es en los últimos años
objeto de una campaña de acoso muy seria. Comenzó con el proyecto de ley Accoyer,
que pretendía reglamentar la práctica analítica, continúa hoy en día con la proscripción
del tratamiento analítico en los casos de autismo, y seguramente veremos cosas aún
peores. En Brasil la intromisión del Estado es aún muy discreta. Europa asiste a una
verdadera demolición de los poderes estatales, que se han convertido en meros vigilantes
de los intereses del capital financiero. Para seguir justificando su existencia, simulan tener
un papel en la vida de los ciudadanos ocupándose de su bien. Y ya sabemos lo que pasa
cuando el Estado se interesa por el “bien” de la gente. Surge eso que se llama la
“biopolítica”, que consiste en hacerse con el control de todo aquello que de la vida
humana puede contribuir a mantener un orden al servicio del capital. El psicoanálisis es Del mismo autor
algo que hasta ahora pasaba “desapercibido”, porque parecía no guardar ningún punto de
contacto con lo político. Pero la situación ha cambiado. Las resistencias al psicoanálisis » Entrevista a Carlos Gustavo Motta
se manifiestan hoy en los intentos de legislar y burocratizar las prácticas clínicas. Italia lo » Entrevista a Daniel Zimmerman
ha hecho hace ya unos años, y Gran Bretaña también. En este último caso, el
psicoanálisis se ha debilitado de manera asombrosa, si tenemos en cuenta que el » Entrevista a Roberto Rosler
desarrollo de la IPA fue allí importantísimo. Lacan es casi inexistente, pero en cambio » Entrevista a: Julio Granel
comienza a tener una importancia creciente en los Estados Unidos. En las universidades
americanas la obra de Lacan es objeto de un asombroso número de estudios y tesis. La
práctica clínica, en cambio, no está tan extendida, pero los grupos analíticos lacanianos Búsquedas relacionadas
aumentan cada día más, en especial en Nueva York y San Francisco.
Por el momento, el Estado español se mantiene poco atento a los avatares del No hay búsquedas relacionadas.
psicoanálisis. En parte, debido a que el análisis tiene poca existencia oficial. Jamás fue
admitido en los planes universitarios ni en los dispositivos de Salud Mental. En ambos
lugares el cognitivismo ha dominado siempre. Primero por la censura de la Iglesia, más
tarde porque la izquierda española, que adora todas las variantes del cientificismo, tomó
el camino decidido de impulsar el cognitivismo y la psiquiatría biologicista. No obstante, y
tras el esfuerzo de casi cuatro décadas desde el desembarco argentino en España, el
psicoanálisis despierta el respeto en la opinión pública, mucho más que en el ámbito
académico e intelectual. Poco a poco, la gente de a pie comienza a distinguir entre una
terapia conductual y la experiencia analítica. Haber logrado eso nos ha costado un
inmenso trabajo, pero ha valido la pena.

- El retorno del péndulo, escrito en coautoría con Zygmunt Bauman es el efecto de


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23/7/2014 Entrevistas - ElSigma
- El retorno del péndulo, escrito en coautoría con Zygmunt Bauman es el efecto de
un intercambio de mails, surgido a raíz de su interés por realizarle un reportaje. En
el prólogo realiza una emotiva semblanza del profesor a quien considera su
maestro, rescatando a su vez la importancia de ese lugar en la adquisición de
conocimientos. ¿Qué le ha posibilitado a usted este encuentro "virtual?" con el
sociólogo, filósofo y ensayista polaco?

- No es que lo considere mi maestro, porque no he sido su discípulo en un sentido


estricto, ¡aunque me habría encantado serlo! Lo que he querido evocar en ese prólogo es
que el intercambio epistolar me permitió, entre otras cosas, volver a experimentar esa
relación que creo ya casi extinguida: la relación entre un maestro y un discípulo. En mi
juventud, durante los primeros años de mi formación analítica, tuve la fortuna de hacer
esa experiencia. He tenido maestros, y sigo sintiéndome deudor de la enseñanza que me
brindaron. Con Bauman volví a sentir algo semejante: la extraordinaria oportunidad de
recibir las palabras de un sabio. Hoy en día ya no existen sabios, sino expertos. Son cosas
muy diferentes. El sabio fundamenta su reflexión desde una perspectiva ética que es
desconocida para el experto, que habla el lenguaje del discurso universitario. Bauman,
pese a su condición de Profesor Emérito, no habla la lengua de ese discurso. Su ámbito es
la sociología, pero en el fondo es poeta. Escribe poesía en formato sociológico. Esa es la
razón por la que encontré en su obra muchos puntos de consonancia con el psicoanálisis.
Porque el psicoanálisis está muy próximo al decir poético. Por eso logra conmover la
verdad mucho más que cualquier otra práctica clínica.

- Usted es Asesor científico en temas de criminología para la BBC de Londres, ¿En


qué consiste esa tarea y de qué modo un psicoanalista despliega esa función?

- Durante diez años, cada vez que se producía un acontecimiento criminal de esos que
despiertan la atención pública, la BBC me preguntaba mi opinión como psicoanalista. Por
supuesto que no me he dedicado a la criminología, aunque me habría encantado, sin
ninguna duda… Como psicoanalista no he tratado a ningún criminal, pero el tema me ha
interesado siempre. Como también me dedico a escribir ficción, he ahondado mucho en el
mundo de la novela negra, que es una lectura obligada para un psicoanalista. La novela
negra, la crime fiction como se llama en inglés a ese género, es una fuente inagotable de
estudio sobre las posiciones subjetivas. Y lógicamente, sobre el goce y el mal el
psicoanálisis ha pensado algunas cuestiones que los criminólogos no pueden dejar de lado.
La prueba más fehaciente la tenemos en el hecho de que las series americanas, cuya
calidad es cada vez mayor, cuentan con un plantel de guionistas claramente formados en
el estudio del psicoanálisis, y sin duda lacaniano.

- En “Del amor” refiere que un estudio psicoanalítico del amor obliga a indagar el
modo en que en un determinado período histórico se utilizan los semblantes para
velar la no-relación ¿De qué manera se utilizan los semblantes en nuestro tiempo?

- Vivimos una época muy curiosa, porque las nuevas formas de lazo social y amoroso
conviven, al menos hasta ahora, con las de toda la vida. Hay un sociólogo alemán que me
interesa mucho, Ulrich Beck, que ha escrito varios ensayos sobre el tema del amor. Y
hace una observación que siempre repito cuando tengo la oportunidad de hablar sobre
estos temas: la gente sigue creyendo en el amor. Por supuesto, la intolerancia y el
sentimiento de ofensa narcisista han elevado notablemente sus niveles en las últimas
décadas, por lo tanto es bastante frecuente que las parejas no aguanten mucho tiempo.
Sin embargo, ¡eso no las vuelve por fuerza “eroscépticas”! (significante que me acabo de
inventar). Todo lo contrario. Insisten. Perseveran. Siguen creyendo en el poder del amor
para hacer cesar eso que no cesa de no escribirse: la relación sexual. No importa que las
parejas sean hetero u homo, vivan juntos o cada uno en su casa, incluso en ciudades o
países diferentes, que la convivencia sea más on-line que off-line. El empuje a la
“normalidad” todavía es lo que más impera. En el fondo, está claro que nadie quiere ser
diferente. Es para morirse de risa cuando uno hace un flashback y observa las
reivindicaciones de los homosexuales, por ejemplo. Dos de sus mayores conquistas (que
por supuesto celebro) han sido el matrimonio y la carrera militar. Imagínese qué pensaría
el pobre Oscar Wilde si pudiera ver que ahora no solo podría casarse, sino alcanzar el
grado de general. Se preguntaría si la militancia y la lucha por los derechos ha consistido
en poder acogerse a dos instituciones tan antiguas como la propia humanidad: el
matrimonio y el ejército. Los roles pueden estar cambiados, él hace de madre, ella adopta
el papel de proveedora de los bienes, pero al fin de cuentas lo que está en juego es la
misma y vieja historia de siempre: hay que encontrar el camino de vuelta de ese exilio al
que aludía Lacan sobre la relación sexual.

- Y en referencia al mismo tema dirá que dicho estudio tendrá también que
considerar la manera singular en la que el amor fracasa en su intento, ¿qué modos
particulares adquiere ese fracaso en nuestra época?

- El fracaso, como aludía antes, se manifiesta fundamentalmente en el hecho de que


después de la Segunda Guerra Mundial, y como consecuencia (entre otros factores) de
un desarrollo de las fuerzas productivas y el denominado “estado de bienestar”, se ha
creado un valor subjetivo que ha cobrado una importancia soberana: la “autorealización”.
No es algo despreciable, desde luego. Su lado noble consiste en que mucha gente ha
podido descubrir que la vida no está contenida en las letras del destino, que uno puede
elegir otro camino, que existen modos alternativos para la existencia. Claro que eso no ha
estado al alcance de todo el mundo, por desgracia. Todavía una gran parte de la
humanidad ni siquiera tiene la menor idea de eso. Pero Occidente lo ha conocido a partir
de la segunda mitad del siglo pasado, y ha supuesto la posibilidad de que la búsqueda del
goce supere con creces al alivio de la supervivencia. En suma: la gente quiere más. ¿Más
qué? Más goce. Usted me dirá que eso no es nuevo, que eso ha sido así desde siempre.
De acuerdo. Pero también es verdad que antes las personas estaban inmersas en un
discurso que ponía cierto límite a esa aspiración. La fase avanzada del capitalismo actual
ha levantado esa limitación, y ha puesto por delante el señuelo de la realización personal,
que es un modo de expresar lo que nosotros llamamos el derecho al goce. En nombre de
ese derecho, todo puede convertirse en un estorbo: la pareja, los hijos, la familia, los
amigos. Si utilizamos esa expresión que Freud aplicaba al síntoma, para que el amor se
sostenga ‒¡aunque sea un poco!‒ es necesario una cierta “formación transaccional”.
Cuando la castración y el mandato superyoico al goce de la realización personal entran en
conflicto, hay grandes probabilidades de que el amor pierda…

- También en "Del amor", publicado en Cita en las Diagonales, señala que a falta
de referentes exteriores sólidos y consistentes, el sujeto tiende a buscar en el
terreno íntimo de la relación amorosa un asidero para el sentido existencial que se
desdibuja. Esta afirmación parecería contraponerse a la tendencia que se observa
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desdibuja. Esta afirmación parecería contraponerse a la tendencia que se observa
‒al menos en las grandes urbes‒ de relaciones cada vez más efímeras, no solo en
cuanto a la duración sino ‒y tal vez fundamentalmente‒ en lo evanescente del
lazo, un poco en la línea del “amor líquido” proclamado por Zygmunt Bauman.
¿Cuál es su consideración al respecto?

- En cierto modo ya he contestado a su pregunta, pero puedo añadir una cosa que me
parece importante. Como le decía, lo nuevo convive con lo tradicional, y lo nuevo es un
fenómeno que no es ni mucho menos general, pero que va en aumento: lo que los
japoneses llaman “la vida furita”. ¿Qué es eso? Los furitas son aquellas personas que han
decidido vivir sin establecer un lazo de compromiso con nada: ni un hogar, ni un país, ni
una relación afectiva. Son seres metonímicos, que se deslizan por la existencia. Hoy
trabajan aquí, mañana allá, hoy viven aquí, mañana ya no se sabe dónde están. No tienen
nada fijo: ni pareja, ni amistades, ni vocaciones. Es una especie de culto idolátrico a la
libertad absoluta. Ya sabemos que Lacan consideraba que la libertad es un delirio, y que
la gente que no se identifica a algo, está loca. No estamos hablando del terreno de la
psicosis, sino de la locura generalizada. Los japoneses son siempre muy originales para
inventar fenómenos sociales. Algunos no salen de sus islas, pero otros acaban por
exportarse a Occidente.

- En “Meditaciones de un psicoanalista sobre la vida amorosa en Mutandia”


destaca que si bien rige “la subsistencia del Complejo de Edipo como estructura
ficcional que ha demostrado su eficacia en el anudamiento de R, S, e I”, su
primacía comienza a ser disputada por nuevas formas sintomáticas que, aún
cuando no se rigen por la significación del falo permiten un anudamiento de los
tres registros, y habla de un “Más allá del Edipo”, ¿A qué se refiere con un “Más
allá del Edipo”, que sitúa como una creciente zona fronteriza?

- Este es un tema muy delicado, porque me parece que hay que ser muy prudente con la
idea del “más allá del Edipo”. Eso no lo inventé yo, como bien sabe, está en Lacan. Su
crítica al Edipo freudiano empieza casi al mismo tiempo que su entrada en el psicoanálisis.
Eso no significa que lo objetara, pero ya conocemos el inmenso trabajo que llevó a cabo
para extraer del Edipo toda la imaginería neurótica, para poder así revelar la estructura. El
procedimiento consistió en darle la vuelta al asunto, y entender el Edipo a la luz del
complejo de castración, y no a la inversa. Poner la castración en el fundamento del
sujeto, acabó por llevar a Lacan un poco más lejos que a Freud. Pero no descuidó jamás
la importancia del Edipo, al punto de que en algún lugar hizo notar que sin el complejo de
Edipo el psicoanálisis sería un delirio. ¿Por qué? Porque el Edipo es lo que nos da el marco,
nos recorta el territorio de nuestro objeto de estudio. El psicoanálisis no es una
concepción del mundo, sino algo que se limita a estudiar un campo muy preciso, el campo
del deseo y del goce. Sin el Edipo, no se pueden visualizar las lindes. Ahora bien, Lacan
afirmó que el Edipo era el sueño de Freud. Algunos interpretan esa frase como si el Edipo
fuese algo ilusorio. Sin duda, no se trata de eso, al menos es lo que yo entiendo. Significa
que, al igual que el sueño es una elaboración de lo real, el Edipo también lo es. Es una
elaboración del goce en tanto imposible, imposible por el hecho de que, como decía Freud,
hay algo interno a la satisfacción misma que la malogra. Lacan leyó esa idea muy
atentamente. En verdad fue el propio Freud quien se la proporcionó, en su artículo “Una
degradación general de la vida erótica”. Allí Freud es taxativo, y se muestra contrario a
todo relativismo cultural. Dice que el mayor impedimento a la satisfacción no proviene de
un agente exterior. No es necesario el padre para poner un límite a la satisfacción: hablar
es ya una interdicción al goce. Fue algo increíble que ya en su texto sobre los complejos
familiares Lacan comprendiese que la imago paterna iniciaba la andadura de su ocaso.
¿Cómo pudo darse cuenta de algo que solo ahora podemos ver con toda claridad?
Supongo que eso es en lo que consiste ser un genio: anticiparse al futuro. Ahora sabemos
que el padre puede suplirse de distintas maneras, y que en definitiva lo que nos anuda, lo
que mantiene una consistencia en el sujeto, es el síntoma, y que el padre es una variante
del síntoma. No obstante, el síntoma “padre” permite ciertas cosas que otras variedades
de síntomas no logran suplir. Por ejemplo, cuando Lacan considera que un padre es
merecedor de respeto por hacer de una mujer la causa del deseo, no sé si eso se puede
hacer extensivo al síntoma. Un síntoma puede servir de punto de almohadillado, puede
permitirle a un sujeto estabilizar su relación con el goce. Pero su alcance en lo que hace a
la posición sexuada… eso es más discutible.

- Este escenario ¿llevaría a pensar en el ocaso de uno de los conceptos centrales


del psicoanálisis? De ser así ¿cuáles podrían ser sus consecuencias en relación a
la prohibición, el Super-yo o la castración, por tomar solo algunos de los pilares
para pensar al sujeto desde el psicoanálisis?

- No creo que la última etapa de la enseñanza de Lacan sea un desmentido de la anterior.


Un “más allá del Edipo” no supone ninguna clase de superación de los conceptos que
manejamos. En todo caso, y para tomar una idea de lo que sugiere, significa pensar la
castración como algo que no depende solamente de la acción de la función paterna. En
verdad, me parece que hablar de “más allá del Edipo” supuso para Lacan la posibilidad de
indagar en una fase más primaria de la estructura. El complejo de Edipo es una
elaboración del trauma que implica el encuentro del cuerpo y la lengua. Ese encuentro es
lo que en los últimos años interesó más que nada a Lacan. Y se dio cuenta de que alguna
gente puede elaborar ese trauma mediante fórmulas que no siguen la estructura del
Edipo.

- También relaciona esta zona de Más allá del Edipo con “los sujetos que no se
inscriben en la transferencia al saber”. ¿Este planteo reclama cambios en la
escucha y la técnica del psicoanálisis?

- Desde luego. Lo más interesante de esta última etapa de la reflexión de Lacan es la


diferencia entre locura y psicosis. No vamos a concluir que todo el mundo es cada vez
más psicótico, eso sería ridículo. Otra cosa es pensar que todo el mundo está loco, es
decir, que todos deliramos. Esa es una idea que no forma parte de la psicopatología. Se
trata del delirio universal inducido por la lengua, que determina que el famoso concepto
psiquiátrico de “significación personal” se extienda a todos y cada uno. Por ese motivo,
me interesa mucho pensar que estar “desabonado del inconsciente” no supone
necesariamente ser psicótico. Finalmente, el inconsciente solo se “realiza” en el análisis,
es decir, en la transferencia. Pero para Lacan hay una condición previa: que el sujeto
crea en su síntoma, es decir, que considere que el síntoma dice algo. Creo que todos los
analistas estarán de acuerdo en que cada vez es más frecuente encontrarnos con
sujetos que padecen, que sufren, que testimonian de un malestar, pero que no creen que
hay allí un saber a descifrar. Hay ocasiones en que podemos llevar a cabo una maniobra
para introducir la suposición de un saber, pero hay muchos casos en los que eso no
sucede. A pesar de todo, esos sujetos vuelven, no desisten, quieren ser escuchados,
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sucede. A pesar de todo, esos sujetos vuelven, no desisten, quieren ser escuchados,
incluso se alivian. Por eso es tan difícil ser lacaniano de verdad, porque en el fondo no
hay ninguna técnica. Solo la invención del caso por caso. Decirlo suena muy bien, pero
estar a la altura de ese desafío es otra cosa.

- A propósito del I Congreso Mundial de elSigma que hemos dado en llamar “El
estadio del screen. Incidencias de la virtualidad en la constitución del lazo social”,
¿cuál es su lectura acerca del sujeto interceptado por la imagen?

- Debo decirle, en primer lugar, que el sintagma “estadio del screen” me parece un
verdadero hallazgo, porque me sugiere algo que va mucho más allá de una mera
descripción del fenómeno actual de nuestra relación con los dispositivos. Aunque
desconozco la forma en que los organizadores del Congreso lo han pensado, vale la pena
tomarse eso muy en serio y considerar hasta qué punto la función de la pantalla, aun
cuando no sustituya la función del espejo, no acabará convirtiéndose en una parte de la
construcción de la subjetividad. Durante muchos años mantuve una posición muy crítica
respecto de la tecnología. Sin darme cuenta, iba adoptando una consideración moral, por
así decirlo, sobre los efectos de la tecnólogía en la subjetividad. Estoy empezando a
reconsiderar ese punto de vista, y a pensar que los psicoanalistas debemos aceptar que
el parlêtre no es algo inmutable, que por el contrario es algo sujeto a las
transformaciones de la época. En verdad, Lacan pensaba que lo único auténticamente
humano es la imposibilidad de una escritura de la relación sexual. A partir de ese real,
todo lo demás es perfectamente concebible. La tecnología, como el amor, es una manera
de intentar poner en suspenso la imposibilidad de esa escritura. Pero tanto la tecnología
como el amor desembocan tarde o temprano en el síntoma.

- En “El psicoanálisis en la era de la gente que piensa con el cerebro” señala que
cada vez es más la gente que piensa con el cerebro y no con los pies, que es,
según la propuesta de Lacan, pensar desde el síntoma; que “son personas que no
tienen tiempo y que por lo tanto no están disponibles para descifrar el síntoma”. Y
luego agrega: “Podemos incluso referirnos a la gente que piensa con su iPad, que
es una especie de cerebro portátil”. Desde esta perspectiva y teniendo en cuenta
que es una tendencia a aumentar considerable y vertiginosamente ¿cómo piensa
el futuro del psicoanálisis?

- El psicoanálisis todavía tiene un porvenir, por aquello mismo que antes le comentaba: la
imposibilidad de escribir la relación sexual asegura un real que jamás cesará de producir
síntomas, en el sentido más elemental del término, es decir, algo que no funciona. Pero
eso no debe volvernos excesivamente optimistas. Que el malestar esté asegurado, no
asegura nada sobre el destino de ese malestar. ¿El analista seguirá siendo un destinatario
privilegiado de lo que no marcha, o la técnica nos ganará la partida? ¿La medicalización
generalizada de la existencia acabará por hacernos a un lado? No es algo que se pueda
descartar.

- En relación al tiempo de las sesiones, el psicoanálisis de orientación lacaniana,


sobre la base del cuestionamiento a la estandarización, ha producido cambios en
la frecuencia y duración ¿Cuál es su postura respecto de las sesiones de tiempo
libre que tienden a ser cortas?

- No creo que pueda añadir nada muy original a ese tema. Orientarse según las
coordenadas que Lacan nos ha enseñado supone, entre otras muchas cosas, emplear el
tiempo como un elemento fundamental de la cura. Algo semejante ocurre con el dinero. El
tiempo y el dinero son dos factores fundamentales en los que Lacan incidió desde el
punto de vista de la dirección de la cura. El tiempo es indisociable del sentido, o tal vez
sea mejor decirlo al revés. El sentido requiere del tiempo para producirse, es lo que Freud
llamaba “retroactividad” (Nachträglichkeit). Es muy sencillo de comprobar: si usted le da
tiempo a alguien, es seguro que acabará por encontrar el sentido a cualquier cosa. En
cambio si lo apura, es probable que no pueda atraparlo. Lacan estaba convencido de que
la enfermedad común del ser hablante es la debilidad mental, que consiste en buscarle
sentido a todo. El análisis debe ir a contrapelo de esa tendencia “natural”. Para ello, la
sesión breve puede ser un instrumento extraordinario, siempre y cuando no la convirtamos
en un nuevo estándar. Los pacientes también aprenden el truco. Algunos son muy
simpáticos y se anticipan: “Ya sé que con lo que le voy a decir ahora me va a cortar la
sesión”. Hay que seguir el lema de ese general chino que hace más de mil años decía: “El
enemigo espera que yo haga un movimiento clásico. Entonces ataco haciendo un
movimiento sorpresivo. El enemigo espera que yo haga un movimiento sorpresivo.
Entonces ataco haciendo un movimiento clásico”.

- ¿Los psicoanalistas nos damos tiempo para escuchar al sujeto y su síntoma?


¿Estamos intentando pensar con los pies o hemos sido presas de nuestro iPad?

- Bueno, no me atrevo a hablar en nombre de los psicoanalistas. Personalmente intento


concederle al sujeto el tiempo que requiere. A veces es largo, otras veces es corto. Pero
hago todo lo posible para que sea justo, quiero decir, que sea el apropiado para producir
un acto.

- En “Reflexiones sobre Her, de Spike Jonze” refiere: “tengo la impresión de que


nuestras afirmaciones sobre los efectos de la tecnología en la subjetividad, están
siendo infiltradas por una ideología no siempre sustentada en los hechos clínicos”,
¿cuál es esa ideología y que efectos produce en la praxis del psicoanálisis?

- Cuando leí “El esplendor de la verdad”, la encíclica de Juan Pablo II, me produjo cierto
estupor descubrir que algunas de sus afirmaciones podían haber sido dichas por un
psicoanalista. Es un texto donde se pone el acento en la “deshumanización” que produce
el discurso científico-técnico. Entonces me dije: “Esto no puede ser, hay algo que no
estamos entendiendo bien. No creo que Lacan se haya tomado semejante trabajo para
que acabemos alineados con la Iglesia Católica”.
Y algunos años después, escuché a mi colega y gran amiga Marie-Helene Brousse decir
algo muy importante sobre la función de los gadgets. Eso me resultó muy revelador.
“¡Cuidado! No menospreciemos la función del objeto en el ser hablante”. Cuando hablo de
una “ideología” psicoanalítica, me refiero en este caso al hecho de que no podemos
condenar el uso de la técnica ni la proliferación de los objetos técnicos como si diésemos
un sermón, como si se tratase de algo que “atenta” contra la condición humana. Mucho
menos cuando basta con asistir a cualquier reunión psicoanalítica y observar que todo el
mundo está pegado a alguna clase de dispositivo técnico. Lo que es verdaderamente
extraordinario, es el hecho de que el psicoanálisis haya logrado mantener en pie un
dispositivo que no requiere de ningún medio técnico para que el acto analítico se
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dispositivo que no requiere de ningún medio técnico para que el acto analítico se
produzca. Posiblemente sea la única praxis que en la actualidad puede llevarse a cabo sin
el auxilio de ningún objeto de la técnica.

- Usted señala que “Cuando los trabajadores que permanecieron en las entrañas
envenenadas de la central nuclear japonesa de Fukuyima intentaron regresar a
sus hogares, encontraron el espantoso rechazo de sus vecinos. Algo semejante a
lo que sufrieron los veteranos de Vietnam, o los supervivientes de los campos de
concentración. Nadie quiere saber nada de ‘los mensajeros de la desgracia’, como
decía Bertold Brecht, una desgracia producida por esa racionalidad desligada de
cualquier obstáculo moral”. No alcanzo a percibir la diferencia entre esta actitud y
la que manifestaban quienes se enfrentaban con los portadores de la peste o la
lepra y de ahí la creación de los leprosarios, sin olvidarnos de la actitud frente a la
locura. Me da la impresión de que el ser humano siempre ha reaccionado
rechazando lo que amenaza su integridad. ¿Cuál sería la diferencia en este
tiempo?

- Es cierto lo que usted señala. No hay verdaderamente ninguna diferencia. Sin embargo,
da la impresión de que la hipermodernidad es, entre otras cosas, una época caracterizada
por una estética muy singular, en la que tal vez sí encontremos una diferencia: la
furibunda necesidad de apartar de nuestra vista todo aquello que nos recuerde la
caducidad de nuestro paso por la vida. Nunca antes se celebró un culto a la eterna
juventud, ni se ocultó la vejez y la muerte, ni se consideró inadmisible la enfermedad
como en la actualidad. Cada vez nos resulta más inaudita la idea de que la muerte no es
un error genético…

- En nombre de elSigma le agradezco su participación en este espacio,


brindándonos sus reflexiones y desarrollos sobre temáticas que requieren un
abordaje profundo para intentar proponer una lectura lo más despojada posible de
prejuicios, con las dificultades ‒también para los psicoanalistas‒ que eso conlleva
por estar atravesados, en tanto sujetos de este tiempo por esas mismas
coordenadas.

Gustavo Dessal nació Buenos Aires en 1952 y se trasladó a Madrid en 1982, donde
reside desde entonces. Es analista miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y
escritor. Docente del Instituto del Campo Freudiano en España. Ha dictado
conferencias, seminarios y cursos en España, Argentina, Brasil, Francia, Italia,
Inglaterra e Irlanda. Autor de más de un centenar de artículos de psicoanálisis. Entre
sus obras de ficción se destacan "Clandestinidad" (Interzona, Buenos Aires, 2011),
"Demasiado Rojo" (El Nadir, Valencia, 2012). Acaba de publicar el ensayo "El retorno
del péndulo" (Fondo de Cultura Económica, Madrid y Buenos Aires, 2014) escrito junto
con el sociólogo Zygmunt Bauman. Ha sido traducido al francés, inglés, portugués y
rumano.

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