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LA TRADUCCIÓN EN LAS CIVILIZACIONES GRIEGA Y ROMANA

Roma en el contexto de la asimilación de la cultura griegas. Sobre todo en época arcaica, la "traducción" no se realiza desde
la igualdad de lenguas, sino que es vehículo para dotar a una lengua rudimentaria y primitiva de capacidad literaria. No
faltan al respecto los lamentos por la patria semonis egestas que la comparación con la lengua griega ponía al descubierto
ante la conciencia lingüística de los latinoslo. En un primer periodo, que conocemos sobre todo por las traducciones de
obras teatrales, se busca producir en el espectador romano el mismo efecto que la obra causó en el griego, en terminología
modema, una "equivalencia dinámica" que, tras la resituación de la obra en ambiente romano, en muchos casos no debía
dejar invariable más que el núcleo semántico básico

Con respecto a la traducción en las civilizaciones griega y romana encontramos una relevante traducción (la septuaginta)
La Septuaginta o, en diminutivo, los "LXX" (Setenta), constituye la primera traducción de la Ley Mosaica o "Pentateuco" y
de los Profetas, a un idioma distinto al hebreo, lengua considerada "sagrada" por los fieles judíos. En los decenios posteriores
se sumaron a la Septuaginta el resto de los "otros escritos" en hebreo antiguo o "paleohebreo" de la Biblia.

La versión en griego del Antiguo Testamento llamada "Septuaginta" constituye una de las fuentes más importantes para
adentrarse en la antigüedad de los textos de la Sagrada Escritura, tal como los conoció el Señor Jesús. Estos escritos fueron
fundamentales para los primeros cristianos, tanto de origen hebreo como gentil. La Septuaginta fue reconocida por la
naciente Iglesia y leída con la devoción reservada a la Revelación de Dios.

El Rey Ptolomeo II Filadelfo de Egipto fue un gran admirador de la cultura y las antigüedades. A Ptolomeo se atribuye la
fundación del primer "Museo" -casa en honor de las "musas" que inspiraban a los artistas-. Según una carta atribuida a un
judío helenizado llamado Aristeas, dirigida a su hermano Filócrates, Ptolomeo Filadelfo solicitó al Sumo Sacerdote Eleazar
de Jerusalén la presencia de 72 sabios judíos (seis por cada tribu de Israel) con el fin de traducir la Torah (los libros de la
Ley hebrea revelada por Yahvé) al griego "koiné" para enriquecer la biblioteca de Alejandría.

El nombre de "Septuaginta" se origina en el número "redondeado" de sabios que habrían intervenido en la traducción, o más
bien en la "transposición", porque no se "tradujeron" solamente palabras y frases de una lengua a otra, sino se expresó con
lucidez providencial el sentido auténtico de la Palabra de Dios.

El Pueblo Judío estimó la Septuaginta, desde sus orígenes, como "inspirada", digna de ser leída y estudiada en las
sinagogas. Tal opinión fue compartida por la naciente Iglesia cristiana, que asumió la Septuaginta como expresión auténtica
de la Revelación divina. Los Evangelistas y los Apóstoles acudieron a los "LXX" cuando escrutaron las antiguas escrituras
en busca de los anuncios proféticos revelados por el Padre sobre la venida redentora del Hijo.

Pero podríamos decir que en realidad la traducción toma lugar en Roma la cual estaba deseosa de asimilar la cultura griega

CICERÓN

Es opinión corriente que los primeros testimonios escritos sobre la propia manera de traducir proceden de Cicerón El más
importante, o al menos el más citado, sería el que aparece en De optimo genere oratoruní 13-14 y 23 He aquí el texto de
ambos pasajes.
Esta introducción fue escrita hacia el año 46 a de C, es decir, cuando Cicerón andaba ya por los sesenta De su
traducción de aquellos discursos no se conserva nada Y aunque, reflriéndose a ella, Cicerón usa reiteradamente el
pretérito perfecto de indicativo convertí non necesse habuí servaví putaví (13-14), elaboravimus- (23), se ha llegado a
pensar en la posibilidad de que escribiera el prólogo antes que la traducción y ésta se quedara en proyecto> sospecha, a
mi parecer> infundada, no sólo porque sería un tanto extraño el mencionado uso del perfecto, sino también porque,
como veremos luego, san Jerónimo parece haber leído en latín ambos discursos 3 Con su habitual complacencia en el
propio mérito, advierte Cicerón que no emprendió este trabajo porque a él le frese necesario, sino porque lo consideraba
útil para los estudiosos (putaví mr/ii suscrp¡endum laborem utilem studzosís, mr/ii quzdem non necessarium) Cicerón, en
efecto, sabía muy bien el griego y podía, desde su juventud, leer sin dificultad las obras escritas en esta lengua Pero lo que
más nos interesa de estas manifestaciones es su eventual valor metodológico para la traducción

Cicerón afirma que> al verter los discursos mencionados, no ha procedido como intérprete, sino como orador «Verter
como orador» es conservar las mismas ideas y sus formas o, por decirlo así, sus figuras, pero con palabras acomodadas al
uso romano.

qué entendía Cicerón por «verter como intérprete» El intérprete no podía permítirse en este punto más libertades que el
orador También él estaba obligado a reproducir con la mayor exactitud posible las ideas, las figuras y el orden expositivo.
La diferencia entre ambas actitudes se refería a las palabras De las expresiones tulianas se deduce que el intérprete vertía
«palabra por palabra» (verbuní pro verbo), consíderándose obligado a dar al lector el mismo número de ellas que hubiese
en el original, contándolas como sí fuesen monedas (ea adnumerare lector; putans oportere), en vez de, por decirlo así>
pesar su contenido (tamquarn adpendere), y a no poner en su propio texto ninguna que no tuviera otra correspondiente
en el griego.

La primera de las traducciones cíceromanas de que tenemos noticia es la del Económico de Jenofonte, s («Esto lo expuso
muy bien Jenofonte el Socrático en su libro titulado «Económico», que yo vertí del griego al latín cuando tenía más o
menos tu edad») Cicerón se dirige aquí a su hijo Marco> quien, cuando se escribió De officas, contaba veintiún años
Según esto, habría vertido al latín el Económico hacia el 85> casi cuarenta años antes que los discursos de Esquines y
Demóstenes. convertímus, es el mismo que se repite en De optimo genere oratorum)

Horacio
Menos fundamento aún hay en un pasaje citado de Horacio para incluir a este poeta entre los preceptistas de la
traducción Me refiero a los versos 128-134 de su Arte poética

El segundo autor siempre citado entre los clásicos como teórico de la traducción es Horacio, cuyos versos 133-34 del Ars
Poetica, nec verbo verburn curabis reddere fidus/ interpres, han sido interpretados tradicionalmente como una condena
de la traducción literal verbo verburn y, en consecuencia, se ha visto en ellos una recomendación de la traducción libre en
la misma línea que Cicerón. De nuevo García Yebra, en su comentario a estos versos, niega cualquier fundamento a la
consideración de Horacio como preceptista de la traducción

El orador no debe ser ínterpres (traductor), debe parafrasear la obra de su modelo, competir con él y> sí le es posible,
superarlo