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Zoraida

Por

Claudia Varela López González




En una pequeña aldea, en el siglo XVI. Vivía una pequeña, de hermosa piel
morena que tenía unos ojos enormes. Su nombre era Zoraida. Ella nació en el
núcleo de una familia unida. En la aldea eran muy unidos unos a los otros.
Todos conformaban una comunidad en conjunto.
Zoraida era feliz con lo que tenía, valoraba el tiempo a lado de su familia.
Su niñez fue una buena experiencia porque siempre tuvo personas que la
querían a su alrededor.
Al llegar a su adolescencia Zoraida se había convertido en una pequeña
jovencita. Muy inteligente, desde pequeña siempre le gusto investigar sobre
todo lo que se encontraba a su alrededor.
Empezó a notar cambios en su cuerpo, su forma de pensar, su formar de
actuar y hablar. Nadie la había preparado para ese cambio ya que en la aldea
no se tenía la costumbre de hablar con las mujeres sobre su cuerpo y su
adolescencia. Era una aventura que debía enfrentar cada una a su modo.
Zoraida pasaba mucho tiempo con un joven llamado Anis. Era un año
mayor que ella. Él tenía 15 y ella 14. Se conocían desde pequeños, ya que
ambos crecieron en la aldea. Poco a poco ambos empezaron a tener
sentimientos el uno por el otro. Zoraida no entendía como era sentir algo más
por un muchacho que una amistad.
Cuando él le tocaba la mano ella sentía un movimiento en su estómago.
Asustada le fue a decir a su madre, a lo que esta le respondió.
– Eso pasa cuando te gusta alguien.
– ¿Gustarme?
– Si, Anis te gusta.
Zoraida sorprendida y asustada a la vez decidió alejarse de él. Lo evitaba
día y noche. No quería que Anís le gustara. Quería verlo como un compañero.
La pequeña adolescente estuvo mucho tiempo confundida.
Quería seguir pasando tiempo con Anis, pero a la vez sentía miedo.
Durante el tiempo que Zoraida se aisló empezó a pasar tiempo en el bosque.
Pasaba días sola, observando la naturaleza.
De repente un día, la familia de Zoraida sufrió una tragedia. Su pequeña
casa ardió en llamas. No les sucedió nada a ellas, pero perdieron todas sus
pertenencias.
Tenían la esperanza que la aldea, las iría a ayudar. Tenían altas
expectativas, al final terminaron decepcionadas al ver la realidad. Nadie hacia
nada por ayudarlas.
Era demasiado triste para ellas, no recibir ayuda de parte de la aldea. Ya
que la consideraban parte de su familia. Abrieron los ojos al darse cuenta que
nada era como pensaban.
Lograron hacer una casita con hojas y ramas. En las lluvias era muy
incómodo, entraba mucha agua.
Al poco tiempo llegaron a colonizar los ingleses. Sacaron a toda la aldea
de la zona. Dejándolos sin hogares, comida y sus vidas.
La aldea se levantó en armas por lo que terminaron en una guerra muy
sangrienta por su territorio. Murieron muchas personas. Y otras más
terminaron sirviendo a los conquistadores. Zoraida se sentía destruida al ver
los sucesos que habían sucedido. Su vida no era como antes, ni volvería a
serlo. Ella y su familia sobrevivían. Con la poca comida que lograban obtener.
Antes no sufrían de eso porque la comida que había alcanzaba y sobraba para
la aldea. Pero mientras más ingleses llegaban con menos comida contaban las
personas indígenas.
En las noches Zoraida lloraba recordando como era su vida antes y todo lo
que había perdido en mano de los conquistadores.
Tenía 16 años y no era una muchacha feliz. No hacía nada más que trabajar
por comida. Sus sueños se habían muerto al igual que su esperanza de vida.
Era una esclava. A veces regresaba a la vida su sueño, al imaginar cómo sería
su vida si huía de ahí. Era consciente de que podía salir huyendo de ahí,
conseguir una nueva vida aunque fuera difícil. Pero su familia era mucho más
importante que el sueño de la libertad. No quería dejarlas, porque no tendrían
su apoyo.
Porque a pesar de su poca edad ella decidió trabajar día y noche para poder
darles alimento. Solamente su madre trabajaba con ella. Sus hermanas se
quedaban en casa. En la casa que habían construido con ramas. Zoraida quería
cambiar su vida, sentía que ya no podía vivir más de esta manera.
Pero esos deseos se quedaron en eso. Ella no hizo nada y continúo por
meses viviendo de igual manera. Trabajando a diario, comiendo poco y
estando muerta en vida.
Zoraida se dedicaba a recolectar algodón junto con su madre. Todo el día
trabajaban para apenas ganar unos centavos.
Ella estaba a punto de cumplir los 17 años cuando uno de los ingleses la
escogió para que atendiera su casa.
El trabajo nuevo fue una gran oportunidad para Zoraida, iría a ganar más y
aun estaría cerca de su familia.
El señor que decidió contratarla de sirvienta. Se llamaba Román. Era un
señor de 35 años casado con una hermosa mujer de clase alta llamada
Claudette. No tenían hijos.
Zoraida se logró dar cuenta que era tal vez algún problema de ella el no
poder conceder hijos. Ya que era muy raro que una mujer de su edad casada
con un hombre que tenía un patrimonio estable no contaran con una familia
numerosa. Ellos tenían ya más de 10 años de casados.
Claudette trataba con mucha indiferencia a Zoraida y era todo lo contrario
a Román que este la trataba como si fuera una persona.
Zoraida se dedicaba hacer el aseo de la casa de igual forma que de cocinar
tres veces al día. Debía ideárselas para cocinar cosas de buen gusto para la
pareja. A ellos les gustaba como cocinaba Zoraida, él siempre la felicitaba. En
cuanto a Claudette no decía más que un simple Gracias y sin cruzar mirada.
Así paso el tiempo Zoraida cumplió los 18 años, ese día fue a trabajar. Al
llegar temprano a la casa se sorprendió al darse cuenta de que Román la
esperaba con un pequeño pastel y velas.
Ella se sintió muy feliz ya que nunca había celebrado un cumpleaños de
esa manera. Antes lo celebraba con su familia pero nunca era con un pastel y
unas velas. Ya que ella no conocía antes lo que era ambas cosas. Todo eso lo
había traído los ingleses a su conquista.
– Gracias. – exclamo Zoraida.
– No hay de que, lo mereces.- Román le dio un beso en la mejilla.
Esta se sonrojo, no esperaba recibir un beso de parte de su patrón. Ya había
tiempo atrás a ese momento que él estaba muy cariñoso con ella y atento. No
entendía, nunca había llamado la atención de esa manera con otros hombres.
Solamente de Anis, pero de él nunca volvió a saber nada.
Claudette bajo las escaleras en pijama, Román se alejó al momento de ella.
Zoraida se levantó de la silla con el pastelito en las manos y se dirigió al
cuarto de servicio. Solo escucho como Claudette le reclamo.
– ¿Por qué le diste un pastel?—pregunto enojada.
– Es su cumpleaños, creo que merece un pequeño regalo.
– Ah, que atento. Supongo que es porque piensas que es agradable.
Claudette subió enojada a su cuarto.
Pasaron varios días y ella continuo trabajando. Un día Claudette tuvo que
salir de viaje. Decidió ir con su familia que se encontraba en Londres. No
quiso llevar a Román con ella. Había muchos conflictos entre ellos. La
mayoría del tiempo se la pasaban peleando. Todo el tiempo discutían por cosas
que no tenían sentido.
Que si esto que lo otro. No los había visto tener momentos que se vieran
felices.
Es por lo que ella creía que Claudette se había ido de la ciudad y que se iría
por varios días o incluso meses. Porque ella había escuchado que el viaje era
muy largo para ir allá.
Por lo tanto estaba sola en todo el día, en la casa. Román trabajaba y
regresaba por las noches. Al llegar la noche después de que ella le sirviera la
cena, se podía retirar a casa con su familia.
Pero un día en la noche todo fue diferente. Zoraida estaba cocinando la
cena cuando él le dijo:
– Hoy cenaras conmigo. – le sonrió.
Esta se sonrojo. El señor Román era un hombre muy atractivo. Zoraida se
sentía atraída a él desde que lo había visto por primera vez, pero ella no sabía
que era sentirse atraída por alguien realmente.
Él era un hombre alto, de cabello castaño claro y ojos azules. Tenía una
complexión entre delgada y musculosa. Lo llego a ver varias veces sin camisa
porque él se paseaba así en los últimos días que no estaba su esposa.
Ambos se sentaron a cenar.
Ella no decía mucho, se sentía intimidada y era muy tímida. Solo sonreía.
– No me has platicado mucho de tu vida, linda.
Zoraida se quedó callada.
– Puedes hablar conmigo, ya no está Claudette.
– ¿La señora Claudette se fue por que pelean mucho?
Se sorprendió. Al parecer no esperaba esa pregunta.
– Si, nuestra relación se ha venido abajo desde que nos dimos cuenta que
no nos amamos.
Ella, sorprendida abrió los ojos.
– Es por eso que ella se fue. Ya no nos amamos.
– ¿Ya no vivirá aquí?
– Al parecer no. – vio a Zoraida con sus ojos azules, brillantes.
Hubo un silencio incómodo.
Mientras pensaba en lo que le había dicho, por dentro sentía un poco de
felicidad porque no le caía bien Claudette y a veces sentía un poco de celos.
Aunque no fuera realmente consciente de lo que sentía.
– Eres muy linda Zoraida.
Se sonrojo y lo volteo a ver.
– ¿Realmente crees eso?
– Si, desde que te vi sabía que ibas a convertirte en una hermosa mujer.
Muy ruborizada se levantó de la mesa con los platos para lavarlos cuando
Román la detuvo con una mano y se acercó más a ella.
– Tú me gustas.
Zoraida recordó aquella vez que su madre le dijo que a ella le gustaba Anis
que eso que sentía dentro de ella era una sentimiento hacia él. Ahora ella le
gustaba a alguien más.
Él se acercó y poso sus labios sobre los de ella. Zoraida quedo en shock y
no supo que hacer. La pego más a él y continúo besándola.
Ya que se dio cuenta de que Zoraida no cooperaba mucho porque esta no
tenía idea de que hacer, alejo su rostro tomándolo entre manos.
– Perdona. – le dijo.
– No hay problema. — apenas pudo articular palabra alguna. – Me gusto
que lo hicieras.
Román sonrió y volvió a intentarlo. Ella intento sentirse un poco más libre
para poder besarlo.
Continuaron besándose un momento más, tenía emociones que nunca
antes había experimentado. Ya que jamás la habían besado y tocado. Ya no
tenía miedo porque con él se sentía segura.
Continuaron besándose cada vez de forma más apasionada, terminaron
haciendo el amor en el cuarto que de Roman.
Nunca se había sentido de esa manera, el la trato de una manera suave y
fue atento.
Esa noche la pasaron juntos, fue una noche muy lluviosa.
A la mañana siguiente despertó y ya no se encontraba Román. Este se
había ido a trabajar pero no la había despertado. Ella asustada se levantó
temprano para empezar hacer el aseo de la casa y preparar la comida para que
cuando llegara ya estuviera lista.
Durante todo el día pensó en la noche que había pasado con él, empezaba a
sentir otro tipo de sentimientos.
Toda la mañana estuvo esperando por él.
Cuando este llego la recibió con un beso en la boca. Comieron juntos,
como si se tratase de una pareja. Platicaron del trabajo de él.
Tuvo que ir de nuevo a trabajar. Por lo que Zoraida decidió un rato leer
mientras pasaba el tiempo para hacer la cena. En la noche sucedió lo mismo.
Cenaron y platicaron. Ahora hablaron de más cosas que del trabajo. Al
terminar de cenar otra vez el ambiente estuvo romántico por lo que de nuevo
hicieron el amor. Ahora fue diferente porque Zoraida ya no tenía miedo.
Durmieron juntos una vez más.
A la mañana siguiente Zoraida se levantó temprano para preparar el
desayuno. Cuando este se fue ella decidió darse una pequeña escapada al
campo de algodón. Quería que su madre se diera cuenta de que se encontraba
bien. Ya que eran dos noches que no dormía en casa y no había forma de que
se comunicaran.
– ¿Dónde estabas?
– Perdona madre. —sonrió. – Por la tormenta es que no pude regresar. —
no podía evitar sonreír al pensar en la razón por la cual no había regresado.
– Pero ayer no llovió muy fuerte.
– No, pero no me quería arriesgar.
Su madre se quedó observándola unos segundos.
– ¿No hay algo que me quieras decir?
– No, madre ¿Por qué?
– Te noto diferente.
– ¿Diferente?
– Si, mas…feliz.
Zoraida sonrió aún más.
– Estoy bien, madre. Hoy si dormiré en casa, me tengo que ir. Que ya es un
poco tarde.
Zoraida se dio media vuelta cuando su madre le dijo:
– Ten cuidado con ese hombre.
Zoraida se regresó a ella.
– ¿A qué te refieres?
– Si, es un hombre mayor que tú y es casado.
– Lo sé, madre. Él es mi patrón.
– Si, pero esa sonrisa que tienes en el rostro es porque él te gusta.
– ¿Cómo sabes eso?
– Así es cuando alguien te gusta. No puedes dejar de pensar en esa
persona. Pero en este caso no es lo correcto. Él es casado y tú solo eres la
sirvienta.
Se molestó al escuchar eso, no dijo palabra alguna y decidió irse sin
despedirse.
Al llegar a la casa empezó a cocinar de manera acelerada porque ya se
acercaba la hora en que llegaría Román.
No pudo dejar de pensar en lo que le había dicho su madre. No debía de
tomar en cuenta lo que había dicho, ya que ella no conocía la verdadera
historia sobre como ellos ya no se amaban y no vivían juntos. Aparte ella no
sabía que Román le había declarado su amor y que habían pasado dos días
como si fueran pareja.
Ella no tenía ni idea. No podía opinar.
Comieron juntos y hablaron. Cuando estaban juntos se olvidaba de todos
los malos pensamientos que tenía.
Por fin en tanto tiempo realmente se sentía viva. Era el llamado amor el
que había entrado en su vida. No podía dejar de verlo, escucharlo y sentirse
feliz de estar a su lado. Pasaron varios días que repetían la misma rutina.
Siempre trataba de llegar a dormir a su casa pero cuando no lograba hacerlo le
inventaba algo a su madre. A lo que ella era consciente de que Zoraida estaba
con ese hombre, pero prefería ser prudente. Presentía que ese hombre no tenía
buenas intenciones con su hija, a pesar de eso no deseaba advertirle porque
estaba segura de que no le iría hacer caso. Estaba muy cegada por el amor que
creía tener hacia Román. Solo estaba esperando que pasara el tiempo y así su
hija se diera cuenta que tipo de hombre era el que tenía frente suyo.
Pasaron uno, dos, tres y cuatro meses. En esos momentos Zoraida ya
estaba totalmente enamorada de él. Sentía que ya no podía vivir un día más sin
tenerlo a su lado. Y parecía que el correspondía el sentimiento. Todo era
perfecto en los días de Zoraida. Dejaba de trabajar cada vez menos y ganaba
más. Ya que él le daba más dinero para ayudarla.
Gracias a ese dinero Zoraida logro que pudieran construir una casa de
madera para las cuatro.
Zoraida sentía que no podía ser más feliz de lo que ya era en ese momento.
Llego el mes de Septiembre y su vida empezó a cambiar no de una manera tan
agradable ni esperada.
Claudette llego sin que lo esperara.
Fue un día que estaba comiendo con Román cuando tocaron a la puerta y
era Claudette con sus maletas. Esta quedo impresionada, no esperaba volver a
verla nunca.
Él se paró de la mesa y Claudette corrió a sus brazos mientras le daba un
beso. Zoraida quedo en shock y sintió como su corazón se tronaba en ese
momento.
– Hola, cariño. —dijo Román.
– Te extrañe tanto. – le dijo Claudette.
Zoraida respiro hondo. Estos subieron al cuarto y Zoraida se dedicó a
recoger los platos de la mesa para limpiarlos.
Estaba conteniendo el llanto. Desgraciadamente aun le quedaban unas
horas de trabajo. Lo único que deseaba era salir corriendo de ahí. Desaparecer
para siempre de ese lugar y dejar de pensar en todo lo que tenía en la cabeza.
Regresaron los recuerdos de los meses que paso con Román, momento
muy especiales en lo que se sintió muy feliz. Ahora se sentía traicionada. ¿Por
qué le había hecho eso? ¿No que ya no la amaba? Solo debía amarla a ella. Ya
que él se lo había dicho, varias veces.
– Te amo, Zoraida. – le dijo al oído mientras estaban abrazados en la cama.
Ella sonrió para sus adentros. No sabía que era realmente ese Te amo pero
estaba segura que realmente significaba algo especial y único.
Y en ese momento ya no creía si las palabras se trataban de algo verdadero.
Al terminar de trabajar, salió sin despedirse. Cuando cerró la puerta de la
casa las lágrimas empezaron escurrir por su rostro.
Sentía tantas emociones por dentro que no tenía la certeza si se podría
realmente controlar. Así que se dirigió al bosque y paso tiempo ahí llorando.
Sola abrazada a sus piernas. Escuchando latir su corazón. No quería moverse
de ahí. Deseaba desaparecer.
Después de un rato decidió regresar a su casa. Deseaba dormir eternamente
y dejar de pensar en todo lo que había pasado en ese día.
Continúo trabajando en la casa, viendo todos los días como de ser una
pareja que ya no se amaba se convirtieron en una pareja muy amorosa.
Exactamente como había sido lo que ella había vivido con él.
Durante un tiempo no cruzo palabra con Román solamente para hablar
sobre asuntos de la casa.
Nunca volvieron hablar como solían hacerlo antes. Ella continuaba
muriendo por dentro hasta que un día decidió enfrentarlo para saber porque
todo era de esa forma si a ella le había prometido amarla por siempre y que
irían a estar juntos.
– ¿Por qué me hiciste esto? Eres malo. – Zoraida le grito con lágrimas en
los ojos.
– Tranquila. Te puede escuchar Claudette.
– No me importa, eres muy malo Román. Me prometiste muchas cosas y
ahora te veo con Claudette. Cuando me dijiste que ya no se amaban.
– No podemos hablar de eso aquí. – me tomo de los brazos. – En la noche
nos vemos en el bosque para hablar de esto.
Zoraida inconforme no le quedo de otra más que obedecer lo que le indico.
Por lo tanto en la noche ella se fue antes de la casa. Y más tarde salió él
con la excusa de ir a ver a sus amigos.
Los dos se encontraron en el bosque.
– Zoraida, debo decirte algo.
– ¿Qué pasa?
– Tú y yo ya no podemos estar juntos nunca más.
Zoraida sintió un dolor en el pecho y lágrimas cayendo por su rostro.
– ¿Por qué dices eso?
– Porque Claudette y yo vamos a tener un hijo.
Se quedó sin saber que decir.
– Queremos que sigas trabajando con nosotros.
Se alejó de él sin decir palabra alguna. No podía creer lo que él estaba
diciendo. Seguía sin darse cuenta que todo lo que estaba pasando era parte de
la realidad.
No tuvo otra opción más que continuar trabajando ahí, ya que no iría a
conseguir un mejor trabajo. Apenas sabía leer y escribir. Tiempo atrás la había
enseñado Claudette y después ella por su cuenta practico para finalmente saber
hacerlo por su cuenta. Tenía habilidades culinarias y de aseo. Pero a lo que ella
se refería con buen trabajo era que no encontraría a un hombre como el que
era Román.
Eso la mantenía ahí, una pequeña parte de esperanza de que algún día él se
diera cuenta de que realmente la amaba a ella y no a Claudette. No podía
asimilar todas las mentiras que él le había dicho.
De repente se sentía usada y lo odiaba. Pero había otros días que sentía
compasión por él. Porque ella quería creerse que no la amaba, sino que en
cualquier momento le iría decir la verdad sobre sus sentimientos.
Pero no fue así.
Llego el día del nacimiento de la niña. Era una pequeña preciosa, no era
muy parecida a ninguno de los dos.
Tuvo que ser auxiliar en el cuidado de la pequeña. La mayoría del tiempo
le tocaba cuidarla porque Claudette se cansaba muy rápido y prefería
descansar. La nombraron Pauline. Se ganó el corazón de Zoraida, con el
tiempo ella la sintió como si se tratara de su propia hija.
Pasaron uno, dos y tres años. Zoraida cuido de la pequeña durante todo ese
tiempo, hasta que Claudette decidió hacerse realmente cargo de ella. Entonces
ya no estaba tanto tiempo con la bebe. Eso le dolía pero debía ser así porque
no era su hija.
Zoraida ya había cumplido los veintiún años. El 18 de Marzo. Se había
acostumbrado a su vida lejos de él. Metafóricamente lejos, porque seguía
viéndolo a diario. Él se había convertido en un excelente padre, el tiempo que
tenía libre lo pasaba con su pequeña. Le compraba todo lo que ella quisiera y
jugaban juntos. Para él su mundo entero en ese momento era Pauline.
Zoraida con el pasar del tiempo se dio cuenta que ella solo había sido un
objetivo para Román. Al principio lo detesto, lo odio y no lo quiso ver más.
Pero tuvo que aprender que no todo sucede como uno desea. Y por algo habían
pasado todos esos sucesos.
Un día caminando por las calles del pueblo una mujer muy adinerada la
detuvo.
– Hola. – le sonrió.
– Hola. —Zoraida dijo extrañada.
– ¿Trabajas con el señor Román?
– Sí.
– Oh, tengo una propuesta para ti.
– ¿Propuesta?
– Sí, estoy buscando una sirvienta y me han dado excelentes referencias
acerca de ti.
– Yo trabajo con el señor Román.
– Lo sé, pero yo te ofreceré una mejor paga y las comidas de todos los
días.
Zoraida se quedó meditando unos segundos. Era una gran propuesta, pero
ella realmente no se quería alejar del todo de él y de su familia. Sobre todo de
Pauline que la quería demasiado.
– ¿Usted vive aquí?
– No, yo vivo en Londres. Vengo unos días por aquí con mi marido.
No deseaba alejarse de su familia. Ellas ya vivían de manera estable.
Gracias a que sus hermanas más pequeñas ya habían crecido y ahora trabajan
de igual manera. Ya no la necesitaban como tiempo atrás. Pero aun así no
dejaba pensar en el cariño y la seguridad de tenerlas cerca. Por el otro lado
estaba la gran oportunidad de que le pagaran mejor y fuera a conocer otro
mundo del cual no sabía nada.
Le llamaba mucho la atención el irse a emprender una aventura.
– Sí, me gustaría.
– Si es así, yo hablare con el señor Román.
– Deseo tomar la oportunidad de la que usted me habla.
– Perfecto, entonces deja que yo me encargue de todos los arreglos para
irnos. La partida seria pasado mañana.
– Perfecto. – exclamo Zoraida contenta.
Para esa noche todo estaba arreglado. Román no tuvo opción más que
aceptar porque ya sabía que Zoraida estaba dispuesta a irse. Ya le había
preguntado repetidas veces que si ella deseaba irse podría hacerlo porque él no
deseaba retenerla en un lugar donde ella no quisiera estar. Pero Zoraida no se
había ido por todas las razones que tenía. Pero en ese momento no veía más
que una oportunidad para cambiar su vida y destino.
Al día siguiente, siendo el último día del trabajo de Zoraida en esa casa por
la noche Román se acercó a ella. Tenía lágrimas en los ojos.
– No te vayas. – Zoraida se sorprendió.
– ¿Por qué dices eso?
– Zoraida yo no quiero que te alejes de mí. Aún sigo sintiendo muchos
sentimientos hacia ti.
Zoraida soltó una risita.
– Tu no me amas, ni lo harás…– hizo una pausa. – Román continua con tu
vida como yo lo hare con la mía.
Dio media vuelta y salió por la puerta con una sonrisa. Dentro de ella había
nostalgia, aun así estaba segura que debía irse de ahí. Alejarse y encontrar un
nuevo camino. No quedarse estancada en el mismo lugar.
Esa noche estuvo con su mama y hermanas.
– Encontrare una forma de mandarles dinero, lo prometo.
Todas la abrazaron y lloraron por su partida.
– No queremos que te vayas, pero si esto te hará feliz no puedo intervenir.
– le dijo su madre.
A la mañana siguiente muy temprano partieron hacia Londres. En un barco
de madera. Zoraida nunca se había subido a uno y mucho menos había visto el
mar. Estaba sorprendida del mundo que ella nunca se imaginó que había allá
fuera. Era privilegiada porque la mayoría de la gente de la aldea en la que
vivía eran esclavos o tratados peor que basura.
Zoraida lo veía como una injusticia.
Uno de sus sueños era que dejaran de existir tanta desigualdad a su
alrededor y quería luchar por eso. Pero el problema que ella tenía era que no
encontraba la forma de expresarse, se guardaba sus opiniones por miedo e
inseguridad.
Un hecho era que si hablaba de igualdad en el pueblo en donde vivía de
seguro la irían a matar.
Por eso se guardó tantas opiniones que deseaba expresar. Algo había
perfeccionado con los años, era la escritura. Le gustaba escribir lo que sentía
acerca de la vida.
De cómo su gente la habían matado de forma física y espiritual. Ella y su
familia se habían salvado de cosas horribles gracias a que eran sumisas y muy
trabajadoras.
Pero hubo un día que realmente ella sintió mucho miedo por haber abierto
la boca.
Fue cuando ella trabajaba con su madre en los campos de algodón. El
patrón se acercó a su madre y le dijo que era una inservible porque no estaba
recolectando de forma correcta el algodón.
Zoraida no soporto ver que alguien le faltara el respeto a su madre así que
se puso frente a ella entre el señor y su madre.
– Ella no es inservible.
El patrón la vio de forma despectiva. Zoraida se puso nerviosa.
– Ella puede aprender.
– Tú cállate, la próxima vez que vuelvas a retarme. Ni tú ni tu madre
vivirán para contarlo.
Desde ese día Zoraida aprendió a callarse todo lo que pensaba sobre los
conquistadores. Durante mucho tiempo los odio, hasta que empezó a trabajar
con Román y se dio cuenta de que no todos estaban llenos de maldad. Claro
sin contar de la forma en que la hirió sentimentalmente, pero si algo era cierto
es que nunca le pusieron un dedo encima Claudette y él. Ya la habían
considerado parte de la familia y la trataban de igual manera. Hasta Claudette
con el paso del tiempo se dio cuenta que Zoraida no era mala y no había razón
para odiarla. Hasta llego a sentir cariño por ella.
Gracias a ellos, descubrió que no todos los conquistadores eran malos.
Pero la mayoría de ingleses que tenía a su alrededor parecían serlo, porque
veía como era tratada su gente al igual que las personas de piel más oscura.
Los llamaban negros o esclavos. Habían venido con los conquistadores para
trabajar durante todo el día y vivir en condiciones terribles. Zoraida sufría al
ver todas esas injusticias. Por eso uno de sus grandes deseos era escribir un
libro donde hiciera saber que era lo que sucedía en ese momento.
Empezó escribiendo durante el viaje en barco. El cual tuvo una duración de
varios días.
En los cuales en sus momentos libres decidía escribir. Ya que durante la
mayor parte del tiempo se dedicaba atender a la señora Allè y a su marido.
La trataban bien, pero no de igual forma que la familia de Román. A
Zoraida no le importaba ya estaba acostumbrada a la vida de servicio.
Una de las grandes ventajas de trabajar con ellos era las comidas que
recibía al día. Podía comer alimentos de mayor calidad. Postres que nunca
había probado. Y no había problema que comiera un poco más, porque sus
patrones se lo permitían.
Era una pareja sin hijos, él era más grande que ella por muchos años. El
señor Allè se dedicaba a comerciar con madera de alta calidad. Era el por qué
tenían tanto dinero y lujos. Ambos vestían de manera bastante ostentosa.
Cuando llegaron a Londres, estaba sorprendida de conocer un nuevo lugar.
Todo para ella era sorprendente. Allá incluso tenían más avances que en su
pueblo. Veía cosas que no se imaginaba que existían.
Al conocer la casa donde trabajaría se quedó con la boca abierta. Era una
casa enorme con acabados de lujo. Parecía como si tuviera mil habitaciones y
todas amuebladas de manera increíble.
Le mostraron su habitación. Su cama era enorme y de una textura muy
suave. Una vez que se acostó deseo no levantarse más. Nunca había sentido
tanta comodidad. La cama que tenía en su casa era un cartón. Ya que con la
construcción de la casa solo habían alcanzado a terminar de hacerla más no
para comprar cosas extras.
Le dieron vestidos hermosos para que ella utilizara a diario. Nunca se
había sentido atractiva en su vida. Bueno si, con Román. Pero eso ya había
quedado en el pasado.
A diario trabajaba con mucho entusiasmo al ver todos los privilegios con
los que contaba y que nunca esperaba tener.
El que más le encantaba era poder entrar a la biblioteca. Tenían miles de
libros. De todos los géneros literarios. Gracias a estos Zoraida empezó a
estudiar y crecer en su conocimiento. Leía de medicina hasta novelas
románticas. A ella le encantaba aprender y enriquecerse de conocimiento.
Siempre por las noches.
Cuando iba a dormir sentía nostalgia por su familia. Y en parte por la
familia de Román. Aunque sabía que donde se encontraba tendría más
oportunidades.
Un día que estaba haciendo el desayuno uno de los mayordomos se acercó
a ella con una carta entre manos.
– Es para ti.
Zoraida sorprendida la tomó entre sus manos. No se esperaba recibir una
carta. Su madre no sabía escribir de tal forma que pudiera redactar una carta
completa.
Pero para su sorpresa no se trataba de su madre. Sino de Román, le había
escrito una carta.
Querida Zoraida:
No tienes idea como te extraño en este momento. Hace falta tu entusiasmo
y felicidad en estos lares. Ya no me siento feliz sin ti, mi hija me da mucha
felicidad pero no es el mismo tipo de felicidad que tú traías a mi vida.
Quería pedirte disculpas por todo lo que te hice sufrir. No era consciente de
lo que estaba haciendo. Claudette de repente llego a mí de nuevo diciéndome
que me amaba y no me quedo de otra más que aceptarla. Ya que de todas
formas era mi esposa. Pero nunca volví a sentir lo que sentía antes por ella.
Porque continuaba totalmente enamorado de ti. Tuve que disimularlo por años
porque no podía destruir lo que tenía en mi familia. Debo confesarte que a
veces soñaba como seria escaparme contigo y vivir a tu lado amándote para
siempre. Pero nunca tuve el valor de hacerlo. Me veías con tus ojos grises
llenos de dolor y después ese dolor pasó a ser indiferencia así que perdí el
valor para decirte lo que sentía. Mataría porque estuvieras aquí a mi lado, que
nos divirtiéramos y pasáramos tantos momentos especiales como lo hicimos
durante esos cuatro meses que vivimos casi juntos. Zoraida quiero que sepas
que siempre te amare, te amo en este momento y siempre te he amado. Y que
espero que algún día me perdones por todo lo que te hice. Si me respondieras
las cartas que empezare a enviarte me harías el hombre más feliz del mundo.
Aún tengo la esperanza de que lo hagas.
Besos, Román.
Zoraida empezó a derramar lágrimas por sus ojos. Sentía tristeza y coraje.
Porque no esperaba saber que Román tenía muchos sentimientos por ella.
Había soñado durante tanto tiempo con estar con él y vivir felices que con el
paso del tiempo ese deseo se fue desvaneciendo para finalmente convertirse en
indiferencia. Esa carta no hizo más que revivir un sentimiento que ya se había
apagado.
¿Le iría a responder a Román la carta? Después de haber sufrido tanto por
él ya no tenía los ánimos para continuar alimentando a su pasado y revivirlo a
cada momento.
Así que pasaron meses hasta que un día decidió responder la carta.
Román:
Realmente no entiendo porque decidiste ahora decirme todo lo que sientes.
Estuve muchos años esperando que me dijeras que me amabas. Tenía la
esperanza de que reviviéramos los días que tuvimos juntos y donde me hiciste
muy feliz. Pero con el tiempo me fui dando cuenta que tu realmente no me
amabas. Porque si me hubieras amado hubieras hecho todo lo posible para
estar conmigo y hacerme tú esposa. No lo hiciste, me dejaste a un lado
mientras yo veía como estabas con Claudette. Yo era testigo de cómo la
besabas, la abrazabas y también escuchaba como pasaban las noches. Eso me
mato, Román. Me lastimaste tanto que me hice inhume al dolor. Es por eso
que con el paso del tiempo decidí dejarte de ver como alguien que amaba y te
convertiste en una persona más con la que viví una historia muy corta pero
especial para mí. Por lo tanto he guardado nuestros hermosos recuerdos en el
pasado y ahí he decidido dejarlos. No me interesa continuar en contacto
contigo. Porque para mí tú ya no eres parte de mi presente al igual que el amor
que sentía por ti. Espero que estén todos muy bien. Dale un gran beso de mi
parte a Pauline y dile que la extraño. Te mando un abrazo y cuídate Román.
Las palabras salieron del fondo de su corazón. Finalmente había logrado
decir lo que sentía y pensaba de él. Después de tanto tiempo había logrado
dejar atrás el dolor, porque expresar lo que había guardado durante tanto
tiempo lograba que ella se sintiera libre.
Pasaron varios meses, Zoraida continuaba recibiendo cartas de Román.
Ella no respondía pero él insistía en que le contestara.
Las leía por curiosidad. Un día recibió una carta que la hizo sentir lastima
por Román. En esta carta, le contaba de como se había dado cuenta de que
Pauline no era realmente su hija. Claudette había quedado embarazada de un
hombre de Londres durante el viaje que realizo. Pero como quería continuar a
lado de Román no pudo decirle la verdad.
Él se dio cuenta de forma trágica cuando Claudette partió con Pauline y
este hombre acá a Londres. Él estaba inconsolable, se quedó solo de un día a
otro. Sin su hija, el no estar con ella le causaba el dolor más grande que había
sentido. Dejando de lado la traición de la mujer que creía que lo amaba.
Cuando realmente no era así.
Zoraida llego a entender porque nunca quedo embarazada de Román. Él no
podía concebir hijos. Algo por ahí había leído en un libro de medicina. Sobre
hombres que no podían engendrar.
Ese era el caso del pobre Román. Y no lo se había dado cuenta hasta ese
momento.
Ella al sentirse conmovida por el sufrimiento que él sentía, decidió
contestar la carta para darle algo de consuelo.
Román:
Siento mucho por lo que estás pasando. Quisiera estar contigo para lograr
que olvides este dolor. No como si yo fuera tu amante sino como un apoyo.
Una amiga que no olvida a los amigos que la hicieron feliz. Deberías
emprender un viaje o algo que te haga olvidar todo para que no tengas
pensamientos que te hagan sufrir. Es normal que llegue aparecer en tu mente
después de vivir experiencia tan traumática.
Cuentas con una amiga que siempre estará para darte su hombro y que
puedas llorar profundamente en él.
Zoraida termino de escribir la carta para finalmente guardarla en un sobre.
Esperaba ser en parte un poco de apoyo para él. No debía estar pasándola nada
bien. Ya no sentía coraje hacia él, solo veía las cosas buenas que había traído a
su vida.
Ella continúo con el proyecto de su libro. En este hablaba de todo lo que
tuvo que sufrir al llegar los conquistadores. Quería hacerlo saber. No deseaba
quedarse callada. El problema es que debía hacerse pasar por un hombre.
Porque por la raza a la que pertenecía y por ser mujer nadie le daría
importancia a su libro. Entonces nunca llegaría a publicarse ni hacerse saber
todo lo que sabía. Día y noche escribía. No había ni una sola noche que ella no
escribiera aunque sea unas pocas líneas.
Cada vez estaba más cerca de terminar el libro.
Sus patrones no sabían de esto, ella se ocultaba para escribir. A pesar de
que ellos ya sentían aprecio hacia ella, temía que la juzgaran y terminaran con
su sueño.
La señora Allè entro a la cocina donde Zoraida estaba limpiando, se
encontraba sumergida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que la
señora se encontraba tras de ella.
– Zoraida, deseo hablar contigo.
Ella sorprendida se acercó a la señora Alexandra.
–Toma asiento, por favor.
Se sentaron y Alexandra la observo con sus ojos azules.
– Encontré unos escritos. ¿Son tuyos?
Sintió nervios. Ya habían encontrado su libro. Estaba esperando una
reprimenda de parte de la señora Alexandra. Pero fue todo lo contrario.
– Lo leí.
Silencio.
– Es muy interesante. Tienes talento para escribir.
– ¿Te ha gustado?
– Mucho, hablas de una realidad. Sin miedos, sin tapujos. Poca gente
podría animarse a escribir sobre lo que pasa en este momento. Pero tú lo
hiciste y de una manera excelente. Deberías publicarlo.
– No puedo.
– ¿Por qué?
– No tienes idea de lo que me harían si descubren que yo lo escribí.
– Nadie se dará cuenta, yo te ayudare. Lo publicaremos con el nombre de
mi esposo. Así nadie sabrá que eres tú. Desgraciadamente no se puede saber
quién es la gran autora de este gran libro. Pero algún día, todos los sabrán. Yo
seré tu apoyo. – la tomo de las manos.
Zoraida no podía creer la reacción que había recibido por parte de
Alexandra. Ya era consciente de que Alexandra era una buena persona pero no
a tal punto que la quisiera ayudar y mucho menos con algo que no debería
tener importancia para ella.
Con el tiempo se hicieron muy buenas amigas, platicaban y reían juntas.
Zoraida empezó a sentir mucho cariño por Alexandra. Por las noches tomaban
un té y comían pan.
Un día por la noche mientras se tomaban su té llego el señor Allè pasado
de copas y empezó a gritarle a Alexandra. Zoraida se interpuso entre ambos,
Viktor le dio una bofetada y esta cayó al suelo.
Alexandra gritando se acercó a Zoraida para defenderla de los golpes de
Viktor.
– ¡Aléjate de ella! – le grito.
– Tú no te metas Alexandra. Ella no debió desafiar mi autoridad.
Viktor aventó a Alexandra para después golpear a Zoraida. Esta soltó un
grito ahogado.
Empezó a llorar y entonces Viktor se subió a su habitación. Alexandra
estaba paralizada viendo a Zoraida llorar en el piso. En cuestión de segundos
la levanto del suelo y la abrazo.
– Perdóname, Zoraida. Perdóname.
Zoraida con una mano en su rostro y lágrimas en los ojos, le sonrió a
Alexandra.
– No es tu culpa, yo quise defenderte.
Alexandra abrazo a Zoraida y lloro.
Pasaron meses y Zoraida continuo trabajando en esa casa. Por una parte
deseaba irse de ahí pero por otro lado pensaba en que no podría dejar a su
amiga Alexandra. No se podía llegar a imaginar que haría sin ella. Sobre todo
por el hombre tan violento que tenía como esposo. En el tiempo que ella tenía
ahí trabajando se podía dar cuenta de que él realmente odiaba a su esposa. No
la amaba y le era infiel en cada oportunidad que podía.
Alexandra sabía todo eso, pero aun así no planeaba dejarlo. Porque era su
“esposo” no podía llegar a pensar en ser una mujer divorciada. La sociedad la
vería mal. Como un desecho. Por eso y más ella aguantaba todo. De forma
sumisa, sin siquiera levantarse contra él. Aparte de que Zoraida le decía que
no podían hacer nada, ya que sabía de lo que era capaz. Podría matar a ambas
sin tentarse el corazón.
No era una persona buena como se creía, era malo. Lleno de odio.
Por lo que Alexandra para distraerse seguía firmemente buscando opciones
para lograr que se publicara el libro de Zoraida.
Ella quería que ese libro que ella amaba tanto al igual que Zoraida fuera
publicado y conocido en todo el mundo.
Zoraida lo termino después de dos años de estar escribiendo. Alexandra se
encargó de mandar el manuscrito a una editorial que había en una ciudad
cercana. Todo bajo el nombre de su esposo. Solo quedaba esperar a recibir una
carta donde se aceptara publicar el libro.
Pasaron meses y meses. Ambas se sentían impacientes. ¿Les habrá gustado
el libro? ¿Lo habrán odiado? ¿No debió de haber escrito todo lo que pensaba?
Miles de dudas asaltaban la mente de Zoraida.
Paso un año cuando recibieron una carta de la editorial. Pero hubo un
pequeño problema ya que Viktor tomo la carta porque la vio antes que
Alexandra y porque decía su nombre, decidió leerla por su cuenta.
Esa noche hablo con ambas.
– ¿De qué trata esto?
Ambas se quedaron en silencio.
– ¿El libro que he escrito será publicado? Yo no he escrito nada. ¿Cómo es
posible esto? ¿Ustedes saben que significa esto?
Ninguna de las dos sabía que decir. Si le decían la verdad él podía
reaccionar de una forma muy agresiva. No deseaban lidiar con él en ese estado
de ánimo, ya estaban hartas de su carácter.
– Les enviare una carta aclarando que yo no escribí ningún libro.
Si eso sucedía lo más posible es que la editorial decidiera no publicar el
libro. Y eso no era lo que querían.
– No lo hagas. – dijo Alexandra.
– ¿Por qué?
– Porque yo lo escribí.
Viktor se empezó a reír.
– Apenas sabes escribir, ¿y me vas a decir que tú escribiste un libro?
– Sí. Me tarde dos años en hacerlo.
– ¿No crees que es ridículo? Una mujer escribiendo. – dijo entre risas.
– No tiene nada de malo. —dijo Zoraida.
– Tú, cállate. – dijo Viktor. – ¿Por qué lo pusiste a mi nombre?—se dirigió
a Alexandra.
– Porque si saben que lo escribí a nadie le va a interesar. – bajo la cabeza.
– Oh, ya veo. – guardo silencio. – A mí no me interesa que un libro escrito
por ti lleve mi nombre. Le escribiré a la editorial para decirles que no lo
publiquen.
– ¡No!—grito Zoraida.
Viktor molesto se acercó a ella.
– ¡Tú no te metas!—le grito. – Si no deseas terminar en la calle muriendo
de hambre o como una de las esclavas, es mejor que guardes silencio.
Zoraida se quedó callada con lágrimas en los ojos. Lo que tanto había
deseado durante muchos años lo había tenido en las manos para que después le
fuera arrebatado.
Viktor se subió enojado. Dejando a Alexandra en paz. Lo único que le
consolaba a Zoraida es que Alexandra no recibiera una paliza por parte de él.
Las dos se quedaron solas. Zoraida no pudo contener las lágrimas.
– Debe existir una forma de que evitemos que Viktor escriba a la editorial.
– No, déjalo así. – se tapó el rostro con sus manos. – No hay forma de que
solucionemos esto.
– Claro que la hay y la encontraremos. – la abrazo. – Yo me encargare de
que se cumpla de tu sueño.
Viktor logro escribir la carta y no hubo forma de que ellas detuvieran el
envió. Ya que él personalmente la entrego en la oficina de correos. Ambas
estaban decepcionadas, tristes y sin otra posibilidad.
Continuaron con sus vidas. Zoraida había perdido uno de sus grandes
sueños. Así que vivía los días sin entusiasmo. A Alexandra esto la hacía sufrir.
La amaba demasiado, como a una hermana. Lo único que se le ocurría que
podría hacer por ella para que lograra su sueño era dejarla ir y que buscara las
oportunidades afuera de la ciudad.
Pero le daba miedo, porque el mundo allá fuera muy agresivo y sobre todo
con una mujer indígena. Ya no eran tan primitivos como cuando Zoraida llego
a esa casa. En esos tiempos mataban a las personas sin ninguna razón.
No era igual que antes en ese momento pero de igual manera seguía
existiendo peligro para las personas como Zoraida. Así que podían
maltratarlos, utilizarlos y matarlos a su gusto.
Zoraida era una mujer inteligente y atractiva de 27 años. Eso le podría dar
ventaja pero aun así sufriría de discriminación en muchas partes. También se
encontraba la parte de que si no la dejaba ser libre nunca alcanzaría sus
sueños. Ella deseaba que triunfara tanto como Zoraida deseaba su éxito.
Duro unos días con esa duda en la cabeza.
Hasta que un día decidió hablarlo con Zoraida.
— Quiero que te vayas de aquí.
— ¿Qué? ¿Por qué?—se le quebró la voz.
— Estando aquí nunca alcanzaras tu sueño. – dijo con lágrimas en los ojos.
— Pero no te quiero dejar.
— Debes hacerlo. Yo quiero que lo hagas. —la tomo de la mano y sonrió,
tenía el rostro cubierto en lágrimas.
— Pero Alexandra…
— Debes irte. – se soltó a llorar.
Zoraida medito y se dio cuenta que debía irse de ahí. Donde sus sueños
habían muerto por segunda vez. No quería dejar Alexandra porque se había
convertido en una hermana del alma, su mejor amiga. La amaba tanto como a
sus hermanas. Tenía miedo de dejarla sola con Viktor. No quería pensar que
algún día lograría matarla y que ella no estaría ahí para defenderla hasta la
muerte.
— Pero tú y Viktor…
— Yo estaré bien. Ya me ha golpeado, maltratado, humillado… ¿Qué más
puede hacer?
— Matarte. – dijo con un hilo de voz.
— Si lo hace, estaré tranquila de que no estés aquí.
— Alexandra…no digas eso. —Zoraida se soltó a llorar.
— Gracias por llegar a mi vida, Zoraida. Te amo como a la hermana que
nunca tuve.
Las dos se abrazaron.
El viernes de esa semana estaba lista para irse. Se iría a Francia. Alexandra
se había encargado de comprarle el boleto para el tren y de contarle a Viktor
que ella decidía que era mejor tener a otra persona con ellos.
Ambas fueron a la estación del tren. Ahí fue donde se dieron un enorme
abrazo.
— Espero volver a verte. – Alexandra dijo.
— Volveré. —Zoraida sonrió.
— Aquí te esperare, siempre.
Llamaron a los pasajeros, Zoraida se acercó a la puerta del tren y se
regresó para despedirse una vez más. Ambas se esbozaron una enorme sonrisa.
Ella tenía los ojos llorosos. Sentía que en Londres estaba dejando una parte de
su vida. La nostalgia hizo que sintiera un pequeño dolor en el pecho.
Se subió al tren, acomodo sus maletas y se sentó en el asiento que le
correspondía. Toda las personas a su alrededor la observaban con desprecio.
Como si ella oliera asqueroso o tuviera algo en el rostro. A su alrededor solo
había ingleses. Claramente no habría más personas como ella. Esperaba que
no la fueran a sacar del tren.
Se asomó por la ventana, esperando a que el tren avanzara. Se dio cuenta
que aún continuaba Alexandra observando su partida. Se levantó de su asiento
en cuanto empezó avanzar. Por la venta se despidió, gritando. Alexandra
respiro hondo y se despidió con una mano. No pudo contenerse así que lloro
mientras veía como se alejaba el tren.
Ella sentía como si hubiera perdido a una hermana. Como si nunca la
volviera a ver. Pero quería pensar que en un futuro se volverían a ver. Su
sueño era volverla a ver algún día. Cuando Zoraida hubiera alcanzado sus
sueños.
Alexandra le dio a Zoraida una hoja con la dirección de la editorial que se
encontraba en el pequeño pueblo al que ella iría. Le habían dicho a Alexandra
que se trataba de una editorial independiente que había logrado publicar por su
cuenta libros de todos los géneros, hasta escritos por mujeres. Ella estaba
segura que esa sería su gran oportunidad, además ya no tendría que ocultar su
identidad.
Llego al pueblo, le había conseguido trabajo Alexandra. Con una pequeña
familia.
El primer día lo paso en su pequeño cuarto. Llego de noche es por eso que
no alcanzo a hacer nada más.
Al día siguiente muy temprano se dirigió a la editorial. Aprovecho la
oportunidad ya que debía ir al mercado y paso por ahí. Cuando llego fue
recibida por un señor muy alto de cabello blanco, de edad avanzada.
— ¿Qué se le ofrece?—pregunto.
— Vengo a entregar un libro que escribí.
Observo a Zoraida, extrañado.
— ¿Un libro?
— Si, yo lo escribí. – Zoraida estaba sonriente.
— Creo que viniste al lugar equivocado. —se dio medio vuelta.
— Me informaron que aquí lo aceptarían.
— Si, pero aceptamos libros independientes de mujeres inglesas. No de
mujeres…como tú.
Zoraida sintió un sofoco.
— ¿Cómo yo?
— Sí. Tú no eres inglesa, eres una nativa.
Empezaron a salir lágrimas por los ojos de Zoraida. No hizo nada más que
retirarse en silencio con su libro entre brazos.
Sintió una tristeza inmensa. No dejaba de llorar, decidió sentarse afuera de
la editorial. Estuvo llorando mucho tiempo, cuando de repente se acercó un
hombre.
— ¿Te encuentras bien?
Zoraida no quiso responder. Tenía la mirada dirigida hacia el suelo.
— ¿Te sucedió algo malo?
Ella continúo sin curzar mirada con el.
— ¿Quieres que te ayude con algo?
Levanto la mirada y se encontró con el rostro de este hombre. Se sonrojo al
ver lo atractivo que era.
— ¿Puedo sentarme a tu lado?—señalo.
Ella acertó con la cabeza. Este se sentó a lado de ella y permaneció en
silencio. Zoraida se puso nerviosa. Así que empezó a hablar.
— Hola.
— Soy Andrés ¿y tú?
— Zoraida.
— ¿Por qué estabas llorando, Zoraida?
— Traje a la editorial un libro que escribí y no lo aceptaron.
— ¿Por qué?
— Porque no soy una mujer inglesa.
Él se quedó en silencio.
— Supongo que una vez más mis sueños no se cumplirán.
Hubo un silencio.
— Dámelo a mí, yo trabajo aquí. Yo me encargare de leerlo. Si me resulta
interesante yo haré todo lo posible para que lo publiquen.
Zoraida no podía creer lo que le decía ese hombre.
— ¿Es en serio?
— Si, yo me encargare de él.
En ese momento lo abrazo de la alegría que sentía.
— Gracias. No se cómo agradecerte.
Andrés le sonrió.
— Vuelve a venir en un mes y te diré que sucedió.
— Si, perfecto.
Zoraida se fue brincando de alegría. No podía creer lo que acababa de
pasar. Aunque aún quedaba la duda de que le fuera a gustar el libro a Andrés
para que este la ayudara a publicarlo.
Paso un mes y Zoraida regreso a la editorial. Cuando estaba llegando
Andrés iba saliendo. Se toparon de frente.
— Zoraida, llegas en el momento perfecto. Ven, entra.
Entraron a su oficina.
Él se sentó y ella tomo asiento de igual manera.
— Me encanto tu libro. Ya me encargue de que se publique.
Zoraida esbozo una enorme sonrisa.
— ¿De verdad?
— Así es, tu libro será publicado.
Sonrió y lo abrazo.
— Ven mañana y hablaremos más a detalle.
Continuaron viéndose durante días porque cuando ella salía al mercado
pasaba por la editorial. Con el tiempo ambos fueron sintiendo amor uno por el
otro. Diario hablaban y se dieron cuenta que tenían muchas cosas en común al
igual que pensamientos afines.
Un día ambos se besaron y terminaron haciendo el amor en la oficina de
Andrés. Desde entonces se dieron cuenta que debían estar juntos.
El libro de Zoraida se publicó y llego a muchas personas. No tenía idea de
cómo debía reaccionar. Ya que todo lo que había soñado se estaba cumpliendo.
Era feliz con un hombre con el que se sentía bien y su libro era leído por
muchas personas. Su mensaje se trasmitía y todo gracias al apoyo de Andrés.
Las personas empezaron a reaccionar de una forma inesperada. Ella no
esperaba que hubiera gente que fuera apoyar sus ideas. Pero las encontró con
las cuales formo un grupo de activistas.
Se conformó por varias personas de diferentes razas, todos con la misma
visión. El ver a todas las personas libres. El grupo de activistas empezó con
diez personas que buscaron a Zoraida para decirle que les había apasionado el
libro. Desde ese momento ella tuvo la idea de formar un grupo. De ser diez
personas en menos de dos meses ya eran treinta personas las que estaban
dentro el grupo. Esto sin contar a ambos. Porque si algo había enamorado a
Zoraida acerca de Andrés eran sus ideales que de igual manera se parecían a
los de ella. Los dos deseaban cambiar el mundo. Es por eso que juntos se
levantaron con este grupo de activistas.
Una de las primeras misiones que tuvieron fue ir a Londres y hacer una
marcha por los derechos de las personas esclavas e indígenas que vivían en
terribles condiciones a merced de los conquistadores.
Eran las dos de la tarde, la calle se encontraba con muy pocas personas. El
grupo empezó a caminar por en medio. Zoraida empezó a gritar: LIBERTAD
A LOS ESCLAVOS.
Por lo que todos los demás empezaron a gritar al mismo tiempo que ella.
Las personas los miraban. No sabían cómo reaccionar.
Continuaron su camino mientras gritaban al mismo tiempo LIBERTAD A
LOS ESCLAVOS, TODAS LAS PERSONAS MERECEN VIVIR EN
LIBERTAD.
Al atravesar una calle muy larga empezaron a acercarse corriendo
alguaciles. Los tomaron por las manos y los sometieron para detenerlos. No
querían que ese grupo de personas empezaran a descontrolar a la población.
Los golpearon, los jalonearon y se los llevaron a la comisaria. Al llegar
allá, los encerraron a todos en una pequeña celda con la que contaba la
comisaria.
Zoraida estaba abrazada de Andrés.
— No pueden dejarnos aquí. —le dijo.
— No lo harán. —Andrés la soltó y se dirigió a uno de los alguaciles. – No
pueden, encerrarnos aquí.
— Si, si podemos. Ustedes han creado un desorden por todo el pueblo.
Asustaron a las personas, fueron capaces de lastimar a gente inocente.
— ¿Lastimar? ¿Está usted loco? Ni siquiera nos acercamos a las personas,
la marcha que hicimos fue con el propósito de comunicar el mensaje de
libertad pero lo hicimos de manera pacífica. Nunca lastimamos a nadie. —
termino Andrés.
— Ustedes fueron lo que utilizaron violencia contra nosotros. —se acercó
Zoraida al alguacil. – No nos van a detener.
El alguacil se rio. Todos se fueron y dejaron al grupo encerrado en la celda.
Los dejaron sin alimento y agua.
Todos se sentían débiles.
Habían tenido un día lleno de emociones. Ya sabían a lo que estaban
expuestos, por lo tanto ninguno se sentía triste. Al contrario se encontraban
más motivados para lograr su objetivo.
Lo único que les preocupaba era salir de ahí. Ya que con el poco alimento
con el que contaba ya había sido repartido entre todos. Pero no era suficiente.
Pasaron algunos días, cuando uno de los alguaciles se acercó con las
llaves a la celda.
— Zoraida, puedes salir.
Ella extrañada se quedó viendo Andrés.
— ¿Yo? ¿Por qué?
— Una persona pago tu fianza.
En ese momento se apareció Alexandra. Con una enorme sonrisa en el
rostro.
— Hola, querida.
Zoraida sonrió al instante. No esperaba nada de eso.
— Alexandra, gracias.
Se abrazaron.
— Pero…— volteo a ver a Andrés.
— No te preocupes, pagare su fianza. Y la de todos tus amigos.
Alexandra apareció como un ángel para salvar a todos. Zoraida le presento
a Andrés y a todo el grupo. Todos quedaron en deuda con ella. Gracias a que
pago la fianza lograron salir.
Alexandra se interesó por el grupo y decidió unirse.
Había dejado a Viktor mucho tiempo atrás y se había dedicado a vender
bordados. Logro hacer su propia fortuna sin explotación de por medio.
Fue la nueva integrante del grupo. Era igual de apasionada que Zoraida.
Por esto es que tuvieron una gran conexión. Algo que no se esperaba es que
Alexandra se uniera al grupo. Continuaron luchando por sus ideales, fueron
encerrados, golpeados y maltratados demasiadas veces. Pero nunca lograron
quitarles el sueño de la libertad.
Un día que se encontraban haciendo una marcha sucedió una tragedia. Un
hombre con un arma empezó a dispararles. La primera en caer al suelo fue
Alexandra. Zoraida hecho un grito ahogado. Andrés la abrazo para apartarla
de ahí. Ambos huyeron del lugar. Ella no dejaba de gritar.
— Tengo que volver por ella.
— No podemos, ya le dispararon. Si regresamos moriremos.
— Son nuestros amigos. – continuaba llorando.
— Todo salieron huyendo, como nosotros debemos hacerlo.
Se escondieron detrás de una casa, mientras a lo lejos se escuchaban gritos.
Todo el pueblo se había involucrado.
Cuando se calmó el pueblo, ambos caminaron hacia la casa que Andrés
tenia. Él preparo un té y se lo dio a Zoraida. Esta se encontraba en shock por
ver cómo había sido asesinada su hermana. No podía quitarse la imagen del
rostro de Alexandra al recibir el balazo. No quería dejar todo de esa manera.
Deseaba buscar al desgraciado que la había matado para vengarse de él.
Mientras estaba imaginando las posibilidades de vengarse del hombre no le
hacía caso a Andrés.
— Zoraida, ¿me estas escuchando?
— Perdón, no. ¿Qué sucede?
— Mañana iremos a buscar las personas que quedaron del grupo.
Ella al pensar en sus amigos sintió un dolor en el pecho. No quería
imaginarse que habían muertos más de los que ella pensaba.
Al día siguiente salieron a buscar a sus amigos. No lograron encontrar
ninguno. Si no habían muerto de seguro habían huido de ahí. Era lo mismo
que debían hacer Andrés y Zoraida, porque en cuanto los reconocieran los
irían asesinar o encerrar en una celda. Pensando en esto decidieron ir a casa
para guardar todo lo que se fuera posible en un costal y salieron del pueblo.
Caminaron muchos kilómetros hasta que llegaron a una pequeña aldea. La
mayoría de gente que vivía ahí eran ingleses. Zoraida estaba tan cansada que
solo deseaba llegar a acostarse. Rentaron un pequeño cuarto. Estuvieron ahí
durante días, volviéndose locos de estar encerrados. En todo momento no
dejaba de pensar en sus amigos y en Alexandra. Deseaba no haber organizado
esa marcha, se arrepentía. Porque si no hubieran ido a la protesta Alexandra y
todos sus amigos aun seguirían vivos.
— Deja de pensarlo. —le dijo Andrés.
— No puedo, esta todo el tiempo en mi mente.
— Lo sé, pero debemos ser fuertes. Sobreviviremos a esto.
— Pero ellos no.
— Aún no estamos seguros de que hayan muerto, pueden encontrarse en
cualquier parte. No murieron todos.
— ¿Y los que sí? ¿Y Alexandra?—se le llenaron los ojos de lágrimas.
— Murió luchando por sus ideales. Ella nos dijo que no habría mejor
manera de morir que luchando por lo que uno cree.
Zoraida respiro hondo. La extrañaba demasiado, era la mejor persona que
había conocido. Y así fue como murió luchando por lo que creía, sin agachar
la cabeza a pesar de todas las amenazas y amedrentamientos que recibieron
durante todo el tiempo que estuvieron juntos como grupo.
— ¿Y ahora que haremos?—pregunto Zoraida.
— Eso lo dirás tú. – sonrió. —Tú eres la que comenzó esto.
Ella quería continuar luchando hasta que viera que las cosas cambiarían.
En ese punto en su vida no le importaba morir luchando como lo habían hecho
sus amigos y Alexandra. Nada le daría más satisfacción que ver a las personas
libres y que fueran tratadas de forma digna.
— Seguiremos luchando.
Paso tiempo y ellos continuaron viviendo en esa aldea. Ahí fue donde
conocieron a grupo de personas indígenas que eran esclavos de los ingleses.
Hablaron con ambos y les contaron como era su vida. Zoraida volvió a formar
un grupo. Conformado por casi todas las personas que eran esclavizadas en
esa poblacion.
Se reunían por las noches para hablar y llegar a una solución. Todos
deseaban luchar contra sus patrones para así lograr ser libres. Zoraida y
Andrés los motivaban a que lo hicieran.
Una noche de otoño el grupo se reunió para iniciar la marcha. Los ingleses
salían de sus casas sorprendidos y otros asustados se mantenían bajo llave
dentro de estas. En esa marcha no sucedió nada. Todo fue de forma muy
pacifica ni siquiera los propios ingleses decidieron atacar.
Lo único que sucedió fue es que varios de los esclavos fueron echados por
sus patrones. Lo cual era lo que querían.
Muchas personas se fueron de esa aldea en busca de una vida mejor y llena
de libertad. Eso le dio a ambos una increíble felicidad. Habían logrado que
muchas personas fueran libres.
Pasaron unos cuantos años, ambos decidieron emprender un viaje a la
tierra natal de Zoraida. Ella deseaba ver a su mama y hermanas después de
tantos años sin saber de ellas.
Cuando llegaron a su aldea natal que en ese momento ya era un pueblo
muy grande emprendieron la búsqueda de su familia.
Después de días de buscarlas, logro que alguien le diera información. Una
señora que había vivido ahí muchos años.
— La señora fue asesinada y sus dos hijas desaparecieron del pueblo.
Zoraida quedo en shock.
— ¿Asesinada?—pregunto Andrés.
— Si, fue culpa de los malditos ingleses. Es lo único que sé.
Zoraida se tiró al suelo a llorar, mientras perdía la respiración. Andrés la
abrazo fuerte y la beso.
Fue una noticia terrible para ella. En ese momento odiaba el hecho de que
había decidido dejar sus tierras. Si no se hubiera ido de ahí, su madre aún se
encontraría con vida y sus hermanas se encontrarían bien.
Quería encontrar a sus hermanas acomode lugar. Solo deseaba saber si se
encontraban bien. Se habían comunicado un tiempo por cartas. Y solamente se
escribían su hermana menor y ella. Pero en cuanto Zoraida empezó a moverse
de aldea en aldea, era imposible que se comunicara con ellas. Es por eso que
en muchos años no había sabido nada de lo que había pasado.
Su única meta era encontrarlas.
Se dedicó a buscar información sobre ellas en la aldea. Logro recabar la
información suficiente para tener una idea de donde se encontraba. Todo le
indicaba que vivían en Londres. Tal vez en busca de ella. Porque lo último que
sabían ellas sobre Zoraida era que se encontraba en Londres.
Ambos regresaron a Londres. Al llegar comenzaron con la búsqueda.
Después de días de buscarlas, encontraron a Jazmín la hermana menor de
Zoraida. En cuanto la vio corrió a abrazarla.
Platicaron durante muchas horas, Zoraida pasó de reírse a llorar después de
saber lo que había tenido que sufrir su madre. Por culpa de los ingleses. Ese
coraje alimento más su odio hacia ellos.
Jazmín la llevo a ver a su otra hermana Roxan. Ambas ya habían tenido
dos hijos cada una. Estaban casadas con ingleses. Era una ironía ya que este
mismo tipo de gente había asesinado a su madre.
Pero Zoraida era consciente de que no todos eran malos. Ya que el amor de
su vida era de igual manera un inglés. Andrés y Zoraida estuvieron mucho
tiempo viviendo ahí de nuevo. Ella a diario visitaba a sus hermanas.
Andrés consiguió un trabajo y Zoraida se dedicó a escribir de nuevo. Ella
aun soñaba con salir y gritar por la libertad. Pero no deseaba tener que huir de
ahí. Porque no quería volver a separarse de sus hermanas. Había perdido
mucho tiempo lejos de ellas que no pensaba ni siquiera en la posibilidad de
separarse de nuevo.
Pasaron dos años. Era el cumpleaños número 36 de Zoraida. Lo celebro a
lado de sus hermanas, sus maridos, sus sobrinos y por supuesto Andrés.
Ya casi cumplía cuarenta años y sentía que algo le faltaba en su vida.
Todos le decían que era un hijo o casarse. Pero ella sabía que eso no la haría
completamente feliz. Su sueño aun no lo veía realizado. Es por eso que ni un
hijo ni un anillo la haría más feliz. Ese tema ya lo había discutido con Andrés.
— Zoraida, yo creo que ya es el momento para que nos casemos.
— ¿Por qué?
— Porque nos amamos y hemos estado muchos años juntos.
— ¿Y? Con eso es suficiente, no necesitamos un papel que diga que nos
amamos y que estamos juntos.
— Pero es lo más correcto, todo el mundo lo hace.
— ¿Y por qué hemos de hacerlo nosotros?
Andrés reflexiono y se dio cuenta de que ella tenía razón. Adema ya sabía
que estaba enamorado de una mujer muy libre. Que no pensaba como las
demás mujeres de su época. Hasta le decía a Andrés que si en cualquier
momento el dejaba de sentir amor por ella, esta no iría a rogarle. Él tenía las
puertas abiertas para irse. Porque ambos estaban en libertad pero a la vez
acompañándose en el camino de la vida. No eran propiedad de nadie, solo se
trataba de dos personas que se amaban en libertad.
Zoraida si era amorosa, pero ella no creía en el amor romántico que les
habían impuesto. Ella creía que el amor se construía, no que llegaba de repente
a volverte loco y desquiciarte. Ese concepto no era el correcto, porque cuando
una pareja que se amaba con locura se separaba terminaban sintiendo que se
morían sin el otro. Y así no debe ser el amor, se debe de ver de forma más
realista. Sus experencias de vida la llevaron a llegar a esta conclusión.
Tantos de estos pensamientos de Zoraida a Andrés lo tenían loco. Pero de
la mejor manera posible. Porque él había encontrado en ella una mujer que no
era nada común. Que no se quedaba callada, que luchaba por el derecho de los
demás y que no se quedaba con los brazos cruzados ante las injusticias. Una
mujer inteligente, culta e interesante. Muy humana y empática. Aparte de que
continuaba siendo una bellísima mujer.
Esos últimos días había empezado con una nueva ideología que una vez
más impresiono a Andrés porque no la esperaba, pero de igual manera la iría
apoyar.
— Voy a dejar de comer todo eso.
— ¿Pero qué iras a comer? Has perdido la cabeza.
— Hay muchas más opciones. Me niego a continuar siendo parte de esa
represión.
— Zoraida, son animales.
— Tú y yo somos animales. Solo que ellos son animales no humanos, ¿es
por eso que debemos abusar de ellos?
Andrés se rio.
Ella tomo el pedazo de carne y se lo acerco al rostro.
— Ahora me doy cuenta que esto pertenecía a una ser que deseaba vivir
como tú y yo. —a Zoraida le cayeron lagrimas por el rostro.
Andrés la abrazo.
— Siempre ha sido así. Yo desde pequeño como carne.
— Nos han enseñado que comer carne está bien. Pero no es así. Los
animales no humanos desean vivir como nosotros y ser libres.
Zoraida una vez más convenció a Andrés de que dejara de comer carne y
pescado. Era una locura. Nadie los iría a entender. ¿Y que irían a comer de
todas formas?
Pues Zoraida se las arregló para inventar recetas sin que llevara nada de
carne. Entre la semana se turnaban para preparar la comida. Y se dieron cuenta
que podían comer cosas muy deliciosas sin necesidad de comer animales.
Zoraida volvió a formar un grupo como el que tenía antes. Juntos
empezaron a protestar de nuevo por la libertad de todas las personas que vivía
víctimas de la esclavitud.
Pero esta vez no fue nada pacifica la marcha porque los alguaciles no
tuvieron piedad.
Un día cuando estaban protestando una vez más empezaron a disparar y
estaba vez le dieron a Andrés.
Este cayó al suelo, Zoraida corrió hacia él para tomarlo entre sus brazos y
empezar a llorar. Lo arrastro rápidamente detrás de una casa. La bala había
impactado en su abdomen.
— Tienes que huir.
— No te voy a dejar aquí.
— Tienes que hacerlo, de todas formas yo voy a morir.
Zoraida soltó un llanto ahogado.
— No, Andrés. Tú vas a sobrevivir.
Con una mano la detuvo.
— Si sales arrastrándome, vamos a morir los dos.
Le acaricio el rostro y le sonrió.
— No tienes idea de cuánto te amo. Llegaste a mi vida para demostrarme
que a una persona como tú se le puede amar eternamente. Me enseñaste tanto
y me hiciste demasiado feliz. Eres una persona increíble, una mujer que nunca
me imaginé llegar a conocer. Has sido más de lo que llegue a imaginar en
sueños…
— Andrés…— interrumpió.
— No, escúchame. Nunca olvides la persona tan increíble que eres,
gracias a ti hay algunos cambios en la libertad de la gente. Estoy muy
orgulloso de ti y de todo lo que has logrado.
— Lo he hecho gracias a ti. — dijo Zoraida.
— No, tú empezaste todo esto. Si se han logrado avances en esta lucha es
gracias a ti.
Te amo, Zoraida. Me voy de este mundo feliz de haber conocido a una
persona como tú y de haberla tenido a mi lado. Siempre piensa en mí cuando
te sientas sola, recuerda cómo te he dicho que no te rindas.
— No podre sin ti... – dijo Zoraida.
— Claro que sí, tú no me necesitas. Eres muy fuerte y podrás salir
adelante como siempre lo has hecho.
Zoraida lo abrazo y beso una última vez. Sus manos temblaban.
— Te amo, Andrés. Eres la persona que me enseño a dejar el miedo de
lado para poder amar. Gracias por todo lo que me diste, cada momento bueno
o malo lo agradezco. Eres un hombre increíble, del cual totalmente me
enamore y al día de hoy sigo loca por ti.
En ese momento se escucharon balazos más cerca, Zoraida vio cómo se
acercaban unos hombres armados.
Andrés cayo inconsciente en ese momento. No le quedó otra opción más
que huir corriendo de ahí para salvar su vida.
No lograron alcanzarla, se escondió en unos arbustos. Ahí estuvo por
horas.
Al día siguiente el caos se había calmado. El pueblo estaba en calma.
Zoraida regreso al lugar donde había dejado a Andrés. El ya no se
encontraba ahí. Se tiró al suelo y empezó a llorar. Las personas que pasaban a
un lado de ella se le quedaban viendo, extrañadas. A ella no le interesaba como
la vieran, solo necesitaba desahogarse un poco. Ya no estaba más a lado del
hombre que amaba.
Estuvo unos minutos llorando tendida en el suelo.
Al decidir que ya no iría a llorar más, se levantó del suelo. Iría a vengar la
muerte de todos lo que habían perdido la vida luchando por su libertad y sobre
todo del hombre que amaba, Andrés.
Estaba perdiendo la cabeza en ese momento. Estaba cegada por el odio.
Había permitido que le quitaran su hogar, sus alimentos, su forma de vivir.
Pero en ese momento que le habían quitado a Andrés, ella no se podía quedar
sin hacer nada. Llena de odio hacia los hombres que le habían quitado la vida
a Andrés, pensó en como podría vengarse.
Se dirigió a los hogares de sus hermanas. Había surgido una idea en su
cabeza.
Deseaba hacer una bomba para después lanzarla dentro de la comisaria.
Así ella sabía que no sobreviviría ninguno y de seguro así se podría vengar.
Le conto sobre esta idea a sus hermanas. Ellas asustadas se negaron
ayudarla.
— Zoraida, estás perdiendo la cabeza. No puedes hacerlo.
— Si, voy hacerlo. Ellos mataron a Andrés.
— Pero la mejor solución no es matarlos a ellos también.
Zoraida enojada se fue de la casa. Si no planeaban ayudarla, ella
encontraría la forma de hacer la bomba.
Recordó que un amigo que pertenecía al grupo sabía hacer bombas. En
ningún momento tenían que haber creado una para marchar por la libertad. Él
había abandonado el grupo antes de que empezaran a suceder las muertes.
Zoraida se dirigió a la casa de su amigo. Este se llamaba Bernard. Cuando
ella toco en la puerta de su casa. Este al verla se quedó impresionado.
— Zoraida, ¿Qué haces por aquí?
— Necesito un favor.
— ¿Qué necesitas?
— Ayúdame a crear una bomba. – sonrió.
— ¿Para qué?
— No sé si lo has notado pero Andrés no vino conmigo. Lo asesinaron.
Bernand se quedó en silencio.
— Lo siento mucho.
— Si, gracias. A mí lo que me importa en ese momento es vengarme.
— Zoraida ¿estas consciente de lo que me estas pidiendo?
Ella acertó con la cabeza.
Bernand decidió ayudarla y creo una bomba. Contaba con mucho alcance.
Iría a matar a todos los que se encontraban dentro de la comisaria.
Zoraida salió contenta de la casa de Bernand decidida en que esa noche
lanzaría la bomba.
Al oscurecer ella se dirigió hacia la comisaria y empezó a observar el
comportamiento de los alguaciles. De tan solo verlos, sentía coraje. Esas
personas habían causado demasiado dolor y a pesar de eso de encontraban
sonrientes.
Zoraida vio que salieron dos alguaciles, ella no contaba con ello así que
huyo de ahí. No vio una ventana y se golpeó con ella. Del golpe cayo
desmayada al suelo. Los alguaciles no la vieron ya que se dirigieron hacia otro
lado.
Pero ella quedo ahí tendida.
Entre sueños empezó a escuchar voces. Distinguió la voz de Andrés.
— Zoraida, no lo hagas.
— Ellos te mataron.
— Lo sé, pero tú no eres así. Tú no resuelve las cosas con violencia.
— ¿Pero todo el dolor que me han causado?
— Ellos lo sufrirán, porque todo lo que hacemos regresa a nosotros de
cierta forma. Así que no lo hagas Zoraida. Tú no eres una asesina como ellos.
Zoraida suspiro.
Andrés tenía razón. Ella no era una persona violenta y tampoco una
asesina.
Se levantó atarantada del sueño. Aún era de noche.
Escucho unas voces a los lejos, así que se levantó rápidamente para salir de
ahí.
Llego a la casa de una de sus hermanas.
La recibió su hermana Jazmín.
— ¿Qué pasa, Zoraida? ¿Te encuentras bien?
— Si, es solo que vengo huyendo desde la comisaria.
— ¿Qué sucedió? ¿No ibas a lanzar una bomba?
— Decidí que no voy a matar a nadie. Odio a esos hombres por
arrebatarme a Andrés, pero la solución no es matarlos de regreso.
— Me alegra que lo has entendido. Por un momento te cegó el odio.
— Yo no soy así. No soy una asesina. Esas personas tienen familias y una
vida por delante. Yo no quiero arrebatarles todo eso. – sus ojos sollozaron.
Jazmín abrazo a Zoraida. Esta se soltó a llorar en sus brazos. Se sentía muy
triste. Ya no estaban vivos Alexandra ni Andrés. Tampoco al grupo que tanto
quería.
Le habían quitado casi todo.
Tenía a sus hermanas y todavía el sueño de libertad.
Eso nadie nunca se lo quitaría.
Pasaron varios meses hasta que ella empezó a querer hacer algo con su
vida. Durante mucho tiempo sintió depresión, ganas de no hacer nada.
Empezó nuevamente a escribir. Pero ahora sobre la historia de su vida.
Porque Andrés le decía que el relato de su vida era digna de una película.
Eso la hacía reír mucho. No creía que su vida hubiera sido tan interesante
para que le fuera interesar a las personas.
Aunque realmente si, su vida era un ejemplo de perseverancia y lucha.
Gracias a ella se había logrado que varias personas indígenas lograran ser
liberadas y tratadas de formas digna.
El sueño de Zoraida era ver a todos los seres libres y sin sufrir maltrato o
esclavitud.
Cuando se refería a seres también hablaba de los animales. Porque ella
pensaban que eran sus iguales.
Durante su tiempo de depresión aun así decidió salir a luchar por los
derechos de los animales. Robaba animales que tenían algunos ingleses para
su consumo y los metía en las casas de sus hermanas. Ellas vivían lejos del
pueblo, nadie se había preguntado si se encontraban ahí los animales que
habían sido robados.
Pero tuvo que parar de hacerlo porque en una ocasión casi la atrapan.
Y ella ya no podía ser encerrada. Tampoco podía ser reconocida por los
alguaciles porque si no la irían a asesinar seguramente.
De alguna forma ya sabían quién era ella. Tanto caos que había causado en
el pueblo era bastante evidente. No habían puesto carteles con un dibujo de
ella, pero aun así sabía que si alguien la llegaba a reconocer no iría a pasar
nada bueno.
Sus hermanas le decían que huyera, pero ella en cierta parte no lo deseaba.
No quería separarse de sus hermanas después de tanto tiempo de estar sin
ellas.
— Debes irte, iniciar tu vida en otro lugar.
— No lo hare, Jazmín. No quiero alejarme de ustedes una vez más.
— Nosotras vamos a estar bien, lo que nos preocupa es tu vida. No
queremos que corras riesgo.
— Aquí no me han encontrado.
— Pero tarde o temprano lo harán.
Zoraida medito por unos segundos y se dio cuenta de que su hermana
estaba en lo correcto.
A la semana siguiente ella decidió irse. No sabía a donde, su plan era ir de
aldea en aldea hasta encontrar un lugar donde se sintiera tranquila.
Si era posible deseaba estar lo más lejos posible de los ingleses.
Y así lo hizo. Se quedó en una aldea donde no había ningún inglés. Se
encontraban muy escondidos lejos de los conquistadores.
Ahí las personas eran libres. Todos compartían en comunidad y podían
quererse unos a otros sin prejuicios.
De manera muy rápida la aldea recibió con mucho entusiasmo a Zoraida.
Ahí vivió durante muchos años. Convivir con personas tan puras, la ayudo
a olvidar todo lo malo que le había sucedido. Y a conectarse con su parte
espiritual.
Sentía mucho cariño por todas las personas de la aldea. Eran una familia
muy grande, muy unida.
Empezó a escribir cartas para sus hermanas, cuando deseaba enviarlas
debía de caminar mucho para poder dárselas a una persona que se encargaba
de darle las cartas a otra persona que las llevaba a su destino.
Cuando deseaba ver si le habían escrito debía ir a ese lugar. Así pasaron
meses Zoraida en lo que vivió en la aldea.
Su deseo por ir a otra parte había desaparecido. Ya no quería moverse de
donde se encontraba.
Un día como cualquier otro sucedió una tragedia. Los ingleses se dieron
cuenta de la aldea y decidieron llegar a conquistarla. Todos estaban
confundidos, se habían escondido demasiado tiempo y nunca los habían
encontrado hasta ese momento. Zoraida salió a defender a toda su familia. Se
portaron de manera muy agresiva contra ellos de igual manera como habían
hecho con la aldea en la que ella vivía de niña. Ella no se quedó con los brazos
cruzados así que tomo un cuchillo y empezó a amenazar a los ingleses.
— Aléjense de nosotros.
Zoraida apunto con el cuchillo.
— Si te entrometes, te mataremos.
— No me importa, yo luchare por mi gente.
Ellos se rieron.
— Todos van a morir por igual, esta aldea ya es de nuestra propiedad.
Empezaron a golpear a todos.
Zoraida llena de ira se lanzó con el cuchillo contra uno de los ingleses.
Este reacciono rápido y le encajo el cuchillo a ella.
Cayó al suelo, en shock.
Imágenes del pasado llegaron a su cabeza. No dejo de sentir angustia por
lo que le iría a pasar a su gente.
Pero sabía que ese era el final. Se estaba desangrando y no había nadie
para ayudarla. Todos corrían por sus vidas.
En parte sabía que podía morir en paz, porque hasta el último momento no
dejo de luchar por la libertad.
Y así fue como Zoraida partió. Con el tiempo se hizo saber por voces todo
lo que ella había logrado por los diversos seres a los cuales había ayudado y
que no había dejado de luchar por su libertad.
Y de esta manera Zoraida trascendio, atraves del tiempo por la lucha de
libertad.


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