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EL FORASTERO

*Por Leonardo Innamorato

N
adie de los curiosos vecinos y chicos que solían frecuentar la cuadra de avenida de
los Constituyentes a la altura del 1.200 sabía del forastero instalado flamantemente
en la cuadra. La cotidianidad últimamente se veía convulsionada por ese extraño tipo,
de mirada tiesa, algo retraído, tímido, de rostro moreno. Algunos le daban no más de 65 años.
Cada vez que salía de ese albergue de un ex conventillo, la vieja casona azul con esas típicas
altas puertas, de construcciones de principios de siglo veinte, imponía un aire de una
atemorizante presencia cada vez que pasaba frente a los chicos o con algún vecino de la
vecindad.

Se decía de aquel hombre de imagen casi espectral, muchas veces denotaba una cara de
tristeza y de aliento a alcohol. Decían algunos más animosos vecinos que el ilustre desconocido
había sabido ser un ingeniero, que trabajaba en una de las dependencias de SOMISA, y gran
lector de libros de literatura clásica. Se lo solía ver sobre todo pasada las diez de la noche
cuando el hombre salía a la despensa a comprar víveres y su clásica botellita de whisky. No
faltaron aquellos prejuiciosos habitantes del barrio en donde le pusieron un rotulo: “ahí va el
hombre de la muerte” por su aspecto espectral, temeroso y casi siempre cuando cruzaba a los
chicos simplemente se detenía y con una penetrante mirada, como si fuese que algo les tenía
que decir, despertaba pasiones encontradas. Algunos inclusive decían de él que estuvo
internado en Salud Mental del Borda por casi dos años, fruto de una separación muy
traumática. Lo que sí se sabe, y lejos de esas especulaciones es que ese hombre vivía solo y
casi su mundo era su casa y la visita sobre todo a la noche a la despensa del barrio.

La creciente expectativa por las inquietudes de los chicos en querer saber más datos de
el forastero, llevaron a inventarle las más disparatantes historias, como que el señor era
practicante de la magia negra, o que pertenecía a una secta en donde a la madrugada lo podían
ver haciendo rituales. Nadie sabía de los familiares, inclusive si tenía hijos y algún tipo de
ingresos, previsión social y de sus actividades en sus ratos libres.

Llegada una noche de invierno, de esos duros inviernos de julio, se lo pudo ver en una
iglesia católica, como siempre solitario, con su rostro de barba de días y con un viejo saco
marrón. Allí la gente disimuladamente lo acusaba con la mirada. Hubo quienes dijeron que ese
hombre estuvo detenido en el penal devoto por un crimen de un compañero de su trabajo. Lo
cierto que él casi nunca hablaba.

Pregonadas fueron las versiones del forastero solitario. Una vez, cansados de tanto
hermetismo y encanto de su persona, los chicos siguieron tras el paso del hombre de la muerte,
sigilosamente lo siguieron tras sus pasos en dirección a su vieja casona, y justo cuando se
disponía a sacar la llave para abrir la puerta los chicos despertaron por fin una animosidad al
preguntarle datos sobre su vida: le dijeron – perdón Ud. señor a qué se dedica, y es verdad que
usted profesa algún tipo de ocultismo? Y el al dar vuelta su triste mirada, les dijo en voz baja
me llamo Rolando García y soy jubilado, vivo solo y vivo la vida. Los niños al conmoverse de
su respuesta, le dijeron – qué bueno señor, nosotros pensábamos que Ud. era una persona muy
hermética y retraída en su propio mundo. Entonces, cada vez que pasaba frente a nosotros y
nos devolvía la pelota… ¿por qué no nos dijo su nombre? El respondió mirando de re ojo a los
costados: simplemente “porque nadie me lo había preguntado”; estamos en un mundo en donde
nadie ya quiere escuchar y prejuzga a las personas sin saber de sus obras.

Abril de 2010

*Licenciado en sociología, UNSE.