Está en la página 1de 10

2

D. H. HARDING

De no tener cabeza

El mejor día de mi vida -día de mi nuevo nacimiento, por así


decir- fue el día que descubrí que no tenía cabeza. No se trata
de una expresión literaria ni de una frase hecha destinada a des-
penar interés a cualquier precio. Lo digo con la mayor seriedad:
no tengo cabeza. -
Fue hace dieciocho años, tenía yo treinta y tres, cuando hice el
descubrimiento. Si bien fue algo que apareció sin el menor aviso
previo, lo hizo como respuesta a una insistente pregunta: ¿Qué
soy yo? El hecho de que había estado realizando una marcha por
el Himalaya a la sazón no tuvo, probablemente, nada que ver, si
bien en esas regiones se afirma que ciertos estados de conciencia
inusuales son mucho más frecuentes. Sea como sea, ese día tan
tranquilo y radiante, con un panorama desde el risco donde esta-
ba parado, por sobre valles azules de bruma hasta la cordillera
más alca del mundo, con Kangchenjunga y Everest otros tantos
picos más entre todas las cimas coronadas de nieve. constituyó un
marco digno de una visión grandiosa.
Lo que sucedió en realidad fue algo de una absurda simpleza y
falta de espectacularidad. Dejé de pensar. Una quietud peculiar,

Selecciones de On Having No Head por D. H. Harding. Prcnníal Library, Har-


per & Row, Publicadas por acuerdo con la Sociedad Budista, 1972. Reproducción
autorizada.

33
una especie extraña de flaccidez alena, o de parálisis, me invadió
en ese momento. La razón y la imaginación y todo parloteo men-
tal cesaron. Por una vez, me faltaron las palabras. El pasado y el
futuro me abandonaron. Olvidé quién era y qué era, nombre,
carácter de hombre, carácter de animal, todo lo que podía lla-
marse mío. Fue como si acabase de nacer en ese instante, entera-
mente nuevo, sin mente, inocente de todo recuerdo. Sólo existía
el Ahora, ese momento presente y lo que se daba con toda clari-
dad en él. Bastó una sqla mirada, y Jo que vi fue unas piernas con
pancalones caqui que terminaban más abajo en un par de zapa-
tos marrones, mangas de color caqui que terminaban a ambos
costados en un par de manos sonrosadas y el frence de una camisa
caqui que terminaba, hacia arriba... ¡En la nada! Decididamen-
te no en una cabeza.
Me llevó apenas un instante comprobar que esta nada, este
agujero donde tendria que haber estado la cabeza no era un va-
cío común, no una simple nada. Por el contrario, estaba muy
ocupado. Era una vasco vacío, vastamente repleto, una nada que
tenía espacio para todo, espacio para el pasto, los árboles, lasco-
linas borrosas y lejanas y a gran altura sobre ellas, los picos neva-
dos como una hilera de nubes angulares cabalgando por el cielo·
azul. Perdi la cabeza y gané un mundo.
Todo era, en términos literales, asombroso. Semi que dejaba
de respirar del todo, absorto en lo Dado. Aquí estaba, la escena
soberbia, de un brillo radiante en el aire límpido, solitaria y sin
apoyo, misteriosamente suspendida en el vacío, y (y esto era el
verdadero milagro, la maravilla, el deleite), totalmente libre "de
mí'', inmaculado y sin observadores. Su presencia total era mi
ausencia total, cuerpo y alma. Más ligero que el aire, más trans-
parence que el vidrio, enteramence liberado de mí mismo, no es-
taba en ninguna parte.
Sin embargo, a pesar del carácter mágico e insólito de esta vi-
sión, no era un sueño, ni una revelación esotérica. Muy por el
contrario, daba la sensación de una luminosa realidad purificada
por una única vez de toda mente que la oscureciese. Era, por fin,
la revelación, de Jo ·pe rfectame nte obvio. Era un lúcido momen-
to en una biografía confusa. Era dejar de ignorar algo que (por lo

34
menos desde mi más tierna infancia) nunca había tenido el tiem-
po ni la inteligencia de ver. Era una atención sin reservas, de to-
do lo que siempre había tenido delante de los ojos, delante de la
cara, mi anonimai:o sin rostro. En resumen, todo era del codo
simple, obvio, directo, indiscutible, más allá del pensamiento y
de las palabras. No surgían preguntas, ni asociaciones más lejos
de la experiencia en sí, sino tan sólo espacio y una dicha apa-
cible, con la sensación de haber dejado caer una carga intole-
rable.

A medida que se disipaba el estado de arrobamiento de mi ex-


periencia en el Himalaya, comencé a describírmela a mí mismo
en términos parecidos a los que siguen:
De una manera u otra siempre habfa pensado en mí como ha-
bitante de esta casa que es mi cuerpo, y como mi(ando el mundo
por sus dos ventanas redondas. Ahora compruebo que tal no es
el caso, ni mucho menos. Cuando contemplo la lejanía, ¿qué
hay en este momento que me indique cuántos ojos tengo, dos, o
tres o centenares, o ninguno? En realidad, en este sector de mi
fachada aparece una sola ventana, abierta y sin marco, sin nadie
que esté mirando por ella. Siempre es el otro quien tiene ojos y
una cara que los enmarca, nunca este.
· Existen, entonces, dos clases - dos especies diametralmente
distintas- de hombre. La primera, de la cual advierto incon-
tables ejemplares, lleva, como es obvio, una cabeza sobre los
hombros (y por' 'cabeza'' quiero decir una bola peluda, de unos
veinte centímetros, con varios agujeros), mientras que la segun-
da, en la cual advierto uno solo, no lleva, obviamente, semejante
objeto sobre los hombros. ¡Y había dejado de advenir hasta aho-
ra una diferencia tan considerable! Víctima de una prolongada
:risis de locura, de una alucinación de toda la vida (y al decir
''alucinación", me refiero a lo que define el diccionario: percep-
ión aparente de un objeto que en realidad no está presente), me
había visto invariablemente como bastante parecido a los otros
hombres, y decididamente, nunca como un bípedo decapitado,
aunque vivo aún. Había estado ciego frente a algo siempre pre-
sente, y sin lo cual soy en verdad ciego, a este maravilloso subsci-

35
cuto de la cabez:i., esta claridad sin límites, este vado luminoso y
absolutamente puro que es, no obstante -más bien que con-
tiene- todas las cosas. Porque por mayor cuidado que ponga en
prestar atentión, no logro hallar aquí ni siquiera una pantalla va-
cía en la cual se proyecten estas montañas y cielo y sol, o un lím-
pido espejo en el cual se reflejen, o una lente transparente, o una
abertura por la cual mirarlos, y menos aun una mente o un alma
al cual se representan o, en fin, un observador (por borroso que
fuese) que se distinguiera del paisaje. No se interpone nada, ab-
solutamente nada, ni aun ese obstáculo desconcertante y huidizo
llamado "distancia": el inmenso cielo azul, la blancura con bor-
des rosados de las nieves, el verde reluciente del pasto... ¿Cómo
puede ser esto algo alejado, cuando no hay nada de lo cual estar
alejado? En este caso d vacío sin cabeza desafía cualquier defini-
ción o ubicación: no es redondo, pequeño, grande, y tampoco
está aquí en contraposición con estar allá. (Y aun si hubi-e.re aquí
una cabeza de la cual hacer mediciones hacia afuera, la cinta de
medir extendida desde ella hasta la cima del Monte Everest, al
leérsela en su extremo más alejado -y no hay otro modo para mí
de leerla- se reduciría a un punto, a la nada.) En verdad, estas
formas coloreadas se presentan con total simplicidad, sin compli-
caciones tales como "cerca" o "lejos", "tuyo" o "mío", "visto
por mí" o sencillamente, " dado" . Toda dualidad -toda duali-
dad de sujeto y objeto- ha desaparecido: ha dejado de leerse al
representar una situación que no da lugar a tal lectura.
Tales eran las ideas que siguieron a la visión. Tratar de consig-
nar la experiencia directa, inmediata en estos u otros términos,
no obstante, implica representarla en forma inexacta, por cuanto
se complica lo que es enteramente simple: en verdad, cuanto
más se prolonga el examen ''postmorcen' ', más se aleja del origi-
nal vivo. En el mejor de los casos, estas descripciones pueden re-
cordar la visión (sin esa radiante conciencia de la experiencia) o
bien provocar su repetición, pero no pueden transmitir su cuali-
dad esencial, ni tampoco asegurar tal repetición, como no puede
el menú redactado en los términos más apetitosos ofrecer el sabor
de la comida misma, o el mejor libro sobre humorismo permitir·
nos apreciar un chiste. Por otra parte, es imposible dejar de pen-
sar durante un tiempo prolongado, y resulta inevitable la tenta-
tiva de relacionar el intervalo de lucidez de nuestra vida con su

36
trasfondo confuso. Además podría estimular en forma indirecta,
la repetición del estado de lucidez.
De todos modos, existen varias objeciones dictadas por el sen-
tido común que no pueden ser ignoradas ya más tiempo, cues-
tiones que insisten en ser objeto de respuestas razonadas, por
provisorias que sean. Resulta indispensable "justificar" la pro-
pia visión, inclusive ante uno mismo. Es posible, también, que
sea necesario tranquilizar a los amigos. En cierto sentido resulta
absurdo este intento de lltvar la experiencia al marco doméstico,
ya que ningún argumento puede reSta-r nada a una experiencia
tan obvia e incontrovertible como la de oír una determinada no-
ta musical o saborear mermelada de frutillas_ En otro sentido, en
cambio, hay que hacer la tentativa, para evitar el riesgo de que la
propia vida se desintegre en dos companimientos extraños entre
sí y sin comunicación de ideas.

Mi primera objeción fue: puede ser que me falte la cabeza,


pero no me falta la nariz. Aquí está, precediéndome en forma
visible a dondequiera que voy. Y mi respuesta fue: si- esta nube
lanuda, rosada y a pesar de codo de perfecta transparencia sus-
pendida a mi derecha, y esta otra nube idéntica suspendida a mi
izquierda, son narices. en tal caso cst9y contando dos narices, en
lugar de una. Y la protuberancia única y perfectat?ente opaca
que observo con tanta claridad en el centro de la cara de alguien
frente a mí no es una nariz; sólo un observador del todo carente
de honradez o bie·n lleno de confusión podría utilizar en forma
deliberada el mismo nombre para dos cosas tan diametralmente
diferentes. Yo prefiero atenerme a mi diccionario y al uso co-
mún, que me obligan a afirmar que si bien todos los demás
hombres tienen una nariz cada uno, yo no tengo ninguna.
A pesar de ello, si un escéptico mal encaminado, excesivamen-
te interesado en sentar su propio punto de vista, partiese en esta
dirección, hacia el medio entre las dos nubes rosadas, el resulta-
do sería sin duda tan desagradable como si yo fuese el dueño de
la más sólida y golpeable de las narices. Más aun, ¿qué hay de es-
te complejo de tensiones sutiles, movimientos, presiones, esco-
zores, cosquillas, dolores, calores, y palpitaciones que nunca fal-

37
tan deJ todo en esta región central? Sobre todo, ¿qué hay de esos
sentimientos de resistencia que surgen cuando me exploro aquí
con la mano? Sin duda estas comprobaciones se resumen en una
prueba bien sólida de la existencia de mi cabeza aquí y en este
.
mstante, ¿o no.
No ocurre tal cosa. Indudablemente una gran variedad de sen-
saciones se dan aquí con toda claridad y no es posibte ignorarlas,
pero no llegan a constituir una cabeza ni nada que se le-parezca.
La única forma de conformar con ellas una cabeza sería incorpo-
rarles- una cantidad de ingredientes de todo género que ob-
viamente no están aquí, en special, toda clase de formas colo-
readas y tridimensionales. ¿Qué clase de cabeza es la que, a pesar
de contener innumerables sensaciones, carece, según se observa,
de ojos, orejas, boca, pelo y en verdad todo el equipo corporal
que según observamos contienen todas las demás cabezas? El
hecho puro y simple es que debemos mantener este lugar libre
de todas estas obstrucciones, de la más mínima bruma y color
que pueda enturbiar mi universo.
Sea como fuere, cuando comienzo a tantear a mi alrededor en
busca de mi cabeza perdida, en lugar de encontrarla aquí solo
consigo perder, además, mi mano exploradora: también ella es
devorada por el abismo en el centro de mi ser. Al parecer, este
pozo enorme, esta base no ocupada de todas mis operaciones, es-
ta localidad mágica donde creía tener la cabeza, es en realidad
más bien como el fuego de una antorcha, can voraz que todo lo
que se le aproxima es devorado y consumido al instante y en for-
ma total, con el fin de que su brillantez y su claridad capaces de
iluminar el mundo no se apaguen ni un instante. En cuanto a los
solapados dolores y cosquilleos y demás, no pueden sofocar ni
ensombrecer ese fulgor centra!, como no pueden hacerlo estas
montañas y estas nubes y este cielo. Por el contrario, codos exis-
ten dentro de este fulgor y a través de ellos percibimos tal fulgor.
La experiencia presente, sea cual sea el sentido de que se haga
uso tiene lugar tan sólo en una cabeza vacía y ausente. Aquí y
a.hora, mi mundo y mi cabeza son incompatibles y no se combi-
nan. No hay lugar para ambos a la vez sobre estos hombros y
afortunadamente, es mi cabeza con toda su anatomía lo que de-
be desaparecer. Esto no está sujeto a discusión ni tampoco es
cuestión de agudeza filosófica o de ponerse en un estado de exal-

38
cación. Se trata más bien de uso de la vista, de MIRA QUIEN ESTA
AQUl en lugar de PIENSA EN QUIEN ESTA AQUI. Si yo no .consigo
ver qué soy (y en especial. qué no soy) es porque soy demasiado
activamente imaginativo, demasiado "espiritual", demasiado
adulto y sabio, para aceprar la situación ni más ni menos que co-
mo la encuentro en este momento. Lo que necesito tener es una
especie de idiotez vigilante. Se requieren ojos inocentes y una ca-
beza vacía para que podamos captar su propia vaciedad perfecta.

Es probable que haya una sola manera de convertir al escéptico


que sigue insistiendo en que tengo cabeza, y ella consiste en in-
vitarlo a acercarse y cerciorarse con sus propios ojos. La única con-
dición es que informe con honradez y describa lo que observa y
nada más.
Partiendo del extremo más lejano de la habitación, me ve co-
mo un hom re de cuerpo entero con una cabeza. Pero a medida
que se acerca encuentra medio hombre, luego una cabeza, luego
una mejilla borrosa, o una nariz, o un ojo, luego un simple
borrón y por fin (en el punto de contacto conmigo), la nada. En
forma alternativa, si ocurre que posee los instrumentos científi-
cos adecuados, informa que el borrón se convierte en tejidos,
luego en grupos celulares, luego en una sola célula, un núcleo
celular, moléculas gigantes... y así sucesivamente, hasta que lle-
ga a un punto en el cual no se ve nada, un espacio vacío de todo
objeto sólido o material. En cualquiera de los dos casos, el obser-
vador que viene hacia mí a ver cómo es la situación encuentra lo
que encuentro yo, el vaáo. Y si, después de haber descubierto y
cornpanido mi falta de identidad de aquí, hubiese de volverse
(mirando hacia afuera conmigo en lugar de hacia mi interior)
otra vez hallaría lo que yo hallo, que esta vaciedad está llena !-.as-
ta el tope de todo lo imaginable. También él encontraría este
punto céntrico que explota en un Volumen Infinito, esca Nada
hacia el Todo, este Aquí hacia Todas Parces.
Y si mi observador escéptico duda aún de lo que le dicen sus
sentidos, puede ensayar el uso de una cámara -aparato que, por
carecer de memoria y previsión, puede registrar tan sólo lo que
está contenido en el lugar donde está en esas circunstancias-. La

39
cámara registra la misma imagen de mí. Allí, toma a un hombre;
aquí, no hay tal hombre ni nada. O, por el contrario, al enfocar
en el sentido opuesto, registrará el universo.

Así pues, esta cabeza no es una cabeza, sino una idea equivo-
cada de cabeza. Si sigo encontrándola aquí, estoy "viendo vi-
siones" y debería correr a toda prisa a ver al médico. No importa
mucho que encuentre una cabeza humana, la de un asno, un
huevo frito o un ramo de flores. Tener nada como coronilla es
sufrir delirio.
Durante mis intervalos de lucidez, no obstante, decididamen-
te no tengo cabeza aquí. Allí, por otra parte, estoy como es obvio
lejos de no tenerla: en verdad, tengo un número mayor de cabe-
zas de las que necesito. Ocultas en mis observadores humanos y
sus cámaras, representadas en imágenes enmarcadas, haciendo
muecas detrás de espejos de afeitarse, asomándose por encima de
picaportes, y cucharas, y cafeteras, y cualquier otro objeto muy
pulido, mis cabezas aparecen continuamente, aunque algo enco-
gidas o distorsionadas, vueltas de atrás hacia adelante, a menudo
invertidas, y multiplicadas hasta el infinito.
Pero hay un lugar donde no puede aparecer nunca una cabeza
mía y es este de aquí, ''sobre mis hombros'', donde borraría esta
Voz Central que es la fuente misma de mi vida. Afortunada-
mente nada puede lograr tal cosa. En realidad todas esas cabezas
dispersas nunca pueden ser otra cosa que accidentes transitorios y
sin privilegios de ese mundo "exterior" o de los fenómenos que
si bien es uno con la esencia central, no la afecta en el menor gra-
do. Tan pocos privilegios tiene, en verdad, mi cabeza en el espe-
jo, que no la tomo necesariamente como mía. Cuando era muy
niño no me reconocía en el espejo, y tampoco me reconozco aho-
ra, cuando por un instante recobro mi inocencia perdida. En mis
momentos de m'ayor lucidez veo al hombre allí, el hombre tan
familiar que vive en ese otro cuarto detrás del espejo y al parecer
pasa todo el tiempo mirando hacia este cuarto -ese observador
menudo, opaco, circunscrito, particularizado, entrado en años
y... ¡tan, tan vulnerab le!- como un contraste en todos sus as-
pectos de mi verdadera Persona. Nunca he sido nada, salvo este

40
Vacío sin edad, duro como el diamante, inconmensurable, lúci-
do y en su conjunto inmaculado: ¡Es inconcebible que en algún
momento haya podido confundir a ese ser insignificante que está
allí con lo que yo percibo claramente ser aquí, ahora, para
siempre!

También los directores cinematográficos son gente práctica,


mucho más interesada en la reveladora recreación de la experien-
cia que en explicar el carácter de quien la vive, pero el hecho es
que un aspecto involucra en cierto modo el otro. Sin duda estos
expertos tienen plena conciencia, para citar un ejemplo, de mi
débil reacción frente a una película sobre un vehículo guiado por
otro, en comparación con la de un vehículo aparentemente
guiado por mí mismo. En el primer caso soy un expectador en la
calzada que observa que dos automóviles idénticos se aproximan
velozmente el uno al otro, chocan, matan a los conductores y se
incendian. Siento un leve interés. En el segundo, yo soy el con-
ductor, sin cabeza, desde luego, como todos los conductores en
primera persona, y mi automóvil, lo poco que hay de él. está es-
tacionario. Aquí están mis rodillas sacudidas, el pie apretado con
fuerza sobre el acelerador, las manos que luchan con el volante,
el largo capó inclinado delante de mí, los postes telegráficos que
pasan raudos, la carretera que serpentea hacia aquí y hacia allá y
aquello, el otro automóvil, al principio diminuto, pero cada vez
más y más grande, que se aproxima directamente y entonces... el
choque, el gran resplandor, y el silencio vacío... Me hundo en el
asiento. y recobro el aliento... Me han llevado en un paseo ficti-
no.
¿Cómo se filman estas escenas en primera persona? Hay dos
alternativas: o se filma un muñeco sin cabeza, con la cámara en
lugar de ella, o bien se filma a un hombre de verdad, con la ca-
beza bien echada hacia atrás o hacia un costado para hacer lugar
a la cámara filmadora. En otros términos, se asegura que yo me
identifique con el actor. Porque una película conmigo con cabe-
za no representa nada: es el retrato de un total extraño, un caso
de identidad equivocada.
Es curioso que alguien deba acudir a un hombre de la publici-

41
dad para obtener una visión aunque sea fugaz de las verdades
más profundas y más simples acerca de sí.mismo. También lo es
que un invento moderno y tan complicado como el cinematógra-
fo contribuye a ayudamos a perder una ilusión de la cual están
libres los niños y los animales. Pero en otras épocas había otros
indicadores, distintos pero igualmente curiosos y no cabe duda
de que nuestra capacidad de engañarnos a nosotros mismos nun-
ca llegó a ser total. La conciencia profunda, aunque vaga, _de
nuestra condición humana puede muy bien explicar la populari-
dad de muchos cultos y leyendas de la antigüedad relacionados
con cabezas separadas del cuerpo, o flotantes, de monstruos y
apariciones con un solo ojo, o sin cabeza, de cuerpos humanos
con cabezas no humanas, y de mánires que (como el rey Carlos
en la oración mal puntuada) siguieron caminando y hablando
después de haber sido decapitados. Son imágenes fantásticas, en
verdad, pero mucho más próximas a lo que es nte de lo que
puede indicar el sentido común.

Pero si no tengo cabeza, ni cara, ni ojos (arguye el sentido co-


mún) ¿cómo ocurre que ce veo, y para qué son los ojos, ya qut
los mencionamos? La verdad es que el verbo ver tiene dos acep-
ciones diametralmente opuestas. Cuando observamos a una pa-
reja que conversa, vemos que se ven mutuamente, a pesar de
mantenerse sus caras intactas y separadas por una corta distancia,
pero cuando te veo a ti, tu cara es todo, la mía, nada. Tú eres el
extremo de mí. A pesar de ello ( tanto entorpece el conocimiento
el lenguaje del sentido común) utilizamos la misma palabra para
ambas operaciones. ¡Y por supuesto, la misma palabra tiene
que significar la misma cosa! Lo que sucede en realidad entre in-
dividuos ''en tercera persona" como tales, es la comunicación vi-
sual, esa cadena ininterrumpida y autónoma de procesos físicos
(en los que intervienen ondas de luz, lemes oculares, retinas,
área visual de la corteza, etc.) en la cual el hombre de ciencia no
logra localizar una brecha en la cual ubicar "mente", o "ver", o
de conseguirlo no haría diferencia alguna. Como contraste, el
auténtico ·'ver'', corresponde a la primera persona y por lo tanto
no posee ojos. En el lenguaje de los sabios, sólo la Naturaleza.
Buda, Brahma, Alá, o Dios, ve, oye, o experimema cualquier co-
sa.

42