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Derechos humanos y políticas de drogas

Guía básica
18 Junio 2018
Primer
Una sencilla pero exhaustiva guía básica de por qué el TNI considera que los derechos
humanos deben ser la base de cualquier debate sobre el control de drogas.
Autores
Ernestien Jensema
Traductores
Beatriz Martínez
Programmes
Drogas y Democracia
Esta guía básica se publicó originalmente en mayo de 2015 y fue actualizada en
junio de 2018 por Ernestien Jensema y Katie Sandwell.

1. ¿Por qué el TNI considera que los derechos humanos deben ser una pieza
clave del control de drogas?
2. ¿Cómo evolucionó el sistema de derechos humanos de la ONU
3. ¿En qué principios se basa el actual régimen de control de drogas?
4. ¿Qué se hace para integrar los derechos humanos en el régimen de control
internacional de drogas?
5. ¿Qué está haciendo la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el
Delito para promover los derechos humanos en la esfera del control de
drogas?
6. ¿Qué dicen los órganos de vigilancia de los derechos humanos sobre las
violaciones de derechos humanos cometidas en nombre del control de
drogas?
7. ¿Qué papel desempeña la Junta Internacional de Fiscalización de
Estupefacientes (JIFE)?
8. ¿Qué violaciones de los derechos humanos tienen lugar en nombre del
control de drogas?
9. ¿Qué se puede hacer para trabajar en pro de un control de drogas basado
en los derechos humanos?
10. ¿Qué deberían hacer los países para integrar los derechos humanos en el
ámbito del control de drogas?
11. ¿Qué está haciendo el TNI sobre la cuestión de los derechos humanos y el
control de drogas?

1. ¿Por qué el TNI considera que los derechos humanos


deben ser una pieza clave del control de drogas?
Desde que se fundó, en la década de 1970, el TNI siempre ha creído en la
necesidad de encontrar respuestas globales a problemas globales, ha sido un
fuerte defensor del multilateralismo y ha abogado por unas Naciones Unidas que
funcionen bien y que sean garante de los derechos humanos universales. En lo
que respecta a las drogas, nuestra postura es muy clara: el control de
estupefacientes debe respetar los derechos humanos.

Defendemos el derecho de los agricultores atrapados en la economía ilícita a


llevar una vida digna.

Somos partidarios de despenalizar el uso, la tenencia para uso personal y los


delitos menores de tráfico. Defendemos los enfoques de reducción de daños y
abogamos por diferenciar entre sustancias, en función de consideraciones de
salud.

También apoyamos el principio de la proporcionalidad; un principio básico que


debería ser evidente en todo caso, pero que se perdió con el proceso de
intensificación de la guerra contra las drogas: todas las personas implicadas en el
mercado ilícito de las drogas —ya sean campesinos, comerciantes o usuarios—
están plenamente amparadas por los derechos humanos.

Toda medida de control de drogas que viole sus derechos humanos básicos es
ilegítima y el TNI siempre estará en contra de cualquier medida que quebrante el
derecho a llevar una vida digna.

2. ¿Cómo evolucionó el sistema de derechos humanos de la


ONU

Después de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional se reunió con


un espíritu de paz y positivismo. Para evitar más guerras en el futuro y “reafirmar
la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la
persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las
naciones grandes y pequeñas”, 50 Estados firmaron la Carta de las Naciones
Unidas el 26 de junio de 1945 en San Francisco.

La Carta se fundamenta en tres pilares: los derechos humanos, la paz y la


seguridad, y el desarrollo. Tres años más tarde, en 1948, se adoptó la Declaración
Universal de Derechos Humanos, proclamada “como ideal común por el que todos
los pueblos y naciones deben esforzarse”. En caso de conflicto con las
obligaciones contraídas en virtud de otro convenio internacional, prevalecen las de
la Carta (artículo 103). En los artículos 55 y 56 las Naciones Unidas y sus Estados
miembros se comprometen a promover el desarrollo social y “el respeto universal
a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer
distinción por motivos de raza, sexo, idioma o religión, y la efectividad de tales
derechos y libertades”. Para que un Estado sea miembro de la ONU, debe ratificar
su Carta.

La adopción en 1948 de la Declaración Universal de Derechos Humanos


representa un hito en el sistema internacional de derechos humanos. Sus términos
adquirieron un carácter vinculante en dos pactos adoptados en 1966: el Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos
Económicos, Sociales y Culturales. Los tres documentos son conocidos como la
Carta Internacional de Derechos Humanos.

Actualmente, nueve tratados de derechos humanos constituyen la base de los


instrumentos universales de derechos humanos: los dos pactos mencionados y
otros tratados que abordan temas específicos como la tortura, la discriminación
racial, los derechos del niño, la discriminación contra la mujer, los trabajadores
migratorios, las personas con discapacidad y las desapariciones forzadas. Todos
los Estados miembros de la ONU han ratificado al menos uno de estos tratados,
aunque la mayoría han ratificado más de uno.

Cada tratado de derechos humanos cuenta cono un comité independiente —u


‘órgano creado en virtud de un tratado’— encargado de supervisar su aplicación a
través de exámenes periódicos de los avances alcanzados, mecanismos
individuales o colectivos de denuncia y, en algunos casos, procesos de
investigación.

Existen también otros mecanismos de supervisión de los derechos humanos que


se han desarrollado en el marco de la Carta de la ONU. Entre ellos, estaría el
proceso de examen periódico universal en el Consejo de Derechos Humanos de la
ONU, por el que los Estados miembros de la organización revisan los avances
recíprocos alcanzados con respecto a obligaciones compartidas con aportaciones
de la sociedad civil. Los ‘procedimientos especiales’ del Consejo son expertos
independientes de grupos de trabajo sobre temas o países concretos. Por
ejemplo, el Relator Especial de la ONU sobre la tortura, el Relator Especial de la
ONU sobre los derechos de los pueblos indígenas y el Relator Especial de la ONU
sobre el derecho a la salud.

La legislación de los derechos humanos es vinculante en virtud de los tratados


adoptados por cada Estado. Además, algunas normas son vinculantes en el
derecho consuetudinario. Esto significa que el carácter vinculante de ciertos
derechos humanos no depende de la ratificación de un tratado. Entre ellos
estarían, por ejemplo, el derecho a no ser sometido a esclavitud y el derecho a no
ser sometido a torturas. Desde que se adoptó la Carta, los derechos humanos se
han convertido en un marco normativo universal y vinculante para los Estados
miembros de la ONU.
3. ¿En qué principios se basa el actual régimen de control de
drogas?

El régimen de control de drogas de la ONU se basa en tres tratados: la la


Convención Única de 1961 sobre Estupefaciente, el Convenio sobre Sustancias
Sicotrópicas de 1971 y la Convención contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y
Sustancias Sicotrópicas de 1988. Los tres grandes tratados de fiscalización
internacional de drogas se sustentan mutuamente y son complementarios. Uno de
los objetivos importantes de las convenciones de 1961 y 1971 es tipificar las
medidas de control aplicables a escala internacional para garantizar la
disponibilidad de estupefacientes y sustancias sicotrópicas con fines médicos y
científicos.

Al mismo tiempo, persiguen impedir que se desvíen a canales ilícitos e incorporan


disposiciones generales sobre el tráfico y el uso de drogas. La Convención de
1961 se centra específicamente en drogas de origen vegetal, como el opio, la
heroína, la coca, la cocaína y el cannabis, clasificándolas en varias listas basadas
en su nivel de nocividad. Sin embargo, debido a presiones políticas, tanto el
cannabis como la coca se clasificaron de forma equivocada como drogas
especialmente peligrosas, comparables a la heroína.

La Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes


y Sustancias Sicotrópicas de 1988 reforzó de forma significativa la obligación de
los países de aplicar sanciones penales para combatir todos los aspectos de la
producción, la posesión y el tráfico ilícitos de drogas.

Las tres convenciones comienzan con preámbulos en que se expresa


preocupación por la salud y el bienestar de la humanidad. Sin embargo, los
derechos humanos solo aparecen explícitamente una vez en los tres tratados: en
el artículo 14(2) de la Convención de 1988 (véase más abajo). A pesar de ello,
estos tratados deben leerse e interpretarse conforme a las obligaciones
concurrentes en materia de derechos humanos. Aunque puede considerarse que
la protección de la salud y el bienestar son los principios básicos de las
convenciones de drogas, los valores de juicio sobre las drogas y aquellas
personas que las producen, comercian con ellas y las consumen, acompañadas
de respuestas punitivas y de tipo bélico han desempeñado un papel demasiado
importante en su aplicación.

En las práctica, el sistema de control de drogas se ha traducido en abusos de los


derechos humanos en todo el mundo. En las últimas décadas, la principal
estrategia para abordar los problemas relacionados con las drogas se ha basado
en la represión. Tanto en el ámbito nacional como internacional, la mayor parte de
los recursos se han destinado a luchar contra el mercado ilícito. Al igual que
sucede con las respuestas a otras percepciones de ‘amenazas’, como el
terrorismo, esto ha derivado en el deterioro de las libertades civiles y en abusos de
los derechos humanos en todo el mundo. Los Estados han llevado a
cabo operaciones militares contra pequeños productores de cannabis, coca o
adormidera, han fumigado con productos químicos cultivos ilícitos de drogas y han
forzado el desplazamiento de comunidades.

Algunos países imponen incluso la pena de muerte a aquellas personas que


infringen las leyes de drogas. En su informe sobre la situación global de la pena de
muerte en 2017 por delitos de drogas, Reducción de Daños Internacional (HRI)
identifica 33 Estados y territorios que mantienen en su legislación la pena capital
por los delitos de drogas. Aunque varios de estos países no recurren a la pena de
muerte o lo hacen de forma poco habitual, HRI revela que, entre enero de 2015 y
diciembre de 2017, al menos 1320 personas fueron ejecutadas por delitos
relacionados con las drogas en al menos cinco países.

Se calcula que, actualmente, hay más de 10 millones de personas encarceladas


en todo el mundo; una gran parte de ellas han sido condenadas por delitos
relacionados con las drogas. En los Estados Unidos, el país con el mayor índice
de encarcelamientos del mundo, el 25 por ciento de los reos (más de medio millón
de personas) está en la cárcel por delitos de drogas. En los Estados Unidos, la
brecha racial de los ingresos penitenciarios es evidente: en 2003, un hombre
afrodescendiente tenía 11,8 veces más probabilidades de entrar en prisión que un
hombre de raza blanca por delitos de drogas; en el caso de las mujeres, la
probabilidad era 4,8 veces mayor. En Inglaterra y Gales también se han
notificado desigualdades raciales en las actuaciones policiales y los procesos
judiciales por delitos de drogas.

En América Latina, el porcentaje de personas en prisión por delitos de drogas es


aún mayor, según demuestra el informe del TNI y WOLA sobre drogas y cárceles
en este continente. Usuarios y autores de delitos menores se hacinan en las
cárceles superpobladas, con resultados devastadores.

En lo que respecta a Europa y Asia Central, una de cada cuatro mujeres


encarceladasestá en prisión por delitos de drogas no violentos.

En el Sudeste Asiático y China, cientos de miles de personas son detenidas


durante meses —y en ocasiones años— en centros de detención obligatoria de
usuarios de drogas para ser ‘tratadas’. Muchos de estos centros carecen de
servicios de atención médica. El ‘tratamiento’ que se ofrece incluye, entre otras
cosas, trabajos forzados y violencia física y sexual. Las personas detenidas no
disponen de acceso a un debido proceso judicial o revisión administrativa.

Otra trágica consecuencia del régimen de fiscalización internacional de drogas


actual es la escasa accesibilidad a medicamentos esenciales, como la morfina y la
metadona, en todo el mundo.
Muchas leyes nacionales siguen imponiendo penas de prisión
desproporcionadamente largas por delitos menores de drogas y 33 países aún
aplican la pena de muerte por los delitos relacionados con drogas. Esto se traduce
en un sistema de justicia penal donde a veces los delitos menores de drogas se
castigan con penas más duras que las violaciones, los secuestros o los
asesinatos. Las largas penas de prisión impuestas a los autores de delitos de
drogas generan hacinamiento en las cárceles de muchos países, incapacita el
sistema de justicia penal y sitúa a los presos en mayor situación de riesgo de
contagiarse por el VIH, la hepatitis C, la tuberculosis y otras enfermedades.
Aunque muchas personas encarceladas por delitos de drogas son consumidoras,
los servicios de reducción de daños (como el intercambio de agujas), la terapia de
sustitución de opioides y otras intervenciones no suelen ofrecerse en entornos
penitenciarios.

Para una visión más general de las violaciones de los derechos humanos en
nombre de la fiscalización de drogas, consulte la sección 8.

En el contexto de las leyes y las condenas de drogas, las convenciones de control


de drogas, por lo general, exigen a las Partes que tipifiquen como delitos en su
derecho interno una amplia gama de actividades relacionadas con las drogas. No
obstante, también permiten a las Partes responder de forma proporcional, incluso
mediante alternativas a la condena o el castigo en los casos de delitos de carácter
menor.

Los delitos graves, como el tráfico ilícito de drogas, se deben tratar con mayor
severidad y contundencia que otros delitos como la posesión de drogas para uso
personal. En este sentido, es evidente que el empleo de medidas no privativas de
la libertad y de programas de tratamiento en los casos de delitos que entrañan la
tenencia para el consumo personal de drogas ofrecen una respuesta más
proporcionada y una administración más efectiva de la justicia.

4. ¿Qué se hace para integrar los derechos humanos en el


régimen de control internacional de drogas?

La prohibición de las drogas sitúa a los mercados de este lucrativo negocio en


manos de organizaciones delictivas y genera enormes fondos ilegales que
alimentan los conflictos armados en todo el mundo. Durante años, el aparato de la
ONU prestó poca atención a la controversia creada por el sistema de fiscalización
internacional de drogas. Aunque el preámbulo de la Convención Única de 1961
dispone que el objetivo principal del régimen de fiscalización consiste en proteger
la salud y el bienestar de la humanidad, las iniciativas internacionales para
controlar el uso y la producción de sustancias suelen dar lugar a consecuencias
más perjudiciales que las propias drogas.
Por lo general, los aspectos sociales y de salud del problema de las drogas han
recibido poca atención. En 1987, la Conferencia Internacional sobre el Uso
Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas instó a que se adoptara un ‘enfoque
equilibrado’, y que se otorgara a la reducción de la demanda de drogas ilícitas la
misma importancia que a la reducción de la oferta y el tráfico. El desequilibrio, sin
embargo, no desapareció.

En la UNGASS sobre drogas de 1998, la comunidad internacional acordó los


principios rectores de la reducción de la demanda de drogas. Y con estos
principios, la atención se desvió ligeramente hacia el tratamiento y la reducción de
daños, en parte debido a la presión de la epidemia del VIH/SIDA entre las
personas usuarias de drogas.

No fue hasta 2008 que la Comisión de Estupefacientes la ONU (CND), creada en


1946, adoptó una resolución sobre derechos humanos. Hasta ese momento, todos
los términos propuestos con respecto a los derechos humanos se habían topado
con resistencias y vetos directos. En la resolución se instaba a que el sistema de
control de drogas de la ONU trabajara más estrechamente con el sistema de
derechos humanos de esta misma organización. La resolución solo se pudo
aprobar después de que se eliminaran del texto todas las alusiones a la pena de
muerte, la declaración sobre los derechos de los pueblos indígenas —que se
acababa de adoptar— y a los mecanismos específicos de derechos humanos de
la ONU. Sin embargo, desde que se adoptó esta resolución, las salvaguardias de
derechos humanos han empezado a aparecer con mayor frecuencia en las
resoluciones de la CND.

Cada año, la Asamblea General de la ONU adopta una resolución sobre la lucha
contra ‘el problema mundial de las drogas’. Durante años, esta ha comenzado con
un párrafo que reafirma la necesidad de emprender esta tarea de plena
conformidad con la Carta de las Naciones Unidas y garantizando el pleno respeto
de los derechos humanos. La Declaración política de 2009 en materia de drogas,
acordada en la CND, refleja también esta obligación. Lamentablemente, el texto
principal de la Declaración no tuvo en cuenta este importante punto de partida.

En marzo de 2015, el Consejo de Derechos Humanos aprobó una resolución en


que solicitaba al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos que “prepare un estudio, en consulta con los Estados, los organismos
de las Naciones Unidas y otras partes interesadas, que se presentará al Consejo
de Derechos Humanos en su 30º período de sesiones, sobre las repercusiones del
problema mundial de las drogas en el ejercicio de los derechos humanos, y
recomendaciones sobre el respeto y la protección y promoción de los derechos
humanos en el contexto del problema mundial de las drogas, con especial
atención a las necesidades de las personas afectadas y las personas en situación
de vulnerabilidad”. La Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos
invitó a las organizaciones no gubernamentales a proporcionar información para
este estudio. La aportación del TNI se puede leer aquí.
El estudio final se presentó en la mesa redonda sobre las repercusiones del
problema mundial de las drogas en el ejercicio de los derechos humanos que se
organizó en el 30º período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos, en
septiembre de 2015.

El informe señalaba una serie de repercusiones sobre varios derechos humanos,


como el derecho a la salud, derechos relacionados con la justicia penal (incluido el
derecho a la vida), la prohibición de la discriminación, los derechos del niño y los
derechos de los pueblos indígenas (para un resumen del informe, véase el cuadro
del apartado 6).

En marzo de 2018 se solicitó otro estudio, que elaborará el Alto Comisionado de


las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, en consulta con los Estados, la
Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) y otros
organismos de la ONU, la sociedad civil y otras partes interesadas. El informe
tratará sobre la puesta en práctica del documento final de la Sesión Especial de la
Asamblea General de la ONU (UNGASS) sobre las drogas (véase más abajo) con
respecto a los derechos humanos. Este informe se presentará a la Oficina del Alto
Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH) en septiembre de 2018 y
también pretende actuar como una aportación de la ACNUDH a los preparativos
para el examen de la Declaración Política y el Plan de Acción vigentes de la
Comisión de Estupefacientes, que tendrá lugar en 2019. Por lo tanto, el informe
podría desempeñar un papel destacado en la configuración del régimen de
fiscalización internacional de drogas en los años posteriores a 2019.

Además, una coalición de organismos de la ONU, como el Programa de las


Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Centro Internacional de Derechos
Humanos y Políticas de Drogas (HRDP), la UNODC y la ACNUDH, apoyan un
proceso para preparar unas directrices sobre derechos humanos y fiscalización de
estupefacientes. Siguiendo las recomendaciones que formuló en 2012 la Comisión
Mundial sobre el VIH y la Legislación, las directrices persiguen fomentar una
reforma de las leyes y las políticas de drogas centrada en los derechos humanos.
Las directrices, que seguramente se basen en el tipo de orientaciones en materia
de derechos humanos ya desarrolladas con respecto a diversos temas —como el
terrorismo, el VIH/SIDA y las empresas— podrían ayudar a salvar la brecha entre
el discurso y la práctica en lo que atañe a los derechos humanos y el control de
drogas.

En junio de 2017, el PNUD y el HRDP convocaron en Bogotá, Colombia, la


primera consulta mundial sobre la elaboración de unas directrices internacionales
relativas a los derechos humanos y el control de drogas. El debate se centró en
las consecuencias para la salud y los derechos humanos de la despenalización y
las alternativas a la erradicación forzada y el encarcelamiento excesivo. Las
consultas se efectuarán durante 2018.
UNGASS de 2016

La Asamblea General de la ONU convocó una Sesión Especial sobre el problema


mundial de las drogas del 19 al 21 de abril de 2016, en la sede de la ONU en
Nueva York, a raíz de una declaración conjunta emitida en 2012 por los Gobiernos
de Colombia, Guatemala y México que instaba a la Organización a “conducir una
profunda reflexión que analice todas las opciones disponibles, incluyendo medidas
regulatorias o de mercado, a fin de establecer un nuevo paradigma que impida el
flujo de recursos hacia las organizaciones del crimen organizado”. La Sesión fue la
tercera en la historia de la Asamblea General centrada de forma específica en el
problema mundial de las drogas; la anterior tuvo lugar en 1998.

En este contexto, muchos participantes esperaban un replanteamiento profundo


del enfoque de ‘guerra contra las drogas’ y de las estrategias dominantes en el
ámbito de la política internacional de drogas hasta la fecha. Aunque los debates
abiertos y sinceros que se mantuvieron durante el encuentro pusieron de
manifiesto una creciente oposición al paradigma preponderante, los resultados (en
especial tal como se reflejan en el documento final de la UNGASS) resultaron ser
mucho menos radicales de lo que se esperaba.

El documento final, que se había negociado previamente y que reafirmaba el


objetivo ingenuo de lograr “una sociedad libre del uso indebido de drogas”, se
adoptó sin someterse a votación al principio del encuentro. El documento no
reconoció los crecientes llamamientos a favor de abolir la pena de muerte en los
casos de delitos relacionados con drogas y no mencionó de manera explícita la
reducción de daños ni la legitimidad de la despenalización en el marco de los
tratados internacionales. No obstante, el documento sí ayudó a sentar las bases
para avanzar en algunas cuestiones clave: adoptó un nuevo enfoque basado en
siete ejes, como una serie de “recomendaciones operacionales sobre cuestiones
intersectoriales: las drogas y los derechos humanos, los jóvenes, los niños, las
mujeres y las comunidades”, acogió con satisfacción los Objetivos de Desarrollo
Sostenible, aludió por primera vez al concepto de la proporcionalidad de las
penas, otorgó una atención notable al problema del acceso a medicamentos
fiscalizados, mencionó algunas intervenciones concretas de reducción de daños y
abogó por “medidas sustitutivas o complementarias en lo que respecta a la
condena o la pena”.

El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al


Hussein, expresó en su declaración “un entusiasmo contenido” y, sobre todo, una
“intensa frustración” por los resultados de la UNGASS. Uno de los ejemplos que
mencionó fue que la redacción sobre los derechos indígenas en el documento final
era “ambigua” y que “habría sido mejor si se indicara claramente que a los pueblos
indígenas se les debe permitir el uso de drogas en sus prácticas tradicionales o
religiosas cuando existen precedentes históricos de ello”.
La cuestión no se pudo abordar de forma abierta porque la Convención Única
obliga explícitamente a las Partes a abolir esas prácticas, y el acuerdo político
exigía que la UNGASS reafirmara “de manera inequívoca” el apoyo a los tratados.
Un mes antes, el Alto Comisionado se había dirigido al Consejo de Derechos
Humanos en Ginebra comentando que estaba “preocupado por una práctica
extendida de lo que podría denominarse ‘maquillaje de los derechos humanos’”.
Aludiendo a “las leyes y los principios vinculantes de derechos humanos”, subrayó
que esas obligaciones “no deben ser un ejercicio de ‘marcar la casilla’”. El
documento final de la UNGASS es, de hecho, un buen ejemplo de ello, a pesar de
que podría afirmarse que incluye las disposiciones más ambiciosas sobre
derechos humanos que jamás se hayan adoptado en una resolución de la ONU en
materia de control de drogas. Aún así, carecen de recomendaciones específicas
para medidas prácticas con respecto a la despenalización, la abolición de la pena
de muerte, la reducción de daños y el respeto de los derechos indígenas, según lo
dispuesto por los órganos pertinentes de derechos humanos. Después de que se
aprobara el documento, durante la sesión de apertura de la UNGASS, muchos
países emitieron declaraciones formales en las que expresaron su decepción
sobre estos temas.

Para un informe completo sobre la UNGASS 2016, véase UNGASS 2016: ¿Un
consenso roto o a-m-p-l-i-o? y La Sesión Especial de la Asamblea General de las
Naciones Unidas (UNGASS) sobre el problema mundial de las drogas: informe el
evento.

5. ¿Qué está haciendo la Oficina de las Naciones Unidas


contra la Droga y el Delito para promover los derechos
humanos en la esfera del control de drogas?

En 2008, el entonces director ejecutivo de la Oficina de las Naciones Unidas


contra la Drogas y el Delito (UNODC) publicó un informe, titulado
“Perfeccionamiento de la fiscalización de drogas para adecuarla a la finalidad para
la que fue creada: Aprovechando la experiencia de diez años de acción común
para contrarrestar el problema mundial de las drogas” como contribución a los
debates en torno a la declaración, la estrategia y los planes de acción que se iban
a aprobar en la sesión de alto nivel de la CND en 2009. En este documento, el
director ejecutivo reconocía ‘las consecuencias no deseadas’ del sistema de
fiscalización internacional de estupefacientes, entre las que estaría el fenómeno
conocido como ‘desplazamiento de las políticas’ (un especial acento en la
aplicación de la ley y menos atención a la salud pública) y la marginación de las
personas usuarias de drogas.

El informe recuerda que “la Carta de las Naciones Unidas tiene prioridad sobre
todos los demás instrumentos” y aboga por que en la década siguiente se apueste
por un triple compromiso: “la reafirmación de los principios básicos (el
multilateralismo y la protección de la salud pública); la mejora del funcionamiento
del sistema de fiscalización (logrando los objetivos establecidos en el vigésimo
período extraordinario de sesiones de la Asamblea General y aplicando
simultáneamente medidas para garantizar el cumplimiento de la ley, la prevención,
el tratamiento y la reducción del daño); y la mitigación de las consecuencias no
deseadas”.

La resolución de derechos humanos adoptada en 2008 proporcionó a la UNODC


un mandato claro para examinar y evaluar adecuadamente sus responsabilidades
en materia de derechos humanos. En 2010, se elaboró para la CND un informe
sobre la labor de la UNODC y los derechos humanos y, en 2012, la UNODC
publicó una nota de orientación dirigida a su propio personal sobre las
implicaciones de su trabajo con respecto a los derechos humanos. En esta nota, la
UNODC admite que “existe el riesgo, menor pero siempre presente, de que las
actividades de la UNODC tengan un impacto negativo sobre los derechos
humanos”, y apunta a estrategias para hacer frente a ese riesgo.

Hasta la fecha, se han tomado pocas medidas concretas para poner en práctica
esas estrategias. Esto requiere una atención urgente, puesto que se ha
documentado que los programas de la UNODC han ayudado a capturar a
sospechosos de tráfico de drogas que, más tarde, han sido extraditados a Estados
donde sigue vigente la pena de muerte y, en algunos casos, ejecutados. Por esta
razón, Dinamarca y algunos otros Gobiernos han retirado su apoyo como
donantes al componente de control de drogas del programa de la UNODC en Irán.

El Informe Mundial sobre las Drogas 2016, publicado por la UNODC, respondió a
la UNGASS 2016 y puso un especial énfasis en la importancia de situar la política
internacional de drogas en sintonía con los Objetivos de Desarrollo Sostenible
(ODS) y las iniciativas de desarrollo global más generales. El informe destacó la
relación entre el problema mundial de las drogas y los ODS en lo que respecta a la
reducción de las desigualdades, la garantía de la salud, la consecución de la
igualdad de género, el fin de la pobreza, la protección de la naturaleza y la
biodiversidad, el fomento de sociedades pacíficas y justas, y el establecimiento de
alianzas internacionales. El informe subrayó que, para que las políticas de drogas
apoyen el cumplimiento de los ODS, y no lo obstaculicen, deben estar en plena
consonancia con los derechos humanos internacionales, basarse en pruebas
empíricas e incorporar una perspectiva de género, poniendo un especial acento en
el derecho a la salud de las personas presas. Sin embargo, al mismo tiempo, el
informe no dejó de hacer hincapié en el papel de los mecanismos de justicia.
La guerra contra las drogas en Tailandia

En 2003, el populista primer ministro de Tailandia, Thaksin Shinawatra, puso en


marcha una agresiva ‘guerra contra las drogas’ con el objetivo de erradicar el uso,
el comercio y la producción de drogas en un período de tres meses. La campaña
se tradujo en la inclusión arbitraria de sospechosos de narcotráfico en ‘listas
negras’ o ‘listas de vigilancia’ que había preparado el Gobierno con información
muy poco precisa, la intimidación de defensores de derechos humanos, violencia,
detenciones arbitrarias y otras violaciones de derechos por parte de la policía
tailandesa, tratamientos forzados u obligatorios para usuarios de drogas y
decenas de asesinatos extrajudiciales. El Gobierno culpó de la mayor parte de los
asesinatos a pandillas relacionadas con el tráfico de drogas, pero organizaciones
de derechos humanos los atribuyeron “al respaldo de una política de extrema
violencia por parte de autoridades gubernamentales al más alto nivel”.

Después de que Thaksin fuera derrocado por un golpe de Estado en septiembre


de 2006, un comité independiente especial, formado por el Gobierno militar
provisional, investigó las muertes ilegales y encontró que, entre febrero y abril de
2003, 2819 personas habían sido asesinadas. Muchas de ellas aparecían en las
listas negras de la policía o las autoridades locales como sospechosas de
narcotráfico. De esas muertes, 1370 estaban relacionadas con el tráfico de
drogas, mientras que 878 estaban vinculadas con otras causas. Otras 571
personas habían sido asesinadas sin razón aparente. Se sospechaba que en
muchos de los ataques habían participado agentes de la policía, especialmente
porque muchas personas habían muerto poco después de ser trasladadas a
dependencias policiales para ser interrogadas. A pesar de las muchas promesas
de que se llevaría a los responsables de los asesinatos ante la justicia, hasta la
fecha no se ha condenado a ningún alto mando policial o militar implicado en las
atrocidades. Algunos agentes de menor rango han sido declarados culpables y
tres policías fueron condenados a muerte en julio de 2012 por asesinar a un
adolescente durante la campaña antidrogas.

Aunque las encuestas de opinión durante la guerra contra las drogas mostraban el
apoyo de la población a las tácticas violentas del Gobierno, estas no consiguieron
frenar el comercio, la producción ni el uso ilícitos en Tailandia. Simplemente, lo
hicieron más peligroso. La mayoría de los usuarios de drogas siguieron
consumiendo heroína o metanfetamina, aunque a un coste mayor y con menor
frecuencia. Los expertos en tratamiento también observaron que muchas de las
personas que iniciaron un tratamiento de drogas a principios de 2003 no eran
usuarios, sino que temían por sus vidas por ser sospechosos de consumirlas.
La guerra contra las drogas en Filipinas

A pesar del evidente fracaso que ha supuesto la represión violenta de los usuarios
de drogas en Tailandia, otros países siguen aplicando estrategias parecidas.
Desde que Rodrigo Duterte asumió la presidencia de Filipinas, en junio de 2016, el
país ha estado librando una sangrienta ‘guerra contra las drogas’, también
conocida como Oplan Tokhang (Operación Tokhang). Según algunas fuentes,
hasta septiembre de 2017 se había asesinado a más de 12 000 personas,
mientras que otras sostenían que las cifras podrían alcanzar las 20 000 personas.

Las víctimas eran presuntos usuarios o traficantes de drogas, así como


transeúntes, entre los cuales niños. Se calcula que unos 4000 asesinatos se han
producido durante operaciones efectuadas directamente por la policía. El resto de
los asesinatos han sido perpetrados por ‘atacantes desconocidos’. Observadores
de los derechos humanos y otras voces críticas creen que las personas implicadas
en estos asesinatos están actuando con sanción oficial. El Gobierno ha negado
estas acusaciones y la policía sostiene que está investigando todos los
asesinatos. Sin embargo, ciertos observadores han señalado que muchos de los
asesinatos tienen un gran parecido con los métodos utilizados por los
‘escuadrones de la muerte’ que actuaban en la ciudad de Davao cuando Duterte
era alcalde de esa ciudad, según lo concluido por report un informe de 2009 de
Human Rights Watch
.

Un informe de Human Rights Watch publicado en marzo de 2017 investigó 32


muertes que tuvieron lugar entre octubre de 2016 y enero de 2017, y encontró que
los testimonios de los testigos contradecían a menudo la versión de la policía, que
alegaba haber actuado en defensa propia, y que los agentes policiales introducían
pruebas falsas de manera sistemática. Según el informe, “las investigaciones de
Human Rights Watch sobre casos específicos hallaron que la policía era
responsable de ejecuciones extrajudiciales: el asesinato deliberado por parte de
las fuerzas de seguridad del Estado o de sus agentes de una persona bajo
custodia”. En octubre de 2017, en respuesta a las protestas por los asesinatos, el
presidente Duterte retiró temporalmente a la Policía Nacional de Filipinas (PNP) de
las operaciones antidrogas, tras lo cual se redujeron, aunque no se terminaron, las
muertes. En diciembre de 2017, la PNP volvió a asumir sus antiguas
responsabilidades y la violencia ha experimentado un nuevo repunte.

Algunos sectores del Gobierno nacional están presionando para que la legislación
permita endurecer aún más la ‘guerra contra las drogas’, entre otras
cosas volviendo a instaurar la pena de muerte en Filipinas (en especial por delitos
relacionados con drogas) y rebajando la edad de responsabilidad penal, de los 15
a los 9 años.

En marzo de 2018, Filipinas anunció su intención de retirarse de la Corte Penal


Internacional, después de que la Corte informara de que iniciaría un examen
preliminar de una demanda que acusaba a Duterte y a otros altos cargos
de abusos contra los derechos humanos. Un examen preliminar constituye un
primer paso, tras el que se determina si hay motivos para que la Corte siga
investigando.

La retirada entra en vigor un año después de que se notifique formalmente el


abandono del Estatuto de Roma —cosa que Filipinas hizo el 17 de marzo de
2018— y no tiene ningún efecto sobre los procedimientos que ya estén en curso.
La Corte sigue siendo competente sobre aquellos delitos cometidos mientras el
Estado era parte del Estatuto de Roma.
Aunque aún no está claro el alcance de la participación oficial del Gobierno en los
asesinatos extrajudiciales, Duterte ha alentado estos asesinatos con una retórica
incendiaria, al referirse a los usuarios de drogas con frases como: “Adelante,
mátalos tú mismo, ya que sería demasiado doloroso que lo hicieran sus padres” y
“No dudes en llamarnos, a la policía, o hazlo tú mismo si tienes una pistola; tienes
mi apoyo”. También ha ofrecido recompensas de hasta cinco millones de pesos
por la entrega de narcotraficantes, “vivos o muertos”. En los discursos de
campaña, dijo: “A todos los que os drogáis, hijos de perra, os mataré de verdad”, y
en varias ocasiones ha afirmado que, cuando era alcalde de Davao, mató a varios
sospechosos. Además, Duterte ha descrito públicamente a los usuarios de
metanfetamina, conocida con el nombre de shabu, como menos que humanos:
“Hay que recordar que aquellos que ya llevan casi un año consumiendo shabu,
están muertos. Son unos muertos vivientes. Ya no sirven de nada a la sociedad”.
Por último, Duterte también sugirió que el uso de la violencia puede extenderse a
quienes defienden los derechos de las personas que usan drogas, al explicar a la
policía, durante un discurso pronunciado en agosto de 2017, que “si son un
obstáculo para la justicia, los matas a tiros”.

La retórica de la guerra contra las drogas en Filipinas ha estado marcada por la


negativa a distinguir entre la adicción a las drogas y el uso de drogas; la
administración ha mostrado una confusión entre los meros usuarios y los usuarios
problemáticos, y ha citado cifras infladas. Por ejemplo, el presidente Duterte ha
señalado que el número de personas con adicción a las drogas en Filipinas
asciende a los 3 millones, o incluso, en algunos discursos, a los 3,7 millones. Esto
representaría más del 3 % de la población total del país. Estos datos contradicen
los proporcionados por la Oficina de la Junta de Drogas Peligrosas del Presidente
(DDB) en 2015, según informaciones de Reuters. El estudio de la DDB señalaba
que en Filipinas había 1,8 millones de usuarios de drogas, un tercio de los cuales
habían consumido una sola vez en los 13 meses anteriores, y solo 860 000 de los
cuales afirmaron usar shabu.

La oleada de violencia en Filipinas ilustra la vulnerabilidad de los usuarios de


drogas ante los abusos de los derechos humanos y demuestra la importancia de
que, a escala internacional, se reconozca que, como reiteró el Alto Comisionado
de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Sr. Zeid Ra’ad Al Hussein,
“las personas no pierden sus derechos humanos por que consuman drogas”.

6. ¿Qué dicen los órganos de vigilancia de los derechos


humanos sobre las violaciones de derechos humanos
cometidas en nombre del control de drogas?

Hablando en un evento paralelo en el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra,


el 16 de junio de 2014, la entonces Alta Comisionada de la ONU para los
Derechos Humanos, Navi Pillay, instó a los Estados a que reconsideraran el
control de las drogas desde una perspectiva de derechos humanos. Esta
perspectiva ha sido retomada por varios comentaristas y expertos internacionales
en materia de derechos humanos y control de drogas.

En septiembre de 2015, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas


para los Derechos Humanos presentó un estudio sobre las repercusiones del
problema mundial de las drogas en el ejercicio de los derechos humanos en una
mesa redonda sobre este tema que tuvo lugar en el 30º período de sesiones del
Consejo de Derechos Humanos. El estudio abordaba las diversas inquietudes en
función de cinco categorías:

1. el derecho a la salud;
2. los derechos relacionados con la justicia penal;
3. la prohibición de la discriminación;
4. los derechos del niño; y
5. los derechos de los pueblos indígenas.

Los ponentes de la mesa redonda también plantearon otras cuestiones


importantes, como la estigmatización y la exclusión social de los usuarios de
drogas, la aplicación de la pena de muerte por delitos de drogas, las
repercusiones negativas de la penalización del uso de drogas, los derechos de los
productores de cultivos ilícitos (en su mayoría pobres), los obstáculos con que se
topan los usuarios de drogas para acceder a los servicios adecuados de atención
y salud, la falta de acceso a drogas con fines médicos y para el alivio del dolor, y
“la necesidad de luchar contra las drogas mediante un enfoque integral y basado
en los derechos humanos que proteja los derechos de las víctimas y los usuarios
de drogas a la salud, la no discriminación y el acceso a la justicia”. Véase el
informe completo de la mesa redonda aquí.

Al intervenir ante la Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones


Unidas (UNGASS) sobre el problema mundial de las drogas de 2016, el Sr. Zeid
Ra’ad Al Hussein, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos, expresó su preocupación por el hecho de que el documento final de la
Sesión omitiera algunas cuestiones clave, señalando que el documento le
producía “una mezcla entre una intensa frustración y un entusiasmo contenido”. Al
Hussein reconoció la importancia de que el documento introdujera nuevas
referencias a los derechos humanos y proclamara el compromiso con un enfoque
basado en los derechos humanos, así como varias referencias a la atención de la
salud y el tratamiento. Sin embargo, también lamentó que se hubiera perdido la
oportunidad de plasmar en el texto un compromiso con el pleno respeto de los
derechos humanos de las personas que consumen drogas, en especial mediante
la despenalización del uso personal: “Cuando se despenalizan las drogas y se
ofrecen servicios de atención de la salud – entre los cuales la reducción de daños–
, como sucede en varios Estados miembros, las personas dependientes de drogas
son menos propensas a recurrir a una conducta delictiva para conseguir fondos
con los que costear su dependencia. Pueden recibir una terapia de sustitución de
opioides, en la que se aplicarían sustancias fiscalizadas bajo supervisión médica.
Por lo tanto, nos hubiera gustado ver una referencia clara al derecho a la salud, tal
como lo dispone el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y
Culturales”.

En marzo de 2018, al cierre de su 37º período de sesiones, el Consejo de


Derechos Humanos de la ONU votó a favor de adoptar una resolución en que se
reafirma la necesidad de respetar, proteger y promover los derechos humanos de
todas las personas en el contexto de la elaboración y la implementación de las
políticas relacionadas con las drogas. En la resolución se solicita a la Oficina del
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos que
prepare un informe sobre la aplicación del documento final de la Sesión Especial
de la Asamblea General de la ONU (UNGASS) con respecto a los derechos
humanos, y que lo presente al Consejo de Derechos Humanos en su 39º período
de sesiones, en septiembre de 2018. El informe también se compartirá con la CND
con miras a la próxima serie de sesiones de alto nivel que tendrá lugar en abril de
2019, en que se sentarán las bases para los próximos años de la política
internacional de drogas.
Informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos
Humanos: Estudio sobre las repercusiones del problema mundial de las
drogas en el ejercicio de los derechos humanos

n lo que respecta al derecho a la salud, el Informe 2016 del Alto Comisionado


considera que la aplicación de un enfoque de reducción de daños es “esencial
para las personas que consumen drogas” y presenta información sobre enfoques
como la terapia de sustitución de opioides, las salas habilitadas para el consumo
de drogas, los programas de distribución de agujas y jeringuillas, y otras
intervenciones, citando estudios que demuestran una relación directa entre la
aplicación sistemática de los enfoques de reducción de daños y unas tasas más
bajas de incidencia del VIH entre las personas que se inyectan drogas.

La penalización de prácticas para la reducción de daños como el intercambio de


información sobre el consumo seguro, y la posesión de agujas, jeringuillas y otros
accesorios para el consumo de drogas, contraviene el derecho a la salud y
las Directrices Internacionales sobre el VIH/SIDA y los Derechos Humanos.

El derecho a la salud en el contexto de las cárceles se señaló como un problema


clave, ya que el acceso a los servicios de prevención, tratamiento y reducción de
los daños en el ámbito de la privación de la libertad se suele ver gravemente
afectado. Se citó al Relator Especial sobre el derecho a la salud por haber
señalado muchas maneras en que la penalización del uso y la posesión de drogas
impide que se alcance el derecho a la salud –al disuadir a los usuarios de drogas
de solicitar atención de la salud y promover prácticas de mayor riesgo– y por
haber instado a que se despenalice el uso de drogas.
El informe también detectó que la falta de acceso a los medicamentos esenciales
es un problema fundamental relacionado con el derecho a la salud: la falta de
acceso a medicamentos fiscalizados suele ser la causa de reglamentos y prácticas
de control de drogas innecesariamente restrictivas.

También identificó una serie de cuestiones en materia de derechos relacionados


con la justicia penal: las personas que usan drogas están expuestas a la detención
arbitraria y, mientras están detenidas, pueden ver cómo se les niega el acceso a
terapia de sustitución de opioides (una práctica que se considera tortura). Aún hay
33 países que imponen la pena de muerte por delitos relacionados con drogas, a
pesar de que el Consejo de Derechos Humanos haya dictaminado que este tipo
de delitos no reúnen las características de los “más graves delitos”. El informe
también destacó la impunidad de las ejecuciones extrajudiciales como motivo de
preocupación en las operaciones destinadas al comercio de drogas. Por último,
planteó una serie de preocupaciones en torno al derecho a un juicio imparcial y a
diversas violaciones de los derechos humanos relacionadas con los centros de
internamiento obligatorio para personas dependientes de drogas, que han sido
condenados en una declaración conjunta de 12 entidades de las Naciones Unidas.

El informe también repasó algunas inquietudes sobre la prohibición de la


discriminación, ya que, después de una condena relacionada con drogas, las
personas son susceptibles de sufrir discriminación. Las minorías étnicas pueden
verse afectadas de forma desproporcionada por las autoridades encargadas de
aplicar las leyes de drogas, y las mujeres que poseen o usan drogas son
especialmente vulnerables a ciertas formas de discriminación.

Otros de los problemas detectados fueron los relacionados con los derechos del
niño y, en particular, con la detención de niños por delitos de drogas y la falta de
acceso a servicios de reducción de daños. Los derechos de los pueblos indígenas
también se ven afectados por las restricciones impuestas a los cultivos que se
emplean para usos tradicionales y religiosos, como el cannabis, la adormidera, la
coca y el peyote.

En conclusión, el informe exhorta a la plena protección de los derechos humanos


de todas las personas que consumen drogas y alienta a todos los Estados a
adoptar medidas para promoverla.

7. ¿Qué papel desempeña la Junta Internacional de


Fiscalización de Estupefacientes (JIFE)?

La Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE) es el órgano


cuasi judicial establecido de conformidad con la Convención Única de
Estupefacientes de 1961 para supervisar la aplicación de las convenciones de
drogas de la ONU. Se trata del mismo modelo de comité independiente adoptado
para los tratados de derechos humanos, a pesar de que ciertas funciones varían
por la propia naturaleza de los tratados. La JIFE puede presentar
recomendaciones para asegurar la disponibilidad adecuada de estupefacientes y
sustancias sicotrópicas con fines médicos y científicos, así como solicitar medidas
para contener el mercado ilícito.

En el transcurso de los años, la JIFE se ha distinguido por criticar los enfoques


normativos alternativos que persiguen reducir los daños del mercado de las
drogas, sin censurar las medidas que dan lugar a abusos de los derechos
humanos. El TNI y otras ONG han llamado la atención sobre esta situación, y han
recomendado que la JIFE empiece a desempeñar su labor en línea con otros
organismos de la ONU, es decir, con pleno respeto de los derechos humanos.

Cada año, la JIFE publica un informe sobre la aplicación del sistema de control de
drogas de la ONU, basado en los datos recogidos durante las misiones de la JIFE
y en la información proporcionada por los Estados miembros. En 2007, la
Junta señalóque la falta de respeto de los derechos humanos socava la aplicación
de los tratados de drogas. Parecería, por lo tanto, que el enfoque de derechos
humanos representa una necesidad práctica para que la JIFE pueda cumplir con
su mandato. Pero hasta la fecha, el informe anual de la JIFE no ha expresado
ninguna preocupación por los abusos de los derechos humanos derivados del
control de drogas. De hecho, a diferencia de muchas otras agencias de la ONU, la
JIFE parece apoyar los ‘centros de internamiento obligatorio’ como servicios de
tratamiento y está adoptando una postura contraria a la reducción de daños. En
una ocasión en que se le preguntó directamente, el presidente de la JIFE
incluso se negó a condenar la tortura. Los miembros de la Junta y sus informes
anuales también han mantenido una posición ambigua con respecto a la
imposición de la pena capital por delitos de drogas, incluso en momentos en que
los Estados miembros han puesto en tela de juicio la postura de la JIFE en este
ámbito. No fue hasta marzo de 2014 cuando la JIFE decidió empezar a animar a
sus Estados miembros que se planteen abolir la pena de muerte por los delitos
relacionados con drogas (véase este comunicado de prensa); pero este
llamamiento ni siquiera se integró en el informe anual de 2013. La recomendación
se mencionó por primera vez en el informe anual de 2015.

Por lo demás, en el informe de 2015 se reafirma la idea de que “estos problemas


pueden superarse cumpliendo plenamente los tratados y los principios de las
declaraciones políticas”. Y pese a expresar su interés por que la UNGASS de
2016 brinde la oportunidad de debatir la aplicación de las convenciones existentes,
previene contra la posibilidad de que se replanteen las convenciones en sí. El
capítulo dedicado a la salud y el bienestar de la humanidad solo incluye dos
párrafos que tratan de forma directa cuestiones relacionadas con los derechos
humanos. Aunque este apartado menciona la recomendación que había emitido
anteriormente la JIFE para que los países “consideren la posibilidad de abolir la
pena capital para castigar esa categoría de delitos [los relacionados con drogas],
la mayor parte del apartado se centra en los efectos perjudiciales que tienen el
abuso de drogas y la corrupción sobre los derechos humanos, haciendo hincapié
en la importancia de un control adecuado para la protección de esos derechos.
Las 16 recomendaciones dirigidas a los Gobiernos y a la ONU en el apartado final
del informe incluyen referencias a los programas de medios de subsistencia
alternativos para la reducción de la oferta, los “tratamientos apropiados desde el
punto de vista médico y basados en pruebas” para las personas afectadas por el
uso indebido de drogas, y la necesidad de mejorar el acceso a estupefacientes y
sustancias sicotrópicas con fines médicos. Las recomendaciones relativas a la
pena de muerte no se repiten aquí, y tampoco se menciona de forma explícita la
reducción de daños, la terapia de sustitución de opioides ni el cierre de los centros
de tratamiento obligatorio.

El informe anual de 2016 da muestras evidentes de que la JIFE está empezando a


interpretar las convenciones de drogas de la ONU desde una perspectiva basada
en la salud y los derechos humanos. El informe formula varias recomendaciones
claras sobre la proporcionalidad de las penas (entre ellas, la despenalización del
uso de drogas y la posesión para uso personal) y la abolición de la pena de
muerte por delitos relacionados con drogas.

Fumigación de cultivos de coca en Colombia


La erradicación forzosa y coordinada de cultivos ilícitos se intensificó en todo el
mundo a partir de 1998. En Colombia, la estrategia de reducción de la oferta
consistía en actividades de erradicación manual, fumigación aérea y desarrollo
alternativo. Colombia inició una intensa campaña de fumigaciones aéreas en
diciembre de 2000, en el marco del Plan Colombia, patrocinado por los Estados
Unidos. Según la Dirección de Antinarcóticos de la Policía Nacional de Colombia,
en las últimas dos décadas, se han asperjado con herbicidas más de 2,2 millones
de hectáreas de tierra. La fumigación aérea con herbicidas (con glifosato, en
concreto) de los cultivos de drogas han provocado consecuencias muy
perjudiciales y destructivas. El veneno ha dañado la salud de la población local, ha
contaminado las fuentes de agua potable y, además, no solo ha erradicado los
cultivos de coca, sino también otros cultivos de subsistencia legítimos.
Estas violaciones de derechos humanos socavaron la legitimidad del Estado y
fomentaron el apoyo del campesinado a la guerrilla; en última instancia, la guerra
contra las drogas se acabó entrelazando con los objetivos de contrainsurgencia.

El ciclo de fumigaciones aéreas exacerbó el ya importante fenómeno de


desplazamientos en el país, obligando a grupos indígenas a adentrarse más en la
selva y acelerando el ritmo de deforestación, ya que las parcelas de coca y
adormidera fumigadas se sustituían por otras mediante la práctica de la tala y
quema.

Según un cálculo reciente de la UNODC, la superficie de cultivo del arbusto de


coca en Colombia disminuyó un 62 % entre 2000 y 2010. Esta disminución se
atribuye a las diversas medidas de aplicación de la ley y de desarrollo alternativo.
Por otro lado, en ese mismo período, la producción de coca en Bolivia y Perú
aumentó considerablemente y la oferta mundial de cocaína se mantuvo estable.

En 2001, el TNI publicó un libro sobre las devastadoras consecuencias de la


fumigación aérea: Círculo vicioso, la guerra química y biológica a las drogas.

El Comité de la ONU sobre los Derechos del Niño, el Comité de Derechos


Económicos Sociales y Culturales, el Relator Especial de la ONU sobre el derecho
a la salud y el Relator Especial de la ONU sobre los derechos de los pueblos
indígenas han criticado esta práctica.

Finalmente el 10 de mayo de 2015, el presidente Santos de Colombia anunció que


iba a solicitar al Consejo Nacional de Drogas que suspendiera la fumigación de
cultivos ilícitos con glifosato después de que la Agencia Internacional para la
Investigación sobre el Cáncer (la entidad dedicada a la investigación sobre el
cáncer de la Organización Mundial de la Salud) publicara un informe que confirma
que el glifosato es cancerígeno para los seres humanos. En abril de 2016,
Colombia se retractó parcialmente de esta decisión y recuperó el uso del glifosato
para las fumigaciones manual, aunque mantuvo en vigor la prohibición sobre las
fumigaciones aéreas. En junio de 2018, tras varias declaraciones oficiales del
Gobierno estadounidense que aludían a un incremento del uso de cocaína dentro
de su territorio y lo vinculaban con la producción de coca en Colombia, el
presidente Juan Manuel Santos anunció que el país retomaría las fumigaciones
aéreas con glifosato.

Lamentablemente, el rociado con glifosato sigue siendo una práctica habitual en


otras partes del mundo, de la que suelen ser víctima los agricultores de
subsistencia.

El informe de la OMS sobre el glifosato.

8. ¿Qué violaciones de los derechos humanos tienen lugar en


nombre del control de drogas?

El derecho a la vida

Artículo 3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y artículo 6 del Pacto


Internacional de Derechos Civiles y Políticos

 Las duras acciones represivas contra los usuarios de drogas se traducen a


veces en asesinatos extrajudiciales, como fue el caso en 2003 en Tailandia,
cuando se declaró una guerra contra las drogas en la que murieron más de
2300 personas, y en Filipinas, país que lanzó una guerra contra las drogas
en 2016 que, según algunos datos, había causado 12 000 víctimas hasta
septiembre de 2017.

 En la actualidad, las convenciones de la ONU en materia de drogas no


incluyen ninguna disposición explícita que obligue a los Estados a solicitar
garantías sobre el trato dado a un prisionero que se esté trasladando a otro
país donde corra el riesgo de sufrir violaciones de derechos humanos o de
ser ejecutado.
 La pena capital por delitos relacionados con drogas se sigue imponiendo en
33 Estados miembros y representa más de 1000 muertes anuales
(A/HRC/30/65), aunque este tipo de infracciones no alcanza el umbra de los
“más graves delitos”.

El derecho a la salud

Constitución de la Organización Mundial de la Salud, artículo 12 del Pacto


Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y artículo 24 de la
Convención sobre los Derechos del Niño (y otras fuentes)

 Las personas que usan drogas tienen derecho a servicios de salud de


calidad y disponibles, accesibles, aceptables y suficientes.
 En varios países —por ejemplo, Tailandia, Turkmenistán, Rusia, Japón y
algunos países de América Latina—, las leyes penales que prohíben la
provisión y posesión de jeringuillas generan un clima de temor entre las
personas usuarias de drogas, alejándolas de los servicios de prevención del
VIH que pueden salvarles la vida y de otros servicios de salud. Esto, a su
vez, fomenta conductas de riesgo y, por lo tanto, facilita el contagio de
enfermedades de transmisión sanguínea como el VIH y la hepatitis C.
 El acceso a medicamentos esenciales es uno de los requisitos básicos
mínimos reconocidos en el derecho a la salud. Debido a las restricciones
legales y políticas que pesan sobre algunos medicamentos esenciales
como la morfina, decenas de millones de personas sufren un dolor
moderado a severo. El acceso a la metadona y la buprenorfina como
tratamiento de sustitución para los usuarios dependientes de opiáceos se
ve obstaculizado y, en algunos países, es incluso ilegal.
 En 2008, el Relator Especial de la ONU sobre el derecho a la salud, Paul
Hunt apuntó que “el derecho al más alto nivel posible de salud exige que
todos los Estados ofrezcan, como carácter prioritario, servicios nacionales
integrales de reducción de daños a las personas que consumen drogas”.
Estos servicios no se encuentran en muchas jurisdicciones.
 Según el Relator Especial de la ONU sobre el derecho a la salud, en varias
jurisdicciones se han emprendido procesos judiciales relacionados con el
uso de drogas ilícitas por parte de mujeres embarazadas. Según el Relator,
la penalización de este tipo de conductas durante el embarazo vulnera el
derecho a la salud de las mujeres embarazadas, al impedirles el acceso a
la asistencia sanitaria.
 Varios países del Sudeste Asiático utilizan ‘centros de detención y
rehabilitación obligatoria para usuarios de drogas’ como una forma de
tratamiento de la dependencia de sustancias. A menudo, estos centros
están dirigidos por funcionarios policiales que carecen de formación
médica.

Se afirma incluso que algunos centros utilizan tratamientos experimentales sin el


consentimiento de los pacientes (véase también el derecho a la dignidad inherente
al ser humano, en el artículo 10 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos).

El derecho a no ser sometido a torturas ni a otros tratos o penas crueles,


inhumanos o degradantes (Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos, Convención contra la Tortura y Convención sobre los Derechos del
Niño)

 En su informe, el anterior Relator Especial de la ONU sobre la tortura y


otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes, Manfred Nowak,
apunta a los desafíos que plantean a los sistemas de justicia penal las
políticas punitivas, tanto en términos de números absolutos como en lo que
respecta a las necesidades especiales de los usuarios de drogas en prisión.
Manfred Nowak y su sucesor en el cargo, Juan Méndez, han instado a que
se incrementen las intervenciones de reducción de daños en los centros de
detención.
 Muchos usuarios de drogas en cárceles y centros de tratamiento obligatorio
han denunciado haber sido sometidos a palizas, agresiones sexuales,
ayuno forzado y tratos humillantes.
 El síndrome de abstinencia también se ha utilizado para obtener dinero o
extraer información de las personas que usan drogas; las palizas policiales
de sospechosos para sonsacarles información son algo común.

El derecho a no ser sometido a trabajo forzoso

Artículo 8 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos

 Los centros de tratamiento obligatorio para usuarios de drogas utilizan a


veces el trabajo forzoso como elemento ‘terapéutico’, coaccionando a los
pacientes para que trabajen sin recibir una remuneración a cambio.

El derecho derecho al debido proceso y a un juicio justo

Artículo 9 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos


 Debido al gran número de detenciones relacionadas con las drogas, el
sistema judicial penal suele estar sobrecargado y, en ocasiones, las
personas sospechosas de cometer un delito permanecen en prisión
preventiva durante meses.
 Los usuarios de drogas que se encuentran en centros de tratamiento
obligatorio suelen verse arrestados y enviados a los centros de forma
automática, sin que se les haya garantizado un juicio justo. En varios países
del Sudeste Asiático, los usuarios de drogas, dependientes o no, son
enviados a estos centros obligatorios. Esto significa que el sistema no
diferencia entre aquellos usuarios que realmente necesitan tratamiento y
aquellos que no son problemáticos.
 En algunos países, se han establecido o se utilizan tribunales especiales
para juzgar a las personas sospechosas de tráfico de drogas, como el
Tribunal Revolucionario de Irán.

El derecho a no ser objeto de discriminación

Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de


Discriminación Racial de 1960, Convención sobre la eliminación de todas las
formas de discriminación contra la mujer de 1979 y Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos de 1966

 Debido al gran estigma social asociado con el consumo de drogas, los


usuarios de drogas son objeto de discriminación en su lugar de trabajo y en
sus comunidades.
 En algunos países, las leyes de control de drogas se aplican discriminando
a grupos étnicos minoritarios, pueblos indígenas y mujeres. En efecto, las
mujeres y las mujeres embarazadas que usan drogas sufren un estigma
especialmente marcado.

El derecho a un nivel de vida adecuado y a la realización progresiva de los


derechos económicos, sociales y culturales

Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966

 Las drogas ilícitas suelen ser producidas por agricultores de las


comunidades más pobres y vulnerables del mundo. Las campañas de
erradicación de cultivos pueden tener un efecto devastador sobre los
agricultores y sus familias, dejándolos sin medios de subsistencia
alternativos.
 Los programas de desarrollo alternativo que no están diseñados y
secuenciados de forma adecuada también pueden resultar devastadores
para estas comunidades.
Los derechos económicos, sociales y culturales de los pueblos indígenas

Artículo 14(2) de la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de


Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas de 1988, Convenio Nº 169 sobre
Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes de 1989 y Declaración
Universal sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas de 2007 (artículos 11, 12,
24, 26, 27 ), Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y artículo 5 de la
Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de
Discriminación Racial (y otras fuentes)

 A los pueblos indígenes se les impide producir y consumir sustancias


fiscalizadas que llevan siglos utilizando con fines tradicionales. Este sería el
caso, por ejemplo, de la hoja de coca en América Latina, el kratom en
Tailandia y Myanmar, y el opio en todo el Sudeste Asiático.

Los derechos del niño

Artículo 33 de la Convención sobre los Derechos del Niño: “Los Estados Partes
adoptarán todas las medidas apropiadas, incluidas medidas legislativas,
administrativas, sociales y educacionales, para proteger a los niños contra el uso
ilícito de los estupefacientes y sustancias sicotrópicas enumeradas en los tratados
internacionales pertinentes, y para impedir que se utilice a niños en la producción
y el tráfico ilícitos de esas sustancias”.

 El actual sistema de control de drogas no está protegiendo a los niños y las


niñas de la forma que cabría esperar. El consumo de drogas entre los
jóvenes es mayor que nunca y cuando los niños comienzan a usar drogas
no se proporcionan servicios de tratamiento ni de reducción de daños. En la
mayoría de los países, los niños que usan drogas son criminalizados y, en
muchos casos, tienen que llevar esta carga durante el resto de sus vidas. Al
mismo tiempo, los hijos y las hijas de personas que usan drogas son
estigmatizados y, si los padres son enviados a la cárcel o a centros de
detención, los hijos corren un alto riesgo de cometer delitos y acabar
consumiendo drogas.
 Los niños se encuentran entre los grupos que carecen de acceso a
medicamentos esenciales para el alivio del dolor que están sometidos a
fiscalización.
 Los niños son detenidos junto con sus madres cuando a estas se las
condena por delitos de drogas, ya que no tienen otro lugar adonde ir.
 Los niños son asesinados y se convierten en huérfanos a causa de la
violencia relacionada con las drogas.
 Los niños son a menudo encarcelados por delitos relacionados con drogas,
a pesar de que el artículo 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño
establece de forma inequívoca que la detención, el encarcelamiento o la
prisión de un niño “se utilizará tan sólo como medida de último recurso y
durante el período más breve que proceda”.
 El Comité de la ONU sobre los Derechos del Niño ha instado a que no se
criminalice a los niños y niñas que consumen drogas, a que se les facilite
información precisa y objetiva sobre las drogas y a que se les ofrezcan
servicios de tratamiento y de reducción de drogas adaptados a sus
necesidades.
 El Comité ha criticado las fumigaciones aéreas en Colombia y la utilización
de menores en las fuerzas armadas mexicanas para luchar en la guerra
contra las drogas. También ha criticado a Viet Nam y Camboya por recluir a
niños en centros de detención de drogas.

El derecho a la intimidad

Artículo 12 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y artículo 17 del


Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos

La relación entre los sistemas internacionales de fiscalización de drogas y el


derecho a la intimidad representa un motivo de preocupación creciente. Aunque el
derecho a la intimidad no es absoluto y la injerencia en la vida privada puede
justificarse por motivos de salud pública y, con ciertas limitaciones, de carácter
moral, las normas internacionales de derechos humanos exigen que esa injerencia
no sea arbitraria ni ilegal. Las perspectivas del Tribunal Europeo de Derechos
Humanos y del Comité de Derechos Humanos de la ONU sugieren que el derecho
a una determinada conducta podría estar protegido incluso en caso de que esta se
considere nociva desde el punto de vista físico o moral, y el Relator Especial de la
ONU sobre el derecho a la salud ha señalado, en el contexto de la salud sexual,
que “la moralidad pública no puede esgrimirse como pretexto para promulgar o
aplicar leyes que puedan dar pie a violaciones de los derechos humanos (…) Si
bien la obtención de determinados resultados en materia de salud pública es un
objetivo legítimo del Estado, las medidas adoptadas para lograrlo deben estar
fundamentadas en pruebas y ser proporcionadas, a fin de asegurar el respeto de
los derechos humanos”.

La importancia creciente de esta perspectiva se pone de manifiesto con algunas


decisiones tomadas en los últimos años en Argentina (2009), Colombia
(2012), México(2014) y Sudáfrica, donde se resolvió que la penalización por la
tenencia de pequeñas cantidades de determinadas drogas para uso personal
contravenía la protección del derecho de las personas a la autonomía, la intimidad
o “el libre desarrollo de la personalidad”.

Si bien ningún órgano internacional de derechos humanos ha examinado hasta la


fecha la condición de los derechos a la intimidad, la autonomía y el libre desarrollo
de la personalidad en relación con el consumo de drogas, el creciente debate a
escala nacional parece insinuar que los futuros debates sobre control de drogas
deberían contemplar una discusión pormenorizada sobre los límites de la libertad
personal y la autonomía.
9. ¿Qué se puede hacer para trabajar en pro de un control de
drogas basado en los derechos humanos?

El principal propósito de las convenciones de drogas de la ONU —proteger “la


salud y el bienestar de los seres humanos”— no es en modo alguno contrario a los
derechos humanos, pero al mismo tiempo se cometen muchas violaciones de
derechos humanos en nombre de la lucha contra las drogas. Con los años, las
innovaciones en el ámbito policial han demostrado que un enfoque eficaz y
basado en pruebas empíricas puede contribuir a proteger los derechos humanos
y, a la vez, abordar los daños relacionados con las drogas. Lo que se necesita es
un cambio en los objetivos: no es imperativo perseguir un alto índice de arrestos y
confiscaciones; se sabe que estos no tienen ningún impacto en el mercado de
drogas. El mercado ilegal siempre irá un paso por delante de la aplicación de la
ley. En su lugar, deberíamos tratar de reducir los daños asociados con el uso de
drogas, tanto para el usuario individual como para las comunidades, establecer
objetivos para incrementar la accesibilidad de los servicios, rebajar las tasas de
sobredosis y de contagio de enfermedades de transmisión sanguínea, y reducir la
violencia relacionada con las drogas.

Las convenciones de drogas de la ONU se deben interpretar en sintonía con las


normas internacionales de derechos humanos. De este modo, se limitarán los
excesos justificados en virtud de estos tratados y se aumentará el apoyo jurídico a
los elementos positivos que contienen, como sería el relativo al acceso a
medicamentos esenciales controlados y a la libertad para ampliar la reducción de
daños.

Las convenciones de la ONU no criminalizan el uso de drogas o ni siquiera la


posesión para uso personal y permiten a los Gobiernos nacionales ofrecer
alternativas. La JIFE y la UNODC deberían abogar a favor de estas alternativas.
En efecto, dada la ineficacia de la criminalización sobre los patrones de uso y los
daños relacionados con las drogas, es difícil entender cómo penalizar el uso o la
posesión personales puede considerarse una vulneración proporcionada del
derecho a la intimidad o a la manifestación de religiones o culturas.

Dicho esto, existen ámbitos en las convenciones de drogas que no pueden


conciliarse con la legislación en materia de derechos humanos, en particular la
prohibición de ciertas prácticas tradicionales, culturales e indígenas. Estos
conflictos deben ser abordados por los Estados partes de las convenciones.

Todas las instituciones de la ONU tienen la obligación de promover los derechos


humanos en virtud de su establecimiento en el marco de la Carta de las Naciones
Unidas.
La UNODC está proporcionando ‘asistencia técnica’ en el campo del control de
drogas, como asesoramiento jurídico, misiones sobre el terreno y formación de
magistrados. No fue hasta 2012 que la UNODC publicó una nota de
orientación que esboza cómo prevé promover y proteger los derechos
humanos.[1]

En su Informe Mundial sobre las Drogas 2011, la UNODC insta a que se logren
avances en tres áreas clave:

 volver a situar la salud pública en el centro de las iniciativas de control de


drogas, equilibrando la forma en que se usan los fondos para garantizar
que se reducen la demanda y las consecuencias sanitarias y sociales del
uso de drogas;
 situar la fiscalización de estupefacientes en el contexto más amplio de la
prevención de la delincuencia; y
 defender los derechos humanos y la dignidad humana.

El Informe Mundial sobre las Drogas 2016 respondió a la UNGASS 2016 y puso
un especial énfasis en la importancia de situar la política internacional de drogas
en sintonía con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y las iniciativas de
desarrollo global más generales. El informe destacó la relación entre el problema
mundial de las drogas y los ODS en lo que respecta a la reducción de las
desigualdades, la garantía de la salud, la consecución de la igualdad de género, el
fin de la pobreza, la protección de la naturaleza y la biodiversidad, el fomento de
sociedades pacíficas y justas, y el establecimiento de alianzas internacionales. El
informe subrayó que, para que las políticas de drogas apoyen el cumplimiento de
los ODS, y no lo obstaculicen, deben estar en plena consonancia con los derechos
humanos internacionales, basarse en pruebas empíricas e incorporar una
perspectiva de género, poniendo un especial acento en el derecho a la salud de
las personas presas.

El Informe anual de la JIFE correspondiente a 2016 se muestra igual de claro


sobre la necesidad de que las actividades de fiscalización de drogas respeten los
derechos humanos. La JIFE llama la atención sobre la proporcionalidad de las
penas y alienta a los Estados miembros que mantienen la pena capital por delitos
relacionados con drogas a abolirla para ese tipo de delitos. En este sentido,
recuerda a los Estados miembros que “no dimana de los tratados ninguna
obligación de encarcelar a los consumidores de drogas que cometan delitos
leves”. La Junta también exhorta a que se ponga fin de inmediato a la persecución
extrajudicial de personas en nombre del control de drogas, y pide que se
investigue y se procese debidamente a toda persona sospechosa de haber
cometido tales acciones extrajudiciales.

En marzo de 2019 se presentaron las Directrices Internacionales sobre Derechos


Humanos y Política de Drogas en la Comisión de Estupefacientes de la ONU, en
Viena. El documento ofrece un recurso para responsables de políticas,
representantes del cuerpo diplomático, profesionales de la abogacía y
organizaciones de la sociedad civil. Las Directrices tratan cuestiones
fundamentales, como la salud, el desarrollo y la justicia penal, y examinan las
obligaciones en materia de derechos humanos con respecto a determinados
grupos, como mujeres, niños y niñas, pueblos indígenas y personas reclusas.

10. ¿Qué deberían hacer los países para integrar los derechos
humanos en el ámbito del control de drogas?

En primer lugar, se deben identificar los desafíos en materia de derechos


humanos con respecto a las estrategias nacionales de fiscalización de drogas. A
continuación, la estrategia nacional debe modificarse para garantizar la protección
de los derechos humanos de usuarios, productores y traficantes de drogas, así
como de su entorno (social). Los medios de comunicación tienen un papel
importante que desempeñar a la hora de sensibilizar sobre la situación de los
derechos humanos e influir en la opinión pública.

Un enfoque integrado y equilibrado, basado en el principio de la reducción de


daños, ayudará a incorporar los derechos humanos en las políticas de drogas. En
algunas regiones, se necesitará valentía política para optar por esta vía. También
es muy importante que el sistema judicial y de aplicación de la ley respalde el
nuevo enfoque, con el fin de asegurar que las sanciones sean proporcionadas y
los agentes de policía no obstaculicen los servicios de tratamiento y reducción de
daños.

Los países donantes deben asegurarse de que los fondos que están aportando no
están apoyando el mantenimiento y la capacitación de personal en centros de
detención de drogas donde se somete a las personas violencia física, torturas o
tratamientos sobre los que no existen evidencias científicas. Los Estados donantes
deberían tener siempre la debida diligencia para garantizar que su ayuda no está
dando lugar a violaciones de derechos humanos.

11. ¿Qué está haciendo el TNI sobre la cuestión de los


derechos humanos y el control de drogas?

El programa Drogas y Democracia del TNI lleva años investigando el ámbito de las
drogas, el mercado de drogas y el impacto de las políticas de drogas,
especialmente en América Latina y el Sudeste Asiático. Con nuestro trabajo,
aspiramos a mejorar las políticas de control de drogas, tanto a escala nacional
como internacional.
Llamamos la atención sobre los abusos de derechos humanos que se cometen en
nombre del control de drogas y ofrecemos recomendaciones para políticas
alternativas. Publicamos una serie de informes sobre políticas de drogas y
reformas legislativas que se pueden leer en este sitio web.

Participamos en discusiones formales (nacionales e internacionales) sobre


políticas de drogas y asistimos a la reunión anual de la Comisión de
Estupefacientes en Viena como organización observadora.

Ayudamos a los Gobiernos en el proceso de redacción de resoluciones que


abogan por la protección y promoción de los derechos humanos.

En América Latina, Europa y el Sudeste Asiático, el TNI facilita diálogos informales


sobre políticas de drogas entre funcionarios gubernamentales y expertos en
políticas de drogas para trabajar en pro de una política de drogas eficaz, basada
en pruebas empíricas y fundamentada en el respeto de los derechos humanos.

El TNI también trabaja para mejorar la representación de los productores de


drogas en los foros internacionales de políticas de drogas y dar mayor visibilidad a
sus derechos humanos. En 2013, el TNI ayudó a organizar el primer foro de
productores de cultivos declarados ilícitos en el Sudeste Asiático y, en 2016, se
dieron cita en los Países Bajos productores de plantas prohibidas de 14 países.
Las conclusiones del encuentro se presentaron ante la UNGASS de 2016.

Con especial agradecimiento a Damon Barrett, director del Centro Internacional de


Derechos Humanos y Políticas de Drogas (ICHRDP) y director adjunto de
Reducción de Daños Internacional (HRI), por su valioso asesoramiento.

Más información:

 Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos


 Calcula los Costos, 50 años de guerra contra las drogas
 Drug control, crime prevention and criminal justice: A Human Rights
perspective. Note by the Executive Director, marzo de 2010,
E/CN.7/2010/CRP.6–E/CN.15/2010/CRP.1
 Informes temáticos sobre derechos humanos y políticas de drogas:
resumen; 1- reducción de daños; 2- leyes penales y prácticas policiales; 3-
reducción de daños en los lugares de detención; 4- tratamiento obligatorio
de drogas; 5-acceso a mediamentos esenciales fiscalizados; 6-erradicación
de cultivos, Human Rights Watch, Open Society Institute Public Health
Program, Canadian HIV/AIDS Legal Network e International Harm
Reduction Association (2009)
 Out of harm’s way – Injecting drug users and harm reduction, an advocacy
report, Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la
Media Luna Roja, diciembre de 2010
 Recalibrating the regime: the need for a human rights-based approach to
international drug policy, Beckley Foundation Drug Policy Programme, 2008
 Informe del Relator Especial sobre el derecho de toda persona al disfrute
del más alto nivel posible de salud física y mental, 6 de agosto de 2010,
A/65/255
 Perfeccionamiento de la fiscalización de drogas para adecuarla a la
finalidad para la que fue creada: Aprovechando la experiencia de diez años
de acción común para contrarrestar el problema mundial de las drogas,
Informe del Director Ejecutivo de la Oficina de las Naciones Unidas contra
la Droga y el Delito a modo de contribución al examen de los resultados del
vigésimo período extraordinario de sesiones de la Asamblea General,
UNODC, marzo de 2008
 Centro Internacional de Derechos Humanos y Políticas de Drogas (DHRP)
 Amnistía Internacional adopta nuevas posturas políticas sobre el aborto y el
control de drogas
 Community-based drug treatment models for people who use drugs. Six
experiences on creating alternatives to compulsory detention centres in Asia

https://www.tni.org/es/publicacion/derechos-humanos-y-politicas-de-drogas#3