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Hombres y estructuras

Hace tiempo ya que Edward Carr argumentaba que es ilógico tratar de ponderar
qué es más adecuado para comprender el pasado, si hacer hincapié en la sociedad o el
individuo, ya que “la sociedad y el individuo son inseparables: son mutuamente
necesarios y complementarios, que no opuestos”1

Sin embargo, la Historia como disciplina científica, ha estado atravesada por esta
dicotomía, al menos en términos explicativos en tanto y en cuanto, detrás de cada
modelo suelo percibirse una preferencia por las grandes estructuras económicas y
sociales agentes de procesos históricos, inmodificables por la acción de un solo sujeto, o
al contrario, por la puntualización de los individuos como portadores concientes y al
mismo tiempo inconcientes, de toda una tela de araña cultural, formada en siglos y
siglos de experiencia social en común.

Fue en los años `70 del siglo XX, cuando comenzaron a percibirse cambios
importantes en los objetos de estudio históricos, pero también en las formas de hacer
historia: de las circunstancias que rodean al hombre a la consideración de hombre en sus
circunstancias; de lo económico y demográfico a lo cultural y emocional; del grupo al
individuo; de la sociedad estratificada y unicausal a otra interconectada y multicausal.

Las influencias intensas de la antropología, la psicología y la literatura, que han


sustituido, o al menos desplazado a la economía, la sociología y la teoría política como fuentes
conceptuales principales, han conducido a replantear el significado de conceptos básicos, tales
como cultura, sociedad, cambio, etc., han incorporado nuevos métodos y han orientado las
investigaciones hacia temas escasamente tratados por la historiografía anterior.

Sin hacer un abandono absoluto (aunque en muchos casos es más que


significativo) de conceptos como ideología, conflicto social, revolución, transformación
económica, intereses o estrategias, la nueva historia incorpora nuevas preocupaciones,
1
Carr, E: ¿Qué es la Historia?, Planeta, México, 1993, p. 41.

1
acercándose a categorías sociales como las de edad, género, religiosidad, etnias,
subjetividades, representaciones, etc.; dimensiones de agrupamiento como la familia o
la comunidad vecinal, en las que los lazos emotivos tienen tanto peso como los intereses
racionales compartidos; actitudes vitales anómicas o, simplemente, singulares,
enfocadas desde una perspectiva individualizada; y formas de sociabilidad más o menos
ajenas a los vínculos políticos o económicos, como la sexualidad o la amistad.

Es evidente que en algo han cambiado las formas de hacer historia, las técnicas
historiográficas, pero fundamentalmente han cambiado los temas, el objeto del discurso
histórico. Los nuevos temas hay que buscarlos entre aquellas facetas de la realidad más
olvidadas o despreciadas por la historiografía tradicional. Son muchas las
investigaciones en las que la descripción exhaustiva, la narración sometida a la
cronología, lo cultural y lo individual han desplazado a los enfoques cuantitativos, los
temas socioeconómicos y las teorizaciones más generales.

Los modelos explicativos

Bajo el primer paradigma, la perspectiva marxista de explicación, es


determinante explicar quién posee los medios de producción en una sociedad, para
poder explicar quiénes conforman los grupos hegemónicos y por ende, quiénes los
subalternos. En este sentido, las relaciones sociales (definidas como relaciones de
producción) aparecen también vinculadas a un cierto tipo de división del trabajo y a un
cierto grado de evolución de las fuerzas productivas. En síntesis, el concepto de clase
social se comprende en el contexto de un modo de producción (esclavismo, feudalismo,
capitalismo) determinado. Es el modo de producción el que determina la estructura de
clases. A partir de allí, la relación se presenta como relación de dependencia: las clases
poseedoras son las clases dominantes, y las clases desposeídas, las dominadas. También
para el marxismo tiene una importancia fundamental el problema de la conciencia de
clase, es decir, la percepción que cada clase tiene de su situación en una estructura
social determinada. Puede diferenciarse entre una clase sin conciencia de sus intereses
(clase en sí) de una clase con conciencia de ellos (clase para sí) y se considera que una
clase plenamente constituída es la que ha alcanzado esta última situación.

Sin embargo, se puede observar que en el análisis de los sujetos reales, toda una
serie de grupos o categorías escapan a la clasificación en clases. De allí la preferencia de
algunos historiadores de elegir para el análisis de la sociedad conceptos como sectores

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o grupos sociales, que hacen referencia a la complejidad de la constitución de los
sujetos históricos.

Otra manera de enfocar el problema es el análisis en términos de estratificación


social. Fue Max Weber a principios de siglo quien distinguió en la jerarquización social
tres dimensiones analíticas: el poder económico (las clases), el poder político (los
partidos) y la capacidad de mostrar el lugar de pertenencia, el rengo social (las
sociedades estamentales)2 Hoy en día, y a instancias de la sociología funcionalista
norteamericana, se tiende a conceptualizar la diferenciación social a partir de la forma
que adquiere la distribución al interior de la sociedad de actividades y funciones. A
diferencia del análisis marxista, el funcionalismo se interesa por mostrar a la
estratificación social no como un corte tajante del cuerpo social sino como la gradual
estructuración quienes tienen mayor o menor prestigio social, entre quienes tienen
mayores o menores ingresos.

En efecto, a mediados del siglo XX, con la incidencia que tuvo en el campo de
las ciencias sociales el trabajo del antropólogo Clifford Geertz: La interpretación de
las culturas, los historiadores aprendieron cómo un sistema social puede ser iluminado
por un registro minucioso y elaborado de un suceso particular, ubicado en la totalidad de
su contexto ya que en el material documental, pueden encontrar datos que permitan
reconstruir una imagen veraz de los sucedido.

En el campo de la historia, esto se tradujo en pensar y acotar metodológicamente


cómo se puede aprehender la naturaleza de la compleja relación que existe entre las
estructuras globales y la vivencia y percepción cotidiana de dichas estructuras por parte
de los anónimos afectados. Esta percepción de la subjetividad ¿no requería acaso de
una nueva concepción de la ciencia histórica?. La respuesta iba a ser dada por la
historia de la vida cotidiana o microhistoria, gracias a la cual aparecen en escena los
hombres corrientes y por ende en lugar de una historia ahora existen varias historias.
Así, la historia pierde su tradicional movimiento lineal para adquirir el movimiento que
supone entender que existe una gran cantidad de culturas de igual valor y que, incluso
dentro de estas culturas, no existe ningún centro en torno al cual se pueda desarrollar
una exposición unitaria.

2
Weber, M Economía y Sociedad, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, Primera Parte:
Capítulo IV.

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Sin embargo, los estudios microhistóricos mejor acabados, no descuidan la
interrelación entre la historia regional o local y los grandes procesos del cambio
económico, social y cultural pero aportan una imagen más matizada de estos procesos.

Podríamos resumir que las últimas corrientes han puntualizado en las actitudes y
los valores de los pobres y anónimos y no tanto en los grandes personajes o los grupos
hegemónicos, en segundo lugar, se intenta llegar a explorar nuevas fuentes, que busca
nuevos métodos y formas innovadoras no sólo de exposición sino también de acceso al
conocimiento. Y por último, el relato sobre una persona o sobre un hecho único no
indica que el interés esté centrado sobre los mismos, sino que interesan en tanto arrojen
una nueva luz sobre las culturas y las sociedades del pasado.

Es cierto que el rechazo a un excesivo y mecanicista determinismo económico,


llevó a abrirse a nuevas cuestiones, a nuevas áreas del conocimiento, pero la ampliación
del campo de la historia no está en conflicto con el esfuerzo de producir una síntesis,
entendida como una explicación coherente del pasado. La nueva historia de hombres,
mentalidades y acontecimientos puede ser vista, por lo tanto, como algo que
complementa pero que no suplanta el análisis de los procesos socio-económicos. "No
tiene nada de nuevo elegir ver el mundo a través de un microscopio y no con un
telescopio. En la medida en que aceptemos que estamos estudiando el mismo cosmos, la
elección entre microcosmos y macrocosmos es asunto de seleccionar la técnica
apropiada. Resulta significativo que en la actualidad sean más historiadores los que
encuentran útil al microscopio, pero esto no significa necesariamente que rechacen a los
telescopios porque estos estén pasados de moda."3

En síntesis, la oposición entre historia social y "microhistoria" no parece ser


insuperable. Por lo tanto, reflexionar sobre esos nuevos temas, las nuevas miradas y
preguntas y el acercamiento a otras disciplinas se vuelve una tarea necesaria para
conocer la cocina del historiador contemporáneo, sus preocupaciones, sus urgencias
conceptuales y las tensiones que se generan entre esta nueva perspectiva y la tradición
científica en la que la mayoría de ellos se han formado.

3
Hobsbawm, E: "El renacimiento de la historia narrativa: Algunos comentarios", Historias,
14, México, julio-septiembre de 1986.

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