Está en la página 1de 1

Mi hijo tiene ojos celestes. Yo tengo ojos marrones, la mamá también.

Si nosotros tenemos ojos marrones, algún abuelo debía tener ojos


azules. Pero ellos también tenían ojos oscuros, más oscuros todavía
que los míos.
No puedo decir que ahí comenzaron las dudas. Pero a partir de ahí las
dudas empezaron a hablarme en voz alta.
Dicen que los ojos de los bebés se oscurecen al cabo de unos meses.
Más de seis meses vigilé cada mañana los ojos de mi hijo, esperando
que se le oscurecieran. Pero no hubo caso. Sus ojos seguían celestes
cada mañana, cada día más precisos, fijándose en cada detalle,
reconociendo la cuna y los juguetes y a mamá y a papá. Redondos
como signos de interrogación. Interrogándome.
Más de seis meses esperé que sus ojos se volvieran marrones como
los míos, oscuros como los de los abuelos. Así como esperaba alguna
señal de que estaba equivocándome. Que en algún cajón de alguna
tía abuela aparecieran fotos mías de recién nacido o del embarazo de
mi vieja, o que me salieran canas como le salieron a mi viejo a los
veinte años. Pero no hubo caso. Por más fuerza que hice, no me
salieron canas, ni aparecieron fotos, ni los ojos de mi hijo cambiaron
de color. Todo era de pronto tan definitivo como lo había sido siempre.
Ahora sé que mi viejo, el verdadero, el biológico, tenía ojos celestes y
me trasmitió el gen recesivo que yo le trasmití a mi hijo. Sé también
que no hay ninguna enfermedad hereditaria en la familia. Porque
mientras esperaba y dudaba y sentía tanto miedo de perderlo todo que
me paralizaba, me mataba esa pregunta: ¿y si además de los ojos
celestes, le estoy trasmitiendo a mi hijo alguna enfermedad que
desconozco? Ahora sé que no. Que no hay enfermedades. Que en la
familia de mi viejo hay un cuento de una rana que nos vamos
contando de generación en generación y que ya me aprendí de
memoria de tanto escuchar a mi tía contárselo a mi hijo. Que nos
gusta el picante. Que en la familia de mi vieja somos torpes con las
manos. Y que mi abuela tiene unos ojos celestes enormes y
hermosos, como los ojos de mi hijo.

Mariana Eva Pérez