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"Con fundamento en los artículos 21 y 27 de la Ley Federal del Derecho de

Autor y como titular de los derechos moral y patrimonial de la obra titulada


"EL PODER EN FOUCAULT", otorgo de manera gratuita y permanente al
Instituto Tecnológico Autónomo de México y a la Biblioteca Raúl Bailléres
Jr., autorización para que fijen la obra en cualquier medio, incluido el
electrónico, y la divulguen entre sus usuarios, profesores, estudiantes o
terceras personas, sin que pueda percibir por tal divulgación una
contraprestación"

CARMEN JIMENA VÁZQUEZ GARCÍA

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FECHA

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FIRMA
Agradecimientos

Cada momento que tenía que iniciar una nueva parte de esta tesis siempre resultó en

la misma rutina: todo un día de ver el cursor parpadeando con miles de ideas revoloteando

en mi cabeza y, al final del día, cerrar el archivo en blanco. Lo mismo ha resultado de

escribir estos breves párrafos. ¿Cómo reducir a unas pocas líneas lo agradecida que estoy

con todas las personas que me han acompañado en los 5 años más intensos de mi vida? He

aquí mi intento.

Gracias a todos mis amigos “itamitas”. Cada momento de estrés en el ITAM fue

aliviado por las pláticas compartidas en plaza roja con un café en mano, y por cada hora de

estudio en la biblioteca, donde nos brindamos apoyo moral. Gracias a todos mis amigos

fuera de la universidad, amigos que son más como familia. Gracias a Pau y a Sofí por estar

a mi lado durante todo este trayecto.

Gracias a todos los maestros que me marcaron y enriquecieron como estudiante y

como persona, a través de sus clases, de las lecturas elegidas para cada curso y de cada

trabajo asignado. Gracias a mis sinodales, la profesora Alexandra Uribe y el profesor Ennio

Michelis, por su atenta lectura a mi trabajo. Gracias al profesor Curcó quien me enseñó el

fascinante mundo de la teoría política, y me guió y asesoró en esta tesis.

Y, sobre todo, gracias a las tres personas más importantes en mi vida. A mis padres

por apoyarme siempre, por enseñarme la importancia de la tenacidad y por nunca

permitirme dudar de mí. A Carlos gracias por cambiar mi vida una fría mañana en

Coyoacán y apoyarme incondicionalmente a partir de ese momento; gracias por creer en mi

1
tanto como lo haces. Miles de millones de gracias a los tres. Sin ustedes esto no sería

posible. Esta tesis es por y para ustedes.

2
Índice
Introducción................................................................................................................................... 4
1. Contextualizando a Foucault ...................................................................................................... 6
1.1 El desarrollo del pensamiento de Foucault ............................................................................ 6
1.2 El orden del discurso .......................................................................................................... 15
1.3 Superar el planteamiento del poder en términos jurídicos y negativos ................................. 23
2. El poder en Foucault ................................................................................................................ 29
2.1 Rechazo a tres modelos convencionales de poder ................................................................ 29
2.2 Poder soberano ................................................................................................................... 34
2.3 Disciplinas ......................................................................................................................... 45
2.4 Modelos de poder: lepra, peste y biopoder. ......................................................................... 52
2.5 El poder como resultante .................................................................................................... 62
3 Problematización del poder en Foucault .................................................................................... 66
3.1 ¿Y el gobierno? .................................................................................................................. 66
3.2 En defensa de Foucault ....................................................................................................... 69
3.3 Historia de la sexualidad, o: el biopoder, una vez más. ........................................................ 73
3.4 El sujeto como resistencia .................................................................................................. 76
3.5 Retomar a Foucault ............................................................................................................ 82
Conclusión................................................................................................................................... 85
Bibliografía.................................................................................................................................. 89

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Introducción

Al escuchar el nombre “Michel Foucault” varios términos saltan a la mente: locura,

sexualidad, palabras, cosas, clínica, y, aquel término alrededor del cual giran los anteriores:

poder. Foucault revolucionó la manera en la que se hablaba y se reflexionaba sobre el poder

en el siglo XX. Querer catalogar la tarea del pensador francés en una rama específica es un

trabajo difícil, etiquetas como: filósofo, teórico, historiador, periodista, no le agradaban.

Luchaba contra ellas; en realidad, contra cualquier término que implicara la noción de

identidad (Foucault 2006(2), 88), porque la identidad es ya una faceta del poder, un aspecto

en el que no le interesa verse envuelto. La realidad es que Foucault no puede responder a

una sola identidad, hay tantos Foucaults como hay facetas y vetas en su pensamiento.

Cada aspecto de su pensar, reflejado en algún escrito o conferencia, responde al

momento de vida por el que el pensador estaba pasando. Cada época es fundamental para

entender la subsecuente. Esta tesis tiene el propósito de indagar en una etapa particular,

aquella que de forma directa estudia al poder y lo que de ahí resulta. Mediante tal búsqueda

se pretende dar un entendimiento claro del poder foucaultiano y una defensa del mismo. La

excusa se guiara bajo la idea de que tal concepción se abandonó demasiado pronto y es de

vital importancia recuperarla para entender el mundo que hoy habitamos.

El primer capítulo de esta tesis se aboca a contextualizar a Foucault y su

pensamiento, por lo que se narra desde su primera etapa de estudio hasta la última. Acto

seguido se presenta un análisis del primer texto en el cuál el catedrático francés habla

directamente sobre el tema del poder, y aquello permite enlazar a las precauciones que el

mismo pensador avisa para superar el planteamiento del poder en términos estatales.

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El segundo capítulo se ocupa del tema del poder de forma directa. Se comienza por

dar entendimiento a aquellos modelos de poder que Foucault clasifica de incorrectos y

porqué. De tal forma se abre paso a la concepción foucaultiana del poder, la cual se

desarrolla a partir de un análisis de la escisión entre poder soberano y poder disciplinario.

Dicha separación culmina en los tres modelos de poder que Foucault ubica históricamente y

la descripción de ellos. El segundo capítulo cierra con la definición del poder foucaultiano.

El tercer capítulo de esta tesis se aboca a una problematización del poder en

Foucault. En primera instancia se pregunta por el rol que guarda el gobierno en tal

definición, uno de los asuntos abiertos a más ataques en los análisis del autor. Lo anterior

permite entrar a dos grandes críticas que el pensamiento de Foucault sufrió una vez muerto

el catedrático, y, a partir de ahí me embarcó en ofrecer un matiz de las mismas remarcando

ciertos términos fundamentales y, por ende, una defensa hacia el pensador francés. Así el

capítulo culmina en una invitación a retomar la reflexión foucaultiana. La tesis cierra con

una breve conclusión.

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1. Contextualizando a Foucault

1.1 El desarrollo del pensamiento de Foucault

Entender el pensamiento de Foucault es una obra que debe hacerse apegada al nudo

de la tarea que buscaba emprender el autor: ser distinto, dar la posibilidad a pensar de otro

modo. Foucault describe cada uno de sus textos como cajas de herramientas, hechas por él:

“un artificiero” (Foucault 2006(2), 73), dedicado a fabricar algo que sirva para abrir nuevas

grietas de pensamiento. Por ende un intelectual foucaultiano puede describirse como aquel

dedicado a “ofrecer armas teóricas al servicio de la voz de los silenciados, de luchas

específicas que significan subversión; insistencia de una labor crítica sin fundamentos

orientada a resistir políticamente” (Fortanet 2010, 10).

Dicha búsqueda por abrir grietas a una nueva forma de pensar se dan a partir de la

tarea de la ontología del acontecimiento¸ un análisis de nuestro presente. La ontología del

acontecimiento se cuestiona qué es el presente que estamos viviendo, qué condiciones

permiten que en este momento emerjan ciertas clases de saber, ciertas relaciones de poder,

y no otras. El presente que deriva del análisis de la ontología “es un modo político de

desdecir aquello que somos en el aquí y abre la posibilidad de ser de otro modo” (Fortanet

2010, 95). La ontología del acontecimiento se refiere a que los fragmentos de la historia

pueden analizarse en su propia discontinuidad, en cada uno de ellos se puede encontrar

cierta lógica, decir que “la historia no tiene sentido, no quiere decir que ésta sea absurda”

(Foucault 1981(1), 133). Así la ontología muestra que nuestra constitución como sujetos

gira en torno al saber, poder, y la escisión entre razón y locura.

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En una conversación que mantuvo Fontana con Foucault (Foucault 1981(1)),

Fontana sostiene la idea de que Foucault fue el primero en plantear la cuestión del poder en

torno al discurso, lo cual Foucault niega. El autor da respuesta explicando que, de hecho, le

sorprende la dificultad que tuvo para formular dicha cuestión y, por ende, lo mucho que se

tardó en atacar directamente al tema. En años posteriores, en una entrevista Sobre la

prisión: el libro y su método (1999), Foucault daría a Nietzsche el crédito de haber sido el

primero en pensar la relación del discurso y el poder y, así, puso en el centro de la discusión

filosófica la relación de poder: “…fue él (Nietzsche) el filósofo del poder, quien llegó a

pensar el poder sin encerrarse en una teoría política para hacerlo” (Foucault 1999, 610).

La tardanza de Foucault para centrarse directamente en el tema del poder tiene

sentido en tanto uno observa que sus años principiantes estaban enfocados al estudio

arqueológico. Ejemplo de esto son los textos Las palabras y las cosas y La arqueología del

saber. Esta es una fase del pensamiento de Foucault abocada a explorar el subsuelo del

saber: “la arqueología pretende descubrir cuáles son las condiciones efectivas en que surgen

distintas formaciones discursivas” (Sauquillo 2001, 21). Este desarrollo en el pensamiento

de Foucault se encontraba impulsado por la siguiente cuestión: “¿cómo es que en ciertos

momentos y en ciertos órdenes de saber tiene lugar estos bruscos deslizamientos, estas

precipitaciones de evolución?” (Foucault 1981(1), 130). El estudio buscaba el cómo y por

qué una época traza las líneas entre verdadero y falso. Para el autor no hay un relato único y

trascendental, sino que hay muchos relatos, donde el discurso define la frontera entre lo

racional y lo irracional; cada momento histórico define la racionalidad, y cada sociedad

define su propia verdad.

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La etapa arqueológica, entonces, se aboca a señalar y describir cuáles son las

condiciones históricas para que en determinado momento surgieran ciertas representaciones

simbólicas en lugar de otras. A la indagación arqueológica Sauquillo la denomina como “un

pensamiento post-kantiano” (Saquillo 2001, 61) en tanto Foucault busca desapegarse de lo

ahistórico y de lo único trascendental. Por esto es que para describir los cambios de

discursos Foucault da autonomía a una estructura que denomina como episteme,

refiriéndose a “la condición de posibilidad de los saberes de una época” (Sauquillo 2001,

62). Episteme es, por lo tanto, el subsuelo del saber, el marco de lo que fija los límites de lo

que puede ser pensado.

Foucault encuentra, por medio de su labor de estudio microscópico de archivista,

tres epistemes distintas: Espíteme Renacentista, que corresponde al siglo XVI, Espíteme

Clásica en el siglo XVII, y Espíteme Moderna en el siglo XVIII (Sauquillo 2001, 72). En

la primera episteme se impone un orden de semejanza, remplazado por un orden

representativo en la época clásica, él cual culmina en la episteme moderna con el hombre

tomando el lugar del sujeto representante. No me detendré a explicar a más profundidad el

tema de las epistemes puesto que no forman parte del objetivo de estudio de este trabajo.

Lo que pretendo es resaltar es el hecho de que a partir de este estudio arqueológico del

saber Foucault comienza a bosquejar la enigmática relación entre verdad/saber y poder.

Lo que queda de estos primeros años del pensamiento de Foucault es una

preocupación por describir la transformación entre discursos, una “descripción superficial

hecha de forma deliberada” (Foucault 1999(8), 468). El término superficial, empleado por

el mismo Foucault, se refiere a que la descripción no debe ser vista como un análisis sobre

el porqué de los cambios discursivos, sino como un estudio para señalar que, efectivamente,

8
el discurso cambiaba. No obstante, aunque la arqueología sea una descripción superficial,

ésta prueba que el surgir de ciertos discursos en un época en lugar de otra no carece de

explicación, no es algo arbitrario; y, por ende, es preciso señalar cuáles son las condiciones

puntuales que regulan nuestros procesos de formación de sentido. Una vez culminada esta

descripción es que el pensamiento foucaultiano podrá analizar deliberadamente al poder, la

arqueología abre paso a la genealogía.

En este subsecuente desarrollo del pensamiento de Foucault se encuentran textos como:

Microfísica del poder y Vigilar y castigar. Una vez habiendo descrito a los cambios

históricos, Foucault puede enfocarse en el estudio de lo que hay detrás de esas

permutaciones. La genealogía, por tanto, debe entenderse como el estudio de los

mecanismos detrás de los cambios históricos previamente descritos. La genealogía, en

contraste con la arqueología, usará los términos de “dominación, fuerza y violencia” (Sluga

2010, 38) en su desarrollo. La búsqueda genealógica se aboca a perseguir al poder en su

ejercicio, “desvelar la violencia de las relaciones de poder en aquellos lugares en los cuales

supuestamente no existen” (Fortanet 2010, 78).

Entre los primeros años del trabajo de Foucault y esta genealogía que le sigue, existe un

debate entre intérpretes, como es señalado por Hans Sluga (Sluga 2010, 37), en tanto si la

genealogía foucaultiana debe entenderse como un estudio complementario a la arqueología

o, más bien, como un estudio que supera a los primeros años de pensamiento. Para la

finalidad de este trabajo, que se enfocará en la etapa genealógica, no es relevante saber si

ésta supera o complementa a la arqueología, no obstante, intentaré hacer ver que la

introducción de la arqueología dota de sentido a la genealogía.

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El estudio genealógico, por lo tanto, se concentra en analizar las relaciones de poder, la

génesis del mismo, y los efectos de poder que emergen del saber. Una vez habiendo

descrito las condiciones para los cambios históricos por medio de la etapa arqueológica, la

genealogía puede abocarse a indagar en las relaciones entre práctica y saber, analizar su

profundidad y, así, señalar aquello que hace posible la condición de emergencia de cierta

verdad:

“Genealogía es desarrollar un análisis que enfoque y distinga poderes y diferentes territorios

en los que se articulen saberes y poderes específicos que vertebran sociedades capitalistas.

La genealogía del poder, por tanto, rastrea en la historia las condiciones de formación y

desarrollo tanto de saberes como de mecanismos de poder; es una mirada discreta y

comprometida con la verdad que permite establecer las relaciones complejas y las

filiaciones entre la maternidad del mundo social y las representaciones mentales” (Varela y

Álvarez Uría 1999, 360).

La genealogía, entonces, consiste en concentrarse en las prácticas más pedestres. Ir

a revisar los archivos de cárceles, hospitales, de la burocracia; hacer que el análisis gire en

torno a los dispositivos de poder; dispositivo entendido como “disposición provocada por

el poder hablar, decir, producir verdad” (Sauquillo 2001, 181). El uso del concepto de

dispositivo permite a Foucault establecer la mutua implicación entre poder y saber. En esta

etapa de pensamiento Foucault declara que las ciencias no solo surgen para falsificar sino

para imponer verdades y las jerarquías de clausura y exclusión. El saber y el poder se

encuentran en perpetua articulación: “ejercer el poder crea objetos de saber, los hace surgir,

acumula informaciones, las utiliza” (Foucault 1999(1), 608). El perpetuo juego entre saber

y poder se da, por lo tanto, en el momento que el ejercicio de poder crea saber, él cual, a su

10
vez, conlleva a efectos poder. La genealogía foucaultiana permite mostrar esta circularidad

entre saber y poder.

Durante la etapa genealógica de Foucault es capaz de vislumbrar el hecho de que

todos padecemos relaciones de poder y, a su vez, las ejercemos. El poder está en todas

partes, no hay ámbito social salvado de él; tal como señala el pensador en un diálogo con

Deleuze: “el poder no está sólo en las instancias superiores de la censura sino que penetra

de un modo profundo, muy sutilmente, en toda la red de la sociedad” (Foucault 1981(2), 9).

Así se muestra que los grupos de elite no son instancias de poder sino efectos del mismo. El

poder se muestra como una relación de fuerzas que se genera en un aparato simbólico:

poder “es el nombre que prestamos a una situación estratégica compleja en una sociedad

dada” (Fortanet 2010, 128). Para hablar de poder se debe renunciar a instancias

trascendentales, y entender que el poder no se origina nunca en una subjetividad actuante,

el poder es anónimo.

El poder no sólo es fuerza represora sino también fuerza constitutiva; lo que

verdaderamente emana del poder son regímenes del saber desde los que se inauguran

verdades; por ende, la verdad no se da ni se genera fuera del poder. De hecho, cada

sociedad tiene su régimen de verdad, su “política general de la verdad” (Fortanet 2010,

142). El conocimiento y el saber siempre tienen una voluntad de poder, definen la realidad,

la moldean. De este análisis Foucault concluye tres diagramas de poder (el diagrama de la

lepra, el diagrama de la peste y el diagrama de la gobernabilidad)1, los cuales serán

1
A reserva de explicar dichos modelos a fondo en el segundo capítulo del presente trabajo adelantaré que
Foucault encuentra en distintos momentos históricos diferentes representaciones de poder: (i) un diagrama de
la lepra que responde a la exclusión/purificación; (ii) un diagrama de la peste que se desenvuelve mediante la
disciplina y la normalización; y (iii) un diagrama de la gobernabilidad que se refiere a un control supra
disciplinario de poblaciones enteras.

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discutidos a fondo más adelante. Lo que debe guardarse hasta el momento es que la

genealogía comprende el análisis de “las condiciones de existencia de los hombres en los

mecanismos más corporales, como paso previo a la apertura de un espacio inmenso de

experimentación” (Sauquillo 2001, 18).

Ese espacio inmenso de experimentación es lo que anterior a la muerte de Foucault, él

llamaba biopoder2, resultante del último diagrama de poder, el de la gobernabilidad. El

pensamiento del autor entorno al biopoder pretendía analizar lo que se aprendió mediante la

genealogía. De la genealogía se comprendió la falsa neutralidad de la relación que guardan

saber y poder; y, así, permitió ver que el poder permea en el saber y viceversa, que el poder

moldea y controla al discurso. De esta forma la genealogía abre la posibilidad a

comprendernos como personas constituidas, no constitutivas, y explorar aquello que

tenemos detrás constituyéndonos, a la luz de la idea antihumanista foucaultiana.

Para Foucault el hombre no es el centro de todo en tanto no ve al sujeto como

constituyente, sino constituido. Foucault sigue el diagnostico nietzscheano de la muerte de

Dios e indica que ese vacío de divinidad pretendía ocuparlo el hombre: “El hombre ocupa

el lugar de Dios pero es soberano y esclavo del lenguaje” (Sauquillo 2001, 79). Aunado a

lo anterior, lo que resalta el catedrático del Collége de France es la relevancia de las

características históricas que permiten al hombre ocupar el lugar divino.

Así, para Foucault el hombre en el lugar divino es una posibilidad que nace a partir de

ciertas condiciones las cuales se agotaran y, por lo tanto, el hombre en el lugar divino

también. A partir de lo anterior se comprende la famosa y controversial exclamación

2
El biopoder como resultado del tercer modelo foucaultiano de poder se refiere a la idea de “un poder que
regula la vida por medio del orden, y regula a poblaciones y su comportamiento de un modo que ningún
aparato represivo podría ser rival” (Brown 2008 ,70).

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foucaultiana sobre la muerte del hombre: “El acontecimiento cultural X es un invento

reciente posibilitado por condiciones teóricas y prácticas y cuando éstas cambien el

acontecimiento X desaparece” (Fortanet 2010, 73). El antihumanismo de Foucault se

comprende al equiparar al acontecimiento cultural X con el hombre, y así entender que éste

ocupa el centro del pensamiento por condiciones particulares, y cuando éstas desaparezcan

dicho acontecimiento será desplazado.

El hombre, entonces, no es constitutivo sino constituido por las condiciones teóricas y

prácticas que se fomentan por el saber, él cual guarda una cercana relación con el poder. La

genealogía busca abrir la posibilidad a la exploración de todo eso detrás de nosotros que

nos constituye. Así Foucault comienza su planteamiento del biopoder como un control

supra disciplinario no sólo a nivel de los individuos, sino de la gestión entera de

poblaciones.

El biopoder, por lo tanto, es un poder que busca no malgastar la fuerza sino

administrarla perfectamente a través de una economía política. Se caracteriza por una serie

de disciplinas que se apropian de la conducta para normarla a través de códigos específicos

donde los castigos ya no son corpóreos. Esto último como resultado del momento histórico

en que el sistema penal pasa de ser uno que castiga a uno que vigila, puesto que la

vigilancia es más rentable y eficaz que el castigo (Foucault 1999(1), 598). En el momento

que las sanciones no son corpóreas se puede, entonces, incurrir en la supresión de derechos.

Así Foucault argumenta que al volverse incorpóreas las penalidades, el castigo corpóreo se

torna en la disciplina de la mente. La vigilancia a la que se transita por ser más eficaz que el

castigo es, en realidad, la formación de una retícula minuciosa del comportamiento social,

con el fin de normalizarlo. En una entrevista con Bauer sobre Las estructuras del poder,

13
Foucault establece esta idea declarando que “los controles psicológicos siempre son más

eficaces que los controles físicos” (Foucault 2012(2), 131), más eficaces puesto que

permiten normalizar y disciplinar la mente.

De esta última etapa abocada al biopoder se desprende la preocupación ante la

resistencia que pueda hacerse ante el mismo. Un inquietud que Foucault comparte con

Deleuze (Foucault 1981(2)) en tanto se refiere a que la dificultad de encontrar las formas de

lucha adecuada se debe a que aún ignoramos en gran medida qué es el poder, sabemos que

nadie es el titular del poder y, sin embargo, “se dirige en determinada dirección (con unos

de un lado y otros del otro), no sabemos quién lo tiene, pero sí sabemos quién no lo tiene”

(Foucault 1981(2), 14). Sumado esto al entendimiento de que todas las prácticas de poder

trabajan en torno a la segregación para luego dar paso a un proceso de normalización,

queda claro que la estrategia ante el poder no puede ser una actitud reactiva de rechazo ante

todo, puesto que el poder genera su propia resistencia como palanca de apoyo.

Pero lo anterior no significa que Foucault busque dar la receta a la revolución

victoriosa, sino hacernos dar cuenta de la omnipresencia del poder y, así, buscar grietas con

la finalidad de pensar de modo diferente. Es por esto que Foucault clasifica a cada uno de

sus escritos como “pequeñas cajas de herramientas” (Foucault 2006(1), 57), pues cada texto

suyo apunta a la idea de “derribar muros, de abrir espacios cerrados” (Foucault 2006(2),

81). El muro representa al poder, un poder macizo que cubre todo, que está en todos lados;

y así el pensamiento de Foucault apunta a ser un martillo que permita generar grietas en ese

vasto muro, y explorar qué queda a partir de esa nueva apertura. Por ello esta fase buscaba

analizar si desde la grietas, que se generan al pensar al poder de esta forma, se da la

14
posibilidad de pensar más allá de la malla del poder, y así poder buscar formas genuinas de

la construcción del yo.

Para lograr una forma genuina de la construcción del yo, Foucault voltea a otras

épocas. De ahí que en esta etapa resalte que la tarea del intelectual “consiste en prepararse

para encarnar nuevas formas de subjetividad inexploradas” (Sauquillo 2001, 175). A su

vez, en esta nueva búsqueda, Foucault resalta una forma idealizada de la comunidad greco-

latina. En ésta encuentra que aún cuando el individuo era resultado de prácticas de poder,

eso no implicaba que el individuo no pudiera actuar sobre sí, siempre y cuando, el

individuo aprendiera a configurar su propio placer. Individuo y placer se moldeaban como

una obra de arte. Los griegos por ende, “permiten una posibilidad de pensar el pasado,

resistir el presente y vislumbrar el tiempo por venir” (Sauquillo 2001, 173).

De esta forma se redondea el pensamiento de Foucault y queda claro que esa tarea

de pensar de forma distinta debe darse en apoyo a una “comprensión del sistema de límites

y exclusión que practicamos sin saberlo, hacer visible el inconsciente cultural” (Foucault

1999(7), 373). Con este pequeño esbozo de la trayectoria del pensamiento foucaultiano

comienza el análisis particular de la tesis que aquí se presenta. Es en 1970 cuando Foucault,

por primera vez, se refiere directamente al tema del poder, de una forma aún introductoria

y transitoria entre arqueología y genealogía. Lo señalado en ese discurso marca los

comienzos de la etapa genealógica.

1.2 El orden del discurso

En 1970 Foucault pronuncia su lección inaugural en el Collége de France. Lo que

ahí dice se convierte en un texto conocido bajo el título El orden del discurso, donde el

15
autor se dedica a analizar y desvelar los procedimientos de control del discurso. Es un texto

transitorio entre su etapa arqueológica y genealógica, y en él comienza apenas a apuntar de

forma directa el tema del poder. En esta primera etapa aún se refiere a él de forma negativa.

El cuestionamiento del control entorno al discurso se da a partir de la siguiente pregunta

que Foucault lanza al público: “¿Qué hay de tan peligroso en el hecho de que la gente hable

y de que sus discursos proliferen indefinidamente? ¿En dónde está por tanto el peligro?”

(Foucault 2013(1), 14). Así Foucault comienza su análisis, haciendo entender que en toda

sociedad la producción del discurso está controlada.

¿Controlada cómo? Por medio de tres procedimientos: (i) en primer lugar:

procedimientos de ordenación externa o de exclusión, (ii) en segunda instancia

procedimientos de ordenación interna y (iii) por último: procedimientos de determinación

de las condiciones de utilización del discurso. Lo anterior con el objetivo de “conjurar

poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible

materialidad” (Foucault 2013(1), 14). De ahí que al dejar expuestas estas formas de control

del discurso, se busque regresar al discurso a su dispersión, dispersión que al ser conjugada

con un análisis genealógico logre una sublevación de los saberes sometidos, quebrantando,

así, esa estructura de dominación. Esta rebelión de los saberes sometidos significa para

Foucault el desvelar las relaciones de poder en aquellos lugares supuestamente neutrales,

“perseguir al poder en su ejercicio” (Fortanet 2010, 78).

El primero de los procedimientos de control, aquel de ordenación externa, se

descompone en tres partes: la palabra prohibida, oposición entre razón y locura y la

oposición entre lo verdadero y lo falso. La palabra prohibida se refiere a ese control fuera

del discurso, en tanto sabemos y somos conscientes de no tener derecho a decirlo todo, es la

16
forma de exclusión más evidente y que resulta más conocida. La prohibición de la palabra

puede ser resultado del “tabú que concierne a ese tema, del ritual de la circunstancia o de la

exclusividad o privilegio del sujeto que habla” (Foucault 2013(1), 14), estos tres tipos de

prohibiciones se conjugan entre sí, se refuerzan y forman una malla, la cual está más

cerrada en unos temas que en otros. Foucault ejemplifica la malla en dónde más cerrada se

encuentra: los temas de sexualidad y política.

El hecho de que las prohibiciones y exclusiones que recaen sobre estos discursos

sean especialmente enfáticas deja al descubierto la relación de los mismos con el deseo y el

poder. Así, Foucault comienza a equiparar al discurso con el poder y el deseo. El discurso,

a decir por Foucault, es también objeto de deseo, es objeto de deseo porque el discurso es

poder. El discurso no es sólo aquello que transforma los sistemas de dominación, sino es

aquello “por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder que quiere uno adueñarse”

(Foucault 2013(1), 15).

El segundo procedimiento de control externo al discurso es la oposición entre

locura y razón que se refiere al hecho de que el discurso que se desarrolla históricamente es

aquel que tiene sentido. Desde la Edad Media el discurso del loco es un discurso que se

presenta al margen pues no puede circular como el de los demás. Explica Foucault que

durante siglos la palabra del loco “era olvidada e ignorada de inmediato, o era descifrada

como una razón ingenua o astuta… pero de cualquier forma caía en el olvido” (Foucault

2013(1), 16). La palabra del loco sólo encontraba un lugar simbólico en el escenario teatral,

donde podía desenvolverse como verdad desenmascarada. El discurso del loco no era

realmente escuchado, fue hasta finales del siglo XVIII que los médicos comenzaron a

considerar que los locos tenían algo que decir.

17
Aquí Foucault anticipa una crítica (Foucault 2013(1), 17): que la escisión entre

razón y locura ya no sea operativa. La respuesta del catedrático del Collége de France

consistirá en mostrar que basta con pensar en todo lo que el aparato del saber hace implicar

para la definición de las palabras razón y locura. Al constatar todo lo que hay detrás de

tales definiciones queda claro que la separación sigue presente. Es suficiente notar, aún hoy

en día, como la red institucional antepone a la palabra de aquel que atiende al loco, médico

o psicoanalista, a la palabra del que atiende: “si bien es necesario el silencio de la razón

para curar los monstruos, basta que el silencio esté alerta para que la separación persista”

(Foucault 2013(1), 18).

Siguiendo la oposición entre locura y razón, el tercer procedimiento de exclusión es

la oposición entre verdadero y falso. Foucault describe una verdad que históricamente se ha

desplazado del acto ritualizado hacia los enunciados mismos cuando la verdad deja de ser

lo que el discurso era y se vuelve aquello que el discurso dice. Esta transformación, sin

duda, es el desarrollo de nuevas voluntades de verdad. La voluntad de verdad, esta escisión

entre verdad y falsedad, se apoya en una base institucional, al igual que los dos primeros

procedimientos de exclusión. Dicha base se refuerza y se apoya por una serie de prácticas,

pero más importante aún, se sustenta “por la forma que tiene el saber de ponerse en práctica

en una sociedad, en la que es valorado, distribuido, repartido y en cierta forma atribuido”

(Foucault 2013(1), 22). Así, la voluntad de verdad, al estar ligada con la voluntad de saber,

de forma tan intima, ejerce presión y coacción sobre los demás discursos.

Esa coacción y presión hacia los demás discursos, se refuerza en tanto la voluntad

de verdad (como tercera parte del procedimiento de control externo) está a cargo de las dos

primeras partes del procedimiento mencionado; de hecho, aquellas dos derivan hacia la

18
última. Y, sin embargo, constata Foucault, de esta última parte es de la que menos se habla:

“la voluntad de verdad que se nos ha impuesto desde hace mucho tiempo es tal que no

puede dejar de enmascarar la verdad que quiere” (Foucault 2013(1), 24). A través de esta

idea comienza a desvelarse la futura y determinante interpretación del poder de Foucault: el

poder comunica la verdad del poder. La voluntad de verdad del poder muestra que el

“conocimiento es un gran terreno de éste y la verdad es inherentemente política” (Brown

2008, 70-71).

El segundo tipo de procedimiento de control son los que opuestos a los externos,

trabajan de forma interna; son los discursos mismos los que ejercen su propio control. El

primero de ellos es el comentario: “instrumento recuperador del sentido que implícitamente

se encontraba en el lenguaje esperando que algo o alguien lo sacase de sus estado de

latencia” (Sauquillo, 107). En este sentido Foucault argumenta sobre una “nivelación” en

los discursos (Foucault 2013(1), 25). El primer nivel del discurso son aquellos discursos

que se dicen y desaparecen, y en un segundo nivel, están los discursos que están en el

origen, que son dichos puesto que se han expresado y permanecen todavía por decir, latentes

a palabras que los reanuden. Este segundo nivel de discurso, aquellos discursos dichos y

latentes a la vez, los conocemos en nuestra cultura como los textos religiosos, jurídicos,

literarios y, en cierta medida, también los textos científicos. El comentario es, por lo tanto,

ese desfase entre el primer nivel de discurso y el segundo, permite construir nuevos

discursos diciendo por primera vez aquello que, no obstante, había sido dicho ya.

Junto al comentario, está el autor como control interno del discurso. El autor tiene

como tarea unificar el sentido de lo dicho, es un “foco de coherencia” (Foucault 2013(1),

30). Hay terrenos donde la aportación del mismo es imprescindible, como en la literatura,

19
al dar unidad al texto que antepone su nombre; y en la ciencia, donde el autor juega un

papel de indicador de verdad. El autor, como foco de coherencia, “es quien da inserción en

lo real al discurso” (Foucault 2013(1), 31). El autor, entonces, confina el azar del discurso

por medio de la identidad.

Las disciplinas conforman el tercer control interno del discurso, pues atienden el

espacio donde se establecen los objetos y métodos de análisis permitidos; sellan, así, el

nivel de creatividad “adecuado”, el nivel autorizado. Una disciplina no está construida

sobre todo lo que puede ser dicho a propósito de cierto tema, sino que está hecha entorno a

verdades y falsedades. Cada disciplina reconoce proposiciones verdaderas y falsas. Así la

disciplina es un principio de control de la producción misma del discurso puesto que se

opone tanto al comentario como al autor. Al comentario porque para que haya una

disciplina debe existir la posibilidad de formular indefinidamente nuevas proposiciones, no

una búsqueda de sentido; y, a su vez, una disciplina sirve a un sistema anónimo, a quien

pueda servirse de ella, opuesto al autor. (Foucault 2013(1), 33)

Por último, en cuanto a procedimientos de control, están aquellos que se forman

entorno a determinar las condiciones de utilización del mismo. No todas las partes del

discurso son igualmente accesibles, las condiciones de utilización del mismo envuelven

todas sus coacciones: “las que limitan sus poderes, las que dominan sus apariciones

aleatorias, las que seleccionan a los sujetos que pueden hablar” (Foucault 2013(1), 39), así

como el tipo de léxico y de supuestos que se puede emplear. La primera condición de

utilización del discurso es el ritual del habla, acción que define desde la cualificación que

deben poseer los individuos que hablan hasta los gestos y todo el conjunto de signos que

deben acompañar al discurso; “fija finalmente la eficacia supuesta o impuesta de las

20
palabras, su efecto sobre aquellos a los cuales se dirige, los límites de su valor coactivo”

(Foucault 2013(1), 41).

Al ritual del habla le sigue las sociedades de discurso, las sociedades que

administran la divulgación del discurso y restringen el espacio donde se desarrolla. Los

discursos, así, se distribuyen según reglas estrictas y sin que los detentadores sean

desposeídos de la función de distribución. Son sociedades que no cesan de existir, éstas

mutan en nuevas formas, por ejemplo en aquellos que se han apropiado del discurso

económico, político, o del discurso médico, como señala Foucault.

A lo anterior se contraponen las doctrinas, opuestas a las sociedades de discurso

dado a la difusión que las caracteriza. Las doctrinas buscan una relación de codependencia

con los individuos por medio de la aceptación de las verdades expuestas por éstas y la

aceptación de la regla de conformidad con los discursos válidos: la doctrina vincula a los

individuos a discursos específicos y prohíbe la relación con cualquier otro. Todo esto para

vincular a individuos entre sí y diferenciar a los restantes; “así las doctrinas logran el

rechazo, la exterioridad y la heterodoxia” (Sauquillo 2001, 108). La doctrina logra una

doble sumisión: “la de los sujetos que hablan a los discursos, y la de los discursos al grupo,

cuando menos virtual, de los individuos que hablan” (Foucault 2013(1), 44). Esta alusión

tendrá sentido, y más profundidad, en Vigilar y Castigar donde Foucault analiza las

relaciones de exclusión y de normalización de los individuos que se dan a partir de distintos

modelos de poder.

Por último está la adecuación social al discurso o educación, la cual se desenvuelve

en lo que permite y en lo que impide, de ahí que tenga sentido el decir que la educación

21
tiene su propia distribución aunque sea la manera en la cual un individuo en una sociedad

como la nuestra pueda acceder al discurso:

¿Qué es, después de todo, un sistema de enseñanza, sino una ritualización del habla; sino una

cualificación y una fijación de las funciones para los sujetos que hablan; sino la constitución de un

grupo doctrinal cuando menos difuso; sino una distribución y una adecuación del discurso con sus

poderes y saberes? (Foucault 2013(1), 45-46).

En este punto es que Foucault pregunta por el papel de la filosofía ante el discurso

planteado, y se interroga si los temas filosóficos nacen para responder a las limitaciones y

controles, o, más importante aún, si surgen para reforzarlos. Argumenta aquello relacionado

con la idea de que desde la exclusión de los sofistas, parece ser que en Occidente se aboga

al menor espacio posible para el pensamiento y el habla en el discurso. Menor espacio para

el pensamiento para no develar las relaciones de poder que están detrás de las verdades. Así

Foucault incita a “replantearnos nuestra voluntad de verdad; restituir al discurso su carácter

de acontecimiento, borrar finalmente la soberanía del significante” (Foucault 2013(1), 51).

De esta manera Foucault cierra su discurso inaugural en el Collége de France y

esboza de manera muy introductoria lo que será su trabajo en años venideros, él cual se

desarrollará a partir de dos análisis: un conjunto crítico y un conjunto genealógico. El

primero de ellos se trata de un análisis del discurso entorno a las formas de exclusión, cómo

éstas se han formado, a qué necesidades responden, cómo se han modificado y qué

coacciones les han demostrado efectivas. El segundo conjunto, el genealógico, buscará dar

entendimiento “a la formación efectiva del discurso bien en el interior de los límites de

control, bien en el exterior” (Foucault 2013(1), 64). La genealogía busca estudiar la

22
formación dispersa, discontinua y regular a la vez, así queda claro que este conjunto

genealógico y el conjunto crítico no son análisis separables.

Aún siendo un texto transitorio y apenas introductorio a la etapa genealógica del

pensamiento foucaultiano, lo dicho en El orden del discurso importa porque permite

entender el análisis del poder en años venideros de Foucault. El poder aquí presentado es un

poder negativo, en tanto se describe como un control del discurso, con procedimientos y

métodos sustentados por una base institucional detrás de la voluntad de verdad del poder.

No obstante el análisis del texto referido abre puertas futuras dejando en claro que aunque

el poder controla al discurso, éste también permite formarlo. Se abre la puerta a entender,

tal como lo hizo Foucault, que el poder no es sólo restrictivo sino constitutivo. Aunado a

ello, este primer análisis sirve para rechazar la idea del poder situado en un único locus.

Foucault buscará, ante todo, un análisis orientado a superar la idea de un poder que se

encuentra en un lugar o persona especifico, pues con ello quiere resaltar la falsa neutralidad

en campos que se piensan ajenos al poder, como el discurso en este caso. Remarcar esta

falsa neutralidad permite dar más sentido y entendimiento al porqué del rechazo de un

poder meramente estatal o jurídico, justo lo que se hará a continuación.

1.3 Superar el planteamiento del poder en términos jurídicos y negativos

El análisis de Foucault en torno al poder se dedica, en sus primeros instantes, en atacar

a una concepción del poder meramente estatal o negativa. No es que el argumento

foucaultiano pretenda decir que el Estado no cuenta con poder, o que el poder no es

represor, sino que el poder es mucho más que eso: el poder no está sólo en el estado y el

poder hace mucho más que sólo actuar de forma negativa reprimiendo. Debe resaltarse que

23
la complejidad que Foucault aporta a la visión del poder no apunta a un pesimismo

generalizado, sino que, como alguna vez famosamente expuso: “Mi punto no es que todo es

malo, sino que todo es peligroso, que no es exactamente lo mismo que malo” (Foucault

citado en Allen 2010, 86). El trabajo de Foucault apunta a hacernos conscientes de estos

peligros, y una forma de empezar dicha consciencia es trabajar en un verdadero

entendimiento de la complicación del poder.

El expandir la concepción de poder comienza en Foucault por un cuestionamiento de la

teoría de la soberanía (Saquillo 2001, 139). Para Foucault el derecho, proveniente de la

teoría de la soberanía, no tiene otra función que servir al poder y asegurarle un buen

funcionamiento por medio de la creación de las ficciones necesarias. Ejemplo de esto es la

preocupación de Foucault respecto a las prisiones, como lo muestra en La verdad y las

formas jurídicas (1999) y en Entrevista sobre la prisión: el libro y su método (1999). En

dichos momentos Foucault argumenta la incongruencia que fue el invento de las prisiones

respecto al sistema penal existente en ese período histórico, y a la incongruencia se le suma

el fracaso de la idea de reformación de individuos de forma casi inmediata; no obstante las

prisiones se conservan por la necesidad que implican para las estrategias de poder.

La soberanía cumplía las ficciones de ideología frente a las monarquías absolutas y la

codificación del siglo XIX (Saquillo 2001, 140), herramientas necesarias del poder. Para

poder realizar una teoría crítica es necesario, por ende, superar este planteamiento que

argumenta una visión del poder limitada. Así, para lograr emprender un verdadero análisis

respecto a las relaciones de dominación, Foucault sugiere cinco precauciones (Sauquillo

2001, 140): (i) en primer lugar, no analizar al poder como eje central, (ii) seguido por, no

preguntarse la intención del poder, (iii) en tercera instancia, no analizar al poder en

24
términos de apropiación y de sujeto, (iv) como cuarto punto, realizar un estudio ascendente

del poder en lugar de uno descendente y (v) por último, al analizar al poder en su

microfísica considerarlo acompañado de procedimientos de producción y catalogación del

saber.

La primera precaución busca evitar un análisis de los efectos del poder como constantes

legítimos y regulados, de ahí que se resalte en evitar un análisis del poder como eje central.

Contrario a este análisis, lo que Foucault busca es ver al poder en su capilaridad, en

localizaciones externas, ahí donde trasciende al derecho y a la teoría de soberanía, “asir

siempre al poder en los límites menos jurídicos de su ejercicio” (Foucault 1992(2), 142).

Una visión del poder como eje central es, en realidad, un vistazo a los efectos más

superficiales del poder, cuando lo que en verdad hay que ver es lo que hay detrás de estos

efectos, los cuales ocultan la verdad del poder tras un “análisis político formulado en

términos de obligación” (Sauquillo 2001, 140-141).

La segunda precaución, según Sauquillo, consiste en evitar preguntarse por la intensión

o decisión del poder y buscar lograr un análisis de las prácticas reales y efectivas del poder.

Si el poder deja de ser un eje central, cuestionar la intencionalidad de quién lo ejerce pierde

sentido, en tanto se entiende que la intencionalidad del poder no se encuentra en un locus

especifico. En su curso del 14 de enero de 1976 Foucault resalta que “hace falta estudiar

los cuerpos periféricos y múltiples, esos cuerpos constituidos por los efectos del poder a

semejanza de sujetos” (Foucault 1992(2), 143). Con este planteamiento deseado, dejando

de lado la intencionalidad del poder, la intención de Foucault es analizar a relación directa

entre el poder y, lo que él llama de forma provisional, su objeto.

25
La tercera precaución hace notar que los individuos no son propietarios del poder, sino

que el poder es un “elemento irreductible que atraviesa sus cuerpos” (Sauquillo 2001, 141).

Los individuos somos albergues de poder y efectos del mismo. En su curso del 14 de enero

de 1976 Foucault plantea esta idea precisamente, y explica que:

“El individuo no es el vis-à-vis del poder; es pienso, uno de sus primeros efectos… y al

mismo tiempo, o justamente en la medida que es un efecto, el elemento de conexión. El

poder circula a través del individuo que ha constituido” (Foucault 1992(2), 144).

Esta idea es planteada en congruencia con una visión del poder que se analiza como algo

que circula, algo que funciona en cadena; así se entiende que el poder no es algo estático en

los individuos, viaja dentro de ellos, los transita transversalmente. No obstante, es

importante destacar que aunque para Foucault el individuo sea un efecto del poder esto no

significa que el uso del término individuo sea intercambiable por el término del poder. El

individuo se ve afectado por el poder, pero esa afectación no lo define (Allen 2010, 81).

En cuarto lugar, Foucault busca analizar al poder de forma ascendente, para lograr una

explicación congruente de cómo los micropoderes hacen sentido dentro de la dominación

global. Foucault aboga por analizar a los procedimientos de poder en los niveles más bajos,

mostrar cómo se extienden y “sobre todo cómo son investidos y anexionados por

fenómenos globales” (Foucault 1992(2), 145). Para mostrar porqué el análisis descendente

es problemático Foucault ejemplifica usando a la burguesía. De este modo el maestro del

Collége de France explica que si la burguesía es analizada por medio de la deducción se

llegan a conclusiones incorrectas, como el decir que la exclusión de la locura fue hecha

puesto que los locos eran inútiles a la producción económica impulsada por la burguesía.

No obstante, al estudiarse a la burguesía desde sus agentes más particulares, desde sus

26
iniciales mecanismos de control, se ve ésta no se interesa por la “exclusión de los locos…,

sino más bien en la técnica y el procedimiento mismo de la exclusión” (Foucault 1992(2),

146).

Por último, Foucault busca resaltar que el poder a nivel micro se acompaña de

procedimientos de producción y catalogación del saber y no de producciones ideológicas.

El poder no recurre a la ideología sino a instrumentos de poder-saber. Las estrategias de

poder producen saber, el desarrollo de distintas ramas de saber van conjunto al ejercicio del

poder: “el nacimiento de las ciencias humanas va de la mano con las instalación de nuevos

mecanismos de poder” (Foucault 1988, 106). En su diálogo “On Power” con Pierre

Bocenne, Foucault manifiesta que la ciencia ejerce poder en tanto te obliga a lo que puede

ser dicho y de qué forma; la ciencia ha sido institucionalizada como poder (Foucault 1988,

107).

Con estas cinco precauciones Foucault argumenta como es que la estrategia del poder

es más insidiosa que puramente jurídica:

“… [la estrategia del poder] atraviesa el cuerpo social y lo produce, no tanto a través

de la ley como de las disciplinas, no tanto a través de la prohibición como de la

incitación, la seducción y la producción del saber.” (Sauquillo 2001, 142)

Esta superación de una visión del poder puramente estatal-jurídica, intenta mostrar el

hecho de que el poder es mucho más complejo que dicha visión. De hecho la forma jurídica

de ver al poder es un “análisis que [ve al poder como] intrínsecamente incapaz de trascender

los límites del estado y de las instituciones gubernamentales” (Herrán 1999, 236). La visión

27
puramente jurídica del poder es, por lo tanto, una visión acotada del mismo, que nos

encierra en un enfoque que no permite hacer un análisis completo de nuestro presente.

Con estas precauciones presentadas por Foucault se comienza a vislumbrar la idea

foucaultiana de un poder omnipresente, un poder que está en todos lados. Pero antes de

llegar a esa idea, se deberán derribar y contra-argumentar otros modelos de poder

instaurados en el momento que Foucault escribe, modelos que se basan en una idea clásica

del mismo. El siguiente capítulo comienza justo con la crítica de los modelos de poder que

Foucault clasifica como incorrectos: soberanía, mercancía y represión.

28
2. El poder en Foucault

2.1 Rechazo a tres modelos convencionales de poder

El capítulo anterior abarca los inicios del pensamiento foucaultiano entorno al

poder: se presentó el primer texto en el que habla sobre el tema de forma introductoria, El

orden del discurso, y se termina por enlistar cinco precauciones para superar una visión del

poder meramente estatal. El planteamiento anterior permite al lector obtener el contexto

necesario anterior a la etapa genealógica de Foucault, sin el primer capítulo de esta tesis

este segundo resultaría incomprensible. A su vez, del capítulo anterior debe percibirse que

el pensamiento de Foucault es una evolución constante, cada parte de su pensamiento

depende de lo aprendido en la anterior.

La comprensión del poder en Foucault resulta más sencilla comenzando por la

crítica que hace de aquellas concepciones de poder vigentes durante su tiempo de estudio.

Es decir, resulta más fácil adentrarse al tema estudiando las visiones del poder que el autor

desacredita y porqué. Hay tres modelos convencionales de poder clasificados de incorrectos

e incompletos en el entendimiento del catedrático: (i) el primero es el del modelo de

soberanía, (ii) seguido por el modelo de mercancía y (iii) y por último el modelo de

represión. Estos tres modelos comparten similitudes aunque cada uno se refiera a distintos

momentos del poder: “el modelo de soberanía se refiere al carácter putativo del poder, el

modelo de mercancía hace referencia al movimiento del poder y, por último, el modelo de

represión se enfoca a la naturaleza de la acción del poder” (Brown 2008, 67). A

continuación se presenta la crítica a cada una de dichas visiones del poder.

29
El capitulo anterior de este trabajo habló de las precauciones que Foucault sugiere

para superar al problema del poder en un planteamiento meramente jurídico, dichas

precauciones se desarrollan ante una crítica de la idea de soberanía, en tanto explica que

ésta no tiene otro propósito que no sea servir al poder, por ende no resultará difícil

entender el porqué del rechazo del modelo de poder soberano. En su curso del 14 de enero

de 1976 Foucault explica que la teoría del derecho desde la Edad Media desempeña el

papel de fijar a legitimidad del poder, es decir que la teoría del derecho se organiza en torno

al concepto de soberanía (Foucault 1992, 141). Por lo tanto, un modelo del poder que gira

alrededor de la soberanía enfoca “el problema del poder en cuanto al dominio y ser

dominado y, por ende, se entiende al poder como algo que está contenido en individuos

soberanos o instituciones, los cuales usan ese poder sobre otros individuos o instituciones”

(Brown 2008, 68).

La crítica de Foucault a este modelo de la soberanía es en dos partes (Brown 2008,

68). En primera instancia crítica la idea de soberanía en sí, argumentando que tal término

está, de hecho, empapado de poder, lo que significa que la soberanía más que una fuente de

poder es un efecto de éste. En segundo lugar Foucault argumenta que el poder soberano es

una faceta muy pequeña de la vida política moderna y de la gobernanza. La fijación

moderna por la soberanía impide ver y analizar el rango de mecanismos de poder

inconfesados. El problema, a palabras del catedrático francés, “está en evitar la cuestión de

la soberanía y de la obediencia de los individuos y hacer ver en lugar de eso, los problemas

de dominación y sometimiento” (Foucault 1992(2), 141).

El segundo modelo convencional de poder es aquel que ve al poder como

mercancía, y se centra en su movilidad; “es un entendimiento económico del poder, por lo

30
que el poder es visto como un bien circulante y transferible” (Brown 2008, 69). Es un

modelo en el que Foucault resalta la influencia del marxismo, sin atribuírselo por completo

a dicha corriente. Aquí la influencia del marxismo queda patente en la idea del poder del

trabajo como algo extraíble. El modelo del poder como mercancía es también influenciado

por el modelo de soberanía a partir de la idea de que los reyes podían entre sí transferirse la

soberanía. Entonces, para este modelo, “existe gente que tiene poder y gente que no, y, así

el análisis se centra en aquellos sin poder como corolario necesario para éste” (Brown

2008, 69).

La crítica de Foucault a este modelo se centra en defender al poder como algo que

contiene, a la vez que, constituye a los sujetos y, por lo tanto, el poder no puede analizarse

únicamente como algo que es ejercido por los individuos: “el poder opera en la forma de

relaciones entre sujetos, el poder nunca está meramente sujetado por ellos” (Brown 2008,

69); como ya se señaló en el capítulo anterior, para Foucault los sujetos son efectos de

poder. El poder para el profesor del Collége de France “es acción y por ende no es materia

de intercambio” (Herrán 1999, 236), y, así, permea y baña a la sociedad, viaja a través de la

formación de discursos y el control de los mismos.

El tercer modelo convencional de poder es, aquel que menciona al poder en torno a

su naturaleza, una naturaleza argumentada como exclusivamente negativa: el modelo de

represión. Foucault desmantela a este modelo en cuatro partes (Brown 2008, 70): (i) en

primer lugar, defiende que el poder es productivo más que represivo: el poder hace ser, idea

que se vuelva característica en el trabajo del autor francés; (ii) en segundo lugar, sostiene

que poder y libertad no son opuestos dado que sin sujeto no hay libertad a ejercer, puesto

que el sujeto existe mediante el poder, el poder y libertad se involucran inevitablemente;

31
(iii) asimismo nos dice que, este modelo tácitamente plantea a un ser humano al margen de

la acción represiva; y (iv) finalmente en cuarto lugar, Foucault afirma que la represión en sí

misma, más que contener a los deseos los prolifera. Esta crítica en cuatro partes se puede

englobar en una idea planteada por Foucault del siguiente modo:

“Si el poder no fuera más que represivo, si no hiciera otra cosa que decir que no, ¿pensáis

realmente que se le obedecería? Lo que hace que el poder agarre, que se le acepte, es

simplemente que no pesa solamente como una fuerza que dice que no, sino que de hecho

la atraviesa, produce cosas, forma saber, produce discursos” (Foucault citado en Herrán

1999, 240).

De esta manera se entiende la visión del poder del catedrático francés: el poder es

una red productiva más que una instancia específicamente negativa y represora. La crítica

de Foucault a estos tres modelos convencionales de poder (soberanía, mercancía y

represión) se puede sintetizar en tanto que dichos modelos enmarcan una visión tangible del

poder y, al mismo tiempo, lo apartan del saber y la verdad. El poder para Foucault no se

encuentra tangible en un locus único, sino que el poder está en acción, y, a su vez, en

relación permanente con el saber y la verdad, y utiliza el papel del discurso para retratar

dicha relación, como se resaltó en El orden del discurso. El discurso no es una simple

herramienta de descripción sino que crea relaciones y canales de poder a través de la

norma: “la representación que emana del discurso no está inocente de poder sino que es un

campo crucial de éste” (Brown 2008, 71). Del discurso emana la verdad, a la cual estamos

sometidos mediante su producción: “tenemos que decir la verdad, el poder no cesa de

preguntarnos, tenemos que producir verdad igual que tenemos que producir riquezas”

(Foucault 1992(2), 140).

32
Los modelos convencionales de poder aquí presentados representan una visión

acotada del poder, al hacer referencia a estos modelos no estamos realmente analizando al

poder en su ejercicio, pues nos acercamos a él pensándolo aparte de sus estrategias. La

crítica a tales modelos permite ilustrar que “[…] el poder político es mucho más profundo

de lo que se sospecha […] Su verdadera resistencia, su verdadera solidez se encuentra,

quizá, allí donde no lo esperamos” (Foucault citado en Edgardo 2012, 19).

La desacreditación de los modelos anteriores abre paso a un análisis de un poder

omnipresente y productivo, a su vez que llama a replantearse el papel de la gobernabilidad,

como consecuencia de un análisis en cuanto al poder político moderno y su organización.

La cuestión del gobierno moderno para Foucault, él cual surge en el siglo XVI, incluye en

gran medida los temas de: “mandato, legitimidad y/o instituciones de estado y es un tema

que no sólo aplica a la vida política sino también aplica al individuo, familia, espacio de

trabajo” (Brown 2008, 73). Ni el poder es sólo la parte jurídica y estatal de la política, ni el

gobierno implica únicamente la vida pública de los individuos; efectivamente, el poder

político es más complejo que eso. Así hace sentido la famosa aseveración de Foucault, en

tanto el gobierno es “la conducción de la conducta […] Una orquestación regulada”

(Foucault citado en Brown 2008, 73).

Este repensar el papel del gobierno moderno obliga, sin duda, a retroceder y dar

razón a la escisión que Foucault analiza entre poder soberano y poder disciplinario. El

poder soberano y el poder disciplinario marcan dos momentos históricos y responden a

distintas necesidades del poder y su organización. La explicación a tales poderes es

realizada por parte del autor francés en su estudio sobre archivos de prisiones y hospitales

y los micropoderes que ahí encuentra.

33
2.2 Poder soberano

Este siguiente apartado tratara el tema del poder soberano en la forma que Foucault

lo plantea y entiende para desembocar en el poder disciplinario. El análisis hecho entorno a

ambos poderes se realiza en el clímax del pensamiento genealógico foucaultiano y culmina

en la publicación, en 1975, de Vigilar y castigar. Tal texto es fundamental para entender el

poder foucaultiano y abre paso a lo que se desarrolla en la tercera etapa de pensamiento de

Foucault: el biopoder. Es por esto que los siguientes dos apartados se enfocan en ofrecer un

análisis detallado del texto y lo que éste implica para el pensamiento del pensador francés.

Vigilar y castigar es una indagación en la “contraposición entre el poder soberano y

el poder disciplinario” (Fortanet 2010, 123). El estudio que hace Foucault del paso de un

poder a otro resulta en un análisis de la economía del poder y las causas detrás de su

evolución. Así, en Vigilar y castigar, el autor muestra que el cambio que se da del castigo,

característica del poder soberano, a la vigilancia del poder disciplinario se explica no por un

deseo de supuesta humanidad a los condenados, sino porque la economía penal se percata

que es más eficaz vigilar que castigar.

El interés que Foucault tenía en la prisión nace por diversas experiencias personales.

El 8 de febrero de 1971 fue entregado a la prensa francesa el manifiesto del Grupo de

Información sobre las Prisiones (GIP) mecanografiado por Jean-Marie Domenach, Michel

Foucault y Pierre Vidal-Naquet (Foucault 2012(5), 170). El manifiesto es el resultado de

que en mayo de 1970 fueron encarcelados militantes que intentaban la reconstrucción de la,

en ese entonces, ya disuelta liga Izquierda Proletaria. Los militantes hicieron dos huelgas

de hambre para lograr que se les reconociera como presos políticos. A partir de este suceso

34
Daniel Defert, encargado de preparar políticamente los procesos de los encarcelados, ofrece

a Foucault comenzar una comisión de investigación sobre aquellos, a lo que el catedrático

accede gustoso transformando la idea de comisión en una de grupo de información

(Foucault 2012(5), 170). Nace así el GIP, con el objetivo fundamental de “saber qué es la

prisión”. Los fundadores señalaban en su manifiesto: “sólo queremos conocer la realidad”

(Foucault 2012(5), 171). A partir de este instante el interés que representa la prisión para

Foucault sólo se acrecentará, y se acercará más a la concepción de un poder omnipresente.

Una de las cuestiones en las que el GIP impactó a largo plazo fue que pudieran

ingresar a las prisiones francesas la prensa y los radios, situación prohibida anteriormente.

La primera vez que Foucault entró a una prisión fue en Estados Unidos donde tuvo la

oportunidad de conocer el interior de la cárcel de Attica. En una conversación con John K.

Simon (Foucault 2012(6)) sobre dicha visita se comenta que lo que se encuentra adentro del

correccional no es otra cosa que una inmensa máquina. En la misma conversación el autor

francés comienza a dejar entrever importantes ideas que posteriormente desarrollará con

sustento en Vigilar y castigar. Por ejemplo, la negación de que la prisión produce hombres

virtuosos (Foucault 2012(6), 182) o el hecho de que: “la prisión es una organización

demasiado compleja para reducirla a funciones puramente negativas de exclusión […] las

justificaciones con las que se intenta adornar, parece indicar que tiene funciones positivas”

(Foucault 2012(6), 183-184).

Aunado a lo anterior, Foucault debate con Simon: “Qué lugar ocupan estos

[procedimientos de castigo y exclusión] en el proceso económico, qué importancia tiene en

el ejercicio y el mantenimiento del poder; qué papel cumplen en el conflicto entre las

clases” (Foucault 2012(6), 184). A lo que le sigue el preocuparse por la aterrorizante

35
relación que hay entre centro y periferia en Attica, aquella relación que imponen las barras

de la cárcel hacia el exterior pero, también, aquellos barrotes que hay hacia el interior y que

hacen de la vida carcelaria un proceso de domesticación (Foucault 2012(6), 185). Lo

aterrador de la prisión es el hecho de que ésta es: “el único lugar donde el poder puede

manifestarse en su desnudez, en sus dimensiones más excesivas, y justificarse como poder

moral” (Morey 2014(1), 287). El resaltar al proceso económico en cuanto al nacimiento de

la prisión es una idea que Foucault irá desarrollando y queda, sin duda, plasmada todo a lo

largo de Vigilar y castigar.

Así, la experiencia del GIP y de Attica, culminan en el tercer curso que imparte

Foucault en el Collége de France, correspondiente al periodo temporal 1972-1973, en el

cual se plantea como interrogante: “¿cuál es la razón de ser de la prisión como forma

exclusiva de penalidad?” (Morey 2014(1), 303); pregunta que se torna en el hilo conductor

de Vigilar y castigar y abre paso a su análisis. El catedrático francés establece que el

objetivo de dicho texto es:

“… una historia correlativa del alma moderna y de un nuevo poder de juzgar; una

genealogía del actual complejo científico-judicial en el que el poder de castigar se apoya,

recibe sus justificaciones y sus reglas, extiende sus efectos y disimula su exorbitante

singularidad” (Foucault 2013(2), 32).

El señalado objetivo debe lograrse con base en una genealogía alcanzada mediante:

“El entender al castigo como una función social compleja y analizarlo no sólo por sus

efectos represivos, sino también por los positivos; lo anterior invita a analizar a los

métodos punitivos desde la perspectiva de la táctica social, y, por ende, buscar una matriz

común entre la historia del derecho penal y de las ciencias humanas que permita analizar

36
la tecnología política. Lo anterior debe culminar en examinar si la entrada del alma no es

el efecto de una transformación en la manera en que el cuerpo mismo está investido por

las relaciones de poder” (Foucault 2013(2), 32-33).

Lo precedente indica a estudiar al sistema penal de acuerdo a lo que Foucault llama la

“economía política del cuerpo” (Foucault 2013(2), 34).

En Vigilar y castigar, Foucault comienza relatando un suplicio seguido de un

trabajo penitenciario. El suplicio que se presenta es el de Damiens, acusado de parricidio en

marzo de 1757, condenado a ser descuartizado. En contraste, tres cuartos de siglo más tarde

se redacta el reglamento para la Casa de jóvenes delincuentes de París, apoyándose en el

trabajo penitenciario y control del tiempo como forma correccional. Los ejemplos

presentados definen un estilo penal determinado, estilos que temporalmente se encuentran

separados por menos de un siglo, marco temporal en el que, a palabras de Foucault, “fue

redistribuida toda la economía del castigo” (Foucault 2013(2), 16). Tal redistribución de la

economía penal se puede englobar en la desaparición del suplicio. Para entender a qué

responde la desaparición de dicha forma de castigo, se debe analizar al poder al que

pertenecía y qué implicaba dentro de la economía penal.

En una entrevista en enero de 1975, “A propósito de Vigilar y castigar”, Foucault

sostiene que la monarquía “era un poder irregular y discontinúo, y dejaba a los individuos

y a los grupos una cierta libertad para sortear la ley, acomodarse a las costumbres […]”

(Foucault 2006(1), 49), se muestra que había cierta tolerancia al crimen, es decir, se

aceptaban de cierta forma los ilegalismos. El poder despótico y discontinúo se caracterizaba

por el suplicio como forma de castigo, y éste tenía el objetivo de ser: “el ceremonial

mediante el cual el rey restituye su doble corporalidad lesionada a expensas del cuerpo del

37
reo” (Morey 2014(1), 327). El suplicio, así entendido, debía cumplir con ciertas

características: “(i) infligir cierta cantidad de sufrimiento que, si no se puede medir con

exactitud, sí se pueda comparar y jerarquizar; (ii) el suplicio se encuentra sometido a reglas,

al código jurídico del dolor; y (iii) debe formar parte de un ritual, dejar cicatriz en el cuerpo

y el exceso económico debe ser público” (Foucault 2013(2), 43).

Al suplicio le precedía el papel de la tortura para adquirir una confesión por parte

del condenado. Suplicio y tortura producen un engranaje que busca hacer que se manifieste

la verdad ante los ojos del público, y así: “[se] aporta a la sentencia la firma de aquel que

sufre” (Foucault 2013(2), 54). Se cierra un círculo, en el cual, “del tormento a la ejecución,

el cuerpo ha producido y reproducido la verdad del crimen” ( Foucault 2013(2), 55). La

tortura y el suplico como método de verdad y condena se convierten en un ritual político,

en una ceremonia por la que se manifiesta el poder, en la que el rey procura la venganza de

un afrenta que se le hizo a su persona (Foucault 2013, 59). La función jurídico-política del

suplicio consiste, por ende, en reconstruir la soberanía dañada, y lo logra manifestándola en

todo su esplendor (Foucault 2013(2), 59).

El poder despótico confía en el suplicio para poder comandarse como revelador de

la verdad y operador del poder (Morey 2014(1), 328). La revelación de la verdad se da

mediante la confesión y la operación del poder consiste en restablecer el poder del

soberano. El cuerpo del condenado es, por ende, fundamental en esta economía penal, “es

la superficie viva donde se manifiesta la verdad del poder y el poder de la verdad” (Morey

2014(1), 330). Una frase que Morey presenta en su texto Lectura de Foucault engloba a la

perfección esta idea: “El sistema punitivo del Antiguo Régimen es calificado de corporal

38
porque el poder escribe, en una ceremonia pública, la Ley sobre el cuerpo mismo de los

condenados” (Morey 2014(1), 331).

Ahora, si el suplicio se basa sobre el cuerpo del condenado para restablecer el poder

del soberano, ¿ante quién debe lograrse tal objetivo?, ¿quién es el personaje principal del

acto teatral?: el pueblo. La presencia del pueblo era indispensable para que el suplicio se

llevara a cabo; “ser testigo es un derecho que el pueblo reivindica” (Foucault 2013(2), 69).

No obstante el pueblo, como espectador, juega un papel ambiguo en el espectáculo. Si bien

el suplicio buscaba que se “reactivara toda la circulación del poder por medio de la

representación pública de la venganza del príncipe” (Morey 2014(1), 328), en el gran teatro

que era el suplicio se corría el riesgo de obtener resultados distintos. Por un lado, los días

alrededor del suplicio “encendían focos de ilegalismos, se suspendía el trabajo y se llenaban

las tabernas” (Foucault 2013(2), 75). Pero, más problemático aún, no había otro momento

en el que el pueblo estuviera más cercano al criminal que durante el suplicio, y, así, se

generaba una cierta solidaridad entre pueblo y condenado, por lo que el poder se sentía

amenazado (Foucault 2013(2), 75).

El poder despótico consistía, entonces, en la necesidad imperiosa de restituir la

figura del rey ante su poder absoluto. Para lograr el objetivo se requería de una sanción

pública que recayera directo sobre el cuerpo y que cada instante del suplicio sirviera a

enaltecer la figura del soberano que cobraba su venganza. Se trata de un poder que se

basaba en castigos excesivos e ineficientes puesto que alrededor de ellos coexistían los

ilegalismos. A partir de tal ineficiencia del exacerbado poder del soberano surge a

mediados del siglo XVIII una reforma penal.

39
En el siglo XVIII surge un deseo de reforma penal impulsada por Beccaria, Servan,

Dupaty (Foucault 2013(2), 87). Los reformadores se alzaban contra la corporalidad de la

pena, el exceso de poder soberano que se vertía sobre el condenado y contra la solidaridad

entre pueblo y criminal. La reforma penal buscaba que el poder de juzgar no remitiera los

privilegios del rey, sino a los efectos continuamente distribuidos del poder público; en

concreto, insertar el poder de castigar más profundamente en el cuerpo social (Morey

2014(1), 334). Así nace la penalidad de lo incorporal. Introducir de manera más honda el

castigo en la sociedad indicaba a la objetivación tanto del crimen como del criminal para

así contar con leyes universales que no dependieran del exceso de poder del rey. ¿Cómo

aplicar leyes universales a individuos singulares? Castigando lo incorporal.

La eliminación del suplicio como castigo penal significó la desaparición de dos

procesos que le acompañaban: “la desaparición del espectáculo y la anulación del dolor”

(Foucault 2013(2), 20). Así, cuando el cuerpo y el dolor infligido en él ya no son los

objetivos, algo nuevo se debe castigar: “El castigo ha pasado de un arte de las sensaciones

insoportables a una nueva economía de los derechos suspendidos” (Foucault 2013(2), 20).

El poder judicial, por ende, busca castigar sin dolor, así, desaparece el poder clásico, aquel

que “se ejercía directamente sobre el cuerpo y se basaba no en explicar el porqué de sus

leyes sino en evidenciar a sus enemigos” (Fortanet 2010, 124). La reforma, y la

erradicación del suplicio, muestran que hay una manera distinta respecto a la organización

de multiplicidad de cuerpos y fuerzas que constituyen una población (Fortanet 2010, 124).

Aparece la sociedad punitiva.

Si el cuerpo ya no es el objeto del castigo, si el objetivo es, ahora, la supresión de

los derechos, ¿qué es lo que se persigue en este evolucionado sistema penal?: “[…] un

40
castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad, las

disposiciones” (Foucault 2013(2), 26). Foucault señala lo que él llama el Principio de

Malby3, instancia característica de este cambio en la penalidad: “que el castigo […] caiga

sobre el alma, más que sobre el cuerpo” (Foucault 2013(2), 26). Así el aparato de la justicia

debe, ahora, enfocarse en esta modalidad intangible.

Esta evolución judicial de pasar de un castigo corporal a un enfoque en el alma

podría pensarse como una supuesta búsqueda de humanización en el proceso penal,

“[donde lo que se vive es] una nueva concepción del poder al pasar del poder entendido

como la voluntad del soberano al poder como la voluntad de la sociedad” (Fortanet 2010,

123); no obstante, la realidad es otra. En primer lugar lo que se busca con esta reforma es

evitar el rechazo al castigo: “lo que es preciso moderar y calcular son los efectos de rechazo

del castigo sobre las instancia que castiga” (Foucault 2013(2), 106). Y si el efecto de

rechazo es lo que se busca moderar, las penas ahora se dan en torno a la proporcionalidad,

es decir, la proporción de desorden que haya causado el crimen en el pacto social ( Foucault

2013(2), 107).

Pero, más importante aún, esta reforma penal responde a nuevas necesidades

económicas. El desarrollo económico del siglo XVIII hace que se agote la tolerancia hacia

los ilegalismos, y con ello se da un refinanciamiento del ejercicio del poder: nace una nueva

economía del poder. Se busca defender ahora un pacto social, un pacto que se moldea por

nuevas exigencias económicas en las que no cabe la tolerancia al crimen. El exceso del

poder discontinuo que se vivía en el poder monárquico que soportaba la infracción debe

3
Foucault se refiere a tal principio de Malby por el autor del mismo nombre que en su texto De la législation
redacta: “que el castigo, si se me permite hablar así, caiga sobre el alma más que sobre el cuerpo” (Foucault
2013(2), 26 ).

41
modificarse pues el crecimiento económico que se vive en la segunda mitad del siglo XVIII

no puede aceptar las faltas económicas de los ilegalismos. Así: “la coyuntura que vio nacer

la reforma no es la de un nueva sensibilidad sino otra política respecto a los ilegalismos”

(Foucault 2013(2), 95).

Dado el crecimiento económico, los ilegalismos entorno a los bienes se vuelven

intolerables, sobre todo aquellos hechos hacia bienes de tipo comercial e industrial; es

decir, el fenómeno es especialmente sensible ahí donde el desarrollo económico es más

intenso (Foucault 2013(2), 99). La sociedad capitalista exige una restructuración de la

economía de los ilegalismos. La reforma penal, entonces, se encuentra entre dos objetivos:

“la lucha contra el sobrepoder del soberano y la lucha contra el infrapoder de los

ilegalismos conquistados y tolerados” (Foucault 2013(2), 101). Esta racionalidad económica

que exige la reforma penal se disfrazará bajo el supuesto de “humanidad”; ya no es la

venganza del rey la que exige el castigo sino la sociedad que se defiende.

El exceso de poder del soberano ya no es necesario, lo que importa es la eficacia de

la pena, no su ejemplaridad (Foucault 2012(7), 197). Debajo de aquella sensibilidad penal,

están las reglas que demandan esa “suavidad” en tanto economía calculada del poder de

castigar (Foucault 2013(2), 116). A lo anterior, dice Foucault, resulta pertinente preguntarse

si en verdad ya no es el cuerpo el objetivo del castigo, a lo que argumenta: “el poder

ideológico monárquico es sustituido por una nueva anatomía en la que el cuerpo, de nuevo,

pero en forma inédita, será el personaje principal” (Foucault 2013(2), 119). El cuerpo, por

ende, sigue siendo objetivo de castigo, y la parte pública que era el suplicio se reinstaura

una vez más, para volverse un libro de lectura; “castigos más como una escuela que un

42
fiesta” (Foucault 2013(2), 129), pero públicos al fin y al cabo. Los objetivos esenciales de

la reforma, en palabras de Foucault, quedan de tal forma:

“Mudar el objetivo y cambiar la escala. Definir nuevas tácticas para dar en un blanco que

es ahora más tenue, pero que está más ampliamente extendido en el cuerpo social.

Encontrar nuevas técnicas para adecuar los castigos y adaptar los efectos. Fijar nuevos

principios para regularizar, afinar, universalizar el arte de castigar. Homogeneizar su

ejercicio. Disminuir su costo económico y político aumentando su eficacia y

multiplicando sus circuitos. En suma, constituir una nueva economía y una nueva

tecnología del poder de castigar…” (Foucault 2013(2), 103).

Queda instaurada de esta forma la ciudad punitiva: “para cada delito, su ley; para

cada criminal, su pena. Pena visible, pena habladora, que lo dice todo, que explica, se

justifica, convence” (Foucault 2013(2), 131). Penas y condenas apoyadas en la “tecnología

de la representación”: representación mediante un castigo como arte de los efectos, un

castigo donde el ejemplo remita al crimen en forma de enseñanza, y donde nunca se

castigue más que lo bastante para impedir (Foucault 2013(2), 107-108). Este poder de

castigar que presentaban lo reformadores descansaba en una clasificación de los crímenes y

castigos como respuesta a una individualización de las penas y proporcionalidad de las

mismas (Foucault 2013(2), 114).

Los reformadores buscaban una proporcionalidad en las penas (Foucault 2012(7),

196), una proporcionalidad apoyada en el discurso como vehículo de la ley y, por ende, una

tecnología de la representación (Foucault 2013(2), 120 y 131). Así, los reformadores, en

especial Beccaria:

43
“…se basaban en una nueva economía penal que tendía a ajustar las penas a la naturaleza

de cada delito: así, la pena de muerte para los asesinos, la confiscación de los bienes para

los ladrones y, desde luego, la prisión para los delitos contra la libertad” (Foucault

2012(7), 195).

La prisión era, pues, uno de varios castigos que se consideraban en el nuevo sistema

penal. La prisión como único castigo era incompatible con la reforma penal; no obstante,

“al cabo de muy poco tiempo, la detención ha llegado a ser la forma esencial del castigo”

(Foucault 2013(2), 134), ¿cómo fue esto posible? Una de las explicaciones que se da

frecuentemente como respuesta a este enigma es la formación de algunos grandes modelos

de prisión punitiva durante la edad clásica. En Vigilar y castigar Foucault menciona tres: el

modelo flamenco, el inglés y el norteamericano Foucault 2013(2), 141). Lo que resulta de

estos modelos carcelarios es la lección de que la prisión sirve como un observatorio

permanente, “la prisión funciona como un aparato del saber” (Foucault 2013(2), 148).

En la prisión poder y saber se encuentran en una relación estrecha. La economía

política del cuerpo responde al hecho de que el cuerpo, por estar inmerso en un campo

político, se convierte en una presa inmediata de las relaciones de poder: éstas le exigen al

cuerpo se productivo y sometido a la vez, generando saber y dominio. Así Foucault, resalta

una vez más que: “poder produce saber, poder y saber se implican directamente el uno al

otro” (Foucault 2013(2), 37). El objetivo económico de la reforma penal se impulsa por la

relación entre saber y poder: “un saber, unas técnicas y unos discursos “científicos” se

forman y se entrelazan con la práctica del poder de castigar” (Foucault 2013(2), 32). El

saber se vuelve vital para la eficacia económica del castigo.

44
El análisis hasta ahora ofrecido por Foucault constata la naturaleza del poder.

Foucault no busca hacer un relato del nacimiento de la prisión y la evolución del poder que

permitió la culminación de dicha institución por el simple hecho histórico. No, lo que el

catedrático francés escribe entre líneas, lo que busca que sus lectores se percaten, es sobre

la mutación de poder que abarca todo aspecto social en cada momento histórico. El análisis

hasta el momento deja ver a un poder soberano que vive una reforma no por deseo de

humanidad sino por la necesidad de una eficacia en la economía política de la penalidad.

Pero la reforma se enfrentará a un poder que muta, un poder que exige la eficiencia por

otros medios.

La reforma que nace ante el exceso del poder soberano y las nuevas exigencias

económicas vive contrastándose con una forma de castigo que no hacía sentido con lo que

el nuevo sistema penal planteaba. Para el final del siglo XVIII existen tres maneras de

organizar el poder de castigar (Foucault 2013(2), 153): viejo derecho monárquico, ciudad

punitiva y el reformatorio cerrado. En el viejo derecho monárquico el cuerpo era el objeto

de suplicio, la ciudad punitiva manipulaba alma y, ahora, la prisión vuelve al objetivo

corporal, dominándolo mediante el saber. Tres tecnologías de poder. ¿Cómo fue que de

aquellas tecnologías de poder se impuso la última? Por la disciplina.

2.3 Disciplinas

En Vigilar y castigar Foucault argumenta que posterior a la reforma el cuerpo sigue

siendo el centro del castigo pero, ahora, de una manera silenciosa, donde el silencio es

logrado mediante nuevas técnicas que se desarrollan durante el siglo XVIII y que permiten

un dominio sutil y velado sobre el cuerpo. Estas nuevas técnicas se desarrollan y funcionan

45
mediante una nueva escala de control que busca llegar a cada rincón corporal. A su vez, la

inspección se logra y se desarrolla mediante una economía y eficacia de los movimientos,

lo que Foucault denomina: ejercicio. A la escala de control y el ejercicio, acompañados por

la modalidad cuyo objetivo es el control minucioso de las operaciones del cuerpo, se les

puede llamar: disciplinas (Foucault 2013(2), 159). El cuerpo es ahora controlado y sometido

de forma disciplinaria por la eficiencia económica que representa: “La disciplina es el

procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo es reducida con mínimo

gasto, como fuerza “política” y maximizada como fuerza útil” (Morey 2014(1), 341-342)

Las disciplinas se desarrollan desde el siglo XVII hasta llegar a ser en el siglo XVIII

signos de dominación. El momento histórico de este dominio, argumenta Foucault, se da

cuando “nace un arte del cuerpo humano que busca la formación de un vínculo en el mismo

mecanismo que lo haga tanto más obediente cuanto más útil, y viceversa” ( Foucault

2013(2), 160). Las disciplinas buscan una anatomía política del detalle, mediante la

fabricación de cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos “dóciles”, señala el autor francés

(Foucault 2013(2), 161).

Las instituciones responden a las disciplinas en tanto guardan una nueva relación con

el cuerpo como respuesta a las exigencias de un poder lo menos costoso posible y discreto

que esté arraigado en lo más profundo de la sociedad (Fortanet 2010, 126). El poder

disciplinario cubre cada rincón y se enfoca en cada detalle social puesto que su objetivo no

es únicamente reprimir y controlar sino formar y disciplinar al sujeto. El nacimiento del

hombre del humanismo moderno, a palabras de Foucault (Foucault 2013(2), 164), responde

al minucioso control disciplinario enfocado en el detalle por medio de las herramientas

pertinentes.

46
Toda herramienta disciplinaria debe responder al objetivo disciplinario, debe servir a

la dominación y sujeción del sujeto mediante el control del más mínimo detalle. Por

ejemplo, la distribución de los individuos en el espacio es fundamental para la disciplina: “a

cada individuo, su lugar, y en cada emplazamiento, un individuo” (Foucault 2013(2), 166).

La distribución de los espacios debe proveer vigilancia, eficacia y utilidad. La disciplina y

su distribución del espacio apuntan a la constitución de “cuadros vivos” con el objetivo de

dar orden a multiplicidades en principio confusas e inútiles al poder, y, por lo tanto,

imponer un orden (Foucault 2013(2), 172). Estos “cuadros vivos” son en la microfísica del

poder “una base celular” (Foucault 2013(2), 173).

La distribución del espacio debe poyarse en el control de la actividad que someterá al

cuerpo mediante el empleo inspeccionado del tiempo (Foucault 2013(2), 173-178). El

control de la actividad convierte al cuerpo en un blanco a nuevos mecanismos de poder y,

por lo tanto, a nuevas formas de saber. Al igual que en la distribución de la actividad, no

importa sólo el control sino la eficacia, y por ello la inspección del tiempo se complementa

con la organización de la génesis: las disciplinas deben abocarse a la suma y capitalización

del tiempo (Foucault 2013(2), 183). De esta manera el poder: “se articula directamente sobre

el tiempo: asegura su control y garantiza su uso” (Foucault 2013(2), 186), por medio del

“ejercicio” como técnica por la cual se impone a los cuerpos tareas a la vez repetitivas y

diferentes pero siempre graduadas (Foucault 2013(2), 187).

Las disciplinas deben, también, apoyarse en la composición de fuerzas para adquirir

un aparato eficaz (Foucault 2013(2), 191); una reducción funcional del cuerpo donde el

cuerpo se constituya como una máquina multisegmentaria que responda al mando sin

necesidad de explicación (Foucault 2013, 192-193). Así la disciplina fabrica una

47
individualidad que le sirve y que le es propia. Las disciplinas mediante el arte de la

distribución, el control de la actividad, la organización de la génesis, la composición de

fuerzas, se apropian del individuo y lo hacen a su parecer para servir al poder que exige

eficacia y vigilancia ante todo.

Las disciplinas, por ende, buscan adentrarse a cada rincón del cuerpo, buscan

dominarlo para de él extraer conocimiento que sirva, a su vez, como arma de dominación.

Las disciplinas permean en la individualidad y la moldean a su necesidad. Las disciplinas

que responden al poder disciplinario hacen de los individuos lo que se necesite. El poder

disciplinario busca “enderezar conductas” y “fabricas individuos” (Foucault 2013(2), 199),

mediante instrumentos simples y modestos: vigilancia jerarquizada, sanción normalizadora

y el examen.

La vigilancia jerarquizada como juego de la mirada, ocupa un lugar central en las

disciplinas (Morey 2014(1), 345), puesto que es por ella que hay garantía de los procesos

disciplinarios y multiplicación de los mismos. Se debe entender a la vigilancia como una

máquina, no como una característica que se detenta o de la cual se tiene prioridad (Morey

2014(1), 346); la vigilancia es una máquina que aspira a un aparato disciplinario perfecto,

el cual sería aquel que permitiría verlo todo plenamente con una sola mirada (Foucault

2013(2), 203).

La vigilancia jerarquizada es ejemplificada por Foucault utilizando de referencia el

campamento militar (Foucault 2013(2), 200) y como éste y su arquitectura deben responder

a la posibilidad de la vigilancia permanente. La arquitectura se vuelve, por ende, una

herramienta del poder, pues ya no sirve que sea hecha sólo para ser vista, sino que debe

48
responder a permitir un control interior (Foucault 2013(2), 201). En las conferencias que

impartió Foucault bajo el título de La verdad y las formas jurídicas¸ cita a Julius y su texto

Lecciones sobre las prisiones, donde se explica que la sociedad antigua los arquitectos

deberían resolver el problema de hacer accesible el espectáculo de un solo individuo al

mayor número posible de personas. En la sociedad moderna el problema arquitectónico es

exactamente el opuesto, pues la arquitectura se pretende para que el mayor número de

personas se ofrezcan a la vigilancia de un solo individuo: arquitectura de la vigilancia

(Foucault 1999(2), 548). La arquitectura de la vigilancia es característica de las disciplinas,

no sólo es ejemplo el campo militar, sino, también: la cárcel, el hospital y las escuelas.

La sanción normalizadora en el régimen disciplinario no responde a la represión,

como podría concluirse de una sanción, sino que busca que la penalidad atraviese todos

puntos y, de tal forma, lograr el control de todos los instantes disciplinarios. La sanción,

entonces: “compara, diferencia, jerarquiza, homogeniza y excluye”; en una palabra

normaliza (Foucault 2013(2), 213). De lo anterior se comprende que no hay acción que le

resulte indiferente a la disciplina, como bien se mencionó: la disciplina se encanta por los

detalles. El espacio disciplinario se cuadricula moralmente en torno a las diferencias de los

individuos que son homologados bajo un canon estricto del comportamiento adecuado

(Morey 2014(1), 347). La ley, por ende, no es el dominio de las sanciones disciplinarias,

ese dominio corresponde a la norma: las disciplinas se abocan a la construcción de hombres

normales (Morey 2014(1), 348). Mediante la normalización del hombre, las disciplinas

fabrican un nuevo orden punitivo.

La combinación de la vigilancia jerarquiza y la sanción normalizadora resultan el

examen: mecanismo que une cierta forma de ejercicio del poder con cierto tipo de

49
formación de saber (Foucault 2013(2), 218). Entonces, en el examen, se cruzan vigilancia y

sanción, así como poder y saber. Es por esto que el examen hace ser del individuo un objeto

y efecto de poder, un efecto y objeto de saber (Foucault 2013(2), 223). Al señalar al examen

como instancia de poder, Foucault, apunta una vez más, a la relación tan estrecha que hay

entre poder y saber y como estas dos instancias se retroalimentan:

“El individuo es sin duda el átomo ficticio de una representación “ideológica” de la

sociedad; pero es también una realizada fabricada por esa tecnología específica de poder

llamada “disciplina”. Hay que dejar de describir siempre a los efectos de poder en

términos negativos: “excluye”, “reprime”, “rechaza”, “censura”, “abstrae”, “disimula”,

“oculta”. De hecho, el poder produce: produce realidad; produce ámbitos de objetos y

rituales de verdad. Individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden

a esta producción” (Foucault 2013(2), 225).

La síntesis entre vigilancia y sanción que resultan en examen se da en el siglo XIX,

y permite el nacimiento de la sociología, la psicología, la psicopatología, la criminología y

el psicoanálisis (Foucault 1999(2), 490). Del examen surgen las ciencias de la

normalización. La relación entre poder y saber queda en su máximo manifiesto en este

análisis de Foucault. Las ciencias humanas no sólo responden al poder sino que son

formadas mediante las necesidades del poder, así se instaura un círculo vicioso entre poder

y saber: “La normalización de la mecánica disciplinaria no obedece a los códigos del

derecho sino a un saber propio, no jurídico: las ciencias humanas” (Fortanet 2010, 126).

Poder y saber se necesitan el uno al otro para crear al tipo de individuo deseado y

dominarlo. Es en el examen donde esta relación queda más de manifiesto.

50
El examen responde a la necesidad de saber disciplinario, pues éste se aboca a

determinar “si un individuo se conduce o no como debe ser, saber si se estructura o no a la

norma” (Foucault 1999(2), 536). De esta manera el examen deja al descubierto que “los

métodos punitivos modernos se sirven de un saber científico y revelan que las ciencias

humanas son resultado de una relación científica-política que moldea las almas de los

individuos” (Sauquillo 2001, 144-145). El examen busca un saber de la vigilancia que sea

la base del poder disciplinario.

Recapitulando, la escisión entre poder soberano y poder disciplinario: por un lado

está el poder en exceso del soberano, que castiga mediante el suplicio en acto “simbólico”

que restaure su figura dañada. Del otro lado está un poder que no requiere del castigo

corporal pues, de hecho, logra dominar al cuerpo mediante el saber, normalizándolo y

disciplinando. Cada uno de estos poderes responden a distintas economías de poder, las

cuales moldean de distinta forma a la sociedad. Foucault argumenta que hay “cuatro tipos

de sociedades según el tipo de castigo: de destierro, de redención, de marcaje y de encierro”

(Sauquillo 2001, 122). Así hay un tipo de castigo para cada sociedad, una sociedad para

cada economía del poder, mismas que responde a distintos modelos de poder.

Lo que resulta de Vigilar y castigar, entonces, es un “análisis brillante del poder,

donde se deja al descubierto que el poder es el poder que opera mediante la razón, mediante

el saber instaurado para controlar a los hombres” (Feinmann 2008, “Filosofía: aquí y

ahora”). Este texto clave de Foucault, publicado en el clímax de su pensamiento

genealógico, revela el elemento fundamental del poder: el poder quiere ver pero no quiere,

y no debe permitir, ser visto. El poder busca cosificar al otro mediante la vigilancia y lo

desnuda de su característica de humano, el otro se vuelve un objeto a normalizar.

51
2.4 Modelos de poder: lepra, peste y biopoder.

A lo largo los escritos de Foucault pueden encontrarse tres modelos de poder: modelo

de la peste, modelo de la lepra y el biopoder. En Vigilar y castigar hay un capítulo

dedicado al análisis del Panoptismo (Foucault 2013(2), 227-261), y en este se reflejan los

dos primeros modelos de poder. El primero de ellos es el modelo de la lepra en el siglo

XVII. Ejemplo del modelo de la lepra fue El Gran Encierro, retratado por Foucault en

Historia de la Locura, que se basaba en una división masiva y binaria entre los unos y los

otros, un modelo de poder basado en la exclusión puesto que:

“No hay nada que cuestione más a la razón que la locura, la locura es la negación de la

razón. El manicomio es el lugar donde la sociedad racional aparta a los locos. Para

dominar a los hombres la razón tiene que apartar de sí a la locura, la locura es el mayor

cuestionamiento a la razón” (Feinmann 2008, “Filosofía, aquí y ahora”).

El segundo modelo, el de la peste, apunta a un esquema disciplinario de separaciones

múltiples, y Foucault lo encuentra fines del siglo XVIII. El modelo de la peste es

ejemplificado en Vigilar y castigar narrando las medidas a adoptar en una ciudad apestada

(Foucault 2013(2), 227): estricta división espacial, inspección sin cesar apoyada en un

registro permanente, purificación posterior a la cuarentena; en la ciudad apestada se

conformaba un:

“…espacio cerrado, recortado, vigilado en todos sus puntos […], en el que el poder se

ejerce por entero […] en el que cada individuo está constantemente localizado,

examinado y distribuido entre los vivos, los enfermos y los muerto, todo esto constituye

un modelo compacto del dispositivo disciplinario”

52
Así, contra la mezcla y el desorden que es la peste, la disciplina se vale en su poder

analítico, en la anatomía del detalle (Foucault 2013(2), 229). Al contraponer ambos modelos

se observa que el leproso vive dentro de una práctica de rechazo, mientras que el apestado

se encuentra en un reticulado táctico y meticuloso: “la lepra y su división; la peste y su

reticulado” (Foucault 2013(2), 230). Las distintas formas en las que cada tipo de sociedad

funciona apunta a sueños políticos diferentes: “la lepra aspira a una comunidad pura, y la

peste a una sociedad disciplinada” (Foucault 2013(2), 230).

Un caso que marca el estudio de Foucault en torno a la disciplina y la normalización

de la mente, en el segundo modelo de poder, es el de Pierre Rivière, quién habiendo

asesinado a su madre, hermana y hermano fue indultado por el rey de la pena máxima que

le correspondía: pena de muerte. La encarcelación de Rivière es el resultado de analizar su

brutal crimen desde puntos de vista médicos y psiquiátricos, por ello Foucault declara:

“Veo a Pierre como la imagen de fatalidad de su tiempo […]¿Por qué debemos situarlo

todo en el límite entre salud, mentira y locura?” (Foucault 2012(2), 134-135). Pierre Rivière

significa para Foucault su segundo modelo de poder, donde la mente es normalizada a lo

que debe ser mediante las ciencias humanas, clasificando de enfermedad aquello que salga

de los rangos esperados de la disciplina.

Lepra y peste son dos modelos distintos pero no incompatibles, se aproximan

lentamente: “es propio del siglo XIX haber aplicado al espacio de la exclusión del que el

leproso era el habitante simbólico, la técnica de poder propia de la cuadriculación

disciplinaria” (Morey 2014(1), 352).

53
La conjunción de la exclusión y disciplina se ejemplifica en una figura

arquitectónica: el Panóptico de Bentham (Foucault 2013(2), 232). La construcción es de la

siguiente manera:

“…en la periferia, una construcción en forma de anillo; en el centro una torre con anchas

ventanas que se abren en la cara interior del anillo. La construcción periférica está

dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa todo el ancho de la construcción.

Tienen dos ventanas, una hacia el interior, correspondiente a las ventanas de la torre, y

otra hacia el exterior, que permite que la luz atraviese la celda de lado a lado. Basta

entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un

enfermo, un condenado, un obrero o un escolar […]. La luz plena y la mirada de un

vigilante captan mejor que la sombra […]. La visibilidad es un trampa” (Foucault

2013(2), 232).

El panoptismo establece, de tal forma, que el poder debía ser visible e inverificable

(Foucault 2013(2), 233). El prisionero se vuelve objeto de información pero nunca de

comunicación; es así un centro de saber y permite establecer similitudes y diferencias entre

los objetos de estudio. El efecto mayor del Panóptico es garantizar que el poder se

mantenga de forma automática, todo mediante la inducción de un estado consciente y

permanente de visibilidad en el detenido (Foucault 2013(2), 233).

No debe confundirse la ciudad apestada con el panoptismo. La ciudad apestada es

una situación de excepción, un peligro inminente que hace al poder actuar en cada rincón

de la sociedad. El panóptico es un modelo generalizable de funcionamiento, el poder está

en su forma ideal; el panoptismo aplica siempre que se busque imponer una conducta a una

multiplicidad de individuos (Foucault 2013(2), 237). El panóptico consigue resolver un

54
espacio apto para la vigilancia, la sanción y el examen con costo mínimo económico y un

máximo de eficacia política (Morey 2014(1), 353). La ciudad apestada responde a una

situación específica, el panoptismo busca difundirse en el cuerpo social de forma

generalizada y, por ende, desea ser una nueva anatomía política.

En las instituciones del siglo XIX el individuo no es vigilado por ser miembro del

grupo, sino que se encuentra en una institución precisamente por ser individuo y la

institución juega el papel de colectividad y, así, vigila (Foucault 1999(2), 553). Son

instituciones que buscan fijar a los individuos, y lo logran: estableciendo control,

inspeccionando a los cuerpos, y por la creación de un nuevo tipo de poder (Foucault

1999(2), 555); un poder epistemológico, que atraviesa a los poderes que le preceden:

económico, político y judicial. El poder epistemológico, aquel poder del saber que se

alimenta de los individuos mediante las instituciones que le sirven y la observación, es

decir, la vigilancia. Así aquellos bajo régimen del poder disciplinario “son individualizados

mediante el poder anónimo que a través del examen les distribuye, clasifica, individualiza y

diferencia” (Sauquillo 2001, 129).

De esta forma la configuración del poder disciplinario depende un sujeto que sea

constituido mediante normas de comparación en relación con una homogeneización social

(Fortanet 2010, 123), el poder disciplinario funciona y se alimenta mediante la

normalización. La disciplina no debe identificarse ni con una institución ni con un aparato,

es un tipo de poder (Foucault 2013(2), 248). Es un tipo de poder que se extiende mediante

la inversión de su función pues en cuanto las disciplinas logran neutralizar peligros se les

pide que cambien a un desempeño positivo fabricando individuos útiles (Foucault 2013(2),

242). Las disciplinas se extienden y desinstitucionalizándose se transfieren y adaptan

55
(Foucault 2013(2), 244), como reflejo de la nacionalización de un aparato policial

coextensivo a todo el cuerpo social que actúa sobre todo lo que pasa (Foucault 2013(2),

245).

De esta manera las disciplinas se abocan a hacer que los efectos del poder alcancen

su máxima intensidad de la forma más eficiente y con el menor costo posible. En suma la

disciplina busca: “aumentar a la vez la docilidad y la utilidad de todos los elementos del

sistema” (Foucault 2013(2), 251). El panoptismo apunta los efectos homogéneos del poder,

es la forma ideal del poder disciplinario, exalta una disciplina indefinida, una disciplina que

traspasa su umbral tecnológico (Morey 2014(1), 355).

El poder disciplinario se define, por lo tanto, en torno a tres características: “(i)

imposición de la ley del mínimo costo: un ejercicio del poder lo menos costoso posible; (ii)

maximalización de los efectos: que los efectos del poder alcancen su máxima intensidad y

extensión; y (iii) aprovechamiento económico de las inversiones políticas (y viceversa):

aprovechar la docilidad y la utilidad de todos los elementos del sistema” (Morey 2014(1),

358). El poder disciplinario está en cada rincón de la sociedad que se ha apropiado.

En este momento puede observarse una importante paradoja (Morey 2014(1), 359).

Por un lado se encuentra una reforma penal que apuntaba a la universalidad de las leyes y a

acotar al poder; y, por otro lado, se desarrolla un poder disciplinario que busca como

objetivo expandirse a cada rincón de la sociedad.4 El resultado de la incongruencia entre la

reforma penal y el poder disciplinario es: la prisión. El sistema carcelario se basa en dos

4
Esta paradoja que se constituye de leyes contrapuestas a un poder que busca expandirse puede hacer que el
lector se cuestioné sobre el momento en que esta tesis retomará las palabras de Foucault pertinentes al
gobierno. Lo cierto es que la legalidad es un tema con muy poco análisis por parte del autor francés,
circunstancia que se discutirá en el tercer capítulo del presente trabajo.

56
fundamentos: (i) en primera instancia en lo jurídico económico, que apela a la ley de la

reforma penal; y, (ii) en segundo lugar en lo técnico disciplinario, que responde a la norma

del poder disciplinario (Morey 2014(1), 359). La prisión responde al espacio donde norma

y ley se encuentran y conforman un orden penitenciario. La prisión se vuelve, de esta

manera, el ideal de la disciplina. La prisión triunfa como tecnología de poder puesto que

“es el único lugar donde el poder puede manifestarse en su desnudez, en sus dimensiones

más excesivas y justificarse como poder moral” (Foucault 1981(2), 13).

Las disciplinas fabrican al hombre normal, y si las disciplinas son un tipo de poder,

es el poder el que, por consiguiente, fabrica: “De hecho el poder produce; produce lo real;

produce dominios de objeto y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que

podemos tener de él revelan esta producción” (Foucault citado en Morey 2014(1), 364). Si

la prisión responde al poder, ¿qué tipo de hombre elabora? La prisión produce delincuentes

de los infractores. Importa más la vida del infractor que la infracción misma pues el interés

del poder disciplinario es generar saber sobre los individuos (Morey 2014(1), 365). La

prisión sirve al poder disciplinario en tanto es un centro de control y de saber. La prisión se

convierte en la figura concentrada y austera de todas las disciplinas (Foucault 2013(2),

285). La prisión se sirve de la vigilancia que permita el conocimiento de los individuos que

habitan en ella, por ello, debe contar con dos dispositivos esenciales: “mirada permanente y

un registro y contabilización de todas las notas que se puedan hacer sobre los individuos”

(Foucault 2013(2), 288).

Foucault plasma en Vigilar y castigar que la prisión ha sido argumentada como el

gran fracaso de la justicia penal. Las críticas a la prisión se dan desde el nacimiento de esta

institución. Los reformistas critican la utilidad de la prisión, desmienten el hecho de que la

57
prisión disminuya la criminalidad, argumentan que la detención provoca reincidencia,

argumentan, pues, que la prisión fabrique delincuentes no sólo en los condenados sino en

las familias abandonadas de los infractores (Morey 2014(1), 367). La respuesta a las

críticas es, siempre, la prisión misma, lo cual plantea siempre la reactivación de las técnicas

penitenciarias como única solución (Morey 2014(1), 368). De esta manera se crea un

círculo vicioso entre la prisión, su fracaso y su demandada reforma.

La prisión debe ser un aparato disciplinario exhaustivo, no tiene exterior, no debe

interrumpirse, pues el poder disciplinario le exige actuar sin cesar sobre el individuo,

disciplina incesante y despótica (Foucault 2013(2), 271). A partir de este planteamiento de

la prisión, de su razón, de su fracaso y del hecho que aún así nada cambia con respecto al

sistema carcelario, Foucault plantea: “Hay que preguntarse de qué sirve el fracaso de la

prisión” (Foucault 2013(2), 315). Tal indagación hace que el “fracaso” de la prisión sea

repensado y replanteado, y apuntar a indagar en lo que se oculte bajo el aparente cinismo

de la institución penal. Resulta que, en realidad, la prisión está lejos de ser un fracaso.

El “mal funcionamiento” de la prisión, es en realidad su éxito: “La delincuencia

[…] constituye un método de vigilancia sobre la población: un aparato que permite

controlar, a través de los delincuentes mismos, todo el campo social. La delincuencia

funciona como un observatorio político” (Foucault citado en Morey 2014(1), 373-374). El

saber y el poder en una estrecha relación, el conocimiento que se obtiene de la prisión

enfocada a mantener un control sobre la población y un equilibrio de poder; he ahí el éxito

del sistema carcelario: “la principal función de la prisión es perpetuar un medio

delincuente” (Sauquillo 2001, 123). Foucault analiza a la prisión desde circuitos, el de

adentro y el de afuera, tal como lo resalta de la prisión de Attica, circuitos que, en realidad,

58
rebasan el ámbito espacial de la institución, haciendo posible que la vigilancia y control

fueran extensibles a toda la sociedad; cumpliendo el sueño burgués de garantizar vigilancia

total y absoluta del cuerpo social (Sauquillo 2001, 127).

La prisión no sirve solo como control social sino también como justificación ética

hacia la sociedad de dicho control. La prisión crea en sí misma una pantalla de inocencia

pareciéndose a las demás instituciones y al mismo tiempo enaltece a las demás instituciones

en tanto aquellas no son prisión pues ella es la que válida tal existencia (Foucault 1999(2),

560). Ante la sociedad la prisión se justifica mediante el mensaje de “la mejor prueba de

que ustedes no están en la cárcel es que existo yo como institución especifica” (Foucault

1999(2), 560).

A partir del estudio de la prisión y de los dos modelos de poder que identifica en

distintas épocas históricas, hay un tercer modelo de poder que Foucault señala, el modelo

de la gobernabilidad, del cual resulta un término que el autor llama como biopoder. Su

última etapa de pensamiento se aboca a dicho modelo de poder, no obstante, dada su

prematura muerte, dicho análisis no fue llevado hasta sus máximas consecuencias. En

Historia de la sexualidad, específicamente el primer tomo titulado La voluntad de saber, el

catedrático francés indaga en el desplazamiento que hay en la forma de ejercer el poder a

partir del exacerbado interés a las formas de sexualidad periféricas, aquellas formas de

placer de los que no aman al otro sexo, que se dan desde el siglo XVIII (Morey 2014(1),

389). Así, Foucault plantea que “lo que se juega a través del dispositivo de la sexualidad es

el poder, o mejor dicho: un modo especifico de relaciones entre poder-saber-placer”

(Morey 2014(1), 397).

59
En el momento que la sexualidad entra en el terreno del juego del poder ya no se

refiere a un plano jurídico sino a uno biológico; “al poder ya no le interesa el papel

soberano sino el de la población: garantizar y gestionar la existencia” (Morey 2014(1),

411). De esta manera se desarrolla un poder que comprende a la vida, una biopolítica que

responde a un biopoder: “un poder que regula la vida por medio del orden, y normaliza a

poblaciones y su comportamiento de un modo que ningún aparato represivo podría ser

rival” (Brown 2008 ,70). Así en La voluntad de saber Foucault redondea lo planteado en

Vigilar y castigar en tanto se habla “de un poder que busca justificarse como jurídico, pero,

tiene un funcionamiento efectivo más por el dominio positivo y tutelar de la norma”

(Morey 2014(1), 413). Eso es el biopoder, “un poder que halla su campo de poder en

nuestra sociedad contemporánea, haciendo de ella una sociedad normalizada y

normalizadora” (Morey 2014(1), 413).

El biopoder logra su gestión entera de poblaciones a partir de las disciplinas del

cuerpo y las regulaciones de la población (Foucault citado en Morey 2014(1), 413). De esta

manera se entiende porque el biopoder se conforma a partir de las formas de sexualidad,

pues es esta instancia la que permite que las tácticas de control mediante las disciplinas

sobre el cuerpo y la gestión de poblaciones; “en la sexualidad está el nivel micro-físico y

corporal, y el nivel masivo y estadístico” (Morey 2014(1), 414).

Hay, entonces, un desarrollo del poder soberano a un poder disciplinario. Un poder

soberano que castigaba sobre el cuerpo mediante el suplicio para restituir el papel del Rey;

seguido por un poder que controla al cuerpo mediante una mente disciplinada, la

normalización del individuo. Entre ambos poderes, hay una reforma penal que no cuadra

con el poder disciplinario, una reforma que buscaba acotar al poder y responder a nuevas

60
exigencias económicas. De la paradoja resulta la prisión. En cada momento, una economía

del poder que responde a su modelo particular. Un modelo de la lepra: de la exclusión y de

la purificación; seguido del modelo de la peste: el modelo de lo reticulado, de la disciplina

y la normalización. El primer modelo que castiga como el poder soberano, directamente

sobre el cuerpo, excluyéndolo. El segundo, como el poder disciplinario, exige

normalización y disciplina de la mente.

Lepra y peste se encuentran en el Panóptico, figura arquitectónica que permite unir

exclusión y disciplina. La vigilancia se ve enaltecida, y potencializada pues el poder extrae

conocimiento de ella. El poder busca ahora llegar a cada rincón, rebasar los planos jurídicos

y pasar a lo biológico, ahí donde la disciplina y normalización lleguen a su máximo; el

tercer modelo de poder: modelo de la gobernabilidad, del biopoder. Gestionar al individuo

en todos los ámbitos, desde lo jurídico hasta lo biológico. Todo logrado por la cercanía que

hay entre poder y saber. Un poder que nunca se ha señalado en un lugar especifico, nunca

se ha dicho su origen. Foucault, gran visionario del poder, no sé pregunta por el dónde, sino

el cómo:

“Cuando yo planteo la cuestión del poder, lo que de hecho hago es preguntar por su

funcionamiento, por el ejercicio del poder. Yo hablo de ‘cómo funciona’. No de ‘dónde ocurre’.

Pero me parece que si se quiere aprehender lo que ocurre en todas las sociedades –puesto que

en todas hay mecanismos de poder- no hay que ir preguntando: Qui este chez vous le pouvoir?

Porque no se puede responder directamente a esta pregunta. Más vale preguntar por el cómo:

¿Cómo ocurre? ¿Cómo se distribuye? Es esto lo que me interesa, estos canales, estos hilos,

estas corrientes.” (Foucault citado en Morey 2014(1), 313)

61
El siguiente apartado del texto, se aboca, de manera concreta a la definición del poder

foucaultiano.

2.5 El poder como resultante

La genealogía en el pensamiento foucaultiano, como se estableció en el primer

capítulo del presente trabajo, se enfoca a dar explicación a los mecanismos de los cambios

históricos; la genealogía analiza al por qué de la evolución histórica. En Vigilar y castigar

el análisis genealógico permite centrar al estudio de Foucault entorno al poder, y a la

economía del mismo. Así se da explicación a la escisión entre poder soberano y

disciplinario que termina por dar sentido a los tres modelos de poder: lepra, peste y

gobernabilidad. La evolución de la economía del poder que se narra en Vigilar y castigar lo

que busca es hacer alusión a lo que se vuelve en una de las tesis más conocidas del

catedrático francés: el poder es omnipresente.

Un poder que está en todos lados como conclusión de un análisis que se enfocaba a

preguntarse sobre el cómo del poder, no sobre el dónde. Para Foucault no importa encontrar

el locus del poder puesto que no hay un locus específico al cual señalar: el poder no es

tangible, no es algo que se transfiera de estructura a individuo o de individuo a individuo.

El poder es, en esta visión, una relación de fuerzas entre los individuos o grupo de

individuos, debe entenderse, por lo tanto, en términos estratégicos que aguardan:

“...relaciones que incluyen una confrontación o lucha entre fuerzas opuestas; y, al mismo

tiempo, hay una lógica instrumental en estas luchas, en tanto cada parte de la lucha busca

lograr que la otra haga lo que él o ella quiera. El poder no es malvado, el poder es juego

de estrategias. El poder es omnipresente” (Allen 2010, 80).

62
Un poder qué está en todos lados y que funciona mediante relaciones estratégicas y

de fuerzas indica que todos somos víctimas del poder, y, al mismo tiempo, todos lo

ejercemos. El poder atraviesa a los individuos, y, por lo tanto, a las relaciones entre éstos.

El poder omnipresente, por ende, apunta a no discutir un único poder, sino que:

“Más que un poder hay relaciones complejas del poder; que logran organizarse en una

especie de figura global. No hay, pues, un foco único, sino un entrelazamiento de

relaciones de poder que, en suma, hacen posible la dominación de una clase social sobre

otra” (Foucault 2012(1), 42).

Hablar del poder, por lo tanto, apunta a hablar de las relaciones de poder, las

relaciones estratégicas: “No podemos estudiar al poder sin las estrategias de poder. El poder

está en todos lados” (Foucault 1988, 104). El poder analizado como relaciones se refiere a

las relaciones entre individuos, relaciones que crean y que permiten, el poder permite a los

individuos relacionarse mediante la comunicación, mediante el discurso, mediante el deseo.

El poder, por lo tanto, crea; el poder no es sólo represión, si así lo fuere ¿quién le haría

caso?:

“La represión es inadecuada para dar cuenta de lo que hay de productos en el poder. Se

utiliza como concepción puramente jurídica; pero si el poder no fuera más que represivo,

¿realmente lo obedeceríamos? El poder se sostiene por producir cosas, inducir placer, ser

una forma de saber, produce discursos; el poder es una red productiva que pasa a través

de todo el cuerpo social” (Foucault 1999(8), 385).

63
El poder en Foucault es mejor entendido visto como un oxímoron: el poder permite

prohibiendo. La creación que se da a partir del poder, se debe analizar en conjunto con una

de las relaciones más importantes que destaca el autor: la relación poder-saber:

“Las estrategias de poder de hecho producen saber. El desarrollo de las ramas de saber no

puede despegarse del ejercicio de poder; el nacimiento de las ciencias humanas va de la

mano con la instalación de nuevos mecanismos de poder” (Foucault 1988, 106).

Y lo que resulta del saber es la verdad, mejor dicho, una representación de la

verdad, una instancia plagada de poder. El poder exige a la verdad, exige a los individuos

buscarla y nombrarla: “La verdad no está fuera del poder ni sin poder. Cada sociedad tiene su

régimen de verdad, su “política general” de la verdad, o sea los tipos de discurso que acoge y

hace funcionar como verdaderos o falsos” (Foucault 1981(1), 143). Esto no quiere decir que

poder, saber y verdad sean sinónimos en el vocabulario foucaultiano, sino que guardan una

relación sumamente estrecha que sirve al poder:

“Perpetua articulación del poder con el saber y del saber con el poder; ejercer el poder

crea objetos de saber, los hace surgir, acumula informaciones, las utiliza. El ejercicio del

poder crea perpetuamente saber e, inversamente, el saber conlleva efecto de poder. El

humanismo moderno se equivoca, pues, al establecer esta división entre saber y poder”

(Foucault 1999(1), 608).

El poder foucaultiano es, entonces, omnipresente conformado por relaciones

estratégicas de fuerzas que mantienen una estrecha relación con el saber y la verdad. Así:

“El papel del intelectual, entonces, consiste en luchar con las formas de poder allí donde es

a la vez su objeto e instrumento: el orden del “saber”, de la “verdad”, de la “conciencia”,

del “discurso”” (Foucault 1981(2), 8); señalar aquellos dominios supuestamente neutrales,

64
dar herramientas y concientizar. El intelectual debe lograr apuntar a desenmascarar al poder

en su supuesta neutralidad y lograr abrir grietas de nuevas formas de pensamiento. El

siguiente capítulo se abocará al análisis de las nuevas grietas.

65
3 Problematización del poder en Foucault

3.1 ¿Y el gobierno?

El poder foucaultiano se desprende del momento en que el catedrático reta a la

visión de poder meramente jurídica o estatal. Es por medio del derrumbe de dicha

concepción que el autor logra llamar la atención a un poder omnipresente que no puede

encajonarse en la mera instancia del gobierno y el estado. No obstante, fue tal el afán

foucaultiano de dejar detrás a tales equivocas comprensiones que nunca retoma un análisis

del gobierno de fondo dentro de su concepción del poder. Al contrario, siempre luchará en

contra ello:

“Lo que necesitamos [...] es una filosofía política que no se erija en torno al problema de

soberanía, ni, por lo tanto, en torno a los problemas de la ley y prohibición. Necesitamos

cortar la cabeza del rey. En teoría política, eso está aún por hacerse”. (Foucault citado en

Nealon 2008, 24)

Si bien es cierto, como se ha discutido en esta tesis, que una visión del poder

acotada al estado, es una concepción incompleta, lo que no se puede negar es que el mundo

en el que habitamos se organiza políticamente mediante estados soberanos y la concepción

jurídica particular a cada uno. Por lo tanto, resulta necesario compartir el corto veredicto

foucaultiano en torno a dicha rama del poder.

Durante uno de los cursos que Foucault imparte en el Collége de France,

específicamente el de 1977-1978, se va a referir al gobierno. En dicha lección el catedrático

resaltará que las preguntas claves de la gubernamentalidad emergen en el siglo XVI y giran

en torno a: cómo gobernarse a sí mismo, cómo ser gobernado, cómo gobernar a otros, por

66
quién la gente acepta ser gobernada y cómo ser el mejor gobernador posible (Brown 2008,

73).

En una conversación con Paul Rainbow, Foucault establece que la idea de gobierno

que se vive hoy en día comienza a surgir a finales del siglo XVII puesto que se descubre la

idea de sociedad:

“Esto quiere decir que el gobierno debe no sólo administrar un territorio, un dominio, y

ocuparse de sus súbditos, sino también tratar con una realidad compleja e independiente,

que tiene sus propias leyes y mecanismos de reacción, y tanto sus reglamentaciones como

sus posibilidades de desorden. Esa nueva realidad es la sociedad” (Foucault 2012(3),

143)

Así, a partir de tal momento histórico, el gobierno para el autor francés se

caracteriza mediante su objetivo político: la regulación de la población (Sauquillo 2001,

137). El gobierno moderno, entonces, se organiza en un triángulo: soberanía-disciplina-

gobierno (Brown 2008, 75); y tiene como principal meta la población y su mecanismo

esencial es el aparato de seguridad.

Tomando en cuenta lo anterior es que hace sentido la explicación de la palabra de

gubernamentalidad que el catedrático francés realiza en sus cursos del Collége de France; la

cual consta de tres partes. La primera de ellas se refiere al conjunto de instituciones y

tácticas que permite ejercer esa forma tan específica de poder, en el cual la población y su

gestión constituyen la forma primordial de saber (Foucault 1999(3), 854). En segundo lugar

por gubernamentalidad Foucault entiende, y hace referencia con el uso del término, a la

tendencia de Occidente hacia la preeminencia de ese tipo de poder que se denomina como

67
“gobierno”. Y, por último, el gubernamentalidad significa el resultado del proceso por el

que el Estado de justicia de la Edad Media, convertido en los siglos XV y XVI en Estado

administrativo, se vio poco a poco “gubernamentalizado” (Foucault 1999(3), 854). En

síntesis, para Foucault gubernamentalidad se refiere a cuestiones de mandato, de

legitimidad o de instituciones de estado; es la “conducta de la conducta” [conduct of

conduct] (Brown 2008, 73).

Debe recalcarse que empalmar al gobierno con la gestión de la población desde el

siglo XVII no es otra cosa que equiparar al gobierno con el escalafón más bajo de la

biopolítica: “Administrar a la población no quiere decir, sin más, administrar a la masa

colectiva de los fenómenos o gestionarlo simplemente al nivel de sus resultados globales;

administrar la población quiere decir gestionarla igualmente en profundidad, con delicadeza

y detalle” (Foucault 1999(3), 853). Equiparar al gobierno como una parte de la biopolítica

puede verter cierta luz al porqué Foucault no abunda más en el tema del gobierno. La

biopolítica era algo que comenzaba a estudiar y a analizar, acciones que quedaron

incompletas ante su prematura muerte.

No es que esta tesis busque dar justificación ante la falta de atención a un tema tan

importante como lo es el gobierno por parte de uno de los pensadores más brillantes del

poder. Tal fallo representa, sin duda, una de las críticas más fuertes que se le puede hacer a

Foucault. No obstante si se entiende tal ausencia del tema por el hecho de que la

biopolítica era algo que comenzaba a penas a analizar, esto nos permite enlazarnos a otras

dos crítica de más importancia, ante la cuales en esta tesis sí busco ofrecer una defensa a

Foucault.

68
3.2 En defensa de Foucault

Hasta el momento esta tesis ha trazado el desarrollo del pensamiento foucaultiano

en torno al poder. Se narra cómo nace dicho análisis a partir de un estudio sobre el control

del discurso hasta culminar en la genealogía de un poder productivo y omnipresente. La

siguiente etapa del pensamiento de Foucault se abocaría a redondear el término del

biopoder y empalmarlo con un nuevo análisis del sujeto pero ésta queda truncada por la

súbita muerte del pensador francés en 1984. Así, el pensamiento foucaultiano, queda

incompleto y sin posibilidad de defenderse ante las críticas que se le presentaban por su

cambio de planteamiento terminada la etapa genealógica.

Las críticas se pueden englobar en dos grandes ejes. El primero se refiere al poder

foucaultiano en sí mismo, particularmente a la noción de omnipresencia del poder,

característica que fomenta la idea de un “efecto anestesiante”, como le han denominado

varios intérpretes, en la medida que los trabajos de Foucault “no sólo no nos dicen qué

hacer, sino que el hacer en sí mismo parece, finalmente, carecer de sentido” (Castro 2012,

15). El segundo eje de crítica, desarrollado a partir del anterior, es el hecho de que el

mismo Foucault reconoce la anestesia de su pensamiento y, por ello, se observa un cambio

en el objetivo de su análisis; pasa del poder al sujeto en una especie de renuncia silenciosa a

lo desarrollado en la genealogía (Nealon 2008, 3).

Este tercer capítulo pretende el objetivo de matizar dichas críticas en contra del

autor. Si bien el poder en Foucault permite espacio al debate, se argumentará que dichos

ataques se basan en lecturas incompletas del trabajo del catedrático francés. En primer lugar

69
no se le puede reclamar a Foucault el hecho de no dar cuenta del papel para la lucha contra

el poder puesto que él nunca pretendió dicho objetivo. Nunca se intentó escribir como

instructivo o receta de los pasos a seguir para derrumbar el poder; su pensamiento se

desarrolla en torno a la idea de cajas de herramientas. La resistencia en Foucault está donde

esté el poder, y activar la resistencia en un modo de lucha es algo que el autor francés no

logro completar. Es decir, y como segunda defensa, Foucault no renuncia a su proyecto

sobre el poder, sino que al voltear su análisis al sujeto, lo que hacía no era más que

intensificar su exposición. El estudio del sujeto correspondía al desarrollo de la resistencia.

A continuación debo resaltar una característica sobre a la manera en la que Foucault

escribía y entendía sus textos, y así descartar la idea de discontinuidad. Foucault redactaba

en forma de biografía: “[…] podría decir que siempre quise que, en algún aspecto, mis

libros fueran fragmentos de una autobiografía. Mis libros siempre fueron mis problemas

personales con la locura, la prisión, la sexualidad” (Foucault 2012(4), 160). De forma

biográfica, Foucault crea herramientas que sirvieran al análisis de nuestro presente y de

nuestro futuro.

Al decir que escribió de forma biográfica, Foucault busca dar a entender que él

escribe lo que está viviendo en cierta etapa de su vida, lo que en ese momento le aqueja y

sucede, de ahí que su siguiente escrito, en una nueva etapa de su vida, pueda aparentar

discontinúo a lo anterior. De hecho en una conversación con Fontana en 1976 se le

pregunta sobre el tema de discontinuidad respecto a lo escrito en Las palabras y las cosas,

específicamente al cambio descrito, en dicho texto, entre los discursos de cada época

histórica:

70
“No es entonces un cambio de contenido (refutación de antiguos errores, descubrimiento

de nuevas verdades), no es tampoco una alteración de la forma teórica (renovación del

paradigma, modificaciones de los conjuntos sistemáticos); lo que está en cuestión es lo

que gobierna [régit] los enunciados y el modo en que se gobiernan [régissent] los unos a

los otros para constituir un conjunto de proposiciones científicamente aceptables y en

consecuencia susceptibles de ser verificadas o invalidadas a través de procedimientos

científicos” (Foucault citado en Agamben 2010, 17).

Lo mismo puede decirse del discurso propio de Foucault. No es que cada libro o cada

discusión signifiquen un cambio de contenido, una alteración en la visión del autor. No. Lo

que se encuentra en juego en el pensamiento foucaultiano y cada una de sus etapas es el

desarrollo de un análisis que pretende entender su presente. Pero el presente es presente por

sólo un instante, el presente evoluciona y no significa que sea discontinúo, y, por ello, el

análisis del mismo evoluciona con él. Por esto es que Foucault clasifica que sus escritos

responden a una forma biográfica de redacción.

Las etapas de la vida no son discontinuas, sino que hay adelanto en cada una de ellas,

escritos basados en la vida, por lo tanto, no pueden ser discontinuos sino progresados: “Mis

libros son para mí experiencias […] Una experiencia es algo de lo que uno mismo sale

transformado […] Soy un experimentador y no un teórico” (Morey 2014(2), 181). De cada

libro escrito Foucault sale transformado y cada transformación sumada a la anterior

conforman una biografía; los libros de Foucault son, por ende, una autobiografía. De igual

forma podría decirse que su etapa genealógica le hizo percatarse que no se trataba del poder

en sí, sino del medio de actuación del poder: el sujeto. Más que criticar incongruencia en

Foucault debería aplaudirse la evolución que representan sus textos, debería reconocerse su

71
capacidad de ir un paso más lejos a partir de lo aprendido en el paso anterior. Los textos

foucaultianos representan la biografía de su autor, la evolución en un pensamiento que no

tenía miedo a ir cada vez más lejos, siempre fiel a su pilar primordial de crítica: pensar de

modo distinto.

Entender los textos de Foucault como biográficos permite matizar las críticas de

discontinuidad entre la genealogía del poder y el estudio del sujeto. De la genealogía del

poder se concluye que el poder ha llegado a su máxima expresión en el biopoder y éste

controla toda instancia de la población, desde lo jurídico hasta lo biológico. Resulta

pertinente que en un análisis conformado por una caja de herramientas, el siguiente paso

fuera enfocarse en la herramienta más importante: el sujeto. De ahí que en su última etapa

de pensamiento haya volteado al estudio del individuo. Habiendo planteado el biopoder,

aquel poder que llega a toda instancia, no sólo institucional sino de la vida misma del

individuo, aún a espacios biológicos, lo lógico resulta estudiar esa esfera sometida al

control.

A continuación, en la vida de Foucault, se plantea, por lo tanto, el proyecto de La

Historia de la Sexualidad, un texto pensado a abocarse al sujeto y su relación con el

biopoder, ejemplificado en uno de los planos donde más claro se vería tal relación: la

sexualidad. El presente trabajo no pretende embarcarse en este capítulo en un análisis sobre

los volúmenes existentes de Historia de la Sexualidad, sino en una defensa ante las críticas

hechas a Foucault. No obstante para lograr dicha defensa se presenta a continuación un

análisis del biopoder de forma intensificada, continuando con lo que ya se presentaba en el

segundo capítulo de esta tesis para poder resaltar que el estudio del sujeto respondía a ver al

cultivo de sí como acción política. Es decir, una vez hecho el diagnóstico del poder, debe

72
seguir el estudio del sujeto como ser actuante dentro de ese poder, un ser actuante

consciente del poder que le rodea.

3.3 Historia de la sexualidad, o: el biopoder, una vez más.

El biopoder es la expresión del clímax del poder foucaultiano; es la forma de un

poder-sobre-la-vida (Morey 2014(1), 412), que se manifiesta y gestiona mediante la

biopolítica. Dentro de un poder abocado al control minucioso de poblaciones, llegando

hasta el espacio mismo de la biología por lo que la sexualidad será de suma importancia:

qué mejor manera de mostrar el ámbito biológico del poder que a través de la sexualidad,

característica inmanente de la biología del ser humano:

“La sexualidad ocupa un lugar privilegiado en la estrategia y las tácticas del biopoder: es

la instancia que, como un gozne, permite articular las dos superficies: las disciplinas

sobre el cuerpo, y la gestión de las poblaciones; el nivel micro-físico y corporal, el nivel

masivo y estadístico” (Morey 2014(1), 414).

El biopoder se interesa menos por el panóptico del poder disciplinario y se aboca de

forma directa sobre el estilo de vida (Nealon 2008, 47), lo que quiere decir que la

regulación del biopoder es sobre la normalidad, el delincuente en este nuevo espacio de

poder será aquel que sea anormal (Nealon 2008, 47). El poder ya no funciona ni mediante

la exclusión que practicaba el soberano ni por medio de la vigilancia disciplinaria sino que

ahora el poder rige mediante la designación de normal: biopoder. El biopoder es, a palabras

de Nealon, el compromiso con sitios aún más microscópicos de la funcionalidad del control

(Nealon 2008, 90).

73
En esta misma línea de análisis se ubica al biopoder por parte de Vighi y Feldner en

su texto Zizek, beyond Foucault, donde califican a la sexualidad como el contexto histórico

del biopoder, el cual, a su vez, se distribuye mediante la norma (Vighi y Feldner 2007, 82).

De esta manera se entiende la declaración que hizo el mismo Foucault sobre que el

problema del siglo XX no es la escasez de riqueza, como sí lo fue en el siglo XIX, sino el

exceso de poder (Foucault 1999(4), 785). Las tecnologías pertinentes al poder disciplinario

funcionaban mediante un procedimiento de poder que Foucault llamaría anatomopolítica

(Vighi y Feldner 2007, 81); dichas tecnologías dan paso a la biopolítica, tecnologías

pertinentes al biopoder, aquellas situadas y practicadas en cada instancia de la vida del

sujeto y exponencializadas a poblaciones enteras (Vighi y Feldner 2007, 81). Esa

biopolítica será el exceso de poder al que Foucault se refiere, conformado por tecnologías

que en a partir del siglo XVIII apuntan a poblaciones, seres vivos atravesados, mandados y

registrados por procesos y leyes biológicas (Foucault 1999(5), 898). La vida se vuelve,

entonces, un objeto de poder a partir del desarrollo de la biopolítica y anatomopolítica; y la

sexualidad es la bisagra entre ambos polos (Foucault 1999(5), 899). El biopoder es:

“Una nueva tecnología de poder, pero esta vez no es disciplinaria, aunque no excluye a la

disciplina; sino que la modifica infiltrándose en la existencia de las técnicas

disciplinarias. Este nuevo poder no disciplinario es aplicado no al hombre como cuerpo

sino al hombre vivo, al hombre como ser vivo” (Foucault citado en Nealon 2008, 45)

Así, en La Voluntad de Saber, primer volumen de Historia de la Sexualidad, vemos

plasmado un poder que buscaba caracterizarse de forma disciplinaria, como aquel poder de

Vigilar y castigar, pero que en realidad es la otra cara del poder, este “nuevo” poder que

domina positivamente mediante la norma (Morey 2014(1), 413). Es mediante la norma que

74
el biopoder encuentra ejercicio en nuestra sociedad contemporánea, haciéndola una

sociedad normalizada y normalizadora (Morey 2014(1), 413). Un poder que actúa

ejerciendo la norma en el sujeto; por ende, el estudio del sujeto resulta lo pertinente en la

siguiente etapa de análisis para Foucault.

De ahí que Foucault embarcará en redactar la Historia de la Sexualidad, un

ambicioso proyecto pensando para seis volúmenes, de los cuáles únicamente se concluyen

tres antes de la muerte del pensador francés. En el análisis foucaultiano “la sexualidad es

un dispositivo que se juega a través del poder, un modo especifico de relaciones de poder-

saber-placer” (Morey 2014(1), 397). Y, por lo tanto, por medio de este plano de la vida

Foucault muestra que la relación del poder y la sexualidad no es una de carácter jurídico

sino biológico, desenmascarando y resaltando al biopoder, aquel poder que busca garantizar

y gestionar la existencia (Morey 2014(1), 411). En Historia de la Sexualidad, Foucault no

renunciaba a sus escritos anteriores, no los negaba, sino que buscaba el espacio adecuado

para continuar su pensamiento; tal como señala Nealon: “… más que ver el trabajo post

1969 de Foucault como un cambio de énfasis y fallas, se debe entender como una

intensificación” (Nealon 2008, 5).

Una intensificación del estudio que responde a la conclusión de un poder, a su vez,

intensificado. De la etapa genealógica foucaultiana se concluye un poder que no puede ser

apropiado sino practicado, y mediante esa práctica el poder produce saber, verdad y placer

(Nealon 2008, 24). A partir de esa noción de poder es que Foucault llega al clímax

genealógico con un poder que culmina en el biopoder, un poder que se filtra en toda

instancia de la vida del sujeto, política y biológica. De ahí que la siguiente etapa de

75
Foucault se abocará a estudiar al sujeto en sí, buscando una nueva forma de pensar que

permita abrir grietas en el biopoder.

3.4 El sujeto como resistencia

Entonces, las defensas presentadas al inicio de este capítulo comienzan a cobrar

sentido. El estudio del sujeto no es una negación de su previo estudio, sino que es el

siguiente paso demandado por la transformación presenciada en la genealogía del poder. A

lo anterior se suma el hecho de que Foucault no pretendía realizar una teoría inequívoca del

poder en el sentido de que se dieran todas las respuestas, sino que el análisis realizado del

poder es una herramienta que lucharía con él. El análisis de Foucault procura una lucha con

el poder, y no una en contra del poder, no se trata de hablar a favor o en contra del poder,

sino en aceptarlo y saber que ahí está y nosotros estamos en él. Por ende el sujeto debe

entablar una relación con el poder, puesto que no hay otra instancia que se pueda ocupar, no

se puede ser exterior al poder.

El sujeto debe hacer su lucha con el poder siempre consciente de que ahí está,

siempre buscando pensar distinto. El análisis del sujeto redondea el pensamiento

foucaultiano y responde a una afirmación que hizo el catedrático francés en la conversación

con Deleuze: “Es preciso en todo momento, paso a paso, confrontar lo que se piensa y lo

que se dice con lo que se hace y lo que se es” (Morey 2014(2), 184).

Jeffrey Nealon en Foucault beyond Foucault, se aboca a englobar una defensa a favor

del autor francés. El texto comienza con dos preocupaciones que guían el desarrollo del

contenido. En primera instancia el autor se confiesa preocupado y agravado por el abrupto

abandono del pensamiento foucaultiano sobre el poder en nuestro tiempo y más aún porque

76
actualmente vivimos “el (re)nacimiento histórico de la disciplina y el panoptismo” (Nealon

2008, 3), ejemplificado por una constante vigilancia del gobierno sobre la población como

política oficial, al menos en Estados Unidos, señala Nealon. Y, en segundo lugar,

argumenta que dicho abandono se debe a críticas erróneas al análisis del poder

omnipresente, críticas que adjudican la última etapa de pensamiento foucaultiano entorno al

sujeto como una renuncia a su proyecto sobre el poder por lo totalizante que éste resultó.

Nealon, al igual que el presente capítulo de esta tesis, busca defender a Foucault.

Nealon comienza por rescatar un concepto en Foucault que ayuda a entender que su

interés en el sujeto no es negación de su trabajo sobre el poder: el concepto del costo,

retomado desde el estudio de Nietzsche. A partir de la pregunta “¿A qué precio pueden los

sujetos hablar la verdad sobre ellos mismos?” (Foucault citado en Nealon 2008, 18), el

concepto del costo permite a Foucault argumentar que su estudio fue siempre sobre el

sujeto y no sobre el poder en sí mismo: “precisamente porque la cuestión que más

obviamente conecta al sujeto al poder en un sentido del día al día es la cuestión del costo de

hablar (o no) la verdad” (Nealon 2008, 19).

Jeffrey Nealon remarca: “Si aprendemos nada más de Foucault, quedémonos con el

axioma de que fuerza o poder producen verdad, y la verdad sirve para los fines de la

dominación tanto así como produce resistencia” (Nealon 2008, 95). Entender tal axioma y

tenerlo presente siempre al momento de analizar nuestro presente y dilucidar nuestro futuro

sería, sin duda, abrir una nueva grieta de pensamiento. El “simple” hecho de no aceptar por

dado lo que es y repensarlo y analizarlo es, ya, entablar una lucha y debate con el poder. No

se debe perder de vista el hecho de que Foucault no buscaba hacer una teoría hegemónica

del poder. Foucault en una plática con Deleuze habla y discute sobre el tema de la teoría:

77
“[La teoría] lucha contra el poder, lucha para hacerlo aparecer y encararlo ahí donde es más

invisible y más insidioso” (Morey 2014(2), 173); y, reafirma Deleuze: “La teoría no es algo

que se totalice, es algo que se multiplica y que multiplica… La teoría por naturaleza está en

contra del poder” (Morey 2014(2), 174).

De esta manera observamos que la teoría para Foucault sirve e importa en medida que

remarque al poder en su práctica con el objetivo de luchar con él en el debate. Por ello que

el catedrático francés remarcaba que el papel de los intelectuales es aquel de: “[…]

impulsar las luchas a favor del desenmascaramiento de las relaciones de poder, es un papel

catalizador” (Sauquillo 2001, 15). Un papel catalizador que logre preparar a nuevas formas

de subjetividad en una infinita reproblematización que no admite descanso (Sauquillo 2001,

173).

En el texto Žižek beyond Foucault, se hace una revisión de la lectura que hace el

pensador esloveno de Foucault y se presenta una de las principales preocupaciones, en

tanto: “si poder y resistencia están simplemente o totalmente atrapados en dicho abrazo

mutuo mortal […] ¿Es ese punto muerto entre poder y resistencia nuestro destino

inescapable?” (Vighi y Feldner 2007, 95). Žižek responde que no, no es ese nuestro destino

irremediable, sino que debemos ir más allá del pensamiento foucaultiano en tanto que:

“Dentro de la teorización del poder [en Foucault], donde la resistencia está siempre

cooptada de principio, ‘los prospectos para que los individuos re articulen y desplacen los

mecanismos de poder en los que están atrapados son prácticamente cero’” (Žižek citado en

(Vighi y Feldner 2007, 97).

78
La lectura de Žižek sobre el poder foucaultiano resulta sumamente interesante. El

autor esloveno llama a ir más allá de Foucault puesto que el clímax que éste presenta es uno

inescapable, en tanto el axioma de “donde hay poder hay resistencia” significa que la

resistencia está cooptada de inicio y, por ende, nunca se logrará activar. “Ir más allá de

Foucault” es, en realidad, más que una crítica, una defensa hacia el autor francés. Si hay

algo que Foucault hubiera querido lograr es que su análisis funcionara como un estudio del

presente y a partir de ello, generar una explosión de pensamiento que dirigiera a nuevas

instancias. Ir más allá de Foucault implica pensar de modo distinto mediante la apertura de

grietas. Ahora en cuanto a la motivación žižekiana de ir más allá me parece que es una

exigencia equivocada del pensamiento del autor francés, pues éste nunca pretende dar

instrucciones para desplazar los mecanismos de poder, pero sí busca hacer consciencia: “Mi

problema es esencialmente la definición del sistema implícito en el que estamos

prisioneros; lo que yo quisiera comprender es el sistema de límites y exclusión que

practicamos sin saberlo; me gustaría hacer aparente el inconsciente cultural” (Foucault

citado en Vighi y Feldner 2007, 99).

Hacer aparente el inconsciente cultural es, podría decirse, la tarea máxima de los

escritos de Foucault, el análisis de la caja de herramientas sirve en la medida que cada una

de las herramientas valga para hacer notar y remarcar aquello que no se cuestiona. Es una

tarea que el catedrático francés enfrenta de manera microscópica, en tanto sus análisis

parten de lo pequeño, de lo capilar de la sociedad. Vigilar y castigar, es un texto que se

desarrolla a partir de la lectura de archivos y registros, es decir, la genealogía foucaultiana

avanza mediante el estudio de particularidades capilares, para llegar a concluir que el poder

79
en la sociedad moderna funciona de igual forma. Ahora, un estudio del poder desde abajo,

indica a hacer lo mismo con el estudio de la resistencia:

“La genealogía de poder en Foucault es simultáneamente una genealogía de la

resistencia. En un modelo soberano de poder, éste se encuentra concentrado en el rey, al

igual que la resistencia. En cuanto el poder se vuelve más capilar, más investido en

asuntos del día a día, lo mismo sucede con nuevas posibilidad de resistencia” (Nealon

2008, 107)

Resulta lógico que posterior a un análisis de poder de abajo hacia arriba culmine en

un estudio de la resistencia que siga el mismo método ascendente. De esta manera es que en

Foucault “la cuestión no es tanto descubrir a la resistencia sino sintonizarla” (Nealon 2008,

106). Foucault no se aboco a descubrir al poder, él sabía que el poder ya estaba ahí, el

poder siempre ha existido, lo que buscaba era poder asirlo en sus acciones, en sus

relaciones, “señalar” al poder actuante: “No debemos hablar del poder si queremos hacer un

análisis del poder, sino que debemos habar de los poderes e intentar localizarlos en su

especificidad” (Foucault 1999(5), 893).

Aunque el trabajo entorno a la resistencia queda truncado, se puede imaginar que lo

mismo hubiera querido en torno a la resistencia. No descubrir una resistencia y poderla

alimentar y hacer crecer como el único tipo de resistencia, sino poder “mostrarla” en sus

relaciones, en sus acciones, en el mismo espacio del poder, pues ambas instancias cohabitan

irremediablemente. La resistencia en una comprensión foucaultiana sería aquella que se da

desde la capilaridad de la misma, o, lo que es lo mismo, desde el sujeto. Por ello, insisto

una vez más, Foucault no renuncia a su genealogía del poder cuando voltea al sujeto;

voltear al sujeto era la búsqueda de la intensificación de la genealogía:

80
“Y si no digo nunca lo qué debe hacerse, no es porque crea que no hay nada que hacer; al

contrario, es porque creo que hay miles de cosas que hacer, que inventar, que forjar, por

parte de aquellos, quienes reconociendo las relaciones de poder en las que se encuentran

implicados, han decidido resistirla y escaparlas. Desde este punto de vista todas mis

investigaciones descansan en un postulado de optimismo absoluto”. (Foucault citado en

Nealon 2008, 94)

Y no debe entenderse, por la anterior cita, que la resistencia es, entonces, un acto de

heroísmo por unos cuantos valientes, sino que la resistencia es “un hecho esencial de la

batalla de todos con el poder” (Nealon 2008, 111). En realidad, a lo que apunta todo el

texto de Nealon, Foucault beyond Foucault, es a que debemos retornar a su trabajo

genealógico y emplearlo en la ontología de nuestro presente. Sólo siendo conscientes de lo

qué vivimos es que podemos formar las bases de una resistencia. Salirse del reino binario

donde habita la idea de un poder contra una resistencia, Foucault busca llamarnos a escapar

los límites de la identificación determinista en la que es necesario tomar partido (Clifford

2001, 164).

“Si hago esto es con el fin de saber qué somos hoy” (Foucault 1999(6), 743). Saber lo

qué somos hoy para entender aquello que nos aqueja hoy, aquello que nos domina. Saber

que somos hoy mediante una caja de herramientas que en su punto ideal se convierten en

bombas, “porque una vez utilizadas las bombas ya nadie las puede usar. Me gustaría

escribir libros bomba, es decir, libros que sean útiles precisamente en el momento que uno

los escribe o los lee. Acto seguido desaparecerían” (Foucault 1999(6), 750). Los libros de

Foucault aquí siguen, se siguen leyendo y aún no han explotado en una desaparición, puesto

81
que aún tienen demasiado por decir; como señalaba Nealon, hemos abandonado muy

pronto a Foucault bajo críticas incorrectas.

Foucault no renuncia a su concepción de poder, sino que mediante sus escritos

biográficos y en forma de bombas, le resultaba pertinente el estudio del sujeto ante la

intensificación del poder. Una resistencia estudiada en forma ascendente debe empezar

desde el sujeto, aquella parte del engranaje social sobre el cual recae la posibilidad de

consciencia de lo que lo rodea. Aunado a lo anterior el discurso foucaultiano no debe ser

leído como un discurso hegemónico. Asumir que Foucault deseaba decir todo lo posible

respecto al poder y como éste nos envuelve representa una lectura sumamente equivocada

del autor francés.

No hay teoría política que pueda jactarse de lograr ser hegemónica, una cosa es

anhelarlo y otra cosa es lograrlo. El desarrollo de todo discurso siempre dejará un espacio

vacío, un espacio que no puede lograr apropiarse, y es justo en ese espacio donde se

encuentra el debate, donde debe “estallar” lo leído. Foucault buscaba estallar, ser leído,

tomado como herramienta y detonar, que el bombazo significará un camino a pensar de

modo distinto. Pensar a Foucault como discurso hegemónico es sumamente anti-

foucaultiano.

3.5 Retomar a Foucault

Retomar a Foucault es volver a su pensamiento sin exigencias equivocadas hacia el

catedrático. Retomar a Foucault hoy en día no significa nada más que volver a un análisis

de nuestro presente que quedó truncado y entender que el pensador francés no pretendía

nada más que hacernos conscientes de lo inconsciente, hacernos reflexionar sobre aquello

82
que damos por hecho y, así, analizar el significado de nuestro momento. Ser conscientes

del poder que nos rodea y la forma en la qué se mueve mediante cada rincón de nosotros

como sujetos, marca un primer paso fundamental hacia la resistencia, sea cual la sea la

forma en la que ésta termine por desarrollarse.

“No actúes, sólo piensa” (Big Think 2012) es una idea manejada por Žižek con la que

Foucault estaría de acuerdo. Antes que buscar una idea de resistencia que pueda aplicarse

en salir a la calle y protestar (sin anhelo de desprestigiar a la gente que realiza estos actos

políticos) lo que este mundo necesita es que pensemos. Pensemos en nuestro presente para

realizar una ontología del mismo. Pensar para entender, pero antes que nada pensar para

preguntar, pensar para continuar en una búsqueda política de lo que nos rodea. Sólo con el

entendimiento del presente podemos discutir el futuro, de lo contrario la lucha política que

se realiza al actuar es una actuación cegada, sin dirección.

Este capítulo delineo dos grandes críticas a Foucault: un poder totalizante sin espacio

a resistencia y, por ello, el análisis de sujeto se lee como una renuncia silenciosa al tema del

poder. Este capítulo defiende a Foucault, en tanto no es que haya una renuncia silenciosa,

sino que el análisis de sujeto era un estudio de la resistencia que quedo truncado. Es el

sujeto, en Foucault, el primer pilar a la resistencia, porqué es él quien puede delinear

nuevos y distintos modos de pensamiento. Paradójicamente es Žižek quien da sustento a

esta idea, cuando fue él mismo quien determinó que el forcejeo entre sujeto y poder en la

visión foucaultiana no tenía salida.

En una entrevista titulada “¿Qué hacer?” (Entrevista en el Círculo de las Bellas Artes

de Madrid) el filósofo esloveno argumenta que como filósofo no se le pueden pedir que de

83
las respuestas a lo qué debe seguir como acción política a los problemas sociales. El trabajo

de los filósofos no es ofrecer respuestas sino preguntas, lograr consciencia de que a veces la

manera en la que percibe un problema es parte del problema mismo. Para Žižek no se trata

de responder sino de preguntar la respuesta correcta. Y eso fue lo que hizo Foucault. Si bien

es cierto que Foucault no dio respuesta a lo qué hay que hacer, sí reformuló de manera

magistral la forma en la que pensamos y analizamos el poder, y lo mismo pretendía que

sucedería con la resistencia: “La opción por la resistencia abre una batería de nuevas

preguntas: qué es saber cuando saber es poder, qué es criticar cuando criticar es combatir,

qué es hacer cuando hacer es gobernar” (Fortanet 2012, 122).

Se decía en este capítulo que algunos intérpretes clasifican a Foucault de un efecto

anestesiante porque parece que su lectura concluye en que no hay nada qué se pueda hacer.

Foucault contesta y dice que a su parecer, sus textos no anestesian pero sí tienen un efecto

paralizante, y eso es algo buscado, deseado. (Castro 2012, 18). El efecto paralizante es algo

ansiado, puesto que “los efectos paralizantes no adormecen; al contrario, son, en realidad,

consecuencias del despertar de una serie de problemas y cuestionamientos” (Foucault

citado en Castro 2012, 18). Sumando esta idea con la anterior de Žižek, lo que esta tesis

pretendió plasmar es que si bien Foucault no ofreció respuesta, si reformuló las preguntas

de una manera magnífica, tanto así, que nos dejó paralizados.

84
Conclusión

Esta tesis tenía el objetivo de hacer un recorrido por el pensamiento de Foucault en

torno al poder. El camino inició con el análisis del control del discurso hasta la culminación

de un poder que alcanza cada rincón del ámbito social. Tal retrato permitió entender porque

Foucault fue un revolucionario del poder: logró sacar al poder del ámbito estatal y represor

mostrando que el poder es más que eso, es una red productiva y omnipresente.

Es en El orden del discurso donde, de modo introductorio, se plantea la

característica productiva del poder foucaultiano, a través de la idea de que si bien el

discurso se encuentra controlado y jactado, eso permite, a su vez, que se desarrolle el

lenguaje de forma entendible y se genere la comunicación entre sujetos. Es tal idea la que

marca el inicio de la etapa genealógica de Foucault, en la cual se aboca al análisis de las

relaciones de poder y, más importante aún, a delinear la relación que existe entre poder y

saber/verdad. Es en ese momento de su pensamiento que el catedrático francés plantea esa

cercanía incuestionable entre el saber y verdad y como éstos responden a las necesidades

del poder. Las ciencias humanas son resultado del poder.

La relación entre saber y poder permitió a Foucault reforzar la idea de un poder

productivo. El poder crea y permite el saber, a la vez que reprime y controla mediante el

saber mismo. Fue en Vigilar y castigar donde aquella proximidad entre saber y poder

queda evidenciada al narrar el paso de un poder soberano a un poder disciplinario, y como

tal evolución responde a la economía penal y la necesidad de ésta por llegar a mejores

niveles de eficiencia, percatándose que vigilar es más eficaz que castigar. La vigilancia se

da mediante el saber y la institución que lo permite: la prisión. Por ello es que aquella

85
institución penal, castigo incompatible con el sistema penal de la época, se impone como

sanción única.

Así Foucault puede ubicar tres modelos de poder. El primero, el modelo de la lepra,

que responde a la exclusión del poder soberano; el segundo, el de la peste, corresponde a la

disciplina del poder disciplinario. Ambos modelos se encuentran en el Panóptico. El

panoptismo representa al poder en sitios intangibles que busca una máxima eficacia bajo el

objetivo de ver todo pero nunca ser visto. El panoptismo como punto máximo de un poder

que comienza a salirse del espacio jurídico y se esparce a nuevos ámbitos por permear. El

poder ya no se agota en el espacio disciplinario sino que busca la normalización a toda

costa. Así se da razón a la expansión a ámbitos biológicos por parte del poder que pretende

controlar cada aspecto del individuo. Aquel poder que sale del espacio jurídico y llega al

biológico pertenece al tercer modelo de poder: el biopoder. Esa es, grosso modo, la

evolución del poder foucaultiano. Un poder productivo y omnipresente.

Tras el análisis de la evolución del poder en Foucault, esta tesis remarcó que no se

debe leer a tal autor esperando un listado de pasos a seguir para derrumbar al poder; así

como no se debe descartar su visión del poder clasificándola como “totalizante”, puesto que

uno de los principales axiomas del autor francés es que: donde hay poder hay resistencia. El

pensamiento de Foucault debe ser aproximado como uno enfocado a hacer un diagnóstico

del presente a partir del cual se delineen nuevas formas de pensar, aún cuando estas formas

parezcan tan mínimas como el hacernos conscientes de nuestro inconsciente cultural. No

aceptar nada por dado es, ya, una nueva forma de pensar, una grieta en el presente que se

vive.

86
En su última etapa de pensamiento Foucault volteó al sujeto para estudiar lo que es

la esfera más pequeña sometida al biopoder. Lograr la consciencia cultural y una nueva

forma de pensar sólo puede lograrse mediante el individuo. En ese momento muere

Foucault y su pensamiento queda truncado. Pero, tal vez, el mensaje era que el individuo

debía percatarse que no hay respuestas como tal, sino que hay nuevas y mejores preguntas.

Nunca llegaremos a formular un discurso hegemónico de lo que somos ni de lo que nos

rodea. Esa no debe ser la finalidad. La finalidad debe ser simplemente la aspiración a una

totalidad porque en esa aspiración se encuentra la herramienta necesaria para ir a la

siguiente pregunta, a la siguiente grieta, llevando consigo cada una de las preguntas

anteriores que permitieron un nuevo grado de consciencia.

No se trata de confundir la imposibilidad de la totalidad del discurso con un

pesimismo. Si hay algo que aprendí redactando esta tesis es que el hecho de que una

pregunta no tenga respuesta no significa que no hay nada que hacer al respecto. De igual

forma, no porque el poder foucaultiano se plantee en términos omnipresentes quiere decir

que sólo queda la resignación. Buscamos instancias y teorías que nos digan cómo actuar o

preguntas que se respondan fácilmente, pero esta tesis me ha enseñado que antes que actuar

debemos enfocarnos en pensar, en preguntar de nuevo, porque entendí que la fortuna no es

una pregunta sencilla sino una pregunta que genere otra pregunta.

A través de esta tesis busqué mostrar que retomar a Foucault significa retomar una

veta de pensamiento que responda a lo vivido y que incite a preguntar más; y de esa forma

que cada interrogación represente una grieta en nuestro presente. De ninguna manera es

esto un pesimismo, insisto, al igual que Foucault: “[…] no es que todo es malo, sino que

todo es peligroso, que no es exactamente lo mismo que malo” (Foucault citado en Allen

87
2010, 86). Foucault nos alienta a darnos cuenta que lo peligroso de un poder omnipresente

son las preguntas que no generamos en torno a él.

88
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89
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