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Witold Gombrowicz, Virgilio Piñera, y otro cumpleaños ferdydurkiano

by DAINERYS MACHADO 4 agosto, 2018 in ENSAYO CRÓNICA ENTREVISTA 0 0 0

Si existe un libro en el mundo que se puede asegurar leyó y releyó el cubano Virgilio Piñera
(1912-1979), ese es Ferdydurke, de Witold Gombrowicz (1904-1969). La historia es bastante
conocida: Piñera llegó por primera vez a Buenos Aires en febrero de 1946, como becario de la
Comisión Nacional de Cultura de esa ciudad. Salió de La Habana huyendo del hambre y la
precariedad que la gestión económica de sucesivos gobiernos republicanos había establecido
como norma en la isla. En Argentina, coincidió con Gombrowicz, quien había llegado desde
1939 en un viaje que debió durar dos semanas, pero se extendió por 24 años ante el estallido
de la guerra en Europa y la invasión de su natal Polonia.

El cubano nació en la provincia de Matanzas en 1912, y el polaco en una ciudad llamada


Maloszyce, en 1904; y quiso la casualidad que ambos vieran la luz un día 4 de agosto. Pudiera
poetizarse y decir que los acercó la contemporaneidad, más el amor por la literatura. Pero los
dos probaron que su mayor interés hacia los otros radicaba en la contemplación o cercanía de
la juventud; pero, sobre todo, que a sus mejores obras literarias llegarían a través de la
negación.

En Suramérica, Gombrowicz y Piñera compartieron una circunstancia trascendental:


permanecieron a consciencia en una Argentina, “rica de ovejas” y sin demasiado abono para la
literatura (Piñera, 85), porque se reconocían como prófugos de la realidad más cruel que
habitaba sus países.

Adolfo de Obieta, el hijo de Macedonio Fernández, era amigo común de ambos. Los presentó
en febrero de 1946, a pocos días de la llegada de Piñera a Buenos Aires. Un par de meses
después, en carta del 17 de abril, el cubano contaba a sus padres sobre una rutina que ya
incluía la presencia del polaco en su vida: “Por la noche voy al teatro, o a una visita, o a la
tertulia del Conde Gombrowicz, o no salgo” (71). Esas “tertulias” de Gombrowicz en el Café
Rex eran, en realidad, un proyecto multitudinario de traducción al castellano de su novela
Ferdydurke, proyecto en el que Piñera se involucró con total compromiso.

Ferdydurke se publicó por primera vez en Polonia, en 1937. En el gesto de volver a su estilo
absurdo y a sus personajes incomprendidos encontró su autor una renovada forma de
relacionarse con la literatura, en un momento en que la emigración forzada estaba
sometiéndolo a cierta esterilidad creativa. Según sus propios testimonios, regresar a la novela
funcionó como una estrategia de supervivencia, porque Cecilia Debenedetti financió el
proyecto de traducción de la obra, otorgándole al autor seis meses de prestaciones
económicas.

El proceso de trabajo siguió, a diario, una misma fórmula: Gombrowicz vertía fragmentos de la
novela al español, a pesar de su escaso conocimiento del idioma. Llevaba sus progresos al Café
Rex, donde sus amigos argentinos los comentaban. Este sistema derivó en una reescritura de
la pieza, que el propio autor reconoció en 1947, en su prólogo a la primera edición en
castellano.

Gracias al desinteresado trabajo de Piñera en estas reuniones, y probablemente también a su


habilidad como traductor, fue “nombrado” presidente de un “comité” más extenso, que
estaba conformado por otros literatos como Luis Centurión, el también cubano Humberto
Rodríguez Tomeu y el propio Obieta.

Las horas de extenso diálogo, el trabajo colaborativo en torno a la traducción de Ferdydurke,


fueron determinantes en la dinámica que adoptó la vida de Piñera durante su primera estancia
en Argentina. Pero justo es agregar que también contribuyeron para convertir a Gombrowicz
en un autor leído en la lejana y cálida Cuba, desde la década de 1940.

Gracias a la mediación de Piñera ante José Lezama Lima, un adelanto de la traducción de


Ferdydurke, titulado “Filimor forrado de niño”, fue publicado en el número 11 de 1946 de la
entonces joven revista Orígenes. Algunos meses después de que apareció el texto, el 17 de
noviembre de 1947, Piñera escribió una carta a Lezama, donde se interesaba sobre la
aceptación en La Habana de la obra del polaco y daba cuenta de todos los esfuerzos que hacía
para visibilizarla en el sur: “Si me escribes decir (sic) apareció o no, crítica en Orígenes al
Ferdydurke. Yo publiqué una en Realidad —la revista que dirige Romero y Ayala. También
apareció una nota de Humberto en Cuadernos; yo publico un ensayo sobre el libro en el
suplemento dominical de La Nación. Me gustaría que se ocuparan de comentar el libro” (86).

Al inicio de la misiva, anunció además a Lezama que le mandaba “dos revistitas: ataques a Sur
y su grupo, a los poetas, a los connaisseus, a los muy cultos, etcétera. Estamos dando la
batalla” (idem). Sus palabras están reunidas en el volumen Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta.
Correspondencia 1932-1978, editado en 2011 por Roberto Pérez León, y subrayan el alcance
de su gesto cotidiano: la lucha contra el “afrancesamiento” de la cultura argentina era una
lucha colectiva, que tenía como líderes del pequeño círculo a Gombrowicz y a Piñera, y como
bandera a Ferdydurke.
Los boletines que envió a Lezama estaban titulados, respectivamente, Aurora. Revista de la
Insistencia y Victrola. Revista de la Resistencia. Más que publicaciones eran hojas sueltas,
llenas de humor y sátira, creadas por el polaco y el cubano en sus ratos de descanso. Desde
que vieron la luz, las “revistitas” nunca han sido leídas por separado. El escritor cubano
Reynaldo González las identificó muy tempranamente como coordenadas indispensables para
comprender el humor de ambos escritores (1987: 4).

Estos “juguetes literarios” muestran la forma lúdica en que Piñera y Gombrowicz construyeron
una crítica compartida a la cultura europea que minaba a Argentina. Aurora y Victrola
manifiestan, además, el rechazo de ambos ante la pose intelectual como una forma de
presencia social. En el presente, ambas revistas funcionan como bisagras sobre las que se abre
una puerta que descubre la amplia red de influencias estéticas y posturas filosóficas que se
estaba tejiendo entre los dos autores. Llama la atención, por ejemplo, cómo los
planteamientos que aparecen en Aurora y Victrola, y que estaban destinados a criticar el
lenguaje y la literatura de la región, fueron retomados por Piñera, en su ensayo “El país del
arte”, publicado en Orígenes, en el invierno de 1947.

En cualquier caso, la traducción al español de Ferdydurke; la insistencia del “comité de


traductores” por publicitarla en medios de prensa cubanos y argentinos, así como los diálogos
literarios que comenzaron a establecerse en torno a dicho ejercicio intelectual, contribuyeron
con el regreso de Gombrowicz al universo literario. El 28 de agosto de 1947, en el Centro
Cultural Fray Mocho, de Buenos Aires, impartió la conferencia “Contra los poetas”. Gracias a
los testimonios de Humberto Rodríguez Tomeu, se sabe que él y Piñera también estuvieron
presentes cuando el polaco presentó su famosa teoría anti-poética:

Piñera y yo habíamos seleccionado extractos de poesías para ilustrar el texto de Gombrowicz.


Piñera leía los poemas mostrando el aspecto grandilocuente y ridículo de ciertos versos.
Algunos eran extractos de poemas conocidos. Evidentemente, un verso separado de su
contexto se volvía a menudo absurdo. Gombrowicz se puso nervioso antes de comenzar. Pero
después de la conferencia, cuando la gente, principalmente los jóvenes, formularon preguntas,
estaba muy cómodo para responderlas (citado por Rita Gombrowicz, 2015: 7).

Desde la presentación pública de su ensayo “Contra los poetas”, el polaco planteó ideas tan
radicales como: “Libros como La muerte de Virgilio, de Herman Broch, o aun el celebrado
Ulises, de Joyce, resultan imposibles de leer por ser demasiado ‘artísticos’”, o “la poesía pura
además de constituir un estilo hermético y unilateral, constituye también un mundo
hermético” (2015: 17).
A finales de 1954, Piñera comenzó a colaborar con el traductor y ensayista cubano José
Rodríguez Feo, para publicar una nueva revista llamada Ciclón. Se propusieron que fuera un
ejemplo de antiorigenismo y como tal la introdujeron en la escena cultural cubana desde su
primer número, con el editorial titulado “Borrón y cuenta nueva” (1955). Ciclón se presentó
como “un arma secreta” que borraría el sectarismo de sus predecesoras y abriría las puertas a
las nuevas generaciones de autores cubanos. Más allá de las dificultades que esta abarcadora
pretensión representó a largo plazo, justo es decir que la revista logró ejercer un amplio
movimiento crítico en contra del estado de las letras nacionales.

Como parte de este diálogo fustigador, se publicó “Contra los poetas” (9-16), de Gombrowicz,
en el número 5 de Ciclón. Ocho años después de ser pronunciado por primera vez, el ensayo
dejó de ser leído por Piñera como una crítica contra Sur para reinterpretarlo como una crítica
contra el grupo Orígenes. En carta del 15 de marzo de 1955, defendía ante Rodríguez Feo la
obra del polaco y la necesidad de publicar “Contra los poetas” que, según entendía, “será un
“buen campanazo” para el decadente grupito de Orígenes” (107).

El ensayo es, en definitiva, una crítica abierta a quienes emplearan el conocimiento de la


poesía como estrategia para sobresalir socialmente, y también a quienes cultivaban la poesía
con una preocupación estricta por su forma. Después de la aparición de este texto, en Ciclón,
Gombrowicz publicó la reseña “Carne y Cuero”, en el número 3 de 1956, dedicada a analizar el
libro homónimo de Félicien Marceau. Así como la narración “El Banquete”, en la edición 4,
también de 1956.

Sin embargo, cuando se publicó “El Banquete”, las relaciones entre Piñera y Gombrowicz ya no
eran el idilio lúdico recogido en Aurora y Victrola. El cubano, interesado en crear redes de
colaboración que contribuyan con la fama de Ciclón y de su propia obra, comenzó a
interesarse, en la década de 1950, por colaborar con Sur. Un gesto que no perdonó el polaco,
por considerarlo una traición. De hecho, “El banquete” fue incluido en el número de julio de
1956 de Ciclón sólo para “taparle la boca” a su autor, según pedía Piñera a Rodríguez Feo. La
situación entre los amigos se agravaba por la mediación de Rodríguez Feo, quien, como
director de la revista y apasionado promotor cultural, externaba a Piñera su interés por
publicar fragmentos del Diario de Gombrowicz solo si éste eliminaba los párrafos necesarios
para “no ofender al círculo celeste de Sur” (148).

En estos mismos meses, Piñera profundizaba además su cercanía con José Bianco, por
entonces al frente de la Redacción de Sur. El 24 de agosto de 1956, Piñera dejaba testimonio
en sus cartas a Rodríguez Feo de que “Bianco está tan entusiasmado que no uno sino tres
cuentos publica en este número de Sur: ‘La Caída’, ‘La Carne’ y ‘El Infierno’” (166). El 4 de
septiembre, anunciaba: “Bianco me dice haber recibido carta tuya, para completar el
homenaje me pone en la faja de Sur” (169). Y así sucesivamente.
Como las misivas indican, las crecientes alabanzas a Bianco y el distanciamiento, por contraste,
con Gombrowicz, tienen su clímax en 1956. Para entonces han pasado diez años desde la
traducción de Ferdydurke al español. A pesar de la lejanía y de los reproches que Gombrowicz
también hizo al cubano, la relación entre ambos languideció, pero no murió. Parecen haberla
retomado en la década de 1960, según las cartas que Piñera reunió en “Gombrowicz por él
mismo”, un texto aparecido en el número 1 de 1968 de la revista Unión.

Queda claro que la amistad entre el polaco y el cubano no estuvo exenta de las discordias que
sus respectivos caracteres hacían inevitables; pero que redundó más en el intercambio de
ideas, teorías literarias, recomendaciones bibliográficas, suposiciones, y paranoias políticas. La
presencia de Gombrowicz en la antesala de la escritura de las más grandes obras piñerianas
permite, además, especular sobre el valor de esta amistad. Porque la labor del polaco en
Argentina representó para Piñera la posibilidad de mirar de cerca los márgenes del continente
europeo, desde una visión políticamente incómoda, descentralizada. Tal como se percibe, por
ejemplo, en la pieza teatral Los siervos, publicada por Virgilio en 1955, como crítica abierta al
régimen soviético.

En definitiva, la ideología de Gombrowicz debió ser muy atractiva para el espíritu polemista del
cubano, quien resultó uno de los mejores lectores latinoamericanos de Ferdydurke, uno de los
pocos capaces de dar después a luz su propio y auténtico ferdydurkismo, uno de sino tropical.