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Cliometría

Alberto Baccini y Renato Cianne":

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Título original:

STORIA DELLA CLIOMETRIA

Traducción de JUAN VTVANCO Revisión de JOAN R. ROSÉS

Diseño de la cubierta: Luz de la Mora, Barcelona

O 1997: Alberto Baccini y Renato Giannetti, Florencia

O 1997 de la traducción castellana y de la presente edición para España y América:

CRITICA (Gnjalbo Mondadori, S. A.), Aragó, 385, 0801 3 Barcelona ISBN: 84-7423-733-5 Depósito legal: B. 18.811-1997

Impreso en España 1997. - NOVAG~FIK,S. L., Puigcerdh, 127,08019 Barcelona

1.1. LA CONFIANZA EN EL MÉTODO

El más antiguo de los cuatro estudios examinados es el de G. Wright, publicado en 1971.' Wright define la Nueva Historia Económica como ((unCorpus bibliográfico que hace un uso exhaustivo de la cuantifica- ción, la teoría económica y los instrumentos estadístico^)).^ Wright valora los trabajos así seleccionados basándose en la noción de exac- i itud. Con este término, Wright se refiere a las dos características de los modelos: la verosimilitud de los supuestos y la ((sensibilidad))de Ins conclusiones con respecto a los supuestos. En realidad, Wright no (Icfine explícitamente hasta qué punto es exacto un modelo, lo que Ii:ice pensar que su valoración depende de la discusión y el acuerdo iiiterno de la comunidad de los especialista^.^ Así pues, la fundación tlc la reflexión historiográfica es muy débil, casi al modo de McClos- Liy. Parece que Wright supone que, mientras la ((fundación))del tra- II:Ijo cliométrico tiene lugar de acuerdo con el método neopositivista, 1.1 aplicación del mismo método a la valoración de los resultados no 111.i-mitedistinguir los progresos y las diferencias entre las explicacio- I 11,sdadas en trabajos distintos. La exactitud sólo sirve, pues, para valorar la calidad de los tra- 11.1ios.Para clasificarlos Wright adopta, en cambio, el criterio del 1I(*SO»y el papel desempeñado por la teoría económica y la cuantifi- t .i~.iónen la investigación histórica. Sobre esta base distingue tres

S .I i<yorías. ICn la primera Wright incluye los trabajos que utilizan el análisis

coste-beneficio, pero que no recurren a proposiciones cuantitativas ni al uso de la econometría. Es el caso, por ejemplo, de los trabajos de Conrad y Meyer sobre la rentabilidad de la esclavitud y de Robert Fogel sobre la contribución de los ferrocarriles a la industrialización de los Estados unido^.^ En la segunda categoría, Wright incluye tres tipos de contribucio- nes que tienen en común el uso, por así decirlo, anómalo)) de la teo- ría económica. En efecto, éstas utilizan la teoría económica y la eco- nometría en un sentido muy pragmático: la historia no es el campo

de verificación de teoremas económicos, la economía y la cuantifica- ción sólo son instrumentos para el estudio de la historia. En este gru- po, Wright sitúa en primer lugar los trabajos que utilizan instrumen- tos estadísticos para reconstruir series históricas para las que no se dispone de fuentes directas. Es el caso, por ejemplo, de la reconstruc- ción que hace Fogel de la producción total de acero estadounidense en los años 1840-1850, basándose en la serie completa de Pennsylva- nia y en las relaciones, conocidas a lo largo de seis años, entre la pro- ducción de Pennsylvania y la producción na~ional.~Wright también incluye en este grupo los trabajos en los que el análisis de regresión sirve para identificar correlaciones y no para verificar modelos. Fish- low, por ejemplo, ha «explicado»la tasa de escolaridad, la asistencia media diaria y el gasto por estudiante en los estados de la Unión en 1900, basándose en la renta per cápita y la parte de la renta indivi- dual procedente de la agricultura, sin utilizar una definición precisa del modelo como función de demanda de ed~cación.~De forma aná- loga, Davis y Legler estudiaron la política de gasto del gobierno esta- dounidense evitando la definición de un modelo. Sencillamente, se li- mitaron a hacer retroceder el gasto de los estados norteamericanos con arreglo a unas variables exógenas como la renta regional, la ur- banización y el tiempo.' Wright también sitúa en este grupo las apor- taciones de Peter Temin y Paul A. Da~id,~respectivamente sobre la industria estadounidense del hierro y el vapor y sobre la introduc- ción de la segadora mecánica en el Medio Oeste de los Estados Uni- dos. En este caso, el «método»tampoco consiste en la verificación de la teoría económica, y es una combinación de indagación indicativa

e hipótesis derivadas de la teoría económica. Temin aborda el pro-

blema de la disminución del precio del hierro elaborado en compara-

ción con el de la fundición, pese al aumento de consumo de fundi-

ción. Temin no es capaz de establecer, con los datos de que dispone,

si las causas del fenómeno dependen de variaciones de la demanda o

coste-beneficio, pero que no recurren a proposiciones cuantitativas ni al uso de la econometría. Es el caso, por ejemplo, de los trabajos de Conrad y Meyer sobre la rentabilidad de la esclavitud y de Robert Fogel sobre la contribución de los ferrocarriles a la industrialización de los Estados unido^.^

En la segunda categoría, Wright incluye tres tipos de contribucio- nes que tienen en común el uso, por así decirlo, «anómalo»de la teo- ría económica. En efecto, éstas utilizan la teona económica y la eco- nometría en un sentido muy pragmático: la historia no es el campo de verificación de teoremas económicos, la economía y la cuantifica- ción sólo son instrumentos para el estudio de la historia. En este gru- po, Wright sitúa en primer lugar los trabajos que utilizan instrumen- tos estadísticos para reconstruir series históricas para las que no se dispone de fuentes directas. Es el caso, por ejemplo, de la reconstruc- ción que hace Fogel de la producción total de acero estadounidense en los años 1840-1850, basándose en la serie completa de Pennsylva- nia y en las relaciones, conocidas a lo largo de seis años, entre la pro- ducción de Pennsylvania y la producción nacional.* Wright también incluye en este grupo los trabajos en los que el análisis de regresión sirve para identificar correlaciones y no para verificar modelos. Fish- low, por ejemplo, ha ((explicado))la tasa de escolaridad, la asistencia media diaria y el gasto por estudiante en los estados de la Unión en 1900, basándose en la renta per cápita y la parte de la renta indivi- dual procedente de la agricultura, sin utilizar una definición precisa del modelo como función de demanda de ed~cación.~De forma aná- loga, Davis y Legler estudiaron la política de gasto del gobierno esta- dounidense evitando la definición de un modelo. Sencillamente, se li- mitaron a hacer retroceder el gasto de los estados norteamericanos con arreglo a unas variables exógenas como la renta regional, la ur- banización y el tiempo.' Wright también sitúa en este grupo las apor- taciones de Peter Temin y Paul A. David,' respectivamente sobre la industria estadounidense del hierro y el vapor y sobre la introduc- ción de la segadora mecánica en el Medio Oeste de los Estados Uni- dos. En este caso, el «método»tampoco consiste en la verificación de la teoría económica, y es una combinación de indagación indicativa

e hipótesis derivadas de la teoría económica. Temin aborda el pro-

blema de la disminución del precio del hierro elaborado en compara- ción con el de la fundición, pese al aumento de consumo de fundi-

ción. Temin no es capaz de establecer, con los datos de que dispone,

si las causas del fenómeno dependen de variaciones de la demanda o

LA CONFIANZA EN EL MÉTODO

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l

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de variaciones en la oferta de metal. Para resolver el problema, Te-

min asume que la curva de la oferta es elástica y la de la demanda no, por lo que la bajada de los precios relativos sólo se atribuye (inevita- blemente) al desplazamiento hacia arriba de la curva de la ~ferta.~ David razona del mismo modo y, basándose en fiientes de la época, asume una curva de oferta de trabajo no elástica con respecto a la oferta de segadoras mecánicas y una escala mínima de las propieda-

des agrícolas a partir de la cual resultaba ventajosa la compra de una segadora. El aumento de la demanda de grano, al impulsar el alza de los salarios, hacía que resultara ventajosa la sustitución de la fuerza de trabajo por segadoras, por lo menos cuando la empresa alcanzaba una dimensión mínima. En el tercer grupo, Wright incluve los trabajos más rigurosos en cuanto a la utilización de la teoría económica y la formulación de los modelos y el análisis de regresión como instrumento de verificación. Los estudios clasificados en esta categoría por Wright son seis: a) el de la fijación de los precios de los ferrocarriles estadounidenses en los primeros años del siglo xx;'"b) el del desarrollo de las ciudades en el noroeste de los Estados Unidos durante los años 1820-1870;" c) el análisis de las inversiones en los ferrocarriles estadounidenses en el período 1872-1941, realizado con arreglo a la teoría del aciclo de vida del producto»;12d) el análisis de la demanda y la oferta de educación en los estados de la Unión, en 1880,realizado de acuerdo con un mo- delo de equilibrio general;13e) el de las fluctuaciones del precio del algodón en el mercado norteamericano durante los años treinta del siglo pasado;14f) por último, el análisis de la expansión de la indus- tria del hierro de los Estados Unidos antes de la guerra civil, con arreglo a una función de producción del tipo Cobb-~ou~1as.I~ En este último grupo los preceptos de la ortodoxia neoclásica son explícitos. La historia económica, en este caso, es una forma de eco- nomía aplicada. A la historia le corresponde verificar los modelos de la teoría e indicar sus límites y las posibles vías de mejora. Los lími- tes de la Nueva Historia Económica sólo responden, pues, a la inefi- cacia provisional de la teoría económica y los métodos econométricos. Por el contrario, también sus éxitos dependen del perfeccionamiento de estos instrumentos y del desarrollo de otras disciplinas,, como la teoría económica y la econometría. En general, pues, la pluralidad de estrategias de investigación está subordinada a la imperfección pro- visional de los modelos de la economía. Las precauciones históricas sobre la contextualización de los mo-

delos son aspectos marginales en el desarrollo de Wright. Éste no ex- cluye del todo que se pueda recurrir a las melladas armas de la vieja historia económica, cuando provisionalmente resulten inadecuadas ciertas explicaciones tomadas de la teoría' económica. Es posible, concluye Wright, que el historiador no acepte incrementar los R2 de sus regresiones añadiendo simplemente variables exógenas. Sólo en este caso, concluye Wright, es posible que la investigación histórica discurra por el camino de la tradición, por lo que «seguirá habiendo un amplio margen para las especulaciones a la antigua usanza sobre

la historia, aunque nosotros los econórnetras no nos creamos realmen-

te nada de eso (la cursiva es nuestra)».''

1.2. APARECE LA CONTEXTUALIZACI~N

Si para Wright la contextualización de la aplicación y la validez de los modelos es una preocupación marginal, las dificultades que sur- gen en la investigación histórica concreta por el uso inadecuado de la teoría económica son el centro de las observaciones del trabajo de Richard Sutch (1975).17Sutch considera que los ejes de la historia cuantitativa, es decir, el rechazo programático de la tradición y la utilización de datos históricos para someter a test la teoría econó- mica, son causa de «graves desorientaciones metodológicas~.Sutch pone como ejemplo de estas cdesorientaciones,, el trabajo de S. De- Canio sobre la producción de algodón en el sur de los Estados Uni- dos a finales del siglo XIX.'' Según Sutch, al trabajo de DeCanio le falta un análisis crítico de las fuentes '' capaz de distinguir entre opi- niones contemporáneas y observaciones contemporáneas. El histo- riador interesado en el efecto de las instituciones económicas sobre la prosperidad de los estados del sur, según Sutch, debe considerai- con recelo las opiniones de sus contemporáneos al respecto, pero no puede dar la espalda a las observaciones y descripciones que han he- cho de esas instituciones. Según Sutch, DeCanio no presta la debida atención a las instituciones, sobre todo al crop-lein system, que, se- gún los contemporáneos, tenía gran importancia en la organización de la producción del algodón. DeCanio utiliza sin un examen crítico el concepto de producción óptima, y a partir de él define la noción sobreproducción para explicar la crisis del sistema en cuestión. Esi;~ definición de sobreproducción se basa en la suposición de la exisiCii- cia de un mercado perfectamente competitivo. Según Sutch, en c;iiii-

APARECE LA CONTEXTUALIZACIÓN

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,

bio, no hay pruebas de que el mercado de algodón observado fuera perfectamente competitivo, por lo que no es correcto partir de esta hipótesis para obtener la explicación de un suceso histórico. Según Sutch, hay que definir el concepto de producción óptima más bien con arreglo a lo que los contemporáneos percibían y concebían como tal. En una palabra, el análisis de DeCanio no se puede considerar

una aportación «histórica» al análisis del mercado del algodón, sino únicamente un intento de verificar la teoría neoclásica de la producción con datos históricos referentes a la producción de al- godón.'' Sutch considera que son más Fructíferas las aportaciones formu- ladas explícitamente en términos de general equiíibriunz history (his- toria basada en el equilibrio general) o de ex ante comparative statics (estadística comparativa ex ante), que en cierta medida permiten te- ner en cuenta la dimensión institucional de los fenómenos econó- micos indagados. Para Sutch, la novedad introducida por la general equilibriu~zhistory es el uso explícito de un «modelo de desarrollo neo~lásicon.~'Aunque sus argumentos no son muy claros, Sutch con- sidera ejemplar la aportación de WilliamsonZZsobre la economía es- tadounidense, cuyos límites se deben exclusivamente a las dificulta- des prácticas de aplicación, es decir, al coste excesivo de los recursos cle cálculo necesarios. Según Sutch, ((loshistoriadores se interesan por las causas de los cambios institucionales, no sólo por su efecto»23 v, para entender las causas de dichos cambios, hay que hacer re- Icrencias explícitas a las motivaciones individuales de los agentes i~conómicos.Esto es lo que hacen, según él, L. E. Davis y D. C. N~rth,'~ c.iltre otros,25al explicar los cambios institucionaleS producidos du- imte el proceso de desarrollo de los Estados Unidos por el compor- 1:imiento de individuos racionales que toman decisiones económicas 1-11 términos de costes-beneficios. Estas decisiones dependen, pues, I Ic-I cálculo de los ingresos y de los costes futuros esperados del cam- I)io en relación con una variable que cuide el riesgo, basada en el tipo I I<. interé~.'~ Pero este análisis, según Sutch, también tiene sus riesgos. El pri- (-1-0 es la simplificación excesiva del contexto en el que se toman s decisiones, en el que confluyen muchos factores que no pueden (Iiicirse directamente al cálculo de costes y beneficios (emocio- opinión pública, intereses, debate político). El segundo es no Ill.;rnr a entender todo el abanico de decisiones que pueden tomar

:\,

tercero, y más importante, es el de reducir las decisiones de un con- junto de agentes económicos a un solo modelo de comportamiento racional. En el trabajo de Sutch aparecen por primera vez dos observacio-

nes clásicas del debate historiográfico: la tensión entre ((modelosde

explicación» y ((modelos de comprensión», y la

dencias generalizadoras y tendencias individualizadoras. Mientras que Wright y la mayoría de los «nuevos historiadores))de principios de los sesenta hacen hincapié en las nociones de explicación y gene- ralización, con Sutch el acento empieza a desplazarse a la com- prensión de las motivaciones de los agentes económicos y a la deli- mitación del campo de aplicación de las leyes que se obtienen. La contextualización de las leyes económicas es la consecuencia del esfuerzo de comprensión de las motivaciones individuales, que se procura obtener a través del análisis crítico de las fuentes, capaz de construir una relación de empatía entre el investigador y los agentes económicos que toman las decisiones en un momento histórico de- terminado. Estas observaciones nos llevan al debate que en esos años empe- a entablarse en la teoría económica entre ortodoxia neoclásica y escuela austriaca. El programa de investigación neoclásico trataba de reconducir al interior de la tradición walrasiana todo lo que sur- gía de la observación empírica o histórica de resultados competiti- vos no óptimos. Para ello postulaba la exclusión del análisis de toda institución distinta del mercado perfectamente competitivo, y cen- traba la atención en la demostración de que el mercado es la orga- nización social óptima. Por lo tanto, la teoría debía centrarse sólo en la definición de las condiciones formales de existencia2' de un equilibrio que fuera el resultado de las acciones de agentes indivi- duales, sin tomar en consideración los efectos de la interacción es- tratégica de los comportamientos de los propios agentes econ0- micos. Lo que quedaba fuera se consideraba bien ordinario y servía para confirmar la validez de la teoría del equilibrio competitivo. EII cambio, según la escuela austriaca la ciencia económica era la cx- plicación de fenómenos económicos entendidos como resultados inesperados de las acciones racionales de individuos que persigiicii sus objetivos en situaciones específicas. Éstas forman el ambienic. que estructura su comportamiento a través de las relaciones coi1 otros agentes racionales, incluyendo los vínculos naturales y lo,, vínculos históricos e institu~ionales.~~

tensión entre ten-

CRISIS DE LA RAZÓN NEOPOSITWISTA

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1.3. CRISIS DE LA RAZÓNNEOPOSITMSTA

Las objeciones al paradigma neoclásico estándar en economía y a las explicaciones causales en historia fueron más insistentes y generales a comienzos de los años setenta, hasta el punto de que a mediados de la década P. D. McClelland trató de hacer una nueva sistematización metodológica de la teoría de la explicación causal y de la utilización de los modelos no sólo en el campo de la historia económica, sino también en el de la historia general y la ec~nomía.'~ McClelland trató de fundir metodología y análisis empírico en la evaluación de los instrumentos y los resultados obtenidos por la Nue- va Historia Económica. Su razonamiento se basa en tres puntos: i) el

l reconocimiento del carácter peculiarmente incompleto (finito) del conocimiento que hace posibles las explicaciones de tipo nomológi- co-deductivo. Por lo tanto, las ciencias sociales tienen que contentar- se con explicaciones inductivo-probabilísticas;30ii) el mantenimiento de la idea de la unidad del método en las explicaciones causales de todas las disciplinas;" iii) la formulación de un modelo psicológico de tipo conductivista con el que se puedan incorporar a los modelos los comportamientos de los sujeto^.'^ McClelland empieza reafirmando la noción de unidad del método científico y, por lo tanto, rechaza una clasificación parecida a las que adoptan Wright y Sutch, vinculadas al rigor teórico del método.33 Para McClelland, por el contrario, la única operación razonable es la simple clasificación de los trabajos de acuerdo con las técnicas e ins- trumentos utilizados. Indica una técnica propiamente matemática, la de la interpolación-extrapolaciónpara la reconstrucción de series incompletas, y «los modelos»,divididos a su vez en cuatro grupos: a) modelos input-output; b) los modelos de oferta y demanda; c) los mo- delos de desarrollo, y d) los modelos de cambio institucional. La clasificación utilizada por McClelland para distinguir los mo- delos que se pueden utilizar en historia económica es sencilla y com- pleta. Por eso completamos aquí, con una somera descripción, la re- seña de las técnicas tal como eran en el momento de publicarse el trabajo de McClelland con la de la evolución de los quince años pos- teriores. Es preciso hacerlo porque con frecuencia las observaciones i-ríticas sobre la evidencia empírica o sobre la relevancia teórica rea- lizadas por McClelland han recibido, mientras tanto, respuestas ade- c-tiadas,o han desplazado el problema a un nivel superior de comple- !idad.

Según McClelland la valoración de las técnicas y los modelos tie- ne que hacerse con arreglo a la prueba empírica de los supuestos propios de las distintas técnicas y modelos.34El trabajo historiográfi- co, pues, consiste en un procedimiento estándar: i) definir los su- puestos del modelo o de la técnica adoptada en el estudio de un pro- blema; ii) buscar y definir unos tests posibles para la verificación de los supuestos; iii) aplicar empíricamente los tests a la situación histó- rica concreta que se está analizando. El éxito de este procedimiento garantiza no sólo la corrección lógica del razonamiento, sino tam- bién su relevancia, o posibilidad de ser aplicado al problema en cues- tión.

1.3.1. LAS TÉCNICAS DE INTERPOLACI~N-EXTRAPOLACI~N

En lo que respecta a las técnicas de interpolación-extrapolación,Mc- Clelland señala que los resultados obtenidos dependen de una cláu- sula ceteris paribus aplicada a todo el sistema de variables exógenas que actúan causalmente sobre la variable dependiente. La particular generalidad del supuesto hace que la valoración de las investigacio- nes tenga que hacerse caso por caso,35aunque se puede afirmar que las extrapolaciones para períodos de tiempo prolongados son muy discutibles. Precisamente, la técnica de reconstrucción de las series históricas ha experimentado cambios muy importantes a partir de esa misma época, basados en nuevas visiones de la causalidad y en unas técnicas de reconstrucción radicalmente nuevas (modelos Box- Jenkins). Sobre esto remitimos al tercer capitulo, donde se ilustran ampliamente tanto la nueva metodología como las técnicas.

El análisis input-output, por lo menos en su acepción le~ntieviana es un tipo de análisis del equilibrio general basado en la estructura de los costes de los sectores productivos que forman un sistema eco- nómico determinado. En historia económica el análisis input-output se ha aplicado pocas veces y para abordar problemas específicos, a causa de la dificultad para disponer de datos en el nivel de desagre- gación necesario. J. R. Meyer, por ejemplo, estudió los efectos del «re- tardo~(lag) de las exportaciones sobre la moderación del desarrollo

CRISIS DE LA RAZÓN NEOPOSITIVISTA

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ie-

británico en los años 1875-1900,37mientras que W. G. Whitney utili-

OS

zó las tablas input-output para estimar la cuota de cambios de la pro-

fi-

ducción estadounidense entre 1879 y 1899, atribuyéndolos a movi-

U-

mientos de la demanda.38

'0-

Los supuestos en que se basan las tablas input-output son esen-

de

cialmente dos: i) que todos los bienes se producen con costes cons-

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tantes; ii) que cada bien puede ser producido con una y sólo una

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combinación eficaz de inputs (coeficientes de producción constan-

n-

tes). Dada la rigidez de los supuestos, McClelland considera que el

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nálisis input-output es un instrumento útil para el análisis de las iodificaciones del sistema económico determinadas por cambios ?dos de la demanda sólo a corto plazo.3YEn todo caso, según Mc- Icllancl, tampoco a corto plazo el análisis input-output es capaz de uplir-:ir los cambios de la composición y del volumen de la deman- :l. iii. sobre todo, de tener en cuenta el progreso tecnológico, que in-

[c-

\ -11 i:iIjlimente se considera exógeno con respecto a la estructura del

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llio~lc~lo.

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1.3.3.

LOS MODELOS DE OFERTA Y DEMANDA

ue

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I o\ iiiodelos de oferta y demanda, junto con los de desarrollo, son

11 iii:is iitilizados por los cliómetras. McClelland atribuye su «buena

historiadores económicos a la capacidad para ex-

1)lii :II.los cambios tanto de la oferta como de la demanda, a diferen- i:~(11- lo que sucede con el análisis input-output, que se limita a la I(.i.l:l.

11 )I IIIII;I» entre los

En cuanto a la demanda,40el análisis se basa en unas curvas de c.manda log-lineales del tipo:

36

1,

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ii las que la cantidad pedida de una mercancía (Q) depende del pre-

ira

io (P) y de la renta (Y).4'

m-

.-

Los supuestos en que se basa la curva de demanda de tipo log-li-

,u1

iical como la anterior son dos: el primero es referente a la forma lineal

, a

i Ic la relación entre precios, renta y cantidad demandada; el segundo

re-

,%c. refiere al comportamiento de los consumidores. En particular, se

re-

1) i-esuponeque el comportamiento del consumidor es tal que la elas-

11 i

i

cidad a la renta de cada bien es igual a uno. Esto significa que las

variaciones de renta no alteran las relaciones entre las cantidades de- mandadas de los distintos bienes. Según McClelland el primer su- puesto se puede someter fácilmente a prueba, estimando con una re- gresión lineal los parámetros log(n), b, c y prestando especial atención a la facilidad de adaptación (RZ)de la propia regre~ión.~'Sin embargo, el segundo supuesto se puede considerar válido a corto o muy corto plazo, pero en cambio es muy discutible a largo plazo.43 En lo que respecta a la oferta, el análisis requiere dos tipos de su- puestos sobre la forma de las ecuaciones y sobre las condiciones de oferta, expresadas en forma de funciones de producción. El primer grupo de supuestos prevé: i) un mercado perfectamente competitivo,

y ii) unos costes de producción constantes." Para que se puedan

adoptar estos supuestos en el análisis histórico es preciso que sean verosímiles o coherentes con las condiciones históricamente obser- vadas. Esta es la primera fase del trabajo que debe afrontar el clió- metra. R. Fogel y S. Engerman, por ejemplo, sostienen que es verosí-

mil partir de la presuposición de mercado competitivo y de costes constantes en la industria estadounidense del acero durante todo el siglo xrx, de acuerdo con la estabilidad del número y de las empresas del sector.45A su vez, McCloskey sostiene que la evidente preponde- rancia de productos extranjeros en el mercado británico de la fundi- ción durante los años 1870-1939 es una prueba convincente de la

verosimilitud de dichos supuesto^.^^ Pero a falta de una evidencia empírica hay que poner en duda la posibilidad de aplicación del mo- delo, como ha ocurrido, por ejemplo, en la discusión sobre la contri- bución de los ferrocarriles al desarrollo de los Estados Unidos, plan- teada por R. ~o~e1.~' En líneas generales, el mundo dominado por estos supuestos es un mundo con curvas de oferta horizontales: una industria que pro- duce a costes constantes produce cualquier cantidad de producto :I un precio que es igual a su coste constante medio a largo plazo."" Los únicos cambios posibles en un mundo con curvas de oferta hori zontales son la sustitución de una curva de oferta por otra, es decii dado un precio, sólo una modificación de los costes de produccitiii puede determinar cambios de la cantidad ofrecida. Estas sustitucic~ nes entre curvas de oferta tienen su explicación en el cambio dc I;I ((condicionesde oferta», o cambio de las combinaciones de factoi c de producción, y están representadas por funciones de produccic III El segundo grupo de supuestos referentes al análisis desde el latlt I I 11

I

CRISIS DE LA RAZÓN NEOPOSJTMSTA

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o I, III de producción representa la relación entre los input y el output I proceso productivo, e indica, para cada bien, los métodos pro- a 11 I~Iivos que implican una sustitución entre factores, por lo que, si se la lliice un input,el nivel del producto sólo puede permanecer sin e .~iiibiossi se aumenta la cantidad empleada por lo menos en otro i I( ior. La elección de la combinación de factores adoptada efectiva- -iite,que maximiza el resultado neto, depende de los precios relati- , de los factores y de las relaciones de sustitución técnica descri- por la función de producción. En el análisis económico de la ili, ,clucción, la hipótesis de homogeneidad de la función de produc-

o ic ir1 -y sobre el grado de esta homogeneidad- tiene un papel muy I iiiportante. En el caso en que la función de producción se refiera a :I empresa en particular, normalmente se parte de la hipótesis de t. dicha función, en una primera fase (cuando se emplean dosis li- iadas de factores), es homogénea y de grado mayor que uno, y en :I segunda fase (cuando se emplean mayores dosis de factores) es iiiogénea y de grado menor que uno. Una función de este tipo se ina homotética. Cuando la función de producción se refiere a toda i-conomía,se suele partir de la hipótesis de que es una función ho- génea de grado uno, o de que se caracteriza por unos rendimien- , de escala constantes. La función de producción más utilizada en historia económica, y iínica tomada en consideración por McClelland, es la que formu- i Cobb y Douglas, y se trata precisamente de una función homoté- :i que tiene la forma siguiente:

log Y = log a, + a, log L + a, log K49

nde Y es la cantidad producida por un bien determinado, L la can- nd de trabajo utilizada, K el capital y log a, mide el grado de efi- :ia en la organización de la actividad producti~a.~~La utilización una función de producción Cobb-Douglas requiere cuatro supues-

1. que la producción sea función de dos factores (o tres, si se añade la tierra), trabajo y capital, y de un residuo llamado productividad;

2. que la forma de la función de producción sea log-lineal;

3. que la elasticidad de sustitución de los factores sea igual a uno;

En este caso, la comprobación de las condiciones de verosimilitud también es previa al trabajo de indagación histórica concreta. Hay dos tests de verosimilitud de los supuestos. El primero consiste en medir la elasticidad de sustitución entre factores verificando la hipó- tesis que no sea significativamente distinta de uno. El segundo deriva de la asociación de condiciones de mercado perfectamente compe- titivo con una función Cobb-Douglas. Esto implica que las corres- pondientes remuneraciones (cuotas de producto) que van a los facto- res de producción permanezcan con~tantes.~'D. McCloskey, por

una función Cobb-Douglas para el

estudio agregado de la economía inglesa en la época victoriana ba- sándose en la obtención de remuneraciones constantes en el tiempo de los factores de producción empleados.52 En general, según McClelland, los tests de verosimilitud para los supuestos de los modelos de oferta y demanda son relativamente sencillos, por lo que se pueden distinguir los contextos en los que son eficaces los modelos de esta clase. Los problemas surgen, si acaso, cuando se extienden los supuestos de sectores del corto plazo a sec- tores del largo plazo y, sobre todo, a economías nacionales en el lar- go plazo. Por ejemplo, P. A. David y P. Temin reprochan a R. Fogel y S. Engerman el haber «extendido indebidamente*, en Time on the Cross, una función Cobb-Douglas al estudio de todo el sector de la agricultura de las plantaciones del A. K. Dixit hace la misma observación, en desacuerdo con las argumentaciones de D. W. Jor- genson sobre el desarrollo económico japonés. Este último, analizan- do la correspondencia del modelo de desarrollo económico japonés con los requisitos indicados por Lewis, sostiene que no cumple di- chos requisitos típicos del desarrollo económico, a saber: i) hay una oferta ilimitada de trabajo; ii) la acumulación sólo se produce en el sector avanzado; iii) el ahorro sólo deriva del beneficio. Jorgenson afirma que, por el contrario, se observa la maximización del benefi- cio en ambos sectores y un mercado de trabajo cornpetitiv~.~~ El problema más importante de estos instrumentos para la inves- tigación empírica o histórica es la rigidez de los supuestos referentes a la sustitución entre factores, o representación de la tecnología. L:i función Cobb-Douglas sólo permite considerar el efecto del cambio técnico cuando hay capitales de nueva formación. Las observaciones de McClelland se limitan, como se ha dicho, ;i la función Cobb-Douglas,por lo que se refieren esencialmente a esto\ problemas. En realidad, ya a partir de 1961 los economistas veníaii

ejemplo, justifica la utilización de

CRISIS DE LA RAZÓN NEOPOSITIVISTA

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lizando la función de producción de tipo CES5' (elasticidad cons- i<. de sustitución),

c 4 ~IIla característica de que la elasticidad de sustitución no es necesa- iiicnte unitaria, por lo que permite obtener una representación 110srígida del proceso de producción. La elasticidad de sustitu- 11 aparece como parámetro explícito, lo que posibilita, en el traba- -inpírico,el supuesto (bastante más realista) de que distintos sec- t.\ tienen distintas elasticidades de sustitución. Sin embargo, las dos funciones que se acaban de describir com- 13.11 icn un problema muy importante: dependen de supuestos dema- ~.itlorígidos cuando en el análisis de la producción hay que identifi- , 11 las funciones de demanda de los factores de producción. En 11 ( lo, de las dos funciones no se pueden obtener funciones de la de- I ii.iiicla de factores capaces de tener en cuenta: a) la variabilidad de la a I.I icidad de sustitución de los factores al variar los precios rela- I ~i i I\; b) la presencia de factores de producción complementarios; I I listintos grados de sustitución, para distintos pares de factores, en I .iinbito de la misma función de producción. I:,11 los años ochenta la aplicación del lema de Shephard -con 11 I (-;:loal cual se puede obtener la demanda de cada factor como de- I I\ .,(la de la función de coste con respecto al precio del factor en , I il.\iión- y de los resultados asimilables a él (teoría de la dualidad y I$III in de las formas funcionalcs flexibles) permitieron obviar estos 111 4 ,l>lemasutilizando formas funcionales de flexibilidad mucho ma- s 11, como la Leontief-Diewert y la Translog. La función Translog,

histórico^,^^ se formula del siguiente

I

111 ilizada en algunos trabajos i i 1, it 10:~'

1 f1i8O = a, + a, (IogK) + a, (logL) + a,,(logk)' + a,, (logL)(logK) + a,, (logLJ2.

1 u 111 este tipo de función es posible definir dos tipos de elasticidad:

i I . c.lasticidades de precio, que representan las variaciones de la de- ~ii.iiiclade un factor con respecto a los precios de los distintos facto- las elasticidades de sustit~ición,como en las más tradicionales I I I I ii.iones Cobb-Douglas. 1'c.r.o estas últimas funciones tienen escasa aplicación en la dio- DI~l,~i-ía,por lo difícil que resulta la comprensión de sus propiedades

I a

matemáticas (no negatividad, monotonicidad, homogeneidad de pri- mer grado, concavidad). La propia econometría señala, por ejemplo, confusiones derivadas de la utilización de estas formas funcionales flexibles en la investigación aplicada.58

1.3.3.1. Los modelos de oferta y demanda de eqtiilibrio y el tiempo histórico

Las teorías modernas de la producción han avanzado mucho en cuanto a rigor en la definición de las hipótesis y en la descripción de los resultados. Pero este desarrollo ha estado acompañado de cre- cientes dificultades para atribuir un claro significado económico a los resultados obtenidos. En los esquemas de carácter walrasiano los problemas reflejan unas cuestiones que se deben más bien a las exi- gencias planteadas por los instrumentos matemáticos, y no al realis- mo de los resultados. Este hecho es evidente en la forma de abordar el tiempo. Los esquemas de equilibrio económico general se caracte- rizan por la falta de desarrollo temporal, dado que la determinación del equilibrio requiere necesariamente que todos los mercados y to- dos los agentes económicos actúen simultáneamente. Ha habido varios intentos ingeniosos de resolver este problema, de especial importancia para el estudio de la historia económica. Todos ellos tienen en cuenta el carácter de proceso de la actividad económica. Por ejemplo, en vez de interpretar el proceso económico como un fenómeno fuera del tiempo, se describe como un (cestado estacionarion en el que las elecciones se realizan de una vez por to- das en términos de flujos de bienes que permanecen invariables du- rante un período de tiempo indefinido. Hay muchos períodos pro- ductivos, todos idénticos. Arrow y Hahn presentaron modelos con períodos temporales de distinta duración, obteniendo un esquema intemporal. Hay «mercados presentes» en los que las mercancías se intercambian en el momento en que se fijan los precios, y «mercados

a plazo», pero todos los precios, presentes y futuros, se determinan en el momento presente. La determinación de todos los precios y de todas las cantidades tiene lugar en el tiempo inicial, que es el único por el que funcionan los mercados, en el sentido de que en ellos se determinan los precios de todos los factores y todos los productos, presentes y futuros. Los mercados futuros sólo son mercados en la medida en que en ellos se efectúan las entregas y las compras con

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2 1

1 a i-11, ;I los contratos estipulados al principio. Sólo en ese momento

,

o IQ.,ii 1,.

cuánto y cómo se produce, pero también cuándo se produ-

 

.

i I IV ,i I ilibrio económico intertemporal requiere, además,

algunas

i l 1 11~-.ispoco verosímiles. Por ejemplo, hay que suponer que los pro- IIISI~II,.S conocen perfectamente no sólo las técnicas y los recursos

 

t

I I 1. III-.;, sino también todos los que estarán disponibles en las eta-

 

1

c.sivas. i 1 ,s. :II-tificiosempleados para introducir el tiempo en los esque-

III

 

S

t 11.r-quilibrio general resultan muy abstractos, porque la teoría .icn de la producción funciona bien como esquema de distri- t lc unos recursos determinados, pero no tanto cuando se trata lic::ir procesos que se desarrollan en el tiempo. En los esque-

m

U a tu, <.cluilibriointertemporal la producción no es más que un des- -rito en el tiempo de unos recursos determinados a través de icación de sus características mercantiles. Los distintos pre- 1,. I ina misma mercancía en distintos períodos dependen del hecho

.;tilo si existe un precio relativo entre uso presente y futuro de 1*i'.ri posible resolver el problema de distribución temporal. 1.1 11 <.so los precios se anuncian a un tasador, y los empresarios II!.~I I c.on arreglo a estos precios de referencia. Pero no se compran I.,,/ ,. iii se venden bienes mientras no se determine el vector de los

l 1 S 11 1%. tlc equilibrio. No hay provisiones de bienes sin vender, ni de iiitilizados, ni de bienes intermedios o productos elaborados. iingún efecto de stock entre un período y otro, se trata de una 'a de flujos.

que los modelos e hipótesis fueran más realistas

1.

11 11.

I .I iic-cesidad de

S .II 1.1-caranmás al comportamiento de los empresarios hizo que i SI I iiiilnran unos esquemas de equilibrio temporal. En estos mo- 1. 1, o Ii:iv varios períodos de tiempo, pero están en número limitado, eI;is las mercancías tienen mercados futuros en todos los peno- c.cluilibrio temporal depende estrictamente de la forma de las 11, 4 1.11 ivas, y no puede haber garantías a priori, por racionales que i- lo que podría ocurrir que en algunos mercados se den exce- cmanda. Entonces hay que aventurar hipótesis sobre las ex- I . i.lii\rns,para determinar el efecto en los precios futuros y en los 81 l eIc las obligaciones y de los títulos financieros de las empre-

a i.1.1.oen los modelos teóricos siempre tiene que ser posible defi-

campresas en términos matemáticos, pues, de lo contrario, no hacer ninguna afirmación sobre la existencia de un equili- ique sea temporal.

,.tI

I

,

1

1

Estos modelos también ponen en evidencia las dificultades que surgen en la moderna teoría neoclásica para tener en cuenta la incer- tidumbre típicamente vinculada al paso del tiempo. Se confirma así que hay considerables dificultades a la hora de incluir algunas ca- racterísticas importantes de los fenómenos económicos reales en los modelos de equilibrio económico general, o en los que se derivan de ellos: la duración en el tiempo, las continuas modificaciones relacio- nadas con la producción y los fenómenos derivados de la incertidum- bre sobre el futuro. En cambio, como veremos en el apartado siguiente, estas tres carac- terísticas están contempladas en los modelos de desarrollo económico.

Los modelos de desarrollo pertenecen al tercer grupo de McClelland. Son los que utiliza más prohlsamente la historiografía ec~nómica.~' El motivo de esta mayor difusión es que los modelos de desarrollo son sustancialmente distintos de los que utilizan las técnicas tradi- cionales de análisis económico, porque en ellos lo que cuenta es la dinámica de la estructura. Para los economistas del desarrollo no sir- ven los supuestos de continuidad y sustitución propios de la teoría tradicional. En cambio, los hechos estructurales son componentes fundamentales del desarrollo: el paso observado a lo largo del tiempo del sector primario al secundario y de éste al terciario, de la exporta- ción de materias primas a las exportaciones industriales, de las in- dustrias tradicionales a las dinámicas y de las zonas rurales a las ciu- dades. Además, los sectores difieren en elasticidad a la demanda, ritmo del progreso técnico, grado de las economías de escala posibles y amplitud de los efectos sobre otros sectores. En una palabra, tam- bién cuentan la historia, la dimensión y la dotación de recursos. Y, sobre todo, cuenta la política, en la medida en que reduce los costes y las resistencias al cambio, asegurando los incentivos que llevan a la vía de desarrollo prevista. Los primeros trabajos con este enfoque se publicaron antes de la segunda guerra mundial, y fueron escritos por C. Clark, A. G. B. Fi- sher y sobre todo S. ~uznets,~'al que se deben las síntesis más impor- tantes de las informaciones disponibles sobre los distintos países. Los modelos de desarrollo construidos desde principios de los años sesenta son muy variados, aunque tienen en común, como he-

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mos visto, una visión «estructural» e ((intervencionistan del proceso de crecimiento. Se basan en un esquema macroeconómico en el que el ahorro, la demanda y la distribución de la renta generan el cambio. El funcio- namiento suele ser el siguiente: un ahorro mayor contribuye a la tasa de crecimiento requerida a través de mejores tasas de inversión en bienes que incorporan nuevas tecnologías. Pero esta no es la única formulación. Muchos modelos de desarrollo van de las inversiones al ahorro, como ocurre con el modelo de two-gap disequilibrium, en el que la inversión está determinada por la capacidad de importar.6' Del mismo tipo es el conocido modelo de equilibrio general de Kal- dor, en el que la distribución de la renta se adapta a los niveles de in- versión determinados por la vitalidad de los inversores más que a los tipos de interés. Los modelos de desarrollo formulados en esta fase también desta- can la retroacción entre distribución de la renta y demanda de bie- ne~.~~La dimensión y la composición del mercado interno son im- portantes a la hora de determinar la escala de producción y la tec- nología utilizada. La demanda exterior sólo interviene en una segun- da fase. Este es, por ejemplo, el motivo por el que un sector agrícola productivo con rentas elevadas puede contribuir a la industrializa- ción y cierta protección es esencial para canalizar la demanda hacia los productos internos. Y es el motivo por el que estos modelos hacen hincapié en que el modelo de desarrollo está relacionado esencial- mente con la sustitución de importaciones. Los modelos de desarrollo se pueden dividir en dos grupos, según den mayor importancia a la ((continuidad))del crecimiento o al ((em- pujón)),el big push, localizado en el tiempo. El de H. Chenery sobre las sendas de desarrollo pertenece al primer tipo, mientras que el de Lewis-Rostow, así como los de Kindleberger y Gerschenkron perte- necen al segundo.

Las sendas de desarrollo de H. B. Chenery. En un artículo de 1960, Ho- llis B. Chene~y~~sostiene que hay una correlación sistemática entre las características estructurales de los sistemas económicos y un nú- mero limitado de variables económicas, y sobre todo la renta per cá- pita. Esta reacción se puede observar tanto en el desarrollo histórico de las economías en fase de crecimiento como en el análisis compa- rado de economías en los distintos niveles de renta, consideradas en un momento particular. Chenery atribuye estas reacciones a un nú-

mero limitado de factores de semejanza que sitúan a los países en unas «sendas de desarrollo» precisas. Se trata de: a) conocimientos técnicos comunes; b) necesidades humanas parecidas; c) acceso a los mismos mercados de importación y exportación; d) mayor acumula- ción de capital con el aumento de la renta; e) aumento de las capaci- dades profesionales, en sentido amplio, al crecer la renta. Los resul- tados así obtenidos dependen de estudios transversales, por lo que son estáticos. Sin embargo, Chenery considera que se pueden exten- der a los resultados obtenidos de las series históricas. P. Temin fue el primero en someter a verificación la teoría de las «sendasde desarrollo» de Chenery con material histórico, comparan- do las <(sendas»con los datos de largo plazo correspondientes a nue- ve países, sacados de los trabajos de Kuznets. Temin sólo encontró una modesta confirmación de la hipótesis de Chene~.'~El propio Chenery volvió a revisar varias veces sus estima~iones.~~Estimó las sendas de desarrollo de los nueve países con arreglo a la evolución de las siguientes magnitudes: renta por habitante, población, tasa de in- versión y exportaciones, y descubrió que estos nueve países habían experimentado cambios estructurales bastante parecidos en su desa- rrollo económico, debidos, además, a unas pocas variables comunes. En época más reciente, Chenerybby otros volvieron a abordar esta cuestión en un abanico de países más amplio, en el período de la últi- ma posguerra, llegando a unas conclusiones más matizadas sobre las causas del desarrollo económico y sobre el parecido de los recorri- dos. Por ejemplo, los nuevos datos6' señalan que los países que han apostado por las exportaciones, en vez de por la sustitución de im- portaciones, por lo general han logrado tasas de crecimiento más ele- vadas, una mayor industrialización, una tasa de crecimiento de la productividad total más elevada y una estructura del input-output más parecida a la de los países más avanzados. Pero, si se analiza con más detalle la cronología del crecimiento, se ve que esta conclusión debe ser matizada. Por ejemplo, la experiencia histórica revela que un país tiene que desarrollar cierta base industrial y un conjunto pre- ciso de capacidades técnicas antes de estar en condiciones de expor- tar. Esto puede significar, por ejemplo, que es necesario disponer de unos flujos de capital adecuados en ciertos sectores destinados a la sustitución de importaciones en las primeras fases del desarrollo, lo que también implica una tasa de crecimiento más baja de la produc- tividad total. La conclusión, común a muchos estudios sobre el creci- miento económico realizados en los años ochenta, es que la variable

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más importante para explicar el desarrollo es la organización política y la capacidad administrativa de los gobierno^.^'

El modelo Lewis. Entre los modelos para los que la discontinuidad es una característica del desarrollo económico se encuentran todas las investigaciones comparadas acerca del desarrollo económico eu- ropeo del siglo xrx, desde los modelos inductivos de Kuznets hasta los trabajos de Lewis y Kindleberger, basados en la redistribución de los recursos, desde la teoría de las etapas de crecimiento elaborada por Rostow hasta los modelos que la criticaban, como el de Gerschen- kron, basado en la noción de atraso relativo. Según ~ewis,~~los beneficios son la fuente principal de los recur- sos para la inversión, por lo que su crecimiento es lo que sostiene el desarrollo. Lewis indica, además, que la disponibilidad de mano de obra agrícola es el factor estratégico del desarrollo. Esto permite que los empresarios tengan una oferta de trabajo muy elástica a cambio de un salario apenas superior al de subsistencia, por lo que pueden expandir la producción sin que se produzcan estrangulamientos por el lado de la oferta de trabajo y sin que los salarios erosionen los be- neficios que, komo se ha dicho, son la base del ahorro y la inversión. Esta tesis ha sido utilizada en clave histórica por Kind1eberger7Opara explicar el excepcional desarrollo económico de Europa y Japón en la última posguerra. Pero sus resultados han sido objeto de críticas desde la vertiente empírica. Por ejemplo, Denison ha observado que la «distribución de recursos» derivada de la contracción de los inputs agncolas sólo explica el 6 por 100 (Gran Bretaña) y el 24 por 100 (Italia) del crecimiento de la renta nacional." En conjunto, el mo- delo Lewis-Kindleberger es demasiado general para ser utilizado en el análisis histórico concreto. En este sentido ha dado origen a unos modelos más detallados, realizados por comparación entre modelo y sucesos históricos. Por ejemplo, Fei y Rani~,~~al estudiar el caso de Japón, hallaron que para explicar el desarrollo también había que te- ner en cuenta los cambios que se producen en el interior del sector agrícola y que incrementan la productividad. Ésta constituye una im- portante fuente de ahorro que se puede canalizar en el sector indus- trial a través de una fiscalidad eficaz. Es lo que habría ocurrido, por ejemplo, con el desarrollo económico japonés en la época de los Mei- ji, después de 1868. El mismo Rani~~~ha insistido en la necesidad de hacer un repaso histórico más detallado de los modelos tomando como referencia la experiencia de la rápida industrialización soviéti-

ca durante los primeros planes quinquenales. En este caso, la reduc- ción del valor absoluto de la población agrícola como consecuencia de la mecanización y la colectivización no facilitó la industrializa- ción con tasas salariales estables. Los campesinos que abandonaron la agricultura resultaron ser inadecuados para el trabajo de fábrica, empujando al alza los salarios y generando inflación a gran escala. Además, pese a la abundancia de oferta, ésta carecía de la cualifica- ción necesaria, por lo que no se pudieron realizar los aumentos poten- ciales de productividad, y la industria se orientó hacia las grandes di- mensiones para sustituir con capital la escasez de trabajo cualificado.

El trabajo más co-

nocido y discutido en el ámbito de la teoría del desarrollo económico es sin duda el de W. W. Rosto~,'~que, entre otras cosas, es el único modelo de desarrollo que toma en consideración McClelland. Como es sabido, Rostow recupera una clasificación de HoffmannY5cuyo fin principal es presentar una taxonomía general de la historia moderna. Según Rostow, ésta se puede dividir en cinco etapas (sociedad tradi- cional, condiciones previas al despegue, despegue, madurez, era del consumo en masa). La más importante y discutida es la tercera, el despegue. El mecanismo propuesto por Rostow es el siguiente: la tasa de crecimiento de un país cualquiera depende de la relación en- tre la cuota de las inversiones sobre el producto nacional bruto y la relación marginal capital/producto de toda la economía. El despegue se realiza cuando la tasa de crecimiento del producto nacional bruto supera la tasa de crecimiento de la población. Como vemos, es muy sencillo. Pero sólo se trata del esqueleto del razonamiento. Es la definición de las condiciones necesarias, de los requisitos básicos del desarrollo: haber alcanzado un nivel adecuado de demanda agregada y de ahorro, y su canalización hacia la inver- sión. La investigación histórica concreta es lo que proporciona las in- dicaciones acerca del modo en que se dan estas condiciones, que va- rían según los casos de acuerdo con las diferencias cronológicas, de mercado, de dotación de recursos, etc. Se han hecho muchísimas objeciones a esta visión de Rostow del crecimiento económico, tanto desde el lado teórico como, sobre todo, desde el histórico. La más importante es la falta de correspondencia entre la aceleración de la inversión y la periodización del despegue de los distintos países. Por ejemplo, P. David y R. Gallma~~'~han nega- do la existencia misma de un despegue estadounidense, que Rostow

Las etapas de crecimiento económico de Rostow.

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sitúa en el período 1843-1860. Estos autores consideran que se trata más bien de la fase de expansión de un ciclo largo de tipo Kuznets que, como tal, estuvo precedida de movimientos similares y de una magnitud casi igual.

A. Gerschenkron" también pertenece a la escuela discontinuista del crecimiento, pero utiliza una categoría de explicación algo más compleja que la inversión rostowiana. Gerschenkron trata de explicar algunas de las diferencias que se encuentran en las experiencias de crecimiento económico como derivaciones de un modelo común producidas por la distinta incidencia de una condición inicial: el gra- do de atraso. La hipótesis de Gerschenkron es que el nivel de atraso relativo de un país en el momento en que empieza su proceso de in- dustrialización (en comparación con los países avanzados en ese mo- mento histórico) es un factor determinante del tipo de desarrollo in- dustrial que se irá poniendo de manifiesto concretamente. A unos niveles más elevados de atraso relativo les corresponden unas dife- rencias tecnológicas mayores entre las técnicas productivas del país atrasado y las de los países (por entonces) más avanzados y, por lo tanto, una discontinuidad mayor entre sus técnicas y las formas de organización industrial tradicionales y las del sector moderno en fase de crecimiento -si este último adopta las técnicas más avan- zadas que se conocen en otros lugares. Gerschenkron considera que es probable que dichas técnicas avanzadas sean adoptadas tanto por el estímulo de la competencia internacional como por el hecho de que en los países más atrasados la insuficiencia de mano de obra cualificada y acostumbrada a la disciplina de fábrica obliga a recu- rrir a métodos de ahorro de trabajo, con una elevada intensidad de capital -paradójicamente para estos países, y en claro contraste con las hipótesis del modelo de Lewis basado en la oferta abundante de trabajo. La consecuencia de todo ello es que en estos países el atra- so.relativo dificulta el comienzo del proceso de industrialización. Cuando por fin se pone en marcha, suele ser rápido e implica una ruptura con la continuidad histórica mayor que la que experimentan los países que parten de posiciones menos desfavorables, y está más caracterizado por la adopción de plantas de grandes dimensiones. Además, el bajo nivel de rentas familiares hace que la demanda de bienes de consumo resulte bastante limitada, por lo que no son ade- cuadas las fuentes de capital en las que basaban su desarrollo los paí- ses más avanzados -bancos comerciales, autofinanciación y merca-

do financiero. La función es asumida por unas formas de interven- ción financiera, como los bancos de inversión, o, si el país es muy atrasado, el Estado. De los tres efectos Gerschenkron, sólo uno ha sido demostrado de forma inequívoca, el que implica una relación positiva entre las esti- maciones del atraso relativo y la tasa de crecimiento industrial. Una se- gunda relación, entre el atraso relativo y la cuota de las industrias de bienes de producción sobre el producto total, resulta muy significati- va sólo si se interpreta la concentración de las industrias de bienes de producción como cuota alcanzada, durante el salto industrial, sobre la producción manufacturera, pero no si se interpreta como tasa de crecimiento de dichas industrias. El test no confirma, aunque tam- poco invalida, la tercera de las relaciones admitidas como hipótesis, entre el atraso y el aumento de la productividad en agricultura.

Volviendo a McClelland, después de este breve excursus sobre las teorías del desarrollo, se advierte que no le satisfacen los modelos de desarrollo, pues los considera demasiado rígidos, sobre todo en la va- riante Lewis-Rostow.En el modelo de Rostow se supone, como es sa- bido, que la relación entre cualquier tipo de inversión, en cualquier forma, siempre produce un incremento del producto igual a un ter- cio del valor de la inver~ión.'~Una insatisfacción que se suma a la que le producen los modelos neoclásicos, a los que también conside- ra demasiado rígidos e incapaces de captar la dimensión de proceso del crecimiento económico. Parece que McClelland busca una re- ferencia teórica más adecuada a las necesidades de la investigación histórica en la «visión»austriaca del crecimiento, según la cual la efi- cacia deriva del comportamiento maximizador de los individuos en el mercado, pero las instituciones históricas en las que tiene lugar este proceso también son importantes para indicar la dirección efec- tiva del cambio.

Si McClelland considera crítica la dimensión institucional del cambio económico para entender los procesos históricos del desarrollo, es na- tural que la cuarta clase de modelos que toma en consideración, la de los modelos de cambio institucional, sea muy amplia. La economía institucional incluye varias aportaciones, que se diferencian en la vi-

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sión del proceso económico. Tienen en común el hecho de reconocer que el mercado puede fallar y que otros sujetos, las instituciones, pue- tlen reemplazarlo en sus funcione^.^' En su estudio, McClelland sólo aborda el modelo de cambio institucional de ~avis-~orth,'~ya men- cionado a propósito del trabajo de Sutch. Aquí, como se ha hecho en

cl caso de los dos estudios anteriores, vamos a incluir las versiones

más recientes del institucionalismo. Sutch consideraba que el modelo Davis-North era un instrumento ;idecuado para tener en cuenta las instituciones y las motivaciones individuales en la explicación del cambio. Como hemos visto, North define el cambio institucional como el estudio de las adaptaciones entre las unidades económicas y de sus relaciones de acuerdo con el modelo estímt~lo-disposición-respuesta.Parte de la fase de la respues- La, es decir, el conjunto de los cambios observados, postula la dis- posición -la maximización del beneficio- y trata de deducir del postulado cuáles son los estímulos que provocan una determina- cla respuesta, o sea, qué nivel de cambio institucional es determinado tanto a escala individual como de grupo. Toma prestado el postulado maximizador de la microeconomía tradicional. La teoría de la inversión es un buen ejemplo del funcionamiento de este tipo de modelos. La regla es sencilla: los inversores eligen siempre las inversiones que prometen un beneficio neto más elevado. Según las hipótesis neoclásicas, los beneficios netos que puede obte- ner un determinado sistema institucional son:

a) tanto mayores cuanto mayores y ciertos sean los beneficios esperados,

b) cuanto menores e inciertos sean los costes esperados,

c) cuanto menor sea la tasa con la que se descuentan los benefi- cios netos.

Del postulado de la maximización del beneficio y del mecanismo

de inversión así esbozado North extrae la noción de costes de tran- sacción, que son todos los que favorecen o impiden, como institucio- nes (policía, tribunales, defensa, seguros, comercio al por menor y

al por mayor, sistema bancario, etc.), el logro de los objetivos previstos

por las hipótesis maximizadoras de la teoría. El modelo de North se ha utilizado en clave histórica para explicar varios aspectos del desa- rrollo económico moderno, incluyendo una «teoría general)) del desarrollo en Occidente, desde el siglo XVI hasta la era industrial con-

temporánea, basada precisamente en la noción de costes de transac- ción. Pero el modelo más interesante para ejemplificar su compor- tamiento es el de la segunda revolución industrial en los Estados nidos s." El punto de partida de esta nueva fase del proceso de de- sarrollo capitalista eran las nuevas tecnologías aparecidas en los campos de la electricidad, la química y la siderurgia, caracterizadas por su gran especialización y división del trabajo, que permitían enormes aumentos de productividad, los cuales, a su vez, genera- ban crecientes costes de transacción. Éstos se originaban en diver- sos estrangulamientos del proceso productivo: en el proceso de la sustitución del capital por trabajo, en la reducción del grado de libertad de la fuerza de trabajo en la industria, en la mejora de los estándares para la estimación de la circulación de bienes intermedios, y en diversos obstáculos que aparecían en la circulación de bienes. Las elevadas cifras de capital fijo que requerían las nuevas tecnolo- gías necesitaban un período largo de amortización, que a su vez requería certidumbre y duración en las relaciones contractuales. Pero durante este período los precios y los costes eran inseguros, y el sistema social e institucional ponía obstáculos a la transforma- ción. Las nuevas condiciones también daban pie a comportamien- tos oportunistas de nuevo signo, sobre todo en la burocracia que se desarrollaba para aplicar la creciente cantidad de reglas impuestas por el progreso de la especialización y de la división del trabajo. La aparición de estos rasgos nuevos también implicaba unos cambios importantes en el papel del Estado, convertido cada vez más en un instrumento favorecedor de la distribución de los recursos distinto del mercado, tanto mediante la formación de grupos de interés en el campo económico, como mediante la formación de movimientos ideológicos contrarios a esta forma de organización de la produc- ción: los movimientos socialistas y laboristas y las varias formas de movimientos campesinos que aparecieron a finales de siglo. La com- binación de estas presiones, según North, tuvo un efecto negativo en la estructura de los derechos de propiedad, reemplazándola por la lucha política para redistribuir la renta y la riqueza, a expensas de la eficacia potencial de las tecnologías disponibles. Para Mc- Clelland el modelo Davies-North no es muy original. Los agentes económicos que operan en contextos históricos específicos siguen teniendo un comportamiento racional, de acuerdo con las hipótesis tradicionales de la teoría neoclásica que excluyen la intencionali- dad de las actuaciones de los sujetos históricamente determinados,

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3 1

como sostienen, por ejemplo, los institucionalistas más radicales como Veblen y su escuela.82 Las observaciones de North sobre el papel negativo de las institu- ciones en la distribución de los recursos ganaron terreno en los años ochenta, en contraste con una opinión generalizada que consideraba positiva la intervención pública, propia de las teorías más tradiciona- les del desarrollo económico. En líneas generales, se indican tres causas específicas de mala distribución de los recursos por parte de la intervención pública:

a)

La intervención pública a menudo es muy costosa y difícil de aplicar. Los costes superan a los beneficios, o los resultados no concuerdan con las decisiones originarias.

b)

Los grupos de intereses que organizan la intervención pública pueden dar lugar a ineficacias a través de la búsqueda de po- siciones de renta.

c)

Las estructuras burocráticas favorecen a los intereses particu- lares, en detrimento de los nacionales.

Obviamente, las explicaciones difieren, aunque las aportaciones más importantes derivan sobre todo: a) de la moderna macroecono- mía de los países subdesarrollados; b) de la teoría de los costes de transacción, de la nueva microeconomía de la información y de la organización, y c) de enfoques más claramente institucionalistas, como las teorías de los grupos de interés y la búsqueda de rentas (rent

seeking).

En lo que se refiere a las teorías macroeconómicas del desarrollo, lo que las une y hace que también sean interesantes para la investiga- ción de las experiencias pasadas de industrialización, es la constata- ción de que algunos de los principales supuestos sobre la relación en- tre fisco, moneda y tipos de cambio no son válidos y, por lo tanto, que las afirmaciones tradicionales sobre el papel del tipo de interés o del tipo de cambio en el reajuste de los desequilibrios tampoco son válidas. Por ejemplo, un modelo como el de Bond destaca que las ex- portaciones no son elásticas a corto plazo en relación con el tipo de cambio, y son más elásticas a largo plazo como consecuencia de las transformaciones estruct~irales.~~Se trata de una hipótesis totalmen- te contraria a la de la macroeconomía tradicional, que en líneas ge- nerales es más favorable a la devaluación como instrumento para au- mentar la competitividad.

También ha presentado interesantes perspectivas la nueva micro- economía de la información y la organización, que investiga las rela- ciones entre agentes racionales, información imperfecta y mercados incompletos. Se trata de la aplicación de la teoría de la agencia (prin- cipal ~gent).~~Esta teoría analiza los resultados económicos desde el punto de vista de la relación entre un operador (agente) que actúa por cuenta de otro (principal). Si el agente tiene un incentivo para perseguir intereses en conflicto con los del principal, y éste no puede vigilar el comportamiento del primero, el contrato entre ambos tiene que identificar los incentivos que garanticen la compatibilidad de sus respectivos intereses. La investigación histórica de las instituciones y las reglas adoptadas por las instituciones públicas en este sentido ha abierto interesantes perspectivas sobre las distintas trayectorias ins- titucionales más eficaces históricamente para el desarrollo econó- mico. Se ha aplicado sobre todo al campo del estudio de las institu- ciones de crédito, que se consideran centrales en muchos modelos, especialmente en el de Gerschenkron. Si hay información imperfecta de manera estructural y sistemática, la relación entre acreedores, ac- cionistas y gerentes de empresa puede provocar casos de selección adversa de los proyectos. Como las decisiones de inversión que toma el gerente se basan en informaciones e intereses personales descono- cidos por el que financia la inversión, unos proyectos válidos pueden quedarse sin financiación exterior, en la medida en que los mercados no son capaces de distinguir entre los proyectos con rendimientos elevados y los proyectos con bajos rendimientos. Existen costes sig- nificativos vinculados al control de la relación entre el que concede la financiación y el que decide la forma de emplearla. Diamond, por ejemplo, señala que los intermediarios tienen unos costes de vigilan- cia inferiores a aquellos de los que poseen obligaciones o acciones. La vigilancia de los intermediarios se beneficia de economías de es- cala y de costes de información inferiores, porque la relación entre los intermediarios y los ahorradores es sustancialmente inmune a los problemas de información a~imétrica.~'Esta teoría ha acompañado, en la investigación histórica, a la reconsideración del ((bancomixto» como intermediario financiero eficaz distinto del mercado, frente a un enfoque que sólo la veía como un sucedáneo provisional en el ca- mino hacia el mercado.86 La teoría de los costes de transacción se basa en estas mismas presupogiciones. Segun esta teoría, el mercado o la jerarquía repre- sentan dos modos igual de eficaces de hacer realidad la hipótesis

CRISIS DE LA RAZÓN NEOPOSITIVISTA

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neoclásica de maximización del beneficio o, al menos, de reducción de los costes fijos unitarios. Si el mercado falla, unas formas institu- cionales adecuadas pueden obtener los mismos resultados. La teoría de los costes de transacción8' en realidad abarca toda la moderna historia empresarial, que investiga el desarrollo y el éxito de la gran empresa moderna, aunque es posterior al trabajo de A. Chandler so- bre el origen del capitalismo corporativo estadounidense." El capita- lismo gerencial, que confía al gerente más que al mercado la activi- dad industrial y a las economías interiores más que a las exteriores la coordinación de la actividad económica, demostró ser más adecuado para afrontar la complejidad tecnológica y los altos costes fijos de la nueva era industrial que empezó a finales del siglo xrx. Las teorías de los grupos de interés, de la búsqueda de rentas y de la burocracia se distinguen de las teorías institucionalistas antes mencionadas en la identificación de ineficacias específicas causadas por la intervención institu~ional.~~En ellas no es el fallo del mercado lo que ocasiona la aparición de instituciones que lo sustituyen, son ellas mismas las que representan un obstáculo para la eficacia eco- nómica. Un locus classicus de las teorías de la búsqueda de rentas es el papel de las restricciones de las importaciones para promover la sustitución de bienes producidos en el interior en vez de la importa- ción. Estas teorías sostienen que las restricciones de las importacio- nes tienen efectos negativos en la eficacia, además de altos costes administrativos para cobrar los derechos, y que además crean condi- ciones de privilegio, que empeoran la eficacia del sistema, pues estos grupos, creados por intervención pública, miran por sus intereses cuando la intervención pública elige otras direcciones. Se realizan las mismas observaciones acerca de las burocracias creadas para gestionar estos incentivos. Tienden a defenderse a sí mismas, en vez de desempeñar las funciones para las que han sido creadas. Esta es- cuela se desarrolló mucho en los años ochenta, especialmente en los campos de la historia social y de la historia administrativa para reconstruir los comportamientos de estos grupos sociales, tanto en la fase de su creación como en la de su evolución. A menudo los resul- tados obtenidos son menos críticos de lo que cabria esperar por los supuestos teóricos, y por lo general han servido para distinguir los recorridos concretos y los sucesos concretos a través de los cuales una experiencia se ve coronada por el éxito o la rentabilidad. Tal es el caso del debate sobre el papel de la burocracia pública en Alemania o Japón, comparada con la de España o Italia, donde las mismas for-

mas funcionales y organizativas dan unos resultados completamente distintos, precisamente por la existencia de los efectos perversos an-

tes mencionado^.^^

A pesar de las precauciones y las observaciones referentes a los instrumentos propuestos por la cliometría, las conclusiones de Mc- Clelland no son muy distintas de las de Wright. Según McClelland los malos resultados en la utilización de uno u otro modelo económico para explicar sucesos dependen de circunstancias contingentes (falta de verificación de los supuestos, problemas en la obtención de datos) o de que el modelo no se adapta a las preguntas que plantea el histo- riador, y no del uso de modelos en rnisl?zo. La fuerza y los límites de las explicaciones de los cliómetras dependen de la fuerza y los 1í- mites de la teoría económica, y de los instrumentos estadísticos utili- zados. Por eso <(loseconomistas del desarrollo y los historiadores económicos dan la bienvenida a nuevas construcciones teóricas que les facilitarán sus análisis del cambio a largo plazo^.^' Pero hay una diferencia entre Wright y McClelland, debida a la «predisposición» de sus respectivas teorías. Wright pertenece al ((ejércitopositivista), que revolucionó la historia económica durante los años sesenta, y comparte totalmente sus expectativas v su metodología. En cambio, McClelland necesita nada menos que 243 páginas para hacerse la pregunta de si existe un término medio entre cliometría e historia económica tradicional." Y para llegar a esto tiene que pasar por una completa refundación de la teoría económica y de la historia, que tenga en cuenta las críticas que surgieron sobre todo i) acerca de la suposición de que los agentes económicos tienen un comportamien- to racional maximizador, y ii) sobre la forma de las explicaciones en historia y economía. McClelland aborda ambas cuestiones. La introducción de la no- ción de di~posición~~le sirve para superar el primer problema, refi- riéndose a un nivel (psicológico) «más fundamental)) que apoyaría la hipótesis de la racionalidad de las decisiones, aunque ésta ya no tie- ne el carácter de hndamento. En cuanto a la forma de las explica- ciones en historia y economía (y, en general, en las ciencias sociales), McClelland rechaza el modelo nomológico-deductivo y opta por la inducción pr~babilística.'~Esto implica el <(debilitamiento»del su- puesto, relacionado con las disposiciones, de que a los mismos es- tímulos, ceteris paribus, les corresponden las mismas respuestas por parte del agente. El problema es que, pese a todas estas precaucio-

nes, la posición de McClelland todavía deja un amplio margen a las críticas tanto de los detractores como de los defensores de la clio- metría. Por un lado, aunque debilita el fundamento individualista de las explicaciones, McClelland no contesta adecuadamente a las críti- cas de los que invocan el concepto de comprensión para el análisis de las acciones de individuos en contextos históricos. Por otro, la afir- mación de que todas las leyes de las ciencias sociales son inductivo- probabilísticas choca con una opinión consolidada de la construc- ción neopo~itivista.~~

La segunda mitad de los años setenta marca una pausa en la refle- xión metodológica de la Nueva Historia Económica. Probablemente hay que atribuirla al vivo debate que surgió esos mismos años en la disciplina económica en torno a su estatus epistemológico y a algu- nos temas cruciales: la racionalidad de la actuación económica, la naturaleza del mercado contrapuesto a las estrategias, etc. Hay que esperar a la segunda mitad de los ochenta para que aparezca una perspectiva historiográfica radicalmente nueva en el análisis y la va- loración de los trabajos cliométricos, gracias a Donald McCloskey, que introdujo la noción de retórica en la discusión epistemológica, y luego la extendió al campo de la historia económica." Para entender su argumentación podemos partir precisamente de la retórica de la economía. Aunque en el trabajo de McCloskey no hay una definición unívoca de la misma, consiste en el conjunto de las técnicas utiliza- das por el economista para convencer a los demás economistas de lo acertado de su trabajo. El carácter intrínsecamente retórico de la economía (en realidad, de las ciencias en general) reside en el hecho de que su fin es convencer a los que la practican, más que demostrar nada. La retórica tiene que ver con una ((comunidad de conoce- dores))" que se expresan en un lenguaje y lo comprenden. Esta «co- munidad de conocedores))coincide con los especialistas de una dis- ciplina determinada, que se expresan en el lenguaje (y utilizan las técnicas) de dicha disciplina (economistas, biólogos, físicos, historia- dores, etc.). La retórica consiste en el intento de convencer a los «otros» conocedores de que los resultados de nuestro trabajo son acertados. Inevitablemente, el modelo de ciencia apropiado para la economía (y también para las ciencias «duras»)es la lingüística y el

análisis literario, capaz de desvelar los procedimientos retóricos adop- tados en el seno de las ((comunidadesprofesionales)). Y capaces tam- bién de desvelar el éxito o el fracaso, en términos de audiencia, de una teoría. En general, la retórica se plantea como perspectiva antimetodoló- gica. El éxito de una teoría depende sobre todo de la eficacia de su retórica. Por eso no tiene sentido plantearse el problema de la verosi- militud empfrica o de la eficacia explicativa de un modelo. El único criterio de verdad reside en la conversación y el acuerdo de los cientí- ficos. En otras palabras, se abandona cualquier noción de objetivi- dad de la empresa científica. No es posible sostener que «las cosas son de otra manera,), porque ya no es posible referirse a una noción de verdad que de algún modo se refiera a una realidad exterior. El mundo objetivo ha desaparecido por completo del plano cognos- citivo. Todos los enunciados se refieren a otros enunciados, y son los propios enunciados los que pasan a ser el objeto de la empresa científica. La aplicación a la historia económica de esta antimetodología, de esta «filosofía de salón», según la cáustica expresión de R. Bellofio- re,98le sirve a McCloskey para afirmar, en sustancia, que en la histo- ria económica ((todovale»,basta con que los historiadores se pongan de acuerdo. El problema no es encontrar un modelo que describa o explique «bien»los hechos, sino la construcción de argumentaciones que convenzan a la comunidad de los historiadores. A su vez, la refle- xión historiográfica debe limitarse a la exposición y a la valoración, con la ayuda de instrumentos literarios, de las ((cualidadesretóricas)) de los historiadores económico^.^^ Así pues, el estudio de McCloskey pretende exponer las cualidades retóricas de los cliómetras. Lo que ocurre es que en el análisis historiográfico concreto la retórica se reduce sobre todo a lemas antimetod~lógicos'~~y los instrumentos de clasificación se toman sencillamente del debate historiográfico anterior. En concreto, el análisis de McCloskey se desarrolla en cinco pun- tos, que corresponden a otros tantos breves capítulos. El primero es una introducción terminológica, en el segundo se aborda la cuestión de la aplicación de la teoría económica a la investigación histórica, el tercero trata del uso de la estadística, mientras que el cuarto y el quin- to tratan de cuestiones más contingentes: la nueva interpretación de la historia económica estadounidense realizada por los cliómetras, y la difusión de la historia econométrica fuera de los Estados Unidos.

De modo que McCloskey, al igual que McClelland, no propone ningu- na «taxonomía» historiográfica. La retórica es única, lo que impide que se proponga cualquier tipo de clasificación. La única distinción posible que se puede augurar es la que existe entre dos lenguajes dis- tintos utilizados por los cliómetras, la retórica de la economía y la re-

tórica de la estadística.

En lo que respecta a la retórica de la economía en historia econó- mica, McCloskey se ocupa, en primer lugar, de los errores que intro- duce un uso «ingenieril» de la teoría económica en el análisis his- tórico. Por uso de ingenieros, McCloskey entiende la aplicación sin condiciones (no contextualizada) de la teoría al suceso que se quiere explicar. Por ejemplo, el estudio de la supervivencia de vagonetas de carbón en el sistema inglés en torno a 1915,realizado aplicando de for- ma incondicional la teoría neoclásica, puede dar la idea de que la gestión de los ferrocarriles ingleses era irracional. La explicación de este ((comportamientoirracional))es que estas vagonetas estaban acompañadas de unas infraestructuras (terminales, líneas, apartade- ros) que hacían muy costosa su sustitución por vagones más gran- des. La cosa se complicaba, además, porque la propiedad de los va- gones de carbón y la de las infraestructuras ferroviarias estaba dividida, lo que impedía (o dificultaba sobremanera) poner en mar- cha estrategias productivas unitarias."' Paul A. ~avid"*hace un razonamiento similar para explicar el re- traso (de unos 10 años) de la mecanización de la cosecha de trigo en Inglaterra, con respecto a los Estados Unidos. El caso es que la sega- dora de caballos, inventada en los años treinta del siglo XIX, requería parcelas de cierto tamaño y ciertas características del suelo (falta de hoyos, falta de sistemas de regadío que entorpecieran los movimien- tos) para que su empleo resultara económico. Estas condiciones no se daban en Inglaterra,'03 y esta sería la explicación del mencionado retraso, que choca con las hipótesis planteadas por otros autores (Landes, Lazonick y Elbaum)lo4cuyas explicaciones giran en torno a la ausencia de factores institucionales específicos: empresariado, re- laciones sociales de producción, etc. También en este caso la aplica- ción de un modelo económico puro, sin las necesarias concreciones geográficas (características de los suelos, etc.) y sociológicas (posibi- lidad de formar cooperativas), habría llevado a la incomprensión de los términos del problema.'05 De hecho, como se puede ver por estos dos ejemplos, los proble- mas que aborda McCloskey a propósito del uso de la teoría económi-

ca no son más que repeticiones de observaciones críticas sobre la contextualización de la teoría, y sobre la localización de los modelos, que ya había planteado Richard Sutch en un contexto teórico com- pletamente distinto. Lo que no aclara McCloskey es cómo unas críti- cas dirigidas al carácter no localizado de la validez de teorías se in- cluyen en el modelo retórico, más general. McCloskey identifica varios ((dialectos»dentro de la retórica de la ecoizomía aplicada por los cliórnetras: ((todosesos dialectos descien- den del lenguaje de Adam Smith, tanto si son marxistas como men- gerianos o marshaliano~n.'~~Pero el hecho de reconocer la existen- cia de varios dialectos no pone en duda la unidad el lenguaje:''' la

«reducción» (de la pluralidad de dialectos a

se basa simplemente en el hecho de que el público al que se hace referencia siempre es el mismo: la comunidad de los historiadores económicos. Adem6s de una retórica de la economía, McCloskey identifica en la tradición cliométrica una retórica de la estadística. Pero también en este caso la noción de retórica se expresa en la distinción, adopta- da tradicionalmente en las reseñas sobre los trabajos cliométricos, entre i) uso de la estadística sin teoría económica, y ii) uso de la esta- dística asociada al uso de la teoría económica. Para McCloskey sólo una pequeña parte de los trabajos pertenece al grupo que no usa la teoría económica, principalmente los trabajos de aquellos a quienes llama precursores de los cli~metras.'~'En el segundo grupo, el que utiliza la teoría económica, McCloskey hace por lo menos cuatro dis- tinciones: a) los que utilizan la teoría económica y la teoría de los números índice para la construcción de series de la producción sec- torial o nacional. En este grupo incluye los early monunzents de Wal- ther Hohann sobre la producción industrial inglesaIn9y de Alexan- der Gerschenkron sobre la producción industrial italiana;"' b) los que han utilizado la estadística para reconstruir, en el marco de la teoría de la contabilidad nacional, los principales agregados de la pro- pia contabilidad nacional. El pionero de estos trabajos fue el grupo de la Universidad de Pennsylvania (Filadelfia) encabezado por Simon ~uznets;'"c) los que utilizan la teoría de la regresión lineal, «el ami- go de confianza del economista en este mundo oscuro y ancho»,'I2y d) los que recurren a técnicas de simulación, cuya variante más sen-

coste-beneficio.Il3 Esta distinción está en contra-

cilla es el análisis

dicción con la que se introduce para la retórica de la economía, basa- da en la identificación de ((dialectos))distintos. En el caso de la retórica

la unidad del lenguaje)

NOTAS

39

de la estadística parece que McCloskey se refiere a una diversidad de método, que precisamente la retórica había excluido para la teoría económica.

NOTAS

1. Gavin Wright,

«Econometric st~idiesof his-

tory~,en Michael D. Intriligator, ed., Froiztiers of

Quar~titatii~eEcoiiornics, North

dam, 1971, pp. 4 12-459.

Holland, Amster-

the Antebellum Midwest~,en Henry Rosovskv, ed.,

Iizdustrinlizatioi~ ir2 Two Systerns, Wiley and Sons,

Nueva York, 1966.

9. P. Temin, Iron and Steel ir1 Nineteetltlz Ceri-

2.

G. Wright, art. cit., p. 412.

tuy Americn, pp. 29-34.

3.

Ibid., p. 414: a, En la historia no tenemos

10.

P. McAvov, Tlze Ecorzomics Effects of Regu-

una referencia clara respecto a qué constituye un

grado aceptable de exactitud

ción para proceder

te de nosotros compartimos suficientes referencias

subjetivas al menos para comunicamos en estas materias. Con frecuencia somos capaces de poner- nos de acuerdo en que ciertos modelos están muy

mal especificados en cierta situación, y habitual- mente reconocemos un grado mayor o menor de csmero al poner a prueba la adecuación de la con- clusión respecto a supuestos menos plausibles».

4. A. Conrad y J. Mever, «The Econornics of

Slavery»; R. W. Fogel, Railroads aizd Antevican Eco-

rioiwic Gro~)tlz,Johns Hopkins Press, Baltimore, 1964; hay un un ensayo preparatorio de este últi- mo: R. W. Fogel, «A quantitative approach to the

st~idyof railroads in American economic growth, a I-eport of some preliminary findings)),Jottn~alof Economic History, 22 (1962), pp. 163-197.

Mi única justifica-

es que creo que la mayor par-

5. R. W. Fogel, Railroads, en particular las pp.

162-163.

6. Albert Fishlow, ((Levels of nineteenth cen-

tury American investment in education»,Joun~alof

Ecor?omic History, 26 ( 1966).

7. L. Davis y J. Legler, (~Thegovernrnent in the

American economy. 1851-1902»,Jour17alof Ecorzo-

inic Histoty, 26 ( 1966).

8. P. Temin, Iron and Steel itz Nitleteerztli Ceiq-

t~liyAnzerica, The MIT Press, Cambridge. 1964; Paul A. David, «The mechanization of reaping in

latior~:Trunkline Railrond Cartels and tlie Interstate Corizmerce Cour~missionbefore 1900, The MIT Press,

Carnbridge, 1965.

11. J. G. Williamson y J. A. Swanson, «The

growth of cities in the American Northeast, 1820-

1870)),Explorations ii~Entrepreneurial History, Se-

cond Series, IV ( 1966).

12. J. Kmenta y J. C. Williamson, «Determi-

nants of investment behaviour: United States rail-

roads 1872-1941 D, Review of Econornics arzd Statis-

tics, 48 (1966).

13. L. C. Solmon, ~Opportunitycosts and mo-

dels of schooling in the nineteenth century)), Sou-

thern Ecorzoinic Journal, 37 (1967).

14. P. Temin, «The cause of cotton pnce fluc-

tuations in the 1830's», Review oJ Ecorzornics atzd Statistics, 49 ( 1967).

15. R. W. Fogel y S. L. Engerrnan, «A model

for the explanation of ind~istrialexpansion during nineteenth century with an application to the Ame-

rican iron industryn, Jourizal of Political Economy,

77 (1969).

16. Gavin Wright, «Econometric st~idiesof histo-

njP, p. 455.

17. Richard Sutch, ~Frontiersof q~iantitative

economic historv, circa

1975», en M. D. Intriliga-

tor, ed., Frorztiers ofQuarztitntii~eEcononiics, vol. A.,

pp. 399-4 16.

~Cotton"ovemi-oduction" in

late nineteenth century southern agriculturen, Jour-

18. S. DeCanio.

iial of Ecorioi~iicHisronl, 33 (septiembre de 1973); la

realización de las críticas teóricas de Sutch se en- cuentra en R. Ransom y R. Sutch, «The "Lock-in" mechanism and overproduction of cotton in the postbelluin Southn, Agricultura1 Histow, 49 (1975). PP. 405-425.

19. R. S~itch,~Frontiersof q~iantitativeecono-

mic hisiory>,,p. 403: «Lo que él no reconoce, sin

embargo, es que no se puede proyectar un análisis estadístico apropiado sin pruebas de primera mano acerca de la instit~icióndentro de la cual ha tenido lugar el comportamiento objeto del estudio. Estas pruebas sólo pueden proceder de un testimonio contemporáneo».

20. Utilizando un modelo neoclásico, De Ca-

nio descubre una prod~icciúncompetitiva v deduce que tanto las instituciones como las motivaciones de los individuos son las que presupone la teoría neoclásica: según Sutch, «ni la estructura de las instituciones económicas ni las motivaciones de los individuos sc pueden deducir del resiiltado de Lin

proceso económico», R. Sutch, ~FrontiersoF quan- titative econoinic historyn, p. 406.

21. P. Temin, «Labour scarcity and the pro-

blem of American industrial efficiei-icy in thc

( 1966),

pp. 277-298; P. Passcl v M. Schmundt, oPrccivil war land policv and thc growth of manufact~iringn.

Exploratiorts iii Ecoriori?ic Histop, 9 (1971), pp. 35-

48; P. Temin, ((General eq~iilibriummodels in eco-

18501s»,Jo~rri~alof- Ecor?oi?lic Hisrory,

26

nomic history~,Jouri?al oJ' Ecor7orriic

Histoy, 31

(1971). pp. 58-75; C. Pope, ~Theimpact of the Ante- Bellum tariff on income distribution*, Exploratioils ii? Ecoiiomic History, 9 (1972), pp. 375-421 ; J. Wi-

Iliamson, Late Niizeteeiitk

lopinerzt:

Ceiltuq) Ainerican Deve-

Gerleral Ey~rilibrirri71Historv, Cambridge

University Press, Nueva York, 1974.

22. J. Williamson, Late Nii~eteer~thCei?tclry.

23. R. Sutch, <<Frontiersof quantitative econo-

mic history.,

p. 410.

24. L. Davis y D. Nortb, Instit~ttioiialClzarrge

aild Ainericaii Ecoiior~ricGro~~lk,Cambridge Uni-

versitv Press, Nueva York, 1971.

25. R. Freeman, ((Black-White Income Diffe-

rencesx, habla de .los

kers vinculados a los intereses de sus electores en el

análisis de la discriminación racial en las escuelas del sur. De forma análoga, G. Wright, ~Thepolitical economy of governrnent spendingn, sostiene que el

políticosn como clecisioii-nta-

New Deal es el resultado de las decisiones indivi- duales de los políticos que tienden a obtener el má- ximo número de votos de sus electores. Cf. también G. Gunderson, «The origin of the American Civil

War,,, Jourtinl of Eco~iornicHistow, 34 (1974), pp.

915-950.

26. La forma reducida de la ecuación decisiva

donde PV, que es el valor presente de todas las vcn- tajas futuras asociadas a un cambio, depende de la sumatoria, dado el paso de ii intervalos de tiempo t, de la relación entre dos magnitudes calculadas

para cada intervalo de tiempo. En el numerador está la diferencia enti-e la probabilidad (p,) de obtc- ner «ganancias» multiplicada por el valor de las ((ganancias))(R,) v la probabilidad de ((pagar»de los costcs (y,) multiplicada por el valor de los costes (C,). En el denominador se encuentra la magnitud (1 + r)',donde r es el tipo de descuento, igualado al tipo de interés accesible a la unidad de decisiún en el tiempo cero.

27. Para una rcconstrucci6n histórico-crítica

de la función de producciOn, véase G. Vaggi, «Pro- duzionen, en G. Lunghini, ed., Dizioiiario di Eco- itoniia Politica, ~oringhieri(1987). vol. 12, pp. 165-

256.

28. Cf., por ejcmplo, la discusión sobre la po-

sibilidad de incluir en el enplanaizs de la acción eco-

nómica unos enunciados referentes a fenómenos sociales. S. Lukes, ~~MethodologicalIndividualism

reconsidered.,

19

(1968); J. W. N. Watkins, eHistorical Explanation in the Social Sciencen, en 1. Krimerman, ed., Tlze

Nature arzd Scope of Social Sciei7ces. A critica1 Aiiro-

1og.y. Meredith, Nueva York, 1969 (1952). Para la vi- sión estándar de la teoría se puede ver K. J. Arrow,

~EconomicEquilibriumn, en Iiiten~atior~alEiic.ycfo- pedia of'the Social Scieiices, McMillan and the Free

British

Journal

of

Sociologv,

Press, 1968.

29. Peter D. McClelland, Cacisal Explaiiation

aiid Model B~iildingi~lEconomics. Histoy aild the

Necv Ecoizornic Histoy, Cornell Universitv Press, Ithaca y Londres. 1975. McClelland es el autor de la formulación más famosa de «lo que es nuevo))en

NOTAS

41

I:i Nueva Historia Económica: «La nueva historia t.c.onómica, a menudo llamada cliométrica, supone iinri revolución tanto en la clase de generaliza- i.iones empleadas como en la manera en que se for-

iii~ilany aplican al análisis histórico dichas genera- liiaciones), (p. 15).

30. Cf. el apartado 2.1 del capít~ilo2.

31. P. D. McCleUand, Carisal Explar~atioii,p.

63: «La unidad del método de la explicación causal

tlc todas las disciplinas

maciones. La primera cs que la explicación causal

consiste en subsumir hechos bajo generalizaciones (Ic la forma

gira en torno a dos afir-

Si (Ci ,

,

Cn), entonces E.

La segunda es que, debido a que el conocimiento

incierto, todas esas generalizaciones causales de- ben ir precedidas de la palabra "probablemente"».

32. Cf. C. Cornolcli, «I1 comportamentismo~>,

cn P. Legrenzi, ed., Sioria della psicologia, 11 Muli-

no, Bolonia, 1982, pp. 147-176, en especial pp. 163- 164; C. Mecacci, «La nflessologia e la scuola storico culturalen, en ibid., pp. 97-109, en especial pp. 98-

103; J. Langer, Teorie dello siiilzippo r?~er~tale,Gi~inti

Barbera, Florencia, 1973, pp. 72-122; M. W. Battac- chi, ((Metodologiagenei-ale della ricercan, en M. W.

Battacchi, ed., Tratiato er~ciclopedicodi psicologia

tomo 1, pp. 35-5 1, en espe-

cial p. 48.

33. Una clasificación es una operación lógica

más compleja que el agiupamiento. Para este as-

pecto cf. R. S. Rudner, Pliilosophy of' the Social

Scieizce, Prentice-Hall, Nueva Jersey, 1966.

34. «Un oosible olanteamiento consiste en

compai-ar los supuestos de un modelo determinado con otra prueba de la experiencia histórica, a la cual se aplica el n-iodelom; P. D. McClelland, Catrsal

Explai~atioi~,pp. 2-24.

35. Para alg~inosejemplos y la correspondiente

bibliografía cf. el apartado 2.1 del capítulo 2.

36. Cf., por ejen~plo,P. Samuelson, R. Doríman

clellét& evolr~iii~a,vol. 1,

y R. M. Solow, Liiieor prograrniniizg arzd Econornic

Ai~alysis,McGraw-Hill, Nueva York, 1958.

37. J. R. Mever, «An input-output approach to

evaluating the influence oF exports on British indus-

trial production in the late nineteenth century, Ex-

p/or.atioi~siii Ei~trepreize~trialHi.~toty.8 (1955), pp.

12-34: para la crítica cf. D. N. McCloskev, ~DidVic-

torian

Britain

fail?,,, Econonlic

History

Revietr],

Ili, la Nueva Historia Económica nace el año de la

publicación del ensayo de Mever: P. A. Toninelli, «Origine e prospettive metodologiche della "new economic history"», en Pietro Rossi, ed., Ln storio-

grafia contenporai?ea.Ii~diritzie problen~i.11 Saggia-

tore, Milán, 1987, pp. 175-206, en especial

38. W. G. Whitney, ~Thestructure of the Ame-

rican economy in the late nineteenth centuryn, Di.7-

crlssion paper n." 80, Department of Economics,

University of Pennsvlvania, 1968. CF. apartado 2.2

dcl capítulo 2. En los dos ejemplos citados se acl-

vierte que la utilización de tablas 10 se ha aplicado en contextos de análisis contrafactual.

39. P. D. McClelland, Casual Expkanation aild

Model Building, p. 228. El método del Social Ac-

counting Matrices (SAM), que amplía el análisis de

los flujos intersectoriales de las cuentas de la pro-

ducción a los sectores del gobierno, financiero y personal, tiene un notable interés histórico, aunque no se utilice para el análisis histórico. Por ejemplo, describe los flujos de renta para los factores en cada industria v la evolución de los fluios de fondos

entre los sectoi-es clel gobierno, las empresas y los individuos. Cf. F. G. Pyatt, «A SAM approach to

moclelling~~,Jounial of Policy Modelling, 10 (3). pp.

327-352.

40. Este tipo de cuivas de demanda han sido

utilizadas por R. W. Fogel y S. L. Engerman, Tlie

Reinietpretation of'ilnzericaiz Eco}iornic Hisroty, Har-

per & Row, Nueva York, 1971, pp. 150-153; P. Passel

y M. Schmundt, ~Pre-CivilWar land policv and the growth of manufacturingn. Exploratioi~sin Ecorzo- nzic History, 9 (1971). pp. 35-48; C. Pope, «The im-

pact oF the Ante-Bellum tariff», ibid., IX (1972), pp. 375-422; P. Temin, «The cause of cotton-price fluc-

tuations in the

Statistics, XLIX (1967), pp. 463-470; G. Wright, «An

Econometric Study oF Cotton Production and Trade,

p. 176.

1830's)), Revieiv of' Ecoiiornic

ai~d

1830-1860»,ibid

LIII, pp. 1 1 1-120.

41. Una curva de demanda de este tipo hace

que la cantidad pedida (Q) de una mercancía de- penda del precio (P) de la mercancía y de la renta (Y) según la ecuación:

cuya transformación logarítmica es la ecuación li- neal

En partic~ilar,se dem~iestraque b es la elastici- dad al precio y c la elasticidad a la renta de la de-

1869-1909. Discussioni>,Jounial of' Ecorioniic His-

rory, XXIII (1963), pp. 472-476.

manda,

es decir:

48.

Cf. cualquier manual de microeconomía,

 

como R. Dorhan, Prezzi e nlercnti, 11 Mulino, Bolo- nia. 1968, pp. 50-89, en especial p. 77.

49.

La fiinción de producción Cobb-Douglas

describe la cantidad producida de una mercancía con la ecuación

42.

J. G. Williamson, «Consumer behaviour in

en la que el parámetro a0 mide el grado de eficacia

the ninetcenth century: Carroll D. Wright's Massa-

de la actividad procluctiva en la organización, L y K

chusetts workers in 1875», Explorntioiis ir1 Ecorro-

las cantidades empleadas de trabajo y capital. La

niic Hisfory, 4, pp. 98-135, recurre a esta técnica para someter a test tres ecuaciones de demanda dis- tintas. Cf. también para los modelos alternativos: S.

transformación logarítmica da una ecuación lineal de tipo:

Kuznets, Moderri Ecorior?iic Gro~~th:Rafe, Structlrre

arid Spread. Yale Universiiy Press, New Haven, 1966, en especial pp. 98-99. Para una actualización se puede consultar cualquier manual de estadística económica, como R. Guarini, Stati.~ricaEcorioniica,

La Goliardica, Roma, pp. 251-260. En el capítulo si-

guiente se habla de la perple,jidad de los cliómetras

ante la potencia de este tipo de test.

log y = log a.

+ al log L + a* log K

en este caso a, y a2 son las elasticidades de la oferta de Y con respecto al factor trabajo y al capital. Cf.,

por ejemplo, S. Zamagni, Econoniin polirica. Teoria rlei prezzi, dei rriercati e della distrihuzioize, NIS,

Roma, 19874, pp. 291

50. Partiendo de la escritura no logarítmica de

SS.

43.

P. D. McClelland, Co.scrnl

Erpka17atiori, pp.

la Cohb-Douglas se ve que a es la relación entre

189-193

y 228-230.

cantidad producida e iriputs empleados:

44.

McClelland señala que el supuesto de que

el mercaclo es perfectamente competitivo, en reali-

dad implica tres supuestos: a) que los productos es- tén estandarizados; b) que todos los operadores co-

nozcan perfectamente el mercado, y c) que la

producción de cacla empresa sea una pequeña frac-

ción de la total. P. D. McClelland, Causal Explnr7a- ¡ion, pp. 193-194.

45. R. W. Fogel y S. L. Engerman, Reirirerpre-

tatioii ofthe Ar?iericaii Ecoiiornic History, p. 156.

51. Ci. R. Guarini, Statistica

179-180.

ecoiioniica, pp.

52. D. McCloskey, «Did Victorian Britain

fail?,,, en especial p. 450. Para una bibliografía ex- haustiva cf. P. D. McClelland, Cnusnl Explariatioii, pp. 193-201 y 230-237. La argumentación de Mc-

46.

D. N. McCloskey, ~Productivitychange in

Closkey se basa en la obtención de remuneraciones

British

pig iron, 1870-1939,, Qrrarterly Joi.lnia1 of

constantes en el tiempo de los factores de produc-

Ecoiiomics, LXXXII ( 1968), pp. 28 1-296.

ción empleados.

47. R. W. Fogel, Railroads arid America17 Econo-

rnic Grou~th,criticado por P. D. McClelland, ~Rail-

roads, american growth and the New Economic

History: a critiquen, Jocrninl o/' Ecor~omicHi.rtory,

53. P. A. David y P. Temin. ~Slavery:the pro-

gressive institution?», Joirrrial of Ecoiior~iicHis-

tory, XXIV (1974), pp. 739-783; R. W. Fogel y S. L.

Engerman, Tirne ori tlie Cross: flie Ecor~omicsof

XXVIII

(1 968), pp. 102-123. Otros ejemplos son P.

Aii~ericai~Negro

Slniley, Little,

Brown, Boston,

Temin.

«The composition of iron and steel pi-o-

1974.

ducts,

1869-1909~,Jorlnial

of Eco17or??icHisiory,

54.

Cf. A.

K. Dixit, ~Modelsof

dual ccono-

XXIII (1963), pp. 447-471, criticado por E. Smo-

lensky, ~Compositionof iron and steel prod~icts,

mies»,

en

Mirrlces,

Stern

n.H,

cds.,

Models

of

Eco17oniic Grort~th,McMillan, Londres, 1973; D. W.

NOTAS

43

.Iorgenson, «The Development of a dual Economym,

I~coiiomicJournal, vol. 71 (282) (1961 ), pp. 309-334.

55. Véase, por e.jemplo, K. J. Arrow, H. B. Che-

iiery, B. S. Minhas y R. Solow, «Capital-Labor Subs-

iitution and Economic Efficiency~,Review of Eco-

riomics aiid Statistics, 3 ( 1961).

56. E.

R.

Brendt y

L. R. Christensen, ~The

iranslog function and the substitution of equip- inent, structures and labor in U.S. manufacturing

1928-1968~.Jotimal of Econometrics, 1 (1973); A.

G. Woolf, ((Electricity, productivity and labor sa-

ving. American Manufacturing 1900-1929~,Explo-

intions in Ecoiiomic Hi.~toty,21 (1984); W. H. Phi-

Ilips, «The Economic Performance of late Victorian 13ritain: traditional historians and growth,,, Jorrnlal

o/'Eciropeai?Econoniic History (1989), pp. 393-414.

57. Sobre estas c~iestionescf., por ejemplo, G.

Vaggi, <<Produzione»,en G. Lunghini, ed., Dizioila-

rio di Economia Politica; P. Tani, Aiialisi n7icroeco- rroinica della produzione, Nis, Roma, 1987.

58. Véanse al respecto, entre otros, C. Gianni-

iii, «Modellistica energetica, teoria del pi-oduttore e

1i)rmulazioni dinamiche),, en C. M. G~ierciy G. Za-

iictti, Si~iluppoeconoinico e i~iiicoloenergetico, 11

Mulino, Bolonia, 1988, pp. 55-66.

59. Para una reseña de los .clásicos» del desa-

1.1-olloeconómico se puede ver G. Meier, ed., Pioiie- CI.F iii Developinei~t,Oxford University Press, Oxford, Ic)87.Para los trabajos más recientes se pueden ver, 1101-e,jemplo, D. Bevan, P. Collier y J. Gunning, Con- ~rolled Open Economies, Oxford University Press,

Oxford, 1988; N. Gemmel, Sun~e.ysin Dei~elopnienf

I~¿~oizomics,Blackwell, Oxford.

1987; M. Scott, A

N(,iij View of Ecor~omicGrowth, Oxford University

1'i.c-SS,Oxford, 1989; T. Ranis y T. P. Schultz, nie

.S//rteof'Developmei~tEcoi?omics, Blackwell, Oxford,

1')88; H. Chenery y T. N. Srnivasan, eds., Haiidbook

o/ DeiJelopment Economics, Handbooks in Econo-

iiiics, 9, vols. 1-2, North Holland, Amsterdam, 1988- 1089; N. Stern, «The Economics of Developmentv, 1'1.orzomicJoun~al,99 (1989), pp. 597-685: W. T. Woo, «The Art of Economic Development~,Intemn- ~rorralOrganizatior~,44 (1990), pp. 403-429; A. Fish- 11 IXV, «Review of Handbook of Development Econo-

I I iicsr, Jocrn7al of Ecoiiomic Literature, XXIX (199 l),

1111.1.728-1.737.

60. Cf. C. Clark, The coi?ditioizs of Ecotiomic

I'~ogress,McMillan, Londres, 1940, y S. Kuznets,

1 r,oitomic Groii)tliof Nations: Total outprit aild Pro-

duction Stntcture, Harvard University Press, Cam- bridge, Mass., 1971.

61. Cf. H. B. Chenery y M. Bruno, <<Develop-

ment altematives in an open economyn, Ecoliomic Jounlal, vol. 72 (1962), pp. 79-103.

62. Este es el enfoque de la obra de Rosenstein-

Rodan, que combina la demanda efectiva keynesia- na con la dimensión del mercado de Smith para afirmar que si, en condiciones de desempleo, una fhbrica de zapatos ya no es rentable a causa de la es- case7, de demanda en las actuales condiciones del consumo, si al mismo tiempo se realizan las inver- siones en bienes de consumo, estas últimas pueden ser todas rentables, garantizando un mercado para todos los productos. Cf. P. ~osenstein-~odan,«Pro- blems of industrialisation in Eastein and Southern

Europe),,Ecoilonzic Joiinial, vol. 53 (1 943), pp. 202- 212. En el mismo sentido se puede ver el reciente y riguroso K. M. Murphy, A. Shleifer y R. Vishnv, «In- dustrialization and the big push», Jotin1al of Politi- cal Econom,~(entre 1989 v 1991).

63. H. Chenery, ~PatteinsoF Industrial Growthn,

An?ericnn Ecoilomic Rei~ieiu,L (septiembre de 1960),

pp. 624-654.

64. La forma de indicadores indirectos emplea-

da para eliminar algunos elementos de falta de comparación en los datos de la renta hace que las conclusiones de Temin no parezcan del todo defini-

tivas, sobre todo si se tiene en cuenta lo inadecuado de los datos del siglo xix, que el propio Temin co- menta.

65. H. B. Chenery y M. Syrquin, Patterns ofDe-

velopment 1950-1970, Oxford University Press, Ox-

ford, 1975: H. B. Chenery, Structciral Chai~geai~d

Deiieloprneiit Policy, Oxford Universitv Press, Ox- ford, 1979.

66. H. Chenery, S. Robinson y M. Svrquin, In-

dustrialization and Grou~th:A Coinparatii~eStudy,

World Bank, Washington, 1986.

67. Cf. R. Summers y A. Heston, «A New set of

international comparisons of real procluct and pri-

ce levels estimates for 130 countries 1950-1985*,

Reifiei4~of Iilcorne arid Wealtk (1988), pp. 1-25.

68. Cf. J. Reynolds, [~TheSpread of economic

growth to the Third World: 1850-1980»,Jounial of

Ecoi1omic Literature. 2 1 (1983), pp. 941-980.

69. W.

A.

Lewis,

Tlle

Theo~~of Ecoi~omic

Gro~~tli,Irwin, Homewood, Ill., 1954; una versión

mAs reciente es Gro~vtlzai~dFlticttiatiorls.

1870-

1913, Allen 6r Unwin, Londres, 1978. El mismo au- tor ha publicado un estudio crítico: (<TheState of

Development Theoryn, Aniericaiz Economic Revie~~,

74(1)(1984),pp. 1-10,

70. C. Kindleberger, Foreigii Trade arid tlie Na-

tional Ecoiiom~~,Yale University Press, Yale, 1962.

71. E. F. Denison, WIzy Growtli Rates Difer:

Post War Experierzce ii~Nirie Westenz couiitries, Broo-

king Institution, Washington, 1967.

72. J. C. Fei y G. Ranis, «Innovation, Capital

Accumulation and Economic Development-, Anze-

rica11 Ecoizor?iic Revieiw, LIII (junio de 1963), pp.

North y P. T. Thomas, «The rise and fall of the ma- noria1 system. A theoretical model,,, Joürizal ofEco- 1zor71icHistory, XXXI (1971), pp. 777-803; D. North

y P. T. Thomas, The Rise of tl?e Western World: a

New Ecoriomic History, Cambridge University Press, Cambridge, 1973.

81. D. C. North, La rii~oluziorieir7dustriale riel

700 e iie11'800, Mondadori, Milán, 1983.

82. T. Veblen, Tlze Irzstirict of' Workrnariship,

Augustus M. Kelley, Nueva York, 1904; más en ge-

neral, cf. W. Gordon, Instit~4tioi1nlEcoi~omics,Uni-

versity of Texas, Austin, 1980.

283-313.

83.

M. E. Bond, <<AnEconometric study of pri-

73.

G. Ranis, sThe Financing of Japanese Eco-

mary pcoducts exports tí-om developing country re-

nomic Development~,~coiior?zicHistoty Review, 2.;'

gions to the worldn, IFM Sta# Papers, vol. 34 (2).

serie, XI (abril de 1959), pp. 440-454.

pp. 191-227. Sobre la elasticidad del precio, vCase

74. W. Rostow, Tlie Stages of ecorzgniic

Growtlz. A rion cornn?coiist Mni?ifesto, Cambridge

University Press, Cambridge, 1960.

75. W. G. Hoffmann, Stadien uiid Typeri der 111-

drrstrialisieruri,g, Institut fur Welwirtschaft, 1931.

76. P. David y R. E. Gallman, «La formazione

del capitale negli Stati Uniti durante il secolo XIXD,

Storia ecor~oniicadi Camhridge, vol. 7, t. 11, Turín,

también M. Lipton y R. Longhurst, New Seeds arid Poor People, Hutchinson and Johns Hopkins Uni- versity Press, Londres, 1989.

84. J. Stiglitz, «The New Development Econo-

mies,,, World Developmerir, Special Iss~ie(1986),

pp. 257-265. 85. D. Diamond, «Financia1 Intermediation and Delegated Monitoringn, Reijiew of Ecorzornic

1980.

Studies, 1984.

77.

A. Gerschenkron, Ecoizornic Backwardriess

86.

Cf. al respecto J. Gurley y E. Shaw, Morrey

iii Historical Perspectii~e,Harvard University Press,

Cambridge, Mass., y Harvard, 1962.

78. «¿Cómo juzgar

la legitimidad del su-

puesto, según el cual cada S3 investigado siempre producirá un incremento anual de la producción total SI, cualquiera que sea el tamaño y la compo- sición del stock de capital., P. D. McClelland, Ca~t-

sal Explanation, p. 205.

79. Sobre la diversidad y las Formas de econo-

mía institucional. cf. M. Corti, «La Nuova econo- mia istituzionale: alcune considerazioni su un pro-

gramma di ricerca neoclassicon, Storia del peizsiero ecorionrico, 1990, pp. 20-40.

80. L. E. Davis v D. C. North. ~Institutional

change and Amencan economic growth: a first step towards a theory of institutional change», Jouuiial

of Ecoiiowzic Hzstoty, XXX (1970), pp. 131-149; L.

E. Davis v D. C. North, Ii~stitutior~alClrarige aizd Americaii Ecoiion~icGroirjtlz, Cambridge ~Gversity

Press, Cambridge, 1971. Cf. también para aplica- ciones concretas D. North y P. T. Thomas, *An eco- nomic theory of the growth of the western world»,

in a Tlzeory of Firiaiice, Brooking Institutions, Nue-

va York. Para una interpretación hist6rica que con- sidera los Drocesos de desarrollo económico acom- pañados de la tendencia a la perfección de los mercados financieros, cf. R. W. Goldsmith, Finail-

University

Press, New Haven, 1969.

cial

Structure

nnd

Dei~elopmer?t,Yale

87. Cf. O. Williamson, Markets aizd

Hierar-

aiid Aiititrr1st Consiclerations, The

clzies: Aiinlysis

Free Press, Nueva York, 1975.

88. A. Chandler, Srrategv aizd Strzrcture, MIT

Press, Cambridge, 1962; id., TIze Visible Hand, Har-

vard University Press, Cambridge, 1977; id., Scale

ai7d Scope: TIze D.yr7nnzics of Iizd~~strinlEnterprise,

Hatvard University Press, Cambridge, Mass.

89. Cf. R. K. Rowley, R. D. Tollison y G. Tu-

Ilock, eds., Tlze political Ecor7oiny of' Rerzt Seekirzg,

Kluwe,r ,Acádemic, Boston, 1988.

90. ,Cf.,!para Alemania, J. Kocka, ed., Burger-

tun7 im. 19'Jal~rIz~iiidert,vol. 2, M~inich,1988; H. V. Wehler, ed., Europaischer AdelI750-1950, Gotinga,

1990. Para Japón, M. Morishima, Cultura e tecrzolo-

91. Aunque «hasta la fecha, ambos esperan en

I .tiicin, P. D. McClelland, Causal Explnizatioiz, p. 240.

92. dos campos de lucha se enfrentan con

~l~-.~.onfianza,a veces hostilidad y una mínima co- i~iiiriicación.Por otra parte, hay un pequeño grupo ,It. competentes economistas, rigurosos en su mé- I 8, lo, preocupados por las generalizaciones y acusa-

#I,P,de disgregar el sutil tejido de la historia me- ~ii.iiiicdespiadados procedimientos dictados por 11 modelos teóricos, los datos disponibles v las

10 iiicas estadísticas. En el otro bando se agrupa la tiiiiicnsa mayoría de los historjadores cuyas pre- iq.t~.iiciasy erudición denotan un olfato de anticua-

I IC 1 por lo sing~ilary una humana desconfianza ha- , 1.1 los enunciados universales Por consiguiente,

I i tuloque se plantea a la actual generación podría

pregunta: ¿Existe un terreno in-

1, i iiiidio?», P. D. McClelland, Ca~lsalExplaizatioii,

I ~~

ciii>irseen

una

14

',13.

')7.

P. D. McClelland, Cairsal Explairatioir, en

1 ti Iic~ilarpp. 66-7 1 y 110-113.

'14.

Cf. más adelante, capít~ilo2, apartado 2.3.1.

')5.

Cf. E. Nagel, La stmttLtra della scienza, Fel-

11 iiit.lli, Milán, 1968, pp. 517 SS.;R. S. Rudner, Filo-

, ,/ic~ (Iclle Scieizze Sociali, II Mulino, Bolonia, 1968,

I*l*

,,,rt

101 SS.

'16.

,

D. N. McCloskev, The Rethoric of Ecorro-

Universitv

of Winsconsin

Press,

Madison,

i'~:i'i;D. N. McCloskey, Ecorzornetric History, Mc-

i\iiII:iii.Londres. 1987.

n,

'17.

La noción de «comunidad de conocedo-

,. que en realidad no está presente en McClos-

l . t. <.\tá tomada de S. Veca, Ui7a filosofin pilbhlica,

1 m 111-inclli,Milán, 1986, pp. 112-124. La referencia

Wittgenstein, Investigaciones filosóficas (trad.

t

i

t I . Crítica, Barcelona, 1988) es evidente. Pero .ast\,icneseñalar que en la obra de McCloskev nun- , i .il ':\rece citado Wittgenstein. Su referente teóri- e 0 O-. liichard Rorty. 'IH. R. Bellofiore, «Retorica ed economia. Su 81, iiiii sviluppi recenti della filosofia della scienza ~~iiomicae il loro rappoi-to con il metodo di Key-

0

.-.cn

'1').

Econoniia Politica, 1988, V, 3, pp. 41 7-463. D. N. McCloskey, Ln Retorica c1ell'Ecoizo-

,.II,,. ['p. 175-210.

eso son

1 .O i i III IS íilosóficos que en

1-01 1.1iiciapara la escritura de una historia convin- III, p. 17; «El método de la economía histórica

buena parte carecen de im-

IUO.

He aquí la lista completa: s

Todo

,,

NOTAS

45

no es el mero cálculo ni las Matemáticas superiores. Es la discusión a través de la analogía, el ejemplo, el

diálogo, los argumentos a forriori, a coirtrariis, a clefi-

Como medio para discutir acerca de la so-

nitiorie

ciedad, la auténtica economía es similar a las mate- máticas (una forma de discutir sobre los números) o la crítica literaria (una forma de discutir sobre las novelas)., p. 22; «Como cualquier conjunto de ideas vivas, por tanto, la investigación económica es rin tema de discusión en una conversación»,p. 27; «La figura 1 aclara, por lo menos, que la lógica es correc- ta, añadiendo convicción al argumento verbal. Es una figura de lenguaje. Como cualquier buena figu- ra de lengua,ie, el diagrama sugiere extensiones de la discusión», p. 32; «Y buena parte de la teona habla

del dialecto "neoclásico" de la economía, del dialec- to de prestigio del mundo de habla inglesa en el siglo xxr, p. 39; « Mide los ingresos de un país como si el país fuera una familia o un negocio, una atrevida metáfora magistral envuelta en otras varias metáfe ras de la teoría económicas, p. 46; « a fin de cuen- tas, {qué es la formación de capital fijo neto sino la excrecencia del cerebro de un economista?^, p. 47; «Su [de los economistas] conversación está siempre determinada al menos por la teoría de las cuentas, que es la estadística)),p. 49; «La herramienta cuanti- tativa más impresionante del economista histórico y la que en mayor medida acalla probablemente a los literatos, ostenta el curioso nombre de "regresión")>, p. 54; ([Eljoven erudito que adopta la retórica de Fo- gel podría hacer una estimación que atañería a una verdadera conversación erudita. Reconociendo que la "exactitud" depende de la cantidad de exactitud precisa para fomentar el desarrollo de la conversa- ción, desarrollando un argumento acerca de la esti-

mación necesariamente "imprecisa"

ño que los libros de Fogel deslumbraran a los jóvenes», p. 70; aEscrito en el duro estilo de la eco- nomía moderna por dos profesores auxiliares de Economia de la Universidad de Hanlard (Conrad y Meyer n.d.r.)», p. 72.

No es extra-

101. M. Frankel, «Obsolescenceand technologi-

cal change in a matunng economyv, Aunerican Eco- noniic Revieiv, 45 (1955), pp. 269-319; C. P. Kind-

leberger, Econornic Grotvtlz in France arzd Britaiir

1851-1950, Cambridge University Press, Cambridge, 1964, pp. 141-145.

102. P. A. David, aThe landscape and the ma-

chine: technical interrelatedness. land tenure and

the mechanization ot the corn harvest in Victorian Britain-, en D. N. McCloskey, Essays iii a Mature

1940, Methuen, Londres,

Ecoi~oin.~:Britaiiz after

1971, cap. 5, pp.

145-205; P. A. David, Teclzizical

Clqoice, Iniloijatioiz, aiid Ecoi~oniicGrowtli: Essays oii Ainericaii arzd Britisk Experieiice in the Niize-

teeiztlz Ceiituu, Cambridge University Press, Cam- bridge, 1975, cap. 5.

103. Para la disc~isiónsobre la posibilidad de

formar asociaciones cooperativas de campesinos para la compra de cosechadoras y sobre la posibili-

dad de arriendo, cf. D. N. McCloskey, Essays iir a Mat~rreEcoiion~y,pp. 206-214; 1. W. McLean, «The adoption of harvest machinery in Victoria in the

late nineteenth century),,A~istrníiniiEcoi7onric His-

toty Rei~ieiv,13 (1973), pp. 41-56; A. L. Olmstead, aThe mechanization of reaping and mowing in American agriculture, 1833-1870», Jounzal of' Eco- noniic Hisfory, 35 (1975). pp. 327-352.

104. D. S. Landes, Tlre Uizbociiid Prometlzeus.

Technological Clzai~geaird Ii~dustrialL)eveiopniei?t iri Westerr? Europe fronz 1750 to the Present, Cam-

Longmans,

Londres.

1975',

pp.

13-54 (hay trad.

cast.: Crítica cle la división del trabajo, Laia, Barcelo-

na, 1977, pp. 45-96), y los trabajos de William Lazo- nick: «Factor costs and thc diffusion of ring spinn- ing in Britain prior to Worl War In, Qclnrterly lountal of'Ecoi~ornics,96 (1981). pp. 89-109; W. La- zonik, ~Production relations, labor productivity, and choice of technique: British ancl U.S. cotton

spinningn, Joun~alof Economic History, 41 (198 1).

pp. 49 1-516. En dialecto austriaco hablan M. Roth-

bard, Anzericn's Grent Depressiorl. Sheed and Ward,

Kansas City, 1975, y L. White, Free Baizkiiig ir1 Bri- taiii, Cambriclge Univcrsity Press, Cambridge, 1984.

107. En efecto, ~cuanclohablan de la misma

historia, a menudo usan las mismas herramientas,>,

D. N. McCloskey, Ecorzornetric History, p. 39.

108. Cf. las primeras páginas del segundo ca-

pítulo para las referencias bibliográficas esenciales.

109. W. G. Hoffmann, British Industty 1700-

1950, Oxford University Press, Oxford, 1955; ed. en alemán 1939. 1 10. A. Gerschenkron. ~Descriptionof an inclex

bridge, 1969 (hay trad. cast: Progreso tecnológico y

of italian industrial development, 1881-1913», en

revolcrciúii i71dustrial. Tecnos, Madrid, 1979); B. El-

Ecoiiomic Backiwardiiess ir? Historical Perspective,

baum y W. Lazonik, «The decline of the British

Harvarcl

University

Press, Cambridge,

1962, pp.

economy: an institutional perspective,,, Jounzal of'

367-42 1.

Ecoiiomic History, 44 (1 984), pp. 467-484.

105. Es lo que ocurre en el primer ensayo de-

dicado poi- David a la cuestión: Paul A. David, «Tlie mechanization of reaping in the antebellum Mid- westn, en Henry Rostovsky, ed., Iizdcistrializatior~iiz two systerns, Wiley and Sons, Nueva York, 1966; para una crítica, L. E. Davis, s"And it will never be

literature": the New Economic History: a critiquen,

Exploratioizs iiz Eiztreprei~eurialHistory, VI (1968),

pp. 75-92.

106. D. N. McCloskey, Ecoilowietric Histoty, p.

39. McCloskey incluye entre los econúmetras que hablan dialecto marxista a Stephen Marglin, ~What do bosses do?,,, A. Gorz, ed., The divisioir of'hbour,

11 1.

NBER (National Bureau of Economic Re-

search), Treizds ii? tlze America11 Ecoiioinic Growth, Princeton, 1960, y O~itput,Erriployemeizt aild Pro- drrctivity iiz rhe Ui7ited Stntes afier 1860, Nueva

York, 1960.

112.

D. N. McCloskey, Ecoiionietric History,

p. 56; para la bibliografía, cf. el apartado 2.4, capí-

tulo 2.

113. L. J. Sandberg, Lnircashire ir? Declii?e: A

Study iiz Etiteri~~rei~eursliip,Tecl~nologyai?d Ii~ten~a-

tioi~alTrade, Ohio State University Press, Colum-

bus, 1974; L. Cain, Sailitation Strategy for a Lnlce- froiit Metropolis: tlze Case of' Chicago, Northern

Illinois Press, Dekalb, III., 1979.