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GRADO: ​​ 10 DOCENTE: ​​ ALBERT ​​ ZÚÑIGA ​​ RODRÍGUEZ TALLER ​ ​ 8: ​

GRADO:​​10

DOCENTE:​​ALBERT​​ZÚÑIGA​​RODRÍGUEZ TALLER​ ​8:​ ​EL​ ​NEOLIBERALISMO​ ​​ ​EN​ ​COLOMBIA METAS​​DE​​APRENDIZAJE:

1. Conocer​ ​​ ​​ ​las​ ​diferentes​ ​percepciones​ ​​ ​acerca​ ​​ ​​ ​de​ ​la​ ​aplicación​ ​del​ ​modelo neoliberal​ ​en​ ​Colombia

2. identificar​ ​​ ​algunas​ ​de​ ​las​ ​​ ​consecuencias​ ​​ ​de​ ​​ ​la​ ​​ ​aplicación​ ​del​ ​​ ​modelo​ ​neoliberal en​ ​Colombia

ACTIVIDAD​ ​1

VISIONES​ ​CONTRARIAS​ ​DEL​ ​MODELO​ ​NEOLIBERAL​ ​EN​ ​COLOMBIA

1. Lea los dos artículos siguientes realice un cuadro comparativo en donde expliques las diferencias y los argumentos que cada uno de los autores da sobre las consecuencias que ha tenido para Colombia la aplicación del​ ​modelo​ ​neoliberal.

2. ¿Teniendo en cuenta la realidad nacional cuál de los dos autores tendría razón?​ ​Explique​ ​​ ​su​ ​respuesta.

3. ¿Qué​ ​​ ​conclusiones​ ​​ ​puedes​ ​inferir​ ​del​ ​video​ ​documento​ ​9.70?

PORTAFOLIO 20​ ​años​ ​de​ ​neoliberalismo

POR:

En general, son los críticos del sistema quienes utilizan el término neoliberal. Algunos afirman que este modelo aumenta las diferencias sociales y, en general, va abiertamente en contra de los pobres. Uno de los trinos del senador Robledo ilustra claramente esta posición: “Si las políticas neoliberales llevan 20 años destruyendo a Colombia, ¿no es una gran propuesta plantear​ ​que​ ​no​ ​se​ ​insista​ ​más​ ​en​ ​ellas?”.

HERNANDO​ ​ZULETA SEPTIEMBRE​ ​12​ ​DE​ ​2013

En la década de los 90, el Gobierno colombiano implementa una serie de reformas económicas dirigidas a liberalizar los mercados y aumentar su eficiencia. Desde entonces, diversos analistas y políticos se refieren a ellas como las reformas neoliberales. De forma similar, afirman que desde los 90 Colombia sigue un​ ​modelo​ ​de​ ​desarrollo​ ​neoliberal.

Estas críticas

no

suelen

estar

acompañadas de evidencias que apoyen las afirmaciones apocalípticas acerca de

las consecuencias del modelo de desarrollo colombiano. En este orden de ideas, una mirada a los indicadores económicos y

sociales desde la implantación del llamado modelo neoliberal puede arrojar luz sobre

el​ ​debate.

En el ámbito macroeconómico, el ingreso per cápita del 2010, medido por paridad de

poder adquisitivo es 2,22 veces el de 1990,

y

la inflación pasa de 32 por ciento en 1990

a

3,17​ ​por​ ​ciento​ ​en​ ​el​ ​2000.

En lo referente a la pobreza, los diferentes indicadores mejoran de manera sensible en este periodo. Por ejemplo, el índice de Necesidades Básicas Insatisfechas pasa de 42 por ciento en 1985 a 27,7 por ciento en el 2005. Asimismo, los indicadores de salud y educación mejoraron sensiblemente entre 1992 y el 2008: la tasa de alfabetización de adultos pasa del 81 por ciento a 93 por ciento, la inscripción de estudiantes en primaria pasa de 79 por ciento a 93 por ciento, en secundaria de 60,8 por ciento a 97,6 por ciento, la tasa de mortalidad infantil cae de 31 por ciento a 18,9 por ciento, el porcentaje de personas con acceso a instalaciones sanitarias pasa de​ ​69​ ​por​ ​ciento​ ​a​ ​77​ ​por​ ​ciento.

En resumen, una mirada general a las

cifras indica que el modelo de desarrollo adoptado hace 20 años no está

y tampoco ha

destruyendo a Colombia,

Revista​ ​Semana

Simplemente​ ​neoliberales

ANTONIO​ ​CABALLERO​​ ​|​ ​2013/08/17

00:00

Como​ ​a​ ​los​ ​arroceros​ ​del​ ​Huila,​ ​pronto​ ​les llegará​ ​su​ ​turno​ ​a​ ​los​ ​algodoneros,​ ​a​ ​los paperos,​ ​a​ ​los​ ​cafeteros,​ ​a​ ​los​ ​zapateros​ ​y a​ ​los​ ​músicos.

+

Para el 19 de agosto se anuncia un paro agrario contra el gobierno. Un paro sobrado

de razones. Este gobierno –y todos los

aumentado la desprotección de las clases menos favorecidas. Por el contrario, el progreso económico y social del país es innegable.

A pesar de lo anterior, hay áreas en las cuales los avances han sido pequeños o inexistentes. Por ejemplo, los indicadores de distribución regional del ingreso no han mejorado en las últimas décadas. No hay convergencia en ingresos, tasas de pobreza ni cobertura de la educación. Con contadas excepciones, las regiones más atrasadas no crecen rápidamente y los efectos de los programas sociales son más fuertes​ ​en​ ​las​ ​áreas​ ​más​ ​ricas.

En este orden de ideas, el debate debería centrarse sobre los mecanismos para reducir desigualdades regionales, integrar los mercados de bienes e insumos a nivel nacional y aumentar la eficacia de los programas sociales en las regiones más pobres.

Seguramente hay otras cosas que se deben mejorar y muchas medidas de política se deben revisar. Pero, para avanzar en esta dirección es necesario señalar problemas y políticas puntuales y sustentar​ ​las​ ​críticas​ ​con​ ​cifras.

Hernando​ ​Zuleta

Economista

anteriores, desde la apertura “hacia el futuro”, este oscuro presente, que anunció César Gaviria: todos los gobiernos neoliberales que ha padecido Colombia– ha llevado el campo a la ruina, agricultura y

ganadería​ ​confundidas​ ​por​ ​igual.

Hace veinticinco años Colombia exportaba alimentos (y no solo café). Ahora los importa (incluyendo el café). ¿Qué queda

hoy en el campo colombiano que todavía sea rentable? Solamente la coca, que por ser ilegal escapa al control del gobierno. El cual, en consecuencia, la persigue. (Por orden, no sobra decirlo, del gobierno de Estados​ ​Unidos).

Piden tres cosas los promotores del paro agrario reunidos en la MIA (Mesa Nacional Agropecuaria y Popular de Interlocución y Acuerdo). Una curiosa organización de organizaciones que, curiosamente, no ha sido señalada todavía (cuando esto escribo) como un torpedo terrorista manipulado por las Farc. Tal vez lo sea. En todo caso, sus tres peticiones parecen dictadas por la más elemental sensatez:

poner fin a las fumigaciones de los cultivos ilícitos, suspender la importación de alimentos de producción local, y revisar los tratados de libre comercio firmados en los últimos​ ​años​ ​por​ ​Colombia.

Lo de parar las fumigaciones es una necesidad evidente. De sobra se ha explicado que, además de ser desproporcionadamente costosas por la obligación de hacerlas con pilotos mercenarios contratados en los Estados Unidos y con venenos comprados allá, y no aquí, a la empresa Monsanto, son inútiles y dañinas.

Inútiles y dañinas porque no eliminan los cultivos ilícitos sino que los empujan selva adentro, provocando más deforestación en un país que es casi el primero del mundo en esa empresa destructora; y dañinas a secas porque no solo envenenan los cultivos prohibidos, sino también todo lo que crece en torno: los cultivos de pancoger,​ ​la​ ​gente,​ ​las​ ​aguas.

Lo de suspender la importación de alimentos es cosa que también se cae de su peso, porque los consumidores son los mismos productores: el panelero compra arroz, el arrocero compra panela. Y entra ahí el tercer punto, que es el de la renegociación o denuncia, por lesión enorme de los tratados eufemísticamente llamados de libre comercio, que son en realidad​ ​de​ ​amarrado​ ​sometimiento.

Por ellos, la agricultura y la industria colombianas –y también la cultura, y por supuesto la minería, y la flora y la fauna– están obligadas a renunciar a las protecciones y defensas estatales que han amparado a todas las agriculturas e industrias de los países hoy desarrollados en las etapas de su desarrollo: los europeos, los de América del Norte, los asiáticos. Y así desnudas, por así decirlo, tienen que competir con ellos, ‘libremente’, al tiempo que ellos, por su parte, siguen cubiertos por su paraguas de proteccionismo.

Así, por ejemplo, el TLC con los Estados Unidos le prohíbe a Colombia subsidiar sus productos agropecuarios, no solo para la exportación sino para el consumo interno; pero en los mismo días en que ese tratado entraba en vigor, el Congreso norteamericano decidía duplicar los subsidios gubernamentales otorgados a su propia agricultura, que pasaron de un golpe de 50.000 a 90.000 millones de dólares anuales. (Porque también sus recetas de libre comercio son solo para la exportación).

Vean en YouTube, por internet, un documental de Victoria Solano titulado 9.70, que ilustra las consecuencias de una sola resolución dictada por el ICA en

aplicación de uno solo de los parágrafos del TLC. Una resolución por la cual, so pena de altas multas, confiscación y cárcel, se prohíbe a los arroceros del Huila sembrar sus propias semillas y se les obliga a comprar las “certificadas” por ese organismo oficial: es decir, “mejoradas” genéticamente y luego patentadas por las multinacionales norteamericanas Monsanto, Dupont o Syngenta. Hay otras semillas mejores, aunque no hayan sido “mejoradas”. Pero el TLC comprometió a Colombia​ ​a​ ​usar​ ​solo​ ​esas.

Como a los arroceros del Huila, pronto les llegará el turno a los algodoneros, a los paperos, a los cafeteros, a los lecheros, a los criadores de pollos y de cerdos. Y a los zapateros,​ ​y​ ​a​ ​los​ ​músicos. ¿Y a los gobernantes no? Sí, claro. Son ellos quienes han puesto a los demás en

ese brete, imponiéndoles su propia sumisión. La cual es voluntaria. Debida “a la convicción, y no a la coacción”, para usar la frase de Ernesto Samper cuando arrancaba en persona matas de coca para que​ ​no​ ​le​ ​quitaran​ ​la​ ​visa.

No es que a Juan Manuel Santos, o a Gaviria, o a todos los presidentes intermedios y sus ministros de Hacienda y de Comercio (Santos ha sido las dos cosas) los hayan sometido por la fuerza o por el chantaje, y ni siquiera que los hayan sobornado de manera directa. Tampoco les han lavado el cerebro con burundanga–perdón: con escopolamina patentada por un laboratorio farmacéutico a partir del borrachero que crecía silvestre en la sabana de Bogotá. Simplemente les han hecho probar la ideología neoliberal. Y hoy son​ ​adictos.